Los azares del destino son capaces de provocar las más nefastas consecuencias, sobre todo para los espíritus más sutiles, los cuales quizás debido a su sensibilidad y a su profundidad de ententimiento, suelen ahondar con mayor insistencia en el dolor, sondean las profundidades abismales con inusitado frenesí hasta tal punto que acaban cercados por los barrotes de la melancolía. Los superficiales, en cambio, suelen vivir sin pena ni gloria aún en los sufrimientos más profundos, la herida les queda corto espacio de tiempo, ya que enseguida se entretienen con cualesquiera bagatela, y por tanto, al poco se olvidan. A diferencia de los personajes más profundos, que analizan y sobreanalizan el más mínimo roce, se centran tanto en la costra de su dolor, que arrancándosela una y otra vez de cara a examinar hasta que punto son capaces de ir más allá del umbral de su propio dolor, descubriendo así que este es infinito y que este jamás llega a recuperarse, al menos del todo.
El soldado-brujo era una de esas personas, las cuales por su largo alcance intelectivo y por el perspectivismo que sometía sus sentimientos, era capaz de insistir en el sufrimiento en una especie de deleite sadomasoquista que en un comienzo le placía, pero que con el transcurso del tiempo se le hacía insoportable. Cuando sufría debido a cualesquiera sobresalto que le deparase el sordo hado del sino -ya que nunca escucha nuestras súplicas- se quedaba en eterna quietud, en una especie de silencio incómodo al que se sometía el mismo de cara a averiguar cuanto era capaz de sufrir sin pegar un alto grito o llevarse las manos a la cabeza. En tales ocasiones se quedaba ensimismado, contemplándose los talones o el objeto que percibiera mas cercano, así en babía se plantaba con la vista en blanco, lo que le daba un aire de estupidez a sus semejantes, que sin embargo era más bien el indicativo de un intelecto elevado, de la introspección de un demoníaco santo de la Edad Media o del Renacimiento.
Tras el terrófico suceso acaecido en la Aldea de los Muertos, hubo de enfrentarse a un mal geneálogico que superó todas sus fuerzas. Pudo derrotarlo, eso era cierto mas a costa de un enflaquecimiento tremendo de su energía vital, que le dejó exhausto y debilitado. Si en aquel momento una hoja azotada por el viento se hubiera posado en su camino, es muy probable que esta le hubiera arrastrado a los infiernos, llevándole hasta el trono del Maligno, e incluso provocando la compasión del mismo debido a su flaqueza. Antes de aquello se sentía poderoso, alentado por las futuras perspectivas que podría llevar a la eternidad de los tiempos sin fin, pero en aquellos momentos todo eran suspiros y rechinar de dientes. Era cierto, había vencido a un enemigo poderoso con el impetú de su mente, mas en cierto sentido el también había pérdido algo: las fuerzas suficientes para seguir luchando, quizá.
Así que, sobrevolando el mundo onírico con parsimonia, dejándose acunar por la tenue ráfaga de la brisa verpertina, se desplazó hasta su hogar y allí se quedó encerrado durante largo tiempo, como siempre ocurría tras sus crisis mágicas. Sin embargo, poco tiempo tuvo de paz en su honda meditación de cara a recuperarse, porque ya anochecía en una tarde invernal cuando escuchó de soslayo algunos ruidos en su jardín. Por un momento dudó si era conveniente si quiera asomarse debido a su vulnerabilidad, pero al final su curiosidad le hizo mirar más allá de sus ventanales, descubriendo así que su propio jardín estaba siendo asediado por una serie de extraños individuos embozados en capas y en túnicas negras. Decidió esperar por si estos se iban en algún momento al comprobar que allí todo era negrura y desolación, tal como era el estado de su alma. Mas al parecer insistieron, y allí siguieron.
Finalmente decidió acudir al exterior e interceptarlos, descubriendo que aquellos individuos pertenecían a una secta secreta de ignoto nombre. Con la escasa energía que le quedaba para lanzar sus umbríos hechizos, decidió echar mano de su oscura espada, dispersando a algunos de ellos, matando a otros cuantos por el camino, hasta que uno de aquellos individuos levantó su mano siniestra en busca de momentánea paz. Así se entero que aquellos hombres embozados en la bruma de la noche eran supuestos seguidores suyos, que se había creado en el mundo onírico una especie de culto hacía el soldado-brujo. No pudo evitar reírse, le resultaba tan paradójico como paródico que se hubiera creado un nuevo culto en función a su persona, él precisamente que había desafiado a todos los cultos presentes en este mundo. Sin quererlo, él mismo se había convertido en mesías, en profeta, e incluso en dios, sin intención alguna y sin dirigir nada de aquel movimiento.
Aquellas gentes no le iban a dejar tranquilo, así que optó por dejarles como guardianes de su hogar principal, y decidió marcharle lejos de ahí en busca de paz. Les indicó, usando de la retórica como si fuera un hechizo más, que debía ampliar su focalización interior de cara a imponerse como el principal referente del mundo onírico, y que para ello debía realizar un viaje de auto-descubrimiento, en el que regresar con sus potencias vitales al máximo, o incluso todavía más allá de su capacidades normales. Aquellos hombres parecieron entenderlo, cabecearon rindiéndole pleitesía, se arrodillaron alzando las manos con idolatría. Particularmente ese gesto le desagradó, mucho le costó reprimir una hueca de nauseabundo rechazo, mas en ese momento la presencia de aquellos individuos le era necesaria de cara a proteger su hogar, así que asintió con elegancia y se marchó.
Partió hacía las tierras norteñas del mundo onírico, allí donde las costas eran desoladas y los mares gélidos, donde extrañas y calladas gentes pululan por aquí y por allá sin emitir sonido alguno, pero lo más importante era que aquel lugar no le era desconocido al soldado-brujo. Hacía largos años que no lo visitaba, mas en el pasado había sido relativamente feliz ahí, sintiéndo un frío arrullador que todo le carcomía, pero que sin embargo, en su sufrimiento le otorgaba la vitalidad necesaria para afrontar cualesquiera problemas que le vinieran al paso. Pensó, que después de todo, alimentarse de ese aire de nostálgia, recordar aquello que latía en su memoria sin aflorar del todo, le sería beneficioso dada su situación, así que allí se encaminó flotando como una mota de polén llevada por las congeladas manos del aliento de una diosa muerta. En su camino sobrevolando pensó muchas cosas, recordó aquello que el tiempo dejó sepultado en su interior, se le resbalaron algunas lagrimillas en tanto que tomaba para así aquello que creía olvidado, y cuando quiso darse cuenta, ya había llegado.
Una vez allí, se dirigió directamente al mar. Recorrió la playa desolada de sus juveniles recuerdos con parsimonia, deslizando sus manos entre las finas arenas, provocando burbujas con sus dedos aposentados en el agua marina, danzando por el suelo cual si estuviera acariciando a una extasiada mujer, y después, haciendo uso tanto de pies como de manos, ascendió por unas negras rocas hasta la cúspide de las mismas. Y allí se quedó sentado, en posición meditativa, cerraba los ojos para escuchar los suspiros y los murmullos del mar, ese desconocido lenguaje del constante fluir y retrotraerse de las olas, y retornaba a abrirlos para contemplar aquella infinitud exultante, aquel ignoto reino que transcurre en dirección al horizonte. Ni él mismo supo cuanto tiempo permaneció ahí, en esa misma postura, creyó advertir cómo día y noche se intercaban, cómo el pálido sol tomaba momentáneamente el mandato de la zona, y como la luna, siempre volvía para indicar que el eje de la creación era de naturaleza femenina. Se abismó en aquellos pensamientos, en esos sentires, de los cuales todo lenguaje resulta baldío, y toda descripción, mera utopía.
Uno de aquellos días, sin embargo, dirigió su mirada a la orilla, descubriendo que una mujer estaba dándose un chapuzón mañanero en aquellas frías aguas, pero cuando se fijó con mayor atención, cayó en la cuenta de que aquella mujer no era una cualquiera. Se trataba de una Uhjier, y lo atestiguaba el tiburón disecado que portaba con ella, atado con unas fuertes cuerdas que le recorrían la cintura. Las Uhjier eran algo así como mujeres sagradas que eran capaces de ver más allá de todo sentido de la óptica, es decir podían ver la eternidad como un velo que se alza para mirar lo que este ocultaba. Sin pensarselo dos veces, bajó hasta ella, y saludándola con una inclinación de respeto, le pidió consejo por su situación, y como no tenía dinero ni objetos que aportarle, le prometió que yacería con ella a cambio de su profecía. Esta se la dió, e instantes después, él le otorgó lo prometido.
Antes y después de aquel regalo incondicional de intercambio corporal, ella le indicó que en aquel reino su rey estaba a punto de morir, y que por lo que parecía, su hijo primogénico le iba a suceder. Hasta aquí esto tenía todo el sentido del mundo, pero agregó un tercer componente que le dió a la trama algo digno de interés. Por lo visto, su oscuro tío ansiaba el trono mucho mas que su sobrino, y a pesar de habérselo comunicado, este seguía emperrado en completar los designios imperiales. Al soldado-brujo le placían las personas con intenciones oscuras, así que tomó la información de la profetisa como un mensaje que lejos de ser una mera anécdota histórica dentro del presente, le permitía una pronta intervención, una pequeña aventura que le daría las fuerzas necesarias para proseguir sus andanzas por el mundo onírico.
Tras recibir esta valiosa información, se despidió de la mujer, y se dirigió seguidamente al epicentro de la zona. De repente se sentía ávido de impresiones intensas, demasiado tiempo lo había dedicado a la contemplación, ya era hora de la actuación. Así que una vez que hubo llegado al castillo principal, sobrevolando una de sus torres dió con la cámara del tío, internándose en la misma. Allí vió a un anciano ajado y desengañado con la vida, tenía unas ojeras violáceas y un gesto hosco que no pudo reprimir ni aún con la sorpresa de ver a invitado tan repentino. El soldado-brujo no tardó en anunciarse como su salvaguarda, le indicó que le iba a otorgar el mandato de aquel reino si a cambio él le favorecía con un control sobre el mismo. Y aunque el anciado demacrado dudó al comienzo con un gesto desagradable a la par que pensamiento, terminó por ceder condescendiente al saber que aquella era su única forma de hacerse con el trono. Le dió su permiso y sellaron su pacto con sangre.
A la mañana siguiente se celebraron las excequias imperiales, y pese a que el rey enfermizo aún seguía vivo, se anunciaría la coronación de su amado primogénito ante los ojos del admirado padre. Todo transcurrió con normalidad, hasta que repentinamente descendió del cielo el soldado-brujo alzando sus brazos con la solemnidad de un águila imperial, todo un simbolismo en aquellos momentos. Al principio todos pensaron que aquello formaba parte de la ceremonia, pero cuando dirigieron sus exaltados ojos al rey, y comprobaron su misma mueca de asombro, no pudieron hacer otra cosa que no fuera asustarse. Y cuando aún estaban intentando comprender la situación, el soldado-brujo haciendo mimíca con sus movimientos, se plantó ante el heredero y le sajó la cabeza de un tajo, provocando un aluvión de sangre que produjó el desquicio y el desequilibrio de todos los presentes. Repentinamente ya no había heredero al que rendir pletesía, y cuando los guardianes preguntaron por el resto de hermanos, se enteraron que todos habían amanecido muertos, sus carnes trituradas pegadas a las sábanas como en un sueño del que jamás lograrían despertarse.
Y entonces, el rey desquiciado, a nada de darle un infarto, indicó a toda su guardia que acabasen con aquel hombre. Mas poco pudieron hacer, ya que sobrevolando el soldado-brujo logró sortearlos sin problema, desquitándose con un gesto despreciativo a todos aquellos que se atrevieran imponerse en su camino. Viendo que al rey le quedaba poca vida, y mas con aquel sobresalto, se dirigió hacía las montañas nevadas, pero ya estaba en mitad del camino cuando un hechicero de puntiagudos pelos en desordén le salió al paso. Y allí mismo, con suma rápidez, le sostuvo del cráneo, indicándole con unas cavernosas palabras que su destino era permanecer para la eternidad en El mundo Rojo. No sabía qué era aquello, ni quién era aquel hechicero tan poderoso de magia del tipo transubstancial, mas advirtió por su duro gesto que este era uno de los sirvientes de aquel desolado rey, y que ese era su justo castigo por haber asesinado tan indiscriminadamente al heredero ante los perplejos ojos de todos.
Y así, de repente, fue trasportado a otra instancia, a otra dimensión del mundo onírico, fue descendiendo a una bruma absoluta en la cual no se vislumbraba nada. Mientras iba cayendo a un abismo de negrura total, empezó a reflexionar la razón por la cual aquel lugar era demoninado El mundo Rojo, cuando en realidad era completamente oscuro. Allí la oscuridad era tan densa que si se hubiera tropezado con una piedra o la punta de un alfiler en su descenso, no hubiera sido capaz de darse cuenta. No supo cuanto tiempo pasó descendiendo en ese extraño planeta, por mucho tiempo que llevase cayendo ininterrumpidamente, ese descenso eternamente no cesaba de modo alguno. Las sombras lo cercaban en una especie de macabro abrazo, la oscuridad le sumía en el elemento que perduraba desde el comienzo de los tiempos, en esa masa informe que por su incapacidad de determinarse suele recibir el apelativo de una nada absoluta. Él mismo ya no era nada, era oscuridad, densa sombra, dispersión y desaparición de cualesquiera elemento, accidente, entidad e identidad.
Pero entonces, en aquel silencio absoluto donde cada respiración e inspiración era un eco que se aletargaba hasta una concavidad infinita, el soldado-brujo no pudo reprimir una sonrisa que empezó a recorrer su semblante, y que a pesar de la oscuridad sintió surcando su rostro, y lo que comenzó como una sonrisa terminó por volcarse en una estrepitosa risotada que agitó aquel mundo al principio tan callado, provocando un seísmo tal que todo lo sacudió por vez primera en aquel micro-universo, haciendo que de la oscuridad nacieran unas tenues grietas de un rojizo fluosflorecente "¡Ajá! Así que por eso se le llamaba El mundo Rojo a aquel lugar"- pensó el soldado-brujo en tanto que seguía abismandose en su eterna caída, riendo sin parar cual si le hubieran contado un chiste tan malo que precisiamente por ello da pie a una absurda risa de aquel talante.
Aquellos que ahí le habían desterrado olvidaban que el soldado-brujo era amigo y confidente de las sombras, que la caída era su movimiento natural, y que si iban a usar de la oscuridad para aletargarle, sólo le iban a dar impetú a su frenesí, así que de repente se detuvo en seco, se quedó como congelado, levitando en una bruma umbría adornada por las físuras de la hilaridad, y con un impulso en reverso comenzó a ascender lo que había descendido, y como si tal cosa, salió de ahí del mismo modo al que había entrado. Se elevó por encima de estrellas y constelaciones, contempló el mundo onírico en su totalidad desde las alturas, con todos sus matices, degradaciones y variantes, cual el cartofago que examina un mapa que él mismo ha hecho. Y tanto que tan alto ascendía, se deleitaba con tan número de posibilidades, dirigiendo su mirada a un lado y a otro con curiosidad. Cuando estaba a nada de elegir un destino, otro parecía tentarle, le fascinaba lo imprevisto, el azar se una nueva posibilidad, otra aventura que le abría los brazos para que la recorriese como el amante que era él de aquellos instantes exultantes.
"Y ahora, ¿A dónde me dirigiré?"- se preguntaba el soldado-brujo sin parar de sonreír, y reprimiendo mas mal que bien aquellas risitas que se le escapaban de los labios. Por momentos se decantaba por una posibilidad, luego por otra, pensaba que quizás aquella pero después otra extraña luminosidad le impulsaba a dirigir su atención hacía otra cosa... Y en aquel suspense pasó largo tiempo, hasta que el sueño le señaló con su seductor dedo índice hacía dónde debía partir, nunca era capaz de resistirse a esa inéquivoca señal que le daba pie a superarse a sí mismo, a crecer espiritualmente merced a la sombra, sobre todo él que como se sabe era un pagano seguidor de esa diosa que intercala luz y sombra denominada luna, la madre de los desamparados y de los marginados.