domingo, 20 de septiembre de 2026

La puerta

 Estaba paseando por aquel antiguo pueblo. Hacía mucho tiempo que no lo visitaba, quizás hacía años que no pisaba este suelo y contemplaba este agreste paisaje. Quizás inconscientemente quería volver a ver el que había sido mi antiguo instituto, sentía que tenía que retornar a vislumbrar aquel vallado rojizo y plagado de oxido. Se podría pensar que tengo conflictos que resolver con mi pasado, y concretamente, con mi infancia y adolescencia. Sin embargo, en modo alguno era así. Simplemente quería volver a recorrer el pasado bajo el prisma del presente, como quién recorre pasivamente una serie de antiguas fotografías, sintiendo nostalgia quizá pero poco más. Aunque pudiera ser que buscase otra cosa bajo esta inocente contemplación, no lo sé seguro.

El caso fue que una vez que llegué ahí, frente a la carcomida fachada del centro, sentí como si el tiempo se hubiera detenido ahí repentinamente. Todo seguía cual si el reloj se parase, sus agujas detenidas en ese último instante en el que me fuí de ahí hacía tantos años ya. Mas poco duró mi escutriñio del lugar, ya que parecía que justo en ese instante todos los alumnos comenzaban a salir a tropel de sus clases. Incluso el tumulto era el mismo que hacía años, hasta sus semblantes dispersos y anonimos eran exactamente los mismos. Pero, sin embargo, yo ya no era el mismo, estaba mas viejo y aunque mas sabio que entonces, quizás mas vulnerable en otro sentido. Pareciera que sólo era yo el que cambiaba, pues el mundo seguía girando, rotando aquí y allá manteniéndose exactamente igual.

A la distancia creí reconocer a unas antiguas amigas, mas cuando me acerqué para saludarlas sus semblantes adquirieron una tonalidad pétrida, y sus facciones, se tornaron en forma de espanto. Por un momento pensé que era yo el objeto de este repentino terror, mas cuando escuché sus gritos de: "Bomba, bomba. Aquí hay una bomba, alguien ha activado dinamita" Supe, obviamente, que aquello era lo que le producía su estremecimiento y su temor. Así que sin pensar en nadie mas que en mí mismo, me escabullí de ahí con pies en polvorosa, y tanto corrí que llegué a una gruta que me era desconocida. Subí unos largos escalones de piedra, y me encontré en una cueva que estaba en mitad del monte, en ningún sitio para ser mas precisos.

Una vez ahí me encontré con una joven rodeada de dinamita y no sé cuantos otros artefactos, quizás precisamente para activar la explosión. Se la notaba muy aflingida y peregrina, no pude evitar preguntarle por la razón de sus sollozos contenidos. Me dijo que había armado tal jaleo porque estaba cansada de la sociedad, la cual la marginaba injustificadamente por la incomprensión que se desprendía de su mutismo cuando la masa se presentaba ante su mirada. Intenté calmarla y consolarla lo mejor que supe, y parece que surtió efecto puesto que me indicó que poco mas adelante se encontraba una puerta que me animaba a atravesar. Decidí hacerla caso, no fuera a ser que mi consuelo resultase en vano, y hasta ahí me dirigí sin interrogarme a mí mismo por qué accedía a todo ello, puede que fuera inevitable, cosa del destino.

Subí unos peldaños que rodeaban la parte trasera de la cueva, y cuando ya vislumbraba la susodicha puerta, ví a un hombre moreno de mal talante que parecía seguirme con no muy honestas intenciones, así que antes de que me atrapase en sus garras por no sé cuales intenciones, avivé el paso y entré en la puerta, ocultándome y cobijándome en lo que fuera que hubiera al otro lado.

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Aquí la bruma era muy densa, prácticamente asfixiante. Tuve que controlar la respiración hasta que me adapté al ambiente. Quizás tanto como asfixiante no era la aura del lugar, pero sí pesada y lenta, muy lenta. Incluso mis pasos parecían dados a ralentí, me costaba un esfuerzo inmenso dar un sólo paso. Pareciera que portara una inmensa armadura, lo que hacía mis movimientos torpes y recargados. Cuando inspeccioné el lugar no pude ver nada, todo parecía completamente negro como el vacío. Sin embargo podía percibirme a mí mismo, sabía que era yo y que estaba en un lugar, o un no-lugar para ser más precisos. Caminaba en dirección hacía donde nadie sabe, animado por un secreto resorte que me impulsaba a seguir adelante, siempre adelante. Alguna vez pensé en simplemente detenerme para ver qué pasaba, pero sin saber por qué aquello me daba miedo. Detenerse significaba para mí algo semejante a la muerte, y por ahora no podía permitirmelo.

Alcé la mirada a lo que suponía el cielo para escrutar mejor el entorno, y entre toda la oscuridad creí contemplar un rayo de luz. Mecánicamente, como por un natural impulso, decidí seguirlo. Parecía que había una estela alumbrada por el mismo que me indicaba hacía dónde debía dirigirme. No sé cuanto tiempo caminé siguiendo la lumínica señal en el mundo de las sombras, puede que fueran minutos, horas e incluso días, pudiera ser que la distancia fuera inmensa o a escasos pasos, mas el caso fue que me topé de bruces con algo sólido que en cuanto lo empujé cedió, y entonces me hundí en un vacío todavía mayor.

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Recorrí el establecimiento mirando a diestro y a siniestro, no iba a permitir que me pillasen in fraganti con las manos en la masa. Debía de huir de ahí con aquello que robé entre las tiendas de la planta superior, costara lo que costara. Me escurría entre los pasillos, esquivando a la gente como podía. Obviamente tampoco quería parecer sospechoso, pero cuanto mas me esforzaba en no parecerlo me daba la sensación de que lo era cada vez más. Sentía que todo el mundo me miraba con un semblante interrogante, como si supieran que yo había sido el ladrón que anunciaban en la megafonía. Sobre todo cuando me encontraba con agentes de seguridad, esta sensación de culpabilidad aumentaba todavía más. Me encogía de hombros y seguía caminando a trote, lo cual me hacía todavía mas sospechoso. Me estaba delatando a mí mismo sólo con mi mirada, ni siquiera necesitaba decir nada para que resultase que era culpable.

Lo más prudente sería escapar por las escaleras, estas tenían un acceso mas directo a la salida de emergencia pero sin saber la razón torcí en dirección al ascensor con la mala pata de que había ahí un fornido policia como si estuviera esperándome. Encima el muy bribón me saludó, como reconociéndome y burlándose de mí justo en mi cara. No podía soportar aquello, y mientras ascendíamos le espeté entre carcajadas que yo había sido el ladrón que había hurtado todas aquellas cosas en el piso de arriba. Al principio parecía que se lo tomaba con sorna, mas viendo que iba en serio, me inspeccionó y acto seguido me puso las esposas. En cuanto llegamos a la planta superior, me condujo por unos pasillos hasta una salida, la cual atravesamos en un silencio incómodo.

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Esperaba a mi marido tumbada en la cama. Ya habían pasado unas cuantas horas desde que se había ido, y yo aquí seguía tirada en la cama como una vaga. Estiré mi mano en dirección al reloj comprobando que era muy tarde, quizás demasiado. Me costó, mas finalmente me levanté. Me desprendí de mi camisón y contemplé mi cuerpo desnudo en el espejo, mis senos eran firmes mas mi tripa parecía aumentar con el paso de los años ¿Estaría embarazada? ¿O simplemente me había pasado con los refrescos azucarados pese a esos prospectos que indicaban que no tenían nada de aquello? No tenía ni idea, y en tanto que me interrogaba a mí misma en torno a aquellas estupideces, me pusé una camisa de tela suave, sin sujetador ni ropa interior que me oprimiese. Quería sentirme cómoda ante todo, llega una edad que una empieza a descuidar su apariencia externa, sobre todo cuando te das cuenta que la naturalidad te hace mas hermosa que lo artificioso.

Tenía sed, así que fuí con un vaso de cristal en dirección al grifo para saciarme bebiendo dos o tres vasos seguidos. Bebía con tales ansias que el agua caía por mi camisa, mas no le dí importancia. Ya se secará, pensé mientras contemplaba a través de la ventana un paisaje urbano y anodino. Era mejor cuando vivía en el campo con mis padres, este hombre con el que ahora vivía aunque agradable era un muermo cuando se lo proponía. Sólo pensar en él me aburre soberanamente, mejor salir de aquí antes de que me acudan malos pensamientos sobre nuestro matrimonio. Abriré la puerta tomando con delicadeza su pomo y saldré...

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De paseo en compañía de mi dueña. Qué bien me siento mientras el viento atraviesa mi pelaje, sintiendo estas rafagas penetrando mis perrunas entrañas. Aquí sí que soy libre y no en casa, donde tengo que contenerme por todo. Aquí puedo ladrar a gusto, mear donde quiera e incluso oler lo que me apetezca sin que me regañen por mi osadía. A veces alzo la cabeza en dirección a mi dueña para contemplarla, la veo distraída mirando hacía otros lugares excepto a mí. Incluso aquí es impertinente, yo tan feliz de paseo y ella pensando vete tú a saber en qué. Los seres humanos no saben apreciar los pequeños placeres, siempre ensimismados en sus preocupaciones insignificantes sin dignificar el momento que tienen delante y que se les pasa sin que ellos sean capaces de darse cuenta. Luego vienen los lloriqueos y las imprecaciones a todos menos a sí mismos ¡Qué necios son y cuanto se merecen sus desgracias!

Pero... Espera un momento ¿Ya estamos de vuelta? Si el paseo ha sido de escasos veinte minutos. Esto no puede ser, aquí hay algo que no anda del todo bien. O mi percepción del tiempo es diferente, o esto no me encaja. Ya está abriendo la puerta, entrando en casa y obligándome a que yo lo haga también tirando de mi correa. No quiero entrar de verdad, quiero quedarme aquí disfrutando del aire fresco. No, por favor...

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Voy a pararme un momento a tomar el aire. Llevo toda la jornada corriendo en dirección a aquellos maleantes, intentando descubrir su escondite. Debe ser por aquí, al menos estas eran las señales que se desprendían del informe. Efectivamente, es aquí. Los jefes me contaron que tales y cuales edificios estaban taponando esta ruta, lo que les permitía dar rienda suelta a sus trapicheos con total impunidad, hasta ahora. Sólo queda localizar cual será la entrada del edificio donde se efectua el intercambio. Me imagino que lo tendrán taponado, o al menos velado, oculto a ojos vistas para que incluso llegando hasta aquí sea dificil de localizar. Pero no, no era así. Está aquí perfectamente visible, simplemente atravesado por un carcomio maderucho que lo recorre de parte en parte. Serán tontos estos tipos, mucho hacer dinero pero lo que es pensar...

¡Eh, vosotros! ¡Deteneos! Maldita sea, ahora me toca correr detrás de ellos. No se saldrán con la suya, me conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Puede que debido a mi barriga y a que he aumentado de peso durante los últimos años no pueda darles alcance facilmente, pero lo que es con los recodos y torcimientos de las vías no me van a engañar. Yo ya sé que caminos tomar para recortar distancia y esfuerzo, y todo ello manteniendo un ritmo constante, sin miedo a trasquilarme y a tropezarme con mis propios pasos desperdigados. Creo que los vislumbro en la distancia, están girando calle abajo para tomar un atajo hacía la Plaza de los Ángeles. Así es, ahí están. Justo han entrado en ese establecimiento, allá vamos con las esposas en mano.

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¡Maldito calor torrencial! Da igual donde ponerse, en qué lugar cobijarse o donde sentarse. Por todas partes hace idéntico calor, incluso en la sombra siento que me abraso. Miro mi piel y la veo sucia y cuarteada, resquebrajada y plagada de golpes a destajo. Llevo ya muchos años vagando por las calles en dirección a ninguna parte, medio sonámbulo, loco perdido y tonto desde que he nacido. Ya ni sé para qué vivo ni qué hago aquí. Como duermo tan mal, desconozco si estoy soñando o ando despierto a pesar de mi atontamiento. La realidad se deshace en mil fragmentos tornándose fantasía, haciendo de mi vida algo perteneciente a una desquiciada novela escrita por algún interno de un psiquiátrico. A penas recuerdo cómo me llamaba, y mucho menos mi vida anterior antes de acabar rondando por las calles de la amargura y de la tristeza.

¿Qué hora será? Ni idea, mas ya tocan campanas. Quizás sea la hora de comer, pues ya veo a otros andrajosos como yo dirigiendose hacía el albergue para pillar cacho. Iré hasta ahí, mas paso de tener que atravesar aquella pasa desertica y morirme de calor antes de dar el primer mordisco. Tendré que rodear los establecimientos, estos sí que se encuentran bien cobijados por la sombra y el frescor de los aires acondicionados. Sin embargo, cuando paso por ahí todos me miran mal. Pensarán que voy a pedirles algo, o en su defecto despojarles de sus carteras. Pero en modo alguno es así, yo nunca he pedido una moneda en mi vida, y lo que es robar sólo a los ricos que no van a notar una leve falta en sus bolsillos... Ya llegué, voy a entrar. A ver qué se ofrece esta vez, si las judías pintas o las lentejas sazonadas. Espero que esta vez metan más chorizo, los muy tacaños...

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Es horrible la opresión que siento en el pecho, este temor que nos infunde a todos aquel dragón que se encuentra en la plataforma elevada poco más arriba. Al fin y al cabo todos estamos encerrados en el mismo tugurio ¿A caso no tenemos derecho a suscitar compasión, un poco aunque sea? No entiendo cómo incluso dentro de estas cárceles tiene que haber jerarquías, no sólo basta con que nos despojen de lo más valioso que es la libertad, sino que además incluso dentro de la privación mas absoluta el sufrimiento no cesa, no para de crecer aún habiéndonos acostumbrado a nuestras propias desdichas. No aguanto esto mas, ya está bien. Ha llegado un momento que incluso mi propia vida me es indiferente, voy a subir y a hablar con ese dichoso dragón para decirle lo que pienso al respecto. Esto no puede seguir así, alguien tiene que hacer algo aún a riesgo de su propia vida.

Pero, antes de decirme palabra alguna sobre cómo me sentía al respecto, el dragón ya parecía saberlo de antemano, y me dijo:

- Te entiendo, muchacho. Sé de tu sufrimiento, mas si estás aquí junto a mí tú también has hecho sufrir a otros. Este es el circulo vicioso de toda nuestra vida: el tener que hacer sufrir a los demás aunque no queramos, para que a su vez estos también nos hagan de sufrir a nosotros. Es lo que hay, mas no te preocupes chico porque Dios es misericordioso y entiende de nuestras desdichas y privaciones. Conoce nuestra imperfección, y por eso aún con toda la inmundicia que provocamos, finalmente nos perdona. Y si nos arrepentimos de todo corazón, al final nos acoge en su paterno seno. Llora lo que necesites, desfogate, que yo te llevaré bien alto. Sosténte en la palma de mi mano, te elevaré y te sacaré de aquí, de esta pesadilla. Ten paciencia, la vida es sufrimiento, y es lucha, también es agotamiento y a las veces aunque pocas es descanso. Mas yo vengo a ofrecerte sosiego, a llevarte al punto de partida, a retornar al punto final, allí donde todo sufrimiento llega a su fin.

                    ...   ...   ...   ...   ...

Y así fue, pues finalmente logré salir de la puerta donde me introduje al principio de esta disparatada historia. Con la diferencia de que mientras descendía no ví a nadie, ni al hombre moreno amenazante ni una vez que retorné a la gruta de la cueva a la joven sollozante. Una vez que hube salido de la misma, tampoco ví a nadie en la calle donde iba a acontecer la inusitada explosión, ni tampoco rastros de la misma. Todo estaba tan vacío como me imaginaba que lo estaría cuando llegué a este viejo pueblo de mi memoria, mas extrañamente me sentía menos cansado, incluso con todo lo que había vivido y que no lograba explicarme.

Pero poco importaba, decidí regresar a casa. Y quizás una vez ahí, intentar interrogarme a mí mismo sobre todo aquello que había pasado, o puede que todo lo contrario, podría coger un libro y con música suave de fondo intentar evadirme de mis preocupaciones cotidianas para abismarme en las historias. Aunque, por otro lado, puede que paradójicamente esas historias que en principio parecen ajenas, me hagan retornar con todavía mas razón a mí mismo, y de ahí incluso, a sentirme parte de la historia, como si fuera un personaje más. Puede que llegue el día que sea capaz de escribir mi propia historia con cierta coherencia, cuando el telón se abra y me descubra ante un escenario sin público.

sábado, 12 de septiembre de 2026

La avioneta soñada

 Se encontraba tan desesperado que su reacción mas inmediata fue la de estampar su cuerpo contra la almohada. Una vez aposentado entre sábanas cerró los ojos, y apretó con suma diligencia sus pesados párpados. Pero está claro que así uno no podía dormir, así que espontáneamente decidió relajarse por mucho que le costase. Fue paulatinamente aflojando sus miembros, controlando la respiración y aún el ímpetu de sus latidos, y sin darse completa cuenta fue quedándose poco a poco dormido. Él no fue consciente de ello, mas aquel cortinaje entre rojizo y pardo de sus párpados fue tornándose más oscuro de acuerdo a un fundido negro que fue apoderándose de su alma, inmiscuyéndose en parajes que no le eran de todo extraños a excepción de cuando habitaba la vigilia consciente. Del fundido negro de un espectáculo vital acabado fue yendo a otro más colorido, a lugares pertenecientes a una de tantas vidas recorridas, allí donde sus preocupaciones eran otras.

A través de un ancho campo con una pequeña senda para ser recorrida a pata, se encontraba en compañía de sus dos hijos gemelos. Ambos eran muy pequeños, de quizás siete u ocho años, mas a pesar de ello muy vivaces y despiertos. Aunque su apariencia correspondiera a su edad, su forma de hablar y de moverse correspondía casi a la de un adulto, haciendo que pareciesen dos mentes maduras insertadas en dos cuerpos aún en desarrollo. Mientras los dos niños iban charlando a su gusto, su padre estaba ensimismado en otros temas, quizás mas infantiles de los que correspondía a un hombre maduro, mas tomados con la seriedad que correspondería a los asuntos cotidianos. Cada loco a su tema, como suele decirse, ya que incluso los locos tienen asuntos que tratar pese a que a la mayoría de los mortales les resultasen absurdos o prescindibles.

El caso era que a este padre un poco loco le encantaba pilotar una pequeña avioneta que había adquirido hacía ya unos cuantos años, pero no le gustaba hacerlo en soledad como algunos lobos apartados de su manada, sino que prefería hacerlo en compañía de sus hijos. En vez de llevarlos a un parque o a dar una vuelta por un centro comercial para comprarles algún caprichito y después invitarles a unas hamburguesas, prefería hacerles surcar los cielos de aquel paraje, y mientras pilotaba hacerles notar del campio del paisaje cuando se está en las alturas. Y cuando no los llevaba consigo debido al mal tiempo, o a que su avioneta requería de alguna revisión, se pasaba las horas muertas contándoles historias donde los aviones o el hecho de volar interviniese en algún momento. Mas de uno podría pensar que este hombre era un poco pesado con el tema de la aviación, y que por ende, tenía agotados mentalmente a sus hijos, pero no era así en modo alguno, ya que los niños prestaban atención encandilados a cada una de sus palabras, siguiendo su ritmo como si en vez de dos niños fueran dos amigos de su padre que requiriesen de tales pasatiempos para escapar de sus mujeres.

Después de este camino de ensimismamiento por parte del padre y de rica conversación desde la perspectiva de los dos mozalbetes, llegarón al lugar donde la avioneta estaba aposentada. Subieron a ella sin mas dilación, y con la seriedad que se usa en asuntos graves e importantes, detuvieron el uno sus pensamientos desordenados y los otros su apaciguadora charlatanería, y disponieron los mandos para el arranque del aparato. Y cuando menos lo pensaron, ya estaban surcando los cielos con la naturalidad del volar de las aves, deslizándose a través de los rayos solares invisibles y dispersos, atravesando blanquecinas nubes y dejando su rastro en forma de una limpia estela. Como siempre, el padre les hacía notar los cambios en el paisaje en la medida que ganaban altura, y les indicaba no sé cuantos asuntos técnicos de cara al futuro, cuando ellos mismos pilotasen su propia avioneta o esa misma que en esos momentos portaban consigo.

Poco después de varias vueltas, descendieron con la misma naturalidad con la que habían ascendido, y se dirigieron a una casita moderna que tenían en mitad del bosque que se encontraba a escasos kilometros andando. Allí subieron la escalinata, y se internaron en aquellos cubos abstractos acristalados que hacían de lo que ellos denominaban hogar, y nada mas entrar, cada uno fueron a un lugar diferente, el padre a cocinar un aperitivo para los niños, y ellos a la salita de estar para dar continuación a la conversación interrumpida antes de que montasen en la avioneta. Sin embargo, nada mas llegar el padre a la cocina y empezar a preparar las cosas, se dió cuenta de varias cosas raras. Una de ellas fue que los electronomésticos no funcionaban, mas otra y quizás la mas evidente, era que la temperatura parecía haber aumentado considerablemente. Cosa rara, ya que en aquellos parajes siempre había una temperatura agradable debido al resguardo de los árboles, era bastante inusual aquel incremento repentino de la temperatura y aquella sensación asfixiante teniendo constantemente un aire purificado gracias a las plantas que les rodeaban.

Asomándose a la ventana, contempló estufectado otro acontecimiento bastante extraño, y era que todo lo que les rodeaba se había tornado como anaranjado, desde el cielo hasta lo que era alumbrado por el mismo. Temiéndose que aquello pudiera ser el comienzo de un desastre, se dirigió sin pensarlo dos veces a la salita donde estaban sus hijos, y explicándoles que debían salir ahora mismo, los tomó de sus manitas y salieron de la casa andando a trote. Los niños, aunque asustados, contenieron su temor como adultos interiores que eran, y el padre como niño grande que era, no pudo evitar que el pavor se reflejase en su semblante, e incluso que un sudor frío recorriese su rostro y le diera un aspecto un tanto andrajoso. Mas a pesar de ello, sus hijos no cayeron en la cuenta de esto, tan ensimismados estaban en sus propias preocupaciones interiores, todas ellas ajenas a las de su progenitor.

Finalmente, andando como durante media hora, llegaron a un pequeño restaurante que se encontraba en mitad de la nada. Allí entraron como para apaciguar los miedos, y aliviados por el aire acondicionado que recorría toda la estancia se sentaron en una de las mesas para pedir algo se comer. Mas, como no venía nadie, el padre optó por dejar a sus hijos esperando allí y se dirigió a la barra para pedir algo él mismo. Le costó que el calvo y gordo gerente le prestase atención, mas finalmente lo hizo y tras indicarle el aperitivo y donde se encontraban sentados esperando, volvió en compañía de sus hijos, los cuales parecían no haberse percatado de su momentánea ausencia. Continuaron como si tal cosa con sus extrañas conversaciones incomprensibles para su padre, moviendo muchos las manos y gesticulando con el rostro. Quién viera tal espéctaculo a la distancia quizás pudiera pensar que aquellos niños no eran del todo normales, mas lo cierto era que si bien no eran parte de la media, la superaban con la inteligencia de sus conocimientos para la edad que tenían.

La comida tardó en llegar a la mesa, tanto que el padre ya se encontraba taconeando el suelo con impaciencia. Pero tras larga espera, llegó. Y mientras todos comían, el padre no podía dejar de mirar a su al rededor con extrañeza, todas las personas que pululaban por el local le resultaban muy raras. La mayoría presentaba un semblante pétreo, como si sus rostros se hubieran quedado congelados en una expresión determinada, unos sonreían con temoroso frenesí, otros bajaban la mirada a sus talones y algunos otros que eran mayoría mostraban una expresión de tristeza contenida, cual si les hubieran dicho algo desagradable que por lo que fuera les hubiera conmocionado en lo hondo de sus corazones. Todo este espéctaculo extrañó de manera grandiosa a nuestro hombre, no sabía qué pensar al respecto. Mas le alivió comprobar que a través de las ventanas aquel tono anaranjado se fue haciendo paulatinamente amarillento hasta que llegó un punto en el que simplemente volvieron las tonalidades normales, como por ensalmo mágico.

Así pues, una vez que hubieron acabado salieron del local respirando el acostumbrado aire templado, lo cual disfrutaron los tres deteniendose a ser conscientes de su propio respirar, de como aquel aire tan puro y limpio se filtraba por sus vías respiratorias colmándoles de paz y de sosiego. Y tras aquellos escasos segundos, decidieron regresar a su hogar para descansar en la tranquilidad recientemente adquirida tras tornar a la normalidad. Mientras paseaban, el padre no podía dejar de pensar en todo el esfuerzo y en lo duro que había sido criar a sus hijos en soledad, pero también en que tras toda esa dureza y esfuerzo constante, en la felicidad que le había reportado. Sin duda había criado a dos estupendos ejemplares que probablemente con el paso de los años le sobrepasarían, superándole, haciéndose mejores hombres y mucho mas adelante, teniendo una vida mejor que la suya, evitando sus mismos errores y formando quizás una familia mas estructurada, en la que le darían nietos en tanto que él sería el hombre más feliz del mundo habiendo sido el más desgraciado en los primeros años de crianza.

Tan feliz se encontraba con estos halagüeños pensamientos, que cuando ya vislumbraban su hogar en la distancia, sostuvo a ambos niños de sus brazos y a la carrera se dirigió a la meta, y entre risas y arrumacos ya creía que se encontraba en la puerta en compañía de sus hijos cuando de repente cesó de percibir su peso. Alarmado por ello, miró a un lado y a otro, y no los localizó en modo alguno. Intentó calmarse pensando que quizás ellos habían entrando antes que él arrojándose de sus brazos, pero cuando entró en la casa estaba se encontraba tan sola y callada como cuando ellos se habían ido. También pensó que quizás las criaturas se habían escondido en la parte postrera del muro de la casa, mas en cuanto salió y lo comprobó, no vió a nadie allí. Perplejo, pensó en último lugar que pudiera ser que sus hijos se hubieran quedado en mitad del camino, y desandando lo andado, recorrió de parte en parte todo el lugar sin localizar ni rastro de sus hijos.

Aquello le tenía desesperado, frénetico, sin saber que pensar... ¿Cómo era posible? Se preguntaba a sí mismo, sus hijos habían desaparecido repentinamente, se habían como evaporado en el aire sin que él supiera el momento exacto de su desaparición. Se habían desvanecido del mismo modo a como lo había hecho aquella sensación calurosa y asfixiante, a como a su vez también lo había hecho el tono anaranjado que instantes antes había imperado ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Se preguntaba una y otra vez temblando de la perplejidad y de la angustia, no lograba comprender a qué venían tantos acontecimientos tan aleatorios y extraños, y mucho menos cómo era posible que sus hijos hubieran desaparecido repentinamente sin pronunciar ni un adiós de sus finos labios ¿Se habían marchado para jamás regresar como lo había hecho su mujer años atrás? ¿Le habían abandonado porque no era suficiente? No comprendía nada, e insistir en estos pensamientos le hacía más mal que bien.

Evitando pensar en demasía, inició una búsqueda a destajo por todos los sitios de cara a encontrar a sus hijos, a un lugar y a otro buscando con inusitado frenesí y con la respiración agitada, sin encontrar aunque fuera una pista de su paradero. Recorrió cada senda del lugar, miró bajo cada piedra, oteó cualesquiera árbol que se le presentase ante los ojos, fisgoneó cada edificio sin temor a ser considerado impertinente, en fin no dejo espacio en blanco que no pisara para comprobar si sus hijos se encontraban por ahí, o si al menos hubiera alguna pista como pudiera ser una huella, un rastro o una pista de su paso por allí. Pero nada, todo intento parecía destinado al fracaso. Parecía que cada intento fuera en balde, que todo empuje era fingido y que todo aquello que hiciera jamás sería suficiente, cual si caminase a ciegas en un territorio sombrío.

Mas, finalmente, se le ocurrió una cosa... ¡Claro! ¡La avioneta! ¿Cómo no lo había pensado antes? Así entonces, nada mas alumbrarse este pensamiento en su mente, salió escapotado en dirección a la avioneta, y con escaso preparativo, la puso en función y se lanzó a las alturas para encontrar a sus hijos. Sobrevoló toda zona conocida y por conocer por si podía vislumbrar a sus hijos en la distancia, ascendía y descendía constamente esquivando montes y elevaciones del terreno, se internaba en territorios imposibles y salía airoso de los mismos esquivando árboles y zonas boscosas, en fin hizo mil maravillas y maniobras para hallar a sus hijos, mas no pudo observar nada mas que no fuera terreno abandonado, parajes baldíos y lugares solitarios.

Antes de que el desaliento le atacase directamente, optó por ir mas allá de las fronteras recordadas, y sin temor a que se le gastase la gasolina se dirigió allí como ánimado por un secreto resorte, y llegó a una inmensa montaña que sin saber por qué le era extrañamente familiar aunque no se acordaba de haberla visto jamás. Introduciendo los comandos necesarios, y usando del mando principal, intentó ascender por la misma evitando chocarse con tan inmensa mole de roca, pero por mucho que subía parecía que los musgos insertados en las piedras no dejaban de sucederse unos tras otros, como si aquello no acabase nunca por mucho que ascendiera. De hecho, a tal velocidad iba en su infinita ascensión que lo que parecía roca y musgo fue tornándose en forma de escalones artificiales, lo que era natural se fue volcando en una especie de escaleras labradas por la mano del hombre, y que no parecían detener su curso ascendente por mucho que mantuviese los mandos en alza. Sin saber cómo, llegó un momento que el agotamiento le traicionó, y moviendo sin querer el mando principal una mera pulgada, se chocó con aquella mole inmensa produciendo así un estremecimiento tal en su cuerpo, una sacudida cósmica tan tremenda que su consciencia se fundió en lo disoluto...

Cuando abrió los ojos temblando por el sobresalto y todas las sábanas adornadas por las perlas de sus sudores fríos, miró a su al rededor completamente desconcertado, casi ni recordaba donde se encontraba mas por suerte o por desgracia aún tenía consciencia de su propio yo fragmentado. Sin poder evitarlo pese a que intentó contenerlo, las lágrimas fluyeron en frenesí de sus ojos, y de ahí a sus mejillas, produciendo así un sollozo tan aletargado que parecía el aullido quejumbroso de un lobo abandonado en mitad de un páramo desierto, contemplando a su amada e inalcanzable luna como un preso la libertad a través de los barrotes.

domingo, 23 de agosto de 2026

El extraño caso de la matanza en el desierto

 Dudo de que los lectores hayan olvidado aquella extraña noticia que llenó los periodicos hace años. Era aquella donde se narraba que unos cuantos sacerdotes aparecieron muertos en mitad de unas cabañas en el desiertos, y cuyos cuerpos resultaron terriblemente maltratados. Para los más despistados diré -si todavía no han refrescado la memoria- que los cuerpos de estos sacerdotes aparecieron unos calcinados, otros completamente troceados y algunos otros irreconocibles debido a las contusiones que mostraban, tanto que sólo llegaron a ser reconocidos mediante algunos procesos en los laboratorios. En fin, una historia cuanto menos extraña y estrafalaria, digna de formar parte de las crónicas de curiosidades para los morbosos más selectos, entre los cuales podrían incluirse a mujeres ociosas y hombres con algún tipo de trastorno o trauma eclesiástico.

Pues bien, a mí han llegado algunos datos e informaciones que vendrían a dotar de contexto a esta rara historieta, algo que no sólo le añadiría las circunstancias adecuadas sino que también supone toda una historia en sí misma con todos los detalles a los que alcanzo. Verán, uno de los sacerdotes cuyo cádaver se encontraba completamente carbonizado, recibía el nombre de Federico, sus músculos extendidos daban testimonio de que aún quemándose luchó por su vida hasta en el último momento, como bien hizo a lo largo de toda su existencia. Era originario de una remota aldea, mas aplicándose en los estudios teológicos, decidió no detenerse en la vida contemplativa, para llevar sus enseñanzas a la praxis. De ahí que junto a los sacerdotes se encontró una habitación cuyos rastros e indicios daban cuenta de que ahí había niños, en contreto unos niños huerfanos que los sacerdotes pretendían llevar a un centro de adopción, bastante lejano a aquel desierto. Circunstancia cuanto menos extraña, pero que ya se esclarecera mas adelante.

Otro de los sacerdotes hallado muerto se llamaba Rufino, el cual era muy diferente en caracter e intenciones a Federico. Este había estudiado en un seminario en la capital, mas no por vocación ni dedicación, sino mas bien porque no tenía nada mejor que hacer según solía declarar a sus compañeros a modo de chanza, mas como suele decirse, entre broma y broma la verdad asoma. A este se le encontró atado a una silla, o mas bien su tronco, ya que resultó completamente descuartizado, y extrañamente con un billete de veinte euros en la frente ¿Qué podría significar esto? Eso es algo que procuraré narrar en lo sucesivo, pero basta añadir que este sacerdote tenía una peculiar relación con el dinero, y por tanto dejó de lado toda vida ascética para procurar vivir lo mejor posible dentro del sacerdocio, quizás demasiado bien me atrevería a señalar.

Los restantes sacerdotes eran Rafael, Quinqué, Mauricio, Fernando y Mortecino, este último el único superviviente a aquella carnicería, si excluímos de la fracción a los niños que desaparecieron repentinamente y cuyo paradero es tan incierto como dificultoso, ya que recordemos que en un desierto las huellas no pertenecen mucho tiempo esmaltadas en el suelo. Como decía, Mortecino fue el único sacerdote superviviente, mas no pudo añadir mucha claridad al asunto en tanto que desde entonces permaneció completamente mudo. Durante toda la carnicería, Mortecino se ocultó en una trampilla de una de aquellas desperdigadas cabañas, pero probablemente observando todo desde unas finas rejillas que le permitieron contemplar todo aquel sangriento panorama. Razón por la cual, tras ser encontrado temblando y consternado por lo observado, no fue un testigo hábil para explicar qué había ocurrido ni mucho meno dónde estaban los niños. Siempre fue un hombre sencillo, sin grandes aspiraciones mas allá de cumplir con su sacerdocio sin esmerarse en demasía, falto de imaginación por lo demás, aquel panorama resultó demasiado para su estrechez de miras.

Como se dijo, aquellos sacerdotes tenían una sola misión en aquella ocasión, la de llevar aquellos niños huerfanos a un centro donde después de instruirlos y de proporcionales lo básico para la supervivencia, serían adoptados por familias cristianas que por circunstancias de la vida no fueran capaces de concebir sus propios hijos. Y así, lo único que debían hacer era tan básico como llevarles de un punto a otro, mas en vez de ello se internaron por un desierto que tornaba lo que sería una pequeña travesía en una aventura en sí misma, produciendo obvia perplejidad en todos aquellos que se encontraron los resultados de dicho panorama.


Este era el plan de la mayoría de aquellos sacerdotes, pero Rufino tenía otros planes además de este al parecer, haciendo del traslado de los niños una mera excusa para llevar a cabo otra idea que tenía en la mente, y en los bolsillos. Por lo visto, Rufino estaba metido de lleno en negocios y asuntos bastante oscuros, y se aprovechaba de su influencia en la zona para sacar tajada siempre que podía. La mayoría de veces todo asunto le había salido a pedir de boca, mas como siempre ocurre cuando se emprende algo no del todo lícito, y además de ello, se consigue, se termina buscando cada vez más de un mayor grado de dificultad. A Rufino ya no le bastaba el trincar algunas monedas cuando podía por sus servicios sacerdotales, tampoco el aprovechar las liviandades de las viudas como tampoco el limitarse a llevarse algunos relojes y joyas de las casas donde asistía a los moribundos, quería algo mas arriesgado, y por ende, que le dotase de una mayor prosperidad material.

El caso fue que Rufino supo por las habladurías de uno de los barrios allende a la capital donde servía, que una banda hasta entonces desconocida había dejado su dinero a buen recaudo en una casa abandonada, y que durante dos escasas horas esta iba a estar sin vigilancia alguna. Aquello regocijó tremendamente a nuestro sacerdote, le asaltó la codicia, y se dirigió allí a la hora indicada sin pensarselo dos veces. Ya nos podemos imaginar la tremenda sonrisa que se esculpió en su rostro cuando abriendo ambos maletines descubrió la cantidad de dinero que estos contenían, un dinero suficiente para dejar el sacerdocio y salir en dirección a otro país para empezar una nueva vida sin estrecheces económica, era ideal para lo que él estaba buscando en ese momento. Entonces, no se lo pensó dos veces, cogió ambos maletines sumamente dichoso en esta maldad imprevista, y salió de aquellos derrumbados edificios como alma que lleva el diablo.

Y casualmente, justo cuando llegó a su parroquia, el obispo le encomendó la misión de que él junto a los sacerdotes ya mencionados, debían partir ese mismo día para llevar a los huerfanos al centro de adopción que se encontraba a dos jornadas de ahí. Aquel plan era providencial para él en esos momentos, ya no tenía que buscarse excusa para salir de ahí escapotado con el dinero, sólo tenía que aprovechar susodicha ocasión, y en mitad de camino informar a sus hermanos de que debían internarse en ese desierto limitrofe debido a un asunto de suma importancia para su sacerdocio. Se inventaría cualquier cosa, como acabó haciendo, algo que produjese la inevitable compasión entre los demás sacerdotes, haciendo que no les importase desviarse un tanto de su ruta, a la par que tomar descanso en aquellas cabañas dispuestas para viajeros extraviados. Es probable que muchos de ellos sospechasen, mas poco importaba ya que al final acatarían con una naturalidad que bien cabría de calificar de sobrenatural.

Sin embargo, a Rufino se le torció los planes cuando una vez que llegaron a las cabañas, y este se encontraba metiendo los maletines en una arcada que ahí había, se despistó cayendo uno de ellos y liberando algunos de los billetes, esparciendolos por el suelo ante la perpleja mirada de Federico que estaba espiándole en esos momentos. Este no se podía contener, y saliendo de su escondite en la puerta trasera, se dirigió a Rufino y sin mediar palabra le dió un sopetón que al otro le dejó perplejo. Mas se recuperó rápido, y comenzó a excusarse diciendo que aquel dinero era de su familia, y que lo llevaba para asistir a un familiar que se encontraba enfermo. Aquella improvisada explicación no hizo mella en Federico, que no le creyó ni en un punto. A resultas de lo cual, hubo una tremenda discusión que comenzó con el asunto de los maletines, pero que fue derivando hasta su carencia de virtudes teogonales, hasta desembocar en sus nefastas funciones dentro del sacerdocio. Federico tenía demasiados principios para tolerar que hubiera compañeros suyos que aprovechasen de sus votos para llevar a cabo tales ruines acciones, aquella quiebra en sus patrones morales provocó en el un enfado de tal envergadura que sólo fue sofocado cuando Mauricio entró en la sala en ese momento para avisar de que la cena ya estaba dispuesta, procudiendo un silencio incómodo que sólo llegó a su fin cuando la arcada sepultó el dinero entre su madera vieja.

Durante la cena, las miradas de reproche de Federico hacía Rufino no entendían de decoro ni de disimulación alguna, y Rufino que era el más parlanchín del grupo, cerró sus labios como una tumba durante toda la nocturna jornada, no por arrepentimiento, sino por temor a ser delatado. Una vez que acabaron, Federico llevó a Rufino a una sala aparte, y ahí dió continuación a su interrumpido sermón sobre los valores que deberían calar en un sacerdote. Un sermón que por lo demás no sirvió para nada en el caso de Rufino, ya que una vez que hubo acabado, simplemente se limitó a replicar tembloroso si Federico iba a delatarle. Una respuesta, que por lo demás, no se esperaba Federico y que respondió negando con la cabeza e indicando que se pondría en parlamento a la mañana siguiente. Esto dió el respiro necesario a Rufino para que durante la noche planeara su huída solitaria con el dinero, y ya se encontraba en la sala de la arcada, disponiéndose a llevarselo consigo cuando de repente fue interrumpido, pero no por su compañero Federico, sino por algo aún peor.

De entre las sombras surgieron unas descalabradas figuras de unos hombres muy morenos y con las pieles completamente tatuadas con extrañas señales y símbolos esotéricos. Se trataba de una banda hispanoaméricana que creía que podría retroceder a los origenes aztecas de sus pueblos, por lo cual se consideraban los depositarios de un legado que pensaban que les habían robado. Dejando los valores heredados a parte, estos prácticaban el sacrificio, el asesinato, el canibalismo casi a diario, por lo cual hacía de ellos unos sujetos cuanto menos peligrosos y dignos de temer para todos aquellos que no se supieran defender, como parecía que era el caso. Y lo peor de todo, no era que aquellas gentes estuvieran ahí de paso, sino que eran los dueños del dinero que Rufino había robado y que creía suyo por avaricia. Nos podemos imaginar la pálida cara que adoptaría este cuando se vió interrumpido por aquellos hombres que pretendían retroceder a un salvajismo originario de unas selvas ya abandonadas con el correr de los siglos, aquellos interrumpieron la huída de Rufino como lo harían los barcos llegados a las costas de sus antepasados. Y este no tuvo otra reacción que la de intentar huir, intento vano teniendo en cuenta que se encontraba completamente rodeado, sin cabida a salida alguna.

Al resto de sacerdotes, ignorantes de la razón de tales sucesos, les pilló todavía en una mayor sorpresa, sin explicarse qué hacían todos aquellos hombres tatuados ahí. El resto de la historia ya la sabemos, todos ellos maltratados hasta una agónica muerte a excepción de Mauricio que logró ocultarse de aquellos ojos tan oscuros como la noche. Mas, antes de acabar y de resolver el último misterio, quisiera detenerme en los últimos momentos de Federico, ya que este no era ignorante del por qué de la presencia de aquellos hombres ahí, podría haber delatado a Rufino tomando en cuenta lo que había hecho faltando a sus deberes sacerdotales, pero no lo hizo. No dijo nada al respecto, se limitó a acometer a aquellos falsos aztecas dispersándoles con sus puños cerrados, pero nada pudo hacer en tanto que eran demasiados para un único hombre. Mas, aún con ello, se defendió hasta el final hasta que aquellos criminales decidieron rociarle con gasolina y pretender su cuerpo en millares de llamas. Y aún así, con el fuego carcomiendo su cuerpo y haciendo que el aliento de su vida se le escapase por todos los poros de la piel, Federico continuó moviendose, acometiendo a aquellos hombres, arrastrándose por el suelo antes de que se le apagase la existencia, y justo en el último momento, cuando ya se encontraba a los pies de uno de aquellos vestigios del salvajismo pasado se preguntó: "¿Y los niños? ¿Qué va a ser de ellos ahora?"

Y quizás sea esto lo mismo que se pregunte el lector: ¿Y los niños? ¿Qué fue de ellos? Pues la explicación es tan sencilla como anodina en su trasfondo, los niños fueron liberados por aquellos hombres porque aquellos niños eran sus niños, es decir sus propios hijos, aquellos que habían abandonado para llevar toda aquella vida de criminalidad. De hecho, es así como consiguieron localizar el dinero que Rufino les había robado, siguiendo el rastro de sus propios hijos, que les habían sido arrebatados por temor a que fueran sacrificados. Sus propias madres habían abandonado a sus hijos para que la Iglesia se hiciera cargo, para que los llevaran lejos de sus enloquecidos padres que no los querían, que rara vez pasaban por casa, tan ocupados estaban con sus rituales sectarios para tomar en cuenta la vida que ellos mismos habían dado cabida en el útero de sus esposas. Así pues, este era el intrinculis del asunto, aquello que dotaba a esta irreal historia de su realidad y sustento.

Pero no acabo aquí el asunto, pues por un azar del destino, o una intervención directa de la Divinidad, cuando aquellos hombres estaban huyendo a través del desierto tras haber perpetuado aquel salvajismo sangriento, se vieron acometidos por una tormenta de aquellas que forman inmensos tornados que acaban vertiéndose en inmensos socavones entre las arenas de los desiertos. Sus cuerpos, inmóviles en su impotencia, fueron elevados durante unos instantes para acabar siendo sumidos por las profundidades de aquel mar arenoso, elevados en una artificiosa levitación para tornar a la tumba de sus antepasados. Y junto a ellos, todos aquellos billetes creados para incrementar la vanidad del hombre, pérdidos para siempre entre las arenas al igual que todos aquellos cadáveres, sacrificados por el Dios de todos los dioses, encontrando su sepulcro en la ausencia en aras de su propia vacuidad.

Aunque claro, con este repentino final uno podría tornar a preguntarse: ¿Y los niños? Aquello es secreto de sumario como suele decirse, mas sólo diré que fueron los únicos supervivientes pese a que no fueran encontrados por las autoridades. Quizá, incluso, pudiesen llevarse algunos de esos billetes del diablo de cara a su superviviencia. Mas yo tiendo a pensar que fueron desperdigados por la tormenta arenosa, y que acabaron unos aquí y otros acullá, haciéndose ermitaños de los desiertos y recordándose así para siempre de sus experiencias con los que añoraban la tribu sanguinaria junto a su escasa jornada con los sacerdotes, algunos de ellos tan avariciosos, otros inocentes y sólo uno de ellos de rectos principios. Pero al cabo, todos ellos en brazos de la muerte en camino de un dictamen que desconocemos nosotros los hombres hasta que perezcamos al igual que lo hicieron ellos.

domingo, 9 de agosto de 2026

La última visión: El cubo misterioso

 En nuestros tiempos, casi siempre que se narran grandes historias repletas de grandes acontecimientos están se ubican en el mundo urbano. Parece ser que las grandes ciudades causan un efecto hipnótico en los narradores de curiosidades y en los lectores ociosos, quedándose así como embobados en aquella urdiumbre de edificios colosales. Al igual que ocurre respecto al ambito económico y laboral, que siempre tiende a concentrarse en el casco urbano, lo mismo acontece con respecto a las historias que se limitan a ese espacio donde las almas condenadas dan vueltas sobre sí mismas siguiendo los patrones del tiempo. Sin embargo, por otro lado, he venido comprobando en los últimos tiempos que todas se parecen demasiado entre sí, han perdido la originalidad porque han tendido a homogeneizarse. Como las personas que habitan tales parajes parecen clones unos de otros, perdiendo así su origen primigenio, a las historias les ha venido a ocurrir lo mismo, se han mimetizado en una sola que a fuerza de repetirse ya aburre. Con sólo leer una de aquellas novelas con un índice de ventas tan extremado, ya uno ha leído todas las del mismo talante, y probablemente todas las venideras.

No obstante, y a mi modo de ver, las verdaderas historias, aquellas que merecen la pena contarse transcurren en lugares recónditos y olvidados por la mayoría de los mortales. Aquello que es digno de ser narrado de la forma mas humilde que conozco de narrar las cosas -a saber, el cuento, el relato o como se quiera llamarlo- son todas aquellas cosas que ocurren en parajes solitarios, apartados de la civilización, y precisamente por ello, muy cerca de lo humano y quizás hasta de lo divino. Puede que a los amantes de los grandes edificios y de los núcleos industriales les resulten banales y soporíferas estas historias, como a mí me resulta su charlatanería urbanita, mas pienso que en los detalles que se nos revela el verdadero sentido de la vida, la cual dicho sea de paso, se dota de vida allí donde pocos ojos posan su mirada, ajenos a la acumulación masificada de intelectuales de baja estofa y hombres con cobartas de gran vanagloria. Allí donde los pocos caen en la cuenta, allí se revela el signo que resuelve la incógnita a la existencia toda.

Así, pues, lo que voy a narrar ahora mismo es una de estas historias que por lo pasajero, lo curioso y lo extraño se ubica en un pueblo tan pequeño e insignificante que se me ha olvidado su nombre. Tan pequeño e ínfimo era en comparación a otros pueblos vecinos que a lo sumo habría unos diez o doce habitantes allí, y por supuesto, no le habían dado ninguna placa de reconocimiento a nada, ni mucho menos había acontecido nada de una importancia histórica reseñable, ni romanos, moriscos o ancianos cabalístas se molestaron en plantar sus angostados pies en tales parajes. Allí todo era acumulación de polvo, casas desvencijadas, gente anciana y una Iglesia que más parecía ermita que temblo. Tan mísero era aquel sitio que no tenía ni calzada, todo estaba repleto de barro y de hierba seca, lo único que indicaba que había allí rastro de alguna civilización eran los balcones donde se sentaban las viejas a tomar el aire, a la par que dirigirse a la vecina del frente para indicar que se moderase en sus flatulencias, que podía escucharlas desde su casa cuando tomaba la siesta su marido. En fin, aquel lugar no parecía digno de interés, cuando en verdad debería serlo bastante en relación a lo que voy a contar a continuación.

Allí vivía quién en sus tiempos fue un joven que recibió el pueblerino nombre de Ruperto, alguien sin en apariencia nada reseñable mas que estaba algo esquelético, deforme por la curvatura de su espalda y que le bizqueaba un ojo. Razones por las cuales nunca fue popular como tal cuando acudió al colegio que se encontraba ocho pueblos mas allá, sino mas bien motivo de burla y de chanza. Quizás ese fue el motivo por el que nunca logró completar sus estudios, ya que a pesar de su deformidad y su aspecto en general desagradable, connotaba una de esas inteligencias raras de encontrar en el mundo, aquellas de las que son capaces de aunar muchas cosas a la vez, y que precisamente por ello rara vez son comprendidas en un mundo donde cada cual tan sólo se centra en una especialidad para prosperar en la nulidad. Se especula que el motivo por el cual dejó los estudios a tan temprana edad, fue las constantes puyas y mal andanzas de sus compañeros, lo que hacía su estancia en el centro educativo una tortura mas que un impulso hacía el saber. Motivo por el cual se abismó en su casa y se dedicó a estudiar por su cuenta, sin buscar titulo alguno que acreditase sus conocimientos.

No tenía amigos ni conocidos, a excepción de uno que navegaba entre ambos mundos y que era su vecino Guillermo. Este era la antitésis de Ruperto, pues era alto, fuerte, rubio y hermoso. Tenía gran éxito con las mujeres, y mucha popularidad en el centro educativo debido a ello, como también a su capacidad de acometer cualesquiera pelea sin resultar lo más mínimamente herido. A diferencia de Ruperto, Guillermo era atlético y muy guapo, pero temiendo entrar en un tópico, he de decir que era malo en los estudios. No porque fuera tonto o incapaz, sino porque no se interesaba lo más mínimo, tan entretenido estaba en luchar y en seducir damiselas que los estudios para él eran algo que no merecía prestarles la atención adecuada. Por lo cual, terminó al igual que Ruperto abismado en la casa de su pueblo, con la diferencia de que de vez en cuando se juntaba con otros jovenes de los al rededores.

Es curioso que ambos trabasen amistad siendo tan desiguales, mas el caso era que Guillermo sentía curiosidad por su vecino, visitándole casi siempre e interrogándole sobre las cosas mas extravagantes, en tanto que Ruperto admiraba la belleza y vivacidad de su nuevo y único amigo, lo que hacía que entre ambos hubiera un sano intercambio de disparidades vitales. A veces ocurría que a las horas uno se aburría del otro debido a la incomprensión que parecía flotar entre ambos, mas al día siguiente, siempre volvían a encontrarse rodeados de sus intricadas conversaciones. Todo fue así hasta que a Ruperto le ocurrió una cosa bastante curiosa que pasaré a contar a renglón seguido, mas antes diré que otra curiosidad era que Guillermo jamás hizo burla de la apariencia deforme de Ruperto, quizás porque prefería acometer empresas mas díficiles, mas aún con ello gustaba de hacerle rabiar en ocasiones, a veces solo mas la mayoría en compañía de otros jovenes atléticos y fuertes como el cuando recorrían los pueblos de los al rededores cual si fueran caballeros andantes. 

Ahora sí, lo realmente curioso de esta historia fue un regalo que recibió Ruperto de un tío lejano que le hizo llegar a él un extraño paquete a través de la correspondencia. El paquete incluía un breve mensaje que jamás llegó a saberse, mas el caso fue que una vez que Ruperto abrió el susodicho paquete, extrajo lo que parecía un cubo negruzco y se abismó en su contemplación e investigación, nadie pudo sacarle de su ensimismamiento. Ya ni siquiera recibía a su amigo Guillermo, ni permitía que sus padres le estorbasen entrando en su habitación, allí se quedaba encerrado dando vueltas a aquella desconocida cosa. Se dice que tras unos cuantos meses aprendió a comprenderla, y por ende, a utilizarla, y que activando no sé cómo una especie de mecanismo, consiguió que esta se abriera revelando algo que no estaba formado para conocimiento humano alguno. Pero él logró abrirlo y activarlo, de tal manera que cuando vió lo que vió, se encerró aún más en su contemplación, dejando de comer, bebiendo lo mínimo y mas de uno diría incluso respirando menos, tan abismado se encontraba en aquella visión de otro mundo que siempre se negó en explicar, y con mucha mas razón, de compartir.

Tanta fue la curiosidad que se formó al rededor de estas habladurías, que en cierta ocasión Guillermo y sus compañeros intentaron emboscar la casa y asaltarla para averigüar qué diantres era aquello. Todo se encontraba perfectamente planificado, y como todos ellos eran tan fortachones y capaces de emprender los más arriesgados saltos, así lo hicieron tal y como lo habían pensado en los principios del susodicho plan. Mas una vez que llegaron a casa de Ruperto de noche, escalaron por el tejado y se deslizaron en dirección a su ventana, justo cuando estaban a nada de entrar en ella y arrebatar el dichoso cubo de sus manos, algo que no sabían qué era les detuvo en seco. Se quedaron como paralizados, incluso sintieron que algo, una fuerza que no eran capaces de explicar, les iba retirando de la habitación, y cuando quisieron darse cuenta y reaccionar se encontraban muy lejos, en un campo bastante lejano a sus hogares, sin comprender cómo demonios habían acabado ahí. Un temor lacerante les recorrió las espaldas, privándoles de las ganas necesarias para emprender de nuevo una empresa semejante.

Así, entonces, Ruperto siguió con su vida de idéntica forma. A saber, abismado y ensimismado como si su alma estuviera en otro lugar, centrada su mirada incorpórea en la contemplación de lo que le mostraba el cubo abierto de par en par. Tanto sus padres como el propio Guillermo intentaron hacer que les abriese la puerta aunque fuera, que les dirigiese una mirada o que diera un paso fuera de la habitación para respirar aire limpio, mas todo fue en balde pues todo intento fue vano. Y mientras tanto, Ruperto estaba cada vez más enfermizo y escuálito, era un cadaver que sostenía un ápice de vida en la visión que se le revelaba, una mota de polvo suspendida antes de alcanzar la caída final. Y así pasó largos años, centrado en aquel conocimiento inabarcable, en aquel abismo del infinito, hasta que su cuerpo no pudo soportarlo mas y ahí se quedó congelado en el sitio, muerto en la idéntica postura que adoptó en la vida, con los ojos muy abiertos y sus cuencas carcomidas.

Extrañamente, cuando sus padres le descubrieron el cubo ya no se encontraba entre sus esqueléticas manos, había desaparecido repentinamente. Además, sufrieron tan tremendo estremecimiento, que a las pocas horas tan contemplar el nauseabundo cádaver de su hijo ellos también murieron de la impresión de su enfermiza visión, lo que hizo que para ahorrar gastos fueran tres entierros en uno. Guillermo, obviamente, acudió y presentó sus respetos, y aunque no era especialmente creyente, siguió la ceremonia como si fuera a misa cada domingo. Y en tanto que contemplaba cómo los ataudes descendían a tierra, notaba un estremecimiento que le recorría la espina dorsal, y que era producto no solamente de la repentina muerte en forma de tríada, sino sobre todo de que ahora podría investigar qué era aquello que había llevado a la locura a su amigo.

Una vez acabadas las nupcias fúnebres, sin pensárselo mucho, Guillermo fue a la casa cuando ya estaba atardeciendo, y obviando el salón o la sala de estar, subió las crujientes escaleras directamente al cuarto de Ruperto para encontrar el susodicho cubo de la perdición sin pensar en razones ni consecuencias algunas. En cuanto entró, se desesperó al no verlo por ningún sitio. Inspeccionó cajones, estanterías, armarios e incluso debajo en la cama, todo en balde ya que si no llega a ser por unos cuantos libros que estaban por aquí y por allá, aquel cuarto parecía desmantelado. Sin embargo, cuando ya se iba a dar por vencido, abandonado la habitación desalentado, justo frente a la puerta de la salida, algo crujió bajo sus pies, parecía madera carcomida. Localizando susodicha parte, le dió dos grandes puñetazos y encontró lo que buscaba, el cubo negruzco. Pero estaba cerrado ¿Cómo activarlo? Si a Ruperto le costó tanto, cuanto mas le costaría a él que no comprendía de tales cosas... Pero entonces, en cuanto lo tuvo sobre la palma de sus manos, este se abrió cual si le reconociera como legítimo dueño y heredero.

Al principio, no logró ver nada a través de aquella negrura impenetrable, mas al poco rato si creyó que algo se le mostraba. Poco a poco, como el vestido que va deslizandose lentamente por un cuerpo femenino hasta mostrar su desnudo, lo que parecía una bruma donde se atisbaban algunos inciertos colores fue revelando sus secretos con tiento, y en tanto que Guillermo estaba como embobado en su contemplación, notó un dolor agudo que le recorría el cuerpo. En sus comienzos fue muy tenue, casi una pequeña molestia cual sería el picor de un mosquito, pero poco a poco esta se convirtió en un dolor punzante que le recorría todo el cuerpo hasta que se hizo insoportable, sentía las llamas del infierno cercándole completamente, y a pesar de ello, no era capaz de apartar su vista del interior del cubo. No podía, algo le retenía ahí, algo malvado a la par que divino, algo con una fuerza sobrehumana, sobrenatural en su insistencia. Quería, pero no podía... Y entonces, ah...

A la distancia algunos vecinos contemplaron como la casa que fue de Ruperto se derrumbaba, cayendo desplomada como por ensalmo. Y cuando al día siguiente, acudieron para ver qué había pasado, se encontraron entre las ruinas y los escombros el cuerpo completamente carbonizado de Guillermo, a pesar de que no hubo incendio alguno ahí. Le reconocieron mas por su apostura y su altura que porque quedase reconocible, a la par que algunos de ellos sabían que iba a acudir a la casa de Ruperto para averiguar lo del dichoso cubo. No se lo dijo a nadie, pero muchos sabían lo de su enfermiza curiosidad por aquello, y que tarde o temprano iba a parar ahí. Algunos de los ahí presentes también sintieron curiosidad, buscaron entre los escombros el objeto misterioso, mas aunque arrasaron con la zona, e incluso cavaron zanjas y todo, jamás lograron encontrarlo.

*****

¿Pensaba, quizá el lector, que iba yo a revelar lo que contenía el interior del cubo? Ni lo pienso. Mucho se ha especulado en torno a ello, algunos dicen que contenía un mensaje del infierno, del mas allá o del purgatorio del que no estabamos preparados para contemplar, otros que era una visión divina que se remontaba a los tiempos de Adán y Eva cuando estaban en el Edén que nos es velada, otros quizás mas locos apuntaban a técnicas de otros mundos... Pero en realidad, nadie lo sabe porque nadie lo ha visto a excepción de Ruperto y Guillermo, y esto es lo que hace de esta historia algo digno de contarse debido al misterio que le rodea. Y tú, querido lector, si por algún azar apareciera el cubo ante tu visión ¿Le echarías una mirada, movido quizás por la curiosidad...? 

sábado, 25 de julio de 2026

Mari Pérez

 En una aldea alejada de todo y de todos, la cual tenía un nombre de aquellos impronunciable por lo complejo y que quizás no venga al caso para no aturrullar al lector, nació una niña muy hermosa y lozana sin aparentemente ningún problema en particular. Sus gritos de recíen nacida estremecía todo a su al rededor, los árboles parecían zarandeados por sacudidas, las hierbas arrulladas por violentas caricias y aún el cielo se plagó de gran cantidad de nubes borrascosas siendo por aquel tiempo verano. En la soledad de aquel lugar de escasos habitantes, aquella nueva e inusitada vida lo sacudió todo como si fuera una tempestad invocada del inframundo, una situación en la que al principio muchos se alegraron, pero que al cabo de algún tiempo sin saber exactamente por qué, a muchos llegó a incomodar.

Aquella recíen nacida recibió el nombre completo de María Pérez Gutierrez, nombre que por otro lado es bastante común por estos lares y que vino a acortarse por Mari Pérez, como también es usual que acontezca. Recibió tal nombre debido a la beatitud religiosa de su madre, muy devota ella de la Virgen María, y aquel primer y ordiario apellido de su apocado padre, el cual la religión se la traía al pairo como casi todas las cosas de esta vida ya sea la política, la poesía e incluso su propia economía familar. Muchos decían con mirada baja y encogida señalaban que su apellido era lo único que su padre le había legado. Además, no era raro que se dieran largas y tremendas discusiones entre ambos progenitores mientras la recíen nacida lloraba a pleno pulmón. Parecía que nada podía tranquilizar a aquella pilluela, poco importaba que su madre le diera las tomas o su padre hiciera carantoñas frente a ella, aquella pequeñaja no dejaba ni un instante de llorar durante todo el día. Poco importaba que fuera de día o de noche, a media tarde o de madrugada, no cesaba en sus llantos desesperados cual si buscase algo que sus padres jamás podrían proporcionarle. Quizás para ella no se tratase del mero sustento material para sobrevivir, quizás buscase algo de tipo más espiritual que por su escasa edad no era capaz de verbalizar, mas esto lo sabemos a tenor de las circunstancias que iremos narrando poco mas adelante.

Al tiempo, su padre como hacían tantos otros, terminó abandonando a su familia. Su excusa quizás fuera los insoportables gritos de la niña y las regañinas de su mujer en relación a su propia aplicación en cualesquiera asuntos, pero en verdad ya muchos sospechaban que el hombre tenía una amante cuyo hogar se ubicaba en una ciudad lejana, y que estaba buscando cualesquiera circunstancias para justificar su huída. Aunque esto tampoco podemos saberlo con seguridad, se trata de vanos rumores, como aquellos otros que indicaban que su mujer le sometía a las mas crueles humillaciones mientra le asestaba golpes con una vara de madera, lo cual le dejó un tanto alelado, mas el caso es que este hombre jamás volvió a aparecer y por mucho que la familia le buscó nunca llegaron a tener nuevas de él. Así que el sostén al menos material y cotidiano de Mari Peréz fue únicamente su madre, una mujer que por lo demás en relación a su desesperada situación se agarró con frenesí a la religión para sondear los avatares de la vida, intentando por otra parte incultar estos valores a su hija, aunque siempre en vano.

Los primeros días de Mari Pérez fueron todo un calvario de acuerdo a lo ya mencionado sobre sus potentes pulmones, pero lo extraño fue que al cumplir aproximadamente los cinco años la niña dejó repentinamente de hablar, pasó de un grito extenuante y eterno a un silencio inquietante y perpetuo del que nadie encontró la razón al mismo. Quizás se debiera a que aquella niña ya había usado en demasía de sus pulmones y de su garganta a base de gritos, y que al cabo se le terminó el aire. Mas el caso fue que cuando ya empezó el colegio sus profesores determinaron declarar que aquella niña era muda, e incluso algunos se atrevieron a indicar que probablemente también fuera sorda, ya que no prestaba atención a ninguna indicación exterior a no ser que fuera por gestos. Su madre, evidentemente preocupada, se desplazó un tanto a una ciudad cercana para que la examinaran los médicos, y cual no fue su sorpresa cuando estos determinaron que a la niña no le ocurría nada en absoluto, que estaba sana. A los reclamos de su madre, no contenta con los resultados, derivaron su caso a unos pedagogos y psicológos infantiles por si su mudez se debía a algo de índole mental, mas estos tampoco fueron capaces de certificar si a aquella niña le pasara algo.

El caso fue que Mari Pérez transcurrió sus años colegiales con relativa normalidad si exceptuamos su mutismo y sus extrañas reacciones ¿A qué nos referimos con esto? Pues sencillamente a que nadie era capaz de entenderla, ni siquiera su propia madre que es la que la había parido. A las veces, en mitad de un examen o cuando el profesor preguntaba por las lecciones a sus alumnos, a esta le daban extraños espasmos, sacudía sus miembros estirándolos mucho como si a traves de los mismos pasaran corrientes electricas surgidas de sí misma. Muchos compañeros suyos atestiguaron que cuando se la rozaba en esos momentos sin querer notaban como se les quedaban los pelos de punta y creían que algo les penetraba debajo de la piel, era una sensación sumamente desagradable que no eran capaces de explicarse. Otras veces, a Mari Peréz le daba por hacer raros movimientos con su lengua mientras mantenía la boca cerrada ya que jamás la abría, y cuando el doctor del colegio la examinaba por si estaba lastimada, forzando a que abriese su boca no encontraban nada raro. Mas al poco de regresar de estos examenes, volvía a insistir en esos extraños movimientos, como si estuviera rumiando restos de comida. A todos tenía perplejos estos comportamientos, y mientras tanto la única madre viendo que los médicos no podían resolver nada, se limitaba a hacerla rezar para su interior y a enseñarle las verdades del Evangelio sin ser capaz de comprobar si lo interiorizaba verdaderamente.

Ya en el instituto, la cosa no iba a mejor, sino muy al contrario, a peor ya que debido a sus extrañas actitudes que iban yendo en aumento sus compañeros se burlaban de ella llamándola retrasada y deficiente mental. Al comienzo, aquellas burlas e imprecaciones parecieron no hacer mella en ella, seguía insistiendo en sus espasmos y en sus movimientos raros, que parecían casi artificiales por lo antinatural de sus sacudidas y estiramientos, pero con el tiempo, Mari Pérez empezó a agredir a los compañeros que se burlaban de ella, e incluso a algunos de ellos que se limitaban a reírse por lo bajo de las acechanzas de sus otros compañeros de clase. En un principio, esta les lanzaba miradas amenazadoras en mitad de sus espasmódicos movimientos, pero si la burla insistía, se dirigía a ellos y les lanzaba mil puñetazos, patadas y empellones buscando que la risa se transmutara en el llanto. En una ocasión, la furia de sus acometidas se agravaron cuando cogiendo una tijera se la clavó en el ojo de un niño que se metía insistentemente con ella a pesar de estas advertencias preliminares, lo que provocó que fuera expulsada del instituto y que aquel desgraciado niño perdiera un ojo para siempre.

Desde entonces Mari Pérez tuvo que estudiar en su casa y sacarse los estudios a distancia. Su madre le ayudó en los primeros momentos, enviando los examenes por correo, pero ya en los últimos cursos tuvo dificultades en algunas asignaturas, así que contactaron con un profesor privado que le impartía aquellas asignaturas mas arduas y avanzadas a la par que examinarla una vez que se acabase la lección. Y Mari Pérez, en vez de calmarse un tanto estando en su casa, la cosa fue a peor, ya que incluso delante de su profesor privado continuó comportándose de aquella forma tan extraña, contorsionándo sus miembros con una naturalidad que dejaba a todos pasmados, sin habla. A raíz de darla clases, el profesor volvía al cabo a su casa con una sensación de desasosiego interna prácticamente indescriptible, se sentía desvalido y apenado sin saber por qué. Pero lo peor era por las noches, pues a pesar de llevar una vida muy normal replegando sus terrores a su niñez, le acometían centenares de pesadillas por la noche que le hacían levantarse en mitad de la noche barnizado por un sudor frío tremendamente desagradable. Con el tiempo, acabó desarrollando una violenta fiebre que terminó llevándole a la tumba. Nadie se atrevía a proclamarlo en alto, pero todos echaban la culpa a Mari Peréz, indicando que aquellos retorcidos movimientos eran invocaciones paganas de otro tiempo, y que a consecuencia de las mismas aquel pobre hombre sin aparente culpa de nada había muerto. No obstante, algunos rumores señalaban que aquel hombre había sido una suerte de bandido en su juventud, y que algunos sospechaban de sus metodos pedagogicos. Pero esta es una historia que no se sabe seguro, y que por tanto, no viene al caso.

A raíz de todo esto, la madre de Mari Pérez decidió cejar en su intento de que su hija acabase los estudios aunque fuera a distancia, y ni hablar del trabajo, nadie contrataría a una joven tan extravagante y extraña a tenor de las habladurías del lugar. Así que simplemente se limitó a vivir en compañía de su hija, observándola siempre muy atentamente por si lograba descubrir el mal que la atenazaba, usando en todas las ocasiones de remedios religiosos basados en la lectura de los textos sagrados y de la recitación de millares de ensalmos. En una de aquellas noches de perpetua soledad entre madre e hija, los espasmos fueron tan tremendos, que no le quedó otra a la madre que acudir corriendo a su habitación para ver qué era de aquello. Y se encontró a su hija en el suelo, desplazándose de una forma bastante extraña, como al revés, en tanto que sus estiramientos de miembros eran cada vez mas exagerados e imposibles. Cuando le dió la vuelta para llevarla de nuevo al lecho, de la boca de Mari Pérez salió un montón de líquido negro que además olía bastante mal, como si aquello fuera un vómito del inframundo invocado por mil demonios. Dejó todo el cuarto perdido, ya que estuvo expulsando aquello durante otras, y su madre de mientras, desquiciándose y sin saber que hacer dirigiendo súplicas mudas a Dios para ver si este le socorría de todo aquel desastre.

Finalmente decidió llamar al cura del pueblo, pues estaba segura de que su hija estaba poseída ya desde el nacimiento debido a los pecados de sus progenitores, e incluso, de sus antepasados. El buen hombre todo ufano y campechano acudió a la casa para examinarla, mas al cabo del rato determinó que a aquella niña no le ocurría absolutamente nada, que quizás se trataba de alguna suerte -o maladanza- de enfermedad mental y que quizás fuera mejor recurrir a la medicina. Pero como la madre le aseguró que ya lo había intentado por esa vía y que tampoco aquello había tenido resultado, a fuerza de insistir relatándole los sucesos anteriormente narrados, el cura un tanto espantado y sin saber que hacer decidió contactar con un colega suyo mas experimentado y que ejercía de exorcista por todos los al rededores de aquel contorno. La madre le dió las gracias de rodillas, en tanto que una vez que se hubo ido siguió insistiendo en sus oraciones.

A los pocos días mientras la situación continuaba en idéntico tesón, acudió un obismo experto en ocultismo y versado en todas aquellas cosas que no suelen impartirse en los seminarios, con un semblante muy serio y mirando a uno y otro lado con desconfianza una vez que hubo entrado en la casa. Sin a penar dirigir palabra a la madre, se encerró en una habitación con Mari Peréz, y aunque en sus comienzos no percibió nada raro, cuando ya iba a irse una vez que hubo rociado de agua bendita a la joven, se percató de una densidad amenazadora que le cercaba, y dándose la vuelta comprobó que de las manos de la niña se encendían una suerte de llamadas verdosas que esta sostenía como si tal cosa. El hombre, ya experimentado en estos avatares demoníacos, tomó su libro de recitaciones y comenzó a lanzarlas a la par que usaba del agua bendita de cara a purificar el lugar, mas todo fue en balde ya que Mari Pérez sin cambiar en absoluto de actitud, aumentó la potencia y el frenesí de las llamas, lanzándolas en dirección al párroco, que aunque intentó taparse con la sotána sólo consiguió avivar el fuego y cercarse a sí mismo con aquellas llamas fluorecientes. Por suerte, pudo salvarse, ya que aunque aquellas llamas ardían, extrañamente no le produjo quemadura visible.

Advertidos por el obispo exorcista, durante todos los días siguientes, acudieron a esa casa gran cantidad de otros exorcistas, algunos de ellos bastante avanzados y experimentados, y procedentes de Roma y del Vaticano, muchas veces acompañados por psicológos y aficionados al espiritismo, pero cuyos resultados fueron idénticos, a saber: en vano. Mari Pérez dejó de hacer aquel truco de los fuegos fautos, tampoco vomitó cosa negruzca alguna, simplemente se limitaba a mirarlos con total seriedad, realizando a las veces aquellos estiramientos y contorsiones como si se tratasen de una suerte de ejercicios matutinos, en tanto que poco importaba lo que hicieran todos aquellos hombres, los ignoraba la mayoría de las veces, y cuando en las escasas ocasiones que los prestaba atención, parecía aburrida y tediosa con sus exclamaciones. Al cabo, viendo que aquello parecía no tener resultado, toda aquella gente fue despareciendo paulatinamente, limitándose a escribir desasosegados informes donde no lograban explicarse qué era lo que le ocurría a Mari Pérez, dando constantes noticias desalentadoras a su ya meláncolica madre.

Así continuaron en aquella extraña convivencia madre e hija durante algunos años, todos ellos vertidos en aquellos extraños movimientos, silencios misteriosos y en los constantes rezos de su madre, hasta que un día sin saber por qué Mari Pérez desapareció repentinamente sin dejar rastro alguno de su existencia por este mundo. A raíz de lo cual, el mutismo de la hija pareció pasarse a la madre, ya que aunque la mujer continuaba con sus oraciones e imploraciones celestiales, estas siempre se daban en silencio, en una especie de místico recogimiento. Y aunque en el pueblo procuraron buscar a la hija por todas partes, recurriendo a refuerzos municipales que provenían de las zonas centrales, jamás dieron con rastro o índicio alguno de Mari Pérez. Parecía que esta se había desvanecido por el aire, quedando sólo el recuerdo hasta que quienes la recordaran perecieran de agotamiento vital. A muchos, al tiempo, les pareció que su mera aparición era una suerte de ilusión colectiva, y como la madre no decía palabra alguna que pudiera certificar sus dudas al respecto, con el paso de los años se fue olvidándo aquella historia.

Sin embargo, se cuenta a modo de leyenda, que cuando su madre era ya muy anciana y se encontraba en el lecho de la muerte, rompió su voto de silencio antes de morir para decirle a su confesor lo que había sido de Mari Pérez, y aunque este se guardó los detalles para sí mismo bajo secreto de confesión, en lo referente a Mari Pérez debido a lo edificante de su mensaje, hizo esculpir una placa que se puso en la plaza de la aldea bastante cerca de la Iglesia el siguiente mensaje que venía a resumir lo que había pasado según lo narrado por su madre antes de morir:

"Aquella en apariencia desdichada joven que recibió el nombre terrenal de María Pérez Gutierrez ascendió a los cielos en fecha de tal y de cual debido a la desesperación de no haber sido comprendida por sus semejantes en carne, mas no en espíritu. Su actitud fue tan extraña y extravagante para este mundo, que nosotros en nuestra ignorancia lo interpretamos todo al revés, de la manera equivocada. En realidad, Mari Pérez fue un ángel que cayó del cielo por nuestros pecados y que vino a enseñarnos la humildad y el recogimiento, mas nosotros no lo entendimos. Que Dios nos perdone, porque tan ignorantes somos que nunca sabemos lo que hacemos."

domingo, 12 de julio de 2026

Un ensueño místico

 Aris y Leuciké iban de camino hacía una extraña cita. Ambos son pareja, mas tienen problemas. Aunque se conocían desde hace largos años -incontables desde nuestro computo humano y lineal- los escollos acostumbrados entre conflictos amorosos fueron acumulándose paulatinamente, hasta que llegó un punto que estos eran tan inmensos que les costaba cargarlos con sus propios hombros. El peso de sus desdichas debían ser cargados con sus espaldas en conjunto, cual ejercito que afronta la embestida de un enemigo común, pero sin embargo en vez de eso, cargaban ese peso como a turnos, lo que hacía que algo que podría llevarse sin problemas entre los dos, acabara siendo demasiado pesado. Ya se encontraban bastante magullados debido a estas cargas del pasado, y en vez de culparse a sí mismos por su escasa cooperación, tendían a señalar al otro como único culpable de las heridas del otro. Obviamente, el tiempo solviantaba esas heridas cerrándolas parcialmente, mas al cabo en otra contienda volvían a abrirse y a invocarse antiguos resquemores.

Mientras ambos iban caminando, se cogían a las veces de las manos mostrando que tenían el apoyo del otro, pero en ocasiones se miraban de soslayo con cierta desconfianza, o a lo menos un ápice de perplejidad ante los sentimientos del otro. Quizás algunos podrían pensar que el problema estribaba en una falta de comunicación, pero en realidad era más bien que debían hacer instrospección individual antes de comenzar cualesquiera conversación, de lo contrario por muy sincera que esta fuera resultaba en balde. Nadie podría dudar de que se querían, sin duda era así. Mas les faltaba ese toque de comprensión mutua para afrontar los problemas que les vinieran, o al menos eso parecía connotar el fulgor dubitativo de sus pupilas cuando estas se posaban en el otro. El amor para ellos era ese impulso que les llevaba a los brazos del otro, mas eso no era suficiente para que su vinculación fuera férrea, necesitaban también del conocimiento, ese saber solidifica al amor verdadero.

Tras larga jornada sin decir palabra ni soltar prenda alguna, llegaron al punto deseado, o a lo menos el destino prefijado por una extraña citación que recibieron en su buzón. Era anónima, y les indicaba que si querían solucionar sus problemas y contrariedades debían encaminarse justo hasta ahí. Y llegaron. Era un edificio enorme en medio de un inhóspito bosque, no podría ser una imagen mas contradictoria debido a que el susodicho bloque de marmol estaba impoluto, como recién instalado, en tanto que los árboles de los al rededores eran bastante antiguos, con sus ramajes creciendo aquí y a allá tal y como su propia naturaleza indicaba. Los blanquecinos y artificiales muros de hormigón contrastaban con aquellas ramas cargadas de hojas de un verde oscuro y del musgo asilvestrado, los cantos lejanos de los pájaros no tenían nada que ver con los pitidos de máquinas que provenían del interior del edificio, y la sensación de agorafobia que transmitía la construcción del hombre contradecía la excelsitud de los parajes naturales. Titubearon al principio, mas al cabo decidieron entrar sin saber por qué ni para qué.

Ya en el interior les recibió una enfermera insulsa que hacía de recepcionista, y les llevó a una sala de espera bastante anodina. Una vez allí, a los pocos minutos, les llevó a otra sala, y de esta a otra. Ya no eran personas las que les indicaban el siguiente paso a seguir, eran voces artificiales que provenían de la megafonía, tan automatizado se encontraba aquel lugar. Tras dar varias vueltas sin sentido ni propósito, sin ser llamados se encaminaron ellos mismos en dirección a un portadón que se encontraba algo magullado, y que les costó abrir debido a su peso. Aquella puerta ya no se encontraba automatizada, y esto era porque se percataron de que estaba rota. Y no sólo era la puerta robotizada, sino también todo el interior. Parecía que todo aquel lugar hubiera sido arrastrado por los estragos de un trasgo enfurecido, o quizás que una tormenta se hubiera inmiscuido en los asuntos de aquel edificio. Según iban recorriendo su interior, vieron trozos de paredes y de máquinas destrozadas aquí y allá, cual si esa zona se hallase en construcción. Pero pronto supieron que era todo lo contrario, a saber que había sido destruido.

Pues cuando llegaron al final de toda aquella cadena de destrozos, se encontraron con una suerte de empleado trajeado de blanco que se encontraba evidentemente desesperado por su gesto, ahí tirado en el suelo de cualquier manera y con las manos apoyadas en la cabeza. Este les dijo que un hombre con unas túnicas rasgadas había entrado ahí en compañía de una mujer pequeña y monda, y había destrozado todo aquel lugar. No comprendía para qué ni por qué, mas lo que sí sabía es que se había quedado sin trabajo. Y tras decir estas palabras salió de ahí como si tal cosa, la pareja le acompañó y cuando estaban en la salida de emergencia en la parte trasera del edificio, vieron anonadados cómo aquella estructura se derrumbaba enteramente, desperdigando trozos de yeso y polvo por todos los lados.

Se miraron el uno al otro consternados, sin saber qué hacer. Pero, como ánimados por un extraño fuelle interno, se internaron en el bosque y continuaron andando por la senda que trazaron por el barrizal tantos otros hombres sin senda propia tal y como eran ellos mismos, sus pies construían aquel camino paradójicamente a todos aquellos que no tenían ninguno. Ni ellos mismos sabrían decir cuanto tiempo estuvieron caminando, quizás fue incluso hasta medio día porque ya era de noche cuando llegaron a una rústica aldea. Y tan rústica, ya que incluso el término de aldea les quedaba demasiado moderno, aquello era un terreno con ciertas hierbas desperdigadas y otras tantas otras zonas de barro donde cada ciertos metros había una casucha construida de tierra y de paja, como las de las tribus de antaño. Y mientras las examinaban sin comprender nada, un hombre muy fortachón les recibió ahí y les indicó donde podían descansar hasta la mañana siguiente, ya entonces encontrarían respuesta a sus preguntas.

Y así fue, ya que nada mas despertarse al día siguiente y disfrutar de un frugal desayuno, el mismo hombre que les recibió les explico que aquella zona era una aldea provisional de todos aquellos que huían de la ciudad, y que si querían saber mas tan sólo tenían que seguirle. Así lo hicieron con cierto tiento, llegando a una casucha mas alejada y maltratada que las demás, de la que salió un hombre con unas pintas un tanto estrafalarías. No sabía por qué, pero a Leuciké le dió la sensación de que aquel hombre tan extraño era el mismo que había destrozado el edificio que se encontraba en mitad del bosque, y así sin tón ni son se lo comunicó, a lo que este le respondió:

- Efectivamente. Yo fuí quién redujo aquel lugar a cenizas, y me siento orgulloso por ello. Allí acudían varias parejas cada cierto tiempo para reforzar su unión, pero al cabo conseguían todo lo contrario, debido a que aquel lugar experimentaba con sus mentes llevándoles al límite, hasta tal punto que ya ni sabían quienes eran ellos mismos. Por lo visto se trataba de un tratamiento experimental, que como todo experimiento siempre está destinado al fracaso. Por cierto... ¡Ay de mí! ¡Qué maleducado soy! No me he presentado. Veréis, por todos estos contornos me conocen como el soldado-brujo por mis hazañas y desventuras, y aunque tengo otro nombre para otra clase de gentes, baste con esto a modo de presentación. Quizás os suene mi nombre, quizás no pero poco importa. Tengo pensado salir de esta aldea para explorar otra zona del bosque que se encuentra varios kilometros mas allá, y donde pretendo encontrar algo que es de mi sumo interés ¿Me acompañaréis?

Aunque le escucharon con bastante atención, dudaron sobre qué responderle ya que todo aquello les quedaba demasiado grande, o al menos esa era su sensación. Mas Leuciké animado por no se sabe qué impulso interno le indicó que él le acompañaría, pero que sería mejor que Aris se quedase en la aldea hasta su regreso, no porque no fuera capaz de emprender aquella especie de misión, sino porque para su propia tranquilidad sería lo mejor. El soldado-brujo se lo concedió, e indicándole con un gesto de su largo brazo el camino que deberían recorrer, se puso en marcha sin pronunciar palabra alguna. Leuciké se despidió momentáneamente de Aris, abrazándola y diciéndola que no se preocupase, que regresaría ahí junto a ella en cuanto le fuera posible.

Así Leuciké fue siguiendo al soldado-brujo por la maltrecha senda, observándole con atención y con una mala disimulada perplejidad. Le daba la sensación de que este se desplazaba de una forma un tanto extraña, abriendo muchos los brazos y dando grandes zancadas, cual si fuera una especie de cuervo. Incluso el gesto que adquiría su semblante connotaba eso mismo, ya que fruncía sus rasgos como si estuviera meditando sobre oscuras señales. Quizás fuera sobre el camino a seguir, puesto que a diferencia de la anterior senda, esta no se encontraba marcada por los pasos de otros, aquí todo eran ramajes y extrañas plantas desperdigadas sin razón de ser. En la medida en la que avanzaban mas le sorprendió que el ambiente fuera adquiriendo cierta densidad, las ramas de los arboles cubrían el horizonte y parecía no haber terreno llano sobre el cual apoyar el pie para dar el siguiente paso, pero sin embargo y a pesar de ello, el soldado-brujo seguía caminando, desplazándose de aquella extraña forma, siguiendo un augurio o una intuición secreta que Leuciké intento desentrañar en vano.

Finalmente llegaron al destino, o así se lo comunicó el soldado-brujo con un gesto brusco de su cabeza. Al principio Leuciké no sabía a lo que este se refería, pero cuando prestó una mayor atención saliendo de entre los arbustos que le cercaban, vió en las alturas sobre una plataforma que asemejaba un hongo inmenso, de un tamaño exorbitante, a una mujer gigante en su cúspide, en tanto que a su al rededor se desplazaban volando a su al rededor lo que parecían semblantes simiescos con alas en sus orejas. La mujer se encontraba velada por una escasa ropa tribal, su piel cobriza no era extenta de una exótica belleza, y sus largos y luengos cabellos negros como el carbón la conferían de una sensualidad que no cabía en las palabras. Mientras esto miraba con una mezcla de deseo y de pavor, el soldado-brujo se desplazó volando en dirección a aquella mujer gigante, situándose frente a ella para que le reconociera.

Ya cuando se encontraba en sus mismas narices, esta rió con sorna e impidió que los semblantes simiescos atacasen al soldado-brujo con una señal que les hizo con la mano y con reconciliadoras palabras, lo que hizo que estos se desplazasen al rededor del mismo como escrutándole. Ella parecía sumamente feliz de encontrarse ante él, y después de intercambiar frases galantes y de cortesía, sacó lo que parecía una barra de hierro, dándole un leve toque en la cabeza. Así, paulatinamente, el soldado-brujo fue incrementando de tamaño hasta alcanzar el de la mujer, convirtiéndose en su semejante como por toque de magia. Cuando se halló en susodicha forma, yació con la mujer gigante como hacen los que sienten el impulso de una pasión desenfrenada, quedándose en tal sensual tesitura por espacio de tres horas. Nada mas terminar, se tumbó al lado de la misma y esperó en tanto que él mismo fue menguando a ojos de ella hasta alcanzar su tamaño original. Así se quedó largo tiempo encerrado entre sus dos inmensos senos, en tanto que a ella le vino el sueño. Los rostros simiescos salieron desperdigados de ahí, buscando quizás alimento, y uno de ellos sirvió al soldado-brujo para que este bajase de la plataforma. 

Cuando ya estaba en el suelo y el mono volador se fue de ahí junto a sus compañeros, el soldado-brujo se posicionó ante Leuciké, y sin mediar palabra alguna posó la palma de su mano en su frente, cerrando los ojos y declarando unas palabras en un idioma que para este era desconocido. Cuando quiso darse cuenta ya no estaba junto al soldado-brujo en aquella zona de ensueño, sino de vuelta en la aldea de la cual había partido. Con la diferencia que ya no había nadie allí, a excepción de su amada Aris que esperaba su regreso con añoranza. Esta, nada mas verle, se encaminó corriendo en su dirección y antes de decirle nada se limitó a abrazarle. Tras largos segundos de intenso abrazo y de lágrimas contenidas, le preguntó sobre lo que le había acontecido en compañía de tal extraño personaje, a lo que Leuciké le respondió:

- Desconozco lo que he vivido, mas sólo te sabré decir que el soldado-brujo va a tener un hijo, y que interpretando este simbolo, ahora sé que nosotros también vamos a tenerlo. Dejemos nuestros problemas a un lado, en suspenso de momento, porque el ego debe ser quebrantado con la llegada de un nuevo ser que nos sobrepasa. Y ahora, toma mi mano y marchémonos de aquí para regresar a nuestro hogar.

Aris, perpleja sin saber cómo era posible que Leuciké supiera todas aquellas cosas, se limitó a sonreírse con sincero regocijo a pesar de la sorpresa. Y cogiéndose de las manos en feliz unión se encaminaron de regreso al lugar del que ambos eran originarios, sintiendo para sus adentros que un nuevo tiempo se acercaba, y que a pesar de las dificultades que les ofreciera la vida y las circunstancias que a esta atañían, las sobrepasarían si permanecían  juntos como ahora mismo atravesando el bosque soñado en aras de una pronta salida.