domingo, 26 de octubre de 2025

Crónica del malvado de Erkam

 Yo nunca conocí aquel planeta llamado Tierra por nuestros antepasados, ni tampoco pude vislumbrar a través de mi retina las proezas que allí acontecieron. Desde mi mas tierna infancia, he pasado toda mi vida en este planeta que los primeros moradores bautizaron Erkam 4561Z, pero que los que vivimos en el solemos acotar simplemente por Erkam porque los digitos que le siguen no se nos hacen agradable al paladar cuando lo pronunciamos. Cuestión de economía del lenguaje, yo diría.

Hace ya muchísimas eras que los humanos habitamos este planeta, de hecho creo no equivocarme cuando digo que ni mi tatarabuelo conoció el anterior planeta llamado Tierra, muchos problemas había ahí, ya sea ambientales por la extinción de la luz solar, la creciente tensión social y el instinto auto-destructivo que solemos tener los seres humanos. Probablemente aquel planeta si no ha resultado fulminado por las condiciones geológicas y el impulso acelerado de devastación social, esté a poco de serlo. Sin embargo, este nuevo planeta -aunque para mí es viejo- que nosotros bautizamos con el nombre de Erkam también tiene otros problemas añadidos que a las veces recuerdan a los que se daban en el anterior planeta denominado Tierra. Si dejamos aparte el asunto de la desigualdad social, un gran problema digno a considerar es que cada dosciento cincuenta y dos años la mitad de Erkam resulta inhabitable. Esto se debe a que unas tormentas igneas asolan la mitad del planeta, a resultas del cual se produce un gran exilio mundial que se dirije a la otra mitad. Ello, obviamente, ha generado nuevas tensiones sociales debido a que no todos llegan a su nuevo hogar sanos y salvos, sino que sólo quienes reciben información con anticipación, los que cuentan con mejores medios y contactos mas fiables logran salvarse de las flamigeras arenas. Produciendo así, que el número de población se reduzca consideramente, eliminando eso sí el problema de la sobrepoblación mundial que según me han contado preocupaba en el anterior planeta.

Mucho tiempo atrás, esta problemática no le preocupaba, la consideraba muy lejana. Pero como según comprobará el lector de este escrito, me tocó sufrirla con creces. Mas este asunto se verá mas adelante, pues debo aclarar otro punto importante antes de avanzar con la historia de este exilio personal que me tocó vivir en mi carne, en mis huesos y probablemente también en mi corazón. Otra de las carácteristicas notables de este planeta que lo diferencia del anterior, es un asunto al que ni científicos ni filosófos han encontrado una explicación y menos una solución, y es la extraña capacidad con la que nacen algunas de las gentes que respiran este aire aparentemente tan similar a la Tierra. De hecho, yo fuí uno de este 0,001 por ciento de la población que nació con estas habilidades especiales, que a la larga pueden convertirse en una maldición. De ahí que sean muchos, entre los cuales me incluyo, que reniegan revelar al mundo estos bizarros poderes en tanto que vienen a dar muchos problemas de cara a la estabilidad de la sociedad.

Estás raras habilidades incluyen una fuerza fuera de lo común, la capacidad de dar grandes saltos, de levitar, volar, desplazarse a gran velocidad y no sé cuantas otras cosas más que ni los que las tenemos hemos averiguado en tanto que si no las conocemos no somos capaces de ejercerlas. Uno podría pensar que con estos poderes quienes nacen con ellos vendrían a gobernar este mundo, pero muy al contrario, siempre que se descubre que uno los tiene, se le asesina para evitar sublevaciones, o en el mejor de los casos, se le encierra en una prisión de alta seguridad. Es decir, sin entrar en mas detalles en relación a esta cuestión, si naces con esta capacidad innata supra-humana puedes darte por perseguido lo que te resta de vida. Así que, personalmente para evitarme malos tragos, me guardé mis poderes como la mayoría de quienes lo tienen.

Entrando en el asunto que me lleva a legar este escrito a la posteridad para defenderme de las acusaciones que se apilan año tras año contra mí, y que me han valido el sobrenombre de "Ibías el destructor de mundos" explicaré lo que aconteció en el comienzo de lo que sería mi larga travesía sobrevolando este vasto mundo en búsqueda de la injusticia de la que se me privó a mí, como también a tantos otros ciudadanos que perecen carbonizados sin remedio.

Todo comenzó una buena mañana en la que creía que todo iba a proseguir de acuerdo a la rutina de siempre, pero no. Se dió una tardía alarma de evacuación cuando los adinerados ya se habían desplazado a la mitad segura de Erkam, pillándome a mí y a tantos otros fuera de casa. Lo que fue de mi familia y seres queridos no lo sé, pensé quizás ingenuamente que ellos estarían a salvo, así que me encaminé en dirección a los autobuses que nos transportarían a la mitad planetaria lejana a la radiación ignea que se nos echaba ahora encima. No conocía a nadie dentro del susodicho autobús, estaba mirando absorto por todas las ventanas que tenía a mi alcance hasta que una joven se sentó a mi lado sin pedir permiso.  Ella era morena, de ojos negros como el azabache, las pestañas elevadas, el cabello sumamente corto al ras y una cintura cimbreante. Desde el primer momento me llamó la atención aunque no era mi tipo, y quizás yo tampoco fuera el suyo aunque advertí que ella también se fijó en mí.

El caso es que el autobús seguía imperterrímo su recorrido en busca de nuestra salvación, esquivando como podía las calientes arenas que ya nos circundaban, y que hacían parecer un desierto el terreno que nos rodeaba. Todos estaban extrañamente animados debido a que puede que pensaran que aunque no habían llegado a puerto, ya estaban salvados. Hablaban muy animadamente todos, a excepción de la joven de cabellos cortos y de mi mismo. Todo era alegría y argabía hasta que el autobús se paró en seco frente a una entrada que estaba velada por un atasco inmenso, en cuyo final se elevantaba un gigantesco muro que no era por lo demás muy alentador. Se nos informó mediante unos ya carcomidos altavoces por las crecientes temperaturas que no había avance posible, es decir que en otras palabras se nos condenaba a una muerte segura.

Justo en ese momento se armó un caos en el autobús, algunos salieron desquiciados del mismo a suplicar piedad mientras que otros se limitaron a gritar y a agitar sus manos con frenesí clavados en sus asientos. De repente, la joven que hasta el momento no se había atrevido a mirarme directamente, se giró en mi dirección y me clavó su misteriosa mirada. Y sin pedir permiso alguno, me agarró de las manos y las metió bajo el verde jersey que portaba. Con dedos confusos pude atisbar el tacto de sus pequeños senos, los cuales se estremecieron a mi contacto y cuya sensación era bastante agradable. En tanto los palpaba sin creerme del todo la situación que estaba viviendo, me dí cuenta de que ella buscaba vivir los que serían los últimos momentos de nuestra vida adoptando un talante evidentemente sexual. La miré fijamente a los ojos, descubriendo que estos estaban vidriosos, y justamente en ese instante, llegué a la conclusión de que no teníamos derecho a ser aniquilados, ni toda esa gente desesperada ni esa joven de senos tan agradables, ni mis seres queridos o yo mismo.

Así pues, levántandome en tanto que abrazaba a la joven, decidí salir del autobus y liberar mis poderes sin miedo alguno, siguiendo mi ejemplo se me unió otro hombre que parecía compartir mis poderes e intenciones, y nos dirigimos al muro para destrozarlo, permitiendo así que los autobuses y vehículos privados de toda esa gente pudieran transitar en dirección a su salvación. Cuando ya estaban en movimiento, fuí atrás y le comuniqué a la joven que nos volveríamos a ver y quizás culminaríamos lo que había empezado en esa situación desesperada, pero que tenía algo pendiente que hacer ante la injusticia que estabamos viviendo. Así que, tras percibir un asentimiento plagado de dudas por su parte, me lancé volando en dirección a la zona en la que ya se habían asentado los poderosos para verse salvos frente a las llamadas en compañía de mi rudo y barbudo compañero.

No nos costó mucho llegar a aquella zona con la ayuda de nuestras habilidades preternaturales, como tampoco tardamos en darnos cuenta de las miradas llenas de asombro y temor que nos dirigían nuestros aturdidos semejantes, y sin esperar respuesta ni una reacción ante nuestra repentina aparición, alzando nuestros amenazadores brazos comenzamos a derrumbar todo aquello que se nos ponía por delante. Empezamos a derrumbar todo edificio por muy elevado que fuera, resquebrajar con nuestros puños el asfalto que hacía de carretera, hacer volar a los coches con nuestras certeras patadas y sepultar bajo los escombros a todo aquel que intentase agradecirnos. Nadie podía con nosotros, esos privilegiados con todo su poder y dominio económico se vieron en clara desventaja frente a nuestras capacidades innatas que destrozaban todos los pilares que ellos habían formado para protegerse de quienes eran verdaderamente vulnerables. Nuestra agresividad de ira liberada les dió una buena muestra de a lo que se enfrentaban, de nada servía su dinero ante quienes clamaban por la justicia.

En uno de nuestros pasos arrasando ciudades enteras, nos encontramos con un grupo singular que parecía compartir nuestras habilidades, pero que quizás por inexperiencia o falta de práctica fueron derrotados con facilidad, mas entre ellos dejamos a uno vivo. Era aquel un tipo bastante curioso, por lo visto se llamaba Izor y no era un hombre de muchas palabras. Hablaba poco, mas golpeaba con un frenesí inusitado. Pudimos haberle reducido entre los dos, pero tanto nos llamó la atención su compostura que le propusimos unirse a nosotros, y así lo hizo. Tenía unos cabellos lacios negruzcos y portaba consigo una capa azulenca larga y raída, se diría que aquel hombre era todo un excéntrico, mas con sus puños y sus piernas demostraba que estaba más allá de toda apariencia. No necesitaba hablar desde luego, pues sus actos ya hablaban por sí mismo.

Continuamos así avanzando, destrozando con saña todo a nuestro paso sin temer que nadie nos detuviera. Incluso la policia y demás fuerzas del orden que están al servicio de los poderosos -en palabra, mas no en acto como podíamos comprobar- no podían con nosotros. Daba igual cuantos de ellos acudieran en su rescate ante las llamadas de emergencia, agarrando una pared de vasto ladrillo, y lanzándolo desde las alturas en su dirección, lograba sofocarlos cual si fueran ellos victimas de las arenas ardientes que ya estaban devorando la mitad del planeta. Al principio, cuando comencé esta hazaña junto a mis compañeros, era la ira lo que me llevaba a ser tan excesivo en mis acometidas, pero con el tiempo aquella ira fue suavizándose, y lo que me impulsaba a seguir era un extraño regocijo ante la desgracia de todas aquellas gentes aniquiladas bajo nuestros brazos. Mas, sobre todo, lo que me animaba era la promesa de reencontrarme con aquella joven de la que desconocía el nombre, pero cuya esperanza de estar a su lado animaba mi empresa.

Así pasamos largo tiempo, arrasando con todo lo que se encontraba bajo nuestro inevitable avance, incluso se generó entre nosotros tres una especie de camadería de la aniquilación que fue la mas rara de las amistades que se pudieran imaginar, hasta que Izor usando de las señas que acostumbraba señaló en dirección a una radio que profería un importante mensaje. En este se contaba que por lo visto todos aquellos autobúses de evacuación que liberamos con anterioridad habían sido engullidos por las llamas, y de los cuales no habían podido llegar a la zona segura ninguno de ellos, quedándose así sus restos carbonizados en la mitad del recíen fundado desierto. Nada mas escuchar aquella noticia, no pude evitar derrumbarme en el suelo en señal de evidente impotencia, con mis puños golpeé con tesón al inocente suelo, acudiendo las lágrimas a raudales por mis resquebrajadas mejillas.

En ese momento, no pude evitar recordar a mis seres queridos, a toda la gente inocente que había sido devorada por la arena ignea, a los niños llorosos como yo mismo y sobre todo a aquella joven que me había ofrecido sus atributos femeninos como último recurso en mitad de la desesperación. Me estremecí, mis miembros se entumecieron y temblé cual si alguno de mis compañeros me hubiera dado una buena sacudida para que retornarse a la realidad. Justo en ese instante, la ira acudió a mi de forma renovada y aún mayor que con anterioridad, puesto que estaba animada por la impotencia y la evidente angustia de quién ya no tiene nada que perder. Así que retornamos a nuestras fechorías -que nosotros considerabamos justificadas a tenor de las circunstancias- y con aún más virulencia si cabe debido a lo funestas que habían acabado siendo las cosas de acuerdo a la frustración de nuestras esperanzas. 

En estas estabamos cuando llegando a un pueblecito algo me perturbó hondamente, y esto era que entrando en una tienda para desbandijarla y así acumular provisiones, observé en la cajera algo que me estremeció en las entrañas, pues era idéntica a la joven que me acompañó en aquel autobús destinado a la destrucción. Sólo se diferenciaba de la misma en que sus cabellos eran mas largos y presentaban ondas rojizas a la par que sus mejillas estaban adornadas por gran cantidad de pecas y lunares, mas en general era una copia a aquella que había conocido, en su leve semblante y en la forma esculpida de su cuerpo. Sin pensármelo mucho, la tomé de los hombros pidiendo explicaciones, es así como me enteré de que la joven que había conocido tenía una hermana gemela, la cual era la que tenía ante mis ojos. Pero mientras una había sido salva por sus recursos económicos y de salvoconductos, la otra había sido arrasada por las llamadas sin remedio y sin capacidad de ayuda alguna.

Completamente enajenado, salí del local sólo destrozándolo parcialmente, y una vez en la salida, me derrumbé en el suelo incapar de indagar en mis sentimientos de entonces. El recuerdo de lo que le había acontecido a aquella joven me dislocaba en lo más íntimo, su pérdida irremediable se me atenazaba en el pecho con un violento frenesí del que no lograba despojarme por mucho que lo intentase. Alzando la mirada, creía vislumbrar sus definidos rasgos a través de la neblina que era invocada por mi mente trastornada, logrando identificar por las señas que no necesitan de las palabras, su evidente desaprobación ante mis acciones. Aquello era un golpe del que no logré recuperarme, si había emprendido esta violenta aventura era porque buscaba salvarla a ella y a todos los que habían compartido su destino, y que negara mi decisión ladeando la cabeza en señal negativa, lanzaba al traste todos mis futuros planes de redención.

Desde entonces, me alejé de mis compañeros y me replegué a una solitaria cabaña, en la que con la ayuda de unas hojas amarrillentas por la presencia de la arena y un tintero no demasiado seco comencé a escribir lo que tú desconocido lector tienes ante los ojos. Sobrevolando el terreno durante meses, logré llegar a esta zona que linda por escasos metros con aquella otra que ya se encuentra sepultada por la ardiente arena bajo la cual habitan los cadáveres de aquellos a los que no se les dió una segunda oportunidad. Da la casualidad de que desde este punto, si agudizo mi mirada en la distancia, puedo atisbar aquella zona donde se encontraba el muro que derribé para dejar pasar a los autobuses, pero cuyo destino fue igualmente funesto a que si no lo hubiera hecho.

Por las noches, a través de las dunas, creo vislumbrar a aquella joven, mas ya no me reprende por mis acciones, muestra un semblante amable y me indica con señas para que me una a ella. Hay un secreto impulso que se me impone, y que hace que quiera atravesar aquel desierto igneo para poder reencontrarnos. Y así lo haré, mas antes veía conveniente dejar esto por escrito por si alguien lo encuentra, mostrando así cuales habían sido mis motivaciones e intenciones, de las cuales ya no me queda el más minímo atisbo.

Llegado a este punto, sólo quiero reunirme con aquella joven que ya me espera más allá de las inflamadas dunas macilentas de cara a retomar aquello que fue interrumpido por el azaroso quehacer de los hombres y su estúpido destino. Ya ha llegado el momento de dejar reposando la pluma y de encaminarme a su encuentro. Dejaré bien atados estos papeles desgastados con una cuerda que encontré por el camino, depositados en esta mesa carcomida en tanto que mi cuerpo se funda con lo inhóspito, y mi alma con el amor que nunca tuvo en vida. 

lunes, 13 de octubre de 2025

Las dos islas: Algunas notas sobre el comienzo del mundo onírico

 En el comienzo del mundo onírico este no era la amplia extensión por la que es conocido hoy día, tan limitado era que sólo comprendía dos diminutas islas diseminadas entre un inacabable oceano. Con el tiempo, y el incremento de soñadores, poco a poco fue comprendiendo de grandes continentes, con sus fronteras naturales y sus zonas prácticamente inhabitadas debido a sus condiciones adversas, o a los habitantes hostiles que transitaban por ellas. Pero en su origen, en un tiempo remoto que no puede ni situarse en una fecha concreta, solamente eran aquellas dos diminutas islas cercadas por violenta agua. Además, este par de islas no estaban realmente cerca la una de la otra, para llegar a la contraria se debía de atravesar aquella gran extensión marítima, con la incertidumbre añadida de que pocos eran los que una vez enbarcados en el mar podían llegar a puerto firme.

De todas maneras, pocos de lo que habitaban en la isla de Hyure -pues así se llamaba- querían ir a Zyure -que era la contraria- debido a que esta última se encontraba poblada por extraños seres deformes que tenían las mas impías de las costumbres, entre otras, que a pesar de alimentarse fundamentalmente de pescado, para ellos la carne humana era el más exquisito deleite, como pudiera ser el marisco para los ricos del mundo vigil. Así, pues, no es de extrañar que los habitantes de Hyure se alegrasen lo indecible de que una gran masa acuosa les separase de los perfidos seres que corrían de aquí para allá en esa detestable isla de Zyure.

En general, los habitantes de Hyure eran seres humanos bastante parecidos a los del mundo vigil, tenían la piel tostada por la grata incidencia del sol, unos musculos curtidos por sus constantes ejercicios pesqueros y una habilidad casi innata para entender el secreto lenguaje del mar. La mayoría de ellos se limitaban a realizar sus labores del día a día sin a penas acontecimientos que requieran la menor mención, mas había otros que esa vida se les hacía aburrida debido a lo rutinaria que era, y ansiaban explorar el lecho marino para añadir algo de aventura a su ordinaria existencia. Estos últimos dedicaban su tiempo en la elaboración de botes marinos que fueran mas resistentes a los que usualmente usaban para pescar, pero en cuanto emprendían la hazaña de sumergirse en lo ignoto del océano pocos eran los que regresaban.

Si bien es cierto que poco valdría la pena reseñar de los acontecimientos de susodicho lugar, si es digno de mención una pequeña historia que fue decisiva para el mundo onírico. Esta comienza con la anodina existencia de un joven llamado Edmundo, el cual se encontraba terriblemente enamorado de una joven que se llamaba Rosalinda, y que llevaban un noviazgo muy sosegado, dabánse largos paseos de punta a punta de la isla en tanto que acompañaban el transcurrir del viento con sus voces deleitándose en una conversación amorosa de confidentes. Vivían bastante felices y sin preocupaciones, y así transcurrieron en mutua compañía unos cuantos años, mas con el tiempo incluso su felicidad de les apareció demasiado rutinaria. Aunque, por otro lado, esta consideración fue invocada por un incidente aparentemente sin importancia, pero que para Edmundo fue decisivo.

Estaban un día en uno de sus acostumbrados paseos, cuando para desplazarse de cabo a cabo de la isla requerían de unas plataformas flotantes que se encontraban encima de agua contaminada por su estancamiento. Ya estaba Rosalinda a punto de situarse encima de la plataforma, cuando debido a un desliz se tropezó cayendo así al agua, Edmundo evidentemente asustado de ver a su amada hundiéndose en aquella agua turbia, se lanzó sin pensarlo para rescatarla, y aunque tuvo que sumergirse él mismo bastante para sacarla al exterior, perdiendo así la oportunidad de atravesar la isla, pues la plataforma ya se había marchado. Sin embargo, tomando esto como un mal agurio, decidieron dar media vuelta y regresar cada uno a su correspondiente hogar.

Una vez en casa, Edmundo meditando en soledad, pensó que aquel pequeño incidente que casi se cobra la vida de su querida Rosalinda, le dió a pesar del susto la adrenalina que necesitaba en su día a día. Así proyectó la idea de construir una balsa lo bastante fuerte para surcar el océano, y quizás así en su regreso, demostrar tanto a su amada como a sus semejantes, que era un hombre valiente, aventurero y de una fortaleza más allá de lo común. Esto fue pensado en una noche, y nada más despuntar el día puesto en acto, puesto que a partir de entonces se afanó en su tarea de construir una barca lo suficientemente resistente para darse una larga vuelta por el océano, y regresar como si tal cosa a su punto de partida. A Rosalinda, dicho sea de paso, esta idea no le agradaba demasiado, pero viendo que Edmundo era tan feliz en este proyecto, decidió no amargarle sus aspiraciones con preocupaciones femeninas.

Al tiempo la barca estuvo acabada, y sin pensárselo dos veces, justo al día siguiente se puso en camino despidiéndose de su amada sin mirar atrás, mas con la promesa de su regreso. En esta aventura marina, trancurrieron primero días, luego semanas y finalmente meses en la sola observación de una llanura infinita de agua cuyo única mutación era el desaparecer del sol para que se diera cabida a la aparición de la luna. Menos mal que Edmundo era un buen pescador, de lo contrario era probable que en esa tesitura hubiera muerto de inanición. Además, era bastante resistente en cuerpo y mente, pues a pesar de que con el transcurrir del tiempo sólo observase la agitación de las aguas marinas, esto no le frustraba en absoluto. Tan seguro estaba de que regresaría su hogar sin problema alguno.

Tras largo tiempo en el mar, sus ojos se quedaron atónitos al contemplar entre las aguas un segmento de tierra equivalente a unos cien metros que no sabría si calificar de isla. Hasta entonces pensaba por las leyendas que la única isla existente a parte de Hyure era la temible Zyure, mas ahora se encontraba que había una pequeñísima excepción a aquella ecuación con la existencia de aquel pequeño terreno limitrofe ¿Quién sabe si entonces no habría mas? Pensó, entusiasmado por la aventura que su nariz aspiró con deleite. Acto seguido, decidió desembarcar en aquel lugar aparentemente desierto, y una vez que se hubo asegurado de que la barca se encontraba bien estacionada y sujeta, se puso a investigar entre los arboles tropicales y las palmeras.

Y cuando ya pensaba que allí no había mas que troncos caídos y algunos cocos rodando por el suelo, pudo vislumbrar una figura situada en la ladera opuesta de la pequeña islita. Al principio, pensó que aquello era una turbación de su imaginación, y que debido al tiempo que no había contemplado a un semejante, estaba alucinando. Pero, al acercarse, comprobó que era un ser humano real. Este se presentó bajo el nombre de Aziel, y le comentó que en su tiempo él también era un joven ávido de aventuras que decidió ir en busca de las mismas, pero que debido a un pequeño despiste al construir su barca, terminó perdiendo el control de la misma y acabó engullido por el impetú del océano. Se daba por muerto hasta que un día repentinamente despertó en aquella isla sin nombre, y desde entonces estaba ahí esperando que un compañero de aventuras con mejor suerte le llevara hasta Hyure, o si tenía todavía mas suerte, se animase a emprender con él una última aventura en el mar.

Dos cosas extrañaron bastante a Edmundo de todo aquello, lo primero era que no le sonaba que en la isla habitara ningún hombre bajo aquel nombre, mas es bien cierto que había pasado mucho de aquello que contaba, puesto que mostraba el aspecto demacrado de la vejez y de la privación de los recursos más básicos, y en segundo lugar, también le extraño que tuviera la piel tan blanca habitando en climas tan adversos para la conservación de la blancura de la piel. Además, Aziel tenía unos cabellos rubios y escaso vello por el cuerpo a pesar de su vejez. Jamás había conocido a nadie así, todos sus congeneres eran morenos y los ancianos portaban consigo cabellos grises, no era posible que existiera alguien semejante como aquel que tenía delante.

No obstante, teniendo en cuenta lo que le contaba y el aspecto que tenía, sintió una mezcla de compasión y de comprensión ante la situación de quién ya consideraba un amigo. Y como todavía se encontraba con ganas de aventuras, le indicó donde se situaba su barca y ambos siguieron adelante en aquella extensión de agua que parecía no comprender de fin. Aziel se mostró entusiasmado, lo cual vino a revocar con idéntica emoción en Edmundo. Este último se sorprendió del claro manejo que tenía su compañero de navegación a pequeña escala, incluso llegó a preguntarse cómo teniendo aquellas habilidades no usó de los materiales que le ofrecía la isla donde se había quedado atrapado y emprender así un viaje él mismo. Pero tanto era su entusiasmo en proseguir su navegación que disipó todas aquellas cuestiones dejándolas de lado, y se puso manos a la obra en su marcha.

Pasaron mucho tiempo avanzando y avanzando por el inmenso lecho marino sin alteraciones aparentes, hasta que un día justo cuando Edmundo le estaba contando a Aziel que los descansos que se daba en aquel extraño viaje había soñado con otras vidas, algo así como si recordase vidas pasadas en sueños cuales reencarnaciones traídas de vuelta ante sus soñolientos párpados, vislumbrarón a una distancia considerable la temida isla de Zyure, y como ambos eran valientes y tenían sed de curiosidad y de querer saber mas, se acercaron precavidamente a la misma. Desde una distancia lo suficientemente segura para no ser observados, estuvieron oteando con sus miradas el perimetro de la isla, y bajo su sorpresa, aquella parecía desierta. Incluso se arriesgaron a acercarse un poco más con idéntico resultado, en aquella isla no parecía haber nadie. Sólo atestiguaba una suerte de remembranza de que anteriormente fue habitada el negro humo que parecía ascender al cielo desde unas cavidades cavernosas situadas en los montes de la misma. Finalmente, optaron por desembarcar en la terrible Zyure, y para su sorpresa, aunque encontraron extraños vestigios de que bizarros seres caminaron y habitaron tales parajes en huellas y en extraños enseres, no encontraron signo alguno de vida si no llega a ser por su misma presencia. 

Como para ellos aquella isla era el término último de su plano geográfico mental, decidieron irse de ahí tremendamente decepcionados de no haber encontrado nada que animase sus aventuras, y emprendieron así el regreso a Hyure. No recordaban la ruta exacta, pues para entonces no había medidas ni fijaciones en papel de las trayectorias marítimas, pero en contraparte, tenían una intuición muy desarrollada y una comprensión del clima y del devenir marino que sobrepasaba lo humanamente posible en la actualidad, y guiándose de acuerdo a estos vestigios de la naturaleza primitiva, escogieron la dirección que consideraban la adecuada para emprender el regreso.

Sin embargo, aunque durante algunos días esta ruta les fue favorable, en uno de esos días se desató una inmensa tormenta que embraveció las aguas, provocando así que naufragaran. De hecho, Edmundo no recordaba bien lo que había ocurrido desde el inicio de la tempestad hasta la caída del barco en el lecho océanico, todo aquello se encontraba como fundido en negro y borrado de su memoria. Mas cuando la recuperó, y fue recobrando poco a poco los sentidos, se encontró nuevamente en aquella isla diminuta en la que se había encontrado a Aziel, desde su racionalidad levemente recuperada le sorprendió que todos los naufragios dieran como resultado el acabar ahí. Pero cuando se encontraba mirando al rededor para ubicarse, sintió un dolor punzante en su brazo izquierdo, y cuando aguzó su vista en esa dirección descubrió a un ser negruzco y nauseabundo devorando su brazo. Aquella entidad era algo horrible, como un ser que no estaba formado del todo, y que con unos fauces amarillentos estaba carcomiendo su brazo cual si estuviera partiendo una naranja con un cuchillo.


Entonces, al sentir el dolor, lanzó un gritó que alertó a aquel asqueroso ser de que se había despertado de su anestesia, lo que hizo que aquella cosa se avalanzase contra él. Edmundo forcejeó largo tiempo con aquella cosa que rezumaba un líquido verdoso que olía fatal, hasta que por un secreto instinto de supervivencia usó de su hueso carcomido del brazo izquierdo como arma y se lo clavó en el pecho, lo que tuvo como resultado que aquella bola negruzca informe sollozara de dolor y se desplomase sobre las finas arenas de la playa. Resultado de lo cual, fue un leve desmayo por parte de Edmundo, y cuando poco a poco volvió a recobrar el sentido, vió que tras el cadáver de aquel ser reducido había una piel humana desperdigada. Al principio pensó que su amigo había sido devorado, mas al examinarla con mayor atención, cayó en la cuenta de que aquel nauseabundo ser había provenido del interior ¡Había estado conviviendo todo aquel tiempo con aquella cosa camuflada en piel humana! Se dijo a sí mismo evidentemente aterrorizado, y sintiendo que ya no tenía ganas de más aventuras, hizo acopio de valor y de provisiones para construir una nueva barca con los materiales que le proporcionaba aquella isla para regresar así a Hyure.

Y tras un tiempo indeterminado en la construcción de su nueva barca, al final ya tenía todo dispuesto y se puso manos en marcha de cara a retornar a su hogar. Transcurrió muchísimo tiempo entre que pudo orientarse y las aguas le fueron favorables, pero cuando al fin pudo atisbar a través del horizonte la silueta de su amada isla, no pudo evitar saltar de alegría, provocando que la barca se balanceara un tanto. Se pusó tan contento que no pudo reprimir unas lágrimas de pura felicidad en la medida que cada vez estaba más cerca de Hyure. Pero, cuando ya estaba prácticamente en la linde de la costa, observó consternado que no era recibido por nadie, que todo estaba tan desierto como lo había estado Zyure cuando desembarcó con su falso amigo a sus costas. Así pues, interiormente agitado, nada más amarrar el barco, salió escapotado por las estrechas avenidas de la isla buscando a sus congeneres, y sobre todo a su amada Rosalinda.

Cuando llegó a la casa que era habitada por ella, descubrió que aún ahí no había rastro de nadie. Mas cuando hubo penetrado por la puerta que daba a su habitación, descubrió unos huesos diseminados por su revuelta cama, y llevándose las manos a la cabeza recordó el episodio en el que aquel repulsivo ser le había devorado el brazo siniestro junto a aquel otro anterior en el que vislumbró la completa ausencia en la isla de Zyure, y estremeciéndose sin remedio, comenzó a temblar reconociendo en aquellos delicados huesos a su muy querida Rosalinda. Entonces, en los azares de la desesperación, golpeando a diestro y siniestro, rompió un espejo que tenía delante, y entre sus fragmentos descubrió el rostro de un anciano en los accesos de la demencia.

Ya no podía distinguir lo que era real y lo que no, si sus deducciones eran exactas o eran muestra del declive mental en el que le había sumido el agua salubre del mar, y queriendo despertar de aquella pesadilla, cogió un segmento de aquel destrozado espejo y surcó sus venas con el mismo, dejando así que su coagulada sangre regase los huesos de su amada Rosalinda por si estos retornaban a la vida. Esa era su esperanza en tanto que su consciencia se sumía en las sombras, mas antes de que estas llegasen a su totalidad pudo ver a través de las mismas, el semblante preocupado de una anciana sobre su lecho. Y justo cuando su mente procuraba racionar sus impresiones, su luz se apagó para siempre.

domingo, 5 de octubre de 2025

Una malévola belleza

 

Es extraño, mas según tengo observado, los individuos que presentan carácteristicas excepcionales y que debido a ello destacan por encima de la media rara vez sobresalen en el ámbito social. Me refiero a aquellas personas que tienen un talento cuasi-innato que sin embargo rara vez es aplaudido por el vulgo, tienen una capacidad y una apertura instrospectiva tan inmensa que rara vez resultan comprendidos entre sus semejantes. Lo sorprende es que, estos últimos carentes de toda introspección y de potencialidad reflexiva, son quienes más suelen destacar entre las gentes, mientras que los genios acaban recluidos en un solipsismo de incomprensión, e incluso llegan a ser tratados como unos bobos incapaces de hacer nada de provecho. A menudo les señalan indicando que no han sido capaces de encauzar su vida, son motivo de burla y hasta de escarnio, en tanto que el vulgo se vanagloria de todos los asuntos banales que ha zanjado con la ayuda de su ignorancia.

Por lo poco que se sabe de la existencia vigil del soldado-brujo, diríamos que a este se le ha solido incluir en el grupo de estos contemplativos aparentemente inútiles para la sociedad. Tenía un mundo interior que abarcaba un universo entero, una capacidad imaginativa que lindaba con la genialidad y una agudeza intelectual que rara vez era asimilada por sus semejantes. Estas aptitudes que no podían figurar en historial laboral alguno, dieron pie a que se le señalase como un inútil incapaz de comprender los usos y costumbres sociales, a la par que se le fue inclinando al ostracismo de las mutiltudes. Esto era en la vida ordinaria, pero en el mundo onírico era capaz de las más increíbles hazañas que pudieran pensarse debido a su dominio de los elementos y de la magia negra, siendo capaz de manipular todo lo que tenía a su al rededor a su antojo. Aquello causaba tanto admiración como temor entre los seres soñadores, que le reverenciaban hasta cierto punto, mas también temblaban al pensarse victimas de un portento tan misterioso, y a las veces, caprichoso.

Movido por este impulso que rozaba con cierta azarosidad a ojos externos, en una ocasión se le observó revolviendo entre la basura, y al no encontrar ni libros ni otros objetos que le fueran de provecho, comenzó a extraer algunos materiales que no tenían nada que ver entre sí y empezó a aunarlos cual si estuviera fundiendo hierro. Largo rato transcurrió así, cogiendo una cosa y otra, tirando esto y lo otro, hasta que logró formar lo que sería un maniquí un tanto extraño. Podía advertirse, poniendo bastante imaginación en este empeño, que trataba de simular lo que sería una figura femenina, con sus curvas, ondulaciones y proporciones. Cuando ya lo hubo completado hasta el más minímo detalle, comenzó a recitar una serie de fórmulas como para sí mismo entre murmullos, lo que dió como resultado que lo que parecía un maniquí adquiriese vida, y por ende, movimiento.

Acto seguido, aquel ser resultado de los desperdicios de unos contenedores, dió en desplazarse con tal soltura que nadie hubiese advertido que era resultado de los despojos, sino que aún con su apariencia harapienta, era un robot con sus circuitos bien constituidos además de con una programación resultado del genio científico. El caso era que a partir de entonces esta figura mecanizada femenina comenzó a seguirle por todas partes como si fuera su sombra, allí donde el soldado-brujo se desplazase, ahí iba tras él aquel ser creado por su magia. Si el soldado-brujo avanzaba, así lo hacía ese milagro de la inventiva fantástica, si se detenía, se paraba en seco y esperaba a que el movimiento se reanudara. Uno podría pensar que aquel maniquí solamente se limitaba a ser una especie de mimo que venía a repetir sus movimientos como el reflejo que devuelve el espejo, pero en realidad este no se ceñía a la mera imitación corporal, sino que tenía vida propia, puesto que tenía su propia forma de desplazarse, como también que su actitud de espera no era la del automata programado, era mas bien la de una vida en suspenso con sus propios gestos predeterminados por naturaleza. No se limitaba a la mera apariencia de vida, era la vida en sí misma desarrollándose de acuerdo a un carácter fijado por el aliento de la vida.

En cierta ocasión, el soldado-brujo decidió acompañar a un amigo suyo por unos callejones cargados de chalets calcinados por lo que fue un incendio motivado por un mago iracundo que antes habitaba la zona, y como no, el maniquí robótico fue en su compañía como siempre acostumbraba. El motivo de tal expedición no era otro que el de ver si eran capaces de entrar en la casa calcinada de su amigo, el cual hacía años que no entraba en la misma. Con cierta inventiva fueron capaces de atravesar el umbral de la puerta principal, y una vez ahí se sobrecogieron al comprobar que mientras la parte exterior de la casa mostraba las señales que suelen acompañar al abandono de una casa completamente carbonizada, en el interior estaba todo impoluto cual si no hubiera pasado nada, a excepción del polvo que atestiguaba que aquel lugar había sido abandonado hace ya unos cuantos años, lo restante permanecía idéntico y en su sitio como si los dueños hubieran salido a hacer las compras hace poco. Obviamente, ni el soldado-brujo ni su compañero se esperaban algo semejante, y si no llega a ser porque el maniquí animado se quedase esperando en el exterior -se desconocía la razón de por qué cuando el soldado-brujo entraba a cualesquiera lugar esta permaneciese esperando fuera del mismo- ella tampoco se lo hubiese creído.

Fueron inspeccionando habitación por habitación, sala tras sala, no dejando recoveco alguno ni resquicio donde estos no asomasen sus perplejas cabezas ni pisasen sus cuidadosos pies en esta investigación profunda del hogar. En un principio se ciñieron a buscar entre las estancias más apartadas, pero en cuanto llegaron al salón principal, el compañero del soldado-brujo no pudo reprimir un sollozo que pugnaba por salir cuando contempló que los regalos que jamás abrió -pues el incendio se ocasionó un día antes del Festejo de los presentes- y que le recordaron a su normalidad perdida por la ira de un hechicero depravado. Cuando, completamente derrotado por el impacto de la remembranza, quedándose en cuclillas ante los envoltorios de los regalos, ya no pudo reprimir las lágrimas que acudieron en profusión por sus anegadas mejillas. Pero su mezcla de tristeza y nostalgia fue aún mayor cuando comprobó desenvolviendo uno de los regalos cual era el presente que su padre ya fallecido esperaba que recibiese su primogénito. Se trata de una simple pelota, mas una pelota cargada de significado por el desastre acontecido y por la ausencia de un padre que jamás vería a su hijo alegrarse por su regalo. Esta escena no pudo evitar conmover al soldado-brujo, el cual decidió retirarse de la casa para dejar que su amigo pugnase en soledad e intimidad por las emociones que otorgan los recuerdos.

Ya en el exterior, pudo vislumbrar ante sus ojos algo vidriosos debido a la escena anterior que algunas gotas que anunciaban una lluvia inminente, lo que le alarmó visiblemente ya que si alguna vulnerabilidad tenía el maniquí que él mismo había formado, era el contacto directo con el agua. Así, pues, comenzó a correr en su compañía en dirección opuesta para comprobar si era capaz de encontrar un cobijo adecuado antes de que el agua minase la figura de aquel portento de la magia. Pero, según avanzaba en su carrera, sus esfuerzos se mostraban inútiles en tanto que el agua caía cada vez con una mayor profusión. Los cielos se oscurecían anunciando una inevitable tormenta, mientras que la lluvía caía como un millar de agujas afiladas que pretendían echar al traste su experimento. El maniquí parecía que se derretía al contacto con tal cantidad se agua, emborronándose sus formas cual si esta hubiera sido formada a partir de barro o cartón. Así, pues, no le quedó otra al solado-brujo que recitar los conjuros que le darían la liberación definitiva a ese ser que él mismo había creado a partir de la basura. Y en tanto que esto recitaba aún siendo cegado por las afiladas gotas de lluvía y sus oídos eran ensordecidos por los truenos que retumbaban en la distancia, la figura que antes era un compuesto de basura bien constituida y aunada entre sí, fue vertiéndose por partes en blanca piel y en aúreos cabellos hasta que llegó un punto en el que su cuerpo al completo se metamorfoseó en una hermosa joven excenta de los ropajes que exige el decoro. Resultado de lo cual, el soldado-brujo le lanzó su raída capa para que se cubriera mientras huía de un enemigo desconocido. Finalmente, la hermosa dama, se lanzó a una carrera tan enfebrecida que terminó por desaparecer entre los arbustos y los arboles que tenían poco más adelante. Y aunque el soldado-brujo intentó alcanzarla, se le hizo imposible.

De repente, se encontró en un campo desierto si no llega a ser por la gran cantidad de hierba virgen que estaba bajo sus pies, y hasta la lluvía pareció detenerse con la huída de las nubes, mostrando así un panórama despejado aún con la inminencia de la llegada de la noche. Desconcertado, el soldado-brujo se detuvo en seco, inspeccionando a un lado y a otro por si lograba cerciorarse de dónde se encontraba. Sin previo aviso, aparecieron dos divinidades esféricas que recibían los nombres de Mamoptle y Mamaptla por aquellos lares, y que chocando entre sí como unas bolas enfebrecidas por el delirio, se lanzaron en dirección al soldado-brujo con saña y celo, dispuestas a entrar en combate con aquellos que no las rendían el debido culto. Y como el soldado-brujo era de aquellos que miraban con desconfianza a aquellos poligotas dioses que con su arrogancia y desparpajo buscaban que sus fieles les lamiesen los pies por su auto-proclamada divinidad, no era de extrañas que las divinidades esféricas que le acometieran con furia. Un buen rato duró este combate en el que el soldado-brujo era lanzado por los aires debido a los placajes que estas pelotas sagradas le conferían, mas debido a su dominio de la magia negra y del vacío, finalmente logró mandarlas allí donde estas provenían, que no era otro lugar que no fueran las sombras de la ignominia.

Una vez que estas quedaron reducidas al ámbito de lo ignoto, una tercera divinidad se presentó ante el soldado-brujo que permanecía sentado en el suelo como si hubiera finalizado un picnic. Esta recibía el nombre de Hiplotep, y tenía una forma de cubo, que con su resplandor azul cegaba a todo aquel que dirigiese su mirada en su dirección. Tan arrogante era que pensaba que el ocasionar susodicho resplandor en los presentes cegando así su visión, le otorgaba del suficiente estatuto para que se le considerase un dios. Sin embargo, esta no acudía con intenciones hostiles, se limitó a rendir un cortés aplauso al soldado-brujo por su hazaña, indicándole que gracias a lograr que las divinidades esféricas regresaran de ahí de dónde estas habían surgido, ella tenía mas posibilidades de que más seguidores fueran en seguimiento de su estela. Por un momento, el soldado-brujo apretó su puño con insensatas ganas de mandarla a ella también a ese lugar, pero quizás debido a la melancolía que le produjo que el maniquí convertido en una bella doncella huyese de ahí, se limitó a asentir con una sárdonica sonrisa y dejó que la divinidad cubo se fuera de ahí complacida en su gredo inventado.

Cierto tiempo después, el soldado-brujo fue perseguido por un militar de la zona que mandando por un declarado enemigo suyo buscaba pistas sobre él por todo el mundo onírico. Y como advertí en las primeras líneas de este escrito sobre la instrospectiva genialidad del soldado-brujo, este no se iba a dejar alcanzar tan facilmente. Así que se transformó en un joven recluta que acompañó al militar en sus indagaciones en tanto que este era ignorante de que se encontraba ante su mismo objetivo. Riéndose hacía sus adentros de la escasa sagacidad del militar, el soldado-brujo acompañó a este tranformado en un aleatorio ayudante mientras el militar no notó nada extraño en ello. Se desplazaban de una zona a otra con evidente perplejidad del militar que no entendía como este soldado-brujo era tan agudo para pasar inadvertido durante tantísimo tiempo, siendo certero por lo menos para sus informes que desde hacía poco se encontraba precisamente por aquella zona.

Y fue en el transcurso de estas indagaciones cuando el soldado-brujo siendo la apariencia del joven recluta localizó a la que había sido su maniquí, y que ahora era una joven tan hermosa y vivaracha como sus cabellos rubicundos al ser movidos por el viento. Aquello provocó que su corazón dejase de latir durante unos instantes, lo que casi le delató ante la mirada indagadora del ciego militar. Pensó que quizás ya era hora de dejar atrás esta parodia, y cuando se hubieron distanciado de la bella muchacha, reveló su forma ante el desconcertado militar, el cual no tuvo demasiado tiempo para reaccionar, no pudo ni alzar su arma cuando fue repentinamente decapitado por el sombrío filo del soldado-brujo. Todavía su cuello cercenado daba rienda suelta con el riego de su sangre cuando el causante del mismo ya se desplazaba en dirección contraria, retrocediendo allí dónde había encontrado a su anterior creación ya humanizada en aquella esplendorosa pintura viva.

Esta le reconoció de inmediato, y aunque titubeando al principio, no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando sus nervios fueron sofocados, y mas aún sonrió cuando vislumbró la sangre del militar en el semblante del soldado-brujo. Sin proferir palabra alguna, alzó el dedo índice en dirección a su rostro, y con una exclamación de regocijo, se llevó la sangre reciente a sus labios. Cuando la saboreó, no pudo reprimir una inocente risotada de regocijo, elevándose así sus rubios cabellos debido a la emoción. Repitió ese mismo movimiento, y en esta ocasión, tras degustar con deleite aquella sangre que debía de saber como el oxído, no pudo evitar danzar al rededor del soldado-brujo con evidente alegría. Sus movimientos danzarines se daban de tal manera que probaba algo de sangre para instantes después bailar evidentemente contenta. Tan feliz se encontraba degustando aquel líquido sanguiolento que se lanzó para besar al soldado-brujo no tanto por amor como para mostrarle la alegría que le producía sentir en sus labios la sangre reciente, y que además, esta se había producido gracias al desenfreno que le pertenecía con entera exclusividad a él.

Cuando ella le tomó de la mano para que caminasen juntos, justo en ese momento y no antes aún con el espectáculo del baile sangriento, concretamente con el contacto de su gélida mano, cuando se dió cuenta de que si bien había creado a una hermosa joven que aparentaba inocencia y virginidad, también había formado en la profundidad de su níveo seno lo que era la maldad en sí misma. Parecía que la belleza de la que era dotada su impoluto semblante y la armonía de sus formas femeninas se había aunado con exquisita consonancia con el mal absoluto, cual una exquisita melodía era acompañada por el estruendo de los tímbales. Aquello pensó nada mas recibir el helado contacto de su pálida mano, mas poco le importó. Quizás  también pensó que era inevitable que lo esplendoroso conviviera con la negrura en este ambivalente mundo, y que al igual que el alma humana se encuentra acosada por sus propios pecados y una capacidad de salvación, así también debía ocurrir con la hermosura que escondía tras el repentino esplendor un cúmulo de despiadadas sombras que espantarían al demonio mismo.

Así, cogidos de la mano como si fueran amantes que hubieran sido pillados in fraganti durante sus secretas confidencias amorosas, ambos se alzaron en un desatado vuelo en frenesí por el crepúsculo del mundo de los sueños, elevándose a unas alturas que probablemente se dirigían a los palacios que se encuentran en la luna.


sábado, 27 de septiembre de 2025

El experimiento de la existencia

 Cuando me sentía descorazonado o confuso respecto a los asuntos de la vida, siempre salía a la calle para contemplar las estrellas. En estos paseos nocturnos pensaba en torno a innumerables cosas hasta el punto de replantearme mi existencia. Mirando en dirección hacía esos luceros celestes me preguntaba: "¿Tiene todo esto algún tipo de sentido? ¿Por qué existo? ¿Y para qué habré nacido?" Ya sabéis, ese tipo de preguntas que a mi modo de ver todo el mundo se hace en algún momento. Mentras así me interrogaba a mí mismo, otras veces salía de mi interior para plegarme ante lo que tenía frente a mis ojos, y me daba cuenta de que el panorama del cielo nocturno era cada noche muy distinto de la siguiente. Si bien es cierto que el haz estelar que nos rodea va evolucionando en la medida que avanza la noche, este era radicalmente diferente de un día para otro. A veces me daba la sensación de que las estrellas se encontraban muy lejanas y distanciadas entre sí, otras veces parecían estar tan cerca que uno creía tocarlas, y en algunas otras ocasiones el parpadeo de esta nos sumía en las sombras cuando se detenía, haciendo que me replanteara si todo lo que me rodeaba era efectivamente real, o el sueño de algún dios que se encontraba en una galaxia lejana.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión para mí llegó en un aciago atardecer en el que me encontraba esperando en una estación de autobuses a una persona muy especial para mí. Cuando recorría sus largos pasillos, los vagones donde estos descargaban a los pasajeros y las ventanillas de información, una especie de densidad me presionaba el cráneo como si algún tipo de entidad buscara aplastarlo. Lo curioso era que esto sólo ocurría cuando andaba por la zona exterior de la estación, allí donde antes estacionaban los autobuses. Digo antes porque ahora esta se encontraba prácticamente desierta, a excepción de un par de autobuses oscuros y vacíos que se encontraban aparcados a gran distancia. Obviamente, debido al insistente dolor de cabeza, opté por mantenerme lo más cerca de la estación que me era posible sin internarme del todo. Al menos ahí, y a pesar de la luz flusforeciente que recorría su interior, aquella densidad mental parecía calmarse por momentos.

Mas, aún así, observaba a ratos como una especie de distorsión en mi campo de visión, cual si lo que veía se deshiciera en una especie de hebras que iban quebrándose y que iban deformándose en la medida que procuraba acentuar mi vista. No sabría cómo explicarlo mejor, pero era algo así como si las imagenes que percibía con mis ojos, se transmutasen ante mi mirada perpleja en una especie de mareo que no terminaba de culminar hasta el desmayo. Incluso la gente que en ese momento me rodeaba, parecían sombras dispersas que se desplazaban de aquí para allá sin una razón aparente. Creía reconocer a algunas de ellas, y estas me saludaban, se acercaban para parlotear en torno a asuntos triviales. Esto pareció calmarme durante un rato, pero al poco volvían a acometerme aquellos extraños mareos, aunque esta vez acompañados por una vibración persistente que taponó mis oídos a cualquier ruido que proviniera del exterior.

Justo cuando decidí sentarme en uno de los bancos de hierro barato que se encontraban ya en el interior de la estación, empezaron a acudir un montón de hombres uniformados y adornados con pesados cascos, que nos apuntaban a todos con sus rifles y escopetas avanzadas, hacinándondos de una esquina a otra. Finalmente, increpándonos y empujando con violencia, nos encaminaron allí donde estos querían. Lo cual vino a ser un inmenso tren donde siguiendo un orden aparentemente aleatorio nos fueron internando hasta el punto de llenar todos los vagones de semblantes consternados y confusos, algunos miraban al suelo, otros contenían los sollozos, y los menos reían quizás sintiendo lo caprichoso de su situación, mas a todos nos recorría un malestar interno que nos era común.

Sin saber qué hacer, decidí recorrer todo el tren como podía, me desplacé apartando a la gente de mi camino como quién aparta de sí las ramas que le impiden internarse en el bosque, fue ahí cuando descubrí los mas diversos rostros que a pesar de la multiplicidad de sus emociones todos apuntaban a una misma perplejidad. Así, pues, cuando llegué a uno de los penúltimos vagones allí me senté en el suelo, cruzando piernas y brazos quedándome ensimismado. Y en tanto que permanecía en esta postura, el tren comenzó a desplazarse con premura hacía una dirección que he de reconocer que desconocía por completo. No sé por qué, pero en algún momento del viaje me levanté como animado por un extraño resorte, y mirando en dirección a un hombre que aparentaba ser un mendigo por los andrajos que portaba consigo, este me sonrió con una curiosa elocuencia, y acto seguido, desvió su mirada a una puerta que parecía medio rota, que se tambaleaba con el impetú del viento.

Sin pensármelo dos veces, manipulé aquella puerta averiada con mis propias manos hasta que logré desencajarla por completo, y cuando así lo hice, nos hallabamos en una zona bastante elevada en la que crecía la hierba fresca. No queriendo permanecer en cautividad de aquellos hombres uniformados de negro que parecían militares, me lancé en redondo hacía los derroteros de la espesura. Aquella apariencia de suavidad de la hierba siendo ondeada por el viento me engañó, pues debajo de la misma no sólo había tierra, sino duras piedras que me hirieron lo indecible, provocando que mi caída se asemejara más a las últimas imagenes vislumbradas por el suicida que se lanza desde un edificio que a un desplazamiento en forma de churro por la verdura de la hierba. Al principio, observé un montón de colores interpuestos entre sí que hacían imposible todo discernimiento respecto a lo que me rodeaba, pero llegó un momento en el que toda aquella profusión colorida se agotó hasta que se convirtió en una negrura completa. Es decir, me desmayé.

Cuando me desperté me encontraba en una especie de pueblo que me hubiera atrevido a calificar de abandonado si no hubiera visto a algunas gentes que como setas dispersas pululaban aquí y allá, algunos de los cuales se asomaban evidentemente perplejos por mi presencia ahí. Dicho sea de paso, no tenía el mejor de los aspectos en ese momento, pues la caída en forma de croqueta había provocado que mi ropa terminará adoptando un aspecto de andrajoso y de indigente, tanto por las roturas como por la sangre que salían de las mismas. Además, como ya era de día debido a que probablemente permanecí desmayado largas horas, mi semblante mostraba una evidente mueca de confusión al no comprender qué había pasado. Una vez que hube recuperado al menos la mitad de mi consciencia, levantándome como pude a pesar de la cojera de la pierna izquierda, algunas personas se acercaron a mí para interrogarme acerca de quién era, lo cual una vez satisfecho provocó que yo les preguntará a su vez quienes eran ellos y donde me encontraba.

Me comentaron que ellos tampoco lo sabían a ciencia cierta, que fueron arrastrados hasta ahí desde una zona remota por un séquito de hombres uniformados que se habían establecido en una base que ocupaba la parte central de la población. Señalándome con dedo tembloroso donde esta se ubicaba, nos desplazamos con tiento hacía la misma, escondiéndonos entre los arbustos y los brezales que la rodeaban. Pude comprobar que estos se encontraban sumidos en una cavidad, recorriendo sus al rededores con sus armas al hombro, y que la parte central de la misma era una especie de cúmula negra que por su textura bien podría haber sido de plástico. Creímos que uno de ellos sospechaba sobre nuestra cercanía, así que nos escapamos de allí a todo correr, situándonos en una zona del poblado lo más lejana posible.

Una vez ahí intercambiamos impresiones, no sacando nada en claro al final. Así que mientras unos se quedaban escondidos parlamentando para intentar hallar una explicación ante nuestra situación, algunos de nosotros nos alejamos del poblado encontrando otro prácticamente idéntico pocos kilometros mas hacía el noreste desde nuestro punto de partida. No obstante, la radical diferencia entre uno y otro poblado era que a pesar de mantener una estructura y una organización semejante respecto al anterior, este se encontraba en evidente estado de abandono. De hecho, tan abandonado estaba que aunque lo recorrimos a conciencia, no encontramos alma alguna, ni siquiera en pena que era como nos sentíamos nosotros. Quizás otra diferencia notable a reseñar era que en esta zona no se encontraba base militar alguna, y que a lo sumo se atisbaba lo que había sido una cúpula completamente quebrada y hundida en uno de los montículos de hierba verde aledaños. Pero, pese a que lo inspeccionamos con tesón, no terminamos de sacar nada en claro.

Nuestra investigación fue bastante infructuosa hasta que encontramos una pequeña cavidad en la que con tiento logramos introducirnos algunos de nosotros, mientras que los otros restantes permanecían en el exterior por si tenían que avisar sobre cualquier cosa que sucediera lejos del alcance de nuestra vista. Allí, en lo que aparentaba ser una gruta cavernosa labrada artificialmente -es decir, por la mano del hombre- vimos un montón de compartimentos repletos de los mismos uniformes, cascos, armas, complementos e indumentaria general que portaban aquellos que nos movilizaban donde gustaban. Una vez que inspeccionamos toda la zona y sus objetos, personalmente me quedé con la sensación de que todo aquello no terminaba ahí. A saber, que todo lo que acababamos de descubrir no suponía ni un uno por ciento de todo aquello que se ocultaba ante nuestros ingenuos e ignorantes ojos. Así que, debido a esta sensación que me carcomía, decidí investigar en profundidad toda la zona exterior en la medida en la que todavía aprovechar la presencia de la luz.

Al final, encontré algo cuanto menos extraño, y era que lo que parecía una especie de musgo desordenado que crecía encima de una placa de hierro oxidado que se asemejaba a una especie de alcantarilla, se podía desplazar en forma circular si uno apretaba con tesón. Y así fue como descubrí, ante la perpleja mirada de los pocos que me acompañaban y que aún no habían desistido de encontrar respuestas, un profundo tunel oculto por esta cavidad musgosa que hacía de pasillo descendente hacia las sombras. Por suerte, había un interruptor en el comienzo del mismo que con su luz artificial azulada nos permitió poder internarnos con ayuda de su guía lumínica. No sé cuanto tiempo pasamos descendiendo aquel pasillo que parecía no comprender de fin. Estábamos evidentemente temerosos ante lo que podíamos encontrar, pero la curiosidad y el deseo de saber se sobrepuso al miedo, y así fue como llegamos a una amplia sala que debido a una apertura a la luz natural adornada por el resplandor que surgía de una cascada, ya no necesitabamos de la luz azulenca que nos acompañó hasta entonces.

Allí encontramos un montón de objetos dispersos entre un mobiliario anticuado, que aceptaba con naturalidad la pátina del tiempo debido a tono verdoso de humedad que todo lo cercaba. Debido al estado un poco desastroso de algunos de los objetos que vímos, atestiguamos que todas aquellas cosas habían sido utilizadas por otras personas con anterioridad. Había todo tipo de objetos, desde libros bien encuadernados que resistían el ambiente adverso hasta papeles que resultaban prácticamente ilegibles debido a la negrura del moho, también había ropas tanto de civiles como de militares, pero sobre todo un montón de mochilas y de maletas, algunas de las cuales con rastros de suciedad y de barro, y que estaban apiladas siguiendo un orden que permitían observarlas sin requerir de apartar unas de las otras.

Tras inspeccionar algunos de estos enseres, me detuve a indagar en particular una de las mochilas que mostraba un aspecto infantil debido a la gran cantidad de colores con lo que era adornada, y abriéndola, saqué gran cantidad de cuadernos, papeles, objetos que me costaba en ese momento identificar y una cartera de cuero sintético. Todo iba con normalidad en esta inspección hasta que encontré un documento de identificación que estaba incrustado entre tantos otros debido al tiempo que parecía haber pasado desde que nadie se atrevía a tocar esta cartera abandonada. Este documento en forma de tarjeta era todo lo normal que podía pensarse hasta que contemplé la foto que se encontraba en la esquina inferior derecha del mismo, aquel hombre... Rectifico, aquel ser que se asemejaba a lo que era un hombre, tenía unos ojos azulados y de inmensos párpados en lo que sería nuestra mitad de la frente, a la par que su boca era mucho más grande de lo normal, adornada por unos dientes amarillentos que discurrían de forma ordenada por su boca, como también una orejas que estaban donde debieran encontrarse unas sienes despejadas... En fin, aquella entidad era de una deformidad inusitada a pesar de que teníamos bastantes rasgos comunes. Sobre todo me pertubó su mirada, la cual connotaba una especie de dispersión mental que lindaba con algún tipo de disfunción de tipo intelectual, mas a pesar de ello, su extendida pupila pareció clavarse en mi alma como si me acusase de haber descubierto algo que jamás debí de haber visto.

A nada estuve de caerme al suelo, acusado por un vértigo que sobrepasaba todas las funciones racionales de las que se encuentra dotado el ser humano, cuando el gritó de uno de mis congeneres me despertó de mi abatimiento existencial. Esto se debió a que este, adelántandose respecto a nosotros en nuestra inspección del lugar, llegó a una despejada y amplia mesa de lo que aparentaba ser un roble teñido de negro, encontrando en el centro de la misma un documento que trastonó su sentido de la realidad y hasta su juicio mismo. Cuando llegamos hasta su posición, sin decirnos qué era aquello que había provocado su repentina excitación, se limitó a señalar el documento que fue la causa. Y ahí fue dónde leí lo siguiente en tanto que mis manos temblaban y mis dientes castañeaban en la medida que iba avanzando en su lectura:

"Informe sobre la colonización de C3967D. Resultado satisfactorio, los genes humanos han sido insertados con éxito y han crecido sin problema, a excepción de algunas deformaciones debido al ambiente que procuraremos paliar. Tras un total de ocho intentos, logramos reconducirlas a su estado originario y armonioso, y desde una perspectiva introspectiva, los sujetos se consideran los primeros habitantes del planeta número 154 de tantos otros que estamos investigando para comprobar su adaptabilidad a nuestro organismo. Además, también es digno de reseñar..."

A partir de aquí este documento resultaba ilegible debido a su estado lamentable, a la par que poco antes de terminar había una serie de cifras intercaladas con unos símbolos que nos eran imposibles de descifrar. Mas, a pesar de ello, entendimos la esencia del mensaje. Es decir, este nuestro mundo no era la tierra que creíamos conocer, sino un tal planeta que recibía esa categorización númerica tan extraña e imposible de identificar para nosotros. Todos éramos resultado de un experimento que recibía el número de ciento y pico de a saber cuantos otros que se estarían realizando en este mismo momento, a saber, que todo lo que pensábamos que sabíamos eran en verdad conocimientos que se nos habían implantado en la mente por no sé cuales procesos. Me sentía como una bactería insertada en una probeta, pero que en vez de encontrarse en el estrecho receptáculo de un laboratorio estaba flotando por la sombría inmensidad de un universo que me era hostil y desconocido... Y si esto es así, ¿En qué estriba mi vida? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene que siga viviendo, o que me muera ahora repentinamente tras esta impresión? ¿Qué clase de juego era este al que me sometía ese dios desconocido que habita más allá del inmenso agujero negro que se encuentra justo en la mitad del universo...?

domingo, 14 de septiembre de 2025

Una investigación simulada

 A lo largo de mi carrera como investigador privado dentro del mundo onírico jamás me he encontrado con un caso semejante por lo paradójico de su supuesta resolución. Es cierto que por estos lares soñados ocurren los hechos más fantásticos y los acontecimientos más extraños, pero aún así este caso acaecido hacía poco me impresionó profundamente, hasta tal punto que he llegado a interrogarme acerca de mi propio oficio, a si este me llega a algún puerto o es simplemente una simulación de algo que ya ha sido dado antes de cualesquiera transcurso temporal.

Pero antes de entrar en el particular, quisiera que el lector reflexionase sobre la degradación moral. No sobre si en la naturaleza humana prepondera un elemento bondadoso o uno de índole maligno, sino sobre si esta última tendencia puede sobrepasar hasta tal grado la primera que pareciera que esta prácticamente desapareciera. A saber, lo que me carcome por dentro es si puede llegar un punto en el que nuestra tendencia hacia el bien no fuera del todo exacta a como atestiguan los antiguos, y por ende, una persona por cualesquiera circunstancias puede llegar a expulsar de sí todo atisbo de bondad para sumirse en las sombras de lo ignoto. En un caso así, ocurriría en el terreno de la moral lo que pasaría en el estado de pudrefacción de los muertos, es decir que cada rincón de nuestro ser moral terminaría paulatinamente devorado por los gusanos.

Una vez puesta esta duda ante la mesa paso a narrar los antedecentes de lo que me ocupa de cara a que uno se vaya haciendo a la idea de a lo que me refiero. Había un hombre llamado Oliver que resultaba ser un ejemplar cuanto menos curioso, o en un sentido estricto, un ser completamente degenerado y tendente a la infamia. Y aunque no está bien juzgar por las apariencias, su aspecto externo ya atestiguaba el mal que habitaba en su interior. Este tenía un aspecto desaliñado, unos cabellos revueltos en desorden, portaba siempre una ropa sucia y desgarrada, y su piel parecía barnizada por porquería procedente de diversos lugares. Es decir, tenía las pintas de todo un mendigo, mas no de esos mendigos que debido a su desgraciada vida se han quedado en una situación en la que se merecen compasión y auxilio, pues sus ojos atestiguaban una furia y una locura degenerada que sobrepasaba cualesquiera espectativas prejuiciosas debido a su aspecto. Esa mirada cargada de delirio y de saña furibunda no dejaba indiferente a nadie.

Pero mas allá de su aspecto, sus actos y hechos hablaban bastante de sí mismo, pues se sabía que este cometía asesinados a diario, y aunque nunca cometió una agresión física a una mujer, estas se sentían bastante incómodas respecto a sus burlas, insultos y obscenas gesticulaciones. Se diría que Oliver disfrutaba desconcertando a la gente, pues unas veces se quedaba encerrado en un extraño mutismo del que sólo le sacaba una suerte de agitación interna que se materializaba en un violento espasmo que en ocasiones se desarrollaba en forma de puñalada, de agresión física, o en el mejor de los casos, de atentado contra la decencia. Nadie sabía a ciencia cierta si Oliver siempre fue así, o fue un desarrollo que se fue dando poco a poco, el caso es que todos coincidían que era un claro ejemplo de degeneración.

Uno de los patrones que mas se repetían en él, es que a las veces se desnudaba repentinamente ante los atónitos ojos de sus semejantes, se desgarraba su ya de por si ajado atuendo, e iba brincando de un lado a otro como Dios le trajo al mundo. Esto, además de incomodar, provocaba sudores fríos a la gente, porque se sabía con entera seguridad de que tras este acceso de espontáneo nudismo iba a cometer algún atroz acto como el asesinar a alguien aleatoriamente en la calle, o al menos agredir a una persona con la violencia más inusitada. A este respecto, el caso mas suave que se ha reportado cuando se hallaba en aquellos accesos, fue el de agarrar una pesada roca para romper la ventana de una casa, lo cual le dió cabida a su interior donde se introdujo asestando puñetazos y empujones a todos los presentes.

Para evitar darles demasiadas vueltas al asunto, iré al grano: Oliver apareció muerto en una acera allende a su hogar, y por las marcas que mostraba el cadáver había sido claramente asesinado. Su piel mostraba bastantes señales que indicaban que había sido acuchillado, y las magulladuras de su cuerpo, que fue atropellado por un tipo de vehiculo. Sus escasos seres queridos se mostraron conmocionados, sobre todo su mujer y su hijo. Y he aquí otro punto curioso, sí este ser degenerado tenía familia. Por lo visto, eran las dos únicas personas que recibían un trato mas o menos decente de este loco, aunque teniendo en cuenta su historial nadie se lo explicaba. Ambos, mujer e hijo, vestían en semejanza al padre, una era una rubia desgreñada de prominente nariz que a las veces aparecía semidesnuda ante los perplejos ojos de los mirones, y la criatura era espejo a tamaño reducido de su padre pero con un estilo de pelo quizás mas afro.

El caso fue que me mandaron a mí investigar la muerte del loco de Oliver, e insistieron en que fuera en compañía de su hijo debido a que este tenía derecho a saber lo que había pasado para comunicarselo a su madre. Yo, obviamente obedecí sin rechistar las indicaciones de mi superior, aunque interiormente lo hacía con desgana. Tenía una suerte de confrontación interna en tanto que pensaba que si bien era mi deber como investigador el ocuparme de los casos que se me asignasen independientemente de quién fuera el sujeto, en esta ocasión pensaba para mis adentros que Oliver merecía estar muerto debido a los constantes crimenes de los que era el principal perpretador. Además, también era un caso complejo porque ¿Quién no querría matar a este loco como venganza tanto personal como colectiva para librar a la sociedad de un sujeto semejante? Cualquiera podría ser, desde un padre de familia preocupado por el bienestar de su prole como un anciano cuyo nieto había sido asesinado por las andanzas de ese desquiciado.

Pero bueno, digamos que no me quedó otra que ejercer con la mayor ética mi profesión y ponerme manos a la obra. Lo primero que hice fue investigar los alrededores más inmediatos al hallazgo del cuerpo, busqué pistas materiales en primera instancia y después hice tanto igual con las inmateriales preguntando a los vecinos de la zona. Esta primera fase de la investigación no me dió muy buenos resultados, así que fue aumentando el perimetro de la zona para ver si así llegaba a algunas conclusiones, aunque fueran aproximadas. Entre tanto, iba en compañía de aquel desdichado infante que no se separaba de mí mientras que iba dando saltos y carreras de un lado para otro. Me desconcertaba que actuase en semejanza a su padre pero en pequeña escala, obviamente no mataba -aún- a personas, pero si agredía a otros niños injustificadamente, maltrataba a los animales y otros pequeños seres, e incluso -y lo que más me sorprendía- era que se arrancaba sus sucias ropas como lo hacía su padre, quedándose desnudo de cintura para arriba en tanto que perpetraba sus escaramuzas y demás actos impulsivos.

En tanto que lidiaba con estas interrupciones, a veces me detenía en mirar al cielo desconcertado para observar una especie de nave que se desplazaba al rededor del mundo onírico por aquellos tiempos. Por lo visto, se trataba de una estructura que registraba los acontecimientos mas importantes de los parajes soñados durante esa semana ¿Por qué era así? No lo sabría decir con certeza, en verdad no estaba muy puesto en cuestiones tecnológicas, y menos en gubernamentales. Cuando me quedaba así anodadado contemplando su trayectoria, el chichuelo me zarandeaba la mano para que prosiguiera la investigación de la muerte de su padre. Poco me faltó para soltarle una buena zurra a aquel niñato pretencioso, ya bastante que estuviera con un caso que me desagradaba y que tanta pereza me daba, pero que encima un piojo me impulsara a proseguir, aquello ya era el colmo. Mas, guardo cierta postura profesional, me limitaba a mirarle con una furia contenida, y respirando hondo, proseguía con la dichosa investigación.


Cada vez tenía que aumentar más el rango de investigación debido a que las pistas eran bastante escasas por no decir prácticamente nímias. A cada persona que preguntaba si sabía algo acerca del caso, me respondía con una sonrisa contenida que mostraba su satisfacción por la muerte de aquel hombre. Hubo algunos, incluso, que no tenían ese decoro y mostraban a las claras que se alegraban de que hubiera muerto. En mi fuero interno no podía dejar de compartir su regocijo, mas por otro lado había una duda latente en mí que me impulsaba a pensar si estaba bien todo aquello de alegrarse de la muerte de un semejante por mucho que este fuera un loco degenerado, e incluso, me preguntaba también si todos nosotros en mayor o en menor medida también éramos algo degenerados por alegrarnos por algo así.

Mas no podía detenerme en estas discusiones morales que ya posteriormente a la investigación asenté, pues tenía que proseguir investigando. Tras recoger testimonios de cara a recabar datos, me interné en los bosques cercanos a la comarca, buscando pistas que dieran cuenta de los accidentes de un asesinato semejante. Normalmente los asesinos no son tan listos como estos se consideran a sí mismos, siempre dejan algún tipo de pista que los delata, alguna vez ha ocurrido que cuando se trata de un criminal poco experimentado llega a dejar tirada el arma homicida a pocos metros del cadáver. Pero lamentablemente, este no era un caso así, ya que por mucho que registrara no lograba encontrar nada determinante, a excepción de que todo el mundo podría haber sido sospechoso -inclusive yo mismo- por alegrarse de la muerte de este hombre. Y en cuanto a pistas de índole material que fueran contundentes, de eso no había nada por lado alguno.

Ya en los limites de la desesperación debido a no encontrar nada concluyente, fuí internándome todavía más en la espesura en la compañía del niño saltarín, llegué hasta tales profundidades que encontré a la nave que tantas veces había captado mi atención completamente destrozada entre unas inmensas rocas. Parecía que había tenido algún tipo de accidente, y debido al humo que esta expulsaba, había muchas personas al rededor de la misma intentando averiguar qué había pasado. Comencé a disolverlos a todos indicando con mi insignia que era un investigador privado y que debían despejar la zona para que las autoridades oficiales se ocupasen de la pertinente cuestión de la nave. Al principio, no me hicieron mucho caso, mas cuando saqué mi arma ya me tomaron más en serio, y pude internarme en la nave para procurar descubrir qué había pasado.

Aquello era un amasijo de hierros y estructuras destrozados y derretidos por el calor a consecuencia de las llamas, pero con cierta perfidia logré colarme por un intercisio y saqué de allí una suerte de caja donde se escuchaba un mensaje distorsionado por el golpe. Así, pues, me dirigí con premura a mi oficina en el centro de la ciudad, y con algunos reajustes técnicos logré descifrar el mensaje de la susodicha caja, la cual decía algo así como: "Acontecidimientos reseñables en el mundo onírico durante los últimos tiempos. En primer lugar, la exploración a alcanzado cotas más allá de las montañas del norte, encontrando en las mismas pistas sobre la posible ubicación del soldado-brujo, pese a que no se ha encontrado nada determinante. Y, en segundo lugar, aunque no menos importante, la simulación de la muerte de Oliver ha resultado satisfactoria. Su sustancia material ha sido convenientemente aniquilada, mientras que su alma descansa en el éter del mundo celeste, ajena a los ojos de los hombres. Ahora mismo, en este instante, se está pasando por escrito esta historia para que diversos humanos puedan atestiguar esta realidad en el mundo vigil.  Fin de la comunicación."

Cuando escuché todo esto me quedé bastante perplejo, tuve que escucharlo unas cuatro veces para cerciorarme sobre lo que había escuchado. Así que... ¿Todo esto era una mera simulación que ya estaba preparada con anterioridad? ¿La muerte de Oliver había sido ejecutada de antemano sirviendo como una extraña prueba? ¿Y esto que estaba escribiendo ahora mismo iba a ser leído por otra persona ajena a la situación? No entendía nada, así que pasé la noche dando vueltas a estas cuestiones sin llegar a una conclusión determinada. Empecé a preguntarme sobre la realidad del mundo onírico en general, y sobre mi misma existencia aquí en particular ¿De qué servía que continuase con mi oficio si había acontecimientos que ya estaban predeterminados? ¿Éramos todo la fábula soñada de algún extraño personaje? Me dolía la cabeza de dar tantas vueltas a estos asuntos, hasta que debido al agotamiento me quedé dormido.

Al día siguiente decidí dar por "terminada" la investigación, y antes de cerrar el caso, pensé que debía informar a la viuda sobre la situación. No dije mucho, me limité a reproducir el mensaje del día anterior ante su presencia. No sé si logró entenderlo mejor que yo, o simplemente se encontraba conmocionada porque era un asunto que le afectaba de forma directa, pero tras escucharlo comenzó a llorar desesperadamente como jamás había visto a nadie derramar sus lágrimas. Parecía una mezcla entre un impacto existencial y los lloriqueos de un niño enrabietado. Su semblante estaba al rojo vivo, sus manos se crispaban al son de sus sacudidas corporales y no dejaba de moquear y de proferir lágrimas a diestro y siniestro. En el culmén de su desesperación me abrazó, a mí que me precio de ser un tipo que sabe guardar la compostura.

Reconozco que justo en ese instante en el que sentí el calor de su cuerpo posándose sobre el mío, sentí una honda compasión como hasta entonces no había sentido a lo largo de la investigación. Fue entonces cuando retornó a mí aquella consideración sobre la degeneración que había escrito en lo precedente, como también la extraña sensación de que alguien estaba leyendo estas letras justo en este momento. Así pues, dime desconocido lector: ¿Quién era el auténtico degenerado aquí?

domingo, 7 de septiembre de 2025

En los laberintos de lo desconocido

 Amelia no sabía cómo había llegado a aquel lugar, a aquel inmenso portón cincelado al estilo grecolatino. Recordaba vagamente que se encontraba atravesando una inmensa calle sin un destino prefijado, andando por el mero hecho de andar. Mientras caminaba observaba sus fibrosos brazos con regocijo, pues atestiguaban que su entrenamiento diario estaba dando sus frutos. Con el tiempo había conseguido un cuerpo bastante definido y atlético, capaz de afrontar la acometida de cualquier hombre como quién aparta una hoja con la mano. En general estaba satisfecha con su aspecto físico, sus espaldas anchas, sus hombros robustos, su pelo corto y su vientre musculoso, mas también lo estaba con su mente cultivada, su concentración en todos los quehaceres que emprendía y su capacidad de anticipación gracias a una prodigiosa intuición.

Mas, a pesar de todas estas habilidades adquiridas tanto exteriores como interiores, se sentía bastante perpleja al no saber dónde se encontraba ni cual era aquel sitio. Lo extraño era también el hecho de que varios de los recuerdos de su vida anterior al presente en el que se encontraba se habían difuminado, distorsionado hasta tal punto que el conjunto de su vida parecían un montón de fragmentos inconexos de los cuales sólo sacaba en claro que había sido amada, odiada, aceptada y repudiada... Pero mucho mas no sacaba en claro, y el esfuerzo que hacía por intentar salir de aquellos vericuetos mentales sólo lograba desconcertarla todavía más.

Finalmente, al no lograr darse a sí misma las respuestas pertinentes para comprender todas estas cosas, decidió entrar resoluta en aquella puerta tan inmensa. Nada mas entrar, se encontró un vestibulo bastante desplejado a pesar de su amplitud, sólo había en las esquinas algunas diosas griegas esculpidas con suma sensualidad. Permaneció un tiempo observándolas con atención, descubriendo cierta semejanza entre sus cuerpos y miradas con las propias, atisbando que quizás no fuera una casualidad su presencia ahí. Aquellos ojos de deidades paganas eran tan decididos y apagados como los suyos, sus brazos moldeados sumamente firmes, sus senos bien dispuestos siguiendo unas proporciones determinadas y sus glúteos elevados en su justa medida, todo en entera semejanza con su propio cuerpo. Tras estas observaciones se preguntó si aquellas diosas eran tan semejantes en su alma a ella como lo eran respecto al cuerpo.

Pero aquellos devaneos no duraron mucho, pues poco después decidió entrar al azar en una de las salas que estaban a la izquierda del vestibulo principal. Cuando así lo hizo se encontro con un cuarto bastante tenebroso, que además de carecer de luz estaba acompañado por una densidad muy extraña. Al percibirla, quiso darse la vuelta para salir de ahí, mas no le fue posible encontrar la puerta desde la cual había entrado, así que no le quedó otra que recorrer aquella sala a ciegas, tanteando las paredes con sus curtidas manos. En tanto que duraba este proceso de reconocimiento, creyó oír susurros a su al rededor, e incluso sintió por un momento que una sustancia escamosa rozó uno de sus muslos. Esto último le puso los pelos de punta, pero justo en ese instante creyó palpar el pomo de una puerta, y sin dudarlo, se introdujo en la misma.

Ahora estaba en una sala que contrastaba sumamente con la anterior, pues esta estaba excesivamente iluminada, tan iluminada por unos inmensos ventanales que costaba mirar al frente. Estaba adornada por regios y blanquecinos muebles que parecían sacados de un cuento de hadas, y justo en el centro de la sala, había una muñeca rubia de porcelana como las de antaño. Al observarla sintió cierta perturbación, así que desvió su mirada en dirección a las ventanas por si era capaz de ver algo que le diera una pista sobre en que lugar se encontraba. Pero, aunque agudizara su mirada más allá de los cristales, sólo atisbaba una densa neblina que era iluminada por los resplandores de un desconocido sol. Así pues, no le quedó otra que buscar pistas por la estancia, mas cuando volvió a dirigir la mirada hacía donde estaba la mencionada muñeca, estaba ya no se encontraba en su lugar. Aquello logró invocar un leve sudor frío en la tersa frente de esta valiente mujer, y más aún cuando tras registrar la sala con sus enrojecidos ojos, creyó escuchar de soslayo una apagada risa infantil. Esto fue demasiado para ella, así que cuando localizó otra puerta al final de la sala, no se lo pensó dos veces y se dirigió hacía ella corriendo. Justo antes de abrirla e introducirse en la misma, creyó escuchar otra vez aquella risita de niña un tanto más elevada que la vez anterior, lo que provocó un estremecimiento de díficil explicación en sus endurecidos miembros.

En esta ocasión, se encontró con una habitación mucho mas reducida que las anteriores, decorada con muebles antiguos y con suma austeridad. Ahí, sentado en un mullido sillón en una de las esquinas, se encontraba un hombre muy moreno y con sobrepeso, durmiendo como si todo aquel asunto no viniera con él. Se lo pensó bastante, pero finalmente Amelia decidió despertarle para que le diera explicaciones sobre el lugar en el que se encontraba y quién era él. Costó lo suyo, hubo de zarandearle repetidas veces, pero cuando lo consiguió, aquel hombre reveló unos ojos saltones como los de un sapo, a los que acompaño con un gruñido animalesco que más bien era un suspiro. Al principio, este la miraba tremendamente desconcertado por tan inusitada intromisión, mas tras algunas preguntas le dijo:

- Mire joven, yo me encuentro en la misma situación que usted... No conozco este lugar, y para serle sincero tampoco me acuerdo bien de mi vida anterior antes de llegar a este lugar. Pasé largo tiempo recorriendo una sala siniestra tras otra, pero llegó un momento en el que me cansé y decidí aposentarme en esta porque era la más normal de las que hasta ahora he visto. Lo único que he logrado averiguar tras largo tiempo recorriendo esta pesadilla, es la confusa historia de un hombre. Por lo visto, este hombre habita más allá de estos lares en un edificio inmenso, donde tiene una confortable habitación para sí mismo en la parte más elevada. También tiene una segunda residencia en una zona todavía más apartada, se trata de un chalet adosado que se encuentra al final de un bosque, hay que subir unas escaleras cargadas de musgo para acceder y este se encontrará frente a una puerta de madera. No entiendo qué significará todo esto, pero es lo único que he conseguido averiguar.

Tras decir estas palabras y pese a insistir a Amelia de que se quedase ahí para hacerle compañía, esta insistió en que debería conseguir encontrar la verdad de todo aquel asunto. Así que tras despedirse de aquel hombre, abrió otra puerta y entró en otra sala. En esta ocasión, aquel lugar parecía el interior de una cabaña, incluso había una chimenea bastante reconfortante que se encontraba frente a un cómodo sillón. Amelia, para intentar ordenar sus ideas, se sentó en el mismo de cara a reposar de tan desconcertante situación. Justo cuando así lo hizo se percató de que había un cuadro en su lado izquierdo, este representaba a un hombre de grisácea mirada siniestra con un fusil al hombro. Lo más extraño era que en la medida que mas lo observaba, este parecía mudar de movimiento, incluso creyó por un momento que le guiñó un ojo en señal de burla. Según iba pasando el tiempo aquel cuadro parecía deformarse más, saliendo los colores del límite que lo envolvía, así que Amelia volviendo a salir escapotada de ahí atravesó otra puerta con el frenesí de una desquiciada. 

De nuevo, otra sala distinta. Esta parecía ser un dormitorio, mas moderno por la manufactura que atestiguaban sus muebles. Había una cama desecha, por ejemplo, que por sus telas parecía de gran calidad. Cuando Amelia se reclinó para palparla, se dió cuenta de que estaba caliente, como si el feliz durmiente hubiera estado allí hace poco y se hubiera ido. Al principio interpretó que quizás aquello fuera un engaño de los sentidos, que debido a lo confortable del lugar sus sensaciones habían sido equívocas, mas insistió deslizando sus sensuales dedos a través de las sábanas, confirmando así su primera impresión. Después comprobó que frente a la misma había una estantería repleta de viejos libros, así que decidió investigar en los mismos por si encontraba algo de interés que le ayudase a cerciorarse sobre su situación. Mas tras largos minutos se dió cuenta con perplejidad de que todos aquellos libros estaban vacíos, todas sus páginas estaban en blanco y ni aún las tapas mostraban que tuvieran título alguno, todos a excepción de uno que sólo llevaba una A grabada en la portada, y que tras pasar las primeras páginas de cortesía, contenían un parrafo que se iniciaba así: "Amelia no sabía cómo había llegado a aquel lugar, a aquel inmenso portón cincelado al estilo grecolatino. Recordaba vagamente que se encontraba atravesando una inmensa calle sin un destino prefijado, andando por el mero hecho de andar. Mientras caminaba..." Aquello le turbó lo indecible porque se trataba de todo lo que había vivido hasta llegar a ese punto, así que cerró aquel libro y lo dejó en su lugar, escapando de allí cual el soñador lo hace de sus pesadillas.

Como ya puede preveer el lector, atravesó otra vez una sala. Esta se asemejaba a la celda de una prisión pero sin mueble alguno, todo era cemento desgastado a su al rededor. Lo único que había era una cristalera cargada de oscuridad en el extremo opuesto, y como era el único elemento de la sala, Amelia se dirigió al mismo tremendamente desesperada. En un principio, se asomó al mismo haciendo formas con sus manos ante sus ojos simulando un telescopio por si era capaz de atisbar algo. Pero aquel esfuerzo resultó en vano, así que ya desquiciada a no mas poder empezó a aporrear la cristalera con desesperado frenesí, por si era capaz de romperla e investigar por ahí, o en su defecto, por si alguien podía escucharla y dotarla de respuestas. Al final, su esfuerzo dió como resultado la aparición de un rostro entre las sombras, un rostro macilento y putrefacto que le clavó una mirada cristalina e inexpresiva, pues se trataba de un cádaver. Resultado de lo cual, Amelia profirió un grito sintoma de la locura que la atenazaba. Antes de huir del lugar, fue capaz de atestiguar el avanzado estado de putrefacción el susodicho cádaver, cuya piel macilenta y entre verde y amarillenta se iba quedando pegada a trazos en el cristal en tanto que este iba cayendo al vacío.

Cuando llegó a otra de las salas, cargada por un temor que no tiene nombre, sudorosa y con la respiración entrecortada, se encontró con una niña de luengos cabellos negros que estaba vestida de bailarina. Y aunque estaba claro que era una niña por su constitución, su semblante estaba dotado de cierto aspecto adulto, como si su rostro hubiera crecido en tanto que su cuerpo se hubiese quedado detenido en mitad del proceso. A la llegada de Amelia, parecía que no se había dado cuenta de su presencia, e iba deslizándose a una esquina y a otra de la sala simulando que bailaba y murmurando palabras incomprensibles, pero una vez que se hubo percatado de su presencia, la dirigió una mirada de suma curiosidad, quizás porque la presencia de Amelia connotaba que esta se encontraba aún perturbada debido al susto anterior. Así las cosas, la susodicha niña se situó frente a ella, y le comenzó a decir sin contexto alguno:

- ¡Yo he visto al hombre que creó todo esto! Era alto y rubicundo, y vestía una negra capa ajada. A pesar de la maldad que le atribuyen algunos, sonreía con perspicacia, mostrándose muy amable y cortés conmigo. Dicen que es una especie de mago, y que es capaz de hacer de lo que es feo algo muy bello, pero que sin embargo a partir de entonces tiene una suerte de maldición. Anima las cosas muertas y las devuelve a la vida. Pero cuando estas regresan de la oscuridad primigenia nunca vuelven a ser las mismas, sintiéndose desdichadas para el resto de la eternidad.

Esto fue lo único que Amelia logró entender, pues poco después las palabras de la niña se mutaron en un lenguaje incomprensible. Y al percibir que no era comprendida, comenzó a desplazarse de nuevo a un lado y a otro de la sala con enfermizo frenesí, gritando y exclamando cosas en un dialecto que resultaba desconocido a los oídos que la escuchaban. Para no alterarla más, Amelia decidió salir de ahí para acceder a otra sala que volvía a semejarse a la sala de una cárcel, y que estaba adornada por unas cadenas que colgaban y que se balanceaban desde el techo. En el suelo había sangre, y por lo que creyó detectar con la ayuda del tacto, esta aún estaba fresca, o mejor cabría decir, caliente. Repugnaba de su intenso olor a hierro, cosa que quizás era connotación de que justo ahí había sido asesinado una persona que anteriormente a su condena se encontraba saludable. No queriendo saber más sobre aquel asunto en específico, nuevamente volvió a salir en vista de llegar a otra sala.

Ya no sabía cuantas salas había atravesado donde se encontró todo tipo de cosas extrañas, sucesos inexplicables y personajes que habían dejado huir su cordura. A menudo se preguntaba si ella misma se había convertido en uno de esos personajes, puesto que a medida que iba avanzando de sala en sala advertía que se iba olvidando de las antecedentes. Aquello la perturbó bastante, pues no sólo se olvidó de su vida anterior al estar ahí, sino además de sus andanzas por aquel desconocido lugar. Incluso en determinado momento llegó a la misma sala en la que se había encontrado al hombre moreno con sobrepeso, como también a la estancia donde antes estaba la niña bailarina, mas en estas ocasiones completamente vacías de sus presencias, y aunque le sonaban de algo, no logró cerciorarse de si ya había estado ahí, o no. Quizás esto se debiera a que muchas de aquellas salas se parecían demasiado las unas de las otras, logrando con ello confundirla y hacer de su locura recíen adquirida un estado normativo.

En uno de tantos vagabundeos entre unas salas y otras, se encontró con lo que era un salón de baile donde se celebraba uno de aquellos extraños festivales venecianos con mascaras. Todos parecían festejar algo, tan contentos se les veía deslizándose de aquí para allá mientras bailaban intercambiando sus parejas en cuestión de escasos segundos. Por un momento, Amelia creyó reconocer en algunos de ellos a pesar de sus artísticas máscaras, a la niña que parecía mayor o al hombre moreno que encontró dormido, e incluso a un hombre que parecía coincidir con la descripción que le hizo la niña, mas también pensó que pudieran sus ojos ser engañados después de todo lo que había visto, así que sin ganas de celebrar nada, recorrió la auréa sala de baile como una sombra que atravesara un páramo desierto para abrir otra dichosa puerta, aún siendo esta la más elegante que había visto hasta ahora.

De repente, se contempló a sí misma en el exterior. Vió ante sus perplejos ojos que estaba en lo profundo de un bosque, y que para seguir su camino debía de sostenerse en unas lianas que hacían la forma de un puente cargado por una verdosidad húmeda y salvaje. Se sostuvo en las reconfortantes ramas y respiró aire limpio y no viciado como en el interior de las salas por primera vez en mucho tiempo, y cuando se hubo recobrado empezó a recorrer el susodicho puente salvaje teniendo cuidado de no caerse. En la medida en la que avanzaba, pudo vislumbrar a través de los ramajes circundantes, lo que aparentaban ser nativos de tribus precolombinas, de los cuales algunos huían en su dirección en tanto que otros iban en la contraria. Entonces, detuvo su avance sumamente dubitativa y pensó: "¿Hacía dónde me dirijo? ¿Qué voy a hacer una vez que salga de estos dominios? Viviría como una vagabunda, tanto tiempo he habitado entre esas desconcertantes salas que no sabría ni qué hacer una vez que fuera libre de sus muros... Y, en verdad, ¿Qué diablos es la libertad?" Así que decidió dar la vuelta, desandando el camino ya andado, en tanto que seguía viendo a aquellos nativos yendo de aquí para allá sin tón ni son. Todos ellos parecían niños, o al menos muy jovenes.

Cuando llegó de nuevo al punto desde el cual había partido, pudo atisbar entre las ramas de diversos arboles, lo que parecía una puerta enclavada en la entrada de una caverna. Sonriendo y conteniendo una lágrima que pugnaba por salir de la emoción, puso su sudorosa mano en el pomo y entró.