Dudo de que los lectores hayan olvidado aquella extraña noticia que llenó los periodicos hace años. Era aquella donde se narraba que unos cuantos sacerdotes aparecieron muertos en mitad de unas cabañas en el desiertos, y cuyos cuerpos resultaron terriblemente maltratados. Para los más despistados diré -si todavía no han refrescado la memoria- que los cuerpos de estos sacerdotes aparecieron unos calcinados, otros completamente troceados y algunos otros irreconocibles debido a las contusiones que mostraban, tanto que sólo llegaron a ser reconocidos mediante algunos procesos en los laboratorios. En fin, una historia cuanto menos extraña y estrafalaria, digna de formar parte de las crónicas de curiosidades para los morbosos más selectos, entre los cuales podrían incluirse a mujeres ociosas y hombres con algún tipo de trastorno o trauma eclesiástico.
Pues bien, a mí han llegado algunos datos e informaciones que vendrían a dotar de contexto a esta rara historieta, algo que no sólo le añadiría las circunstancias adecuadas sino que también supone toda una historia en sí misma con todos los detalles a los que alcanzo. Verán, uno de los sacerdotes cuyo cádaver se encontraba completamente carbonizado, recibía el nombre de Federico, sus músculos extendidos daban testimonio de que aún quemándose luchó por su vida hasta en el último momento, como bien hizo a lo largo de toda su existencia. Era originario de una remota aldea, mas aplicándose en los estudios teológicos, decidió no detenerse en la vida contemplativa, para llevar sus enseñanzas a la praxis. De ahí que junto a los sacerdotes se encontró una habitación cuyos rastros e indicios daban cuenta de que ahí había niños, en contreto unos niños huerfanos que los sacerdotes pretendían llevar a un centro de adopción, bastante lejano a aquel desierto. Circunstancia cuanto menos extraña, pero que ya se esclarecera mas adelante.
Otro de los sacerdotes hallado muerto se llamaba Rufino, el cual era muy diferente en caracter e intenciones a Federico. Este había estudiado en un seminario en la capital, mas no por vocación ni dedicación, sino mas bien porque no tenía nada mejor que hacer según solía declarar a sus compañeros a modo de chanza, mas como suele decirse, entre broma y broma la verdad asoma. A este se le encontró atado a una silla, o mas bien su tronco, ya que resultó completamente descuartizado, y extrañamente con un billete de veinte euros en la frente ¿Qué podría significar esto? Eso es algo que procuraré narrar en lo sucesivo, pero basta añadir que este sacerdote tenía una peculiar relación con el dinero, y por tanto dejó de lado toda vida ascética para procurar vivir lo mejor posible dentro del sacerdocio, quizás demasiado bien me atrevería a señalar.
Los restantes sacerdotes eran Rafael, Quinqué, Mauricio, Fernando y Mortecino, este último el único superviviente a aquella carnicería, si excluímos de la fracción a los niños que desaparecieron repentinamente y cuyo paradero es tan incierto como dificultoso, ya que recordemos que en un desierto las huellas no pertenecen mucho tiempo esmaltadas en el suelo. Como decía, Mortecino fue el único sacerdote superviviente, mas no pudo añadir mucha claridad al asunto en tanto que desde entonces permaneció completamente mudo. Durante toda la carnicería, Mortecino se ocultó en una trampilla de una de aquellas desperdigadas cabañas, pero probablemente observando todo desde unas finas rejillas que le permitieron contemplar todo aquel sangriento panorama. Razón por la cual, tras ser encontrado temblando y consternado por lo observado, no fue un testigo hábil para explicar qué había ocurrido ni mucho meno dónde estaban los niños. Siempre fue un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones mas allá de cumplir con su sacerdocio sin esmerarse en demasía, falto de imaginación por lo demás, aquel panorama resultó demasiado para su estrechez de miras.
Como se dijo, aquellos sacerdotes tenían una sola misión en aquella ocasión, la de llevar aquellos niños huerfanos a un centro donde después de instruirlos y de proporcionales lo básico para la supervivencia, serían adoptados por familias cristianas que por circunstancias de la vida no fueran capaces de concebir sus propios hijos. Y así, lo único que debían hacer era tan básico como llevarles de un punto a otro, mas en vez de ello se internaron por un desierto que tornaba lo que sería una pequeña travesía en una aventura en sí misma, produciendo obvia perplejidad en todos aquellos que se encontraron los resultados de dicho panorama.
Este era el plan de la mayoría de aquellos sacerdotes, pero Rufino tenía otros planes además de este al parecer, haciendo del traslado de los niños una mera excusa para llevar a cabo otra idea que tenía en la mente, y en los bolsillos. Por lo visto, Rufino estaba metido de lleno en negocios y asuntos bastante oscuros, y se aprovechaba de su influencia en la zona para sacar tajada siempre que podía. La mayoría de veces todo asunto le había salido a pedir de boca, mas como siempre ocurre cuando se emprende algo no del todo lícito, y además de ello, se consigue, se termina buscando cada vez más de un mayor grado de dificultad. A Rufino ya no le bastaba el trincar algunas monedas cuando podía por sus servicios sacerdotales, tampoco el aprovechar las liviandades de las viudas como tampoco el limitarse a llevarse algunos relojes y joyas de las casas donde asistía a los moribundos, quería algo mas arriesgado, y por ende, que le dotase de una mayor prosperidad material.
El caso fue que Rufino supo por las habladurías de uno de los barrios allende a la capital donde servía, que una banda hasta entonces desconocida había dejado su dinero a buen recaudo en una casa abandonada, y que durante dos escasas horas esta iba a estar sin vigilancia alguna. Aquello regocijó tremendamente a nuestro sacerdote, le asaltó la codicia, y se dirigió allí a la hora indicada sin pensarselo dos veces. Ya nos podemos imaginar la tremenda sonrisa que se esculpió en su rostro cuando abriendo ambos maletines descubrió la cantidad de dinero que estos contenían, un dinero suficiente para dejar el sacerdocio y salir en dirección a otro país para empezar una nueva vida sin estrecheces económica, era ideal para lo que él estaba buscando en ese momento. Entonces, no se lo pensó dos veces, cogió ambos maletines sumamente dichoso en esta maldad imprevista, y salió de aquellos derrumbados edificios como alma que lleva el diablo.
Y casualmente, justo cuando llegó a su parroquia, el obispo le encomendó la misión de que él junto a los sacerdotes ya mencionados, debían partir ese mismo día para llevar a los huerfanos al centro de adopción que se encontraba a dos jornadas de ahí. Aquel plan era providencial para él en esos momentos, ya no tenía que buscarse excusa para salir de ahí escapotado con el dinero, sólo tenía que aprovechar susodicha ocasión, y en mitad de camino informar a sus hermanos de que debían internarse en ese desierto limitrofe debido a un asunto de suma importancia para su sacerdocio. Se inventaría cualquier cosa, como acabó haciendo, algo que produjese la inevitable compasión entre los demás sacerdotes, haciendo que no les importase desviarse un tanto de su ruta, a la par que tomar descanso en aquellas cabañas dispuestas para viajeros extraviados. Es probable que muchos de ellos sospechasen, mas poco importaba ya que al final acatarían con una naturalidad que bien cabría de calificar de sobrenatural.
Sin embargo, a Rufino se le torció los planes cuando una vez que llegaron a las cabañas, y este se encontraba metiendo los maletines en una arcada que ahí había, se despistó cayendo uno de ellos y liberando algunos de los billetes, esparciendolos por el suelo ante la perpleja mirada de Federico que estaba espiándole en esos momentos. Este no se podía contener, y saliendo de su escondite en la puerta trasera, se dirigió a Rufino y sin mediar palabra le dió un sopetón que al otro le dejó perplejo. Mas se recuperó rápido, y comenzó a excusarse diciendo que aquel dinero era de su familia, y que lo llevaba para asistir a un familiar que se encontraba enfermo. Aquella improvisada explicación no hizo mella en Federico, que no le creyó ni en un punto. A resultas de lo cual, hubo una tremenda discusión que comenzó con el asunto de los maletines, pero que fue derivando hasta su carencia de virtudes teogonales, hasta desembocar en sus nefastas funciones dentro del sacerdocio. Federico tenía demasiados principios para tolerar que hubiera compañeros suyos que aprovechasen de sus votos para llevar a cabo tales ruines acciones, aquella quiebra en sus patrones morales provocó en el un enfado de tal envergadura que sólo fue sofocado cuando Mauricio entró en la sala en ese momento para avisar de que la cena ya estaba dispuesta, procudiendo un silencio incómodo que sólo llegó a su fin cuando la arcada sepultó el dinero entre su madera vieja.
Durante la cena, las miradas de reproche de Federico hacía Rufino no entendían de decoro ni de disimulación alguna, y Rufino que era el más parlanchín del grupo, cerró sus labios como una tumba durante toda la nocturna jornada, no por arrepentimiento, sino por temor a ser delatado. Una vez que acabaron, Federico llevó a Rufino a una sala aparte, y ahí dió continuación a su interrumpido sermón sobre los valores que deberían calar en un sacerdote. Un sermón que por lo demás no sirvió para nada en el caso de Rufino, ya que una vez que hubo acabado, simplemente se limitó a replicar tembloroso si Federico iba a delatarle. Una respuesta, que por lo demás, no se esperaba Federico y que respondió negando con la cabeza e indicando que se pondría en parlamento a la mañana siguiente. Esto dió el respiro necesario a Rufino para que durante la noche planeara su huída solitaria con el dinero, y ya se encontraba en la sala de la arcada, disponiéndose a llevarselo consigo cuando de repente fue interrumpido, pero no por su compañero Federico, sino por algo aún peor.
De entre las sombras surgieron unas descalabradas figuras de unos hombres muy morenos y con las pieles completamente tatuadas con extrañas señales y símbolos esotéricos. Se trataba de una banda hispanoaméricana que creía que podría retroceder a los origenes aztecas de sus pueblos, por lo cual se consideraban los depositarios de un legado que pensaban que les habían robado. Dejando los valores heredados a parte, estos prácticaban el sacrificio, el asesinato, el canibalismo casi a diario, por lo cual hacía de ellos unos sujetos cuanto menos peligrosos y dignos de temer para todos aquellos que no se supieran defender, como parecía que era el caso. Y lo peor de todo, no era que aquellas gentes estuvieran ahí de paso, sino que eran los dueños del dinero que Rufino había robado y que creía suyo por avaricia. Nos podemos imaginar la pálida cara que adoptaría este cuando se vió interrumpido por aquellos hombres que pretendían retroceder a un salvajismo originario de unas selvas ya abandonadas con el correr de los siglos, aquellos interrumpieron la huída de Rufino como lo harían los barcos llegados a las costas de sus antepasados. Y este no tuvo otra reacción que la de intentar huir, intento vano teniendo en cuenta que se encontraba completamente rodeado, sin cabida a salida alguna.
Al resto de sacerdotes, ignorantes de la razón de tales sucesos, les pilló todavía en una mayor sorpresa, sin explicarse qué hacían todos aquellos hombres tatuados ahí. El resto de la historia ya la sabemos, todos ellos maltratados hasta una agónica muerte a excepción de Mauricio que logró ocultarse de aquellos ojos tan oscuros como la noche. Mas, antes de acabar y de resolver el último misterio, quisiera detenerme en los últimos momentos de Federico, ya que este no era ignorante del por qué de la presencia de aquellos hombres ahí, podría haber delatado a Rufino tomando en cuenta lo que había hecho faltando a sus deberes sacerdotales, pero no lo hizo. No dijo nada al respecto, se limitó a acometer a aquellos falsos aztecas dispersándoles con sus puños cerrados, pero nada pudo hacer en tanto que eran demasiados para un único hombre. Mas, aún con ello, se defendió hasta el final hasta que aquellos criminales decidieron rociarle con gasolina y pretender su cuerpo en millares de llamas. Y aún así, con el fuego carcomiendo su cuerpo y haciendo que el aliento de su vida se le escapase por todos los poros de la piel, Federico continuó moviendose, acometiendo a aquellos hombres, arrastrándose por el suelo antes de que se le apagase la existencia, y justo en el último momento, cuando ya se encontraba a los pies de uno de aquellos vestigios del salvajismo pasado se preguntó: "¿Y los niños? ¿Qué va a ser de ellos ahora?"
Y quizás sea esto lo mismo que se pregunte el lector: ¿Y los niños? ¿Qué fue de ellos? Pues la explicación es tan sencilla como anodina en su trasfondo, los niños fueron liberados por aquellos hombres porque aquellos niños eran sus niños, es decir sus propios hijos, aquellos que habían abandonado para llevar toda aquella vida de criminalidad. De hecho, es así como consiguieron localizar el dinero que Rufino les había robado, siguiendo el rastro de sus propios hijos, que les habían sido arrebatados por temor a que fueran sacrificados. Sus propias madres habían abandonado a sus hijos para que la Iglesia se hiciera cargo, para que los llevaran lejos de sus enloquecidos padres que no los querían, que rara vez pasaban por casa, tan ocupados estaban con sus rituales sectarios para tomar en cuenta la vida que ellos mismos habían dado cabida en el útero de sus esposas. Así pues, este era el intrinculis del asunto, aquello que dotaba a esta irreal historia de su realidad y sustento.
Pero no acabo aquí el asunto, pues por un azar del destino, o una intervención directa de la Divinidad, cuando aquellos hombres estaban huyendo a través del desierto tras haber perpetuado aquel salvajismo sangriento, se vieron acometidos por una tormenta de aquellas que forman inmensos tornados que acaban vertiéndose en inmensos socavones entre las arenas de los desiertos. Sus cuerpos, inmóviles en su impotencia, fueron elevados durante unos instantes para acabar siendo sumidos por las profundidades de aquel mar arenoso, elevados en una artificiosa levitación para tornar a la tumba de sus antepasados. Y junto a ellos, todos aquellos billetes creados para incrementar la vanidad del hombre, pérdidos para siempre entre las arenas al igual que todos aquellos cadáveres, sacrificados por el Dios de todos los dioses, encontrando su sepulcro en la ausencia en aras de su propia vacuidad.
Aunque claro, con este repentino final uno podría tornar a preguntarse: ¿Y los niños? Aquello es secreto de sumario como suele decirse, mas sólo diré que fueron los únicos supervivientes pese a que no fueran encontrados por las autoridades. Quizá, incluso, pudiesen llevarse algunos de esos billetes del diablo de cara a su superviviencia. Mas yo tiendo a pensar que fueron desperdigados por la tormenta arenosa, y que acabaron unos aquí y otros acullá, haciéndose ermitaños de los desiertos y recordándose así para siempre de sus experiencias con los que añoraban la tribu sanguinaria junto a su escasa jornada con los sacerdotes, algunos de ellos tan avariciosos, otros inocentes y sólo uno de ellos de rectos principios. Pero al cabo, todos ellos en brazos de la muerte en camino de un dictamen que desconocemos nosotros los hombres hasta que perezcamos al igual que lo hicieron ellos.