domingo, 21 de junio de 2026

La Sombra

 Ahora, tumbado en una oscuridad total innaccesible a los sentidos reflexiono sobre mi vida y su relación con la aparición de la Sombra. Y mientras medito en torno a este problema tan extravagante para la gente corriente no soy capaz de localizar en un punto temporal cuando apareció la susodicha entidad. Quizás siempre me acompañó, siempre estuvo cercándome poco a poco, mas puede que debido a lo impreciso de los recuerdos demasiado lejanos no sea capaz de explicarme su principio u origen. Es posible que ya desde el vientre materno, aquella sustancia tan extraña ya rondase al rededor de mi cordón umbilical, o que no fuese así, siendo en realidad que esta apareciese nada más alumbrarme al mundo, tanteandome con sus miembros invisibles, o puede que también que fuese algo que aún habitando en mi interior no se manifestase sino mucho después.

Lo que sí soy capaz de afirmar sin temor a equivocarme es que siempre tuve miedo. Es cierto, que por otra parte, este miedo siempre ha sido indefinido y no siempre ha dado cabida a una expresión explicita, y que aún en mis últimos momentos su expresión objetivada ha sido producto de mi mente trastornada. Mas, aún así, es bien cierto que el miedo siempre me ha acompañado allí por dónde yo iba, incluso en los momentos anodinos que comporta toda la existencia. Daba igual si decidía quedarme en casa o salir a la calle, si permanecía quieto o en movimiento, si encendía el piloto automático de la existenxia o si prefería vivir conscientemente, allí donde estuviera de la forma que fuese aparecía la Sombra para atemorizarme, haciéndome sentir quieto e inseguro, acechándome como un espíritu malvado familiar. Y mientras tanto yo, me quedaba temblando, esperando a que se fuera, a que se alejase de mi para que pudiera respirar. La verdad es que nunca me he llegado a acostumbrar del todo a su presencia, incluso en estos postreros instantes no puedo evitar que un sudor frío me recorra la frente y que desemboque en mis entrañas.

Pese a que he mencionado que no sabría decir cuando empezó todo, lo que si sé es que ya siendo un niño pequeño, un infante de escasos cinco o seis años, iba todas las noches a dormir con un miedo terrorífico que recorría con sorna mis venas, carcomiéndome en tanto que mis parpados se sellaban para dar cabida a las pesadillas. Tenía extraños diálogos en mi mente con una entidad que no sabría definidir, las conversaciones eran tan ordinarias al principio que parecía que estuviera conversando con un pátetico amigo invisible, mas con el tiempo estos diálogos fueron haciéndose cada vez mas extraños cuales pensamientos obsesivos mantenidos con una entidad intracorporal. El caso era que esto era un asunto de todas las noches, y aunque no recordaba por entonces vislumbrar a la Sombra -quizás por la oscuridad que imperaba- lo cierto era que la sentía, como cuchillas que iban acariciando mi cuerpo para luego asestarme el tajo final.

Recuerdo especialmente una de aquellas primeras noches de pesadilla en las que yo estaba completamente aterrorizado, y mientras intentaba ignorar las palabras que la Sombra imponía en mi mente, creí vislumbrar a través de las tinieblas un reflujo sombrío aún mas oscuro que fue cerciéndome sobre mí, rodeandome como las patas pulposas de una entidad terrorífica. Yo intentaba cerrar los ojos, pensar que todo aquello era producto de mi imaginación, mas cuando los entreabría con un deseo profundo de que aquella cosa ya no estuviera ahí, todavía creía percibirla deslizándose en mi dirección, cada vez más cercana, casi palpando mis entumecidos miembros. No podía parar de temblar, conteniendo un llanto que pugnaba por salir, siendo un espasmo encarnado cuya única esperanza era la llegada del nuevo día para que los rayos del amanecer aminorasen tan repugnante presencia.

Pero, ni aún la luz del día era capaz de acabar enteramente con esa blasfema entidad. Incluso en el colegio, mientras los profesores me regañaban por no traer los deberes hechos, a sus espaldas en tanto proferían su retahila y su acostumbrada regañina, veía la sútil forma de la Sombra elevándose en señal de triunfo. Parecía que esta se ufanaba con mis tragedias y desgracias, se crecía como reafirmándose en su apostura siniestra, en tanto que en mis escasos momentos de felicidad, alegría o festejo, esta se hacía pequeñita para que en el momento menos pensado la percibiese, recordándome que yo jamás podría estar del todo satisfecho con la vida, sino que muy al contrario, era su esclavo, que estaba atenazado por los grilletes que su mera existencia me imponía, evitando que avanzase un sólo paso sin recordar que en el fondo era un desgraciado. Así, obviamente, acababa por trastabilar y finalmente caerme sin remedio, a un pozo tan profundo que este se asemejaba al abismo de los mil infiernos.

Ya cuando empecé en el instituto fuí igualmente desgraciado como lo era en el colegio, sino más. La Sombra fue engrandenciendose, haciéndose casi una divinidad pagana invocada por unos antepasados que nunca llegué a conocer realmente. El caso era que aquella entidad malvada no tuvo suficiente con ser la presencia y el aliciente que me circundaba en mis desgracias adolescentes, sino que además de soportar que los demás chicos se burlasen de mí, que me empujasen y fuera motivo de sus chistes más oscuros, aquella con cada mala palabra, cada empellón o cada indirecta dada con mala baba, se deslizaba graciosamente, como uniéndose a la fiesta de mi propio martirio. Yo entonces, me agazapaba, temblaba en cuclillas esperando que todo aquello terminase en algún momento del mismo modo a como cuando era un niño esperaba la llegada del día para que mis pesadillas se disipasen.

Sin embargo, no sólo era desgraciado en un sentido externo, sino que interno también. Cada vez que me examinaba a mí mismo me contemplaba como un pingajo, un ser míserable nacido para sufrir, cual hiciera la joven que contemplándose en el espejo se viera tremendamente obesa al tener anorexia. Tampoco ayudaba el hecho de que todo aquello en lo que emprendiera me saliese mal, al ser mal estudiante mis alicientes académicos eran nimios, pero aún así intentaba esforzarme porque aunque en mi vida social yo ya era un cadáver andante, al menos que pudiese prosperar en un futuro mundo laboral. Pero aún en eso fallaba. Daba igual que estuviera estudiando hasta las tantas, el resultado de los examenes siempre eran números rojos, y ni aún los escasos suficientes me servían para seguir adelante puesto que siempre terminaba suspendiendo. Creo que tanto los maestros como mis propios padres se llegaron a replantear que fuera un tonto congénito, tan escasas eran sus esperanzas en mí que ya ni se sorprendían ante mis fracasos.

Mas, a pesar de todo, no sé ni cómo, tras repetir unos cuantos cursos finalmente llegué a la universidad con una nota raspada. A veces pienso que incluso me admitieron por pena, pensarían quizás que los mediocres también tienen derecho a ocupar su puesto en las facultades aunque sólo fuera para tener que suspender a alguien entre tantos prodigios. Pero, ni aún entonces, la Sombra dejó de acompañarme en aquellos supuestos esperanzadores instantes, puesto que entre las lecciones magistrales que daban los maestros sobre los escritos y la sabiduría de los antiguos, aquella cosa seguía insistiendo en reafirmase indefinidamente, haciendo que me despistara de mis própositos, provocando el irrevocable suspenso una vez que hubo llegado el examen. Y obviamente, en lo que se refiere a la fáceta social el asunto no fue mucho mejor porque aunque ya no se metían conmigo tan explicitamente, sí que podía percibir sus condolentes sonrisas, sus susurros escrutadores y sus risillas de crueldad disfrazada de humor. En tanto que yo me limitaba a agachar la cabeza, andando mirando al suelo, y aún incluso entre mis presurosos pasos localizar de soslayo cómo la Sombra se asomaba, vigilándome con sus ojos que eran pura negrura y emitiendo palabras indescifrables, invocaciones de antaño que eran proferidas en los sabbats de la Edad Media, intercalando la burla con la solemnidad del latín de antaño.

Un momento verdaderamente turbador de aquellos años fue en una noche en la que no sé ni cómo una joven accedió en acostarse conmigo. He de reconocer por otro lado, que era tremendamente fea y desgarbada, como deforme, aunque por otro lado no sabría yo decir si yo era mucho mejor, mas el caso es que así fue quizás por desesperación mutua. Y aún incluso en esos momentos supuestamente placenteros, mientras ella se desnudaba mostrándome unos senos alicaídos, como tristones, y sobre todo cuando entré en aquella oscura concavidad cerrada como cueva de lobo, la Sombra fue cercándome, burlándose de aquella parodia de la sensualidad, mostrando con su indice afilado como el dedo de una bruja que no podría ser mas rídiculo dando semejante espectáculo de impotencia sexual. Cada vez que esta asomaba, mi miembro se retraía, le costaba mantenerse dispuesto para el momento, y aunque finalmente logré terminar liberando un líquido nauseabundo mezclado con la sangre licuada en agua de ella, aquello fue más una desdicha que un motivo de celebración de los sentidos. También recuerdo que en mitad de la noche, cuando abrí los ojos en un momento tras una de mis ya acostumbradas pesadillas, mirando en dirección de la joven, esta se transmutó y se mezcló con la sombra, mostrándose como un cruel demonio que venía a atormentarme con sus ojos rojizos y sus cien colas negras moviéndose al son de mi propio espanto.

Mientras tanto mi vida se seguía arrastrando en su inevitable decadencia, los años transcurrían como una condena que no parecía entender de final. Seguí en la carrera durante no sé cuantos años, viendo como todos los compañeros que conocía de vista iban desapareciendo para proseguir con sus éxitos, en tanto que yo cada año me encontraba con nuevos desconocidos dispuestos a atormentarme con sus palabras hirientes, afiladas como espadas dispuestas a clavarse en mis propias espaldas. No obstante, y aún con la gran cantidad de recuperaciones que tuve que soportar, logré terminar con todo y proseguir en mi desdichada vida. Imagino que los profesores acabaron por aprobarme con pena, tanto dinero me había gastado por estar por ahí que temían que mis familiares terminasen por denunciar a la universidad entera por aquel fraude que suponían mis suspensos. Pero bueno, el caso fue que logré salir de ahí bastante lastimado y a empellones, con la sensación de aún con todos los años transcurridos de no haber aprendido nada.

Una vez que me encontré fuera, en el supuesto mundo real, la cosa obviamente no fue a mejor, sino más bien a peor. La Sombra era cada vez más grande, inmensa como un ser mitológico cuya única razón existir parecía ser la de hacerme cada vez mas desdichado. Yo andaba por el mundo como una entidad igualmente marginal a la propia Sombra, cual una nimía polilla que iba pululando por estos lares deseando que llegase una luminosidad tal que me aniquilase entre estentoreros espasmos. Desconfiaba de todo y de todos, sobre todo de mí mismo, ya que mi presencia estaba ligada a la de la Sombra, si yo existía era razón suficiente para que esta también, y en tanto que yo proseguía deambulando sin un rumbo ni adecuado ni prefijado por esperanza alguna, menguando como si me aplastasen como a una asquerosa cucaracha, la Sombra seguía creciendo inéquivocamente hasta tal punto que había días que no veía otra cosa que no fuera ella.

Aún así, intenté progresar en la vida. Pero todo era en balde, poco importaba lo que yo hiciera puesto que el resultado siempre era un estrepitoso fracaso aún en el silencio de mis congojas. Me costaba muchísimo que me admitiesen en un trabajo, y cuando lo conseguía, poco duraba ya que o me despedían por mi escaso entusiasmo, o me iba yo mismo al no poder soportar aquello. Siempre iba escaso de dinero, no lograba ahorrar, todo me lo gastaba en tonterías para animarme un momento engañándome a mí mismo, pero al tiempo incluso lo que me satisfacía en el momento terminaba también por hacerme sentirme desgraciado. Cuando creía percibir una momentánea salvación, ya fuera en la mundanidad mas nauseabunda como en el escaso consuelo de la religión, ahí aparecía la Sombra para trastornar todos mis proyectados planes. Era como si yo, portando la linterna más cara y lujosa que uno podría imaginarse, intentase con ella disipar la neblina que tenía ante mí, logrando con ello solamente vislumbrar mi propia nimiedad y en modo alguno descubrir en qué consistía vivir, ni siquiera hablar de saber qué era aquellos que todos denominaban el mundo. Mi vida era un chiste del que parecían reírse todos, pero que a mi personalmente no me hacía ni pizca de gracia. 

Daba igual cuanto lo intentase, como tampoco que variase el modo, siempre fracasaba en todos los intentos de salir a la superficie a respirar, estando inserto como estaba en una marea agitada y tormentosa. Ni hablar de relaciones de amistad y mucho menos amorosas, todo se disolvía aún antes de nacer. Los proto-amigos huían espantados nada mas atisbar algunas de mis rarezas, y los instantes amatorios se vertían en impotencia antes incluso de empezar a desarrollarse. Y lo peor de todo era pensar que aunque los demás fueran crueles e injustos en ocasiones, la culpa de todo esto era exclusivamente mía. Yo era el culpable de mi propia desgracia, no era capaz de sobrellevar la existencia tomada desde su conjunto, tampoco era culpa de la Sombra en sí aunque esta fuera un factor a tener en cuenta, ya que no supe cómo enfrentarme a ella, quizás otro la hubiera acometido desde el principio para evitar que esta creciese hasta tal inmenso tamaño, mas yo no podía hacer otra cosa que sufrir su martirio, no estoicamente como los supuestos espíritus fuertes, sino más bien como un gusano escondido entre la tierra y rezando a un dios desconocido para no ser descubierto y aplastado por piernas más rígidas. En fin, la existencia era una pesadilla y aún el despertar que es la muerte algo incierto que me hacía temblar por lo desconocido. No sé si es mejor quedarme aquí sufriendo junto a la Sombra, o abalanzarme sobre aquellos abismos que quizás después de todo se encuentren plagados de millares de seres así.

Mis recuerdos de los últimos tiempos son una sucesión de instantes idénticos e igualmente meláncolicos, compuestos la mayoría de ellos por esta nímia presencia que es la mía, intentando huir de algo que no se puede en tanto que el motivo de su huida se encuentra en sí mismo, aquella Sombra cuyo origen se me muestra difuso y confuso siempre estuvo conmigo de un modo u de otro. Poco importa que deambule por las calles de una ignota ciudad, ocultándome de la presencia de mis semejantes agachando la cabeza y haciéndome cada vez más pequeño, puesto que siempre hay perplejos ojos que le descubren a uno temblando por algo que ellos no son capaces de ver. Mientras que ellos ven a un ser insignificante atemorizado por todo, yo vislumbro ya sea a sus espaldas o a sus costados la inmensa Sombra que se cierne, dispuesta a atacarme en cualquier momento, dejándome bastante herido y sin capacidad de redención, con mis huesos en el suelo y mis sentidos sin ser capaces de reaccionar a tal oscuros estimulos. Siempre en quietud, esperando quizás una salida desconocida que me conduzca hasta la ausencia total.

Pero finalmente, ya para mi propio alivio todo ha acabado. Aquí, tirado en la cama como el cadaver que pronto seré, me sosiego pensando que ya por fin ha llegado el final. La Sombra es tan grande que pronto no veré nada, que mi existencia se sumirá en la suya haciéndose indestingible. A pesar de lo desconocido que supondrá el postrero paso, el último movimiento en la esfera de lo oculto, he optado por considerarlo mejor que una existencia que sufre en balde, sin propósito alguno más allá que el sufrir por sufrir. Aquella me atrapará y me sumirá en su oscuridad, seré una mota más en aquel cosmos de negrura, un asteroide invisible a ojos humanos que seguirá vagando por las tinieblas de su propio infierno. Es curioso, aún en estos últimos instantes de existencia que se deshace creo percibir como una escasa esperanza, distinta quizás a tantas otras secretas ilusiones que me he ido permitiendo en vida. Puede que después de todo vencer a la Sombra signifique atravesarla, convertirse en ella misma de tal modo que el vencimiento sea la derrota, y viceversa. Cada uno que saque sus propias conclusiones al respecto.

domingo, 14 de junio de 2026

Entre el sueño y la vigilia

 Soñaba con cosas aparentemente imposibles en nuestro mundo, mas plausibles desde una imaginación exarcebada. Se encontraba caminando por millares de intrincadas calles en cuyo centro un oso pardo olfateaba, y en la medida en la que se acercaba, se agachó esperando su llegada. Temía el ser devorado, atacado sin piedad pese a mostrarse inofensivo, pero en cuanto aquel enorme oso llegó al centro de la intersección de calles, se limitó a escrutarle con la mirada, e incluso se tumbó dócilmente buscando sus caricias. Y se las dió cual si fuera un viejo compañero de antaño, quizás un perro del pasado que vino a encarnarse en aquel oso. Así, en compañía de tal imponente amigo, fue recorriendo las calles que le resultaban tan similares, y a su vez, tan desconocidas.

Después de tan larga e incomprensible marcha, llegó al final del laberinto urbanístico, desembocando así en un inmenso prado completamente despejado, y que inexplicablemente se encontraba todo verdoso y adornado por dispersas flores multicolores similares en forma a las amapolas. Digo inexplicablemente porque la incidencia del sol era terrible, y a pesar de ello no tenía calor. Cosa extraña, mas posible en los sueños como también lo fue el que aquel oso se convirtiese por arte de magia en una urraca que continuó acompañándole desde las alturas, agitando sus alas en un viento inexistente pero perceptible en el desplazarse de sus plumas por brazos imposibles. Naturalizando aquellos fenómenos, se internaron en el campo, y caminaron, y caminaron, posando sus pasos en aquella hierba acariciadora, y sin dejar de atisbar con sus miradas aquel paisaje paradísiaco.

Finalmente, llegaron al epicentro de aquel ensueño, coronado por un arce que se encontraba justo en el centro ¿Cómo podía crecer un arce en tales tesituras? Podría uno con justicia preguntarse, y la respuesta sería igual de ignota que todo desde el principio de aquel sueño, mas se obviaría como lo haría un niño inserto en su fantasía. Se quedó en suspenso durante algunos segundos contemplando aquel hermoso arce, el cual agitaba sus ramas de un lado para otro connotando con ello que estaba igualmente vivo a como él mismo, y que quizás, debido a la desaparición de la urraca y a sus secretos movimientos, indicaba que se trataba de otra reencarnación de aquel oso primigenio. Sin pensárselo mucho, terminó por sentarse en el tronco de aquel arce, protegiéndose de un sol nada dañíno bajo aquellas ramas adornadas de hojas que se desplazaban como invitándole a saborear instancias mucho más allá de los placeres carnales. Aquello suponía toda una experiencia mística que deseó saborear cerrando los ojos, deslizándose así sobre los pliegues del espíritu del mundo.

En cuanto abrió los ojos, se encontró tendido en su cochambrosa cama con todas sus sábanas empapadas de sudor. Intentando moverse lo menos posible, comprobó que era una hora demasiado tardía para poder pronunciarse sin sentir cierto reparo o vergüenza. Desplazándose a través de la humedad humana de las mantas y el colchón, se quedó sentado, como suspendido en el aire por edredones como nubes, intentando meditar en torno lo que había soñado. Hay quienes se dedican a interpretar los sueños como si se tratase de una ciencia, establecen consonancias y analogías con las imagenes de los sueños y las vierten en símbolos. Y aunque en cierta medida le parecía que quizás aquello pudiera tener algún sentido, en el fondo de sí mismo consideraba que los sueños son lo que son, simplemente. Y que intentar interpretarlos de acuerdo a lo que nos parecen a posteriori suponía una nueva utopía dentro del pensamiento humano que siempre se sitúa en el centro del cosmos. Le encanta considerarse mas importante de lo que realmente es.

Mas dejó de lado tales reflexiones para otro momento, tenía cosas que hacer y por tanto era hora de ponerse en acción. Se levantó y fue a hacerse un buen café intercalando una marca mas cara con otra mas barata de cara a confundir sus sentidos. Y mientras lo tomaba, fue turnando su paladar de la taza de ceramica a un cigarrillo del mercado negro, dando caladas que luego liberaba de sus labios para después dar pequeños sorbos, y así quizás alargar aquel momento placentero del día. Una vez que hubo terminado, se tumbó en un viejo sofá y prendió otro cigarro para contemplar como el humo hacía figuras cual si estás emulasen la espontaneidad de la niebla en una noche ventosa. Así se quedó largo tiempo, inmenso en una meditación basada en la instantaenidad hasta que el caerse de los últimos escoldos de la ceniza retornó a despertarle de su mundo de ensueño.

"Me encuentro todavía muy atontado" -pensó, y continuó hilando su vano pensamiento "o quizás simplemente se trata de que yo mismo soy un tonto" Se estremeció con una carcajada reprimida en sus adentros, y tomando la caja de tabaco, volvió a encenderse un cigarrillo, en tanto que se desplazaba dejándolo pendiente de sus labios. Tenía cosas que hacer, debía continuar con la pintura del jardín, ya tenía preparada la imprimación, y por fuerza tendría que cubrirla con pintura ese mismo día para evitar que se quedasen pegados en ella fragmentos de tierra o de arena. Y con aún el cigarro barato colgando de su boca, mientras daba pequeñas caladas que iba expulsando por la nariz, fue abriendo con sumo cuidado el bote de pintura para que este no salpicase la mesa sobre la cual lo tenía apoyado. Después, lo elevó un tanto para echarlo sobre la plataforma donde deslizaría el rodillo que plasmaría sobre las baldosas, y una vez que hubo vaciado la mitad del contenido, limpió su dorso con un trapo que tenía a mano. Por último, se puso su gorra para evitar la incidencia directa del sol, y se encaminó para realizar su tarea tirando los restos del cigarro a cualquier lado.

Nada mas salir, notó la potencia del sol que le cercaba el cuerpo entero. Y como tenía los ojos claros, sus certeros rayos le cegaban como si actuasen como una pantalla de vidrio que le impidiera observar lo que tenía a su al rededor como debía. Mas aún así, insistió en su proyectada tarea, y se encaminó en dirección a las baldosas que debía pintar. Desplazando el rodillo de la plataforma de pintura al suelo, fue repitiendo mecánicamente estos pasos hasta que pintó una gran extensión. Intentaba ahorrar en gastos rebañando cuanto pudiera de la pintura, como si el rodillo fuera un trozo de pan y la pintura la salsa, y él fuera un pobre hambriento. Pero, por mucho que insistió, ya no había manera. Debía retornar a su casa para echar lo que le quedaba del bote, y así lo hizo. En cuanto se encontró en la oscuridad protegida de los muros, se percató de que todo él estaba sudando a mas no poder, así que antes de repetir los anteriores pasos bebió agua fresca cual si fuera un animal sediento.

Y otra vez la misma tarea, salir en dirección al furibundo sol que ya había secado la anterior pintura debido a su fuerza e insistencia cegadora, de nuevo usando el rodillo pringoso de pintura en proceso de secarse, de la plataforma al suelo, y así sucesivamente. Pero mientras realizaba esta mecánica tarea que incluso el autor se cansa de describir, la mente de nuestro personaje estaba en llamas debido a dos motivos: En primer lugar, la fuerza del sol era impacable, hacía que incluso su gorra protectora ardiese cual si se encontrase pegada a una fogata, mas en segundo lugar, nuestro personaje no paraba de pensar, de dar vueltas a su imaginación de tal manera que mientras su cuerpo estaba repidiendo aquella tarea programada, él pensaba en mil disparates que poco a poco iba ordenando consecuentemente a sus propios deseos de aquel momento. Pero, ¿En qué diablos pensaba? ¿Qué clase de pensamientos podía tener alguien tostándose al sol mientras realizaba aquella tediosa tarea? Pues pensaba en su sueño, o dicho de otro modo, soñaba su anterior sueño, reviviéndolo, resoñándolo podríamos decir. Y era precisamente esta mécanica tarea lo que le permitía que las ondas de sus pensamientos se cicatrizasen del mismo modo a como se secaba la pintura esmaltada en el suelo con la ayuda de los rayos solares.

Llegó un momento en el que su fabulación alcanzó tan altos grados de inusitada imaginación que ya ni veía bien lo que tenía ante sus ojos, estaba en un puente intermedio entre el sueño y la realidad autómatica de aquella tardía vigilia. Y mientras resoñaba como antes mencionábamos, la ira del sol era cada vez mas tremenda, ya alcanzaba las peligrosas horas que comprende la entrada de la tarde, haciendo de los movimientos del rodillo enfermizas sacudidas debido a los temblores que le recorrían el cuerpo en esos momentos. Se encontraba terriblemente mareado, en tanto que las gotas de sudor ya salían de su gorra, deslizándose por su empapada frente para acabar cayendo sobre el suelo que estaba pintando. A ratos creía vislumbrar el prado desierto adornado por aquel arce que se encontraba en el centro del mismo, otras veces una extraña agitación interior le traía de vuelta a la realidad, unas veces se engañaba localizando al oso pardo frente a él, y en tantas otras ocasiones, todas aquellas figuras y contornos sombríos eran tragados por los resplandores y los fulgores que connotaban la violencia del sol a esas horas.

Sin poder soportarlo más, dejó su trabajo en suspenso durante unos instantes. Agarró el palo que portaba el rodillo cual si fuera la vara de un sacerdote egipcio, o simplemente un bastón sobre el cual apoyarse, estiró sus miembros como si estos se hubieran secado del mismo modo a como lo hacía la pintura y permaneció quieto como una estatua. Oteando el cielo, creyó vislumbrar que este era surcado por una urraca que empezó a volar en círculos a su al rededor, cual si esta intentará comunicarle algo. Sin embargo, no sabía a ciencia cierta qué pretendía decirle, quizás por lo espesa que se encontraba en esos momentos su mente, que seguía debatiéndose entre el prado que había visto en sueños y la tarea que aún le quedaba por terminar en la soporífera vigilia de una tarde soleada de verano. Por un momentó sintió como si un sútil y negruzco velo se le impusiera a sus pensamientos y a su vista, cerrándose ante sus ojos para abrirse poco después, como quién cambia de escena para encontrarse nuevamente en el mismo lugar y en idéntica situación ¿Esta afirmación era segura? No lo sabía, probablemente no se lo preguntó.

Extrañamente, creyó comprobar en el suelo que creía recordar que ya había pintado, que aún no había pintado por aquella zona. Así, pues, retornó a su incesante tarea y como en constante bucle y repetición, mientras todo aquello que le rodeaba se encontraba brindado por los rayos solares, sofocantes pero de forma paradójica soportables de repente. El paisaje se debatía entre una luminosidad incierta y el prado con el arce, el oso y la urraca, intercálandose, párpandeando en la medida que la pintura iba secándose hasta que retornaba a humedecerse con el sudor y el paso del rodillo. Y así incesantemente, volviendo al sueño y a la realidad supuestamente vívida de una vigilia que ya no se distinguía de un eterno cerrar de párpados...

domingo, 7 de junio de 2026

Lo absurdo de la existencia, o la no-muerte de dos amigos

 Muchas veces he pensado que si observaramos la existencia humana -ya sea particular o general- comprobaríamos que todo se trata de un malentendido que viene a ser bastante absurdo. En realidad, el tópico aquel de "Nada tiene sentido" no es producto de la ignorancia humana que cae en el nihilismo al ser desconocedora de verdades trascendentales y divinas, sino mas bien una verdad universal que se nos revelaría como tal si vieramos el conjunto de la existencia desde una posición elevada. Es decir, si el Creador del Universo nos prestase su esplendoroso trono durante unos escasos minutos, comprobaríamos que efectivamente nada tiene sentido, y que nuestros desdichados avatares y nuestras pequeñas tragedias cotidianas son absurdas como el sueño de un loco. Al final lo que tenemos por tragedia se convertiría en una comedia, las lágrimas lo serían de risa hilirante y no de vana tristeza, nuestros aplausos ya no sonarían ecos y solitarios, sino acompañados por la conmoción alegre de todo un auditorio repleto de payasos enmascarados.

Así pues, quisiera narraros una de esas historias que le llegan a uno en sueños, una de esas historias que si bien para los que la vivieron en el mundo onírico supuso un duro golpe en todos los sentidos, mientras que para los lectores u oyentes de la mismas se convierten en una suerte de tragicomedia, muy en semejanza a esas representaciones de las miserias humanas con toque cómico que se hicieron en la decadencia de la cultura helénica. Nos reímos al comprobar lo absurdo de todos los acontecimientos vividos y soñados, pero esto es así porque estamos rodeados por el coro de los ángeles allá en las alturas siderales, probablemente si descendieramos a tierra y nos vieramos afectados por las mismas, diríamos que se trata de lo peor que nos ha pasado. Por eso, y al margen de la siguiente historia, siempre recomendaría que todo lo que se viva en esta existencia que al cabo es un sueño, se contemple desde la lejanía como algo que en verdad no nos afecta tanto, como un espectador y no tanto como un actor que se mete tanto en el papel que acaba muriendo en el último acto.

Todo esto ocurrió según me han contado en una aldea muy lejana del mundo urbano que recibía el nombre por entonces de Solano, allí sus habitantes no estaban acostumbrados a que ocurriese nada relevante, y si ocurría, pocos se enteraban porque aunque vivían dentro del ámbito rural, ahí vivía cada uno tan ensimismado en su propio sueño que nadie se enteraba de los problemas ajenos, a pesar de ser un pueblo digamos que sus habitantes vivían como si sus hogares fueran edificios distantes. Aquel lugar comprendía un territorio muy escaso, rodeado todo el por campos abandonados y desérticos, malas hierbas y cultivos echados a perder debido al calor que los asolaba, a excepción de en invierno donde el frío era tan estremecedor que ni la hoja mas noble se atrevía en asomarse para evitar ser congelada. Sin embargo, a pesar de esa soledad y desamparo, había algunos pocos habitantes que tomaron contacto entre sí, creando amistades y enemistades que serían eternas si me molestase en narrarlas todas, así que me voy a centrar en aquella que dió pie a esta historia.

Dentro de los escasos habitantes y sus estrechas relaciones rústicas, hubo dos niños que desde el colegio ya congeniaron como dos gotas de agua que se encontrasen en medio de un aguacero, y aún proveniendo ambos de estratos sociales bastante distantes entablaron amistad entre sí. Uno de ellos se llamaba Tartán, provenía de una madre africana y de un padre europeo cuyo estado de míseria era envidiado por los mendigos de las ciudades centrales que piden su limosna a la salida de los centro comerciales, el otro era conocido por Riffel, y a diferencia de su compañero, siempre había vivido en la opulencia, ya que se rumoreaba que ambos progenitores eran de sangre tintada en azul debido a los desordenes políticos y ansía de poder de sus antepasados. Mas, estos asuntos tan mundanos no interesaban a aquellos niños, estaban metidos en sus mundos de juegos -los verdaderamente auténticos para ser sincero- y aunque sus padres observaban con recelo la creciente amistad, dejaron libertad absoluta a sus hijos para que decidieran con quienes debían compartir su existencia.

Como todos, estos niños se fueron haciendo mayores, pasaron su adolescencia y los devaneos que acompañan a la misma en una profunda camadería, y fueron reforzando su amistad en la medida que iban transcurriendo los años. Llegó un punto que su amistad fue tan prolífica y venerada por quienes la observaban que fueron considerados inseparables por todos los que la veían y la conocían, y nadie -al menos de su circulo cercano- se atrevería a negar que jamás habían conocido a dos jovenes que aún siendo tan dispares por su procedencia, fueran tan semejantes en afectos y en lealdad, estando dispuestos incluso a arriesgar su vida por el otro si la ocasión se terciaba.


No obstante, al igual que siempre ocurre con los desmanes de los hombres, que aquella profunda amistad se torció por una tontería, absurda en sí misma y de consecuencias hilirantes para un observador desapasionado. Verán, Riffel como vivía en la opulencia y en la carencia de necesidades, construyó en el sótano de su casa una zona de juegos bastante amplia, toda ella plagada de pequeñas casas y plataformas que se desplazaban, y lo que al principió comenzo como un rincón de sofisticada fantasía terminó siendo una ciudad de leyendas, a la que obviamente acudía en compañía de su inseparable Tartán, el cual compartía ese sueño en un estadío de protagonismo equiparable al de Riffel. Sin embargo, una vez que estaban enzarzados en la mejora de aquel sub-mundo de fantasía, tuvieron una pequeña disputa por una nadería, lo que provocó que Riffel llevase el asunto a las manos, dando un pequeño empujón a su querido amigo, con tan mala suerte que este cayó inconsciente víctima al parecer de alguna contusión de índole cerebral. Al ver el resultado de su ira, Riffel intentó reanimar a su amigo de todas las maneras posibles, pero todo fue en vano. A juzgar por todas las apariencias, Tartán había muerto.

Y en vez de actuar como haría alguien consecuente, Riffel por temor a ser acusado de asesino o como menos de homicida involuntario, decidió ocultar el cuerpo de su amigo en un baúl. Obviamente la desaparición de Tartán provocó las sospechas y la desesperación  de algunos habitantes, especialmente de su familia, hasta el punto que el abuelo materno de este decidió investigar por su parte lo que había ocurrido con su nieto. Tan buen detective fue que terminó hallando el cádaver impoluto de Tartán, justo cuando Riffel estaba custodiando el sótano para evitar que nadie hiciera justamente ese hallazgo. Y en cuanto vió los ojos costernados y las millares de arrugas constreñidas del perplejo anciano, Riffel no tuvo otra reacción que  no fuera la de empujarle, con tan mala suerte que acabó inconsciente de la misma forma a cómo lo había sido Tartán, quedando su cuerpo falleciente al lado del de su nieto cual si ambos hubieran decidido darse una pequeña siestecita.

Ahora la desesperación de Riffel aumentó tanto, al considerar su doble homicidio, siendo este último más a próposito que el primero, que aún con temor de caer bajo sospecha, decidió ocultar ambos cuerpos del mismo modo a como lo había hecho con el antecedente. En los primeros días, extrañandose de que la descomposición de los mismos no fueran patentes, acudió al sótano mágico para observar si seguían ahí tal y como los había dejado. Y ahí estaban, completamente incorruptos, cual si sus muertes hubieran ocurrido escasos minutos antes a pesar de que ya habían transcurrido incluso semanas. Incluso, al palparlos, estos no presentaban la gélidez rígida de la mayoría de los cádaveres, sino que mostraban un calor escondido como si estos aún siguieran con vida. Riffel, evidentemente perplejo, pasaba largas horas ahí, contemplándolos por si aún quedaban un hálito vital en ellos, pero en vano, pues estos no se movían en modo alguno, su respiración era inexistente, su aliento una ausencia y sus latidos ya recuerdos.

Con el tiempo, Riffel fue olvidándose de los dos cádaveres eternos que tenía en el sótano de las fantasías de su infancia, hasta tal punto que llegó un momento que hasta olvidó que había matado por accidente a dos personas. Hasta cuando le recordaban la desaparición de su amigo y posteriormente la del abuelo de este, realmente creía que estos habían desaparecido en vez de haber sido asesinados por el placaje de sus brazos. Será verdad aquello de que los mentirosos compulsivos terminan creyéndose sus propias mentiras, o quizás en las noches solitarias de insominio aquella verdad emergía de su corazón... Esto no podemos saberlo, no somos capaces de atisbar aquella verdad que palpita en nosotros y que sale mediante instrospección, mas lo que si sabemos es que en apariencia Riffel vivió su vida con normalidad, como si tal cosa. Incluso podríamos decir que las cosas le fueron bastante bien, a pesar de ser un homicida involuntario, terminó entrando en el cuerpo de policias, accediendo a un buen puesto y enriqueciéndose a costa de los crimenes ajenos en vez de profundizar en los propios. Todo iba a pedir boca, colmado de bienes materiales y satisfecho en la aparencialidad del éxito de una figura vacua e inexistente centrada en la aprobación de unos cuantos patanes.

Sin embargo, un día, acortándose repentinamente de los crimenes cometidos años atrás, decidió bajar al sótano esperando encontrarse dos momias consumidas por el polvo y ancestrales gusanos, llevándose la sorpresa de que se encontraban de manera idéntica a como los había dejado pasados tantos años. Aquello le sorprendió en grado sumo, pero mucho mas le sorprendió que cuando apoyó su mano en el costado de su viejo amigo supuestamente fallecido, este se levantó como si tal cosa, y abriendo los ojos le miró con una acusación furibunda, retornando así el rencor de tantos años, y sin decir ni una palabra, salió de ahí como un tiro de escopeta. Al principio, Riffel no supo ni qué decir, subió las escaleras al primer piso completamente inmutable, creyendo que aquello era un sueño de un sueño, y dejó que transcurriera su día evitando insistir en sus propios pensamientos.

Días después, sin lograr evitar que la curiosidad le aguijonase la sesera, bajó de nuevo al sotáno para comprobar si lo que había vivido era una endiablada pesadilla o un producto de su torcida imaginación, comprobando efectivamente que estaba equivocado, aquello había ocurrido realmente, no era un vano delirio. Y para recibir una doble confirmación de aquella locura, justamente en su espalda y a través de las sombras polvorientas que circundaban el sótano, notó el tacto de una mano inmensa en su hombro, y en cuanto se dió la vuelta para comprobar de qué se trataba, vió el rostro de un anciano que recientemente hubiera salido del sepulcro de la inconsciencia. Es decir, el abuelo de su viejo amigo se había levantado, y con una extraña mueca de consternación que poco a poco fue evolucionando en una sonrisa macabra, le advirtió alargando su arrugado dedo índice que sus días estaban contados. Y nada mas acabar de decir esto, se sumió en las sombras, desvaneciéndose como llamado por las tenebrosas regiones abismales.

Riffel pasó largos días que se convirtieron en semanas y estas en meses meditando lo que había pasado, dando por sentado al tiempo que aquello tan sólo era una siniestra fantasía que el exceso de trabajo le había provocado. No obstante, a tanto llegó su desconcierto que empezó a pensar que jamás existió un mejor amigo llamado Tartán ni su abuelo, y por tanto, jamás existió un crimen, que aquello era una ensoñación, y si los demás le recordaban su pasado compartido, fabulaba con que aquello era una broma macabra que todos decidieron hacerle, que finalmente aceptaron como por consenso. Se engañaba a sí mismo con estas fabulaciones de la consciencia arrepentida, evitaba así meter el dedo en la llaga, no quería amargarse la vida por acontecimientos que percibía difusos en la distancia, y aunque no siempre lo conseguía del todo, al menos recibía una suerte de consuelo a medias que lograba paliar con su adicción al trabajo y la bebida, las verdaderas drogas que poblan el mundo civilizado.

Todo hubiera terminado aquí si no hubiera sido porque en un diciembre muy nevado y gélido algunos habitantes de Solano encontraron un cádaver aplastado y descompuesto en millares de trozos justamente en medio de la plaza pública de la aldea. Investigaciones posteriores descubrieron que este se había lanzado desde la alta cúpula de la Iglesia principal del pueblo, en un presunto suicido que no todos llegaron a creerse, ya que lo identificaron como Riffel, aquel comisario tan éxitoso y envidiado por todos ¿Quién querría quitarse la vida teniendo una existencia ya solucionada y exenta de problemas? Quizás se preguntaran la mayoría. Yo no sabría apuntar qué había pasado en realidad, ni aún teniendo los antecedentes de tan oscura historia, mas lo que sí sé teniendo en cuenta lo destrozado que estaba el cadáver que este no volverá a la vida como lo hizo Tartán y su abuelo, y si llegare el caso de que así fuera para ejercutar una venganza que se repetiría por los siglos de los siglos en un flujo incesante y sin fin, no lo quiera la divididad que fuera, puesto que tenía el rostro y los miembros tan magullados que sería repugnante ver a una cosa así levantarse después de su desdichada muerte.