A diferencia de los grandes heróes que nos muestran la mayoría de las historias en forma de epopeyas y leyendas, en la vida ordinaria -e incluso, en la extraordinaria- la mayoría de los personajes que las pueblan son harto lamentables, y mas de uno con cierto ánimo meláncolico. Hay quién ríe cuando descubre el trasfondo de estas verdaderas historias, mas en el fondo hay una lágrima contenida, un rictus que va de la risa delirante, toda una carcajada enfermiza, pasando por sollozos incontrolables, y finalmente, por un lloro tan sincero como estruendoso. Quizás pasa esto porque quién ríe y llora a la par se reconoce a sí mismo en estas historias, o al menos una parte de sí mismo que suele ocultar a los demás para no caer en rídiculo. A nadie le gusta causar lástima en los demás o ser motivo de burla, a excepción de algunas personas enfermizas.
Nos encontramos con una de esas historias, con una historia que nos hace replantearnos qué demonios hacemos en este mundo y para qué estamos aquí cuando son tantos los que sufren en balde. Y obviamente, una historia de este calibre requiere de un personaje que actue como particularización de un sentimiento general, una suerte de pathos individualizado de nuestros tiempos, a pesar de que en otro sentido se trate de una excepción si llevamos la instrospección hacía sus limites mas insospechados. Este personaje, que tiene un nombre como toda alma de Dios, se llama Bruno. Como puede comprobarse, su nombre al igual que él mismo no tiene nada de particular, haciéndolo tan ordinario como la mayoría de los lectores que lean esta historia que yo mismo oí narrada de otro personaje quizás no tan ordinario.
Pues bien, este Bruno desarrollaba su vida en el mayor anónimato posible, como la mayoría de nosotros, hasta que llegó un punto que ese anónimato paso a ser participe de la excensa alfombra de la propiedad pública, pero mas adelante iremos con aquel asunto. El caso era que la vida de Bruno transcurría como la existencia de esas malas hierbas alejadas de la mano de Dios, y que se encarnan en campos desiertos cargados de otras malas hierbas al nacer todas ellas en el más completo aislamiento. Sin embargo. esta mala hierba que era Bruno crecía bajo la sombra de un nogal, lo que hacía que no fuera percibida por nadie, que no causará tanto interés como lo podrían causar otras malas hierbas con formas exóticas, o puestas a la luz del sol. Sí, quizás lo que más pueda definir a Bruno como una mala hierba de su tipo, es que esta habita en las sombras, ajena al ojo de todo alma viviente.
Su rutina era tan típica que sólo pensar en narrarla provoca en mí un bostezo contenido, tanta pereza me da el intentar hacer que el lector se haga una idea de la misma. Mas diremos que no hacía otra cosa que deambular de aquí para allá, sin otra ocupación que no fuera vivir con sus escasos ahorros y alguna que otra pequeña ayuda que proviniera de los fondos del estado. Todos los días repetía idéntico ritual: fumaba unos cigarrillos, desayunaba unas tostadas carbonizadas, salía a dar un paseo para despejarse, comía comida sobrecalentada y cogía el autobús para dirigirse a la gran ciudad, y así poder contemplar en los escaparates todas aquellas cosas que le eran imposibles comprar. Después de pasadas las horas muertas andando y desandando, regresaba a su casa, leía alguna que otra novela que le sacaba de lo anodino de su vida, o veía una película que tuviera la misma función, y finalmente, a la cama y a dormir para empezar al día siguiente una idéntica estampa.
No era raro contemplarle caminando por un centro comercial enrevesado, que no se sabe por qué era su favorito. Se internaba en las tiendas de discos, de libros o de curiosidades en forma de ofertas, y ahí trajinaba como si no hubiera un mañana, revolviendo productos y decidiendo sobre algo que aunque estuviera dentro de sus posibilidades, nunca llegaba a comprar. Se internaba entre sus pasillos, curioseaba aquí y allá, aquello parecía un laberinto que le suponía una de sus escasas alegrías de su vida. Puede que palpase internamente con ello un sesgo de aventura, ya se sabe nunca se está seguro de lo que uno puede encontrar en un centro comercial tan grande y extraño. Pasadas las horas en esta tesitura, salía de ahí atravesando una salida de emergencia que cada vez era nueva para él, y ya después se las ingeniaba para intentar regresar a su cueva.
En una ocasión, se apuntó a un curso que se daba en una universidad a un par de horas desde donde vivía. No sabía ni de qué se trataba ni por qué estaba ahí, pero el caso era que un sentido interno le impulsaba a acudir al susodicho curso. No entendía las explicaciones que se le daban en las sucesivas conferencias que escuchó, ni qué era lo que proyectaban en aquella inmensa pantalla decorada como si se tratase de una obra de teatro. Simplemente permaneció ahí sentado en aquellos asientos tan cómodos y acolchados, escuchando palabras técnicas e indicaciones terminólogicas que no discernía a cuento de qué eran tan importantes para todas aquellas personas. A veces, atisbaba en la oscuridad a sus acompañantes, y ahí extrañamente pudo localizar rostros conocidos que en cuanto salieron a través de los largos aunque estrechos pasillos, le ignoraron a próposito, como si su semblante fuera una mera remembranza de un pasado en el que todos buscaban pasar página.
Sin embargo, el punto culminante en la vida de Bruno, y mediante la cual pasó de un anodino anónimato a unas semanas de fama, fue cuando se encontraba de vuelta a su casa en su acostumbrado autobús. Ahí estaba sentado Bruno contemplando el brumoso paisaje que se traslucía de unas ventanas plagadas de vaho, en silencio, ensimismado en pensamientos que si uno le hubiera preguntado después, jamás hubiese admitido. Mas de repente, el conductor del autobus le clavó una mirada amenazante, al principio pensó que se trataba de su imaginación, pero cuando se fijó con mayor atención, cayó en la cuenta de que no se engañaba con su primera impresión. Procuró el hacerse el desentendido hasta que el conductor se dirigió a él con una furia inusitada, y viendo que Bruno miraba hacía otro lado para esquivar aquella agresividad gratuita, el conductor se levantó con el autobus en marcha y todo, y agarrándole del pescuezo, le hizo levantarse señalando una mancha del asiento. Le espetó que aquella mancha la había hecho él, ya que siempre se sentaba en el mismo asiento, y que ya era hora de que asumiera responsabilidades. En tanto que el conductor enfurecido le decía todo esto, el autobús se internó en la maleza, y allí atravesó un campo desierto hasta que estrellándose, desembocó en una ladera frente a la cual nadie tenía noticia de su existencia.
Y entonces, cuando todos los ocupantes de dicho autobús salieron de la zona por patas, atisbaron a través del boscaje, que este explotó, liberando sus llamas allí donde era el reino de la naturaleza desértica, pero no fue aquello lo que más les llamó la atención, sino la aparición de miles de salvajes en taparabos que acudieron al espéctaculo cual si fuera un fenómeno milagroso ¿De dónde habían salido aquellas gentes que parecían provenir de la prehístoria? ¿Y qué hacían en aquel páramo, que aún siendo desierto y abandonado, pertenecía a la era de la civilización? El caso fue que cuando aquellos hombres tan rudos y fortachones se percataron de la presencia de aquellas gentes asustadizas, salieron disparados en su dirección, lo que provocó que unos y otros se dispersasen por diferentes direcciones, donde algunos coincidían por parejas, y hasta otros en grupos.
Obviamente, nuestro querido Bruno fue rechazado por sus semejantes, y teniendo en cuenta su ánimo tendente a la soledad, atravesó la espesura en dirección completamente opuesta a la que tomaron los demás, y agachándose entre las ramas y los arbustos, en tanto que gesticulaba con espasmos, se internó lo más lejos posible de aquella locura. Ni él mismo sabría advertir cuanto tiempo pasó corriendo aquí y allá hasta que le flaquearon las fuerzas y le faltó el aliento, y como tampoco y con menos razón, cuanto transcurrió en un escondite bien escogido entre las rocas que serperteaban las raíces de un inmenso árbol, mas el caso fue que se quedó quieto donde estaba hasta que el hambre y sobre todo la sed le obligó a salir de allí donde se escondiera.
Cuando caminó por aquel territorio salvaje, no le extrañó su aislamiento del mundo ni mucho menos la soledad que atestiguaban aquellos parajes, puesto que esos sentimientos ya se encontraban en él en su vida diaria antes de aquella tragedia. Lo que más le dolía de aquella situación era el recuerdo de la regañina gratuita de aquel iracundo conductor, mas sobre todo su garganta seca y los gruñidos que emitían sus tripas en aquellos desconsolados momentos para el sostén de su cuerpo. Caminó y caminó hasta que encontro un arroyelo en el que pudo calmar su sed, y más adelante vislumbró unas extrañas plantas violáceas cuyas hojas y pequeños frutos le parecieron amargos, pero cuyas raíces tenían un toque dulzón que le provocó la saciedad de su rugienta hambre. Por último, se echó una cabezada en un montón de hierbas que le sirvieron de almohada mientras que su colcha y su manta lo suponía la calidez del viento.
No se sabe cuanto tiempo pasó deambulando de aquí a para allá sin otra compañía que no fuera el fulgor del sol y la sensual palidez de la luna en las noches despejadas, hasta que un día en tanto que se refugiaba en una empinada colina pudo vislumbrar en la distancia que algunas de las gentes que fueron su callada compañía en aquel autobús se habían integrado en el grupo de salvajes. A partir de entonces, en soledad y a la distancia, atisbaba escenas de toda índole en la vida de aquellos salvajes y de quienes habían sido sus acompañantes rutinarios de viaje, los veía trastear de un lado a otro en busca de comida, construyendo endebles casas con paja y barro, copular en animalescas orgías en las que los gritos de auxilio se intercalaban con los de rudo placer, e incluso, también veía extrañas escenas de compañerismo y hasta cierto punto de íntimo cariño, donde todos parecían colaborar bajo un objetivo común que no era otro que no fuera el de la mera supervivencia.
No obstante, en uno de aquellos espionajes, contempló una escena horripilante tras la cual el temor se transmutó en sacudidas espasmódicas y en súdores fríos que se le repartieron por todo el cuerpo. Esto ocurrió en una noche en que vislumbró entre la gélida luz de la luna que los salvajes invocaron una enorme hogera en la que parecían freír carne ¿Cómo aquello era posible? Se preguntó Bruno, en todo el tiempo que llevaba recorriendo aquellos campos jamás vió animal alguno a excepción del tipo humano. Intentaba buscar un tipo de respuesta a este enigma cuando dirigiendo su vista a una esquina localizó a una serie de cadáveres apilados como si fueran madera, mas entre aquella pila putrefacta, había algunos sujetos que todavía se movían reclamando un aliento a la vida. Y entre ellos, por sus vestimentas que aún rasgadas y sucias no eran los trapos cenicientos que portaban los salvajes, cayó en la cuenta de que eran algunos de sus compañeros civilizados. Entonces, llegó a una verdad incómoda, y era que si bien los salvajes intentaron aparentar que los integraban si no ofrecían resistencia, en verdad los usaban como comida en conserva que se desplazaba allí donde ellos fueran, y en cuanto tuvieran la oportunidad, les daban un fuerte golpe que les dejaba trastabillando hasta que unos morían, en tanto que otros se quedaban en la aurora de la agonía.
Completamente aterrado, intentando velar sus ojos con las manos, mas no pudiendo evitar atisbar a través de sus dedos aquello que quería y no quería observar, vió como aquellos salvajes en taparabos cocían a las gentes ya estuvieran muertos o vivos en la semi-inconsciencia, y allí con sus propias manos gruesas y bestiales, con sus dientes afilados y amarillentos, desgarraban la carne cual si fuera un filete de vacuno o de cerdo, arrancaban nervios y zonas incomestibles de los cadáveres, y se alegraban cuando en sus paladares les placía el suculento sabor de la carne bien hecha. Cuando ya se habían saciado, se tumbaban a reposar entre los desperdicios y los huesos, e incluso había algunos que fornicaban, usando de los utensilios humanos que les sobraban para darse placer, en tanto que otros usaban lo que fueran unas costillas o las espinillas astadas para rarcarse la espalda o dar golpes en señal de celebración ritualística. Bruno acabó horrizado, temblando, agitándose como la presa superviviente que era, mas aún con ello, todo lo observó hasta que con la llegada de un sombrío amanecer, se desplazó de ahí buscando algún lugar que fuera seguro.
Y así pasó largos años, incontables todos ellos e imposibles de medir sin la ayuda de un reloj, contemplando salvajes escenas de una índole muy semejante a las narradas anteriormente, huyendo de aquel enemigo invisible del miedo que se le cernía, ocultándose de las miradas curiosas de aquellos bestiales diablos, y emprendiendo largos viajes en busca de agua y alimento para sostenerse. Todo esto duró como digo muchísimo tiempo, hasta que un día indeterminado localizó lo que le parecía asfalto, y cuando allí llegó cayó en la cuenta de que efectivamente lo era. Salió escapotado como aquella ocasión en la que se estrelló el autobús, y cuando volvió a retornar al mundo civilizado, a sus congeneres les pareció que él mismo era un salvaje idéntico a los cuales huía, tan macilento y empobrecido se había quedado. Lo primero que hicieron fue llevarle a una comisaría de policía, y cuando le identificaron entre sus balbuceos y susurros, le dieron cuenta de su situación, contándole escuetamente que él era uno de los escasos supervivientes del desastre ocurrido años atrás con un autobús que se estrelló en páramo desconocido. Allí, in situ, le narraron que en la medida que fueron localizados algunos pocos de sus acompañantes, estos les contaron las más cruentas historias en semejanza a las suyas, y que incluso uno de ellos, el conductor, había escrito un libro al respecto que se terminó llevando a la gran pantalla, y que de hecho, él mismo era uno de sus protagonistas.
Algo mas adecentado y peripuesto, acudió al estreno de susodicha película, encontrándose que su papel era menor, y que se le mostraba como un individuo insulso y algo idiotizado, que en tanto que los demás libraban las batallas mas heróicas y los actos más generosos, el permanecía agazapado entre los arbustos, contemplándolo todo como un ermitaño el espéctaculo del mundo. Aquello le deprimió sobremanera, mas pensando que quizás aquello fuera una dramatización exagerada de la que suelen adolecer las películas, decidió leerse el libro que había escrito el conductor, y del cual esperaba una mayor objetividad y matización al respecto. Pero cuando lo hizo sentado en un cómodo sofá en el hotel que les ofreció el gobierno a los supervivientes, cayó en la cuenta durante aquellas noches en vela que dedicó a su lectura, que el libro lo narraba todo tal cual aparecía en la película. En la medida que pasaba las páginas fue quedándose blanco, y cuando estas le llevaron a la tapa trasera, no pudo evitar un estremecimiento de desconcierto.
No pudiendo aguantar aquel cruel punzón que le incrementaba la herida en el silencio de aquel desolado hotel de las afueras, decidió regresar a su hogar. Y en el camino se encontró al dichoso conductor y autor del libro que tanto le había revuelto el estómago, puede que más aún que las escenas de canibalismo que pudo localizar en la distancia, más aún a sabiendas de que él sabía que tanto lo que se proyectaba en cines y lo que se leía en casa como un libro superventas, era mentira, jamás en sus observaciones indiscretas localizó comportamiento heróico alguno, y aunque era bien cierto que él siempre permaneció escondido al margen de todo, en modo alguno era tan imbécil como se le reprensentaba. Esto se lo comunicó al hombre, el cual se disculpó de su osadía literaria como también de la regañina desmesurada que le propinó, lo que fue el causante -pese a que esto no lo plasmó en su libro- de la tragedia que tuvo lugar. Finalmente Bruno, aceptó sus disculpas aunque no las sintiera. Tan sólo quería regresar a su hogar.
Y cuando estaba de camino, sorpresivamente se encontró a dos salvajes que merodeaban por allí, que en cuanto le vieron le atacaron frontalmente. No tuvo otra que forcejear entre ellos, y a pesar de la tamaña fuerza que estos representaban, pudo aturdirlos a golpes y a zafarse de ellos para escapar corriendo, a galope con el viento en dirección a la que fuera su casa. Aún recordaba, teniendo en cuenta el tiempo que había pasado y lo precipitado del asunto en el que se hallaba, donde vivía. Incluso, conservaba sus llaves, veladas en los bolsillos de sus desgastados pantalones. Pero en cuanto llegó, no necesitó de utilizarlas, pues lo que fuera su casa estaba toda ella calcinada y derrumbada sin remedio alguno. Y a pesar de que el incendio que allí se ocasionó parecía lejano, aún podía atisbarse entre los trozos carbonizados algunas brasas que aún lanzaban espumarracos de humo, como recuerdo de lo que antes había sido toda una pira de fuego.
Allí se quedó plantado, frente a la que había sido su casa. Con los brazos deshechos por su peso, y con el semblante compungido. Pero aún con toda la tristeza y el desamparo que sentía, ni una lágrima asomó a sus ojos. Se quedó ahí como congelado, con los pensamientos en blanco, fija su mirada en una sola contemplación: la ruina que era ahora su casa ¿Quién sabe lo que sintió en aquellos momentos? ¿A caso se le pasó por las mientes algo de algún tipo de profundidad? Quizás se imaginaba los tiempos en los que aquel montón de escombros era una casa, o puede que también fantasease con la idea de que se encontraba en su interior, anonadado por el regreso al hogar. Nadie puede saberlo con seguridad, o al menos en lo que se refiere a su interioridad, porque lo que era su estampa externa era la de un hombre arruinado que estaba detenido en la contemplación de un montón de cenizas.