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martes, 14 de enero de 2020

Monodiálogo


De nuevo, se encontraron ambos en el interior de la hórrida sala. Ya vieja y demacrada, la habitación en cuestión estaba adornada por telas amarillentas y roídas tras el paso del tiempo, solamente habría que destacar que justo en el epicentro había una mesa de madera maciza, y dos sillas de pino, a pesar de estar repletas de telarañas, aún conservaban su lustre proveniente del pasado. Los dos personajes se sentaron respectivamente a cada lado, uno de ellos sostuvo su mejilla izquierda con una de sus manos, y el otro cruzó ambos brazos en el pecho para apoyarse con mayor tesón. Tardaron en hablar, aproximadamente unos veintidós minitos, mientras tanto ocuparon su tiempo en indagarse con el auxilio de sus miradas, quizás así lo hicieran porque sabían que hay palabras que callan y dicen mucho mas de lo que debieran.

Tras el tiempo indicado, uno de ellos -el que arropaba su pecho- quebró el divino silencio para decir tan entusiasmado como eufórico:

- ¡Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos! Te aseguro que he pasado por muchos lugares procurando encontrarte... ¿Y para qué? ¡Para nada! No parecías estar en ningún sitio, intentaba buscarte con el corazón constreñido, y parecías desvanecerte, cada vez estabas mas lejos.

- Vaya, vaya... Así parece que fue -respondió el que usó una de sus manos para apoyarse, mas ahora puso la contraria también, de manera que en ese momento se apoyó con ambas manos- Yo, en cambio, aunque te recordaba en la lejanía, jamás se me pasó por la cabeza buscarte. Es decir, si ya te tuve una vez, daba por hecho de que lo volverías a estar.

- A mí también me llegarón atisbos e intuiciones acerca de nuestro reencuentro, pero en mi incapacidad de conceptualizarlo y hacerlo concreto, la duda me invadió -volvió a decir este, tensando las brazos y fijando la vista- Te voy a decir una cosa, a pesar de la incertidumbre que sentí, tenía una certeza que nadie podrá robarme, y sé que te parecerá contradictorio que este caos afectivo tenga un orden en su desorden.

- Ciertamente, no le encuentro un sentido a nada de lo que me dices. Sin embargo, puedo encontrar algo valioso, y es que tus juicios apuntan a algo muy elevado y gracioso que tú te obstinas a replegarlo en tus neblinas. En lo que a mí se refiere, te diré que los acontecimientos se me dan muy claros y evidentes, pues estos pasan, en tanto que yo capto aquellos que pueden ser provenientes de los mas altos principios.

- Yo también sé de principios, aunque supongo que tengo otra forma de hallarlos. Voy andando mediante impulsos, la voluntad se infla, se destila, se derrite incluso, y el alma entera me palpita. Entonces, me detengo, me quedo en inhóspito suspenso y espero, y mientras así dura la espera me tumbo en el suelo y miro al Cielo, cierro los ojos y suspiro, y me digo a mí mismo desde el interior: "¡Ay, Dios mío, quién fuera ave para alcanzarte antes!" Después, recuerdo que soy hombre, y me tranquilizo, ni los ángeles están tan predispuestos como nosotros, tenemos la oportunidad de obrar, de ejercitar la ascensión, y en consecuencia, la salvación. Así, pues, me pongo en pie y sigo con lo mío.

- ¿Ese es el final de alguna historia? -dice este parpadeando- Podría explicarse de una manera mas diáfana, y no tan oscura como la tuya. Por ejemplo, imagina una gota de rocío mañanero cayendo de una verdosa hoja hasta el suelo, un suelo que por otra parte, debido a tal número de gotas, se encuentra repleto y ya ha formado lo que se diría un gran charco. Uno se pregunta: "¿De dónde ha nacido esa gota?" Y se responde: "Se trata de un proceso de evaporación celestial" El asunto versa en torno a causas y a sus efectos, a la recta vía que conduce hacia la Primera causa incausada de la que mana un fénomeno al que solemos llamar la causalidad. No resulta tan complejo plantearselo, a partir del mas nímio sentido común se puede llegar a los primeros saberes.

- He venido a decirte exactamente lo mismo sin usar de tantos tecnicismos que tanto embotan los sinceros sentires ¡Oh, se me acaba de caer a la memoria otra ocurrencia de las mías! O, lo que tú llamarías, mis historias -iba diciendo mientras se rascaba la nuca con una falta de sutileza, quizás intencionada- Se cuenta, que en cierta ocasión una santa mujer parió dos hijos, y estos dos tan sólo se diferenciaban en un año de distancia temporal. Ambos, como es de suponer, fueron muy bien críados, crecieron juntos con amor y armonía. Mas, no obstante, a partir de que alcanzaron la mayoría de edad, uno de ellos rompió el lazo del yugo materno, y podría decirse que se descarriló, tomó sendas sumamente distintas de las que su madre le dotó. El otro, en cambio, cumplió los preceptos, siguió desde el principio el camino que se le designó, y su madre se mostraba tremendamente orgullosa en lo que a él se refiere, pero no era capaz de olvidar la fuga del hijo menor, este dolor de su marchar le aflingía constantemente. Este último pasó por gran cantidad de abismos, cayendo por todos ellos, se ensució, se dejó sucumbir por todos los pecados imaginables, hasta él desde su consciencia interna se dió cuenta de lo mucho que se había alejado del fulgor primigenio. El mayor, mientras tanto, pereció en esta travesía que es la vida, hecho que también hizo aminorar la alegría que pudiera sentir su madre cuando estaba en su compañía. Mucho tiempo y muchos punzantes daños tuvo que pasar el pequeño, hasta que volviese de retorno al amado hogar. Sin embargo, así lo hizó. Volvió bastante desmejorado, sucio, con arapapos y con un semblante que parecía haber sido despojado de su alma. Su madre, cuando pudo volver a apreciar el rostro de su querido hijo, se le encharcaron las mejillas de gran cantidad de lágrimas, y lo recibió en sus regazos con todo el amor que su pecho era capaz de albergar, el cual, es obvio apuntar que era inmenso. Ello enterneció al hijo, y también dió rienda suelta a las lágrimas, y estas se mostraban entre amargas y dulcificadas. Y así le dijo su buena madre: Hijo mío, sé que has hecho cosas horribles y que has pecado, pero no te preocupes. Has sido perdonado, y ya que has vuelto, además, salvo." Esta es sin duda una fábula, pero de las reales, no de aquellas que dicen inventadas, sino que son tan trasparentes como la vida misma frente a un espejo

Se hizo el silencio, y se mostró tal cual es. El dialogante contrario se quedó mudo, probablemente porque encontrara semejanzas entre la historia y sus propias vivencias ¡Quién no ha sido el hijo descarrilado en alguna ocasión! Él también lo fue en su día, mas lo que no sabemos es si consiguió volver, o al cabo, aún se encuentra en camino. Se quedó, pues, la palabra trasquilada en el aire, un nudo de tela se le formó en la garganta, y solo pudieron responder sus ojos, que vidriosos, dieron paso a la emoción que se negaba a contenerse, ansiaba liberarse. Dejó de sostener con sus manos la cabeza, para que estás incurrieran en un golpe con tesón dado en la mesa, como un objeto muerto que se deja caer. Cerrando y abriendo sus párpados con lentitud, y deslizando sus dedos con tiento por los bordes de la mesa, comenzó a decir:

- Puesto que parece ser que aquí de lo que se trata es de contar historias, la tuya ha traído en forma de remembranza, algo que soñé o que leí, mas ya no me acuerdo exactamente donde: "Se cuenta en versículos sagrados, la historia de un divino pastor, el cual tenía un espléndido rebaño de ovejas que habían sido aparejadas para abastecer a esta corrompida tierra de los milagros de la creación. Este pastor al que me refiero, tenía cierta particularidad respecto a los demás pastores que han habitado en el mundo, puesto que seguía preceptos mucho mas altos, y prometía un reino donde ya las caminatas diarias serían leves sacudidas sin importancia. Así, entonces, todas las mañanas se ocupaba de liberar a las ovejas de la valla donde estaban cercadas, y así lo hacía hasta el ócaso, volvían allí, y vuelta a empezar. Todas estas ovejas, le eran obedientes y procuraban, en la medida de lo posible, seguir los mandamientos de una manera incondicional y desinteresada. No obstante, una de ellas que era un tanto mas oscura que las demás, dió en su pecho cabida a la duda. Después de cada paseo, se preguntaba a sí misma ¿Y esta rutina para qué? Por las noches, le daban temblores, y en una de estas incertidumbres nocturnas, salió sin que le viese nadie. Tan díscola era ella, que salió corriendo, rompiendo así el vallado que les impedía a las otras salir. Todas se dispersaron, y pese a que se mantuvieron bastante cerca en pequeños grupos, cada vez había mas distancia de las unas respecto a las otras. Al día siguiente, el buen pastor se encontró el panorama, mas él ya sabía que esto iba a pasar, pues conocía a la perfección a cada una de sus ovejas, y advirtió la rebeldía de la mas oscura. Se lo tomo con mucha serenidad, y emprendió la búsqueda de esta última, por mucho que el resto de los pastores le tomarán por loco, ya que desde el sentido común, no lograban justificar el por qué pudiendo encontrar a las otras con facilidad, se encaminó tras aquella que en cierta medida le había traicionado. Nadie entendía cual era su intento, pero el divino pastor, con un corazón lleno de espinas latiendo con una pasión que no le cabía en el pecho, siguió el rastro de la oveja perdida, y hay quién dice que efectivamente la encontró, y formó un nuevo rebaño"

Ambos hombres continuaron su animada conversación largas horas... ¡Quién sabe si llegaron a algo! Yo espero de que así sea, pues si al final lo consiguieron, alcanzaron aquello que venían desde el principio buscando. Y seguramente, tras tomarlo con sus propias manos, volverían a comenzar como suele ocurrir cuando se trata de pensamientos y sentimientos tan grandiosos y elevados. Así, al menos, me gustaría pensar a mí, que también estuve allí presente ¿Atendí como debiera? ¿He anotado lo importante? A mí parecer, he escrito aquí lo que tendría que escribir, sea la apreciación según quién lo leyere, yo por mi parte, me doy por satisfecho de que con auténtica fe ferviente, he podido beber un ápice de esta suculenta y pura agua, manjar para todo aquel que tiene sed.


lunes, 12 de agosto de 2019

Meditaciones en soledad


Eran las tinieblas en el mundo exterior, nada podía verse, pues los ojos estaban sellados por los parpados. Un cuerpo se zarandeaba entre las sábanas, que advertía un incendio repleto de llamas, ardía ya por osadía, ya porque no le quedaba otra cosa que hacer. No obstante, algo acudía en el interior que refulgía, parpadeando incesantemente, una llamada que no quería ser del todo recibida. Todo era oscuridad, mas si uno animado por la curiosidad más impertinente, se atrevía a indagar en las oscuridades cual túnel sin fondo, podía encontrar un ánimo alegre que soñaba. Había vida allí donde parecían habitar las sombras, incluso, en la ciénaga más inmunda que cabría imaginarse, quedaban resquicios donde podría renacer lo inusitado.

Así, pues, como íbamos diciendo, algo que no podríamos sospechar con la mirada exterior resplandecía. Mientras tanto, la estancia se encontraba bañada por una luz artificial, fría, que ocupada prácticamente la totalidad de los espacios sucesivos. Estos acontecimientos externos son meros añadidos, acontecimientos insustanciales que arrecían nuestras expectativas, y de los cuales, nuestras sospechas procuran advertir que algo grande procurará acudir en cuanto menos lo esperemos. Nos hacemos los sorprendidos cuando ocurren tales momentos, aunque en verdad, todo sucede tal cual lo esperábamos en un principio, mas aún así, nos complacemos y disfrutamos con la espera.

Lo que ocurría en el interior, quizás sea complejo a la hora de expresarlo con palabras, pero lo intentaré en estos escasos renglones. Estaba soñando, aparecían diversas imágenes animadas por el impulso volitivo, algunas de ellas carecían de un sentido especifico o racional, otras, si que contenían un significado.  Estas últimas tenían un contenido relacionado con los recuerdos, y aunque algunos de ellos eran inventados -pues jamás ocurren cosas tan insólitas en la vida real- si que entendían de un hilo; algunas de estas cosas pasaron tal y como eran en su transparencia, y otras, estaban modificadas exagerando sus rasgos. Aquel era un ámbito extraño, que a su vez, resultaba complaciente, un descanso que comprendía de ascensiones hacía cielos fingidos y de caídas en torno a abismos profundísimos. En fin, este es el espacio reservado a todo lo relacionado con lo onírico, por eso su explicación resulta tan difusa y abstracta para quién lo escribe y todavía más para quién lo lee.

Quizás una de estas imágenes podría ser permanecer en los regazos de una mujer, que con sus rellenos brazos sostenían a este pobre hombre caído en pecado. Este, en la medida que agarraba la gran multitud de las mantas que le rodeaban, pensaba en la suciedad que le corrompía, no era merecedor de nada de lo que tenía, él lo sabía, y en su fuero interno se arrepentía. Caían sus lágrimas en los pechos de la mujer, y cosa rara para la mayoría de los hombres, no contenía en su corazón deseo alguno impuro, simplemente la abrazaba expulsando los demonios que en él habitaron durante tantos años. Ella le sonreía, sentía compasión por aquel desgraciado, y además, le amaba. Le quería como se quieren a los niños, aquellos que cometen una trastada y se dirigen hacía sus madres dando rienda suelta a sus sollozos. En esta ocasión, a ella,  no le invadía la sospecha de confundirse con su madre, pero tampoco podía negar que reservaba en su interior ciertas afecciones maternales. Mientras él seguía gimiendo de tristeza, ella le implantó un casto beso en los labios, un inocente roce del espíritu que le limpiaba de todo pecado. El mal había desaparecido, pronto debía comenzar el tiempo del bien, la verdad y la misericordia.


Aquel descanso en apariencia perpetuo, entiende de un comienzo y de un final, por ello en cuanto la luz se hizo, la vida comenzó de nuevo. Yo me desperté y supe que era aquel hombre. Añoré los regazos de aquella mujer celestial, que como un ángel cuidaba de mi alma infantil. Obviamente yo ya no soy un niño, pero me gustaría guardar esa cierta inocencia y confundirla con la bondad, bautizarme con aquella pureza nacida con la promesa de la luz.

Me levanté de la cama, y acto seguido, clavé mi mirada en la ventana. El tiempo era próspero, el viento fresco y el fulgor de la luz cálido. Hice los rituales habituales, la ordinaria rutina trascurría con placidez y con la lentitud acostumbrada. Un sosiego campaba a sus anchas, y yo, lo sostenía con el límite de los dedos. Esta soledad mía me resulta una bendición, la cura que todo espíritu necesita para eliminar la maldad que se forja en lo que unos señores con traje, bien vestidos, indicen en llamar “la civilización” con un tono tan arrogante como imperioso, a la par que orgulloso. Desprecio todo ese decoro impostado, lo rechazo por resultarme una naturaleza contraria a la mía “¡Ojalá me dejen en paz con sus tonterías!”- me digo a mí mismo cuando el recuerdo de gran parte de la gente que he conocido acude a mi memoria para acuchillarla con el sutil filo de los reproches ajenos.

 Como hace un día espléndido para dar un paseo, decido obedecer a tal piadoso deseo y voy caminando, disfrutando con cada uno de los pasos dados. Miró a mi al rededor y redescubro lo que ya miré en otro tiempo bajo distintos ojos, que aunque ya entonces eran los míos, no sabían mirar de la manera que hoy día lo hago. Los árboles que dejan caer diversas bellotas me traen fragancias de la infancia, y, las carreteras despejadas de coches me producen calma y la esperanza de un nuevo resurgimiento espiritual que se alimenta en mi interior cada vez que me dirijo al campo descubierto, con la ausencia correspondiente en lo que se refiere a las personas. Necesito hablar conmigo mismo, aconsejarme respecto a lo qué hacer ahora que nadie interrumpe con sus voces el curso de mis pensamientos, que ya afloran cual raíces matutinas.

Pero, de repente, veo ante mí una larga fila de bancos maltrechos de madera. Llevan tantos años aquí, que el tiempo ha hecho con ellos lo suyo. Entonces, acudiéndome cierta somnolencia, recuerdo a todas aquellas personas con las que estuve allí sentado y las conversaciones que mantuve mientras andábamos por estos despejados lares, lo que amé, lo que sufrí, lo que otros tuvieron que soportar de mí… Y en verdad, me arrepiento de tantas cosas, que el sólo rememorarlas produce en el interior la nostalgia de lo que se le fue y ya no es, a lo que se le suma, la impotencia e imposibilidad de volver a traer de regreso lo que ya posa en lo pretérito. Ya se sabe, el discurso acostumbrado de lo inevitable del transcurso del tiempo, que nos impide cualesquiera retroceso y reparación del daño causado. Así somos, tan contradictorios, siempre posicionados entre dos extremos que jamás convergen, y en cuya separación reside el sentido del vivir.

“Vamos a ver, ¿Qué me hago de mi mismo? ¿Quién diablos soy? ¿Y por qué estoy aquí plantado como si nada después de todo lo que me ha pasado hasta llegar al tiempo presente? ¿Soy un ángel caído? ¿Una bestia descarrilada que necesita ayuda? ¿Y de dónde podría venir aquella ayuda? ¿A caso existe alguien que pueda socorrerme?” - tales dudas nacen de mí en los paseos que suelo darme durante el atardecer, cuando el cielo resulta más hermoso y los pensamientos más pesados. Tanto que se me caen del alma, y causan tal dolor y estruendo que mi espíritu se tambalea, y llega a contraerse debido a las penas.

No hemos de olvidar, que pese a este sufrimiento -y quizás precisamente por el-, hay una posibilidad de redención, de una salvación que nos transforme y nos libere espiritualmente. Pues en el interior de todo hombre se encuentra el consuelo, pero ocurre que no solemos advertirlo por las distracciones y tentaciones que nos acosan de este mundo. Nos abochornan con palabras, nos confunden con sentencias, nos turban con sus pasos, nos obligan a ser quienes realmente no somos con sus obligaciones, sus leyes, sus costumbres para burros, sus dictámenes autoritarios… ¿Y nosotros qué hacemos? Nos limitamos a escuchar y contraemos nuestros rostros por tanto dolor, lloramos a solas y nadie parece dispuesto a atendernos cuando precisamente nos mostramos más humanos. Esperamos una llamada que nunca llega, la señal definitiva que nos redima, y después, todo en vano… La rueda que gira y gira de siempre, nosotros la recorremos como ratones que persiguen un ideal en forma de queso, y en nuestras incertidumbres, no lo atrapamos a pesar del esfuerzo. 

El fruto está ya caduco, a no ser que busquemos otra vía mediante la cual atraparlo, sostenerlo con nuestras enflaquecidas manos y llevárnoslo a la boca para saborearlo castamente. La cura se encuentra mucho más cercana de lo que pensamos, tanto que esta se haya en nosotros mismos. Hemos de comenzar desde dentro, y de ahí al mundo entero. Sí, es verdad, este es impío e injusto, pero aún existe lugar para el bien. Quiero decir, que todavía hay un hueco que todavía no se ha emponzoñado, si nosotros insistimos podemos plegarlo de bondad. Y que no os engañen, Dios no se encuentra en templos, cercado por muros que impiden un verdadero contacto con lo divino, oscurecido con interpretaciones oficiales impuestas por gente a la que no conocemos. Dios se halla allí donde habita la libertad, en campos abiertos como ahora los recuerdo, donde la verdad es un suspiro, una ráfaga de viento que nos purifica. Si se quiere orar como se debe, que no sea frente a una pared, en edificios extraños, mucho mejor es en las entrañas de la naturaleza cuando los pájaros cantan y la totalidad de los seres vivos se muestran unidos en armonía.

En lo que a mí respecta, solamente me queda por dar amor, encontrar a Dios por mí y desde mí mismo en el interior, allí donde las profundidades pueden ser iluminadas. Afirmar, decir sí  y estar dispuesto. Negar al miedo, procurar vivir conforme a Dios, pero no porque me lo impongan como una necesidad desde arriba, sino por la salvación de todos. Necesito alejar todo mal, buscar el bien en cada hecho. Hacer de la fe un obrar. Quiero, en fin, vivir y morir como un hombre cualquiera en esta tierra, y aunque se busque también la eterna, queda el soñar con que el paraíso sea tan similar a estos  beatíficos prados, que apenas se pueda percibir la diferencia. Abrir, cerrar los ojos, marchar y regresar al amado hogar. Ser recibido allí, y después de tantas luchas, descansar. Pues en cuanto paremos, los cielos se nos juntarán con la tierra, y todo lo que hayamos hecho y dicho será una fábula que volverá a ser escrita. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Mi fe


A mi modo de ver, la creencia -es decir, la necesidad o la búsqueda de un sentido divino que llegue a formar parte de nuestras vidas- supone el problema, y a su vez, la solución a todo planteamiento donde nos encaminamos. Quiero decir, que en el fondo, todos nuestros esfuerzos -y los que se han dado a lo largo de la historia del pensamiento- van dirigidos a tener una concepción de Dios. Dependerá de muchos factores a la hora de llegar a definirlo de múltiples maneras, pero al cabo, tarde o temprano nuestras inquietudes nos dirigirán a formar nuestra visión de lo Divino, incluso, quienes presumen de carecer de alguna, y se esconden en el cómodo ámbito de la carencia o de la neutralidad fingida, ya sin quererlo a propósito han creado por sí mismos a su Dios. Unos tendrán a su Nada, al Dinero, a la Utopía comunista… Tristes dioses, pero no obstante, dioses de una u otra forma.

En lo que se refiere a la existencia de Dios racionalmente argumentada y demostrada a partir de unos principios causales, cuyo reflejo se contempla en los efectos. y definida a partir de unos atributos negativos, lo considero algo que se da por hecho y que ya han demostrado los teólogos a partir de la razón natural. Sin embargo, ello no me interesa en lo más mínimo, pues aunque satisface a la curiosidad erudita, no así hace latir con más firmeza al corazón. La razón llega y define hasta cuanto puede -y es capaz de ejecutar grandes cosas-, satisface necesidades estrictamente intelectuales, mas no nutre nuestra vida, no nos garantiza un sentido por el cual vivir. Cuando a la creencia se la pretende demostrar con silogismos y cúmulos de razones amontonadas, esta se sonríe levemente, pero en su fuero interno se siente en temporada de seguía, orando a las nubes para que estas se compadezcan, y con su regadío, nazcan las hierbas frescas en la mañana con su rocío acostumbrado.

Yo no me refiero al Dios inventado a partir de formulas y preposiciones, yo me encamino hacia el Dios vivo, aquel que, además de dotarnos de un sentido, nos da ánimo de vivir. Y si este no existe como presumen los arrogantes ateos, mejor sería no existir ¿Qué demonios es aquello de que la vida es un deleite efímero, y después, el vacío? ¿En serio alguien puede seguir caminando por estos lares pensando algo tan monstruoso? No lo creo, o al menos, confío en que así no sea, porque de lo contrario… ¡Pobres de todos nosotros!


Cuando voy paseando por el campo rezo a veces sin querer ni pronunciar palabra alguna sintiendo al diestro viento recorrerme el cuerpo entero, o cuando exploro inusitados lugares con el pensamiento y mi ventana está  justo delante, miro al cielo claro del día que da entrada a una noche estrellada, adornada con sus millares de luceros, y me estremezco. Sueño en tales momentos en que el Dios Padre nos cuida desde sus alturas, y que pese a las apariencias, jamás permitirá que nos quedemos solos, puesto que nuestras lágrimas se acumulan en su pecho, y en su misericordia nos perdona nuestros pecados, como así nosotros hacemos con nuestros hermanos. Inclino mi mirada al suelo, viendo como mis pies avanzan o retroceden según mis andanzas, y cuando los males del mundo corroen la memoria, aparece el rostro del Cristo con su corona de espinas de camino a su sufrimiento, y dándome consuelo me recuerda que todo aquello relacionado con el dolor no es nada nuevo en este horizonte donde convivimos, o al menos, pretendemos hacerlo.

Esa es la fe por la que suspira mi espíritu; la del sermón de la montaña, la de las enseñanzas del Cristo, que no se disuelven en las palabras, sino que se hacen obras. Claro que, en muchas ocasiones, siento un desconsuelo espiritual, y en mi mal pensar me acomete la duda, y me da por temblar en las noches cercadas por nubes. Pero, entonces, recuerdo cual vano es mi desasosiego en comparación con los sufrimientos del Cristo, y pese a que esto no logra mitigar del todo este dolor interno, al menos me alivia momentáneamente hasta que después acuden las lágrimas. Tengo por cierto que el comienzo de la duda supone el puente para la fe, pero no se puede caer en ella permanentemente porque si así fuese ¿Que distinguiría al creyente del incrédulo? Y ante esa pregunta, la verdad es que no sabría que contestar, pues siendo sincero he conocido a lo largo de mi escasa vida creyentes que diciendo serlo no se comportan como tal, y supuestos no creyentes, que negándolo no parecen advertir que con sus acciones son más creyentes que otros tantos. He ahí mi perplejidad, mi confusión, pero también, mi paradójica fe.

Mi creencia -si así quiere decirse- es de índole sentimental, y pretende ser una esperanza lanzada sobre esta vida para sobrepasar los oscuros abismos y dar luz allí donde habitan las tinieblas. En este valle de lágrimas hay multitud de demonios sueltos con apariencia de víctimas, lobos feroces con piel de oveja habitan en estos montes, y por ello hemos andar con tiento e intentar hacer de nuestra fe obras, pues de lo contrario, nada vale el suplicar por Dios, si no se atiende al prójimo y seguimos mirando por nosotros mismos cuales gentiles con falta de moral. El verdadero creyente, a mi parecer, ha de ver fragmentos de Dios lucientes en los rostros de sus hermanos, y sobre todo en los niños, aquellos de los que el Cristo nos advirtió que serían los que entrarían en el reino de los cielos ¿Tendríamos que dejar nuestros bucles intelectuales y volcarnos en procurar recuperar la fe infantil? Yo pienso que por simple, es la que más vale.

El cristiano es aquel que procura con todas sus fuerzas seguir el ejemplo del Cristo, y entre todos los mandamientos que el Hijo del hombre re-formuló del Antiguo Testamento -cambiándolo totalmente- para dar entrada al Nuevo es aquel que sustituye el ojo por ojo, por el de aprender a perdonar las ofensas, y dejar de censurar los pecados ajenos no advirtiendo la viga que se posa sobre nuestra pupila. Y esto es una cosa que muchos han de procurar poner en práctica, donde yo mismo me incluyo. Pero, sobre todo, pienso que el más importante es aquel consejo que Cristo reitera varias veces a sus apóstoles y discípulos, el de amarse los unos a los otros, ya que ¿Qué es la fe sin el amor? La nada, la religión de los impíos y los morbosos que justifican sus vicios en la ausencia de Dios.

Poco me importa que se me acuse de proliferar sentimentalismos, e incluso, de caer en una herejía respecto a la doctrina oficial, puesto que lo que diga cualesquiera listado de reglas formales no tiene influencia en mis decisiones vitales, porque es el Amor lo que da entrada a la piedad y a la caridad, y de ello, se siguen las buenas acciones que se realizan tanto por el bien común como por la salvación personal, pero no es esta última como muchos beatos que me recuerdan a los Fariseos, los Saduceos y los Escribas -que fueron precisamente, contra los que luchó Jesucristo con el ejercicio activo de la veracidad y del rechazo a su falta de autentica fe- que se piensan que la gracia divina es un intercambio comercial. Ya os digo que quienes crean que acudiendo a la Iglesia y pagando los diezmos están salvados, yerran del todo y podría decirse que se comportan como hipócritas respecto a sí mismos aceptando las dádivas de los sacerdotes que han convertido la casa de Dios en aquel festín de mercaderes por el que tanto se enfureció -y con razón- el Cristo.

No es el símbolo ni el decoro lo que nos conducirá al Reino de los Cielos, es nuestro amar a la tierra actuando en correspondencia con los dictámenes divinos impresos en el corazón lo que nos hará ganarnos el cielo, siendo así un intento de ángel atrapado en una cueva oscura. Al igual ocurre respecto a la moral, no se trata de unas pautas a las que uno deba estrictamente regirse como quién repite lo que el maestro dice, esta se halla en nuestro interior y aflora cuando la injusticia campa a sus anchas. Muéstrame un acto malvado y violento, y ya os aseguro que se me oprimirá el alma y lo censuraré internamente, y aún mas si soy yo quién lo ha cometido.

Sin embargo, hoy día nos movemos por el mundo sobrepasando la animalidad, y nos hemos encerrado en una cámara de cristal que se empaña con las necesidades ajenas, cual neblina que a su vez hace de espejo para solo vernos reflejados a nosotros mismos. Todo esto es una impiedad y una falta de humanidad en la que nuestro modo de vida nos conduce cada vez más, y a la que además, las restantes personas nos inducen a continuar como si no pasase nada, como si no hubiese bien ni mal, como si nada importase… ¡No pienso dejarme caer en la tentación de esta maldad colectiva y propagada por las instituciones y sus jerarquías! Mirad, por favor, al hermano que os pide ayuda, aquel que sólo busca un mendrugo de pan, o unas monedas para sustentarse, o quizás para alimentar a una familia entera. Socorredle, prestarle vuestra mano y dar aquello de lo que vosotros tenéis dos pares, si tenéis las necesidades básicas cubiertas siempre se puede dar sin pedir nada a cambio. Muchos os dirán en su pecaminosa manera de pensar, que no confiéis, que rehuséis de ayudar, que todo seguirá igual… Ellos ya han caído, han sido depravados por el ambiente urbano cayendo en el nihilismo más sucio, intentad enseñarles el camino correcto, y si os hacen oídos sordos, buscad a quien los tenga abiertos.

 En esta vida se trata de proseguir, de vivir manteniendo la fe a pesar de las contrariedades que nos puedan acometer y de los muros que los estados implanten a nuestros alrededores. Vosotros diréis: “¡Pero eso es tan difícil y nos parece imposible!” Dejad de quejaros almas enflaquecidas, faltas de voluntad y de esperanza, y dejar paso a los que mantienen su luz intacta y no corrompida por las fugacidades mundanas. “¡Ay, todo es efímero y azaroso!”- dirá alguno desperdigado, dejándose arrastrar por lo que la publicidad le dice que sea. Pues que sepa que nada pasa sin algo estable, ni el azar puede moverme si yo me mantengo erguido.

Es un esfuerzo constante, es el luchar en el interior incesantemente, y así, no dejarse arrastrar por influencias extrañas que nos procuran obligar a transitar por la senda de la mentira, y mucho menos, aceptar autoridad ni imposición de este mundo, y aceptar de acuerdo con la faz de un Dios vivo una fe ardiente que como un fuego que nunca se apaga a pesar del frío, atravesando con sus llamas los copos de nieve nacidos de nuestras etapas gélidas. Sé que procurarán vencerme, abatirme a base de golpes, hacerme temblar las piernas con dudas, titubear al leer la palabra sagrada por el miedo, pero, que sepan que mantendré la fe en mí. Confío, en que después de todo, Dios nos salve a todos y nos mire como a hijos extraviados, que, como semejantes, se arrepientes de sus pasos errados y vuelven allí donde fue su beatifico origen y pasan a vivir eternamente junto a los suyos, aquellos que en vida los quisieron, y en la muerte, permanecen juntos mas allá de las eternidades.