Muchas veces he pensado que si observaramos la existencia humana -ya sea particular o general- comprobaríamos que todo se trata de un malentendido que viene a ser bastante absurdo. En realidad, el tópico aquel de "Nada tiene sentido" no es producto de la ignorancia humana que cae en el nihilismo al ser desconocedora de verdades trascendentales y divinas, sino mas bien una verdad universal que se nos revelaría como tal si vieramos el conjunto de la existencia desde una posición elevada. Es decir, si el Creador del Universo nos prestase su esplendoroso trono durante unos escasos minutos, comprobaríamos que efectivamente nada tiene sentido, y que nuestros desdichados avatares y nuestras pequeñas tragedias cotidianas son absurdas como el sueño de un loco. Al final lo que tenemos por tragedia se convertiría en una comedia, las lágrimas lo serían de risa hilirante y no de vana tristeza, nuestros aplausos ya no sonarían ecos y solitarios, sino acompañados por la conmoción alegre de todo un auditorio repleto de payasos enmascarados.
Así pues, quisiera narraros una de esas historias que le llegan a uno en sueños, una de esas historias que si bien para los que la vivieron en el mundo onírico supuso un duro golpe en todos los sentidos, mientras que para los lectores u oyentes de la mismas se convierten en una suerte de tragicomedia, muy en semejanza a esas representaciones de las miserias humanas con toque cómico que se hicieron en la decadencia de la cultura helénica. Nos reímos al comprobar lo absurdo de todos los acontecimientos vividos y soñados, pero esto es así porque estamos rodeados por el coro de los ángeles allá en las alturas siderales, probablemente si descendieramos a tierra y nos vieramos afectados por las mismas, diríamos que se trata de lo peor que nos ha pasado. Por eso, y al margen de la siguiente historia, siempre recomendaría que todo lo que se viva en esta existencia que al cabo es un sueño, se contemple desde la lejanía como algo que en verdad no nos afecta tanto, como un espectador y no tanto como un actor que se mete tanto en el papel que acaba muriendo en el último acto.
Todo esto ocurrió según me han contado en una aldea muy lejana del mundo urbano que recibía el nombre por entonces de Solano, allí sus habitantes no estaban acostumbrados a que ocurriese nada relevante, y si ocurría, pocos se enteraban porque aunque vivían dentro del ámbito rural, ahí vivía cada uno tan ensimismado en su propio sueño que nadie se enteraba de los problemas ajenos, a pesar de ser un pueblo digamos que sus habitantes vivían como si sus hogares fueran edificios distantes. Aquel lugar comprendía un territorio muy escaso, rodeado todo el por campos abandonados y desérticos, malas hierbas y cultivos echados a perder debido al calor que los asolaba, a excepción de en invierno donde el frío era tan estremecedor que ni la hoja mas noble se atrevía en asomarse para evitar ser congelada. Sin embargo, a pesar de esa soledad y desamparo, había algunos pocos habitantes que tomaron contacto entre sí, creando amistades y enemistades que serían eternas si me molestase en narrarlas todas, así que me voy a centrar en aquella que dió pie a esta historia.
Dentro de los escasos habitantes y sus estrechas relaciones rústicas, hubo dos niños que desde el colegio ya congeniaron como dos gotas de agua que se encontrasen en medio de un aguacero, y aún proveniendo ambos de estratos sociales bastante distantes entablaron amistad entre sí. Uno de ellos se llamaba Tartán, provenía de una madre africana y de un padre europeo cuyo estado de míseria era envidiado por los mendigos de las ciudades centrales que piden su limosna a la salida de los centro comerciales, el otro era conocido por Riffel, y a diferencia de su compañero, siempre había vivido en la opulencia, ya que se rumoreaba que ambos progenitores eran de sangre tintada en azul debido a los desordenes políticos y ansía de poder de sus antepasados. Mas, estos asuntos tan mundanos no interesaban a aquellos niños, estaban metidos en sus mundos de juegos -los verdaderamente auténticos para ser sincero- y aunque sus padres observaban con recelo la creciente amistad, dejaron libertad absoluta a sus hijos para que decidieran con quienes debían compartir su existencia.
Como todos, estos niños se fueron haciendo mayores, pasaron su adolescencia y los devaneos que acompañan a la misma en una profunda camadería, y fueron reforzando su amistad en la medida que iban transcurriendo los años. Llegó un punto que su amistad fue tan prolífica y venerada por quienes la observaban que fueron considerados inseparables por todos los que la veían y la conocían, y nadie -al menos de su circulo cercano- se atrevería a negar que jamás habían conocido a dos jovenes que aún siendo tan dispares por su procedencia, fueran tan semejantes en afectos y en lealdad, estando dispuestos incluso a arriesgar su vida por el otro si la ocasión se terciaba.
No obstante, al igual que siempre ocurre con los desmanes de los hombres, que aquella profunda amistad se torció por una tontería, absurda en sí misma y de consecuencias hilirantes para un observador desapasionado. Verán, Riffel como vivía en la opulencia y en la carencia de necesidades, construyó en el sótano de su casa una zona de juegos bastante amplia, toda ella plagada de pequeñas casas y plataformas que se desplazaban, y lo que al principió comenzo como un rincón de sofisticada fantasía terminó siendo una ciudad de leyendas, a la que obviamente acudía en compañía de su inseparable Tartán, el cual compartía ese sueño en un estadío de protagonismo equiparable al de Riffel. Sin embargo, una vez que estaban enzarzados en la mejora de aquel sub-mundo de fantasía, tuvieron una pequeña disputa por una nadería, lo que provocó que Riffel llevase el asunto a las manos, dando un pequeño empujón a su querido amigo, con tan mala suerte que este cayó inconsciente víctima al parecer de alguna contusión de índole cerebral. Al ver el resultado de su ira, Riffel intentó reanimar a su amigo de todas las maneras posibles, pero todo fue en vano. A juzgar por todas las apariencias, Tartán había muerto.
Y en vez de actuar como haría alguien consecuente, Riffel por temor a ser acusado de asesino o como menos de homicida involuntario, decidió ocultar el cuerpo de su amigo en un baúl. Obviamente la desaparición de Tartán provocó las sospechas y la desesperación de algunos habitantes, especialmente de su familia, hasta el punto que el abuelo materno de este decidió investigar por su parte lo que había ocurrido con su nieto. Tan buen detective fue que terminó hallando el cádaver impoluto de Tartán, justo cuando Riffel estaba custodiando el sótano para evitar que nadie hiciera justamente ese hallazgo. Y en cuanto vió los ojos costernados y las millares de arrugas constreñidas del perplejo anciano, Riffel no tuvo otra reacción que no fuera la de empujarle, con tan mala suerte que acabó inconsciente de la misma forma a cómo lo había sido Tartán, quedando su cuerpo falleciente al lado del de su nieto cual si ambos hubieran decidido darse una pequeña siestecita.
Ahora la desesperación de Riffel aumentó tanto, al considerar su doble homicidio, siendo este último más a próposito que el primero, que aún con temor de caer bajo sospecha, decidió ocultar ambos cuerpos del mismo modo a como lo había hecho con el antecedente. En los primeros días, extrañandose de que la descomposición de los mismos no fueran patentes, acudió al sótano mágico para observar si seguían ahí tal y como los había dejado. Y ahí estaban, completamente incorruptos, cual si sus muertes hubieran ocurrido escasos minutos antes a pesar de que ya habían transcurrido incluso semanas. Incluso, al palparlos, estos no presentaban la gélidez rígida de la mayoría de los cádaveres, sino que mostraban un calor escondido como si estos aún siguieran con vida. Riffel, evidentemente perplejo, pasaba largas horas ahí, contemplándolos por si aún quedaban un hálito vital en ellos, pero en vano, pues estos no se movían en modo alguno, su respiración era inexistente, su aliento una ausencia y sus latidos ya recuerdos.
Con el tiempo, Riffel fue olvidándose de los dos cádaveres eternos que tenía en el sótano de las fantasías de su infancia, hasta tal punto que llegó un momento que hasta olvidó que había matado por accidente a dos personas. Hasta cuando le recordaban la desaparición de su amigo y posteriormente la del abuelo de este, realmente creía que estos habían desaparecido en vez de haber sido asesinados por el placaje de sus brazos. Será verdad aquello de que los mentirosos compulsivos terminan creyéndose sus propias mentiras, o quizás en las noches solitarias de insominio aquella verdad emergía de su corazón... Esto no podemos saberlo, no somos capaces de atisbar aquella verdad que palpita en nosotros y que sale mediante instrospección, mas lo que si sabemos es que en apariencia Riffel vivió su vida con normalidad, como si tal cosa. Incluso podríamos decir que las cosas le fueron bastante bien, a pesar de ser un homicida involuntario, terminó entrando en el cuerpo de policias, accediendo a un buen puesto y enriqueciéndose a costa de los crimenes ajenos en vez de profundizar en los propios. Todo iba a pedir boca, colmado de bienes materiales y satisfecho en la aparencialidad del éxito de una figura vacua e inexistente centrada en la aprobación de unos cuantos patanes.
Sin embargo, un día, acortándose repentinamente de los crimenes cometidos años atrás, decidió bajar al sótano esperando encontrarse dos momias consumidas por el polvo y ancestrales gusanos, llevándose la sorpresa de que se encontraban de manera idéntica a como los había dejado pasados tantos años. Aquello le sorprendió en grado sumo, pero mucho mas le sorprendió que cuando apoyó su mano en el costado de su viejo amigo supuestamente fallecido, este se levantó como si tal cosa, y abriendo los ojos le miró con una acusación furibunda, retornando así el rencor de tantos años, y sin decir ni una palabra, salió de ahí como un tiro de escopeta. Al principio, Riffel no supo ni qué decir, subió las escaleras al primer piso completamente inmutable, creyendo que aquello era un sueño de un sueño, y dejó que transcurriera su día evitando insistir en sus propios pensamientos.
Días después, sin lograr evitar que la curiosidad le aguijonase la sesera, bajó de nuevo al sotáno para comprobar si lo que había vivido era una endiablada pesadilla o un producto de su torcida imaginación, comprobando efectivamente que estaba equivocado, aquello había ocurrido realmente, no era un vano delirio. Y para recibir una doble confirmación de aquella locura, justamente en su espalda y a través de las sombras polvorientas que circundaban el sótano, notó el tacto de una mano inmensa en su hombro, y en cuanto se dió la vuelta para comprobar de qué se trataba, vió el rostro de un anciano que recientemente hubiera salido del sepulcro de la inconsciencia. Es decir, el abuelo de su viejo amigo se había levantado, y con una extraña mueca de consternación que poco a poco fue evolucionando en una sonrisa macabra, le advirtió alargando su arrugado dedo índice que sus días estaban contados. Y nada mas acabar de decir esto, se sumió en las sombras, desvaneciéndose como llamado por las tenebrosas regiones abismales.
Riffel pasó largos días que se convirtieron en semanas y estas en meses meditando lo que había pasado, dando por sentado al tiempo que aquello tan sólo era una siniestra fantasía que el exceso de trabajo le había provocado. No obstante, a tanto llegó su desconcierto que empezó a pensar que jamás existió un mejor amigo llamado Tartán ni su abuelo, y por tanto, jamás existió un crimen, que aquello era una ensoñación, y si los demás le recordaban su pasado compartido, fabulaba con que aquello era una broma macabra que todos decidieron hacerle, que finalmente aceptaron como por consenso. Se engañaba a sí mismo con estas fabulaciones de la consciencia arrepentida, evitaba así meter el dedo en la llaga, no quería amargarse la vida por acontecimientos que percibía difusos en la distancia, y aunque no siempre lo conseguía del todo, al menos recibía una suerte de consuelo a medias que lograba paliar con su adicción al trabajo y la bebida, las verdaderas drogas que poblan el mundo civilizado.
Todo hubiera terminado aquí si no hubiera sido porque en un diciembre muy nevado y gélido algunos habitantes de Solano encontraron un cádaver aplastado y descompuesto en millares de trozos justamente en medio de la plaza pública de la aldea. Investigaciones posteriores descubrieron que este se había lanzado desde la alta cúpula de la Iglesia principal del pueblo, en un presunto suicido que no todos llegaron a creerse, ya que lo identificaron como Riffel, aquel comisario tan éxitoso y envidiado por todos ¿Quién querría quitarse la vida teniendo una existencia ya solucionada y exenta de problemas? Quizás se preguntaran la mayoría. Yo no sabría apuntar qué había pasado en realidad, ni aún teniendo los antecedentes de tan oscura historia, mas lo que sí sé teniendo en cuenta lo destrozado que estaba el cadáver que este no volverá a la vida como lo hizo Tartán y su abuelo, y si llegare el caso de que así fuera para ejercutar una venganza que se repetiría por los siglos de los siglos en un flujo incesante y sin fin, no lo quiera la divididad que fuera, puesto que tenía el rostro y los miembros tan magullados que sería repugnante ver a una cosa así levantarse después de su desdichada muerte.