domingo, 13 de abril de 2025

Una aventura sin final

 Tras haber sobrevivido a una pequeña travesía acuática más allá de las tierras del norte, decidí replegarme en soledad a mi hogar. Por entonces, vivía en mi antigua casa aislado de toda humanidad como es mi costumbre. Debido a que había viajado para aprender nuevas artes mágicas en la academia que se encuentra en las fronteras oníricas, pensé que sería lo suyo ponerlas en práctica con la paciencia requeridas, y no tanto de la forma tan apresurada en que lo hice allí puesto que debido a que el edificio donde nos enseñaban una magia sumamente desconocida se encontrataba en una isla cercada por agua y donde reinaba una secreta conspiración respecto a una de las profesoras, digamos que no gocé del tiempo requerido para interiorizar los conocimientos velados y los conjuros.

Durante aquel tiempo se puso de moda en la zona de ciertos funcionarios que ejecutaban a la par la labor de aseguradores y de cobradores de impuestos, y como estos contratos se daban sólo dentro del sector privado, sus trabajadores asediaban a los clientes visitándoles constantemente justo en frente de la puerta de sus casas. Además, en esa época los seguros de vida y la necesidad de cobrar ciertos impuestos con antelación urgía debido a que la esperanza de vida resultaba nímia, pero cuya razón el lector descubrirá más adelante. De ahí esa premura y acoso por parte se estos funcionarios, que pensaban que cómo en esa zona vivíamos aislados de la ciudad sin apenas comunicación con el exterior, seríamos ignorantes de lo que estaba aconteciendo en nuestro mundo por entonces. Gran error al menos en mi caso, y mas teniendo en cuenta que aún siendo muy casero, no eran raras mis aventuras al rededor del mundo y sus diversas dimensiones.

Así, como decía, estos cobradores de impuestos acudían a mi casa una hora sí y otra también a lo largo del día. Como no había manera de callarlos y no aceptaban un no por respuesta, llegó el momento que decidí no insistir en mis negativas a sus servicios y me limité a escuchar, asintiendo a todo lo que estos me comentaban pero sin comprometerme formalmente firmando contrato alguno. Estos se largaban después de treinta minutos de perorata, y yo podía disfrutar de una hora de aprendizaje y de ocio hasta que acudiese el siguiente vende gaitas. Al final todos ganabamos, y a pesar de que el lector pueda considerar que tal tesitura era insoportable, os puedo asegurar que a todo se acostumbra el hombre.

Tiempo después, de repente durante una semana para ser exactos, estos cobradores de impuestos desaparecieron. Pueden imaginar cual sería la tranquilidad interna que sentía tras este descanso que fue muy breve porque justamente a la semana siguiente de esta aparecieron todos los funcionarios a los que había decidido seguir el rollo tremendamente enfadados y exigiendome dinero. Tan insolentes se pusieron que no les bastó con gritar y armar un jaleo impresionante frente a la puerta de mi casa de entonces, sino que además saltaron mi valla y se pusieron a pulular por el jardín, husmeando donde no debían. Incluso, cuando lograban atisbarme a través de la ventana, se ponían todavía más frenéticos a exigirme una compensación material debido a un conflicto de intereses entre agentes. Aquello era intolerable, no podía soportarse por nada del mundo.

Así que finalmente decidí salir al jardín bastante enfadado, y comencé a lanzar conjuros sobre todos estos intrusos. Estos no eran los típicos hechizos de la magia blanda y mucho menos de la magia blanca que sólo sirve de disuasión, sino que lo eran de la magia negra con peores intenciones, pues les lancé una serie de necrogiros que les provocó la muerte a todos ellos. La sangre, visceras y trozos de miembros arrancados de cuajo saltaban como si hubiera lanzado bombas a destajo, llenándolo todo de coagulos de sangre y de piel desgajada. No me quedaba otra, y puedo decir que me entretuve aniquilándolos uno a uno como un niño que se dedica a aplastar hormigas por mera diversión, además ¿Qué otra manera de mejorar mis habilidades mágicas que usándolas sobre el terreno?

Sin embargo, en tanto que lanzaba uno de los últimos necrogiros, tuve que desviarlo debido a que pude vislumbrar entre la lluvia sangrienta y los cuerpos disueltos, a una mujer que se encontraba tremendamente aterrorizada. A través de tal despliegue de violencia, pude advertir que se encontraba embarazada, así que desvié el conjuro y me ocupé en eliminar los pocos aseguradores agonizantes que se encontrabas arrastrándose por el suelo como ratas. Muchos me consideran un monstruo, incluso me acuñan el pertenecer al bando oscuro o a una de sus degradadas sectas, pero tengo la humanidad suficiente para no atentar contra una mujer embarazada que durante ese tiempo se encuentra en una situación de vulnerabilidad hasta el parto. Si fuera lo que muchos aseguran en torno a mí y mi magia, probablemente la hubiera asesinado a sangre fría, pero no lo hice.

Me dirigí entonces a su dirección, sorteando y apartando los cadáveres que tenía a mi al rededor, y le informé en torno a la razón por la cual ella seguía viva y coleando mientras que los demás no. Entre temblores, asintió en un principio a mis palabras con evidente temor. Mas cuando me senté a su lado y permanecí en silencio durante el espacio de algunos minutos, me contó su historia un poco más calmada. Por lo visto, uno de aquellos cobradores de impuestos la habían asesiado también hacía unos meses, y como no tenía el dinero suficiente para pagarles, se había visto forzada a casarse con uno de ellos. Al principio luchó con uñas y dientes por evitar el matrimonio, pero eran tantos y tan agresivos que le fue imposible rehusar. Con el tiempo, digamos que le había cogido cariño a sus captores, aceptó el matrimonio y se casó con uno de ellos, el cual también la había dejado embarazada para propagar la semilla de los funcionarios por toda la nación, y quizás en un futuro por el mundo.

Al ver todos aquellos cadáveres se había dado cuenta de que por fin después de todo aquel cautiverio era libre, pero aunque me agradecía que la hubiera liberado sin su consentimiento me guardaba algo de miedo tras haber contemplado sus ojos de lo que era capaz. Con una señal negativa de mi cabeza y mis manos intenté disuadirla respecto a que se encontrara en peligro, y poco después le abrí la puerta trasera de la casa para que se acomodase y descansara un poco. Como aún estando embarazada veía que se encontraba bastante demacrada y con claras señales se desnutrición, le ofrecí algunas viandas y manjares para que tal situación se sofocase.

Ahora, después de contar este episodio, le revelaré como prometí al lector lo que ocurría en aquella época y por la cual algunos cobradores de impuestos y aseguradores se estaban haciendo millonarios. Acontecía que en unos de los laboratorios ubicados cercanos a la zona industrial de la ciudad se habían escapado algunos ejemplares de Zokpull. Estas criaturas que eran hilemorfas entre humanos y los seres necrofágos mas allá de las montañas, devoraban a los humanos y quienes sobrevivían se convertían en una abominación mutante que adoptaba sus mismos comportamientos. Tal era su ferocidad y tenacidad que se habían desplegado desde la zona industrial hasta la ciudad, y se sospechaba que ya habían arrasado tales parajes en cuestión de pocos días. Incluso se sospechaba que estos se habían liberado a próposito para que los cobradores de impuestos y sobre todo sus jefes se forrasen, mientras que la gente común tenía que sufrir no sólo pérdidas monetarias sino también las de sus propias vidas.

He de advertir porque viene al caso, que estos seres son muy sensibles al ruido. No tenían prácticamente visión, pero lo que era audición la tenían quintuplicada a lo que sería la capacidad auditiva de un ser humano promedio. Y como los cobradores de impuestos habían armado tal escándalo en un principio reclamándome dinero e insultándome, y después con sus gritos de sufrimiento y agonía, estos Zokpull se habían dirigido a tropel en dirección a mi antigua casa. Tal era su número que estos se amontonaban y formaban torres con sus putrídos cuerpos, escalando así entre unos y otros como si fueran una masa maloliente uniforme que actuase de acuerdo a una mente colectiva. Esto les permitió acceder a mi jardín sin problema alguno.

Pude comprobar asomándome a la ventana que estos se estaban alimentando de los desperdicios humanos que dejé al rededor del jardín, lo que provocó que algunos de estos cadáveres volviesen a la vida convertidos en susodicha degeneración infrahumana. Además, con una saña desquiciada, golpeaban puertas y ventanas, desgajándolas y asomándose a través de ellas. Sin dudarlo ni un instante, conducí a la embarazada a la sala de arriba, justamente donde se situaba mi cuarto. Y reforzando con conjuros protectores la puerta corredera, procuré dotarnos del tiempo suficiente para hallar una solución a la tesitura en la que nos encontrabamos. Sin embargo, no teníamos mucho tiempo para meditar en torno a ello, puesto que los Zokpull y sus engendros creadosya estaban golpeando la puerta con inusitado frenesí, a la par que según pude comprobar mirando al exterior a través de la redondeada ventana, el jardín se encontraba invadido casi sin posibilidad de escape.

Finalmente decidí abrir la ventana, y cargando con la mujer embarazada en la espalda, lanzarme al exterior dando uso de mis hechizos de sobrevuelo. Así pudimos escapar por el momento de los Zokpull que ya estaban entrando en la habitación y de tantos otros que cercaban el jardín. Mas no obstante, a medida que avanzaba sobrevolando por la urbanización, pude comprobar que en cada jardín de cada casa estos seres campaban a sus anchas, y que cuando me posaba en los tejados para tomar impulso y proseguir el viaje, estos advertían mi presencia y se lanzaban hacía mí con estúpido frenesí debido a que desconocían el arte de escapar o de volar que tenían sus antepasados en la escala genética.

Pero, a pesar de estas ventajas que yo tenía de sobrevolar planeando por todas aquellas zonas alejadas de todo, por mucho que avanzaba no lograba encontrar zona despejada alguna. En todos los lugares se encontraban estos Zokpull yendo de un lado para otro, ya sea buscando presas y desperdicios que se encontraban tirados a un lado y a otro, o si tenían relativa suerte, persiguiendo a los supervivientes deseando alcanzarlos y devorarlos con bestial resolución. Desde las alturas, y sobre todo cuando encontraba un punto de apoyo elevado para darme impulso, contemplaba tal espectáculo en una extraña mezcla de espectador y actor en tanto que si bien por ahora me encontraba a salvo de todo peligro, si perdía fuelle y me precipitaba sin querer a un punto de apoyo que por lo que fuera era alcanzable a algunos de aquellos seres, podía pasar a ser uno de esos integrantes diversos que procuraban salvar la vida.

Seguía y seguía sobrevolando todas aquellas zonas con la mujer embarazada a mis espaldas, y en tanto que así lo hacía, podía advertir sus temblores y el sudor frío que le resbalaba y me caía al cuello. También sentía como la criatura que llevaba en el vientre se agitaba con la violencia con que los Zokpull desbastaban y devoraban todo aquello que se encontrara a su al rededor. Pero, por encima de todas aquellas sensaciones secundarias y efímeras, meros detalles que se recuerdan sin saber por qué, podía comprobar que a medida que avanzaba la cosa estaba todavía más negra. No había lugar que no estuviera poblado por aquellas sangrientas y deformes entidades, que devoraban todo a su paso como si aún con su escasa inteligencia fueran los reyes del mundo.

El asunto se enturbiaba por momentos, y mas teniendo en cuenta que tras atravesar un bosque en tanto que me apoyaba en la copa de los árboles para ganar altura, poco más adelante sólo había una pradera con escasas elevaciones del terreno, y que dispersos entre ellas se encontraban los Zokpull que ya habían rastreado mi presencia a pesar de sobrevolar por encima de ellos gracias a su oído y a su olfato desarrollado. Cuando algunos de esos seres se acercaba lo más mínimo a mí, les lanzaba uno de mis necrogiros para evitar todo contacto, pero eran tantos y debido a que esa zona carecía de puntos de apoyo lo suficientemente altos para que pudiera impulsarme como se requería, bien podría decirse que estabamos perdidos.

Así era, no había salida posible. Fueramos a donde fueramos sobrevolando todas las zonas posibles, estas se encontraban plagadas de aquellos seres deformes y carentes de consciencia, sólo eran volición y energía vital. Quizás más allá de la cordillera central había alguna oportunidad de salvar nuestras vidas, refugiándonos en el mundo oscuro que tan bien conocía, pero resultaba imposible teniendo en cuenta que mi capacidad de sobrevolar estaba menguando al carecer de los puntos de apoyo necesarios. Nada más podía hacerse, mirase hacía donde se mirase no había salida alguna a tal cruenta tesitura...

domingo, 6 de abril de 2025

Un conocimiento prohibido: Parajes vistos en sueños

 El mundo vigil siempre me ha parecido trementamente aburrido. Ya se sabe, la dichosa rutina automatizada de siempre en la que los días se suceden sin que haya eventos destacables. Día tras día los mismos pasos de siempre a horas semejantes, tan similares son entre sí que bien podría decirse sin temor a equivocarse de que uno es la copia de otro. Pensar sobre este tema siempre me ha producido hastío, ya que al reconocer la banalidad que adorna toda vida ordinaria me he sentido inmensamente desgraciado. Siempre he contemplado a la vida que los pusilamines consideran la real como una suerte de maldición que la vulgaridad nos impone, haciéndonos así semejantes los unos a los otros.

Por eso, desde que era niño me he refugiado en mi mundo interior gracias a la facultad imaginativa. Ahí todo era muy diferente, todo era posible y la sorpresa se encontraba a cada esquina. Daba igual si en la vida ordinaria y anodina ocurría tal o cual cosa, siempre podía replegarme a mí mismo y desde el pensamiento encontrar aquello que buscaba en cada momento. Ya podía el mundo material derrumbarse todo el, puesto que yo rehuía de sus llamas y pesadumbres para acudir presto a una instancia superior que sobrepasaba todo aquello. La mayoría de la gente con su vulgaridad y mirada estrecha desde siempre han considerado que esta instancia es un mero producto de la fantasía, mas para mí siempre ha supuesto la auténtica realidad, que por su elevada altitud bien cabría ser considerada una suerte de supra-realidad.

Esta realidad superior se concretaba en la oniría, era en los sueños donde su potencia y vivencia quedaba mas patente. De ahí mi alegría al acudir a la cama cada noche, pues eso suponía que iba a viajar a un lugar que en mi ingenuidad de entonces consideraba "El mundo de los sueños" pero que en realidad tenía otro nombre, un nombre que sea dicho de paso nunca me ha sido revelado o al menos ya no me acuerdo de el puesto que ya se sabe que no siempre se recuerda todo de los sueños una vez que uno despierta.

Antes los sueños que tenía eran como una película que se desarrollaba ante mis ojos pero en la que yo no podía intervenir activamente, mas con el tiempo aprendí que podía hacer presencia de mi individualidad. Y desde entonces, desde que aprendí a controlar mi yo y el entorno del mundo onírico de forma autonoma, todo se hizo sumamente interesante. Ya podía desplazarme libremente por todas las zonas que comprende, alterar los sucesos que ocurrían e incluso aniquilar a mis enemigos en un santiamen. Esta habilidad la adquirí con mucho ejercicio, constancia y esfuerzo, mas también al interiorizar que esa suprarealidad dependía de mi propia autoconsciencia, a la par que a la adquisición de conocimientos que tenían su fuente principal en los mismos sueños. Desde entonces me convertí en un sabio sobre ese terreno, y supe de las ventajas que tenía el uso de la magia negra por mucho que digan los puritanos y moralistas con sus manuales éticos baratos.

Gracias a este saber estuve indagando e investigando en mis sueños y conocí su razón de ser y su origen. Al parecer ese mundo se formó a partir del contacto de una roca primigenia y de una planta translúcida, que al aunarse de la mano de un impulso etéreo, de las hojas de las plantas se formó una savia pegajosa que impregnó a la roca, lo que provocó que esta a su vez adquiriese un resplandor que todo lo iluminó. A partir de ello nacieron dos seres: una entidad amorfa y tenebrosa que carecía de rasgos, y una especie de ser angelical más femenino que masculino que animó de vida lo que aparentemente estaba muerto. Desde entonces, estas fuerzas luchan entre sí y se reconcilían siguiendo sus caprichos, mas lo que si se sabe es que gracias a esta tensión constante que comprende de períodos de relativa paz, todo el resto de seres surgieron en su diversidad.

¿Qué papel tenía yo en todo esto? Podía uno preguntarse con razón. Pues era uno bastante ambigüo, puesto que a pesar de que me indentificara con el elemento oscuro al considerarle desde la intuición como mi creador, no tenía una posición definida en la pugna entre estos dos seres primigenios. Navegaba y sobrevolaba este mundo onírico como quién es un fojarido, un ermitaño incluso, que teniendo ciertos conocimientos que emanaban de las tinieblas, no quería tomar un partido concreto. Siempre he valorado la libertad, y el tener que elegir un bando concreto siempre me ha resultado bastante desalentador. Cierto es que la mayoría de seres y entidades que poblan esas oníricas tierras tenían claro a quién seguir, mas en lo que a mí se refiere prefería seguir mi propia senda. Y esta quizás era la más negra de las sendas, pues mi única compañía era la soledad. Aunque, por otro lado, también me ahorraba el sufrimiento de quién pierde, como por otro lado la vanagloria de quién vence.

Retornando al asunto principal, yo diría que una de las cosas más extrañas de este mundo era que muchas de las zonas que comprendía eran similares a las que he conocido en el mundo vigil, mas había otras que aunque no las hubiera visto en mi vida estando despierto, cuando soñando pasaba por ahí sí que me acordaba de ellas e incluso reconocía recuerdos que había tenido ahí. Por ejemplo, había un edificio inmenso que desembocaba en diferentes salidas, que servía como una especie de universidad. Mas esta no era una universidad común y corriente, sino que se trataba de un centro de erudición donde se enseñaba diferentes saberes dependiendo de las habilidades y tendencias de sus alumnos, si optaban por conocimientos ordinarios para mejorar la vida de la comunidad, o si bien prefería acceder a saberes prohibidos para perjudicarla. Obviamente ya se sabe por cual opté, mas dando por hecho esto, sí yo supe de la magia oscura fue gracias a aquel lugar y hasta me acordaba de las clases y de mis compañeros, mejor aún todavía que aquellos otros que había conocido en la supuesta realidad vigil.

Según mis averiguaciones y estudios ocultos, supe que por ejemplo la zona antes mencionada se situaba tras la cordillera montañosa que divide este mundo en dos, en un lado vivían preferentemente seres semejantes a los humanos y que en su mayoría se identificaban con la luz, mas el otro era habitado por entidades extrañas más identificados con las sombras. Pues bien, esto lo supe porque yo he tenido acceso a ambas zonas, quizás debido a mi naturaleza hilemórfica y a mi indefinida posición en esta especie de guerra universal entre los elementos. Un dato curioso fue que tras explorar el terreno que iba mas allá de la cadena montañosa, supe de la existencia de un inmenso prado que daba acceso a la zona de los seres vampíricos, pero incluso todavía más allá de susodicha zona, en un abismo que descendía hacía tierras rojizas que degradan en morano, había seres todavía mas extraños. Unos de estos eran los zentiu, una especie de entidades alargadas y transparentes que aún teniendo cierta rememembranza antropológica, podían transfigurarse en diferentes formas a su capricho. En general eran pacíficos, excepto cuando se presentaban por casualidad los vindicalistas, con los cuales mantenían un conflicto atroz. Estos ya sí tenían una forma definida y terrestre, parecían arboles animados excepto porque portaban un rostro grotesco que se contraría cuando se comunicaban.

En fin, dejando estos desvaríos de mis aventuras por estas zonas quisiera añadir algo más a alguno de estos datos que consigno por escrito. Pues a pesar de que estas zonas estaban bien delimitadas y definidas, muchas veces unos seres de uno u otro lado traspasaban a la zona que les era contraria. Es decir, que había migraciones dependiendo de diferentes motivaciones, ya sea por la guerra antes mencionada, como por las misiones que tenían diferentes organizaciones, o por mero capricho viajero. Personalmente, como yo tampoco comprendía de un objetivo definido a parte de adquirir más conocimiento, podía traspasar de una zona a otra por motivaciones extrictamente personales y azarosas, pero tengo noticia de algunas de estas transgresiones que dieron inicio a algunos de los conflictos mas sonados de este extraño mundo.

Uno de ellos fue cuando aquella asociación de espionaje en la que pude infiltrarme construyó una muralla reforzada para impedir que los seres amorfos y vampírescos atravesaran con facilidad las contrucciones naturales que daban cabida a la zona habitada mayoritariamente por humanos. Pero no contentos con ello, se dedicaron a experimentar con los vampiros para reprimiendolos lograr adquirir algunas de sus oscuras habilidades. Menos mal que pude intervenir, y dar el impulso necesario a su Rey para que esas murallas artificiales se rompieran, liberando así a los generales que tenían presos. Otros de los conflictos de este talante que también se hicieron muy conocidos, fue la ingerencia de los vindicalistas en el mundo humano, lo que provocó que muchos murieran debido a su quebrantamiento de la naturaleza. Aquí también intervení, pero tampoco es lo suyo el darme el pisto en demasía sobre este asunto que ya consigné en otro lugar.

Para acabar con estos ejemplos, un caso de esta transgresión entre fronteras territoriales que quizás es menos conocida fue cuando los sibiles, especie de serpientes desarrolladas y que lanzan su veneno a través de unos impulsos extrasensoriales. Estos lograron infiltrarse en la zona de la luz cuando cavando unos túneles subterráneos y reforzando sus fortificaciones ahí construyendo hasta una ciudad bajo la tierra interconectada con pasillos interminables, lo condujeron a una zona industrial donde los represores tenían sus instalaciones. Una vez se apercibieron de esto, organizaron una avanzadilla y lograron acabar con todos ellos sin gran esfuerzo. Ya puede uno imaginarse que se dieron un buen festín, mas como yo no intervení directamente en este conflicto tampoco puedo decir mucho más. Supe de ello por uno de mis informantes de confianza, como también porque sobrevolé la zona, la cual sigue derruida y desierta, pero se comenta que estos sibiles siguen viviendo ahí debajo, y que no saldrán a no ser que alguien los despierte.

Habría tanto más que contar en torno a estos parajes... Sin embargo, por último diré que he comprendido cómo habitar para siempre en este mundo de cuyo nombre no me acuerdo, pero donde tan bien me siento. Accediendo a la biblioteca secreta que se encuentra al final de la Ciudad Pérdida que a día de hoy sólo es habitada por los zunhui y algunos trasgos de diferentes tipologias, leí en un libro cuyo nombre tampoco mencionaré que la forma para vivir en esta zona sin ser un mero intermediario entre ambos mundos es morir en el mundo vigil para vivir eternamente en el onírico. Ya podrá intuir el lector mi sorpresa y alegría al enterarme de esto. Además, para mí es bastante sencillo el renunciar a una vida anodina y repetitiva para habitar durante la eternidad en un sitio donde cada día de un tiempo indefinido es el comienzo de una nueva aventurará que figurará para siempre en los anales oníricos.

Así entonces, sin pensármelo dos veces, una vez que me desperté me dediqué a dejar esto por escrito para que quedase patente a quién lo lea que esta supra-realidad de la que hablo existe, y que puede además ser accesible a quién con tesón y esfuerzo quiera habitar tales parajes. No puedo dar más detalles, ya que quizás el profundizar en este asunto le cobre a uno su propia cordura, a la par que también ciertas revelaciones sobre este mundo están estrictamente prohibidas. De ahí el factor del olvido cuando nos "despertamos" antes mencionado. Puede que ya me haya arriesgado en demasía escribiendo en torno a algunos de estos misterios, mas hay algo en mí que me incita a tratar sobre estos temas por escrito. Quizás, con el tiempo, algunas de estas aventuras e informaciones recibidas de terceros, se vayan publicando en este espacio con el tiempo cronólogico humano. Mas, por ahora, con esto que he escrito en este documento en específico creo que es suficiente. Además, me tomé unos fármacos para acceder al sueño eterno y estos ya están haciendo su efecto. Así que por mucho que quisiera seguir escribiendo me temo que he llegado al final de esta nota, espero que sea del interés de quién la encuentre.

Por fin podré vivir pasa siempre en el supra-mundo... Adiós vida anodina y problemas ordinarios, aventuras y exploraciones allá voy... Zunhui, acudid a mí que tenemos muchos asuntos pendientes. Tenemos que internarnos más allá de las cordilleras fronterizas, mas allá de la negrura de los abismos prohibidos, donde vive el Inmenso Señor Oscuro proveniente de lo extraterreno... Zak zak tushai, no-masai ukra... Susui tschotempt cropteph...

domingo, 23 de marzo de 2025

La rebelión de los zunhui

 El soldado-brujo puso una mueca de desagrado ante la situación. Se sentó en el suelo, y esperó. A las veces refunfuñaba, murmuraba para sí. Parecía que estaba determinado a hacer algo al respecto, a reaccionar ante la injusticia que él pensaba que vivía. Sin embargo, a pesar de que sabía que su causa era justa, no se decidía del todo. De ahí que farfullara en su interior si hacerlo, o si no. Dirigió su mirada hacia el sol abrasador, y quemándose los ojos, resbalando cierta cantidad de sudor sobre su frente cargada de mugre, y optó por levantarse. Ya no aguantaba mal, posicionándose en medio de la explada rodeada por muros se marmól dijo:

- Esto ya no puede seguir así. Esos opresores nos conducen a dónde quieren, deciden por nosotros y maltratan nuestros cuerpos. Abusan de nuestras mujeres, esclavizan a nuestros hijos, nos usan como burros de carga, nos miran con desprecio... ¡Esto es intolerable! Por eso os convoco a todos hermanos míos para alzarnos en armas y retomar lo que es nuestro. Vayamos a por esa gentuza y demostremos que no les tememos, que estamos dispuestos a aniquilarlos y que de ahora en adelante todo este desértico paraje es nuestro ¡Levantar vuestros sables quienes estéis conmigo!

Sus palabras produjeron agitación en la concurrencia, todos parecían asentir ante las palabras del soldado-brujo que había sido esclavizado como todos ellos por los disciplientes. Si bien al principio se les notó a todos muy animados dando la razón a todo cuanto este decía, su última frase les dejó titubeando durante unos instantes. Mas esta quietud no duró demasiado, pues escasos segundos después un hombre moreno bastante alto y fornido levantó su herrumbrosa espada en señal de estar preparado para la batalla. A él siguieron otros tantos, hasta que al final todos los ahí reunidos dieron su confirmación y su disposición para arriesgar sus vidas en aras de un ideal que pugnaba por una justicia que no sólo a ellos atañía, sino también a sus hijos e incluso al porvenir de todas aquellas gentes.

Todos salieron en desbandada en dirección hacía donde sabían que estaban los disciplientes, que curiosamente era la explanada mas verdosa del lugar y donde se encontraba un inmenso hotel allende a un frondoso bosque. Pero, en cuanto llegaron al lugar, no vieron lo que esperaron. No había un gran ejercito esperándoles con las armas en alto, dispuestos a descargar su furia y su saña ante tal rebelión. Mas bien lo que encontraron, fueron unos tipos vestidos de blanco que se encontraban dispersos al rededor de lo que parecía una especie de pista artificial. Ahí, junto a ellos, estaban sus propios hijos, y más atrás apartadas de todo aquello las mujeres del pueblo, las cuales eran madres, esposas o simplemente mujeres independientes que habían decidido la soltería para vivir a sus anchas.

Se quedaron quietos, perplejos y sin saber cómo reaccionar ante dicha situación. Los hombres de blanco aprovechándose de la sorpresa y sonriendo afablemente, les indicaron que empezaban los juegos por la supervivencia de su clan, cuyas reglas les resultaron tremendamente extrañas. Por lo visto, era un sádico juego en el que situándose por equipos tenían que alcanzar una serie de pelotas, y quienes perdieran irían siendo ejecutados por sus propios compañeros paulatinamente, exterminándose así ellos mismos.

Como si fueran autómatas, muchos de ellos se dirigieron a participar para evitar que su gente sufriera en balde, y así salvar a sus hijos de una cruenta muerte. Sin embargo, el soldado-brujo no participó en lo que él consideraba un absurdo sin sentido. Se quedó contemplando todo aquello castañeando sus dientes de rabia, apretando los puños y mirando con odio tanto a los creadores de aquel sangriento entretenimiento como a sus participantes. En cuanto vió esparcirse la primera refriega de sangre al aire, salpicando así la hierba que les rodeaba, no pudo soportarlo más y se adelantó. Y a pesar de la mirada de extrañeza de todos los que por ahí andaban, no se detuvo y permaneció indiferente ante tales miradas acusadoras.

Hurgando en sus ajadas ropas, sacó un cuerno negruzo que al instante hizo sonar con estridencia. Su eco se propagó por toda la zona produciendo el cese del dichoso juego, elevándose por encima de toda la explanada y alcanzando un volumen tan inmenso que atravesó kilometros y espacios muy lejanos de donde ellos estaban. Y de repente, tras las colinas y los árboles dispersos, aparecieron unos seres espantosos que portando espadas, hachas y armaduras atacaron a los disciplentes con furia hasta acabar con sus vidas de la forma más sangrienta imaginable. Cuando ya sus cuerpos inertes adornaban la zona con sus sapilcaduras sangriolentas y algunos de sus miembros se encontraban desgajados se sus partes centrales, aquellos seres bestiales hicieron que las gentes inocentes se refugiasen en el hotel que tenían al lado.

Aquellos seres eran los zunhui, monstruos antropomorfos que podían ser invocados por el soldado-brujo cuando este lo considerase. Nadie podría asegurar cómo ni por qué, pero estos se encontraban en deuda con él tras el servicio que este les prestó en un pasado remoto. Desde entonces, una serie incontable de estos acudían a él cuando fuera preciso y sin rechistar, gozos de cumplir órdenes e incluso divirtiéndose cuando se les pedía atrocidades tales como masacrar, matar, torturar, encarcelar o lo que fuera. Todo con tal de cumplir con su ancestral palabra dada al soldado-brujo, siempre presentes cuando este les requiriera, y ausentes cuando no se necesitase de sus servicios.

Así, pues, las gentes del poblado obedecieron y se refugiaron en el hotel, mas por temor que por apetencia ante las barbaridades que sus ojos habían contemplado. Se colocaron temblando donde podían, en tanto que los zunhui rodearon la sala en posición de ataque si este era ordenado por el soldado-brujo. Una vez en dicha posición, todos se miraron entre sí con desconfianza hasta que el soldado-brujo alzando la mano en señal de paz les dirigió las siguientes palabras:

- No temáis, ya todo ha terminado. Aquellos opresores han huído refugiándose en el bosque. Mientras estén presentes los zunhui, no tenéis que tener miedo. No se atreveran a entrar por estos muros, y tampoco los rodearan desde fuera, puesto que saben que nuestra fuerza es mayor. Para vuestra tranquilidad os diré que los zunhui dormirán en la sala de abajo ya que no precisan de mucho espacio, en tanto que vosotros y yo lo haremos en la de arriba teniendo en cuenta nuestro número.

Y aún con cierta desconfianza, así se hizo. Los zunhui descendieron los escalones, y se conducieron hacia las catapultas que se encontraban en la sala de abajo, todo harapienta, cargada de polvo y que no había sido usada desde hace largos años. En tanto que las personas comunes se quedaron donde estaban, perplejas y sin comprender nada. Muchos de ellos no sabían ni a qué temer ni mucho menos frente a qué defenderse en caso de que todo aquello se desbocase. Por un lado, consideraban que los disciplentes eran el enemigo claro habida cuenta de que estos les habían encerrado allí a costa de su voluntad, y que además llevaban ya algún tiempo maltratándoles injustamente. Mas, por otro, aquellos extraños seres que posteriormente supieron que se trataban de los zunhui, eran unos monstruos horribles sedientos de sangre y que despedazaban a sus rivales sin consideración alguna. Sus figuras tan deformes, sus semblantes retorcidos y sus maneras tan extrañas de moverse les hacían estremecerse. Pero, no obstante, la mayoría llegaron a la determinación de que quién era más problemático ahí era el soldado-brujo, ya que no sólo les había manipulado a voluntad para cargar contra los disciplentes, sino que además había hecho uso de sus poderes para traer a aquellos engendros llamados zunhui para oprimirles con la excusa de salvarles.

Así era, todos los allí congregados no confiaban en las buenas intenciones de los zunhui, y mucho menos del soldado-brujo. Y aunque durante las primeras horas decidieron acatar, según avanzaba la noche optaron por comunicar su disconformidad, al principio con indirectas y de buenas maneras, mas viendo que eran ignorados, ya lo hicieron explicitamente mostrando su rechazo de forma clara. Esto disgustó bastante al soldado-brujo teniendo en cuenta que en cierto modo él les había salvado y liberado de la esclavitud, y todo para que ahora se mostrasen tan desagradecidos y encima tuvieran la osadía de ni esperar una noche en comunicar sus desaveniencias. Incluso, su supuesta mujer se mostró disgustada con la presencia de aquellos seres, aunque quizás un aliciente para ella fue el saber que este tenía una amante, y que por su orgulloso femenino herido se inclinase por mostrarse en disconformidad con todo lo que este propusiera. Mas, esta opción quedaba invalidada en tanto que también su amante no estuvo de acuerdo con la decisión tomada, cruzándose de brazos en señal de protesta.

En fin, el soldado-brujo bastante molesto con la actitud de todas aquellas personas, les comunicó de mala gana que aceptaba sus desagradecidas palabras, y puesto que como ni su presencia ni la de los zunhui les era agradable, se marcharía de ahí dejándoles a sus merced. Estos se sintieron satisfechos, pero no sabiendo en su ignorancia que en cuanto el soldado-brujo y sus zunhui se retirasen, ellos estarían acabados porque los disciplientes acudirían allí y les masacrarían, y en el mejor de los casos, tornarían a esclavizarlos. Mas, como el soldado-brujo no terminó la frase no comunicándoles las consecuencias de susodicha decisión, estos se quedaron tranquilos acudientos a sus respectivas camas para poder descansar en paz durante la que quizás sería su última noche.

Entonces, el soldado-brujo descendió por los escalones y accedió a la abandonada planta baja. Una vez ahí, levantó unas tapas de piedra en cuyo interior una sustancia marrón se agitaba. Se trataba de los zunhui, que por un milagroso efecto químico que alteraba sus proporciones físicas les hacía reducir su tamaño hasta el punto de poder caber en una vasija. Así, pues, el soldado-brujo desplazando con un movimiento determinado de sus manos, haciendo una serie de señas específicas de un significado desconocido, hizo que aquella masa putrefacta fuera ensanchándose hasta transformarse en una serie de zunhui de tamaño original. Y en cuanto recuperaron dicha forma, y se pusieron en una resputuosa formación, este les dijo:

- Por lo visto ya no nos quieren por aquí, así que partimos hacía nuestras tierras del norte. Para ellos va a suponer una muerte segura, mas no podemos ocuparnos de quienes nos rechazan. Peor para ellos puesto que sin nuestros servicios son ya un cúmulo de cadáveres. Así que como os digo, retornamos a aquellos parajes abandonados por los hombres, tan sombríos y despoblados que resultan idóneos para seres como nosotros, cuyo aspecto y actitudes parecen contrariar tanto. Pero en fin, ya paro de hablar. Tenemos que partir en tanto que la luna aún nos acompaña, con sus resplandores iluminando nuestra senda mientras que las sombras nos rodean.

Dicho y hecho, pues en cuanto el soldado-brujo hubo acabado de decir aquellas palabras todos salieron en prodigiosas formaciones a pesar del horrendo aspecto de quienes la formaban. Algunas de las personas que aún se encontraban despiertas se asomaron a las amplias ventanas, y vieron como estos se fueron internando en las sombras mientras marcaban en ritmo con sonoras pisotadas mientras exclamaban una especie de marcha militar que sonaba así: "Zak zak, uta le zak. Zak zak, uta le zork" Palabras que por otra parte, nadie de quienes la oyeron pudieron comprender. Pero lo que si se sabía era que el soldado brujo y sus acólitos zunhui partían para no volver ahí, o al menos por el momento.

Diremos, en suma, que lo único que supieron aquellas gentes del soldado-brujo y sus inhóspitos poderes es que era capaz de invocar a los zunhui como se ha narrado más arriba, y que estos le obedecían de manera incondicional. Mas sospechaban que sus trucos mágicos iban mas allá, y que probablemente pudiera hacer otra cosas que no reveló a nadie, pues antes de todo aquello él había convivido con todos ellos en esclavitud como si tal cosa. Y mientras ellos se demacraban y se encontraban plagados de heridas debido al maltrato en el que se hallaban sometidos, el soldado-brujo estaba idéntico al primer día, sin magulladura alguna ¿Cómo era aquello posible? Y quizás lo que fuera más importante ¿Por qué teniendo aquellos poderes y la capacidad de llamar a los zunhui no lo había hecho hasta entonces? Pero la respuesta a todas aquellas preguntas desgraciadamente nunca se llegaron a saber.  

domingo, 16 de marzo de 2025

La maldición de la belleza

 

Rendir las debidas cuentas con la belleza, y admirarla cuando esta se presenta es algo tan natural como loable. Sin embargo, a menudo ocurre sobre todo en nuestros tiempos, que tenemos una concepción de lo bello tan idealizado y pendiente de los canones estéticos actuales que lo que comienza siendo hermoso termina volcándose en algo horrible, e incluso terrorífico. Hoy día se piensa que sólo lo artificioso, lo irreal y lo meramente aparencial es lo bello, mientras que lo natural, lo esencial y lo real es algo que hay que desechar como sea. Obviamente con una perspectiva así de la belleza estamos tan errados como quién considera un estanque el océano.

Algo semejante le ocurría a Olalla, una joven cuya obsesión por la belleza alcanzó unos límites casi enfermos. Y lo peor, esa insistencia con lo bello no se resolvía en una suerte de búsqueda de la misma o de admiración incondicional, sino que se concretaba en su propia persona. Era cierto, por otro lado, que era una muchacha muy hermosa y cuya belleza coincidía paradójicamente con los canones estéticos de su tiempo. Además, siendo joven esta belleza se quintuplicaba tomando en cuenta que este es el único patrón respecto a lo bello que se atiende hoy día. Debido a esto, la sola contemplación de esta joven producía en quienes la veían de soslayo un estremecimiento interno, en los hombres deseos de llevarla a su alcoba y en las mujeres envidia. Incluso ella misma se sobresaltaba cuando se veía reflejada en algún lugar, produciéndole una alegría que no entendía de calificativo.

Muchas veces pasaba las horas muertas contemplándose en el espejo completamente embelesada de su propio reflejo, admirada de tal grado de hermosura y juventud. Mientras jugaba con sus rizados cabellos y hacía muecas coquetas, no podía evitar despojarse de sus atuendos y quedarse desnuda ante el espejo. Era entonces cuando realizaba movimientos tremendamente seductores alzando sus brazos cual si agarrase invisibles cadenas, entornaba sus labios dejandolos entreabiertos como si exhalase ambrosía o jugaba con sus senos que eran impolutos sin importar la perspectiva desde la cual se mirasen. Sin duda, su aspecto físico era un prodigio de la naturaleza que por fortuna coincidía con la concepción de la belleza que había en sus tiempos. Ella era consciente de esta ventaja con la que había nacido y la explotaba cuanto podía en su día a día.

Sin embargo, un día en tales largas inspecciones se dió cuenta de algo que no había estado ahí al menos el día anterior. Por lo visto, sobre una de sus mejillas, concretamente donde se sitúan las ojeras cuando no dormirmos bien, había una horrible arruga que aunque imperceptible en una mirada superficial, sí resultaba visible si uno se fijaba con atención. No pudo evitar lanzar un desarradable alarido en cuanto lo vió, estremeciendo a su guapo y fornido novio Darío que acudió para comprobar qué era lo que estaba ocurriendo. Cuando se lo contó, este no pudo evitar estallar en carcajadas, lo que ofendió tremendamente a Olalla tanto que le echó de casa con una ira inmensa.

"Bueno -pensó- nada que no puedan arreglar unas cuantas cremas" Y así lo hizo, embadurnándose la cara con un frenesí enfermizo. Con tan gran maña se aplicó las dichosas cremas anti-envejecimiento que sin quererlo se hizo algunas heridas. Lo cual le frustó todavía más, teniendo así que reiniciar el proceso otra vez. Le llevó unas cuantas horas arreglar aquello, mas tras insistir quedó lo suficientemente aceptable para salir de casa. Con un suspiro de alivio y media sonrisa se encaminó sin pensarlo dos veces hasta un centro comercial de ropa de marca para comprar todo aquello que se le encaprichase aquella tarde, eso solía hacer cuando se sentía mal debido a algún inconveniente. Y como jamás tuvo uno semejante relacionado con su aspecto, aquel día gastó más de lo debido en ropa, maquillaje y joyas caras.

Una semana después aproximadamente durante su expedición matutina, se encontró con que tenía una serie de arrugas de expresión que le surcaban la frente. Aquello era demasiado para ella, no podía tolerarlo así que además de aplicarse una serie de cremas de farmacia evitó de ahora en adelante de expresar cosa alguna con su semblante. Mas esto no evitó que algunas semanas más adelante se encontrase con mas arrugas de expresión, esta vez en las comisuras de tus labios. Sí, en aquellos labios que los hombres siempre buscaban besar ahora se convertían en los labios de una prostituta cuarentona que se vendía por veinte euros la hora, así pensaba ella en aquellos momentos de desesperación. Mas aún entonces, las cremas eran unas aliadas indispensables que hacían lo que podían siempre y cuando se tuviera dinero para adquirirlas.

No obstante, ni sus aliadas más confiables ni su dinero ganado en modelaje pudo salvarla de que un mes después de aquellos horribles acontecimientos, se formasen las dichosas alas de murcielago bajo sus brazos antes tan tersos y suaves. Aquello ya sí que era intolerable, tenía que hacer algo rápido antes de que fuera todo a peor. Así que sin pensarlo dos veces pidió cita en un famoso cirujano, de estos que cobran varios ceros a cambio de las más milagrosas transformaciones estéticas. Se sometió a sus consejos y a sus intervenciones, quedando reluciente aunque artificial, por lo menos durante algunos días... Pues sin saber cómo ni cuando, exactamente una semana después de su recuperación de las operaciones, volvieron a aparecer aquellas señales de envejecimiento que tanto pavor le causaban.

Finalmente, decidió consultar a su médico privado de cabecera sobre su caso, el cual no le parecía ni medio normal tomando en cuenta su juventud. Este le derivó a diferentes especialistas expertos en diversas partes de su esculpido cuerpo para que la hiciesen pruebas y dictaminasen qué demonios estaba ocurriendo. En tanto que estaba a la espera de resultados, fue dándose cuenta de otras señales en su cuerpo que no le gustaban de modo alguno. Como por ejemplo que una tenue papada comenzaba a asomar bajo su barbilla, o que la piel de naranja recorría sus muslos antes tan bien sostenidos en su sitio, y lo que era peor, veía como sus hermosos senos caían vertiginosamente como si fueran dos pequeños sacos cargados de patatas. Para evitar tal horrorosos resultados usó de todas las artimañas que se le pasaban por la cabeza, usó cremas, maquillaje en exceso e intervenciones estéticas para mejorar aquel desastre. Pero todo era en balde, al poco tiempo aquellas imperfecciones retornaban a aflorar.

Y cuando se encontraba en un frenesí desesperado de locura debido a su situación, recibió una llamada de su médico que le dijo que las diferentes pruebas ya habían dado resultados y que debía acudir aquel mismo día para hablar con él. Sin pensarlo dos veces, Olalla se arregló lo mejor que pudo y tapando sus imperfecciones con premura, salió escapotada del lugar evitando que la gente de la calle se diera cuenta de su presencia. Para ello, se pusó un sombrero de ala ancha, a la par que un vestido negro lo suficientemente suelto para que nadie se percatase de la paulatina caída de sus senos como tampoco a la extraña cuvartura que estaba adoptando su antes altanera espalda.

Ya frente al médico, que traía consigo una cara de preocupación resignada, este le espetó bajando y subiendo los hombros con consternación:

- Los diferentes resultados de los analísis no han alumbrado anomalía alguna. Por lo visto, usted se encuentra en perfectas condiciones. Es decir, está estable como corresponde a una persona de salud normal. Sobre lo otro... Yo diría que sufre de envejecimiento acelerado. He estado consultando a algunos colegas, y finalmente he optado por derivarte a un conocido especializado en estos temas que quizás pueda ayudarla, aunque tampoco tenga la garantía de que se llegue a un resultado definitivo.

Olalla, con los ojos como platos, no supo ni qué decir porque no podía creerse en la situación en la que se encontraba. No entendía anda, mas de forma casi mecánica aceptó la tarjeta de recomendación que le ofrecía su médico y salió de ahí sin despedirse tan siquiera. Pero en cuanto se refugió en su lujosa casa, comenzó a liberar una serie de alaridos angustiosos que hubieran provocado espanto a quién los hubiese escuchado, aunque fuera de soslayo. Menos mal que ventanas y puertas estaban insonorizadas, porque de lo contrario algún vecino hubiera llamado a la policia.

En ese angustioso momento, Olalla comenzó a rasgarse las ropas con desesperación. Poco le importó lo que estas le costaron, un asunto así que antaño hubiese sido trascendental pasó a un segundo plano. Contemplándose en el espejo, viendóse tan envejecida sólo podía golpearlo con sus puños hasta romperlo en distintos pedazos. Tampoco dió importancia a la sangre que comenzó a salir de sus heridas al pincharse con los cristales que volaron dispersos por la sala. Para ella, en ese instante, lo más importante era liberar su ira sobre sí misma y su horrendo cuerpo, lanzando insultos e imprecaciones cargadas de una furia que en su vida había cobijado en su delicado corazón. Cuando ya se cansó, se quedó dormida en el suelo de una desbaratada sala en tanto que lágrimas y sangre continuaban recorriendo su arrugado cuerpo aún en sueños que más bien serían pesadillas por entonces.

Al día siguiente, sin molestarse en arreglar algo que ya no tenía arreglo alguno, fue en busca del especialista en envejecimiento que le recomendó su médico. Sin embargo, en cuanto Olalla se presentó ante él y le expuso su problema con una voz quebrada por el malestar y la angustia existencial, este rojo como un tomate aguantó durante unos instantes una risa que pugnaba por salir. Sin poder evitarlo, explotó lanzando algunos fragmentos de saliva ante la desconcertada Olalla que nuevamente no sabía ni qué pensar hasta que este le dijo todavía riéndose:

- ¡Pero vamos a ver...! ¿¡Cómo voy a curar del envejecimiento a una anciana!?

Olalla, perpleja, contemplandose las manos con impotencia pudo comprobar que estas se encontraban surcadas por arrugas y venas hinchadas, y sin dar respuesta alguna a tal soez del doctor, fue al baño buscando un espejo para observarse a sí misma por vez primera en aquel día. Efectivamente, lo que pudo ver frente al espejo era una mujer de unos ochenta años que temblaba debido a un parkinson en desarrollo. Sus ojos vidriosos atestiguaban su sufrimiento en tanto que su boca abierta de donde se deslizaba un hilo de saliva era prueba suficiente de su propia sorpresa. No quiso ver más, no podía seguir mirando la pesadilla de la que ella no se limitaba a ser una participante, sino que más bien era la protagonista a la par que la victima. Entonces, gritando y lanzando exclamaciones de dolor fue corriendo como pudo por los largos pasillos hasta salir de la calle e internarse en su lujoso hogar. Probablemente los transeúntes que se encontrasen con ella pensarían que esta tendría algún tipo de demencia senil.

                                *  *  *

Al tiempo, Dario el guapísimo novio de Olalla, bastante preocupado debido a la desaparición de su hermosa pareja, decidió visitarla ya que llevaba tiempo sin saber de ella. Ante la puerta llamó insistentemente, y como no respondía pensó que quizás estaría dormida. Menos mal que guardaba unas llaves de la casa para emergencia de esta indóle, así que introdujo las mencionadas llaves y entró a la casa. Lo primero que le sorprendió fue el desorden del lugar. Por todas las salas y pasillos había un montón de papeles, envoltorios y ropas ajadas dispersas por el suelo de manera azarosa. Inspeccionando vió que la mayoría de cosas provenían de productos y medicinas relacionadas con el cuidado de la piel ante las señales de la inevitable vejez. Aquello le sorprendió, mas recordando el último episodio que tuvo con Olalla en esa misma casa, pensó que aquello era producto de alguna crisis femenina motivada por la menstruación quizás.

Mas, otra cosa que le sorprendió y a la que no pudo encontrar una posible explicación como en el caso anterior, fue a que si bien esa casa era de construcción moderna, ahora parecía que habían pasado largos años debido a la gran cantidad de polvo que se encontraba por doquier. Hasta los muebles, antes recíen comprados e impolutos mostraban señales cual si la pátina del tiempo se hubiese obcecado con ellos especialmente, dejándolos como muebles en exposición de algún rastro de antigüedades. Sin embargo, no dejó que tales divagaciones perturbasen su hermosa mente ajena a preocupaciones, y continuó buscando a Olalla inspeccionando estancia tras estancia.

Cuando ya se daba por vencido, escuchó de soslayo un ruido en una de las salas, lo que hizo que se encaminase hacía su procedencia con resolución. Y viendo una sombra deslizarse por la sala de un lado para otra, decidió encender la luz debido a que en toda la casa las persianas se encontraban cerradas. Pero, cuando vió lo que tenía ante su vista se quedó mudo. Se trataba de un ser de un color entre marrón y verdoso, completamente chapudo y que le miraba con unos ojos rojos desorbitados. Le caía una especie de baba amarillenta, y lo que parecían unos pechos le caían al suelo, arrantrándolos con cada uno de sus espaciados pasos. Cuando se percató de su presencia, se dirigió hacia dónde él estaba, cortandole así el paso. Y relamiendose los azulados e inflamados labios, lanzando un aliento maloliente que acompañaba a cada una de sus quebradas palabras le dijo en un español que costaba entender si no se prestaba la debida atención:

- Oh, amor mío... Te echaba de menos... ¿Preparado para una noche de pasión y de desenfreno? Bésame, aunemos nuestros cuerpos como si estos fueran uno solo...

domingo, 2 de marzo de 2025

Desdichada soledad

 Llevo años viviendo en completa soledad dentro de mi inmensa mansión. Ya no me quedan familiares vivos, y a pesar de mi relativa juventud tampoco tengo demasiados amigos. Para ser sincero, yo diría que no me queda ninguno, y en el caso que se me olvide algún nombre aletargado en los sarcófagos de mi memoria, probablemente haya muerto sin que yo me enterase. A veces lo pienso, me da por fabular en torno a mi porvenir, y contemplo que mi destino será el de morir aquí encerrado sin que nadie se entere de que he muerto. Además, como estoy alejado de todo, sin vecinos ni visitas recurrentes, nadie percibiría el olor a putrefacción. Así que bien podría decirse que esta inmensa casa que me ha tocado por herencia será también mi tumba.

Veía pasar los días a través de mi ventana cual si fuera un rollo de una película muy antigua, todo casi idéntico sin cambios aparentes. Aunque miento, pues si bien lo que me es externo en el paisaje era año tras año lo mismo, quién contemplaba por la ventana como observador sí que iba envejeciendo gradualmente. A veces podía advertir mi propio reflejo gracias a la somera iluminación demacrándose poco a poco, mas este no era un asunto que me importase demasiado. Quizás, lo único que me turbaba levemente en esta existencia era el sentir esta soledad acuciante, que poco a poco iba medrando mi alma mediante una tristeza tan grande que la notaba ensanchando mi corazón desde dentro, buscando quizás que este implosionase en el interior.

Sin embargo, he vuelto a mentir sin querer. En verdad sí que recibía una visita, pero como esta era solamente una vez al mes no le he dado la importancia que merecía. Pero debería, ya que suponía mi única alegría frente a la desolación que sentía, especialmente en los oscuros días de invierno. Se trataba de una amiga del pasado remoto, la cual por lo que me contaba, tenía una vida bastante ajetreada. Por lo visto, había dedicado su existencia entera al cuidado de su único hijo a la par que al mantenimiento de su hogar y se su marido, este último acaudalado empresario y hombre arriesgado en los negocios según me decía. Además, siempre me recalcaba que llevaba una vida muy ajetreada, motivo por el cual me visitaba tan poco a menudo, acortando sus visitas a una hora a lo sumo.

Quizás al lector le parezca una tontería, pero el poder hablar con alguien durante una hora, aunque fuera de asuntos triviales sin la menor importancia trascendental suponía para mí una felicidad que no puedo ni calificar. Yo, que tan acostumbrado estaba a pasar mis días leyendo libros de ocultismo y a escribir extraños tratados de metafísica que nadie leería, el descender por unos instantes a eso que las gentes llaman "el mundo real" me recordaba que todavía seguía siendo un ser humano, y no un ser ya ascendente o caído que habitase una corteza corporal hasta que su hálito vital exhalase.

Gracias a sus visitas podía poner en funcionamiento dos mecanismos fundamentales para la vida, por un lado el inmenso sentimiento de soledad se iba haciendo menos inmenso, y por otro lado, me aseguraba de que era un mortal recubierto de una carne perecedera. Tanto tiempo he pasado encerrado entre estos anchísimos pasillos que hasta olvidaba que yo como un ser independiente existía, y pese a que a veces me palpase para cerciorarme de mi existencia material, hasta eso pensaba que podía tratarse de una ilusión. Tanto había leído sobre metafísica, idealismo subjetivo y mística que la misma materia que formaba mi cuerpo se me representaba una apariencia más de tantas que poblan esta vida temporal.

Mas, para no aburrir en demasía a mis lectores interrumpiré mis divagaciones filosóficas para reiterar la idea principal, la cual se podría resumir en la dicha que me producían las dilatadas visitas de mi amiga. Pero, no obstante, algo en su conversación solía turbarme un poco, y esto era que aunque ella no lo mencionase explicitamente, advertía que algo no iba del todo bien en su relación con su marido, ya que siempre que evocaba su nombre y recordaba momentos vividos con él, se estremecía y se quedaba por unos instantes en silencio. Aquella extrañeza encubierta en esos silencios me advertía que había un problema con ese hombre, mas nunca me atreví a preguntarselo directamente, ya sea por mi timidez, o porque no quería herir sus sentimientos y que dejase de visitarme definitivamente.

Un día, a modo de sorpresa, vino acompañada por su hijo, un niño de unos ocho u nueve años quizás, muy pálido de tez, ojos de un azul que helaba con su mirada y un pelo negro muy lacio. Sin duda se parecía a su madre, pensé nada mas verle. Era muy tranquilo, se quedaba sentado callado y no hablaba nada a no ser que uno le preguntase directamente algo. Normalmente le invitaba a la parte visible de mi biblioteca personal y le instaba a la lectura de los clásicos, pero debido a lo apresurado de las visitas rara vez se terminaba un libro, a lo sumo algunos capítulos o relatos. Así que no era rara la ocasión que le prestaba uno o dos libros para que los leyera y me los devolviera a su regreso. Obviamente, estos libros eran mas o menos acordes a su edad ¿Piensan de verdad que le hubiera dejado leer alguna novela oscura, o lo que es peor, algún libro de ocultismo? No, pese a que advertía que ese chico tenía más nivel intelectual que lo que acostumbraban a tener otros niños a su edad.

Así continuamos como durante un año en esta situación, hasta que en un día otoñal que era sumamente lluvioso mi vieja amiga me contó que requerían de mi ayuda. Por lo visto, necesitaban mudarse sin mas dilación a un lugar donde estuvieran seguros, y habían pensado en mi casa puesto que era tan grande y yo estaba tan solo. Me extraño la preposición en tanto que ella me había relatado innúmerables veces que su marido estaba bastante bien posicionado económicamente, y que era todo un emprendedor en los negocios. Además, nada en el aspecto ni de la madre ni mucho menos del niño delataba que estuvieran necesitados de lo que fuera, o que pasaran algún tipo de penuria económica. Así que cuando me propuso esto, no pude reprimir una mueca de extrañeza que no pasó inadvertida, y tras algunos minutos de meditación interna, terminé cediendo. Ella no pudo reprimir su entusiasmo, y aplaudiendo dando saltos como una niña, me dijo que mañana mismo estarían ahí.

Dicho y hecho, pues al día siguiente pude contemplar a través de mi ventana que acudía un montón de gente a mi destartalada mansión. Aquello me extrañó, ya que pensaba que era su familia quién se iba a mudar aquí, no toda una tropa. En cuanto abrí la puerta principal con un sistema automático, los primeros en subir fueron el hijo de mi amiga en compañía de un chico rubio algo entrado en carnes que me desquició, puesto que sin saludar ni decir nada se dirigió a mi biblioteca y comenzó a revolver los libros como si fueran suyos. Aquelló me enfadó muchísimo, no pude reprimir un grito de reprimenda y a punto estuve de dar a ese niñato unos buenos azotes. Ya tenía levantada mi mano para comenzar con el primero, cuando subió mi amiga apresudaramente, excusándose por lo extraño de la situación e indicando que aquel niño maleducado era amigo de la familia.

Yo no sabía qué decir, así que me limité a responder con una sonrisa que más mostraba desagrado que afectación, y me dirigí a la parte baja con la excusa de presentar mis respetos, pues mas bien deseaba enterarme de qué estaba pasando y quienes eran toda aquella gente. Cuando así lo hice, el primero que me saludó fue el marido de mi amiga, el cual desde el primer momento me causó una horrenda impresión. Sudaba como un cerdo y olía tanto peor, su mano carnosa se resbaló con el saludo, y al darse el mismo cuenta de esta situación sonrió mostrando una dentadura artificial. Sin temor a confundirme, delaté en él que se trataba de un fantoche, y que todo aquello del empresario adinerado era una mera máscara que ocultaba su incapacidad como ser humano.

Aquello me irritó, pero lo que me produjo un mayor cabreo fue el enterarme que toda aquella gente venía a acondicionar mi casa a su gusto. Por lo visto, además de mudarse a la mansión sin mostrarme el más minímo respeto, pretendían también hacer las reformas que creían necesarias para que se sintieran como en casa ¡Esto era el colmo! ¡En ningún momento me habían perdido ni tan siquiera permiso para todo aquello! Cuando me lo comentaron me quedé congelado, mas pese a que mi rostro aparentase una sorpresa pétrida que se manifestó en mi semblante macillento, en mi interior ardía con una ira explosiva que iba a terminar estallando tarde o temprano. Para evitarlo, volví a subir arriba y me encerré en el baño gesticulando como un lunático, dando puñezados en el aire y haciendo expresiones terroríficas frente al espejo.

Cuando tomé la decisión de echarlos a todos de ahí, y ya me encaminaba para bajar de nuevo, escuché con estremecimiento una sucesión de ruidos cuanto menos extraños. Parecían violentos golpes seguidos de gritos de angustia, a la par que una especie de fuertes aleteos y unos gruñidos como de bestia. Ante aquello, mi furia aminoró y me quedé paralizado en el rellano, en tanto que la violenta contienda que escuchaba proseguía con frenesí, aumentando así los gritos, sollozos y agitaciones que se produjeron más abajo.

Cuando advertí que estos ruidos se habían acallado levemente, me armé de valor y descendí con cautela, y ya en el jardín pude contemplar un espectáculo atroz. Estaba todo plagado de restos de miembros desgajados, sangre por todas partes y sumos organos diseccionados diseminados por todas partes. Parecía sin duda toda una carnicería en la que los miembros involucrados en ella no habían tenido escapatoria alguna frente a un enemigo que quintuplicaba sus fuerzas. Pero lo que más me estremeció del todo fue el contemplar en el cielo a poca distancia un ser volador de un negro azabache que se plegaba en forma de retirada. Debido a la distancia me sería muy díficil de describir, mas yo diría que tenía una cola muy larga que se balanceaba al ritmo de su aleteo, como también que portaba un cuello tan largo que comprendería unos cuantos metros de extensión. Claro está, en ese momento no pude fijarme mucho en estos detalles pues me encontraba sumamente perplejo, pero mas tarde los recordé con un tremendo estremecimiento interno.

Ya no recuerdo bien lo que pasó después, sólo sé que alguien -probablemente mi amiga que estaba arriba- llamó a los servicios de emergencia, y ellos se ocuparon del resto. Tampoco recuerdo qué dictaminaron ni a qué llegaron respecto a lo que había pasado, aunque me atrevería a decir que su veredicto fue que aquellos hombres llevaron algún material inflamable que implosionó ante sus narices. Pero yo sé lo que ví, y para nada se trataba de material alguno. Sin embargo, me hubieran tratado de loco en el caso de que les hubiese contado lo que oí, y sobre todo lo que ví...


                           *      *       *    

Con el tiempo, todas aquellas impresiones aparentemente inexplicables terminaron a pasar a un segundo plano. Y finalmente, mi amiga junto a su querido hijo se mudaron conmigo al no tener otro lugar al que ir. Ella y el niño se instalaron en la parte más baja de la casa, y yo me quedé en la de arriba que comprendía la tercera planta. Desde entonces, viví colmado de dicha al no estar solo y poder ver a aquella afable criatura crecer. Todos los días comíamos juntos, y cuando acababa la jornada hablabamos en torno a cómo había ido nuestro día. Yo, por motivos obvios, no contaba al completo lo que había hecho, puesto que hubiera sido cuanto menos raro que les hubiera narrado que dediqué la jornada a investigar la relación ontológica existente entre la consistencia de nuestros sueños y la vigilia, y en como estos suponen una realidad más palpable en cuanto mental frente a una vida anodina que es a la par más aparencial que nuestras figuraciones diurnas. Pero bueno, ya estoy desvariando de nuevo...

No obstante, en una noche que no lograba dormirme volví a recordar lo que había pasado y decidí consignarlo por escrito en un cofre bajo llave que no se abriría hasta mi muerte material. Pues me dí cuenta que aquella criatura que masacró tan despiadadamente a aquellos molestos hombres no era otra cosa que yo mismo, es decir que yo la había creado no tan inconscientemente como en un primer momento pensé. Aquel ser negro y alado había sido invocado y formado por mí mismo... ¿Y cómo es eso posible? Quizás os preguntéis. Se trataba de mi rencor, de mi ira, en suma: de mi odio mas profundo hacía la raza humana que finalmente había tomado vida y se había metamorfoseado en tal horrendo ser de las tinieblas...

domingo, 16 de febrero de 2025

El hijo

 Jamás pensé que acabaría retornando a estos parajes. Antaño acudía bastante reiterativamente a este lugar tan frío y triste. Las tierras que se sitúan al norte de un país ya de por sí frío no sólo congelan el cuerpo, sino que también lo hacen con el alma. Mas, cuando la ilusión y la esperanza se encuentran presentes, da la sensación de que esa melancolía gélida mengua hasta convertirse en un vaho invernal, un aliento de alguna diosa con hielo entre sus venas.

Sin embargo, no volvía por aquí por mera añoranza por los tiempos pasados, pues una urgencia de índole práctica a la par que sentimental me llevaba a recorrer de nuevo estos caminos a los que nunca pensé volver. Se trataba de un motivo cuanto menos insólito para mí. Por lo visto, a través de unos rumores que llegaron hasta mis familiares, mi exmujer de la que me había divorciado hace unos cuantos años había tenido un hijo. Pero, carente de pareja desde que había estado conmigo, se me había ocultado que este niño era también mío. Hecho cuanto menos extraño en tanto que no entendía ni por qué había decidido tenerlo si ya no estabamos juntos ni mucho menos la razón de ocultarmelo, a la par que velar a la criatura de la presencia de su padre. Si ese niño tenía algo de conciencia, seguramente pensaría que su progenitor masculino era un sinvergüenza que se había desentendido de su propio hijo. Pero no era de ningún modo eso, ya que en realidad no me podía desentender de algo que yo no conocía.

Así pues, debido a esta urgencia de última hora, dejé toda tarea y ámbito laboral de lado para acudir a ver a un hijo que no sabía que tenía, y encima de una madre a la que ya había dejado para el recuerdo, en un pasado carente de todo afecto a no ser por la rememoranza. Evidentemente, como yo ya había rehecho mi vida con otra mujer con la que me casé hacía unos años, esta me acompañaba ojo avizor a todo lo que ocurría. No le gustaba la idea debido a que era tremendamente celosa, mas en esta ocasión no era de extrañar puesto que no sólo retornaba a un lugar en el que pasé largo tiempo con otra mujer, sino que además de ver a susodicha mujer, iba a conocer a un hijo que no sabía que tenía. Podía ver a través de sus ojos verdosos que eran atravesados por unos cabellos rojizos que la velaban tenuemente una mirada de sospecha. No me dejaba engañar por sus mejillas inflamadas y enrojecidas por el frío, sabía que sus justificados celos estaban en ese momento a punto de implosionar y de generar un apocalipsis cuyo primer objetivo era yo mismo.

Mientras pensaba y observaba estas cosas, también me fijaba en el paisaje que me rodeaba. Lo recordaba a la perfección, tanto los parques abandonados repletos de malashierbas que estaban en su apogeo, como también los edificios medio derruídos que estaban siendo comidos por el moho, y sin olvidar aquellos viejos carteles cuyos anuncios publicitarios estaban desfasados tanto por su contenido como por el resquebrarse de los carteles. Parecía que no había pasado el tiempo en este lugar, hasta los escasos viandantes parecían los mismos, gente huraña y hosca que no se atrevía a alzar la mirada del suelo.

En tales tesituras, nos encontrabamos en la zona donde debía estar mi exmujer con quién supuestamente sería mi hijo. Se trataba de un edificio viejo que antaño había sido gris cemento, pero que ahora estaba tan desgastado que casi me atrevería a decir que era negro. Quizás también la culpa la tenía la noche, puesto que después de horas de viaje en coche con un GPS que mas le perdía a uno que le guiaba, llegamos bastante tarde. Yo diría que serían como mínimo las once de la noche, lo cual era atestiguado por las farolas que iluminaban las calles sin atreverse a lanzar demasiada luz. Era aquel un lugar tan triste, y sus habitantes eran tan tacaños, que a pesar de que a partir de las siete ya era de noche, no encendían luz alguna hasta pasadas las diez. Incluso, el resplandor de la luna se avergonzaba de susodicha situación, pues siempre se encontraba velada por un sinnúmero de nubes que impedían que el asfalto húmedo gozase de un leve toque lumínico.

Sin pensármelo dos veces, ascendí por las escaleras de aquel cochambroso edificio en compañía de mi desconfiada mujer. No podía evitarlo, pero las manos me temblaban cada vez que las apoyaba en el pomo oxidado de las escaleras, mientras lanzaba miradas de soslayo por si un repentino asaltante intentase robarme, o en el peor de los casos, asesinarme. A veces, miraba en dirección a mi mujer, mas esta aunque comprendía lo extraño de la situación a la que nos íbamos a enfrentar, y pese a que se consolidaba conmigo en tamaña empresa, prefería evitar mi mirada para no delatar su sentimiento de incomodidad. Por todas estas cosas estaba yo muy nervioso, e incluso pensaba que mejor hubiera sido acudir solo.

Cuando llegamos a la habitación correcta, tras insistir llamando al timbre, decidí dar unos golpes en la puerta por si este estaba roto, mas al hacerlo nos dimos cuenta de que la puerta estaba abierta. Así que entramos y nos encontramos con un piso que estaba a todas luces abandonado, pero al desplazar mi mirada en dirección siniestra, pude advertir el leve oscilar de una vela en una de las habitaciones. Nos dirigimos entre las sombras al lugar de donde emanaba el último hálito de vida de aquel piso, y cuando atravesamos el umbral, vimos a mi exmujer claramente demacrada, divagando consigo misma mientras balanzeaba su cuerpo en un frenesí que rozaba con la locura.

En cuanto la reconocí, acudí a saludarla sin olvidarme de presentarle a mi actual mujer para evitar malentendidos. Fue mirarme, y se le iluminaron los ojos en señal de reconocimiento, lo que hizo que su movimiento maníaco se detuviera por un instante. Se encontraba claramente desmejorada, pero no en el sentido de haber absorbido el paso del tiempo, sino más bien desde una perspectiva sobrenatural en la que el sufrimiento había ascendido cotas tan altas que se le había adherido a la piel. Tenía sus cabellos negros lacios y sucios, la espalda claramente deformada dando a pensar que de ella nacía una joroba, sus brazos decaían en señal de abatimiento y su piel estaba entre grisacea y amarillenta. Nunca hubiera imaginado que acabaría así.

- Tú... -me dijo- ¿Por qué no has venido antes? ¿A qué viene el dejar pasar tantos años sin ver a tu hijo? Lo he críado yo sola, sin ayuda de nadie...

Realmente no sabía qué decir. Iba a explicarle que en ningún momento nadie me informó de que tuve un hijo, y encima con ella. También estuve a nada de decir que hubiera estado bien que se me hubiese consultado antes de tenerlo, al final era verdad que ella tenía la última palabra pero después de todo yo era su padre. Pero al final me quedé mudo y me limité a responder con un asentimiento, tanto temía la reacción que iban a provocar las palabras que me rondaban por la mente.

Mi mujer se agachó para estar a su altura, y extrañamente la acarició con ternura. Jamás de los jamases me hubiera imaginado que esa sería su reacción, pensaba que se iba a quedar clavada en su sitio completamente muda esperando el devenir de los acontecimientos. Mas la intuición y la comprensión femenina venció la posesión de los celos, y se consolidó con los sufrimientos de una mujer que estaba tan triste y sola en este mundo a cargo de una criatura. Y en tanto que esto sucedía ante mis sorprendidos ojos como platos, mi exmujer señaló con un dedo larguísimo y desfallecido en dirección a una esquina sombría donde un cortinaje blanquecido delataba la presencia de una cuna. Supuse que allí estaría mi hijo, así que me dirigí a esa zona esta vez sin titubear.

Y cuando ya estuve ante la cuna cuya decoración blanca se estaba tornando color crema, pude ver a quién era mi hijo. No cabía duda de que era él, con anterioridad había pensado en realizar un test de ADN para verificar que se trataba de mi hijo. Pero cuando lo ví, supe al instante que era efectivamente mi hijo. Supuse que tendría unos tres o cuatro años, y a pesar de que en aquel lugar todo era oscuridad y decadencia, ese niño que era mi hijo estaba tan lozano que su camita se le hacía ya pequeña. Era exactamente igual a cuando yo era pequeño, muy rubio y con el pelo cortado de la misma forma. Tenía los ojos azules a excepción del derecho, que sufría de una especie de policromía que debido a las sombras que poblaban el lugar le hacía parecer que tenía ese ojo de un color más oscuro. Cuando le miré, parecía que me devolvía la mirada con picardía, como reconociendome a mí también a su vez. Alzó sus piernas haciendo un amago de saludo de bebé, y con una mueca de dibujo animado emitió un sonido que atestiguaba un lenguaje que a pesar de aparentar ser articulado, no fuí capaz de identificar.

Perplejo, caí derrumbado en un sofá medio roto que se encontraba a poca distancia de la camita donde reposaba el bebé. Sin saber qué hacer ni cómo reaccionar, a pesar de que me invadía interiormente una sensación de sentimientos encontrados que jugaban con la felicidad y el desconcierto, apoyé mi mano sobre mi mejilla y dirigí mi mirada en dirección al vacío. Perdí la sensación del paso del tiempo por unos instantes, me despisté tanto que sólo me sacó de mi inhóspito sopor el que mi hijo saltase de la cama y se echase a correr como si de repente se hubiera convertido en un atleta.

Aquello me pareció todavía más extraño, sentía como si estuviera soñando una especie de pesadilla. Al dirigir una mirada panorámica por la sala, pude advertir una mirada de desafío y de profundo malestar tanto de mi actual mujer como de mi exmujer, cual si me recriminasen el que no fuera detrás del niño. Y como obedenciendo un cruel resorte que emanaba de mí sin ser plenamente consciente de lo que hacía, salí disparado de la habitación con un espanto evidente impreso en mi semblante.


Ya fuera de la estancia retornando a las oxídadas escaleras, pude observar a mi hijo salir del edificio. Así que salté los escalones de cuatro en cuatro con frenesí para evitar que se fuera demasiado lejos, y cuando salí al exterior rodeado por las sombras de la noche, sólo pude contemplar unas calles desiertas y alejadas de la mano de Dios. No obstante, al final de la calle a mano izquierda pude vislumbrar la sombra del niño que torcía en susodicha dirección, lo cual era la pista que debía seguir si quería evitar que se fuera todavía mas lejos. Tomando esa dirección, pude verle claramente atravesando un inmenso puente que conocía bastante bien del pasado. Mas en tanto que lo atravesaba, mediante la escasa luz que iluminaba las aguas, pude atisbar la presencia de una criatura que poblaba aquellas aguas. Por su silueta, adiviné de soslayo que probablemente sería un ser horrendo e inmenso, y como no quería quedarme para averiguarlo, salí escopetado de ahí.

Mientras seguía a mi hijo en su repentina carrera, mis oídos pudieron percibir un grito estremecedor que provenía de aquellas aguas. No sabría decir exactamente lo que era, pues jamás había escuchado nada parecido. Lo que sí diré es que era horrible, y que casi parecía artificial si no fuera por el amago de una aleta deformada que pude presentir antes de salir por patas del puente. En fin, aunque sentía miedo, la obsesión por atrapar a mi hijo subsanó todo temor.

Ya casi me sentía desfallecer, cansado de tanta carrera a la que yo no estaba acostumbrado, cuando ví que el niño se internaba en un bosque lejano a toda civilización. Obstinado por impedir que se internase cada vez más, entré gritandole como un descosido. Pero, en vista de que no obtenía respuesta alguna, le seguí a través de musgosas sendas cuya existencia se resumía en viandantes que habían formado aquel camino con el sólo discurrir de sus paseos matutinos. Los árboles que rodeaban el bosque parecían llenos de vida, y sus ramas amenazantes parecían mecidas por un viento que no se encontraba en esos momentos presente. Además, a medida que me internaba todavía más en susodicho bosque, unos sonidos tan tenebrosos como extraños aparecían y desaparecían por doquier, cual si criaturas que pensaba aladas reboloteasen de aquí para allá uniendose a la persecución para pasar el tiempo de una ociosa noche.

Llegó un momento que cada vez que avanzaba me sentía retroceder, era como si el bosque se hubiera adueñado de mi alma y estuviera jugando con mis percepciones, pues sentía que lo que antes era nítido y evidente se tornaba difuso y desconocido. Miraba sin ver, escuchaba sin oír, avanzaba sin andar, existía sin vivir... El bosque se había convertido en un foso inmenso plagado de sombras y cuyos contornos se habían hecho indefinidos, y cada supuesto avance era simplemente una caída aletargada en el abismo. Ya no sabía discernir qué era lo que tenía ante mí, todo se tornaba participe del lento ritmo de las sombras, incluso mi propia presencia era meramente una mota de polvo que se internase en un armario cerrado desde hace bastantes años.

Sólo podía percibir una cosa en el fondo de toda aquella oscuridad que me atrapaba cual trampa para moscas o mosquitos, y esta era la figura de mi hijo que no se detenía en su indeterminada carrera hacía dónde nadie sabe. Y a pesar de que sentía que mi cuerpo, e incluso mi mismo ser en plenitud ya no me pertenecía, rescaté las escasas fuerzas de las que disponía y grité para llamar su atención: "¡Hijo mío...!" Pero sólo me respondió el eco, un eco que se perdía en la inmensidad de aquellos oscuros espacios hasta tal punto que lo que en un comienzo fue mi voz se tornó en algo que me era desconocido, como si yo ya no fuera yo, cual si este yo que pretendía haber tenido un hijo fuera la fantasía de algún lunático...

domingo, 2 de febrero de 2025

Ensoñaciones y pesadillas en la bruma

 Tras un día cuanto menos extraño para Esteban, este se encontraba saliendo de sus clases universitarias en compañía de un par de amigas. En realidad, no había sucedido nada curioso ni destacable durante la jornada, mas él casi instrospectivamente sentía que una bruma le sondeaba la cabeza, lo cual se transmutaba en que veía las cosas cubiertas por una fina capa de neblina que no tenía como origen nada externo, pues procedía de su interior. Examinando estas cosas, contemplaba el paisaje. Aquí y allá había muchos arboles ordenados siguiendo una fila de acuerdo a unos patrones determinados, a la par que la calzada estaba impolutamente prensada en tanto que no había grano alguno que sobresaliese como tampoco protuberancia ninguna que diera testimonio de que aquello fue un trabajo humano.

Bajando por la cuesta, continuó en su dispersión a pesar de que sus dos acompañantes parloteaban sin cesar. Así fue hasta que se encontró con Gibme que les cortó el paso justo cuando estaban atravesando la acera. Aquel hombre era bastante raro, por lo visto su nombre era un mote artístico que él mismo se había puesto. Era compositor de rap y bastante reconocido, mas su carrera se encontraba en un profundo abismo debido a que tras su divorcio había dejado tanto de componer como de producir, aislandose en su inmensa mansión cual su cárcel particular. Debido a estas circunstancias, a todos les extrañó su repentina presencia, como también lo afable que se mostró. Hasta tal punto llegó su amabilidad, que les invitó a pasar unos días en su mansión con la excusa de que la había reformado, incluyendo algunos elementos que no eran típicos en un hogar normal y corriente.

Al final, accedieron y torciendo por una calle, se condujeron a la susodicha mansión de Gibme. Nada más pasar por el amplio jardín coronado por las más diversas flores entre otras plantas exóticas, les sorprendió lo lujoso de su entrada que estaba adornada por dos inmensas columnas al estilo románico. Sin embargo, lo que más les sorprendió de todo no fue esto que acabo de decir, como tampoco que una vez dentro la masión estuviera barnizada de gris mostrando una suerte de laberinto interior cuyas salas se comunicaban mediante grandes hendiduras donde debía haber puertas, sino que al entrar en una de las salas estuviera su exmujer en compañía de unos invitados que les eran a todos desconocidos.

La susodicha sala a penas tenía decoración, solamente algunos espejos demasiado altos para que nadie se reflejase en ellos junto a una extensa mesa coronada por los más diversos manjares y unos floridos ramos ubicados justamente donde debían sentarse los comensales. La casualidad hizo que Esteban se sentara al lado de la exmujer de Gibme, y en tanto que se desarrollaba la velada, las miradas indiscretas fueron patentes para todos los demás. Es decir, algo nació en el interior de ambos que hizo que se entendieran a la perfección a la par que se sintieron bastante cómodos en su mutua compañía mientras disfrutaban de una comida deliciosa.

Con el paso de unos días indeterminados en el tiempo, Esteban permaneció en la mansión disfrutando de los ratos compartidos con la exmujer de Gibme, a la par que vino a darse cuenta de las particularidades de la mansión. Por ejemplo, una de ellas era que había una sala que supuestamente hacía de baño, que cuando se pulsaba un botón se inundaba de agua. Algunas veces les ocurrió que pasando por ahí cuando no podían contener la llamada de la naturaleza, de repente alguien presionaba el botón sin que nadie vislumbrara quién era, y entonces todos salían escopetados con sus ropas mojadas. Otra de las muchas cosas raras de aquel lugar era que cuando salían al jardín de la parte trasera que estaba cercado por unos bloques de ladrillos negros, en cuanto alzaban su mirada al cielo veían algo artificial en el repecurtir del sol, o al menos algo que les hacía dudar de la realidad en la que vivían. Quizás era esta sensación de irrealidad, de onirismo perpetuo incluso, lo que hacía que los días pasasen uno tras otro sin que nadie lo advirtiera y mucho menos lo contabilizase.

En uno de aquellos bizarros días, la exmujer de Gibme, le hizo una secreta confesión a Esteban. Tanta era su confianza y su mutuo entendimiento que quiso revelarle una información que era ajena hasta a los medios de comunicación que tan metomentodos eran. El asunto versaba en torno a que Gibme y ella habían tenido un hijo poco antes de disolver su matrimonio, pero que la manera en la que habían dado a luz a la criatura era muy diferente a la habitual. Ante el desconcierto de Esteban que estuvo acompañado por un mutismo absoluto y por una expresión de sorpresa, ella continuó con su narración confesandole incluso que como ahora era madre soltera no podía dejar a su hijo solo, así que se lo había traído hasta ahí. Cuando se lo mostró, el niño estaba atrapado en una caja aparentemente durmiendo. Era como una miniatura bronceada y tenía una luz roja en el ombligo. Esteban le preguntó si estaría a salvo, y ella le aseguró que sin duda. Para disipar la incertidumbre incluso le extrajo de la caja y le mordió una rodilla sin que el pequeño se inmutase lo más mínimo. Para ella eso era prueba suficiente de la entereza del niño, mientras que para Esteban eso sólo probaba la locura en la que se hallaba metido.

Siguieron transcurriendo los días, uno tras otro sin dejar rastro de su paso, hasta que en uno de ellos Gibme le propuso a Esteban que podía acompañarle a comprar unas cosas que necesitaba. Así lo hizo, y en el camino le mencionó que sabía acerca del entendimiento que existía entre su exmujer y él. Por un lado se alegraba, pues sabía que era de fiar, mas por otro lado, le afloraba un cierto resentimiento debido a tal extraña situación que encima él había provocado al invitarle a su mansión. Ante tamañas confesiones, Esteban sólo pudo encojerse de hombros mientras esperaban en la larga cola del supermercado. Se limitó a escucharle con una pena en relación a la situación de su colega, pero no pudo evitar que una alegría creciese en su interior como una semilla recíen plantada en un día húmedo con sol. Tal eran las cosas, unos se regocijaban en su nueva felicidad y otros se lamentaban viviendo en un pasado que nunca regresaría.

Cuando tras largos minutos ya estaban a punto de pagar, la tarjeta de Gibme dió error en la pantallita de la cajera, lo que significaba que estaba en banca rota. Esteban, con un gesto apresadumbrado debido a la desdicha de su amigo, se metió una mano en el bolsillo y extrajo unos billetes, pagando así lo que habían comprado para abastecer la casa. El trayecto de vuelta, nadie dijo nada hasta que se encontraron de nuevo en la puerta trasera de la mansión. Justo en ese lugar Gibme le contó que por lo que había podido comprobar su situación personal era funesta, y que ya no podía seguir manteniendo ese ritmo de vida, así que les instó a todos a que se fueran de ahí. Obviamente, Esteban se fue en compañía de su exmujer y con la caja que contenía a un bebé que no decía ni mu, y decidieron comenzar una nueva vida juntos.

Con el paso del tiempo, en tanto que su relación se estrechaba y se volcaba en una confianza mutua absoluta, el bebé de la caja fue creciendo hasta que se hizo un niño normal coronado por un pelo afro que era bastante estiloso. Y a pesar de que no era su hijo biológico, Esteban lo crío como si lo fuera, hasta el punto que la criatura lo llamaba papá con una naturalidad que estremecía de puro contento a sus padres.

Todo transcurrió con relativa normalidad hasta que ocurrió "el suceso" Pues un día en el que el niño estaba en el colegio, Esteban y la exmujer de Gibme que ya era su mujer formalmente, tuvieron que acudir al autobús para desplazarse a la ciudad debido a unos asuntos relacionados con una serie de papeleos. Como se encontraban entre el campo y la urbe, el trayecto en autobús era cuanto menos fatigoso tanto por el viaje en sí como por localizar cual era el autobús al que debían de subir entre tantos de los que pasaban. Cuando localizaron el que les conduciría a su destino, no se lo pensaron dos veces y acudieron al mismo con un frenesí y una ansiedad insospechados para los que ya estaban comodamente sentados en sus asientos.

Ya subiendo al autobús, tras pasar su abono por la máquina de contacto, Esteban se dió cuenta de que su mujer había desaparecido de repente. No sabía por qué, pero le dió la impresión o más bien la intuición, de que ella no había subido al autobus en ningún momento, así que le dijo al conductor que esperase un instante antes de bajar a comprobar la dársena de la parada. Cuando se hubo asegurado de que su mujer no estaba ahí,  desconociendo la razón, le dió otra intuición que le indicaba que su mujer había subido al autobús antes que él, y que por lo tanto ella estaba ya dentro mientras él estaba haciendo el memo quedándose en la parada. Pero, cuando quiso subir al autobús, el conductor le hizo caso miso y cerró la puerta automática en sus narices, arrancando como si tal cosa, como si él no existiera.


Sin pensarselo dos veces, salió escopetado tras el autobús como si no hubiera mañana, y como este tuvo que pararse poco más adelante debido a que había una parada, le dió tiempo a alcanzarle y agarrarse en uno de los salientes antes de que arrancase. Así permaneció largo tiempo de trayecto, colgando en uno de los laterales cual si fuera una bandera que algún exaltado nacionalista hubiera extendido para deleite de ojos ajenos. Pero él no era un objeto inerte y sin vida, era un ser humano con sus sentimientos y sus preocupaciones. Y ahora lo que a él le preocupaba es que había desaparecido su mujer repentinamente, y que tenía la vaga esperanza de que estuviera montada en el autobús del que él ahora mismo estaba colgando como si fuera un insecto molesto pegado en el parabrisas de un coche errabundo. 

Finalmente, cuatro o cinco paradas más adelantes, logró desplazarse arrastrándose por los laterales del vehículo hasta lograr entrar en el autobús. El conductor no le dijo nada, pero le indicó con los ojos que podía comprobar el interior del autobús si así gustaba. Esteban no se lo pensó dos veces, y con una profunda ansiedad y un inmenso temor, buscó con loco frenesí mirando a cada pasajero, inspeccionando cada rincón, e inclusó asomándose bajo los asientos pues si veía algo. Pero no, su mujer no estaba en ningún lado, al menos dentro de ese vehículo. Sólo pudo ver a un par de ancianos arrugados, a una joven anoréxica y algunos chicles de menta y de fresa bajo los asientos, pero ni rastro de su mujer.

En tanto que Esteban hacía esta inspección, el conductor continuó haciendo el trayecto acostumbrado, y cuando ya estaba a punto de comunicarle que quién buscaba no estaba ahí, mirando de soslayo por las ventanas pudo contemplar un espéctaculo de violencia exagerada. Todas las personas estaban devorándose unas a otras, había sangre por todos los lados, desde por las calzadas hasta en los arrapos que vestían aquella gente de ojos exaltados, de locos devoradores de carne humana. Además, corrían a tremeda velocidad para atrapar a sus presas en sus garras, tan veloz corrían que al poco el mismo autobús fue alcanzado, que ya paraba en la siguiente parada. Ahí, tras el metacrilato de las ventanillas pudo contemplarse como una serie de mujeres despojadas de ropa y de semblantes furibundos, entraban a tropel mordiendo las yugulares de todo aquel que se interpusiera en su camino, inclusive el conductor que no tardó en verse reducido a un cúmulo de despojos, tal era la ferocidad con la que aquellas mujeres asalvajadas le hincaban sus dientes desgarrando su carne que ahora se asemejaba al flan.

Por suerte, Esteban logró salir sano y salvo debido al uso de la salida de emergencia como un salvoconducto, y corriendo como un loco transtornado después de lo que sus ojos habían visto, acudió a una base militar que se encontraba en medio de la nada. Una vez ahí, le proporcionaron un helicoptero que le llevó a un cuartel de la policía que estaba bastante lejano de aquel lugar. Mientras sobrevolaba tales parajes, vislumbró una serie de hogeras dispersas en los campos desiertos, e inumerables incendios en las zonas urbanas, lo que atestiguaba que toda aquella gente desquiciada se había hecho con el control de toda la civilización mínimanente respetable. Sí, sin duda estaban todos locos.

Después de una espera que se le hizo eterna, un par de horas quizás desde una percepción intuitiva del tiempo, un agente le atendió para indicarle que su hijo se encontraba a salvo en una base militar que estaba en X lugar, y que respecto al asunto de la desaparición de su mujer, le iban a derivar a un equipo de investigación experto en ese tipo de asuntos. Dándole un pequeño empujón en uno de sus hombros, le llevó por un sombrío pasillo que daba a una puerta destartalada y cargada de pegatinas con mensajes que no lograba comprender.

Cuando pasó el umbral de la puerta, se encontró ante un despacho confortable que casi parecía el de un ministro. Por lo visto, su asunto lo iba a llevar una investigadora privada que respondía al nombre de Eloísa. Se trataba de una mujer bastante alta, con unos ojos azules muy fríos y con una melena rubia muy larga que le llegaba hasta el vientre según podía ver. En cuanto Esteban se sentó, le indicó que su caso era cuanto menos complejo, y que hallar alguna pista de su desaparecida mujer le llevaría bastante tiempo, si es que después de todo el proceso lograba saber algo. Sin embargo, esbozando una pícara sonrisa, y quitándose los botones superiores de su camisa rosa, le susurró con un tono seductor que en tanto que buscaban pistas de su mujer ella podría sustituirla de mientras, en todas las tareas que él pudiera imaginarse.

Perplejo, con la mente cargada de bruma como aquella vez que salió de la universidad en compañía de sus amigas antes de conocer a la que sería su mujer, pensó mientras contemplaba el desnudo de aquella escúltorica mujer: Nada en este mundo tiene sentido.