domingo, 4 de enero de 2026

Pesadilla

 Todo empezó con aquella mujer. Nuestro personaje se encontraba comiendo en compañía de un venerable anciano en un restaurante de unas cuantas estrellas, hurgando los platos como si aquello se tratase de una especie de excavación arqueológica en tanto que daba al palique tratando los temas más trascendentales. El joven discípulo y el viejo maestro hablaban sobre literatura, poesía, filosofía, e incluso se atrevieron a dialogar en torno a la mística, tan metidos estaban en su universo elevado que no se dieron cuenta de que una hermosa mujer en compañía de una dama que ya rozaría los sesenta se sentaron justo en la mesa de al lado. Así estaban debatiendo, añadiendo matices a la discusión cuando al joven se le escapó una mirada de soslayo en dirección a la seductora mujer. Ella, obviamente, se percató de este cambio repentino en la turbación interna que recorrió al joven una vez que posó sus ojos en aquel cuadro de vida, y no desaprovechó la ocasión, pues usando ventaja de la situación puso todas sus armas sobre el tablero puesto que comenzó a realizar muecas y movimientos sumamente atrevidos, un puritano podría haberlos denominado pornográficos tomando en cuenta lo ceñido de su vestido y lo amplio de su escote.

Al joven le entraron hasta sudores, no sabría determinar si estos obedecían a los nervios o a la lujuría. Esto hizo que el anciano se percatase de la situación, y que le guiñase socarrón acompañado por una sonrisa de burla. Una de las ventajas de la vejez, es el ser inmune a momentos semejantes, y el poder reírse con sorna de las preocupaciones de los jóvenes cuando el aguijón de la sensualidad les atenaza cual garras desesperadas. Al final, el joven, sin poder soportarlo más se levantó y se excusó ante su viejo acompañante diciéndole que tenía un compromiso que le impedía quedarse. El anciano supo de que aquello era una excusa, que lo que pretendía el joven era salir ileso de la situación, pero quiso darle ventaja y por tanto también su permiso. Sin embargo, su marcha forzada no impidió que aquella exuberante mujer le persiguiese, levántandose casi al instante tal y como lo hizo el joven.

Una vez en el pasillo que daba la salida al restaurante, esta le siguió dando unos puntapíes a las baldosas que produjeron que sus taconazos fueran la banda sonora de su marcha forzada. Antes de que este pudiese poner su mano sobre el pomo de la puerta que daba a la calle, la mujer le arrinconó y le empujó a una sombría esquina. Allí, dió pie a una mayor y más explicita insinuación, haciendo uso de su cuerpo cual si este fuera la llama de una vela aislada en un helado bosque. Se movía y balanzeaba como desatada, casi desquiciada por una pasión tan exagerada que al joven le dió por pensar que quizás estaba soñando. Mas, al notar la piel calenturienta de ella, se dió cuenta de que sus sensaciones eran las de la vigilia. Y, sin saber cómo ni por qué, se desato de sus brazos, liberando su endeble cuerpo de las ligaduras de la lujuría. Antes de escapar de ahí, ella le prometió que volverían a encontrarse, a lo que el joven se limitó a responder con una exclamación que mutó en una inclinación cortés.

La mujer no se equivocaba, pues la volvió a ver en las más númerosas ocasiones. Prácticamente todos los días, cuando salía a la calle ya sea por compromiso o por capricho, la contemplaba filtrándose entre la multitud. Y en cada una de sus miradas, creía advertir un presagio, un signo que le indicaba que la promesa de ella iba más allá de un próximo encuentro. No sabía el trasfondo que velaban aquellos labios carnosos, mas advertía como por intuición que iba mucho más allá de sus facultades intelectivas. Y no porque le faltase razón ni estudio, sino porque sabía sin saber que había ciertas cosas que sobrepasaban el entendimiento del común de los mortales -incluso de los más esforzados- y que aquellas cosas provocaban la locura una vez vislumbradas, conduciendo a uno a la senda del más allá de la conciencia, al delirio de los sabios y de los eremitas.

Ahora, en su cuarto, inclinado sobre un libro abierto en tanto que era alumbrado por una luz cálida que brindaba a la ceniza de su pitillo una luz extraña, recordaba aquellos acontecimientos frente a los cuales no encontraba una explicación. Lo extraño no era la presencia de aquella mujer ni su modo de ser, pues conocía tanto a mujeres como a hombres que se conducían por la vida con esa osadía, lo raro en esta ocasión era la sensualidad tan gratuitamente desatada que emanaba de aquella mujer. Le parecía repentina, caprichosa hasta mas no poder, pues ¿Quién era él y de qué conocía a aquella mujer para que esta le tratase de esa forma? Para empezar, no se conocían, y además, él personalmente no se consideraba atractivo. Incluso, llegó a consultarle esta cuestión al anciano en encuentros posteriores, mas este nunca le respondía. Se limitaba a reírse, como si su situación fuera una comedia en la que el viejo maestro fuese un mero espectador. Aunque pensaba que quizás después de todo, aquella risa fuera una especie de lección velada.

No obstante, no sólo el encuentro con la mujer había sido extraño, también los acontecimientos que le siguieron fueron cuanto menos entre oníricos y pesadillescos. Y pese a que ella no estuviera presente en ellos, el joven sentía en forma de corazonada que estaban en relación a ella, como si desde su primer encuentro todo aconteciese animado por su núcleo ignéo. Por ejemplo, en una ocasión en la que estaba acompañando a su madre dentro de su coche, sin recordar qué era lo que pretendían hacer ni a dónde se dirigían, advirtió que las calles se metaformoseaban ante sus ojos. Poco importaba que su madre torciese el volante en una u otra dirección, que pasase por zonas que le eran harto conocidas, cada carretera conducía a un desvío del que no había tenido noticia hasta entonces. Todo llegó al cúlmen del delirio cuando atravesando una curva que daba a una salida lateral, una vez franqueada esta, se encontraron recorriendo los anillos de Saturno. Alarmado le indicó a su madre que mantuviese rígido el volante, cualquier despiste podría lanzarles al abismo del espacio exterior. No sabía cuantas vueltas dieron a la sustancia rocosa en suspensión que componía el anillo del susodicho planeta, pero cuando quiso darse cuenta ya se encontraban sanos y salvos en una carretera que ya trascurría con normalidad.

En otra ocasión, cuando regresaba a su hogar andando tras una excursión, se percató de que su casa había sufrido un cambio repentino. Era extraño, pero aquella casa no era su casa, y sin embargo, sabía por su situación y un secreto sentido interno, que aquella era indudablemente su casa. Incluso su llave encajaba con la misma, pero dentro estaba todo cambiado, como si algún agente maligno lo hubiese trastornado todo. Rascándose los ojos de la incredulidad, salió y entró varias veces de su casa para cerciorarse de que estaba en sus cabales, pero cuando así lo hacía la casa se tornaba completamente diferente. Y aún así, pese a que su aspecto exterior era aparentemente distinto, seguía reconociéndola como su casa. Esto llegó al limite del delirio cuando en la última ocasión en la que salió para volver a entrar, contempló que todo estaba en ruinas. Incluso vislumbró sus pertenencias personales disgregadas aquí y allá, lo que acto seguido le produjo una conmoción tal que se desmayó repentinamente, y amaneció en su cama como si nada hubiera pasado.

Pero, aún con la vuelta a la normalidad de estas aleatorias circunstancias, las recordaba tan vívidamente como si fueran el pan de cada día. También, en otra ocasión, cuando tenía que dirigirse a la ciudad, contempló que había un inusitado coro de gente en la parada del autobús. Era extraño porque rara vez encontraba mas de un par de personas allí, pero en esa ocasión, toda aquella zona se encontraba atestada de gente. Pero lo que mas le resultó extraño fue el comprobar que pasaban autobúses cada pocos minutos, y estos anunciaban en sus carteles zonas de las que jamás había oído hablar. Mas finalmente logró subirse al autobús habitual, sólo que este le condujo hacía parajes que le eran desconocidos, a excepción de la última palabra que es dónde se bajó. No sabía advertir cuanto tiempo pasó cuando recorría una ciudad que le era extraña aún siendo conocida por el, pero el caso es que se le hizo de noche. Y cuando intentó regresar combinando metros y trenes, se le hizo bastante complejo, ya que estos daban vueltas innecesarias, y se apeaban en transbordos que no recordaba. Se pasó las horas muertas recorriendo inmensos pasillos que no desembocaban en parte alguna, donde acababa por subirse a trenes cuyas paradas le parecieron tener nombres desquiciados. Tirándose de los pelos, en el culmén de la desesperación, se sentó en un banco de metal y esperó a que volviera el sosiego. Y finalmente lo consiguió, regresando a los parajes acostumbrados no se sabe cómo.


Pero todos estos inhóspitos acontecimientos llegaron a su delirio absoluto cuando en una ocasión en la que regresaba a casa en el coche de su padre este le dejó en una zona aledaña a la carretera pretextando que le había surgido un compromiso repentino, y que no le quedaba otra que marcharse. El joven lo aceptó con cierto estoicismo, y se encaminó en la penumbra como si fuera una sombra más de aquel desolado paisaje. Sus pasos le llevaron a un pequeño bosquecillo en el que crecían libremente los álamos, y allí de entre los troncos surgió una figura encapuchada. Teniendo en cuenta sus anteriores experiencias, aquel joven se temió lo peor, así que se armó de valor y adoptó una pose defensiva frente a una acometida que consideraba inevitable. Y en tanto que mantuvo los puños en alto, la figura se situó en un parpadeo justamente delante de él, y le elevó agarrándole del cuello. En tal tesitura no tuvo otra que no fuera el intentar zafarse, mas cuando contempló el semblante de su atacante se le paró el corazón, puesto que este estaba completamente deformado cual si le hubieran pasado una plancha ardiente en el rostro, y además apestaba a húmedad confinada, como podría serlo un cuerpo pudrefacto que emerge de una cienaga. Gritó entonces, desesperado, y aprovechó la ocasión de que las fuerzas de aquel ser se debilitaron para salir por patas. No fue perseguido por el monstruo, que se quedó observándole en la distancia, pero no por ello aminoró la marcha hasta que se encontró en la seguridad de los muros de su casa.

Ya habían pasado largos días desde aquellos encuentros pesadillescos, mas el joven en tanto que pasaba sus pupilas por las páginas de su libro de ocultismo, no podía evitar sentirse turbado al recordarlas. Y encima, los pasajes de aquel libro sobre la transmutación de las almas y las implicaciones en torno al más allá no ayudaban precisamente. Estaba reposando sobre su silla, aclarando sus ideas e intentando calmarse, cuando repentinamente escuchó un ruido secó que provenía del jardín. Intentó avisar a sus familiares de este hecho, pero cuando recorrió las estancias en la casa fue en vano en tanto que se encontraba completamente solo. Así que reunió el coraje necesario para abrir la puerta trasera y conducirse al jadín. Allí, al principio, no vislumbró nada. Hasta que repentinamente sintió un cosquilleo en la espalda, una punzada cuasi-electrica que le recorrió la espalda dotándole de vida como si se tratase se un resorte. Y cuando se giró, ahí se encontraba aquella mujer. Esta vez vestía con elegancia, velando sus encantos femeninos en una recatada modestia y sonriéndole con cierta pureza e inocencia. Se sorprendió a si mismo del cambio, así como de lo cortes de sus maneras. Mas esta impresión no duró mucho, le perturbó un temblor que sintió proveniente de las profundidades de la tierra.

Pero hasta en eso se equivocaba, en tanto que su origen era bastante dispar. Elevando su mirada al cielo nocturno, localizó que aquel estremecimiento provenía de las alturas en forma de un punto morado que en la medida que clavaba su mirada en el mismo, se iba incrementando a ojos vista. Y cuando quiso darse cuenta, aquella cosa se encontraba justo en su cesped, carbonizando la verdosidad que se encontraba a su al rededor. Acercándose en compañía de ella, se detuvo para intentar examinarlo, cayendo en la cuenta de que se trataba de un cubo perfecto, mas esta impresión no duró mucho porque el cubo comenzó a abrirse y a expandirse. Procuró retirarse un tanto para que la sustancia hirviente que provenía del mismo no le tocase, pues su acción le recordaba al del ácido.

Evidentemente turbado, no sabía qué pensar. Y menos cuando del interior del cubo surgió lo que parecía un insecto. Pero a diferencia de los insectos comunes, aquel era carnoso y le miraba con unos ojos muy humanos. Incluso, entre sus líquidas fauces, emitía un ruido que se asemajaba a una risa. Cuanto mas lo miraba, mas grande le parecía. Hasta el punto que lo que al principio parecía una mota, fue vertiéndose en una sustancia que alcanzó su propia altura. Nuevamente se encontró a la defensiva, por lo que pudiera ocurrir. Aquel ser le miró directamente, le amenazó con sus aspas puntiagudas, y con un estremecimiento que le recorrió su esquelético cuerpo, invocó unas alas emplumadas que deslizó con cierta arrogancia. Y en un santiamén, aquel ser indescifrable, se marchó volando en una dirección que se le asemejó aleatoria, mas allá de los castaños que tenía ante sí.

Y entonces, la mujer que tenía a su lado y que no se había movido lo más mínimo en la exhibición del insecto inmenso, le abrazó en señal de lo que parecía un agradecimiento. Por qué le agradecía su presencia, no lo sabía pero así lo hizo. El joven la correspondió como debía, y mientras sentía su cuerpo calenturiento sobre el suyo, notó que sus pies no se encontraban apoyados en lugar alguno. Mirando en dirección al suelo, se percató de que se estaban elevando, lo que hizo que se agarrase mas al cuerpo de ella. Fueron elevándose más y cada vez más, hasta que toda su aldea le resultó diminuta desde las alturas que ahora ocupaba. Atravesaron las nubes y los cielos mucho más allá de lo que lo hacían los pájaros más atrevidos, e incluso salieron de la atmósfera y se encaminaron en dirección al espacio. El joven no sabía cómo podía atravesar ese espacio teniendo en cuenta la falta de óxigeno, mas así lo hizo pese a su incredulidad.

Fueron avanzando cada vez más, pasando el sistema solar y el circuito de estrellas que los antiguos consideraban fijas, pasaron también por Andrómeda y extrañas nebulosas flurecientes que brillaban en la oscuridad animadas por el fulgor de gigantescos soles, e incluso esquivaron grandes acumulaciones de rocas desprendidas de planetas que ya eran extintos. Finalmente, llegaran a una galaxia que se encontraba dominaba por un inmenso agujero negro, y allí fueron tragados por el mismo, siendo introducidos en una negrura que sería imposible de describir, y que les condujo hacía donde nadie sabe. Hay quién dice que se dirigían al terreno de la anti-materia, a un vacío absoluto como al que apuntan los nihilistas, mas yo creo que una vez atravesado aquel infierno de la negación y de la soledad llegaron a un reino mucho más luminoso y feliz, a un paraíso que alguno diría, donde la plenitud es tan inmensa que las sombras y los resplandores forman una nueva sustancia etérea que da cabida al mundo de los sueños. 

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