Ya se ha convertido en un tópico aquella aseveración que anuncia que la auténtica soledad se experimenta cuando uno está rodeado de gente. Desconozco que la hace más veráz, si es a fuerza de repetirse o si su contenido es tan certero que hay una suerte de comunión generalizada que viene a darle la razón. Mas lo cierto es que con el tiempo, aquella frase enunciada de miles de formas diferentes ha venido a convertirse en un leiv motiv, e incluso en algo que muchas personas podrían en su lápida. Además, esculpir algo como "me sentí mas solo cuando más estuve rodeado de gente" es una frase que en un cementerio cobraría un sentido cuasi-trascendental. Sin duda sería un buen epitafio ¿No piensa el lector lo mismo? Ahí, una piedra rodeada de tantas otras piedras, en donde bajo todas ellas se encuentra un cádaver descomponiéndose, cercado por madera carcomida, y sin embargo, rodeado de tantos congéneres que han llegado al mismo destino siguiendo caminos quizás diferentes. La muerte, sin duda, es el único críterio de igualdad que se hermana con la verdad en el que se puede creer a ciencia ciega sin que escape una sútil risilla mal disimulada de unos labios entreabiertos que poco tardarán en sellarse definitivamente por los siglos de los siglos.
Pues el soldado-brujo se hallaba en esos momentos en una soledad acompañada como hemos indicado mas arriba, no sabemos si en una especie de tumba, pero sí se sentía tremendamente solo aunque estuviera rodeado por sus semejantes, ignorantes de su presencia casi como si lo hicieran a próposito. En esos momentos se encontraba atravesando la ciudad principal del mundo onírico, cercado por tantas otras personas y criaturas veladas que pasaban por su lado como si tal cosa. Mientras él se encontraba ensimismado, metido a fondo en sus asuntos, como si sus piernas fueran por unos terrenos en tanto que sus pensamientos iban por otros, mas por ensalmo, levantó la mirada y dejó el derroterro de sus pensamientos para otro momento y se dió cuenta de esa incómoda verdad de la soledad en compañía. Al principio, al comprobarlo de una manera tan explicita se sintió algo turbado, pero a los pocos segundos la interiorizó como si fuera algo natural, un asunto tan cotidiano como el levantarse de la cama todos los días, reviviendo incesamentemente de una muerte momentánea.
Acto seguido, dobló por una calle que se bifurcaba y escapaba de la zona central, internándose en una calleja aledaña, y de ahí dió otro giro que le condujo a una zona bastante aislada a pesar de que algunos viandantes algo andrajosos pululaban por ahí. Después, agachándose un tanto, se internó en una trampilla y entró en uno de sus múltiples escondrijos. Aquel era un lugar secreto en el que el soldado-brujo se cobijaba de los desmanes del mundo, en el que detenía sus travesías para descansar aunque fuera durante un rato. Allí tenía algunos muebles dispersos entre sí, a penas escasas dos sillas, una mesa y sobre todo estanterías que se encontraban atestadas de libros. Sentándose en una de aquellas desgastadas sillas, alcanzó un volumen dedicado a la alquimía, y se puso al principio a hojearlo, y después a leerlo con toda seriedad, focalizando toda su atención en aquellas viejas letras impresas.
Ya estaba cayendo en un estado de conciencia alterada y abismada cuando de repente un hombre un tanto harapiento entró en su encondrijo como si tal cosa, y cuando aún no se había recuperado de su perplejidad, entró otro como si aquello fuera el pan de cada día. Tuvo un primer desconcierto que le hizo quedarse mirándolos con los ojos como platos, completamente mudo y sin entender lo que estaba pasando, incluso se aventuró a fabular con que aquello era un producto de su imaginación, o que había entrado en trance, en un sueño dentro de un sueño como ya había averiguado que se podía hacer en aventuras anteriores. Sin embargo, tras largos minutos, no pudo callarse e increpó a aquellos hombres, los cuales le respondieron tranquilamente que aquel era su refugio, que no sabían que pertenecía a otra persona y que si él lo requería se irían de ahí tal y como habían entrado. El soldado-brujo estuvo tentado precisamente en expulsarles, mas algo en su aspecto que connotaba que aquellos hombres eran mendigos le hizo desistir, y tras entablar breve conversación salió de ahí con parsimonia, ralentizando sus movimientos debido al precipitado flujo de sus pensamientos.
Una vez que se encontró de nuevo en el exterior, se halló frente a un panorama bastante diferente al que había cuando hubo entrado. Todo el mundo estaba corriendo a un lado y a otro mientras unos hombres que portaban unas alas artificiales les perseguían cual si fueran presas, algunos de ellos, con la ayuda de un aparato, expulsaban un gas que los hacía adormecerse para que fueran capturados con una mayor facilidad, en tanto que algunos pocos de ellos increpaban a sus compañeros para que se dieran mas prisa en esta tarea. El soldado-brujo, nuevamente perplejo, no tardó en salir por patas cuando cayó en la cuenta de que él mismo era una presa de aquellos hombres voladores. Incluso se atrevió a acometer a algunos de ellos con sus hechizos cuando pretendían atraparle, insultándoles directamente por su osadía. Ya parecía que iba a escapar de ahí cuando un grupo de unos ocho o nueve le rodearon, lanzándole ese gas extraño mientras el soldado-brujo se tambaleaba, esforzándose en vano por dispersarlos. Sin embargo, la cantidad del gas que le propiciaron fue tan tremendo que no tardó en hacer efecto, haciendo que el soldado-brujo cayese anestesiado en el sitio.
Cuando despertó con los miembros entumecidos y sintiéndose un tanto incómodo, se dió cuenta que se encontraba en una especie de almacén. Allí había tantas otras personas que como él habían sido atrapadas, pero que aún no habían despertado de su coma inducido. Estaban todos ellos cubiertos por unos paneles de plástico que les mantenían encerrados en unos capullos arficiales del mismo modo a como si fueran gusanos de seda. Aquello parecía bastante grande, mas el soldado-brujo se molestó en recorrerlo e inspeccionarlo al comienzo con cautela, y después, como si él fuera el amo del lugar, ya que los hombres uniformados que trabajaban ahí parecían ignorarle. Finalmente llegó a lo que parecía la sala principal, la cual estaba coronada por una amplia mesa y por unos individuos cuyas señales refulgentes de su indumentaria atestiguaban que eran quienes se encontraban al mando.
Nada más verle, le recibieron con los brazos abiertos y uno de ellos que decía llamarse Hilel, se presentó como el líder de aquella hazaña. Le estrechó la mano con respeto y le indicó que se habían confundido, que en modo alguno querían atraparle a él conociendo quién era y habiendo oído algunas de sus curiosas aventuras. Esto hizo que el soldado-brujo relajase sus crispados miembros y se sentase en una de las sillas que le ofrecieron, después de lo cual se inició un parlamento para decidir qué debían hacer con él, y ya de paso le informaron de que la parte sudoeste del mundo onírico estaba viviendo una hecatombe. Por lo visto allí se había desatado una plaga de no-muertos que estaban aterrorizando a la población, y que aunque al principio la situación estaba mas o menos controlada en tanto que estaba focalizada en una serie de lugares estrategicos, esta finalmente se había descontrolado, ocasionando que toda aquella se convirtiese en un pequeño apocalipsis, que temían que se extendiera por todo el mundo onírico. Después de tal perorata le preguntaron al soldado-brujo si gustaría de intervenir, y como este no veía que tuviera algo mejor que hacer, finalmente accedió dando su consentimiento de que le llevasen hasta ahí.
Y así lo hicieron, con la ayuda de un areoplano un tanto rudimentario, le lanzaron como si tal cosa desde las alturas, mas como el soldado-brujo comprendía un poco de suspensión y de levitación, fue descendiendo poco a poco cual si fuera una pluma que proviniese del cielo. En cuanto se encontró de lleno en el panorama -aunque un tanto escondido en una elevación montañosa- le sorprendió la extraña tesitura del lugar. Sin duda, los no-muertos se encontraban desatados, aquellos seres zombificados y de aspecto grotesco, iban de un lado a otro atemorizando y masacrando a los seres humanos, aquella zona que recibía el nombre de Tushah, aún siendo desde siempre una parte en la que siempre se habían encontrado los más extraños incidentes y disturbios, jamás había presentado un aspecto tan deplorable. Todavía estaba escrutando el lugar para plantear un plan de acción y decidir de qué modo intevendría cuando a sus espaldas le acechaban una horda de no-muertos, que en cuanto él se percató de su presencia, se abalanzaron sobre su persona como si no hubiera un mañana.
Mas, a pesar de este ataque sorpresa, el soldado-brujo logró acometerlos con su espada cargada de negrura, y aunque logró dispersarlos en diferentes direcciones, el escándalo que ocasionó hizo que otros tantos no-muertos acudieran a la zona en cuestión. Al final había tantos de ellos que le era casi imposible el hacerle frente a todos, lo que hizo que desarrollara una estrategia de distracción en la que jugaba con las sombras para lograr escaparse por alguno de los ángulos que estos dejasen despejados. Y así lo hizo, elevándose un tanto, logró escapar de ahí pies en polvorosa. Pero, en cuanto desde zonas más seguras escrutaba el lugar, cayó en la cuenta de que era imposible salir ileso de aquel lugar, ya que todo se encontraba atestado de no-muertos y de escasos humanos que corrían despavoridos de ellos sin conseguirlo. Así, pues, en un intrépido impulso suicida que le acudió a la mente en esos momentos, se lanzó al epicentro del conflicto para vender cara su vida, si algo así podría decirse de un inmortal.
Pero en cuanto creía que había llegado al lugar que su mente había visualizado, un telón negro le cubrió y le condujo a la inconsciencia. No recordaba qué había ocurrido, mas cuando fue entornando sus párpados cansados, recuperando la tenue imagen que tenía frente así, se encontraba apilado en una especie de almacén cercado por unas cortinas tensadas. Aunque le costó un esfuerzo tremendo, terminó finalmente por erguirse, por levantarse e inspeccionar el lugar, percátandose que se encontraba encerrado y rodeado por una buena cantidad de no-muertos y de humanos que estaban como medio adormilados, como él mismo había estado antes. Inspeccionando el lugar, y preguntando a algunos de ellos, supo que se encontraba en una zona aislada de Tushah, y que ese había sido el modo con el que habían contenido la invasión de los no-muertos los humanos. Al enterarse de esto, el soldado-brujo quiso tomar cartas en el asunto, pero nadie le tomaba lo suficientemente en serio, pese a que advertían valentía y arrojo en el mismo, desconocían su historia, y por tanto era un anónimo más entre aquellas gentes.
Ya evidentemente iracundo, se desplazó con premura en dirección a la puerta principal, y una vez allí comenzó a aporrear la puerta con frenesí, lo que provocó que una serie de agentes acudieran a sus llamadas para sofocarle. Sus amenazas no duraron mucho, pues en cuanto salieron el soldado-brujo les cercenó sus gargantas con una cuchilla surgida de las sombras, lo que provocó que acudieran un número mayor de aquellos agentes frente a la perpleja mirada de sus congéneres encerrados ahí, tanto no-muertos como humanos no sabían cómo interpretar aquello que tenían ante los ojos.
En medio de la refriega, los agentes de repente se detuvieron, les rodearon a todos en forma de cerco, y de la puerta principal bajó un hombre bastante alto que al principio por el fulgor que provenía del exterior no pudo ser identificado, mas en cuanto se posicionó frente al soldado-brujo pudo ser reconocido por el mismo como Hilel, aquel mismo hombre que anteriormente le había atrapado supuestamente por error. No cruzaron muchas palabras, porque en cuanto este alcanzó al soldado-brujo le atravesó con una espada bastante fornida que le entró por la zona del estomago y que le salió por la espalda. Aquella violencia gratuita dejó en suspenso a todos, era tan inmenso el silencio que aquella escena provocó que se quedó como congelada en sus mentes, atrapada en una instántanea que pugnaba por avanzar sin conseguirlo. Pero, de repente, algo rompió aquel silencio semi-sagrado, y aquello fue la risotada que salió de los labios del soldado-brujo ¿Era aquello una broma macabra? ¿O una pesadilla humorística? Quizás se preguntaron algunos de los presentes, parpadeando y pasando sus manos por sus sudorosos rostros.
Pero, instantes después, en cuanto la risa del soldado-brujó fue aflojando paulatinamente, le dijó a Hilel en un susurro bien audible: "Tú no puedes matarme, imbécil. Ni tú que eres un mentecato como otros tantos que creen que pueden derrotarme, ni siquiera el Rey de las Sombras que habita la bruma inhóspita más allá de los limites del mundo onírico podría contenerme." Y nada mas decir esto, de la inmensa espada que aún tenía clavada y atravesada, una negrura absoluta fue recorriendo sus filamentos hasta traspasar el arma, y de ahí penetrar en el brazo de Hilel que aún la agarraba, en cuanto esta sombría negrura le rozó, fue pudriéndose paulatinamente hasta que su misma persona se metamorfoseó en unas sutiles cenizas que fueron barridas por un viento ausente. En tanto que el soldado-brujo, fundiéndo y quebrando la espada que todavía tenía clavada se fue recomponiendo, y una vez que se serenó y la risa que todavía asomaba en sus labios se calmó, se dirigió a todos los presentes del siguiente talante:
- Hay hombres, que desde luego, sienten una insana obsesión por aprisionar a sus semejantes y a los que no lo son tanto, bajo las más inhóspitas razones. Algunos lo llaman seguridad ciudadana, otros más osados incluso lo clasifican de verdad universal, y algún que otro ingenuo de parlamento lo denomina un mensaje revelado que ha bajado del cielo. Pero que no os engañen, todas aquellas aseveraciones no son más que viles mentiras. Lo que pretenden hacer con vosotros cuando os cercan, cuando os imponen limites, cuando con el pretexto de un fingido derecho os encierran en cuevas de la ignorancia, es privaros de la libertad, lo cual es el ideal más importante al que podemos dar cabida, un sueño que siempre tenemos que buscar realizar. Así pues, yo os digo, que se abran las puertas de la mente, que se alcen todos los telones que nos imponen cuales velos de la superstición, y que cada uno encuentre su propia libertad siguiendo la senda que crea propicia.
Y nada mas decir esto, el soldado-brujo derribó los muros que tenían ante ellos, no sólo de forma metáforica, sino explicita y directa, liderando aún sin quererlo una rebelión que se extendió en el tiempo durante unos meses. Por un tiempo, una vez que esta inesperada rebelión pareció florecer y fortificarse, quedó la impresión de que reinó la paz entre humanos y no-muertos, mas al poco la situación volvió a descontrolarse, haciendo que estos volvieran a pugnar entre sí para alcanzar la supremacía de aquellos dominios. Mas, no obstante, el soldado-brujo que fue venerado por unos y por otros por su valentía y liderazgo, prefirió partir al margen de esta refriega, y como él mismo mencionó en su breve discurso, encontrar su propia senda y su propia libertad.
De nuevo, ajeno y lejano a todo lo antecedemente narrado, el soldado-brujo volvió a encontrarse en la misma tesitura que al principio de toda esta aventura, en completa soledad aún estando rodeado de millares de personas. Con la cabeza un tanto ladeada, e incluso gacha si se le observaba desde una prudente distancia, reía para sus adentros. Aún con la melancolía y la nostálgia con la que suele ser asociada la soledad se encontraba tremendamente feliz, no podría reprimir una sonrisa que le pululaba por el semblante, y que no tardó en florecer como rosa de mayo. Y pese a que unas incomodas lágrimas desfilaban por sus mejillas, las cuales no eran de otra cosa que no fueran de felicidad, alzó su rostro en dirección al cielo que aunque por ahora despejado anunciaba la llegada de la tormenta en una suerte de negras nubes dispersas, y no pudo evitar sentirse dichoso a la par que afortunado por el mero hecho de participar de la existencia, como también por haber luchado y conseguido una solitaria libertad como premio tras tantas refriegas.