Ya era de madrugada cuando el marido de Amelia se desveló. Arrastrándose entre las sábanas logró encontrar la posición necesaria para apoyarse sobre uno de los pilares de la cama, y así sentarse entre colchones palpitantes. Miró a su siniestra, y a través del fulgor gélido de la luna, contempló a su mujer estremeciéndose por sudores fríos y aspavientos enfermizos. Una mirada de compasión atravesó sus rasgos en tanto que se encendía un cigarrillo, y desde entonces se limitó a contemplar cómo ascendía el humo azulenco de su colilla carcomida. Se quedó largo tiempo en esa posición, meditando cual monje budista o ermitaño expulsado de la sociedad, contemplando desde la oscuridad barnizada por la tenue luz nocturna la nada que penetraba las sombras.
Así, en completa quietud meditativa, después de instantes gobernados por las sombras del nihilismo imperante, empezaron a sugir una serie de imagenes, al principio aisladas e inconexas entre sí, mas después con un cierto orden secuencias, que aún estando dirigidas por el espíritu del azar, un sentido interno e intuitivo le indicaban que les correspondía cierta coherencia. Al comienzo de esta sucesión delirante, intentaba sondearlas dirigiendo a su mirada a los recovecos sombríos, las temía en el fondo por lo que pudiera aparecer en aquellos cuadrantes desdibujados, mas llegó un momento que fueron tantas y tal su frenesí, que no pudo evitar fijarse en ellas. Y con la atención esquiva, llegó la profundización, y con esta el abismarse en aquel mundo que al principio le pareció ajeno, pero que como después se convirtió en su propio mundo, en su vida con Amelia.
Lo que fue un caprichoso desordén se vertió en un eje secuencial que comprendía de toda la razón de ser del mundo, y lo que captaron los ojos como mera alucinación acabó volcándose en sueño revivido. No pudo resistirse a esa atención egolatra que otorgamos a todos los asuntos cuando tienen que ver con nosotros mismos, eso le hizo que se interesase cada vez más hasta que llegó un punto que no hubo sueño ni ilusión, sino que todo a aquello se convirtió en su propia vida presente, esa eternidad que rara vez logramos atrapar, pero que cuando lo hacemos nos conduce bien sea al paraíso, o al infierno, dependiendo de cuán lúgubres sean nuestras fantasías. Pero aquello no era una fantasía ficticia, no. Era más bien el eco de una vida sentida desde el fondo de un corazón vacío, que ahora se rellenaba con recuerdos. Recuerdos de los que él se consideraba el protagonista, pero que en tanto que los palpaba con sus ojos, cayó en la cuenta de que era Amelia el personaje central, puesto que siempre estaba ahí, rodeada por una luz siniestra, como el halo de una seductora diablesa.
Ya completamente abismado en aquella biografía compartida, revivió lo que fue encontrar a Amelia por vez primera. La vió ahí, abrazada a un arbol como una hippie loca, y cuando se acercó a ella para preguntar a la que entonces era una desconocida si le pasaba algo, esta le interrumpió pidiéndole silencio con un gesto. Ahí se quedó, parado como esperando que después de aquello surgiera una especie de revelación que le trastocase todo su ser. Mas lo que pasó no fue nada extraordinario, o al menos bajo la perspectiva de él, pues lo que ocurrió fue que de las cortezas de aquel árbol apareció una araña muy señorial y panzuda ella, revelando al principio unas patitas, luego centenares de ojos que contemplaban todo lo que la rodeaba, y finalmente, su cuerpo hinchazo y pintado de amarillo. Amelia se quedó boquiabierta, patidifusa ante susodicha revelación, y quién en el futuro fuera su marido, no sabía ni qué pensar.
Pero algo le atrajo de todo ello, algo había en esa joven de la que todavía no sabía que se llamaba Amelia que le atraía. No se trataba de un componente necesariamente físico, puesto que Amelia era una joven muy normal, de cuerpo esbelto y formado eso es cierto, mas lo que atraía de ella no eran sus formas ni su belleza que sólo se descubría cuando se la contemplaba un determinado tiempo, lo que te llevaba irremediablemente hacía ella era esa aura de reina de otros tiempos, esa severa majestad que te conducía a callarte si ella te lo indicaba con un gesto como hizo su futuro marido en cuanto ella se lo indicó, como un vasallo caballero dispuesto a entrar en batalla con otro reino del que no tenía ni idea si así se lo indicaba la realeza que pretendía defender.
Así, desde entonces, se presentó repetidas veces en ese mismo lugar por si encontraba a Amelia. Unas veces estaba allí, otras no, pero la ilusión de poder verla siempre palpitaba en su corazón pese a que el resultado fuera negativo o positivo. En estos últimos casos, él se acercaba con tiento, con cierto temor de espantarla si osaba acercarse demasiado. La veía allí, pegada a la corteza para comprobar si la araña preñada ya había dado luz a sus crías desde las sombras de sus entrañas, en otras ocasiones la encontraba con sus aúreos cabellos pegada al suelo, acariciada por las hierbas que ahí crecían, como si pretendiese escuchar ruidos que emanaban de la tierra cual se dice que hacían los nativos americanos. Pero en realidad lo que pretendía no era escuchar, sino ver, contemplar con sus propios ojos el arrastrarse de pequeñas arañas buscando huecos y esquinas donde plantar sus nidos para esperar largo y tendido el despiste de sus futuras presas. Y así, del mismo modo, parecía esperarle ella misma a que su aparición se manifestara cual una revelación de otro tiempo.
Finalmente, se presentaron formarmente y se enteró de su nombre. En cuanto escuchó este vocablo: "Amelia" Un cosquilleo pareció recorrerle por dentro, atravesando su espina dorsal y alojándose primero en sus entrañas, después en su corazón. Allí se quedó aquella sensación, suspendida esperando algún tipo de reacción, y tras escasas semanas encontró cómo liberar aquella emoción que de contenida le provocaba severas punzadas, y así fue cuando declaró su incondicional amor, rindiéndose al efecto del momento y a los labios de Amelia que se cerraron a los suyos. A partir de entonces aquellos labios se sellaban siempre que coincidían en aquellos instantes fugaces de fulgor amoroso, los cuales fueron desarrándose en un frenesí que parecía no comprender de final alguno, puesto que sus cuerpos se eternizaban en sacudían locas e intímas que acabaron siendo una especie de ritual, la iniciación del amor pasional desfogado y desbocado.
Cuando esto se consolidó y afianzó como una unión sólida decidieron emprender un camino conjunto que recibe el denominativo de convivencia entre los seres humanos. Y así es cuando habitaron idénticos habitáculos, se desplazaban por los mismos suelos y se agarraban para no caerse sobre equanimes paredes. Allí también respiraban el mismo aire, saboreaban idénticas comidas, y compartían en suma, su mutua presencia en una contemplación eternizada que se desplazaba hasta el infinito. Sin embargo, aún a sabiendas del deleite de los primeros meses, con el tiempo el marido de Amelia cayó en la cuenta que quizás su modo de contemplarla a ella era más agudo, mas insistente, e incluso obsesivo que las miradas de soslayo que ella le dedicaba. Es cierto que notaba a través de su pupila inquieta una señal de aprecio, de cuasi-amor insensato, mas en su tranfondo, y comprobando él sus propios latidos desaforados, logró comprender que quizás él la amaba mucho más a ella, que lo que ella le amaba a él. A menudo pasaba las noches en vela dando vueltas a esta cuestión, pero otras veces sin comprenderlo, se sentía repentinamente sosegado, y caía al lecho como los muertos a la tumba.
En tanto que la cotidianidad transcurría con normalidad, algo empezó a difuminarla con las neblinas de la incertidumbre y de la incomprensión, puesto que se dieron ambos cuenta de que por mucho que lo intentasen, Amelia no se quedaba embarazada. Él la culpaba siempre a ella indicando que su útero estaba más seco que el Sahara, y ella le recriminaba que sus espermatozoides eran torpedos que estaban mal programados desde la central de comunicación, así se pasaban el tiempo discutiendo para después fornicar, sin nunca hallar ni resultado a sus disputas ni criatura que germinará en los ovarios de Amelia. Y a pesar de que el marido siempre le recriminaba a ella esa infertilidad repentina, en el fondo se culpaba a sí mismo y a sus espermatozoides desorientados, eso ni lo había comprobado ni quería, pero había algo en las profundidades de su ser que así se lo indicaba.
También le ponía de los nervios cuando ellos estaban haciendo cualquier anodina actividad y de repente ella se quedaba en suspenso, detenía cualesquiera cosa que estuvieran haciendo en ese momento y se lanzaba en contemplación para adorar a las arañas que pululan por las casas. Aquello parecía todo un culto, pues en cuanto atisbaba sin que el marido supiera cómo un rastro o señal de que una araña andaba por ahí a sus anchas, se pegaba a la pared, se arrastraba por el suelo o se acuclillaba sólo para rendir pleitesía a aquellos extraños seres que se desplazaban con esa parsinomia tan extraña. Poco importaba que el marido estuviera comunicando algo importante en ese momento, o que le revelase un secreto de la infancia que le aprisionaba el corazón, pues en cuanto una tenue sombra barnizaba la pared con aquellas pequeñas patitas en movimiento, Amelia le pedía silencio y allí se pasaba las horas muertas, contemplando a la minúscula arañita. Además, la experiencia le enseño al marido que lo mejor era dejarla que continuase con esa actividad, puesto que si la interrumpía, ella comenzaba a chillar completamente desquiciada y amenazante.
Pasó como cosa de un año cuando el marido comprobó que quizás Amelia estuviera embarazada, y esto lo atisbó mediante el malestar de ella en tanto que vomitaba, le entraban súdores fríos, se encontraba como mareada, siempre en perpetúo reposo. Pero cuando un médico amigo de la familia acudió a su hogar y la inspeccionó pese a la negativa de ella, le dió la funesta noticia de que no era así, que a Amelia le pasaba otra cosa, que estaba enferma por otros motivos, que tenía que acudir cuanto antes a un hospital. Mas ella, entre febriles aspavientos renegó de la medicina moderna, y le indicó a aquel parroco del cientifismo que se marchase cuanto antes de ahí con un indice puntiagudo dispuesto a lanzarse sobre el cuello de aquel hombre. Este, cabizbajo y sin comprender nada, así se marchó no sin antes indicarle al marido que la situación era grave y que debía convencer a Amelia de que tenía que acudir a emergencias cuanto antes. Lo hizo tal cual se lo indicó el médico, pero ella no terciaba, se obstinaba en su decisión de permanecer en el lecho con sus dolores y sus temblores, a los que parecía santificar como si se encontrasen en una misa negra que requería de un sacrificio, en este caso lo que parecía su propia vida.
El marido de Amelia ya ni era capaz de recordar cuanto tiempo permanecieron así, en esa enfermiza tesitura, él siempre desvelado por los temblores y exclamaciones susurrantes que provenían del lugar de la cama en el que estaba Amelia, y ella siempre en ese obstinamiento silencioso que tal sólo era interrumpido por los aspavientos de sus miembros siendo agitados en un constante frenesí febril, cual si conteniese algo oscuro en su interior, como si después de todo estuviese embarazada, aunque este no fuera un embarazo corriente. Cada cierto tiempo el marido insistían en que tenían que marchase de esa cueva que ellos mismos habían corrompido, que debían de huir de ahí para que la humanidad les prestase su moderna ayuda, pero ella siempre se negaba, al principio con una señal negativa de la cabeza, luego con un susurro que semejaba un conjuro de rechazo, y finalmente, con un rotundo NO que brotaba de sus labios como una planta cárnivora que atisbase a través de sus filamentos que la mosca ya se encontraba lo suficientemente cerca para que fuera atrapada por su lengua venenosa.
Pero, en un instante, justo cuando la sucesión de imagenes de aquella noche se deteniesen justo en el instante presente de su propia contemplación, este fue despertado cuando Amelia le sacudió con un brazo plagado de sudor. El marido, despierto del real sueño en el que se había abismado sin quererlo al principio, dirigió su mirada hacía ella completamente desconcertado, le costaba comprender qué era lo que estaba sucediendo, e incluso, dónde se encontraba justo en ese momento. Una nueva sacudida espasmódica de Amelia le hizo retornar al entendimiento, posando su mirada sobre ella cual si el cuerpo en constante sacudida de Amelia fuera una especie de revelación, el último capitulo de un libro en el que se resolvía todo, haciendo comprensibles todos los demás. No sabría decir cuantos minutos que quizás llegaron a la hora, se quedó así, contemplándola con los ojos muy abiertos, como en suspenso, esperando algo que ni él mismo lograba a comprender.
Y, de repente, con un movimiento que al marido le pareció prácticamente antinatural, Amelia se sentó, poniéndose a su altura y le comentó con entera normalidad que ya iba dar a luz, que sus hijos ya estaban en camino. Y él, sin saber cómo ni por qué, hizo la señal de asentimiento inclinando y subiendo su cabeza, y poco después, besó sus labios extrañamente carnosos con una mezcla de pasión y dulzura, y en cuanto se apartó un poco para contemplar el enamorado fulgor de los ojos de ella, vió que pequeñas motas negras se desplazaban de su boca. Creyó que se trataba de una ilusión, que la mezcla entre la oscuridad y la palidez de la luz lunar le estaba jugando una mala pasada, pero en cuanto agudizó su mirada pudo comprobar que aquellas motas negras se multiplicaban ante su perpleja mirada, haciéndose decenas, centenares, millares... Todas ellas incontrolables.
Entonces, la boca de Amelia se abrió mucho más de lo que atestiguaban las humanas capacidades, y de ella surgierón trillones de diminutas arañas que se abalanzaron sobre el marido. Este notó sus peludas patitas recorriendo su rostro, sus miembros, su entero cuerpo, y después lo que sintió fue un millar se mordiscos que le recorrían enteramente, provocándole incontables heridas que con el paso de la noche se fueron convirtiendo en úlceras, en gangrena, en insidiosas infecciones ante su inusitada quietud. Porque sí, mientras le iban carcomiendo poco a poco logrando que todo su cuerpo se fuera pudriendo desde dentro -pues ellas habían penetrado en su interior por todos los orificios que les salieron al paso- este permaneció en extrema quietud, cual si ya estuviera muerto mucho antes de estarlo realmente, hechizado por el tétrico canto que brotaba de la garganta de Amelia en esos momentos, y que una vez que su cuerpo se transformó en una suma de despojos mugrientos que se quedaron en el lecho cual si fuera moho, esta detuvo para dar paso a una cruenta risotada que deleitó a sus hijas las arañas, que debido al banquete que se habían dado adoptaron tamaños incomensurables, y que acompañaron a la risa de su madre con un balanceo rítmico de sus patitas.