Ahora, tumbado en una oscuridad total innaccesible a los sentidos reflexiono sobre mi vida y su relación con la aparición de la Sombra. Y mientras medito en torno a este problema tan extravagante para la gente corriente no soy capaz de localizar en un punto temporal cuando apareció la susodicha entidad. Quizás siempre me acompañó, siempre estuvo cercándome poco a poco, mas puede que debido a lo impreciso de los recuerdos demasiado lejanos no sea capaz de explicarme su principio u origen. Es posible que ya desde el vientre materno, aquella sustancia tan extraña ya rondase al rededor de mi cordón umbilical, o que no fuese así, siendo en realidad que esta apareciese nada más alumbrarme al mundo, tanteandome con sus miembros invisibles, o puede que también que fuese algo que aún habitando en mi interior no se manifestase sino mucho después.
Lo que sí soy capaz de afirmar sin temor a equivocarme es que siempre tuve miedo. Es cierto, que por otra parte, este miedo siempre ha sido indefinido y no siempre ha dado cabida a una expresión explicita, y que aún en mis últimos momentos su expresión objetivada ha sido producto de mi mente trastornada. Mas, aún así, es bien cierto que el miedo siempre me ha acompañado allí por dónde yo iba, incluso en los momentos anodinos que comporta toda la existencia. Daba igual si decidía quedarme en casa o salir a la calle, si permanecía quieto o en movimiento, si encendía el piloto automático de la existenxia o si prefería vivir conscientemente, allí donde estuviera de la forma que fuese aparecía la Sombra para atemorizarme, haciéndome sentir quieto e inseguro, acechándome como un espíritu malvado familiar. Y mientras tanto yo, me quedaba temblando, esperando a que se fuera, a que se alejase de mi para que pudiera respirar. La verdad es que nunca me he llegado a acostumbrar del todo a su presencia, incluso en estos postreros instantes no puedo evitar que un sudor frío me recorra la frente y que desemboque en mis entrañas.
Pese a que he mencionado que no sabría decir cuando empezó todo, lo que si sé es que ya siendo un niño pequeño, un infante de escasos cinco o seis años, iba todas las noches a dormir con un miedo terrorífico que recorría con sorna mis venas, carcomiéndome en tanto que mis parpados se sellaban para dar cabida a las pesadillas. Tenía extraños diálogos en mi mente con una entidad que no sabría definidir, las conversaciones eran tan ordinarias al principio que parecía que estuviera conversando con un pátetico amigo invisible, mas con el tiempo estos diálogos fueron haciéndose cada vez mas extraños cuales pensamientos obsesivos mantenidos con una entidad intracorporal. El caso era que esto era un asunto de todas las noches, y aunque no recordaba por entonces vislumbrar a la Sombra -quizás por la oscuridad que imperaba- lo cierto era que la sentía, como cuchillas que iban acariciando mi cuerpo para luego asestarme el tajo final.
Recuerdo especialmente una de aquellas primeras noches de pesadilla en las que yo estaba completamente aterrorizado, y mientras intentaba ignorar las palabras que la Sombra imponía en mi mente, creí vislumbrar a través de las tinieblas un reflujo sombrío aún mas oscuro que fue cerciéndome sobre mí, rodeandome como las patas pulposas de una entidad terrorífica. Yo intentaba cerrar los ojos, pensar que todo aquello era producto de mi imaginación, mas cuando los entreabría con un deseo profundo de que aquella cosa ya no estuviera ahí, todavía creía percibirla deslizándose en mi dirección, cada vez más cercana, casi palpando mis entumecidos miembros. No podía parar de temblar, conteniendo un llanto que pugnaba por salir, siendo un espasmo encarnado cuya única esperanza era la llegada del nuevo día para que los rayos del amanecer aminorasen tan repugnante presencia.
Pero, ni aún la luz del día era capaz de acabar enteramente con esa blasfema entidad. Incluso en el colegio, mientras los profesores me regañaban por no traer los deberes hechos, a sus espaldas en tanto proferían su retahila y su acostumbrada regañina, veía la sútil forma de la Sombra elevándose en señal de triunfo. Parecía que esta se ufanaba con mis tragedias y desgracias, se crecía como reafirmándose en su apostura siniestra, en tanto que en mis escasos momentos de felicidad, alegría o festejo, esta se hacía pequeñita para que en el momento menos pensado la percibiese, recordándome que yo jamás podría estar del todo satisfecho con la vida, sino que muy al contrario, era su esclavo, que estaba atenazado por los grilletes que su mera existencia me imponía, evitando que avanzase un sólo paso sin recordar que en el fondo era un desgraciado. Así, obviamente, acababa por trastabilar y finalmente caerme sin remedio, a un pozo tan profundo que este se asemejaba al abismo de los mil infiernos.
Ya cuando empecé en el instituto fuí igualmente desgraciado como lo era en el colegio, sino más. La Sombra fue engrandenciendose, haciéndose casi una divinidad pagana invocada por unos antepasados que nunca llegué a conocer realmente. El caso era que aquella entidad malvada no tuvo suficiente con ser la presencia y el aliciente que me circundaba en mis desgracias adolescentes, sino que además de soportar que los demás chicos se burlasen de mí, que me empujasen y fuera motivo de sus chistes más oscuros, aquella con cada mala palabra, cada empellón o cada indirecta dada con mala baba, se deslizaba graciosamente, como uniéndose a la fiesta de mi propio martirio. Yo entonces, me agazapaba, temblaba en cuclillas esperando que todo aquello terminase en algún momento del mismo modo a como cuando era un niño esperaba la llegada del día para que mis pesadillas se disipasen.
Sin embargo, no sólo era desgraciado en un sentido externo, sino que interno también. Cada vez que me examinaba a mí mismo me contemplaba como un pingajo, un ser míserable nacido para sufrir, cual hiciera la joven que contemplándose en el espejo se viera tremendamente obesa al tener anorexia. Tampoco ayudaba el hecho de que todo aquello en lo que emprendiera me saliese mal, al ser mal estudiante mis alicientes académicos eran nimios, pero aún así intentaba esforzarme porque aunque en mi vida social yo ya era un cadáver andante, al menos que pudiese prosperar en un futuro mundo laboral. Pero aún en eso fallaba. Daba igual que estuviera estudiando hasta las tantas, el resultado de los examenes siempre eran números rojos, y ni aún los escasos suficientes me servían para seguir adelante puesto que siempre terminaba suspendiendo. Creo que tanto los maestros como mis propios padres se llegaron a replantear que fuera un tonto congénito, tan escasas eran sus esperanzas en mí que ya ni se sorprendían ante mis fracasos.
Mas, a pesar de todo, no sé ni cómo, tras repetir unos cuantos cursos finalmente llegué a la universidad con una nota raspada. A veces pienso que incluso me admitieron por pena, pensarían quizás que los mediocres también tienen derecho a ocupar su puesto en las facultades aunque sólo fuera para tener que suspender a alguien entre tantos prodigios. Pero, ni aún entonces, la Sombra dejó de acompañarme en aquellos supuestos esperanzadores instantes, puesto que entre las lecciones magistrales que daban los maestros sobre los escritos y la sabiduría de los antiguos, aquella cosa seguía insistiendo en reafirmase indefinidamente, haciendo que me despistara de mis própositos, provocando el irrevocable suspenso una vez que hubo llegado el examen. Y obviamente, en lo que se refiere a la fáceta social el asunto no fue mucho mejor porque aunque ya no se metían conmigo tan explicitamente, sí que podía percibir sus condolentes sonrisas, sus susurros escrutadores y sus risillas de crueldad disfrazada de humor. En tanto que yo me limitaba a agachar la cabeza, andando mirando al suelo, y aún incluso entre mis presurosos pasos localizar de soslayo cómo la Sombra se asomaba, vigilándome con sus ojos que eran pura negrura y emitiendo palabras indescifrables, invocaciones de antaño que eran proferidas en los sabbats de la Edad Media, intercalando la burla con la solemnidad del latín de antaño.
Un momento verdaderamente turbador de aquellos años fue en una noche en la que no sé ni cómo una joven accedió en acostarse conmigo. He de reconocer por otro lado, que era tremendamente fea y desgarbada, como deforme, aunque por otro lado no sabría yo decir si yo era mucho mejor, mas el caso es que así fue quizás por desesperación mutua. Y aún incluso en esos momentos supuestamente placenteros, mientras ella se desnudaba mostrándome unos senos alicaídos, como tristones, y sobre todo cuando entré en aquella oscura concavidad cerrada como cueva de lobo, la Sombra fue cercándome, burlándose de aquella parodia de la sensualidad, mostrando con su indice afilado como el dedo de una bruja que no podría ser mas rídiculo dando semejante espectáculo de impotencia sexual. Cada vez que esta asomaba, mi miembro se retraía, le costaba mantenerse dispuesto para el momento, y aunque finalmente logré terminar liberando un líquido nauseabundo mezclado con la sangre licuada en agua de ella, aquello fue más una desdicha que un motivo de celebración de los sentidos. También recuerdo que en mitad de la noche, cuando abrí los ojos en un momento tras una de mis ya acostumbradas pesadillas, mirando en dirección de la joven, esta se transmutó y se mezcló con la sombra, mostrándose como un cruel demonio que venía a atormentarme con sus ojos rojizos y sus cien colas negras moviéndose al son de mi propio espanto.
Mientras tanto mi vida se seguía arrastrando en su inevitable decadencia, los años transcurrían como una condena que no parecía entender de final. Seguí en la carrera durante no sé cuantos años, viendo como todos los compañeros que conocía de vista iban desapareciendo para proseguir con sus éxitos, en tanto que yo cada año me encontraba con nuevos desconocidos dispuestos a atormentarme con sus palabras hirientes, afiladas como espadas dispuestas a clavarse en mis propias espaldas. No obstante, y aún con la gran cantidad de recuperaciones que tuve que soportar, logré terminar con todo y proseguir en mi desdichada vida. Imagino que los profesores acabaron por aprobarme con pena, tanto dinero me había gastado por estar por ahí que temían que mis familiares terminasen por denunciar a la universidad entera por aquel fraude que suponían mis suspensos. Pero bueno, el caso fue que logré salir de ahí bastante lastimado y a empellones, con la sensación de aún con todos los años transcurridos de no haber aprendido nada.
Una vez que me encontré fuera, en el supuesto mundo real, la cosa obviamente no fue a mejor, sino más bien a peor. La Sombra era cada vez más grande, inmensa como un ser mitológico cuya única razón existir parecía ser la de hacerme cada vez mas desdichado. Yo andaba por el mundo como una entidad igualmente marginal a la propia Sombra, cual una nimía polilla que iba pululando por estos lares deseando que llegase una luminosidad tal que me aniquilase entre estentoreros espasmos. Desconfiaba de todo y de todos, sobre todo de mí mismo, ya que mi presencia estaba ligada a la de la Sombra, si yo existía era razón suficiente para que esta también, y en tanto que yo proseguía deambulando sin un rumbo ni adecuado ni prefijado por esperanza alguna, menguando como si me aplastasen como a una asquerosa cucaracha, la Sombra seguía creciendo inéquivocamente hasta tal punto que había días que no veía otra cosa que no fuera ella.
Aún así, intenté progresar en la vida. Pero todo era en balde, poco importaba lo que yo hiciera puesto que el resultado siempre era un estrepitoso fracaso aún en el silencio de mis congojas. Me costaba muchísimo que me admitiesen en un trabajo, y cuando lo conseguía, poco duraba ya que o me despedían por mi escaso entusiasmo, o me iba yo mismo al no poder soportar aquello. Siempre iba escaso de dinero, no lograba ahorrar, todo me lo gastaba en tonterías para animarme un momento engañándome a mí mismo, pero al tiempo incluso lo que me satisfacía en el momento terminaba también por hacerme sentirme desgraciado. Cuando creía percibir una momentánea salvación, ya fuera en la mundanidad mas nauseabunda como en el escaso consuelo de la religión, ahí aparecía la Sombra para trastornar todos mis proyectados planes. Era como si yo, portando la linterna más cara y lujosa que uno podría imaginarse, intentase con ella disipar la neblina que tenía ante mí, logrando con ello solamente vislumbrar mi propia nimiedad y en modo alguno descubrir en qué consistía vivir, ni siquiera hablar de saber qué era aquellos que todos denominaban el mundo. Mi vida era un chiste del que parecían reírse todos, pero que a mi personalmente no me hacía ni pizca de gracia.
Daba igual cuanto lo intentase, como tampoco que variase el modo, siempre fracasaba en todos los intentos de salir a la superficie a respirar, estando inserto como estaba en una marea agitada y tormentosa. Ni hablar de relaciones de amistad y mucho menos amorosas, todo se disolvía aún antes de nacer. Los proto-amigos huían espantados nada mas atisbar algunas de mis rarezas, y los instantes amatorios se vertían en impotencia antes incluso de empezar a desarrollarse. Y lo peor de todo era pensar que aunque los demás fueran crueles e injustos en ocasiones, la culpa de todo esto era exclusivamente mía. Yo era el culpable de mi propia desgracia, no era capaz de sobrellevar la existencia tomada desde su conjunto, tampoco era culpa de la Sombra en sí aunque esta fuera un factor a tener en cuenta, ya que no supe cómo enfrentarme a ella, quizás otro la hubiera acometido desde el principio para evitar que esta creciese hasta tal inmenso tamaño, mas yo no podía hacer otra cosa que sufrir su martirio, no estoicamente como los supuestos espíritus fuertes, sino más bien como un gusano escondido entre la tierra y rezando a un dios desconocido para no ser descubierto y aplastado por piernas más rígidas. En fin, la existencia era una pesadilla y aún el despertar que es la muerte algo incierto que me hacía temblar por lo desconocido. No sé si es mejor quedarme aquí sufriendo junto a la Sombra, o abalanzarme sobre aquellos abismos que quizás después de todo se encuentren plagados de millares de seres así.
Mis recuerdos de los últimos tiempos son una sucesión de instantes idénticos e igualmente meláncolicos, compuestos la mayoría de ellos por esta nímia presencia que es la mía, intentando huir de algo que no se puede en tanto que el motivo de su huida se encuentra en sí mismo, aquella Sombra cuyo origen se me muestra difuso y confuso siempre estuvo conmigo de un modo u de otro. Poco importa que deambule por las calles de una ignota ciudad, ocultándome de la presencia de mis semejantes agachando la cabeza y haciéndome cada vez más pequeño, puesto que siempre hay perplejos ojos que le descubren a uno temblando por algo que ellos no son capaces de ver. Mientras que ellos ven a un ser insignificante atemorizado por todo, yo vislumbro ya sea a sus espaldas o a sus costados la inmensa Sombra que se cierne, dispuesta a atacarme en cualquier momento, dejándome bastante herido y sin capacidad de redención, con mis huesos en el suelo y mis sentidos sin ser capaces de reaccionar a tal oscuros estimulos. Siempre en quietud, esperando quizás una salida desconocida que me conduzca hasta la ausencia total.
Pero finalmente, ya para mi propio alivio todo ha acabado. Aquí, tirado en la cama como el cadaver que pronto seré, me sosiego pensando que ya por fin ha llegado el final. La Sombra es tan grande que pronto no veré nada, que mi existencia se sumirá en la suya haciéndose indestingible. A pesar de lo desconocido que supondrá el postrero paso, el último movimiento en la esfera de lo oculto, he optado por considerarlo mejor que una existencia que sufre en balde, sin propósito alguno más allá que el sufrir por sufrir. Aquella me atrapará y me sumirá en su oscuridad, seré una mota más en aquel cosmos de negrura, un asteroide invisible a ojos humanos que seguirá vagando por las tinieblas de su propio infierno. Es curioso, aún en estos últimos instantes de existencia que se deshace creo percibir como una escasa esperanza, distinta quizás a tantas otras secretas ilusiones que me he ido permitiendo en vida. Puede que después de todo vencer a la Sombra signifique atravesarla, convertirse en ella misma de tal modo que el vencimiento sea la derrota, y viceversa. Cada uno que saque sus propias conclusiones al respecto.