sábado, 25 de julio de 2026

Mari Pérez

 En una aldea alejada de todo y de todos, la cual tenía un nombre de aquellos impronunciable por lo complejo y que quizás no venga al caso para no aturrullar al lector, nació una niña muy hermosa y lozana sin aparentemente ningún problema en particular. Sus gritos de recíen nacida estremecía todo a su al rededor, los árboles parecían zarandeados por sacudidas, las hierbas arrulladas por violentas caricias y aún el cielo se plagó de gran cantidad de nubes borrascosas siendo por aquel tiempo verano. En la soledad de aquel lugar de escasos habitantes, aquella nueva e inusitada vida lo sacudió todo como si fuera una tempestad invocada del inframundo, una situación en la que al principio muchos se alegraron, pero que al cabo de algún tiempo sin saber exactamente por qué, a muchos llegó a incomodar.

Aquella recíen nacida recibió el nombre completo de María Pérez Gutierrez, nombre que por otro lado es bastante común por estos lares y que vino a acortarse por Mari Pérez, como también es usual que acontezca. Recibió tal nombre debido a la beatitud religiosa de su madre, muy devota ella de la Virgen María, y aquel primer y ordiario apellido de su apocado padre, el cual la religión se la traía al pairo como casi todas las cosas de esta vida ya sea la política, la poesía e incluso su propia economía familar. Muchos decían con mirada baja y encogida señalaban que su apellido era lo único que su padre le había legado. Además, no era raro que se dieran largas y tremendas discusiones entre ambos progenitores mientras la recíen nacida lloraba a pleno pulmón. Parecía que nada podía tranquilizar a aquella pilluela, poco importaba que su madre le diera las tomas o su padre hiciera carantoñas frente a ella, aquella pequeñaja no dejaba ni un instante de llorar durante todo el día. Poco importaba que fuera de día o de noche, a media tarde o de madrugada, no cesaba en sus llantos desesperados cual si buscase algo que sus padres jamás podrían proporcionarle. Quizás para ella no se tratase del mero sustento material para sobrevivir, quizás buscase algo de tipo más espiritual que por su escasa edad no era capaz de verbalizar, mas esto lo sabemos a tenor de las circunstancias que iremos narrando poco mas adelante.

Al tiempo, su padre como hacían tantos otros, terminó abandonando a su familia. Su excusa quizás fuera los insoportables gritos de la niña y las regañinas de su mujer en relación a su propia aplicación en cualesquiera asuntos, pero en verdad ya muchos sospechaban que el hombre tenía una amante cuyo hogar se ubicaba en una ciudad lejana, y que estaba buscando cualesquiera circunstancias para justificar su huída. Aunque esto tampoco podemos saberlo con seguridad, se trata de vanos rumores, como aquellos otros que indicaban que su mujer le sometía a las mas crueles humillaciones mientra le asestaba golpes con una vara de madera, lo cual le dejó un tanto alelado, mas el caso es que este hombre jamás volvió a aparecer y por mucho que la familia le buscó nunca llegaron a tener nuevas de él. Así que el sostén al menos material y cotidiano de Mari Peréz fue únicamente su madre, una mujer que por lo demás en relación a su desesperada situación se agarró con frenesí a la religión para sondear los avatares de la vida, intentando por otra parte incultar estos valores a su hija, aunque siempre en vano.

Los primeros días de Mari Pérez fueron todo un calvario de acuerdo a lo ya mencionado sobre sus potentes pulmones, pero lo extraño fue que al cumplir aproximadamente los cinco años la niña dejó repentinamente de hablar, pasó de un grito extenuante y eterno a un silencio inquietante y perpetuo del que nadie encontró la razón al mismo. Quizás se debiera a que aquella niña ya había usado en demasía de sus pulmones y de su garganta a base de gritos, y que al cabo se le terminó el aire. Mas el caso fue que cuando ya empezó el colegio sus profesores determinaron declarar que aquella niña era muda, e incluso algunos se atrevieron a indicar que probablemente también fuera sorda, ya que no prestaba atención a ninguna indicación exterior a no ser que fuera por gestos. Su madre, evidentemente preocupada, se desplazó un tanto a una ciudad cercana para que la examinaran los médicos, y cual no fue su sorpresa cuando estos determinaron que a la niña no le ocurría nada en absoluto, que estaba sana. A los reclamos de su madre, no contenta con los resultados, derivaron su caso a unos pedagogos y psicológos infantiles por si su mudez se debía a algo de índole mental, mas estos tampoco fueron capaces de certificar si a aquella niña le pasara algo.

El caso fue que Mari Pérez transcurrió sus años colegiales con relativa normalidad si exceptuamos su mutismo y sus extrañas reacciones ¿A qué nos referimos con esto? Pues sencillamente a que nadie era capaz de entenderla, ni siquiera su propia madre que es la que la había parido. A las veces, en mitad de un examen o cuando el profesor preguntaba por las lecciones a sus alumnos, a esta le daban extraños espasmos, sacudía sus miembros estirándolos mucho como si a traves de los mismos pasaran corrientes electricas surgidas de sí misma. Muchos compañeros suyos atestiguaron que cuando se la rozaba en esos momentos sin querer notaban como se les quedaban los pelos de punta y creían que algo les penetraba debajo de la piel, era una sensación sumamente desagradable que no eran capaces de explicarse. Otras veces, a Mari Peréz le daba por hacer raros movimientos con su lengua mientras mantenía la boca cerrada ya que jamás la abría, y cuando el doctor del colegio la examinaba por si estaba lastimada, forzando a que abriese su boca no encontraban nada raro. Mas al poco de regresar de estos examenes, volvía a insistir en esos extraños movimientos, como si estuviera rumiando restos de comida. A todos tenía perplejos estos comportamientos, y mientras tanto la única madre viendo que los médicos no podían resolver nada, se limitaba a hacerla rezar para su interior y a enseñarle las verdades del Evangelio sin ser capaz de comprobar si lo interiorizaba verdaderamente.

Ya en el instituto, la cosa no iba a mejor, sino muy al contrario, a peor ya que debido a sus extrañas actitudes que iban yendo en aumento sus compañeros se burlaban de ella llamándola retrasada y deficiente mental. Al comienzo, aquellas burlas e imprecaciones parecieron no hacer mella en ella, seguía insistiendo en sus espasmos y en sus movimientos raros, que parecían casi artificiales por lo antinatural de sus sacudidas y estiramientos, pero con el tiempo, Mari Pérez empezó a agredir a los compañeros que se burlaban de ella, e incluso a algunos de ellos que se limitaban a reírse por lo bajo de las acechanzas de sus otros compañeros de clase. En un principio, esta les lanzaba miradas amenazadoras en mitad de sus espasmódicos movimientos, pero si la burla insistía, se dirigía a ellos y les lanzaba mil puñetazos, patadas y empellones buscando que la risa se transmutara en el llanto. En una ocasión, la furia de sus acometidas se agravaron cuando cogiendo una tijera se la clavó en el ojo de un niño que se metía insistentemente con ella a pesar de estas advertencias preliminares, lo que provocó que fuera expulsada del instituto y que aquel desgraciado niño perdiera un ojo para siempre.

Desde entonces Mari Pérez tuvo que estudiar en su casa y sacarse los estudios a distancia. Su madre le ayudó en los primeros momentos, enviando los examenes por correo, pero ya en los últimos cursos tuvo dificultades en algunas asignaturas, así que contactaron con un profesor privado que le impartía aquellas asignaturas mas arduas y avanzadas a la par que examinarla una vez que se acabase la lección. Y Mari Pérez, en vez de calmarse un tanto estando en su casa, la cosa fue a peor, ya que incluso delante de su profesor privado continuó comportándose de aquella forma tan extraña, contorsionándo sus miembros con una naturalidad que dejaba a todos pasmados, sin habla. A raíz de darla clases, el profesor volvía al cabo a su casa con una sensación de desasosiego interna prácticamente indescriptible, se sentía desvalido y apenado sin saber por qué. Pero lo peor era por las noches, pues a pesar de llevar una vida muy normal replegando sus terrores a su niñez, le acometían centenares de pesadillas por la noche que le hacían levantarse en mitad de la noche barnizado por un sudor frío tremendamente desagradable. Con el tiempo, acabó desarrollando una violenta fiebre que terminó llevándole a la tumba. Nadie se atrevía a proclamarlo en alto, pero todos echaban la culpa a Mari Peréz, indicando que aquellos retorcidos movimientos eran invocaciones paganas de otro tiempo, y que a consecuencia de las mismas aquel pobre hombre sin aparente culpa de nada había muerto. No obstante, algunos rumores señalaban que aquel hombre había sido una suerte de bandido en su juventud, y que algunos sospechaban de sus metodos pedagogicos. Pero esta es una historia que no se sabe seguro, y que por tanto, no viene al caso.

A raíz de todo esto, la madre de Mari Pérez decidió cejar en su intento de que su hija acabase los estudios aunque fuera a distancia, y ni hablar del trabajo, nadie contrataría a una joven tan extravagante y extraña a tenor de las habladurías del lugar. Así que simplemente se limitó a vivir en compañía de su hija, observándola siempre muy atentamente por si lograba descubrir el mal que la atenazaba, usando en todas las ocasiones de remedios religiosos basados en la lectura de los textos sagrados y de la recitación de millares de ensalmos. En una de aquellas noches de perpetua soledad entre madre e hija, los espasmos fueron tan tremendos, que no le quedó otra a la madre que acudir corriendo a su habitación para ver qué era de aquello. Y se encontró a su hija en el suelo, desplazándose de una forma bastante extraña, como al revés, en tanto que sus estiramientos de miembros eran cada vez mas exagerados e imposibles. Cuando le dió la vuelta para llevarla de nuevo al lecho, de la boca de Mari Pérez salió un montón de líquido negro que además olía bastante mal, como si aquello fuera un vómito del inframundo invocado por mil demonios. Dejó todo el cuarto perdido, ya que estuvo expulsando aquello durante otras, y su madre de mientras, desquiciándose y sin saber que hacer dirigiendo súplicas mudas a Dios para ver si este le socorría de todo aquel desastre.

Finalmente decidió llamar al cura del pueblo, pues estaba segura de que su hija estaba poseída ya desde el nacimiento debido a los pecados de sus progenitores, e incluso, de sus antepasados. El buen hombre todo ufano y campechano acudió a la casa para examinarla, mas al cabo del rato determinó que a aquella niña no le ocurría absolutamente nada, que quizás se trataba de alguna suerte -o maladanza- de enfermedad mental y que quizás fuera mejor recurrir a la medicina. Pero como la madre le aseguró que ya lo había intentado por esa vía y que tampoco aquello había tenido resultado, a fuerza de insistir relatándole los sucesos anteriormente narrados, el cura un tanto espantado y sin saber que hacer decidió contactar con un colega suyo mas experimentado y que ejercía de exorcista por todos los al rededores de aquel contorno. La madre le dió las gracias de rodillas, en tanto que una vez que se hubo ido siguió insistiendo en sus oraciones.

A los pocos días mientras la situación continuaba en idéntico tesón, acudió un obismo experto en ocultismo y versado en todas aquellas cosas que no suelen impartirse en los seminarios, con un semblante muy serio y mirando a uno y otro lado con desconfianza una vez que hubo entrado en la casa. Sin a penar dirigir palabra a la madre, se encerró en una habitación con Mari Peréz, y aunque en sus comienzos no percibió nada raro, cuando ya iba a irse una vez que hubo rociado de agua bendita a la joven, se percató de una densidad amenazadora que le cercaba, y dándose la vuelta comprobó que de las manos de la niña se encendían una suerte de llamadas verdosas que esta sostenía como si tal cosa. El hombre, ya experimentado en estos avatares demoníacos, tomó su libro de recitaciones y comenzó a lanzarlas a la par que usaba del agua bendita de cara a purificar el lugar, mas todo fue en balde ya que Mari Pérez sin cambiar en absoluto de actitud, aumentó la potencia y el frenesí de las llamas, lanzándolas en dirección al párroco, que aunque intentó taparse con la sotána sólo consiguió avivar el fuego y cercarse a sí mismo con aquellas llamas fluorecientes. Por suerte, pudo salvarse, ya que aunque aquellas llamas ardían, extrañamente no le produjo quemadura visible.

Advertidos por el obispo exorcista, durante todos los días siguientes, acudieron a esa casa gran cantidad de otros exorcistas, algunos de ellos bastante avanzados y experimentados, y procedentes de Roma y del Vaticano, muchas veces acompañados por psicológos y aficionados al espiritismo, pero cuyos resultados fueron idénticos, a saber: en vano. Mari Pérez dejó de hacer aquel truco de los fuegos fautos, tampoco vomitó cosa negruzca alguna, simplemente se limitaba a mirarlos con total seriedad, realizando a las veces aquellos estiramientos y contorsiones como si se tratasen de una suerte de ejercicios matutinos, en tanto que poco importaba lo que hicieran todos aquellos hombres, los ignoraba la mayoría de las veces, y cuando en las escasas ocasiones que los prestaba atención, parecía aburrida y tediosa con sus exclamaciones. Al cabo, viendo que aquello parecía no tener resultado, toda aquella gente fue despareciendo paulatinamente, limitándose a escribir desasosegados informes donde no lograban explicarse qué era lo que le ocurría a Mari Pérez, dando constantes noticias desalentadoras a su ya meláncolica madre.

Así continuaron en aquella extraña convivencia madre e hija durante algunos años, todos ellos vertidos en aquellos extraños movimientos, silencios misteriosos y en los constantes rezos de su madre, hasta que un día sin saber por qué Mari Pérez desapareció repentinamente sin dejar rastro alguno de su existencia por este mundo. A raíz de lo cual, el mutismo de la hija pareció pasarse a la madre, ya que aunque la mujer continuaba con sus oraciones e imploraciones celestiales, estas siempre se daban en silencio, en una especie de místico recogimiento. Y aunque en el pueblo procuraron buscar a la hija por todas partes, recurriendo a refuerzos municipales que provenían de las zonas centrales, jamás dieron con rastro o índicio alguno de Mari Pérez. Parecía que esta se había desvanecido por el aire, quedando sólo el recuerdo hasta que quienes la recordaran perecieran de agotamiento vital. A muchos, al tiempo, les pareció que su mera aparición era una suerte de ilusión colectiva, y como la madre no decía palabra alguna que pudiera certificar sus dudas al respecto, con el paso de los años se fue olvidándo aquella historia.

Sin embargo, se cuenta a modo de leyenda, que cuando su madre era ya muy anciana y se encontraba en el lecho de la muerte, rompió su voto de silencio antes de morir para decirle a su confesor lo que había sido de Mari Pérez, y aunque este se guardó los detalles para sí mismo bajo secreto de confesión, en lo referente a Mari Pérez debido a lo edificante de su mensaje, hizo esculpir una placa que se puso en la plaza de la aldea bastante cerca de la Iglesia el siguiente mensaje que venía a resumir lo que había pasado según lo narrado por su madre antes de morir:

"Aquella en apariencia desdichada joven que recibió el nombre terrenal de María Pérez Gutierrez ascendió a los cielos en fecha de tal y de cual debido a la desesperación de no haber sido comprendida por sus semejantes en carne, mas no en espíritu. Su actitud fue tan extraña y extravagante para este mundo, que nosotros en nuestra ignorancia lo interpretamos todo al revés, de la manera equivocada. En realidad, Mari Pérez fue un ángel que cayó del cielo por nuestros pecados y que vino a enseñarnos la humildad y el recogimiento, mas nosotros no lo entendimos. Que Dios nos perdone, porque tan ignorantes somos que nunca sabemos lo que hacemos."

domingo, 12 de julio de 2026

Un ensueño místico

 Aris y Leuciké iban de camino hacía una extraña cita. Ambos son pareja, mas tienen problemas. Aunque se conocían desde hace largos años -incontables desde nuestro computo humano y lineal- los escollos acostumbrados entre conflictos amorosos fueron acumulándose paulatinamente, hasta que llegó un punto que estos eran tan inmensos que les costaba cargarlos con sus propios hombros. El peso de sus desdichas debían ser cargados con sus espaldas en conjunto, cual ejercito que afronta la embestida de un enemigo común, pero sin embargo en vez de eso, cargaban ese peso como a turnos, lo que hacía que algo que podría llevarse sin problemas entre los dos, acabara siendo demasiado pesado. Ya se encontraban bastante magullados debido a estas cargas del pasado, y en vez de culparse a sí mismos por su escasa cooperación, tendían a señalar al otro como único culpable de las heridas del otro. Obviamente, el tiempo solviantaba esas heridas cerrándolas parcialmente, mas al cabo en otra contienda volvían a abrirse y a invocarse antiguos resquemores.

Mientras ambos iban caminando, se cogían a las veces de las manos mostrando que tenían el apoyo del otro, pero en ocasiones se miraban de soslayo con cierta desconfianza, o a lo menos un ápice de perplejidad ante los sentimientos del otro. Quizás algunos podrían pensar que el problema estribaba en una falta de comunicación, pero en realidad era más bien que debían hacer instrospección individual antes de comenzar cualesquiera conversación, de lo contrario por muy sincera que esta fuera resultaba en balde. Nadie podría dudar de que se querían, sin duda era así. Mas les faltaba ese toque de comprensión mutua para afrontar los problemas que les vinieran, o al menos eso parecía connotar el fulgor dubitativo de sus pupilas cuando estas se posaban en el otro. El amor para ellos era ese impulso que les llevaba a los brazos del otro, mas eso no era suficiente para que su vinculación fuera férrea, necesitaban también del conocimiento, ese saber solidifica al amor verdadero.

Tras larga jornada sin decir palabra ni soltar prenda alguna, llegaron al punto deseado, o a lo menos el destino prefijado por una extraña citación que recibieron en su buzón. Era anónima, y les indicaba que si querían solucionar sus problemas y contrariedades debían encaminarse justo hasta ahí. Y llegaron. Era un edificio enorme en medio de un inhóspito bosque, no podría ser una imagen mas contradictoria debido a que el susodicho bloque de marmol estaba impoluto, como recién instalado, en tanto que los árboles de los al rededores eran bastante antiguos, con sus ramajes creciendo aquí y a allá tal y como su propia naturaleza indicaba. Los blanquecinos y artificiales muros de hormigón contrastaban con aquellas ramas cargadas de hojas de un verde oscuro y del musgo asilvestrado, los cantos lejanos de los pájaros no tenían nada que ver con los pitidos de máquinas que provenían del interior del edificio, y la sensación de agorafobia que transmitía la construcción del hombre contradecía la excelsitud de los parajes naturales. Titubearon al principio, mas al cabo decidieron entrar sin saber por qué ni para qué.

Ya en el interior les recibió una enfermera insulsa que hacía de recepcionista, y les llevó a una sala de espera bastante anodina. Una vez allí, a los pocos minutos, les llevó a otra sala, y de esta a otra. Ya no eran personas las que les indicaban el siguiente paso a seguir, eran voces artificiales que provenían de la megafonía, tan automatizado se encontraba aquel lugar. Tras dar varias vueltas sin sentido ni propósito, sin ser llamados se encaminaron ellos mismos en dirección a un portadón que se encontraba algo magullado, y que les costó abrir debido a su peso. Aquella puerta ya no se encontraba automatizada, y esto era porque se percataron de que estaba rota. Y no sólo era la puerta robotizada, sino también todo el interior. Parecía que todo aquel lugar hubiera sido arrastrado por los estragos de un trasgo enfurecido, o quizás que una tormenta se hubiera inmiscuido en los asuntos de aquel edificio. Según iban recorriendo su interior, vieron trozos de paredes y de máquinas destrozadas aquí y allá, cual si esa zona se hallase en construcción. Pero pronto supieron que era todo lo contrario, a saber que había sido destruido.

Pues cuando llegaron al final de toda aquella cadena de destrozos, se encontraron con una suerte de empleado trajeado de blanco que se encontraba evidentemente desesperado por su gesto, ahí tirado en el suelo de cualquier manera y con las manos apoyadas en la cabeza. Este les dijo que un hombre con unas túnicas rasgadas había entrado ahí en compañía de una mujer pequeña y monda, y había destrozado todo aquel lugar. No comprendía para qué ni por qué, mas lo que sí sabía es que se había quedado sin trabajo. Y tras decir estas palabras salió de ahí como si tal cosa, la pareja le acompañó y cuando estaban en la salida de emergencia en la parte trasera del edificio, vieron anonadados cómo aquella estructura se derrumbaba enteramente, desperdigando trozos de yeso y polvo por todos los lados.

Se miraron el uno al otro consternados, sin saber qué hacer. Pero, como ánimados por un extraño fuelle interno, se internaron en el bosque y continuaron andando por la senda que trazaron por el barrizal tantos otros hombres sin senda propia tal y como eran ellos mismos, sus pies construían aquel camino paradójicamente a todos aquellos que no tenían ninguno. Ni ellos mismos sabrían decir cuanto tiempo estuvieron caminando, quizás fue incluso hasta medio día porque ya era de noche cuando llegaron a una rústica aldea. Y tan rústica, ya que incluso el término de aldea les quedaba demasiado moderno, aquello era un terreno con ciertas hierbas desperdigadas y otras tantas otras zonas de barro donde cada ciertos metros había una casucha construida de tierra y de paja, como las de las tribus de antaño. Y mientras las examinaban sin comprender nada, un hombre muy fortachón les recibió ahí y les indicó donde podían descansar hasta la mañana siguiente, ya entonces encontrarían respuesta a sus preguntas.

Y así fue, ya que nada mas despertarse al día siguiente y disfrutar de un frugal desayuno, el mismo hombre que les recibió les explico que aquella zona era una aldea provisional de todos aquellos que huían de la ciudad, y que si querían saber mas tan sólo tenían que seguirle. Así lo hicieron con cierto tiento, llegando a una casucha mas alejada y maltratada que las demás, de la que salió un hombre con unas pintas un tanto estrafalarías. No sabía por qué, pero a Leuciké le dió la sensación de que aquel hombre tan extraño era el mismo que había destrozado el edificio que se encontraba en mitad del bosque, y así sin tón ni son se lo comunicó, a lo que este le respondió:

- Efectivamente. Yo fuí quién redujo aquel lugar a cenizas, y me siento orgulloso por ello. Allí acudían varias parejas cada cierto tiempo para reforzar su unión, pero al cabo conseguían todo lo contrario, debido a que aquel lugar experimentaba con sus mentes llevándoles al límite, hasta tal punto que ya ni sabían quienes eran ellos mismos. Por lo visto se trataba de un tratamiento experimental, que como todo experimiento siempre está destinado al fracaso. Por cierto... ¡Ay de mí! ¡Qué maleducado soy! No me he presentado. Veréis, por todos estos contornos me conocen como el soldado-brujo por mis hazañas y desventuras, y aunque tengo otro nombre para otra clase de gentes, baste con esto a modo de presentación. Quizás os suene mi nombre, quizás no pero poco importa. Tengo pensado salir de esta aldea para explorar otra zona del bosque que se encuentra varios kilometros mas allá, y donde pretendo encontrar algo que es de mi sumo interés ¿Me acompañaréis?

Aunque le escucharon con bastante atención, dudaron sobre qué responderle ya que todo aquello les quedaba demasiado grande, o al menos esa era su sensación. Mas Leuciké animado por no se sabe qué impulso interno le indicó que él le acompañaría, pero que sería mejor que Aris se quedase en la aldea hasta su regreso, no porque no fuera capaz de emprender aquella especie de misión, sino porque para su propia tranquilidad sería lo mejor. El soldado-brujo se lo concedió, e indicándole con un gesto de su largo brazo el camino que deberían recorrer, se puso en marcha sin pronunciar palabra alguna. Leuciké se despidió momentáneamente de Aris, abrazándola y diciéndola que no se preocupase, que regresaría ahí junto a ella en cuanto le fuera posible.

Así Leuciké fue siguiendo al soldado-brujo por la maltrecha senda, observándole con atención y con una mala disimulada perplejidad. Le daba la sensación de que este se desplazaba de una forma un tanto extraña, abriendo muchos los brazos y dando grandes zancadas, cual si fuera una especie de cuervo. Incluso el gesto que adquiría su semblante connotaba eso mismo, ya que fruncía sus rasgos como si estuviera meditando sobre oscuras señales. Quizás fuera sobre el camino a seguir, puesto que a diferencia de la anterior senda, esta no se encontraba marcada por los pasos de otros, aquí todo eran ramajes y extrañas plantas desperdigadas sin razón de ser. En la medida en la que avanzaban mas le sorprendió que el ambiente fuera adquiriendo cierta densidad, las ramas de los arboles cubrían el horizonte y parecía no haber terreno llano sobre el cual apoyar el pie para dar el siguiente paso, pero sin embargo y a pesar de ello, el soldado-brujo seguía caminando, desplazándose de aquella extraña forma, siguiendo un augurio o una intuición secreta que Leuciké intento desentrañar en vano.

Finalmente llegaron al destino, o así se lo comunicó el soldado-brujo con un gesto brusco de su cabeza. Al principio Leuciké no sabía a lo que este se refería, pero cuando prestó una mayor atención saliendo de entre los arbustos que le cercaban, vió en las alturas sobre una plataforma que asemejaba un hongo inmenso, de un tamaño exorbitante, a una mujer gigante en su cúspide, en tanto que a su al rededor se desplazaban volando a su al rededor lo que parecían semblantes simiescos con alas en sus orejas. La mujer se encontraba velada por una escasa ropa tribal, su piel cobriza no era extenta de una exótica belleza, y sus largos y luengos cabellos negros como el carbón la conferían de una sensualidad que no cabía en las palabras. Mientras esto miraba con una mezcla de deseo y de pavor, el soldado-brujo se desplazó volando en dirección a aquella mujer gigante, situándose frente a ella para que le reconociera.

Ya cuando se encontraba en sus mismas narices, esta rió con sorna e impidió que los semblantes simiescos atacasen al soldado-brujo con una señal que les hizo con la mano y con reconciliadoras palabras, lo que hizo que estos se desplazasen al rededor del mismo como escrutándole. Ella parecía sumamente feliz de encontrarse ante él, y después de intercambiar frases galantes y de cortesía, sacó lo que parecía una barra de hierro, dándole un leve toque en la cabeza. Así, paulatinamente, el soldado-brujo fue incrementando de tamaño hasta alcanzar el de la mujer, convirtiéndose en su semejante como por toque de magia. Cuando se halló en susodicha forma, yació con la mujer gigante como hacen los que sienten el impulso de una pasión desenfrenada, quedándose en tal sensual tesitura por espacio de tres horas. Nada mas terminar, se tumbó al lado de la misma y esperó en tanto que él mismo fue menguando a ojos de ella hasta alcanzar su tamaño original. Así se quedó largo tiempo encerrado entre sus dos inmensos senos, en tanto que a ella le vino el sueño. Los rostros simiescos salieron desperdigados de ahí, buscando quizás alimento, y uno de ellos sirvió al soldado-brujo para que este bajase de la plataforma. 

Cuando ya estaba en el suelo y el mono volador se fue de ahí junto a sus compañeros, el soldado-brujo se posicionó ante Leuciké, y sin mediar palabra alguna posó la palma de su mano en su frente, cerrando los ojos y declarando unas palabras en un idioma que para este era desconocido. Cuando quiso darse cuenta ya no estaba junto al soldado-brujo en aquella zona de ensueño, sino de vuelta en la aldea de la cual había partido. Con la diferencia que ya no había nadie allí, a excepción de su amada Aris que esperaba su regreso con añoranza. Esta, nada mas verle, se encaminó corriendo en su dirección y antes de decirle nada se limitó a abrazarle. Tras largos segundos de intenso abrazo y de lágrimas contenidas, le preguntó sobre lo que le había acontecido en compañía de tal extraño personaje, a lo que Leuciké le respondió:

- Desconozco lo que he vivido, mas sólo te sabré decir que el soldado-brujo va a tener un hijo, y que interpretando este simbolo, ahora sé que nosotros también vamos a tenerlo. Dejemos nuestros problemas a un lado, en suspenso de momento, porque el ego debe ser quebrantado con la llegada de un nuevo ser que nos sobrepasa. Y ahora, toma mi mano y marchémonos de aquí para regresar a nuestro hogar.

Aris, perpleja sin saber cómo era posible que Leuciké supiera todas aquellas cosas, se limitó a sonreírse con sincero regocijo a pesar de la sorpresa. Y cogiéndose de las manos en feliz unión se encaminaron de regreso al lugar del que ambos eran originarios, sintiendo para sus adentros que un nuevo tiempo se acercaba, y que a pesar de las dificultades que les ofreciera la vida y las circunstancias que a esta atañían, las sobrepasarían si permanecían  juntos como ahora mismo atravesando el bosque soñado en aras de una pronta salida.

jueves, 2 de julio de 2026

El Reino de la Ilusión

 Iba el soldado-brujo caminando algo cabizbajo atravesando una plaza desierta en pleno verano. No había otros viandantes a excepción de su propia sombra que le seguía de cerca, como escrutándole en una distancia segura. Y mejor fuera así, no fuera a ser que debido a la frustración que sentía nuestro protagonista se volcase en una serie de porrazos vertidos sobre su propia sombra ¿A qué venía aquel mal sentimiento que le lastimaba internamente? ¿Era acaso decepción? ¿Era culpa de aquella soledad? Los sentimientos es algo de lo que es muy díficil llegar a una definición adecuada, tan tumultosos y espontáneos son, que cuando crees haberlos atrapado, se te escapan entre los dedos como buscando una nueva sensación a la que acomodarse. La tristeza conduce al enfado, el enfado a la desolación, esta a la desesperación, y quizás esta última conduzca a la hilaridad una vez que no encuentre la salida adecuada, cual las llamas de un incendio a las ventanas.

En aquella tesitura iba el soldado-brujo andando, clavando bien sus piernas en la tierra, profundizando en sus zancadas como si estuviera buscando con ello dirigirse a los infiernos. Como decía poco mas arriba en referencia a los sentimientos, estos en su inconstancia le conducían a caminos inexplorados que ni él mismo lograba explicarse. Era el tedio el culpable de todo, de ese hastío que daba cabida a la depresión que posteriormente le conduciría a aquella ebullición interna. En apariencia y a la distancia, él mismo parecía un mendigo, bien embozado en sus capas raídas, dando bandazos aquí y a allá con aquel semblante meditabundo, y cuyos ojos buscaban a su al rededor en vano, pues aquella sensación de vacío no sólo era un asunto de su interior, sino que también se volcaba hacía el exterior en la ausencia de las gentes. Las cuales parecían haberse evaporado como pompas de jabón, huidizas a las impresiones oculares de un espectador pasivo como lo era en aquel momento el soldado-brujo.

Mas de repente, atravesando un recodo del camino se encontró con una concurrida formación de personas, las cuales estaban haciendo una inmensa cola sobre lo que parecía un establecimiento. Movido por esta repentina curiosidad, el soldado-brujo se situó justo en frente para leer el cartel. Ahí ponía: "Secta de la reencarnación cuadrada" Aquello parecía no tener sentido ¿Cómo una secta iba a establecerse a plena luz del día en lo que parecía una tienda cualquiera? ¿Y ese nombre? ¿Era todo aquello una parodia? No lo sabemos con seguridad, como tampoco lo sabía el soldado-brujo cuando con mirada perpleja se quedó al leer el susodicho cartel. Decidió preguntar a algunos de los que allí esperaban, pero tras todo el cúmulo de palabras proferidas sin sentido pareció extraer que ellos tampoco sabían qué era aquello y que esperaban ahí porque no tenían nada mejor que hacer.

Así que, empujando a cada uno de los domingueros que allí esperaban, fue adelantándose en la cola por la cara hasta que llegó justo al principio, internándose en la entrada principal. Cuando entró, se encontró con un grupo de gente embozada a excepción de una elegante joven rubicunda, que le sonrió nada más verle como si le conociese. Tras una breve explicación supo que allí se hacía una especie de competición, de exhibición para todos aquellos que estuvieran en la fila y que pagasen, y que sólo los participantes acreditados podrían formar parte de ella si lograban contactar con su reencarnación. Una vez que la joven saludó al soldado-brujo se quedó como en paralisís, y empezó a hablar en un idioma muy raro que parecía inventado, y le dijo que su reencarnación primigenia era un tal "Señor Devinshin" Por lo cual, podría participar en el torneo, luchando directamente con el miembro mas veterano del mismo.

Como si tal cosa, el soldado-brujo se subió ante el estrado, dando por hecho que aquella situación era lo más normal del mundo a pesar de que ni él mismo se explicaba qué demonios estaba haciendo ahí. Poco tiempo tuvo para meditar en ello, pues en escasos segundo un hombre de cuidados y largos cabellos, adornado con una capa azulenca se le puso delante connotando con ello que era su rival. Sin esperar a señal alguna, se lanzó contra él sacando de sus ocultos bolsillos una especie de cuchillos que parecían electrificados, o al menos eso era lo que simulaban ser debido a los cables que colgaban por debajo de los mismos. El soldado-brujo no se lo pensó ni dos veces, y sacando de su capa su espada de las sombras, le asestó con ella en el cuello produciendo que el susodicho rival cayese de repente al suelo derribado a la par que profiriendo gran cantidad de sangre. Se hizo entonces el silencio en la sala, e instantes después, un aplauso ensordecedor hizo añorar aquella ausencia de sonido primigenia.

Le declararon vendedor, alzando sus brazos como si se tratase de un dios. Y acto seguido le llevaron a una sala a parte, y poco después, a otra que daba salida a un jardín y a un aparcamiento. Al principio creía que estaba solo, pero poco después de una esquina sombría apareció Hugo el manco, dando señal de reconocerle con una leve inclinación, a lo que el soldado-brujo respondió:

- Muchacho, parece que nuestros caminos vuelven a encontrarse tras la pasada aventura en La Aldea de los Muertos. Ya me parecía a mí que aquella no iba a ser la última vez que nuestras sendas coincidirían, muy al contrario tenía claro como por una especie de intuición que volveríamos a vernos. Desconozco por qué te han traído hasta aquí, mas a lo que es a mí me han llevado al combate más absurdo de mi vida. Jamás me había sido mas sencillo y rápido atajar a rival alguno como en esta ocasión.

- Sinceramente, no comprendo nada. -le dijo Hugo el manco, y prosiguiendo con sus palabras continuó- Mas antes de actualizarnos respecto a nuestra presente situación he de preguntarte ¿Que ocurrió en La Aldea de los Muertos? ¿Qué era aquel ser? ¿Y por qué tuve que huir tan prematuramente?

- Hay cosas que es mejor no saber, y baste esto para tenerte informado sobre qué era aquello -concluyó el soldado-brujo con un cierto aire de misterio en el tono de su voz

Poco más pudieron departir sobre tales asuntos, pues se vieron interrumpidos con la llegada de dos carros, de los cuales bajaron una serie de personajes irreconocibles debido a lo embozados que se encontraban, tampoco profirieron sonido alguno ni tan siguiera en señal de reconocimiento, cuanto menos le otorgaron explicación alguna. Simplemente se limitaron a hacer un movimiento con sus brazos que indicaba que podían subir a los carros que se les presentaban ante los ojos. Uno de ellos era de un color rojo vino y el otro tan negro que si fuera de noche se hubiera camuflado adoptando el poder de la invisibilidad. El que era rojo era llevado por una hermosa mujer de oscuros cabellos, y el negro por un hombre moreno muy gordo que por su apariencia y adornos parecía el jefe tribal de algún grupo indigena azteca. Y mientras examinaban estas cosas, apareció mas gente a sus espaldas que fueron encaminándose a uno u otro de los carros, y como el soldado-brujo aunque admiraba la belleza sabía que a las veces era engañosa, y por tanto decidió subirse junto a Hugo el manco al carro capitaneado por el líder azteca.

Una vez subidos en el mismo, este les explicó que él era el capitán de la secta de "La reencarnación cuadrada" y que les iba a llevar a su cuartel general para hacerles miembros de pleno derecho de la misma. En el transcurso del camino no hablaron mucho mas, pero justo cuando estaban al poco de llegar, el soldado-brujo localizó que aquel hombre no estaba solo, que tenía alguien justo en el asiento de al lado -el de copiloto- que le resultó tremendamente familiar, le recordó a alguien que conocía en su vida vigil, y que le turbó un tanto hasta que le espetó a aquel hombre dándose cuenta de la traza:

- Magia negra, eh. Yo también puedo jugar así con las ilusiones de las percepciones si me viene en gana.

Nada mas mencionar esto el hombre sonrió con burlona sorna, para poco después encontrarse con que el carro parecía a punto de chocarse con una pared. Pero no al modo en el que las cosas impactan unas con las otras, no. Mas bien como si la materia del carro se filtrase en la materia de la grisacea pared, y a su vez, como si estas materias se intercalasen con sus propios cuerpos, creando así una alucinación que el soldado-brujo logró disipar gracias al dominio de la magia, la cual actuó en forma de contrapeso dando a la alucinación una doble ilusión que produjo que ambas se hicieran indestingibles. Cuando uno sabe que lo que está viviendo es una ilusión, poco importa que se le añadan cuantas mas ilusiones que uno quiera, puesto que todas ellas se disiparán gracias a la integridad de la consciencia, y esta resulta liberadora cuando uno asienta sus pies sobre la tierra.

Y así fue también en esta ocasión, puesto que nada mas producirse aquel doble impacto ilusorio se encontraron repentinamente en el interior de un extraño edificio. En su comienzo parecían una serie de oficinas, pero cuanto mas se internaban en las mismas, tuvieron que agacharse pues se encontraban en lo que parecía una cueva artiticial, prefabricada y de plástico, la cual si se recorría con tiento desembocaba en una ala central y redonda que suponía el epicentro de la misma. Una vez allí, en la medida que inspeccionaron el lugar cayeron en la cuenta de que no estaban solos. Una especie de mayordomo o de encargado principal les recibió con un aire de preocupación, el cual era palpable en la perplejidad de su rostro constreñido. Este les indicaba que debían de irse inmediatamente de ahí, que a su jefe le molestaría que estuvieran donde no debían, y que él mismo les indicaría la salida, "si fueran tan amables" añadió en señal de tener bien aprendida la etiqueta.

Pero mientras les soltaba esta perorata, el soldado-brujo decidió ignorar sus palabras en tanto que Hugo el manco estaba bien atento a las mismas, y fijándose en una suerte de plataforma que se encontraba adornada por una especie de capilla que era coronada por un enorme cilindro que contenía un plasma acuoso que se deslizaba a través del cristal de seguridad. Sin pensarselo mucho fue hasta dicho lugar, mientras que el mayordomo intentaba que no fuera así, mas retenido por Hugo el manco, el soldado-brujo logró posicionarse ante el mismo sin problemas. Y como invocando una inmensa fuerza desde sí mismo, sacó la espada de las sombras que ya había usado en el duelo del campeonato y que todavía tenía sangre fresca en su filo, y le dió un golpe tan tremendo que logró desgajarla de parte a parte. Ni siguiera el grito agónico del mayordomo logró detenerle, ni aún cuando dió el primer golpe y este seguía chillando como un cerdo ensartado pudo impedir que le diese un segundo golpe, y después un tercero, un cuarto, un quinto... Hasta que logró desmoronar completamente la mencionada estructura de origen desconocido.

Y cuando esta cayó totalmente destrozada, se vieron repentinamente en el exterior, en un prado desertico que no era habitado ni por los árboles. Al principio estaban desconcertados, mas luego al ir interrelacionando los hechos cayeron en la cuenta de que con la ruptura de susodicha estructura la realidad de dicho edificio se evaporaría por los aires, como por arte de magia. Se quedaron silenciosos largo rato, en supenso, mas comunicando estos pensamientos sin usar de las palabras, tan sólo con el movimiento de sus miradas. Al cabo, fueron andando lentamente, desplazándose como aletargados, quizás por la profusión interior de lo que iban pensando, y que ya les oprimía los sesos al ir chocando en las paredes huesudas de sus cráneos. Sin ser capaz de aguantar esta presión mental, Hugo el manco exteriorizó sus dudas e inquietudes y le preguntó directamente al soldado-brujo:


- ¿Se puede saber qué demonios ha pasado? ¿Qué ha sido todo aquello? ¿Qué acabamos de vivir?


A lo que el soldado-brujo le respondió cortesmente, modulando el tono de su voz con una tranquilidad inusitada a pesar de lo sombrío que se desprendía de sus palabras:


- Nada. No ha pasado absolutamente nada. Todo aquello era mera ilusión, y como tal ilusión dada dentro del contexto del mundo onírico, se evaporó como si tal cosa en el momento en el que asumí que era lo que era, es decir nada. Hay hombres que viven sumidos en sus ilusiones, y al principio, son felices insertos en las mismas, mas cuando estas se tornan en pesadillas huyen espantados ante lo irremediable. Por eso, yo personalmente, antes de caer en esa complaciencia decidí asumirlo desde el principio, renuncié a ese premio ilusorio para que la posterior pesadilla no me carcomiese. Sobrevolé la ilusión, y la aniquilé antes de que esta tomase entidad en mi mente.

A esto no supo Hugo el manco lo que responder, simplemente se limitó a mirarle sin entender nada como desde el principio de aquella aventura. Quizás este seguía aún inserto en la ilusión, y por eso no era capaz de comprender la explicación del soldado-brujo, ya que este había salido por su propio pie a diferencia de su compañero que se limitó a ser un espectador. Así que continuaron caminando en silencio hasta que salieron a un recodo de una carretera desierta y abandonada, y una vez allí ambos se separaron despidiéndose con una breve inclinación de la cabeza y un aletear de sus manos. Cada uno se fue a su casa, a lo menos esa era la intención del soldado-brujo que ya necesitaba de un buen descanso, en tanto que quizás Hugo el manco pretendía encontrar el primer bar que se le presentase a los ojos para desahogar sus penas y perplejidades vitales.