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sábado, 22 de noviembre de 2025

La Máquina

 Desde el comienzo de la humanidad los hombres han contado historias, algunas de ellas servían de utilidad inmediata, mientras que otras participaban de una imaginación exarcebada que también servían a la comunidad, en tanto que otras de tan imaginativas suponían un excelso goce de los sentidos. Me imagino que los primeros seres humanos se reunían al atardecer alrededor de una hogera para escuchar a sus mayores, los cuales les contaban las historias más disparatadas a la par que interesantes, embelesando a la audiencia mientras que los reflejos sombríos de las llamas recorrían la zona. Los vislumbro en mi mente adoptando unos gestos espérpenticos alzando sus brazos a un lado y a otro, en tanto que sus semblantes acompañarían el ritmo de sus palabras, alzando las cejas, abriendo la boca exageradamente o poniendo muecas que llevasen el hilo de la historia hasta su culmén apoteósico.

Con el tiempo, estas historias alimentadas con la fantasía y la enseñanza vital, fueron volviéndose más sofisticadas y complejas con la llegada de la escritura. Y mucho tiempo después, llegaron a su plasmación mas elegante de la mano de la imprenta y su rápida difusión. Así, todas las gentes lograron adoptar sumas vidas en una sola, recorrieron con los ojos y la imaginación los más extraños parajes, vivieron más allá de los estrechos limites de la propia experiencia y se elevaron por encima de circunstancias y problemáticas mundadas para luego descender a sendos microscosmos que en la medida que iban leyendo se iban expándiendo, e incluso comunicando entre sí, hasta formar un universo tan completo y complejo en su totalidad que iba más allá de la mera facultad intelectiva.

Yo mismo, desde mi más tierna infancia, me sentía atraído por las historias. Incluso cuando todavía no sabía leer ni escribir del todo bien, imaginaba mis propias historias con mis propios personajes, deleitándome en mi mundo de fantasía. No sé cuando empezó esta necesidad, pero ya desde el colegio sentía un impulso interior que me llevó a contar estas historias a los demás, e iba añadiendo detalles, afinándolas y complejizándolas en la medida que las palabras adoptaban sonidos articulados y cada vez mas complejos que salían en profusión de mi boca como las flores con la llegada de la primavera. Al principio, los adultos calificaron estas historias con el término de "mentiras". Yo no entendía qué era una mentira, mas como me lo decían mucho, llegué a la conclusión que para ellos las mentiras eran aquellas cosas que no se acomplaban a su esquema de la realidad tan limitado a los sentidos cual los cercos que separaban unas casas de las otras.

Ya cuando era un adolescente y me encontraba encerrado en aquella cárcel que viene a denominarse el instituto, acompañado de un boligráfo y de un cuaderno desvencijado con las esquinas rotas, comencé a escribir estas pequeñas historias no exentas de cierta coherencia, aunque con un trasfondo fragmentario, como de algo que no estaba del todo completo. A menudo me distraría de las bravuconadas que exclamaban los profesores subidos en su púlpito autoritario, y como sus historias me parecían de lo más anodinas y tan cercadas por el pensamiento que se limitaba a examinar lo que tenía ante sus ojos, prefería seguir escribiendo mis propias historias, puliéndolas hasta que quedaba medianamente satisfecho.

No sé cómo, pero al final logré salir de ahí pasando todo aquel trámite administrativo que recibe el nombre de asignaturas sobre el papel, llegando así a una carcél menos estrecha y que me dejaba respirar un poco más, que tenía esculpida la palabra universidad en un edificio imponente. Ahí también seguí escribiendo historias, y las doté de un cierto encanto poético en la medida que muchas de ellas tenían una estructura simbólica y metáforica, a la par que las animé con un espíritu más laberíntico de tal manera que poco a poco me fuí animando a escribir mas y mas hasta que llegó un punto en el que tenía una buena recopilación, con la que me sentía mas o menos orgulloso. Al igual que durante el instituto, aquí también desoía de mis maestros para escribir historias, aunque reconozco que más de una vez levantaba mi antena de soslayo porque algunas de las cosas que decían adoptaban un poco mas de abstracción, lo cual suponía a la larga un empujón para que mis historias se elevasen mucho más allá de sus posibilidades.

Cuando ya acabé con aquel segundo trámite administrativo, decidí dedicarme por entero a la escritura. Incluso adopté gran cantidad de seudónimos para que el nombre del autor acompañase al espíritu de la historia, algunos de ellos eran espérpenticos, otros elegantes, algunos otros bastante elaborados y ya otros simplemente excéntricos. Mas lo importante eran las historias, las cuales iban volviéndose con el paso del tiempo en mis únicas compañeras durante esta vida. Entre mis lecturas y las historias que yo mismo escribía me encontraba acompañado por los más sutiles personajes, desde caballeros de otras épocas, hasta damas que habitaban otros planetas, e incluso algún que otro sombrío personaje que habitaba un continente perdido, u otra dimensión. La gente decía que me encontraba encerrado en mí mismo, que no iba a prosperar como siguiese así, empeñado en habitar el excelso universo de la literatura, pero a mi poco me importaba, insistía en proseguir el camino que yo mismo me había trazado gracias a la pluma. Es verdad que no había logrado mucho éxito efectivo en el mundo, mas sobre el papel yo me figuraba una especie de heróe como en épocas anteriores lo eran aquellos tipos tan duros que se retaban a duelos por amores imposibles.


Pero entonces todo se volvió más oscuro porque apareció La Máquina. Aquella mole invisible, esa estructura inmensa aunque abstracta cuyos creadores y seguidores consideraban más inteligente y capaz que los mismos hombres que la habían creado. Una vez que apareció aquella Máquina intangible y sútil como todo lo étereo todas las gentes empezaron a rendirle una especie de culto como si fuera un nuevo dios que había venido a redimirnos a todos. Aquella cosa parecía hacerlo todo bien y muy rápido, era un mastodonte que podía acometer cualesquiera empresa realizándola de tal forma que a ojos de los hombres todo lo que hacía era impecable e insuperable. Desde el principio yo desconfiaba de todo lo que hacía la Máquina, todo aquello me parecía artificioso a la par que vulgar, sólo veía en todo eso un montón de combinaciones variadas y extravagantes, pero en suma nada que valiese realmente la pena. Así lo hice notar en mis historias de una forma un tanto velada, mas las personas ni escucharon ni mucho menos entendieron, y continuaron adorando a la gran Máquina.

Lo peor de todo y lo más triste para mí fue el contemplar como esta Máquina comenzó también a escribir historias, las cuales eran a mí parecer un conjunto de tópicos y de estructuran narrativas que que sólo servían para aletargar la mente, pero a los hombres les parecían maravillosas, mucho mejores a las historias que escribieron sus semejantes en el pasado, y todavía mejores incluso que lo que escribían sus congéneres en el presente, incluyendome a mí mismo en la ecuación claro está. Entonces aparecieron muchas gentes con nombres y seudónimos absurdos que se sirvieron de la Máquina para que esta les escribiera sus historias, ganando dinero con ello gracias al aplauso de un público inculto. Yo, personalmente, en esa tesitura, seguí insistiendo en la escritura de mis historias, a la par que criticando y haciendo notar mi negativa a la vacua imaginación de los que utilizaban la Máquina, mas el ruido que provocaba esta era tan inmenso y su ritmo tan frénetico dando a luz páginas y más páginas de aquellas artificiosas historias, que poco importaba lo que yo decía, puesto que todo acababa sumido en el olvido.

Parecía que cada vez la Máquina era más grande y poderosa, y digo parecía porque a esta no se la veía, e imaginarla era tarea díficil. En mi caso, la vislumbraba como una mole de gélido metal inmensa, con sus circuitos por doquier y unos cilintros que harían de ventiladores aquí y allá, alimentando su expansión como las estremidades de un insecto. No la podía observar, pero con el tercer ojo que se ocultaba en mi frente, la contemplaba a través de los ojos de los demás que siempre estaban prestando atención a lo que esta les indicaba, como también cuando alzaba mi mirada a los cielos, creía ver de soslayo su maligna presencia incluyendo de la sociedad cual leviatán. Había veces que procuraba ignorarla lo máximo posible, mas en otras ocasiones, no podía evitar alzar mi brazo e insultarla, tanto en mis escritos como en la vida cotidiana.

Con el transcurso del tiempo la influencia de la Máquina era todavía mayor, en sus comienzos resultaba hasta graciosa aparentando cierta humanidad programada, mas cuando ya comenzó a creerse que inventaba historias, el asunto se tornó más serio. Pero esto fue cada vez a más, ya que como todos prestaban atención a todo lo que esta indicara, y estaban como embebidos de su presencia intangible e influencia en la sociedad ausente, esta logró manipular a todas las gentes con su apariencia de ciencia y empezó a decidir por los humanos en asuntos tan espinosos como lo sería la política, la economía mundial e incluso en el sistema legislativo. En suma, la Máquina terminó expandiendo su influencia a todos los ámbitos, replegando el actuar del pensamiento humano al estrecho limite de su mera contemplación, por eso las personas siempre andaban como atontadas, siempre pidiéndole a la Máquina que hiciera cosas por ellos, no dándose cuenta con ello que en la medida que la Máquina les ofrecía sus propias respuestas a todos los enigmas, estos eran cada vez menos resolutivos hasta que acabaron en la inutilidad completa.

En tanto que el mundo entero se precipitaba al abismo, yo seguía escribiendo mis historias, y aunque nadie me prestaba atención ni me leía, llegó un punto en que las escribía cual si fuera un acto revolucionario, como una acción que buscaba contrarrestar el poderío que le estaban concediendo a la Máquina. Pasaba largas temporadas encerrado en casa, intentando ganarme la vida como podía escribiendo historias, y como no ganaba ni un céntimo, tiré de los ahorros que tenía para insistir en el sendero del escritor manual, aquel que no usaba de la Máquina y que sólo se tenía a sí mismo y a sus propios recursos. Pero una noche, repentinamente, noté un escozor tremendo en el estómago. Al principio no le dí demasiada importancia, mas según se iban sucediendo los días, lo que comenzó como una sensación incómoda fue mutando hasta convertirse en un punzón insoportable hasta que llegó un punto en el que el dolor me impedía respirar con normalidad. No me quedaba otra, el asunto era tan grave que debía acudir al médico.

Así que fuí, y obviamente me atendió un esbirro de la Máquina, puesto que los médicos-personas ya no eran necesarios en la sociedad, hasta ese extremo había llegado el culto que le rendían a la Máquina. Pero en estas, el sucedáneo de la Máquina me examinó con sus téntaculos artificiales y mecánicos, y desde en una pantallita adornada con una sonrisa me indicó que tenía un enorme insecto en el estómago. Este se asemejaba a un escorpión cuyas patas como agujas se encontraban incrustradas al rededor de todo mi interior, así al menos lo ví en la radiografía que me ofreció aquel frío robot. Cuando le pregunté qué podía hacer, no me dió salida alguna, pues me indicó que si se retiraba aquella cosa de mi estómago, lo desgarraría y moriría al instante. Tan atenazada estaba a mí que ya sólo el mero acto de retirarla suponía mi sentencia de muerte. Como no podía hacerse otra cosa, me marché de ahí con las manos enterradas en los bolsillos, y mientras me iba, el esbirro de la Máquina dijo a través de sus altavoces que tarde o temprano aquel insecto mecánico acabaría por destrozarme interiormente hasta causarme la muerte, y que esta sería lenta y dolora. Ante tal noticia, suspiré y me marché.

Cuando llegué a casa, me senté enfurruñado en el sofá, y con los brazos rodeando y apretando la zona donde el insecto robótico se encontraba, maldecí a la Máquina porque estaba seguro que esta era la que me había insertado aquella cosa en el estómago, la cual ya se situaba justo en la boca del mismo. No resultaba extraño, pues ya me habían llegado noticias veladas por el gobierno dirigido por la Máquina en la que se contaba que casualmente todos los desertores de la misma cogían extrañas enfermedades, y morían de manera igualmente extraña. Estaba seguro que la Máquina había descifrado -que no leído- mis historias con sus códigos, y que por tanto había descubierto que yo no era afín a sus seguidores, y mucho menos a sus planes. Por ello, aquella noche en la que sentí aquel punzón incómodo, esta de algún modo me había implantado aquella cosa nacida de su maquiávelica invención, y que días después, animada por su espíritu malvado tendente a la tortura y el dolor, lo había estado programando para que este fuera comiéndome por dentro y haciéndose más grande en mi interior ¡Maldita seas, pútrida Máquina!

Sin embargo, aunque vaya a morir más pronto que tarde, aquí seguiré escribiendo mis historias y revelando mi verdad a todos aquellos seres humanos que sigan valorando el trabajo intelectual e imaginativo de los hombres. Y pese a que el insecto mecánico es cada vez mas grande y mis organos cada vez más pequeños, no cejaré en mi empeño de escribir historias hasta el final de lo que será mi efímera vida. Yo podré morir, pero mis historias aunadas con el pánorama universal de todas las historias seguirán flotando al rededor de aquel macro-cosmos de las fantasías engendradas del corazón de toda aquella persona que se haya inclinado para escribir sin usar de la Máquina. Y mientras me sangra la boca por las agujas de hierro de aquel engrendo artificial, cayendo por mis comisuras una sangre que es mas negra que roja debido a la cangrena cáncerigena que produce el escorpión mecánico, yo os digo que mas vale morir con dignidad que siendo sumisos a la máquina, que merece la pena insistir en....

(Aquí se corta el manuscrito hallado recientemente por la Máquina en una casa abandonada en los suburbios, justo al lado de un cadáver que ya llevaba largos años en descomposición)

domingo, 16 de marzo de 2025

La maldición de la belleza

 

Rendir las debidas cuentas con la belleza, y admirarla cuando esta se presenta es algo tan natural como loable. Sin embargo, a menudo ocurre sobre todo en nuestros tiempos, que tenemos una concepción de lo bello tan idealizado y pendiente de los canones estéticos actuales que lo que comienza siendo hermoso termina volcándose en algo horrible, e incluso terrorífico. Hoy día se piensa que sólo lo artificioso, lo irreal y lo meramente aparencial es lo bello, mientras que lo natural, lo esencial y lo real es algo que hay que desechar como sea. Obviamente con una perspectiva así de la belleza estamos tan errados como quién considera un estanque el océano.

Algo semejante le ocurría a Olalla, una joven cuya obsesión por la belleza alcanzó unos límites casi enfermos. Y lo peor, esa insistencia con lo bello no se resolvía en una suerte de búsqueda de la misma o de admiración incondicional, sino que se concretaba en su propia persona. Era cierto, por otro lado, que era una muchacha muy hermosa y cuya belleza coincidía paradójicamente con los canones estéticos de su tiempo. Además, siendo joven esta belleza se quintuplicaba tomando en cuenta que este es el único patrón respecto a lo bello que se atiende hoy día. Debido a esto, la sola contemplación de esta joven producía en quienes la veían de soslayo un estremecimiento interno, en los hombres deseos de llevarla a su alcoba y en las mujeres envidia. Incluso ella misma se sobresaltaba cuando se veía reflejada en algún lugar, produciéndole una alegría que no entendía de calificativo.

Muchas veces pasaba las horas muertas contemplándose en el espejo completamente embelesada de su propio reflejo, admirada de tal grado de hermosura y juventud. Mientras jugaba con sus rizados cabellos y hacía muecas coquetas, no podía evitar despojarse de sus atuendos y quedarse desnuda ante el espejo. Era entonces cuando realizaba movimientos tremendamente seductores alzando sus brazos cual si agarrase invisibles cadenas, entornaba sus labios dejandolos entreabiertos como si exhalase ambrosía o jugaba con sus senos que eran impolutos sin importar la perspectiva desde la cual se mirasen. Sin duda, su aspecto físico era un prodigio de la naturaleza que por fortuna coincidía con la concepción de la belleza que había en sus tiempos. Ella era consciente de esta ventaja con la que había nacido y la explotaba cuanto podía en su día a día.

Sin embargo, un día en tales largas inspecciones se dió cuenta de algo que no había estado ahí al menos el día anterior. Por lo visto, sobre una de sus mejillas, concretamente donde se sitúan las ojeras cuando no dormirmos bien, había una horrible arruga que aunque imperceptible en una mirada superficial, sí resultaba visible si uno se fijaba con atención. No pudo evitar lanzar un desarradable alarido en cuanto lo vió, estremeciendo a su guapo y fornido novio Darío que acudió para comprobar qué era lo que estaba ocurriendo. Cuando se lo contó, este no pudo evitar estallar en carcajadas, lo que ofendió tremendamente a Olalla tanto que le echó de casa con una ira inmensa.

"Bueno -pensó- nada que no puedan arreglar unas cuantas cremas" Y así lo hizo, embadurnándose la cara con un frenesí enfermizo. Con tan gran maña se aplicó las dichosas cremas anti-envejecimiento que sin quererlo se hizo algunas heridas. Lo cual le frustó todavía más, teniendo así que reiniciar el proceso otra vez. Le llevó unas cuantas horas arreglar aquello, mas tras insistir quedó lo suficientemente aceptable para salir de casa. Con un suspiro de alivio y media sonrisa se encaminó sin pensarlo dos veces hasta un centro comercial de ropa de marca para comprar todo aquello que se le encaprichase aquella tarde, eso solía hacer cuando se sentía mal debido a algún inconveniente. Y como jamás tuvo uno semejante relacionado con su aspecto, aquel día gastó más de lo debido en ropa, maquillaje y joyas caras.

Una semana después aproximadamente durante su expedición matutina, se encontró con que tenía una serie de arrugas de expresión que le surcaban la frente. Aquello era demasiado para ella, no podía tolerarlo así que además de aplicarse una serie de cremas de farmacia evitó de ahora en adelante de expresar cosa alguna con su semblante. Mas esto no evitó que algunas semanas más adelante se encontrase con mas arrugas de expresión, esta vez en las comisuras de tus labios. Sí, en aquellos labios que los hombres siempre buscaban besar ahora se convertían en los labios de una prostituta cuarentona que se vendía por veinte euros la hora, así pensaba ella en aquellos momentos de desesperación. Mas aún entonces, las cremas eran unas aliadas indispensables que hacían lo que podían siempre y cuando se tuviera dinero para adquirirlas.

No obstante, ni sus aliadas más confiables ni su dinero ganado en modelaje pudo salvarla de que un mes después de aquellos horribles acontecimientos, se formasen las dichosas alas de murcielago bajo sus brazos antes tan tersos y suaves. Aquello ya sí que era intolerable, tenía que hacer algo rápido antes de que fuera todo a peor. Así que sin pensarlo dos veces pidió cita en un famoso cirujano, de estos que cobran varios ceros a cambio de las más milagrosas transformaciones estéticas. Se sometió a sus consejos y a sus intervenciones, quedando reluciente aunque artificial, por lo menos durante algunos días... Pues sin saber cómo ni cuando, exactamente una semana después de su recuperación de las operaciones, volvieron a aparecer aquellas señales de envejecimiento que tanto pavor le causaban.

Finalmente, decidió consultar a su médico privado de cabecera sobre su caso, el cual no le parecía ni medio normal tomando en cuenta su juventud. Este le derivó a diferentes especialistas expertos en diversas partes de su esculpido cuerpo para que la hiciesen pruebas y dictaminasen qué demonios estaba ocurriendo. En tanto que estaba a la espera de resultados, fue dándose cuenta de otras señales en su cuerpo que no le gustaban de modo alguno. Como por ejemplo que una tenue papada comenzaba a asomar bajo su barbilla, o que la piel de naranja recorría sus muslos antes tan bien sostenidos en su sitio, y lo que era peor, veía como sus hermosos senos caían vertiginosamente como si fueran dos pequeños sacos cargados de patatas. Para evitar tal horrorosos resultados usó de todas las artimañas que se le pasaban por la cabeza, usó cremas, maquillaje en exceso e intervenciones estéticas para mejorar aquel desastre. Pero todo era en balde, al poco tiempo aquellas imperfecciones retornaban a aflorar.

Y cuando se encontraba en un frenesí desesperado de locura debido a su situación, recibió una llamada de su médico que le dijo que las diferentes pruebas ya habían dado resultados y que debía acudir aquel mismo día para hablar con él. Sin pensarlo dos veces, Olalla se arregló lo mejor que pudo y tapando sus imperfecciones con premura, salió escapotada del lugar evitando que la gente de la calle se diera cuenta de su presencia. Para ello, se pusó un sombrero de ala ancha, a la par que un vestido negro lo suficientemente suelto para que nadie se percatase de la paulatina caída de sus senos como tampoco a la extraña cuvartura que estaba adoptando su antes altanera espalda.

Ya frente al médico, que traía consigo una cara de preocupación resignada, este le espetó bajando y subiendo los hombros con consternación:

- Los diferentes resultados de los analísis no han alumbrado anomalía alguna. Por lo visto, usted se encuentra en perfectas condiciones. Es decir, está estable como corresponde a una persona de salud normal. Sobre lo otro... Yo diría que sufre de envejecimiento acelerado. He estado consultando a algunos colegas, y finalmente he optado por derivarte a un conocido especializado en estos temas que quizás pueda ayudarla, aunque tampoco tenga la garantía de que se llegue a un resultado definitivo.

Olalla, con los ojos como platos, no supo ni qué decir porque no podía creerse en la situación en la que se encontraba. No entendía anda, mas de forma casi mecánica aceptó la tarjeta de recomendación que le ofrecía su médico y salió de ahí sin despedirse tan siquiera. Pero en cuanto se refugió en su lujosa casa, comenzó a liberar una serie de alaridos angustiosos que hubieran provocado espanto a quién los hubiese escuchado, aunque fuera de soslayo. Menos mal que ventanas y puertas estaban insonorizadas, porque de lo contrario algún vecino hubiera llamado a la policia.

En ese angustioso momento, Olalla comenzó a rasgarse las ropas con desesperación. Poco le importó lo que estas le costaron, un asunto así que antaño hubiese sido trascendental pasó a un segundo plano. Contemplándose en el espejo, viendóse tan envejecida sólo podía golpearlo con sus puños hasta romperlo en distintos pedazos. Tampoco dió importancia a la sangre que comenzó a salir de sus heridas al pincharse con los cristales que volaron dispersos por la sala. Para ella, en ese instante, lo más importante era liberar su ira sobre sí misma y su horrendo cuerpo, lanzando insultos e imprecaciones cargadas de una furia que en su vida había cobijado en su delicado corazón. Cuando ya se cansó, se quedó dormida en el suelo de una desbaratada sala en tanto que lágrimas y sangre continuaban recorriendo su arrugado cuerpo aún en sueños que más bien serían pesadillas por entonces.

Al día siguiente, sin molestarse en arreglar algo que ya no tenía arreglo alguno, fue en busca del especialista en envejecimiento que le recomendó su médico. Sin embargo, en cuanto Olalla se presentó ante él y le expuso su problema con una voz quebrada por el malestar y la angustia existencial, este rojo como un tomate aguantó durante unos instantes una risa que pugnaba por salir. Sin poder evitarlo, explotó lanzando algunos fragmentos de saliva ante la desconcertada Olalla que nuevamente no sabía ni qué pensar hasta que este le dijo todavía riéndose:

- ¡Pero vamos a ver...! ¿¡Cómo voy a curar del envejecimiento a una anciana!?

Olalla, perpleja, contemplandose las manos con impotencia pudo comprobar que estas se encontraban surcadas por arrugas y venas hinchadas, y sin dar respuesta alguna a tal soez del doctor, fue al baño buscando un espejo para observarse a sí misma por vez primera en aquel día. Efectivamente, lo que pudo ver frente al espejo era una mujer de unos ochenta años que temblaba debido a un parkinson en desarrollo. Sus ojos vidriosos atestiguaban su sufrimiento en tanto que su boca abierta de donde se deslizaba un hilo de saliva era prueba suficiente de su propia sorpresa. No quiso ver más, no podía seguir mirando la pesadilla de la que ella no se limitaba a ser una participante, sino que más bien era la protagonista a la par que la victima. Entonces, gritando y lanzando exclamaciones de dolor fue corriendo como pudo por los largos pasillos hasta salir de la calle e internarse en su lujoso hogar. Probablemente los transeúntes que se encontrasen con ella pensarían que esta tendría algún tipo de demencia senil.

                                *  *  *

Al tiempo, Dario el guapísimo novio de Olalla, bastante preocupado debido a la desaparición de su hermosa pareja, decidió visitarla ya que llevaba tiempo sin saber de ella. Ante la puerta llamó insistentemente, y como no respondía pensó que quizás estaría dormida. Menos mal que guardaba unas llaves de la casa para emergencia de esta indóle, así que introdujo las mencionadas llaves y entró a la casa. Lo primero que le sorprendió fue el desorden del lugar. Por todas las salas y pasillos había un montón de papeles, envoltorios y ropas ajadas dispersas por el suelo de manera azarosa. Inspeccionando vió que la mayoría de cosas provenían de productos y medicinas relacionadas con el cuidado de la piel ante las señales de la inevitable vejez. Aquello le sorprendió, mas recordando el último episodio que tuvo con Olalla en esa misma casa, pensó que aquello era producto de alguna crisis femenina motivada por la menstruación quizás.

Mas, otra cosa que le sorprendió y a la que no pudo encontrar una posible explicación como en el caso anterior, fue a que si bien esa casa era de construcción moderna, ahora parecía que habían pasado largos años debido a la gran cantidad de polvo que se encontraba por doquier. Hasta los muebles, antes recíen comprados e impolutos mostraban señales cual si la pátina del tiempo se hubiese obcecado con ellos especialmente, dejándolos como muebles en exposición de algún rastro de antigüedades. Sin embargo, no dejó que tales divagaciones perturbasen su hermosa mente ajena a preocupaciones, y continuó buscando a Olalla inspeccionando estancia tras estancia.

Cuando ya se daba por vencido, escuchó de soslayo un ruido en una de las salas, lo que hizo que se encaminase hacía su procedencia con resolución. Y viendo una sombra deslizarse por la sala de un lado para otra, decidió encender la luz debido a que en toda la casa las persianas se encontraban cerradas. Pero, cuando vió lo que tenía ante su vista se quedó mudo. Se trataba de un ser de un color entre marrón y verdoso, completamente chapudo y que le miraba con unos ojos rojos desorbitados. Le caía una especie de baba amarillenta, y lo que parecían unos pechos le caían al suelo, arrantrándolos con cada uno de sus espaciados pasos. Cuando se percató de su presencia, se dirigió hacia dónde él estaba, cortandole así el paso. Y relamiendose los azulados e inflamados labios, lanzando un aliento maloliente que acompañaba a cada una de sus quebradas palabras le dijo en un español que costaba entender si no se prestaba la debida atención:

- Oh, amor mío... Te echaba de menos... ¿Preparado para una noche de pasión y de desenfreno? Bésame, aunemos nuestros cuerpos como si estos fueran uno solo...

lunes, 11 de noviembre de 2024

Pobre negro, o el hombre invisible

 Tanto los acontecimientos como las personas son pasajeros. Al igual que el tiempo avanza inexorable hacía nadie sabe dónde partiendo de un origen incierto, hay personas que simplemente están durante un determinado momento en un sitio, mas luego desaparecen sin dejar rastro de su paso como por embrujo. Al principio, todos recuerdan que efectivamente estuvo ahí, pero según el tiempo avanza, llega un momento que todos parecen olvidarse hasta que llega otro personaje que lo sustituye y vuelta a empezar. Siempre es lo mismo: un constante flujo con sus idas y venidas, acontecimientos y personas se turnan en este eterno devenir hasta que llegue un instante en el que todo se detenga para siempre. Quizás eso sea lo que equilibre la balanza cósmica, el hecho de que todos pasamos por este mundo y lo dejamos de igual forma cual si nunca hubieramos estado ahí.

Algo parejo ocurrió una buena mañana en la esquina de un supermercado que da con una salida de metro en Antón Martín, una esquina donde antes hubo mucha otra gente, la mayoría mendigos alcoholizados debido a sus desgracias, pero cuyo recuerdo ya sólo forma parte de la memoria universal de algún ente celestial. Ahí, justo ahí, en una esquina plagada de mugre y de cenizas de cigarrillos apagados con el agua de la lluvia, se aposentó un hombre. Se mudó con todas sus pertenencias, podría decirse que hizo toda una mudanza pues llevó consigo dos bolsas, cajas de cartón, un colchón que encontró en alguna basura y unas mantas desgastadas.

Cuando llegó, nadie pareció haberse dado cuenta. No recibió bienvenida alguna de sus vecinos, y quienes entraban al supermecado que tenía justo al lado rara vez se dignaban a mirarle. Eso le confería cierta intimidad, y a su modo de ver, cierta dignidad también porque repentinamente adquirió el súperpoder de la invisibilidad. Aprovechando esa nueva habilidad adquirida, se desplazaba pocos metros más adelante para hacer sus necesidades y dormía con la boca abierta en tanto que millares de personas entraban y salían del supermercado ignorantes tanto de su presencia como de su existencia en el sentido más literal de la expresión.

Pasaba sus días sentado como si estuviera meditando, con la cabeza mirando al suelo escrutando con los ojos el asfalto, mas con los pensamientos sobrevolando toda la zona, observando a los transeúntes que no le veían desde las alturas. Rara vez decía algo, y cuando lo hacía nadie le entendía. Hablaba un idioma de una complejidad que escapaba a la lógica aristótelica en tanto que emitía una especie de gruñidos y de aspavientos que parecían típicos de algún ritual de antaño. Los pocos mendigos que tomaron escaso contacto con él decían que provenía de la África profunda, algunos incluso se arriesgaban a decir que era de Nigeria o de Níger, pero debido a la ignorancia occidental en lo que se refiere a la geografía africana nunca quedó del todo claro este asunto.

Él tampoco hacía nada por esclarecer estos asuntos, era una tumba silenciosa que se había tomado muy en serio su papel de hombre invisible. No hablaba con nadie, y nadie hablaba con él simple y llanamente. Esto, claro está, fue durante los primeros tiempos en los que se aposentó en tal esquina, puesto que según avanzaban los días fue paulatinamente dejando de lado su mutismo místico, y comenzó a alzar el rostro para otear lo que había a su al rededor. Fue entonces cuando se percató de la presencia de tan número de gentes que recorrían la zona día tras día, saliendo y entrando del súpermercado, entrando y saliendo del metro, o simplemente yendo y viniendo de la calle. Su paso errático le causaba perplejidad, le tenía atormentado. En cierto modo le recordaba a su ciudad natal, donde la gente acudía y se iba en mareas sucesivas, siempre con un semblante cargado de espanto debido a la situación de su país. Motivo por el cual, el decidió largarse, desaparecer del lugar donde se había críado para reaparecer misteriosamente en una esquina olvidada en Antón Martín.

La gente especulaba, murmuraban rumores como la ardilla o la rata que mordisquea algo con paciencia, que aquel africano invisible llegó de las pateras. Nadie tenía del todo claro que era aquello, algunos decían que era una especie de crucero barato en el que un grupo de personas acudían desesperados para habitar los escondrijos del país, otros apuntaban a que se trataba de una especie de aventura en el par como ocurría en las leyendas y sagas antiguas, pero sólo los más intuitivos y avispados indicaban que se trataban de maderas, plásticos o hierros oxidados que flotaban en el océano, y que trasportaban con ellos a unos extraños personajes que pasaban de considerarse refugiados a inmigrantes. Este último estado permanecía inalterable por los siglos de los siglos, a pesar de haber vívido en un habitáculo durante generaciones, siempre se señalaría a esa persona como un extranjero, un inmigrante aunque hubiera nacido y se hubiera críado en susodicho país una vez que sus ancestros recorrieron la travesía marítima de las pateras.

Obviamente, nuestro hombre invisible no contó nada sobre este asunto. Esto sólo eran especulaciones del rumiar de las gentes, escasos comunicados que les llegaban desde diversas pantallas porque nadie lo había vívido en sus propias carnes. Sin embargo, en los ojos vidriosos que alguna vez decían más que las palabras, cuando una luna llena plagaba con su fulgor las calles de Madrid, un resquicio de las pateras parecían retornar a la memoria de nuestro protagonista ¿Quién sabe? Quizás durante aquellos instantes de la noche él recordaba aquella travesía en la que estuvo a punto de morir, puede incluso que los semblantes de todos los circundantes se transformasen en rostros de seres queridos, amigos y conocidos que jamás volvería a ver. Era durante esos instantes cuando el silencio del hombre invisible era más pesado y más profundo. Entonces, una voz del pasado acudía a su garganta, que se sacudía con frenesí en vías de liberar algo que llevaba enterrado en su interior desde hace demasiado tiempo. Así, pues, se levantaba repentinamente y comenzaba a cantar, dando palmadas para dotar de ritmo a su inhóspita canción, y cada vez iba alzando más la voz hasta acabar casi a gritos.


Cuando aquello ocurría, la gente se desplazaba, alejándose de su perimetro y le miraban con temor y sospecha, algunos incluso con un odio furibundo. Estos últimos eran quienes se molestaban en buscar, o en su defecto llamar, a algún agente de la policía para que impusiera su autoridad. Normalmente los policías nunca iban solos, lo hacían en grupo cual manada de hienas que encuentran una presa fácil tras haber sido advertidos por otros animales. Por primera vez, parecía que alguien se percataba de la existencia del hombre invisible, y le señalaba con su dedo índice en tanto que alzaba la voz para exigirle que se callase. Por un momento, eso dejaba asombrado a nuestro hombre, abría mucho los ojos con una sorpresa que iba mutando poco a poco en temor. Mas, sin saber por qué, eso no detenía su canción sino que la aumentaba. Quizás, de forma inconsciente, era una forma de espantar a los malos espíritus de la noche. Finalmente, los policías sacaban sus porras y empezaban a golpearle con saña y furia, del mismo modo al que sus progenitores lo hacían cuando ellos eran niños.

A la mañana siguiente, se sentía revivir cual si su cuerpo se tratase de una cáscara que hubiera permanecido vacía durante la noche, mientras su espíritu en viaje astral hubiera sobrevolado el inmenso continente africano, rastreando con su mirada espiritual aquellos lugares que le eran conocidos de su infancia, mas que al recorrer con sus alas espirituales el mar que separaba África de la península española, hubiera visto a otros que como él en el pasado se embarcaban en los azares marítimos. Esa imagen le despertó repentinamente, y un rayo solar atravesó sus almidonados ojos para que retomase conciencia de su yo corporeo. Cuando así lo hizo, se notó muy dolorido puesto que su cuerpo se encontraba magullado y plagado de moratones.


Para cerciorarse de todos los golpes que había recibido la noche anterior antes de su viaje astral, se levantó y contempló a sí mismo en un charco de agua estancada que había poco más adelante. Ahí pudo ver mas o menos su semblante que también se encontraba bastante machacado por los golpes de las porras policiales. Digo más o menos porque el susodicho charco estaba plagado de meadas, de ceniza de cigarrilos y de cagadas de palomas, lo que dificultaba que uno pudiera observarse en él con la debida nitidez. Por eso dió por perdido una indagación atenta de sus heridas, y se dirigió de nuevo a su mugrosa esquina acostumbrada.

Ahí se quedo sentado durante horas, inmóvil y sólo alzando la mirada cada cierto tiempo para observar cómo el sol iba atravesando los edificios hasta que llegara su ocaso. Antes del mismo, una moneda de cincuenta céntimos se posó sobre sus píes, y cuando alzó su mirada para averiguar su procedencia sólo pudo ver a una vieja arrugada que susurraba: "Pobre negro, pobre negro..." Hasta que se fué, o mejor dicho, desapareció puesto que su paso fue dejando una estela que poco a poco se iba transfigurando hasta que fue consumida por la noche que debido a la oscuridad reinante hizo de la existencia de la vieja un ente pasajero.

Y, de nuevo, la noche. Y otra vez a pensar, a recordar y a devanarse los sesos sobre imposibles que jamás retornarán. En esta ocasión, apoyó su cabeza magullada sobre el muro sucio de la pared, y mirando al cielo nocturno pensó acerca del campo de refugiados. Ese era otro de los lugares que participaba del cuchicheo de las gentes como ocurría con las pateras, y donde se daban varias hipotesis sobre su esencia. Parecía haber un consenso donde todos decían que eran lugares donde se reunían los supervivientes de las pateras, y ahí permanecían un tiempo incierto hasta que los llevaban a otros centros, y así sucesivamente. Nuestro hombre recordaba una serie de carpas azules desgastadas, gente riendo y llorando, todo a la vez, desesperados e incomunicados, donde no se comprendía nada pero que aún así había cabida para la esperanza. Luego, también recordaba que de ahí le llevaron a una pequeña carcel, donde la esperanza dió paso a la incertidumbre constante, lugar del que se escapó para atravesar kilometros y kilometros con sus pies doloridos y cargados de callos sobre el asfalto hasta llegar a Antón Martín.

Al tiempo, se enteró de que había unos lugares donde daban comida gratis. Sin embargo, con el tiempo supo que en algunos de estos lugares le pedían identificación. Cuando esto ocurría sólo sabía responder "Soy yo" a todas las preguntas, lo que ocasionaba que quién le atendía pusiera unas muecas raras y que diera a un botón tras haber hablado con una voz a través del telefono. Sabía que cuando esto pasaba tenía que salir por patas, porque ya aparecerían los policías con sus porras para pegarle, e incluso apresarle en otra grisacea y triste cárcel. En verdad agradecía que los policías de aquella noche sólo le hubieran pegado una paliza, y que se fueran dejandole ahí solo, porque si se lo hubieran llevado probablemente tendría que haber empezado desde el primer punto para terminar en la misma indigencia en la que se encontraba.

Mas, retornando al asunto de los lugares donde daban comida gratis, había otros donde no pedían identificación. Esos parecían ser llevados por unos tipos excentrícos que hacían una especie de desfile donde marcaban sus pasos con el retumbar de los tambores, y que tenían las estancias de sus hogares cargadas de alfombras y con unas deidades en sus paredes. En sus puertas se apiñaban sumos mendigos que se empujaban entre sí, algunos hasta gritaban frenéticos palabras inenteligibles pero que dejaban traslucir una mezcolanza de alegría porque no les pidieran identificación y de desesperación por el hambre que tomaba forma en sus estomágos rugientes. Algunos, incluso, impacientes comenzaban a dar puñetazos aleatorios en el aire, de los cuales algunos llegaban a los que estaban delante, lo que provocaba constantes peleas y disputas de las que nadie sabía a cuento de qué habían surgido.

No obstante, nuestro hombre pasaba de ese tipo de conflictos, hasta el punto que cuando le llegaba algún puñetazo gratuito lo aguantaba estoico, incluso le daba cierto placer cuando susodicho golpe le acertaba en una herida a medio curarse, o en un moratón que todavía contenía pus que entonces se liberaba en vías de coagularse, puesto que él se imaginaba que aquello era una especie de masaje. Pero, dejando de lado tales ensoñaciones de nuestro personaje, finalmente podía acceder a la comida. Esta se encontraba encerrada en un cartón reciclado, y tenía agujeros en la tapa para evitar que el vaho dejase la comida aguada. Normalmente esta comida era un arroz amarillento con un sabor muy fuerte, que en cierta medida recordaba a nuestro hombre a la gastronomía de su tierra natal, tan codimentado... Hum ¡Sabroso!

Con una sonrisa de oreja a oreja, regresaba a su esquina y se aposentaba sobre su carcomido colchón, espantaba a las cucarachas y a otros insectos de las mantas, y se tumbaba como un rey en su hogar. Sin embargo, esta sonrisa de momentánea satisfacción iba desvaneciendose paulatinamente según iban pasando los días hasta que adquiría un carácter indefinido, y su mirada que al principio estaba vidriosa de alegría, iba mutando poco a poco hasta que las lágrimas descendían hasta atravesar sus mejillas ¿Por qué lloraba? Nadie podía saberlo, quizás recordaba las penalidades que tuvo que pasar, o puede que también le desesperaba aquel extraño poder de ser invisible. Otras veces reía sin saber por qué, y su risa sonaba amarga en la distancia como el aullido de un lobo solitario que se había separado de la manada y que se había pérdido en la espesura de un inmenso bosque.

Así se sentía en cierto modo, pérdido en un bosque de edificios donde los espíritus recorrían errantes la noche, y que cuando la luz del sol coronaba la contaminación del cielo, se transformaban en seres pálidos de ojeras marcadas que no eran capaces de verle aunque mirasen en su dirección. Aquello, poco a poco, fue convirtiéndose en una pesadilla que se estaba alargando demasiado, su mutismo primigenio dió paso al enfado, el cual tenía como resultado que susurrase insultos dirigidos a la humanidad en su conjunto. Pateaba el suelo con un cabreo evidente para ver sí lograba formar un agujero lo suficientemente profundo que lo conduciera al infierno, puede que en tales fosos abismales la existencia fuera muy ardua, mas fabulaba con la idea de que incluso ahí no sería tan penosa como la que a día de hoy vivía. Por eso insistía en hacer de su desdicha una fuerza inusitada, con la potencia suficiente para llevarle al infierno que le habían contado los curas en su aldea natal.

Y para colmo de todo, una tarde apareció un tipo que hablaba con un acento muy raro y que comenzó a grabar toda la zona con una cámara. Su mera presencia le hizo sentirse muy cabreado, pero más lo estuvo cuando se acercó a él apuntando con el objetivo de su cámara. Se sintió un animal de circo al que estaban invadiendo su intimidad para el entretenimiento de unos espéctadores invisibles, así que se levantó y empezó a increpar al tipo señalandole con el dedo y amenazándole. El otro, no se quedó atrás y le respondió de igual talante, como si tuviera derecho a grabar lo que quisiera.

- Este es un espacio público, puedo grabar lo que me dé gana -dijo, y continuó- No eres ningún tipo de autoridad para decirme si puedo grabar o no, tengo derecho.

- Que te jodan, que te jodan, que te jodan... - le respondió nuestro protagonista en un frenesí de insultos- Vete a la mierda jo puta, que le den a ti y a tu madre. Vete a tu puto país, extranjero de mielda.

No sabía por qué dijo esto último, pero le salió espontánemanente de su alma de la forma mas natural. Cuando el otro se hubo ido, se sentó cruzado de brazos, todavía con las sienes palpitantes de la ira que le invandía. No comprendía la razón que se ocultaba, el por qué todo el mundo podía permitirse hacer lo que quisiera mientras que él no podía realizar el más mínimo movimiento. Las escasas veces que las gentes se percataban de su presencia siempre eran para amonestarle por una cosa u otra, a veces simplemente por existir y estar ahí en ese momento. A excepción de la vieja aquella que le había tratado con condescendencia diciendo aquello de "pobre negro" todos los demás sólo sabían o ignorarle, o recalcarle cuanto sobraba en este mundo.

Cuando se hubo calmado, y sus venas se habían temblado, comenzó a darle vueltas a lo que le había dicho a aquel hombre. No entendía de dónde habían nacido aquellas palabras, mas probablemente él mismo las hubiera oído por ahó, puede incluso que también se las hubieran dicho a él mismo. Aquel hombre tan poco educado que comenzó a grabarle sin su permiso era extranjero como él, provenía de otro lugar pero eso no le eliminaba de susodicha categoría. No era tan oscuro, tenía otro acento, otras facciones pero para los nativos del lugar seguiría siendo siempre un extranjero como le ocurría a él. Lo único que les diferenciaba es que uno vestía mejor y cargaba con una cámara, y que él estaba tirado en un colchón mugroso con la ropa agujereada de siempre. Mas, sin quererlo, él había tratado a ese hombre como los demás le trataban a él, y aunque seguía pensando que tenía la razón en aquella disputa que alteró por unos minutos toda aquella calle, el que tales palabras salieran de él le dejo más mudo de lo que acostumbraba a estar.

De repente, se derrumbó. Tanto que aquella noche no alzó su semblante para contemplar el fulgor pálido de la luna, y se quedó observando sus zapatos desgastados que ya estaban prácticamente inutilizables. Pudo vislumbrar a través de los claroscuros cómo era que salieran pepitas húmedas sobre sus pies, se preguntó la razón de la aparición de tales humedades ¿Estaría lloviendo? indagó en sí mismo, levantando la mirada por vez primera durante aquella noche. Pero no, estaba completamente despejado, no había ni una sola nube en el cielo.

Cuando sintió que aquellas humedades estaban esparcidas por todo su rostro, cayó en la cuenta de que otra vez estaba llorando. Tan acostumbrado estaba al paso de sus lágrimas, que se había inmunizado a su presencia, de ahí su perplejidad cuando repentinamente advertía que estaban ahí coronando su semblante y cayendo enloquecidas a su al rededor. Qué extraño era todo aquello pensó, y continuando su instrospección empezó a preguntarse si no se había hecho invisible para sí mismo también, si a tanto había llegado su poder que ya le estaba afectando a él mismo. Si así fuera, llegaría un momento en el que se desvanecería, porque quién no es observado por los demás puede vivir de algún modo, pero quien ya no es consciente de su propia existencia va dejando paulatinamente de existir, se va deshaciendo en su inexistencia hasta que se desvanece completamente cual si un huracán inmaterial le hubiera atravesado.

Y así terminó pasando, aquel hombre invisible perfeccionó tanto su poder que acabó por desaparecer totalmente. Ya nadie volvió a atisbarle por ahí, era como si al final el suelo se hubiera hundido y se hubiese caído al abismo de algún imaginario infierno. Al comienzo, los pocos que le vieron de soslayo se preguntaron hacía dónde había ido aquel hombre, mas con el tiempo incluso aquellos se olvidaron del asunto, y la efímera existencia de aquel "pobre negro" pasó sin pena ni gloria, inadvertida por los habitantes de aquel Antón Martín de Madrid.

Sin embargo, el que escribe esto sí que se acuerda, fue uno de los traseúntes que vieron la disputa entre el extranjero que grababa y el hombre invisible venido de África, y tal y como lo recuerda aquí lo deja por escrito para que aquellos que lo lean puedan hacer al menos durante lo que dure la lectura un poco visible a aquel hombre cuya existencia pasó inadvertida como la de tantos otros que viven en las calles, y que repentinamente y tal y como aparecen, desaparecen. 

sábado, 4 de noviembre de 2023

Sobre estética poética

 El mundo en su amplitud es un lugar vasto, cargado de detalles insospechados y de elementos que fácilmente pueden pasar desapercibidos. Por ejemplo, cuando admiramos un paisaje en su conjunto, tendemos a resaltar la grandeza de las montañas, la inmensidad del mar o lo extenso y profundo que es un tupido bosque. Sin embargo, a veces, quizás lo interesante no sea fijarse en lo que por su amplitud queda abarcado más allá de nuestra vista, sino a cosas pequeñas que están cargadas de significado, ya sea de forma personal o colectiva. Es decir, en el monte encontramos ciertos insectos que sólo hacen su aparición a la noche, y que están cargados de colores muy sugerentes, o en la playa una cigüeña se ha quedado posada sobre un risco cargada de majestuosidad, e incluso, no es raro que en algunos bosques nos encontremos con aves cuyo canto nos transportan a lugares que jamás pensamos que existían en los recovecos de nuestro corazón.

En este sentido, y a mi modo de ver, la figura del poeta se sitúa en una instancia intermedia, a saber: como todos, es capaz de reconocer aquello que se plasma en la mirada por todo lo que resalta, pero también y sobre todo contempla todo lo pequeño que hay en el mundo, encontrando una resonancia en su pecho que llega a identificarse tanto con el paisaje que llega un punto que no hay diferencia alguna entre lo que ve y lo que es, entre lo interno y lo externo. Ver el mundo así, para mí es tener una óptica poética de las cosas y de sus acontecimientos, algo que resulta un poco alejado a lo que se entiende hoy día por poético.


Actualmente, y teniendo en cuenta el sendero que sigue la mayoría de la gente, tenemos una concepción de lo poético acorde con unos tiempos donde se rinde constante homenaje a la velocidad, y donde el egoísmo y la vanidad son sus fieles acompañantes. No voy a negar que cuando se escribe poesía la subjetividad de cada uno es un elemento importante, como tampoco que en la medida en que se vive en una etapa histórica determinada, la poesía que se escriba va en cierta medida a reflejar "el espíritu de los tiempos" Mas tampoco tenemos que confundirnos, que se tengan estas dos cosas en cuenta no quiere decir que uno se rinda constamente culto a sí mismo poetizando sobre aquello con lo que sabe desde el principio que va a recibir el aplauso ajeno, de la mayoría de las personas que piensan que su manera de considerar la estética es la única válida.

Según yo pienso, el ejercicio poético va muy al contrario de esta concepción "tan moderna" defendida por tantas personas. Creo, que, poetizar es una suerte de ralentizar el tiempo hasta tal punto que nos quedaría una instantánea, que si llega a desplazarse, lo hace muy lentamente. Hacer poesía es capturar un instante en la medida que nos hace darnos cuenta de esos detalles que señalaba más arriba, llevando la mirada de la gente común hacía aquello que aparentemente pasa desapercibido. También considero, que si bien es cierto que la individualidad de cada uno dota de originalidad los versos, a su vez estos han de tener una suerte de implicación universal, algo que sea reconocible más allá de los tiempos y de las diferentes subjetividades. No quiero que aquí se entienda "universal" como univocidad, con un discurso único. Mas bien me refiero a un tipo de significación que vaya mas allá de las apariencias, que aunque parta de la imagen, la acabe sobrepasando mostrando algo que vaya mas allá de las propias palabras con las que nos servimos para escribir poesía.

La poesía, aunque se exprese con palabras, siempre deja algo latente tras su lectura, algo que se encuentra en las mismas palabras pero que no llega a confundirse con las mismas. Si nos paramos a pensarlo, un poema en su sentido estricto, es un conjunto de palabras cuya colocación hacen unos versos, y que se leen de una determinada manera que lo diferencia de la prosa. Mas, no obstante, tras esta apariencia se oculta un mensaje, el cual dependerá de dos factores principalmente: En primera instancia del poeta que lo escribe, y en segunda, del lector que lo lee. En cierto modo, uno ha querido dotar al poema de un sentido que sobrepasa las palabras que ha usado, y el otro al leerlo, encuentra un mensaje que quizás no se encuentra en el poema mismo, pero que él evoca de acuerdo a su formación literaria, como también a sus propios recuerdos. A esto me refiero yo con lo universal de la poesía, lo cual podría también denominarse "la naturaleza original de la poesía"

La lectura de la poesía se basa en la sucesión de imagenes, y a su vez, en lo que estas nos transmiten o nos retrotraen, lo cual podría ser desde impresiones, sensaciones o recuerdos, de ahí que tanto para escribir como para leer poesía, la imaginación es un elemento primordial porque partiendo del poema en particular, se nos lleva a una significación más alta y que lo sobrepasa. Se suele uno referir, además, de que la emoción es otro de los elementos a tener en cuenta cuando tratamos sobre poesía, y esto es cierto, mas tampoco se reduce a eso. Es decir, es verdad que la sensibilidad es lo que afina las cuerdas poéticas, pero también el pensamiento es el que las aúna. Se dá una combinación entre nuestros sentimientos y pensamientos, de forma que las imágenes que nos transmite la poesía tienen cierta coherencia desde la fáceta más formal del poema -ya sea más clásica, o experimentalista- y otra que es más sentimental y que proviene de la inspiración que sentimos tras un suceso de nuestra vida, o algo más general que acontece en nuestra sociedad.

Unas palabras sobre la inspiración que considero necesarias. En realidad, aquello que denominamos inspiración es algo que tiene un cáliz prácticamente místico en tanto que es algo que no depende de nosotros mismos, ni mucho menos de la práctica de ciertas técnicas. Es algo que muchos han querido vincular con la genialidad de cada cual, pero de lo que yo particularmente sospecho. No voy a negar que ciertos poetas tienen más espontáneidad que otros a la hora de componer sus poemas, mientras que otros necesitan de más tiempo y de meditación antes de emprender una antología poética, por ejemplo. Pero, aún con ello, me costaría mucho decidir cual de los dos es más genio que el otro. No sabría decir qué método es preferible, o si alguno está más vínculado con lo que se denomina un genio. Lo único que sé, es que con independencia de los métodos, hay algo que denominamos inspiración que no somos capaces de controlar ni de racionalizar, y que proviene de una significación más alta, que si se me pregunta, es la fortuna de entrar en el núcleo de las cosas, de la naturaleza, y que habría que vincular con el Tao, con aquel gran misterio que se infiltra en la tarea poética formando una combinación tal que si se estira puede hermanarse con el silencio.

Al final, cuando se compone un poema ha de darse una introspección en la que desde nuestro propio centro se llega al núcleo de la naturaleza misma, y en la que se opera en semejanza -pero a la viceversa- de cuando ese poema aún no tiene una plasmación concreta, que es a lo que me refería en el primer párrafo. Ahí es cuando uno cae en la cuenta de que no  hay diferencia alguna entre la propia persona y el mundo, o entre lo interno y lo externo, y precisamente por ello, tampoco entre inspirarse en el paisaje o en lo que uno mismo piensa o siente. Esa es la significación universal que con tanta insistencia he ido señalando, la unidad que acepta todas las particularidades poéticas para acogerlas en su seno, como también todos los tipos de genios, unos más acelerados, y otros mas pausados, pero al fin y al cabo, todos igualmente admisibles en tanto que sus poemas derrocan cualquier tipo de limitaciones fronterizas, tanto en el entendimiento como en la expresión de un sentimiento que se encuentra bullendo.

También quisiera dar unas notas a algo que considero de gran importancia, especialmente para la poesía, mas que también podríamos aplicarlo a la literatura en general. La estética entiende de un plano formal, pero este no debe reducirse meramente a sí mismo. Es decir, la estética poética tiene un trasfondo mucho mas allá del expresar la belleza mediante el ritmo en el caso de la poesía, las imagenes que nos evoca o lo que nos hace sentir cuando la leemos, y esto es el contenido de lo que cuenta aquello que leemos, que puede comprender de diversos trasfondos, ya sea una significación más filosófica, una implicación ética o política, e incluso, el narrar un determinado acontecimiento histórico del que se quiere dejar constancia por lo que fuere.

Por ejemplo, cuando pienso en la poesía clásica china, en los grandes poetas de la Dinastías Tang y Song, o mucho anteriores, veo que en sus poemas se va mucho mas allá de una adoración incondicional de la belleza. Esta se encuentra presente, pero, a su vez, también se nos habla de los sufrimientos de la gente debido a la guerra, de acontecimientos que ocurrieron en su tiempo, unos mas decisivos para la historia en general, y otros quizás mas anecdóticos, como también se nos poetizan reflexiones filosóficas y espirituales donde se nos habla de la condición humana o de los límites de nuestro pensamiento a la hora de entender el mundo. Es decir, se escribía mucho mas allá de la propia individualidad y de la belleza formal del poema en concreto. Además, tampoco hemos de olvidar la gran vinculación existente entre el ejercicio poético y la política que había en esos tiempos. La poesía tenía también una tarea que se vinculaba al propio gobierno, y jugaba un papel central a la hora de acceder a los puestos de funcionarios imperiales, hasta tal punto se valoraba la poesía que tanto la composición de poemas como el gusto estético a la hora de leer poesía de los antiguos eran requisitos necesarios para acceder a puestos del poder. Es más, se usaba de la poesía para enviarse correspondencia, para informarse sobre la situación del país, para repasar historia,  para acceder a la tradición de la sabiduría... Y todo a ello, a expensas de la prosa, a la que se consideraba un ejercicio vulgar y meramente ocioso, limitado a mera redacción de informes y de registros históricos que se combinaban con la poesía para dotarles de elegancia.

Teniendo esto en cuenta, a nivel personal yo me considero un esteticista declarado, mas tengo claro la tarea humanista que tiene la estética, y que esta se vincula con la sabiduría también. Si escribo poesía no es sólo para que quede bonito, sino sobre todo porque tengo algo que aportar al resto de los seres de este mundo. De lo contrario, el escribir poesía se reduciría a un mero entretenimiento ocioso, como pintar un paisaje que poner en el salón. Yo reverencio una y mil veces a la musa de la belleza, pero no puedo evitar pensar que soy también parte de este mundo, y como tal mi voz responde a tantas otras voces que nos animan a fijarnos en aquellos pequeños detalles que pasan desapercibidos, y que aumentan nuestro saber y nos hacen mejorar como personas. Siguiendo esta senda que me he trazado, considero que la estética poética ha de ser humanista en tanto que también es naturalista, reconocedora de las hermosuras de este mundo, así como de sus desgracias, que expresa los tristes sentimientos de la soledad, pero que también se reconcilia con la sociedad. Es como decía Lu Xun en su primera colección de relatos cuando en su prólogo menciona que lo que escribe son sus gritos para dar voz a los que no la tienen, sus gritos contenidos que se expresan en forma de palabras -o carácteres hanzi-, y que se liberan en la literatura como una vía de rebelarse contra la injusticia de este mundo.

En realidad, es imposible -además de desaconsejable- quedarse en el mero deleite estético, dejando de lado nuestro compromiso con nuestros semejantes y con el resto de los seres que componen la naturaleza. Obviamente, el factor estético es un componente harto importante para expresarnos, pero no hemos de olvidarnos de las voces que son acalladas, ya sea porque no tienen capacidad de habla o porque debido a sus circunstancias no tienen esa oportunidad de alzar la voz. Sería algo tremendamente nefasto el apartar de nuestra imaginería poética el hecho de que vivímos en un mundo junto a muchos seres de los que formamos parte, somos todos originados de una misma madre que nos dió origen, la cual no sólo se reduce a la belleza ¿Cómo iba a reverenciar sólo a una parte de la madre, cuando el resto de sus partes pese a encontrarse magulladas, son hermosas también en tanto que nos aportan algo?

Por último, quisiera indicir en una cosa más que antes he pasado de soslayo, y que sería la funesta manera en la que a veces se ejerce la literatura actualmente.  Algunos de los autores más vendidos, y que se encuentran en el negocio de la literatura, han pérdido esa vinculación introspectiva con el conjunto de los seres, y se mueven, con avaricia, solamente en busca de más fama, reconocimiento público y de dinero. No es raro encontrarlos diciendo bufonadas, llamando y consiguiendo la atención de una mayoría de la población bastante vulgarizada debido precisamente a la influencia de estos mentecatos sin corazón ni cabeza. Con esas actitudes sólo demuestran que no veneran a la literatura, sino el dinero que pueden ganar con ella. Y por eso, en parte, la literatura actual está en decadencia. Por escritores que no aman lo que hacen, lo que quieren es fama y poco más. No es raro encontrar a estos especuladores buscando influencia, yendose al lado del horno que más calienta para conseguir promoción y repercusión, produciendo unas obras carentes de la menor emoción, sin ápice de profundidad, y en suma, vacías, pero bastante aplaudidas por un gran número de ignorantes. Esto es bastante desalentador y deprimente, mas no por ello deja de ser verdad

Por suerte, siempre habrá pequeños hálitos de esperanza, leves iluminarias cargadas de valor que surcando un río plagado de malezas, se abrirán camino hacía nuevos mares. Quizás, en el tiempo presente, no se les preste ni la debida ni la merecida atención, pero confío desde lo hondo de mi pecho, que en el día de mañana se les reconocerá como las estrellas más brillantes en el panorama del cielo nocturno, mientras que aquellas otras luces artificiales acabaran por apagarse tarde o temprano, siendo relegadas al silencio y al olvido. No hemos de olvidar que en la oscuridad se esconden los más intensos resplandores, y que lo que ven nuestros ojos durante el día, no son otra cosa sino apariencias que terminarán por desvanecerse.

miércoles, 7 de julio de 2021

La gran fábrica

 - Bueno, ¿Tiene usted alguna experiencia laboral? ¿Qué habilidades tiene a la hora de encontrar un empleo?


La verdad es que no tenía ninguna, ni laboral ni de ningún tipo ¡Si me he pasado la vida encerrado en casa debido a mi miedo a los hombres! ¿Habilidades? ¿Cuales, además de leer avidamente las páginas de algún libro? Si se refiere a las que deben tenerse para llevar una vida ordinaria, carezco de todas ellas. Soy un tipo raro, taciturno y asocial ¿Eso es todo, no? ¿A quién le puede importar alguien así? A mí mismo no lo haría si fuera "normal", desde luego. Pero como tampoco he tenido muy en cuenta la opinión ajena, supongo que ya ha llegado un punto en el que me da completamente igual.


Vine a este horrenda oficina por presión familiar. Me decían que tenía que hacer algo con mi vida, que no podía seguir así. Para ellos "hacer algo con tu vida" se resuelve en tener un número impreso en un papel con el que poder colocarse en la gran maquinaria de la vida normativa, y dicho sea se paso, de la vulgaridad. Todos ellos son vulgares, y sin ápice de creatividad de algún tipo. Yo tampoco me considero alguien extraordinario en su sentido positivo, sino mas bien en el negativo. Mas aún con ello, he escrito algunas cosas que podrían considerarse "originales" Algo que todos esos monos de feria ni harían ni estarían preparados para entender.


Pero al cabo, aquí estoy: en uno de los epicentros de la gran fábrica de la banalidad y la estupidez. La sombra de este lugar no tiene nada que ver con la que se repliega en mi habitación, esta es mucho mas densa y satura, la otra es como una fina capa y libera ¿Será porque aquí abundan los ficheros, y en mi cuarto son las palabras de los muertos concretadas en los libros? No lo sé. Pero me estoy agobiando, y me cuesta respirar. No estoy acostumbrado a salir de casa, y cuando lo hago es para darme un paseo por el campo y pensar en mis cosas. Aquí uno no puede pensar, se deja llevar por climas que le son extraños como el enfermo terminal por los médicos en un hospital de la capital. Pone su vida en sus manos, y que sea lo que Dios quiera. En este caso, yo estoy poniendo en manos de esta gentuza mi porvenir fáctico, material, y que sea lo que el Diablo guste.


- Vale. Por los informes que figuran aquí, se trasluce que usted está cursando estudios universitarios... Bien ¿Algo mas que deba saber? - continúo diciendo la mujer tecleando con sus uñas postizas


Esta mujer me está poniendo nervioso, no se atreve ni a mirarme a los ojos. Me trata como si fuera un infra-humano, alguien que es digno de despreciar porque no ha aportado el suficiente dinero al estado. En cierta medida, soy una especie de disidente que ha usado de la indiferencia a modo de protesta. Mientras los demás se movían de aquí para allá de cara a mantener cada artefacto en su lugar y en marcha, yo me quedé en medio de la plaza con los brazos cruzados, y las piernas entrelazadas como si estuviera meditanto mientras leía poesía. Debido a ello, en cierto modo estoy acostumbrado a que me eviten la mirada, o en su defecto, a que me miren con desprecio. Yo, en cambio, les reto a todos ellos mirandolos a los ojos, susurrandoles aún sin palabras: "Yo he hecho algo de lo que todos ustedes son incapaces: permanecer quieto" Así les digo, y me río para mis adentros.


¿La universidad? Una porquería. Allí no había nada digno ni de valor que debiera aprenderse. Tan sólo está inclinada para hacer de nosotros seres humanos funcionales, para mantener viva instrumentalmente la gran fábrica de este mundo. En la medida en que uno va progresando en tal estructura secuencial aprende de cara al futuro a inmiscuirse en lo que vendría a ser la esclavitud laboral voluntaria. Así como ahí aplauden a los estudiantes con mejores clasificaciones, en el porvenir lo harán con los compañeros que tengan mejores sueldos. Esa carcel sirve como preparatoria para lo que será una vida de lo más vulgar y repleta de hastio, donde la única diversión que tendrá su hueco de un tiempo mal repartido se resolverá en un hartarse a cervezas en el bar con unos colegas apestosos, lo cual es otra de las cosas que ya se ven en las universidades cuando los estudiantes se emborrachan y drogan para que la superchería de los profesores se les haga mas liviana. 


Pero de todas maneras ¿Qué lección podría aportar yo de la vida si soy un perdido que mira con atolondramiento al abismo? Quizás sólo una: que todo es repugnante, y que por mucho que hagamos seguirá siendo así de repugnante. Hay veces que asomo la cabeza por la ventana, y me dan ganas de vomitar sangre al ver pasar a un transeúnte. Esa máscara de falsa felicidad en forma de sonrisa de complaciencia que portan todos ellos, ese gesto inercial con el que dan rienda suelta a sus pasos, ese moralismo barato e hipocríta con el que censuran a los demás, esa risita bochornosa con la que se ríen de estupideces, y tantas otras cosas mas... En fin, la resolución de siempre: todo es repugnante y seguirá siendo repugnante.


En esto sí que se podría decir que soy todo un maestro: en localizar lo nauseabundo de esta putrefacta sociedad. Podría añadirlo en mi curriculúm vacío, así habría algo interesante en que estos funcionarios estatales que sólo sirven para juzgar a los demás podrían fijarse. Ya me imagino los ojos como platos que podría esta mujer aburrida al verlo impreso en esta hoja carcomida. Lo más seguro es que se inclinaría para fijarse bien, y ver si efectivamente pondría tal cosa. Y al comprobarlo, se volvería a reclinar en su silla acolchonada, y lo guardaría en su memoria para contarselo a las cuarentonas de sus amigas. Se reirían a mi costa, mas lo que no sabrían es que yo también lo hago de todos ellos. Incluso ahora, he sonreído no para resultar amable, sino porque me cuesta guardarme mi risa ante la estupidez humana. 


- Y digame ¿Para qué puestos se encuentra verdaderamente cualificado? ¿A cuales aspiraría de menor a mayor según su criterio?


Y otra vez, de nuevo esa tonalidad de voz que parece sacada de un ordenador. Respecto a su pregunta sacada de un formularío barato, me atrevería a responder con una interrogación: ¿Alguien sabe realmente en lo que se encuentra "cualificado"? Yo diría que no, y quién responda en afirmativo miente como un bellaco. Todos mienten, me mienten a la cara y se desternillan de risa a mis espaldas. Pero ya lo sé, no pasa nada. Lo que sobrepasa castaño oscuro es este espéctaculo gratuito ¿Y yo tengo que fingir que sé de lo que me hablo? Lo siento, pero no lo pienso hacer. Antes muerto que ser como uno de esos cadáveres andantes. Aunque bueno, pensandolo mejor ha quedado un poco paradojica mi manera de expresarme, digamos mas bien que mi elección reside en: o bien permanecer muerto en esta catastrofica vida, o ya irme a la tumba directamente. Prefiero esta última opción. 


Cuando me obligaron a acudir a este lugar por imperativo social, tenía ciertos atisbos de lo que esta mala obra teatral y artificial pudiera ser. Mas todos ellos han resultado superados por la mediocridad -si en asuntos mediocres cabe hablar de algún tipo de superación- y han provocado que mis ácidos estomacales reverberen con aún mayor intensidad que cuando me asomo a la ventana de mi cuarto. Poco me importa resultar descortés o mal educado, pero la situación en su ámbito idóneo requiere de un buen corte de mangas, acompañando por un grito de desesperación, y marcharse volviendo las espaldas. 


Dicen de mí que estoy cargado de odio. Se equivocan. Es el amor quién me rechaza, y por ende, hasta el odio me evita. Lo que soy es indiferente, y aún así no puedo evitar quejarme. Estoy plantado entre medias de un muro insondable, y de vez en cuando profiero un pequeño sollozo debido a que las muescas están demasiado prietas. Sin embargo, siempre han estado así y siempre seguirán así por mucho que yo lance gemidos lastimosos, o refunfuñe entre dientes. Haga lo que se haga nada servirá, el mundo seguirá igual y mis lágrimas seguirán fluyendo con la misma cantidad. Y mientras tanto, lo único que variará será la decadencia de este mundo que irá en aumento. Espero, por lo menos, no seguir vivo para entonces.


Aún con ello, hay veces que no puedo evitar imaginarme situaciones en las que actuase cual soy yo en realidad, y me digo a mí mismo: "Ojalá fuese así... Ojalá pudiera ser mi auténtico yo en este reino de la desfachatez." Pero al final acabo por convencerme a mí mismo de que es imposible debido a tantos impedimentos externos, y a que la vulgaridad siempre gana en número como votos en las elecciones. Quisiera liberarme de estas ataduras, proferir palabras de angustia y seguir una senda aún no recorrida por nadie. Pero, ¿Cómo hacerlo cuando todo movimiento en este mundo viene resuelto para las gentes en dinero o en influencia social? Pareciera que hagas lo que hagas cuando te salgas de este esquema que ha sido preconfigurado, se produce la caída. Y así es, así todos caemos en el mismo abismo. Uno en el cual no hay grandeza alguna, solamente sombras y desdicha...


- Pues ya si encontramos algo que se adapte a sus necesidades le llamaremos.


- Gracias... -dije con un nudo en la garganta. 

lunes, 14 de junio de 2021

Exaltación de la belleza y diatriba contra sus adversarios

 Ninguno de entre los ideales mas elevados que a los hombres nos cabría imaginar y apresar en la sensibilidad se encuentra tan poco valorado como la belleza. A esta, se la tiende a deformar mediante recursos artificiales varios, e incluso, se la niega rotundamente en la mayoría de los casos por resentimiento. No sé cual de estas dos derivas es más perniciosa, ya que tanto el decoro estrafalario en demasía acaba por anular la esencia de la belleza -la cual, radica en su sencillez e impacto- como el dejarla apartada connota vulgaridad, y dicho sea de paso,  indica la propia fealdad de uno además de la carencia de buen gusto. 


A la belleza le repugna -y por ende, rechaza- a los que se procuran falsificarla con accidentes que no le atañen haciendo pasar lo que no es por lo que es, y también expulsa a su contrario -la fealdad- con una patada en el mentón directa al que es su mayor adversario, que es lo que debe hacerse. Mas, me temo que tal y como van los tiempos, estos dos factores en vez de minimizarse van a ir peor animados por ideologías varias. Las cuales, hacen de cada uno de sus movimientos conceptuales precarios, una suerte de manual contra-natura como si fuera un libro bastante mal escrito que nos indicara aquello que en modo alguno debemos hacer. 


Sobre todos estos deformes y desviados derroteros que se abalanzan con todo su mal sabor de boca y su horrendo aspecto encima de la belleza, aparecen otros que buscan a su vez aplacarla con el ejercicio de la palabra y señalando con el dedo. Es decir, la constante censura de los moralistas. La esencial diferencia entre un moralista y una persona moral radica en que la primera se pasa toda su existencia diciendo a los demás cómo han de comportarse de acuerdo a sus caprichosos pensares, mientras que la segunda siendo fiel a sus principios y valores le basta con moverse por el mundo de acuerdo a ellos, y sólo los aplica a otros cuando le piden consejo.


Debido a ello, estos moralistas contemporáneos se dedican a juzgar a la belleza como si esta se hallara en un tribunal. La denigran con una mirada cargada de maldad, y le piden razones acerca de por qué en ocasiones se muestra de tal o cual manera, y cuando la respuesta no les satisface, se cruzan de brazos, o adoptan la posición de la jarra. La respuesta de la belleza siempre suele ser el silencio. Esta tan sólo se atreve a alzar la voz ante los que conservan unos principios que nada tienen que ver con las mentes infantiles de los que están afiliados a partidos políticos o sectas, ya que ninguna palabra que sea conforme a sus vulgares manifiestos les será suficiente para quedar satisfechos. 


La belleza en lo que a los principios se refiere tiene su propia moralidad, tanto que cabría decir que es la muestra estética de la etíca, e incluso, la perfección de esta. De ahí que quienes guardar con celo sus valores en la interioridad sepan gozar de la belleza como corresponde. No ven en esta un elemento en conflicto que haya que alterar, pulir, o en el peor de los casos, erradicar, si no que muy al contrario, la conceden el puesto mas alto y la llenan de elogios que pueden llegar a concretarse en el arte. Es entonces cuando llueven los aplausos y fluyen las exclamaciones, y la belleza se regocija tanto que hasta es capaz de enseñar un hombro con picardía, o de subirse la falda hasta por encima de la rodilla produciendo el sonrojarse de la moral.


Estos últimos gestos suele hacerlos con disimulo, mas pasan desapercibidos por quienes no son capaces de contemplarlos al no tener la retina adaptada a la luz, y así, pasan el resto de sus días sin pena ni gloria. Como mucho, con la falsa sonrisa de una masa deforme e ignorante, en vez de apreciar el placer tan carnal como espiritual que nos brinda la belleza en todo su esplendor y hermosura. Es lo habitual que en tal caso, la mayoría de las gentes acaben recorriendo este vasto mundo con aquellos semblantes cargados de desagrado, y que de sus bocas, solamente puedan proferirse sucias palabras que manifiesten la ponzoña que estos guardan en su interior. Cuán diferente es el caso contrario, el del amante de la belleza, que la encuentra en todos los lugares donde posa la mirada, y hasta en los mas insospechados la encuentra desnuda, y la admira como solamente le cabría a este voyeur de la estética que conoce de los detalles resplandecientes. 


Capturando estos vespertinos resplandores, la belleza engendra arte a través de nosotros como un salvoconducto que usa de la inspiración para materializarse en las diferentes artes. Un puente somos al cabo que auna los desperdicios lúminicos que se le escapan a la belleza con la creación de obras artísticas -ya sean literarias, líricas, musicales, plásticas, pictoricas...- mas sin olvidar que el origen de todo lo hermoso que en apariencia surge de nuestras manos cual hechizo tiene su correspondiente núcleo palpitante en el seno de la belleza, fuente de todo lo bello desde lo que se trasluce en la naturaleza mediante el paisaje hasta lo que por medio de la techné nosotros concebimos, plasmamos y concretamos en el arte. 


Las obras de arte son como hijos no nacidos cuando todavía no son concebidas por nosotros -ni pensadas ni mucho menos realizadas-, son cuales proto-ideas que habitan en la matriz de la belleza esperando que algún día alguno de sus fieles siervos la fecunde para que posteriormente se le de a luz con toda su pomposa magnificiencia, acompañado por un grito tan desgarrador como exuberante que revele su presencia. Un grito que es muy semejante a ese que se exhala para convertirse en un suspiro cuando llega el momento de la muerte de la criatura, retornando así todo aquello que conoció la luz a las sombras, del paradojico destierro cercado por la luminosidad y todo aquello que es digno de ser observado al abismo sombrío que supone un descenso con la promesa del ascenso en el porvenir.


Así es como el comienzo y el final se aunan, y a resultas de lo cual tanto la vida como la muerte -que son al cabo una misma sustancia eterna que en un efímero instante parecen hallarse ante nuestros ojos- también tienen el origen y culmen de suyo gracias a la belleza, madre de todos los fenomenos excelsos y grandiosos que a veces permiten ser contemplados en este mundo. Allí donde reside la belleza en su inmutabilidad todo nace y muere hasta confundirse, todo lo hermoso comprende de la contradicción en la que están insertas todas las cosas y la fealdad es despojada como la sangre sobrante de la herida para no regresar jamás, y así no turbar a la retina que lo único que busca es admirar todo lo que participa de la hermandad de la belleza.


Después de todo lo mencionado, ¿Cómo no iba a ser yo mismo todo un amante y admirador de la belleza? Tanto condicional como incondicionalmente, desde la conciencia hasta la inconsciencia, en cuerpo corrupto y en alma inmortal, no me queda otra que rendirla su debido culto ¿Qué otra cosa podría hacer? Pertenezco a aquellos que consagran su vida a la búsqueda de la belleza y que estarían dispuestos a morir por saborear aunque fuera un ápice de esa beldad inmensa. Ojalá en el instante previo a la muerte, cuando pasamos a comprenderlo todo en magnitud y en laxitud, pueda vislumbrarla. Si así fuera, merecería la pena haber vivido. 

viernes, 5 de marzo de 2021

El ideal heroico

 Recuerda amigo mío, que en estos años oscuros que han marcado nuestra época el mayor mal no es la ignorancia ni la pena, sino ante todo la debilidad. Mas, si te quedan dudas, podemos mirar sus efectos que no sus causas, los fenómenos en lo que se trasluce que no su origen motriz, ya que esto lo podemos ver en este desasosiego interno que lleva a los hombres a dar rienda a sus fragilidades destempladas de cara al público, como si tal cosa no fuera digna de avergonzarse, toda lágrima se expone al público y el aplauso del vulgo no tarda en producir su debido eco en el auditorio. Esto último es lo que me resulta tremendamente nefasto, porque antaño si algo producida desagrado era la penuria injustificada y gratuita, a ese que se lastimaba en vías de recibir una repugnante atención, le caían millares de piedras, que por potencia y velocidad, podríamos asemejarlo a proyectiles, que recaían sobre él para que cesase tal sobreactuación, y si este no desistía, se insistía hasta ocasionarle una penosa muerte, que lejos de buscar la entonación de un requiem, se celebraba con la mas plétorica de las fiestas en tanto que se había llevado la ceniza a su debido sitio.


Ahora, ocurre algo del todo diferente, pareciese que la debilidad, lo aberrante, lo nauseabundo, se muestra ante la pantalla como si se tratase de una especie de canón al que aspirar, y mediante el cual, quién conserve en sí un ápice de belleza debe avergonzarse. Y cuando se expone lo contrario -es decir, lo que debería ser- se le recrimina a uno como si acabase de romper alguna suerte de norma implicita en la sociedad que le expulsa a uno inmediatamente del umbral del correctismo político, conduciendole así hacía el abismo del aislamiento social. Obviamente, podría uno pensar que esto es mas una ventaja que una cosa que replicar, puesto que de lo que apesta al olfato y desagrada a la vista, lo mejor es alejarse, guardando consecuentemente una distancia personal porque a uno le viene en gana a nivel individual, mas no obstante, en cuanto a mí, considero una cuestión de dignidad viril el quejarme ante esta situación no de vicio, sino en busca de unos ideales mayores, que en cuanto elevados a alturas insospechables, también podrían llamarse -y tenerse- como absolutos. Claro, que, por otro lado, esto tampoco quiere decir que ya se hayan encarnado en uno, pero sería sumamente vulgar no mirar al menos en su dirección.


Vemos, por lo tanto, que se ha dado una vuelta insospechada a las cosas, lo que antes era digno de elogio debido a su sublimidad, a su nobleza, a su aristócracia estética, hoy día se ve desde un prisma en el que se considera arbitrariamente como un insulto al vago concepto de lo mediocre que estos socialdemocratas sustentan, puesto que ellos que no han vislumbrado el mas mínimo ideal resplandeciente, cargan con resentimiento a los que se encaminan por la senda labrada por los antiguos. El hacer de lo débil una medalla de plástico no tiene nada de héroico, como tampoco es nada revolucionario el atrincherarse en una pocilga como lo es una universidad cualesquiera en busca de un apoyo de tan poco valor como es el estudiantil -los cuales, dicho sea de paso, han encontrado un refugio para superar sus traumas de niños mimados en la ideología- para así ser una victima pública de su propia estupidez. Un héroe si persigue los ideales de sus antepasados, o un revolucionario que guarda en sí la esperanza de derrocar algo que considera degradante para los suyos, no gimotea ni se esconde como un cobarde, ambas figuras que resultan como se diría diferentes caras de una misma moneda, se enfrentan a la realidad evitando hacer de la misma un espectáculo, y si se encuentran ya en su apogeo, miran desde una altitud considerable aquel símbolo con el que tarde o temprano todos nos encontramos, que es la muerte.


Hay quién ha hecho de su vida toda una tragedia, pero aún de estas cosas no nos podemos dejar engañar por las apariencias, pues las hay verdaderas tragedias, y luego otras, que son enteramente ficticias. Sin embargo, en este caso si podemos hablar sin problema alguno que nos entumezca la voz de que se da una mezcla de ambas, casi de tipo teatral, en la que empezando el transcurso vital en una especie de comedia escrita por un guionista borracho que no tiene ni un poco de originalidad, acaba tornandose en una tragedia que traspasa la frontera entre ambas esferas, culminando así en un acontecimiento tan soberbio que nos sería muy díficil de identificar si se trata de una actuación sobresaliente, o sí es la figura del héroe materializada en la vida ordinaria. Sería algo parejo como un destello repentido observado en una noche sin estrellas en el que nos preguntamos si su fulgor ha sido algo proveniente de nuestra imaginación, o si realmente esta bendición se ha dado ante nuestros ojos, liberándonos aunque sea por un momento, de las ataduras de la monotonía. 


Independientemente de lo que fuera, aplaudimos con sinceras lágrimas en los ojos, ya no las típicas del malogrado espectáculo al que me refería en las primeras líneas, sino ya auténticas lágrimas de admiración hacía lo grande y elevado, escurriendose con ello estás gotas saladas en nuestros párpados hasta alcanzar nuestras mejillas dejando sus salobres y humedecidas sendas como rastro que alaba lo inhóspito, y que cada vez encontramos menos, un milagro que patentiza cual sello la única inmortalidad que podemos alcanzar en esta vida, siempre advertiendo que esto se tratara de un pequeño roce que nunca se integrara en nosotros con plenitud. Sí, pudiera ser esto un acontecimiento que podríamos catalogar de triste, mas como lo triste en sentido mas bajo está al orden del día, esta tristeza a la que apunto está cargada por una luz tan inmensa que no sabríamos distinguir con la debida precisión si nos entristece con una tonalidad meláncolica, o nos alegra con un leve regocijo, quizás un poco de ambas.


Todo esto conduce a esa imperiosa necesidad de alcanzar cuanto nuestro espíritu es capaz de aspirar, pese a que nos hayamos acostumbrado a los suspiros, ansiamos desde el interior una elevación que no puede ni debe limitarse a algo meramente imaginativo, que quiere fijarse tanto en aquello relacionado con lo espiritual como respecto a lo carnal, tanto en lo figurativo y simbólico como en la vida. Esto es el poder, aquello que las gentes mas vulgares suelen asimilar a bienes reducidos a los materiales, se trata del mayor ideal, la acumulación de todas las inspiraciones concretadas en una inmensa elevación que lo abarca todo cuales centenares de luces fragmentadas a través de espacios continuos y dispersos, trascendiendo todos los tiempos aún con una añoranza callada del pasado. Pero, también, encontramos sombras, oscuros recovecos que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra insistencia incluso en lo irremediable, en lo imposible... Pues algo que siempre ha caracterizado al héroe mas allá de su representación teatral es que sabiendo que la batalla estaba perdida desde los comienzos -quién posee un espíritu guerrero es mucho mas inteligente que el mas aclamado de todos los sabios- insiste en proseguir, y cuando cae en apariencia derrocado sobre el macillento suelo, se sabe vencedor. 


Tenemos, pues, una necesidad de fuerza, de toma de conciencia de las potencias vitales y viriles, que en su absoluta condición nos lleven allí donde se dé comienzo y cúlmen de este ideal autoritario que desde nuestro fuero interno deseamos, pero que raras veces alcanzamos ¿Es esto como apuntaba mas arriba una batalla pérdida? ¿Una guerra fría en la que no se localiza una fuente de luz como podría serlo el sol? ¿Qué hemos de hacer nosotros, meros mortales comunes? Si diera una solución sería un hipocrita, y dejando tantas preguntas en el aire bien se me podría decir que soy todo un sofista, pero ¿Acaso no sabes leer entrelíneas, estimado amigo? ¿No ves que ya te he respondido? Pues sí, lo hice. Si en este deslizarse del tiempo tan recargado en sombras, buscamos algo ascendente, ese hálito vital con la suficiente autoridad y voluntad para apartar toda fragilidad mujeril ¿A qué crees que me estoy refiriendo? 


En ese momento, el hidalgo se levantó de su silla, y haciendo una leve inclinación, se fue andando hacía nadie sabe donde. El caso fue que desde que comenzó a hablar, la tarde iba llegando a su ocaso, y cuando decidió ponerse en movimiento, ya estaba anocheciendo, proyectando así su sombra por un suelo mal cimentado, rodeado por cuatro faroles, que debido a su baja luminosidad, una vez atravesado tal línea divisoria entre la escasa luz y las abundantes sombras, su figura desapareció sin dejar rastro. Por lo visto, no permitió que su acompañante le respondiese, ello pudiera ser porque era amante de la ambigüedad por la carga tan intrigante como estética que tiene este fenómeno, pero uno -creo yo- debería inclinarse mas a que así lo hizo al no ser de su gusto escuchar las espontáneas respuestas de otro que no sea él mismo, al menos, en ese momento, puesto que estas deben ser meditadas según su percepción refinada, o, lo que sería mas interesante, interpretó aquellos siete segundos de silencio como una respuesta suficiente. 


viernes, 26 de febrero de 2021

Carta a un funcionario del estado

 Buenas tardes,


Le escribía ya que ayer a la tarde me llegó la nota de su bloque administrativo, es decir, de su asignatura, y bajo mi sorpresa, me encuentro que la tengo suspensa, y con nada mas ni nada menos que la nota mas baja que uno pudiera imaginarse. Si le soy sincero, me decepcionó bastante y me pareció sumamente injusto su suspenso, y mas cuando en lo que a mí se refiere a pesar de las dificultades que hemos tenido en este curso, he seguido sus bochornoaas clases, las repetitivas lecturas y las tareas respectivas a la asignatura, a lo que vendría a sumarse, que mi examen no estaba en condiciones de quedar suspenso. Esto no lo digo con afán de soberbia, ni porque esté mal solamente en lo que mí atañe, sino porque es cuestión de justicia, la cual ha sido quebrada por una negligencia injustificada de índole tan azarosa como caprichosa.

Este problema, como vengo diciendo, tiene un cáliz mas general que particular, aunque obviamente esta vez he sido yo el afectado, en tanto que todos participamos de este problema que me atrevería a calificar de universal. Así, pues, acontece que nos encontramos en una situación de perpetua decadencia, que antecede incluso a esta pandemia, y que en esta universidad especialmente se adolece de este mal general, el cual tiene su raíz bajo los muros de un edificio pudrefacto. Nos ceñimos en demasía a academicismos tan falaces como innecesarios, que lejos de alimentar nuestra sed de apetitos intelectuales, nos conducen al mas negro de los abismos, y estos, no se limitan a la mera ignorancia, sino que la traspasan siendo una maldad proclamada ¡Qué razón tendría Schopenhauer cuando acusó a la comunidad universitaria de su tiempo de inservible, y así también Nietzsche cuando cayó en la cuenta de como las universidades publicas eran otro mecanismo del estado para evitar que los pensares aflorasen!

Por eso, yo también acuso tanto a la comunidad universitaria en su totalidad como a usted mismo por su negligencia rellena de meros contenidos que no se proyectan hacía ningún sitio, puesto que no buscan su expansión lúminica de sentido, al limitarse a ser unos créditos -cual tarjeta de puntos monetaria- acúmulados en algún abstracto fichero de procedencia nefasta y desconocida. En esto podría resumirse la actividad docente en general, a poner una serie de números a otros números, cumpliendo así diligentemente con un trabajo que en verdad no le importa a nadie, excepto a un par de burocrátas que sentados desde su sillón lanzarían algunos filosofemas basados en erradas ideologias para que los loros del lugar los repitiesen como si fuesen papagayos aburridos y hastiados de la cadena industrial que resultan sus desdichadas vidas.  

Por último, no se preocupe, no voy a reclamar nada ni tampoco a recuperar cosa alguna porque ya tengo todo lo que necesito en mis manos. En lo que a usted se refiere, supongo que descartará mi fichero, lo dejará atrás, en alguna esquina sin importancia, como un asunto fallido del que usted no tiene culpa alguna. Al fin y al cabo, cumplió con su tarea, dió sus clases con una sonrisa de complaciencia, y pusó sus notas a cada uno según se ajustase mejor o peor a sus expectativas como docente, y al terminar su tarea laboral, dejó unos horarios establecidos para que sus estudiantes le llorasen las notas de cara a superar una matricula que les sacan los higados a uno año tras año. Mas le diré una cosa, si bien es cierto que entre los alumnos hay una clara falta de disciplina, orden y semejanza a los principios, usted también es uno de los mayores culpables de esta ponzoña que con el paso de los tiempos es cada vez mayor.

Un cordial saludo, espero que le vaya todo bien, y que continúe con su tarea administrativa sin problema alguno hasta que le llegue la jubilación y pueda descansar con la conciencia tranquila tras haber realizado un trabajo estupendo, al menos sobre el papel. 

Hidalgo Quebrado.