Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de mayo de 2026

El ermitaño

 En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.

Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.

Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.

Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.

Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.

Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.

Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.

En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.

A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.


Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.

Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna  a sí mismo y su pecaminosa condición.

Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.

Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.

sábado, 25 de febrero de 2023

Tiempos pasados

 Cuando recibí el mensaje de mi amigo X, salí precipitadamente por la puerta principal de mi casa. Cargado con una bolsa y una caja de cartón en mano, atravesé por la calle principal con premura. Prácticamente no me fijé en lo que había a mí al rededor. Sólo pude observar frente a mí el gran arco de la entrada a la urbanización, la figura distante de mi amigo apoyada en el centro y una mujer con sobrepeso caminando en mitad de la calle tras haber tirado la basura. Me incliné en señal de saludo a esta misma mujer, y lancé toda la basura en el mismo cubo.

Para entonces, X ya me había visto y se dispuso a encaminarse en mi dirección. Cuando nos encontramos justo delante nos dimos un abrazo amistoso, y todo vivarachos salímos de la urbanización atravesando la carretera sin importarnos el paso de los coches.

- Vaya, veo que te has cortado el pelo. Se te nota muy distinto así - comenté deslizandome a su lado, arrastrando los pies como de vez en cuando acostumbro

- Sí, ya era hora - respondió él, y continuó- Y tú te has dejado crecer la barba. Así conectada con el bigote que tienes, te hace parecer todo un bohemio - dijo mientras se reía, todo ufano y con una mirada que indicaba que había dado derecho en el clavo-

En verdad, él no era el primero que me lo había dicho. Constantemente me recalcaban que tenía pintas de bohemio. Eso me hizo pensar acerca de qué significaba ser eso de bohemio, si era mas bien un comentario superfluo en torno a mi apariencia, o era algo mas intrínseco que se volcaba en lo externo a mí. Quizás sería por mi afición a la literatura y por escribir de vez en cuando relatos que no le importan a nadie, pensaba. O, puede que además de por eso, fuese porque fumaba bastantes ducados al día y de vez en cuando me tomaba alguna alegría bebiendo algo de alcohol. Mas, en todo caso, había algo de ese término "bohemio" que me perturbaba. No era por serlo en sí, o por parecer serlo, sino mas bien porque tanto gente conocida como desconocida coincidieran en ese supuesto hecho. Era algo que me producía un mareo interior, el que conocieran supuestamente algo de mí que ni yo mismo me había replanteado jamás. Si no era ser bohemio, era ser demasiado intenso, un literato, un viva la vida... En fin, presuponiendo que entendiera a qué se referían, seguía sin entender nada como siempre me pasaba con todo.

X y yo pasamos a través de las calles de la urbanización de al lado, discutiendo opiniones y contrastándolas con experiencias de nuestra vida. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. A veces el constructo artificial que supone nuestra vida social nos impone una serie de baches y de barreras que nos impide hacer lo que queremos como individuos. Y aunque yo particularmente he evitado lo máximo posible esas obligaciones creadas por la sociedad, lo cierto es que muchas veces caigo igualmente en las mismas. Eso me deprime terriblemente, y de ahí la necesidad personal de volver a ver a mi amigo de la infancia, y de compartir unos ratos, como si volvieramos por unas horas a ser niños.

Después, entramos al principal centro comercial de nuestra zona. A este centro comercial se le llamaba coloquialmente por aquí "El nuevo" en contraste al otro que tenía al lado que se le llamaba "El viejo" A pesar de esa denominación mucho de nuevo ya no tenía. El recinto en cuestión estaba desolado, completamente vacío, sucio y casi descuartizado. Cada pisada arrastraba un cúmulo de roña que se quedaba pegada en los zapatos, y cada vez que se alzaba un poco la voz, era el eco quién te respondía. X y yo lo estuvimos comentando mientras accedíamos a una tienda para comprar un par de "flashes" cual si fueramos efectivamente un par de críos gastándonos nuestra paga en chuches.

Con los "flashes" en mano, salímos de ahí como fantasmas de una casa encantada que se ha quedado demasiado pequeña, y subímos la cuesta en dirección al centro del pueblo. Mientras así lo hacíamos, no pude evitar fijarme en el paisaje. Es verdad que aquí estaba todo desolado, que apenas pasaban los coches y que toda la vegetación estaba seca y plagada de arena y barro. Sin embargo, encontraba un encanto en todo esto. No en vano, aquel era el lugar de mi infancia y adolescencia. Aquí paseaba con los distintos grupos de amigos que he ido teniendo a lo largo de mi juventud, hacíamos gamberradas, bebíamos alcohol, fumabamos o simplemente charlabamos sobre cosas banales que en ese tiempo para nosotros no estaban exentas de la debida importancia. En fin, podría decirse que me invandió la nóstalgia, o mas bien, que yo me dejé invadir por ella gracias a lo que veían mis ojos en ese momento.

Al rato, X y yo llegamos al pueblo. Otro lugar que estaba terriblemente abandonado. Discurriendo a través de sus calles, podía observarse cómo los edificios se caían a trozos completamente alejados de la mano de dios. El pavimento y los mosaicos sobre los cuales pisabamos, o bien, estaban desgastados de tanto usarse, o en su defecto, habían sido arreglados con el mínimo presupuesto. Las calles que rodeaban la calle principal estaban abarrotadas de gatos abandonados, mas completamente vacías de gente. El abandono del pueblo era palpable frente a unos concejales que probablemente estaban llenando sus bolsillos del dinero que debieran invertir en reparar el pueblo sin escatimar en gastos. Pero, a pesar de esto, tampoco en esta ocasión pude evitar sentir cierto encanto por lo que contemplaba. Es mas, me sentía maravillado en el buen sentido por ese abandono. Estaba feliz. Me encontraba en el núcleo de mi pasado. Pensaba en cuantas veces había pasado por aquí, me había sentado en los bancos de madera carcomida ya sea solo o acompañado, y me había puesto a contemplar inmerso en mis pensamientos a la luna ascender con cigarro en boca, o botella en mano. Aquellos recuerdos eran sumamente gratos para mí.

Al final, mi buen amigo y yo decidimos sentarnos en unos bancos modernos que habían puesto por el pueblo hacía ya unos años. Ya estaba anocheciendo. Pero eso no impidió que por eso detuvieramos nuestro encuentro, y regresaramos a casa. Todo lo contrario. Nos quedamos un momento en silencio contemplando aquel paisaje abandonado aunque encantador, desolado y tranquilo, hasta que la voz de X quebró el silencio sólo antes interrumpido por el zumbido de algunos insectos.

- A veces recuerdo el tiempo en el que éramos niños, y sobre todo, adolescentes. Nos lo pasábamos muy bien. Aunque, la verdad, es que jamás volvería a esos tiempos. No me gustaron nada. Fuí a veces muy infeliz, sólo me salvaron las risas debido a las paridas de entonces -dijo muy serio

- Es cierto, pienso igual. También eran otros tiempos muy distintos a estos. Éramos a veces bastante crueles. - le respondí con una seriedad semejante

- Sí, pero tampoco nos quedaba otra. Por entonces, si no aprendías a defenderte por ti mismo lo tenías jodido. Y defenderse implicaba que tenías que meterte y poner en rídiculo a los demás para quedar por encima. Si no actuabas así, ya podías prepararte para lo que te esperaba al día siguiente. No estoy nada orgulloso con lo que hice. Pero, por otro lado, sé que no me quedaba otra. A día de hoy no lo entenderían debido al correctismo político y a la sensiblería actual, mas entonces la cosa era muy distinta. Nos tratábamos fatal entre nosotros, como sobre todo a otros que no tenían nada que ver con nuestro grupo. Aunque bueno, tampoco era del todo culpa nuestra. Las malas influencias y la presión del grupo también provocaron que en ciertas ocasiones actuaramos como animales. Pero bueno, por suerte, al menos yo, pude disculparme mucho después con los afectados por nuestras perrerías. En ese sentido puedo decir que tengo la conciencia tranquila.

Yo asentí en silencio mientras le escuchaba, no podía darle la razón de otro modo. Es cierto que cuando éramos adolescentes actuabamos con inconsciencia, influidos por los demás y en una especie de teatro de la supervivencia. Mas, a pesar de todo, no podía evitarme sentirme mal a ese respecto. Recordaba episodios en los que yo mismo me había reído de mucha gente, y había insultado y hasta agredido a mucha otra. En verdad, muchos se lo merecían, así que podría decirse que me encontraba en un estado de vulnerabilidad que requería de la auto-defensa. Por suerte, durante el colegio y el instituto no se habían metido mucho conmigo. Era porque les daba miedo. Siempre iba vestido de negro, con un flequillo que me ocupaba la mitad de la cara, y además, era bastante alto. Esas pintas, por otro lado, provocaron que corriesen por ahí muchos rumores un poco raros sobre mí. Algunos de ellos estaban relacionados con el satanismo, e incluso, con el sacrificio ritual y el homicidio. Obviamente, todas aquellas cosas eran tonterías. Mas, no obstante, esas estupideces inventadas me ayudaron en mas de alguna ocasión a salvar el pellejo y a ahorrarme en disgustos.

Pero, volviendo a lo que mi amigo X me había dicho, también me sentía mal no sólo por las cosas que había hecho por sobrevivir en el ámbito social -aunque como dijo, estás entendieran de algún tipo de justificación- sino porque yo a diferencia de él no había tenido la oportunidad de disculparme con aquellas personas que fueron afectadas por mis acciones. Una vez que acabé el instituto y me presenté a los examenes oficiales para ingresar en la universidad, me desentendí de todo y de todos. Empecé a rondar mucho mas por el centro, y dejé un poco de lado a mi pueblo y su gente.  Siempre he vivido bastante a mi bola como acostumbro a decir, indiferente a las veces respecto a los demás, y eso provocó que toda aquella gente del pasado se hundiera en la oscuridad cual si apareciese una densa niebla durante la noche. A veces pienso que ojalá hubiese tenido la oportunidad de disculparme, o al menos, la valentía suficiente para buscar a toda esa gente y pedirles perdón en condiciones. Mas desde aquellos tiempos pasados hasta ahora he sido un cobarde que ha procurado enfrentarse a lo mas mínimo posible en esta vida. Siempre huyendo de aquí y para allá, en busca de refugio y diversión constante a pesar de esta profunda melancolía que anida en mi interior. Quizás haya sido precisamente esa melancolía la que ha implementado esa necesidad en mí de tomarme la vida a risa, como si fuera una fiesta.

En ese momento, ví como mi amigo X ya se levantaba, así que hice lo mismo y lo seguí. Continuamos nuestro paseo ya completamente de noche mientras charlabámos acerca de aquel pasado en apariencia lejano que ambos compartíamos. Nuestras siluetas fueron sumiendose por aquella oscuridad nocturna en aquel lugar desamparado. Ya sólo podía oírse el eco de nuestras risas y la sombra que proyectabamos en el suelo cuando los escasos coches que pasaban nos iluminaban con sus faroles, en tanto, que, nuestras figuras iban desvaneciéndose en aquella bruma fantasmal.

sábado, 15 de octubre de 2022

Gatos y hormigas

 Antaño, se contaba acerca de la existencia de dos países que se encontraban muy cercanos entre sí, aunque eran muy diferentes el uno del otro. Tan cerca estaban sus fronteras, pero tan distantes eran sus corazones... Eran como dos personas que se querían mucho por la costumbre de los años, que se mantenían uno a la vera del otro constantemente. Pero, que, en el fondo, nada tenían que ver entre sí. O como dos hermanos gemelos que habían pasado toda su vida juntos. Y, que, sin embargo, a pesar de su idéntica apariencia externa, en lo que se refiere a su interior, no podrían ser mas dispares.

Lo mismo les acontecía a estos dos países, de los cuales su existencia se ha puesto muchas veces en entredicho, a excepción por algunos pocos hombres profundos. Como decía, estos dos países,  a pesar de encontrarse uno al lado del otro, no tenían comparación el uno respecto al otro. Si uno era la luz, el otro la oscuridad, si uno era el bien, el otro el mal, y si uno era la diestra, el otro era la siniestra ¿Por qué digo esto? Por lo que se sigue.


Su diferencia radicaba no tanto en su paisaje, como en el modo que tenían de funcionar. Llamemósle a uno "el país de las hormigas" y al otro "el país de los gatos". En el país de las hormigas, tenían un gobierno muy riguroso y estricto. Sus leyes eran muy severas, y sus gobernantes muy duros con sus ciudadanos. Había tanta cantidad de leyes, que ya nadie sabía lo que debía hacer, o lo que no. Y cuando, las mas de las veces sin querer, alguien infringía una de esas ilusorias leyes, se le castigaba con una tenacidad tal que la mayoría de las ocasiones se producía la muerte. En el caso del país de los gatos, el asunto era muy diferente. Ahí, no existía la noción de ley, ni siquiera la diferencia y la definición de lo que está bien, y lo que está mal. Su gobierno era suave y blando como el agua, se adaptaba a las circunstancias de sus ciudadanos en vez de que los ciudadanos se adaptasen a las circunstancias del gobierno. De hecho, sólo tenían un gobernante, el cual era un anciano bastante apacible que dejaba la vida pasar con serenidad. A él acudían todos a buscar consejo, y él nunca reprochaba nada a nadie. Simplemente se límitaba a escuchar, y a aconsejar tomando en cuenta la forma de ser y las circunstancias de cada cual.

Lo curioso del caso, es que en el país de las hormigas siendo tan estricto y estando tan cargado de leyes, la gente tenía muy mal fondo y guardaba mucho resentimiento en su interior. Campaban los ladrones a sus anchas, y los sinvergüenzas hacían lo que querían. Y si pillaban a cualquiera de los dos, siempre tenían algún tipo de justificación que les hiciera librarse de sus crimenes. Los gobernantes se enriquecían, mientras que el pueblo llano empobrecía. Y esto no sólo respecto a sus bienes básicos y materiales, sino también en el alma. Es decir, el exceso de leyes, de intervención por parte del gobierno y de su dureza,  envilecía y envenenaba a las gentes.

Mientras que, por otro lado, en el país de los gatos siendo tan liviano y pasajero, las personas se desarrollaban naturalmente, sin recelos los unos con los otros. Cada cual hacía lo que podía, y era cual su naturaleza original, moviendose por el mundo de acuerdo a la sencilla espontaneidad que les nacían de sus prístilos corazones. No había ni ladrones ni maleantes por las calles ¿Por qué iba a haber si cada cual era quién realmente era, y podían moverse con completa libertad? Los ciudadanos estaban completos y disfrutaban de una abundancia que no se podía pagar con nada. Y esto era así porque estando colmados en su interior, no requerían de nada externo para satisfacer sus carencias. El viejo gobernante era el único del que se podía decir que era pobre, y aún así, había quién lo dudaba porque todo se lo cedía a los demás, sobre todo su sabiduría. En fin, digamos que su carencia de leyes, su no-intervención y su blandura provocó que la gente viviera en paz y en completa libertad.

¿Dónde estaban ambos países? La verdad es que no lo sé con certeza. Y como no lo sé, prefiero callar. Sólo sé lo poco que sé, de lo que me han dicho otros y que yo he creído porque algo en mi interior me indica que debe de ser así. Sin embargo, y por último, he de advertir que cualquier parecido entre nuestra realidad efectiva con el país de las hormigas es mera casualidad...



viernes, 4 de marzo de 2022

Radiografía de la infancia

 Fuí un mal estudiante. O eso al menos suelo responder cuando alguien me pregunta acerca de mi vida estudiantil durante el colegio y el instituto. En verdad, no es que fuera mal estudiante porque no valiera para estudiar. Creo que me pasaba lo que le ocurría a la mayoría, que era demasiado vago. Sin embargo, circunstancias varias hicieron pensar a mis profesores de entonces de que tenía algún tipo de retraso, dislexia o algo semejante. 


Eso se debía a que parecía que tenía algún tipo de problema a la hora de comunicarme con el lenguaje, o que lo distorsionaba de manera tal que los significados de aquello que decía resultaban incoherentes. A veces pienso que lo hacía a próposito, y otras veces me inclino a pensar que quizás es verdad que era un poco tonto. Lo que sí sé con seguridad es que con frecuencia mentía a los adultos para escaparme de hacer las tareas, y otras veces por diversión de cara a escabullirme de las clases. En fin, que era un desastre. Un poco como ahora.


Tampoco era un chico conflictivo como a día de hoy se entiende. Simplemente era un tanto pícaro y perezoso. Mis enemigos siempre han sido las responsabilidades y los imperativos, y debido a ello, hacía cuanto estaba en mi mano para escapar de los mismos. Depende de la ocasión, me inventaba alguna excusa para evitar una reprimenda, o guardaba mis tareas en un armario secreto para fingir que no tenía deberes. Es decir, tenía esa supuesta malicia que tienen la mayoría de los niños. Me aplicaba en su ejercicio y en su perfeccionamiento.


Con el tiempo, estos defectos de la niñez han tenido su relativa influencia en mi vida: mi vageza de entonces ha hecho de mí una persona muy paciente, mis mentiras inocentes me hicieron durante un tiempo poeta y aquella supuesta dislexia me ha permitido jugar con el lenguaje y las palabras en mis escritos. Es cierto lo que dicen algunos acerca de que la infancia nos afecta mucho en nuestra vida. Para bien, o para mal, todo lo que vivimos durante aquellos tiempos conforma nuestra persona y nuestro carácter futuro. Lo que no quiere decir que adoptemos otras formas y matices en nuestra manera de movernos por el mundo.


Pero bueno, volviendo a mi etapa del colegio y del instituto diría de mí que era un niño muy tímido aunque lo camuflara expresandome sin pelos en la lengua de cara al exterior. Por entonces, yo me juntaba con lo que se diría que era el grupo de los más marginados. Desde el colegio hasta el instituto, e incluso durante mi primera etapa en la universidad, siempre acababa en el grupo de los repudiados sociales por propia decisión. En verdad yo rara vez tuve problemas con nadie, a excepción de haberme metido en alguna pelea normalmente por asuntos ajenos. No tenía enemigos, y tanto los populares como los gamberros me caían en gracia como yo a ellos. 


Puede parecer que leyendo esto uno piense que era muy social y un popular que estaba inserto entre los marginados para reírse de ellos. Nada más lejos en la verdad. En mi fuero interno yo despreciaba a mucha gente por su soez y por carecer de plenitud en el corazón. Mas todo ello lo cubría con esmero con una máscara de cortesía e indiferencia. Tampoco es que me diera igual todo, que fuera una especie de nihilista. Simplemente era un observador, y hasta cierto punto un pensador de todo aquello que me rodeaba. Por eso, el adoptar esa actitud tan mía me permitió contemplar y conocer muchas cosas que no hubiera podido saber si hubiese adoptado una postura hostil, o si me hubiese encasillado en una única etiqueta.


Por esos años, debido a mi secreta desconfianza en el ser humano, me hice anarquista. Uno puede pensar que hay que confiar mucho en el ser humano para serlo. Pero ese no fue mi caso. Decidí seguir la doctrina del anarquismo en mis primeros años para aislarme ideologicamente de los demás, como también para buscar la paz y la soledad. Al igual me ocurriría respecto al cristianismo durante mi primera época universitaria. Era un modo de buscar cobijo, un velo espiritual desde el cual contemplaba el mundo y lo entendía desde mi interioridad. Por suerte, hace un par de años renuncié tanto a ideologias políticas como a cosmovisiones religiosas. Dandome cuenta de que los ideales y la espiritualidad han de ser captados y reformulados desde el sí mismo.


A pesar de todo, sigue palpitando dentro de mí cierto anarquismo y cierto cristianismo. Es verdad lo que decía Nietzsche acerca de la similitud entre ambas visiones, siendo una referida a la tierra y otra al más allá. Pero yo lo tenía orientado de otra forma. Para mí tanto el anarquismo como el cristianismo eran una cosmovisión individual, que me servían como asidero. Quizás quienes se consideren seguidores de una única manera de comprender el mundo puedan tacharme de zafio y de caradura. Mas el caso es que yo por entonces entendía estas cosas así, y puede que actualmente también.


En este sentido, podría decirse que nunca he sido demasiado comunitario, ya que siempre partía de mi interior a la hora de comprender las cosas. Eso tampoco quiere decir que sea una persona sin compasión, al que le de igual todo el mundo. Creo que mi forma de vislumbrar el sufrimiento de las personas es precisamente mediante la escritura. Mi intento siempre ha sido representar la existencia en su plenitud mediante mis escritos, y buscar que los demás comprendan y empaticen con otros gracias a la narración. Esta es mi manera de ser solidario con los demás a mi modo. Puede que alguna gente considere esto insuficiente y me tache de frívolo. Mas no obstante, nunca me he considerado un hombre de acción. Siempre he sido muy contemplativo, de tomar distancia, huir a reflexionar y de entender las cosas de fuera a dentro.


He admirado durante toda mi vida a quienes son hombres de acción, e incluso si alguien lo es, le he animado a seguir ejercitando esa fáceta. Pero no es mi caso. Es verdad que aunque haya pretendido ocultarlo, en mí vive un cobarde. Una persona que tiene miedo del mundo, que desconfía antes de nada y que se conduce con zapatos de plomo. No sé por qué esto será así. Si esto proviene de mi infancia, o sí es algo que me viene incluso por naturaleza tendría que meditarlo con tiempo.


Ahora que me encuentro escribiendo esto, me han venido como imagenes en sucesión de mi yo cuando era niño. Casi siempre con una sonrisa en el rostro, pero con el corazón encogido. Mi madre siempre me dice que yo era el más travieso en comparación a mi hermana, y que aunque hiciera trastadas intentaba no arriesgarme en demasía. Es decir, que era un pequeño pícaro con prudencia. Creo que no podría encontrar mejor descripción a mi yo de entonces: un pequeño travieso, pero que temía acabar  como un perro apaleado debido a sus travesuras. Tampoco sé la razón de me moviera así por el mundo, aunque es verdad que todavía mantengo en mí parte de esa sonrisa temblorosa ¿Por qué? A saber.


Como decía antes, es abrumador cómo somos afectados e influenciados por nuestra infancia y los acontecimientos que la componen. A mi modo de ver, jamás vamos a poder escapar de esto. Y es lo suyo que no lo hagamos, aunque sea para lo bueno. Eso conforma nuestra personalidad, y nos hace ser quienes somos. Aunque también por otro lado, estaría bien que cambiasemos en algunas cosas y aprovecharamos nuestro modo de ser para algún beneficio espiritual, tanto para nosotros como para otros. Por mi parte, eso es lo que yo intento. 

lunes, 14 de junio de 2021

Exaltación de la belleza y diatriba contra sus adversarios

 Ninguno de entre los ideales mas elevados que a los hombres nos cabría imaginar y apresar en la sensibilidad se encuentra tan poco valorado como la belleza. A esta, se la tiende a deformar mediante recursos artificiales varios, e incluso, se la niega rotundamente en la mayoría de los casos por resentimiento. No sé cual de estas dos derivas es más perniciosa, ya que tanto el decoro estrafalario en demasía acaba por anular la esencia de la belleza -la cual, radica en su sencillez e impacto- como el dejarla apartada connota vulgaridad, y dicho sea de paso,  indica la propia fealdad de uno además de la carencia de buen gusto. 


A la belleza le repugna -y por ende, rechaza- a los que se procuran falsificarla con accidentes que no le atañen haciendo pasar lo que no es por lo que es, y también expulsa a su contrario -la fealdad- con una patada en el mentón directa al que es su mayor adversario, que es lo que debe hacerse. Mas, me temo que tal y como van los tiempos, estos dos factores en vez de minimizarse van a ir peor animados por ideologías varias. Las cuales, hacen de cada uno de sus movimientos conceptuales precarios, una suerte de manual contra-natura como si fuera un libro bastante mal escrito que nos indicara aquello que en modo alguno debemos hacer. 


Sobre todos estos deformes y desviados derroteros que se abalanzan con todo su mal sabor de boca y su horrendo aspecto encima de la belleza, aparecen otros que buscan a su vez aplacarla con el ejercicio de la palabra y señalando con el dedo. Es decir, la constante censura de los moralistas. La esencial diferencia entre un moralista y una persona moral radica en que la primera se pasa toda su existencia diciendo a los demás cómo han de comportarse de acuerdo a sus caprichosos pensares, mientras que la segunda siendo fiel a sus principios y valores le basta con moverse por el mundo de acuerdo a ellos, y sólo los aplica a otros cuando le piden consejo.


Debido a ello, estos moralistas contemporáneos se dedican a juzgar a la belleza como si esta se hallara en un tribunal. La denigran con una mirada cargada de maldad, y le piden razones acerca de por qué en ocasiones se muestra de tal o cual manera, y cuando la respuesta no les satisface, se cruzan de brazos, o adoptan la posición de la jarra. La respuesta de la belleza siempre suele ser el silencio. Esta tan sólo se atreve a alzar la voz ante los que conservan unos principios que nada tienen que ver con las mentes infantiles de los que están afiliados a partidos políticos o sectas, ya que ninguna palabra que sea conforme a sus vulgares manifiestos les será suficiente para quedar satisfechos. 


La belleza en lo que a los principios se refiere tiene su propia moralidad, tanto que cabría decir que es la muestra estética de la etíca, e incluso, la perfección de esta. De ahí que quienes guardar con celo sus valores en la interioridad sepan gozar de la belleza como corresponde. No ven en esta un elemento en conflicto que haya que alterar, pulir, o en el peor de los casos, erradicar, si no que muy al contrario, la conceden el puesto mas alto y la llenan de elogios que pueden llegar a concretarse en el arte. Es entonces cuando llueven los aplausos y fluyen las exclamaciones, y la belleza se regocija tanto que hasta es capaz de enseñar un hombro con picardía, o de subirse la falda hasta por encima de la rodilla produciendo el sonrojarse de la moral.


Estos últimos gestos suele hacerlos con disimulo, mas pasan desapercibidos por quienes no son capaces de contemplarlos al no tener la retina adaptada a la luz, y así, pasan el resto de sus días sin pena ni gloria. Como mucho, con la falsa sonrisa de una masa deforme e ignorante, en vez de apreciar el placer tan carnal como espiritual que nos brinda la belleza en todo su esplendor y hermosura. Es lo habitual que en tal caso, la mayoría de las gentes acaben recorriendo este vasto mundo con aquellos semblantes cargados de desagrado, y que de sus bocas, solamente puedan proferirse sucias palabras que manifiesten la ponzoña que estos guardan en su interior. Cuán diferente es el caso contrario, el del amante de la belleza, que la encuentra en todos los lugares donde posa la mirada, y hasta en los mas insospechados la encuentra desnuda, y la admira como solamente le cabría a este voyeur de la estética que conoce de los detalles resplandecientes. 


Capturando estos vespertinos resplandores, la belleza engendra arte a través de nosotros como un salvoconducto que usa de la inspiración para materializarse en las diferentes artes. Un puente somos al cabo que auna los desperdicios lúminicos que se le escapan a la belleza con la creación de obras artísticas -ya sean literarias, líricas, musicales, plásticas, pictoricas...- mas sin olvidar que el origen de todo lo hermoso que en apariencia surge de nuestras manos cual hechizo tiene su correspondiente núcleo palpitante en el seno de la belleza, fuente de todo lo bello desde lo que se trasluce en la naturaleza mediante el paisaje hasta lo que por medio de la techné nosotros concebimos, plasmamos y concretamos en el arte. 


Las obras de arte son como hijos no nacidos cuando todavía no son concebidas por nosotros -ni pensadas ni mucho menos realizadas-, son cuales proto-ideas que habitan en la matriz de la belleza esperando que algún día alguno de sus fieles siervos la fecunde para que posteriormente se le de a luz con toda su pomposa magnificiencia, acompañado por un grito tan desgarrador como exuberante que revele su presencia. Un grito que es muy semejante a ese que se exhala para convertirse en un suspiro cuando llega el momento de la muerte de la criatura, retornando así todo aquello que conoció la luz a las sombras, del paradojico destierro cercado por la luminosidad y todo aquello que es digno de ser observado al abismo sombrío que supone un descenso con la promesa del ascenso en el porvenir.


Así es como el comienzo y el final se aunan, y a resultas de lo cual tanto la vida como la muerte -que son al cabo una misma sustancia eterna que en un efímero instante parecen hallarse ante nuestros ojos- también tienen el origen y culmen de suyo gracias a la belleza, madre de todos los fenomenos excelsos y grandiosos que a veces permiten ser contemplados en este mundo. Allí donde reside la belleza en su inmutabilidad todo nace y muere hasta confundirse, todo lo hermoso comprende de la contradicción en la que están insertas todas las cosas y la fealdad es despojada como la sangre sobrante de la herida para no regresar jamás, y así no turbar a la retina que lo único que busca es admirar todo lo que participa de la hermandad de la belleza.


Después de todo lo mencionado, ¿Cómo no iba a ser yo mismo todo un amante y admirador de la belleza? Tanto condicional como incondicionalmente, desde la conciencia hasta la inconsciencia, en cuerpo corrupto y en alma inmortal, no me queda otra que rendirla su debido culto ¿Qué otra cosa podría hacer? Pertenezco a aquellos que consagran su vida a la búsqueda de la belleza y que estarían dispuestos a morir por saborear aunque fuera un ápice de esa beldad inmensa. Ojalá en el instante previo a la muerte, cuando pasamos a comprenderlo todo en magnitud y en laxitud, pueda vislumbrarla. Si así fuera, merecería la pena haber vivido. 

viernes, 5 de marzo de 2021

El ideal heroico

 Recuerda amigo mío, que en estos años oscuros que han marcado nuestra época el mayor mal no es la ignorancia ni la pena, sino ante todo la debilidad. Mas, si te quedan dudas, podemos mirar sus efectos que no sus causas, los fenómenos en lo que se trasluce que no su origen motriz, ya que esto lo podemos ver en este desasosiego interno que lleva a los hombres a dar rienda a sus fragilidades destempladas de cara al público, como si tal cosa no fuera digna de avergonzarse, toda lágrima se expone al público y el aplauso del vulgo no tarda en producir su debido eco en el auditorio. Esto último es lo que me resulta tremendamente nefasto, porque antaño si algo producida desagrado era la penuria injustificada y gratuita, a ese que se lastimaba en vías de recibir una repugnante atención, le caían millares de piedras, que por potencia y velocidad, podríamos asemejarlo a proyectiles, que recaían sobre él para que cesase tal sobreactuación, y si este no desistía, se insistía hasta ocasionarle una penosa muerte, que lejos de buscar la entonación de un requiem, se celebraba con la mas plétorica de las fiestas en tanto que se había llevado la ceniza a su debido sitio.


Ahora, ocurre algo del todo diferente, pareciese que la debilidad, lo aberrante, lo nauseabundo, se muestra ante la pantalla como si se tratase de una especie de canón al que aspirar, y mediante el cual, quién conserve en sí un ápice de belleza debe avergonzarse. Y cuando se expone lo contrario -es decir, lo que debería ser- se le recrimina a uno como si acabase de romper alguna suerte de norma implicita en la sociedad que le expulsa a uno inmediatamente del umbral del correctismo político, conduciendole así hacía el abismo del aislamiento social. Obviamente, podría uno pensar que esto es mas una ventaja que una cosa que replicar, puesto que de lo que apesta al olfato y desagrada a la vista, lo mejor es alejarse, guardando consecuentemente una distancia personal porque a uno le viene en gana a nivel individual, mas no obstante, en cuanto a mí, considero una cuestión de dignidad viril el quejarme ante esta situación no de vicio, sino en busca de unos ideales mayores, que en cuanto elevados a alturas insospechables, también podrían llamarse -y tenerse- como absolutos. Claro, que, por otro lado, esto tampoco quiere decir que ya se hayan encarnado en uno, pero sería sumamente vulgar no mirar al menos en su dirección.


Vemos, por lo tanto, que se ha dado una vuelta insospechada a las cosas, lo que antes era digno de elogio debido a su sublimidad, a su nobleza, a su aristócracia estética, hoy día se ve desde un prisma en el que se considera arbitrariamente como un insulto al vago concepto de lo mediocre que estos socialdemocratas sustentan, puesto que ellos que no han vislumbrado el mas mínimo ideal resplandeciente, cargan con resentimiento a los que se encaminan por la senda labrada por los antiguos. El hacer de lo débil una medalla de plástico no tiene nada de héroico, como tampoco es nada revolucionario el atrincherarse en una pocilga como lo es una universidad cualesquiera en busca de un apoyo de tan poco valor como es el estudiantil -los cuales, dicho sea de paso, han encontrado un refugio para superar sus traumas de niños mimados en la ideología- para así ser una victima pública de su propia estupidez. Un héroe si persigue los ideales de sus antepasados, o un revolucionario que guarda en sí la esperanza de derrocar algo que considera degradante para los suyos, no gimotea ni se esconde como un cobarde, ambas figuras que resultan como se diría diferentes caras de una misma moneda, se enfrentan a la realidad evitando hacer de la misma un espectáculo, y si se encuentran ya en su apogeo, miran desde una altitud considerable aquel símbolo con el que tarde o temprano todos nos encontramos, que es la muerte.


Hay quién ha hecho de su vida toda una tragedia, pero aún de estas cosas no nos podemos dejar engañar por las apariencias, pues las hay verdaderas tragedias, y luego otras, que son enteramente ficticias. Sin embargo, en este caso si podemos hablar sin problema alguno que nos entumezca la voz de que se da una mezcla de ambas, casi de tipo teatral, en la que empezando el transcurso vital en una especie de comedia escrita por un guionista borracho que no tiene ni un poco de originalidad, acaba tornandose en una tragedia que traspasa la frontera entre ambas esferas, culminando así en un acontecimiento tan soberbio que nos sería muy díficil de identificar si se trata de una actuación sobresaliente, o sí es la figura del héroe materializada en la vida ordinaria. Sería algo parejo como un destello repentido observado en una noche sin estrellas en el que nos preguntamos si su fulgor ha sido algo proveniente de nuestra imaginación, o si realmente esta bendición se ha dado ante nuestros ojos, liberándonos aunque sea por un momento, de las ataduras de la monotonía. 


Independientemente de lo que fuera, aplaudimos con sinceras lágrimas en los ojos, ya no las típicas del malogrado espectáculo al que me refería en las primeras líneas, sino ya auténticas lágrimas de admiración hacía lo grande y elevado, escurriendose con ello estás gotas saladas en nuestros párpados hasta alcanzar nuestras mejillas dejando sus salobres y humedecidas sendas como rastro que alaba lo inhóspito, y que cada vez encontramos menos, un milagro que patentiza cual sello la única inmortalidad que podemos alcanzar en esta vida, siempre advertiendo que esto se tratara de un pequeño roce que nunca se integrara en nosotros con plenitud. Sí, pudiera ser esto un acontecimiento que podríamos catalogar de triste, mas como lo triste en sentido mas bajo está al orden del día, esta tristeza a la que apunto está cargada por una luz tan inmensa que no sabríamos distinguir con la debida precisión si nos entristece con una tonalidad meláncolica, o nos alegra con un leve regocijo, quizás un poco de ambas.


Todo esto conduce a esa imperiosa necesidad de alcanzar cuanto nuestro espíritu es capaz de aspirar, pese a que nos hayamos acostumbrado a los suspiros, ansiamos desde el interior una elevación que no puede ni debe limitarse a algo meramente imaginativo, que quiere fijarse tanto en aquello relacionado con lo espiritual como respecto a lo carnal, tanto en lo figurativo y simbólico como en la vida. Esto es el poder, aquello que las gentes mas vulgares suelen asimilar a bienes reducidos a los materiales, se trata del mayor ideal, la acumulación de todas las inspiraciones concretadas en una inmensa elevación que lo abarca todo cuales centenares de luces fragmentadas a través de espacios continuos y dispersos, trascendiendo todos los tiempos aún con una añoranza callada del pasado. Pero, también, encontramos sombras, oscuros recovecos que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra insistencia incluso en lo irremediable, en lo imposible... Pues algo que siempre ha caracterizado al héroe mas allá de su representación teatral es que sabiendo que la batalla estaba perdida desde los comienzos -quién posee un espíritu guerrero es mucho mas inteligente que el mas aclamado de todos los sabios- insiste en proseguir, y cuando cae en apariencia derrocado sobre el macillento suelo, se sabe vencedor. 


Tenemos, pues, una necesidad de fuerza, de toma de conciencia de las potencias vitales y viriles, que en su absoluta condición nos lleven allí donde se dé comienzo y cúlmen de este ideal autoritario que desde nuestro fuero interno deseamos, pero que raras veces alcanzamos ¿Es esto como apuntaba mas arriba una batalla pérdida? ¿Una guerra fría en la que no se localiza una fuente de luz como podría serlo el sol? ¿Qué hemos de hacer nosotros, meros mortales comunes? Si diera una solución sería un hipocrita, y dejando tantas preguntas en el aire bien se me podría decir que soy todo un sofista, pero ¿Acaso no sabes leer entrelíneas, estimado amigo? ¿No ves que ya te he respondido? Pues sí, lo hice. Si en este deslizarse del tiempo tan recargado en sombras, buscamos algo ascendente, ese hálito vital con la suficiente autoridad y voluntad para apartar toda fragilidad mujeril ¿A qué crees que me estoy refiriendo? 


En ese momento, el hidalgo se levantó de su silla, y haciendo una leve inclinación, se fue andando hacía nadie sabe donde. El caso fue que desde que comenzó a hablar, la tarde iba llegando a su ocaso, y cuando decidió ponerse en movimiento, ya estaba anocheciendo, proyectando así su sombra por un suelo mal cimentado, rodeado por cuatro faroles, que debido a su baja luminosidad, una vez atravesado tal línea divisoria entre la escasa luz y las abundantes sombras, su figura desapareció sin dejar rastro. Por lo visto, no permitió que su acompañante le respondiese, ello pudiera ser porque era amante de la ambigüedad por la carga tan intrigante como estética que tiene este fenómeno, pero uno -creo yo- debería inclinarse mas a que así lo hizo al no ser de su gusto escuchar las espontáneas respuestas de otro que no sea él mismo, al menos, en ese momento, puesto que estas deben ser meditadas según su percepción refinada, o, lo que sería mas interesante, interpretó aquellos siete segundos de silencio como una respuesta suficiente. 


viernes, 26 de febrero de 2021

Carta a un funcionario del estado

 Buenas tardes,


Le escribía ya que ayer a la tarde me llegó la nota de su bloque administrativo, es decir, de su asignatura, y bajo mi sorpresa, me encuentro que la tengo suspensa, y con nada mas ni nada menos que la nota mas baja que uno pudiera imaginarse. Si le soy sincero, me decepcionó bastante y me pareció sumamente injusto su suspenso, y mas cuando en lo que a mí se refiere a pesar de las dificultades que hemos tenido en este curso, he seguido sus bochornoaas clases, las repetitivas lecturas y las tareas respectivas a la asignatura, a lo que vendría a sumarse, que mi examen no estaba en condiciones de quedar suspenso. Esto no lo digo con afán de soberbia, ni porque esté mal solamente en lo que mí atañe, sino porque es cuestión de justicia, la cual ha sido quebrada por una negligencia injustificada de índole tan azarosa como caprichosa.

Este problema, como vengo diciendo, tiene un cáliz mas general que particular, aunque obviamente esta vez he sido yo el afectado, en tanto que todos participamos de este problema que me atrevería a calificar de universal. Así, pues, acontece que nos encontramos en una situación de perpetua decadencia, que antecede incluso a esta pandemia, y que en esta universidad especialmente se adolece de este mal general, el cual tiene su raíz bajo los muros de un edificio pudrefacto. Nos ceñimos en demasía a academicismos tan falaces como innecesarios, que lejos de alimentar nuestra sed de apetitos intelectuales, nos conducen al mas negro de los abismos, y estos, no se limitan a la mera ignorancia, sino que la traspasan siendo una maldad proclamada ¡Qué razón tendría Schopenhauer cuando acusó a la comunidad universitaria de su tiempo de inservible, y así también Nietzsche cuando cayó en la cuenta de como las universidades publicas eran otro mecanismo del estado para evitar que los pensares aflorasen!

Por eso, yo también acuso tanto a la comunidad universitaria en su totalidad como a usted mismo por su negligencia rellena de meros contenidos que no se proyectan hacía ningún sitio, puesto que no buscan su expansión lúminica de sentido, al limitarse a ser unos créditos -cual tarjeta de puntos monetaria- acúmulados en algún abstracto fichero de procedencia nefasta y desconocida. En esto podría resumirse la actividad docente en general, a poner una serie de números a otros números, cumpliendo así diligentemente con un trabajo que en verdad no le importa a nadie, excepto a un par de burocrátas que sentados desde su sillón lanzarían algunos filosofemas basados en erradas ideologias para que los loros del lugar los repitiesen como si fuesen papagayos aburridos y hastiados de la cadena industrial que resultan sus desdichadas vidas.  

Por último, no se preocupe, no voy a reclamar nada ni tampoco a recuperar cosa alguna porque ya tengo todo lo que necesito en mis manos. En lo que a usted se refiere, supongo que descartará mi fichero, lo dejará atrás, en alguna esquina sin importancia, como un asunto fallido del que usted no tiene culpa alguna. Al fin y al cabo, cumplió con su tarea, dió sus clases con una sonrisa de complaciencia, y pusó sus notas a cada uno según se ajustase mejor o peor a sus expectativas como docente, y al terminar su tarea laboral, dejó unos horarios establecidos para que sus estudiantes le llorasen las notas de cara a superar una matricula que les sacan los higados a uno año tras año. Mas le diré una cosa, si bien es cierto que entre los alumnos hay una clara falta de disciplina, orden y semejanza a los principios, usted también es uno de los mayores culpables de esta ponzoña que con el paso de los tiempos es cada vez mayor.

Un cordial saludo, espero que le vaya todo bien, y que continúe con su tarea administrativa sin problema alguno hasta que le llegue la jubilación y pueda descansar con la conciencia tranquila tras haber realizado un trabajo estupendo, al menos sobre el papel. 

Hidalgo Quebrado.

martes, 2 de febrero de 2021

La desagradable verdad

 En nuestros grandilocuentes tiempos -en los cuales tenemos la fortuna de ser hijos no-nacidos- hemos poseído las sombras, y nos hemos hermanado con las mismas hasta tan punto que me resultaría muy díficil distinguir entre lo que es sombrío y lúminico. Baste como ejemplo el mero hecho de darnos un paseo por la calle, uno va como si tal cosa no ocurriera, y se encuentra al horizonte como si fuese un recoveco continuo, como el interior de un foso estrellado, un abismo abierto cuya razón de ser es la sucesión, un ir hacía delante porque sí, sin razón aparente de ser. Uno, claro está, en estas tesituras se plantea dónde se encuentra la línea divisoria que disgrega lo que es apariencia de lo que es una realidad patente. Así, entonces, empiezan a formarse las ficciones, y de las mismas, nacen las ilusiones, que, por su mismo estado deviniente, por ser construidas, bien hicieramos en cambiarles el nombre, y darles un matiz femenino, ya que como bien sabemos, todo lo mujeril se encuentra en estrecha relación con la falsedad.


Hoy día somos ingeniosos, pero nada inteligentes, salímos al paso como usualmente se dice, mas no profundizamos en nuestras pisadas, tan acostumbrados estamos a contemplar el mundo como una extensa superficie que se repite, que no se nos pasa por la cabeza el pensar que entre senda y senda un agujero se esconde. Por eso, cuando vamos andando y nos encontramos con un relieve, algo que parece salirse de nuestro esquema normativo, como pudiera serlo un saliente ascendente, o un hundimiento en el terreno, nos quedamos perplejos y no sabemos que pensar. Quizás, levantemos las manos con sobresalto y exclamemos: "¡Ay, Dios mío qué narices es esto!" Pero, al rato, en un susurro siempre nos decímos con alivio: "Ah, estas cosas son demasiado elevadas para mí..." Ello se debe a que confundimos la intensidad con la extensión, la calidad con la cantidad, la altura con la bajeza, lo elevado espiritualmente con lo vulgar, y así nos pasa... Esto no pasaría así si de vez en cuando nos detuviesemos, mírasemos a nuestro al rededor, y por un momento, volviesemos nuestra mirada hacía atrás, pudiera ser que si así lo hicieramos encontraríamos algo de valor.


Pero en fin... ¡Qué voy a decir yo! Estamos todos al cabo malditos, sólo que a algunos nos da por pensar de mas, o también podría decirse que la realidad y su decadencia actual nos da por pensar que hay algo mas allá de este terreno líneal, que a la vuelta de la esquina, puede que haya algo perpendicular, y siguiendo está salida secundaria, este error en la inmensa cadena industrial que nos atañe, pudiera encontrarse una curva tan incesante e insistente que se trataría de un recorrido circular. Sin duda, esto nos produciría una conmoción tan inclasificable que saldríamos corriendo espantados, mas quién sabe... En tal supuesto quizás nos sintamos como en casa, retornando a un hogar que teníamos olvidado desde hace tiempo, y que sepultado en la ausencia de la memoria, por casualidad nos hemos encontrado y nos ha retrotraído a esa infancia abandonada porque aunque ya no seamos niños -por desgracia, o gracias a la Providencia- queremos en el fondo saborear un poco de ese pasado que desde la perspectiva de la actualidad vemos cubierto por neblinas.


Todo esto podría llevarnos a decir que sentimos añoranza, y digo sentir porque de lo imposible que se ha hecho su retorno, aún con ello, mas la sentimos que la pensamos, puesto que pensarla sería hacer de ella un concepto, y esto me parecería tan utópico como injusto, mas, en cambio, sentir esa añoranza aunque desacertado desde un punto de vista intelectualista, queda mejor en una prosa que se pretende lírica. Se trata de ese sabor de antaño cual vino añejo que el progreso ha querido implantar en nuestro imaginario como un líquido con trazas arenosas, pero que en modo alguno es así, ya que mas bien podríamos asemejar su rico aunque extraño sabor a una ambrosía divina que convivía día a día en los tiempos de los antiguos -por utilizar una metáfora mas elevada- o también como una especie de piedra preciosa que costaba de hallarse al encontrarse tras unos gruesos muros del material mas portentoso que nos cabría imaginar "¿Y por qué no lo alcanzamos, por qué esto se trata de una añoranza insatisfecha?" -se me podría preguntar con un tono pícaro que lejos de distraernos, incide en la sustancia de la cuestión. Yo respondería algo parecido a esto: "Pues aún no teniendo la mas remota idea, si hubieras prestado atención a lo antecedente, verías que afirmé que estamos malditos -y ahora añadiría con una sonrisa meláncolica- y que, precisamente por ello, enterrados entre fango y escombros, el fango proviene de nuestros curiosos tiempos, y los escombros de los inmensos edificios del pasado."


Diciendo todo esto, un optimisma mirándome con ojos vidriosos a lo mejor quedaría bastante defraudado con mi respuesta ¡Pero qué voy a decirle yo! Escribir es esencialmente decir verdades desagradables, esas cosas que nos dejan un sabor agridulce entre los labios, cuyo toque de amargura tiene su origen en nuestra constante idealización del entorno, en tanto que adornado por ráfagas melosas nos procuran una vil aunque sincera satisfacción de estar mas acertados que todo ese cúmulo de ignorantes que se alimentan de sus propias mentiras, las cuales en su mayoría son herencia de otros mentirosos mas grandes que ellos mismos, como los escritores vivos y los cineastas financiados. Todos ellos, dicho sea de paso, son un atajo de imbéciles que al común de las gentes les suelen resultar bastante agradables, pero que a mí personalmente me dan ganas de pasarme el día vomitando desde el extremo superior de mi cama. 


Una vez mas se iluminan nuestros ojos, y nuestros párpados se entreabren azotados por tal vespertino resplandor, y nos decímos a nosotros mismos, dándonos aliento para acompañar a nuestra respiración como quién tararea una melodía que escuchó de soslayo cuando tenía cinco años: "Ay, la esperanza..." Si yo estuviera presente, impertinente me cruzaría de brazos como un anciano desengañado y cuyo nombre suelen acompañar por "el aburrido" y sentenciaría: "Dejaros de necedades, la verdadera esperanza en este mundo es una cruel fantasía, tan sólo podemos aspirar a lo elevado desde el espíritu, en lo terrenal solamente cabe la decepción y las lágrimas." Ciertamente con palabras así entiendo que sean pocos a los que les sea agradable con tales discursos, que aún siendo improvisado, tienen algo que revela no lo que acuñan por pesimismo, sino algo que se diría veracidad. 


Así, hemos llegado al punto de los puntos, al cúlmen pedregoso, al final que termina en caída, al abismo insondable de quién se sabe perdedor, a un suspiro que se repite en forma de eco en la cueva de nuestros ancestros, nos detenemos y vemos la bruma, que se expande por lo que pensamos los cielos, y nos cubre cual rocío negro sin amanecer posible ¿Lloraremos? ¡Qué va, ya nos hemos acostumbrado a las lágrimas en nuestra cotidianidad, y estás ya no nos son extrañas! Este es un nuevo acontecimiento, y como tal, en este panorama no sería lo suyo repetir aquello que ya haríamos en nuestro día a día, pues nada contradice mas la costumbre que lo inesperado, que cuando estamos tan tranquilos haciendo nuestras cosas diarias, insertos en esa rutina monótona , y de repente nos sorprenda algo que se planta en medio del camino, y entre insoportables risitas dictamina: "¡Hasta aquí!" Mientras tanto, nosotros, que nos preciamos de ser muy elocuentes e importantes, esperamos y esperamos, con suma paciencia a que se aparte tal objeto molesto, y, cuando queremos darnos cuenta, en esta espera donde nada parece cambiar, ya estamos muertos.

jueves, 13 de agosto de 2020

Sobre la escritura

A la hora de comunicar por escrito los pensamientos pueden darse diversas díficultades y ambigüedades, las mas sencillas y reconcentradas pudieren ser la escasa claridez de conceptos de su autor, o una anomalía en el entendimiento del lector, quizás parte de ambas cosas. Es preciso recordar una verdad perceptiva e intelectual que nunca está de mas volver a traer a la memoria, ella nos índica que el entender -el acto mediante el cual el entendimiento ejerce su función, y entiende de aquello de lo que se escribe o se habla- consiste en la acomodación del entendimiento con el objeto, y del que nace el concepto. Es decir, mediante los sentidos primordiales -en su mayoría la vista, pues la visión es de estirpe divina- se capta aquello que posteriormente se percibe, y de ahí el entendimiento lo abstrae y lo eleva al concepto, lo cual después se pasa a escrito para comunicar a los demás ya no sólo lo que se ha percibido, sino también el concepto que conlleva inscrito en su seno. Por ejemplo, veo una alondra sobrevolando el tejado de mi casa, y contemplandolo infiero que lleva una rama en su pico, y entonces escribo: "La alondra vuela fugazmente sobre la superficie de mi hogar, y por lo que parece va buscando donde anidar" Como puede verse, mientras se lee, pasan en el entendimiento imagenes, que posteriormente pasan a ser concepto, y uno además que nos advierte el orden natural, y concretamente, las causas y los efectos.

Muchos suelen usar de lo enrevesado para comunicar un despilfarro de pensares sueltos, mas ha de saberse que el buen decir no por ser luengo y extenso queda mejor dicho, normalmente acontece lo contrario, puesto que lo conciso habla suficientemente de sí. Mejor agudizar la intensidad que no la extensión, pues la intención se mostrará con mayor razón de ser, que no cubierta por un manto inventado. Es preciso reconcentrarlo todo sobre el concepto, afinarlo y pulirlo de accidentes en demasía que nos alejan de lo central, de la esencia que se comprende al penetrar el núcleo del asunto. Ello tampoco quiere decir, que haya que eliminar todo el decoro de una prosa elegante y que conoce de laberintos, y que usando de ellos nos llevan al tesoro recóndito, pero tampoco es lo suyo cargar de sombras y oscuridades aquello que debe asemejarse a la claridez y a la luz. Normalmente esto ocurre en los escritos académicos, los cuales se cargan de tecnicismos, y se establecen una serie de páginas como máximo o mínimo, que provocan un ambiente hostil y de confusión. Quienes usan de estos formatos, si algo son capaces de transmitir es su confusión y perplejidad hacía lo que no entienden, y ello obviamente nos provoca que nosotros tampoco lo entendamos, se diría que nos meten en una cueva muy oscura y luego tienen el descaro de no mostrarnos la salida.

Hay veces que es necesario dar vueltas a un asunto que tiene su complejidad, mas también se deben dar atajos lúminicos que permitan que el lector tenga atisbos del concepto al cual el autor quisiera llevarle, para que así la conclusión atienda a un precedente, a su desarrollo, y a su cúlmen. Así como los entes tienen su substancia, así también los asuntos que versan sobre las cosas comprenden de una esencia, de un orden de coherencia que quién escribe debe dar a entender para dar profundidad de concepto e íntima comprensión del asunto que usa de un cúmulo de conceptos, y siempre del particular al universal, jamás a la inversa. Creo que no es necesario advertir, que si quién escribe no ha entendido en su totalidad las vicisitudes de aquello sobre lo que escribe, lo mejor que debería hacer es callarse, y esperar a comprender mejor sobre aquello que escribe, como bien ocurre hoy día que mucho se escribe sin enterarse el propio autor de lo que está escribiendo, ni mucho menos a dónde quisiera llegar.

La escritura bien pudiera asemejarse a los rastros que podríamos encontrarnos en una senda que todavía nos es desconocida, y que recorremos con tiento. Ahora bien, no nos parecería acertado que se nos velase, pues el camino ya es, conviene a quién escribe delinear la verdadera senda en vez de la errada. No me refiero a que nuestra tarea sea meramente descriptiva, sino que muy al contrario esta debería ser la de desterrar lo que se encuentra profundo, y que gracias a los matices claros que nos presta el sol con la ayuda de nuestros propios ojos, se conozca el núcleo de aquello que procuramos explicar, aquello que queremos dar a entender, y que lo hacemos porque lo entendemos, y así se lo queremos comunicar a otros.

De todo lo dicho, adolecen mucho los supuestos escritores de nuestro tiempo en comparación a los inmortales clásicos -tanto latinos como griegos, como así nuestros clásicos renacentistas y del barroco- que pensaban mucho antes de decir lo que llegarían a escribir, y que afinaban y reconcentraban el concepto para mejor darse a entender. Primero se daba la experiencia, la cual se resolvía en sus andanzas diarias y en su contacto con el mundo, extrayendo lo que de espiritual tienen las vivencias, y ya posteriormente, escribían aquello que habían averiguado en torno a lo experimentado, dábase el objeto para después llegar al concepto. Y así ocurre -y no es extraño- que quién profundiza en la cosmovisión de los antigüos, además de adquirir un mayor sentido común, suele ser mas ordenado a la hora de vivir y de escribir, comprende de un sentido aparejado con el orden que es debido, agudiza la razón natural, y esto podría llevarle a Dios desde el entendimiento, cuyas obras darían testimonio de una comprensión ya vivencial de la razón revelada, y con ambas, ser hombre de inteligencia y de bondad acorde con lo establecido por el Señor.

Como apunte final, advertiré que no solamente importa lo qué se dice, pues también se ha de atender a cómo se dice, tan importante es lo que es como el modo en el que se da lo que es, ya que sin un pulido modo en el que referirse, nos será mas complejo acceder a la concreción de lo que se es a través de la escritura. Nuestro modo de conocer tiene sus particularidades como hombres dotados de una razón natural, lo que tampoco quiere decir que debamos hacer incidir a los objetos tal y como son percibidos, como si nuestro entendimiento legislase sobre algo, o nuestra percepción antecediera a lo que primero ha de ser captado, lo que debiera hacerse es usar bien de nuestra razón y acomodarla a lo natural, a lo que se da de manera que lo que transmitamos sea lo mas fiel posible a lo que se nos muestra ante los ojos. No sería justo establecer fronteras donde se dan cercanías, no nos distanciemos del mundo, cuanto mas aparejados estemos a el, mas acomodaremos al entendimiento con sus respectivos objetos, y por ende, los conceptos se nos mostrarán mas nítidos y en este sentido, mas perfectos. Es esta una tarea que requiere de esfuerzo, de un arduo estudio que dura toda una vida, y de la que al cabo no sabremos si saldremos ilesos al menos desde la materia, ya que el espíritu comunicará según acontezca cuando nos llegue la hora postrera de nuestra vida terrenal, no así de la eterna que siempre perdurará. Sea así dicho, y sentenciado.

sábado, 9 de mayo de 2020

Una historia inverosímil


Un anciano un tanto desquiciado, me contó en cierta ocasión, que se cuenta entre las gentes unas historietas que no hay quién se las crea ¡Vete a saber tú de dónde se sacan tales habladurías! El caso es que, según me dijo, había un país de lo mas surrealista, al cual le cayó en forma de condena una especie de insecto invisible que enfermó a gran parte de la población, mas sin embargo, este bicho no era el problema primordial, sino mas bien un asunto secundario, lo verdaderamente nefasto era la conducta que adoptó la gente a raíz de esta maldición apocalíptica. Esta circunstancia tan particular fue aprovechada por poderes superiores para reforzar su carencia de principios y valores, y así, llevar a cabo lo que ya tenían pensado desde la oscuridad desde hacía largos años, se podría decir que tal enfermedad extendida les fue propicia para acelerar lo que ya se les ocurrió en los siglos pasados. Y para poner a efecto sus enfermizas ideas, obligaron a toda su población a que no saliesen de sus casas hasta nueva orden, la cual nunca llegaba, puesto que se alargaba cada vez mas y mas sin cesar en el tiempo, una espera que jamás se detenía, era como un hilo infinito que caía y caía sobre un abismo sin fin. Mientras tanto, los esclavizados ciudadanos de este país en concreto, no hicieron nada al respecto, se limitaron a seguir obedeciendo y alabando a su gobierno como si nada pasase, hasta les dedicaban aplausos a una hora determinada, y si alguien criticaba las medidas adoptadas, o se saltaba las normas, era cruelmente reprendido sin ápice ni de compasión ni de la mas mínima empatía, en tanto que apelaban a una solidaridad comunitaria que no existía, pues esto de la comunidad desde hacía varios años estaba extinta.

Mas no conformes con esto, la historia no acabó aquí, se empezaron a adoptar las medidas mas extrañas y estrafalarías, la mayoría de ellas nacidas de no se qué organo de la salud, y que, seguidas por este país tan digno de burla en alguna fábula satírica, dictaminaron conforme a ellas, y decidieron que la gente debía distanciarse -ya no solamente en alma como antes, sino que en cuerpo también-, evitar todo contacto afectivo o sentimental, no acudir bajo ningún pretexto a lugar alguno, llevar mascarillas y adoptar unas aptitutes higienicas completamente deshumanizadas. No contentos con ello, obligaron a que durante meses nadie se viera con sus seres queridos, que los amantes ya no yacieran bajo el mismo lecho, que los aflingidos no se despidieran de sus muertos, que el abuelo no abrazara a su nieto, que los amigos ya no volviesen a reconocerse entre ellos, que el mas nimio sentir fuese sofocado por unas medidas dictaroriales y tiranicas. Sorprendente es que nadie lanzara al aire la mas nimia queja, y sin rechistar, todos acatasen como si estas ordenanzas provenieran de la ley natural que se ha seguido desde siempre, como también produce estupefacción que en aquel gabinete tan amplio de donde nacían tales injustos decretos, nadie hiciera nada de nada ¡Pero bueno, qué iba a uno esperarse que hiciera la nulidad cuando su ejercerse está en su vacua inutilidad, es decir la nadificación que nada significa!

Pues bien, como iba diciendo, así se llevó a cabo todo esto, y tales medidas autoritarias fueron asumidas por toda la población entre aplausos y traiciones mutuas, como buenos perros serviles acataron cada mandato del amo, y este, se creía Dios cuando era realmente un conjunto de hombres cualquiera, y si se me permite añadir, eran menos que hombres porque aquel que acoge en su pecho el mínimo ápice de vida, jamás se le pasaría por la cabeza cometer acciones tan impías. Quizás, lo mas gracioso del asunto, es que tal horrendo aunque invisible insecto fue creado por aquellos que estaban deseando en su seno interno -o mas bien, de la carencia de toda interioridad- que este proliferara para coger una vara de mando que siempre les ha estado velada, pues solamente aquellos a los cuales ha escogido el Señor de los Cielos pueden alzar la palabra en este ínfimo mundo, siempre reconociendose pequeñuelos en correspondencia a quién les creó. Sin embargo, esto rara vez ocurre, en vez de procurar ser buenos y humildes entre nosotros, nos cargamos de vanidad y dañamos a los hermanos, los usamos, y cuando ya no nos son propicios, los tiramos como esos guantes de látex que una vez utilizados, son dispuestos a su lugar, el cual es la basura. Tendré que acudir a los verdaderos contenedores a tirar tantos guantes de látex que tengo ya raídos y viejos, a mi modo de ver, no hay mejor lugar donde tirar tal cúmulo de pobredumbre que no sea el parlamento. Pero bueno, puede que me esté desviando del asunto principal, que lo es esta disparatada historieta, aunque pudiera ser que no tanto como pienso.

En fin, cuando terminó el referido anciano del principio su luenga arenga, que yo he resumido en unos párrafos, me pareció imposible que algo así pudiera ocurrir ¿Quién podría creerse tal locura? Sin duda confío en que nunca llegaría a pasar algo así, y menos en nuestro país en concreto, el cual se encuentra rodeada de personas integras y consecuentes, a la par que prudentes, que nunca dejarían que algo así pasase. Si bien es cierto que lo que es propio del alma no les queda nada, y que han anulado todo sentir y padecer, hay que compadecer su ignorancia en este sentido, y no ponernos tan pesimistas en vano ni porque sí, ya que estoy completamente seguro de que todo irá bien y que una fantasía como la que inventó aquel anciano, es tan improbable como ficticia, seguramente lo sacaría de alguna novela barata de las que tanto se estilan leerse hoy día. Juzguen ustedes mismos lo que les parece esta fábula, y quitarme o darme la razón según gusten, como así al viejo y su mensaje, el cual he procurado transmitirles con honda sinceridad, siendo fíel al infeliz espíritu que me la narró. Sea así, les deseo la dicha en tiempos tan prósperos.


domingo, 10 de noviembre de 2019

Una fantasía

Entré en un amplio salón iluminado por la luz del mediodía que penetraba en los grandes ventanales. La sala, espléndida toda ella, estaba adornada con múltiples utensilios, algunos de ellos lo eran los típicos objetos domésticos como a modo de ejemplo lo podrían ser los sofás, las mesas, las sillas, unas cuantas estanterías apiladas... Quizás, lo que más pudiera resaltar de todo ello, lo eran la gran cantidad de lámparas -en ese momento apagadas- que se encontraban en los al rededores, a lo que se sumaba, el curioso color de la pared, aquel azul marino que mostraba gran cantidad de flores ahogadas en tal profundidad marítima como lo eran los girasoles, las amapolas y las rosas. Parecía encontrarme, sin duda, en lo alto de un edificio dentro de una ciudad que me era desconocida, junto al gran número de habitantes de los que algo similar podría decirse. Me quedé de pie, petrificado, sobre el morado tapiz, pensando en cómo había llegado al lugar en concreto, y sin embargo, sabiendo dónde me encontraba desconociendo el motivo exterior, respecto a lo intrínseco todo se hallaba claro.

Así, me senté en el sofá que mas cercano estaba, junté mis manos como si estuviese orando y me quedé absorto sin mirar a ningún punto; quería encontrar las respuestas, los sentidos y los motivos en mi interior. Ansiando el éxtasis amoroso, invoqué lo que no debiera haber invocado, mas tal fue el asentimiento que me procuró mi voluntad que apareció lo que no sabiendo, a mi pecho trascendió. En tal momento anochecía, y mis raices se confundían con la estancia, en tanto que alguien parecía estar pululando en la sala de al lado. Mi corazón latiendo, mis entrañas exclamando, médulas esclarecidas, venas tragicas encontrando lo que en otro tiempo estuvo perdido. Imaginé acerca de quién pudiera estar allende, me ilusioné, y no en vano, soñé un ideal encarnizado.

Decidí tumbarme, cerré los ojos por un momento, sepulté la oscuridad y hallé luz en el instante, y allí donde para los muchos, en su mayoría, hay ráfagas sombrías, para mí aún era de día. Abrí de nuevo los ojos, y ví sobre mi cuerpo aquella pasada amada con la que hice fantasías hasta hace renglones arriba. Sus ojos verdosos, a la par que medrosos, me miraban y se apartaban consecutivamente, como si tuviese miedo de algo que le era imposible llegar a comunicar. Temblé intentando descifrar el mensaje, mas ella seguía procurando mandarme un cúmulo de palabras en el silencio. A través de sus pardas gafas, la nariz picuda que las sostenía, los finos labios que se contenían y los negros cabellos que ya sobresalían, ya caían, quisieran decirme algo que yo advertía a la manera intuitiva. Temía, me mentía a mi mismo sobre cual sería el contenido, las mas de las veces se han dicho que ciertas sentencias hacen perecer, yo digo que lo que nos hace morir es callarnos lo que creemos saber, siendo esta sabiduría la verdad en sí misma.

Entonces, agudicé mi mirada, la clavé en la suya, y sus ojos se quedaron clavados sobre los míos. Tenues lágrimas comenzaban a asomarse, sin llegar a caer, estaban columpiándose como podían, resistiéndose a tener que abandonar su origen. Pasaron segundos, minutos, puede que también horas, hasta que la intensión momentanéa fue suplida por un resquicio de movimiento, un detalle que podría pasar desapercibido, pero que en modo alguno, podía ser eliminado de mi imaginario. Ella, sintiéndo que la lágrima estaba a punto de insertarse en el abismo, el gran foso de los deseos colmados, pasó su alargada mano, que, recorriendo su rostro, hizo que tal agua bendita se quedase atrapada entre el dedo índice y el insultante. Después, lanzó una mirada a soslayo, de sospecha en dirección a la ventana, y emocionándose, oprimió sus escasos labios y se mordió su lado izquierdo inferior, señal del adiós inferido y que a mi sentir queda aterido.

Yo, pensé hacía mis adentros: "¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué he de hacer? ¿Se puede saber qué es esto? ¿Por qué he estado desde hace tanto tiempo solo, y ahora, de repente vuelve a acudir aquello que me producía la sensación de soledad?" Mudo, respondí dejando una caricia posada en su mejilla, y su única reacción, pareció ser una mueca inexpresiva. Y, así, seguí diciéndome: "¿Hacía dónde va todo esto? ¿Cómo desembocará lo inevitable, lo terco de una situación sin vía transitable, lo que se ansía y rara vez se recupera? En aras de la salvación de mi conciencia, durante los principios, hice como si fuera capaz de olvidar, pero todo fue una mentira que yo mismo me provoqué. No hay nada peor como negarse a la verdad, me engañé para continuar viviendo y seguí tal cual. Ahora que ha vuelto el dolor, reconozco que amé, que sigo amando y que siempre amaré ¿Me estaré volviendo loco? Es decir, todo aquello de los amores eternos y los amoríos efímeros, ¿Tienen al cabo algún sentido? Espero que sí, ya que de lo contrario, mi vida habría sido una fábula que yo creí inventarme cuando en verdad eran otros los que jugaban conmigo."

Al fin, parpadeé, purifiqué mi mirar y con ello también lo que yo pensaba ser mi mundo. Pero, en cuanto mi vista recuperó su conciencia -también podría decirse en cierto modo, su particular cordura- ya ella no estaba, era como si se hubiese desvanecido de repente. Comencé a sentirme muy solo, y hasta pensé en irme y jamás volver. Exacto, así lo pensé mas no lo hice. Seguí en la misma postura por si volvería a aparecer ella, se quedó su imagen en mi memoria y su figura en mi alma. Esta vez miré, no a la noche que transcurría en las afueras de la ciudad, sino al techo grisacéo que suponía mi abandonado altar. Era, no lo dudo, una madera vieja, que estando carcomida, para evitarse de gastos la limaron un poco sin llegar a romperla, y después la pintaron. Me dije: "¿Será así también mi caso? ¿Me han reformado? Bueno, en verdad jamás creí en reformas de ninguna clase. Prefiero quedarme con lo eterno, con lo estable, lo que siempre permanece pese a lo que susurren los grillos en los atardeceres." Al rato, previendo que nadie me visitaría ni me haría caso, me acomodé en mi ya querido y estimado sofá, y me quedé dormido.

Desperté, los párpados se tornaron amargos y el sabor de mi boca era insipido. Ya no había llamadas alentadoras, las luces se volvieron desdichadas, las costumbres caprichosas y el día a día una tortura amable en la que uno tenía que acostumbrarse como si siempre hubiera sido así. Nunca se está uno tan solo que cuando no duerme acompañado, mas lo peor es despertarse solamente rodeado de una estancia sin vida donde solamente se da cabida a los recuerdos sin sustento presente. Años atrás, aquello de estar en la oscuridad dejando pasar el tiempo me resultaba hasta divertido, pero una vez que se ha amado, con el pecho inundado de fuego, con el corazón latiendo llamas, con el interior abierto con sus puertas de par en par, con el insolente secreto al descubierto propagándose así las voces, con una pena encendida en los altares que se consagró en alegría... Prefiero no acabar la frase. 

Me levanté dirigiéndome hacia la ventana, y pude ver un ancho parque donde las gentes seguían con sus tareas rutinarias: una mujer parecía hacer senderismo, un hombre sacaba de paseo a su perro, una familia decidía salir para que sus hijos se divirtiesen en los columpios y un tipo muy flaco estaba tirado en la entrada pidiendo dinero sosteniendo un gorro de lana muy roto "¿Cual es el contenido de la vida de estas personas? -pensé- ¿A qué objetivo atienden cada uno de sus pasos? ¿Tienen metas, aspiraciones, sueños que les animen en cierta manera a vivir, aunque en ocasiones se engañen a sí mismos?" Otra vez me olvidé del exterior y retorné a mi mismo como al principio.


Subí, ascendí una escalera metalizada de caracol que conectaba con un desván que se hallaba poco mas arriba. Este, se encontraba repleto de trastos viejos que me recordaron a mi infancia, me estremecí pensando en cómo el polvo se pegaba sobre aquello que en su día alimentaba de ilusiones una vida que se acaba. Sin pensármelo dos veces, encendí un ducado que estaba en los bolsillos de mi vaquero, y mientras el humo recorría la totalidad de la sala, todo se quedó en suspenso, allí me quedé muerto. El mundo, su transcurso, los indicios divinos que están en cada sitio, las noches repletas de estrellas, los días alumbrados por secretas centellas, los lugares desiertos, las ciudades repletas, las playas virginales, los rincones olvidados, las casas dejadas, los vivos en movimiento, los muertos en su quietud, los niños felices, el cúlmen de la senectud, ese final que se presiente y se acerca desde siempre y en cada momento sin parar ni en un punto... Todo continuaría igual, y la eternidad lo acogería con delicadeza, acunándolo en su seno con la nana del infinito. Y yo, aún estando muerto, recordaría aquel rostro de la amada que de mí se despedia hasta que Dios decidiera que ya basta, y me llevara -si así lo mereciera- a los Cielos junto con todos aquellos que durante mi fugaz vida me quisieron. 

domingo, 29 de septiembre de 2019

Amada muerte y dos poemas

Muchas veces, a pesar de mi juventud, no puedo evitar pensar en la muerte. Aquella supone un puente entre dos estados: el primero que nos es en parte conocido y el segundo que resulta todo lo contrario. Es la esperanza, la promesa de salvación, que lejos de negar, afirma lo que resulta de la tierra y lo eleva hacia lo divino. El anhelado paraíso no es otra cosa que un mundo aumentado, como si impusiéramos ante un fragmento de barro una lupa que nos permitiese reafirmar lo vivido. Pensemos en los sueños, realidades oníricas que nacen y se esfuman como si fuesen deidades abstractas, mas en modo alguno son así puesto que mientras estamos insertos en ellas nos parecen la realidad más completa ¿No podrían ser así nuestras vidas? No lo pregunto en vano, lo dejo en el aire cual respirar que se inflama al instante para vivir espontáneamente.

A mí modo de ver, vida y muerte son las caras de una misma moneda. Y en cuanto tales, entienden de un mismo núcleo desde dos perspectivas diferentes, que en verdad son una y la misma. Aún con ello, no podemos evitar que se nos clave el cruel aguijón de la incertidumbre junto con aquellos susurros nocturnos que provienen de nosotros mismos, los cuales nos preguntan: "¿Qué será...?" Y entonces, son respondidos por el silencio, o incluso, por alguna cigarra que está tocando su concertado son. Pero, al cabo; ¿Es esto una respuesta?

Me duele el pecho, siento los latidos repiquetear y con su acostumbrado eco puedo oírlos a través de la almohada ¿Qué me intentan decir? Pueden ser el augurio de una larga vida, o el aviso en suspenso de una nueva parada, un cambio de posición que nos resulta incierto. El gran coro de fantasías se afinan en la medida que el sonido persiste, se insiste en conceptualizar lo que nace del sentimiento. Se trata de una batalla donde en modo alguno se siente pavor a la hora de gastar metralla entre la sensación y el pensamiento ¡Oh, amigos míos! Los contrarios no se dan en apariencia alguna, están en las cosas como la muerte en la vida, y viceversa. Aunque ello tampoco quiere decir, que no me sigan asaltando las dudas, invadiendo mi fortaleza cuyos muros día tras día se siguen cayendo hacía un negro abismo que culmina en una santa luz, aquel también llamado final y principio de los tiempos.

Desconozco el cómo salir de aquel escollo, mas sé de algo que lo puede hacer salir, volar en el aire en semejanza a las luciérnagas que en el verano se acercan a la ventana buscando cobijarse en una luz que les parece aún mayor; la intermitencia de una lámpara pronta a apagarse. Y en tanto que ve cercano su final, todavía ansía mantenerse lumínica como desde el primer día que se le concedió la facultad de dar luz. Por eso, voy a recurrir a una segunda naturaleza que viene a confundirse en ocasiones con la primera, porque como dije poco más arriba, su virtud nace de una misma moneda. Así, pues, se de paso al nostálgico cantar, que cargado de una extraña visión de oráculo, revele cual es el misterio, dando salida a este encierro:


Aspiraciones poéticas frente a la muerte

Pase lo que pase no puedo evitar
desde mi fuero interno seguir amando,
y, así, las ansias tornando
en vespertinas llamas que hacen resucitar

los elevados horizontes prontos a estallar
en tanto, que, mi corazón sigue latiendo,
mis pasos continúan recorriendo
las sendas que procuran finalizar

En ocasiones me da por pensar acerca
de aquel culmen de las aspiraciones
al último despertar fronterizo,

un abrir de ojos, y su inevitable marca
desfalleciente de ilusiones
que la Parca deshizo.


Muerte amante

Vi esta noche a la muerte,
y raro es que no temí su presencia
al llegarme ella con una caricia
que impulsó mi sangre ferviente,

la abracé y escuché atentamente,
y entre sábanas, con suma delicia
me besó como el viento que arrecia
con semejante furor al amante

Jamás pensé que amaría
a aquella que a los demás
suele provocar horrores,

por sus andares enloquecía,
y cuando el sol fue mil auroras
perecí junto a ella con honores.