domingo, 25 de enero de 2026

Dichas y desdichas de un vampiro

 A veces es tan absurdo como paradójico el modo en el que se desencadenan ciertos acontecimientos. Me refiero específicamente a aquellos momentos en los que todo parece cambiar por un nimio detalle, que a pesar de su aparente pequeñez, acaba desembocando en algo tremendo. Algunos dirían que es como la gota que colma el vaso, pero para quién lo  vive en sus propias carnes, ese vaso no estaba ni lleno ni vacío, es como si aquel vaso no existiriera, y la supuesta gota como esa lluvia tan tenue que parece que no cae. Mi vida cambió debido a un acontecimiento semejante, anodino a la par que anectótico, que incluso podría provocar la risa en mas de uno, pero que en mi caso supuso la gota que lo cambió todo, una brisa que acabó formando un maremoto de tales dimensiones, que para nosotros los que manejamos el barco supuso el naufragio de nuestras vidas.

Todo empezó con un acostumbrado paseo, una necesidad de explotar otros territorios. Me encontraba en compañía de mi pareja Melisa, recorriendo unos extraños almaneces que para nosotros eran desconocidos hasta entonces. Se trataba de un amplio poligono industrial en el que la galerías se encontraban abiertas al público, e incluso había un centro comercial por la zona y un bar que estaba plagado de gente, la mayoría de ellos borrachos y raros personajes. Melisa me agarraba con fuerza de la mano, como intuyendo que algo no iba del todo bien, pero yo me encontraba plácido, como en mi salsa. Vagaba por aquí y por allá metido en mi mundo interior, indagando en mis pensamientos de acuerdo con las impresiones que recibía del exterior.

Aquel inofensivo paseo transcurría con normalidad hasta que cuando estabamos atravesando uno de aquellos almacenes atestados de productos encerrados en sus cajas, sin querer debido a mi ensimismamiento me tropecé con una pequeña mujer a la que dí un leve empujón con mi hombro cuando pasamos a su lado. Y este hecho, tan nímio en apariencia, enfureció a aquella mujer, nada mas sentir mi hombro chocando con su pequeña cabecita, se puso a refunfuñar. Incluso advertí, que mascullaba violentas palabras en tanto que pataleaba el suelo con un evidente enfado. He de reconocer que tras ello no pude evitar esbozar una sonrisa que evidenciaba una risa que contenía, pero que pugnaba por escapar de mis labios. Aún así, guardé el tipo, y girándome sin resultar cantoso en demasía, le comenté a Melisa lo extraño de este encuentro, a lo que ella me respondió con un asentimiento de complicidad.

Pero entonces, de repente, en cuanto doblamos una esquina de la galería para dirigirnos a la salida de emergencia, dos hombres corpulentos nos detuvieron, impidiendo que salieramos de allí. Empezaron a empujarnos y a menospreciarnos, a insultarnos y a intentar agredirnos. Aquello no podía tolerarse, así que haciendo uso de un ennegrecido cuchillo que siempre portaha conmigo, atesté unas cuantas puñaladas en el rostro de uno y en las costillas del otro, y mientras aquellos hombres se recomponían de sus heridas, escapamos de allí. Mas justo en la salida, había como cinco hombres vestidos de igual tenor y con evidentes intenciones de violencia hacía nosotros. Me preocupaba la integridad física de Melisa, así que la puse detrás de mí y me abrí paso a cuchilladas para dispersar a aquellos hombres y escapar de ahí como fuera. Sabía que debido a su número era imposible combatir en igualdad de condiciones, así que hice uso de la sucia estrategia, y cuando nos fue posible huímos de esa zona.

El lugar era inmenso, parecía que no iba a acabarse. Cada vez que avanzabamos aparecían más y mas almacenes, los cuales estaban atestados de aquellos hombres vestidos con esmoquin. Debido a su superioridad numérica y a su musculatura, creí que era mas prudente en ocultarnos entre los muros para lograr atisbar alguna escapatoria. Eso sí, en todo momento mantuve mi cuchillo elevado en alto, y con la mano contraria, agarrando a Melisa para que no se me perdiera en el camino. Ella, a pesar del temor, mantuvo cierta compostura, y sólo se limitaba a ofrecerme los posibles escondrijos y salidas alternativas para que nos fueramos de ahí lo antes posible.

No sé cuanto tiempo pasamos corriendo de aquí para allá, pero finalmente llegamos a una especie de pequeña ciudad que aún estando rodeada de los susodichos almaneces, mostraba mas vías de escape. Nos internamos en senderos recónditos, en callejuelas adyacentes, pero a pesar de nuestros esfuerzos, al final nos vimos rodeados por gran número de aquellos hombres, y en su centro aquella pequeña mujer a la que había empujado sin querer. Por lo visto, la razón de todo aquel espéctaculo estribaba en que el empujón supuso para ella una injuria tremenda, una ofensa de la envergadura de una bofetada de un caballero a otro en el románticismo. Yo personalmente no lo consideraba para tanto, pero por lo visto aquella mujer era alguien importante, una ejecutiva o algo así que se tomaba las cosas demasiado a pecho.

Así se lo comuniqué, le dije que no entendía todo aquello pero que la ofrecía mis disculpas. Nada mas decir esto, su semblante se transfiguró de una mirada amenazante a una sonrisa de complaciencia, y me ofreció una bebida negruzca de lo que ella denominó "de la reconciliación" La tomé y la bebí deseando de que todo aquello terminase, pero a los pocos segundos lo que había bebido me subió por el gaznate, y lo devolví en forma de un líquido entre negro y sanguilento que escupí con desprecio en las losas de aquel lugar. A ella esto pareció sorprenderle mucho porque arqueó las cejas con estupefacción, y me miró interrogante, esperando que yo aclarase sus dudas. Entonces, entre risotadas que me negué a contener, le confesé que sus intentos por asesinarme resultarían vanos, que tanto yo como mi pareja éramos vampiros, que no sabía con quienes se estaba metiendo, aún con todo el poder que pretendía tener, nada podría hacer contra nosotros.

Y tras estas palabras, sonreí con sorna adornando mis afilados colmillos con la mugrienta sustancia que expulsaba por la boca, y me lancé como un animal sobre algunos de sus ayudantes, desgarrando sus cuellos y succionando su sangre para recuperarme de aquel mejunje que tanto me incordiaba en el estomago. Acto seguido, sobrevolé sus cabezas en compañía de Melisa, y nuevamente nos escabullimos de allí con aún mayor pompa que en las anteriores ocasiones, provocando un colérico movimiento entre los guardaespaldas de aquella pequeña mujer, mientras mi desenfrenada risa se solapaba a las injurias y amenazas que ella profería, alzando un puño en alto en tanto que nos contemplaba elevarnos sobre sus desdichadas cabezas.

Después de esta improvisada huida, llegamos elevándonos a un campo yerto, del cual desembocamos en otra pequeña ciudad que igualmente se encontraba atestada de idénticos personajes. Optamos por la misma estrategia, a saber nos ocultabamos entre los matorrales que la circundaban cuando podíamos, y cuando no nos quedaba otra, entrabamos en combate provocando tal lluvia de sangre, que tanto Melisa como yo terminamos tan saciados que no nos entraba ni una gota sanguiolenta más. Debido a ello tuve que hacer uso del cuchillo nuevamente. Era verdad que todo aquel cúmulo de sangre era un desperdicio, pero ni a mí ni a mi compañera nos entraba nada mas, así que a nuestro pesar tuvimos que echar a perder aquella ambrosía vital en aras de nuestra supervivencia. Para que uno se haga a la idea de cuan sangriento fue todo, que se imagine una plaza de un pueblo toda inundada de rojo cual si el Dios del Antiguo Testamento hubiera retornado a nosotros lanzando una plaga sobre Egipto. Así estaba todo, atestado de sangre aquí y allá, junto a cadáveres que horadaban las esquinas con sus cuerpos desgarrados, cuyos semblantes mostraban el sufrimiento que sentían antes de perder la vida.

Entonces, la pequeña mujer, sacando un silbato se sus bolsillos, comunicó un alto de aquella guerra, y nos reunimos con ella y con unos guardaespaldas frente a una mesa que daba a la cristalera de un local. Sin mediar palabra aún con su rencorosa mirada y la de sus acompañantes que deseaban meternos baza en cualquier momento, señaló en dirección a una vidriera en la que se transparentaba la figura de una mujer que se encontraba apresada, la llevaban con cadenas y empujones violentos en nuestra dirección, o sea, a la salida de aquella especie de tienda que mas bien parecía una peluquería. Manteniendo el dedo índice en tanto que la señalaba, nos indicó que aquella mujer era una bruja llamada Minina, y que iba a analizarnos espiritualmente de cara a tomar una decisión en torno a nosotros.

Minina la bruja, se sentó ante nosotros. Nos miró directamente, y nos cogió en las manos en tanto que esbozaba una enigmática sonrisa. Se sucedieron unos instantes en silencio, a los que se dió pie a que poco después se susurrasen extrañas palabras. Finalmente dijo que no suponíamos una gran amenaza, que aún teniendo en cuenta nuestras fechorías y nuestra violencia, teníamos un buen fondo, el cual daba pie a que se nos perdonase por nuestros pecados. Tal afirmación no sentó del todo bien a aquella mujer, y golpeando con su puño en una mesa, ordenó a sus subordinados que nos apresasen y ejecutasen. Obviamente no ibamos a dejar que se nos tratase así, lo que hizo que los evitase con premura, abalazándome sobre sus cabezas y dislocando sus cuellos, en tanto que tomaba a Melisa en mis brazos para que huir de ahí como habíamos intentado anteriormente.

Pero mientras nos alejabamos del lugar y nos internamos en la pradera desierta que teníamos ante nosotros, algo en nuestros corazones palpitó en señal de remordimiento. Melisa y yo nos miramos a los ojos confirmando nuestros pensamientos sin necesidad de palabras, y supimos que debíamos liberar a aquella bruja que retenían contra su voluntad en dicho lugar. No podía permitirse que aquel gazñapo hiciera lo que quisiera, así que ideamos un plan del siguiente tenor, a saber, como fueramos a donde fueramos todo se encontraría atestado de los guardaespaldas de aquella mujer, debíamos asesinar a algunos de ellos, y hacernos con sus trajes. Era imposible que todos ellos se hubieran quedado con nuestras caras, sobre todo los que se encontraban en zonas mas alejadas no sabían de nosotros de no ser por nuestras respuestas violentas ante su presencia, así que podríamos pasar desapercibidos, retornar a la zona donde tenían capturada a la bruja, y poner luego pies en polvorosa.

Aquel plan no tenía pérdida, y así lo pusimos en ejecución tal y como lo planeamos. Llegamos infiltrados a la zona donde se encontraba la bruja, y la liberamos pretextando a los guardaespaldas que la jefa nos había ordenado que teníamos que llevarla a otro lugar debido a una información que por ahora era secreta. Y así lo hicimos, huímos en compañía de la bruja Minina, que nos miraba con cierta complaciencia y orgullo. Así descubrimos todo el despliegue que me atrevería a considerar militar que la mujer había armado en nuestra contra. Allí donde fueramos, todos eran hombres uniformados cargados de armas que portaban coches blindados, camiones de guerra e incluso helicopteros... Pero a pesar de ello, mantuvimos el tipo, y tanto tiempo pasó de aquello que nuestros semblantes se perdieron en el olvido para aquellos hombres que nos odiaban sin conocernos.

En una ocasión, cuando hicimos un alto en un pequeño bosquecillo, Minina la bruja volvió a hacernos un reconocimiento espiritual, extrañamente se centró sobre todo en mí, pues sentía que no había ahondado suficientemente la primera vez. Primero, me impuso sus manos sobre los hombros, mascullando unas palabras que aparentaban tratarse de una especie de hechizo, después las apartó y me miró a los ojos esbozando una amplia sonrisa, y de repente ante mis atónitos ojos, se desprendió de su sostén liberando así sus senos, y puso el mencionado sostén sobre mi cabeza. En ese momento, miré de soslayo en dirección a Melisa que ya me miraba amenazante debido a los evidentes celos que aquello le provocaba. Yo me limité a alzar mis hombros con desconcierto, para después desplazar mi mirada en dirección a Minina que se encontraba desnuda de cintura para arriba. Se relamió los labios, y retiró el sostén de mi cabeza, y en tanto que lo ajustaba me indicó que aquello era un hechizo protector, y que iba a brindarme la oportunidad de acabar con todo aquello.


Y así, nos dirigimos de nuevo en dirección a los primeros almacenes, allí donde había comenzado todo. Nos internamos en el almacén que aparentaba ser el principal, y llegamos los tres a una zona tremendamente oscura que daba entrada a una puerta que sólo localizamos agudizando la vista y palpando con las manos, y cuando la abrímos nos encontramos a dos hombres, uno muy gordo y otro muy flaco que se encontraban sujetos contra la pared con esposas. En medio había una joven amarrada en mitad de la sala, y justo delante de la misma había como cinco hombres que sonreían con sadismo ante los intentos de la joven por desprenderse de ahí. En tanto que procuraba liberarse sin conseguirlo, los otros dos hombres que estaban apresados, no paraban de llorar y de suplicar clemencia. Personalmente, no comprendía aquel espéctaculo ni entendía que tenía que ver todo aquello conmigo.

Y en tal tesitura, sin saber por qué, aquellos hombres comenzaron a lanzarle cosas a la joven. Al principio eran finas agujas que le arañaban la cara mientras que otras se le quedaban clavadas sin que fuera capaz de soltarlas por motivos obvios, pero después empezaron a lanzarle cada vez objetos mas punzantes, como afiladas cuchillas, y finalmente, puntiagudos cuchillos que desgajaban su blanquecina carne. Cada vez que estos la acertaban en la cara proferían sonoros aplausos exponentes de su alegría, y cuando por lo que fuera fallaban dándole en otras partes de su inocente cuerpo, lanzaban un segundo objeto punzante con aún mas saña que el anterior. Yo no sé cómo fuí capaz de soportar aquello hasta entonces, quizás porque la bruja Minina me agarraba del brazo para impedir que actuase, mas no pude aguantar mas y me lancé en aras de dispersar a aquellos hombres, liberando así a la joven que ya se encontraba magullada de golpes, heridas y sobre todo cortes sanguiolentos que le recorrían todo el cuerpo.

Sin embargo, cuando ya la tenía liberada en mis brazos, a su mirada inocente y perdida le siguió una maléfica risa que me perturbó hondamente. Fue así cuando descubrí que todo aquello era un hechizo de Minina, y que la que en apariencia era la victima se trataba de la agresora, pues aquella joven no era otra cosa que un avatar de la pequeña mujer que tanto daño nos había hecho por haberla empujado sin querer en ese mismo almacén, y que hasta entonces había sido castigada por la bruja con aquel infierno particular. Pero aún así, lo que aparentaba sufrimiento y desdicha era en realidad regocijo, pues la joven parecía sentir placer recorriendo con sus pequeñas manos las heridas, que al palpitar con el tacto le producía un estremecimiento que se volcaba en una risotada de goce a tenor de las circunstancias. Así pues, sin pensarlo dos veces impuse mis afilados colmillos en su cuello, y succioné su sangre con un inusitado frenesí. Ahora me tocaba a mí sentir placer, puesto que con el paso de su calenturienta sangre a mi boca, todos mis miembros se mantuvieron en una tensión hedonista que sólo culminó cuando su cuerpo se convirtió en un despojo seco y macilento.

Recuerdo que mientras digería cada gota de su sangre, sentía su cuerpo vibrar y su risa aumentando en una serie de enloquecidos alaridos, y supe que todo aquello había acabado no cuando el líquido como el vino cesó, sino cuando se dió pasó al silencio en tanto que sus miembros quedaron ateridos, estirados y en suspenso como ocurre con la mayoría de los cádaveres. Al final todo terminó de esta extraña manera, del mismo modo a como había empezado, con un hechizo que sobrepasaba los sueños y las pesadillas todas, y acabó culminando en un estremecimiento interno que sobrepasaba mi propia cordura, pero en la que acabé siendo participe quisiera o no. Y lo que fue sufrimiento en un principio se volcó en deleite al final.

domingo, 18 de enero de 2026

La Aldea de los Muertos

 Aquel mugriento edificio infecto de la más nauseabunda humanidad era lo único que conocía Hugo. Las personas que dirigían tal centro le contaron cuando ya era algo mayor que sus padres le dejaron ahí poco después de que naciera. Obviamente, aquello afectó muchísimo a aquel joven tan sensible. Se preguntaba tantísimas cosas... Una de ellas, por ejemplo, sobre cual era la razón de que le depositarán ahí como si fuera un producto desechable, pero también otra que se le venía a la cabeza recurrentemente era en torno a qué sería de sus padres ¿Seguirían vivos? Y en caso afirmativo ¿Se acordarían de él? ¿Sentirían remordimientos por haberle abandonado? Ni él mismo sabía durante cuantos años estas cuestiones le carcomían el alma, si fuera sencillo responderlas probablemente hace tiempo las hubiera dejado atrás, pero como no era así no había día que no se las hiciera.

El edificio en cuestión que habitaba era tan grisáceo como macillento, parecía una cárcel y sus habitantes criminales. Los profesores que por ahí pululaban no eran otra cosa si no vigilantes carcelarios, y sus compañeros en cautiverio se comportaban como imbéciles redomados cuyas pasiones incontroladas surgían como la metastasis que produce el cáncer. Allí no parecía haber esperanza alguna debido a la escasez de luz, las barras de las ventanas les impedían tener perspectivas futuras, la oscuridad se cernía como una mala pesadilla que era constante y el aire estaba tan viciado que hasta soñar en la hermosura les estaba vetado. Todo lo que tenían ante sus ojos era penumbra y corrupción, casi parecía que habitaran el infierno debido a pecados que les eran ajenos porque otros antes que ellos los habían cometido.

En cierta ocasión, se formo una barabunda tal debido a una pelea, que el edificio se plagó de niños y jovenes correteando aquí y allá cual si fuera una colmena desatada. Hugo fue uno de los principales protagonistas de la misma junto a otro chico cuyo nombre no viene al caso. La situación se hizo tan virulenta que ni los celadores supieron detenerla a tiempo, tanto era el impetú de la masa que se veían repelidos hacía atrás constatemente, haciendo con ello que su intervención fuera fútil. Al final, Hugo y su contrigante acabaron enzarzados en uno de los laboratorios de aquel asqueroso edificio, y aunque nuestro protagonista le llevaba ventaja, el otro con una estrategia tan sucia como corrompida estaba su alma, en tanto que se arrastraba por el suelo cual gusano, tomó un aparato y lo usó contra Hugo de tal manera que le cercioró la mano izquierda, dejándole así manco de por vida. Justo cuando Hugo cargado de furia incontrolable iba a acabar con la vida de ese miserable, los profesores intervinieron dando por terminado el combate.

Fue imposible que recuperase la mano perdida, tan consumida estaba en sangre coagulada y sus nervios tan dañados que no pudieron unirse. Así pues, desde entonces Hugo se quedó con un muñón en el que clavó un mecanismo defensivo que él mismo había construido. Se trataba de una especie de navaja multiusos que tenía forma de tijera, pero que podía accionarse de tal manera que se convertía en un mortifero filo, a la par que también era útil para partir todo tipo de materiales a excepción de los más duros y sólidos como lo podrían ser un hierro, el metal o el acero. Aquel macabro invento tuvo la fortuna de ser capaz de intimidar a sus adversarios, de tal forma que gracias a la apariencia de una especie de cientifíco chiflado que hacía experimentos consigo mismo logró atajar el problema de los enfrentamientos. Nadie quería tener nada que ver con alguien cuya mano artificial podía sajar pieles ajenas cual si fueran embutido en lonchas.

Después de largos meses, Hugo logró encontrar un resquicio de aquel edificio que no parecía estar vigilado por nadie. Se le figuró que la luz que se filtraba por aquel recóndito sótano casi le susurraba que podía irse por ahí cuando gustase, y obviamente decidió aprovechar susodicha oportunidad. Deslizándose entre la maquinaria pesada que brindaba de densidad aquella cripta subterránea, pudo encontrar una pesada puerta de hierro oxidada que alguien se había dejado abierta como por descuido. Quizás, pensó Hugo, como los celadores consideraban que nadie sería tan osado como para penetrar la oscuridad de aquellas apestosas galerías, decidieron dejar aquel espacio despejado y no replegar sus fuerzas en una tarea que consideraban vana. Así, aprovecharía la oportunidad que les brindaba su falta de cálculos, y se filtraría entre las sombras como una mota de polvo por la ventana, o mas bien como una llamarada que ha encontrado una grieta donde poder escabullirse hacía el ansiado aire. Así lo hizo él, tan rápido fue en atravesar el sombrío recorrido, que cuando quiso percatarse de su acción ya se encontraba en el exterior.

Por vez primera podía respirar el aire puro, contemplar los rayos del sol que brindaban de alegría al mundo, poder pisar piedra pulida y tierra aglomerada, deslizar sus manos por la hierba cargada de rocío... Se puso tan contento que en vez de andar parecía que bailaba, danzaba entre las calles con sorna, a la distancia parecía un mimo que había sido liberado y que recuperaba la capidad de emitir sonidos. Correteaba aquí y allá completamente desatado en su felicidad recíen descubierta, por fin era libre y la sensación de notar sus ataduras ausentes le provocaba un cosquilleo que le recorría por todo el cuerpo. Tal era su alegría que a las veces reía solo sin poder evitar que sus carcajadas viajaran con el viento.

Finalmente decidió internarse en una espesura boscosa para evitar ser descubierto. Se trataba de una senda que estaba adornada por una profusa arbolera, aquí y allá todo era verdor, y el único tono que se admitía mas allá del verde eran los amarillentos rayos solares que se filtraban entre las ramas, brindando tal espectáculo de ensueño que hizo temer a Hugo si en realidad había muerto. Según fue internándose en la misma, estos pensamientos le fueron estremeciendo, o quizás fueran también los tonos cobrizos y las sombras emboscadas que eran invocadas con la llegada del atarceder. El caso era que, sin saber por qué, sintió que no estaba solo, que alguien le estaba persiguiendo y que cada vez se encontraba más cerca.

Cuando se giró para comprobarlo, se percató que una serie de figuras a la distancia corrían en su dirección. Esto le confirmó sus sospechas intuitivas, y sin pensarlo detenidamente, corrió como si no hubiera un mañana. Sin embargo, a pesar de llevar un buen ritmo y de sudar la gota gorda, aquellas siluetas fueron definiéndose cada vez mas en la medida que acortaban las distancias. Poco importaba que Hugo aumentase la velocidad de sus despavoridas zancadas, aquella masa de gente se encontraba cada vez más cerca. Y cuando se giró para medir las distancias ya estaban en su posición, pudiendo comprobar por sí mismo que se encontraba rodeado. Sin embargo, a pesar de ello, se dió cuenta de que aquellas personas no le perseguían a él, sino que más bien huían de otras que se encontraban mas atrás. Así que sin saber por qué, decidió unirse a una huida cuya razón ulterior le era desconocida.

Entre la carrera, pudo entablar conversación con dos personas. Una de ella era una mujer de rubios cabellos y esbeltos miembros, la otra una niña de quizás diez años que portaba en su regazo una extraña criatura cuyo origen no logró identificar, pero sobre la cual nada quería saber porque consideraba que podría ser mortífera. Estas le informaron de que huían de una especie de agentes porque su poblado había sido cercado por una intervención gubernamental de una potencia extraña, y que estos las buscaban a ellas y a toda esa gente para aprisionarlos, e incluso llegado el caso, asesinarlos. Hugo fue consciente de la veracidad de dicha información cuando en la distancia vislumbró que aquellos hombres iban montados en unas extrañas máquinas flotantes, que vestían una especie de monos azules y que portaban una suerte de machetes que elevaban amenazantes. Y como no quería perder su recíen recuperada libertad, puso pies en polvorosa en compañía de las dos damas y sus semejantes.

Torciendo a la izquierda, se internaron en una zona todavía mas espesa debido a la niebla y a la gran cantidad de plantas que por allí había, logrando con ello despistar momentáneamente a los agentes, que siguieron recto como si ellos continuasen huyendo por la carretera principal. Así, tras largos kilometros andados en la pronta noche reinante, llegaron a lo que parecía una pequeña aldea con sus casas dispersas. Una vez allí se percataron de que no eran bien recibidos, los vecinos de la zona salían de sus hogares armados con un palos que sostenían en alto junto a un semblante cargado de odio debido a la incertidumbre que sentían en su interior. No se arriesgaron ni a entablar conversación, tanto los temían que decidieron guardar la distancia, echándose una pequeña cabezada en los inmensos robles que se encontraban al rededor de la susodicha aldea. Mas, cuando horas después abrieron los ojos, descubrieron que se encontraban rodeados por un montón de aldeanos que sostenían sus antorchas prendidas en alto, dispuestos a arrojarlas a sus cabezas con la violencia que consideraban necesaria.

Sin embargo, de repente, un rumor pareció agitar las hojas de los árboles. Se produjo una brisa terrorífica que aún en su aparente levedad logró apagar las antorchas de los presentes, provocando un estremecimiento de sus huesos que fue audible. Sin saber cómo reaccionar, estos se dispersaron, acudiendo así a sus cabañas y cerrando sus puertas con herrumbroso pestillo. Y entonces, de las sombras descendieron dos figuras, una era la de una mujer morena que parecía una bruja, y la otra la de un hombre que vestía un negro ropaje y que portaba consigo una umbría espada. A una indicación de este, la bruja partió en dirección oeste, y el hombre se quedó mirando directamente a los ojos de Hugo y sus dos femeninas acompañantes que mostraban incluso más valentía que él mismo en la rigidez de sus miembros.

En tanto que hubieron pasado unos instantes, este se presentó a ellos como el famoso soldado-brujo del mundo onírico, y les dijo que no tenían nada que temer porque ellos no eran sus enemigos. Por lo que hablaron, parecía que extrañamente conocía el devenir de sus vidas, a pesar de que ellos no tenían noticia de él, al menos al parecer de Hugo. Este soldado-brujo le dijo incluso que conocía el paradero de sus padres, y que estaba dispuesto a mostrarselo si le acompañaba por una pequeña travesía, a lo cual accedió en compañía de las dos damas. Así, pues, se marcharon de ahí con el primer fulgor de la mañana y emprendieron un viaje hacía un lugar que les era tan desconocido como innominable en compañía de tal extraño personaje.

Aquel viaje duró todo un día, estuvieron atravesando las profundidades de un denso bosque, en cuyas cavidades creyeron escuchar los gruñidos de desconocidas criaturas. Pero no obstante, sin saber responderse a sí mismos, se sentían seguros en compañía del soldado-brujo, el cual emprendió su caminata en el más intenso mutismo, siendo el mismo silencio el que hablaba por él. Ascendieron después unas escarpaduras e incluso algunos pequeños montes, y les sorprendía que mientras ellos tenían que a veces hacer uso de sus manos para evitar caerse, el soldado-brujo caminaba erguido aún en los terrenos más empinados, estirándose como si fuera camino llano. Y ya a lo último, se internaron en una pequeña cueva que hacía de túnel en dirección a una aldea bastante lúgubre que se encontraba cernida por una tenebrosa neblina que le daba un claro matiz espectral.

Cuando le preguntaron al soldado-brujo qué era aquel lugar, dónde se encontraban exactamente, les respondió con naturalidad que se encontraban en la Aldea de los Muertos, y que tenía algo pendiente que hacer por allí a la par que quizás Hugo viera allí a sus padres. Y en tanto que se internaban en la densa niebla que obstaculizaba su visión de lo que tenían delante, creían ver encorvadas figuras que campaban a sus anchas por la zona. Algunas de ellas parecían reconocer al soldado-brujo, saludándole con una cortés inclinación de cabeza que era respondida de semejante manera por el mismo. Mucho le preguntaron sus acompañantes sobre por qué se encontraban ahí, pero a excepción de la primera respuesta que hemos consignado aquí, sólo daba vagas constestaciones que producían mas incertidumbre que clarificaban el asunto.

De repente, se detuvieron frente a una casa que parecía abandonada por lo que atestiguaban sus derrumbados muros, a la cual se internó el soldado-brujo con naturalidad indicándoles que hicieran lo mismo. Ya dentro, la bruma y la oscuridad eran evidentes, pero a pesar de ello, una vez que los ojos se adaptaban se podía vislumbrar que no se encontraban del todo solos ahí. De hecho, el soldado-brujo habló con un hombre corpulento que se encontraba frente a un mostrador, y que les llevó a una salida que tenía una especie de pantalla. Una vez ahí, salieron varias figuras macilentas de diversas salas que hasta entonces no habían visto, y cuando miraron en dirección al soldado-brujo comprobaron que este se encontraba hablando con familiaridad con un hombre maduro y elegantemente vestido. Cuando le preguntaron al respecto, este les comunicó que se trataba de su abuelo, y que como este había muerto hace años ya dentro del mundo vigil, ahora habitaba esa aldea en compañía de otros amigos y familiares dentro del mundo onírico.

Dejándole algo de intimidad, se apartaron un poco y se sentaron en unos mullidos asientos que se encontraban poco más atrás. Sin embargo, aún teniendo en cuenta la distancia, podían escuchar toda la conversación si prestaban atención, tan vacío parecía aquel oscuro lugar a pesar de que había gente pululando aquí y allá, que las voces se repetían como ecos que repercutuían en las huecas paredes. Volviendo a prestar atención a la conversación que estaba teniendo el soldado-brujo con su abuelo, se percataron de que reinó un momentáneo silencio cuando este le preguntó si la abuela se encontraba con él. Su abuelo se limitó a poner una mueca de desagrado, a la par que su rostro moreno adquirió un tono aceitunado, era su manera de quedarse pálido y desconcertado ante una pregunta que al soldado-brujo se le antojaba inocente. Su abuelo le miró con ojos asustados, como platos, mientras que sus labios emitían una mueca de desagrado, que dejó en suspenso y sin saber cómo proseguir la conversación a quién era su nieto.

Y entonces, de repente, la oscuridad se hizo tan densa que aquello parecía una boca de lobo, se dió un frío repentino que les caló a todos los huesos. Todo aquello fueron unos instantes que les parecieron largos minutos, hasta que de repente aquella pantalla al fondo de la sala se iluminó con una luz blasfema, que acto seguido alumbró a una nausebunda criatura que gritaba como un animal acorralado e inmerso en la locura. Aquella entidad parecía una gallina de proporciones exultantes, la cual estaba impregnada de sangre a destajo, y cuyo cuello se estaba resquebrajando debido a un tajo que le recorría de punta a punta, en tanto que emitía un sonido estridente que hizo que a todos les retumbase los oídos. Sintieron un profundo agijón que les calaba los huesos, y que se hizo cada vez mas insoportable en la medida que contemplaban tal horrenda visión.

Ya Hugo se creía habitando los pasajes infernales, cuando el soldado-brujo de un puntapié le sacó de la terrorífica sala, y le indicó que no podía seguir acompañándole en su aventura, que tenía una investigación pendiente sobre la cual indagar, y alzando su brazo en dirección al horizonte le indicó donde se encontraban sus padres. "Esta es una travesía que has de emprender en soledad. La distancia exterior es corta, aunque la interior va a ser larga. Mucha suerte ¿Quién sabe? Quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse cuando menos lo esperes" Y una vez dicho esto, le expulsó con una onda tenebrosa que nació de sus manos extendidas, y que por el momento, le alejó de todo peligro.

Así, Hugo se dirigió hacía el punto que el soldado-brujo le indicó, el cual era un risco que se encontraba coronado por una serie de rocas que se encontraban en lo mas alto del mismo. En cuanto lo alcanzó, descubrió que estas rocas eran lápidas de tumbas, y sin saber la razón, reconoció en dos de ellas el nombre de sus padres. No sabía por qué, pero el toque que le dió el soldado-brujo le proporcionó un ápice de intuición clarividente que le provocó averigüar que aquellas dos tumbas eran las de sus padres aunque desconociera sus nombres. Sin poder evitarlo, se desmoronó sobre las rocas, y prorrumpió en millares de lágrimas que humedecieron las rocas y regaron la tierra circundante, y agarrándose el rostro con desesperación, no pudo evitar sollozar largo rato.

No se sabe cuanto duró aquello, mas cuando las lágrimas ya eran recuerdos de instantes pasados, Hugo se levantó y se encaminó en una dirección escogida al azar. Bajo el risco, le esperaban las dos damas cuyos semblantes atestiguaban lo espantadas que se habían quedado tras su experiencia en la Aldea de los Muertos, y sin emitir palabra alguna, decidieron marcharse de ahí antes de que la situación se complicase todavía más. Sin embargo, en la medida que avanzaban en dirección a la pradera contraria al camino que habían hecho para llegar hasta ahí, no pudieron evitar estremecerse al recordar la demoníaca entidad que observaron en aquella casa semi-derruida que se asemejaba mas bien a una tenebrosa cripta, su terrible imagen les acompañaba en la medida que avanzaban, haciendo que sus miembros se agitasen en frenesí.

Así que los tres se tomaron de las manos para calmarse y apoyarse mutuamente, y continuaron avanzando hacía terrenos que les eran tan inhóspitos como desconocidos. Y pese a que se animaron un tanto, nunca serían capaces de olvidar aquella gallina inmensa ensangrentada, cuyos gritos estridentes aún les acompañaría en sueños, tanto se había insertado aquella visión en sus mentes...

domingo, 4 de enero de 2026

Pesadilla

 Todo empezó con aquella mujer. Nuestro personaje se encontraba comiendo en compañía de un venerable anciano en un restaurante de unas cuantas estrellas, hurgando los platos como si aquello se tratase de una especie de excavación arqueológica en tanto que daba al palique tratando los temas más trascendentales. El joven discípulo y el viejo maestro hablaban sobre literatura, poesía, filosofía, e incluso se atrevieron a dialogar en torno a la mística, tan metidos estaban en su universo elevado que no se dieron cuenta de que una hermosa mujer en compañía de una dama que ya rozaría los sesenta se sentaron justo en la mesa de al lado. Así estaban debatiendo, añadiendo matices a la discusión cuando al joven se le escapó una mirada de soslayo en dirección a la seductora mujer. Ella, obviamente, se percató de este cambio repentino en la turbación interna que recorrió al joven una vez que posó sus ojos en aquel cuadro de vida, y no desaprovechó la ocasión, pues usando ventaja de la situación puso todas sus armas sobre el tablero puesto que comenzó a realizar muecas y movimientos sumamente atrevidos, un puritano podría haberlos denominado pornográficos tomando en cuenta lo ceñido de su vestido y lo amplio de su escote.

Al joven le entraron hasta sudores, no sabría determinar si estos obedecían a los nervios o a la lujuría. Esto hizo que el anciano se percatase de la situación, y que le guiñase socarrón acompañado por una sonrisa de burla. Una de las ventajas de la vejez, es el ser inmune a momentos semejantes, y el poder reírse con sorna de las preocupaciones de los jóvenes cuando el aguijón de la sensualidad les atenaza cual garras desesperadas. Al final, el joven, sin poder soportarlo más se levantó y se excusó ante su viejo acompañante diciéndole que tenía un compromiso que le impedía quedarse. El anciano supo de que aquello era una excusa, que lo que pretendía el joven era salir ileso de la situación, pero quiso darle ventaja y por tanto también su permiso. Sin embargo, su marcha forzada no impidió que aquella exuberante mujer le persiguiese, levántandose casi al instante tal y como lo hizo el joven.

Una vez en el pasillo que daba la salida al restaurante, esta le siguió dando unos puntapíes a las baldosas que produjeron que sus taconazos fueran la banda sonora de su marcha forzada. Antes de que este pudiese poner su mano sobre el pomo de la puerta que daba a la calle, la mujer le arrinconó y le empujó a una sombría esquina. Allí, dió pie a una mayor y más explicita insinuación, haciendo uso de su cuerpo cual si este fuera la llama de una vela aislada en un helado bosque. Se movía y balanzeaba como desatada, casi desquiciada por una pasión tan exagerada que al joven le dió por pensar que quizás estaba soñando. Mas, al notar la piel calenturienta de ella, se dió cuenta de que sus sensaciones eran las de la vigilia. Y, sin saber cómo ni por qué, se desato de sus brazos, liberando su endeble cuerpo de las ligaduras de la lujuría. Antes de escapar de ahí, ella le prometió que volverían a encontrarse, a lo que el joven se limitó a responder con una exclamación que mutó en una inclinación cortés.

La mujer no se equivocaba, pues la volvió a ver en las más númerosas ocasiones. Prácticamente todos los días, cuando salía a la calle ya sea por compromiso o por capricho, la contemplaba filtrándose entre la multitud. Y en cada una de sus miradas, creía advertir un presagio, un signo que le indicaba que la promesa de ella iba más allá de un próximo encuentro. No sabía el trasfondo que velaban aquellos labios carnosos, mas advertía como por intuición que iba mucho más allá de sus facultades intelectivas. Y no porque le faltase razón ni estudio, sino porque sabía sin saber que había ciertas cosas que sobrepasaban el entendimiento del común de los mortales -incluso de los más esforzados- y que aquellas cosas provocaban la locura una vez vislumbradas, conduciendo a uno a la senda del más allá de la conciencia, al delirio de los sabios y de los eremitas.

Ahora, en su cuarto, inclinado sobre un libro abierto en tanto que era alumbrado por una luz cálida que brindaba a la ceniza de su pitillo una luz extraña, recordaba aquellos acontecimientos frente a los cuales no encontraba una explicación. Lo extraño no era la presencia de aquella mujer ni su modo de ser, pues conocía tanto a mujeres como a hombres que se conducían por la vida con esa osadía, lo raro en esta ocasión era la sensualidad tan gratuitamente desatada que emanaba de aquella mujer. Le parecía repentina, caprichosa hasta mas no poder, pues ¿Quién era él y de qué conocía a aquella mujer para que esta le tratase de esa forma? Para empezar, no se conocían, y además, él personalmente no se consideraba atractivo. Incluso, llegó a consultarle esta cuestión al anciano en encuentros posteriores, mas este nunca le respondía. Se limitaba a reírse, como si su situación fuera una comedia en la que el viejo maestro fuese un mero espectador. Aunque pensaba que quizás después de todo, aquella risa fuera una especie de lección velada.

No obstante, no sólo el encuentro con la mujer había sido extraño, también los acontecimientos que le siguieron fueron cuanto menos entre oníricos y pesadillescos. Y pese a que ella no estuviera presente en ellos, el joven sentía en forma de corazonada que estaban en relación a ella, como si desde su primer encuentro todo aconteciese animado por su núcleo ignéo. Por ejemplo, en una ocasión en la que estaba acompañando a su madre dentro de su coche, sin recordar qué era lo que pretendían hacer ni a dónde se dirigían, advirtió que las calles se metaformoseaban ante sus ojos. Poco importaba que su madre torciese el volante en una u otra dirección, que pasase por zonas que le eran harto conocidas, cada carretera conducía a un desvío del que no había tenido noticia hasta entonces. Todo llegó al cúlmen del delirio cuando atravesando una curva que daba a una salida lateral, una vez franqueada esta, se encontraron recorriendo los anillos de Saturno. Alarmado le indicó a su madre que mantuviese rígido el volante, cualquier despiste podría lanzarles al abismo del espacio exterior. No sabía cuantas vueltas dieron a la sustancia rocosa en suspensión que componía el anillo del susodicho planeta, pero cuando quiso darse cuenta ya se encontraban sanos y salvos en una carretera que ya trascurría con normalidad.

En otra ocasión, cuando regresaba a su hogar andando tras una excursión, se percató de que su casa había sufrido un cambio repentino. Era extraño, pero aquella casa no era su casa, y sin embargo, sabía por su situación y un secreto sentido interno, que aquella era indudablemente su casa. Incluso su llave encajaba con la misma, pero dentro estaba todo cambiado, como si algún agente maligno lo hubiese trastornado todo. Rascándose los ojos de la incredulidad, salió y entró varias veces de su casa para cerciorarse de que estaba en sus cabales, pero cuando así lo hacía la casa se tornaba completamente diferente. Y aún así, pese a que su aspecto exterior era aparentemente distinto, seguía reconociéndola como su casa. Esto llegó al limite del delirio cuando en la última ocasión en la que salió para volver a entrar, contempló que todo estaba en ruinas. Incluso vislumbró sus pertenencias personales disgregadas aquí y allá, lo que acto seguido le produjo una conmoción tal que se desmayó repentinamente, y amaneció en su cama como si nada hubiera pasado.

Pero, aún con la vuelta a la normalidad de estas aleatorias circunstancias, las recordaba tan vívidamente como si fueran el pan de cada día. También, en otra ocasión, cuando tenía que dirigirse a la ciudad, contempló que había un inusitado coro de gente en la parada del autobús. Era extraño porque rara vez encontraba mas de un par de personas allí, pero en esa ocasión, toda aquella zona se encontraba atestada de gente. Pero lo que mas le resultó extraño fue el comprobar que pasaban autobúses cada pocos minutos, y estos anunciaban en sus carteles zonas de las que jamás había oído hablar. Mas finalmente logró subirse al autobús habitual, sólo que este le condujo hacía parajes que le eran desconocidos, a excepción de la última palabra que es dónde se bajó. No sabía advertir cuanto tiempo pasó cuando recorría una ciudad que le era extraña aún siendo conocida por el, pero el caso es que se le hizo de noche. Y cuando intentó regresar combinando metros y trenes, se le hizo bastante complejo, ya que estos daban vueltas innecesarias, y se apeaban en transbordos que no recordaba. Se pasó las horas muertas recorriendo inmensos pasillos que no desembocaban en parte alguna, donde acababa por subirse a trenes cuyas paradas le parecieron tener nombres desquiciados. Tirándose de los pelos, en el culmén de la desesperación, se sentó en un banco de metal y esperó a que volviera el sosiego. Y finalmente lo consiguió, regresando a los parajes acostumbrados no se sabe cómo.


Pero todos estos inhóspitos acontecimientos llegaron a su delirio absoluto cuando en una ocasión en la que regresaba a casa en el coche de su padre este le dejó en una zona aledaña a la carretera pretextando que le había surgido un compromiso repentino, y que no le quedaba otra que marcharse. El joven lo aceptó con cierto estoicismo, y se encaminó en la penumbra como si fuera una sombra más de aquel desolado paisaje. Sus pasos le llevaron a un pequeño bosquecillo en el que crecían libremente los álamos, y allí de entre los troncos surgió una figura encapuchada. Teniendo en cuenta sus anteriores experiencias, aquel joven se temió lo peor, así que se armó de valor y adoptó una pose defensiva frente a una acometida que consideraba inevitable. Y en tanto que mantuvo los puños en alto, la figura se situó en un parpadeo justamente delante de él, y le elevó agarrándole del cuello. En tal tesitura no tuvo otra que no fuera el intentar zafarse, mas cuando contempló el semblante de su atacante se le paró el corazón, puesto que este estaba completamente deformado cual si le hubieran pasado una plancha ardiente en el rostro, y además apestaba a húmedad confinada, como podría serlo un cuerpo pudrefacto que emerge de una cienaga. Gritó entonces, desesperado, y aprovechó la ocasión de que las fuerzas de aquel ser se debilitaron para salir por patas. No fue perseguido por el monstruo, que se quedó observándole en la distancia, pero no por ello aminoró la marcha hasta que se encontró en la seguridad de los muros de su casa.

Ya habían pasado largos días desde aquellos encuentros pesadillescos, mas el joven en tanto que pasaba sus pupilas por las páginas de su libro de ocultismo, no podía evitar sentirse turbado al recordarlas. Y encima, los pasajes de aquel libro sobre la transmutación de las almas y las implicaciones en torno al más allá no ayudaban precisamente. Estaba reposando sobre su silla, aclarando sus ideas e intentando calmarse, cuando repentinamente escuchó un ruido secó que provenía del jardín. Intentó avisar a sus familiares de este hecho, pero cuando recorrió las estancias en la casa fue en vano en tanto que se encontraba completamente solo. Así que reunió el coraje necesario para abrir la puerta trasera y conducirse al jadín. Allí, al principio, no vislumbró nada. Hasta que repentinamente sintió un cosquilleo en la espalda, una punzada cuasi-electrica que le recorrió la espalda dotándole de vida como si se tratase se un resorte. Y cuando se giró, ahí se encontraba aquella mujer. Esta vez vestía con elegancia, velando sus encantos femeninos en una recatada modestia y sonriéndole con cierta pureza e inocencia. Se sorprendió a si mismo del cambio, así como de lo cortes de sus maneras. Mas esta impresión no duró mucho, le perturbó un temblor que sintió proveniente de las profundidades de la tierra.

Pero hasta en eso se equivocaba, en tanto que su origen era bastante dispar. Elevando su mirada al cielo nocturno, localizó que aquel estremecimiento provenía de las alturas en forma de un punto morado que en la medida que clavaba su mirada en el mismo, se iba incrementando a ojos vista. Y cuando quiso darse cuenta, aquella cosa se encontraba justo en su cesped, carbonizando la verdosidad que se encontraba a su al rededor. Acercándose en compañía de ella, se detuvo para intentar examinarlo, cayendo en la cuenta de que se trataba de un cubo perfecto, mas esta impresión no duró mucho porque el cubo comenzó a abrirse y a expandirse. Procuró retirarse un tanto para que la sustancia hirviente que provenía del mismo no le tocase, pues su acción le recordaba al del ácido.

Evidentemente turbado, no sabía qué pensar. Y menos cuando del interior del cubo surgió lo que parecía un insecto. Pero a diferencia de los insectos comunes, aquel era carnoso y le miraba con unos ojos muy humanos. Incluso, entre sus líquidas fauces, emitía un ruido que se asemajaba a una risa. Cuanto mas lo miraba, mas grande le parecía. Hasta el punto que lo que al principio parecía una mota, fue vertiéndose en una sustancia que alcanzó su propia altura. Nuevamente se encontró a la defensiva, por lo que pudiera ocurrir. Aquel ser le miró directamente, le amenazó con sus aspas puntiagudas, y con un estremecimiento que le recorrió su esquelético cuerpo, invocó unas alas emplumadas que deslizó con cierta arrogancia. Y en un santiamén, aquel ser indescifrable, se marchó volando en una dirección que se le asemejó aleatoria, mas allá de los castaños que tenía ante sí.

Y entonces, la mujer que tenía a su lado y que no se había movido lo más mínimo en la exhibición del insecto inmenso, le abrazó en señal de lo que parecía un agradecimiento. Por qué le agradecía su presencia, no lo sabía pero así lo hizo. El joven la correspondió como debía, y mientras sentía su cuerpo calenturiento sobre el suyo, notó que sus pies no se encontraban apoyados en lugar alguno. Mirando en dirección al suelo, se percató de que se estaban elevando, lo que hizo que se agarrase mas al cuerpo de ella. Fueron elevándose más y cada vez más, hasta que toda su aldea le resultó diminuta desde las alturas que ahora ocupaba. Atravesaron las nubes y los cielos mucho más allá de lo que lo hacían los pájaros más atrevidos, e incluso salieron de la atmósfera y se encaminaron en dirección al espacio. El joven no sabía cómo podía atravesar ese espacio teniendo en cuenta la falta de óxigeno, mas así lo hizo pese a su incredulidad.

Fueron avanzando cada vez más, pasando el sistema solar y el circuito de estrellas que los antiguos consideraban fijas, pasaron también por Andrómeda y extrañas nebulosas flurecientes que brillaban en la oscuridad animadas por el fulgor de gigantescos soles, e incluso esquivaron grandes acumulaciones de rocas desprendidas de planetas que ya eran extintos. Finalmente, llegaran a una galaxia que se encontraba dominaba por un inmenso agujero negro, y allí fueron tragados por el mismo, siendo introducidos en una negrura que sería imposible de describir, y que les condujo hacía donde nadie sabe. Hay quién dice que se dirigían al terreno de la anti-materia, a un vacío absoluto como al que apuntan los nihilistas, mas yo creo que una vez atravesado aquel infierno de la negación y de la soledad llegaron a un reino mucho más luminoso y feliz, a un paraíso que alguno diría, donde la plenitud es tan inmensa que las sombras y los resplandores forman una nueva sustancia etérea que da cabida al mundo de los sueños. 

domingo, 21 de diciembre de 2025

La prisión existencial

 

Desconozco cómo llegué aquí, y para ser sincero, creo que casi nadie más lo sabe. Llevo habitando esta estructura de piedra y acero desde que tengo conciencia, y pese a intentar indagar en torno a cómo llegamos todos aquí, nunca obtuve respuesta alguna, ni siquiera por los mas sabios del lugar. Al principio, esto me daba rabia sobre todo cuando era más joven. Pero, con el tiempo, aprendí a resignarme llegando a la conclusión de que hay cosas que simplemente no tienen una explicación. Hay personas que están obsesionadas por querer saberlo todo, tienen esa alma de pequeños filosófos que no les deja descansar en paz, mas hay veces que por mucho que intentemos llegar a la verdad esta se nos escapa, tan traslúcida e invisible es.

Mi padre era una de esas personas que buscaban respuestas, aún a costa de su propia vida. Siempre estaba yendo de un lado a otro, intrigando y conspirando para hallar respuesta a sus inquietudes. Pero, del mismo modo a como me ocurrió a mí, nunca llegó a una conclusión, y esto en vez de conducirle a una sosegada resignación, le animó a pasar a la acción, a una acción cargada de inconsciencia, mas también de coraje. Debido a ello, se hizo tremedamente famoso por estos lares, se le conocía como un revolucionario del tomo al lomo, uno de los pocos que se atrevieron a enfrentarse a las autoridades de cara a flanquear estos muros y adquirir así la ansiada libertad, la cual sea dicho de paso, es casi una utopía para todos nosotros.

Alguien denominaría el lugar donde habitamos todos como una especie de prisión, mas tal categoría es equivocada en un sentido y acertada en otro. Por un lado, es cierto que estamos encerrados, que aquí hay normas muy estrictas y que pocos son los que pueden respirar aire directamente, mas por otro lado los muros no son tan limitados y estrechos como lo podrían ser las cárceles del pasado. Yo diría que este lugar mas bien se asemeja a una pequeña ciudad, la cual si bien es cierto que a determinadas horas del día permanece constreñida para la mayoría de sus habitantes, cuando el sol anima con su fulgor las moles rocosas del exterior, se nos concede que nuestros pasos sean más amplios y excelsos.

Pero, para mi padre aquello no fue suficiente. Poco le importaba el leve hálito de libertad que le otorgaban los alguaciles, él buscaba la libertad más plena. Debido a ello, como iba diciendo, se reveló y logró quizás lo que pocos han conseguido por estos parajes, y esto es el alcanzar el exterior. Sin embargo, aquí la historia se difumina y se convierte en incierta, porque hay quién dice que al final fue acometido por los guardias, mientras que otros dicen que finalmente logró alcanzar su deseada meta: la libertad completa, saliendo de estos muros cual oveja descarriada del sistema. Personalmente no sé qué pensar, aunque me gustaría inclinarme a que después de todo logró salir, pese a que desde entonces a mi madre le diese una fuerte depresión que al tiempo le provocó la muerte, dejándome desamparado y huerfano en esta ciudad-prisión.

Por suerte o por desgracia, yo no soy del todo como mi padre. Una vez que logré entender la lógica de este lugar pese a que no logré averiguar su origen, me sosegué y decidí vivir en relativa paz y tranquilidad. Mi rutina es muy simple: me levanto temprano, hago mis tareas, retorno a mi habitáculo y ya durante el atardecer me relajo un poco en la zona de ocio antes de acudir para dormir. Allí, en esa zona, cuando era joven disfrutaba de los recreativos y de las apuestas con mis miseras monedas, pero según fuí creciendo, empecé a frecuentar a las mujeres que allí vendían su cuerpo. Al comienzo, eso deleitaba mis sentidos carnales, pero con los años hasta eso se hizo una rutina que me hastiaba hasta que conocí a una de las mujeres de aquel lugar que se llamaba Vera, y desde entonces sólo frecuentaba su cuerpo, y quizás algo mucho más importante, su corazón.

Vera es toda una dama, su desempeño va mucho mas allá que el de la mera satisfacción carnal, ya que tras el encuentro de los sentidos, le encanta hablar mientras fumamos. Ella presentaba también las mismas inquietudes que yo respecto a este lugar, y hasta cierto punto admiraba la leyenda viva de mi progenitor. Cuando nos conocímos, apenas hablabamos, nos limitabamos a retozar como animales desbocados que necesitaban desfogarse, pero con el tiempo esos instantes fueron haciéndose más pequeños para ir cediendo terreno a la conversación hasta el punto que hubo veces que el contacto del cuerpo se limitaba a los besos, mientras nuestra charla se incrementaba tanto que parecía que debatíamos en un parlamento. Obviamente, tras conocerla, dejé de frecuentar a otras mujeres, eso me hizo pensar que me enamoré. A este respecto, Vera opinaba lo mismo, y me lo hacía saber con su sonrisa tan encantadora.

Antes he dicho que no me parecía del todo a mi padre, pero esto es también una media verdad. Me dí cuenta de su herencia en mi mente cuando ocurrió un determinado episodio que lo cambió todo, pero no nos adelantemos. Antes he de contar los antecedentes, y estos se remotan a cuando los lideres de la ciudad-prisión me otorgaron el privilegio de poder trabajar en un establecimiento que se encontraba justo en la frontera de los muros que habitabamos. Se trataba de una tienda de comestibles donde acudían gentes del exterior a comprar nuestros productos, e incluso me dieron la oportunidad de que podía traerme a una persona conmigo, y obviamente escogí a Vera tanto para que me hiciera compañía como para que lograse salir de su anterior mundo. Así lo hicimos ambos, y allí conocimos a otro de los nuestros que era el encargado del establecimiento. Este no hablaba mucho, pero siempre nos sonreía con amabilidad y hasta con complicidad, los clientes en cambio no eran nada amables, nos trataban como a sus esclavos. Y aún con ello, alguna vez me aventuré a preguntarles a algunos de ellos acerca del mundo exterior. Pero nunca soltaban prenda, y hasta llegaron a golpearme por mi impertinencia.

En realidad, nos maltrataban a los tres constantemente, ya fuera en palabra o en acto. Y esto fue lo que hizo que la herencia interna de mi padre me golpease en lo más hondo, pues empecé a sentirme mal por esta injusticia. Los golpes y maltratos que me dolían más no eran los que yo mismo recibía, sino los que tanto a Vera como mi compañero les caían. Al final, yo molestaba a los clientes preguntando y lanzándoles miradas de desprecio en respuesta a las suyas, mas Vera y mi compañero nunca tuvieron gesto alguno que connotase la más mínima falta de respeto, y a pesar de eso, ellos eran los que recibían mas maltrato por parte de esas gentes desagradables.


Un día no pude soportarlo más, y cuando ví como un hombre soltó un mamporro a mi compañero, lo agarré del brazo antes de que recibiera un segundo y no paré de zurrarle hasta que acabó en el suelo completamente inconsciente. Al ver esto, muchos otros clientes se abalanzaron contra mí, pero sus intentos por reducirme fueron vanos en tanto que yo estaba desatado debido al odio contenido. No paré de soltar mandobles a unos y a otros, hasta sonó la alarma de emergencia que hizo que acudieran los alguaciles a prenderme. Mas estos, aún con sus porras electricas y sus sofisticadas armas, no lograron retener mi frenesí. Algunos de mis compañeros de la ciudad-prisión, animados por mi reacción, montaron un motín impresionante. Era verdad que los guardías tenían la fuerza y los útiles suficientes para reducirnos, pero nosotros teníamos una ventaja númerica, y así la usamos contra todos ellos. 

Se armó una buena. Cada pasillo, cada callejón, cada resquicio de suelo empedrado, estaba sumido en la agitación de la masa encarcelada que decidió rebelarse contra las injusticias que vivíamos. Y curiosamente yo, un resignado de manual, liberé susodicha rebelión quizás gracias al imaginario colectivo que me contemplaba como legítimo heredero de mi padre. Sin pensármelo dos veces, tomé de la mano a Vera y la llevé a través de las oscuras galerías cargadas de caídos en combate y de su sangre, para así alcanzar la salida y poder liberarnos de aquellos muros de acero. Reconozco que sentí miedo, pero tantas eran las ansias que tenía por conseguir una libertad que días antes me resultaba imposible, que el más leve temor fue evaporado por la pasión del momento.

Justo antes de salir, había unas galerías que nunca había visto en mi vida ya que nunca estuve tan cerca de la salida. Quería escapar de allí cuanto antes, pero también era cierto que me podía la curiosidad, aquella curiosidad que hacía años se había esfumado, acudía de nuevo a mi pecho con el frenesí libertario recíen adquirido. Así que dejando a Vera vigilando en la salida por si algún guardia despistado nos alcanzaba, me sumergí en susodichas galerías con mucho tiento mas investigando con un renovado interés. Leyendo las inscripciones me dí cuenta de que todas aquellas cajas de piedras polvorientas eran tumbas, así que aquello debía de ser un cementerio. Me resultó extraño porque en nuestra sociedad no teníamos costumbre de enterrar a nuestros muertos, cuando alguien moría simplemente desaparecía, los guardias se llevaban el cadáver y este era supuestamente incinerado, y ya está.

De repente, mis pensamientos fueron detenidos de sopetón cuando reconocí en una de las lápidas el nombre y los apellidos de mi padre. Aquello produjo un estremecimiento tan grande en mí que comencé a temblar de la emoción, e incluso me atreví a levantar la lápida para comprobar si efectivamente era él, o si sufría un engaño de los sentidos. En cuanto retiré la pesada roca, ví a mi padre tal y como lo recordaba, con sus mechones rubios y su piel blanquecina, con aquella delicadeza que velaba una fortaleza interior indiscutible. Era idéntico a cómo era cuando le ví por última vez, aunque en verdad mi imaginación me engañaba, puesto que lo que tenía ante mí eran un montón de huesos cargados de polvo, piel desgajada convertida en tirones desechos a la par que cabellos que se partían en mil pedazos con el más mínimo contacto. En tanto que abrazaba completamente emocionado el cadáver de mi parte, escuché a Vera llamarme para indicarme que los guardias se aproximaban. Me despedí rápidamente del cádaver que yo contemplaba lozano y jovial que en realidad era un montón de huesos podridos, y salímos de ahí como quién oye cantar un gallo.

Cuando salimos de la ciudad-prisión, corrimos como si no hubiera un mañana. Atravesamos un campo carbonizado, después lo que parecía un arrozal y finalmente nos internamos en un bosque. Pero no nos detuvimos ahí, seguimos huyendo de nuestra propia sombra. A las veces mientras duraba nuestra carrera, nos mirabamos regocijados, pero sin perder de vista un objetivo incierto que nos llevaba a seguir hacia delante. Finalmente, extenuados a mas no poder, llegamos a una ciudad que parecía derruida. Todo aquel lugar se encontraba complemente abandonado, ahí no había ni un alma. Con mucho cuidado, lo recorrimos a pesar de lo cansados que estabamos. Subimos a un gran edificio que se encontraba medio derruido, mas lo extraño fue que a pesar de su evidente deteriodo, las puertas de los sucesivos apartamentos no cedían a nuestras acometidas. Llegamos al piso décimo o así, y para nuestra sorpresa, nos acogió una anciana que nos dejó pasar sin preguntarnos nada, ni siquiera quienes éramos ni qué hacíamos ahí.

Nos acogió con suma delicadeza y tiento, nada mas abrir la puerta, nos sonrió como si nos conociera de toda la vida y nos dejó entrar como si fueramos sus nietos. Disfrutamos de una frugal cena mientras aquella anciana no dejaba de mirarnos con una sonrisa en sus arrugados labios, y sin mas conversación, nos indicó donde estaban nuestras habitaciones, y nosotros se lo agradecimos en silencio con una inclinación de cortesía. En el fondo, no nos lo podíamos creer. Estabámos tan acostumbrados al maltrato de las personas del exterior, que nos extrañaba ser acogidos de aquella manera. Sin embargo, decidimos dejar de lado nuestros recelos para reponer fuerzas al día siguiente.

Pero en cuanto a mí se refiere, no era capaz de pegar ojo. Me sentía extraño, como sumido en la niebla de una pesadilla. Procuraba concilar el sueño, mas cuanto mas lo intentaba, menos lo conseguía. No podía parar de darle vueltas a los acontecimientos de aquel día, especialmente a la imagen del cádaver de mi padre, y una cosa llevó a la otra, y empecé a saborear una cierta amargura que me comía por dentro. Pensaba que tras conseguir la libertad, aquel sueño imposible incluso cuando dormía, sería el hombre mas dichoso de este planeta, mas en realidad, una vez conseguida, me sabía a poco. Tanto tiempo había permanecido encerrado en aquellos muros, enclausurado en mi propia rutina y sumido en el hastío de la monotonía, que ahora no sabía qué hacer con esta supuesta libertad recíen adquirida. Me sentía aún preso de una cárcel que no sabía delimitar, al menos respecto a la anterior sabía a qué atenerme, pero ahora no sabía hacía dónde me dirigía y qué haría con mi vida. Era todo tan incierto y desconocido, que incluso sentí que la libertad era una especie de maldición.

Estaba pensando en estas cosas durante la oscuridad de la noche cuando de repenté sentí un zumbido que hizo retumbar mis sienes, a la par que un fundido en negro que veló el tenue fulgor de la luna que contemplaba a través de los desgajados cristales de la ventana, y entonces me encontré de nuevo ante la anciana en compañía de mi querida Vera, tal y como estabamos cuando llegamos a su apartamento. Era extraño pero parecía repetirse aquella secuencia de un modo idéntico a como lo hizo en el pasado, todo del mismo modo. Yo no comprendía nada, y así se lo comuniqué a Vera, la cual también compartía mi mismo desconcierto. Intentamos portarnos de otra forma de cara a alterar este extraño flujo temporal, pero nada, acabamos en las mismas. Y nuevamente fue la noche, otra vez una luna cenicienta cubría mis lúgubres reflexiones en torno a la libertad que ahora eran sustituidas por mi inquietud ante lo que acababa de pasar, y otra vez aquel zumbido, el retorno a vivir la experiencia de encontrarnos ante la sonrisa de la anciana que nos recibía en su casa...

No sé cuantas veces se repitió aquella escena en tanto que Vera y yo intentamos alterarla de tal manera para que no se repitiera, incluso procuramos huir del piso para no acabar encerrados en el mismo búcle temporal. Pero poco importaba, daba igual lo que hicieramos, siempre retornabamos a idéntico punto. Y con el tiempo, aquella secuencia temporal reiterada en un reloj incierto, fue desplazándose cada vez mas atras, repitiendo ya no sólo nuestra llegada al piso de la anciana, sino también nuestra huida de la ciudad-prisión, la tumba de mi padre, el motín, el abatimiento de los guardias y de los civiles en la tienda... Todo fue repitiéndose incesantes veces, cada vez mas atrás, y pese a que Vera y yo nos mirábamos con un semblante cargado de terror, nada podíamos hacer para retener aquel frenesí que superaba nuestras capacidades cognitivas. Fuímos tan atrás en el tiempo que volvía a nacer, y por eso lloraba tan desquiciadamente en ese momento, porque no comprendía cómo había llegado a esa situación.

Y, desde entonces, así estoy condenado a vivir mi vida una y otra vez, en tanto que da igual lo que haga o cómo actúe, siempre regreso al mismo punto de partida, que unas veces es el apartamento de la anciana, otras los huesos tirados de mi padre en su sacórfago o mi lucha contra los opresores, siempre vuelvo a nacer de nuevo. Lo que ahora espero es que esta secuencia temporal regresiva me conduzca a averiguar dónde me encontraba antes de nacer, quizás así pueda comprender cómo llegamos todos aquí y por qué se rebeló exactamente mi padre, cómo terminaron sus días... Pero no estoy seguro de si lograré recordar aquella existencia pre-material, si seré capaz de capturar en mi interior aquel viaje sideral que conduce a la vida, si podré llegar a encontrar una explicación que no entiende de palabras...


domingo, 14 de diciembre de 2025

Sueños en guerra: La liberación de los filires

 Algunas personas, cada cierto tiempo, necesitan de un distanciamiento. Hay quién lo denomina un aislamiento, mas en verdad yo diría que se trata de una suerte de posición defensiva. A saber, teniendo en cuenta que esta existencia supone una guerra constante con los que suelen identificarse como nuestros semejantes, el quedarse parado repentinamente para aunque sea respirar, supone una especie de retirarse a la retaguardia para recagar fuerzas. Pienso que esta imagen es bastante buena, ya que nos hace imaginar un soltado que se aposenta en sus trincheras, va tomando más armamento, elabora un plan de ataque, y en cuanto menos se lo espera uno, sale escapotado dispuesto a lo que sea.

Del mismo modo a cómo acontece en el mundo real y en las guerras cotidianas, lo mismo se da en el mundo onírico ¿Y quién usaba de esta estrategia para el combate en la esfera onírica? Pues evidentemente, el soldado-brujo, aquel ermitaño guerrero que era temido por los supuestos bienintencionados y amado por todos los odiados y marginados por la sociedad. Podía pasar largas temporadas de viajes perpetuos donde le acontecían las más extrañas aventuras, pero de la misma forma en la que se embarcaba con osadía y frenesí a los azares del mundo exterior, igualmente lo hacía en inmensas épocas de aislamiento donde sólo le veían el pelo algunos de sus acólitos de vez en cuando ¿Y por qué reaccionaba así? Es decir, si en su corazón habitaba aquel hálito aventurero por el que estaba dispuesto a recorrer las regiones más inhóspitas ¿Que le llevaba a encerrarse en sus aposentos repletos de polvo tanto tiempo? Unos dicen que se debía a su misantropía, otros a que necesitaba curarse de sus heridas tanto externas como internas, y algunos otros aunque pocos, rumoreaban acerca de que ocultaba algo, una suerte de tesoro que era desconocido por todos.

El caso era que se hallaba en una de esas temporadas, encerrado cual si fuera un caustro en su habitación examinando y leyendo los más extraños volumenes, cuando uno de sus acólitos irrumpió en la sala. En esos momentos el soldado-brujo se encontraba encorbado, consultando un antiguo manual con los ojos inyectados en sangre, cuando este hombre le informó de un acontecimiento cuanto menos extraño. Por lo que le dijo, parecía ser que en el museo mas importante de la metropolí onírica, se había inagurado una exposición en la que él era el principal protagonista. Esto le produjo un estremecimiento que procuró ocultar aunque de mala manera, ya que quién le informaba pudo percatarse, o al menos eso parecía en el deslizamiento de su mirada a los brazos crispados del soldado-brujo.

Acto seguido, este se levantó y preparando sus atuendos con premura, salió escapotado de su hogar para comprobar susodicha información con sus propios ojos. No tardó mucho en llegar al lugar, pues a un hechicero tan experimentado como él, no le era díficil elaborar un portal que le llevase directamente al lugar. Así lo hizo, situándose así a escasos metros del susodicho museo. Se deslizó por las calles de la ciudad cual si fuera una sombra anónima, esquivando a las gentes que por allí pululaban como si fueran fragmentos dispersos de polvo que flotasen por una sala. Y a partir de ahí, cruzando la plaza principal, se encontró de bruces con el edificio, el cual era tan imponente como majestuoso con sus pilares jónicos tan elevados, sus esculturas griegas que le daban la bienvenida y los muros que a pesar de estar algo desgastados mantenían su elegancia.

Cuando entró en el museo, atravesando su inmensa puerta principal, comprobó que este se encontraba completamente vacío. Aquello le extrañó. Que un edificio de tal envergadura y reputación se encontrase carente de visitantes, era cuanto menos raro. Sin embargo, aquello no le amedrentó, se introdujo en su interior recorriendo las salas de la exposición. Mas, consultando los lienzos, descubrió que todos aquellos tenían algo que le inquietaba, puesto que todos ellos eran sombras que no mostraban nada, a excepción de algunas figuras que simulaban su presencia sin llegar a hacerse enteramente presentes. Ya lo había recorrido casi todo cuando en la sala final pudo ver que uno de los cuadros le representaba a sí mismo bajo la lúbrica de un "Se busca". Y justo cuando había acabado de leerlo, las luces se apagaron.


Fue entonces, en la oscuridad, cuando el soldado-brujo se pusó a la defensiva, cobijándose en uno de los laterales de la sala preparándose para lo que fuera. Desde esa posición pudo vislumbrar una figura que entraba en la sala, y que alzaba sus brazos amenazantes tanteando en las sombras. Aquel gesto fue suficiente para que el soldado-brujo adoptase una posición de ataque, y sin pensárselo mucho, se lanzó contra aquella figura de cara a dar el primer paso antes de que el otro reaccionase. De espaldas al mismo, le sajó el cuello con un cuchillo, liberando la sangre de sus ataduras, y rapidamente examinó el cádaver descubriendo en el mismo que este pertenecía a la secta denominada Silrex debido a la insignia que portaba. Aquello le turbó internamente, pues pensaba que susodicho grupo era favoreciente hacía él, así que antes de que el asunto se enturbiase decidió salir de ahí.

Mas, en la medida que recorría los pasillos, observó que mas personas invadían las diferentes estancias, y como no era prudente entrar en combate con todas ellas a riesgo de resultar herido, prefirió apuñalar a aquellas que se interpusiesen en su camino, en tanto que huía de las restantes refugiándose en las sombras que le ofrecían las esculturas dispersas. Al poco logró escapar de ahí resultando ileso, y cuando ya se encontraba en un lugar apartado entre los sombríos callejones, de un salto se elevó y sobrevoló todo el terreno urbano hasta ocultarse en un bosque que se encontraba bastante lejano al lugar. Ya era de noche, mas a pesar de la oscuridad y del aturdimiento del pasado momento, no pudo evitar preguntarse para sus adentros: "¿Qué demonios está ocurriendo? ¿A qué viene tal complot?" Y no encontrando una respuesta certera a tales dilemas, decidió hacer su ya conocida invocación de los zunhui y esperar con ello que los ancianos le dieran las respuestas que ansiaba.

Fue dicho y hecho a la par, puesto que al poco una guarnición de los zunhui con sus armas elevadas al cielo nocturno se aposentaron ante su presencia, y de entre ellos, un par de ancianos encorbados le rendían la acostumbrada pletesía y le ofrecían sus explicaciones. Al parecer, la secta Silrex celaba de él, y habían establecido una suerte de campamento en el subsuelo onírico para elaborar un plan de ataque a sus dominios. Obviamente, el asunto del museo no era otra cosa que una encerrona, una trampa que le tendían para lograr atraparle en sus redes. Pero como no lo habían conseguido, seguramente ahora le estarían buscando por todo lo largo y ancho del mundo onírico. Estos le aconsejaron prudencia, que se escondiera y estableciera un plan de reacción ante tales acometidas, mas el soldado-brujo negó con la cabeza y les comunicó a los ancianos que pretendía dirigirse directamente al subsuelo donde se encontraba su campamento principal para atacarles directamente. Y pese a que los ancianos zunhui no le aconsejaban susodicha osadía, finalmente decidieron, y con la ayuda de un portar enclavado en el suelo, ahí se dirigieron.

Descendieron al subsuelo cuales ratones de tierra, y al poco se hallaron frente a sus fortificaciones, las cuales no eran otra cosa que un castillo tan abandonado como derruido. Pero al poco de entrar, lograron vislumbrar una inmensa sala real que se encontraba atestada de los más suculentos manjares, servidos en las inmensas mesas cual si esperasen invitados. Aquello alertó al soldado-brujo que alzando la mano les aconsejó cautela a los suyos, e inspeccionando el lugar dieron cuenta de que se encontraban en territorio seguro. Quizás, los seguidores de susodicha secta estaban tan centrados buscándole por todos los al rededores del mundo onírico que, jamás pensarían que sería tan imprudente de dirigirse allí. Pero así fue, a veces los planes mas elaborados acaban sumidos en la ignominia gracias al atributo que supone la sencillez.

Llevaban poco tiempo ahí cuando se percataron de una presencia, así que se ocultaron dispersos entre las diferentes estancias para contemplarla en la distancia sin perder una posición ventajosa. Así pudieron comprobar que aquella presencia era una gran presencia, pues se trataba de una figura que medía como poco unos cinco metros, y que acudía a la gran sala para proveerse de algunos de aquellos manjares. Viendo que contaban con una evidente ventaja númerica, decidieron descender de sus posiciones para acordonarla, y así comprobaron que se trataba de una mujer de la raza de los filires, que eran unos seres reconocibles por su gran altura. Pero no obstante, estos a pesar de lo que imponían debido a su estatura, eran inofensivos de acuerdo a su natural torpeza. Tan inmensos eran que les resultaba muy arduo el desplazarse, lo que les hacían sujetos fáciles de abatir en una batalla.

Al comprobar su inocencia dentro del complot, la interrogaron largamente sobre su presencia ahí por si podían sacar ventaja ante sus enemigos. Esta les contó que la secta Silrex y sus subordinados habían sumido en cenizas las aldeas que los filires tenían por todos aquellos alrededores, y que desde entonces, estos se habían aposentado en diferentes cuevas que eran veladas por las elevaciones que componían las explanadas de susodicho terreno. Así, reducidos a la mendicidad, se dedicaban desde entonces al pillaje de cara a abastecerse, y por ello la encontraban ahí en tal tesitura. Esta información les dió ventaja sobre el terreno, así que dejaron que la gran dama se quedase en el castillo el tiempo que requiriese, mientras que ellos fortificaban aquellos muros preparándose ante un ataque que probablemente sería inminente teniendo en cuenta lo que les había revelado.

Y así fue, ya que a las pocas horas, cuando ya despuntaba la farola mecánica que iluminaba el subsuelo onírico, contemplaron en el horizonte que las tropas de la secta Silrex atestaban sus antiguos dominios, percatándose de que el soldado-brujo y los zunhui estaban en lo que antes era su propio castillo. No quedaba otra, debían batirse irremediablemente y atajar así el problema de raíz. Aquel fue un arduo enfrentamiento, donde la sangre corría como si fueran ríos y los cuerpos de los vencidos esculpían el terreno cual si fueran elevaciones montañosas dejadas a su suerte. Incluso, el soldado-brujo tuvo la oportunidad de batirse con el líder de la ya mencionada secta, el cual usaba de su fuerza bruta elevando una inmensa vara para atestarse sus rudos golpes directos. Por fortuna, entre las habilidades del soldado-brujo, se contaba la de la agilidad, lo que le permitió esquivar sus golpes con relativa facilidad. Y cuando este menos se lo esperaba, ya lo tenía por encima suya, usando de su negra espada para abrir un hueco en su cráneo lo suficientemente grande para permitir que sus sesos regasen la hierba que pisaban.

Sin embargo, la refriega no acabó aquí puesto que no paraban de descender soldados de entre las elevaciones del terreno. Aunque el soldado-brujo se daba por satisfecho ante la victoria frente a su lider, la cosa no acababa aquí, pues tal era la inquina que le guardaban que todos estaban dispuestos a morir antes que ceder ante su poderío. Y cuando ya parecía que el soldado-brujo y los zunhui entraban en dificultades debido a la gran cantidad de bajas y de sanguiolentas heridas, por encima de la farola cenicienta que anunciaba la llegada del atardecer, vieron que una gran cantidad de filires descendieron para acometer a quienes habían sido sus opresores. Aquello fue bastante sorprendente, no sólo porque repentinamente les prestaban su ayuda, sino porque como se dijo mas atrás los filires eran conocidos por su incapacidad natural para la agresión, cuanto mas para una batalla de tal envergadura. Pero sí, eran ellos y estaban dispuestos a lo que fuera con tal de liberar sus antiguos dominios del azote de los sectarios que les oprimían injustamente.

Largo fue el combate, no menos cruento y sangriento como en lo narrado anteriormente, pero finalmente dieron con el último cádaver de ellos sobre el polvo, y entonces tanto filires como zunhuis alzaron sus brazos en señal de victoria. Y tras un merecido descanso, mientras las tropas dormían sobre el terreno completamente agotadas, el soldado-brujo, el representante de los filires y la inmensa dama que se encontraron en el castillo tuvieron una larga audiencia en sus muros. Allí fue donde llegaron a la determinación de que el soldado-brujo les devolvería sus antiguos dominios a cambio de otorgarse una sólida alianza para futuros encuentros. Sabía que los filires no eran amantes de la guerra, así que les aseguró que en el día de mañana les solicitaría para tareas que no requieriesen necesariamente el manejo de armas. El representante de los filires pareció satisfecho con estas condiciones, todo con tal de devolver a sus gentes las tierras que les pertenecían por derecho, así que se dieron la mano en señal de alianza con el soldado-brujo.

Y cuando este ya se retiraba a sus aposentos para cerrar sus ojos en el mundo onírico y abrirlos así en el vigil, se encontró a la dama filiril tendida cuan larga era sobre la alfombra de su cuarto, ofreciendo su cuerpo al caballo ganador de aquella ocasión. El soldado-brujo estuvo examinando su cuerpo desnudo con evidente deleite, era tan grande aquella dama que obviamente cada elemento de su cuerpo también lo era en consecuencia. Antes de realizar movimiento alguno, decidió retener en su mente aquella imagen que seducía a sus sentidos, capturándola en su memoria como un recuerdo sumamente hermoso y tentador.


De lo que sigue, lo dejaré a la imaginación de los lectores. Sólo decir que lo que fue luz retornó a las sombras bajo la promesa de volver a instalarse en una repentina iluminación, y así incesantemente, aunándose lo luminoso y lo sombrío cual un eclipse perpetuo que atravesará vida y muerte en un más allá que pocos serían capaces de determinar a no ser que sueñen con la intensidad de un infante eterno. 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Puntos muertos

 Hay ciertos puntos, ciertos espacios geográficos donde ocurren sucesos insólitos. Me refiero a aquellos lugares donde parece detenerse el tiempo para dar cabida a los fenómenos más extraordinarios, los cuales acaban siendo terroríficos por sus nefastas consecuencias e implicaciones. Lugares tan tenebrosos e inhóspitos como lo pudiera ser el Triángulo de las Bermudas donde todo barco parecía quedarse atrapado para luego desaparecer, quizás entre las olas, o como rutas donde todo paso dado es en falso y donde no hay escapatoria posible, siempre se acaba donde se comenzó, e incluso, como en algunas mansiones abandonadas cuyos altos portones suponen un acceso, pero nunca una salida.

Dentro del mundo onírico hay algunos espacios semejantes a los anteriormente citados, donde poco importan las motivaciones e implicaciones de los agentes involucrados, pues al final todos acaban extraviados dentro de una serpiente que se muerde a sí misma la cola, y donde acontecen los sucesos más inexplicables pese a toda pretensión científica a la hora de procurar dar una explicación. Los sujetos involucrados en estos terrenos malditos también procuran salir de los mismos animados por esa ilusión con la que normalmente denominados la esperanza, mas siempre culminan en una desesperación innombrable cuando ven que la salida es imposible. Hay pueblos, caminos desérticos, frondosos bosques, casas destartaladas donde ya se venga solo o en compañía se termina encerrado en un laberinto que no conduce a ningún lugar determinado, cual rompecabezas que carece de cualesquiera solución.

En uno de esos puntos acabaron dos jovenes llamados Ushk y Rushk, pertenecientes a una tribu que recibe el nombre de Los Suresteños, y que a pesar de considerarse tribu debido a sus costumbres y a que tenían una comunidad limitada, en realidad no podían ser diferenciados de otros habitantes del mundo onírico por sus atuendos o señales faciales en forma de tatuajes. Sin embargo, estos eran muy ferreos respecto a las tradiciones de su sociedad, y a pesar de los avances técnicos del mundo exterior y vigil, querían dar un eje de continuidad a sus cosmovisiones y formas de entender la existencia, entre las cuales se encontraba la tradición a la que se agarron estos dos jovenes en su expedición sin retorno.

Tal y como apuntaban las costumbres de Los Suresteños, cuando sus jovenes varones llegaban a los veinte años de edad, estos debían atravesar largos montes sin un plan establecido desde el principio, adentrarse en el tercer bosque que encontrasen y una vez en el mismo atravesar cuantas millas fueran necesarias hasta encontrar una cabaña que estuviera habitada para recibir instrucción del ermitaño que viviera en ella. Así lo hicieron los jovenes Ushk y Rushk, recorrieron inmensos kilometros de montaña hasta encontrar la tercera zona boscosa que vislumbraron, y una vez allí andaron y andaron hasta que dieron con una acumulación de maderos que se hallaba en una zona elevada que hubieron de escalar con sus fuertes brazos y sus robustas piernas.

Cuando por fin alcanzaron su altura, a Ushk le dió la sensación de que a su izquierda, un montón de rocas parecieron adoptar la forma de un animal salvaje sediento de sangre que le miraba directamente. Así se lo indicó a Rushk, mas cuando su compañero miró en la dirección señalada, las rocas descansaban en su posición habitual, completamente inmóviles reposando sobre la loma. Esto le hizo pensar a Ushk que aquello era una alucinación debido a lo agotado que se encontraba del largo viaje, así decidió aclarar sus pensamientos con el sosiego que otorga la racionalidad adquirida y el sentido común fingido, y se aposentó justo a su compañero en la entrada de la antigüa y abandonada cabaña.

Al poco de llamar, les atendió una vieja de largos y grises cabellos, que les escrutaba con sus ojos azules cargados de cataratas. Estos les contaron su razón de acudir allí, recibiendo como respuesta una sonrisa fría y una indicación de que pasasen. Y como ya estaba anocheciendo, les brindó una frugal cena donde los frutos silvestres y las delicias del bosque formaban el incrediente principal. A pesar de que la digestión de estas agridulces viandas era suave y de lo cansado del viaje, aquella noche les costó conciliar como debían su sueño, tenían la extraña sensación de que algo les observaba a través de las grietas de la carcomida madera, cual si les espiaran de soslayo mas sin ocultar cierto interés en su presencia allí.

Con el paso de los días, tanto Rushk como Ushk, contemplaron las extrañas costumbres de la anciana, la cual sólo se dejaba ver con la llegada del anochecer, pues durante el día su presencia era nula. No la veían, pero si que la escuchaban. Sobre todo durante la tarde, en la cual creían percibir unos murmullos que se asemejaban a oraciones o a plegarias en un idioma que les era desconocido. Aquello les turbaba, pero no lo suficiente para prestar ayuda a la susodicha anciana en sus tareas diarias de cara a cumplir con los mandatos de su tradiciones, a la par que durante las cenas tras recolectar frutos silvestres, escuchaban las lecciones que esta les pudiera proporcionar sobre la vida. Pero cuando llegaba ese momento, la vieja callaba, permanecía en una quietud y en un silencio inescrutables. Les miraba con un brillo apagado en sus ojos, como el de los muertos, y sellaba sus labios cual si tuviera miedo de que se le escapasen los gusanos al liberar una estruendosa risotada. O al menos, así se lo imaginaban ambos jovenes, mudos en apariencia, mas con el pensamiento en acción hasta que les dolieran las sienes.

En una de aquellas noches, justamente cuando ya era de madrugada y Rushk se había despertado debido a una horrible pesadilla, recorrió la cabaña en busca de una fuente de agua para aclararse el semblante, y con ello desperdigar las sombras que le surcaban la mente. Pero entonces, a través de las filigranas de luz procedentes de la habitación de la anciana, se atrevió a atravesar el umbral por temor a que esta hubiera sufrido algún tipo de accidente, mas cuando abrió la chirriante puerta deforme, no encontró allí a la arrugada vieja con sus ojos vidriosos y vacíos, sino a una hermosa joven de largos cabellos plateados, con unas mejillas rojizas cargadas de vida y una sutil a la par que seductora sonrisa. Aquella joven se encontraba completamente desnuda, y si no llega a ser por sus largos cabellos que lo velaban, hubiera podido contemplar unos senos tan grandes como hermosos, de una forma que pareciera esculpida por algún ángel y que hubiera atraído la mirada de cualesquiera sátiro. Ella, al verle pasmado debido a la fascinación, le indicó con un dedo índice con un semblante de ninfa pícara que se acercara, y así lo hizo. No hace falta indicar la escena que se desarrolló a continuación, pues ya puede preveer el lector que se acostaron y que ambos lo disfrutaron con la lujuría que suele darse en la juventud cuando dos cuerpos se aunan en espiral formando uno solo.

A partir de este acontecimiento, las cosas cambiaron radicalmente entre Rushk y Ushk, pues este último pese a que interrogaba al primero en torno a su extraño y repentino mutismo, no lograba recibir una satisfactoría respuesta por parte de su compañero, que se limitaba a mirarle como si no entendiera el idioma con que este le hablaba pese a que ambos mamaron del mismo cauce idiomático común de su tribu. También, durante las frugales e inquietantes cenas en compañía de la ausente vieja, esta dejó de dedicar su mutismo y su mirada pérdida a ambos jovenes, para centrarse sólo en Rushk, y él la correspondía del mismo modo, mirándola indentícamente igual, e incluso dejando asomar ambos una imperceptible sonrisa. Obviamente, Ushk no entendía nada, creía que aquello era una mala broma que ambos le gastaban, mas según fue pasando el tiempo se fue dando cuenta de que algo no funcionaba como debería.

Así que, durante una noche en la que el fulgor de la luna se colaba por los resquebrajados cristales de su habitación, decidió emprender una marcha de regreso a su hogar, pensaba que ya había sentido demasiada inquietud en aquellos parajes, y que por tanto, ya había aprendido una valiosa lección que comentar a las proximas generaciones. Cargó con sus escasas pertenencias, se abrigó lo suficiente para soportar la insistencia de la escarcha nocturna, y se puso en marcha para huir de susodicho lugar. No sabía precisar cuanto anduvo, pero poco importaba, porque siempre que parecía salir de los linderos de los bosques que bordeaban la zona de la cabaña de la anciana, retornaba nuevamente a sus dominios. Y aunque insistió e insistió, siempre ocurría lo mismo, volvía de nuevo a la fuente de sus desdichas.

Tanto tiempo transcurrió intentando escapar de ahí, que desistió una vez que vió asomarse al sol del amanecer entre las ramas secas de los arboles muertos, decidiendo así volver a encerrarse en su cuarto como si nada hubiera pasado. No lograba entender que ocurría allí, y así se lo hizo saber a Rushk, el cual en cuanto le escuchó no pudo reprimir una risa que salió de sus labios como una maldición. Al principio, parecía reírse a hurtadillas, conteniendo una risa que no lograría sofocarse, pues en cuando Ushk terminó de declararse sus inquietudes sobre aquel lugar, el estruendo de su risotada fue tan tremendo que la anciana le respondió desde la sala de al lado, tan contagiosa parecía la risa de Rushk ante la perplejidad de su apesadumbrado compañero.

Días y noches trancurrían mientras tanto idénticos unos a los otros, cual si el tiempo se hubiera pausado momentáneamente. Mientras que Ushk insistía en su intento de huidas noctunas, lo cual otorgaba a sus ojos las señales del insomnio, su compañero Rushk parecía cada vez mas macilento en general, a pesar de que sus labios atestiguaban una alegría enfermiza. Además, Ushk en cuanto regresaba de sus infructuosas expediciones, creía escuchar risitas y gemidos que circulaban por la cabaña, mas al cabo terminaba por echarse la culpa a sí mismo de tales alucinaciones debidas a la falta de sueño. Mas lo que no negaba en modo alguno, era lo extraño y desagradable que se le hacía aquel lugar, lo que le animaba a intentar huir pese a que parecía no haber escapatoria. Se sentía encerrado en un cúbiculo transparente y muy bien reforzado, donde se le engañaba con la apariencia de extensión en el paisaje del altiplano, siendo en realidad un espacio muy bien concentrado en un único punto que suponía una cárcel que no precisaba de guardas ni de alcaides. 

Sin embargo, y aunque Ushk no podía preveerlo, en una de aquellas innúmerables noches en las que procuraba escapar, ocurrió algo que le dejó conmocionado en sus últimos instantes de contemplación, pues vislumbró entre los arbustos que una silueta encorbada le acechaba. Se puso en una posición defensiva por si las moscas en tanto que la susodicha figura estaba cada vez mas cerca suya, y en cuanto iba a abalanzarse contra la misma para asegurar su vida, descubrió que la figura no era otro que el propio Rushk. Aquello le tranquilizó por un momento, y cuando estaba preguntándole acerca de qué hacía él por allí a aquellas horas, sintió lo gélido de un frío que le atravesaba las tripas. Miro en dirección al dolor punzante que sentía, y en tanto que sentía el sufrimiento lacerante del filo del cuchillo, Rushk comenzó a apuñalarle reiteradas veces en tanto que se desternillaba de la risa. No podía parar de reír mientras su compañero se desangraba, e incluso cuando este había caído exánime al suelo, no detuvo su enfermiza risa ni los apuñalamientos que ya contaba casi por centenares.

Sólo se detuvo cuando la anciana surgió de las sombras y se abrazó a él con fuerza, le agarró del rostró y lo dirigió a sus labios. Mientras la vieja le besaba de una forma un tanto grotesca y cargada de saliva, fue perdiendo años hasta que acabó convertida en la hermosa joven que contempló y con la que se regocijó aquella noche. Tan inserto estaba en el deleite de aquel largo y perverso beso que no fue consciente de que la joven anteriormente anciana, tenía una mano que se asemejaba a una garra debido a lo largas que tenía sus macilentas uñas, y de repente, esta le atravesó el pecho cual si fuera un sable de los que usaban los árabes, y como si fuera un cirujano experto del antiguo Egipto, le sacó el corazón que todavía latía y se mantenía caliente. Pero esto duró poco, porque con un fuerte tirón, lo desprendió de sus venas, dejando caer el cuerpo de Rushk sobre la fresca hierba, con su semblante pálido tras aquel frenesí lujurioso repentinamente detenido por una acción semejante.

Entonces, la esbelta y rubicunda joven, alzó el corazón en lo alto, dejando que la sangre coagulada se deslizara por sus níveos brazos, e incluso lamiendo aquellas sanguiolentas gotas que por azar le caían por la cara. Y de la espesura, empezó a surgir un ídolo de piedra que parecía animado por tal suculenta ofrenda, en tanto que la bella joven dió comienzó a una danzada cuya única inspiración era la locura, bailando al rededor de su dios, despojándose de sus ropas con cada movimiento y untándose la sangre restante por sus blancos miembros. Su lóbrega danza era cada vez más frenética y sin sentido, mientras que el poderío del ídolo petréo aumentaba a consecuencia de sus enfermizos pasos adornados por el fulgor de la solitaria luna.

Aquella noche se rindió el debido culto al delirio, mas también se otorgó un curioso tributo a todos aquellos lugares con los que a veces soñamos y que en cuanto se encuentran, resultan imposibles de escapar de ellos. Cada uno decidirá si hacer de ellos una cárcel que a la larga les servirá de tumba, o un paraíso recóndito para los impíos, los locos o simplemente los extravagantes de oscuridad, que hacen de las sombras y el misterio su nuevo hogar.