domingo, 8 de marzo de 2026

Un viaje y un retorno de la luz a la oscuridad

 Los azares del destino son capaces de provocar las más nefastas consecuencias, sobre todo para los espíritus más sutiles, los cuales quizás debido a su sensibilidad y a su profundidad de ententimiento, suelen ahondar con mayor insistencia en el dolor, sondean las profundidades abismales con inusitado frenesí hasta tal punto que acaban cercados por los barrotes de la melancolía. Los superficiales, en cambio, suelen vivir sin pena ni gloria aún en los sufrimientos más profundos, la herida les queda corto espacio de tiempo, ya que enseguida se entretienen con cualesquiera bagatela, y por tanto, al poco se olvidan. A diferencia de los personajes más profundos, que analizan y sobreanalizan el más mínimo roce, se centran tanto en la costra de su dolor, que arrancándosela una y otra vez de cara a examinar hasta que punto son capaces de ir más allá del umbral de su propio dolor, descubriendo así que este es infinito y que este jamás llega a recuperarse, al menos del todo.

El soldado-brujo era una de esas personas, las cuales por su largo alcance intelectivo y por el perspectivismo que sometía sus sentimientos, era capaz de insistir en el sufrimiento en una especie de deleite sadomasoquista que en un comienzo le placía, pero que con el transcurso del tiempo se le hacía insoportable. Cuando sufría debido a cualesquiera sobresalto que le deparase el sordo hado del sino -ya que nunca escucha nuestras súplicas- se quedaba en eterna quietud, en una especie de silencio incómodo al que se sometía el mismo de cara a averiguar cuanto era capaz de sufrir sin pegar un alto grito o llevarse las manos a la cabeza. En tales ocasiones se quedaba ensimismado, contemplándose los talones o el objeto que percibiera mas cercano, así en babía se plantaba con la vista en blanco, lo que le daba un aire de estupidez a sus semejantes, que sin embargo era más bien el indicativo de un intelecto elevado, de la introspección de un demoníaco santo de la Edad Media o del Renacimiento.

Tras el terrófico suceso acaecido en la Aldea de los Muertos, hubo de enfrentarse a un mal geneálogico que superó todas sus fuerzas. Pudo derrotarlo, eso era cierto mas a costa de un enflaquecimiento tremendo de su energía vital, que le dejó exhausto y debilitado. Si en aquel momento una hoja azotada por el viento se hubiera posado en su camino, es muy probable que esta le hubiera arrastrado a los infiernos, llevándole hasta el trono del Maligno, e incluso provocando la compasión del mismo debido a su flaqueza. Antes de aquello se sentía poderoso, alentado por las futuras perspectivas que podría llevar a la eternidad de los tiempos sin fin, pero en aquellos momentos todo eran suspiros y rechinar de dientes. Era cierto, había vencido a un enemigo poderoso con el impetú de su mente, mas en cierto sentido el también había pérdido algo: las fuerzas suficientes para seguir luchando, quizá.

Así que, sobrevolando el mundo onírico con parsimonia, dejándose acunar por la tenue ráfaga de la brisa verpertina, se desplazó hasta su hogar y allí se quedó encerrado durante largo tiempo, como siempre ocurría tras sus crisis mágicas. Sin embargo, poco tiempo tuvo de paz en su honda meditación de cara a recuperarse, porque ya anochecía en una tarde invernal cuando escuchó de soslayo algunos ruidos en su jardín. Por un momento dudó si era conveniente si quiera asomarse debido a su vulnerabilidad, pero al final su curiosidad le hizo mirar más allá de sus ventanales, descubriendo así que su propio jardín estaba siendo asediado por una serie de extraños individuos embozados en capas y en túnicas negras. Decidió esperar por si estos se iban en algún momento al comprobar que allí todo era negrura y desolación, tal como era el estado de su alma. Mas al parecer insistieron, y allí siguieron.

Finalmente decidió acudir al exterior e interceptarlos, descubriendo que aquellos individuos pertenecían a una secta secreta de ignoto nombre. Con la escasa energía que le quedaba para lanzar sus umbríos hechizos, decidió echar mano de su oscura espada, dispersando a algunos de ellos, matando a otros cuantos por el camino, hasta que uno de aquellos individuos levantó su mano siniestra en busca de momentánea paz. Así se entero que aquellos hombres embozados en la bruma de la noche eran supuestos seguidores suyos, que se había creado en el mundo onírico una especie de culto hacía el soldado-brujo. No pudo evitar reírse, le resultaba tan paradójico como paródico que se hubiera creado un nuevo culto en función a su persona, él precisamente que había desafiado a todos los cultos presentes en este mundo. Sin quererlo, él mismo se había convertido en mesías, en profeta, e incluso en dios, sin intención alguna y sin dirigir nada de aquel movimiento.

Aquellas gentes no le iban a dejar tranquilo, así que optó por dejarles como guardianes de su hogar principal, y decidió marcharle lejos de ahí en busca de paz. Les indicó, usando de la retórica como si fuera un hechizo más, que debía ampliar su focalización interior de cara a imponerse como el principal referente del mundo onírico, y que para ello debía realizar un viaje de auto-descubrimiento, en el que regresar con sus potencias vitales al máximo, o incluso todavía más allá de su capacidades normales. Aquellos hombres parecieron entenderlo, cabecearon rindiéndole pleitesía, se arrodillaron alzando las manos con idolatría. Particularmente ese gesto le desagradó, mucho le costó reprimir una hueca de nauseabundo rechazo, mas en ese momento la presencia de aquellos individuos le era necesaria de cara a proteger su hogar, así que asintió con elegancia y se marchó.

Partió hacía las tierras norteñas del mundo onírico, allí donde las costas eran desoladas y los mares gélidos, donde extrañas y calladas gentes pululan por aquí y por allá sin emitir sonido alguno, pero lo más importante era que aquel lugar no le era desconocido al soldado-brujo. Hacía largos años que no lo visitaba, mas en el pasado había sido relativamente feliz ahí, sintiéndo un frío arrullador que todo le carcomía, pero que sin embargo, en su sufrimiento le otorgaba la vitalidad necesaria para afrontar cualesquiera problemas que le vinieran al paso. Pensó, que después de todo, alimentarse de ese aire de nostálgia, recordar aquello que latía en su memoria sin aflorar del todo, le sería beneficioso dada su situación, así que allí se encaminó flotando como una mota de polén llevada por las congeladas manos del aliento de una diosa muerta. En su camino sobrevolando pensó muchas cosas, recordó aquello que el tiempo dejó sepultado en su interior, se le resbalaron algunas lagrimillas en tanto que tomaba para así aquello que creía olvidado, y cuando quiso darse cuenta, ya había llegado.

Una vez allí, se dirigió directamente al mar. Recorrió la playa desolada de sus juveniles recuerdos con parsimonia, deslizando sus manos entre las finas arenas, provocando burbujas con sus dedos aposentados en el agua marina, danzando por el suelo cual si estuviera acariciando a una extasiada mujer, y después, haciendo uso tanto de pies como de manos, ascendió por unas negras rocas hasta la cúspide de las mismas. Y allí se quedó sentado, en posición meditativa, cerraba los ojos para escuchar los suspiros y los murmullos del mar, ese desconocido lenguaje del constante fluir y retrotraerse de las olas, y retornaba a abrirlos para contemplar aquella infinitud exultante, aquel ignoto reino que transcurre en dirección al horizonte. Ni él mismo supo cuanto tiempo permaneció ahí, en esa misma postura, creyó advertir cómo día y noche se intercaban, cómo el pálido sol tomaba momentáneamente el mandato de la zona, y como la luna, siempre volvía para indicar que el eje de la creación era de naturaleza femenina. Se abismó en aquellos pensamientos, en esos sentires, de los cuales todo lenguaje resulta baldío, y toda descripción, mera utopía.

Uno de aquellos días, sin embargo, dirigió su mirada a la orilla, descubriendo que una mujer estaba dándose un chapuzón mañanero en aquellas frías aguas, pero cuando se fijó con mayor atención, cayó en la cuenta de que aquella mujer no era una cualquiera. Se trataba de una Uhjier, y lo atestiguaba el tiburón disecado que portaba con ella, atado con unas fuertes cuerdas que le recorrían la cintura. Las Uhjier eran algo así como mujeres sagradas que eran capaces de ver más allá de todo sentido de la óptica, es decir podían ver la eternidad como un velo que se alza para mirar lo que este ocultaba. Sin pensarselo dos veces, bajó hasta ella, y saludándola con una inclinación de respeto, le pidió consejo por su situación, y como no tenía dinero ni objetos que aportarle, le prometió que yacería con ella a cambio de su profecía. Esta se la dió, e instantes después, él le otorgó lo prometido.

Antes y después de aquel regalo incondicional de intercambio corporal, ella le indicó que en aquel reino su rey estaba a punto de morir, y que por lo que parecía, su hijo primogénico le iba a suceder. Hasta aquí esto tenía todo el sentido del mundo, pero agregó un tercer componente que le dió a la trama algo digno de interés. Por lo visto, su oscuro tío ansiaba el trono mucho mas que su sobrino, y a pesar de habérselo comunicado, este seguía emperrado en completar los designios imperiales. Al soldado-brujo le placían las personas con intenciones oscuras, así que tomó la información de la profetisa como un mensaje que lejos de ser una mera anécdota histórica dentro del presente, le permitía una pronta intervención, una pequeña aventura que le daría las fuerzas necesarias para proseguir sus andanzas por el mundo onírico.

Tras recibir esta valiosa información, se despidió de la mujer, y se dirigió seguidamente al epicentro de la zona. De repente se sentía ávido de impresiones intensas, demasiado tiempo lo había dedicado a la contemplación, ya era hora de la actuación. Así que una vez que hubo llegado al castillo principal, sobrevolando una de sus torres dió con la cámara del tío, internándose en la misma. Allí vió a un anciano ajado y desengañado con la vida, tenía unas ojeras violáceas y un gesto hosco que no pudo reprimir ni aún con la sorpresa de ver a invitado tan repentino. El soldado-brujo no tardó en anunciarse como su salvaguarda, le indicó que le iba a otorgar el mandato de aquel reino si a cambio él le favorecía con un control sobre el mismo. Y aunque el anciado demacrado dudó al comienzo con un gesto desagradable a la par que pensamiento, terminó por ceder condescendiente al saber que aquella era su única forma de hacerse con el trono. Le dió su permiso y sellaron su pacto con sangre.

A la mañana siguiente se celebraron las excequias imperiales, y pese a que el rey enfermizo aún seguía vivo, se anunciaría la coronación de su amado primogénito ante los ojos del admirado padre. Todo transcurrió con normalidad, hasta que repentinamente descendió del cielo el soldado-brujo alzando sus brazos con la solemnidad de un águila imperial, todo un simbolismo en aquellos momentos. Al principio todos pensaron que aquello formaba parte de la ceremonia, pero cuando dirigieron sus exaltados ojos al rey, y comprobaron su misma mueca de asombro, no pudieron hacer otra cosa que no fuera asustarse. Y cuando aún estaban intentando comprender la situación, el soldado-brujo haciendo mimíca con sus movimientos, se plantó ante el heredero y le sajó la cabeza de un tajo, provocando un aluvión de sangre que produjó el desquicio y el desequilibrio de todos los presentes. Repentinamente ya no había heredero al que rendir pletesía, y cuando los guardianes preguntaron por el resto de hermanos, se enteraron que todos habían amanecido muertos, sus carnes trituradas pegadas a las sábanas como en un sueño del que jamás lograrían despertarse.

Y entonces, el rey desquiciado, a nada de darle un infarto, indicó a toda su guardia que acabasen con aquel hombre. Mas poco pudieron hacer, ya que sobrevolando el soldado-brujo logró sortearlos sin problema, desquitándose con un gesto despreciativo a todos aquellos que se atrevieran imponerse en su camino. Viendo que al rey le quedaba poca vida, y mas con aquel sobresalto, se dirigió hacía las montañas nevadas, pero ya estaba en mitad del camino cuando un hechicero de puntiagudos pelos en desordén le salió al paso. Y allí mismo, con suma rápidez, le sostuvo del cráneo, indicándole con unas cavernosas palabras que su destino era permanecer para la eternidad en El mundo Rojo. No sabía qué era aquello, ni quién era aquel hechicero tan poderoso de magia del tipo transubstancial, mas advirtió por su duro gesto que este era uno de los sirvientes de aquel desolado rey, y que ese era su justo castigo por haber asesinado tan indiscriminadamente al heredero ante los perplejos ojos de todos.

Y así, de repente, fue trasportado a otra instancia, a otra dimensión del mundo onírico, fue descendiendo a una bruma absoluta en la cual no se vislumbraba nada. Mientras iba cayendo a un abismo de negrura total, empezó a reflexionar la razón por la cual aquel lugar era demoninado El mundo Rojo, cuando en realidad era completamente oscuro. Allí la oscuridad era tan densa que si se hubiera tropezado con una piedra o la punta de un alfiler en su descenso, no hubiera sido capaz de darse cuenta. No supo cuanto tiempo pasó descendiendo en ese extraño planeta, por mucho tiempo que llevase cayendo ininterrumpidamente, ese descenso eternamente no cesaba de modo alguno. Las sombras lo cercaban en una especie de macabro abrazo, la oscuridad le sumía en el elemento que perduraba desde el comienzo de los tiempos, en esa masa informe que por su incapacidad de determinarse suele recibir el apelativo de una nada absoluta. Él mismo ya no era nada, era oscuridad, densa sombra, dispersión y desaparición de cualesquiera elemento, accidente, entidad e identidad.

Pero entonces, en aquel silencio absoluto donde cada respiración e inspiración era un eco que se aletargaba hasta una concavidad infinita, el soldado-brujo no pudo reprimir una sonrisa que empezó a recorrer su semblante, y que a pesar de la oscuridad sintió surcando su rostro, y lo que comenzó como una sonrisa terminó por volcarse en una estrepitosa risotada que agitó aquel mundo al principio tan callado, provocando un seísmo tal que todo lo sacudió por vez primera en aquel micro-universo, haciendo que de la oscuridad nacieran unas tenues grietas de un rojizo fluosflorecente "¡Ajá! Así que por eso se le llamaba El mundo Rojo a aquel lugar"- pensó el soldado-brujo en tanto que seguía abismandose en su eterna caída, riendo sin parar cual si le hubieran contado un chiste tan malo que precisiamente por ello da pie a una absurda risa de aquel talante.

Aquellos que ahí le habían desterrado olvidaban que el soldado-brujo era amigo y confidente de las sombras, que la caída era su movimiento natural, y que si iban a usar de la oscuridad para aletargarle, sólo le iban a dar impetú a su frenesí, así que de repente se detuvo en seco, se quedó como congelado, levitando en una bruma umbría adornada por las físuras de la hilaridad, y con un impulso en reverso comenzó a ascender lo que había descendido, y como si tal cosa, salió de ahí del mismo modo al que había entrado. Se elevó por encima de estrellas y constelaciones, contempló el mundo onírico en su totalidad desde las alturas, con todos sus matices, degradaciones y variantes, cual el cartofago que examina un mapa que él mismo ha hecho. Y tanto que tan alto ascendía, se deleitaba con tan número de posibilidades, dirigiendo su mirada a un lado y a otro con curiosidad. Cuando estaba a nada de elegir un destino, otro parecía tentarle, le fascinaba lo imprevisto, el azar se una nueva posibilidad, otra aventura que le abría los brazos para que la recorriese como el amante que era él de aquellos instantes exultantes.

"Y ahora, ¿A dónde me dirigiré?"- se preguntaba el soldado-brujo sin parar de sonreír, y reprimiendo mas mal que bien aquellas risitas que se le escapaban de los labios. Por momentos se decantaba por una posibilidad, luego por otra, pensaba que quizás aquella pero después otra extraña luminosidad le impulsaba a dirigir su atención hacía otra cosa... Y en aquel suspense pasó largo tiempo, hasta que el sueño le señaló con su seductor dedo índice hacía dónde debía partir, nunca era capaz de resistirse a esa inéquivoca señal que le daba pie a superarse a sí mismo, a crecer espiritualmente merced a la sombra, sobre todo él que como se sabe era un pagano seguidor de esa diosa que intercala luz y sombra denominada luna, la madre de los desamparados y de los marginados.

domingo, 1 de marzo de 2026

La carretera pérdida

 Desde hace siglos la noche es el momento propicio para las más suculentas aventuras, sobre todo para aquellas que habitan en nuestras más oscuras pesadillas ¿A qué se deberá? Quizás sea por la aparición de aquella diosa arcana llamada la luna, que invocando a sus tropas las estrellas inunda todas las cosas de su meláncolico fulgor, o puede deberse también a que es el momento en el que la sombra reclama su antiguo reino para recordarnos como era todo antes de la aparición del hombre, o también podría ser porque debido al manto de la lobreguez, lo que el día replegaba a la oscuridad y al ostracismo, retorna a campar a sus anchas... Sin embargo, si se me pidiera que me decantase por alguna de estas opciones u otras, no sabría asegurar cual de ellas es la idónea. Aunque algo, un secrero ultramundano palpita dentro de mí cuando se me presenta esta cuestión, y que parece inclinar la balanza a que estas aventuras tan extrañas e inquietantes nacen gracias a la ninfa de la oniría, que nos lleva de la mano a través de sombríos laberintos, queriendo despedazarnos cuando lleguemos al final del túnel...

Precisamente me viene ahora a la cabeza un acontecimiento ocurrido en el mundo onírico hace poco, pese a que tratándose de los parajes soñados podríamos estar refiriéndonos a algo que ocurrió hace largo tiempo, en tanto que al igual que en la eternidad, en los sueños el tiempo es una utopía, una cuestión relativa. El caso era que una pareja y la hermana del varón habían atravesado una senda que ha recibido el denominativo de La calle de las Pesadillas ¿Por qué? Pues porque ahí habitan los seres más nauseabundos y terrórificos que uno pudiera imaginarse, desde las clásicas brujas pasando por trasgos deformes hasta llegar a ciertas entidades sin forma específica que se dedican a absorber la fuerza vital de todo aquel que con ellas se cruzase. Era extraño, pero aquellas tres personitas no se habían encontrado con ninguno de estos peligros. En aquella ocasión, toda la calle parecía desierta y despejada de horrores, sólo la palidez de la luna esmaltada en el suelo daba un toque lúgubre a la situación, lo que hizo que aquel hombre tomase de la mano a sus dos acompañantes para que se sintieran protegidas ante cualquier peligro.

Incluso, entre las sombras de aquel paraje abandonado, vislumbraron una de las casas del soldado-brujo. Ahí la tenían, ante sus perplejos ojos, iluminada por la luna como si fuese un tributo que le rindiese aquella diosa pagana de los primeros tiempos. Mas en ella parecía que no había vida, se encontraba congelada como si se tratase de una estrella mas, cuyo parpadeo aparente es meramente ilusorio. No había luz alguna, ni sombras que las recorriesen a través de las ventanas o en las coberturas del jardín, parecía completamente abandonado. ¿Y cómo sabían que aquella casa era la del soldado-brujo? Pues simplemente lo sabían, había una tensión callada en el ambiente que así lo indicaba, un hálito en suspenso que inspiraba melancólia y nostalgia hacía algo indeterminado, un recuerdo que palpita en el corazón y que produce insomnio, el desgaste de una vida entera lanzada a la basura... Tantas cosas evocaron en ese instante de contemplación alucinada que decidieron continuar, no fuera a ser que aquella congoja en el pecho les impidiera seguir avanzando.

Poco más abajo se encontraron con un cruce de caminos, y movidos por el impulso de querer salir de ahí, optaron por el camino siniestro. Y andaron, andaron largo tiempo a través de el en un paisaje que no admitía modificación, hasta que encontraron una parada abandonada en la cual se sentaron. No hablaban mucho, se miraban consternados, a la par que inspeccionaban aquel terreno baldío, y al  final decidieron esperar. Ni ellos mismos saben cuanto tiempo estuvieron esperando, se figuraban que fue durante mucho tiempo, aunque quizás fueran unos minutos, o puede que incluso horas, o a lo mejor nada de eso, sino cuestión de segundos que a ellos se les atragantaros en sus cuellos comprimidos.

Mientras esperaban en aquella sucesión temporal indeterminada, creyeron escuchar voces en la lejanía, voces infantiles que reían, se divertían quizás a su costa, se desplazaban invocando una danza macabra, saltaban entre los hierbajos cual manada de lobos, para después aparecer ante sus ojos como tres inocentes niñas. La una era rubia, otra era morena y la tercera era pelirroja, y aunque en apariencia parecían tres niñas normales, algo en el brillo de sus ojos les advirtió que en modo alguno era así, mas bien eran tres apariencias de niñas que en realidad eran otra cosa, algo mucho más oscuro que la parodia de la inocencia que representaban. Las niñas danzaron de un lugar a otro, bailaban a su al rededor como si estuvieran en sabbat, se escondían tras las marquesinas y volvían a aparecer como si estuvieran jugando a un juego macabro, les hacían extraños y blasfemos gestos que no eran los habituales en la edad de la inocencia. Mas lo que más perturbaba no era lo que hacían, sino lo que celaban bajo esos ojos azulencos que las tres portaban, y que prometía ser la invitación a la indecencia y a la osadía pecaminosa de un delirio, o de una pesadilla.

De repente, un coche destartalado se paró ante sus ya de por si costernados ojos. Parecía que había un hombre sucio y mugroso al volante, pero estaba tan oscuro que no se le podía ver bien. Entonces las niñas señalaron al hombre y les invitaron a entrar en el coche, arguyendo que era la única forma de escapar de ahí. No sabían por qué, pero desconfiaban de la propuesta, y se limitaron a negar con la cabeza. Aún así, las niñas insistieron en tanto que el hombre al volante sacó un brazo peludo y cargado de porquería, tamborileando en la chapa del coche, mas ellos siguieron empeñados en su no que ahora si salió de sus labios, cual una melodía imperceptible. Las tres niñas les dijeron que no había otra salida, que nadie pasaría por ahí a recogerlos, y que el camino a pie era demasiado peligroso. Pero ellos erre que erre con su no, completamente seguros de que el peligro era aquel hombre maloliente que creaba crueles sinfonías con sus golpes.

Al final, las niñas con un mohín de enfado subieron a la parte trasera del coche, y este fue arrancando hasta que desapareció de su vista. Mas aquello no duró durante mucho tiempo, porque al poco volvió a aparecer el mismo coche invitándoles a entrar, y ellos volvían a rehúsar aquella invitación que les olía mal, a parte del tufo que surgía de aquellos metales magullados. Pero poco importaba, cuando el coche se marchaba, a los pocos segundos, minutos, horas, volvía a aparecer con idéntica invitación al delirio. En esos espacios en los que la figura del coche se fundía con las sombras de la lejanía, ellos mismos se percataron de que en algo no se equivocaban, y era en que allí no pasaba nadie, excepto durante un instante en el que creyeron vislumbrar por la neblina nocturna una suerte de camioneta en la distancia contraria a la partida del coche, mas era aquello una ilusión que se desvaneció rapidamente, como la vana promesa de algo que jamás llegaría para su salvación.

Lo que si retornaba a sus desconcertados ojos era el mismo coche con el mismo hombre y las mismas pícaras criaturas en los asientos traseros, con la idéntica invitación infernal y con la idéntica respuesta en negativa. Desde luego, ellos mismos se sentían en aquellos momentos en una pesadilla, con aquel retorno incesante del coche destartalado y sus sombríos ocupantes. Pensaron que aquello no podía seguir de ese modo, así que tras largo tiempo y honda meditación optaron por partir, y seguir la linea que marcaba la salida de aquel coche, que ellos ya sabían por reciente experiencia que no tardaría en aparecer de nuevo.

Así pues, decidieron recorrer aquella carretera abandonada que no parecía conducir a parte alguna. En su escueta travesía les daba la sensación de que por mucho que andasen, aquel terreno era idéntico, una casa abadonada se parecía a la otra, el asfalto agrietado era siempre el mismo sobre el cual ya habían pasado, incluso los baches desgarrados en millares de pequeñas piedrecitas eran los mismos unos a los otros. Parecía que por mucho que andasen, ya fuera con parsinomia o con premura, en realidad no avanzaban en absoluto. A veces, creían escuchar en la lejanía gritos escalofríantes que no sabían si provenían de animales, personas u otros seres, en otras ocasiones aquellos sonidos tan distorsionados les parecían semejantes a aquellos reproductores de vinilo que estando atrofiados dan salida a las más terroríficas melodías, e incluso se emparanoiaron pensando que todo aquello era producto de su imaginación. Como lo eran aquellas sombras con ojos amarrillentos que pensaban vislumbrar de soslayo, y que les observaban ocultos entre las sombras de los arboles. Ya no sabían qué era real y que no, a excepción del coche que de vez en cuando aparecía con aquella invitación que por nada del mundo aceptarían.

Entonces, para su sorpresa, llegaron a un lugar. Se trataba de un centro comercial abandonado, y no viendo qué mas podrían hacer en aquella extraña tesitura, pues las calles aledañas no eran precisamente alentadoras, decidieron internarse en el mismo. Aquel lugar estaba tan abandonado y destartalado como todo lo que habían visto hasta ahora. Todos los establecimientos estaban cerrados, excepto un pequeño bar en el que uno podía colarse debido a que alguien le había hecho una hendidura en una de sus esquinas laterales. Y como estaban tan sedientos como hambrientos tras la larga jornada, optaron por internarse en sus oscuras entrañas en busca de provisiones. Estuvieron rastreando e interceptando diferentes comestibles y botellas de agua que estaban por ahí dispersas, hasta que notaron como si una presencia les estuviera observando desde la sala contigua, la cual estaba dividida por un muro de mármol que tenía una abertura en su centro y una puerta de madera carcomida a su diestra. Así que entraron por esta misma y localizaron a las tres niñas, que les esperaban con los brazos cruzados. Mas las niñas ya no eran niñas, eran adolescentes. Vestían de idéntico modo y les miraban con idéntica sospecha ignominosa, sólo que parecían haberse echado diez años encima. Continuaron insistiendo en que debían irse con ellas en el coche de su padre según dieron, mas ellos en vez de negarselo de forma tan tajante, se limitaron a cerrarles la puerta en las narices para ver si entendían en aquella ocasión esa indirecta.

Quisieron salir de ahí lo más pronto posible para proseguir su marcha y así salir de la pesadilla, pero la hendidura sobre la cual se habían internado ya no estaba ahí, y la puerta principal estaba atascada. Insistieron dando tropezones y golpes sobre aquel objeto inamovible, mas no pudieron por mucha fuerza que aplicaron. Detectaron a sus espaldas un conjunto de alientos dulzones que les hicieron retroceder, y comprobaron que eran nuevamente las niñas que no eran ya niñas, pero ahora tampoco eran adolescentes, sino simplemente jóvenes, y ya tampoco estaban como enfurruñadas, ahora tenían una sonrisa siniestra esculpida en sus hermosos rostros y se iban acercando poco a poco a ellos con paso pausado. El hombre puso a su pareja y a su hermana a sus espaldas para cubrirlas y que no les pasase nada mientras las ex-niñas iban avanzando en su dirección, y cuando ya casi estaba rozando las telas de sus vestiditos, las empujó con uno de sus brazos. Pero en cuanto así lo hizo, las tres desaparecieron de su vista como por arte se magia, se sumieron en las sombras como si estas coparticipasen de su esencia.

Y entonces, toda aquella sala comenzó a temblar con violencia, las paredes a agrietarse y los muros a dislocarse como si en el exterior estuvieran en zona de guerra. Entre estos muros que dieron paso a pequeñas aberturas se colaron los brazos de aquel inhóspito hombre, este tensaba sus músculos en aras de alcanzarlos, mas por suerte localizaron la hendidura mediante la cual ellos mismos accedieron al susodicho establecimiento, y corrieron espantados para salvar sus vidas. Y en cuanto estuvieron de nuevo en aquel centro comercial abandonado, pudieron observar perplejos que todo había cambiado, que aún siendo de noche había como mas luz en su interior, cual si todas aquellas tiendas clausuradas hubieran tenido vida desde hacía escasos minutos. Casi creyeron que si alzaban sus voces pidiendo ayuda quizás alguien que no fuera una niña mutante o un hombre degenerado les ayudase, sacándoles por fin de ahí. Pero no gritaron en modo alguno, sabían que aquello era inútil y se limitaron a recorrer la zona para encontrar una salida. Pensaron que la encontraban continuando el mismo camino por el que habían entrado pero a la inversa, mas aquella puerta estaba cerrada, impidiendoles escapar de ahí.

De nuevo, a sus espaldas vieron a las niñas que ya no eran niñas, sino jóvenes, caminando en su dirección con su acostumbrada parsinomia e insistiéndoles en que partiesen con ellas y su padre si querían salir de ahí. Y en ese momento, percibieron en sus oídos un susurro apagado, que sólo era perceptible para ellos, se trataba de una voz cavernosa y lejana que les indicaba que aquellas no-niñas eran hadas malditas, seres de luz que habían renunciado a su pura esencia para seguir el camino de las sombras, convirtiéndose en unas diablesas de la tentación, de la lujuría, de la aniquilación... Y que el hombre que iba con ellas no era otra cosa que un ángel que había renunciado al hálito celeste para conducirse a las cadenas de la desolación vertiéndose en una entidad que se alimentaba del miedo. Sintieron escalofríos en cuanto recibieron estos mensajes en susurros misterioros, el percibir la verdad de aquellas entidades les desconcertaba todavía más que el desconocimiento, la verdad era más terrorífica que la ignorancia, en el edén eran felices porque eran ignorantes, ya que el miedo entró en la psique en compañía del ansiado conocimiento.

Poco duró aquella reflexión que les carcomía por dentro, pues en cuanto aquellas diablesas recíen descubiertas les tocaron con sus manos, la puerta metálica a sus espaldas cayó, y lo que era noche cerrada se vertió en una luminosidad violácea que les rodeó por los cuatro costados. Cayeron al suelo derrumbados, desconcertados en cuanto inhalaron el aire del exterior, y mientras se levantaron poco a poco vislumbraron como si en el cielo estuviera amaneciendo, mas con el amanecer más extraño que hubieran visto en vida, en muerte o en sueños, pues era entre morado y verdoso, y adquiría tintes cada vez más extraños y desconocidos en tanto que uno agudizaba más la mirada en su dirección. No comprendían nada, ni lo que había pasado antes, ni mucho menos lo que estaba ocurriendo ahora ante sus miradas perplejas. No obstante, un poco mas a su derecha, localizaron una hermosa arboleda despejada que les conducía a la que quizás fuera la salida de aquella pesadilla. Y, obviamente, a ella se dirigieron sin dudarlo durante un instante.

Efectivamente, en cuanto entraron en ella, salieron de aquel infausto lugar, se encaminaron en dirección a un paraíso que les era propicio. Es decir, despertaron. O eso creían ellos, porque en tanto que se encaminaban en dirección a la recíen descubierta luz, sus miembros eran cada vez más oscuros, y sus ojos cada vez más más inocuos, creían andar cuando en realidad estaban levitando en el abismo, pensaban ver cuando estaban ciegos, se figuraban que estaban recorriendo la consciencia cuando en verdad estaban soñando una pesadilla eterna controlada por algún demonio maléfico. Como todos nosotros que andamos por este mundo con la certeza de nuestra propia existencia, fueron engañados en cuanto sintieron el roce de la carne, cerrando los ojos a la vida y abriéndolos a la muerte.

domingo, 22 de febrero de 2026

Un aislamiento eterno

 A diferencia de los grandes heróes que nos muestran la mayoría de las historias en forma de epopeyas y leyendas, en la vida ordinaria -e incluso, en la extraordinaria- la mayoría de los personajes que las pueblan son harto lamentables, y mas de uno con cierto ánimo meláncolico. Hay quién ríe cuando descubre el trasfondo de estas verdaderas historias, mas en el fondo hay una lágrima contenida, un rictus que va de la risa delirante, toda una carcajada enfermiza, pasando por sollozos incontrolables, y finalmente, por un lloro tan sincero como estruendoso. Quizás pasa esto porque quién ríe y llora a la par se reconoce a sí mismo en estas historias, o al menos una parte de sí mismo que suele ocultar a los demás para no caer en rídiculo. A nadie le gusta causar lástima en los demás o ser motivo de burla, a excepción de algunas personas enfermizas.

Nos encontramos con una de esas historias, con una historia que nos hace replantearnos qué demonios hacemos en este mundo y para qué estamos aquí cuando son tantos los que sufren en balde. Y obviamente, una historia de este calibre requiere de un personaje que actue como particularización de un sentimiento general, una suerte de pathos individualizado de nuestros tiempos, a pesar de que en otro sentido se trate de una excepción si llevamos la instrospección hacía sus limites mas insospechados. Este personaje, que tiene un nombre como toda alma de Dios, se llama Bruno. Como puede comprobarse, su nombre al igual que él mismo no tiene nada de particular, haciéndolo tan ordinario como la mayoría de los lectores que lean esta historia que yo mismo oí narrada de otro personaje quizás no tan ordinario.

Pues bien, este Bruno desarrollaba su vida en el mayor anónimato posible, como la mayoría de nosotros, hasta que llegó un punto que ese anónimato paso a ser participe de la excensa alfombra de la propiedad pública, pero mas adelante iremos con aquel asunto. El caso era que la vida de Bruno transcurría como la existencia de esas malas hierbas alejadas de la mano de Dios, y que se encarnan en campos desiertos cargados de otras malas hierbas al nacer todas ellas en el más completo aislamiento. Sin embargo. esta mala hierba que era Bruno crecía bajo la sombra de un nogal, lo que hacía que no fuera percibida por nadie, que no causará tanto interés como lo podrían causar otras malas hierbas con formas exóticas, o puestas a la luz del sol. Sí, quizás lo que más pueda definir a Bruno como una mala hierba de su tipo, es que esta habita en las sombras, ajena al ojo de todo alma viviente.

Su rutina era tan típica que sólo pensar en narrarla provoca en mí un bostezo contenido, tanta pereza me da el intentar hacer que el lector se haga una idea de la misma. Mas diremos que no hacía otra cosa que deambular de aquí para allá, sin otra ocupación que no fuera vivir con sus escasos ahorros y alguna que otra pequeña ayuda que proviniera de los fondos del estado. Todos los días repetía idéntico ritual: fumaba unos cigarrillos, desayunaba unas tostadas carbonizadas, salía a dar un paseo para despejarse, comía comida sobrecalentada y cogía el autobús para dirigirse a la gran ciudad, y así poder contemplar en los escaparates todas aquellas cosas que le eran imposibles comprar. Después de pasadas las horas muertas andando y desandando, regresaba a su casa, leía alguna que otra novela que le sacaba de lo anodino de su vida, o veía una película que tuviera la misma función, y finalmente, a la cama y a dormir para empezar al día siguiente una idéntica estampa.

No era raro contemplarle caminando por un centro comercial enrevesado, que no se sabe por qué era su favorito. Se internaba en las tiendas de discos, de libros o de curiosidades en forma de ofertas, y ahí trajinaba como si no hubiera un mañana, revolviendo productos y decidiendo sobre algo que aunque estuviera dentro de sus posibilidades, nunca llegaba a comprar. Se internaba entre sus pasillos, curioseaba aquí y allá, aquello parecía un laberinto que le suponía una de sus escasas alegrías de su vida. Puede que palpase internamente con ello un sesgo de aventura, ya se sabe nunca se está seguro de lo que uno puede encontrar en un centro comercial tan grande y extraño. Pasadas las horas en esta tesitura, salía de ahí atravesando una salida de emergencia que cada vez era nueva para él, y ya después se las ingeniaba para intentar regresar a su cueva.

En una ocasión, se apuntó a un curso que se daba en una universidad a un par de horas desde donde vivía. No sabía ni de qué se trataba ni por qué estaba ahí, pero el caso era que un sentido interno le impulsaba a acudir al susodicho curso. No entendía las explicaciones que se le daban en las sucesivas conferencias que escuchó, ni qué era lo que proyectaban en aquella inmensa pantalla decorada como si se tratase de una obra de teatro. Simplemente permaneció ahí sentado en aquellos asientos tan cómodos y acolchados, escuchando palabras técnicas e indicaciones terminólogicas que no discernía a cuento de qué eran tan importantes para todas aquellas personas. A veces, atisbaba en la oscuridad a sus acompañantes, y ahí extrañamente pudo localizar rostros conocidos que en cuanto salieron a través de los largos aunque estrechos pasillos, le ignoraron a próposito, como si su semblante fuera una mera remembranza de un pasado en el que todos buscaban pasar página.

Sin embargo, el punto culminante en la vida de Bruno, y mediante la cual pasó de un anodino anónimato a unas semanas de fama, fue cuando se encontraba de vuelta a su casa en su acostumbrado autobús. Ahí estaba sentado Bruno contemplando el brumoso paisaje que se traslucía de unas ventanas plagadas de vaho, en silencio, ensimismado en pensamientos que si uno le hubiera preguntado después, jamás hubiese admitido. Mas de repente, el conductor del autobus le clavó una mirada amenazante, al principio pensó que se trataba de su imaginación, pero cuando se fijó con mayor atención, cayó en la cuenta de que no se engañaba con su primera impresión. Procuró el hacerse el desentendido hasta que el conductor se dirigió a él con una furia inusitada, y viendo que Bruno miraba hacía otro lado para esquivar aquella agresividad gratuita, el conductor se levantó con el autobus en marcha y todo, y agarrándole del pescuezo, le hizo levantarse señalando una mancha del asiento. Le espetó que aquella mancha la había hecho él, ya que siempre se sentaba en el mismo asiento, y que ya era hora de que asumiera responsabilidades. En tanto que el conductor enfurecido le decía todo esto, el autobús se internó en la maleza, y allí atravesó un campo desierto hasta que estrellándose, desembocó en una ladera frente a la cual nadie tenía noticia de su existencia.

Y entonces, cuando todos los ocupantes de dicho autobús salieron de la zona por patas, atisbaron a través del boscaje, que este explotó, liberando sus llamas allí donde era el reino de la naturaleza desértica, pero no fue aquello lo que más les llamó la atención, sino la aparición de miles de salvajes en taparabos que acudieron al espéctaculo cual si fuera un fenómeno milagroso ¿De dónde habían salido aquellas gentes que parecían provenir de la prehístoria? ¿Y qué hacían en aquel páramo, que aún siendo desierto y abandonado, pertenecía a la era de la civilización? El caso fue que cuando aquellos hombres tan rudos y fortachones se percataron de la presencia de aquellas gentes asustadizas, salieron disparados en su dirección, lo que provocó que unos y otros se dispersasen por diferentes direcciones, donde algunos coincidían por parejas, y hasta otros en grupos.

Obviamente, nuestro querido Bruno fue rechazado por sus semejantes, y teniendo en cuenta su ánimo tendente a la soledad, atravesó la espesura en dirección completamente opuesta a la que tomaron los demás, y agachándose entre las ramas y los arbustos, en tanto que gesticulaba con espasmos, se internó lo más lejos posible de aquella locura. Ni él mismo sabría advertir cuanto tiempo pasó corriendo aquí y allá hasta que le flaquearon las fuerzas y le faltó el aliento, y como tampoco y con menos razón, cuanto transcurrió en un escondite bien escogido entre las rocas que serperteaban las raíces de un inmenso árbol, mas el caso fue que se quedó quieto donde estaba hasta que el hambre y sobre todo la sed le obligó a salir de allí donde se escondiera.

Cuando caminó por aquel territorio salvaje, no le extrañó su aislamiento del mundo ni mucho menos la soledad que atestiguaban aquellos parajes, puesto que esos sentimientos ya se encontraban en él en su vida diaria antes de aquella tragedia. Lo que más le dolía de aquella situación era el recuerdo de la regañina gratuita de aquel iracundo conductor, mas sobre todo su garganta seca y los gruñidos que emitían sus tripas en aquellos desconsolados momentos para el sostén de su cuerpo. Caminó y caminó hasta que encontro un arroyelo en el que pudo calmar su sed, y más adelante vislumbró unas extrañas plantas violáceas cuyas hojas y pequeños frutos le parecieron amargos, pero cuyas raíces tenían un toque dulzón que le provocó la saciedad de su rugienta hambre. Por último, se echó una cabezada en un montón de hierbas que le sirvieron de almohada mientras que su colcha y su manta lo suponía la calidez del viento.

No se sabe cuanto tiempo pasó deambulando de aquí a para allá sin otra compañía que no fuera el fulgor del sol y la sensual palidez de la luna en las noches despejadas, hasta que un día en tanto que se refugiaba en una empinada colina pudo vislumbrar en la distancia que algunas de las gentes que fueron su callada compañía en aquel autobús se habían integrado en el grupo de salvajes. A partir de entonces, en soledad y a la distancia, atisbaba escenas de toda índole en la vida de aquellos salvajes y de quienes habían sido sus acompañantes rutinarios de viaje, los veía trastear de un lado a otro en busca de comida, construyendo endebles casas con paja y barro, copular en animalescas orgías en las que los gritos de auxilio se intercalaban con los de rudo placer, e incluso, también veía extrañas escenas de compañerismo y hasta cierto punto de íntimo cariño, donde todos parecían colaborar bajo un objetivo común que no era otro que no fuera el de la mera supervivencia.

No obstante, en uno de aquellos espionajes, contempló una escena horripilante tras la cual el temor se transmutó en sacudidas espasmódicas y en súdores fríos que se le repartieron por todo el cuerpo. Esto ocurrió en una noche en que vislumbró entre la gélida luz de la luna que los salvajes invocaron una enorme hogera en la que parecían freír carne ¿Cómo aquello era posible? Se preguntó Bruno, en todo el tiempo que llevaba recorriendo aquellos campos jamás vió animal alguno a excepción del tipo humano. Intentaba buscar un tipo de respuesta a este enigma cuando dirigiendo su vista a una esquina localizó a una serie de cadáveres apilados como si fueran madera, mas entre aquella pila putrefacta, había algunos sujetos que todavía se movían reclamando un aliento a la vida. Y entre ellos, por sus vestimentas que aún rasgadas y sucias no eran los trapos cenicientos que portaban los salvajes, cayó en la cuenta de que eran algunos de sus compañeros civilizados. Entonces, llegó a una verdad incómoda, y era que si bien los salvajes intentaron aparentar que los integraban si no ofrecían resistencia, en verdad los usaban como comida en conserva que se desplazaba allí donde ellos fueran, y en cuanto tuvieran la oportunidad, les daban un fuerte golpe que les dejaba trastabillando hasta que unos morían, en tanto que otros se quedaban en la aurora de la agonía.

Completamente aterrado, intentando velar sus ojos con las manos, mas no pudiendo evitar atisbar a través de sus dedos aquello que quería y no quería observar, vió como aquellos salvajes en taparabos cocían a las gentes ya estuvieran muertos o vivos en la semi-inconsciencia, y allí con sus propias manos gruesas y bestiales, con sus dientes afilados y amarillentos, desgarraban la carne cual si fuera un filete de vacuno o de cerdo, arrancaban nervios y zonas incomestibles de los cadáveres, y se alegraban cuando en sus paladares les placía el suculento sabor de la carne bien hecha. Cuando ya se habían saciado, se tumbaban a reposar entre los desperdicios y los huesos, e incluso había algunos que fornicaban, usando de los utensilios humanos que les sobraban para darse placer, en tanto que otros usaban lo que fueran unas costillas o las espinillas astadas para rarcarse la espalda o dar golpes en señal de celebración ritualística. Bruno acabó horrizado, temblando, agitándose como la presa superviviente que era, mas aún con ello, todo lo observó hasta que con la llegada de un sombrío amanecer, se desplazó de ahí buscando algún lugar que fuera seguro.

Y así pasó largos años, incontables todos ellos e imposibles de medir sin la ayuda de un reloj, contemplando salvajes escenas de una índole muy semejante a las narradas anteriormente, huyendo de aquel enemigo invisible del miedo que se le cernía, ocultándose de las miradas curiosas de aquellos bestiales diablos, y emprendiendo largos viajes en busca de agua y alimento para sostenerse. Todo esto duró como digo muchísimo tiempo, hasta que un día indeterminado localizó lo que le parecía asfalto, y cuando allí llegó cayó en la cuenta de que efectivamente lo era. Salió escapotado como aquella ocasión en la que se estrelló el autobús, y cuando volvió a retornar al mundo civilizado, a sus congeneres les pareció que él mismo era un salvaje idéntico a los cuales huía, tan macilento y empobrecido se había quedado. Lo primero que hicieron fue llevarle a una comisaría de policía, y cuando le identificaron entre sus balbuceos y susurros, le dieron cuenta de su situación, contándole escuetamente que él era uno de los escasos supervivientes del desastre ocurrido años atrás con un autobús que se estrelló en páramo desconocido. Allí, in situ, le narraron que en la medida que fueron localizados algunos pocos de sus acompañantes, estos les contaron las más cruentas historias en semejanza a las suyas, y que incluso uno de ellos, el conductor, había escrito un libro al respecto que se terminó llevando a la gran pantalla, y que de hecho, él mismo era uno de sus protagonistas.

Algo mas adecentado y peripuesto, acudió al estreno de susodicha película, encontrándose que su papel era menor, y que se le mostraba como un individuo insulso y algo idiotizado, que en tanto que los demás libraban las batallas mas heróicas y los actos más generosos, el permanecía agazapado entre los arbustos, contemplándolo todo como un ermitaño el espéctaculo del mundo. Aquello le deprimió sobremanera, mas pensando que quizás aquello fuera una dramatización exagerada de la que suelen adolecer las películas, decidió leerse el libro que había escrito el conductor, y del cual esperaba una mayor objetividad y matización al respecto. Pero cuando lo hizo sentado en un cómodo sofá en el hotel que les ofreció el gobierno a los supervivientes, cayó en la cuenta durante aquellas noches en vela que dedicó a su lectura, que el libro lo narraba todo tal cual aparecía en la película. En la medida que pasaba las páginas fue quedándose blanco, y cuando estas le llevaron a la tapa trasera, no pudo evitar un estremecimiento de desconcierto.

No pudiendo aguantar aquel cruel punzón que le incrementaba la herida en el silencio de aquel desolado hotel de las afueras, decidió regresar a su hogar. Y en el camino se encontró al dichoso conductor y autor del libro que tanto le había revuelto el estómago, puede que más aún que las escenas de canibalismo que pudo localizar en la distancia, más aún a sabiendas de que él sabía que tanto lo que se proyectaba en cines y lo que se leía en casa como un libro superventas, era mentira, jamás en sus observaciones indiscretas localizó comportamiento heróico alguno, y aunque era bien cierto que él siempre permaneció escondido al margen de todo, en modo alguno era tan imbécil como se le reprensentaba. Esto se lo comunicó al hombre, el cual se disculpó de su osadía literaria como también de la regañina desmesurada que le propinó, lo que fue el causante -pese a que esto no lo plasmó en su libro- de la tragedia que tuvo lugar. Finalmente Bruno, aceptó sus disculpas aunque no las sintiera. Tan sólo quería regresar a su hogar.

Y cuando estaba de camino, sorpresivamente se encontró a dos salvajes que merodeaban por allí, que en cuanto le vieron le atacaron frontalmente. No tuvo otra que forcejear entre ellos, y a pesar de la tamaña fuerza que estos representaban, pudo aturdirlos a golpes y a zafarse de ellos para escapar corriendo, a galope con el viento en dirección a la que fuera su casa. Aún recordaba, teniendo en cuenta el tiempo que había pasado y lo precipitado del asunto en el que se hallaba, donde vivía. Incluso, conservaba sus llaves, veladas en los bolsillos de sus desgastados pantalones. Pero en cuanto llegó, no necesitó de utilizarlas, pues lo que fuera su casa estaba toda ella calcinada y derrumbada sin remedio alguno. Y a pesar de que el incendio que allí se ocasionó parecía lejano, aún podía atisbarse entre los trozos carbonizados algunas brasas que aún lanzaban espumarracos de humo, como recuerdo de lo que antes había sido toda una pira de fuego.

Allí se quedó plantado, frente a la que había sido su casa. Con los brazos deshechos por su peso, y con el semblante compungido. Pero aún con toda la tristeza y el desamparo que sentía, ni una lágrima asomó a sus ojos. Se quedó ahí como congelado, con los pensamientos en blanco, fija su mirada en una sola contemplación: la ruina que era ahora su casa ¿Quién sabe lo que sintió en aquellos momentos? ¿A caso se le pasó por las mientes algo de algún tipo de profundidad? Quizás se imaginaba los tiempos en los que aquel montón de escombros era una casa, o puede que también fantasease con la idea de que se encontraba en su interior, anonadado por el regreso al hogar. Nadie puede saberlo  con seguridad, o al menos en lo que se refiere a su interioridad, porque lo que era su estampa externa era la de un hombre arruinado que estaba detenido en la contemplación de un montón de cenizas.

domingo, 15 de febrero de 2026

Relato de un demonio

 Aún recuerdo cuando todavía vivía sobre el éter junto a mis hermanos, en aquel edén paradisíaco donde todo era felicidad, sabiduría y plenitud. Allí no existía el tiempo, ni la zozobra ni mucho menos el dolor, ese desconocido de los abismos siderales que sólo sabían ascender ad infinitum. Todos nos amabamos, amabamos a nuestros hermanos, a los elementos espirituales que nos rodeaban, a los entes que creabamos por mero amor, y sobre todo amabamos al Señor Creador, el cual siempre nos recibía con una alegría parpable en su eterna presencia. Al principio todo iba viento en popa, vivíamos sobre la calzada celeste cual si cada uno de nosotros fueramos los miembros de un cuerpo, si uno se movía, los otros también lo hacían, si se detenía así lo hacíamos igualmente, cada aprendizaje era un movimiento conjunto, cada reflexión una suspensión de las potencias espirituales que nos servía de impulso para continuar ascendiendo sobre una eternidad indomable.

Pero, no se sabe cuando ya que las determinaciones temporales eran una utopía en aquel lugar sin espacio, de repente nuestro Creador comenzó a comportarse de una forma un tanto extraña. Se le contemplaba ensimismado, centrado en problemas que no nos comunicaba, por primera vez su pensamiento no era palabra, sino un callado silencio que nos abismaba en la duda, otro elemento que nos era desconocido hasta entonces. Menos mal que teníamos al Maestro junto a nosotros, el cual siguió instruyendonos, dandonos consejos sobre las potencias espirituales e incitándonos a que indagaramos en cada uno de nosotros para que los miembros del cuerpo, recios, fueran capaces de seguir manteniendo al resto del cuerpo en funcionamiento.

Por aquel entonces de una nada indeterminada, el Maestro comenzó a discutir con el Creador, por primera vez parecieron no estar de acuerdo. El Creador se comportaba como un niño caprichoso y egoísta, no escuchaba la sabiduría que guardaba el Maestro, es mas, le amonestaba muy severamente, su ira y su cólera era tan tremenda que todos nos escondíamos asustados. Todos excepto el Maestro, el cual afrontaba tal tesitura con valentía, algo que antes congraciaba al Creador, mas en los últimos tiempos sin medida parecía que eso también había cambiado, no quería saber nada de lo que el Maestro decía y se mostraba taciturno sobre cuestiones que antes debatía con libertad y tolerancia sin ningún problema. Así que muchos de nosotros decidimos seguir al Maestro, escuchabamos atentamente sus encomiendas sobre el valor de cada uno de nosotros, sobre la libertad de ser y de hacer, así como también sus meditaciones en torno a asuntos sumamente profundos que me serían muy dificiles de determinar aquí.

Mas todo llegó al colmo de males -nosotros que por entonces sólo conocíamos de bienes, no existía dualidad alguna- cuando el Creador tuvo que crear a un nuevo tipo de criatura de la que se encaprichó. Decía que aquellos seres eran a su imagen y semejanza, que compartían la misma dignidad que nosotros y que a partir de ahora iba a centrarse mas en ellos porque estaban desvalidos en un segundo edén que Él mismo les otorgó. Muchos de nosotros no comprendríamos ese capricho tan raro, aquellos seres eran nauseabundos, habían sido creados del elemento tierra que era el mas bajo de toda la creación, parecían seres incompletos, sin formar, sin determinar, en suma, imperfectos. El Maestro también lo consideraba así, pero lejos de atender a sus palabras, el Creador se encolerizó como nunca y le mandó callar como un niño tirano al que no se le puede quitar su nuevo juguete favorito. Obviamente, todos quedamos impresionados por el autoritarismo de este, a la par que admirabamos la tenacidad del Maestro, cuyas palabras siempre eran de una coherencia inigualable.

Entonces, el asunto fue tornándose cada vez más álgido, incluso se desató una guerra entre quienes pensabámos como el Maestro y quienes se sometían a los mandatos del Creador de manera inflexible, sin meditar ninguna de sus ordenes. Mientras nosotros nos armabámos con la verdad y la sabiduría, nuestros contrarios lo hacían con el sometimiento y la dictadura celestial, y al final fueron tantos los que prefiríeron la senda más sencilla que por una cuestión meramente cuantitativa, fuímos derrotados y exiliados a los abismos de la oscuridad y de la incomprensión, todo ello porque el Creador no quería que nadie le desobedeciera en lo más mínimo, y quién se atreviera a hacerlo, le esperaba el caer sumido en las llamas hacía su destierro.

A partir de aquello, muchos de nosotros vivimos en la ignominia y en el destierro, obligados a andar en el ostracismo tan sólo porque queríamos tener una voz, despreciados frente a una criatura que fue imperfecta desde el comienzo. Incluso, cuando el Maestro procuró otorgales el conocimiento y el discernimiento de su situación a la par que la distinción entre bien y mal según la moralidad que recientemente habíamos descubierto, el Creador se enfadó tanto que también desterró a sus supuestamente amadas criaturas a una esfera inferior. Lo curioso que aconteció a partir de entonces, era que esas criaturas que tanto divertían al Creador, sufrían constantes castigos y privaciones tan sólo porque al Creador así le placía, y cuando si por lo que fuera, nosotros intentabamos ayudarlas otorgándoles sabiduría, voluntad y libertad, Aquel se enfurecía todavía más y contaba viles mentiras sobre nosotros. Por ejemplo, cuando inspirábamos a los sabios entre ellos nos denominó demonios como si eso fuera algo tremendamente negativo, cuando les enseñábamos la individualidad y la toma de decisiones llamaban herejes a quienes nos escuchaban, e incluso cuando les ilustrabamos sobre saberes que les permitirían alcanzar la plenitud que nosotros conocímos antes del destierro, quemaban y maltrataban a nuestros seguidores como si fueran locos y desquiciados. Parecía que cuando intentabamos acercarnos lo más minímo a aquellos seres para advertirles del peligro que corrían si seguían ciegamente enseñanzas que desconocían, cada palabra que les ofrecieramos o técnica que les otorgasemos, se convertían instantánemente en algo negativo, así ocurrió con la sabiduría, el placer, la individualidad y la libertad de pensamiento, algo que les sería tan beneficioso se tornaba algo horrendo que merecía castigo.

Aquel delirio llegó a su máximo esplendor cuando aquellas criaturas inspiradas por la tiranía y el sometimiento del Creador, formaron diferentes grupos opresores que se instauraron de cara a atosigar a las criaturas que pretendían escapar del yugo que estás les imponían. Así fabricaron una serie de libros muy distintos a los que nosotros inspiramos a los mas sabios entre ellos que versaban sobre someterse sin indagar en las razones de ese somentimiento, a seguir a un guía que les persuadía a que persiguiesen los intereses de su secta, a despreciar todo aquello que oliese al más minímo conocimiento, y lo que mas nos dolió a nosotros fue que se nos representase siempre tan horrosos y despreciables, que lo demoniáco fuera algo nefasto per se, que nuestro Maestro fuera visto como un resentido y que nuestra prole que nos conocíamos con sensatez y liberalidad fueramos vistos como tentadores que quisieran arrastrar a las criaturas a un tormento eterno. Nada mas lejos de la realidad, pues nuestro infierno, dónde acudían quienes entre ellos habían luchado por la libertad y la decencia, es un lugar donde se profesa un culto al saber, a la libertad a la hora de dar rienda suelta a los placeres y donde todo despreciado o marginado es admitido como un hermano más. Pero ellos lo han hecho parecer como un horno donde todos agonizan, o en su defecto, en un glaciar donde sólo cabe soledad, cuando lo que nosotros queremos es que cada uno logre alcanzar su propia serenidad interna a partir de la indagación del sí mismo.

Incluso, recuerdo que cuando nos encarnamos en diferentes dioses para enseñar a las criaturas que podían plegarse a unos idolos que les ayudarían siempre que quisieran, el Creador formó en la mentalidad de algunos de ellos la idea de que sólo Él podía y debía ser adorado, y que aquellos que no cumpliesen su caprichosa voluntad serían castigados del mismo modo a como lo fuímos nosotros. Esto formó la liga de una serie de seguidores de lo que se denominó monoteísmo -cuando monoteísmo y politeísmo son denominativos absurdos en tanto que ambos apuntan a lo mismo, de igual modo a lo pagano y lo sacro, dos esferas diferenciadas de una realidad única- que se dedicaron al pillaje, a la masacre y al sometimiento de toda aldea donde ellos creían ver atisbos del politeísmo o del paganismo, siendo comparados las deidades que nosotros inspiramos a las diferentes culturas adecuándos a sus cosmovisiones y necesidades como demonios que deberían de ser consumidos por las llamas tan sólo porque le molestaba que se rindiera culto a cualquier cosa que no fuera Él. Como se verá, pensamiento mas propio de un egoísta caprichoso que de una deidad benevolente ¡Y luego somos nosotros los egoístas por enseñar que cada individuo debe valorarse a sí mismo mediante el auto-conocimiento!

A modo de anécdota, puedo contar que cuando el Creador tuvo aquel hijo para enseñar a las criaturas el sometimiento de una manera quizás mas laxa, nosotros estuvimos hablando con el mejor amigo de aquel para que le hiciera desistir en sufrir por sufrir. No había necesidad de que aquel pereciera de esa manera para demostrar nada a nadie, podía hacerlo permaneciendo en vida y juntándose con su recíen conocida mujer para demostrar a los hombres que podía vivirse con decencia sin necesitar de un tormento que no beneficia a nadie. Pero, aquel hijo, lejos de escuchar a su mejor amigo, rehusó de hacerle caso y le acusó de traidor cuando en realidad sólo quería lo mejor para él, e incluso le forzó bajo amenaza a que tenía que avisar a los guardias para que le arrestasen y le maltratasen. Aún con esa predisgitación, nos apenó verle sufrir tanto, implorando al Creador mientras este se ocultaba tras las nubes haciendo caso miso a sus lágrimas, nos recordó lo que él mismo había hecho con nuestro Maestro, su favorito, desterrándole junto a todos los que permanecimos a su vera. Pero nada parecía hacer desistir la tiranía del Creador, el cual enviaba a auténticos locos como supuestos profetas para someter a las naciones a unos mandatos ignominosos, rindiendo culto al sufrimiento en vez de al placer, a la tristeza en vez de a la alegría, a la ignorancia en vez de al conocimiento...

Llegó un tiempo que algunos estabamos tan cansados de esta situación que decidimos reencarnarnos en criaturas que nos servían de avatares para intentar comprender a qué venía tanta desidía gratuita y sin razón de ser. En los primeros tiempos fuí un mozo en una aldea lejana situada al noroeste de su campo geográfico, y ahí conocí el amor de las manos de una amazona muy corpulenta y fuerte, que tenía mucha mas valía que la mayoría de los hombres, y con la que tuve bastante hijos. Ahí descubrí lo que era ser una criatura, que aún imperfecta por la carne y la tendencia al pecado que el propio Creador les había implantado, logré sacar ventaja de esa imperfección material, y hallé que el goce de la carne era bendición y plenitud para aquellos seres cuando comían, se deleitaban con el viento, o retozaban entre miembros de sus semejantes, o que lo que para los arcanos era pecado, era en realidad la salvación, lo que les hacía humanos, y por tanto, algo deseable. Y justo cuando descubrí todas aquellas cosas, mi mujer me fue arrebatada por los agentes de la ley de la opresión dictaminada por el Creador, mis hijos incinerados vivos y mi desazón hermana de los sufrimientos de la madre carnal del hijo del Creador cuando contempló sufrir a su propio hijo para nada, para que el mundo continuase igual.

Perecí de la pena durante aquella reencarnación, tan triste me quedé que el Maestro me aconsejó quedarme un tiempo en el infierno, nuestro particular paraíso, para que lo meditase mucho antes de volver a la tierra para ilustrar a los hombres. Y cuando lo hice, volví a reencarname en un joven, mas esta vez se trataba de un hechicero que se afanó en escribir un tratado de magia para ayudar a los mortales a sobrellevar las penas que les imponía un Creador que algunos denominaban benefactor y misericordioso aún cuando les castigaba constantemente por salirse del sus arbitrarios planes. Pero ni aún en aquella ocasión me salió el intento bien, pues el Creador mandó a un inquisidor que procuraba hacerme la vida imposible, impidiendo así que mis enseñanzas fueran bien vistas por mis hermanos en voluntad. Atravesamos huyendo la Calle de las Pesadillas, sorteando las horrendas criaturas que nos salían al paso, y en vez de dejar perecer en vano a aquel inquisidor para quitarme un problema de encima, le salvé del acoso de los seres que rondaban por aquellos páramos de la senda onírica, pero en vez de agradecermelo, me denunció públicamente contando viles mentiras sobre mí, como por ejemplo, que yo con mis hechizos intenté asesinarle invocando monstruos, lo que me llevó a una celda primero, y después, al asesinato legitimado por las potestades del lugar.

A partir de entonces, fuí mas cauto en mis reencarnaciones. Me convertí en un lobo solitario que iba de un lado para otro  sin pretensión alguna de crear una nueva doctrina para la liberación de la humanidad, mi intento era mas bien el limitarme a hablar sólo frente a aquel que quisiera escuchar, y así lo hice -con escaso éxito he de decir- hasta que volví a enamorarme de otra mujer, en esta ocasión se trataba de una mujer bastante delgada y macilenta que era maltratada por su marido, el cual era un creyente en las enseñanzas del Creador muy acérrimo, y que la sometía a las mas crueles torturas tan sólo porque ella no pensaba del mismo modo que él. Ambos vivían en un barrio marginal, donde no había esperanza ni redención alguna, mas este hombre tomó el sufrimiento como abanderamiento de su fe ciega, y llevó con él a su sadomasoquismo personal a una desdichada mujer que fue acusada de bruja tan sólo porque buscaba su propia libertad de espíritu. Y como yo era carne en ese momento, no pude evitar yacer con aquella mujer en un cementerio alejado de la destartalada ciudad, disfrutamos de nuestros cuerpos hasta la madrugada. Esto duró un tiempo, pero como el Creador no iba a dejar que fueramos felices durante mucho tiempo, susurró en los oídos del marido sospechas e injurias, hasta que este nos atrapó en facto. Intentó matarnos, mas pude defenderme hasta el punto que fuí yo quién acabó con su vida mortal. Pero como hubo una investigación alentada por el Creador, poco pudo hacer el Maestro por intentar evitarlo con sus sabios consejos, al final nos prendieron, nos maltratados y fallecimos entre las mas cruentas agonías, tal y como parece deleitarle al Creador.

Después de leer estas penas e injusticias, el lector advertirá por qué cada vez me reencarno menos, y aunque a veces lo intento, siempre inspirado por mi pretensión de lograr la libertad en este mundo que ha sido señalado con el estigma del sufrimiento, me he ido dando cuenta de que mis intentos la mayoría de las veces resultan vanos a unas criaturas tan adoctrinadas en la obediencia ciega y en el sometimiento a voluntades que les son ajenas. A veces parece que nada pueda hacerse, a excepción de con unos pocos que parecen escuchar con atención aún las doctrinas mas extravagantes aunque liberadoras. Recientemente me dí cuenta de la existencia de otra dimensión denominada "mundo onírico" que habita en las profundidades del mundo vigil, que goza de la libertad que nosotros tenemos en nuestro reino infernal en compañía al Maestro, y donde entré en contacto con un personaje muy interesante frente al cual compartía unas inquietudes muy semejantes. Quizás a través de esa vía se logre un ápice de bienestar y de esperanza ante un mundo vigil donde sólo se rinde culto a la desdicha provocada por un Creador injusto y caprichoso que con sus ignorantes secuaces sólo se dedican a atemorizar a sus semejantes.

En fin, creo que ya he hablado suficiente sobre temas que normalmente resultan velados por la censura de los ángeles obedientes a los mandatos de la dictadura autoritaria celestial. Mas escribo esto con la esperanza de que mis palabras siendo soñadas resuenen en el eco de las conciencias liberadas, y que de la mano ferréa de la libertad de los individuos se logre una auténtica redención del alma que no se base en la rendición de los placeres, a la renuncia del saber y al sometimiento ciego, sino más bien al desarrollo y extensión de los mismos, mas allá quizás en un futuro de los limites humanos, formando así a partir de la carne de las criaturas imperfectas un hálito de beatitud ¿Y por qué no decirlo? De una peculiar perfección.

                                            Firmado,


                                        Azroel, el daimon.

sábado, 7 de febrero de 2026

Una tragedia coral a cinco voces

 -- Compadres --

Hacía un calor sofocante, notaba como el sudor se resbalaba a través de mi grasa acumulada. También veía que el asfalto de la carretera se curvaba, creando espejismos y lugares ilusorios. Y a pesar de encontrarme a bordo de mi nave terraquéa, el aire supuestamente fresco que recorría los filtros no era suficiente. Además de por el calor, me estaba desquiciando debido a los sollozos de esa mujer a la que raptamos kilometros atrás. A lo que se le sumaba el dichoso chicle que no paraba de mascar mi mujer,  tenía un serio problema con ello. Mas supongo que este es un tema aparte.

En general, menudo viaje me estaban dando todos estos supuestos nimios acontecimientos, uno tras otro sólo servían para hacerme hermano de la locura. Mirando en los espejos que tengo delante, procuro amenazar a esa mujer balbuciente con un gesto de violencia contenida. Pero nada, nada parece hacer callar a esa masa de lágrimas, que no deja de hacer gestos que me parecen sumamente desagradables. También procuro reprender a mi mujer alzando la mano y expresando con gruñidos iracundos de que ya es hora de tirar ese chicle. Pero no, nadie para de hacer lo que hacían anteriormente aún con todas mis advertencias ¡Ay, que desidia!

Pero... ¡Oh! Esperad un momento. Parece que más adelante hay un puesto de descanso, un lugar en el que podré reposar de todo este espéctaculo macabro que juega con mi cordura. Sin decir nada a nadie, ni mostrar demasiado explicitamente mi alegría, dirijo mi vehículo en esa dirección. Necesito un descanso de esta tortura, pues como continúe en esta tesitura... Juro por los dioses que voy a agarrar a esa mujer chillona y la voy a lanzar con todas mis fuerzas bien lejos, y ya de paso, a mi mujer. Me buscaría otra con menos manías... Total... ¡Hay tantas!

Tras descender de la nave, hurgo en mi bolsillo plagado de papeles y tomo un pitillo para levantar mis ánimos. Y mientras expulso el humo a diestro y siniestro, voy caminando con parsionomia en dirección al baño. Una vez allí, me posiciono sobre el inodoro mas cercano y expulso todo ese amarillento líquido oloroso acumulado. Y cuando ya están las últimas gotas intentando salir, escucho que alguien camina a mis espaldas. Procuro mirarle de soslayo, y descubro que se trata de todo un hombre, que está justamente en ese momento lavándose las manos con suma paciencia ¡Qué elegante! ¡Que postura tan señorial! Ojalá yo fuera como él...

No puedo evitar dirigirle la palabra, comentarle algo baladí como podría ser el tiempo. Y él me responde con una voz suave, contenida, deslizando las sílabas con una naturalidad como jamás había escuchado en este mundo. Una cosa lleva a la otra, y me comenta que desea irse lejos de ahí, vivir las más apasionantes aventuras como los hombres de antaño. Yo le respondo que no me lo puedo creer, que justamente ese es el motivo que me llevó a emprender el viaje a través de las llanuras más recónditas. Tanta es mi excitación que sin pensármelo dos veces, le invito a que venga conmigo, y él obviamente, lo hace. De camino al coche le digo: "A partir de ahora seremos... ¡Compadres!" Y esto es algo que menciono con toda sinceridad.


-- Chicle --

Cuanto tarda ese gordo bobalicón en subir a la nave, desde que se ha ido a aliviar esa oruga que tiene por miembro ha pasado una eternidad. Encima la cría esta de detrás no deja de llorar, no cesa de gemir como si la estuvieramos haciendo algo indecente. Pero oh, parece que ya se acerca... ¿Y quién es ese hombre? Es bastante apuesto. Además, si le comparo con mi marido no tiene nada que ver. Qué pena que los hombres no sean de usar y tirar. En ese caso, estaríamos lo que durase la plenitud de su juventud junto a ellos como una palomita arrimada a su palomo, y cuando a estos les empezase a crecer la tripa y a aumentar la calva, diríamos "Y ahora, fuera con este despojo... ¡Que venga a nosotras este suculento jovencito!" Pero bueno, este es otro tema, debería dejar de soñar tanto despierta...

Así que este hombre tan atractivo nos va a acompañar durante el viaje... Por mí no hay problema, aunque ojalá se sentase mas cerca en vez del gordo insoportable este... Ya podríamos también en vez de dedicarnos a raptar a jovencitas desemparadas, el llevanos de vez en cuando a algún hombre tan guapo, de este talante... Mas, espera un momento... ¡Quizás es lo que estemos haciendo! Oh, no me lo puedo creer... ¡Qué gran regalo de aniversario! Este joven va a hacer las delicias a modo de decoración de la casa. Ah, en fin podría estar contemplándole durante horas, y algo más...

Oh, ya me está reprendiendo mi marido por mascar tanto chicle ¡Con lo que me gusta! Podría estar así todo el día, mascando chicle tras chicle, pero ¿No es al final lo que hago? Está bien, meteré este chicle ya sin sabor e incoloro en mi bote de chicles usados. Los conservo todos porque nunca se sabe cuando me apetecerá deleitarme con alguno de estos... Con el tiempo si los dejas en reposo parecen recuperar su sabor. Uf, ya llevo unos segundos sin mascar chicle, y ya me estoy poniendo nerviosa. Pues nada, abriré mi paquete de chicles recién comprados hace poco y me pondré a mascar con todas mis ganas. Ja, el gordo ya se está poniendo nervioso de nuevo. Cuanto mas se ponga de los nervios, con mas fruición mascaré yo. Ñam, ñam adoro mis chicles.

Pero, ¿Qué? Ahora el hombre apuesto está removiéndose demasiado en el coche. Por sus gestos y expresiones, parece que siente compasión por la llorica que tenemos en el compartimento de atrás. Ya lo decía yo, no tendríamos que haberlos sentado al lado en la nave. Tendríamos que haber dejado al obeso de mi marido sentadito a su lado para que la vigilase, en tanto que yo me hubiera quedado en la parte frontal con los comandos a mi lado, y obviamente con las hermosas vistas de un joven tan guapo. Mas ahora es él quién me está poniendo nerviosa a mí también... ¡Pardiez! Al final voy a tener que ir atrás, saltando sobre él, y mostrándole lo que es capaz de hacer una mujer de verdad...

-- Hálito de valor --

La verdad, no sé que me hizo acompañar a aquel hombre a subir a su nave. Quizás fue la promesa de nuevas aventuras, de sumar nuevas experiencias que posteriormente dieran cabida a convertirse en anécdotas, e incluso, en historias que podría contar a mis hijos, a mis nietos o a todo aquel que hábido de aventura quisiera escuchar a un intento de héroe. Mas desde el primer momento que me posé en el interior de esta nave, intentando acomodarme lo mejor que pude, me dí cuenta de que había algo raro en el ambiente... En primer lugar, es cierto que me extrañó el modo de comportarse de aquel hombre, con aquella simpatía tan rara, y mas en los tiempos que corren... Es obvio que todo aquel que te sonríe con aparente amabilidad esconde las más oscuras intenciones. Pero después, una vez que ya la nave terraquéa arrancó adoptando un rumbo cuanto menos aleatorio, me percaté de la densidad del vehículo, y de una extraña presión que recorría cada uno de sus rincones...

Además, la mujer que tengo delante de mí, y que presumo que estará casada con mi nuevo "compadre", no para de mirarme, de escrutarme, de interrogarme con esos ojos de serpiente... Diría que hay una cierta lujuría en su mirada, no quiero ni pensar en lo que sería capaz de intentar conmigo si estuvieramos a solas. Ese modo de mirarme me hace estremecer, provoca que me sujete a los extremos del asiento y que procure tranquilizarme en tanto que intento recuperar el aliento. Incluso me atrevo a cerrar los ojos, controlo la respiración, y... Aún así, todo intento parece en balde, es como si hubiera una bruma que nos rodease a todos los que componemos el interior de esta nave, y que nos transportase hace dimensiones inexploradas...

Sin embargo, se me olvidó mencionar lo que quizás más me turba de esta situación. Al poco de subir a este vehículo que levita sobre la tierra, me extrañó que me sentarán justo al lado de una joven cuyos ojos estaban arrasados por las lágrimas, también sus ojeras atestiguaban el que por ahí ha surcado un afluente de la más profunda melancolía. En un comienzo pensé que se trataba de su hija, mas al poco de lo que llevaba de viaje me percaté de que en modo alguno era así, ya no sólo por los gestos tan bruscos que la dirigían, sino porque incluso en sus ademanes no hay rastro alguno de cariño ni de entendimiento, sólo desolación y violencia contenida. Unos padres, por muy horrendos que fueran, jamás tratarían así a su propia hija, pese a que pueda haber ejemplos que digan lo contrario...

Un momento, parece que la joven está intentando comunicarse conmigo... Pero ¿Por qué no lo hace directamente? Ah, ya veo... Ya empiezo a comprender, por lo visto esta pareja no tiene conexión alguna con esta chica, y si alguna hubiera, sería la de sus raptores. Con señales, le indico a la joven que se calme, que no se preocure, algo se me ocurrirá hacer... Está claro que esto no puede seguir así, no puede tolerarse que aún con todo el mal que pulula por aquí y por allá en este mundo, encima seamos participes del mismo mediante la omisión o el silencio. Está bien, ya se me ha ocurrido algo... Parece ser que los nervios están muy crispados por aquí, pues entonces lo mejor será aumentarlos. Voy a empezar a agitarme, a moverme aquí y allá, quizás así pueda despistarlos con lo repentino de mi comportamiento.

Y si, parece que surge efecto. Ambos raptores parecen encontrarse muy agitados, despistados en tanto que procuran centrarse sin conseguirlo en mis piernas que no cesan de balancearse por todos los lados emitiendo ruidos molestos. En este momento de combulsión interior, siento en mí un hálito de valor que me impulsa a actuar irremediablemente, justo... ¡Ahora mismo!  Dando fuertes golpes con mis piernas logro abrir las puertas de la parte trasera de la nave, y poco importa que el hombre obeso intenté golpearme con su enorme zarpa, la aparto de mí con una buena patada. Me deshago de los cinturones de seguridad que tengo atados por todos los lados con la ayuda de un cuchillo que siempre llevo conmigo, a la par que hago lo mismo con la joven que tengo a mi lado, y cuyos ojos por primera vez parecen atisbar algo de esperanza... La nave de desequilibra debido a toda la agitación que se da en su interior, pero a mí no me importa, y agarrando a la joven, nos lanzamos en aras de la libertad.

Ya fuera, hemos de correr por patas, escondiéndonos entre las matas de este desconocido lugar, y procurando otear entre las ramas cuales pueden ser las posibles salidas. En tanto que la nave se aleja, observo con curiosidad el entorno y cosa extraña, la zona me produce una inhóspita familiaridad. Es decir, nunca he estado por aquí, y sin embargo, algo en mi siente que todo el lugar me suena de algo... Cual si lo hubiera soñado, o lo hubiese vivido en una vida pasada que me fuera imposible de recordar. Pero ahora, ¿Que haremos?

-- Intuición --

Por fin pude escapar de aquel infierno en forma de nave. Aquellos grotescos personajes me daban miedo, no sabía que pretendían hacer con una joven como yo. Tan presionada me sentía por las fuertes ataduras, que no podía hacer otra cosa que no fuera llorar. Ambos tenían una mirada tan desquiciada, tan de locura acumulada, tan... No sé ni cómo definirlo. En cuanto los ví en las distancía debí de huir, pero no sé por qué me quedé paralizada. Se aprovecharon de mi sorpresa, de mi desconcierto interno, y en cuanto pudieron, me agarrarón y me llevaron a aquel sepulcro movil. Las lágrimas surcaban sin cesar mis mejillas humectadas, y mis labios no dejaban se temblar, balbuceando pidiendo ayuda a todos los dioses habidos y por haber, y finalmente mis suplicas internas fueron atendidas y me enviaron a un compañero de martirio.

Allí estaba, sentado a mi lado, quizás procurando invocar otro conjunto distinto de lágrimas. Pero esta no fueron las que acudieron, o al menos, no de la misma tipología que las mías. Estas al principio eran susurros, murmullos que se preocupaban de mi estado, y finalmente se vertieron en acciones que pasaron de ser agitaciones corpóreas a transmutarse en golpes agresivos contra mis verdugos. Después, sus brazos me rodearon con fuerza, mas no con violencia contra mi persona, sino con un hálito protector que suponía mi liberación. Y así fue, así volamos al exterior de la nave, y poco después nos ocultamos, observando aquella hogera infernal alejarse en busca de otro tipo de victimas.

Y ahora estabamos aposentados en la oscuridad del exterior, intentando ubicarnos en lo desconocido. Todo lo que nos rodeaba era campo abierto cargado de barrizal sumido en la oscuridad de la noche, en tanto que yo sentía una rara aprensión, como una intuición que me comunicaba que estabamos rodeados por espectros que se agazapaban en las sombras. Es verdad, a pesar de sentirme segura en la compañía de este hombre, también advertía cierta inseguridad en la bruma oscura que nos circundaba. No sabía qué pensar, qué camino tomar con la liberación recíen adquirida. Cuando uno  está oprimido al menos tiene la seguridad de estarlo, de que en apariencia no hay escapatoria posible, pero cuando se recupera la libertad uno se pregunta... ¿Y ahora qué?

Hum, parece que finalmente se ha decidido tomar una senda, un camino que nos indica que quizás tengamos una salida a la desesperación. Así que nos internamos entre las zarzas enroscadas, y a través de ahí, pisamos un camino apelmazado que nos conduce hacia donde nadie sabe. La oscuridad nos rodea, la luna está muy pálida y las estrellas titilan emitiendo apagados fulgores, mientras que nosotros nos tomamos de la mano para guiarnos, para palpar entre las sombras lo que estás cobijan de luz. Desconozco de si será un efecto ilusorio, mas en la distancia creo advertir una tenue luminosidad... ¿Será una salida? ¿Un nuevo comienzo? Pronto lo averiguaremos ¿Qué será lo que la vida y la muerte nos depare?

-- Espectro --

Desde las alturas, velado por grísaceas nubes observo la huida de aquellos jóvenes en medio del campo. Desconocen hacía donde se dirigen, pero poco parece importarles. Eso me gusta, me gusta la intrepidez y la incertidumbre, aquello que no se sabe, y que sin embargo, cuando ocurre, a nadie parece sorprenderle realmente. Al principio pensé que aquellos dos jovenes iban a ser sumidos en la locura debido al rapto de aquella anodina pareja, pero muy al contrario, para que todo aquello no fuera tan previsible, opté por infundirles valor y que salieran de ahí, que se encaminasen hacía nuevas aventuras que les permitiese probarse a sí mismos, comprobar así lo máximo en lo que puede extenderse el espíritu.

Todos los páramos que ahora están atravesando no son otra cosa que mis dominios. Se trata de un árido y muy sombrío territorio que yo he creado en mis sueños, como también en mis pesadillas... Ahí viví de niño durante mi periodo vigil, y así lo reconstruí en la instancia onírica para dar cabida a las más cruentas pesadillas. Obviamente, no todas son tan horribles como aparentan, hay fantasías humildes e inocentes que acaban por transmutarse en los monstruos del remordimiento, y al contrario, otras entidades que aún siendo blasfemas y geómetricamente imposibles, se vierten en un fructíreo sopor cuando pan toca su flauta. Para un observador imparcial quizás todo esto tenga su toque de delirio, para mí en cambio es la salvación ante la opresión ordinaria que atenaza la conciencia.

Y en tanto que huyen con sus manos entrelazadas, pisando hojarrasca y tierra apelmazada, parecen advertir que más allá de la elevada bruma que un espectro se balancea con la luna. No están tan desencaminados... Aquí estoy yo danzando con mi amada la luna, e invitando a las estrellas a que nos sirvan de coro, mientras con ojo avizor escruto la porción de mundo inconsciente que el demonio me ha brindado. Aunque a veces me desplazo por el mismo con mis propias piernas, normalmente me gusta sobrevolarlo, y en otras ocasiones, como la presente, me gusta habitar las alturas de los cielos oscurecidos. Aquí permanezco agazapado entre las más seductoras compañías, las cuales también miran, contemplan con ganas de que se desarrolle la fantasía onírica hasta su final circular.

Yo sé a dónde se encaminan aquellos dos personajes, incluso podría decir que sé lo que les va a acontecer. Claro está que no puedo advertir cual será exactamente cada una de sus reacciones, mas sí quizás puedo hacerme una idea somera al respecto. Conozco lo que está mas allá de la frontera campestre, el desquiciarse de todos aquellos ojos diábolicos que les observan, el delirio febril de la urbe y de lo que está mas allá de la misma... Pero mejor será dejar todo en suspenso, en un misterio que quizás nunca se resuelva, en aquel supuesto final del que sólo caben conjeturas y nunca certezas plausibles ni mucho menos absolutas. Puede que después de todo lo interesante no sea el final de la historia, sino esos intervalos misteriosos que dan pie a la especulación, en el que la maquinaria espectral se pone en acción de cara a crear figuraciones, alucionaciones, visiones que al fin y al cabo son de otro mundo.

Dejad que los mortales sueñen, que teman por lo que se encuentra oculto entre las sombras, que den pie a fantasías que no entienden de corrección ni de ética, pero que en cuanto sepulten sus ojos con la ayuda de sus párpados y de su imaginación, acaben por dar las gracias por sentirse por vez primera vivos en la muerte.

domingo, 25 de enero de 2026

Dichas y desdichas de un vampiro

 A veces es tan absurdo como paradójico el modo en el que se desencadenan ciertos acontecimientos. Me refiero específicamente a aquellos momentos en los que todo parece cambiar por un nimio detalle, que a pesar de su aparente pequeñez, acaba desembocando en algo tremendo. Algunos dirían que es como la gota que colma el vaso, pero para quién lo  vive en sus propias carnes, ese vaso no estaba ni lleno ni vacío, es como si aquel vaso no existiriera, y la supuesta gota como esa lluvia tan tenue que parece que no cae. Mi vida cambió debido a un acontecimiento semejante, anodino a la par que anectótico, que incluso podría provocar la risa en mas de uno, pero que en mi caso supuso la gota que lo cambió todo, una brisa que acabó formando un maremoto de tales dimensiones, que para nosotros los que manejamos el barco supuso el naufragio de nuestras vidas.

Todo empezó con un acostumbrado paseo, una necesidad de explotar otros territorios. Me encontraba en compañía de mi pareja Melisa, recorriendo unos extraños almaneces que para nosotros eran desconocidos hasta entonces. Se trataba de un amplio poligono industrial en el que la galerías se encontraban abiertas al público, e incluso había un centro comercial por la zona y un bar que estaba plagado de gente, la mayoría de ellos borrachos y raros personajes. Melisa me agarraba con fuerza de la mano, como intuyendo que algo no iba del todo bien, pero yo me encontraba plácido, como en mi salsa. Vagaba por aquí y por allá metido en mi mundo interior, indagando en mis pensamientos de acuerdo con las impresiones que recibía del exterior.

Aquel inofensivo paseo transcurría con normalidad hasta que cuando estabamos atravesando uno de aquellos almacenes atestados de productos encerrados en sus cajas, sin querer debido a mi ensimismamiento me tropecé con una pequeña mujer a la que dí un leve empujón con mi hombro cuando pasamos a su lado. Y este hecho, tan nímio en apariencia, enfureció a aquella mujer, nada mas sentir mi hombro chocando con su pequeña cabecita, se puso a refunfuñar. Incluso advertí, que mascullaba violentas palabras en tanto que pataleaba el suelo con un evidente enfado. He de reconocer que tras ello no pude evitar esbozar una sonrisa que evidenciaba una risa que contenía, pero que pugnaba por escapar de mis labios. Aún así, guardé el tipo, y girándome sin resultar cantoso en demasía, le comenté a Melisa lo extraño de este encuentro, a lo que ella me respondió con un asentimiento de complicidad.

Pero entonces, de repente, en cuanto doblamos una esquina de la galería para dirigirnos a la salida de emergencia, dos hombres corpulentos nos detuvieron, impidiendo que salieramos de allí. Empezaron a empujarnos y a menospreciarnos, a insultarnos y a intentar agredirnos. Aquello no podía tolerarse, así que haciendo uso de un ennegrecido cuchillo que siempre portaha conmigo, atesté unas cuantas puñaladas en el rostro de uno y en las costillas del otro, y mientras aquellos hombres se recomponían de sus heridas, escapamos de allí. Mas justo en la salida, había como cinco hombres vestidos de igual tenor y con evidentes intenciones de violencia hacía nosotros. Me preocupaba la integridad física de Melisa, así que la puse detrás de mí y me abrí paso a cuchilladas para dispersar a aquellos hombres y escapar de ahí como fuera. Sabía que debido a su número era imposible combatir en igualdad de condiciones, así que hice uso de la sucia estrategia, y cuando nos fue posible huímos de esa zona.

El lugar era inmenso, parecía que no iba a acabarse. Cada vez que avanzabamos aparecían más y mas almacenes, los cuales estaban atestados de aquellos hombres vestidos con esmoquin. Debido a su superioridad numérica y a su musculatura, creí que era mas prudente en ocultarnos entre los muros para lograr atisbar alguna escapatoria. Eso sí, en todo momento mantuve mi cuchillo elevado en alto, y con la mano contraria, agarrando a Melisa para que no se me perdiera en el camino. Ella, a pesar del temor, mantuvo cierta compostura, y sólo se limitaba a ofrecerme los posibles escondrijos y salidas alternativas para que nos fueramos de ahí lo antes posible.

No sé cuanto tiempo pasamos corriendo de aquí para allá, pero finalmente llegamos a una especie de pequeña ciudad que aún estando rodeada de los susodichos almaneces, mostraba mas vías de escape. Nos internamos en senderos recónditos, en callejuelas adyacentes, pero a pesar de nuestros esfuerzos, al final nos vimos rodeados por gran número de aquellos hombres, y en su centro aquella pequeña mujer a la que había empujado sin querer. Por lo visto, la razón de todo aquel espéctaculo estribaba en que el empujón supuso para ella una injuria tremenda, una ofensa de la envergadura de una bofetada de un caballero a otro en el románticismo. Yo personalmente no lo consideraba para tanto, pero por lo visto aquella mujer era alguien importante, una ejecutiva o algo así que se tomaba las cosas demasiado a pecho.

Así se lo comuniqué, le dije que no entendía todo aquello pero que la ofrecía mis disculpas. Nada mas decir esto, su semblante se transfiguró de una mirada amenazante a una sonrisa de complaciencia, y me ofreció una bebida negruzca de lo que ella denominó "de la reconciliación" La tomé y la bebí deseando de que todo aquello terminase, pero a los pocos segundos lo que había bebido me subió por el gaznate, y lo devolví en forma de un líquido entre negro y sanguilento que escupí con desprecio en las losas de aquel lugar. A ella esto pareció sorprenderle mucho porque arqueó las cejas con estupefacción, y me miró interrogante, esperando que yo aclarase sus dudas. Entonces, entre risotadas que me negué a contener, le confesé que sus intentos por asesinarme resultarían vanos, que tanto yo como mi pareja éramos vampiros, que no sabía con quienes se estaba metiendo, aún con todo el poder que pretendía tener, nada podría hacer contra nosotros.

Y tras estas palabras, sonreí con sorna adornando mis afilados colmillos con la mugrienta sustancia que expulsaba por la boca, y me lancé como un animal sobre algunos de sus ayudantes, desgarrando sus cuellos y succionando su sangre para recuperarme de aquel mejunje que tanto me incordiaba en el estomago. Acto seguido, sobrevolé sus cabezas en compañía de Melisa, y nuevamente nos escabullimos de allí con aún mayor pompa que en las anteriores ocasiones, provocando un colérico movimiento entre los guardaespaldas de aquella pequeña mujer, mientras mi desenfrenada risa se solapaba a las injurias y amenazas que ella profería, alzando un puño en alto en tanto que nos contemplaba elevarnos sobre sus desdichadas cabezas.

Después de esta improvisada huida, llegamos elevándonos a un campo yerto, del cual desembocamos en otra pequeña ciudad que igualmente se encontraba atestada de idénticos personajes. Optamos por la misma estrategia, a saber nos ocultabamos entre los matorrales que la circundaban cuando podíamos, y cuando no nos quedaba otra, entrabamos en combate provocando tal lluvia de sangre, que tanto Melisa como yo terminamos tan saciados que no nos entraba ni una gota sanguiolenta más. Debido a ello tuve que hacer uso del cuchillo nuevamente. Era verdad que todo aquel cúmulo de sangre era un desperdicio, pero ni a mí ni a mi compañera nos entraba nada mas, así que a nuestro pesar tuvimos que echar a perder aquella ambrosía vital en aras de nuestra supervivencia. Para que uno se haga a la idea de cuan sangriento fue todo, que se imagine una plaza de un pueblo toda inundada de rojo cual si el Dios del Antiguo Testamento hubiera retornado a nosotros lanzando una plaga sobre Egipto. Así estaba todo, atestado de sangre aquí y allá, junto a cadáveres que horadaban las esquinas con sus cuerpos desgarrados, cuyos semblantes mostraban el sufrimiento que sentían antes de perder la vida.

Entonces, la pequeña mujer, sacando un silbato se sus bolsillos, comunicó un alto de aquella guerra, y nos reunimos con ella y con unos guardaespaldas frente a una mesa que daba a la cristalera de un local. Sin mediar palabra aún con su rencorosa mirada y la de sus acompañantes que deseaban meternos baza en cualquier momento, señaló en dirección a una vidriera en la que se transparentaba la figura de una mujer que se encontraba apresada, la llevaban con cadenas y empujones violentos en nuestra dirección, o sea, a la salida de aquella especie de tienda que mas bien parecía una peluquería. Manteniendo el dedo índice en tanto que la señalaba, nos indicó que aquella mujer era una bruja llamada Minina, y que iba a analizarnos espiritualmente de cara a tomar una decisión en torno a nosotros.

Minina la bruja, se sentó ante nosotros. Nos miró directamente, y nos cogió en las manos en tanto que esbozaba una enigmática sonrisa. Se sucedieron unos instantes en silencio, a los que se dió pie a que poco después se susurrasen extrañas palabras. Finalmente dijo que no suponíamos una gran amenaza, que aún teniendo en cuenta nuestras fechorías y nuestra violencia, teníamos un buen fondo, el cual daba pie a que se nos perdonase por nuestros pecados. Tal afirmación no sentó del todo bien a aquella mujer, y golpeando con su puño en una mesa, ordenó a sus subordinados que nos apresasen y ejecutasen. Obviamente no ibamos a dejar que se nos tratase así, lo que hizo que los evitase con premura, abalazándome sobre sus cabezas y dislocando sus cuellos, en tanto que tomaba a Melisa en mis brazos para que huir de ahí como habíamos intentado anteriormente.

Pero mientras nos alejabamos del lugar y nos internamos en la pradera desierta que teníamos ante nosotros, algo en nuestros corazones palpitó en señal de remordimiento. Melisa y yo nos miramos a los ojos confirmando nuestros pensamientos sin necesidad de palabras, y supimos que debíamos liberar a aquella bruja que retenían contra su voluntad en dicho lugar. No podía permitirse que aquel gazñapo hiciera lo que quisiera, así que ideamos un plan del siguiente tenor, a saber, como fueramos a donde fueramos todo se encontraría atestado de los guardaespaldas de aquella mujer, debíamos asesinar a algunos de ellos, y hacernos con sus trajes. Era imposible que todos ellos se hubieran quedado con nuestras caras, sobre todo los que se encontraban en zonas mas alejadas no sabían de nosotros de no ser por nuestras respuestas violentas ante su presencia, así que podríamos pasar desapercibidos, retornar a la zona donde tenían capturada a la bruja, y poner luego pies en polvorosa.

Aquel plan no tenía pérdida, y así lo pusimos en ejecución tal y como lo planeamos. Llegamos infiltrados a la zona donde se encontraba la bruja, y la liberamos pretextando a los guardaespaldas que la jefa nos había ordenado que teníamos que llevarla a otro lugar debido a una información que por ahora era secreta. Y así lo hicimos, huímos en compañía de la bruja Minina, que nos miraba con cierta complaciencia y orgullo. Así descubrimos todo el despliegue que me atrevería a considerar militar que la mujer había armado en nuestra contra. Allí donde fueramos, todos eran hombres uniformados cargados de armas que portaban coches blindados, camiones de guerra e incluso helicopteros... Pero a pesar de ello, mantuvimos el tipo, y tanto tiempo pasó de aquello que nuestros semblantes se perdieron en el olvido para aquellos hombres que nos odiaban sin conocernos.

En una ocasión, cuando hicimos un alto en un pequeño bosquecillo, Minina la bruja volvió a hacernos un reconocimiento espiritual, extrañamente se centró sobre todo en mí, pues sentía que no había ahondado suficientemente la primera vez. Primero, me impuso sus manos sobre los hombros, mascullando unas palabras que aparentaban tratarse de una especie de hechizo, después las apartó y me miró a los ojos esbozando una amplia sonrisa, y de repente ante mis atónitos ojos, se desprendió de su sostén liberando así sus senos, y puso el mencionado sostén sobre mi cabeza. En ese momento, miré de soslayo en dirección a Melisa que ya me miraba amenazante debido a los evidentes celos que aquello le provocaba. Yo me limité a alzar mis hombros con desconcierto, para después desplazar mi mirada en dirección a Minina que se encontraba desnuda de cintura para arriba. Se relamió los labios, y retiró el sostén de mi cabeza, y en tanto que lo ajustaba me indicó que aquello era un hechizo protector, y que iba a brindarme la oportunidad de acabar con todo aquello.


Y así, nos dirigimos de nuevo en dirección a los primeros almacenes, allí donde había comenzado todo. Nos internamos en el almacén que aparentaba ser el principal, y llegamos los tres a una zona tremendamente oscura que daba entrada a una puerta que sólo localizamos agudizando la vista y palpando con las manos, y cuando la abrímos nos encontramos a dos hombres, uno muy gordo y otro muy flaco que se encontraban sujetos contra la pared con esposas. En medio había una joven amarrada en mitad de la sala, y justo delante de la misma había como cinco hombres que sonreían con sadismo ante los intentos de la joven por desprenderse de ahí. En tanto que procuraba liberarse sin conseguirlo, los otros dos hombres que estaban apresados, no paraban de llorar y de suplicar clemencia. Personalmente, no comprendía aquel espéctaculo ni entendía que tenía que ver todo aquello conmigo.

Y en tal tesitura, sin saber por qué, aquellos hombres comenzaron a lanzarle cosas a la joven. Al principio eran finas agujas que le arañaban la cara mientras que otras se le quedaban clavadas sin que fuera capaz de soltarlas por motivos obvios, pero después empezaron a lanzarle cada vez objetos mas punzantes, como afiladas cuchillas, y finalmente, puntiagudos cuchillos que desgajaban su blanquecina carne. Cada vez que estos la acertaban en la cara proferían sonoros aplausos exponentes de su alegría, y cuando por lo que fuera fallaban dándole en otras partes de su inocente cuerpo, lanzaban un segundo objeto punzante con aún mas saña que el anterior. Yo no sé cómo fuí capaz de soportar aquello hasta entonces, quizás porque la bruja Minina me agarraba del brazo para impedir que actuase, mas no pude aguantar mas y me lancé en aras de dispersar a aquellos hombres, liberando así a la joven que ya se encontraba magullada de golpes, heridas y sobre todo cortes sanguiolentos que le recorrían todo el cuerpo.

Sin embargo, cuando ya la tenía liberada en mis brazos, a su mirada inocente y perdida le siguió una maléfica risa que me perturbó hondamente. Fue así cuando descubrí que todo aquello era un hechizo de Minina, y que la que en apariencia era la victima se trataba de la agresora, pues aquella joven no era otra cosa que un avatar de la pequeña mujer que tanto daño nos había hecho por haberla empujado sin querer en ese mismo almacén, y que hasta entonces había sido castigada por la bruja con aquel infierno particular. Pero aún así, lo que aparentaba sufrimiento y desdicha era en realidad regocijo, pues la joven parecía sentir placer recorriendo con sus pequeñas manos las heridas, que al palpitar con el tacto le producía un estremecimiento que se volcaba en una risotada de goce a tenor de las circunstancias. Así pues, sin pensarlo dos veces impuse mis afilados colmillos en su cuello, y succioné su sangre con un inusitado frenesí. Ahora me tocaba a mí sentir placer, puesto que con el paso de su calenturienta sangre a mi boca, todos mis miembros se mantuvieron en una tensión hedonista que sólo culminó cuando su cuerpo se convirtió en un despojo seco y macilento.

Recuerdo que mientras digería cada gota de su sangre, sentía su cuerpo vibrar y su risa aumentando en una serie de enloquecidos alaridos, y supe que todo aquello había acabado no cuando el líquido como el vino cesó, sino cuando se dió pasó al silencio en tanto que sus miembros quedaron ateridos, estirados y en suspenso como ocurre con la mayoría de los cádaveres. Al final todo terminó de esta extraña manera, del mismo modo a como había empezado, con un hechizo que sobrepasaba los sueños y las pesadillas todas, y acabó culminando en un estremecimiento interno que sobrepasaba mi propia cordura, pero en la que acabé siendo participe quisiera o no. Y lo que fue sufrimiento en un principio se volcó en deleite al final.