domingo, 7 de junio de 2026

Lo absurdo de la existencia, o la no-muerte de dos amigos

 Muchas veces he pensado que si observaramos la existencia humana -ya sea particular o general- comprobaríamos que todo se trata de un malentendido que viene a ser bastante absurdo. En realidad, el tópico aquel de "Nada tiene sentido" no es producto de la ignorancia humana que cae en el nihilismo al ser desconocedora de verdades trascendentales y divinas, sino mas bien una verdad universal que se nos revelaría como tal si vieramos el conjunto de la existencia desde una posición elevada. Es decir, si el Creador del Universo nos prestase su esplendoroso trono durante unos escasos minutos, comprobaríamos que efectivamente nada tiene sentido, y que nuestros desdichados avatares y nuestras pequeñas tragedias cotidianas son absurdas como el sueño de un loco. Al final lo que tenemos por tragedia se convertiría en una comedia, las lágrimas lo serían de risa hilirante y no de vana tristeza, nuestros aplausos ya no sonarían ecos y solitarios, sino acompañados por la conmoción alegre de todo un auditorio repleto de payasos enmascarados.

Así pues, quisiera narraros una de esas historias que le llegan a uno en sueños, una de esas historias que si bien para los que la vivieron en el mundo onírico supuso un duro golpe en todos los sentidos, mientras que para los lectores u oyentes de la mismas se convierten en una suerte de tragicomedia, muy en semejanza a esas representaciones de las miserias humanas con toque cómico que se hicieron en la decadencia de la cultura helénica. Nos reímos al comprobar lo absurdo de todos los acontecimientos vividos y soñados, pero esto es así porque estamos rodeados por el coro de los ángeles allá en las alturas siderales, probablemente si descendieramos a tierra y nos vieramos afectados por las mismas, diríamos que se trata de lo peor que nos ha pasado. Por eso, y al margen de la siguiente historia, siempre recomendaría que todo lo que se viva en esta existencia que al cabo es un sueño, se contemple desde la lejanía como algo que en verdad no nos afecta tanto, como un espectador y no tanto como un actor que se mete tanto en el papel que acaba muriendo en el último acto.

Todo esto ocurrió según me han contado en una aldea muy lejana del mundo urbano que recibía el nombre por entonces de Solano, allí sus habitantes no estaban acostumbrados a que ocurriese nada relevante, y si ocurría, pocos se enteraban porque aunque vivían dentro del ámbito rural, ahí vivía cada uno tan ensimismado en su propio sueño que nadie se enteraba de los problemas ajenos, a pesar de ser un pueblo digamos que sus habitantes vivían como si sus hogares fueran edificios distantes. Aquel lugar comprendía un territorio muy escaso, rodeado todo el por campos abandonados y desérticos, malas hierbas y cultivos echados a perder debido al calor que los asolaba, a excepción de en invierno donde el frío era tan estremecedor que ni la hoja mas noble se atrevía en asomarse para evitar ser congelada. Sin embargo, a pesar de esa soledad y desamparo, había algunos pocos habitantes que tomaron contacto entre sí, creando amistades y enemistades que serían eternas si me molestase en narrarlas todas, así que me voy a centrar en aquella que dió pie a esta historia.

Dentro de los escasos habitantes y sus estrechas relaciones rústicas, hubo dos niños que desde el colegio ya congeniaron como dos gotas de agua que se encontrasen en medio de un aguacero, y aún proveniendo ambos de estratos sociales bastante distantes entablaron amistad entre sí. Uno de ellos se llamaba Tartán, provenía de una madre africana y de un padre europeo cuyo estado de míseria era envidiado por los mendigos de las ciudades centrales que piden su limosna a la salida de los centro comerciales, el otro era conocido por Riffel, y a diferencia de su compañero, siempre había vivido en la opulencia, ya que se rumoreaba que ambos progenitores eran de sangre tintada en azul debido a los desordenes políticos y ansía de poder de sus antepasados. Mas, estos asuntos tan mundanos no interesaban a aquellos niños, estaban metidos en sus mundos de juegos -los verdaderamente auténticos para ser sincero- y aunque sus padres observaban con recelo la creciente amistad, dejaron libertad absoluta a sus hijos para que decidieran con quienes debían compartir su existencia.

Como todos, estos niños se fueron haciendo mayores, pasaron su adolescencia y los devaneos que acompañan a la misma en una profunda camadería, y fueron reforzando su amistad en la medida que iban transcurriendo los años. Llegó un punto que su amistad fue tan prolífica y venerada por quienes la observaban que fueron considerados inseparables por todos los que la veían y la conocían, y nadie -al menos de su circulo cercano- se atrevería a negar que jamás habían conocido a dos jovenes que aún siendo tan dispares por su procedencia, fueran tan semejantes en afectos y en lealdad, estando dispuestos incluso a arriesgar su vida por el otro si la ocasión se terciaba.


No obstante, al igual que siempre ocurre con los desmanes de los hombres, que aquella profunda amistad se torció por una tontería, absurda en sí misma y de consecuencias hilirantes para un observador desapasionado. Verán, Riffel como vivía en la opulencia y en la carencia de necesidades, construyó en el sótano de su casa una zona de juegos bastante amplia, toda ella plagada de pequeñas casas y plataformas que se desplazaban, y lo que al principió comenzo como un rincón de sofisticada fantasía terminó siendo una ciudad de leyendas, a la que obviamente acudía en compañía de su inseparable Tartán, el cual compartía ese sueño en un estadío de protagonismo equiparable al de Riffel. Sin embargo, una vez que estaban enzarzados en la mejora de aquel sub-mundo de fantasía, tuvieron una pequeña disputa por una nadería, lo que provocó que Riffel llevase el asunto a las manos, dando un pequeño empujón a su querido amigo, con tan mala suerte que este cayó inconsciente víctima al parecer de alguna contusión de índole cerebral. Al ver el resultado de su ira, Riffel intentó reanimar a su amigo de todas las maneras posibles, pero todo fue en vano. A juzgar por todas las apariencias, Tartán había muerto.

Y en vez de actuar como haría alguien consecuente, Riffel por temor a ser acusado de asesino o como menos de homicida involuntario, decidió ocultar el cuerpo de su amigo en un baúl. Obviamente la desaparición de Tartán provocó las sospechas y la desesperación  de algunos habitantes, especialmente de su familia, hasta el punto que el abuelo materno de este decidió investigar por su parte lo que había ocurrido con su nieto. Tan buen detective fue que terminó hallando el cádaver impoluto de Tartán, justo cuando Riffel estaba custodiando el sótano para evitar que nadie hiciera justamente ese hallazgo. Y en cuanto vió los ojos costernados y las millares de arrugas constreñidas del perplejo anciano, Riffel no tuvo otra reacción que  no fuera la de empujarle, con tan mala suerte que acabó inconsciente de la misma forma a cómo lo había sido Tartán, quedando su cuerpo falleciente al lado del de su nieto cual si ambos hubieran decidido darse una pequeña siestecita.

Ahora la desesperación de Riffel aumentó tanto, al considerar su doble homicidio, siendo este último más a próposito que el primero, que aún con temor de caer bajo sospecha, decidió ocultar ambos cuerpos del mismo modo a como lo había hecho con el antecedente. En los primeros días, extrañandose de que la descomposición de los mismos no fueran patentes, acudió al sótano mágico para observar si seguían ahí tal y como los había dejado. Y ahí estaban, completamente incorruptos, cual si sus muertes hubieran ocurrido escasos minutos antes a pesar de que ya habían transcurrido incluso semanas. Incluso, al palparlos, estos no presentaban la gélidez rígida de la mayoría de los cádaveres, sino que mostraban un calor escondido como si estos aún siguieran con vida. Riffel, evidentemente perplejo, pasaba largas horas ahí, contemplándolos por si aún quedaban un hálito vital en ellos, pero en vano, pues estos no se movían en modo alguno, su respiración era inexistente, su aliento una ausencia y sus latidos ya recuerdos.

Con el tiempo, Riffel fue olvidándose de los dos cádaveres eternos que tenía en el sótano de las fantasías de su infancia, hasta tal punto que llegó un momento que hasta olvidó que había matado por accidente a dos personas. Hasta cuando le recordaban la desaparición de su amigo y posteriormente la del abuelo de este, realmente creía que estos habían desaparecido en vez de haber sido asesinados por el placaje de sus brazos. Será verdad aquello de que los mentirosos compulsivos terminan creyéndose sus propias mentiras, o quizás en las noches solitarias de insominio aquella verdad emergía de su corazón... Esto no podemos saberlo, no somos capaces de atisbar aquella verdad que palpita en nosotros y que sale mediante instrospección, mas lo que si sabemos es que en apariencia Riffel vivió su vida con normalidad, como si tal cosa. Incluso podríamos decir que las cosas le fueron bastante bien, a pesar de ser un homicida involuntario, terminó entrando en el cuerpo de policias, accediendo a un buen puesto y enriqueciéndose a costa de los crimenes ajenos en vez de profundizar en los propios. Todo iba a pedir boca, colmado de bienes materiales y satisfecho en la aparencialidad del éxito de una figura vacua e inexistente centrada en la aprobación de unos cuantos patanes.

Sin embargo, un día, acortándose repentinamente de los crimenes cometidos años atrás, decidió bajar al sótano esperando encontrarse dos momias consumidas por el polvo y ancestrales gusanos, llevándose la sorpresa de que se encontraban de manera idéntica a como los había dejado pasados tantos años. Aquello le sorprendió en grado sumo, pero mucho mas le sorprendió que cuando apoyó su mano en el costado de su viejo amigo supuestamente fallecido, este se levantó como si tal cosa, y abriendo los ojos le miró con una acusación furibunda, retornando así el rencor de tantos años, y sin decir ni una palabra, salió de ahí como un tiro de escopeta. Al principio, Riffel no supo ni qué decir, subió las escaleras al primer piso completamente inmutable, creyendo que aquello era un sueño de un sueño, y dejó que transcurriera su día evitando insistir en sus propios pensamientos.

Días después, sin lograr evitar que la curiosidad le aguijonase la sesera, bajó de nuevo al sotáno para comprobar si lo que había vivido era una endiablada pesadilla o un producto de su torcida imaginación, comprobando efectivamente que estaba equivocado, aquello había ocurrido realmente, no era un vano delirio. Y para recibir una doble confirmación de aquella locura, justamente en su espalda y a través de las sombras polvorientas que circundaban el sótano, notó el tacto de una mano inmensa en su hombro, y en cuanto se dió la vuelta para comprobar de qué se trataba, vió el rostro de un anciano que recientemente hubiera salido del sepulcro de la inconsciencia. Es decir, el abuelo de su viejo amigo se había levantado, y con una extraña mueca de consternación que poco a poco fue evolucionando en una sonrisa macabra, le advirtió alargando su arrugado dedo índice que sus días estaban contados. Y nada mas acabar de decir esto, se sumió en las sombras, desvaneciéndose como llamado por las tenebrosas regiones abismales.

Riffel pasó largos días que se convirtieron en semanas y estas en meses meditando lo que había pasado, dando por sentado al tiempo que aquello tan sólo era una siniestra fantasía que el exceso de trabajo le había provocado. No obstante, a tanto llegó su desconcierto que empezó a pensar que jamás existió un mejor amigo llamado Tartán ni su abuelo, y por tanto, jamás existió un crimen, que aquello era una ensoñación, y si los demás le recordaban su pasado compartido, fabulaba con que aquello era una broma macabra que todos decidieron hacerle, que finalmente aceptaron como por consenso. Se engañaba a sí mismo con estas fabulaciones de la consciencia arrepentida, evitaba así meter el dedo en la llaga, no quería amargarse la vida por acontecimientos que percibía difusos en la distancia, y aunque no siempre lo conseguía del todo, al menos recibía una suerte de consuelo a medias que lograba paliar con su adicción al trabajo y la bebida, las verdaderas drogas que poblan el mundo civilizado.

Todo hubiera terminado aquí si no hubiera sido porque en un diciembre muy nevado y gélido algunos habitantes de Solano encontraron un cádaver aplastado y descompuesto en millares de trozos justamente en medio de la plaza pública de la aldea. Investigaciones posteriores descubrieron que este se había lanzado desde la alta cúpula de la Iglesia principal del pueblo, en un presunto suicido que no todos llegaron a creerse, ya que lo identificaron como Riffel, aquel comisario tan éxitoso y envidiado por todos ¿Quién querría quitarse la vida teniendo una existencia ya solucionada y exenta de problemas? Quizás se preguntaran la mayoría. Yo no sabría apuntar qué había pasado en realidad, ni aún teniendo los antecedentes de tan oscura historia, mas lo que sí sé teniendo en cuenta lo destrozado que estaba el cadáver que este no volverá a la vida como lo hizo Tartán y su abuelo, y si llegare el caso de que así fuera para ejercutar una venganza que se repetiría por los siglos de los siglos en un flujo incesante y sin fin, no lo quiera la divididad que fuera, puesto que tenía el rostro y los miembros tan magullados que sería repugnante ver a una cosa así levantarse después de su desdichada muerte.

domingo, 31 de mayo de 2026

Parada a ninguna parte

 Saliendo de la calle principal en plena madrugada, con el pálido fulgor de la luna esmaltándose en el asfalto desgastado, meditaba sobre la razón de salir a deshoras. No recordaba el motivo de mi escapada, quizás ni tuviera uno, o en el caso de que así fuera tampoco era tan importante para ser recordado. El caso era que me encontraba embozado en una capa negruzca, cubriéndome para que el frío no penetrase mis huesos, temeroso de caer enfermo debido al hálito congelado que proferían las estrellas. Observaba con cierta desconfianza las sombras verpertinas de los árboles, miraba a diestro y a sinientro cualesquiera oscura silueta al acecho, atisbando el misterio que suele encubrir a la noche. Mas, a pesar de mis imaginativos esfuerzos, sólo lograba contemplar mi aliento templado escapando de mis pulmones, ascendiendo quizás a regiones etéreas que eran recogidas por entidades paganas.

Cuando ya me encontraba girando por un recodo del camino, dirigiendome hacía la parada de autobús, una silueta siniestra me vino al paso, acechándome al principio en la distancia para luego lanzarse contra mí con violencia. Intenté defenderme en vano, pues cuando ya me dí cuenta de su presencia ya estaba encima mía, respirando precipitadamente, con una agitación inusitada. Nos quedamos durante unos instantes en silencio, quizás esperando a quién fuera primero en reaccionar. Iba a atizarle un buen empellón cuando de repente escuché que de sus labios a duras penas salían palabras atropelladas, parecían ininteligibles, pero cuando afiné mis oídos escuché que me decía:

- Eh tú, si tú. Quizás puedas ayudarme... Verás, no pretendo robarte ni nada semejante. Sólo he acudido a ti pidiendo ayuda, puede que un desconocido sea más capaz de sacarme de este embrollo que yo mismo... Quizás, no sé... En fin, te diré que antaño yo era todo un hechicero. Manejaba la alquimía cual si fuera un arte culinario, conocía los secretos de la kabbalah, me leía todos los manuales de brujería que caían en mis manos y también era versado en torno a unos cuantos antiguos grimorios medievales. Mis poderes por entonces eran insuperables, podía invocar a mil demonios sin que temblase un ápice, los sometía a mis ordenes sin temor a daño alguno. Incluso me abismé en los secretos de la magia negra árabe, me inmiscuí en los cultos hindúes a la diosa Kali, o a aquel dios abandonado por los hebreos denominado Dagón, hasta participé de los rituales egipcios en aras de alcanzar la inmortalidad. Todo iba a pedir diente hasta que llegó a mí un antiguo libro que combinaba la magia negra con la roja, en principio no temía problema alguno puesto que todos los escollos los solventaba con hechizos protectores, beneficiándome de todos los resultados sin caer en prejuicios que minasen mi ánimo de mago. Sin embargo, aquel extraño legajo demoninado "Ars demon", con aquel título tan ambigüo y me atrevería a decir mal traducido, no suponía en principio un reto para mí. Así que me abismé en su lectura, y ejecuté todas sus invocaciones siguiendo las pautas en un arcano latín, y cuando quise darme cuenta, me percaté de que algo no iba del todo bien. Por primera vez en mucho tiempo supe que no todo iba tan bien como acostumbraba, aquel demonio llamado Asmodeo era mas poderoso de lo que creía, y sin darme rédito alguno en mi poderío mágico, se hizo con mi alma sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Aquel demonio me poseyó, y justo la fecha que corresponde a la anulación de mi individualidad a favor de su pleno control es hoy. Por favor, gentil hombre, ayudame...

Entonces, repentinamente, aquel mago al que no logré vislumbrar del todo bien debido a las sombras y a lo oscuro de su ropaje, se apartó de mí con temor, y comenzó a agitarse con un enfermizo frenesí. Sus manos como garras, se posaron con firmeza en su rostro, y comenzó a balancearse de un lado a otro con una agitación que podría considerarse sobrenatural a tenor de sus extraños movimientos. Se quedó en suspenso durante unos segundos, parado en seco como si hubiera visto algo a relativa distancia que le atemorizase, y acto seguido de sus labios se profirió un grito de animal herido, como si le estuvieran desgarrando las tripas. Y tal y como minutos antes estaba situado a relativa cercanía de mí, salió por patas como alma que lleva el diablo, alejándose en tanto que movía sus brazos a un lado y otro cual si una nube de mosquitos le persiguiese hasta los mil infiernos.

Obviamente, me quedé petrificado ante semejante escena. Pero poco después me puse en marcha, no tenía tiempo que perder y la parada se encontraba cerca. Subí por esta segunda calle en su dirección, y ya estaba al poco en el puerto, atisbando la señal roja de la marquesina, cuando un hombre que salía del campo asilvestrado de al rededor, salió de los arbustos que lo cercaban. Aquel hombre, sin duda, era todo un africano. Mas esto no era por lo oscuro de su piel, sino por su tremenda altura y sus fornidos miembros. A su lado, yo parecía una mota de polvo que hubiera sido desperdigada de algún envejecido mueble. Pero, a pesar de su aspecto curtido y sus músculosos miembros, aquel africano revelaba una mirada cargada de sensibilidad, sus ojos pardos eran sumamente vidriosos, como si conteniese sendas lágrimas que temían escapar de un momento a otro. Se me quedó mirando con cierta duda, como si no supiese si acercarse a mí o no. Quizás, como se percató de que me quedé parado en el sitio y me negaba a avanzar hasta que él realizase el primer movimiento, se acercó a mí y me dijo con cierto temblor en la voz debido a la emoción:

- Eh tú, amigo... Usted no me conoce, como yo a usted tampoco, pero como entre desconocidos ningún secreto es tal, quisiera relatarle algo que me acongoja. Verá, yo provengo de una pequeña aldea situada en Nigeria, desde mi mas tierna infancia mis padres me acostumbraron a observar la colonización como un mal menor que nos trajo algo tan grandioso como lo fue el cristianismo. En mi familia todos los miembros eran muy creyentes y hasta beatos, y pese a que vivieramos en la pobreza, quizás esta ingenua fe nos ayudaba a soportar mejor los empujes de nuestro desdichado destino. Según contaban mis abuelos, los colonos europeos eran sanguinarios, mas sus enviados espirituales eran mas sosegados, y aunque en los colegios que construyeron a veces les pegaban con barras de madera, les enseñaron las virtudes del Evangelio de Dios, haciendo nuestros dolores físicos nímios en comparación a los pesares de índole espiritual. Pero bueno, supongo que me estoy desviando del tema... El caso fue que una vez que los colonos partieron en apariencia mas no del todo en el plano real de la fe, nos dejaron abismados en nuestros propios azares, y entonces, en ese intervalo de noche oscura del alma, apareció un nuevo culto donde se seguía a los enviados de un tal Muhammad, los cuales compartían ciertas semejanzas con los seguidores de Cristo, mas al cabo nos confrontaron. Es decir, nos obligaron a tomar partido por uno u otro, y cuando estas agrupaciones estuvieron establecidas, hubo un enfrentamiento muy tenso entre ambas partes. Al comienzo, ambos bandos estaban bastante igualados, todo era vana palabrería teológica, pero no pasó mucho tiempo hasta que pasamos a las manos, y de las manos llegaron las armas, sobre todo en el nuevo culto que nos acometieron con frenesí a los que nos quedamos en el antiguo. Se produjeron las masacres mas sangrientas que uno pueda imaginarse, los cadáveres y su sangre coagulada adornaban las calles en un infernal festín, siendo los cuerpos de mi familia unos de tantos que esculpían su rastro nefasto por toda la aldea. Yo logré escapar ni recuerdo cómo con exactitud, y aunque al principio eché la culpa de esta masacre al nuevo culto, pronto me dí cuenta de que tanto el antiguo como el nuevo culto eran los culpables de nuestras desgracías. Si aquellos colonos no nos hubieran dado ese mensaje supuestamente consolador y paliativo de nuestra pobreza, el segundo culto no se hubiera cebado tanto con nosotros. O quizás sí, no lo sé... El caso fue que desde entonces, una vez que escapé de toda aquella locura, renuncié a Dios y a su mensaje que sólo produce confrontaciones entre los hombres, e indagué en las creencias originarías de mi pueblo, que aquí son conocidas como vudú a raíz de la revolución haitiana. Y aunque hubo un tiempo que tuve cierto sosiego del alma, desde hace poco me persigue una sombra siniestra que en ocasiones se identifica con mis familiares fallecidos... De hecho, incluso ahora mismo, creo sentirla acechandome a mis espaldas... En fin, debo irme inmediatamente.

Y sin darme tiempo a responder, aquel hombre tan alto, escapó de ahí a todo correr impulsado por sus firmes piernas que se asentaban en el suelo como dos inmensos postes. Me produjo cierto terror el final de su narración, y con alguna curiosidad me asomé en dirección a los arboles que nos circundaban por si lograba atisbar las sombras de las que hizo mención. Pero, aunque me conduje con precaución, mirando a un lado y a otro, no logré ver nada fuera de lo usual. Quizás, pensé, me había introducido en demasía en el relato de aquel hombre hasta el punto de que yo mismo me consideré uno de sus protagonistas, y eso hizo que sus palabras fueran suficiente testigos de la verdad.

Sin perder mas tiempo en estas naderías superticiosas, llegué finalmente a la parada, y me situé bajo la marquesina, cobijándome entre mis harapos y ropajes, y en esto una mujer muy anciana se situó justo a mi lado. Aquella mujer debía de contar mas años que matusalén porque había mas arrugas en su semblante que zonas despejadas, y a pesar de ello conservaba unos largos cabellos con escasas canas. Tenía una mirada escrutadora, cercada por una neblina azulenca que revelaba que quizás no pudiera ver del todo bien, y aún así, renunciaba a portar gafas quizás por terquedad. He de reconocer que su apostura me intimidó un poco, no parecía que quisiera entablar conversación alguna, mas para mi sorpresa, alejándose un tanto de la marquesina, me indicó que me acercara con un gesto, y yo, sin saber por qué ya que no tenía gana alguna de hablar con aquella bruja de antaño, me acerqué y presté atención a sus palabras:

- Verá joven, le he llamado para hacerle testigo de los pesares de una anciana olvidada por el mundo... Yo antes vivía como tú o cualquiera de las personas que poblan en este planeta, despreocupada en torno al porvenir y viviendo cada día como si estos fueran infinitos. Tengo familia, pero estos hace largos años que se olvidaron de mí, mas yo también de ellos en tanto que siempre he sido una persona muy solitaria. Me bastaba con tener mis entretenimientos entre siesta y siesta para sofocar el sopor de los pensamientos, deslizandome por la vida como una masa de arrugas que sólo se dá a deleites pasajeros. Pero un día, repentinamente, empecé a encontrarme muy mal, y yo que nunca he sido de médicos, no me quedó otra que acercarme a uno. Tras algún tiempo y muchas pruebas me comunicaron que tenía cáncer, y que me quedaba poco de vida debido a que este estaba muy avanzado. Y como soy ya muy mayor, me dijeron que ni se me pasara por la cabeza el operarme porque eso supondría mi tumba. Desde entonces, vivo en un desasosiego y en una melancolía que no me deja ni respirar con normalidad, cada día es un suplicio que me acerca mas a la muerte, e incluso mis instantes de relativa felicidad se convierten en sinsabores moribundos porque la muerte me acecha con su pútrido aliento que se huelca en mis dolores cancerígenos... ¿Qué diantres voy a hacer? ¿Cómo afrontar la llegada inminente de la parca con su guadaña?

Tras unos instantes en silencio, dudando qué responder, me decidí por decirla:

- No tiene de qué preocuparse, estoy seguro de que la muerte es un mero paso, un puente que nos conduce hacía algo mejor. Piense que ya ha vivido largos años, y que ahora ha de meditar en torno al más allá, que existe con seguridad y que nos ofrece una perspectiva halagüeña. De hecho, si por un casual yo pereciera antes, me comprometo a acompañarla por el oscuro túnel que conduce a la plena luz.

La anciana me miró con extrañeza, hizo una desagradable mueca que convirtió su rostro en un amasijo de arrugas, cual un saco abandonado que por el efecto de la parainoia produce la semejanza con un semblante, y aunque permaneció en la parada, se alejó de mí cruzada de brazos. Se desplazaba con lentitud pero con inéquivoca señal de descontento en tanto que negaba con la cabeza disgustada. La verdad es que desconozco qué pretendía que dijera aquella anciana, yo sólo le respondí lo mejor que pude y con entera sinceridad. De verdad pensaba lo que atestiguaban mis palabras, mas aquel inusituado desdén me abismó en cierto nihilismo al comprobar que no todos compartían mis certezas espirituales, y que sólo buscaban un vano consuelo, una atención a sus palabras en tanto que acallaba las mías.

Así que volví a mi puesto primigenio, meditando sobre estas cosas y tantas otras hasta que me fijé que un hombre con un carrito de bebé se posicionaba frente a mí. Aquella pobre criatura estaba claramente enferma, con tantos tubos y aparatos cercándola, pensé que probablemente no pudiera respirar con autonomía por algún tipo de fallo de nacimiento. Mas, fíjandome en la medida que aquel niño también me miraba a mí mismo con curiosidad, ví que también tenía ciertas malformaciones en sus miembros, a la par que ciertas cicatrices que se abrían y se cerraban en la medida que respiraba. Cuando levanté mi mirada en dirección al que parecía su padre, descubrí en los rasgos asiáticos que portaba, idénticos ojos rasgados en su hijo. No quise ser maleducado en mi insistencia de contemplarles con cierta estupefación, mas el hombre dándose cuenta de mis sentimientos tomó la palabra:

- Veo que le causa cierta curiosidad el estado de mi hijo. Pues bien, verá, ya nació así de deforme, aunque con el paso del tiempo, sus deformidades y peculiaridades anatómicas sólo hacen si no aumentar. Tan horrible fue haciendose con los años, que incluso mi mujer, aquella que le dió luz a este mundo, escapó de su presencia, abandonándonos tanto a él como a mí. La situación se hizo tan tremenda y horrible, que familiares, vecinos y amigos comenzaron a alejarse de nosotros, tanta repulsión les causaba la criatura. No me quedó otra que emigrar de Japón -nuestro país de origen- a estas tierras con la esperanza de pasar desapercibidos ante las deformidades físicas de mi hijo. Pero, sin embargo, aquello supuso una vana utopía, el pensar que aquí seríamos felices, pues basta comprobar tras el más mínimo paseo que todos nos miran al principio con curiosidad como usted, para luego mostrar un gesto de evidente repugnancia ante mi criatura...

Todavía seguía hablando aquel japonés, cuando dejé de prestar atención a sus palabras en la medida que veía que su hijo tenía las tripas completamente abiertas, y además de ello, comenzó a hurgarse en las mismas, estrayendo de los intestinos lo que parecían heces de gato. No pude evitar en ese momento que una arcada surgiera de mi propio estomago, subiendo por mi garganta y liberando un malestar irreprimible. Aquel hombre se percató de mi gesto, deteniendo en seco sus palabras, y desplazando su carrito a la esquina contraria donde se situaba la anciana ofendida. Me sentí bastante conmocionado observando el siguiente cuadro, una anciana con cáncer en la esquina siniestra, y un hombre con su hijo deforme en la diestra, en tanto que yo me encontraba en el centro, como un punto en suspenso entre ambos estados ¿Pudiera significar algo semejante analogía? ¿Una macabra metáfora?

Y entonces, parando en seco mis inconcruentes pensamientos, noté un temblor y el sonido de algo en la distancia. Me asomé desde la marquesina, y atestigüé por los faroles iluminados que el autobús por fin pasaba por nuestra parada, ya podría encaminarme a donde quiera que fuera en esta extraña madrugada pensé con una secreta esperanza en algo indeterminado. Ya estaba pasando por nuestro lado, con el interior completamente a oscuras y atestado de las sombras de sus inhóspitos pasajeros, cuando pasó de largo sin detenerse a recogernos. 

domingo, 17 de mayo de 2026

Entre la muerte y las sombras: El sendero de libertad particular del soldado-brujo

 

Ya se ha convertido en un tópico aquella aseveración que anuncia que la auténtica soledad se experimenta cuando uno está rodeado de gente. Desconozco que la hace más veráz, si es a fuerza de repetirse o si su contenido es tan certero que hay una suerte de comunión generalizada que viene a darle la razón. Mas lo cierto es que con el tiempo, aquella frase enunciada de miles de formas diferentes ha venido a convertirse en un leiv motiv, e incluso en algo que muchas personas podrían en su lápida. Además, esculpir algo como "me sentí mas solo cuando más estuve rodeado de gente" es una frase que en un cementerio cobraría un sentido cuasi-trascendental. Sin duda sería un buen epitafio ¿No piensa el lector lo mismo? Ahí, una piedra rodeada de tantas otras piedras, en donde bajo todas ellas se encuentra un cádaver descomponiéndose, cercado por madera carcomida, y sin embargo, rodeado de tantos congéneres que han llegado al mismo destino siguiendo caminos quizás diferentes. La muerte, sin duda, es el único críterio de igualdad que se hermana con la verdad en el que se puede creer a ciencia ciega sin que escape una sútil risilla mal disimulada de unos labios entreabiertos que poco tardarán en sellarse definitivamente por los siglos de los siglos.

Pues el soldado-brujo se hallaba en esos momentos en una soledad acompañada como hemos indicado mas arriba, no sabemos si en una especie de tumba, pero sí se sentía tremendamente solo aunque estuviera rodeado por sus semejantes, ignorantes de su presencia casi como si lo hicieran a próposito. En esos momentos se encontraba atravesando la ciudad principal del mundo onírico, cercado por tantas otras personas y criaturas veladas que pasaban por su lado como si tal cosa. Mientras él se encontraba ensimismado, metido a fondo en sus asuntos, como si sus piernas fueran por unos terrenos en tanto que sus pensamientos iban por otros, mas por ensalmo, levantó la mirada y dejó el derroterro de sus pensamientos para otro momento y se dió cuenta de esa incómoda verdad de la soledad en compañía. Al principio, al comprobarlo de una manera tan explicita se sintió algo turbado, pero a los pocos segundos la interiorizó como si fuera algo natural, un asunto tan cotidiano como el levantarse de la cama todos los días, reviviendo incesamentemente de una muerte momentánea.

Acto seguido, dobló por una calle que se bifurcaba y escapaba de la zona central, internándose en una calleja aledaña, y de ahí dió otro giro que le condujo a una zona bastante aislada a pesar de que algunos viandantes algo andrajosos pululaban por ahí. Después, agachándose un tanto, se internó en una trampilla y entró en uno de sus múltiples escondrijos. Aquel era un lugar secreto en el que el soldado-brujo se cobijaba de los desmanes del mundo, en el que detenía sus travesías para descansar aunque fuera durante un rato. Allí tenía algunos muebles dispersos entre sí, a penas escasas dos sillas, una mesa y sobre todo estanterías que se encontraban atestadas de libros. Sentándose en una de aquellas desgastadas sillas, alcanzó un volumen dedicado a la alquimía, y se puso al principio a hojearlo, y después a leerlo con toda seriedad, focalizando toda su atención en aquellas viejas letras impresas.

Ya estaba cayendo en un estado de conciencia alterada y abismada cuando de repente un hombre un tanto harapiento entró en su encondrijo como si tal cosa, y cuando aún no se había recuperado de su perplejidad, entró otro como si aquello fuera el pan de cada día. Tuvo un primer desconcierto que le hizo quedarse mirándolos con los ojos como platos, completamente mudo y sin entender lo que estaba pasando, incluso se aventuró a fabular con que aquello era un producto de su imaginación, o que había entrado en trance, en un sueño dentro de un sueño como ya había averiguado que se podía hacer en aventuras anteriores. Sin embargo, tras largos minutos, no pudo callarse e increpó a aquellos hombres, los cuales le respondieron tranquilamente que aquel era su refugio, que no sabían que pertenecía a otra persona y que si él lo requería se irían de ahí tal y como habían entrado. El soldado-brujo estuvo tentado precisamente en expulsarles, mas algo en su aspecto que connotaba que aquellos hombres eran mendigos le hizo desistir, y tras entablar breve conversación salió de ahí con parsimonia, ralentizando sus movimientos debido al precipitado flujo de sus pensamientos.


Una vez que se encontró de nuevo en el exterior, se halló frente a un panorama bastante diferente al que había cuando hubo entrado. Todo el mundo estaba corriendo a un lado y a otro mientras unos hombres que portaban unas alas artificiales les perseguían cual si fueran presas, algunos de ellos, con la ayuda de un aparato, expulsaban un gas que los hacía adormecerse para que fueran capturados con una mayor facilidad, en tanto que algunos pocos de ellos increpaban a sus compañeros para que se dieran mas prisa en esta tarea. El soldado-brujo, nuevamente perplejo, no tardó en salir por patas cuando cayó en la cuenta de que él mismo era una presa de aquellos hombres voladores. Incluso se atrevió a acometer a algunos de ellos con sus hechizos cuando pretendían atraparle, insultándoles directamente por su osadía. Ya parecía que iba a escapar de ahí cuando un grupo de unos ocho o nueve le rodearon, lanzándole ese gas extraño mientras el soldado-brujo se tambaleaba, esforzándose en vano por dispersarlos. Sin embargo, la cantidad del gas que le propiciaron fue tan tremendo que no tardó en hacer efecto, haciendo que el soldado-brujo cayese anestesiado en el sitio.

Cuando despertó con los miembros entumecidos y sintiéndose un tanto incómodo, se dió cuenta que se encontraba en una especie de almacén. Allí había tantas otras personas que como él habían sido atrapadas, pero que aún no habían despertado de su coma inducido. Estaban todos ellos cubiertos por unos paneles de plástico que les mantenían encerrados en unos capullos arficiales del mismo modo a como si fueran gusanos de seda. Aquello parecía bastante grande, mas el soldado-brujo se molestó en recorrerlo e inspeccionarlo al comienzo con cautela, y después, como si él fuera el amo del lugar, ya que los hombres uniformados que trabajaban ahí parecían ignorarle. Finalmente llegó a lo que parecía la sala principal, la cual estaba coronada por una amplia mesa y por unos individuos cuyas señales refulgentes de su indumentaria atestiguaban que eran quienes se encontraban al mando.

Nada más verle, le recibieron con los brazos abiertos y uno de ellos que decía llamarse Hilel, se presentó como el líder de aquella hazaña. Le estrechó la mano con respeto y le indicó que se habían confundido, que en modo alguno querían atraparle a él conociendo quién era y habiendo oído algunas de sus curiosas aventuras. Esto hizo que el soldado-brujo relajase sus crispados miembros y se sentase en una de las sillas que le ofrecieron, después de lo cual se inició un parlamento para decidir qué debían hacer con él, y ya de paso le informaron de que la parte sudoeste del mundo onírico estaba viviendo una hecatombe. Por lo visto allí se había desatado una plaga de no-muertos que estaban aterrorizando a la población, y que aunque al principio la situación estaba mas o menos controlada en tanto que estaba focalizada en una serie de lugares estrategicos, esta finalmente se había descontrolado, ocasionando que toda aquella se convirtiese en un pequeño apocalipsis, que temían que se extendiera por todo el mundo onírico. Después de tal perorata le preguntaron al soldado-brujo si gustaría de intervenir, y como este no veía que tuviera algo mejor que hacer, finalmente accedió dando su consentimiento de que le llevasen hasta ahí.

Y así lo hicieron, con la ayuda de un areoplano un tanto rudimentario, le lanzaron como si tal cosa desde las alturas, mas como el soldado-brujo comprendía un poco de suspensión y de levitación, fue descendiendo poco a poco cual si fuera una pluma que proviniese del cielo. En cuanto se encontró de lleno en el panorama -aunque un tanto escondido en una elevación montañosa- le sorprendió la extraña tesitura del lugar. Sin duda, los no-muertos se encontraban desatados, aquellos seres zombificados y de aspecto grotesco, iban de un lado a otro atemorizando y masacrando a los seres humanos, aquella zona que recibía el nombre de Tushah, aún siendo desde siempre una parte en la que siempre se habían encontrado los más extraños incidentes y disturbios, jamás había presentado un aspecto tan deplorable. Todavía estaba escrutando el lugar para plantear un plan de acción y decidir de qué modo intevendría cuando a sus espaldas le acechaban una horda de no-muertos, que en cuanto él se percató de su presencia, se abalanzaron sobre su persona como si no hubiera un mañana.

Mas, a pesar de este ataque sorpresa, el soldado-brujo logró acometerlos con su espada cargada de negrura, y aunque logró dispersarlos en diferentes direcciones, el escándalo que ocasionó hizo que otros tantos no-muertos acudieran a la zona en cuestión. Al final había tantos de ellos que le era casi imposible el hacerle frente a todos, lo que hizo que desarrollara una estrategia de distracción en la que jugaba con las sombras para lograr escaparse por alguno de los ángulos que estos dejasen despejados. Y así lo hizo, elevándose un tanto, logró escapar de ahí pies en polvorosa. Pero, en cuanto desde zonas más seguras escrutaba el lugar, cayó en la cuenta de que era imposible salir ileso de aquel lugar, ya que todo se encontraba atestado de no-muertos y de escasos humanos que corrían despavoridos de ellos sin conseguirlo. Así, pues, en un intrépido impulso suicida que le acudió a la mente en esos momentos, se lanzó al epicentro del conflicto para vender cara su vida, si algo así podría decirse de un inmortal.

Pero en cuanto creía que había llegado al lugar que su mente había visualizado, un telón negro le cubrió y le condujo a la inconsciencia. No recordaba qué había ocurrido, mas cuando fue entornando sus párpados cansados, recuperando la tenue imagen que tenía frente así, se encontraba apilado en una especie de almacén cercado por unas cortinas tensadas. Aunque le costó un esfuerzo tremendo, terminó finalmente por erguirse, por levantarse e inspeccionar el lugar, percátandose que se encontraba encerrado y rodeado por una buena cantidad de no-muertos y de humanos que estaban como medio adormilados, como él mismo había estado antes. Inspeccionando el lugar, y preguntando a algunos de ellos, supo que se encontraba en una zona aislada de Tushah, y que ese había sido el modo con el que habían contenido la invasión de los no-muertos los humanos. Al enterarse de esto, el soldado-brujo quiso tomar cartas en el asunto, pero nadie le tomaba lo suficientemente en serio, pese a que advertían valentía y arrojo en el mismo, desconocían su historia, y por tanto era un anónimo más entre aquellas gentes.

Ya evidentemente iracundo, se desplazó con premura en dirección a la puerta principal, y una vez allí comenzó a aporrear la puerta con frenesí, lo que provocó que una serie de agentes acudieran a sus llamadas para sofocarle. Sus amenazas no duraron mucho, pues en cuanto salieron el soldado-brujo les cercenó sus gargantas con una cuchilla surgida de las sombras, lo que provocó que acudieran un número mayor de aquellos agentes frente a la perpleja mirada de sus congéneres encerrados ahí, tanto no-muertos como humanos no sabían cómo interpretar aquello que tenían ante los ojos.

En medio de la refriega, los agentes de repente se detuvieron, les rodearon a todos en forma de cerco, y de la puerta principal bajó un hombre bastante alto que al principio por el fulgor que provenía del exterior no pudo ser identificado, mas en cuanto se posicionó frente al soldado-brujo pudo ser reconocido por el mismo como Hilel, aquel mismo hombre que anteriormente le había atrapado supuestamente por error. No cruzaron muchas palabras, porque en cuanto este alcanzó al soldado-brujo le atravesó con una espada bastante fornida que le entró por la zona del estomago y que le salió por la espalda. Aquella violencia gratuita dejó en suspenso a todos, era tan inmenso el silencio que aquella escena provocó que se quedó como congelada en sus mentes, atrapada en una instántanea que pugnaba por avanzar sin conseguirlo. Pero, de repente, algo rompió aquel silencio semi-sagrado, y aquello fue la risotada que salió de los labios del soldado-brujo ¿Era aquello una broma macabra? ¿O una pesadilla humorística? Quizás se preguntaron algunos de los presentes, parpadeando y pasando sus manos por sus sudorosos rostros.

Pero, instantes después, en cuanto la risa del soldado-brujó fue aflojando paulatinamente, le dijó a Hilel en un susurro bien audible: "Tú no puedes matarme, imbécil. Ni tú que eres un mentecato como otros tantos que creen que pueden derrotarme, ni siquiera el Rey de las Sombras que habita la bruma inhóspita más allá de los limites del mundo onírico podría contenerme." Y nada mas decir esto, de la inmensa espada que aún tenía clavada y atravesada, una negrura absoluta fue recorriendo sus filamentos hasta traspasar el arma, y de ahí penetrar en el brazo de Hilel que aún la agarraba, en cuanto esta sombría negrura le rozó, fue pudriéndose paulatinamente hasta que su misma persona se metamorfoseó en unas sutiles cenizas que fueron barridas por un viento ausente. En tanto que el soldado-brujo, fundiéndo y quebrando la espada que todavía tenía clavada se fue recomponiendo, y una vez que se serenó y la risa que todavía asomaba en sus labios se calmó, se dirigió a todos los presentes del siguiente talante:

- Hay hombres, que desde luego, sienten una insana obsesión por aprisionar a sus semejantes y a los que no lo son tanto, bajo las más inhóspitas razones. Algunos lo llaman seguridad ciudadana, otros más osados incluso lo clasifican de verdad universal, y algún que otro ingenuo de parlamento lo denomina un mensaje revelado que ha bajado del cielo. Pero que no os engañen, todas aquellas aseveraciones no son más que viles mentiras. Lo que pretenden hacer con vosotros cuando os cercan, cuando os imponen limites, cuando con el pretexto de un fingido derecho os encierran en cuevas de la ignorancia, es privaros de la libertad, lo cual es el ideal más importante al que podemos dar cabida, un sueño que siempre tenemos que buscar realizar. Así pues, yo os digo, que se abran las puertas de la mente, que se alcen todos los telones que nos imponen cuales velos de la superstición, y que cada uno encuentre su propia libertad siguiendo la senda que crea propicia.

Y nada mas decir esto, el soldado-brujo derribó los muros que tenían ante ellos, no sólo de forma metáforica, sino explicita y directa, liderando aún sin quererlo una rebelión que se extendió en el tiempo durante unos meses. Por un tiempo, una vez que esta inesperada rebelión pareció florecer y fortificarse, quedó la impresión de que reinó la paz entre humanos y no-muertos, mas al poco la situación volvió a descontrolarse, haciendo que estos volvieran a pugnar entre sí para alcanzar la supremacía de aquellos dominios. Mas, no obstante, el soldado-brujo que fue venerado por unos y por otros por su valentía y liderazgo, prefirió partir al margen de esta refriega, y como él mismo mencionó en su breve discurso, encontrar su propia senda y su propia libertad.

De nuevo, ajeno y lejano a todo lo antecedemente narrado, el soldado-brujo volvió a encontrarse en la misma tesitura que al principio de toda esta aventura, en completa soledad aún estando rodeado de millares de personas. Con la cabeza un tanto ladeada, e incluso gacha si se le observaba desde una prudente distancia, reía para sus adentros. Aún con la melancolía y la nostálgia con la que suele ser asociada la soledad se encontraba tremendamente feliz, no podría reprimir una sonrisa que le pululaba por el semblante, y que no tardó en florecer como rosa de mayo. Y pese a que unas incomodas lágrimas desfilaban por sus mejillas, las cuales no eran de otra cosa que no fueran de felicidad, alzó su rostro en dirección al cielo que aunque por ahora despejado anunciaba la llegada de la tormenta en una suerte de negras nubes dispersas, y no pudo evitar sentirse dichoso a la par que afortunado por el mero hecho de participar de la existencia, como también por haber luchado y conseguido una solitaria libertad como premio tras tantas refriegas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El ermitaño

 En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.

Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.

Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.

Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.

Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.

Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.

Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.

En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.

A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.


Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.

Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna  a sí mismo y su pecaminosa condición.

Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.

Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.

domingo, 19 de abril de 2026

Señales y presagios en el cielo nocturno

 Era una noche apacible. Una de esas noches que invitan a la contemplación plácida a la par que a la introspección en tanto que uno vislumbra a través de las estrellas algo de sí mismo. Tumbado sobre la hierba fresca, sin temor alguno a la intrusión de los insectos que palpan el cuerpo de uno, uno se ensimisma a la par que contempla el cielo nocturno con un secreto deleite. Es este un placer que me rallo, que evito depositar sobre oídos ajenos, y en el cual me abismo siempre que puedo. Y en tanto que observo este inmenso cielo que me sobrepasa, sintiéndome muy pequeño, prácticamente ínfimo en comparación a tales hermosas latitudes, doy pie a las reflexiones mas abstractas que uno puedan imaginarse. Tan oscuras y enrevesadas son, que me cuesta describirlas con palabras, quizás sea mejor explicarlas con un inteligente silencio.

Mientras yo estaba indagando en susodichas tesituras alentadas por el aire de la noche, de repenté vislumbré entre las pasajeras nubes que transcurrían con inusitada lentitud una serie de líneas de colores. Al principio pensé que se trataba de mi imaginación, incluso de algún tipo de error visual, mas al verlas repetirse entre el apagado fulgor de las estrellas, me cercioré de que eran reales. Entonces dí en las mientes con la idea de que quizás suponían el anuncio de una tormenta, pero no... No se trata de una tormenta del tipo común, puesto que las tormentas no dan cabida a tal policromía. Se trataba de tres tipos de líneas de colores, de rayos o de meteoros fulgantes. Uno de color azulado, otro verdoso, además de otro amarillo ¿Habría perseidas esta noche? Pero no, tampoco es posible. Las perseidas no caen así de rápido, y se desvanecen al instante, estas en cambio parecen aletargarse en su caída, quedarse como suspendidas y luego descender hacía un punto localizable aunque lejano. Parecen mas bien meteoros, gran cantidad de ellos que nos invaden desde lugares remotos del espacio. Y en tanto que pensaba estas cosas, caí dormido sin poder evitarlo.

Al día siguiente encontré la mañana como más callada, diafana incluso. No se escuchaba ruido alguno, ni tan siquiera el cantar de los pajaros como tampoco el susurro del viento atravesando arboles y casas. Aquello me turbó un tanto, mas despejé toda sensación de extrañeza, y me limité a dar rienda suelta a mis tareas cotidianas antes de salir. Aquel día debía hacer una serie de recados rutinarios, de esos que nunca apetecen al paladar pero que no pueden dejarse sin hacer. Una vez que estuve preparado, salí con premura de mi hogar, y me encaminé por la calle principal. Ahí tampoco había ruido alguno, a excepción de algunas hierbas correderas que pasaban por ahí, impulsadas por un vendaval en incógnito que no existía. Pero no podía detenerme en tales contemplaciones, debía seguir hasta mi objetivo para después disfrutar de una tarde de sosiego dedicada a mí mismo.

Pero al avanzar escasos pasos, me topé de bruces con algo cuanto menos estraño que en ese momento no sabría decir que era. Parecía una figura semi-humana, agitándose como en espasmos, adornado la calzada con su presencia extraña. No pude evitar que me comiera la curiosidad, así que me acerqué un tanto para comprobar qué era aquello. Y descubrí a una cosa, o a un ser -no sabría cómo denominarlo con seguridad- que tenía toda su piel -si se trataba de eso- como acartonada, cual si fuera madera pudrefacta, que se desplaza como a ralentí haciendo circunferencias con lo que aparentaban unos miembros cargados de ventosas. Aquello me produjo una sensación de incomodidad y de asco que sólo pudo aumentar cuando aquella cosa pareció dirigirme unas palabras entrecortadas. Tuve que agudizar mucho los oídos y colocar sus sílabas en mi mente para entender el mensaje, puesto que su voz estaba tan quebrada como la superficie que lo adornaba. Puede entender que me pedía ayuda, mas yo no sabía qué diantres podría hacer en favor de esa masa acartonada gimiente, así que decidí huir de ahí con premura en aras de encontrar a alguien que supiera del tema antes de remprender mis tareas.

Cuando llegué a la zona central de la urbanización, aquello era un caos silencioso. A primera vista parecía que aquello se encontraba completamente aislado, despojado de toda humanidad, mas si uno ampliaba su vista en dirección al horizonte, podía atisbar a través de la luminosidad, que había una serie de figuras que se desplazaban aquí y allá con inusitado frenesí. Perplejo me encontraba sin comprender nada, hasta que una temblorosa mano amiga se apoyó en mi hombro y me susurró palabras cargadas de dudas que pretendían transmutarse en consuelo. Se trataba de Riffel, un joven moreno y de ojos vivaces del que estaba orgulloso de considerar un amigo. Acto seguido, le conté lo que me había ocurrido instantes antes, a la par que le pregunté qué demonios estaba pasando. A esto surgió un extenso monologo por parte de él que no logré comprender debido a su complejidad y a la premura con que fue pronunciado, así que decidí que hablaramos sosegadamente en algún lugar apartado, y así hicimos.

Una vez ahí me contó que nos encontrabamos en el final de los tiempos, que unos rayos del cielo habían descendido y habían transmutado a nuestros semejantes, que por lo que pudo comprobar e investigar la pasada noche, supo que esos rayos al caer sobre las personas les afectaban de diferentes maneras, y que una vez que estos cambiaran de forma, se volvían unas criaturas incontrolables que iban aquí y allá con propósitos ocultos, a la par que la mayoría de ellas parecían estar confusas, como sumidas en el sopor que antecede a la muerte, pero que ello no debía llevarme a engaño, porque en cuanto tenían oportunidad se abalanzaban contra uno. Ya me estaba dando un ejemplo de uno de esos casos acaecidos a él mismo cuando una sombra se cernió sobre nosotros, interrumpiéndonos sin consideración. Mas cuando no fijamos en el intruso no pudimos evitar temblar, pues se trataba de una mole cenagora que parodiaba una figura humana, que se desplazaba lenta aunque decididamente en nuestra dirección, y que por sus movimientos traicionaba una intención claramente hostil. Ya podía sentir su hedor a agua estancada, cuando mirándonos a los ojos decidímos escapar como sea de ahí.

Salimos por patas, al principio hacía ninguna parte, mas como animados por un interior resorte que nos permitía comunicarnos sin necesidad de palabras, decidimos tomar el camino principal en dirección a la ciudad ¿Que por qué? No sabría afirmarlo con seguridad, supongo que intuitivamente pensábamos que allí habría mas gente en estado normal, o que se habría armado como una especie de refugio para sortear a aquellos seres que habían dejado su humanidad atrás una vez que tuvieron contacto con los rayos. Así que procurando alejarnos lo menos posible el uno del otro, emprendímos nuestra travesía con la esperanza de ser salvos. En la medida en la que huíamos, podíamos atisbar extrañas sombras que se desplazaban de forma desacompasada en los campos y en los pequeños bosquecillos que nos circundaban, pero esto lejos de detenernos en nuestro propósito, nos animó a huir con mayor premura, en aras de alcanzar un objetivo que hasta entonces nos resultaba indefinido.

Además, habida cuenta de lo que nos ocurrió por detenernos una vez a descansar, nos encontrabamos curados de todo espanto. Puesto que mas o menos en la mitad de la travesía decidimos aposentarnos sobre una inmensa roca que estaba allende al camino, y mientras estabamos buscando entre nuestras mochilas algún tipo de refigerio para calmar nuestra sed y desenterrar nuestro hambre, noté a mi espalda como un roce. Al principio no le dí la menor importancia, pensé que se trataba de la mochila de mi propio amigo, e incluso una mala hierba que estuviera en el camino. De hecho, opté por esta última opción en tanto que su roce recordaba a eso mismo, pero en cuanto me giré para apartarlo ya que me estaba empezando a incomodar, descubrí que justo a nuestras espaldas se encontraba una especie de arbol que se desplazaba. No pude explicarme aquello hasta que recordé el monólogo de Riffel, y entonces me percaté de que aquella forma vegetal, antes era una persona, y que ahora entre sus venas, músculos y nervios crecían raíces, corteza y hojas, y sin pensarlo dos veces, retornamos a salir pitando de ahí sin importarnos el abastecernos en esos momentos.

Tras larga e inenterrumpida huída llegamos a nuestro destino, y nos encontramos con una tremeda decepción. Ahí no había rastro de vida alguna, a excepción de esos seres que se desplazaban con su acostumbrada y parsimoniosa lentitud. Casi creímos haber perdido la esperanza hasta que localizamos una especie de local que aparentaba ser un teatro un poco más alejado del centro, la animación de sus luces y el ruido que parecía proferir de su interior nos animó a dirigirnos hacía ahí. Además, ya era de noche, y ya podían vislumbrarse aún en el contaminado cielo de la urbe que aquellas líneas de colores parecían plagar el cielo con sus inusitados fulgores. No queríamos convertirnos en aquellas cosas, y por tanto pensamos que encontrarnos en un lugar a cubierto nos ayudaría a sobrevivir.

No nos costó mucho alcanzar el mencionado lugar, como tampoco desplazar las inmensas compuestas que adornaban la entrada. En cuanto nos internamos en sus sombras, nos recibió un hombre muy estrafalario y de finos y rubicundos cabellos, la primera persona que veíamos -a parte de nosotros mismos- tras el comienzo de aquel desastre. Este tras breve presentación nos condujo a una sala abarrotada de gente, y respondió a nuestras dudas siempre con una sonrisa impresa en su semblante. Disolvió nuestras incógnitas con relativa facilidad, indicándonos que aquellos rayos efectivamente caían sobre las personas y las transmutaban en diferentes formas, pero que no se trataba de una selección aleatoria. Aquellos rayos en forma de meteoros caían dependiendo del carácter de las personas de un color u otro, así nos explicó que los rayos azules volvían a las personas del elemento agua, los amarillos del fuego y los verdes en el tierra. En la medida que lo explicaba, recordé las diferentes criaturas antes humanas con las que nos habíamos topado, desde el ser acartonado que efectivamente parecía haber sido arrasado por el fuego, pasando por aquella masa acuosa y culminando en la planta viva que nos atemorizó.

Cuando le preguntamos a aquel extravagante hombre si aquellos seres eran peligrosos, dijo que no, que lo único que pretendían eran que adoptasemos sus mismas formas para ser asumidos por su esencia. Esta respuesta nos pareció confusa, pero aún más cuando pasó a comunicarnos que en aquella sala abarrotada de gente que en esos momentos estabamos atravesando se pretendía redirigir susodichos rayos de colores para que todos los presentes se transmutaran en los seres en los que estaban destinados a convertirse. Nada mas decir esto, el techo se abrió, dejando entrar la brisa nocturna, y con ella, las líneas de colores que ya penetraban por toda la sala, metamorfoseando a los presentes ante nuestros aturdidos ojos. Nosotros no queríamos participar en aquello que nos parecía antinatural, y salimos escapotados de ahí tal como habíamos entrado.

Pasamos toda la noche y gran parte del día siguiente escondidos en algún edificio abandonado, temiendo al principio que aquellos seres nos encontrasen, mas después abandonados por el cansancio terminamos sumidos en un sueño que nuestro propio cuerpo nos propició para recuperarnos del cansancio acumulado. Cuando nos despertamos, ya era la tarde del día siguiente, y en tanto que salíamos de nuestro escondrijo atisbando lo que teníamos al rededor, recordé como de sopetón a un amor del pasado, y sin razón de ser, pensé que si la humanidad se encaminaba a su extinción siendo sustituida por todas aquellas cosas, debía al menos despedirme de ella y disculparme por lo que la hice pasar. Así se lo comuniqué a mi amigo, el cual asintiendo sin poder evitar conmocionarse un tanto por mi proposición, me indicó el camino a seguir.


Así pues, sorteamos los apartamentos, los edificios ruinosos y las tiendas cerradas, en tanto que atisbabamos en las sombras aquellas cosas que se desplazaban a un lado y a otro, como acechándonos en aras de convertirnos en una de ellas. Justo este pensamiento me dió pie a recordar que de hecho una de ellas me había rozado la espalda el día anterior, justamente por la parte del hombro derecho para ser exactos, y así descubrí que por esa zona ya empezaban a sobresalir lo que parecían pequeñas fibras que aparentaban ser raíces. Sin embargo, ni aún el escalofrío que en ese momento me recorrió la espalda hasta aposentarse en mi alma me detuvo, y continué con la travesía hasta que llegamos a puerto. Justo antes de entrar a la estación de trenes, le comuniqué a Riffel mi descubrimiento, y aunque nada mas decirlo este abrió sus ojos con desconcierto, instantes después, liberando aire de sus labios me indicó que con mayor razón debíamos emprender ese viaje en aras a que me reconciliase con mi antiguo amor.

Para sorpresa de ambos la estación de tren se encontraba en funcionamiento, mas también atestada de multitud de personas que buscaban huir de la ciudad en vías de encontrar un destino más seguro a la par que apacible. Mientras ibamos avanzando en dirección a la línea de tren que correspondía a la zona donde buscaba dirigirme, me dí cuenta de que yo no era el único que estaba empezando a metamorfosearme, había mucha otra gente que estaba en idéntico estado de avance en su transformación sino en uno todavía mayor, que quizás pretendían como yo mismo el reconciliarse con una persona en particular o con el mundo en general antes de acabar soterrados en los elementos. Estos pensamientos me hicieron fijarme en mi hombro, descubriendo para mi propia sorpresa como también para la de mi compañero, que ya de las hebras comenzaban a despuntar unas pequeñas hojas. Era inevitable de que tarde o temprano sucumbiría, y me convertiría en aquello que días anteriores me había asustado, pero no lo haría, me negaba a aceptarlo, antes de despedirme de mi amor del pasado.

Y así, logramos internarnos en el tren que nos llevaría hasta ahí. Desconozco cómo lo logramos, teniendo en cuenta que aquello estaba a reventar de gente desesperada, unas en plena transformación y otras con temor de estarlo ellas mismas si permanecían mas tiempo ahí. Pero el caso es que lo conseguímos, llegamos a un vagón que estaba bastante despejado a excepción de unos ancianos que estaban adormilados a considerable distancia de nosotros, y ahí nos aposentamos ambos, mirando siempre en dirección a la ventana. Durante el viaje no hablamos mucho, y aún teniendo en cuenta esta escasez de palabras, nos lo dijimos todo. Estaba claro que pronto sería una de aquellas cosas, de que pretendía que mi fiel amigo acabara con mi vida si llegaba el caso, y confiaba de que él llevara a termino susodicha tarea. No se necesitaron palabras, ambos sabíamos lo que hacer llegado el momento. Así que nos limitamos a contemplar los campos desiertos que nos rodeaban, siempre con un secreto regocijo palpitando en nuestros corazones a pesar de la melancolía.

Una vez en la última estación, que era la que nos correspondía, salí radiante a la luz del día. Quizás esta secreta alegría era una mezcolanza de mi añoranza por la reconciliación, a la par que el sentir que la luz del sol ya penetraba mis incipientes ramas que crecían a mis espaldas, darme cuenta de esto último me turbó no poco, mas eso no evitó que continuase avanzando. Nada mas recorrer las calles principales cercanas a la estación, me embargaron los recuerdos de otro tiempo, y a pesar de los años transcurridos, lo recordé todo como si fuera ayer. Avancé con un secreto regocijo que se transmutaba en las palpitaciones de mi pecho, lo recordaba todo cual sucesión de fotogramas vislumbrados a escasas horas. Quería ir aquí y a allá hasta encontrararla, recordar con los pasos mas que con la mirada, y así partir de este mundo con el bienestar interno de marchar en paz. No sé cuanto tiempo estuvimos yendo de un lado para otro, viendo un lugar que me recordaba a tal acontecimiento en tanto que otro me despertaba recuerdos que creí tener enterrados en la memoria.

Una cosa llevó a la otra, y se hizo de noche sin que yo pudiera encontrarla. En la medida en que las sombras iban opacando el bello fulgor del atardecer, mi ánimo exaltado fue hundiéndose en la melancolía, a la par que las ramas y las raíces que crecían en mi interior fueron haciéndose cada vez mas profusas y fuertes. Derrotado, me senté en la entrada de un puente en el que recordaba haber pasado una noche en compañía de mi antigüa amada, y a pesar de que mi compañero me insistió en proseguir con la búsqueda yo lo negué con la cabeza, en tanto que le indicé con un gesto, que las líneas de colores ya retornaban para apoderarse del cielo nocturno. Así que le indique que se marchara, que mantuviese su humanidad incomune mientras pudiera, y aunque al principio se negaba a ello, finalmente terminó por ceder, quizás ya viendo que mi transformación continuaba su avance a pesar de nuestras insensatas esperanzas.

Ya en completa soledad, atisbé en el cielo nocturno embriagado, encontrando belleza en el mismo del mismo modo a como lo encontré aquella noche cuando empezó todo. Quise dedicar mi último pensamiento a aquella amada del pasado, por si mis buenos deseos le pudieran llegar de un modo u otro, aunque fuera por mementopsis. Y entonces, muy cerca de la luna que brillaba con su acostumbrada hermosura, tres de aquellas líneas de colores, una azul, otra verde y una última amarilla, se fusionaron en una sola, haciendo una inmensa línea de color que parpadeaba intercalando los tres elementos, y que iba en mi dirección. Justo antes de impactar sobre mí, creí atisbar el semblante de mi amor, y quizás por ello mismo, recibí su impacto con una sonrisa, como quién acepta una profecía.

Así, mis raíces, ramas y las pocas vertebras que me quedaban humanas, fueron calcinándose paulativamente hasta que mi ser entero fue pasto de las cenizas. Pero el asunto no culminó ahí, porque una vez que pasé de humano a arbol humanoide, y de ahí a diversas cenizas dispersas, la brisa nocturna desplazó a todos aquellos pequeños yoes y nos condujo lejos, quizás en dirección hacía donde se encontraba aquella amada con la que deseaba reconciliarme. 

sábado, 11 de abril de 2026

El flujo femenino

 ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo sabía. Y es mas ¿Quién era él mismo? Ahora empezaba a recordar, en tanto que iba paulatinamente levantando su cabeza que en ese momento se encontraba aposentada sobre la mesa. En ella, tenía sendos artilugios desperdigados, boligráfos, lápices, papeles diversos... Cuando miró a un lado y a otro, se encontró con que estaba rodeado por un gran número de gente, todos bien sentados y muy peripuestos, a diferencia de él que según pudo vislumbrar cuando miró en dirección a un material reflectante que tenía bastante cerca, tenía unas pintas arrapientas, desaliñadas, dejadas... ¿Y por qué no decirlo? La de alguien que está hecho un desastre tanto interior como exteriormente, lo cual actuaba como un reflejo.

Pero, ¿Y dónde se encontraba? Mientras lo meditaba, contempló a un hombre moreno muy peludo que no paraba de hablar, y que estaba situado justamente en frente de todos esos personajes reunidos. Algo de lo que trataba en sus medidas palabras le sonaba de algo, mas cuando se concentraba en lo que estaba diciendo, no lograba discernir del todo a qué apuntaba. Retornó a mirar a su lado, adoptando una perspectiva menos periferica y mas cercana, y localizó a su izquierda, a una chica muy timida que le miró de reojo asintiendo para sus adentros. Este gesto, esa mirada esquiva, y sobre todo los cabellos desarreglados de ella le hizo recordar... ¡Se encontraba en la academia de magia de nuevo! Mas, ¿Cómo era posible? Habían transcurrido largos años desde aquello... Y entonces, mientras indagaba para sí mismo, jugando con sus pensamientos, el profesor peludo cesó de hablar repentinamente ¿Se habría acabado la sesión? Miró hacía su reloj, y vió que este marcaba las seis y cuarto. No era así, en realidad las clases acaban a las nueve, así que en realidad...

El hilo de sus pensamientos se detuvieron en otra chica que tenía justo en frente, la cual se encontraba en compañía de un joven bastante mugroso que aparentaba más edad de la que probablemente tuviera. Los ojos se ambos se detenieron en su observante, y en tanto que los agudizaban con sorna, mirándole directamente, empezaron a increparle soltando sandeces y palabras impías por sus bocas. Al principio, nuestro joven brujo permaneció callado, como meditativo, para instantes después dirigir su mirada a la compañera que tenía al lado, a la que susurró con evidente perplejidad: "¿Se puede saber qué le ha pasado a Marisa? Antes permanecía junto a nosotros, los marginados y los desesperados, y ahora..." La otra volvió a asentir, mas calló. Y entonces, el brujo cerró los puños con evidente impotencia, mientras recordaba el nombre de aquella joven de cabellos violáceos y ojos verdosos, y sin pensarselo mucho, la increpó a ella y a su compañero, dejándoles claro que no le iban a escarmentar tan fácilmente. Era verdad que nadie le tomaba en serio, ni siquiera sus maestros, pero no iba a dejar que sus palabras le atravesaran, iba a asentar su poderío interno frente a los escarceos ajenos.

Entonces, volvió a comenzar la clase, y mientras el maestro señalaba algunas pautas preliminares, les pidió a sus estudiantes que le hicieran el favor de leer en alto los textos que tenían ante sus ojos. Y en tanto que los alumnos que estaban cercanos al brujo iban tomando el hilo de la lectura, este se encontraba claramente pérdido. No sabía dónde se habían quedado, ni mucho menos sobre qué trataban. Cuando le llegó el turno, parecía que justo se había ubicado. Mas en cuanto plantó sus aturdidos ojos sobre las páginas y comenzó a leer donde se suponía que se había quedado el compañero anterior, las letras y las palabras dieron con el capricho de flotar ante su perpleja mirada, descolocándose y adoptando así las frases de un sentido completamente opuesto al anterior. A pesar de ello, inspiró sacando fuerza de la flaqueza, y continuó leyendo como si no hubiera pasado nada... Pero si que pasaba, estaba leyendo un texto que no era el mismo al de el resto de la clase, se trataba de un esbozo poético y no de un tratado alquímico que era lo que leían los demás. Cuando estos cayeron en la cuenta las risas dieron por aflorar al rededor de la sala, en tanto que la sensación de vergüenza y costernación del brujo aumentó, crispándole los miembros y empalideciendo su semblante...

Y así el soldado-brujo del presente, despertó. Todo él cargado de sudores fríos y de temblores inconscientes, bebió de unos tragos de la bebida que tenía en la cabecera de la cama, y secó el sudor que le perlaba la frente con las sábanas que tenía bajo su cuello. Se preguntó así mismo: "¿Cómo era posible? ¿Un sueño dentro de un sueño? ¡Si estaba en el mundo onírico! ¿Se podían tener sueños que se solapasen unos a otros como si cualquier cosa? En ese caso, si eso era así, ¿Cómo podía saberse cual sueño era el primigenio? Y lo que es más, ¿Sabíamos cuando estabamos despiertos si nos hallamos inmersos en esa cadena onírica?" Disipó estas dudas bebiendo frenéticamente de aquella botella cargada de alcohol barato, pero cuando el líquido se aposentó en su estómago, estas retornaron con todavía mayor fuerza. Si sus indagaciones apuntaban certeramente en ese terreno, entonces se podía sacar partido de esa insólita confusión, y conducirse así a terrenos que hasta entonces le eran inexplorados ¿Quién sabía a dónde le llevarían? Ni él mismo podía dar una respuesta adecuada a susodicha pregunta, y quizás ello le animaba a seguir sumergiéndose en esa odisea metáfísica.

Para despejarse un poco salió al jardín de cara a respirar aire puro y no tan viciado como el que poblaba su habitual cueva aislada del resto de habitaciones. Al principio todo era como siempre, un cielo con escasas nubes dispersas que se aposentaba sobre las plantas nutridas de malashierbas que lo llenaban todo, mas en cuanto alzó su mirada un tanto más, localizó que algunas de sus pertenecías pasadas por la colada estaban levitando cercanas al tejado de su hogar, suspendidas, congeladas como si tal cosa a bastante altura. Esto no era la primera vez qué ocurría, desconocía la razón pero por lo visto a algunas gentes gustan de lanzar sus cosas en barreños de plástico, o en cestas de mimbre, y dejálas ahí colgadas del cielo, a espera de que el viento se las lleve, o que estas vayan cayendo por su propio peso. Forzando este proceso, el soldado-brujo se hizo con algunas piedras, y comenzó a lanzarlas en dirección a la colada. Pero con ello, sólo logró hacer caer a una manta grisácea que vino a posarse sobre el agua de la piscina, en tanto que lo demás permaneció ahí flotando como si tal cosa. Quizás había logrado desplazarlo algo, mas al final desistió en pérder su tiempo en aquellos jueguecitos de niño.

No tenía tiempo que perder, debía reunirse ese día con un conocido que le otorgaría los resultados de un analísis interno de flujo vital que el mismo soldado-brujo le había pedido. Así que limitándose a ponerse una capa mugrienta encima, salió corriendo de su hogar como si tal cosa. De forma bastante autómatica, atravesó una calle y otra en tanto que evitaba enredarse en demasía en sus propios pensamientos. A menudo, por dejarse llevar por sus inusitados ensimismamientos, había llegado a perder el rumbo, y en vez de llegar a la zona a la que requería llegar, acababa en otro lugar que no había reclamado su presencia. Así que esta vez decidió ir directamente al grano, evitar los tramos secundarios, e ir en línea recta sin entretenerse mucho en el camino.

En cuanto llegó, se encontró con que Seimbó -el analista de flujos vitales y enérgicos- le recibió en su despacho con un gesto grave, enarcando las cejas de manera que estas parecían parodiar un símbolo de interrogación. El soldado-brujo le saludó con la gravedad que requería la situación, se sentó delante del mismo y permaneció callado durante unos segundos, mirándole eso sí directamente a los ojos. Viendo que este no se terciaba a hablar, hizo cesar al silencio con un exclamativo "qué" que vino a retumbar en la sala, formando así unos sucesivos ecos que acabaron haciendo que el panorama fuera todavía más desolador que cuando permanecieron callados. Al final, tras unos instantes de duda, Seimbó decidió hablar con prudencia en tanto que le iba tendiendo una hoja donde se mostraban los resultados en una serie de gráficas y de esquemas indescifrables. Lo que vino a decirle era que a pesar de que los resultados no eran alarmantes teniendo en cuenta su perfil, una particularidad le turbó bastante, y esta era que según esos resultados, el gen enérgico que portaba era femenino. A saber, que en resumidas cuentas, su flujo vital era el de una mujer, o sea, que el mismo era una mujer a pesar de su apariencia varonil.

El soldado-brujo se estremeció, abrió sus ojos como platos y le preguntó sin mas dilaciones que cómo aquello era posible, mas tras un estrechar dubitativo de hombros, Seimbó le dijo que no lo sabía, mas que consultase con sus propios ojos las tablas que tenía ante él, que estas le iban a comunicar con mas lujos de detalles lo que él mismo le había dicho escasos segundos antes. Así lo hizo, y efectivamente, ahí se discernía que a pesar de que su compostura corporal era la de un hombre, su gen interno era el de una mujer. Es decir, que en realidad, su avatar predecesor era una mujer. Como demostración a esto, sólo había que consultar esas páginas en las que se vislumbrara que tantas eran las sombras que lo poblaban, que estas se habían aunado desde su nacimiento formando un estracto de naturaleza femenina en su seno, haciendo que él mismo fuera una mujer a pesar de lo que su cuerpo le mostrase de cara a lo externo. Sin decir nada más al respecto, ni revelar sus pensamientos al investigador, salió de la sala sin despedirse tan siquiera.

Mientras iba andando, deambulando por la zona, le dió sendas vueltas al tema. No le turbaba el hecho de ser una mujer internamente, lo que le ocasionaba una crispación que no lograba apaciguarse era que él mismo no se había dado cuenta de esta realidad. Nunca tuvo un conflicto con su interioridad y lo que le era externo en el cuerpo, el cual con un sólo vistazo atestiguaba que era el de un varón. También conocía su clara vinculación con los aspectos femeninos de la vida, mucho mas ligados a las sombras a la par que a la naturaleza que lo masculino, siempre mas estrechado en unos límites artificiales que siempre le resultaron ajenos. Quizás aquellas consideraciones supusieran una pista, un camino que ya vislumbraba de soslayo, pero que nunca se atrevió a seguir. Debería haberlo hecho, pues si se hubiera encaminado por ahí quizás habría llegado por sí mismo a los resultados de esa analítica que ahora le desconcertaba. Tendría que haber indagado mas en sí mismo en vez de lanzarse guiado por sus intuiciones a aventuras tan extrañas como las que había vívido, pero después de todo se preguntaba: El saberlo antes como el saberlo ahora, ¿Cambiaba algo después de todo?

Y en tanto que se dejaba llevar por el flujo sin fin de estos caprichosos pensamientos, un hombre le vino al paso, cercándole el paso con un gesto de fingida amabilidad. Aquel hombre le sonaba de algo, le parecía que ya le había visto en otra ocasión precedente, pero ¿Cuando? No tenía absoluta idea de exactamente cuando en el tiempo. Este le invitó como si cualquier cosa a que entrase a su morada, y el soldado-brujo sin saber por qué, le acompañó al interior. Y mientras le iba conduciendo con leves empujoncitos que molestaron un poco a nuestro protagonista, iba soltando por su pestilentes labios una sorna de palabras inexplicables a la par que banales que el soldado-brujo se dedicó convenientemente a eliminar de su mente en tanto que estas eran pronunciadas. Algo en este hombre le era tremendamente desagradable, y aunque no sabría apuntar con certeza a qué era, decidió como siempre hacía dejarse llevar por su insospechada intuición, y mantuvo consecuentemente con ello, un aire de secreta reserva.

Finalmente llegaron a una sala bastante elegante que daba a un jardín lateral, ya era de noche y el viento soplaba melodioso, con una parsimonia medida de acuerdo con el orden universal, y sentándose el uno frente al otro, mientras el hombre charlaba sin parar y el soldado-brujo se limitaba a ignorarle, una mujer en apariencia anodina se sentó a su lado. Nada más hacerlo, el soldado-brujo la miró con descaro directamente, y reconoció a través de sus facciones inconfundibles a Marisa, aquella mujer que había sido soñada dentro de otro sueño, y que hasta entonces, pertenecía a la esfera del recuerdo. Al reconocerla a ella, reconoció al hombre que le había llevado hasta ahí, aquel taimado ser desarreglado que tanto repudio le hacía sentir. Y sin mediar palabra alguna, haciendo uso de su magia negra, alzando su indice en dirección al mismo, atacó su rostro con saña, provocando que este se desfigurara mientras coagulos de sangre impregnada y casi seca le pululaba por todo su rostro.

Al recibir tamaño ataque, obviamente aquel hombre se puso a la defensiva, se echó hacía atrás en su silla, y comenzó a reírse proliferando en sus labios las más cruentas blasfemias a la par que sentenciando que sus hechizos no podrían matarle, a lo sumo reducirle. El soldado-brujo le respondió mientras proseguía su acelerado ataque, que eso ya lo sabía, que no pretendía matarle, sólo quería convertirle en el guiñapo que en realidad era. Y esta respuesta, tan anécdotica como sentenciosa, hizo que lo que en ese momento era un coágulo de sangre inmenso, adoptase un gesto de sorpresa a pesar de que ya no existía ni semblante alguno ni rasgos en el mismo que permitieran atisbar algún tipo de sentimiento. Aquello era ya una cosa palpitante de sangre, y en modo alguno un ser humano, incluso denominarlo ser provocaba duda, y percátandose de ello aquella cosa pringosa y deleznable, se retiró de ahí, como buscando cobijo en las sombras de una noche cerrada que reclamaba su imperio.

Justo después de este acontecimiento, el soldado-brujo posó su mirada sobre Marisa, y sin mediar palabra alguna con la misma, un secreto fulgor de sus escrutadores ojos pareció entender que él le perdonaba el pasado, que la perdonaba a ella y a su juvenil traición. Así que se levantó, e inclinándose para despedirse con cortesía, salió de ahí mucho mejor a como había entrado, en completa soledad.

Instantes después se encontraba caminando sobre los pavimientos húmedos de la urbanización, los cuales eran iluminados por la palidez de la luna y su coro de estrellas, y estas le llevaron con sus señas noctunas a salir de ahí, y atravesando una carretera cada vez más desvencijada, se fue alejando todavía mas de la parte habitada por la sociedad para internarse en la bruma y los dispersos arboles del campo en la noche. Una vez allí, fue internándose cada vez mas en un prado seco y desvencijado que le era harto conocido, hasta que sus piernas se sintieron bastante cansadas, y alzándose, comenzó a sobrevolar, a subir cada vez mas alto situándose finalmente en una inmensa roca que coronaba una montaña. Y desde allí, admiró la belleza de la luna, esa secreta diosa de los antiguos que nos incita a tener pensamientos nostálgicos a la par que meláncolicos. Ni él mismo sabe cuanto tiempo pasó ahí sentado, en idéntica postura, contemplando con sus ojos desorbitados el hermoso paisaje que le ofrecía la noche, mas poco importa ya que sin lugar a dudas, si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, él hubiera respondido que estaba en paz consigo mismo.