domingo, 17 de mayo de 2026

Entre la muerte y las sombras: El sendero de libertad particular del soldado-brujo

 

Ya se ha convertido en un tópico aquella aseveración que anuncia que la auténtica soledad se experimenta cuando uno está rodeado de gente. Desconozco que la hace más veráz, si es a fuerza de repetirse o si su contenido es tan certero que hay una suerte de comunión generalizada que viene a darle la razón. Mas lo cierto es que con el tiempo, aquella frase enunciada de miles de formas diferentes ha venido a convertirse en un leiv motiv, e incluso en algo que muchas personas podrían en su lápida. Además, esculpir algo como "me sentí mas solo cuando más estuve rodeado de gente" es una frase que en un cementerio cobraría un sentido cuasi-trascendental. Sin duda sería un buen epitafio ¿No piensa el lector lo mismo? Ahí, una piedra rodeada de tantas otras piedras, en donde bajo todas ellas se encuentra un cádaver descomponiéndose, cercado por madera carcomida, y sin embargo, rodeado de tantos congéneres que han llegado al mismo destino siguiendo caminos quizás diferentes. La muerte, sin duda, es el único críterio de igualdad que se hermana con la verdad en el que se puede creer a ciencia ciega sin que escape una sútil risilla mal disimulada de unos labios entreabiertos que poco tardarán en sellarse definitivamente por los siglos de los siglos.

Pues el soldado-brujo se hallaba en esos momentos en una soledad acompañada como hemos indicado mas arriba, no sabemos si en una especie de tumba, pero sí se sentía tremendamente solo aunque estuviera rodeado por sus semejantes, ignorantes de su presencia casi como si lo hicieran a próposito. En esos momentos se encontraba atravesando la ciudad principal del mundo onírico, cercado por tantas otras personas y criaturas veladas que pasaban por su lado como si tal cosa. Mientras él se encontraba ensimismado, metido a fondo en sus asuntos, como si sus piernas fueran por unos terrenos en tanto que sus pensamientos iban por otros, mas por ensalmo, levantó la mirada y dejó el derroterro de sus pensamientos para otro momento y se dió cuenta de esa incómoda verdad de la soledad en compañía. Al principio, al comprobarlo de una manera tan explicita se sintió algo turbado, pero a los pocos segundos la interiorizó como si fuera algo natural, un asunto tan cotidiano como el levantarse de la cama todos los días, reviviendo incesamentemente de una muerte momentánea.

Acto seguido, dobló por una calle que se bifurcaba y escapaba de la zona central, internándose en una calleja aledaña, y de ahí dió otro giro que le condujo a una zona bastante aislada a pesar de que algunos viandantes algo andrajosos pululaban por ahí. Después, agachándose un tanto, se internó en una trampilla y entró en uno de sus múltiples escondrijos. Aquel era un lugar secreto en el que el soldado-brujo se cobijaba de los desmanes del mundo, en el que detenía sus travesías para descansar aunque fuera durante un rato. Allí tenía algunos muebles dispersos entre sí, a penas escasas dos sillas, una mesa y sobre todo estanterías que se encontraban atestadas de libros. Sentándose en una de aquellas desgastadas sillas, alcanzó un volumen dedicado a la alquimía, y se puso al principio a hojearlo, y después a leerlo con toda seriedad, focalizando toda su atención en aquellas viejas letras impresas.

Ya estaba cayendo en un estado de conciencia alterada y abismada cuando de repente un hombre un tanto harapiento entró en su encondrijo como si tal cosa, y cuando aún no se había recuperado de su perplejidad, entró otro como si aquello fuera el pan de cada día. Tuvo un primer desconcierto que le hizo quedarse mirándolos con los ojos como platos, completamente mudo y sin entender lo que estaba pasando, incluso se aventuró a fabular con que aquello era un producto de su imaginación, o que había entrado en trance, en un sueño dentro de un sueño como ya había averiguado que se podía hacer en aventuras anteriores. Sin embargo, tras largos minutos, no pudo callarse e increpó a aquellos hombres, los cuales le respondieron tranquilamente que aquel era su refugio, que no sabían que pertenecía a otra persona y que si él lo requería se irían de ahí tal y como habían entrado. El soldado-brujo estuvo tentado precisamente en expulsarles, mas algo en su aspecto que connotaba que aquellos hombres eran mendigos le hizo desistir, y tras entablar breve conversación salió de ahí con parsimonia, ralentizando sus movimientos debido al precipitado flujo de sus pensamientos.


Una vez que se encontró de nuevo en el exterior, se halló frente a un panorama bastante diferente al que había cuando hubo entrado. Todo el mundo estaba corriendo a un lado y a otro mientras unos hombres que portaban unas alas artificiales les perseguían cual si fueran presas, algunos de ellos, con la ayuda de un aparato, expulsaban un gas que los hacía adormecerse para que fueran capturados con una mayor facilidad, en tanto que algunos pocos de ellos increpaban a sus compañeros para que se dieran mas prisa en esta tarea. El soldado-brujo, nuevamente perplejo, no tardó en salir por patas cuando cayó en la cuenta de que él mismo era una presa de aquellos hombres voladores. Incluso se atrevió a acometer a algunos de ellos con sus hechizos cuando pretendían atraparle, insultándoles directamente por su osadía. Ya parecía que iba a escapar de ahí cuando un grupo de unos ocho o nueve le rodearon, lanzándole ese gas extraño mientras el soldado-brujo se tambaleaba, esforzándose en vano por dispersarlos. Sin embargo, la cantidad del gas que le propiciaron fue tan tremendo que no tardó en hacer efecto, haciendo que el soldado-brujo cayese anestesiado en el sitio.

Cuando despertó con los miembros entumecidos y sintiéndose un tanto incómodo, se dió cuenta que se encontraba en una especie de almacén. Allí había tantas otras personas que como él habían sido atrapadas, pero que aún no habían despertado de su coma inducido. Estaban todos ellos cubiertos por unos paneles de plástico que les mantenían encerrados en unos capullos arficiales del mismo modo a como si fueran gusanos de seda. Aquello parecía bastante grande, mas el soldado-brujo se molestó en recorrerlo e inspeccionarlo al comienzo con cautela, y después, como si él fuera el amo del lugar, ya que los hombres uniformados que trabajaban ahí parecían ignorarle. Finalmente llegó a lo que parecía la sala principal, la cual estaba coronada por una amplia mesa y por unos individuos cuyas señales refulgentes de su indumentaria atestiguaban que eran quienes se encontraban al mando.

Nada más verle, le recibieron con los brazos abiertos y uno de ellos que decía llamarse Hilel, se presentó como el líder de aquella hazaña. Le estrechó la mano con respeto y le indicó que se habían confundido, que en modo alguno querían atraparle a él conociendo quién era y habiendo oído algunas de sus curiosas aventuras. Esto hizo que el soldado-brujo relajase sus crispados miembros y se sentase en una de las sillas que le ofrecieron, después de lo cual se inició un parlamento para decidir qué debían hacer con él, y ya de paso le informaron de que la parte sudoeste del mundo onírico estaba viviendo una hecatombe. Por lo visto allí se había desatado una plaga de no-muertos que estaban aterrorizando a la población, y que aunque al principio la situación estaba mas o menos controlada en tanto que estaba focalizada en una serie de lugares estrategicos, esta finalmente se había descontrolado, ocasionando que toda aquella se convirtiese en un pequeño apocalipsis, que temían que se extendiera por todo el mundo onírico. Después de tal perorata le preguntaron al soldado-brujo si gustaría de intervenir, y como este no veía que tuviera algo mejor que hacer, finalmente accedió dando su consentimiento de que le llevasen hasta ahí.

Y así lo hicieron, con la ayuda de un areoplano un tanto rudimentario, le lanzaron como si tal cosa desde las alturas, mas como el soldado-brujo comprendía un poco de suspensión y de levitación, fue descendiendo poco a poco cual si fuera una pluma que proviniese del cielo. En cuanto se encontró de lleno en el panorama -aunque un tanto escondido en una elevación montañosa- le sorprendió la extraña tesitura del lugar. Sin duda, los no-muertos se encontraban desatados, aquellos seres zombificados y de aspecto grotesco, iban de un lado a otro atemorizando y masacrando a los seres humanos, aquella zona que recibía el nombre de Tushah, aún siendo desde siempre una parte en la que siempre se habían encontrado los más extraños incidentes y disturbios, jamás había presentado un aspecto tan deplorable. Todavía estaba escrutando el lugar para plantear un plan de acción y decidir de qué modo intevendría cuando a sus espaldas le acechaban una horda de no-muertos, que en cuanto él se percató de su presencia, se abalanzaron sobre su persona como si no hubiera un mañana.

Mas, a pesar de este ataque sorpresa, el soldado-brujo logró acometerlos con su espada cargada de negrura, y aunque logró dispersarlos en diferentes direcciones, el escándalo que ocasionó hizo que otros tantos no-muertos acudieran a la zona en cuestión. Al final había tantos de ellos que le era casi imposible el hacerle frente a todos, lo que hizo que desarrollara una estrategia de distracción en la que jugaba con las sombras para lograr escaparse por alguno de los ángulos que estos dejasen despejados. Y así lo hizo, elevándose un tanto, logró escapar de ahí pies en polvorosa. Pero, en cuanto desde zonas más seguras escrutaba el lugar, cayó en la cuenta de que era imposible salir ileso de aquel lugar, ya que todo se encontraba atestado de no-muertos y de escasos humanos que corrían despavoridos de ellos sin conseguirlo. Así, pues, en un intrépido impulso suicida que le acudió a la mente en esos momentos, se lanzó al epicentro del conflicto para vender cara su vida, si algo así podría decirse de un inmortal.

Pero en cuanto creía que había llegado al lugar que su mente había visualizado, un telón negro le cubrió y le condujo a la inconsciencia. No recordaba qué había ocurrido, mas cuando fue entornando sus párpados cansados, recuperando la tenue imagen que tenía frente así, se encontraba apilado en una especie de almacén cercado por unas cortinas tensadas. Aunque le costó un esfuerzo tremendo, terminó finalmente por erguirse, por levantarse e inspeccionar el lugar, percátandose que se encontraba encerrado y rodeado por una buena cantidad de no-muertos y de humanos que estaban como medio adormilados, como él mismo había estado antes. Inspeccionando el lugar, y preguntando a algunos de ellos, supo que se encontraba en una zona aislada de Tushah, y que ese había sido el modo con el que habían contenido la invasión de los no-muertos los humanos. Al enterarse de esto, el soldado-brujo quiso tomar cartas en el asunto, pero nadie le tomaba lo suficientemente en serio, pese a que advertían valentía y arrojo en el mismo, desconocían su historia, y por tanto era un anónimo más entre aquellas gentes.

Ya evidentemente iracundo, se desplazó con premura en dirección a la puerta principal, y una vez allí comenzó a aporrear la puerta con frenesí, lo que provocó que una serie de agentes acudieran a sus llamadas para sofocarle. Sus amenazas no duraron mucho, pues en cuanto salieron el soldado-brujo les cercenó sus gargantas con una cuchilla surgida de las sombras, lo que provocó que acudieran un número mayor de aquellos agentes frente a la perpleja mirada de sus congéneres encerrados ahí, tanto no-muertos como humanos no sabían cómo interpretar aquello que tenían ante los ojos.

En medio de la refriega, los agentes de repente se detuvieron, les rodearon a todos en forma de cerco, y de la puerta principal bajó un hombre bastante alto que al principio por el fulgor que provenía del exterior no pudo ser identificado, mas en cuanto se posicionó frente al soldado-brujo pudo ser reconocido por el mismo como Hilel, aquel mismo hombre que anteriormente le había atrapado supuestamente por error. No cruzaron muchas palabras, porque en cuanto este alcanzó al soldado-brujo le atravesó con una espada bastante fornida que le entró por la zona del estomago y que le salió por la espalda. Aquella violencia gratuita dejó en suspenso a todos, era tan inmenso el silencio que aquella escena provocó que se quedó como congelada en sus mentes, atrapada en una instántanea que pugnaba por avanzar sin conseguirlo. Pero, de repente, algo rompió aquel silencio semi-sagrado, y aquello fue la risotada que salió de los labios del soldado-brujo ¿Era aquello una broma macabra? ¿O una pesadilla humorística? Quizás se preguntaron algunos de los presentes, parpadeando y pasando sus manos por sus sudorosos rostros.

Pero, instantes después, en cuanto la risa del soldado-brujó fue aflojando paulatinamente, le dijó a Hilel en un susurro bien audible: "Tú no puedes matarme, imbécil. Ni tú que eres un mentecato como otros tantos que creen que pueden derrotarme, ni siquiera el Rey de las Sombras que habita la bruma inhóspita más allá de los limites del mundo onírico podría contenerme." Y nada mas decir esto, de la inmensa espada que aún tenía clavada y atravesada, una negrura absoluta fue recorriendo sus filamentos hasta traspasar el arma, y de ahí penetrar en el brazo de Hilel que aún la agarraba, en cuanto esta sombría negrura le rozó, fue pudriéndose paulatinamente hasta que su misma persona se metamorfoseó en unas sutiles cenizas que fueron barridas por un viento ausente. En tanto que el soldado-brujo, fundiéndo y quebrando la espada que todavía tenía clavada se fue recomponiendo, y una vez que se serenó y la risa que todavía asomaba en sus labios se calmó, se dirigió a todos los presentes del siguiente talante:

- Hay hombres, que desde luego, sienten una insana obsesión por aprisionar a sus semejantes y a los que no lo son tanto, bajo las más inhóspitas razones. Algunos lo llaman seguridad ciudadana, otros más osados incluso lo clasifican de verdad universal, y algún que otro ingenuo de parlamento lo denomina un mensaje revelado que ha bajado del cielo. Pero que no os engañen, todas aquellas aseveraciones no son más que viles mentiras. Lo que pretenden hacer con vosotros cuando os cercan, cuando os imponen limites, cuando con el pretexto de un fingido derecho os encierran en cuevas de la ignorancia, es privaros de la libertad, lo cual es el ideal más importante al que podemos dar cabida, un sueño que siempre tenemos que buscar realizar. Así pues, yo os digo, que se abran las puertas de la mente, que se alcen todos los telones que nos imponen cuales velos de la superstición, y que cada uno encuentre su propia libertad siguiendo la senda que crea propicia.

Y nada mas decir esto, el soldado-brujo derribó los muros que tenían ante ellos, no sólo de forma metáforica, sino explicita y directa, liderando aún sin quererlo una rebelión que se extendió en el tiempo durante unos meses. Por un tiempo, una vez que esta inesperada rebelión pareció florecer y fortificarse, quedó la impresión de que reinó la paz entre humanos y no-muertos, mas al poco la situación volvió a descontrolarse, haciendo que estos volvieran a pugnar entre sí para alcanzar la supremacía de aquellos dominios. Mas, no obstante, el soldado-brujo que fue venerado por unos y por otros por su valentía y liderazgo, prefirió partir al margen de esta refriega, y como él mismo mencionó en su breve discurso, encontrar su propia senda y su propia libertad.

De nuevo, ajeno y lejano a todo lo antecedemente narrado, el soldado-brujo volvió a encontrarse en la misma tesitura que al principio de toda esta aventura, en completa soledad aún estando rodeado de millares de personas. Con la cabeza un tanto ladeada, e incluso gacha si se le observaba desde una prudente distancia, reía para sus adentros. Aún con la melancolía y la nostálgia con la que suele ser asociada la soledad se encontraba tremendamente feliz, no podría reprimir una sonrisa que le pululaba por el semblante, y que no tardó en florecer como rosa de mayo. Y pese a que unas incomodas lágrimas desfilaban por sus mejillas, las cuales no eran de otra cosa que no fueran de felicidad, alzó su rostro en dirección al cielo que aunque por ahora despejado anunciaba la llegada de la tormenta en una suerte de negras nubes dispersas, y no pudo evitar sentirse dichoso a la par que afortunado por el mero hecho de participar de la existencia, como también por haber luchado y conseguido una solitaria libertad como premio tras tantas refriegas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El ermitaño

 En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.

Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.

Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.

Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.

Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.

Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.

Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.

En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.

A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.


Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.

Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna  a sí mismo y su pecaminosa condición.

Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.

Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.

domingo, 19 de abril de 2026

Señales y presagios en el cielo nocturno

 Era una noche apacible. Una de esas noches que invitan a la contemplación plácida a la par que a la introspección en tanto que uno vislumbra a través de las estrellas algo de sí mismo. Tumbado sobre la hierba fresca, sin temor alguno a la intrusión de los insectos que palpan el cuerpo de uno, uno se ensimisma a la par que contempla el cielo nocturno con un secreto deleite. Es este un placer que me rallo, que evito depositar sobre oídos ajenos, y en el cual me abismo siempre que puedo. Y en tanto que observo este inmenso cielo que me sobrepasa, sintiéndome muy pequeño, prácticamente ínfimo en comparación a tales hermosas latitudes, doy pie a las reflexiones mas abstractas que uno puedan imaginarse. Tan oscuras y enrevesadas son, que me cuesta describirlas con palabras, quizás sea mejor explicarlas con un inteligente silencio.

Mientras yo estaba indagando en susodichas tesituras alentadas por el aire de la noche, de repenté vislumbré entre las pasajeras nubes que transcurrían con inusitada lentitud una serie de líneas de colores. Al principio pensé que se trataba de mi imaginación, incluso de algún tipo de error visual, mas al verlas repetirse entre el apagado fulgor de las estrellas, me cercioré de que eran reales. Entonces dí en las mientes con la idea de que quizás suponían el anuncio de una tormenta, pero no... No se trata de una tormenta del tipo común, puesto que las tormentas no dan cabida a tal policromía. Se trataba de tres tipos de líneas de colores, de rayos o de meteoros fulgantes. Uno de color azulado, otro verdoso, además de otro amarillo ¿Habría perseidas esta noche? Pero no, tampoco es posible. Las perseidas no caen así de rápido, y se desvanecen al instante, estas en cambio parecen aletargarse en su caída, quedarse como suspendidas y luego descender hacía un punto localizable aunque lejano. Parecen mas bien meteoros, gran cantidad de ellos que nos invaden desde lugares remotos del espacio. Y en tanto que pensaba estas cosas, caí dormido sin poder evitarlo.

Al día siguiente encontré la mañana como más callada, diafana incluso. No se escuchaba ruido alguno, ni tan siquiera el cantar de los pajaros como tampoco el susurro del viento atravesando arboles y casas. Aquello me turbó un tanto, mas despejé toda sensación de extrañeza, y me limité a dar rienda suelta a mis tareas cotidianas antes de salir. Aquel día debía hacer una serie de recados rutinarios, de esos que nunca apetecen al paladar pero que no pueden dejarse sin hacer. Una vez que estuve preparado, salí con premura de mi hogar, y me encaminé por la calle principal. Ahí tampoco había ruido alguno, a excepción de algunas hierbas correderas que pasaban por ahí, impulsadas por un vendaval en incógnito que no existía. Pero no podía detenerme en tales contemplaciones, debía seguir hasta mi objetivo para después disfrutar de una tarde de sosiego dedicada a mí mismo.

Pero al avanzar escasos pasos, me topé de bruces con algo cuanto menos estraño que en ese momento no sabría decir que era. Parecía una figura semi-humana, agitándose como en espasmos, adornado la calzada con su presencia extraña. No pude evitar que me comiera la curiosidad, así que me acerqué un tanto para comprobar qué era aquello. Y descubrí a una cosa, o a un ser -no sabría cómo denominarlo con seguridad- que tenía toda su piel -si se trataba de eso- como acartonada, cual si fuera madera pudrefacta, que se desplaza como a ralentí haciendo circunferencias con lo que aparentaban unos miembros cargados de ventosas. Aquello me produjo una sensación de incomodidad y de asco que sólo pudo aumentar cuando aquella cosa pareció dirigirme unas palabras entrecortadas. Tuve que agudizar mucho los oídos y colocar sus sílabas en mi mente para entender el mensaje, puesto que su voz estaba tan quebrada como la superficie que lo adornaba. Puede entender que me pedía ayuda, mas yo no sabía qué diantres podría hacer en favor de esa masa acartonada gimiente, así que decidí huir de ahí con premura en aras de encontrar a alguien que supiera del tema antes de remprender mis tareas.

Cuando llegué a la zona central de la urbanización, aquello era un caos silencioso. A primera vista parecía que aquello se encontraba completamente aislado, despojado de toda humanidad, mas si uno ampliaba su vista en dirección al horizonte, podía atisbar a través de la luminosidad, que había una serie de figuras que se desplazaban aquí y allá con inusitado frenesí. Perplejo me encontraba sin comprender nada, hasta que una temblorosa mano amiga se apoyó en mi hombro y me susurró palabras cargadas de dudas que pretendían transmutarse en consuelo. Se trataba de Riffel, un joven moreno y de ojos vivaces del que estaba orgulloso de considerar un amigo. Acto seguido, le conté lo que me había ocurrido instantes antes, a la par que le pregunté qué demonios estaba pasando. A esto surgió un extenso monologo por parte de él que no logré comprender debido a su complejidad y a la premura con que fue pronunciado, así que decidí que hablaramos sosegadamente en algún lugar apartado, y así hicimos.

Una vez ahí me contó que nos encontrabamos en el final de los tiempos, que unos rayos del cielo habían descendido y habían transmutado a nuestros semejantes, que por lo que pudo comprobar e investigar la pasada noche, supo que esos rayos al caer sobre las personas les afectaban de diferentes maneras, y que una vez que estos cambiaran de forma, se volvían unas criaturas incontrolables que iban aquí y allá con propósitos ocultos, a la par que la mayoría de ellas parecían estar confusas, como sumidas en el sopor que antecede a la muerte, pero que ello no debía llevarme a engaño, porque en cuanto tenían oportunidad se abalanzaban contra uno. Ya me estaba dando un ejemplo de uno de esos casos acaecidos a él mismo cuando una sombra se cernió sobre nosotros, interrumpiéndonos sin consideración. Mas cuando no fijamos en el intruso no pudimos evitar temblar, pues se trataba de una mole cenagora que parodiaba una figura humana, que se desplazaba lenta aunque decididamente en nuestra dirección, y que por sus movimientos traicionaba una intención claramente hostil. Ya podía sentir su hedor a agua estancada, cuando mirándonos a los ojos decidímos escapar como sea de ahí.

Salimos por patas, al principio hacía ninguna parte, mas como animados por un interior resorte que nos permitía comunicarnos sin necesidad de palabras, decidimos tomar el camino principal en dirección a la ciudad ¿Que por qué? No sabría afirmarlo con seguridad, supongo que intuitivamente pensábamos que allí habría mas gente en estado normal, o que se habría armado como una especie de refugio para sortear a aquellos seres que habían dejado su humanidad atrás una vez que tuvieron contacto con los rayos. Así que procurando alejarnos lo menos posible el uno del otro, emprendímos nuestra travesía con la esperanza de ser salvos. En la medida en la que huíamos, podíamos atisbar extrañas sombras que se desplazaban de forma desacompasada en los campos y en los pequeños bosquecillos que nos circundaban, pero esto lejos de detenernos en nuestro propósito, nos animó a huir con mayor premura, en aras de alcanzar un objetivo que hasta entonces nos resultaba indefinido.

Además, habida cuenta de lo que nos ocurrió por detenernos una vez a descansar, nos encontrabamos curados de todo espanto. Puesto que mas o menos en la mitad de la travesía decidimos aposentarnos sobre una inmensa roca que estaba allende al camino, y mientras estabamos buscando entre nuestras mochilas algún tipo de refigerio para calmar nuestra sed y desenterrar nuestro hambre, noté a mi espalda como un roce. Al principio no le dí la menor importancia, pensé que se trataba de la mochila de mi propio amigo, e incluso una mala hierba que estuviera en el camino. De hecho, opté por esta última opción en tanto que su roce recordaba a eso mismo, pero en cuanto me giré para apartarlo ya que me estaba empezando a incomodar, descubrí que justo a nuestras espaldas se encontraba una especie de arbol que se desplazaba. No pude explicarme aquello hasta que recordé el monólogo de Riffel, y entonces me percaté de que aquella forma vegetal, antes era una persona, y que ahora entre sus venas, músculos y nervios crecían raíces, corteza y hojas, y sin pensarlo dos veces, retornamos a salir pitando de ahí sin importarnos el abastecernos en esos momentos.

Tras larga e inenterrumpida huída llegamos a nuestro destino, y nos encontramos con una tremeda decepción. Ahí no había rastro de vida alguna, a excepción de esos seres que se desplazaban con su acostumbrada y parsimoniosa lentitud. Casi creímos haber perdido la esperanza hasta que localizamos una especie de local que aparentaba ser un teatro un poco más alejado del centro, la animación de sus luces y el ruido que parecía proferir de su interior nos animó a dirigirnos hacía ahí. Además, ya era de noche, y ya podían vislumbrarse aún en el contaminado cielo de la urbe que aquellas líneas de colores parecían plagar el cielo con sus inusitados fulgores. No queríamos convertirnos en aquellas cosas, y por tanto pensamos que encontrarnos en un lugar a cubierto nos ayudaría a sobrevivir.

No nos costó mucho alcanzar el mencionado lugar, como tampoco desplazar las inmensas compuestas que adornaban la entrada. En cuanto nos internamos en sus sombras, nos recibió un hombre muy estrafalario y de finos y rubicundos cabellos, la primera persona que veíamos -a parte de nosotros mismos- tras el comienzo de aquel desastre. Este tras breve presentación nos condujo a una sala abarrotada de gente, y respondió a nuestras dudas siempre con una sonrisa impresa en su semblante. Disolvió nuestras incógnitas con relativa facilidad, indicándonos que aquellos rayos efectivamente caían sobre las personas y las transmutaban en diferentes formas, pero que no se trataba de una selección aleatoria. Aquellos rayos en forma de meteoros caían dependiendo del carácter de las personas de un color u otro, así nos explicó que los rayos azules volvían a las personas del elemento agua, los amarillos del fuego y los verdes en el tierra. En la medida que lo explicaba, recordé las diferentes criaturas antes humanas con las que nos habíamos topado, desde el ser acartonado que efectivamente parecía haber sido arrasado por el fuego, pasando por aquella masa acuosa y culminando en la planta viva que nos atemorizó.

Cuando le preguntamos a aquel extravagante hombre si aquellos seres eran peligrosos, dijo que no, que lo único que pretendían eran que adoptasemos sus mismas formas para ser asumidos por su esencia. Esta respuesta nos pareció confusa, pero aún más cuando pasó a comunicarnos que en aquella sala abarrotada de gente que en esos momentos estabamos atravesando se pretendía redirigir susodichos rayos de colores para que todos los presentes se transmutaran en los seres en los que estaban destinados a convertirse. Nada mas decir esto, el techo se abrió, dejando entrar la brisa nocturna, y con ella, las líneas de colores que ya penetraban por toda la sala, metamorfoseando a los presentes ante nuestros aturdidos ojos. Nosotros no queríamos participar en aquello que nos parecía antinatural, y salimos escapotados de ahí tal como habíamos entrado.

Pasamos toda la noche y gran parte del día siguiente escondidos en algún edificio abandonado, temiendo al principio que aquellos seres nos encontrasen, mas después abandonados por el cansancio terminamos sumidos en un sueño que nuestro propio cuerpo nos propició para recuperarnos del cansancio acumulado. Cuando nos despertamos, ya era la tarde del día siguiente, y en tanto que salíamos de nuestro escondrijo atisbando lo que teníamos al rededor, recordé como de sopetón a un amor del pasado, y sin razón de ser, pensé que si la humanidad se encaminaba a su extinción siendo sustituida por todas aquellas cosas, debía al menos despedirme de ella y disculparme por lo que la hice pasar. Así se lo comuniqué a mi amigo, el cual asintiendo sin poder evitar conmocionarse un tanto por mi proposición, me indicó el camino a seguir.


Así pues, sorteamos los apartamentos, los edificios ruinosos y las tiendas cerradas, en tanto que atisbabamos en las sombras aquellas cosas que se desplazaban a un lado y a otro, como acechándonos en aras de convertirnos en una de ellas. Justo este pensamiento me dió pie a recordar que de hecho una de ellas me había rozado la espalda el día anterior, justamente por la parte del hombro derecho para ser exactos, y así descubrí que por esa zona ya empezaban a sobresalir lo que parecían pequeñas fibras que aparentaban ser raíces. Sin embargo, ni aún el escalofrío que en ese momento me recorrió la espalda hasta aposentarse en mi alma me detuvo, y continué con la travesía hasta que llegamos a puerto. Justo antes de entrar a la estación de trenes, le comuniqué a Riffel mi descubrimiento, y aunque nada mas decirlo este abrió sus ojos con desconcierto, instantes después, liberando aire de sus labios me indicó que con mayor razón debíamos emprender ese viaje en aras a que me reconciliase con mi antiguo amor.

Para sorpresa de ambos la estación de tren se encontraba en funcionamiento, mas también atestada de multitud de personas que buscaban huir de la ciudad en vías de encontrar un destino más seguro a la par que apacible. Mientras ibamos avanzando en dirección a la línea de tren que correspondía a la zona donde buscaba dirigirme, me dí cuenta de que yo no era el único que estaba empezando a metamorfosearme, había mucha otra gente que estaba en idéntico estado de avance en su transformación sino en uno todavía mayor, que quizás pretendían como yo mismo el reconciliarse con una persona en particular o con el mundo en general antes de acabar soterrados en los elementos. Estos pensamientos me hicieron fijarme en mi hombro, descubriendo para mi propia sorpresa como también para la de mi compañero, que ya de las hebras comenzaban a despuntar unas pequeñas hojas. Era inevitable de que tarde o temprano sucumbiría, y me convertiría en aquello que días anteriores me había asustado, pero no lo haría, me negaba a aceptarlo, antes de despedirme de mi amor del pasado.

Y así, logramos internarnos en el tren que nos llevaría hasta ahí. Desconozco cómo lo logramos, teniendo en cuenta que aquello estaba a reventar de gente desesperada, unas en plena transformación y otras con temor de estarlo ellas mismas si permanecían mas tiempo ahí. Pero el caso es que lo conseguímos, llegamos a un vagón que estaba bastante despejado a excepción de unos ancianos que estaban adormilados a considerable distancia de nosotros, y ahí nos aposentamos ambos, mirando siempre en dirección a la ventana. Durante el viaje no hablamos mucho, y aún teniendo en cuenta esta escasez de palabras, nos lo dijimos todo. Estaba claro que pronto sería una de aquellas cosas, de que pretendía que mi fiel amigo acabara con mi vida si llegaba el caso, y confiaba de que él llevara a termino susodicha tarea. No se necesitaron palabras, ambos sabíamos lo que hacer llegado el momento. Así que nos limitamos a contemplar los campos desiertos que nos rodeaban, siempre con un secreto regocijo palpitando en nuestros corazones a pesar de la melancolía.

Una vez en la última estación, que era la que nos correspondía, salí radiante a la luz del día. Quizás esta secreta alegría era una mezcolanza de mi añoranza por la reconciliación, a la par que el sentir que la luz del sol ya penetraba mis incipientes ramas que crecían a mis espaldas, darme cuenta de esto último me turbó no poco, mas eso no evitó que continuase avanzando. Nada mas recorrer las calles principales cercanas a la estación, me embargaron los recuerdos de otro tiempo, y a pesar de los años transcurridos, lo recordé todo como si fuera ayer. Avancé con un secreto regocijo que se transmutaba en las palpitaciones de mi pecho, lo recordaba todo cual sucesión de fotogramas vislumbrados a escasas horas. Quería ir aquí y a allá hasta encontrararla, recordar con los pasos mas que con la mirada, y así partir de este mundo con el bienestar interno de marchar en paz. No sé cuanto tiempo estuvimos yendo de un lado para otro, viendo un lugar que me recordaba a tal acontecimiento en tanto que otro me despertaba recuerdos que creí tener enterrados en la memoria.

Una cosa llevó a la otra, y se hizo de noche sin que yo pudiera encontrarla. En la medida en que las sombras iban opacando el bello fulgor del atardecer, mi ánimo exaltado fue hundiéndose en la melancolía, a la par que las ramas y las raíces que crecían en mi interior fueron haciéndose cada vez mas profusas y fuertes. Derrotado, me senté en la entrada de un puente en el que recordaba haber pasado una noche en compañía de mi antigüa amada, y a pesar de que mi compañero me insistió en proseguir con la búsqueda yo lo negué con la cabeza, en tanto que le indicé con un gesto, que las líneas de colores ya retornaban para apoderarse del cielo nocturno. Así que le indique que se marchara, que mantuviese su humanidad incomune mientras pudiera, y aunque al principio se negaba a ello, finalmente terminó por ceder, quizás ya viendo que mi transformación continuaba su avance a pesar de nuestras insensatas esperanzas.

Ya en completa soledad, atisbé en el cielo nocturno embriagado, encontrando belleza en el mismo del mismo modo a como lo encontré aquella noche cuando empezó todo. Quise dedicar mi último pensamiento a aquella amada del pasado, por si mis buenos deseos le pudieran llegar de un modo u otro, aunque fuera por mementopsis. Y entonces, muy cerca de la luna que brillaba con su acostumbrada hermosura, tres de aquellas líneas de colores, una azul, otra verde y una última amarilla, se fusionaron en una sola, haciendo una inmensa línea de color que parpadeaba intercalando los tres elementos, y que iba en mi dirección. Justo antes de impactar sobre mí, creí atisbar el semblante de mi amor, y quizás por ello mismo, recibí su impacto con una sonrisa, como quién acepta una profecía.

Así, mis raíces, ramas y las pocas vertebras que me quedaban humanas, fueron calcinándose paulativamente hasta que mi ser entero fue pasto de las cenizas. Pero el asunto no culminó ahí, porque una vez que pasé de humano a arbol humanoide, y de ahí a diversas cenizas dispersas, la brisa nocturna desplazó a todos aquellos pequeños yoes y nos condujo lejos, quizás en dirección hacía donde se encontraba aquella amada con la que deseaba reconciliarme. 

sábado, 11 de abril de 2026

El flujo femenino

 ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo sabía. Y es mas ¿Quién era él mismo? Ahora empezaba a recordar, en tanto que iba paulatinamente levantando su cabeza que en ese momento se encontraba aposentada sobre la mesa. En ella, tenía sendos artilugios desperdigados, boligráfos, lápices, papeles diversos... Cuando miró a un lado y a otro, se encontró con que estaba rodeado por un gran número de gente, todos bien sentados y muy peripuestos, a diferencia de él que según pudo vislumbrar cuando miró en dirección a un material reflectante que tenía bastante cerca, tenía unas pintas arrapientas, desaliñadas, dejadas... ¿Y por qué no decirlo? La de alguien que está hecho un desastre tanto interior como exteriormente, lo cual actuaba como un reflejo.

Pero, ¿Y dónde se encontraba? Mientras lo meditaba, contempló a un hombre moreno muy peludo que no paraba de hablar, y que estaba situado justamente en frente de todos esos personajes reunidos. Algo de lo que trataba en sus medidas palabras le sonaba de algo, mas cuando se concentraba en lo que estaba diciendo, no lograba discernir del todo a qué apuntaba. Retornó a mirar a su lado, adoptando una perspectiva menos periferica y mas cercana, y localizó a su izquierda, a una chica muy timida que le miró de reojo asintiendo para sus adentros. Este gesto, esa mirada esquiva, y sobre todo los cabellos desarreglados de ella le hizo recordar... ¡Se encontraba en la academia de magia de nuevo! Mas, ¿Cómo era posible? Habían transcurrido largos años desde aquello... Y entonces, mientras indagaba para sí mismo, jugando con sus pensamientos, el profesor peludo cesó de hablar repentinamente ¿Se habría acabado la sesión? Miró hacía su reloj, y vió que este marcaba las seis y cuarto. No era así, en realidad las clases acaban a las nueve, así que en realidad...

El hilo de sus pensamientos se detuvieron en otra chica que tenía justo en frente, la cual se encontraba en compañía de un joven bastante mugroso que aparentaba más edad de la que probablemente tuviera. Los ojos se ambos se detenieron en su observante, y en tanto que los agudizaban con sorna, mirándole directamente, empezaron a increparle soltando sandeces y palabras impías por sus bocas. Al principio, nuestro joven brujo permaneció callado, como meditativo, para instantes después dirigir su mirada a la compañera que tenía al lado, a la que susurró con evidente perplejidad: "¿Se puede saber qué le ha pasado a Marisa? Antes permanecía junto a nosotros, los marginados y los desesperados, y ahora..." La otra volvió a asentir, mas calló. Y entonces, el brujo cerró los puños con evidente impotencia, mientras recordaba el nombre de aquella joven de cabellos violáceos y ojos verdosos, y sin pensarselo mucho, la increpó a ella y a su compañero, dejándoles claro que no le iban a escarmentar tan fácilmente. Era verdad que nadie le tomaba en serio, ni siquiera sus maestros, pero no iba a dejar que sus palabras le atravesaran, iba a asentar su poderío interno frente a los escarceos ajenos.

Entonces, volvió a comenzar la clase, y mientras el maestro señalaba algunas pautas preliminares, les pidió a sus estudiantes que le hicieran el favor de leer en alto los textos que tenían ante sus ojos. Y en tanto que los alumnos que estaban cercanos al brujo iban tomando el hilo de la lectura, este se encontraba claramente pérdido. No sabía dónde se habían quedado, ni mucho menos sobre qué trataban. Cuando le llegó el turno, parecía que justo se había ubicado. Mas en cuanto plantó sus aturdidos ojos sobre las páginas y comenzó a leer donde se suponía que se había quedado el compañero anterior, las letras y las palabras dieron con el capricho de flotar ante su perpleja mirada, descolocándose y adoptando así las frases de un sentido completamente opuesto al anterior. A pesar de ello, inspiró sacando fuerza de la flaqueza, y continuó leyendo como si no hubiera pasado nada... Pero si que pasaba, estaba leyendo un texto que no era el mismo al de el resto de la clase, se trataba de un esbozo poético y no de un tratado alquímico que era lo que leían los demás. Cuando estos cayeron en la cuenta las risas dieron por aflorar al rededor de la sala, en tanto que la sensación de vergüenza y costernación del brujo aumentó, crispándole los miembros y empalideciendo su semblante...

Y así el soldado-brujo del presente, despertó. Todo él cargado de sudores fríos y de temblores inconscientes, bebió de unos tragos de la bebida que tenía en la cabecera de la cama, y secó el sudor que le perlaba la frente con las sábanas que tenía bajo su cuello. Se preguntó así mismo: "¿Cómo era posible? ¿Un sueño dentro de un sueño? ¡Si estaba en el mundo onírico! ¿Se podían tener sueños que se solapasen unos a otros como si cualquier cosa? En ese caso, si eso era así, ¿Cómo podía saberse cual sueño era el primigenio? Y lo que es más, ¿Sabíamos cuando estabamos despiertos si nos hallamos inmersos en esa cadena onírica?" Disipó estas dudas bebiendo frenéticamente de aquella botella cargada de alcohol barato, pero cuando el líquido se aposentó en su estómago, estas retornaron con todavía mayor fuerza. Si sus indagaciones apuntaban certeramente en ese terreno, entonces se podía sacar partido de esa insólita confusión, y conducirse así a terrenos que hasta entonces le eran inexplorados ¿Quién sabía a dónde le llevarían? Ni él mismo podía dar una respuesta adecuada a susodicha pregunta, y quizás ello le animaba a seguir sumergiéndose en esa odisea metáfísica.

Para despejarse un poco salió al jardín de cara a respirar aire puro y no tan viciado como el que poblaba su habitual cueva aislada del resto de habitaciones. Al principio todo era como siempre, un cielo con escasas nubes dispersas que se aposentaba sobre las plantas nutridas de malashierbas que lo llenaban todo, mas en cuanto alzó su mirada un tanto más, localizó que algunas de sus pertenecías pasadas por la colada estaban levitando cercanas al tejado de su hogar, suspendidas, congeladas como si tal cosa a bastante altura. Esto no era la primera vez qué ocurría, desconocía la razón pero por lo visto a algunas gentes gustan de lanzar sus cosas en barreños de plástico, o en cestas de mimbre, y dejálas ahí colgadas del cielo, a espera de que el viento se las lleve, o que estas vayan cayendo por su propio peso. Forzando este proceso, el soldado-brujo se hizo con algunas piedras, y comenzó a lanzarlas en dirección a la colada. Pero con ello, sólo logró hacer caer a una manta grisácea que vino a posarse sobre el agua de la piscina, en tanto que lo demás permaneció ahí flotando como si tal cosa. Quizás había logrado desplazarlo algo, mas al final desistió en pérder su tiempo en aquellos jueguecitos de niño.

No tenía tiempo que perder, debía reunirse ese día con un conocido que le otorgaría los resultados de un analísis interno de flujo vital que el mismo soldado-brujo le había pedido. Así que limitándose a ponerse una capa mugrienta encima, salió corriendo de su hogar como si tal cosa. De forma bastante autómatica, atravesó una calle y otra en tanto que evitaba enredarse en demasía en sus propios pensamientos. A menudo, por dejarse llevar por sus inusitados ensimismamientos, había llegado a perder el rumbo, y en vez de llegar a la zona a la que requería llegar, acababa en otro lugar que no había reclamado su presencia. Así que esta vez decidió ir directamente al grano, evitar los tramos secundarios, e ir en línea recta sin entretenerse mucho en el camino.

En cuanto llegó, se encontró con que Seimbó -el analista de flujos vitales y enérgicos- le recibió en su despacho con un gesto grave, enarcando las cejas de manera que estas parecían parodiar un símbolo de interrogación. El soldado-brujo le saludó con la gravedad que requería la situación, se sentó delante del mismo y permaneció callado durante unos segundos, mirándole eso sí directamente a los ojos. Viendo que este no se terciaba a hablar, hizo cesar al silencio con un exclamativo "qué" que vino a retumbar en la sala, formando así unos sucesivos ecos que acabaron haciendo que el panorama fuera todavía más desolador que cuando permanecieron callados. Al final, tras unos instantes de duda, Seimbó decidió hablar con prudencia en tanto que le iba tendiendo una hoja donde se mostraban los resultados en una serie de gráficas y de esquemas indescifrables. Lo que vino a decirle era que a pesar de que los resultados no eran alarmantes teniendo en cuenta su perfil, una particularidad le turbó bastante, y esta era que según esos resultados, el gen enérgico que portaba era femenino. A saber, que en resumidas cuentas, su flujo vital era el de una mujer, o sea, que el mismo era una mujer a pesar de su apariencia varonil.

El soldado-brujo se estremeció, abrió sus ojos como platos y le preguntó sin mas dilaciones que cómo aquello era posible, mas tras un estrechar dubitativo de hombros, Seimbó le dijo que no lo sabía, mas que consultase con sus propios ojos las tablas que tenía ante él, que estas le iban a comunicar con mas lujos de detalles lo que él mismo le había dicho escasos segundos antes. Así lo hizo, y efectivamente, ahí se discernía que a pesar de que su compostura corporal era la de un hombre, su gen interno era el de una mujer. Es decir, que en realidad, su avatar predecesor era una mujer. Como demostración a esto, sólo había que consultar esas páginas en las que se vislumbrara que tantas eran las sombras que lo poblaban, que estas se habían aunado desde su nacimiento formando un estracto de naturaleza femenina en su seno, haciendo que él mismo fuera una mujer a pesar de lo que su cuerpo le mostrase de cara a lo externo. Sin decir nada más al respecto, ni revelar sus pensamientos al investigador, salió de la sala sin despedirse tan siquiera.

Mientras iba andando, deambulando por la zona, le dió sendas vueltas al tema. No le turbaba el hecho de ser una mujer internamente, lo que le ocasionaba una crispación que no lograba apaciguarse era que él mismo no se había dado cuenta de esta realidad. Nunca tuvo un conflicto con su interioridad y lo que le era externo en el cuerpo, el cual con un sólo vistazo atestiguaba que era el de un varón. También conocía su clara vinculación con los aspectos femeninos de la vida, mucho mas ligados a las sombras a la par que a la naturaleza que lo masculino, siempre mas estrechado en unos límites artificiales que siempre le resultaron ajenos. Quizás aquellas consideraciones supusieran una pista, un camino que ya vislumbraba de soslayo, pero que nunca se atrevió a seguir. Debería haberlo hecho, pues si se hubiera encaminado por ahí quizás habría llegado por sí mismo a los resultados de esa analítica que ahora le desconcertaba. Tendría que haber indagado mas en sí mismo en vez de lanzarse guiado por sus intuiciones a aventuras tan extrañas como las que había vívido, pero después de todo se preguntaba: El saberlo antes como el saberlo ahora, ¿Cambiaba algo después de todo?

Y en tanto que se dejaba llevar por el flujo sin fin de estos caprichosos pensamientos, un hombre le vino al paso, cercándole el paso con un gesto de fingida amabilidad. Aquel hombre le sonaba de algo, le parecía que ya le había visto en otra ocasión precedente, pero ¿Cuando? No tenía absoluta idea de exactamente cuando en el tiempo. Este le invitó como si cualquier cosa a que entrase a su morada, y el soldado-brujo sin saber por qué, le acompañó al interior. Y mientras le iba conduciendo con leves empujoncitos que molestaron un poco a nuestro protagonista, iba soltando por su pestilentes labios una sorna de palabras inexplicables a la par que banales que el soldado-brujo se dedicó convenientemente a eliminar de su mente en tanto que estas eran pronunciadas. Algo en este hombre le era tremendamente desagradable, y aunque no sabría apuntar con certeza a qué era, decidió como siempre hacía dejarse llevar por su insospechada intuición, y mantuvo consecuentemente con ello, un aire de secreta reserva.

Finalmente llegaron a una sala bastante elegante que daba a un jardín lateral, ya era de noche y el viento soplaba melodioso, con una parsimonia medida de acuerdo con el orden universal, y sentándose el uno frente al otro, mientras el hombre charlaba sin parar y el soldado-brujo se limitaba a ignorarle, una mujer en apariencia anodina se sentó a su lado. Nada más hacerlo, el soldado-brujo la miró con descaro directamente, y reconoció a través de sus facciones inconfundibles a Marisa, aquella mujer que había sido soñada dentro de otro sueño, y que hasta entonces, pertenecía a la esfera del recuerdo. Al reconocerla a ella, reconoció al hombre que le había llevado hasta ahí, aquel taimado ser desarreglado que tanto repudio le hacía sentir. Y sin mediar palabra alguna, haciendo uso de su magia negra, alzando su indice en dirección al mismo, atacó su rostro con saña, provocando que este se desfigurara mientras coagulos de sangre impregnada y casi seca le pululaba por todo su rostro.

Al recibir tamaño ataque, obviamente aquel hombre se puso a la defensiva, se echó hacía atrás en su silla, y comenzó a reírse proliferando en sus labios las más cruentas blasfemias a la par que sentenciando que sus hechizos no podrían matarle, a lo sumo reducirle. El soldado-brujo le respondió mientras proseguía su acelerado ataque, que eso ya lo sabía, que no pretendía matarle, sólo quería convertirle en el guiñapo que en realidad era. Y esta respuesta, tan anécdotica como sentenciosa, hizo que lo que en ese momento era un coágulo de sangre inmenso, adoptase un gesto de sorpresa a pesar de que ya no existía ni semblante alguno ni rasgos en el mismo que permitieran atisbar algún tipo de sentimiento. Aquello era ya una cosa palpitante de sangre, y en modo alguno un ser humano, incluso denominarlo ser provocaba duda, y percátandose de ello aquella cosa pringosa y deleznable, se retiró de ahí, como buscando cobijo en las sombras de una noche cerrada que reclamaba su imperio.

Justo después de este acontecimiento, el soldado-brujo posó su mirada sobre Marisa, y sin mediar palabra alguna con la misma, un secreto fulgor de sus escrutadores ojos pareció entender que él le perdonaba el pasado, que la perdonaba a ella y a su juvenil traición. Así que se levantó, e inclinándose para despedirse con cortesía, salió de ahí mucho mejor a como había entrado, en completa soledad.

Instantes después se encontraba caminando sobre los pavimientos húmedos de la urbanización, los cuales eran iluminados por la palidez de la luna y su coro de estrellas, y estas le llevaron con sus señas noctunas a salir de ahí, y atravesando una carretera cada vez más desvencijada, se fue alejando todavía mas de la parte habitada por la sociedad para internarse en la bruma y los dispersos arboles del campo en la noche. Una vez allí, fue internándose cada vez mas en un prado seco y desvencijado que le era harto conocido, hasta que sus piernas se sintieron bastante cansadas, y alzándose, comenzó a sobrevolar, a subir cada vez mas alto situándose finalmente en una inmensa roca que coronaba una montaña. Y desde allí, admiró la belleza de la luna, esa secreta diosa de los antiguos que nos incita a tener pensamientos nostálgicos a la par que meláncolicos. Ni él mismo sabe cuanto tiempo pasó ahí sentado, en idéntica postura, contemplando con sus ojos desorbitados el hermoso paisaje que le ofrecía la noche, mas poco importa ya que sin lugar a dudas, si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, él hubiera respondido que estaba en paz consigo mismo.

domingo, 29 de marzo de 2026

Leyenda poético-simbólica de la mujer-araña

 Ya era de madrugada cuando el marido de Amelia se desveló. Arrastrándose entre las sábanas logró encontrar la posición necesaria para apoyarse sobre uno de los pilares de la cama, y así sentarse entre colchones palpitantes. Miró a su siniestra, y a través del fulgor gélido de la luna, contempló a su mujer estremeciéndose por sudores fríos y aspavientos enfermizos. Una mirada de compasión atravesó sus rasgos en tanto que se encendía un cigarrillo, y desde entonces se limitó a contemplar cómo ascendía el humo azulenco de su colilla carcomida. Se quedó largo tiempo en esa posición, meditando cual monje budista o ermitaño expulsado de la sociedad, contemplando desde la oscuridad barnizada por la tenue luz nocturna la nada que penetraba las sombras.

Así, en completa quietud meditativa, después de instantes gobernados por las sombras del nihilismo imperante, empezaron a sugir una serie de imagenes, al principio aisladas e inconexas entre sí, mas después con un cierto orden secuencias, que aún estando dirigidas por el espíritu del azar, un sentido interno e intuitivo le indicaban que les correspondía cierta coherencia. Al comienzo de esta sucesión delirante, intentaba sondearlas dirigiendo a su mirada a los recovecos sombríos, las temía en el fondo por lo que pudiera aparecer en aquellos cuadrantes desdibujados, mas llegó un momento que fueron tantas y tal su frenesí, que no pudo evitar fijarse en ellas. Y con la atención esquiva, llegó la profundización, y con esta el abismarse en aquel mundo que al principio le pareció ajeno, pero que como después se convirtió en su propio mundo, en su vida con Amelia.

Lo que fue un caprichoso desordén se vertió en un eje secuencial que comprendía de toda la razón de ser del mundo, y lo que captaron los ojos como mera alucinación acabó volcándose en sueño revivido. No pudo resistirse a esa atención egolatra que otorgamos a todos los asuntos cuando tienen que ver con nosotros mismos, eso le hizo que se interesase cada vez más hasta que llegó un punto que no hubo sueño ni ilusión, sino que todo a aquello se convirtió en su propia vida presente, esa eternidad que rara vez logramos atrapar, pero que cuando lo hacemos nos conduce bien sea al paraíso, o al infierno, dependiendo de cuán lúgubres sean nuestras fantasías. Pero aquello no era una fantasía ficticia, no. Era más bien el eco de una vida sentida desde el fondo de un corazón vacío, que ahora se rellenaba con recuerdos. Recuerdos de los que él se consideraba el protagonista, pero que en tanto que los palpaba con sus ojos, cayó en la cuenta de que era Amelia el personaje central, puesto que siempre estaba ahí, rodeada por una luz siniestra, como el halo de una seductora diablesa.

Ya completamente abismado en aquella biografía compartida, revivió lo que fue encontrar a Amelia por vez primera. La vió ahí, abrazada a un arbol como una hippie loca, y cuando se acercó a ella para preguntar a la que entonces era una desconocida si le pasaba algo, esta le interrumpió pidiéndole silencio con un gesto. Ahí se quedó, parado como esperando que después de aquello surgiera una especie de revelación que le trastocase todo su ser. Mas lo que pasó no fue nada extraordinario, o al menos bajo la perspectiva de él, pues lo que ocurrió fue que de las cortezas de aquel árbol apareció una araña muy señorial y panzuda ella, revelando al principio unas patitas, luego centenares de ojos que contemplaban todo lo que la rodeaba, y finalmente, su cuerpo hinchazo y pintado de amarillo. Amelia se quedó boquiabierta, patidifusa ante susodicha revelación, y quién en el futuro fuera su marido, no sabía ni qué pensar.

Pero algo le atrajo de todo ello, algo había en esa joven de la que todavía no sabía que se llamaba Amelia que le atraía. No se trataba de un componente necesariamente físico, puesto que Amelia era una joven muy normal, de cuerpo esbelto y formado eso es cierto, mas lo que atraía de ella no eran sus formas ni su belleza que sólo se descubría cuando se la contemplaba un determinado tiempo, lo que te llevaba irremediablemente hacía ella era esa aura de reina de otros tiempos, esa severa majestad que te conducía a callarte si ella te lo indicaba con un gesto como hizo su futuro marido en cuanto ella se lo indicó, como un vasallo caballero dispuesto a entrar en batalla con otro reino del que no tenía ni idea si así se lo indicaba la realeza que pretendía defender.

Así, desde entonces, se presentó repetidas veces en ese mismo lugar por si encontraba a Amelia. Unas veces estaba allí, otras no, pero la ilusión de poder verla siempre palpitaba en su corazón pese a que el resultado fuera negativo o positivo. En estos últimos casos, él se acercaba con tiento, con cierto temor de espantarla si osaba acercarse demasiado. La veía allí, pegada a la corteza para comprobar si la araña preñada ya había dado luz a sus crías desde las sombras de sus entrañas, en otras ocasiones la encontraba con sus aúreos cabellos pegada al suelo, acariciada por las hierbas que ahí crecían, como si pretendiese escuchar ruidos que emanaban de la tierra cual se dice que hacían los nativos americanos. Pero en realidad lo que pretendía no era escuchar, sino ver, contemplar con sus propios ojos el arrastrarse de pequeñas arañas buscando huecos y esquinas donde plantar sus nidos para esperar largo y tendido el despiste de sus futuras presas. Y así, del mismo modo, parecía esperarle ella misma a que su aparición se manifestara cual una revelación de otro tiempo.

Finalmente, se presentaron formarmente y se enteró de su nombre. En cuanto escuchó este vocablo: "Amelia" Un cosquilleo pareció recorrerle por dentro, atravesando su espina dorsal y alojándose primero en sus entrañas, después en su corazón. Allí se quedó aquella sensación, suspendida esperando algún tipo de reacción, y tras escasas semanas encontró cómo liberar aquella emoción que de contenida le provocaba severas punzadas, y así fue cuando declaró su incondicional amor, rindiéndose al efecto del momento y a los labios de Amelia que se cerraron a los suyos. A partir de entonces aquellos labios se sellaban siempre que coincidían en aquellos instantes fugaces de fulgor amoroso, los cuales fueron desarrándose en un frenesí que parecía no comprender de final alguno, puesto que sus cuerpos se eternizaban en sacudían locas e intímas que acabaron siendo una especie de ritual, la iniciación del amor pasional desfogado y desbocado.

Cuando esto se consolidó y afianzó como una unión sólida decidieron emprender un camino conjunto que recibe el denominativo de convivencia entre los seres humanos. Y así es cuando habitaron idénticos habitáculos, se desplazaban por los mismos suelos y se agarraban para no caerse sobre equanimes paredes. Allí también respiraban el mismo aire, saboreaban idénticas comidas, y compartían en suma, su mutua presencia en una contemplación eternizada que se desplazaba hasta el infinito. Sin embargo, aún a sabiendas del deleite de los primeros meses, con el tiempo el marido de Amelia cayó en la cuenta que quizás su modo de contemplarla a ella era más agudo, mas insistente, e incluso obsesivo que las miradas de soslayo que ella le dedicaba. Es cierto que notaba a través de su pupila inquieta una señal de aprecio, de cuasi-amor insensato, mas en su tranfondo, y comprobando él sus propios latidos desaforados, logró comprender que quizás él la amaba mucho más a ella, que lo que ella le amaba a él. A menudo pasaba las noches en vela dando vueltas a esta cuestión, pero otras veces sin comprenderlo, se sentía repentinamente sosegado, y caía al lecho como los muertos a la tumba.

En tanto que la cotidianidad transcurría con normalidad, algo empezó a difuminarla con las neblinas de la incertidumbre y de la incomprensión, puesto que se dieron ambos cuenta de que por mucho que lo intentasen, Amelia no se quedaba embarazada. Él la culpaba siempre a ella indicando que su útero estaba más seco que el Sahara, y ella le recriminaba que sus espermatozoides eran torpedos que estaban mal programados desde la central de comunicación, así se pasaban el tiempo discutiendo para después fornicar, sin nunca hallar ni resultado a sus disputas ni criatura que germinará en los ovarios de Amelia. Y a pesar de que el marido siempre le recriminaba a ella esa infertilidad repentina, en el fondo se culpaba a sí mismo y a sus espermatozoides desorientados, eso ni lo había comprobado ni quería, pero había algo en las profundidades de su ser que así se lo indicaba.

También le ponía de los nervios cuando ellos estaban haciendo cualquier anodina actividad y de repente ella se quedaba en suspenso, detenía cualesquiera cosa que estuvieran haciendo en ese momento y se lanzaba en contemplación para adorar a las arañas que pululan por las casas. Aquello parecía todo un culto, pues en cuanto atisbaba sin que el marido supiera cómo un rastro o señal de que una araña andaba por ahí a sus anchas, se pegaba a la pared, se arrastraba por el suelo o se acuclillaba sólo para rendir pleitesía a aquellos extraños seres que se desplazaban con esa parsinomia tan extraña. Poco importaba que el marido estuviera comunicando algo importante en ese momento, o que le revelase un secreto de la infancia que le aprisionaba el corazón, pues en cuanto una tenue sombra barnizaba la pared con aquellas pequeñas patitas en movimiento, Amelia le pedía silencio y allí se pasaba las horas muertas, contemplando a la minúscula arañita. Además, la experiencia le enseño al marido que lo mejor era dejarla que continuase con esa actividad, puesto que si la interrumpía, ella comenzaba a chillar completamente desquiciada y amenazante.

Pasó como cosa de un año cuando el marido comprobó que quizás Amelia estuviera embarazada, y esto lo atisbó mediante el malestar de ella en tanto que vomitaba, le entraban súdores fríos, se encontraba como mareada, siempre en perpetúo reposo. Pero cuando un médico amigo de la familia acudió a su hogar y la inspeccionó pese a la negativa de ella, le dió la funesta noticia de que no era así, que a Amelia le pasaba otra cosa, que estaba enferma por otros motivos, que tenía que acudir cuanto antes a un hospital. Mas ella, entre febriles aspavientos renegó de la medicina moderna, y le indicó a aquel parroco del cientifismo que se marchase cuanto antes de ahí con un indice puntiagudo dispuesto a lanzarse sobre el cuello de aquel hombre. Este, cabizbajo y sin comprender nada, así se marchó no sin antes indicarle al marido que la situación era grave y que debía convencer a Amelia de que tenía que acudir a emergencias cuanto antes. Lo hizo tal cual se lo indicó el médico, pero ella no terciaba, se obstinaba en su decisión de permanecer en el lecho con sus dolores y sus temblores, a los que parecía santificar como si se encontrasen en una misa negra que requería de un sacrificio, en este caso lo que parecía su propia vida.

El marido de Amelia ya ni era capaz de recordar cuanto tiempo permanecieron así, en esa enfermiza tesitura, él siempre desvelado por los temblores y exclamaciones susurrantes que provenían del lugar de la cama en el que estaba Amelia, y ella siempre en ese obstinamiento silencioso que tal sólo era interrumpido por los aspavientos de sus miembros siendo agitados en un constante frenesí febril, cual si conteniese algo oscuro en su interior, como si después de todo estuviese embarazada, aunque este no fuera un embarazo corriente. Cada cierto tiempo el marido insistían en que tenían que marchase de esa cueva que ellos mismos habían corrompido, que debían de huir de ahí para que la humanidad les prestase su moderna ayuda, pero ella siempre se negaba, al principio con una señal negativa de la cabeza, luego con un susurro que semejaba un conjuro de rechazo, y finalmente, con un rotundo NO que brotaba de sus labios como una planta cárnivora que atisbase a través de sus filamentos que la mosca ya se encontraba lo suficientemente cerca para que fuera atrapada por su lengua venenosa.

Pero, en un instante, justo cuando la sucesión de imagenes de aquella noche se deteniesen justo en el instante presente de su propia contemplación, este fue despertado cuando Amelia le sacudió con un brazo plagado de sudor. El marido, despierto del real sueño en el que se había abismado sin quererlo al principio, dirigió su mirada hacía ella completamente desconcertado, le costaba comprender qué era lo que estaba sucediendo, e incluso, dónde se encontraba justo en ese momento. Una nueva sacudida espasmódica de Amelia le hizo retornar al entendimiento, posando su mirada sobre ella cual si el cuerpo en constante sacudida de Amelia fuera una especie de revelación, el último capitulo de un libro en el que se resolvía todo, haciendo comprensibles todos los demás. No sabría decir cuantos minutos que quizás llegaron a la hora, se quedó así, contemplándola con los ojos muy abiertos, como en suspenso, esperando algo que ni él mismo lograba a comprender.

Y, de repente, con un movimiento que al marido le pareció prácticamente antinatural, Amelia se sentó, poniéndose a su altura y le comentó con entera normalidad que ya iba dar a luz, que sus hijos ya estaban en camino. Y él, sin saber cómo ni por qué, hizo la señal de asentimiento inclinando y subiendo su cabeza, y poco después, besó sus labios extrañamente carnosos con una mezcla de pasión y dulzura, y en cuanto se apartó un poco para contemplar el enamorado fulgor de los ojos de ella, vió que pequeñas motas negras se desplazaban de su boca. Creyó que se trataba de una ilusión, que la mezcla entre la oscuridad y la palidez de la luz lunar le estaba jugando una mala pasada, pero en cuanto agudizó su mirada pudo comprobar que aquellas motas negras se multiplicaban ante su perpleja mirada, haciéndose decenas, centenares, millares... Todas ellas incontrolables.

Entonces, la boca de Amelia se abrió mucho más de lo que atestiguaban las humanas capacidades, y de ella surgierón trillones de diminutas arañas que se abalanzaron sobre el marido. Este notó sus peludas patitas recorriendo su rostro, sus miembros, su entero cuerpo, y después lo que sintió fue un millar se mordiscos que le recorrían enteramente, provocándole incontables heridas que con el paso de la noche se fueron convirtiendo en úlceras, en gangrena, en insidiosas infecciones ante su inusitada quietud. Porque sí, mientras le iban carcomiendo poco a poco logrando que todo su cuerpo se fuera pudriendo desde dentro -pues ellas habían penetrado en su interior por todos los orificios que les salieron al paso- este permaneció en extrema quietud, cual si ya estuviera muerto mucho antes de estarlo realmente, hechizado por el tétrico canto que brotaba de la garganta de Amelia en esos momentos, y que una vez que su cuerpo se transformó en una suma de despojos mugrientos que se quedaron en el lecho cual si fuera moho, esta detuvo para dar paso a una cruenta risotada que deleitó a sus hijas las arañas, que debido al banquete que se habían dado adoptaron tamaños incomensurables, y que acompañaron a la risa de su madre con un balanceo rítmico de sus patitas.

domingo, 15 de marzo de 2026

El secreto y la desidia

 Después de que hayamos tomado confianza tras charlar sobre asuntos banales, he de confesarte que desde hace algún tiempo tengo una serie de recuerdos incustrados en mi mente. Incluso cuando entramos en este bar tan desvencijado y sombrío, con esta leve luz mortecina que parece deslizarse entre las sombras, con los tenues susurros de los escasos comensales de los que estamos rodeados, esto que tengo en la cabeza no deja de pulular como una polilla desatada en busca de una lámpara, de roerme como el gusano al cádaver, de insistir en sus golpecitos cual llamada desesperada a una puerta... En fin, bien es cierto que este lugar aún en su desolación es tremendamente acogedor, invita a dar rienda suelta a las confidencias y a los secretos. No sé si pensarás lo mismo, pero desde que entramos aquí me he sentido flotando en un embalse que me acuna con parsimonia dentro de un océano embravecido. Siento las olas que nos rodean, mas no su violencia. Para mí su deslizarse supone la nana que canta su madre a su hijo en la cuna.

Te lo digo de verdad, desde que entramos aquí y nos atendió esa camarera tan enjuta a la par que amable, viendo a nuestros semejantes ocultos en la oscuridad, atisbando sus figuras tan curiosas como acogedoras... No sé, desde el primer momento me sentí como en casa, incluso me atrevería a decir como ese hogar que nunca tuve. El asunto mejoró cuando en tu compañía dimos rienda suelta a temas tan baladíes como trascendentales, empezamos con lo mundano y acabamos con lo divino. Casi me daban ganas de estirarme y exclamar ya no para mis adentros, sino de cara al exterior para que me oyese todo el mundo: "¡Ay, que a gusto estoy!" Sin embargo, aún en este buen ambiente y con la mejor de las compañías, aquel asusto no dejaba de darme vueltas en las mientes, cada vez que me sentía sosegado y relajado en esta conversación que transcurre como una sonata, el temita volvía a insistir, y debido a este pertinaz retorno, no me queda otra que contartelo todo para ver si así logro acallar estas voces que me torturan aún en los instantes de más placer...

Pero vayamos al grano: Estaba yo regresando desde ya no me acuerdo qué sitio, cuando entre los vagones de un tren que avanzaba con inusitada premura me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Nos entretuvimos parlamentando sobre nuestros asuntos del remoto pasado hasta que... ¡Sorpresa! Mas adelante nos encontramos con otro amigo, y cuando aún estabamos entretenido con los saludos y demás cortesías, nos topamos con otros, y después con otro, y otro, y otro... Perdí la cuenta de con cuanta gente me encontré aquel día, quizás seríamos siete u ocho, no recuerdo bien. El caso era que estabamos enfrascados en el frenesí de la sorpresa cuando vímos a la distancia algunos personajes embozados en sus capuchas y gargantillas, y aunque al principio se quedaron rezagados en sus asientos, al poco se dirigieron a nosotros con no muy buenas intenciones. Al principio intenté comprender por la vía diplomática cual eran sus intenciones, pero aunque procuré hacerme entender con las palabras, aquellos hombres no razonaban, y al poco terminamos con las manos. Nos peleamos como animales, y pese a que mis amigos se mantuvieron a la distancia al comienzo, también se vieron obligados a intervenir tarde o temprano.

Desconozco cómo llegamos al culmén de aquella pequeña guerrilla, mas el caso es que ya llegamos a nuestro y nos escapamos de ahí como unos gatos asustados a ojos vista, y nos subimos a un vehículo de grandes dimensiones para regresar a nuestras respectivas casas. En el trayecto comencé a devanarme los sesos sobre lo que acababa de pasar, hasta que terminé enfrascado en otros asuntos. Y entre esos asuntos se encontraba... ¡Ya recuerdo! Ya sé lo que hice aquel día antes de tan inusitado encuentro, me pasé aquel día vagando y vagando por los al rededores de la urbe, por aquellos lugares que aún están asediados por la madre naturaleza, yendo y viniendo por lugares que creía conocer, mas en realidad no. El caso es que me perdí, no sabía cómo regresar. Andaba sin razón de ser, tan sólo por andar, sin sentido alguno... Mas aunque me esfuerzo por recordarlo, ahora no sabría decirte cómo llegué a coger aquel tren donde ocurrió todo aquello... Quizás, pero no, no estoy seguro...

Pero bueno, me estoy desviando del tema. Retornando a lo que nos ocupa, finalmente llegamos todos sanos y salvos a nuestro villorío acostumbrado. Y una vez ahí, descendiendo del inmenso vehículo escapotados y despidiéndonos sin ganas de detenernos mucho en estas naderías, cada uno regresó a su casa con sus propias patas. Y cuando ya me encontraba en mi calle, un coché me abordó impidiéndome avanzar. De él salió un hombre negro bastante mayor, en su semblante se atisbaba cierta tenacidad y experiencia, y aunque parecía esa clase de personas que estaban dispuestas a hacer lo que fuera con tal de sobrevivir, algo en sus ojos oscuros y vivos me advertía que tenía buen fondo. A menudo ocurre que las buenas personas se ven forzadas por las circunstancias a adoptar los más nefastos comportamientos, así me lo comunicaban las arrugas de aquel hombre, sobre todo las de las comisuras de sus labios desgastados, junto a aquel toque de ironía que profería de sus orejas.


Tras breve presentación me comunicó que estaba detenido por un delito que no lograba identificar en mi atrofiada memoria, y acto seguido pasó a enumerarme los delitos de los amigos a los que hacía poco que había visto, me quedé perplejo ante sus acusaciones pero en verdad, tampoco podía confirmarlas ni negarlas. Para mí eran tan oscuras como la pupila de sus ojos, aquel ignoto abismo del desconocimiento... Me quedé pálido, y él se dió cuenta. Así que para calmar el ambiente me invitó a un buen habano, y me llevó a recorrer el villorío para buscar a mis compañeros. No recuerdo cuanto charlamos durante aquel viaje, pero sea lo que fuera lo que le dije, parecía agradarle a aquel hombre. Hasta me confesó que le caía simpático en tanto que me llevaba por carreteras que no estaban asfaltadas, elevándose la tierra a nuestro al rededor con cada uno de sus frenazos y derrapes. Al final nos salímos de la ruta, ya que otros coches como aquel se acercaron para comunicar a mi compañero -que parecía el jefe o líder de todos aquellos- que ellos mismos se ocuparían del asunto que tenían entre manos. Así que tomamos otra ruta, nos dirigímos mas allá de los limites que yo mismo había cruzado en mis vagabundeos. Y en tanto que duraba aquel viaje, charlamos y charlamos de los más diversos asuntos, ganándonos en una simpatía mutua que era callada, pero que se atestiguaba en nuestras miradas.

Finalmente llegamos a lo que parecía una pequeña ciudad, abrió la puerta y me comunicó que debía subirme al edificio que teníamos en frente. Así lo hice, y cuando abrí aquella puerta chirriante, cuando ascendí aquellas escaleras que crujían con cada uno de mis pasos, en tanto que abrí una puerta de hierro pintarrajeada, me encontré con un hombre calvo y cuyo cuerpo musculado estaba repleto de tatuajes mirando hacía la ventana en una sala completamente despejada de muebles y artefactos. Parecía estar meditando, mas en cuanto entré, pareció reconocerme pese a que yo nunca le había visto. Entonces con una media sonrisa, me hizo bajar de nuevo ahora en su compañía, y de repente, ante una sorpresa que no logré reprimir, la calle se encontraba atestada de gente mirándome directamente a mí. Y cuando ya estaba ante el edificio del que acababa de bajar, aquel hombre calvo tan fuerte me dijo que conocía mi secreto y que quería ponerlo a prueba.

Es cierto, no te había contado un pequeño detalle... Tengo una habilidad muy especial que me distinge de tantos otros que poblamos estos lares, soy depositario de un poder bastante ventajoso y que me ha librado de unos cuantos sustos. Soy inmortal por heridas, una habilidad que comparto con otro personaje muy conocido por aquí al que suele llamarse el soldado-brujo. No te rías... Es verdad ¿Qué ganaría con mentirte? Pero retornando a mi narración, aquellos hombres me pusieron a prueba para averigüar si era yo quién buscaban. Así que me hicieron darme la vuelta, ponerme de espaldas. Y entonces, me asestaron unos cuantos disparos con sus pistolas, quizás me dieron unos doce o trece tiros, y yo, lejos de inmutarme, los recibí cual si fueran unos golpes amistosos. Al poco de impactar en mi espalda, las balas fueron expulsadas con suma delicadeza, cayeron al suelo cual si se me hubieran deslizado a mí de las manos, y las heridas de tan aparatosas en su sangre palpitante, se cerraron en una suerte de cirugía espontánea. Obviamente aquellos hombres quedaron impactados, y lo que al principio era silencio y desconcierto se volcó en una sucesión de aplausos y vitoreos. Cuando me dí la vuelta me sentí como una especie de héroe, sonreía regocijado ante mi triunfo tras superar tal cruenta prueba.

Y así fue cómo comencé a trabajar como un agente para aquel hombre, patrullaba la zona recorriéndola a diestro y siniestro. Y cuando me encontraba con personas sospechosas a los intereses de mi jefe, simplemente les abatía sin remordimiento alguno. Como en algunas de aquellas pequeñas misiones y escaramuzas debía emplear tanto la fuerza bruta como la defensiva, mi habilidad secreta me servía de obvia ventaja, logrando con ello que ninguno de mis rivales pudiera superarme. No necesitaba excesivo entrenamiento, ya que poco importaba que recibiera un bandazo por aquí y por allá, un disparo certero en mi pecho o en mi cabeza, me recuperaba a los pocos instantes y acometía a mis enemigos sin tesón, matando a todos aquellos que mi jefe quería ver eliminados, y capturando a aquellos que debían ser interrogados por otros agentes. Yo, por aquel tiempo, no me preguntaba por la razón de ser de aquel cruento oficio, simplemente lo aceptaba como un modo de ganarme la vida.

Todo iba bien hasta que en una de aquellas misiones me topé con una serie de documentos que resultaban comprometedores para mi jefe. Pensé en eliminarlos, o en entregarlos bajo su custodia, mas una lectura mas profunda me hizo darme cuenta que aquel hombre no era trigo limpio. Así que los cogí y huí con ellos, hasta donde fuera necesario con tal de protegerlos. Como es obvio, aunque reconozco que no sé cómo ya que hasta entonces no había revelado a nadie esta información, el jefe supo que yo tenía aquellos documentos en mi poder, y quiso que se los entregase. Me negué, en redondo. Aquello era demasiado grave para dejarse pasar como si tal cosa, así que lo proferí por toda aquella zona. Comuniqué a todas aquellas gentes que el lider de nuestra comunidad que era un corrupto, que daba y aceptaba sobornos, que... Prefiero no seguir. El caso fue que desde entonces fuí perseguído como un bandido, un forajido de la verdad, como todas aquellas personas que yo me había ocupado de eliminar y de entregar. Me sentía grandemente compungido y arrepentido por mis anteriores acciones, desconocía que mi jefe tuviera un pasado tan turbio, a la par que me sorprendía que yo hubiera trabajado para tan oscuro personaje sin informarme antes nada. Pero, ¿Cómo iba a saberlo? Aquellos papeles me abrieron los ojos, hasta los memoricé por si en algún momento me eran sustraídos, y los promulgué por todos los lugares para que todo el mundo supiera la verdad.

A partir de entonces fuí perseguido, humillado y vilipendiado. Me amotiné en un viejo edificio, en el que cada día y cada noche recibía la visita de alguien dispuesto a eliminarme, a quitarme de en medio de un tablero en el que ya no era un jugador más, sino un estorbo para los planes de un lunático. No recuerdo cuantos embates fueron, mas fueron incesantes. Cada vez acudían mas gentes para eliminarme de la faz de la tierra, al principio fueron individuos adiestrados en el arte de matar, asesinos a sueldo a los que logré eliminar sin mucha dificultad, luego fueron grupos armados que logré dispersar de un bandazo, y finalmente, ejercitos enteros que agujereaban las paredes con sus disparos alocados, a los que pude reducir poco a poco. Con el paso de los días, de las semanas, de los meses, me dí cuenta de que aquello no podía seguir así. Logré escapar de aquel sitio, no sé ahora cómo si me preguntas por aquello, pero el caso es que salí escapotado como si no hubiera un mañana y hasta ahora mi escondite me ha sido ventajoso, ya que nadie ha dado conmigo.

Avancé a través de los bosques mas oscuros, escalé las montañas mas elevadas, e incluso atravesé desiertos y páramos sobre todo de noche, ya que sabía que a pesar de mi repentina huida todavía era buscado por mi anterior jefe. Estuve años caminando, corriendo en dirección hacía donde nadie sabe, descubriendo que con cada paso el camino cada vez se ensanchaba cada vez más, se alargaba en aras a un horizonte inalcanzable que me permitía observar nuevos caminos, sendas inusitadas que discurrían más allá de la maleza y de la molicie de este mundo sorprende aunque también sumamente sombrío... Cuando ya había avanzado mucho más allá de lo que mi propia imaginación se atrevería a fantasear, me hospedé en las más desconocidas aldeas, habitadas todas ellas por hoscos personajes que parecían huir de algo ignoto, del mismo modo a como lo hacía yo mismo... En fin, todo ello hasta llegar aquí frente a tí, charlando sobre este asunto y liberándome del mismo para evitar que este inmundo insecto continué picandome en las sienes.

Ahora he de parar de hablar, ¿Qué me dices tú? Pero, espera un momento... Creo que lo veo todo un tanto nublado. Quizás tanta bebida y tanta infastuosa palabra me ha mareado. Será mejor que me levante y que tomé un como el aire en compañía de algunos pitillos que tengo por aquí. Ah ¿Quieres acompañarme a la salida? Muchas gracias por tu cortesía y amabilidad, de verdad. En estos tiempos ya no se encuentra gente como tú... Marchemos, a ver si me sosiego un poco de este rídiculo devaneo repentino. Aquí mucho mejor ¿O no? Que aire tan fresco, y qué noche más hermosa por cierto... Fíjate cómo la luna ilumina todas las cosas, dotando a cada elemento de una nueva luz, invisible durante el día. Y... Pero, ¿Qué demonios haces? Maldita sea, me has rebanado el cuello como si tal cosa... ¿Querías comprobar si efectivamente tenía esa habilidad que antes te conté? Pues ya lo sabes, ahora une mi cabeza con su cuerpo, al poco ambas se conjuntarán sin dejar cicatriz ni nada parecido, como si no hubiera pasado nada ¿Qué estás haciendo con mi cabeza? Agh... ¿De dónde has sacado ese viejo saco? Oh no, me introduces en él... ¿Y mi cuerpo? ¿Lo estás atando? Como aprieta... Aunque no pueda ver nada lo estoy notando...

¿Qué estás haciendo conmigo? ¿A dónde vamos? Siento que nos estamos desplazado en una especie de carreta, puedo sentir los baches y sus sacudidas ¡Respondéme, maldita sea! Y ahora ¿Qué? Que silencio de repente, no puedo ver ni oír nada, me atrevería a decir que ya tampoco siento nada, a excepción de cierto frío y una humedad que lo acompaña. Mi voz se ha convertido en un eco, mis movimientos son imperceptibles, y aún mis fantasías son lúgubres cual si se tratasen de leyendas góticas del pasado... Aquí no hay nada, sólo oscuridad, yo mismo y mis resquemores son mi única compañía. Me has dejado abandonado, aquí desterrado de la compañía de mis semejantes y aún de la esperanza de salir con vida. Parece que aquí permaneceré el resto de mis días, en una soledad que de tan sola aún ese denominativo se le queda escaso ¿Y qué haré mientras tanto? Aquí me quedaré esperando... ¿A qué? No lo sé, a la muerte, a la nada, a la gran parca, a ese dios tan sombrío como desconocido... Poco importa ya.