sábado, 25 de febrero de 2023

Tiempos pasados

 Cuando recibí el mensaje de mi amigo X, salí precipitadamente por la puerta principal de mi casa. Cargado con una bolsa y una caja de cartón en mano, atravesé por la calle principal con premura. Prácticamente no me fijé en lo que había a mí al rededor. Sólo pude observar frente a mí el gran arco de la entrada a la urbanización, la figura distante de mi amigo apoyada en el centro y una mujer con sobrepeso caminando en mitad de la calle tras haber tirado la basura. Me incliné en señal de saludo a esta misma mujer, y lancé toda la basura en el mismo cubo.

Para entonces, X ya me había visto y se dispuso a encaminarse en mi dirección. Cuando nos encontramos justo delante nos dimos un abrazo amistoso, y todo vivarachos salímos de la urbanización atravesando la carretera sin importarnos el paso de los coches.

- Vaya, veo que te has cortado el pelo. Se te nota muy distinto así - comenté deslizandome a su lado, arrastrando los pies como de vez en cuando acostumbro

- Sí, ya era hora - respondió él, y continuó- Y tú te has dejado crecer la barba. Así conectada con el bigote que tienes, te hace parecer todo un bohemio - dijo mientras se reía, todo ufano y con una mirada que indicaba que había dado derecho en el clavo-

En verdad, él no era el primero que me lo había dicho. Constantemente me recalcaban que tenía pintas de bohemio. Eso me hizo pensar acerca de qué significaba ser eso de bohemio, si era mas bien un comentario superfluo en torno a mi apariencia, o era algo mas intrínseco que se volcaba en lo externo a mí. Quizás sería por mi afición a la literatura y por escribir de vez en cuando relatos que no le importan a nadie, pensaba. O, puede que además de por eso, fuese porque fumaba bastantes ducados al día y de vez en cuando me tomaba alguna alegría bebiendo algo de alcohol. Mas, en todo caso, había algo de ese término "bohemio" que me perturbaba. No era por serlo en sí, o por parecer serlo, sino mas bien porque tanto gente conocida como desconocida coincidieran en ese supuesto hecho. Era algo que me producía un mareo interior, el que conocieran supuestamente algo de mí que ni yo mismo me había replanteado jamás. Si no era ser bohemio, era ser demasiado intenso, un literato, un viva la vida... En fin, presuponiendo que entendiera a qué se referían, seguía sin entender nada como siempre me pasaba con todo.

X y yo pasamos a través de las calles de la urbanización de al lado, discutiendo opiniones y contrastándolas con experiencias de nuestra vida. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. A veces el constructo artificial que supone nuestra vida social nos impone una serie de baches y de barreras que nos impide hacer lo que queremos como individuos. Y aunque yo particularmente he evitado lo máximo posible esas obligaciones creadas por la sociedad, lo cierto es que muchas veces caigo igualmente en las mismas. Eso me deprime terriblemente, y de ahí la necesidad personal de volver a ver a mi amigo de la infancia, y de compartir unos ratos, como si volvieramos por unas horas a ser niños.

Después, entramos al principal centro comercial de nuestra zona. A este centro comercial se le llamaba coloquialmente por aquí "El nuevo" en contraste al otro que tenía al lado que se le llamaba "El viejo" A pesar de esa denominación mucho de nuevo ya no tenía. El recinto en cuestión estaba desolado, completamente vacío, sucio y casi descuartizado. Cada pisada arrastraba un cúmulo de roña que se quedaba pegada en los zapatos, y cada vez que se alzaba un poco la voz, era el eco quién te respondía. X y yo lo estuvimos comentando mientras accedíamos a una tienda para comprar un par de "flashes" cual si fueramos efectivamente un par de críos gastándonos nuestra paga en chuches.

Con los "flashes" en mano, salímos de ahí como fantasmas de una casa encantada que se ha quedado demasiado pequeña, y subímos la cuesta en dirección al centro del pueblo. Mientras así lo hacíamos, no pude evitar fijarme en el paisaje. Es verdad que aquí estaba todo desolado, que apenas pasaban los coches y que toda la vegetación estaba seca y plagada de arena y barro. Sin embargo, encontraba un encanto en todo esto. No en vano, aquel era el lugar de mi infancia y adolescencia. Aquí paseaba con los distintos grupos de amigos que he ido teniendo a lo largo de mi juventud, hacíamos gamberradas, bebíamos alcohol, fumabamos o simplemente charlabamos sobre cosas banales que en ese tiempo para nosotros no estaban exentas de la debida importancia. En fin, podría decirse que me invandió la nóstalgia, o mas bien, que yo me dejé invadir por ella gracias a lo que veían mis ojos en ese momento.

Al rato, X y yo llegamos al pueblo. Otro lugar que estaba terriblemente abandonado. Discurriendo a través de sus calles, podía observarse cómo los edificios se caían a trozos completamente alejados de la mano de dios. El pavimento y los mosaicos sobre los cuales pisabamos, o bien, estaban desgastados de tanto usarse, o en su defecto, habían sido arreglados con el mínimo presupuesto. Las calles que rodeaban la calle principal estaban abarrotadas de gatos abandonados, mas completamente vacías de gente. El abandono del pueblo era palpable frente a unos concejales que probablemente estaban llenando sus bolsillos del dinero que debieran invertir en reparar el pueblo sin escatimar en gastos. Pero, a pesar de esto, tampoco en esta ocasión pude evitar sentir cierto encanto por lo que contemplaba. Es mas, me sentía maravillado en el buen sentido por ese abandono. Estaba feliz. Me encontraba en el núcleo de mi pasado. Pensaba en cuantas veces había pasado por aquí, me había sentado en los bancos de madera carcomida ya sea solo o acompañado, y me había puesto a contemplar inmerso en mis pensamientos a la luna ascender con cigarro en boca, o botella en mano. Aquellos recuerdos eran sumamente gratos para mí.

Al final, mi buen amigo y yo decidimos sentarnos en unos bancos modernos que habían puesto por el pueblo hacía ya unos años. Ya estaba anocheciendo. Pero eso no impidió que por eso detuvieramos nuestro encuentro, y regresaramos a casa. Todo lo contrario. Nos quedamos un momento en silencio contemplando aquel paisaje abandonado aunque encantador, desolado y tranquilo, hasta que la voz de X quebró el silencio sólo antes interrumpido por el zumbido de algunos insectos.

- A veces recuerdo el tiempo en el que éramos niños, y sobre todo, adolescentes. Nos lo pasábamos muy bien. Aunque, la verdad, es que jamás volvería a esos tiempos. No me gustaron nada. Fuí a veces muy infeliz, sólo me salvaron las risas debido a las paridas de entonces -dijo muy serio

- Es cierto, pienso igual. También eran otros tiempos muy distintos a estos. Éramos a veces bastante crueles. - le respondí con una seriedad semejante

- Sí, pero tampoco nos quedaba otra. Por entonces, si no aprendías a defenderte por ti mismo lo tenías jodido. Y defenderse implicaba que tenías que meterte y poner en rídiculo a los demás para quedar por encima. Si no actuabas así, ya podías prepararte para lo que te esperaba al día siguiente. No estoy nada orgulloso con lo que hice. Pero, por otro lado, sé que no me quedaba otra. A día de hoy no lo entenderían debido al correctismo político y a la sensiblería actual, mas entonces la cosa era muy distinta. Nos tratábamos fatal entre nosotros, como sobre todo a otros que no tenían nada que ver con nuestro grupo. Aunque bueno, tampoco era del todo culpa nuestra. Las malas influencias y la presión del grupo también provocaron que en ciertas ocasiones actuaramos como animales. Pero bueno, por suerte, al menos yo, pude disculparme mucho después con los afectados por nuestras perrerías. En ese sentido puedo decir que tengo la conciencia tranquila.

Yo asentí en silencio mientras le escuchaba, no podía darle la razón de otro modo. Es cierto que cuando éramos adolescentes actuabamos con inconsciencia, influidos por los demás y en una especie de teatro de la supervivencia. Mas, a pesar de todo, no podía evitarme sentirme mal a ese respecto. Recordaba episodios en los que yo mismo me había reído de mucha gente, y había insultado y hasta agredido a mucha otra. En verdad, muchos se lo merecían, así que podría decirse que me encontraba en un estado de vulnerabilidad que requería de la auto-defensa. Por suerte, durante el colegio y el instituto no se habían metido mucho conmigo. Era porque les daba miedo. Siempre iba vestido de negro, con un flequillo que me ocupaba la mitad de la cara, y además, era bastante alto. Esas pintas, por otro lado, provocaron que corriesen por ahí muchos rumores un poco raros sobre mí. Algunos de ellos estaban relacionados con el satanismo, e incluso, con el sacrificio ritual y el homicidio. Obviamente, todas aquellas cosas eran tonterías. Mas, no obstante, esas estupideces inventadas me ayudaron en mas de alguna ocasión a salvar el pellejo y a ahorrarme en disgustos.

Pero, volviendo a lo que mi amigo X me había dicho, también me sentía mal no sólo por las cosas que había hecho por sobrevivir en el ámbito social -aunque como dijo, estás entendieran de algún tipo de justificación- sino porque yo a diferencia de él no había tenido la oportunidad de disculparme con aquellas personas que fueron afectadas por mis acciones. Una vez que acabé el instituto y me presenté a los examenes oficiales para ingresar en la universidad, me desentendí de todo y de todos. Empecé a rondar mucho mas por el centro, y dejé un poco de lado a mi pueblo y su gente.  Siempre he vivido bastante a mi bola como acostumbro a decir, indiferente a las veces respecto a los demás, y eso provocó que toda aquella gente del pasado se hundiera en la oscuridad cual si apareciese una densa niebla durante la noche. A veces pienso que ojalá hubiese tenido la oportunidad de disculparme, o al menos, la valentía suficiente para buscar a toda esa gente y pedirles perdón en condiciones. Mas desde aquellos tiempos pasados hasta ahora he sido un cobarde que ha procurado enfrentarse a lo mas mínimo posible en esta vida. Siempre huyendo de aquí y para allá, en busca de refugio y diversión constante a pesar de esta profunda melancolía que anida en mi interior. Quizás haya sido precisamente esa melancolía la que ha implementado esa necesidad en mí de tomarme la vida a risa, como si fuera una fiesta.

En ese momento, ví como mi amigo X ya se levantaba, así que hice lo mismo y lo seguí. Continuamos nuestro paseo ya completamente de noche mientras charlabámos acerca de aquel pasado en apariencia lejano que ambos compartíamos. Nuestras siluetas fueron sumiendose por aquella oscuridad nocturna en aquel lugar desamparado. Ya sólo podía oírse el eco de nuestras risas y la sombra que proyectabamos en el suelo cuando los escasos coches que pasaban nos iluminaban con sus faroles, en tanto, que, nuestras figuras iban desvaneciéndose en aquella bruma fantasmal.

domingo, 12 de febrero de 2023

Los mendigos

 Es curiosa la existencia de los mendigos. Con esta afirmación no quiero decir que me sorprenda que existan, todo lo contrario. Me refiero a su existencia en un sentido mas profundo. Es decir, su razón de ser es cuanto menos un hecho que me atrevería de calificar de sobrenatural. Los mendigos vienen y van, aparecen y desaparecen, y nadie sabe de dónde salen ni a dónde se van. Cuando aparecen, la gente los ignora como si no los viera, como si fueran fantasmas, y cuando se van mas de lo mismo. Tienen una existencia fantasmagorica, indefinida, pocos son quienes les ven, y cuando es así es porque uno se pone unas lentes especiales, unas lentes que por lo demás nos abstraen de lo que la gente suele denominar "los valores correctos de la sociedad". Cuando uno se despoja de ese correctismo es cuando es capaz de observar a mendigos, prostitutas, pordioseros, criminales, gente a la que se suele señalarse como indeseable porque unos cuantos caprichosamente lo han decidido. En verdad, para ser sinceros, quienes se ponen esas lentes especiales pasa a ser tenido también por uno de esos indeseables. No sé por qué, ni quién ha ordenado que deba ser de esta manera, pero tengo por cierto que así ocurre.

Cuando estaba inserto en la cosmovisión cristiana, solía dar algunas monedas a los mendigos que pedían allende a las calles o dentro del metro. Esto lo hacía no para que ese dios desconocido me viera como digno de salvación, sino porque me sentía impulsado a ello. Por entonces pensaba: "caridad no es hacer bien por bien, sino hacer bien porque hay que paliar el mal" Posteriormente, cuando abandoné esa cosmovisión al darme cuenta de lo ingenuo y estúpido que es seguir una religión en particular, dejé de dar dinero a los mendigos. Al igual que ya no creía en los cuentos de la religión y de la política, tampoco creía en los cuentos de la gente en general. No se trataba de algo personal contra los mendigos, se trataba de mi vil desconfianza interna hacía todos. A pesar de ser desde siempre un poco ingenuo, también he tenido mi lado oscuro. Una oscuridad que me ha acompañado siempre, y con la que de vez en cuando hasta me he sentido bien.

En verdad, desde mi fuero interno, siempre he admirado a los mendigos. Son los seres mas libres, auténticos y humanos de este mundo. Esta es una afirmación que digo con total confianza de mis palabras. Es cierto que si uno se pone a pensarlo, los mendigos por lo general, aún con sus privaciones materiales, son las personas que mas cerca están de la auténtica libertad. Esto es así porque vienen y van a dónde quieren, no tienen obligación alguna con ese abstracto llamado sociedad, pueden ser ellos mismos sin temor a ser juzgados, no necesitan aparentar para ser aceptados... Nosotros, en cambio, los llamados "no-mendigos" -o en su acepción mas aceptada: ciudadanos- no conocemos esa libertad. Estamos siempre privados de la misma en tanto que tenemos unas obligaciones determinadas, siempre estamos ojo avizor a lo que piensan los demás de nosotros, necesitamos dinero para todo, nos pasamos la vida agobiados por cosas que otros nos han impuesto... Si lo pensamos fríamente, nos daremos cuenta de que en verdad nos conducimos como si fueramos automatismos que funcionan con una cuerda que ha accionado alguien que incluso desconocemos. Así, es imposible ser uno mismo, a no ser que uno se desplace de esa sociedad y pase a convertirse en un mendigo.

Antes me he incluido en la categoría de los "no-mendigos" En realidad me he equivocado un poco al incluirme en ese grupo. Quiero decir, yo tampoco pertenezco a los mendigos ya que tengo mis necesidades materiales cubiertas, gozo de eso que llaman "comodidades de la vida moderna", y a su vez, también mi libertad está privada por esas caprichosas obligaciones que el abstracto de la sociedad me ha impuesto. Pero, por otro lado, además de ser consciente de esto, no sólo es que vea a los mendigos, sino que también siento cierta empatía hacía ellos aunque no les dé ni pizca de dinero. Aunque, para ser sinceros, yo tampoco es que tenga dinero a raudales, todavía soy un estudiante. Mas, al margen de esto, yendo hacía el asunto al que apuntaba, yo me incluiría en  una categoría intermedia: no soy ni mendigo ni ciudadano, sólo un desgraciado que aparenta ser parte de la sociedad pero que tiene corazón de indigente, de indeseable para esa sociedad que constantemente me rechaza, y a la que por tanto, yo también rechazo.

Hubo un tiempo, además, en el que yo mismo me juntaba con los mendigos. Era como un extranjero para ellos, mas como compartía con ellos la denominación de "perdido" pues fuí aceptado. No pertenecía a un mismo grupo localizado, claro. Pero sí que me rodeaba de bastantes de ellos. Madrid, como es sabido, es un lugar que tiene gran cantidad de mendigos. Y aunque uno quiera hacerse el ciego o el sordo, si se dá un paseo por una de las zonas de mayor consumismo que es Callao, se dará cuenta que en cada puerta en la que entre para gastarse todo su sueldo habrá alguien pidiendo. Dejando esto de lado, y yendo al asunto principal, como decía, yo mismo durante un tiempo, me rodeaba de todos esos fantasmas invisibles para la sociedad porque se afanan en no verlos. Por entonces, tenía por costumbre, tirarme a cualquier sitio a esperar. Esperaba algo, mas ya no recuerdo el qué. Tampoco sé si esperaba a alguien en concreto, o a un grupo de gente diverso. Pero el caso es que esperaba mucho. Digamos, que, a algo indeterminado.

Fue entonces cuando entré en contacto con ese sector al margen de cualquier sector de la sociedad. Ellos fueron muy amables, me invitaron a alcohol, y yo a ellos. Entre trago y trago de un vodka barato o de cualquier cosa que estuviera destilada, vinieron muchas confesiones. Excepto por mi parte, claro está. Yo siempre he sido muy callado, de no soltar prenda mientras escucho los problemas de los demás. Esto nunca me ha molestado, ya que normalmente han sido la lectura y la escritura mi cobijo y desahogo personal. Casi nunca he necesitado de abrir la boca para encontrarme mejor. Pero, en el caso de ellos, parece ser que sí. Es así cómo me enteré de algunas de sus vidas, de cómo no todos acabaron ahí por caer en la banca rota, de cómo pasaban de la falsa simpatía de los comedores sociales, de cómo usaban del emotivismo para conseguir dinero, de cómo hacían lo que les viniera en gana cuando querían... Yo, personalmente, no les reproché nada. Incluso, los entendía. Pensé que si yo mismo acabase por lo que fuera en esa situación, probablemente me movería de una manera semejante.

En una de estas ocasiones, me encontré con un mendigo memorable. A este le solían llamar a modo de mote "el bestia" Tenía todos los dientes picados, le olía mal el aliento y de no ducharse no se sabía a ciencia exacta qué tipo de piel tenía puesto que estaba plagado de manchas marrones. Este mendigo, "el bestia", me rodeó por el hombro y me susurró unas palabras que me costaron entender debido a la borrachera que llevaba encima: "Mira, chaval, la vida es así. Tú estás ahí, y yo aquí ¿Ves lo juntos que estamos? Pues en realidad no es así. Pese a caminar juntos por la calle, estamos muy lejos. Pertenecemos a dos mundos completamente distintos. Puede que tú confundas con tus pintas y tu actitud despreocupada. Pero en verdad, nosotros sabemos que perteneces a otro estrato. He oído decir, que no te entiendes con ese otro estrato, quizás seas una especie de mestizo después de todo" Y después de decir esto, soltó una risotada y me pasó una botella de whisky barato. Al rato, se marchó, y no volví a saber de él. Me hubiese gustado volver a verle para reconocerle la sinceridad de sus palabras, ya que en ese momento me quedé perplejo. Tenía que meditar lo que me había dicho con la cabeza fría, sin estar ebrio.

Como dije mas arriba, yo siempre estaba en algún rincón tirado esperando algo que nunca acudía. A veces botella en mano, otras con algún cigarro, pero siempre a la expectativa de ese algo indeterminado, aún casi sin esperanzas, mirando el panorama del mundo urbano. Así pude conocer a los mendigos mas a fondo, aunque tampoco del todo porque como me dijo "el bestia" pertenecíamos a mundos distintos. Podía acercarme a ellos, descubrir ciertas cosas que no descubriría de otro modo que no fuera hablando con ellos directamente. Pero había cosas que se me escapaban al ser un "mestizo" entre un ciudadano marginado y un indigente incomprendido. Me sentía un poco desplazado de todo y de todos, mas aún así no podía evitar guardarme cierta admiración por los mendigos por haber hecho algo de lo que yo no era capaz. Jamás admiraría a lo que la gente suele señalar como "un ciudadano respetable" Pero sí a lo que la gente suele tener como algo degradante. Quizás, por llevar la contraria.

Hace unos meses, un hombre que pedía comida para su familia, entró en el vagón de tren en el que yo iba con mi pareja. Este suplicaba por unas monedas, o en su defecto, algo de comida para sus hijos. Yo no podía saber si era verdad o una trola, precisamente porque conocía las argucias de los mendigos, de las cuales yo no tenía derecho a reprocharles nada, todo lo contrario, como apunté anteriormente. De repente, como estaba muy cerca de mi pareja, sentí un movimiento de su brazo. Y al mirar a su lado, ví que estaba buscando un bocadillo que ella misma se había hecho para ese día pero que no se había comido. Movida por la compasión, pretendía dárselo a ese hombre. Mas yo la agarré del brazo para que no se lo diese, y le susurré: "Ni se te ocurra" La verdad es que no sé por qué reaccioné así, con esa brusquedad. Pero imagino que seguramente fue por pensar mas en mi pareja que en aquel hombre anónimo del que no podía saber si mentía o decía la verdad. Prefería que mi pareja degustase ese bocadillo a la cena, puesto que no había comido en todo el día a que ese hombre lo tirase a la basura como alguna vez me han dicho otros que han visto. También pensaría que ese mismo hombre haría lo mismo estando en mi situación, el poner por delante a su pareja ante gente desconocida, como así también yo haría lo mismo estando en su pellejo, pedir algo de comer para mi familia, o en el caso de que fuera mentira, para beber o drogarme.

Al terminar de escribir esto, ni a mí me queda claro si este escrito es una suerte de elogio hacía los mendigos y en contra del correctismo actual, o una crítica constructiva tanto hacía los mismos como hacía todo el mundo, e incluso, si con la excusa del tema de los mendigos de fondo, he aprovechado en demasía para hablar de mí mismo y confesar mis inquietudes al respecto, parloteando sobre mi vida. Tampoco sé qué clase de escrito es este, si es un relato, un ensayo, una crónica, una confesión... No tengo ni idea. Su estructura en sí misma no respeta las reglas de un escrito como dictaminan ciertos academicos, no dá pie a que se le ponga alguna etiqueda determinada. Probablemente, además, tenga hasta faltas de ortografía y frases sin sentido porque lo he escrito sin ningún tipo de intención, por escribir algo mientras me dolía la cabeza. En fin, para evitar seguir escribiendo disparates prefiero dejar este relato -o lo que sea- aquí.

miércoles, 1 de febrero de 2023

El destino

 Aquel invierno fue bastante frío. El ambiente era tan gélido que calaba hasta en los huesos. Si uno recorría aquel desierto helado y cubierto de nieve, podía sentir como su corazón se congelaba poco a poco, como también sus latidos ralentizandose con la misma lentitud con la que el pecho terminaba convirtiendose paulatinamente en un sácorfago helado. Esto en el caso de que uno fuera una persona normal, sin grandes sentimientos ni aspiraciones superlativas. Sin embargo, en el caso de aquel joven con alma de muchacho que recorría en esos instantes ese páramo de hielo no era así. Esto se debía a que en su interior albergaba grandes y poderosos sentimientos, como así unas aspiraciones que podrían considerarse trascendentales, e incluso, hasta sobrenaturales. Ello provocaba que en su interior una gran oleada de fuego derritiese cada fragmento helado que osase asomarse. Tal era el espíritu ardiente que habitaba en su cuerpo, que cuando el frío intentaba instaurarse en su pecho, este era repelido por el aliento de un volcán, tan poderoso e imponente que bastaba una ráfaga para sofocar el viento helado mas estremecedor. Por tanto, aquel frío, aquel invierno, aquel desierto plagado de nieve... Todo eso le era indiferente puesto que él mismo era fuego. Una llamarada solitaria que recorría el núcleo mismo de un iceberg.

El lugar no le era extraño ni desconocido a aquel joven. De hecho, le era demasiado conocido. Se conocía cada rincón aún mas que la propia palma de su mano, y cada elemento mucho mas que los objetos desperdigados que se encontraban en su habitación. Llevaba demasiados años en aquel lugar como para que cayese para él en el olvido. Tenía por cierto, que aunque un acontecimiento que sobrepasase sus fuerzas le alejase de ahí, al regresar dentro de unos cuarenta años, se seguiría acordando de aquel lugar. Al fin y al cabo, aún con el cambio que actúa sobre el paisaje debido a las estaciones, ese sitio no era otro que el lugar de su infancia. Ese páramo desertico ahora helado era lo único que verdaderamente conocía, el lugar que le dió cobijo siendo niño, donde acudía para despejarse siendo adolescente y donde ahora a su edad acudía para retrotraerse a esos años pasados. Siempre había estado ahí, y tenía por seguro que seguiría estando ahí al menos por ahora.

Tras andar durante un buen rato, se detuvo. Como si hubiera portado consigo un medidor interno del diametro de aquel terreno, se paró en seco justo en la mitad de ese campo. Encontró el tronco partido de un árbol en el suelo, y se sentó en el. Era mas cómodo que la más lograda de las sillas puesto que era nada mas ni nada menos que una silla original, primigenia. Ahí sentado se puso a recordar mientras contemplaba como caía la nieve lentamente. En la medida que recordaba, esta nieve fue cayendo cada vez mas lentamente, tan lenta era su caída que parecía suspendida en el aire, deslizándose a capricho hasta unirse con los otros copos que ya habían caído. Del mismo modo, la imagen que tenía ante sí de la lenta caída de la nieve fue solapandose con sus recuerdos hasta que estos ocuparon todo su ángulo de visión.

Entonces, se desplegó ante sus ojos a través de las raíces de su memoria, un panorama totalmente distinto aunque tales recuerdos se desarrollasen en el mismo sitio. Por entonces era un niño, tan pequeño que podía permitirse el lujo de actuar como tal, pero tampoco lo era tanto como para no poder pensar con consciencia plena. Era la temporada de la siembra, y hacía un calor tremendo. Él solía acompañar a su padre mientras sembraba con sus compañeros, aunque como todavía era un crio no podía quedarse quieto en el sitio. Mientras los trabajadores se ocupaban de la tierra con las espaldas completamente llenas de sudor debido a la incidencia del sol, este niño corría al rededor jugando a sus juegos inventados. Pero, como el calor era sofocante, su padre le indico que se replegase hacía la sombra, allí donde un conjunto de árboles podían darle cobijo. El niño, obediente, así lo hizo. Fue corriendo, dando trompicones y traspiés a  través de los surcos abultados de la tierra. Él imaginaba y se sentía cual si fuera un barco que atravesase las olas de un bravo mar. Cuando llego a puerto, se sintió mas bien como si su barco hubiera sido arrastrado a una isla desierta, y él fuera el único naufrago que hubiera sobrevivido al temporal en alta mar.

Se tumbó sobre la hierba cobriza, y con una mano, arrastró el sudor que le recorría la piel tersa de su frente. Después, se puso a moverse de un lado a otro, como si fuera una croqueta, y cuando se tumbó a un lado, entrecerrando los ojos, se percató de que una hierba verde asomaba por encima de la tierra a poca distancia de él. Sin esperar ni un minuto, se levantó y fue corriendo hacía ahí, y cuando ya estuvo frente a la misma, su curiosidad infantil le animó a tirar de ella. Tuvo que usar de mucha fuerza, ya que no era fácil. Usó de tanta fuerza que nuevamente el sudor acudió a su frente, y no sólo a su frente, también a su espalda y a sus brazos, como su padre y los trabajadores en el campo. Pero, al final, lo consiguió.

Cuando lo sacó, se dió cuenta que bajo aquellas hierbas, había una especie de raíz muy gruesa, parecía un rábano. Mientras lo contemplaba suspendido en el aire, este comenzó a agitarse, dando sacudidas en el aire cual si se tratase de un pez recíen sacado del agua. El niño se asustó, y lo soltó. Así, en el suelo, lo que parecía un rábano se irguió por sí sólo. Y así como estaba, de pie en el suelo, habló:

- Eh, no te asustes chaval. Me alegro de que me hayas encontrado, no sabes la suerte que has tenido. Si hubieses tirado y extraído las otras hierbas moradas que estaban cerca de aquí, tu suerte hubiera sido otra. Una que probablemente hubiese acabado en desgracia. Pero menos mal que has dado conmigo. En fin, como me has encontrado, ha de cumplirse el designio del cielo. Has sido tú, y sólo has podías ser tú. Esto es cosa del destino. Por lo cual, olvida lo que te he dicho antes porque como ha sido así sólo podría haber sido así, y no de otra manera. Bueno, voy a dejarme de peroratas, y te diré lo que has de hacer para que se cumpla lo dictaminado en los orbes celestes, si es que ha de ser así. Debes acudir aquí dentro de diez años. Si lo haces así, dentro de otros diez años se te indicará cual será tu camino a seguir para que se cumpla lo que debería cumplirse.

Al terminar de hablar, de repente, la extraña raíz-rábano, desapareció instántaneamente. En tanto que el niño se quedó parpadeando, bastante sorprendido y hasta perplejo debido a lo que se acababa de desarrollar ante sus ojos. Mientras, ya de joven recordaba esto, ya no acertaba a señalar lo que pasaba después. Hasta tenía sus dudas de si realmente había vívido algo semejante pese a que en su memoria no hubiesen brumas al respecto. El recuerdo aparecía en su mente con una sorprendente nítidez. Pero, sin embargo, no sabía si se debía a la imaginación de la que tanto hacen gala los niños, o si lo había soñado. A pesar de recordarlo con todo lujo de detalles, tanto el rábano como la voz que parecía provenir del mismo, tenía sus dudas. Era como si el mundo que denominamos real y el onírico se hubieran confundido hasta tal punto que no se acertaba a responder cual de los dos tenía preponderancia el uno sobre el otro, pese a que incluso podría decirse que ese instante cuasi-soñado era más real que lo que hasta entonces había vívido.

Entonces, una ráfaga de gélido viento acudió con fuerza, provocando que la nieve que antes caía sosegadamente y con paciencia arrollase con violencia. Unos copos y otros se apelotonaban, se fundían en el cielo, y formaban unas ráfagas perfectamente definidas. Parecían una sucesión de lanzas afiladas que desfilasen en el cielo de forma amenazante, para demostrar el impetú y la fuerza que escondía la naturaleza gélida. Mas, no por eso el joven dejó de resistir con su ardiente fuego interior. Este resistía, persistía y hasta recobró fuerzas haciendose una llama aún mas potente. Y así, alumbrado por su hoguera interna, pudo ver a través de las lanzas heladas que surcaban el cielo, otro recuerdo que adoptaba la forma de una imagen, la cual fue expandiendose de su conciencia hasta su visión, arrebatando a la nieve y al viento su protagonismo. Transformandose así en un recuerdo que le hizo olvidar por un momento el lugar en el que se encontraba.

En el, este joven ya era un adolescente. Un adolescente que estaba enfadado con el mundo, y sobre todo con la gente que habitaba su casa. También le invadía una melancolía, una melancolía tan inmensa que le sobrepasaba en el alma y le provocaba que esta se tambaleara. Cuando esto ocurría salía a dar largos paseos, y con mas razón si era de noche. En esa ocasión, se trataba de una noche primaveral, y por lo cual, el ambiente era bastante calmado y sosegado. A penas hacía viento, lo que provocaba que los árboles que adordaban el sentero se mostrases pétreos, cuales estatuas que se limitaran a estar ahí sin apenas un solo movimiento. Mas, cuando salió del sendero se encontraba exactamente en el mismo páramo desertico donde jugara cuando era niño mientras su padre trabajara. Además, justamente habían pasado los diez años exactos que le anunciara la raíz habladora. Sin embargo, él ya no se acordaba de la fecha exacta. Por lo cual, acudió ahí por "casualidad"

Mientras atravesaba ese pequeño bosque en el que se tumbó cuando era niño, pudo percibir unas extrañas amarillentas luces que se proyectaban en el suelo. Parecían emerger del mismo suelo, pero aún con ello este adolescente miró hacía el cielo por si eran proyectadas por las estrellas. Nada parecía indicar que fuera así. Provenían efectivamente del mismo suelo. Al principio, estas luces estaban dispersas sin orden ni concierto. Pero, según se iba avanzando, marcaban un sentero. Sin saber la razón, su yo adolescente optó por seguir allí donde le indicaban. En la medida que iba caminando, se iba percatando de que cada vez la noche estaba como mas iluminada. Y no sólo era por la luna, había algo que otorgaba ese resplandor allí donde este posara su mirada. Al final del sendero, observó que las luces le conducían a una suerte de hondonada, muy fácil de subir. Y así lo hizo, sin extrañeza alguna, con la naturalidad con la que las flores nacen y perecen.

Cuando ya se encontraba en su cima, el resplandor que lo circundaba era tan potente que parecía de día. Todas las plantas se agitaban como si fueran agitadas por una fuerza que las sobrepasaba, eran mecidas por un orden superior pero que aceptaban como participante de su mismo ser. No sabía por qué, mas este adolescente se encontraba tremendamente calmado, como no lo había estado nunca. Se quedó ahí plantado. Justo en medio de la hondonada, contemplando este microuniverso que se abría ante sus ojos.  De repente, descendió del suelo, una luz todavía mas potente que la que hasta ahora había visto. Y cuando se instauró en el suelo, fue difuminandose sin dejar de lado su esencia resplandeciente. Anodadado, el chico dejó escapar unas lágrimas de sus ojos, cayendo de sus mejillas como la aparición del rocío en cada amanecer.

De esa luz, surgió una silueta femenina, esbelta y perfectamente definida. Esto le sorprendió aún mas. Quizás fuera debido a su hermosura, a sus largos cabellos ondulantes, o a su palidez exquisita. Pero, independientemente de eso, aquella mujer que parecía provenir de un paraíso lejano, le sonrió con una complicidad que era una mezcla entre el cariño de una madre y el asentimiento de una amante. Tal era su belleza, que se quedó contemplandola completamente mudo, sin palabras, temiendo corromper tal extremada divinidad con cualquier gesto demasiado mundano. No obstante, ella si decidió hablar con una voz tan dulce que ni en afrodisiacos sueños podría haber oído:

- Ya estás aquí. Al fin has acudido, justamente en la fecha exacta que se te indicó hace ya unos diez años. Casi has cumplido con tu próposito, con tu sino primogenio. Ya sólo te falta un poco mas de paciencia, y cuando quieras darte cuenta, serás lo que siempre debiste ser. Si acudes justamente aquí, dentro de otros diez años exactos, se te concederá aquello para lo que has sido llamado. Yo misma te llevaré de la mano, iremos juntos allí donde para otros es un imposible. Llegaremos a un lugar muy diferente a lo que los humanos hayan podido imaginar en sus fantasías mas elaboradas. Tú mismo no puedes hacerte todavía a la idea por mucho que elocubres, te lo aseguro. Piensa en mí hasta entonces, como yo misma te guardaré en mí hasta que volvamos a vernos.

Después de aquello, después de unos supuestos diez años exactos, ese adolescente ya no era exactamente un adolescente y mucho menos un niño, pero conservaba un poco de los dos y por eso se podría decir que era un joven. Pensando mejor aquello de lo de diez años, no entendía cómo pasando unos supuestos diez años exactos, el primer episodio ocurrió en verano en pleno día, el segundo en primavera durante la noche y este tendría que pasar en un atardecer de invierno. Si fueran diez años exactos, todos estos episodios tendrían que haberse desarrollado en una fecha aproximada al primer episodio con una diferencia de unos días debido a los años bisiestos. Nada tenía sentido. Como tampoco lo tenía que aún sin tener verdaderas evidencias de aquellos recuerdos de la niñez y de la adolescencia, se encaminase hacía su supuesto destino tan a ciegas. Es mas, ¿Cómo era posible que estuviera seguro que ese mismo día, en ese mismo momento se fuera a cumplir esa profecía? Había algo en su interior que le indicaba que así iba a ser. Era una especie de intuición interna que seguía como si fuera lo más normal del mundo. Pero, por otro lado, aún admitiendo que tanto la raíz-rábano parlante y la hermosa mujer estuvieran en lo cierto ¿Qué iba a pasar exactamente? ¿Partiría a otro mundo? ¿Iría a lo que algunos llaman el cielo del cielo? No estaba seguro de nada de eso. Y con su inseguridad, no entendía nada.

Así que se levantó, y se fue andando todo recto, cavilando todas estas cosas desde diferentes enfoques y puntos de vista, para ver si así lograba comprender algo. Mientras, iba paseando devanándose los sesos, al rededor de la nieve se levantó una suerte ventisca, una vestisca que duró unos pocos minutos, y que dió cabida a una neblina muy espesa. Esto pareció importarle poco a este joven, que seguía andando con tesón y sin descanso. Sólo notó algo que había cambiado: cada vez notaba mas calor en su interior. Le estaban entrando unos sudores insoportables. Tanto lo eran que fue poco a poco despojandose de sus ropas en tanto que avanzaba por un paisaje que era completamente blanco, sin horizonte alguno, y sin nada a ambos lados que le indicara que hubiera una especie de atajo o de vía alternativa. Era como si estuviera apresado a voluntad en un microcosmos que le era ajeno y conocido a la vez. Algo inexplicable.

Mientras avanzaba hacía nadie sabe donde, su fuego interior ardía cual si él mismo fuera una hogera que encendiera un viajero perdido en mitad de un desolado bosque. Iba pensando una y otra vez acerca de aquellos acontecimientos del pasado, como así de pasajes supuestamente anodinos de su vida general, y de ahí pasó a replantearse las eternas preguntas acerca de qué somos, qué hacemos aquí y hacía donde vamos. En la medida que así indagaba en su mente y corazón, fue haciendose mas pequeñito sin darse cuenta, y como tenía tanto calor, su cuerpo cada vez mas diminuto empezó a formar una potente llama verdosa. Sus pensamientos, poco a poco fueron haciendose mas vagos, menos definidos, perdiendo la capacidad de recordar, del lenguaje y por ende de expresarse, aquellas eternas preguntas, incluso hasta sus intuiciones, y finalmente, las sensaciones en general. Sin darse cuenta, ya era tan diminuto, que sólo podía apreciarse una mota de polvo verde que se perdía en la lejanía. Hasta que llegó un punto que desapareció completamente, y ya nadie supo mas acerca de él.

jueves, 19 de enero de 2023

Voces

 

A menudo, llegan hasta mí ciertas voces. Voces que comunican lo que a veces resulta incomunicable. No se trata de que sufra de esquizofrenía, o de algún tipo de paranoia de la mente. Aún no estoy del todo loco, creo. Es mas bien, algo similar sin llegar a ser tan imponente como lo que menciona Mo Yan en el epílogo de su obra "El súplicio del aroma de sándalo". Se trata, pues, de ciertas voces que se instauran en mi mente, y que mediante la inspiración, dan luz a pequeñas obras, retazos de lo que pudo ser, y que ahora, es. Como decía, no se trata de meras paranoias psicologicas. Una paranoia es, por ejemplo, lo que me pasa en ocasiones cuando me quedo contemplando a mi perro Babú. Cuando pienso que este mismo compañero podría ser yo en una vida futura, y que, si así fuera, tras la muerte podría observarme a mí mismo en el pasado pero siendo un perro cuyo nombre sería Babú. Mas que, como los perros no tienen lenguaje humano, jamás podría revelar esta verdad a mi yo del pasado. Quizás por eso Babú a veces se me queda mirándome con esos ojos vidriosos tan sensibles y hasta humanos, como si quisiera decirme algo, algo que yo no puedo comprender del todo, y que él tampoco puede transmitirme como quisiera.

Pero, dejando esto de lado para seguir con el tema de las voces, como apuntaba, estas no son algo así como una enfermedad mental, ya que tampoco resuenan en mi cabeza ni las oigo en el mundo exterior. Son, mas bien, unas voces interiores que me revelan algunas cosas sobre la existencia en general a partir de ciertas experiencias o visiones particulares, y con las que puedo o no empatizar dependiendo del eco que resuena después de cada manifestación. Me cuentan cosas, mas no necesariamente con palabras. Tampoco son como tal imagenes, pero sí podrían verse como un plano que si se auna puede formar imagenes, como así palabras que describen esas mismas imagenes como la pintura sobre el lienzo. Yo pongo las palabras, las voces son sensaciones. Ellas aparecen, y yo las atrapo para luego expulsarlas bajo mi filtro y un poco decoradas para que se parezcan mas o menos a lo que se suele tener por arte, o al menos, un intento del mismo.

En esta ocasión, he decidido agrupar estas voces cual un diamante en bruto. Es decir, sin pulir ni retocar. Tal y como han venido a mí, las he integrado en mi filtro interno, y sólo he volcado la figuración en palabras sin ceñirme ni a la razón -entendida como un orden, o estructura- ni al gusto estético -entendido como la belleza literaria- Son tres. Aquí están en su forma mas prímitiva, pese a que parezcan carentes tanto de sentido como de decoro. Puede que alguno pueda encontrar sin querer alguna de estas cosas, mas yo, el autor -o debería decir el transcriptor del mensaje- no encuentro nada de eso.


***

Me encuentro de camino a mi trabajo. Voy como cada día al mismo dichoso trabajo. Y como cada día, me pregunto cual es el sentido de acudir todos los días al mismo trabajo. No añade ningún sentido a mi vida el tener que ir al trabajo, y encima, me aburre. Ya me aburre el mero camino al trabajo, pues mas me aburrirá cuando ya llegue al odioso trabajo. Pero no sólo no encuentro sentido, y a su vez, me aburre el ir al trabajo, también mi vida en general es un sinsentido aburrido. Gracias al trabajo ese absurdo sinsentido anodino es peor aún. Mas no es sólo por eso, por la maldita rutina de ir todos los días al trabajo, también es por la manera en la que siempre me he movido por lo que he destrozado mi vida en general hasta tal punto que mi nímia existencia se ha reducido a ir a la mierda de mi trabajo. Al final, he conseguido que todo se reduzca a eso, a ir al trabajo, el camino de ida y vuelta, y nada más. Pero sí, hay todavía mas. Hay mas cosas que hacen de mi vida un verdadero hastío, una pocilga en la que yo mismo me he metido. Es mas, para ser precisos, realmente toda mi vida es un enorme vertedero apestoso y carente de todo sentido y hasta de satisfacción. No hay diversión alguna cuando vas todos los días al mismo jodido sitio, y que cuando llegas a tu casa, tu mujer te pone la misma cara de mierda de todos los días, y tus hijos no paran de pedirte cosas, caprichos para que luego ellos follen como ninfómanos y se droguen con la sangre de tus venas y el sudor de tu frente. Mi mujer, encima, cada día tiene mas barriga, las tetas caídas y cara de morsa. Y aún con esas pintas asquerosas, no es ni capaz de agacharse para chuparmela ni ponerse a cuatro patas como una perra. Así, al menos, podría tener una mera satisfacción carnal en esta vida. No hace nada de eso porque me tiene asco, estoy seguro. Yo estoy medio calvo, con una barriga cervecera y con un miembro que pronto se me va a quedar en la mano. Muchos dirán que entonces no tengo de qué quejarme. Y yo me cago en todos los que me digan eso, porque me da igual su opinión. Mi mujer es una puta, una asquerosa repugnante que seguro que tiene un amante mas joven. Por eso no se abre de piernas, ni finge tener orgasmos. Y de mientras mi hijo es un gilipollas, se pasa toda la vida deprimido porque no encuentra un sentido a su existencia. Yo tampoco lo encuentro, y aquí estoy, aguantando con todo, con ganas de vomitar todos los días de camino al trabajo, queriendo abrirme la tráquea cada vez que veo a mi jefe y con un pene mas duro que el hierro que algún día se me va a caer con peso. Pero, a pesar de todo, aquí estoy joder. Me cago en todo, mas aquí sigo maldita sea. Dejad de quejaros todos que teneís una vida muy cómoda. Sólo yo estoy jodido, sólo mis problemas merecen tomarse en consideración, sólo yo estoy soportando todo para nada, sólo a mí no se me agradece nada de lo que hago... Algún día os daréis cuenta, aunque para entonces, yo ya habré muerto. Y en ese momento, caeréis en la cuenta de vuestra tontería, vaya que sí que lo haréis. Y ahora, de nuevo, al odioso trabajo de los cojones. Ya estoy llegando al aparcamiento de la empresa. Otra vez, como cada maldito día...

-

Odio esta casa. Y odiandola, la cuido como si fuese una zorra herida. La limpio, la mantengo, me aseguro de que todo esté impoluto, aún con todo este odio que siento. Soy una esclava de esta casa, de mi familia, e incluso de mis amigos. Con la excusa de ser una ama de casa, de ese supuesto instinto maternal, todos se aprovechan de mí y de mis cuidados. Sobre todo esta casa, a la que no soporto y que me tiene esclavizada. La odio, la odio mucho. Ojalá todo saliese ardiendo, y así no tendría que ocuparme de ella. Es mas, deseo que salga ardiendo con mi familia dentro. Así tampoco tendría que cuidarlos a todos ellos. Los odio, los odio tanto como odio a esta casa. A mí marido el primero porque es un maldito y asqueroso cerdo que sólo sabe pensar en follar con esa picha llena de grasa asquerosa. Que se busque una fulana si es que no la tiene ya, una guarra que aguante tener ese trozo de carne podrida dentro. Porque yo no, yo paso porque le odio como odio toda mi vida desde que vivo en esta casa. En lo que respecta a mi hijo, cierto es que mas que odio, tengo indiferencia hacía él. Seguro que se pasa la vida viendo porno, y aprovechandose de las putas de sus amigas cuando están borrachas. Se parece tanto al golfo de su padre... Ahora que lo pienso, claro que le odio porque se parece al imbécil de su padre. Cada vez que le veo me dan unos  retortijones horribles, y cuando voy al baño y cago, me doy cuenta de que tengo diarrea. Puag, qué repugnante es todo... Ya estoy cansada de seguir así, de este odio por la casa y por todos los miembros de esta familia. Pues, ¿Sabeís qué? Ya no me voy a ocupar de la casa más, ya no voy a limpiar ni una porquería mas. Porque mientras el cerdo de mi marido y el depravado de mi hijo se dedican a ensuciar todo como si ellos mismos fueran un par de bolas de basura, yo me paso el día agachada, subiendo y bajando, yendo de aquí para allá, como una criada sumisa. Y no, esto no es la descripción de una noche pasional precisamente. Todo lo contrario, es el reflejo se lo anodina que es mi vida. Hace ya largos años que no mojo por nada. Si no me entusiasmo por nada ¿Cómo voy a estar activa sexualmente con esa bola de sebo que es el idiota de mi marido? Me da asco, me da asco porque le odio con toda mi alma -si esta no se ha marchado de mi cuerpo ya- Pero ya está bien, se acabó. No voy a aguantar esto mas. A partir de ahora, voy a hacer lo que me venga en gana, como hacen todos. No voy a ser yo una virgen ángelical, mientras todos ellos son unos demonios que campan a sus anchas haciendo lo que les sale de su sucio nabo. No, basta ya de tanta gilipollez gratuita. Seré libre. Libre para hacer lo que me salga de la perla. Y me da igual lo que digan otros que se creen inteligentes sobre la libertad. Para mí libertad es hacer lo que yo quiera. Ya está, y punto, se acabó...

-

Mi vida se me hace insoportable. No aguanto mas. Juro por esta vida ruinosa que no soy capaz de cargar con este peso. Muchos dirán que soy muy débil, que si quiero en realidad puedo con todo, y que tengo toda la vida por delante. Pero no es tan sencillo. Ellos no son yo, ni yo soy ellos. Ellos jamás sabrán lo que es ser y vivir como yo, ni yo podré entender nunca sus pensamientos. Me da igual, que les jodan a todos ellos. Me siento tan diferente a todos ellos, quizás todo sea por un exceso de sensibilidad que da pié a la incomprensión mutua. Parece que todos tienen una perspectiva del futuro bien definida, delimitada y que sigue una línea recta ya prefijada de antemano. Ese no es mi caso. A pesar de ver esa linea recta con claridad, no quiero ni soy capaz de recorrerla. Siempre termino tomando atajos que me acaban llevando a los rincones mas oscuros de esta sociedad. Paradójicamente es ahí donde más a gusto me siento, ya que en los lugares que la gente suele tener por luminosos siempre se terminan por dar consejos provenientes de mentes simples que no ven mas allá que lo que tienen delante. Es decir, de personas que lo consideran todo muy sencillo, que piensan que todo se soluciona con ser positivo, y que todo radica solamente en nosotros mismos. Formas de pensar, que al cabo, hacen de nosotros unos esclavos de todo aquello de lo que pretendo huir. No me siento nada semejante a esas personas, como tampoco a mi propia familia. Mi madre siempre está afanosa, con sus pensamientos yendo a un lado y a otro, como sus piernas y manos recorriendo toda la casa. Y mi padre, siempre está trabajando, desconozco cuales serán sus impresiones sobre las cosas, y las pocas veces en las que hemos podido entablar conversación, me ha venido con los típicos consejos de un superficial manual. Ambos están siempre discutiendo, mi madre siendo una histérica, y mi padre un pasota que siempre que se enfada se va de casa, y ya. Me resulta bastante estúpido que gente así tenga la osadía de animarme a vivir y de darme consejos baratos cuando ellos mismos están mas amargados que una fruta caducada de hace años. Cuando discuten, suelo salir de casa a deshoras. Seguramente piensen que estoy haciendo cosas ilegales o turbias. Nada mas lejos de la realidad. Esas cosas suelo hacerlas a plena luz del día. Por la noche, suelo simplemente pasear. Dar vueltas para sosegar mis pensamientos, con mis cascos puestos escuchando canciones meláncolicas, que sin embargo parecen apuntar a algún tipo de esperanza. A veces llego tan lejos andando que ya ni recuerdo como volver. Me dan ganas de mear, y lo hago en cualquier sitio. Me saco el pene y meo sobre una lata de cerveza ya oxidada con el tiempo. Su sonido es como el conjunto de mi vida, algo tan vacío cual la cáscara de un caracol que se mudó ya hace tiempo. Siempre termino averiguando la vuelta a lo que la sociedad llamaría hogar, al menos administrativamente. Es lamentable que no encuentre mi lugar en esta vida con la capacidad con la que termino orientándome. Es hasta gracioso ja,ja,ja... Hasta mi sentido de humor es lamentable. Rara vez me río, y tengo que buscar alguna estúpida excusa para reírme de algo. De lo contrario, mi vida se resolvería en estar serio mirando hacía la pared. Ya ni tengo fuerzas para llorar. He llorado tanto años atrás, que mis lágrimas se han desgastado, se han evaporado debido a los tenues latidos de mi corazón. Pero ahora, estos latidos son cada vez mas nímios. Se van apagando, poco a poco... Noto como mi respiración se va entrecortando, antes parecía que me ahogaba con su impetú, y ahora, ya hasta me cuesta sentirla. Mi corazón, mi vida, mis pulmones, mis venas... Todo se va ralentizando hasta que se detenga totalmente. Y menos mal, suspiro con alivio. Al fin, por fin, todo ha terminado y ya empezará de nuevo en otro momento...

***

Entonces, las voces cesaron. Y por tanto, también estas palabras transcritas hasta que aparezcan otras nuevas.

martes, 3 de enero de 2023

Un extraño sueño

 Tuve un extraño sueño.

Me encontraba en un centro comercial que jamás creo haber visto. Este estaba cerrado al público debido a que se iba a grabar una película. Al parecer, yo era uno de los actores. Mientras me afanaba para rodar una escena en la que estaba en mitad de una sala con un traje negro rídiculo gritaron: "¡Corten!" Yo, me detuve al instante, y en tanto que recogía mis cosas, me hablaron dos tipos que por lo visto eran conocidos míos. No recuerdo con exactitud de qué hablamos, seguramente de cosas triviales relacionadas con el rodaje. Pero, de repente, mientras ibamos recorriendo la sala principal del centro comercial en vistas a irnos, una gran pantalla se encendió y mostró una mujer despeinada y desquiciada haciendo aspavientos bastantes raros que exclamaba: "Os váis a quedar todos encerrados aquí hasta que no encuentre una respuesta a lo que me acaba de pasar. Tú me traicionaste, y me lo pagarás. Esto no quedará en vano, ya lo verás." Los tres nos quedamos atónitos, sin saber qué decir. Por suerte, no conocía nada a esa mujer. Por lo cual, suspiré al saber que ese asunto no tenía nada que ver conmigo pese a que obviamente yo era uno de los injustamente perjudicados.

Aparecieron muchas personas corriendo de aquí para allá con sus vestimentas del rodaje a medio quitar. Aquello era todo un descontrol, la gente gritaba frénetica y asustada mientras sus piernas se desplazaban espontáneamente allí donde hubiera un espacio vacío, y el resto de su cuerpo obedecía a una especie de mecanismo aleatorio que les hacía mover por ejemplo sus brazos sin sentido alguno. Yo no sabía a ciencia cierta qué debía hacer, mas como observé un largo pasillo metalizado que se encontraba frente a la sala principal decidí encaminarme por ahí avisando a mis supuestos amigos de que ese era el camino a seguir. Era como si lo supiese intuitivamente, como si conociese desde la intuición que por ahí es donde se debía ir. Aunque, claro está, racionalmente no tenía ni idea para ser sincero.

Entonces, fuímos a paso lígero por el susodicho pasillo metalizado, y cuando descendimos -pues estaba levemente inclinado hacía abajo- nos encontramos en una sala abarrotada de gente, en la que curiosamente, dejaban un espacio sin ocupar en el centro perfectamente circular. Aquella zona parecía un ring de boxeo, pues estaba algo mas elevada del suelo, y mientras que esa sala estaba completamente pintada de azul, sólo ese fragmento era blanco. Otra cosa curiosa de aquel lugar es que parecía que había dos grupos diferenciados, el uno se situaba a la entrada de la sala desde la sala principal -donde estaba yo- y el otro al final, cerca de una puerta tan oscura que no se podría vislumbrar cual fuera su procedencia. Bajo nuestra sorpresa, volvió a sonar la misma voz de aquella mujer desquiciada, pero esta vez sin pantalla, y decía: "Es hora que mostréis vuestras habilidades. Todos vosotros soís gente con algo que no tienen los demás. Así que combatid, y demostrar vuestra valía." Y tras esto, se iluminaron unos focos desde arriba. Al parecer, me tocaba combatir primero a mí en mi supuesto grupo. Así que subí a la blanquecida tarima con pasos quedos y tranquilos.

Cuando ya estaba encima, estirandome un poco, esperé con impaciencia quién sería mi contringante. Miraba hacía la puerta oscura, adivinando que saldría por ahí. Entonces, de ahí salió una figura amorfa con dos cabezas humanas que hacían muecas extrañas. Se posicionó frente a mí con osadía, y cuando ambas cabezas me miraron directamente a los ojos, aquel ente se transformó en mí mismo. Así fue como se dió inicio al combate. Dándome prisa, decidí atacar primero. Moviendo mi dedo índice sobre mi cabeza, invoqué una forma circular negra como el tizón, proveniente de las sombras, incluso maligna, y esta fue haciendose mas grande en la pedida que yo movía mi dedo índice dando vueltas sobre sí mismo. Esto formó una bola muy grande inmersa en la oscuridad que parecía que estaba viva, puesto que daba vueltas sobre sí, y tenía como unas convulsiones que la hacían parecer que algo se agitaba en su interior. También tenía unos anillos oscuros, que a su vez, también daban rápidas vueltas como si fuera un planeta. Así, pues, sin pensarmelo dos veces, le lancé esa bola sombría al bicho aquel, y pareció dolerle.

Sin embargo, ahora contratacaría, así que me preparé pronunciando una especie de conjuro, como si fuera una maldición que le lanzara a mi contringante. Una vez pronunciada, aquel extraño ser empezó a rajarme la piel de los brazos con un cuchillo. Yo podía ver claramente mis heridas, y como chorreaba la sangre que caía desde mis brazos hasta el suelo. Pero, entonces, la maldición se vió cumplida, y apareció de una especie de portal de tinieblas, un monstruo de un solo ojo enorme cuyas venas eran de un morado tan oscuro que a primera vista podría confundirse con negro. Era como si le hubieran arrancado un ojo al cíclope gigante, y este ojo cobrara vida de ultratumba. Pues bien, este monstruo se posicionó frente a mi rival, y le rodeó con una película transparente, y con unos rayos verdosos provenientes de su iris, que lo convirtió en un conejo de peluche. Y así, desapareció hundiendose en las inciertas brumas de aquel portar tenebroso.

Al vencer, suspiré aliviado y alcé mis brazos en señal de triunfo. Justo en ese momento apareció un hombre elegantemente vestido que me comunicó que pertenecía a mi mismo bando, y que me daba la enhorabuena por ganar en el primer combate. Y al estrecharme la mano, me explicó que la trampa de aquella mujer loca residía en que nos habían reunido ahí, a la gente más rara del país, para demostrar cual era el más poderoso de todos. Yo sonreí porque evidentemente yo era mas fuerte que aquel bicho tan raro. Por último, me dijo que me dirigiera a la zona de descanso, y yo le seguí obediente, ya que no conocía del todo aquel lugar.

Así, llegué a lo que parecía a todas luces una estación de metro. Concretamente, me parecía la estación de metro de Principe Pío, debido a los colores grises y azules que separaban dos andenes por la mitad. Sin embargo, tampoco podría poner las manos en el fuego de que fuera así. El tren que apareció, en concreto, parecía dirigirse a la Avenida de America -que es donde suelo coger el autobus de vuelta a casa- así que me subí en ese. Una vez dentro, este se encontraba bastante vacío, sólo había algunas pocas personas desperdigadas las unas de las otras, cual motas de suiciedad dispersas sobre una extensión blanca e impoluta. Yo opté por quedarme de pie, y me agarré a una de las amarillentas barras para evitar tambalearme en el caso de que el tren cogiese mucha velocidad. Mientras este arrancaba y se desplazaba por el túnel sombrío, una mujer con el pelo desgreñado y grisáceo que parecía una bruja -se parecía un poco a la mujer de la pantalla del principio, aunque no era ella porque esta era mayor- me dijo que por favor, que alejara mis tropas del reino donde ella pertenecía, y que si no lo hacía porque no me venía en gana, que al menos les ordenase que fueran compasivos. Mas, que, independientemente de lo que decidiera, que tenía que escribir a una dirección de correo electrónico una vez que hubiera despertado de aquel sueño. Yo asentí, y memoricé el correo electrónico que me mostró. Cuando llegué a la siguiente estación, y salí, desperté.

Nada mas despertar, anoté la dirección de correo electrónico con la que había soñado, pues me acordaba perfectamente de cual era. Me quedé unos instantes en la cama entre amodorrado y confuso hasta que me levanté, e hice mi rutina con normalidad pese a que pasé gran parte del día dándole vueltas al asunto, tanto al sueño en sí mismo como a su parte final. Ya por la tarde-noche, cuando me encontraba mas calmado, decidí hacer la prueba de escribir a aquel correo. He de reconocer que mientras lo hacía, me encontraba un poco nervioso y desconcertado. Pensaba: "Y si alguien constesta... ¿Qué hago?" Mas me envalentoné, y puse un mensaje que decía algo semejante a que había cumplido mi promesa de escribir. Finalmente, lo envié y esperé unos instantes. Pero al poco, me devolvieron el correo alegando de que tal dirección no existía. Por un lado, me quedé tranquilo y bajé la cabeza en señal de alivio.

No sé exactamente qué pasó, si yo recordaba la dirección mal, si fue la bruja quién que me la dió mal en un principio, si quiso engañarme bajo desconocidas intenciones, o si la culpa es mía por tomarme los sueños demasiado en serio. En este último caso, uno podría pensar que yo estoy mas loco que la mujer desquiciada de la pantalla de aquel centro comercial imaginario, que debería diferenciar lo real de lo soñado. Pero, si pensáis así, yo con seriedad, os pregunto: ¿Acaso vuestras vidas cuando estáis supuestamente despiertos no son mas que una mala fantasía? 

viernes, 23 de diciembre de 2022

La vida de Borracho D

 El pavimento se encontraba iluminado por la plateada luna, y debido a la humedad del ambiente, sus fulgores resultaban matizados como si cien estrellas hubiesen explotado en pedazos. Tambaleándose por este pavimento mojado, se encontraba Borracho D intentandose mantenerse de pie. A veces parecía que lograba mantener la compostura, mas al rato la perdía, provocando que sus zancadas desesperadas emitieran un eco sordo a lo largo de la calle. Parecía como si tratase de flanquear los fragmentos de las estrellas, cual si prefiriese caminar solamente por aquellas partes que estuviesen cubiertas por un fino manto de sombra. Pero como su paso era ebrio e inestable, siempre acababa pisando algún que otro cacho de estrella desperdigada. Cuando esto pasaba, en susurros se decía: "Maldita sea". Estas palabras calladas provocaban que sus órganos interiores restumbaran, a igual que lo hacían sus pasos inseguros.

Borracho D, que así se llamaba, usaba este apelativo no como un insulto, sino como un mote del que se sentía muy orgulloso. A menudo decía: "Pues sí, soy un borracho. No puedo parar de beber. Bebo y bebo hasta que acabo exhausto. Bebiendo es como vivo y entiendo el mundo, y bebiendo, es como moriré." Después de soltar esto, solía soltar una risotada estridente que cuando llegaba a su cúlmen podía llegar a confundirse con un sollozo ahogado. Nadie sabía nada acerca de su vida. Se trataba de un mero anónimo, uno de unos cuantos, que se dedicaban a beber y a deambular por ahí hasta altas horas de la noche. Como nadie sabía nada de él, tampoco eran capaces de entenderle. Lo único que se sabía es que le encantaba beber, y que a su vez, esta afición suya en ocasiones le hacía sufrir. Mas, ya a estas alturas, poco podía hacerse.

Tampoco se trataba de un mendigo, y aunque podía tirarse noches enteras tirado en la calle, siempre presumía de que tenía una casa a la que volver. Cuando alguien le acusaba de indigente, solía decir en tono de reproche: "Qué puñetero pesado... ¡Que no soy un mendigo, coño! Sólo soy un hombre libre." Nada mas decirlo, le daba un buen trago a su botella de licor, y cuando este se hubo asentado, pegaba un estruendoso eructo que llamaba la atención a cualquiera que pasara por allí. También -nadie sabe por qué razón, debido a que era bastante feo- se le solía ver con mujeres andrajosas -eso sí- andando muy juntitos en dirección a oscuros rincones situados entre los edificios. Cuando los mas puritanos de los que frecuentaban las calles le acusaban de mujeriego debido a su conducta supuestamente inmoral, Borracho D les recriminaba: "Vamos a ver, me gustan las mujeres, claro que sí ¿Y a quién no que no sea un picha floja." Acto seguido, se rascaba el nabo de una forma bastante cantosa, lo que provocaba que nadie quisiera saber más del asunto.

Como íbamos diciendo, Borracho D estaba como de costumbre, andando por las calles completamente ebrio. Al final, con tanto esfuerzo a la hora de desplazar las piernas, decidió tumbarse en un rincón y pegar unos cuantos tragos al whisky que llevaba en ese momento en mano. El notar como el alcohol se deslizaba de su paladar hasta su tripa le reconfortó bastante, dejando entrever una sonrisa que no logró ocultar. Por la comisura de sus labios, dos gotas se iban cayendo poco a poco. Y para evitar que estás se le calleran sobre la chaqueta, con la manga de la misma se las quitó rápidamente. Tras unos instantes de silencio, le empezó a entrar cierta modorra así que decidió cerrar los ojos mientras resoplaba sin importarle lo que otros pensaran al escucharle.

Cuando abrió los ojos, la noche estaba mucho mas cerrada. Y como se le había pasado parte de la borrachera, decidió animarla de nuevo con otro par de tragos. Se levantó, y puso rumbo allí donde le llevasen sus pies. En la medida que iba recorriendo aquel camino incierto, se palpó todos sus bolsillos y cayó en la cuenta de que no tenía ni suficiente dinero, ni cigarrillos. Así que decidió ir a mendigar un rato en la puerta de un centro comercial para a ver si así sacaba unas monedillas. Cuando sus detractores, volvían a acusarle de mendicidad por esta manera de moverse por el mundo, el solía defenderse diciendo: "Bueno, ¿Y qué tiene de malo? ¿No existe algo que se llama caridad cristiana para los creyentes, y empatía para los ateos? Pues hala, a ver si se la aplican." Al terminar de decir esto, movía una de sus manos arriba y abajo. Nadie sabía si estaba intentando realizar una especie de conjuro para enfatizar sus palabras, o si simplemente estaba intentando espantar los mosquitos para darse algún tipo de solemnidad.

Así, pues, se aposentó delante de la puerta de un centro comercial, con la mano alargada repitiendo cada minuto: "Denme algo, que no todos podemos comer." Cuando se lo daban agradecía con una sonrisa e inclinando la cabeza, y cuando no, les insultaba cagándose en sus madres y en sus muertos. Así funcionaba Borracho D, y así también hizo en aquella ocasión. Como vió que ya tenía bastante, se dirigió al interior del centro comercial para comprar bebidas y tabaco. Normalmente compraba los productos mas baratos pese a que estos supiesen a rayos, debido a que así podía tener mas cantidad aunque fuese de peor calidad. Rara vez compraba algo de comer, a excepción de pan y de alguna comida preparada que no requisiese ni microondas ni mucho menos de horno. Sus argumentos a la hora de defender por qué comía tan poco, gastándose prácticamente todo lo que tuviera en bebida y en tabaco eran los siguientes: "El alcohol tiene todas las vitaminas y componentes que necesito, especialmente los licores con sabores. Y cuando no es así porque lo que he comprado tiene mas alcohol que otra cosa, el humo del tabaco me sirve para paliar el hambre. Si es que soy mas listo..." Es preciso apuntar que acompañaba estos irrefutables argumentos dandose unos golpes en el pecho, e irguiéndose como si fuera a entrar en una especie de combate a vida o a muerte.

En esta ocasión, compró un par de botellas de vodka, algunos licores de los cuales no conocía su procedencia, dos paquetes de tabaco barato y una barra de pan. Todo contento, se encaminó hacía un rincón, se aseguró de que ni él ni otro se hubiera meado ahí en algún momento, y se dispuso a degustar su barra de pan, dando algún que otro trago a una de las botellas que tenía a mano "Esto sí que es vida... Y qué vida tan libre..." se dijo a sí mismo entretanto. Cuando terminó, se tiró un sonoro pedo antes de levantarse, y optó por darse un paseo para bajar la comida mientras se acariciaba el ombligo tan pancho. Todavía podía olerse el pestazo que dejó en aquel rincón en tanto que se alejaba canturreando algo ininteligible.

Justo cuando doblaba una esquina que daba a un puente desde abajo, se topó con un tipo aún mas harapiento que él. Este le pidó por favor que le diese alguna moneda, o en su defecto, algo para comer o beber. Borracho D, entre sobresaltado y cabreado le espetó: "¡Aparta de aquí, tío asqueroso." Y como el otro siguió insistiendo, continuó: "Anda, vete de aquí pesado de los cojones. Pírate y busca un trabajo, pedazo de vago." El otro, poniendose muy nervioso y violento, quiso darle un puñetazo. Pero Borracho D lo esquivó, y pudo hacerle la zancadilla, provocando que el otro se cayese por un barranco que estaba al borde del camino. Alguna que otra vez, gente que conocía de la calle, y que le veía comportarse así con otros de una condición pareja, le decían que su modo de actuar era bastante injusto teniendo en cuenta que otros podrían tratarle de la misma manera. Borracho D siempre respondía de la misma manera: "A mí que me dejen de gilipolleces. Hago lo que me viene en gana. Yo no molesto a nadie. La vida es así, injusta en sí misma. Y como la vida es así conmigo como con otros cuantos, pues yo hago lo mismo con los demás. Así, paradojicamente, estoy siendo justo ¿O no os parece?" Y si se encontraba con algún otro que le rebatiese esta postura, terminaba la discusión diciendo: "Que sí, que sí... Venga, un aplauso. Y ahora dejame en paz." Y se iba tan tranquilo subiéndose los pantalones antes de que se le viera el culo.

Ya se encontraba en la plaza dónde se reunían todos los borrachos, los mendigos y los indeseables para la sociedad. Algunos que estaban en corrillo le saludaban con la mano, algunos otros con la cabeza. Pero Borracho D les respondía a todos por igual; con una leve sonrisa y un resoplido que no llegaba a sonar como un sílbido. Borracho D, no era muy social que digamos, acostumbraba a decir que por desgracia las relaciones humanas eran inevitables, mas que siempre que pudiera, intentaba escaparse. Y así hizo en aquella ocasión, como todos estaban distraídos, a excepción de un baboso drogadicto que con paso lento se encaminaba hacía su dirección, se fue de allí en cuanto pudo.

Llegó a una estrecha y ensombrecida calle, y de ahí, a otra mas ancha y despejada. Sólo había ahí algunas prostitutas dispersas que llamaban con elogios y palabras soeces a los pocos viandantes que callejeaban por esa zona. Borracho D no solía frecuentar a las prostitutas, menos por alguna vez que se encontraba desesperado sexualmente. Cuando le pedían su opinión al respecto, normalmente decía cosas como: "Lo siento por todas esas putas. Pero el puterío ya es universal ¿Para qué voy a pagar, cuando hay tantas que te hacen todo gratis? Si es que hay que pensar... Que tontos e inútiles soís todos, me cago en la mar..." Y así actuó en aquella ocasión también, de acuerdo a sus principios acerca del "puterío universal", sorteando a las prostitutas e indiferente a sus halagos interesados, e incluso, desesperados.

Llegó a una subida, y de ahí, se sentó en una zona elevada que comprendía el pasamanos de una escalinata de cemento. Contemplando las luces dispersas de la urbe cual almas extasiadas en el desenfrendo y pidiendo ayuda con cada parpadeo, sintió por un momento una especie de nóstalgia indefinida. Mas pronto alejó de sí tales melancólicos pensamientos y se introdujo la botella de vodka en la boca. Dando grandes tragos, como si se tratase de agua, se la terminó en un santiamén. Acto seguido, se tumbó ahí mismo, y con unas enmohecidas cerillas, se encendió un cigarrillo. Mirando el cielo, pudo localizar entre las negras nubes, algunas estrellas que todavía estaban completas, no fragmentadas como aquellas que intentó sortear en el comienzo de la noche. Sus ojos se pusieron un poco vidriosos, como si la vitalidad de aquellas pequeñas y lejanas estrellas le hubieran contagiado. Se emocionó. Si alguien en ese momento le hubiese preguntado, lo habría negado. Pero lo que no podía negar bajo ninguna circuntancia -al menos, a sí mismo- es que algo en su interior vibraba, y eso era ni mas ni menos que la sensibilidad que anidaba en el interior de su corazón.

Mientras atisbaba el cielo, su fantasía animada por el sueño y la ebriedad se puso en marcha. De repente, las nubes comenzaron a adoptar diversas formas, desde hadas y duendes pasando a bailarinas de ballet. Qué hermoso le parecía aquello, no le quedaba otra que admitirlo pese a que su sentido de la estética fuese nímio. Puede que no comprendiese qué fuera la estética, qué la belleza, el arte, la emoción artística... Pero en ese momento, lo sintió como pudiera sentirlo un escultor que justo en ese instante hubiese acabado la obra de su vida. Y eso era porque durante aquellos segundos, en aquella ciudad húmeda y sucia, su obra de arte era exactamente eso: el cielo nocturno iluminado por quizás una docena de estrellas y las nubes que adoptaban mil formas diferentes y que estimulaban su imaginación. Aquel frenesí, aquel sueño vívido, aquel instante místico era suyo, y sólo suyo. Nadie podía quitarselo aunque hubiesen querido.

Poco después, la imaginación dió paso al pensamiento, y de este entraron los recuerdos. Se veía a sí mismo siendo un niño. Un niño como otro cualquiera que correteaba en un parque en compañía de sus padres. Ahí había también una niña con la que solía jugar todos los fines de semana cuando acudía a aquel parque. Poco a poco las figuras se desdibujaron, los contornos de todas las cosas se dispersaron, y así todos los elementos de la escena comenzaron a desvanecerse a poco a poco. Primero, sus padres, después los elementos del parque infantil, luego toda la arena y los árboles que se encontraban al rededor. Y por último, la chiquilla a la que tanto quería se transformó en una botella enorme de un licor verdoso y que olía a gloria. Al transformarse, Borracho D no lo pudo resistir y se la bebió entera, y comprobó no sólo que olía a gloria, sino que su sabor también sabía a gloria. Fue como si esa niña se hubiera convertido en una treintañera y hubiese pasado la noche con ella. Su sabor fue como un buen polvo, fugaz. Mas le dejó un grato recuerdo, un regusto excelente que iba a pasar a ser una orina que podría confundirse con el oro "Qué placer..." se sintió exclamar a sí mismo estando en aquel sueño.

A la mañana siguiente, Borracho D se despertó debido a que un rayo de sol le daba en toda la cara. Inclinándose, pudo comprobar que olía fatal y que unas cuantas moscas le rodeaban. Extrajo la botella que le sobraba de aquella noche, y le dió al principio unos sorbos, y luego unos tragos mas animosos. Ya incorporándose, bostezó en alto siéndole todo completamente indiferente. Se sacudió un poco la porquería que tenía adherida a la ropa, y continuó andando hacía donde nadie sabe "¿A dónde irá este borrachín D?" Podría alguien preguntarse. Pero lo cierto es que nadie podría responder con seguridad. Quizás podríamos pensar que va a echarse una siesta para retornar a vivir una noche pareja, al fin y al cabo, los días de nuestras vidas acaban pareciéndose demasiado los unos a los otros. Sin embargo, será mejor no arriesgarnos a responder algo erróneo. Déjemos que Borracho D siga su camino, allí donde él crea que deba ir. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

La paradoja que se hizo realidad

 En la lógica antigua, e incluso, en la formal moderna, hay una paradoja con la que siempre se han quebrado la cabeza todos los teóricos del lenguaje. En esta, se nos cuenta, que todo lo que se predique de algo que no existe, si se niega, resulta verdadero. Es decir, si por ejemplo, asumimos que los duendes supuestamente no existen, todo aquello que neguemos de ellos será verdad. Por ejemplo, si decímos que los duendes no son altos ni azules, esto hará que tal proposición sea verdadera. Y así sucesivamente con todas las negaciones que se nos ocurran sobre cosas que suponemos inexistentes. En relación a esto, me acabo de acordar de una historia que escuché por ahí:

Hubo un pequeño pueblo aislado de todos los demás, donde esta paradoja  pareció que se llevó a la realidad. Allí vivía un viejo feo y gordo, pero que era sumamente inteligente, quizás demasiado. Este hombre como era un ocioso y no tenía nada mejor que hacer, se dedicó a estudiar por su cuenta filosofía, y sobre todo, lógica, desde la aristótelica hasta la analítica moderna. En estas estaba, hasta que se encontró con la paradoja mencionada. Su descubrimiento le produjo algún que otro dolor de cabeza debido a que no lograba resolverla por mucho que lo intentara. Ni las respuestas de los lógicos antiguos, ni la de los contemporáneos le satisfacían. Para él, lo único que hacían era marear la pérdiz.

Estando en estas, al final optó por dejar de devanarse los sesos por lo que decían otros, e intentó resolverlo él mismo. Pero claro, para hacerlo debía ser fiel a la fundamentación original. Es decir, tenía que aceptar por mucho que le costara, que todo negativo que se predicase de algo inexistente, era verdad desde la lógica. Así, desde entonces, se pasaba días enteros sentado frente a su mezquina mesa de despacho meditando sobre cómo dar un resultado a esta añeja paradoja que fuera convincente tanto desde la lógica como desde el sentido común.

Un día de aquellos, se quedó dormido con su cabezota babeando sobre la mesa de madera carcomida, y en un duermevela seguía pensando en la susodicha paradoja. Se dijo así en el mundo de los sueños : "Si aceptamos que biologicamente no puede una mujer de seis tetas funcionales, entonces esa mujer de seis tetas funcionales no puede ser morena. Y si digo esto... ¡Desde la lógica es verdad!" Y entonces, sin que él se diera cuenta, de su mesa comenzó a surgir una luz verdosa, y apareció de repente una mujer desnuda de seis tetas perfectamente funcionales. Del susto, acabó despertandose y ahí la vió, tendida en el suelo al lado de la mesa, restregando sus pechos en el suelo como si fueran las ubres de una vaca. Ella, al percatarse de que estaba siendo observada, huyó despavorida a buscarse algo con lo que taparse.

Este viejo feo y gordo se quedó gratamente sorprendido, aunque en el fondo, sentía un poco de temor. Quizás no resolvió la paradoja como en un principio pensaba. Pero sí logró llevarla a efectos prácticos. Lo cual, era mucho mejor que resolverlo solamente desde la teoría. No tendría sentido que aquellas cosas que no existían, existieran de repente. Mas el caso, es que así pasó en aquella ocasión. Todo esto no dejaba de maravillarle. Sin embargo, este descubrimiento tenía algo de misterioso y sombrío. Si efectivamente todo lo que pensaba en sueños negándole algún atributo se hacía real ¿Qué acabaría pasando?

Mas, con el tiempo, siguió insistiendo haciendo la misma prueba como aquella vez. Una y otra vez, sin cesar, pasaba lo mismo. Todo lo que al soñarlo le negaba un accidente, cuando despertaba estaba ante sus ojos. Y siempre cuando aquella nueva existencia le veía, salía disparada por el pueblo. Esto, obviamente, acabó por convertirse en un problema. Al final el pueblo acabó lleno de engendros de todo tipo: aguilas ancestrales que se llevaban a los niños, osos con cabeza de personas que amenazaban e insultaban a quienes les vieran, niñas zombies que mordían y convertían a doquier, extraños seres gigantes que aplastaban sin querer a la gente, tipos amarillos que levitaban y lanzaban llamas por los ojos cuando se enfadaban... Vamos, que lo de la mujer con seis tetas perfectamente funcionales que llamaba la atención a todo aquel que la veía, acabó por ser un problema menor.

En esta situación, al viejo gordo y feo, no le quedaba otra que intentar solucionarlo, a no ser que quisiera que se extinguiera su pueblo, y con el tiempo, no sólo los colindantes, sino puede que hasta el mundo entero. Pero ¿Cómo iba a hacerlo? Se quedó pensativo unos minutos contemplando lo que ocurría por la ventana, y al ver cómo la mujer de seis tetas perfectamente funcionales era atacada por un cocodrilo invisible, se dió cuenta de que no tenía tiempo para andarse con tonterías. Mas, de repente, se le ocurrió una idea. Queriendo probarla, se tumbó como si tal cosa en la mesa de las invocaciones lógicas, y con la barriga sobresaliendo a ambos lados, se quedó dormido.

En su sueño, sólo salía él mismo flotando sobre un lugar incierto en el que no se veía absolutamente nada. Y entonces pensó soñando: "Si digo de un yo que jamás se hubiese interesado por la lógica formal, y que por lo tanto, nunca hubiese invocado con su pensamiento soñado a todos esos extraños seres, que no tiene una verruga en la punta de la nariz... Esto es... ¿Verdad?" Y entonces, desapareció de repente, hundiendose en las tinieblas de aquel mundo soñado e incierto. Fue como una pompa de jabón. E, incluso, menos que eso porque no dejó ni el rastro húmedo que suele caer al suelo cuando una pomba de jabón estalla. Por lo tanto, digamos mejor que desapareció cual si todos los atomos que componen su ser material se hubieran dispersado de repente de aquel mundo.

En el pueblo, a los meses, descubrieron que en la casa de un viejo feo y gordo del que nadie se acordaba, olía bastante mal. Al forzar las puertas, se encontraron a un cádaver en descomposición que tenía decenas de moscas verdosas a su al rededor. Al día siguiente, se propagó rápidamente la noticia de este acontecimiento. Pero como nadie lo reconoció, decidieron tirar su cuerpo descompuesto por un barranco lejano al pueblo para que así al menos su carne putrefacta fuera aprovechada por los animales que vivían por ahí.

Esta historia no la cuento para que el lector saque algún tipo de moraleja. De hecho, creo que no la tiene. Sé que es bastante absurda, al menos, desde la lógica. Ningún lógico actualmente podría extraer una proposición con sentido de ella. Lo único que espero es que ningún lector esté tan loco como para tomarsela demasiado en serio hasta el punto de llegar a obsesionarse tanto con la historia como sobre todo con aquella paradoja. Si eso pasara, puede y sólo puede, esta historia dejaría de parecerle absurda a mas de uno. Pero como sé que esto no va a pasar, puedo dormir tranquilo.