En una aldea alejada de todo y de todos, la cual tenía un nombre de aquellos impronunciable por lo complejo y que quizás no venga al caso para no aturrullar al lector, nació una niña muy hermosa y lozana sin aparentemente ningún problema en particular. Sus gritos de recíen nacida estremecía todo a su al rededor, los árboles parecían zarandeados por sacudidas, las hierbas arrulladas por violentas caricias y aún el cielo se plagó de gran cantidad de nubes borrascosas siendo por aquel tiempo verano. En la soledad de aquel lugar de escasos habitantes, aquella nueva e inusitada vida lo sacudió todo como si fuera una tempestad invocada del inframundo, una situación en la que al principio muchos se alegraron, pero que al cabo de algún tiempo sin saber exactamente por qué, a muchos llegó a incomodar.
Aquella recíen nacida recibió el nombre completo de María Pérez Gutierrez, nombre que por otro lado es bastante común por estos lares y que vino a acortarse por Mari Pérez, como también es usual que acontezca. Recibió tal nombre debido a la beatitud religiosa de su madre, muy devota ella de la Virgen María, y aquel primer y ordiario apellido de su apocado padre, el cual la religión se la traía al pairo como casi todas las cosas de esta vida ya sea la política, la poesía e incluso su propia economía familar. Muchos decían con mirada baja y encogida señalaban que su apellido era lo único que su padre le había legado. Además, no era raro que se dieran largas y tremendas discusiones entre ambos progenitores mientras la recíen nacida lloraba a pleno pulmón. Parecía que nada podía tranquilizar a aquella pilluela, poco importaba que su madre le diera las tomas o su padre hiciera carantoñas frente a ella, aquella pequeñaja no dejaba ni un instante de llorar durante todo el día. Poco importaba que fuera de día o de noche, a media tarde o de madrugada, no cesaba en sus llantos desesperados cual si buscase algo que sus padres jamás podrían proporcionarle. Quizás para ella no se tratase del mero sustento material para sobrevivir, quizás buscase algo de tipo más espiritual que por su escasa edad no era capaz de verbalizar, mas esto lo sabemos a tenor de las circunstancias que iremos narrando poco mas adelante.
Al tiempo, su padre como hacían tantos otros, terminó abandonando a su familia. Su excusa quizás fuera los insoportables gritos de la niña y las regañinas de su mujer en relación a su propia aplicación en cualesquiera asuntos, pero en verdad ya muchos sospechaban que el hombre tenía una amante cuyo hogar se ubicaba en una ciudad lejana, y que estaba buscando cualesquiera circunstancias para justificar su huída. Aunque esto tampoco podemos saberlo con seguridad, se trata de vanos rumores, como aquellos otros que indicaban que su mujer le sometía a las mas crueles humillaciones mientra le asestaba golpes con una vara de madera, lo cual le dejó un tanto alelado, mas el caso es que este hombre jamás volvió a aparecer y por mucho que la familia le buscó nunca llegaron a tener nuevas de él. Así que el sostén al menos material y cotidiano de Mari Peréz fue únicamente su madre, una mujer que por lo demás en relación a su desesperada situación se agarró con frenesí a la religión para sondear los avatares de la vida, intentando por otra parte incultar estos valores a su hija, aunque siempre en vano.
Los primeros días de Mari Pérez fueron todo un calvario de acuerdo a lo ya mencionado sobre sus potentes pulmones, pero lo extraño fue que al cumplir aproximadamente los cinco años la niña dejó repentinamente de hablar, pasó de un grito extenuante y eterno a un silencio inquietante y perpetuo del que nadie encontró la razón al mismo. Quizás se debiera a que aquella niña ya había usado en demasía de sus pulmones y de su garganta a base de gritos, y que al cabo se le terminó el aire. Mas el caso fue que cuando ya empezó el colegio sus profesores determinaron declarar que aquella niña era muda, e incluso algunos se atrevieron a indicar que probablemente también fuera sorda, ya que no prestaba atención a ninguna indicación exterior a no ser que fuera por gestos. Su madre, evidentemente preocupada, se desplazó un tanto a una ciudad cercana para que la examinaran los médicos, y cual no fue su sorpresa cuando estos determinaron que a la niña no le ocurría nada en absoluto, que estaba sana. A los reclamos de su madre, no contenta con los resultados, derivaron su caso a unos pedagogos y psicológos infantiles por si su mudez se debía a algo de índole mental, mas estos tampoco fueron capaces de certificar si a aquella niña le pasara algo.
El caso fue que Mari Pérez transcurrió sus años colegiales con relativa normalidad si exceptuamos su mutismo y sus extrañas reacciones ¿A qué nos referimos con esto? Pues sencillamente a que nadie era capaz de entenderla, ni siquiera su propia madre que es la que la había parido. A las veces, en mitad de un examen o cuando el profesor preguntaba por las lecciones a sus alumnos, a esta le daban extraños espasmos, sacudía sus miembros estirándolos mucho como si a traves de los mismos pasaran corrientes electricas surgidas de sí misma. Muchos compañeros suyos atestiguaron que cuando se la rozaba en esos momentos sin querer notaban como se les quedaban los pelos de punta y creían que algo les penetraba debajo de la piel, era una sensación sumamente desagradable que no eran capaces de explicarse. Otras veces, a Mari Peréz le daba por hacer raros movimientos con su lengua mientras mantenía la boca cerrada ya que jamás la abría, y cuando el doctor del colegio la examinaba por si estaba lastimada, forzando a que abriese su boca no encontraban nada raro. Mas al poco de regresar de estos examenes, volvía a insistir en esos extraños movimientos, como si estuviera rumiando restos de comida. A todos tenía perplejos estos comportamientos, y mientras tanto la única madre viendo que los médicos no podían resolver nada, se limitaba a hacerla rezar para su interior y a enseñarle las verdades del Evangelio sin ser capaz de comprobar si lo interiorizaba verdaderamente.
Ya en el instituto, la cosa no iba a mejor, sino muy al contrario, a peor ya que debido a sus extrañas actitudes que iban yendo en aumento sus compañeros se burlaban de ella llamándola retrasada y deficiente mental. Al comienzo, aquellas burlas e imprecaciones parecieron no hacer mella en ella, seguía insistiendo en sus espasmos y en sus movimientos raros, que parecían casi artificiales por lo antinatural de sus sacudidas y estiramientos, pero con el tiempo, Mari Pérez empezó a agredir a los compañeros que se burlaban de ella, e incluso a algunos de ellos que se limitaban a reírse por lo bajo de las acechanzas de sus otros compañeros de clase. En un principio, esta les lanzaba miradas amenazadoras en mitad de sus espasmódicos movimientos, pero si la burla insistía, se dirigía a ellos y les lanzaba mil puñetazos, patadas y empellones buscando que la risa se transmutara en el llanto. En una ocasión, la furia de sus acometidas se agravaron cuando cogiendo una tijera se la clavó en el ojo de un niño que se metía insistentemente con ella a pesar de estas advertencias preliminares, lo que provocó que fuera expulsada del instituto y que aquel desgraciado niño perdiera un ojo para siempre.
Desde entonces Mari Pérez tuvo que estudiar en su casa y sacarse los estudios a distancia. Su madre le ayudó en los primeros momentos, enviando los examenes por correo, pero ya en los últimos cursos tuvo dificultades en algunas asignaturas, así que contactaron con un profesor privado que le impartía aquellas asignaturas mas arduas y avanzadas a la par que examinarla una vez que se acabase la lección. Y Mari Pérez, en vez de calmarse un tanto estando en su casa, la cosa fue a peor, ya que incluso delante de su profesor privado continuó comportándose de aquella forma tan extraña, contorsionándo sus miembros con una naturalidad que dejaba a todos pasmados, sin habla. A raíz de darla clases, el profesor volvía al cabo a su casa con una sensación de desasosiego interna prácticamente indescriptible, se sentía desvalido y apenado sin saber por qué. Pero lo peor era por las noches, pues a pesar de llevar una vida muy normal replegando sus terrores a su niñez, le acometían centenares de pesadillas por la noche que le hacían levantarse en mitad de la noche barnizado por un sudor frío tremendamente desagradable. Con el tiempo, acabó desarrollando una violenta fiebre que terminó llevándole a la tumba. Nadie se atrevía a proclamarlo en alto, pero todos echaban la culpa a Mari Peréz, indicando que aquellos retorcidos movimientos eran invocaciones paganas de otro tiempo, y que a consecuencia de las mismas aquel pobre hombre sin aparente culpa de nada había muerto. No obstante, algunos rumores señalaban que aquel hombre había sido una suerte de bandido en su juventud, y que algunos sospechaban de sus metodos pedagogicos. Pero esta es una historia que no se sabe seguro, y que por tanto, no viene al caso.
A raíz de todo esto, la madre de Mari Pérez decidió cejar en su intento de que su hija acabase los estudios aunque fuera a distancia, y ni hablar del trabajo, nadie contrataría a una joven tan extravagante y extraña a tenor de las habladurías del lugar. Así que simplemente se limitó a vivir en compañía de su hija, observándola siempre muy atentamente por si lograba descubrir el mal que la atenazaba, usando en todas las ocasiones de remedios religiosos basados en la lectura de los textos sagrados y de la recitación de millares de ensalmos. En una de aquellas noches de perpetua soledad entre madre e hija, los espasmos fueron tan tremendos, que no le quedó otra a la madre que acudir corriendo a su habitación para ver qué era de aquello. Y se encontró a su hija en el suelo, desplazándose de una forma bastante extraña, como al revés, en tanto que sus estiramientos de miembros eran cada vez mas exagerados e imposibles. Cuando le dió la vuelta para llevarla de nuevo al lecho, de la boca de Mari Pérez salió un montón de líquido negro que además olía bastante mal, como si aquello fuera un vómito del inframundo invocado por mil demonios. Dejó todo el cuarto perdido, ya que estuvo expulsando aquello durante otras, y su madre de mientras, desquiciándose y sin saber que hacer dirigiendo súplicas mudas a Dios para ver si este le socorría de todo aquel desastre.
Finalmente decidió llamar al cura del pueblo, pues estaba segura de que su hija estaba poseída ya desde el nacimiento debido a los pecados de sus progenitores, e incluso, de sus antepasados. El buen hombre todo ufano y campechano acudió a la casa para examinarla, mas al cabo del rato determinó que a aquella niña no le ocurría absolutamente nada, que quizás se trataba de alguna suerte -o maladanza- de enfermedad mental y que quizás fuera mejor recurrir a la medicina. Pero como la madre le aseguró que ya lo había intentado por esa vía y que tampoco aquello había tenido resultado, a fuerza de insistir relatándole los sucesos anteriormente narrados, el cura un tanto espantado y sin saber que hacer decidió contactar con un colega suyo mas experimentado y que ejercía de exorcista por todos los al rededores de aquel contorno. La madre le dió las gracias de rodillas, en tanto que una vez que se hubo ido siguió insistiendo en sus oraciones.
A los pocos días mientras la situación continuaba en idéntico tesón, acudió un obismo experto en ocultismo y versado en todas aquellas cosas que no suelen impartirse en los seminarios, con un semblante muy serio y mirando a uno y otro lado con desconfianza una vez que hubo entrado en la casa. Sin a penar dirigir palabra a la madre, se encerró en una habitación con Mari Peréz, y aunque en sus comienzos no percibió nada raro, cuando ya iba a irse una vez que hubo rociado de agua bendita a la joven, se percató de una densidad amenazadora que le cercaba, y dándose la vuelta comprobó que de las manos de la niña se encendían una suerte de llamadas verdosas que esta sostenía como si tal cosa. El hombre, ya experimentado en estos avatares demoníacos, tomó su libro de recitaciones y comenzó a lanzarlas a la par que usaba del agua bendita de cara a purificar el lugar, mas todo fue en balde ya que Mari Pérez sin cambiar en absoluto de actitud, aumentó la potencia y el frenesí de las llamas, lanzándolas en dirección al párroco, que aunque intentó taparse con la sotána sólo consiguió avivar el fuego y cercarse a sí mismo con aquellas llamas fluorecientes. Por suerte, pudo salvarse, ya que aunque aquellas llamas ardían, extrañamente no le produjo quemadura visible.
Advertidos por el obispo exorcista, durante todos los días siguientes, acudieron a esa casa gran cantidad de otros exorcistas, algunos de ellos bastante avanzados y experimentados, y procedentes de Roma y del Vaticano, muchas veces acompañados por psicológos y aficionados al espiritismo, pero cuyos resultados fueron idénticos, a saber: en vano. Mari Pérez dejó de hacer aquel truco de los fuegos fautos, tampoco vomitó cosa negruzca alguna, simplemente se limitaba a mirarlos con total seriedad, realizando a las veces aquellos estiramientos y contorsiones como si se tratasen de una suerte de ejercicios matutinos, en tanto que poco importaba lo que hicieran todos aquellos hombres, los ignoraba la mayoría de las veces, y cuando en las escasas ocasiones que los prestaba atención, parecía aburrida y tediosa con sus exclamaciones. Al cabo, viendo que aquello parecía no tener resultado, toda aquella gente fue despareciendo paulatinamente, limitándose a escribir desasosegados informes donde no lograban explicarse qué era lo que le ocurría a Mari Pérez, dando constantes noticias desalentadoras a su ya meláncolica madre.
Así continuaron en aquella extraña convivencia madre e hija durante algunos años, todos ellos vertidos en aquellos extraños movimientos, silencios misteriosos y en los constantes rezos de su madre, hasta que un día sin saber por qué Mari Pérez desapareció repentinamente sin dejar rastro alguno de su existencia por este mundo. A raíz de lo cual, el mutismo de la hija pareció pasarse a la madre, ya que aunque la mujer continuaba con sus oraciones e imploraciones celestiales, estas siempre se daban en silencio, en una especie de místico recogimiento. Y aunque en el pueblo procuraron buscar a la hija por todas partes, recurriendo a refuerzos municipales que provenían de las zonas centrales, jamás dieron con rastro o índicio alguno de Mari Pérez. Parecía que esta se había desvanecido por el aire, quedando sólo el recuerdo hasta que quienes la recordaran perecieran de agotamiento vital. A muchos, al tiempo, les pareció que su mera aparición era una suerte de ilusión colectiva, y como la madre no decía palabra alguna que pudiera certificar sus dudas al respecto, con el paso de los años se fue olvidándo aquella historia.
Sin embargo, se cuenta a modo de leyenda, que cuando su madre era ya muy anciana y se encontraba en el lecho de la muerte, rompió su voto de silencio antes de morir para decirle a su confesor lo que había sido de Mari Pérez, y aunque este se guardó los detalles para sí mismo bajo secreto de confesión, en lo referente a Mari Pérez debido a lo edificante de su mensaje, hizo esculpir una placa que se puso en la plaza de la aldea bastante cerca de la Iglesia el siguiente mensaje que venía a resumir lo que había pasado según lo narrado por su madre antes de morir:
"Aquella en apariencia desdichada joven que recibió el nombre terrenal de María Pérez Gutierrez ascendió a los cielos en fecha de tal y de cual debido a la desesperación de no haber sido comprendida por sus semejantes en carne, mas no en espíritu. Su actitud fue tan extraña y extravagante para este mundo, que nosotros en nuestra ignorancia lo interpretamos todo al revés, de la manera equivocada. En realidad, Mari Pérez fue un ángel que cayó del cielo por nuestros pecados y que vino a enseñarnos la humildad y el recogimiento, mas nosotros no lo entendimos. Que Dios nos perdone, porque tan ignorantes somos que nunca sabemos lo que hacemos."