jueves, 2 de julio de 2026

El Reino de la Ilusión

 Iba el soldado-brujo caminando algo cabizbajo atravesando una plaza desierta en pleno verano. No había otros viandantes a excepción de su propia sombra que le seguía de cerca, como escrutándole en una distancia segura. Y mejor fuera así, no fuera a ser que debido a la frustración que sentía nuestro protagonista se volcase en una serie de porrazos vertidos sobre su propia sombra ¿A qué venía aquel mal sentimiento que le lastimaba internamente? ¿Era acaso decepción? ¿Era culpa de aquella soledad? Los sentimientos es algo de lo que es muy díficil llegar a una definición adecuada, tan tumultosos y espontáneos son, que cuando crees haberlos atrapado, se te escapan entre los dedos como buscando una nueva sensación a la que acomodarse. La tristeza conduce al enfado, el enfado a la desolación, esta a la desesperación, y quizás esta última conduzca a la hilaridad una vez que no encuentre la salida adecuada, cual las llamas de un incendio a las ventanas.

En aquella tesitura iba el soldado-brujo andando, clavando bien sus piernas en la tierra, profundizando en sus zancadas como si estuviera buscando con ello dirigirse a los infiernos. Como decía poco mas arriba en referencia a los sentimientos, estos en su inconstancia le conducían a caminos inexplorados que ni él mismo lograba explicarse. Era el tedio el culpable de todo, de ese hastío que daba cabida a la depresión que posteriormente le conduciría a aquella ebullición interna. En apariencia y a la distancia, él mismo parecía un mendigo, bien embozado en sus capas raídas, dando bandazos aquí y a allá con aquel semblante meditabundo, y cuyos ojos buscaban a su al rededor en vano, pues aquella sensación de vacío no sólo era un asunto de su interior, sino que también se volcaba hacía el exterior en la ausencia de las gentes. Las cuales parecían haberse evaporado como pompas de jabón, huidizas a las impresiones oculares de un espectador pasivo como lo era en aquel momento el soldado-brujo.

Mas de repente, atravesando un recodo del camino se encontró con una concurrida formación de personas, las cuales estaban haciendo una inmensa cola sobre lo que parecía un establecimiento. Movido por esta repentina curiosidad, el soldado-brujo se situó justo en frente para leer el cartel. Ahí ponía: "Secta de la reencarnación cuadrada" Aquello parecía no tener sentido ¿Cómo una secta iba a establecerse a plena luz del día en lo que parecía una tienda cualquiera? ¿Y ese nombre? ¿Era todo aquello una parodia? No lo sabemos con seguridad, como tampoco lo sabía el soldado-brujo cuando con mirada perpleja se quedó al leer el susodicho cartel. Decidió preguntar a algunos de los que allí esperaban, pero tras todo el cúmulo de palabras proferidas sin sentido pareció extraer que ellos tampoco sabían qué era aquello y que esperaban ahí porque no tenían nada mejor que hacer.

Así que, empujando a cada uno de los domingueros que allí esperaban, fue adelantándose en la cola por la cara hasta que llegó justo al principio, internándose en la entrada principal. Cuando entró, se encontró con un grupo de gente embozada a excepción de una elegante joven rubicunda, que le sonrió nada más verle como si le conociese. Tras una breve explicación supo que allí se hacía una especie de competición, de exhibición para todos aquellos que estuvieran en la fila y que pagasen, y que sólo los participantes acreditados podrían formar parte de ella si lograban contactar con su reencarnación. Una vez que la joven saludó al soldado-brujo se quedó como en paralisís, y empezó a hablar en un idioma muy raro que parecía inventado, y le dijo que su reencarnación primigenia era un tal "Señor Devinshin" Por lo cual, podría participar en el torneo, luchando directamente con el miembro mas veterano del mismo.

Como si tal cosa, el soldado-brujo se subió ante el estrado, dando por hecho que aquella situación era lo más normal del mundo a pesar de que ni él mismo se explicaba qué demonios estaba haciendo ahí. Poco tiempo tuvo para meditar en ello, pues en escasos segundo un hombre de cuidados y largos cabellos, adornado con una capa azulenca se le puso delante connotando con ello que era su rival. Sin esperar a señal alguna, se lanzó contra él sacando de sus ocultos bolsillos una especie de cuchillos que parecían electrificados, o al menos eso era lo que simulaban ser debido a los cables que colgaban por debajo de los mismos. El soldado-brujo no se lo pensó ni dos veces, y sacando de su capa su espada de las sombras, le asestó con ella en el cuello produciendo que el susodicho rival cayese de repente al suelo derribado a la par que profiriendo gran cantidad de sangre. Se hizo entonces el silencio en la sala, e instantes después, un aplauso ensordecedor hizo añorar aquella ausencia de sonido primigenia.

Le declararon vendedor, alzando sus brazos como si se tratase de un dios. Y acto seguido le llevaron a una sala a parte, y poco después, a otra que daba salida a un jardín y a un aparcamiento. Al principio creía que estaba solo, pero poco después de una esquina sombría apareció Hugo el manco, dando señal de reconocerle con una leve inclinación, a lo que el soldado-brujo respondió:

- Muchacho, parece que nuestros caminos vuelven a encontrarse tras la pasada aventura en La Aldea de los Muertos. Ya me parecía a mí que aquella no iba a ser la última vez que nuestras sendas coincidirían, muy al contrario tenía claro como por una especie de intuición que volveríamos a vernos. Desconozco por qué te han traído hasta aquí, mas a lo que es a mí me han llevado al combate más absurdo de mi vida. Jamás me había sido mas sencillo y rápido atajar a rival alguno como en esta ocasión.

- Sinceramente, no comprendo nada. -le dijo Hugo el manco, y prosiguiendo con sus palabras continuó- Mas antes de actualizarnos respecto a nuestra presente situación he de preguntarte ¿Que ocurrió en La Aldea de los Muertos? ¿Qué era aquel ser? ¿Y por qué tuve que huir tan prematuramente?

- Hay cosas que es mejor no saber, y baste esto para tenerte informado sobre qué era aquello -concluyó el soldado-brujo con un cierto aire de misterio en el tono de su voz

Poco más pudieron departir sobre tales asuntos, pues se vieron interrumpidos con la llegada de dos carros, de los cuales bajaron una serie de personajes irreconocibles debido a lo embozados que se encontraban, tampoco profirieron sonido alguno ni tan siguiera en señal de reconocimiento, cuanto menos le otorgaron explicación alguna. Simplemente se limitaron a hacer un movimiento con sus brazos que indicaba que podían subir a los carros que se les presentaban ante los ojos. Uno de ellos era de un color rojo vino y el otro tan negro que si fuera de noche se hubiera camuflado adoptando el poder de la invisibilidad. El que era rojo era llevado por una hermosa mujer de oscuros cabellos, y el negro por un hombre moreno muy gordo que por su apariencia y adornos parecía el jefe tribal de algún grupo indigena azteca. Y mientras examinaban estas cosas, apareció mas gente a sus espaldas que fueron encaminándose a uno u otro de los carros, y como el soldado-brujo aunque admiraba la belleza sabía que a las veces era engañosa, y por tanto decidió subirse junto a Hugo el manco al carro capitaneado por el líder azteca.

Una vez subidos en el mismo, este les explicó que él era el capitán de la secta de "La reencarnación cuadrada" y que les iba a llevar a su cuartel general para hacerles miembros de pleno derecho de la misma. En el transcurso del camino no hablaron mucho mas, pero justo cuando estaban al poco de llegar, el soldado-brujo localizó que aquel hombre no estaba solo, que tenía alguien justo en el asiento de al lado -el de copiloto- que le resultó tremendamente familiar, le recordó a alguien que conocía en su vida vigil, y que le turbó un tanto hasta que le espetó a aquel hombre dándose cuenta de la traza:

- Magia negra, eh. Yo también puedo jugar así con las ilusiones de las percepciones si me viene en gana.

Nada mas mencionar esto el hombre sonrió con burlona sorna, para poco después encontrarse con que el carro parecía a punto de chocarse con una pared. Pero no al modo en el que las cosas impactan unas con las otras, no. Mas bien como si la materia del carro se filtrase en la materia de la grisacea pared, y a su vez, como si estas materias se intercalasen con sus propios cuerpos, creando así una alucinación que el soldado-brujo logró disipar gracias al dominio de la magia, la cual actuó en forma de contrapeso dando a la alucinación una doble ilusión que produjo que ambas se hicieran indestingibles. Cuando uno sabe que lo que está viviendo es una ilusión, poco importa que se le añadan cuantas mas ilusiones que uno quiera, puesto que todas ellas se disiparán gracias a la integridad de la consciencia, y esta resulta liberadora cuando uno asienta sus pies sobre la tierra.

Y así fue también en esta ocasión, puesto que nada mas producirse aquel doble impacto ilusorio se encontraron repentinamente en el interior de un extraño edificio. En su comienzo parecían una serie de oficinas, pero cuanto mas se internaban en las mismas, tuvieron que agacharse pues se encontraban en lo que parecía una cueva artiticial, prefabricada y de plástico, la cual si se recorría con tiento desembocaba en una ala central y redonda que suponía el epicentro de la misma. Una vez allí, en la medida que inspeccionaron el lugar cayeron en la cuenta de que no estaban solos. Una especie de mayordomo o de encargado principal les recibió con un aire de preocupación, el cual era palpable en la perplejidad de su rostro constreñido. Este les indicaba que debían de irse inmediatamente de ahí, que a su jefe le molestaría que estuvieran donde no debían, y que él mismo les indicaría la salida, "si fueran tan amables" añadió en señal de tener bien aprendida la etiqueta.

Pero mientras les soltaba esta perorata, el soldado-brujo decidió ignorar sus palabras en tanto que Hugo el manco estaba bien atento a las mismas, y fijándose en una suerte de plataforma que se encontraba adornada por una especie de capilla que era coronada por un enorme cilindro que contenía un plasma acuoso que se deslizaba a través del cristal de seguridad. Sin pensarselo mucho fue hasta dicho lugar, mientras que el mayordomo intentaba que no fuera así, mas retenido por Hugo el manco, el soldado-brujo logró posicionarse ante el mismo sin problemas. Y como invocando una inmensa fuerza desde sí mismo, sacó la espada de las sombras que ya había usado en el duelo del campeonato y que todavía tenía sangre fresca en su filo, y le dió un golpe tan tremendo que logró desgajarla de parte a parte. Ni siguiera el grito agónico del mayordomo logró detenerle, ni aún cuando dió el primer golpe y este seguía chillando como un cerdo ensartado pudo impedir que le diese un segundo golpe, y después un tercero, un cuarto, un quinto... Hasta que logró desmoronar completamente la mencionada estructura de origen desconocido.

Y cuando esta cayó totalmente destrozada, se vieron repentinamente en el exterior, en un prado desertico que no era habitado ni por los árboles. Al principio estaban desconcertados, mas luego al ir interrelacionando los hechos cayeron en la cuenta de que con la ruptura de susodicha estructura la realidad de dicho edificio se evaporaría por los aires, como por arte de magia. Se quedaron silenciosos largo rato, en supenso, mas comunicando estos pensamientos sin usar de las palabras, tan sólo con el movimiento de sus miradas. Al cabo, fueron andando lentamente, desplazándose como aletargados, quizás por la profusión interior de lo que iban pensando, y que ya les oprimía los sesos al ir chocando en las paredes huesudas de sus cráneos. Sin ser capaz de aguantar esta presión mental, Hugo el manco exteriorizó sus dudas e inquietudes y le preguntó directamente al soldado-brujo:


- ¿Se puede saber qué demonios ha pasado? ¿Qué ha sido todo aquello? ¿Qué acabamos de vivir?


A lo que el soldado-brujo le respondió cortesmente, modulando el tono de su voz con una tranquilidad inusitada a pesar de lo sombrío que se desprendía de sus palabras:


- Nada. No ha pasado absolutamente nada. Todo aquello era mera ilusión, y como tal ilusión dada dentro del contexto del mundo onírico, se evaporó como si tal cosa en el momento en el que asumí que era lo que era, es decir nada. Hay hombres que viven sumidos en sus ilusiones, y al principio, son felices insertos en las mismas, mas cuando estas se tornan en pesadillas huyen espantados ante lo irremediable. Por eso, yo personalmente, antes de caer en esa complaciencia decidí asumirlo desde el principio, renuncié a ese premio ilusorio para que la posterior pesadilla no me carcomiese. Sobrevolé la ilusión, y la aniquilé antes de que esta tomase entidad en mi mente.

A esto no supo Hugo el manco lo que responder, simplemente se limitó a mirarle sin entender nada como desde el principio de aquella aventura. Quizás este seguía aún inserto en la ilusión, y por eso no era capaz de comprender la explicación del soldado-brujo, ya que este había salido por su propio pie a diferencia de su compañero que se limitó a ser un espectador. Así que continuaron caminando en silencio hasta que salieron a un recodo de una carretera desierta y abandonada, y una vez allí ambos se separaron despidiéndose con una breve inclinación de la cabeza y un aletear de sus manos. Cada uno se fue a su casa, a lo menos esa era la intención del soldado-brujo que ya necesitaba de un buen descanso, en tanto que quizás Hugo el manco pretendía encontrar el primer bar que se le presentase a los ojos para desahogar sus penas y perplejidades vitales.

domingo, 21 de junio de 2026

La Sombra

 Ahora, tumbado en una oscuridad total innaccesible a los sentidos reflexiono sobre mi vida y su relación con la aparición de la Sombra. Y mientras medito en torno a este problema tan extravagante para la gente corriente no soy capaz de localizar en un punto temporal cuando apareció la susodicha entidad. Quizás siempre me acompañó, siempre estuvo cercándome poco a poco, mas puede que debido a lo impreciso de los recuerdos demasiado lejanos no sea capaz de explicarme su principio u origen. Es posible que ya desde el vientre materno, aquella sustancia tan extraña ya rondase al rededor de mi cordón umbilical, o que no fuese así, siendo en realidad que esta apareciese nada más alumbrarme al mundo, tanteandome con sus miembros invisibles, o puede que también que fuese algo que aún habitando en mi interior no se manifestase sino mucho después.

Lo que sí soy capaz de afirmar sin temor a equivocarme es que siempre tuve miedo. Es cierto, que por otra parte, este miedo siempre ha sido indefinido y no siempre ha dado cabida a una expresión explicita, y que aún en mis últimos momentos su expresión objetivada ha sido producto de mi mente trastornada. Mas, aún así, es bien cierto que el miedo siempre me ha acompañado allí por dónde yo iba, incluso en los momentos anodinos que comporta toda la existencia. Daba igual si decidía quedarme en casa o salir a la calle, si permanecía quieto o en movimiento, si encendía el piloto automático de la existenxia o si prefería vivir conscientemente, allí donde estuviera de la forma que fuese aparecía la Sombra para atemorizarme, haciéndome sentir quieto e inseguro, acechándome como un espíritu malvado familiar. Y mientras tanto yo, me quedaba temblando, esperando a que se fuera, a que se alejase de mi para que pudiera respirar. La verdad es que nunca me he llegado a acostumbrar del todo a su presencia, incluso en estos postreros instantes no puedo evitar que un sudor frío me recorra la frente y que desemboque en mis entrañas.

Pese a que he mencionado que no sabría decir cuando empezó todo, lo que si sé es que ya siendo un niño pequeño, un infante de escasos cinco o seis años, iba todas las noches a dormir con un miedo terrorífico que recorría con sorna mis venas, carcomiéndome en tanto que mis parpados se sellaban para dar cabida a las pesadillas. Tenía extraños diálogos en mi mente con una entidad que no sabría definidir, las conversaciones eran tan ordinarias al principio que parecía que estuviera conversando con un pátetico amigo invisible, mas con el tiempo estos diálogos fueron haciéndose cada vez mas extraños cuales pensamientos obsesivos mantenidos con una entidad intracorporal. El caso era que esto era un asunto de todas las noches, y aunque no recordaba por entonces vislumbrar a la Sombra -quizás por la oscuridad que imperaba- lo cierto era que la sentía, como cuchillas que iban acariciando mi cuerpo para luego asestarme el tajo final.

Recuerdo especialmente una de aquellas primeras noches de pesadilla en las que yo estaba completamente aterrorizado, y mientras intentaba ignorar las palabras que la Sombra imponía en mi mente, creí vislumbrar a través de las tinieblas un reflujo sombrío aún mas oscuro que fue cerciéndome sobre mí, rodeandome como las patas pulposas de una entidad terrorífica. Yo intentaba cerrar los ojos, pensar que todo aquello era producto de mi imaginación, mas cuando los entreabría con un deseo profundo de que aquella cosa ya no estuviera ahí, todavía creía percibirla deslizándose en mi dirección, cada vez más cercana, casi palpando mis entumecidos miembros. No podía parar de temblar, conteniendo un llanto que pugnaba por salir, siendo un espasmo encarnado cuya única esperanza era la llegada del nuevo día para que los rayos del amanecer aminorasen tan repugnante presencia.

Pero, ni aún la luz del día era capaz de acabar enteramente con esa blasfema entidad. Incluso en el colegio, mientras los profesores me regañaban por no traer los deberes hechos, a sus espaldas en tanto proferían su retahila y su acostumbrada regañina, veía la sútil forma de la Sombra elevándose en señal de triunfo. Parecía que esta se ufanaba con mis tragedias y desgracias, se crecía como reafirmándose en su apostura siniestra, en tanto que en mis escasos momentos de felicidad, alegría o festejo, esta se hacía pequeñita para que en el momento menos pensado la percibiese, recordándome que yo jamás podría estar del todo satisfecho con la vida, sino que muy al contrario, era su esclavo, que estaba atenazado por los grilletes que su mera existencia me imponía, evitando que avanzase un sólo paso sin recordar que en el fondo era un desgraciado. Así, obviamente, acababa por trastabilar y finalmente caerme sin remedio, a un pozo tan profundo que este se asemejaba al abismo de los mil infiernos.

Ya cuando empecé en el instituto fuí igualmente desgraciado como lo era en el colegio, sino más. La Sombra fue engrandenciendose, haciéndose casi una divinidad pagana invocada por unos antepasados que nunca llegué a conocer realmente. El caso era que aquella entidad malvada no tuvo suficiente con ser la presencia y el aliciente que me circundaba en mis desgracias adolescentes, sino que además de soportar que los demás chicos se burlasen de mí, que me empujasen y fuera motivo de sus chistes más oscuros, aquella con cada mala palabra, cada empellón o cada indirecta dada con mala baba, se deslizaba graciosamente, como uniéndose a la fiesta de mi propio martirio. Yo entonces, me agazapaba, temblaba en cuclillas esperando que todo aquello terminase en algún momento del mismo modo a como cuando era un niño esperaba la llegada del día para que mis pesadillas se disipasen.

Sin embargo, no sólo era desgraciado en un sentido externo, sino que interno también. Cada vez que me examinaba a mí mismo me contemplaba como un pingajo, un ser míserable nacido para sufrir, cual hiciera la joven que contemplándose en el espejo se viera tremendamente obesa al tener anorexia. Tampoco ayudaba el hecho de que todo aquello en lo que emprendiera me saliese mal, al ser mal estudiante mis alicientes académicos eran nimios, pero aún así intentaba esforzarme porque aunque en mi vida social yo ya era un cadáver andante, al menos que pudiese prosperar en un futuro mundo laboral. Pero aún en eso fallaba. Daba igual que estuviera estudiando hasta las tantas, el resultado de los examenes siempre eran números rojos, y ni aún los escasos suficientes me servían para seguir adelante puesto que siempre terminaba suspendiendo. Creo que tanto los maestros como mis propios padres se llegaron a replantear que fuera un tonto congénito, tan escasas eran sus esperanzas en mí que ya ni se sorprendían ante mis fracasos.

Mas, a pesar de todo, no sé ni cómo, tras repetir unos cuantos cursos finalmente llegué a la universidad con una nota raspada. A veces pienso que incluso me admitieron por pena, pensarían quizás que los mediocres también tienen derecho a ocupar su puesto en las facultades aunque sólo fuera para tener que suspender a alguien entre tantos prodigios. Pero, ni aún entonces, la Sombra dejó de acompañarme en aquellos supuestos esperanzadores instantes, puesto que entre las lecciones magistrales que daban los maestros sobre los escritos y la sabiduría de los antiguos, aquella cosa seguía insistiendo en reafirmase indefinidamente, haciendo que me despistara de mis própositos, provocando el irrevocable suspenso una vez que hubo llegado el examen. Y obviamente, en lo que se refiere a la fáceta social el asunto no fue mucho mejor porque aunque ya no se metían conmigo tan explicitamente, sí que podía percibir sus condolentes sonrisas, sus susurros escrutadores y sus risillas de crueldad disfrazada de humor. En tanto que yo me limitaba a agachar la cabeza, andando mirando al suelo, y aún incluso entre mis presurosos pasos localizar de soslayo cómo la Sombra se asomaba, vigilándome con sus ojos que eran pura negrura y emitiendo palabras indescifrables, invocaciones de antaño que eran proferidas en los sabbats de la Edad Media, intercalando la burla con la solemnidad del latín de antaño.

Un momento verdaderamente turbador de aquellos años fue en una noche en la que no sé ni cómo una joven accedió en acostarse conmigo. He de reconocer por otro lado, que era tremendamente fea y desgarbada, como deforme, aunque por otro lado no sabría yo decir si yo era mucho mejor, mas el caso es que así fue quizás por desesperación mutua. Y aún incluso en esos momentos supuestamente placenteros, mientras ella se desnudaba mostrándome unos senos alicaídos, como tristones, y sobre todo cuando entré en aquella oscura concavidad cerrada como cueva de lobo, la Sombra fue cercándome, burlándose de aquella parodia de la sensualidad, mostrando con su indice afilado como el dedo de una bruja que no podría ser mas rídiculo dando semejante espectáculo de impotencia sexual. Cada vez que esta asomaba, mi miembro se retraía, le costaba mantenerse dispuesto para el momento, y aunque finalmente logré terminar liberando un líquido nauseabundo mezclado con la sangre licuada en agua de ella, aquello fue más una desdicha que un motivo de celebración de los sentidos. También recuerdo que en mitad de la noche, cuando abrí los ojos en un momento tras una de mis ya acostumbradas pesadillas, mirando en dirección de la joven, esta se transmutó y se mezcló con la sombra, mostrándose como un cruel demonio que venía a atormentarme con sus ojos rojizos y sus cien colas negras moviéndose al son de mi propio espanto.

Mientras tanto mi vida se seguía arrastrando en su inevitable decadencia, los años transcurrían como una condena que no parecía entender de final. Seguí en la carrera durante no sé cuantos años, viendo como todos los compañeros que conocía de vista iban desapareciendo para proseguir con sus éxitos, en tanto que yo cada año me encontraba con nuevos desconocidos dispuestos a atormentarme con sus palabras hirientes, afiladas como espadas dispuestas a clavarse en mis propias espaldas. No obstante, y aún con la gran cantidad de recuperaciones que tuve que soportar, logré terminar con todo y proseguir en mi desdichada vida. Imagino que los profesores acabaron por aprobarme con pena, tanto dinero me había gastado por estar por ahí que temían que mis familiares terminasen por denunciar a la universidad entera por aquel fraude que suponían mis suspensos. Pero bueno, el caso fue que logré salir de ahí bastante lastimado y a empellones, con la sensación de aún con todos los años transcurridos de no haber aprendido nada.

Una vez que me encontré fuera, en el supuesto mundo real, la cosa obviamente no fue a mejor, sino más bien a peor. La Sombra era cada vez más grande, inmensa como un ser mitológico cuya única razón existir parecía ser la de hacerme cada vez mas desdichado. Yo andaba por el mundo como una entidad igualmente marginal a la propia Sombra, cual una nimía polilla que iba pululando por estos lares deseando que llegase una luminosidad tal que me aniquilase entre estentoreros espasmos. Desconfiaba de todo y de todos, sobre todo de mí mismo, ya que mi presencia estaba ligada a la de la Sombra, si yo existía era razón suficiente para que esta también, y en tanto que yo proseguía deambulando sin un rumbo ni adecuado ni prefijado por esperanza alguna, menguando como si me aplastasen como a una asquerosa cucaracha, la Sombra seguía creciendo inéquivocamente hasta tal punto que había días que no veía otra cosa que no fuera ella.

Aún así, intenté progresar en la vida. Pero todo era en balde, poco importaba lo que yo hiciera puesto que el resultado siempre era un estrepitoso fracaso aún en el silencio de mis congojas. Me costaba muchísimo que me admitiesen en un trabajo, y cuando lo conseguía, poco duraba ya que o me despedían por mi escaso entusiasmo, o me iba yo mismo al no poder soportar aquello. Siempre iba escaso de dinero, no lograba ahorrar, todo me lo gastaba en tonterías para animarme un momento engañándome a mí mismo, pero al tiempo incluso lo que me satisfacía en el momento terminaba también por hacerme sentirme desgraciado. Cuando creía percibir una momentánea salvación, ya fuera en la mundanidad mas nauseabunda como en el escaso consuelo de la religión, ahí aparecía la Sombra para trastornar todos mis proyectados planes. Era como si yo, portando la linterna más cara y lujosa que uno podría imaginarse, intentase con ella disipar la neblina que tenía ante mí, logrando con ello solamente vislumbrar mi propia nimiedad y en modo alguno descubrir en qué consistía vivir, ni siquiera hablar de saber qué era aquellos que todos denominaban el mundo. Mi vida era un chiste del que parecían reírse todos, pero que a mi personalmente no me hacía ni pizca de gracia. 

Daba igual cuanto lo intentase, como tampoco que variase el modo, siempre fracasaba en todos los intentos de salir a la superficie a respirar, estando inserto como estaba en una marea agitada y tormentosa. Ni hablar de relaciones de amistad y mucho menos amorosas, todo se disolvía aún antes de nacer. Los proto-amigos huían espantados nada mas atisbar algunas de mis rarezas, y los instantes amatorios se vertían en impotencia antes incluso de empezar a desarrollarse. Y lo peor de todo era pensar que aunque los demás fueran crueles e injustos en ocasiones, la culpa de todo esto era exclusivamente mía. Yo era el culpable de mi propia desgracia, no era capaz de sobrellevar la existencia tomada desde su conjunto, tampoco era culpa de la Sombra en sí aunque esta fuera un factor a tener en cuenta, ya que no supe cómo enfrentarme a ella, quizás otro la hubiera acometido desde el principio para evitar que esta creciese hasta tal inmenso tamaño, mas yo no podía hacer otra cosa que sufrir su martirio, no estoicamente como los supuestos espíritus fuertes, sino más bien como un gusano escondido entre la tierra y rezando a un dios desconocido para no ser descubierto y aplastado por piernas más rígidas. En fin, la existencia era una pesadilla y aún el despertar que es la muerte algo incierto que me hacía temblar por lo desconocido. No sé si es mejor quedarme aquí sufriendo junto a la Sombra, o abalanzarme sobre aquellos abismos que quizás después de todo se encuentren plagados de millares de seres así.

Mis recuerdos de los últimos tiempos son una sucesión de instantes idénticos e igualmente meláncolicos, compuestos la mayoría de ellos por esta nímia presencia que es la mía, intentando huir de algo que no se puede en tanto que el motivo de su huida se encuentra en sí mismo, aquella Sombra cuyo origen se me muestra difuso y confuso siempre estuvo conmigo de un modo u de otro. Poco importa que deambule por las calles de una ignota ciudad, ocultándome de la presencia de mis semejantes agachando la cabeza y haciéndome cada vez más pequeño, puesto que siempre hay perplejos ojos que le descubren a uno temblando por algo que ellos no son capaces de ver. Mientras que ellos ven a un ser insignificante atemorizado por todo, yo vislumbro ya sea a sus espaldas o a sus costados la inmensa Sombra que se cierne, dispuesta a atacarme en cualquier momento, dejándome bastante herido y sin capacidad de redención, con mis huesos en el suelo y mis sentidos sin ser capaces de reaccionar a tal oscuros estimulos. Siempre en quietud, esperando quizás una salida desconocida que me conduzca hasta la ausencia total.

Pero finalmente, ya para mi propio alivio todo ha acabado. Aquí, tirado en la cama como el cadaver que pronto seré, me sosiego pensando que ya por fin ha llegado el final. La Sombra es tan grande que pronto no veré nada, que mi existencia se sumirá en la suya haciéndose indestingible. A pesar de lo desconocido que supondrá el postrero paso, el último movimiento en la esfera de lo oculto, he optado por considerarlo mejor que una existencia que sufre en balde, sin propósito alguno más allá que el sufrir por sufrir. Aquella me atrapará y me sumirá en su oscuridad, seré una mota más en aquel cosmos de negrura, un asteroide invisible a ojos humanos que seguirá vagando por las tinieblas de su propio infierno. Es curioso, aún en estos últimos instantes de existencia que se deshace creo percibir como una escasa esperanza, distinta quizás a tantas otras secretas ilusiones que me he ido permitiendo en vida. Puede que después de todo vencer a la Sombra signifique atravesarla, convertirse en ella misma de tal modo que el vencimiento sea la derrota, y viceversa. Cada uno que saque sus propias conclusiones al respecto.

domingo, 14 de junio de 2026

Entre el sueño y la vigilia

 Soñaba con cosas aparentemente imposibles en nuestro mundo, mas plausibles desde una imaginación exarcebada. Se encontraba caminando por millares de intrincadas calles en cuyo centro un oso pardo olfateaba, y en la medida en la que se acercaba, se agachó esperando su llegada. Temía el ser devorado, atacado sin piedad pese a mostrarse inofensivo, pero en cuanto aquel enorme oso llegó al centro de la intersección de calles, se limitó a escrutarle con la mirada, e incluso se tumbó dócilmente buscando sus caricias. Y se las dió cual si fuera un viejo compañero de antaño, quizás un perro del pasado que vino a encarnarse en aquel oso. Así, en compañía de tal imponente amigo, fue recorriendo las calles que le resultaban tan similares, y a su vez, tan desconocidas.

Después de tan larga e incomprensible marcha, llegó al final del laberinto urbanístico, desembocando así en un inmenso prado completamente despejado, y que inexplicablemente se encontraba todo verdoso y adornado por dispersas flores multicolores similares en forma a las amapolas. Digo inexplicablemente porque la incidencia del sol era terrible, y a pesar de ello no tenía calor. Cosa extraña, mas posible en los sueños como también lo fue el que aquel oso se convirtiese por arte de magia en una urraca que continuó acompañándole desde las alturas, agitando sus alas en un viento inexistente pero perceptible en el desplazarse de sus plumas por brazos imposibles. Naturalizando aquellos fenómenos, se internaron en el campo, y caminaron, y caminaron, posando sus pasos en aquella hierba acariciadora, y sin dejar de atisbar con sus miradas aquel paisaje paradísiaco.

Finalmente, llegaron al epicentro de aquel ensueño, coronado por un arce que se encontraba justo en el centro ¿Cómo podía crecer un arce en tales tesituras? Podría uno con justicia preguntarse, y la respuesta sería igual de ignota que todo desde el principio de aquel sueño, mas se obviaría como lo haría un niño inserto en su fantasía. Se quedó en suspenso durante algunos segundos contemplando aquel hermoso arce, el cual agitaba sus ramas de un lado para otro connotando con ello que estaba igualmente vivo a como él mismo, y que quizás, debido a la desaparición de la urraca y a sus secretos movimientos, indicaba que se trataba de otra reencarnación de aquel oso primigenio. Sin pensárselo mucho, terminó por sentarse en el tronco de aquel arce, protegiéndose de un sol nada dañíno bajo aquellas ramas adornadas de hojas que se desplazaban como invitándole a saborear instancias mucho más allá de los placeres carnales. Aquello suponía toda una experiencia mística que deseó saborear cerrando los ojos, deslizándose así sobre los pliegues del espíritu del mundo.

En cuanto abrió los ojos, se encontró tendido en su cochambrosa cama con todas sus sábanas empapadas de sudor. Intentando moverse lo menos posible, comprobó que era una hora demasiado tardía para poder pronunciarse sin sentir cierto reparo o vergüenza. Desplazándose a través de la humedad humana de las mantas y el colchón, se quedó sentado, como suspendido en el aire por edredones como nubes, intentando meditar en torno lo que había soñado. Hay quienes se dedican a interpretar los sueños como si se tratase de una ciencia, establecen consonancias y analogías con las imagenes de los sueños y las vierten en símbolos. Y aunque en cierta medida le parecía que quizás aquello pudiera tener algún sentido, en el fondo de sí mismo consideraba que los sueños son lo que son, simplemente. Y que intentar interpretarlos de acuerdo a lo que nos parecen a posteriori suponía una nueva utopía dentro del pensamiento humano que siempre se sitúa en el centro del cosmos. Le encanta considerarse mas importante de lo que realmente es.

Mas dejó de lado tales reflexiones para otro momento, tenía cosas que hacer y por tanto era hora de ponerse en acción. Se levantó y fue a hacerse un buen café intercalando una marca mas cara con otra mas barata de cara a confundir sus sentidos. Y mientras lo tomaba, fue turnando su paladar de la taza de ceramica a un cigarrillo del mercado negro, dando caladas que luego liberaba de sus labios para después dar pequeños sorbos, y así quizás alargar aquel momento placentero del día. Una vez que hubo terminado, se tumbó en un viejo sofá y prendió otro cigarro para contemplar como el humo hacía figuras cual si estás emulasen la espontaneidad de la niebla en una noche ventosa. Así se quedó largo tiempo, inmenso en una meditación basada en la instantaenidad hasta que el caerse de los últimos escoldos de la ceniza retornó a despertarle de su mundo de ensueño.

"Me encuentro todavía muy atontado" -pensó, y continuó hilando su vano pensamiento "o quizás simplemente se trata de que yo mismo soy un tonto" Se estremeció con una carcajada reprimida en sus adentros, y tomando la caja de tabaco, volvió a encenderse un cigarrillo, en tanto que se desplazaba dejándolo pendiente de sus labios. Tenía cosas que hacer, debía continuar con la pintura del jardín, ya tenía preparada la imprimación, y por fuerza tendría que cubrirla con pintura ese mismo día para evitar que se quedasen pegados en ella fragmentos de tierra o de arena. Y con aún el cigarro barato colgando de su boca, mientras daba pequeñas caladas que iba expulsando por la nariz, fue abriendo con sumo cuidado el bote de pintura para que este no salpicase la mesa sobre la cual lo tenía apoyado. Después, lo elevó un tanto para echarlo sobre la plataforma donde deslizaría el rodillo que plasmaría sobre las baldosas, y una vez que hubo vaciado la mitad del contenido, limpió su dorso con un trapo que tenía a mano. Por último, se puso su gorra para evitar la incidencia directa del sol, y se encaminó para realizar su tarea tirando los restos del cigarro a cualquier lado.

Nada mas salir, notó la potencia del sol que le cercaba el cuerpo entero. Y como tenía los ojos claros, sus certeros rayos le cegaban como si actuasen como una pantalla de vidrio que le impidiera observar lo que tenía a su al rededor como debía. Mas aún así, insistió en su proyectada tarea, y se encaminó en dirección a las baldosas que debía pintar. Desplazando el rodillo de la plataforma de pintura al suelo, fue repitiendo mecánicamente estos pasos hasta que pintó una gran extensión. Intentaba ahorrar en gastos rebañando cuanto pudiera de la pintura, como si el rodillo fuera un trozo de pan y la pintura la salsa, y él fuera un pobre hambriento. Pero, por mucho que insistió, ya no había manera. Debía retornar a su casa para echar lo que le quedaba del bote, y así lo hizo. En cuanto se encontró en la oscuridad protegida de los muros, se percató de que todo él estaba sudando a mas no poder, así que antes de repetir los anteriores pasos bebió agua fresca cual si fuera un animal sediento.

Y otra vez la misma tarea, salir en dirección al furibundo sol que ya había secado la anterior pintura debido a su fuerza e insistencia cegadora, de nuevo usando el rodillo pringoso de pintura en proceso de secarse, de la plataforma al suelo, y así sucesivamente. Pero mientras realizaba esta mecánica tarea que incluso el autor se cansa de describir, la mente de nuestro personaje estaba en llamas debido a dos motivos: En primer lugar, la fuerza del sol era impacable, hacía que incluso su gorra protectora ardiese cual si se encontrase pegada a una fogata, mas en segundo lugar, nuestro personaje no paraba de pensar, de dar vueltas a su imaginación de tal manera que mientras su cuerpo estaba repidiendo aquella tarea programada, él pensaba en mil disparates que poco a poco iba ordenando consecuentemente a sus propios deseos de aquel momento. Pero, ¿En qué diablos pensaba? ¿Qué clase de pensamientos podía tener alguien tostándose al sol mientras realizaba aquella tediosa tarea? Pues pensaba en su sueño, o dicho de otro modo, soñaba su anterior sueño, reviviéndolo, resoñándolo podríamos decir. Y era precisamente esta mécanica tarea lo que le permitía que las ondas de sus pensamientos se cicatrizasen del mismo modo a como se secaba la pintura esmaltada en el suelo con la ayuda de los rayos solares.

Llegó un momento en el que su fabulación alcanzó tan altos grados de inusitada imaginación que ya ni veía bien lo que tenía ante sus ojos, estaba en un puente intermedio entre el sueño y la realidad autómatica de aquella tardía vigilia. Y mientras resoñaba como antes mencionábamos, la ira del sol era cada vez mas tremenda, ya alcanzaba las peligrosas horas que comprende la entrada de la tarde, haciendo de los movimientos del rodillo enfermizas sacudidas debido a los temblores que le recorrían el cuerpo en esos momentos. Se encontraba terriblemente mareado, en tanto que las gotas de sudor ya salían de su gorra, deslizándose por su empapada frente para acabar cayendo sobre el suelo que estaba pintando. A ratos creía vislumbrar el prado desierto adornado por aquel arce que se encontraba en el centro del mismo, otras veces una extraña agitación interior le traía de vuelta a la realidad, unas veces se engañaba localizando al oso pardo frente a él, y en tantas otras ocasiones, todas aquellas figuras y contornos sombríos eran tragados por los resplandores y los fulgores que connotaban la violencia del sol a esas horas.

Sin poder soportarlo más, dejó su trabajo en suspenso durante unos instantes. Agarró el palo que portaba el rodillo cual si fuera la vara de un sacerdote egipcio, o simplemente un bastón sobre el cual apoyarse, estiró sus miembros como si estos se hubieran secado del mismo modo a como lo hacía la pintura y permaneció quieto como una estatua. Oteando el cielo, creyó vislumbrar que este era surcado por una urraca que empezó a volar en círculos a su al rededor, cual si esta intentará comunicarle algo. Sin embargo, no sabía a ciencia cierta qué pretendía decirle, quizás por lo espesa que se encontraba en esos momentos su mente, que seguía debatiéndose entre el prado que había visto en sueños y la tarea que aún le quedaba por terminar en la soporífera vigilia de una tarde soleada de verano. Por un momentó sintió como si un sútil y negruzco velo se le impusiera a sus pensamientos y a su vista, cerrándose ante sus ojos para abrirse poco después, como quién cambia de escena para encontrarse nuevamente en el mismo lugar y en idéntica situación ¿Esta afirmación era segura? No lo sabía, probablemente no se lo preguntó.

Extrañamente, creyó comprobar en el suelo que creía recordar que ya había pintado, que aún no había pintado por aquella zona. Así, pues, retornó a su incesante tarea y como en constante bucle y repetición, mientras todo aquello que le rodeaba se encontraba brindado por los rayos solares, sofocantes pero de forma paradójica soportables de repente. El paisaje se debatía entre una luminosidad incierta y el prado con el arce, el oso y la urraca, intercálandose, párpandeando en la medida que la pintura iba secándose hasta que retornaba a humedecerse con el sudor y el paso del rodillo. Y así incesantemente, volviendo al sueño y a la realidad supuestamente vívida de una vigilia que ya no se distinguía de un eterno cerrar de párpados...

domingo, 7 de junio de 2026

Lo absurdo de la existencia, o la no-muerte de dos amigos

 Muchas veces he pensado que si observaramos la existencia humana -ya sea particular o general- comprobaríamos que todo se trata de un malentendido que viene a ser bastante absurdo. En realidad, el tópico aquel de "Nada tiene sentido" no es producto de la ignorancia humana que cae en el nihilismo al ser desconocedora de verdades trascendentales y divinas, sino mas bien una verdad universal que se nos revelaría como tal si vieramos el conjunto de la existencia desde una posición elevada. Es decir, si el Creador del Universo nos prestase su esplendoroso trono durante unos escasos minutos, comprobaríamos que efectivamente nada tiene sentido, y que nuestros desdichados avatares y nuestras pequeñas tragedias cotidianas son absurdas como el sueño de un loco. Al final lo que tenemos por tragedia se convertiría en una comedia, las lágrimas lo serían de risa hilirante y no de vana tristeza, nuestros aplausos ya no sonarían ecos y solitarios, sino acompañados por la conmoción alegre de todo un auditorio repleto de payasos enmascarados.

Así pues, quisiera narraros una de esas historias que le llegan a uno en sueños, una de esas historias que si bien para los que la vivieron en el mundo onírico supuso un duro golpe en todos los sentidos, mientras que para los lectores u oyentes de la mismas se convierten en una suerte de tragicomedia, muy en semejanza a esas representaciones de las miserias humanas con toque cómico que se hicieron en la decadencia de la cultura helénica. Nos reímos al comprobar lo absurdo de todos los acontecimientos vividos y soñados, pero esto es así porque estamos rodeados por el coro de los ángeles allá en las alturas siderales, probablemente si descendieramos a tierra y nos vieramos afectados por las mismas, diríamos que se trata de lo peor que nos ha pasado. Por eso, y al margen de la siguiente historia, siempre recomendaría que todo lo que se viva en esta existencia que al cabo es un sueño, se contemple desde la lejanía como algo que en verdad no nos afecta tanto, como un espectador y no tanto como un actor que se mete tanto en el papel que acaba muriendo en el último acto.

Todo esto ocurrió según me han contado en una aldea muy lejana del mundo urbano que recibía el nombre por entonces de Solano, allí sus habitantes no estaban acostumbrados a que ocurriese nada relevante, y si ocurría, pocos se enteraban porque aunque vivían dentro del ámbito rural, ahí vivía cada uno tan ensimismado en su propio sueño que nadie se enteraba de los problemas ajenos, a pesar de ser un pueblo digamos que sus habitantes vivían como si sus hogares fueran edificios distantes. Aquel lugar comprendía un territorio muy escaso, rodeado todo el por campos abandonados y desérticos, malas hierbas y cultivos echados a perder debido al calor que los asolaba, a excepción de en invierno donde el frío era tan estremecedor que ni la hoja mas noble se atrevía en asomarse para evitar ser congelada. Sin embargo, a pesar de esa soledad y desamparo, había algunos pocos habitantes que tomaron contacto entre sí, creando amistades y enemistades que serían eternas si me molestase en narrarlas todas, así que me voy a centrar en aquella que dió pie a esta historia.

Dentro de los escasos habitantes y sus estrechas relaciones rústicas, hubo dos niños que desde el colegio ya congeniaron como dos gotas de agua que se encontrasen en medio de un aguacero, y aún proveniendo ambos de estratos sociales bastante distantes entablaron amistad entre sí. Uno de ellos se llamaba Tartán, provenía de una madre africana y de un padre europeo cuyo estado de míseria era envidiado por los mendigos de las ciudades centrales que piden su limosna a la salida de los centro comerciales, el otro era conocido por Riffel, y a diferencia de su compañero, siempre había vivido en la opulencia, ya que se rumoreaba que ambos progenitores eran de sangre tintada en azul debido a los desordenes políticos y ansía de poder de sus antepasados. Mas, estos asuntos tan mundanos no interesaban a aquellos niños, estaban metidos en sus mundos de juegos -los verdaderamente auténticos para ser sincero- y aunque sus padres observaban con recelo la creciente amistad, dejaron libertad absoluta a sus hijos para que decidieran con quienes debían compartir su existencia.

Como todos, estos niños se fueron haciendo mayores, pasaron su adolescencia y los devaneos que acompañan a la misma en una profunda camadería, y fueron reforzando su amistad en la medida que iban transcurriendo los años. Llegó un punto que su amistad fue tan prolífica y venerada por quienes la observaban que fueron considerados inseparables por todos los que la veían y la conocían, y nadie -al menos de su circulo cercano- se atrevería a negar que jamás habían conocido a dos jovenes que aún siendo tan dispares por su procedencia, fueran tan semejantes en afectos y en lealdad, estando dispuestos incluso a arriesgar su vida por el otro si la ocasión se terciaba.


No obstante, al igual que siempre ocurre con los desmanes de los hombres, que aquella profunda amistad se torció por una tontería, absurda en sí misma y de consecuencias hilirantes para un observador desapasionado. Verán, Riffel como vivía en la opulencia y en la carencia de necesidades, construyó en el sótano de su casa una zona de juegos bastante amplia, toda ella plagada de pequeñas casas y plataformas que se desplazaban, y lo que al principió comenzo como un rincón de sofisticada fantasía terminó siendo una ciudad de leyendas, a la que obviamente acudía en compañía de su inseparable Tartán, el cual compartía ese sueño en un estadío de protagonismo equiparable al de Riffel. Sin embargo, una vez que estaban enzarzados en la mejora de aquel sub-mundo de fantasía, tuvieron una pequeña disputa por una nadería, lo que provocó que Riffel llevase el asunto a las manos, dando un pequeño empujón a su querido amigo, con tan mala suerte que este cayó inconsciente víctima al parecer de alguna contusión de índole cerebral. Al ver el resultado de su ira, Riffel intentó reanimar a su amigo de todas las maneras posibles, pero todo fue en vano. A juzgar por todas las apariencias, Tartán había muerto.

Y en vez de actuar como haría alguien consecuente, Riffel por temor a ser acusado de asesino o como menos de homicida involuntario, decidió ocultar el cuerpo de su amigo en un baúl. Obviamente la desaparición de Tartán provocó las sospechas y la desesperación  de algunos habitantes, especialmente de su familia, hasta el punto que el abuelo materno de este decidió investigar por su parte lo que había ocurrido con su nieto. Tan buen detective fue que terminó hallando el cádaver impoluto de Tartán, justo cuando Riffel estaba custodiando el sótano para evitar que nadie hiciera justamente ese hallazgo. Y en cuanto vió los ojos costernados y las millares de arrugas constreñidas del perplejo anciano, Riffel no tuvo otra reacción que  no fuera la de empujarle, con tan mala suerte que acabó inconsciente de la misma forma a cómo lo había sido Tartán, quedando su cuerpo falleciente al lado del de su nieto cual si ambos hubieran decidido darse una pequeña siestecita.

Ahora la desesperación de Riffel aumentó tanto, al considerar su doble homicidio, siendo este último más a próposito que el primero, que aún con temor de caer bajo sospecha, decidió ocultar ambos cuerpos del mismo modo a como lo había hecho con el antecedente. En los primeros días, extrañandose de que la descomposición de los mismos no fueran patentes, acudió al sótano mágico para observar si seguían ahí tal y como los había dejado. Y ahí estaban, completamente incorruptos, cual si sus muertes hubieran ocurrido escasos minutos antes a pesar de que ya habían transcurrido incluso semanas. Incluso, al palparlos, estos no presentaban la gélidez rígida de la mayoría de los cádaveres, sino que mostraban un calor escondido como si estos aún siguieran con vida. Riffel, evidentemente perplejo, pasaba largas horas ahí, contemplándolos por si aún quedaban un hálito vital en ellos, pero en vano, pues estos no se movían en modo alguno, su respiración era inexistente, su aliento una ausencia y sus latidos ya recuerdos.

Con el tiempo, Riffel fue olvidándose de los dos cádaveres eternos que tenía en el sótano de las fantasías de su infancia, hasta tal punto que llegó un momento que hasta olvidó que había matado por accidente a dos personas. Hasta cuando le recordaban la desaparición de su amigo y posteriormente la del abuelo de este, realmente creía que estos habían desaparecido en vez de haber sido asesinados por el placaje de sus brazos. Será verdad aquello de que los mentirosos compulsivos terminan creyéndose sus propias mentiras, o quizás en las noches solitarias de insominio aquella verdad emergía de su corazón... Esto no podemos saberlo, no somos capaces de atisbar aquella verdad que palpita en nosotros y que sale mediante instrospección, mas lo que si sabemos es que en apariencia Riffel vivió su vida con normalidad, como si tal cosa. Incluso podríamos decir que las cosas le fueron bastante bien, a pesar de ser un homicida involuntario, terminó entrando en el cuerpo de policias, accediendo a un buen puesto y enriqueciéndose a costa de los crimenes ajenos en vez de profundizar en los propios. Todo iba a pedir boca, colmado de bienes materiales y satisfecho en la aparencialidad del éxito de una figura vacua e inexistente centrada en la aprobación de unos cuantos patanes.

Sin embargo, un día, acortándose repentinamente de los crimenes cometidos años atrás, decidió bajar al sótano esperando encontrarse dos momias consumidas por el polvo y ancestrales gusanos, llevándose la sorpresa de que se encontraban de manera idéntica a como los había dejado pasados tantos años. Aquello le sorprendió en grado sumo, pero mucho mas le sorprendió que cuando apoyó su mano en el costado de su viejo amigo supuestamente fallecido, este se levantó como si tal cosa, y abriendo los ojos le miró con una acusación furibunda, retornando así el rencor de tantos años, y sin decir ni una palabra, salió de ahí como un tiro de escopeta. Al principio, Riffel no supo ni qué decir, subió las escaleras al primer piso completamente inmutable, creyendo que aquello era un sueño de un sueño, y dejó que transcurriera su día evitando insistir en sus propios pensamientos.

Días después, sin lograr evitar que la curiosidad le aguijonase la sesera, bajó de nuevo al sotáno para comprobar si lo que había vivido era una endiablada pesadilla o un producto de su torcida imaginación, comprobando efectivamente que estaba equivocado, aquello había ocurrido realmente, no era un vano delirio. Y para recibir una doble confirmación de aquella locura, justamente en su espalda y a través de las sombras polvorientas que circundaban el sótano, notó el tacto de una mano inmensa en su hombro, y en cuanto se dió la vuelta para comprobar de qué se trataba, vió el rostro de un anciano que recientemente hubiera salido del sepulcro de la inconsciencia. Es decir, el abuelo de su viejo amigo se había levantado, y con una extraña mueca de consternación que poco a poco fue evolucionando en una sonrisa macabra, le advirtió alargando su arrugado dedo índice que sus días estaban contados. Y nada mas acabar de decir esto, se sumió en las sombras, desvaneciéndose como llamado por las tenebrosas regiones abismales.

Riffel pasó largos días que se convirtieron en semanas y estas en meses meditando lo que había pasado, dando por sentado al tiempo que aquello tan sólo era una siniestra fantasía que el exceso de trabajo le había provocado. No obstante, a tanto llegó su desconcierto que empezó a pensar que jamás existió un mejor amigo llamado Tartán ni su abuelo, y por tanto, jamás existió un crimen, que aquello era una ensoñación, y si los demás le recordaban su pasado compartido, fabulaba con que aquello era una broma macabra que todos decidieron hacerle, que finalmente aceptaron como por consenso. Se engañaba a sí mismo con estas fabulaciones de la consciencia arrepentida, evitaba así meter el dedo en la llaga, no quería amargarse la vida por acontecimientos que percibía difusos en la distancia, y aunque no siempre lo conseguía del todo, al menos recibía una suerte de consuelo a medias que lograba paliar con su adicción al trabajo y la bebida, las verdaderas drogas que poblan el mundo civilizado.

Todo hubiera terminado aquí si no hubiera sido porque en un diciembre muy nevado y gélido algunos habitantes de Solano encontraron un cádaver aplastado y descompuesto en millares de trozos justamente en medio de la plaza pública de la aldea. Investigaciones posteriores descubrieron que este se había lanzado desde la alta cúpula de la Iglesia principal del pueblo, en un presunto suicido que no todos llegaron a creerse, ya que lo identificaron como Riffel, aquel comisario tan éxitoso y envidiado por todos ¿Quién querría quitarse la vida teniendo una existencia ya solucionada y exenta de problemas? Quizás se preguntaran la mayoría. Yo no sabría apuntar qué había pasado en realidad, ni aún teniendo los antecedentes de tan oscura historia, mas lo que sí sé teniendo en cuenta lo destrozado que estaba el cadáver que este no volverá a la vida como lo hizo Tartán y su abuelo, y si llegare el caso de que así fuera para ejercutar una venganza que se repetiría por los siglos de los siglos en un flujo incesante y sin fin, no lo quiera la divididad que fuera, puesto que tenía el rostro y los miembros tan magullados que sería repugnante ver a una cosa así levantarse después de su desdichada muerte.

domingo, 31 de mayo de 2026

Parada a ninguna parte

 Saliendo de la calle principal en plena madrugada, con el pálido fulgor de la luna esmaltándose en el asfalto desgastado, meditaba sobre la razón de salir a deshoras. No recordaba el motivo de mi escapada, quizás ni tuviera uno, o en el caso de que así fuera tampoco era tan importante para ser recordado. El caso era que me encontraba embozado en una capa negruzca, cubriéndome para que el frío no penetrase mis huesos, temeroso de caer enfermo debido al hálito congelado que proferían las estrellas. Observaba con cierta desconfianza las sombras verpertinas de los árboles, miraba a diestro y a sinientro cualesquiera oscura silueta al acecho, atisbando el misterio que suele encubrir a la noche. Mas, a pesar de mis imaginativos esfuerzos, sólo lograba contemplar mi aliento templado escapando de mis pulmones, ascendiendo quizás a regiones etéreas que eran recogidas por entidades paganas.

Cuando ya me encontraba girando por un recodo del camino, dirigiendome hacía la parada de autobús, una silueta siniestra me vino al paso, acechándome al principio en la distancia para luego lanzarse contra mí con violencia. Intenté defenderme en vano, pues cuando ya me dí cuenta de su presencia ya estaba encima mía, respirando precipitadamente, con una agitación inusitada. Nos quedamos durante unos instantes en silencio, quizás esperando a quién fuera primero en reaccionar. Iba a atizarle un buen empellón cuando de repente escuché que de sus labios a duras penas salían palabras atropelladas, parecían ininteligibles, pero cuando afiné mis oídos escuché que me decía:

- Eh tú, si tú. Quizás puedas ayudarme... Verás, no pretendo robarte ni nada semejante. Sólo he acudido a ti pidiendo ayuda, puede que un desconocido sea más capaz de sacarme de este embrollo que yo mismo... Quizás, no sé... En fin, te diré que antaño yo era todo un hechicero. Manejaba la alquimía cual si fuera un arte culinario, conocía los secretos de la kabbalah, me leía todos los manuales de brujería que caían en mis manos y también era versado en torno a unos cuantos antiguos grimorios medievales. Mis poderes por entonces eran insuperables, podía invocar a mil demonios sin que temblase un ápice, los sometía a mis ordenes sin temor a daño alguno. Incluso me abismé en los secretos de la magia negra árabe, me inmiscuí en los cultos hindúes a la diosa Kali, o a aquel dios abandonado por los hebreos denominado Dagón, hasta participé de los rituales egipcios en aras de alcanzar la inmortalidad. Todo iba a pedir diente hasta que llegó a mí un antiguo libro que combinaba la magia negra con la roja, en principio no temía problema alguno puesto que todos los escollos los solventaba con hechizos protectores, beneficiándome de todos los resultados sin caer en prejuicios que minasen mi ánimo de mago. Sin embargo, aquel extraño legajo demoninado "Ars demon", con aquel título tan ambigüo y me atrevería a decir mal traducido, no suponía en principio un reto para mí. Así que me abismé en su lectura, y ejecuté todas sus invocaciones siguiendo las pautas en un arcano latín, y cuando quise darme cuenta, me percaté de que algo no iba del todo bien. Por primera vez en mucho tiempo supe que no todo iba tan bien como acostumbraba, aquel demonio llamado Asmodeo era mas poderoso de lo que creía, y sin darme rédito alguno en mi poderío mágico, se hizo con mi alma sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Aquel demonio me poseyó, y justo la fecha que corresponde a la anulación de mi individualidad a favor de su pleno control es hoy. Por favor, gentil hombre, ayudame...

Entonces, repentinamente, aquel mago al que no logré vislumbrar del todo bien debido a las sombras y a lo oscuro de su ropaje, se apartó de mí con temor, y comenzó a agitarse con un enfermizo frenesí. Sus manos como garras, se posaron con firmeza en su rostro, y comenzó a balancearse de un lado a otro con una agitación que podría considerarse sobrenatural a tenor de sus extraños movimientos. Se quedó en suspenso durante unos segundos, parado en seco como si hubiera visto algo a relativa distancia que le atemorizase, y acto seguido de sus labios se profirió un grito de animal herido, como si le estuvieran desgarrando las tripas. Y tal y como minutos antes estaba situado a relativa cercanía de mí, salió por patas como alma que lleva el diablo, alejándose en tanto que movía sus brazos a un lado y otro cual si una nube de mosquitos le persiguiese hasta los mil infiernos.

Obviamente, me quedé petrificado ante semejante escena. Pero poco después me puse en marcha, no tenía tiempo que perder y la parada se encontraba cerca. Subí por esta segunda calle en su dirección, y ya estaba al poco en el puerto, atisbando la señal roja de la marquesina, cuando un hombre que salía del campo asilvestrado de al rededor, salió de los arbustos que lo cercaban. Aquel hombre, sin duda, era todo un africano. Mas esto no era por lo oscuro de su piel, sino por su tremenda altura y sus fornidos miembros. A su lado, yo parecía una mota de polvo que hubiera sido desperdigada de algún envejecido mueble. Pero, a pesar de su aspecto curtido y sus músculosos miembros, aquel africano revelaba una mirada cargada de sensibilidad, sus ojos pardos eran sumamente vidriosos, como si conteniese sendas lágrimas que temían escapar de un momento a otro. Se me quedó mirando con cierta duda, como si no supiese si acercarse a mí o no. Quizás, como se percató de que me quedé parado en el sitio y me negaba a avanzar hasta que él realizase el primer movimiento, se acercó a mí y me dijo con cierto temblor en la voz debido a la emoción:

- Eh tú, amigo... Usted no me conoce, como yo a usted tampoco, pero como entre desconocidos ningún secreto es tal, quisiera relatarle algo que me acongoja. Verá, yo provengo de una pequeña aldea situada en Nigeria, desde mi mas tierna infancia mis padres me acostumbraron a observar la colonización como un mal menor que nos trajo algo tan grandioso como lo fue el cristianismo. En mi familia todos los miembros eran muy creyentes y hasta beatos, y pese a que vivieramos en la pobreza, quizás esta ingenua fe nos ayudaba a soportar mejor los empujes de nuestro desdichado destino. Según contaban mis abuelos, los colonos europeos eran sanguinarios, mas sus enviados espirituales eran mas sosegados, y aunque en los colegios que construyeron a veces les pegaban con barras de madera, les enseñaron las virtudes del Evangelio de Dios, haciendo nuestros dolores físicos nímios en comparación a los pesares de índole espiritual. Pero bueno, supongo que me estoy desviando del tema... El caso fue que una vez que los colonos partieron en apariencia mas no del todo en el plano real de la fe, nos dejaron abismados en nuestros propios azares, y entonces, en ese intervalo de noche oscura del alma, apareció un nuevo culto donde se seguía a los enviados de un tal Muhammad, los cuales compartían ciertas semejanzas con los seguidores de Cristo, mas al cabo nos confrontaron. Es decir, nos obligaron a tomar partido por uno u otro, y cuando estas agrupaciones estuvieron establecidas, hubo un enfrentamiento muy tenso entre ambas partes. Al comienzo, ambos bandos estaban bastante igualados, todo era vana palabrería teológica, pero no pasó mucho tiempo hasta que pasamos a las manos, y de las manos llegaron las armas, sobre todo en el nuevo culto que nos acometieron con frenesí a los que nos quedamos en el antiguo. Se produjeron las masacres mas sangrientas que uno pueda imaginarse, los cadáveres y su sangre coagulada adornaban las calles en un infernal festín, siendo los cuerpos de mi familia unos de tantos que esculpían su rastro nefasto por toda la aldea. Yo logré escapar ni recuerdo cómo con exactitud, y aunque al principio eché la culpa de esta masacre al nuevo culto, pronto me dí cuenta de que tanto el antiguo como el nuevo culto eran los culpables de nuestras desgracías. Si aquellos colonos no nos hubieran dado ese mensaje supuestamente consolador y paliativo de nuestra pobreza, el segundo culto no se hubiera cebado tanto con nosotros. O quizás sí, no lo sé... El caso fue que desde entonces, una vez que escapé de toda aquella locura, renuncié a Dios y a su mensaje que sólo produce confrontaciones entre los hombres, e indagué en las creencias originarías de mi pueblo, que aquí son conocidas como vudú a raíz de la revolución haitiana. Y aunque hubo un tiempo que tuve cierto sosiego del alma, desde hace poco me persigue una sombra siniestra que en ocasiones se identifica con mis familiares fallecidos... De hecho, incluso ahora mismo, creo sentirla acechandome a mis espaldas... En fin, debo irme inmediatamente.

Y sin darme tiempo a responder, aquel hombre tan alto, escapó de ahí a todo correr impulsado por sus firmes piernas que se asentaban en el suelo como dos inmensos postes. Me produjo cierto terror el final de su narración, y con alguna curiosidad me asomé en dirección a los arboles que nos circundaban por si lograba atisbar las sombras de las que hizo mención. Pero, aunque me conduje con precaución, mirando a un lado y a otro, no logré ver nada fuera de lo usual. Quizás, pensé, me había introducido en demasía en el relato de aquel hombre hasta el punto de que yo mismo me consideré uno de sus protagonistas, y eso hizo que sus palabras fueran suficiente testigos de la verdad.

Sin perder mas tiempo en estas naderías superticiosas, llegué finalmente a la parada, y me situé bajo la marquesina, cobijándome entre mis harapos y ropajes, y en esto una mujer muy anciana se situó justo a mi lado. Aquella mujer debía de contar mas años que matusalén porque había mas arrugas en su semblante que zonas despejadas, y a pesar de ello conservaba unos largos cabellos con escasas canas. Tenía una mirada escrutadora, cercada por una neblina azulenca que revelaba que quizás no pudiera ver del todo bien, y aún así, renunciaba a portar gafas quizás por terquedad. He de reconocer que su apostura me intimidó un poco, no parecía que quisiera entablar conversación alguna, mas para mi sorpresa, alejándose un tanto de la marquesina, me indicó que me acercara con un gesto, y yo, sin saber por qué ya que no tenía gana alguna de hablar con aquella bruja de antaño, me acerqué y presté atención a sus palabras:

- Verá joven, le he llamado para hacerle testigo de los pesares de una anciana olvidada por el mundo... Yo antes vivía como tú o cualquiera de las personas que poblan en este planeta, despreocupada en torno al porvenir y viviendo cada día como si estos fueran infinitos. Tengo familia, pero estos hace largos años que se olvidaron de mí, mas yo también de ellos en tanto que siempre he sido una persona muy solitaria. Me bastaba con tener mis entretenimientos entre siesta y siesta para sofocar el sopor de los pensamientos, deslizandome por la vida como una masa de arrugas que sólo se dá a deleites pasajeros. Pero un día, repentinamente, empecé a encontrarme muy mal, y yo que nunca he sido de médicos, no me quedó otra que acercarme a uno. Tras algún tiempo y muchas pruebas me comunicaron que tenía cáncer, y que me quedaba poco de vida debido a que este estaba muy avanzado. Y como soy ya muy mayor, me dijeron que ni se me pasara por la cabeza el operarme porque eso supondría mi tumba. Desde entonces, vivo en un desasosiego y en una melancolía que no me deja ni respirar con normalidad, cada día es un suplicio que me acerca mas a la muerte, e incluso mis instantes de relativa felicidad se convierten en sinsabores moribundos porque la muerte me acecha con su pútrido aliento que se huelca en mis dolores cancerígenos... ¿Qué diantres voy a hacer? ¿Cómo afrontar la llegada inminente de la parca con su guadaña?

Tras unos instantes en silencio, dudando qué responder, me decidí por decirla:

- No tiene de qué preocuparse, estoy seguro de que la muerte es un mero paso, un puente que nos conduce hacía algo mejor. Piense que ya ha vivido largos años, y que ahora ha de meditar en torno al más allá, que existe con seguridad y que nos ofrece una perspectiva halagüeña. De hecho, si por un casual yo pereciera antes, me comprometo a acompañarla por el oscuro túnel que conduce a la plena luz.

La anciana me miró con extrañeza, hizo una desagradable mueca que convirtió su rostro en un amasijo de arrugas, cual un saco abandonado que por el efecto de la parainoia produce la semejanza con un semblante, y aunque permaneció en la parada, se alejó de mí cruzada de brazos. Se desplazaba con lentitud pero con inéquivoca señal de descontento en tanto que negaba con la cabeza disgustada. La verdad es que desconozco qué pretendía que dijera aquella anciana, yo sólo le respondí lo mejor que pude y con entera sinceridad. De verdad pensaba lo que atestiguaban mis palabras, mas aquel inusituado desdén me abismó en cierto nihilismo al comprobar que no todos compartían mis certezas espirituales, y que sólo buscaban un vano consuelo, una atención a sus palabras en tanto que acallaba las mías.

Así que volví a mi puesto primigenio, meditando sobre estas cosas y tantas otras hasta que me fijé que un hombre con un carrito de bebé se posicionaba frente a mí. Aquella pobre criatura estaba claramente enferma, con tantos tubos y aparatos cercándola, pensé que probablemente no pudiera respirar con autonomía por algún tipo de fallo de nacimiento. Mas, fíjandome en la medida que aquel niño también me miraba a mí mismo con curiosidad, ví que también tenía ciertas malformaciones en sus miembros, a la par que ciertas cicatrices que se abrían y se cerraban en la medida que respiraba. Cuando levanté mi mirada en dirección al que parecía su padre, descubrí en los rasgos asiáticos que portaba, idénticos ojos rasgados en su hijo. No quise ser maleducado en mi insistencia de contemplarles con cierta estupefación, mas el hombre dándose cuenta de mis sentimientos tomó la palabra:

- Veo que le causa cierta curiosidad el estado de mi hijo. Pues bien, verá, ya nació así de deforme, aunque con el paso del tiempo, sus deformidades y peculiaridades anatómicas sólo hacen si no aumentar. Tan horrible fue haciendose con los años, que incluso mi mujer, aquella que le dió luz a este mundo, escapó de su presencia, abandonándonos tanto a él como a mí. La situación se hizo tan tremenda y horrible, que familiares, vecinos y amigos comenzaron a alejarse de nosotros, tanta repulsión les causaba la criatura. No me quedó otra que emigrar de Japón -nuestro país de origen- a estas tierras con la esperanza de pasar desapercibidos ante las deformidades físicas de mi hijo. Pero, sin embargo, aquello supuso una vana utopía, el pensar que aquí seríamos felices, pues basta comprobar tras el más mínimo paseo que todos nos miran al principio con curiosidad como usted, para luego mostrar un gesto de evidente repugnancia ante mi criatura...

Todavía seguía hablando aquel japonés, cuando dejé de prestar atención a sus palabras en la medida que veía que su hijo tenía las tripas completamente abiertas, y además de ello, comenzó a hurgarse en las mismas, estrayendo de los intestinos lo que parecían heces de gato. No pude evitar en ese momento que una arcada surgiera de mi propio estomago, subiendo por mi garganta y liberando un malestar irreprimible. Aquel hombre se percató de mi gesto, deteniendo en seco sus palabras, y desplazando su carrito a la esquina contraria donde se situaba la anciana ofendida. Me sentí bastante conmocionado observando el siguiente cuadro, una anciana con cáncer en la esquina siniestra, y un hombre con su hijo deforme en la diestra, en tanto que yo me encontraba en el centro, como un punto en suspenso entre ambos estados ¿Pudiera significar algo semejante analogía? ¿Una macabra metáfora?

Y entonces, parando en seco mis inconcruentes pensamientos, noté un temblor y el sonido de algo en la distancia. Me asomé desde la marquesina, y atestigüé por los faroles iluminados que el autobús por fin pasaba por nuestra parada, ya podría encaminarme a donde quiera que fuera en esta extraña madrugada pensé con una secreta esperanza en algo indeterminado. Ya estaba pasando por nuestro lado, con el interior completamente a oscuras y atestado de las sombras de sus inhóspitos pasajeros, cuando pasó de largo sin detenerse a recogernos. 

domingo, 17 de mayo de 2026

Entre la muerte y las sombras: El sendero de libertad particular del soldado-brujo

 

Ya se ha convertido en un tópico aquella aseveración que anuncia que la auténtica soledad se experimenta cuando uno está rodeado de gente. Desconozco que la hace más veráz, si es a fuerza de repetirse o si su contenido es tan certero que hay una suerte de comunión generalizada que viene a darle la razón. Mas lo cierto es que con el tiempo, aquella frase enunciada de miles de formas diferentes ha venido a convertirse en un leiv motiv, e incluso en algo que muchas personas podrían en su lápida. Además, esculpir algo como "me sentí mas solo cuando más estuve rodeado de gente" es una frase que en un cementerio cobraría un sentido cuasi-trascendental. Sin duda sería un buen epitafio ¿No piensa el lector lo mismo? Ahí, una piedra rodeada de tantas otras piedras, en donde bajo todas ellas se encuentra un cádaver descomponiéndose, cercado por madera carcomida, y sin embargo, rodeado de tantos congéneres que han llegado al mismo destino siguiendo caminos quizás diferentes. La muerte, sin duda, es el único críterio de igualdad que se hermana con la verdad en el que se puede creer a ciencia ciega sin que escape una sútil risilla mal disimulada de unos labios entreabiertos que poco tardarán en sellarse definitivamente por los siglos de los siglos.

Pues el soldado-brujo se hallaba en esos momentos en una soledad acompañada como hemos indicado mas arriba, no sabemos si en una especie de tumba, pero sí se sentía tremendamente solo aunque estuviera rodeado por sus semejantes, ignorantes de su presencia casi como si lo hicieran a próposito. En esos momentos se encontraba atravesando la ciudad principal del mundo onírico, cercado por tantas otras personas y criaturas veladas que pasaban por su lado como si tal cosa. Mientras él se encontraba ensimismado, metido a fondo en sus asuntos, como si sus piernas fueran por unos terrenos en tanto que sus pensamientos iban por otros, mas por ensalmo, levantó la mirada y dejó el derroterro de sus pensamientos para otro momento y se dió cuenta de esa incómoda verdad de la soledad en compañía. Al principio, al comprobarlo de una manera tan explicita se sintió algo turbado, pero a los pocos segundos la interiorizó como si fuera algo natural, un asunto tan cotidiano como el levantarse de la cama todos los días, reviviendo incesamentemente de una muerte momentánea.

Acto seguido, dobló por una calle que se bifurcaba y escapaba de la zona central, internándose en una calleja aledaña, y de ahí dió otro giro que le condujo a una zona bastante aislada a pesar de que algunos viandantes algo andrajosos pululaban por ahí. Después, agachándose un tanto, se internó en una trampilla y entró en uno de sus múltiples escondrijos. Aquel era un lugar secreto en el que el soldado-brujo se cobijaba de los desmanes del mundo, en el que detenía sus travesías para descansar aunque fuera durante un rato. Allí tenía algunos muebles dispersos entre sí, a penas escasas dos sillas, una mesa y sobre todo estanterías que se encontraban atestadas de libros. Sentándose en una de aquellas desgastadas sillas, alcanzó un volumen dedicado a la alquimía, y se puso al principio a hojearlo, y después a leerlo con toda seriedad, focalizando toda su atención en aquellas viejas letras impresas.

Ya estaba cayendo en un estado de conciencia alterada y abismada cuando de repente un hombre un tanto harapiento entró en su encondrijo como si tal cosa, y cuando aún no se había recuperado de su perplejidad, entró otro como si aquello fuera el pan de cada día. Tuvo un primer desconcierto que le hizo quedarse mirándolos con los ojos como platos, completamente mudo y sin entender lo que estaba pasando, incluso se aventuró a fabular con que aquello era un producto de su imaginación, o que había entrado en trance, en un sueño dentro de un sueño como ya había averiguado que se podía hacer en aventuras anteriores. Sin embargo, tras largos minutos, no pudo callarse e increpó a aquellos hombres, los cuales le respondieron tranquilamente que aquel era su refugio, que no sabían que pertenecía a otra persona y que si él lo requería se irían de ahí tal y como habían entrado. El soldado-brujo estuvo tentado precisamente en expulsarles, mas algo en su aspecto que connotaba que aquellos hombres eran mendigos le hizo desistir, y tras entablar breve conversación salió de ahí con parsimonia, ralentizando sus movimientos debido al precipitado flujo de sus pensamientos.


Una vez que se encontró de nuevo en el exterior, se halló frente a un panorama bastante diferente al que había cuando hubo entrado. Todo el mundo estaba corriendo a un lado y a otro mientras unos hombres que portaban unas alas artificiales les perseguían cual si fueran presas, algunos de ellos, con la ayuda de un aparato, expulsaban un gas que los hacía adormecerse para que fueran capturados con una mayor facilidad, en tanto que algunos pocos de ellos increpaban a sus compañeros para que se dieran mas prisa en esta tarea. El soldado-brujo, nuevamente perplejo, no tardó en salir por patas cuando cayó en la cuenta de que él mismo era una presa de aquellos hombres voladores. Incluso se atrevió a acometer a algunos de ellos con sus hechizos cuando pretendían atraparle, insultándoles directamente por su osadía. Ya parecía que iba a escapar de ahí cuando un grupo de unos ocho o nueve le rodearon, lanzándole ese gas extraño mientras el soldado-brujo se tambaleaba, esforzándose en vano por dispersarlos. Sin embargo, la cantidad del gas que le propiciaron fue tan tremendo que no tardó en hacer efecto, haciendo que el soldado-brujo cayese anestesiado en el sitio.

Cuando despertó con los miembros entumecidos y sintiéndose un tanto incómodo, se dió cuenta que se encontraba en una especie de almacén. Allí había tantas otras personas que como él habían sido atrapadas, pero que aún no habían despertado de su coma inducido. Estaban todos ellos cubiertos por unos paneles de plástico que les mantenían encerrados en unos capullos arficiales del mismo modo a como si fueran gusanos de seda. Aquello parecía bastante grande, mas el soldado-brujo se molestó en recorrerlo e inspeccionarlo al comienzo con cautela, y después, como si él fuera el amo del lugar, ya que los hombres uniformados que trabajaban ahí parecían ignorarle. Finalmente llegó a lo que parecía la sala principal, la cual estaba coronada por una amplia mesa y por unos individuos cuyas señales refulgentes de su indumentaria atestiguaban que eran quienes se encontraban al mando.

Nada más verle, le recibieron con los brazos abiertos y uno de ellos que decía llamarse Hilel, se presentó como el líder de aquella hazaña. Le estrechó la mano con respeto y le indicó que se habían confundido, que en modo alguno querían atraparle a él conociendo quién era y habiendo oído algunas de sus curiosas aventuras. Esto hizo que el soldado-brujo relajase sus crispados miembros y se sentase en una de las sillas que le ofrecieron, después de lo cual se inició un parlamento para decidir qué debían hacer con él, y ya de paso le informaron de que la parte sudoeste del mundo onírico estaba viviendo una hecatombe. Por lo visto allí se había desatado una plaga de no-muertos que estaban aterrorizando a la población, y que aunque al principio la situación estaba mas o menos controlada en tanto que estaba focalizada en una serie de lugares estrategicos, esta finalmente se había descontrolado, ocasionando que toda aquella se convirtiese en un pequeño apocalipsis, que temían que se extendiera por todo el mundo onírico. Después de tal perorata le preguntaron al soldado-brujo si gustaría de intervenir, y como este no veía que tuviera algo mejor que hacer, finalmente accedió dando su consentimiento de que le llevasen hasta ahí.

Y así lo hicieron, con la ayuda de un areoplano un tanto rudimentario, le lanzaron como si tal cosa desde las alturas, mas como el soldado-brujo comprendía un poco de suspensión y de levitación, fue descendiendo poco a poco cual si fuera una pluma que proviniese del cielo. En cuanto se encontró de lleno en el panorama -aunque un tanto escondido en una elevación montañosa- le sorprendió la extraña tesitura del lugar. Sin duda, los no-muertos se encontraban desatados, aquellos seres zombificados y de aspecto grotesco, iban de un lado a otro atemorizando y masacrando a los seres humanos, aquella zona que recibía el nombre de Tushah, aún siendo desde siempre una parte en la que siempre se habían encontrado los más extraños incidentes y disturbios, jamás había presentado un aspecto tan deplorable. Todavía estaba escrutando el lugar para plantear un plan de acción y decidir de qué modo intevendría cuando a sus espaldas le acechaban una horda de no-muertos, que en cuanto él se percató de su presencia, se abalanzaron sobre su persona como si no hubiera un mañana.

Mas, a pesar de este ataque sorpresa, el soldado-brujo logró acometerlos con su espada cargada de negrura, y aunque logró dispersarlos en diferentes direcciones, el escándalo que ocasionó hizo que otros tantos no-muertos acudieran a la zona en cuestión. Al final había tantos de ellos que le era casi imposible el hacerle frente a todos, lo que hizo que desarrollara una estrategia de distracción en la que jugaba con las sombras para lograr escaparse por alguno de los ángulos que estos dejasen despejados. Y así lo hizo, elevándose un tanto, logró escapar de ahí pies en polvorosa. Pero, en cuanto desde zonas más seguras escrutaba el lugar, cayó en la cuenta de que era imposible salir ileso de aquel lugar, ya que todo se encontraba atestado de no-muertos y de escasos humanos que corrían despavoridos de ellos sin conseguirlo. Así, pues, en un intrépido impulso suicida que le acudió a la mente en esos momentos, se lanzó al epicentro del conflicto para vender cara su vida, si algo así podría decirse de un inmortal.

Pero en cuanto creía que había llegado al lugar que su mente había visualizado, un telón negro le cubrió y le condujo a la inconsciencia. No recordaba qué había ocurrido, mas cuando fue entornando sus párpados cansados, recuperando la tenue imagen que tenía frente así, se encontraba apilado en una especie de almacén cercado por unas cortinas tensadas. Aunque le costó un esfuerzo tremendo, terminó finalmente por erguirse, por levantarse e inspeccionar el lugar, percátandose que se encontraba encerrado y rodeado por una buena cantidad de no-muertos y de humanos que estaban como medio adormilados, como él mismo había estado antes. Inspeccionando el lugar, y preguntando a algunos de ellos, supo que se encontraba en una zona aislada de Tushah, y que ese había sido el modo con el que habían contenido la invasión de los no-muertos los humanos. Al enterarse de esto, el soldado-brujo quiso tomar cartas en el asunto, pero nadie le tomaba lo suficientemente en serio, pese a que advertían valentía y arrojo en el mismo, desconocían su historia, y por tanto era un anónimo más entre aquellas gentes.

Ya evidentemente iracundo, se desplazó con premura en dirección a la puerta principal, y una vez allí comenzó a aporrear la puerta con frenesí, lo que provocó que una serie de agentes acudieran a sus llamadas para sofocarle. Sus amenazas no duraron mucho, pues en cuanto salieron el soldado-brujo les cercenó sus gargantas con una cuchilla surgida de las sombras, lo que provocó que acudieran un número mayor de aquellos agentes frente a la perpleja mirada de sus congéneres encerrados ahí, tanto no-muertos como humanos no sabían cómo interpretar aquello que tenían ante los ojos.

En medio de la refriega, los agentes de repente se detuvieron, les rodearon a todos en forma de cerco, y de la puerta principal bajó un hombre bastante alto que al principio por el fulgor que provenía del exterior no pudo ser identificado, mas en cuanto se posicionó frente al soldado-brujo pudo ser reconocido por el mismo como Hilel, aquel mismo hombre que anteriormente le había atrapado supuestamente por error. No cruzaron muchas palabras, porque en cuanto este alcanzó al soldado-brujo le atravesó con una espada bastante fornida que le entró por la zona del estomago y que le salió por la espalda. Aquella violencia gratuita dejó en suspenso a todos, era tan inmenso el silencio que aquella escena provocó que se quedó como congelada en sus mentes, atrapada en una instántanea que pugnaba por avanzar sin conseguirlo. Pero, de repente, algo rompió aquel silencio semi-sagrado, y aquello fue la risotada que salió de los labios del soldado-brujo ¿Era aquello una broma macabra? ¿O una pesadilla humorística? Quizás se preguntaron algunos de los presentes, parpadeando y pasando sus manos por sus sudorosos rostros.

Pero, instantes después, en cuanto la risa del soldado-brujó fue aflojando paulatinamente, le dijó a Hilel en un susurro bien audible: "Tú no puedes matarme, imbécil. Ni tú que eres un mentecato como otros tantos que creen que pueden derrotarme, ni siquiera el Rey de las Sombras que habita la bruma inhóspita más allá de los limites del mundo onírico podría contenerme." Y nada mas decir esto, de la inmensa espada que aún tenía clavada y atravesada, una negrura absoluta fue recorriendo sus filamentos hasta traspasar el arma, y de ahí penetrar en el brazo de Hilel que aún la agarraba, en cuanto esta sombría negrura le rozó, fue pudriéndose paulatinamente hasta que su misma persona se metamorfoseó en unas sutiles cenizas que fueron barridas por un viento ausente. En tanto que el soldado-brujo, fundiéndo y quebrando la espada que todavía tenía clavada se fue recomponiendo, y una vez que se serenó y la risa que todavía asomaba en sus labios se calmó, se dirigió a todos los presentes del siguiente talante:

- Hay hombres, que desde luego, sienten una insana obsesión por aprisionar a sus semejantes y a los que no lo son tanto, bajo las más inhóspitas razones. Algunos lo llaman seguridad ciudadana, otros más osados incluso lo clasifican de verdad universal, y algún que otro ingenuo de parlamento lo denomina un mensaje revelado que ha bajado del cielo. Pero que no os engañen, todas aquellas aseveraciones no son más que viles mentiras. Lo que pretenden hacer con vosotros cuando os cercan, cuando os imponen limites, cuando con el pretexto de un fingido derecho os encierran en cuevas de la ignorancia, es privaros de la libertad, lo cual es el ideal más importante al que podemos dar cabida, un sueño que siempre tenemos que buscar realizar. Así pues, yo os digo, que se abran las puertas de la mente, que se alcen todos los telones que nos imponen cuales velos de la superstición, y que cada uno encuentre su propia libertad siguiendo la senda que crea propicia.

Y nada mas decir esto, el soldado-brujo derribó los muros que tenían ante ellos, no sólo de forma metáforica, sino explicita y directa, liderando aún sin quererlo una rebelión que se extendió en el tiempo durante unos meses. Por un tiempo, una vez que esta inesperada rebelión pareció florecer y fortificarse, quedó la impresión de que reinó la paz entre humanos y no-muertos, mas al poco la situación volvió a descontrolarse, haciendo que estos volvieran a pugnar entre sí para alcanzar la supremacía de aquellos dominios. Mas, no obstante, el soldado-brujo que fue venerado por unos y por otros por su valentía y liderazgo, prefirió partir al margen de esta refriega, y como él mismo mencionó en su breve discurso, encontrar su propia senda y su propia libertad.

De nuevo, ajeno y lejano a todo lo antecedemente narrado, el soldado-brujo volvió a encontrarse en la misma tesitura que al principio de toda esta aventura, en completa soledad aún estando rodeado de millares de personas. Con la cabeza un tanto ladeada, e incluso gacha si se le observaba desde una prudente distancia, reía para sus adentros. Aún con la melancolía y la nostálgia con la que suele ser asociada la soledad se encontraba tremendamente feliz, no podría reprimir una sonrisa que le pululaba por el semblante, y que no tardó en florecer como rosa de mayo. Y pese a que unas incomodas lágrimas desfilaban por sus mejillas, las cuales no eran de otra cosa que no fueran de felicidad, alzó su rostro en dirección al cielo que aunque por ahora despejado anunciaba la llegada de la tormenta en una suerte de negras nubes dispersas, y no pudo evitar sentirse dichoso a la par que afortunado por el mero hecho de participar de la existencia, como también por haber luchado y conseguido una solitaria libertad como premio tras tantas refriegas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El ermitaño

 En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.

Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.

Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.

Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.

Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.

Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.

Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.

En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.

A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.


Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.

Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna  a sí mismo y su pecaminosa condición.

Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.

Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.