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sábado, 25 de marzo de 2023

"La catástrofe de las letras" de Atsushi Nakajima a la luz de la filosofía del lenguaje

 “Nabu-aje-eriba recorría la ciudad de Nínive, inquiría a quienes habían aprendido a leer recientemente y les preguntaba a cada uno pacientemente si les había sucedido algo fuera de lo normal, algo de lo que se hubieran percatado antes de que supiesen leer esas letras. Por esa razón procuró aclarar el papel que desempeñaba el espíritu de las letras contra las personas. El resultado fue una extraña estadística. Había una abrumadora mayoría de personas que, desde que habían aprendido a leer, eran de repente incapaces de atrapar piojos. Se les metía más polvo que antes en los ojos. Apenas podían atisbar la figura de las águilas en el cielo, que hasta entonces podían ver sin dificultad. Percibían el color del cielo menos azul que antes. “El espíritu de las letras devora los ojos de las personas. Es como si se tratara de un gusano que horada la cáscara de la nuez y se come hábilmente todo el grano que está en su interior” Nabu-aje-eriba lo anotó en una nueva tabla de arcilla. También había bastante gente acorde a ese estado desde que había descubierto las letras; empezaban por toser, se quejaban de los estornudos que habían comenzado a soltar, comenzaban a tener hipo y sufrían diarrea. “Parece que el espíritu de las letras mina la nariz, la garganta y el estómago de las personas”, añadió el erudito anciano. Desde que habían memorizado las letras surgían personas que decían que su cabello escaseaba súbitamente, las piernas se les debilitaban, las manos y los pies empezaban a temblar y la mamdíbula se les desencajaba. Nabu-aje-eriba concluyó finalmente: “El mal de las letras logra dañar la inteligencia de las personas y paralizar la mente humana. Es decir, llega hasta el final.”


- “La catástrofe de las letras” de Atsushi Nakajima


El siguiente fragmento proveniente de un relato, que a su vez, pertenece a una colección de cuentos del escritor japonés Atsushi Nakajima cuyo nombre es “El poeta que rugió a la luna y se convirtió en tigre” supone toda una declaración de intenciones ante la problemática del lenguaje en general, y en el caso de la escritura en particular. El conjunto del cuento versaría en torno a la indagación de un anciano doctor de Asiria en torno al espíritu que subyace en el seno de las letras. Tal investigación se produciría debido a que en las viejas bibliotecas de arcilla se escucharían extraños ruidos que evocarían a los espíritus que se supone que vivirían en el núcleo de los textos antiguos provenientes de las letras que los componen , y que les darían razón de ser. Durante este curioso estudio, el viejo erudito se daría cuenta de que efectivamente estos espíritus existirían, y que además, en relación a la población del lugar -como puede apreciarse en el fragmento seleccionado- desde que aprendieron a usar de las mismas, notarían como ciertas facultades de la vida cotidiana disminuirían. Lo paradójico del asunto es que ha habida cuenta de estos fenómenos, serían las propias letras -o su espíritu- las que usarían a las personas a su antojo, medrando su existencia en la medida que estos requieren de las mismas, hasta llegar a un punto donde no habría retorno posible. 


Esto que durante su primera impresión podría parecer mera fábula, esconde de un sentido filosófico en relación a cómo nos relacionamos con el lenguaje cuando este pasa a formar un conjunto de letras o caracteres escritos. Una vez que nos vinculamos con las letras ya no sólo como un medio de comunicación o de expresión, sino también de comprensión y de conocimiento, el mundo que tenemos al rededor cambia consigo, adquiere más matices, o los pierde como el caso del texto. Ello acontece de tal manera porque si bien nos es imposible prescindir del lenguaje de cara a comunicarnos con otros en el día a día, una vez que este pasa a formar parte de un proceso de escritura, pasa a ser un pensamiento que se materializa en un papel, o en arcilla durante aquellos antiguos tiempos ¿Qué acontece entonces? Pues básicamente, que el lenguaje se transforma en pensamiento, un pensamiento que además de hacerse un texto que nos permite comprender el mundo, lo configura de acuerdo a los caracteres que ahí se plasman en escrito. Es entonces cuando el lenguaje sobrepasa su razón de ser utilitaria y convencional, y pasa a ser una problemática relacionada no solamente con la epistemología, sino que también con nuestra manera de ser y de estar en el mundo.


En una parte del relato, el anciano erudito llegará incluso a cuestionarse la primacía que tendrán las letras escritas a la hora de recordar acontecimientos históricos, ya que tanto sería su poder que no recordaríamos respecto a épocas pretéritas -e incluso, relativamente inmediatas- lo que acontecería en sí, sino que más bien recordaremos aquellos escritos que otros nos han legado hablando de unos acontecimientos de los que no sabemos a ciencia cierta si fueron así, o si se tratan de mitologías que los antiguos quisieron relatar así por intereses personales o políticos. Por lo tanto, el lenguaje escrito llegaría a alterar nuestra memoria histórica colectiva, como también aquella inmediata y personal, puesto que el viejo docto en sus estudios también se daría cuenta que la memoria de las personas disminuiría ante la necesidad de pasar todas aquellas que consideren importantes por escrito. Así, pues, una vez que se usa del lenguaje, y a este se le confiere una realidad materializada en los textos y en los libros, este adquiere la capacidad de alterar a nuestro imaginario y a nuestra cosmovisión, produciendo que haya un desdoblamiento entre el mundo efectivo, y aquel que refleja las letras.


Por lo cual, la razón de ser del lenguaje ya no se agotaría a un sentido de la referencia a los objetos, como tampoco a comunicarnos en relación a las cosas que hay en el mundo, pues adquiriría un estatuto ontológico superior en la medida que confiere realidad -y según el texto, altera- al mundo y al conjunto de las cosas que lo componen. En la medida que pasamos por escrito aquellas cosas que comunicamos mediante el habla, entrarían en juego muchos factores que provocarían que algo cambie en el mundo de quién lea aquellos escritos. Algunos de esos factores podrían ser la propia subjetividad de quién escribe, los intereses que tenga, sus objetivos, errores que haya podido tener… Esto juega una mala pasada no solamente a quién lee, también a quién escribe debido a la posible malinterpretación de quién lo lee, también a la subjetividad de este, al contexto, a las circunstancias... Así vemos cómo son más bien las letras las que juegan con nosotros, y no tanto nosotros con ellas. En apariencia, podría parecer lo contrario. Pero me pregunto ¿Cuantas realidades se han visto alteradas debido a la lectura de un texto, como lo podrían ser las revoluciones o las guerras? 


Así podemos contemplar el poderío que tiene el lenguaje escrito, y cómo este nos condiciona, y a veces nos límita en nuestra manera de ver y de actuar en el mundo. En el caso del texto escogido, vemos cómo algo ha cambiado en las vidas de quienes han aprendido a leer, de tal manera que su vida se ha visto condicionada por aquello que han leído, no siendo ya capaces de realizar de la misma manera tareas que solían hacer antes con facilidad. Por ende, aquel desdoblamiento entre la realidad efectiva y la escrita, ya no se disgregarían, sino que se fundirían. Y aquella relación de referencia entre lo escrito y el objeto, ya tampoco sería una mera conexión entre sí. El lenguaje escrito adquiriría un puesto tan relevante y elevado en nuestra manera de conocer y de movernos por el mundo, que lo más importante ya no sería aquello que se nos daría de manera directa e inmediata en el mundo, ahora lo primordial sería su reflejo y traducción en aquello que está escrito. 


De manera, que, las letras se convertirían así ya no únicamente en una sombra o reflejo de lo que nosotros entendemos por mundo, serían el mundo mismo. Al igual ocurriría respecto al pensamiento. Este ya no se limitaría a relacionar al objeto con su concepto, o a referenciar aquello que vemos. El pensamiento se vuelca tan dependiente de aquello que está escrito y que nosotros leemos que bien podría decirse que al igual que las letras pasarían a conformar el mundo en sí mismo, el pensamiento también lo serían las letras mismas. Es decir, el lenguaje escrito sería tan preponderante en nuestra manera de entender y de movernos en el mundo, que nuestra dependencia al mismo nos conduciría a afirmar que sin lenguaje no se daría ni el mundo ni pensamiento, ya que a estas alturas, sin el lenguaje no podríamos tener una cosmovisión férrea en torno a estas dos instancias.


Al final, nos acontecería lo mismo que aquellos personajes antiguos que nos narra Nakajima, perderíamos nuestra capacidad de vivir, de movernos en las actividades cotidianas, debido a que una vez aprendida la capacidad de leer los textos escritos, nos haríamos dependientes de los mismos, y estos configurarían nuestra visión del mundo, nuestra manera de pensar, de recordar, e incluso, de entender todas las cosas. Así vemos como el lenguaje y el pensamiento se encontrarían estrechamente relacionados hasta el punto de llegar a confundirse en uno sólo, puesto que sin lenguaje no habría manera de comunicar estos mismos pensamientos en textos escritos, y sin pensamiento, la necesidad de comunicarlos sería en balde. Y esto es algo de lo que no nos podemos deshacer por muchas paradojas que nos inventemos. El lenguaje escrito una vez que pasa por nuestra retina distorsiona, altera y cambia nuestra manera de vivir y de ver a la vida misma como metáforicamente diría Nakajima usando de la imagen del gusano que va devorando meticulosamente aquella nuez.


Ya sería una reflexión de cada uno contemplar esto como una enfermedad, o como una pérdida de ciertas capacidades para ganar otras. Al cabo, lo que acontece con el lenguaje es lo mismo que ocurre respecto al pensamiento -como anteriormente hemos dicho-, y es que quienes van adquiriendo conciencia de las cosas, y van teniendo un conocimiento mas genérico del mundo en su plenitud, normalmente suelen perder otras capacidades que tendrían aquellos otros iletrados, o gentes que no se han ocupado en cultivarse intelectualmente. Esto, lejos de ser un insulto o una ofensa hacía quienes han preferido quedarse en cierta ignorancia, supone siguiendo el cuento de Nakajima, una cierta apuesta por un utópico mundo sin necesidad de letras, y una critica a las mismas. Sin embargo, ello a estas alturas es un imposible, puesto que el lenguaje escrito y el pensamiento se han aunado hasta llegar a ser uno solo. Nosotros somos, entendemos y nos movemos de acuerdo al lenguaje, y opinamos, sabemos y aprendemos respecto a lo que otros han escrito. Y si pretendemos revelarnos contra ello, y avisar a otros de los posibles prejuicios que nos pueda ocasionar el lenguaje escrito, probablemente nos ocurra lo que al protagonista de esta historia: que acabaremos aplastados por unos inmensos bloques de arcilla, o en nuestro caso, por una estantería repleta de gruesos libros. 

jueves, 13 de agosto de 2020

Sobre la escritura

A la hora de comunicar por escrito los pensamientos pueden darse diversas díficultades y ambigüedades, las mas sencillas y reconcentradas pudieren ser la escasa claridez de conceptos de su autor, o una anomalía en el entendimiento del lector, quizás parte de ambas cosas. Es preciso recordar una verdad perceptiva e intelectual que nunca está de mas volver a traer a la memoria, ella nos índica que el entender -el acto mediante el cual el entendimiento ejerce su función, y entiende de aquello de lo que se escribe o se habla- consiste en la acomodación del entendimiento con el objeto, y del que nace el concepto. Es decir, mediante los sentidos primordiales -en su mayoría la vista, pues la visión es de estirpe divina- se capta aquello que posteriormente se percibe, y de ahí el entendimiento lo abstrae y lo eleva al concepto, lo cual después se pasa a escrito para comunicar a los demás ya no sólo lo que se ha percibido, sino también el concepto que conlleva inscrito en su seno. Por ejemplo, veo una alondra sobrevolando el tejado de mi casa, y contemplandolo infiero que lleva una rama en su pico, y entonces escribo: "La alondra vuela fugazmente sobre la superficie de mi hogar, y por lo que parece va buscando donde anidar" Como puede verse, mientras se lee, pasan en el entendimiento imagenes, que posteriormente pasan a ser concepto, y uno además que nos advierte el orden natural, y concretamente, las causas y los efectos.

Muchos suelen usar de lo enrevesado para comunicar un despilfarro de pensares sueltos, mas ha de saberse que el buen decir no por ser luengo y extenso queda mejor dicho, normalmente acontece lo contrario, puesto que lo conciso habla suficientemente de sí. Mejor agudizar la intensidad que no la extensión, pues la intención se mostrará con mayor razón de ser, que no cubierta por un manto inventado. Es preciso reconcentrarlo todo sobre el concepto, afinarlo y pulirlo de accidentes en demasía que nos alejan de lo central, de la esencia que se comprende al penetrar el núcleo del asunto. Ello tampoco quiere decir, que haya que eliminar todo el decoro de una prosa elegante y que conoce de laberintos, y que usando de ellos nos llevan al tesoro recóndito, pero tampoco es lo suyo cargar de sombras y oscuridades aquello que debe asemejarse a la claridez y a la luz. Normalmente esto ocurre en los escritos académicos, los cuales se cargan de tecnicismos, y se establecen una serie de páginas como máximo o mínimo, que provocan un ambiente hostil y de confusión. Quienes usan de estos formatos, si algo son capaces de transmitir es su confusión y perplejidad hacía lo que no entienden, y ello obviamente nos provoca que nosotros tampoco lo entendamos, se diría que nos meten en una cueva muy oscura y luego tienen el descaro de no mostrarnos la salida.

Hay veces que es necesario dar vueltas a un asunto que tiene su complejidad, mas también se deben dar atajos lúminicos que permitan que el lector tenga atisbos del concepto al cual el autor quisiera llevarle, para que así la conclusión atienda a un precedente, a su desarrollo, y a su cúlmen. Así como los entes tienen su substancia, así también los asuntos que versan sobre las cosas comprenden de una esencia, de un orden de coherencia que quién escribe debe dar a entender para dar profundidad de concepto e íntima comprensión del asunto que usa de un cúmulo de conceptos, y siempre del particular al universal, jamás a la inversa. Creo que no es necesario advertir, que si quién escribe no ha entendido en su totalidad las vicisitudes de aquello sobre lo que escribe, lo mejor que debería hacer es callarse, y esperar a comprender mejor sobre aquello que escribe, como bien ocurre hoy día que mucho se escribe sin enterarse el propio autor de lo que está escribiendo, ni mucho menos a dónde quisiera llegar.

La escritura bien pudiera asemejarse a los rastros que podríamos encontrarnos en una senda que todavía nos es desconocida, y que recorremos con tiento. Ahora bien, no nos parecería acertado que se nos velase, pues el camino ya es, conviene a quién escribe delinear la verdadera senda en vez de la errada. No me refiero a que nuestra tarea sea meramente descriptiva, sino que muy al contrario esta debería ser la de desterrar lo que se encuentra profundo, y que gracias a los matices claros que nos presta el sol con la ayuda de nuestros propios ojos, se conozca el núcleo de aquello que procuramos explicar, aquello que queremos dar a entender, y que lo hacemos porque lo entendemos, y así se lo queremos comunicar a otros.

De todo lo dicho, adolecen mucho los supuestos escritores de nuestro tiempo en comparación a los inmortales clásicos -tanto latinos como griegos, como así nuestros clásicos renacentistas y del barroco- que pensaban mucho antes de decir lo que llegarían a escribir, y que afinaban y reconcentraban el concepto para mejor darse a entender. Primero se daba la experiencia, la cual se resolvía en sus andanzas diarias y en su contacto con el mundo, extrayendo lo que de espiritual tienen las vivencias, y ya posteriormente, escribían aquello que habían averiguado en torno a lo experimentado, dábase el objeto para después llegar al concepto. Y así ocurre -y no es extraño- que quién profundiza en la cosmovisión de los antigüos, además de adquirir un mayor sentido común, suele ser mas ordenado a la hora de vivir y de escribir, comprende de un sentido aparejado con el orden que es debido, agudiza la razón natural, y esto podría llevarle a Dios desde el entendimiento, cuyas obras darían testimonio de una comprensión ya vivencial de la razón revelada, y con ambas, ser hombre de inteligencia y de bondad acorde con lo establecido por el Señor.

Como apunte final, advertiré que no solamente importa lo qué se dice, pues también se ha de atender a cómo se dice, tan importante es lo que es como el modo en el que se da lo que es, ya que sin un pulido modo en el que referirse, nos será mas complejo acceder a la concreción de lo que se es a través de la escritura. Nuestro modo de conocer tiene sus particularidades como hombres dotados de una razón natural, lo que tampoco quiere decir que debamos hacer incidir a los objetos tal y como son percibidos, como si nuestro entendimiento legislase sobre algo, o nuestra percepción antecediera a lo que primero ha de ser captado, lo que debiera hacerse es usar bien de nuestra razón y acomodarla a lo natural, a lo que se da de manera que lo que transmitamos sea lo mas fiel posible a lo que se nos muestra ante los ojos. No sería justo establecer fronteras donde se dan cercanías, no nos distanciemos del mundo, cuanto mas aparejados estemos a el, mas acomodaremos al entendimiento con sus respectivos objetos, y por ende, los conceptos se nos mostrarán mas nítidos y en este sentido, mas perfectos. Es esta una tarea que requiere de esfuerzo, de un arduo estudio que dura toda una vida, y de la que al cabo no sabremos si saldremos ilesos al menos desde la materia, ya que el espíritu comunicará según acontezca cuando nos llegue la hora postrera de nuestra vida terrenal, no así de la eterna que siempre perdurará. Sea así dicho, y sentenciado.

jueves, 29 de agosto de 2019

Cuestiones de conciencia


Los siguientes fragmentos o esbozos representan pensamientos inacabados, que no han llegado a patentarse en una unidad sistemática que entienda de una continuidad precisa. Probablemente, debido a ello, desconcierten en gran parte al lector, e incluso, le resulten algunos de ellos demasiado simples o vacuos para que se procuren de una reflexión profunda. En este sentido, siento desalentar a quién siga estas piezas en forma de letras, puesto que en verdad si se les presta la suficiente atención, logran divertir instruyendo a la vez. En verdad se las puede contemplar como una serie de confesiones íntimas en dialogo interior que intentan atrapar una universalidad a partir de lo fragmentario, para así quién lo lea, pueda sentirse tanto criatura-espectador como creador-artista. Cada uno, en cuanto participante de lo que lee, deberá responder y completar las preguntas. Sea así.

Desde mi lugar campestre, este hidalgo os lanza sus bendiciones.
Vale.

- La ausencia se responde a sí misma. Se diría, que juega con su no-estar, su no-presencia yéndose llega.

- Recordar la mañana que ya se ha ido siendo de noche produce dolores tanto físicos efectivos como morales afectivos, su curso así culmina en desesperación. Últimamente me siento en perpetua tristeza buscando la alegría. Rememoro los tiempos felices que ya no están, habitando en las sombras de las melancolías actuales.

- El soplo del viento adquiere una realidad admirable en cuanto cerramos los ojos. Así, el mundo exterior se desvanece para dar entrada al mundo interior, resultando este último el más importante, el que nos confiere conciencia… El sentido, entonces, se aparta, y da entrada al espíritu que desconociendo comenzará a conocer algún día.

- Fiel a mi mismo y mis convicciones, me alejo de los demás. Y no puedo evitar que irremediablemente acabo temiendo, que, de los pocos que están se puedan marchar.

- Soy desagradecido respecto a la sinceridad recíproca. Pues cuando sonrío, en verdad es una treta mediante la cual oculto los sollozos, que afluyen cual rio vespertino hacía las profundidades del mar abisal. Aquella oscuridad y la incertidumbre que provoca, me aterran.

- ¿Quién soy yo? ¿Y qué me hago de mí mismo? Solamente sé que soy uno que vive en la medida de lo posible y de mis fuerzas. Ello, claro está, si se puede considerar que uno está viviendo cuando se nutre del recuerdo y de fantasías tanto propias como ajenas… En tal caso, yo sería más bien una persona que quizás ya pasó al arrastre desde hace tiempo, y que no obstante, insiste en perpetuar su existencia ad infinitum.

- ¿Por qué insistiremos cuando ya no merece la pena continuar? Es inevitable, siempre se busca permanecer en la vida aún en las condiciones más pavorosas imaginables, aunque sea en la indigencia. El suicidio es una indecencia, un insulto dirigido a quién nos dio la vida. Sin embargo, quiénes al cabo perecen así, suelen suscitarme compasión. Y, por lo tanto, merecen ser salvados.

- Siempre pensé en al escribir mi última carta, esta culminase así: “¡Adiós, camaradas! Yo hice lo que pude” Pero, al final, siempre termino aplazado la llegada de la muerte porque amo la vida a pesar de las desdichas que conlleva ¿O quizás sea porque me horrorizan las despedidas imprevistas?

- El horizonte, el campo al descubierto, prados inacabables, el mar con su fluir, un cielo amaneciendo, la noche y sus estrellas… Son incentivos que me dan esperanza, me animan a creer como el que teniendo sed se limita a beber.

- Y otra vez, la misma imagen incrustada en mi memoria que pugna por mantenerse ocurra lo que ocurra. Se arrastra en los momentos sucesivos, hay veces que hasta parece desvanecerse… Después, sin que yo la llame, acaba retornando y los latidos de mi corazón aumentando.

- “¡Por favor, déjalo ir! No hay que preocuparse en vano, tú continúa con lo tuyo y lo restante, es en base al destino y a los escudriños de la Providencia”  ¡Oh, son tan fáciles de pronunciar estas acostumbradas palabras de cortesía para quién le da igual lo que le pase al prójimo, y vive creyendo que libertad es responder a las apetencias carnales! En lo que a mi se refiere, sencillamente digo que, si nos amarramos al dolor soportándolo y procurando ir más allá del mismo, nos hacemos mas fuertes en base a sufrir en las luchas que nos acometen a diario, aunque sea a las veces, gratuitamente. Hemos de permanecer fieles, no a nuestros caprichos, sino a lo que con esfuerzo y perseverancia podemos llegar a ser aprendiendo de la guerra.

- Solamente limitarse a soñar es una banalidad, y querer instalarse en el mundo real una fatalidad ¿Qué hacer, pues?

- Si vislumbráis una senda desierta y solitaria, tened por cierto de que se trata de mi camino. Me agobian las multitudes, pero cuando estoy en soledad, en contacto espiritual conmigo mismo y mis pensamientos, me siento aliviado y curado de toda superficialidad mundana. Hasta que, sin quererlo ni apetecerlo en un principio, llega aquel estremecimiento que me hace tambalear en cada uno de mis pasos. Ello significa e implica que estoy ante un abismo sobre el cual no puedo invocar la fortaleza suficiente para lanzarme y conocer su culmen. ¿De verás soy tan cobarde? ¿Por qué jamás estoy conforme? ¡Ay, me encanta contrariarme! Lo cierto es que tal estado también me deprime.

- La fe, todo es cuestión de fe. La recuperamos tan fácil como la perdemos ¿Qué clase de juego endemoniado es este? Parece que vivo en una inmensa tabla de ajedrez encerrado en un castillo, siguiendo un mismo movimiento y cuyo rumbo desconozco del todo pese a que se da durante repetidas veces. Advierto, con aquel horrible miedo que tanto aborrezco, que nadie atiende a unas reglas ni a un orden determinado en este juego ¿Quienes serán los vencedores? ¿Quienes los vencidos? ¿Existirán, acaso?

- Todo en el mundo desde su exterioridad me resulta vanidad. Cada uno a lo suyo, y de lo que tal vez les sobre a esos repugnantes mangantes, lanzan unas migajas a los demás ¡Qué delirio! Yo no quiero ser así.

- Una luz alumbra el final del foso, en resultas del cual desde hace tiempo vengo cayendo. De vez en cuando, me aferro a alguna rama y espero a ver qué ocurre. Y, como cuando hago aquello, veo que la luz continua su curso, yéndose cada vez más lejos, vuelvo al acostumbrado camino de perdición desfalleciente, y así, constantemente. “¿Merece la pena?”- me preguntas. Las penas lo merecen, no tanto las lágrimas que suelo lanzar mientras ellas caen en dirección a la luz ¡Ojala ellas lleguen!

- Soy lo que no he visto en su totalidad, aún a pesar de que puedo presentirlo mediante una intuición no del todo formada. Algo indeterminado que camina al vacío, allí donde nadie desea asomarse. Esa es la razón de que a la menor mirada impensada que osa penetrar tan inhóspitos lares, me provoca el sentirme incómodo.

- Una caricia, aquel tacto tal halagador que nos suele sorprender si no estamos acostumbrados. Puede que lo único que lo supere sea el beso, su leve roce en llamas, tímido cuando éramos inocentes… ¡Ay, ya estoy imaginando en vez de fundar mis actos en acciones en torno al mundo real!

- Nostalgia y melancolía: mis palabras preferidas. El nunca retornar, y sin embargo, siempre insistir en lo que ya se sabe de antemano imposible. Se ansía ver resurgir lo que ya murió, y si bien la racionalidad nos aconseja que carece de importancia, para la pasión es precisamente el asunto primordial y que no podemos dejar en balde.

- En este mundo (pese a su estado aparencial) no hay secretos, nada está encubierto para quién tenga los ojos bien abiertos. Y si uno adquiere cierta agudeza en el espíritu (recordemos, cuerpo y alma a su vez), es capaz de desentrañar lo que los vulgares pretenden velar sin conseguirlo ¡Qué ignorantes! Se piensan a sí mismos sagaces siendo tan superficiales…

- Los principales vicios que hacen enflaquecer al sentido moral interior son: el dinero, afán de poder, acumulaciones materiales, convulsiones lascivas… Estas cosas nos llevan a pensar necedades y a ejecutar actos demenciales. Sólo nos puede librar de ellas un ánimo impenetrable junto con un corazón honesto y noble. Quisiera lanzarme de aquella manera a tales altitudes.

- Tinieblas que esconden nada más que sombras en su mayoría… Confío en la salvación universal, necesito creer en el bien para no desesperar. De lo contrario, sin posibilidad de iluminación; ¿Para qué continuar? Aunque también sé que es imposible detenerse.

- Tanto el vivir como el morir me espantan ¿No hay nadie que recoja mis sollozos en una cuchara?

- Que vengan los que se fueron y se larguen los que vinieron. La constante contradicción, el impulso que me lleva hacía dónde desconozco.

- Hay demasiada maldad en cada lugar, mucho dolor provocado por los injustos, daños lanzados a diestro y siniestro… Y todos aquellos factores se incrementan y me entristecen.

- La balanza sigue su acostumbrada función. Y, mientras tanto, el mismo punzón amenazante se me clava en el cuello ¿Por qué…?

-  Voy andando mirando al suelo ¿La razón? He sido vencido en batalla. Otros días, alzo la cabeza, la mantengo erguida un momento hasta que me acuerdo de mi vencimiento, y vuelvo a estar cabizbajo ¡Qué desdicha la mía!

- Cuando acudo a la ciudad (lo que ocurre raras veces) solamente percibo la vulgaridad y decadencia ajena y su vacuidad en asuntos espirituales, que son precisamente los que elevan al hombre por encima del resto de los mortales. Esto quiere decir que en su mayoría los hombres son estúpidos, no ven lo que tienen ante los ojos y no merece la pena ni la molestia el procurar conocerlos en su masificación.

- Una tempestad arrecia en el exterior, mientras que en mi interior acontece una lucha que recuerda a la fuerza de la tormenta que se está dando durante estos mismos instantes ¿Cuándo caerá el rayo y me partirá en dos mitades? Quizás, así, logre entender.

- Dos bifurcaciones en el camino: el ancho de los demás, y, el estrecho que es el mío. Ya llevo algunos años recorriéndolo con tiento respecto a mis pisadas, preveo que tarde o temprano me encontraré con alguna trampa de la que jamás lograré escapar.

- ¿Soñar o vivir la vida que suelen designar como la real? No sé cual de ambas es preferible o desfavorable para mí. Y en tanto que esto voy pensando hacía mis adentros, me acabo durmiendo. Ya adivinarán vuestras mercedes mi decisión inconsciente.

- Ella nunca volverá. Una vez que se admita este principio se podrá vivir con soltura, aunque, inevitablemente termino por engañarme a mi mismo con mi pensar faustico, y sigo animando a la ruleta a que siga girando como desde siempre.

- “¿Hasta cuando?”- susurra alguna voz que visita mis dominios “Hasta cuando no haya nada que hacer”- responde otra voz impertinente. “Hum, -digo yo- la pregunta no ha sido correctamente respondida”

- Llega un aroma que nos recuerda viejos tiempos, y con ello, nos estremecemos sin buscarlo. La fragancia, entonces, comienza a tomar forma y se hace imagen, nos transforma. Aquella, sin venir al caso, lanza palabras que nos pareces aleatorias, y dudamos. Al final, después de un rato, se desvanece. Y es cuando nos preguntamos: ¿Bajo qué propósito e inusitados ordenes celestiales me sigues haciendo daño por capricho? ¿Alguna vez cesará este remordimiento interno que siento?
No lo creo, este pavor me perseguirá hasta la muerte.

- En ninguna otra ocasión nos sentimos tan solos (en su sentido negativo, ínfimo) como cuando estamos rodeados por una gran multitud. Y, en contraposición, nunca estamos tan bien acompañados si no lo es en los momentos que nadie perturba nuestra soledad interior (ya desde una perspectiva positiva, purificadora) Estos conceptos, aplicados a situaciones concretas no son azarosos, se tornan provechosos si se los medita convenientemente.

- La pregunta esencial de nuestra existencia versaría algo así: “¿Cual es mi papel en el mundo?” Otros, no prestando atención a estos sutiles detalles, no saben ni lo qué es un papel, ni mucho menos qué es el mundo ¿Dónde me encontraría yo mismo? ¿O tú?

- Me dedico a esperar lo inesperado y a ofrecer lo que no puede ser prestado ¿Cómo será que me siga sorprendiendo que mis expectativas jamás se satisfagan?

- Poco importa pasear, correr, nadar, volar, andar por allí… Lo circunstancial es que el movimiento se resuelva desde lo intrínseco, lo restante son meros añadidos.

- Muchas veces la salida resulta ser desde donde se comienza, y cuando se empieza se hace desde el final ¿Alguien me explica la razón de este sentido inherente, del cual, no podemos escapar a pesar de cualesquiera esfuerzos? ¿O si podemos hacerlo efectivamente?

- Aquellas noches en las que nos negamos a seguir en estado de vigilia son en las que antes nos despertamos soñando.

- No quiero llegar a afirmar o a negar premeditamente sin tener vislumbrados los principios, mas no puedo evitar la declaración que se libera.

- ¿Hasta dónde llegaremos a este paso? Mirad hacía dónde no se ve nada.

- La esperanza hasta ahora no se ha asomado, y así, nos la inventamos como hacemos con nuestras verdades. En tal caso, podemos continuar incluso con el cuerpo magullado y repleto de heridas.

- ¿Qué resulta realmente sincero e indubitable? No lo que se nos antoja, sino lo que se nos impone como algo que no podemos detener y nos impulsa.

- Libertad, siempre la libertad aún siendo esclavos.

- Mantén la espada en alto, después mira al rededor y pronuncia lo que hasta ahora ha sido injustamente silenciado. Verás como si esperas un poco, oirás en forma de eco lo que se ha sido negando desde antaño. Resulta, pues, que si hay un oficio por el que persistir pendiente de un hilo, es aquel que dictamina lo que la gente no quiere escuchar. Que cierren vista, olfato y audición si les place, mas jamás reniegues de la verdad.

- ¿Justicia o Amor?

- Es cierto, descendí todo lo posible y cuando llegué al fondo, quise ascender. Supongo que nunca es del todo tarde para subir allí arriba, y si tras tantos arduos esfuerzos me quedo en el camino, al menos, tendría un hogar donde descansar. Es irónico que lo amé resulto ser mi sepultura.

- Y volveré a preguntarte: ¿Por qué?

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lunes, 12 de agosto de 2019

Meditaciones en soledad


Eran las tinieblas en el mundo exterior, nada podía verse, pues los ojos estaban sellados por los parpados. Un cuerpo se zarandeaba entre las sábanas, que advertía un incendio repleto de llamas, ardía ya por osadía, ya porque no le quedaba otra cosa que hacer. No obstante, algo acudía en el interior que refulgía, parpadeando incesantemente, una llamada que no quería ser del todo recibida. Todo era oscuridad, mas si uno animado por la curiosidad más impertinente, se atrevía a indagar en las oscuridades cual túnel sin fondo, podía encontrar un ánimo alegre que soñaba. Había vida allí donde parecían habitar las sombras, incluso, en la ciénaga más inmunda que cabría imaginarse, quedaban resquicios donde podría renacer lo inusitado.

Así, pues, como íbamos diciendo, algo que no podríamos sospechar con la mirada exterior resplandecía. Mientras tanto, la estancia se encontraba bañada por una luz artificial, fría, que ocupada prácticamente la totalidad de los espacios sucesivos. Estos acontecimientos externos son meros añadidos, acontecimientos insustanciales que arrecían nuestras expectativas, y de los cuales, nuestras sospechas procuran advertir que algo grande procurará acudir en cuanto menos lo esperemos. Nos hacemos los sorprendidos cuando ocurren tales momentos, aunque en verdad, todo sucede tal cual lo esperábamos en un principio, mas aún así, nos complacemos y disfrutamos con la espera.

Lo que ocurría en el interior, quizás sea complejo a la hora de expresarlo con palabras, pero lo intentaré en estos escasos renglones. Estaba soñando, aparecían diversas imágenes animadas por el impulso volitivo, algunas de ellas carecían de un sentido especifico o racional, otras, si que contenían un significado.  Estas últimas tenían un contenido relacionado con los recuerdos, y aunque algunos de ellos eran inventados -pues jamás ocurren cosas tan insólitas en la vida real- si que entendían de un hilo; algunas de estas cosas pasaron tal y como eran en su transparencia, y otras, estaban modificadas exagerando sus rasgos. Aquel era un ámbito extraño, que a su vez, resultaba complaciente, un descanso que comprendía de ascensiones hacía cielos fingidos y de caídas en torno a abismos profundísimos. En fin, este es el espacio reservado a todo lo relacionado con lo onírico, por eso su explicación resulta tan difusa y abstracta para quién lo escribe y todavía más para quién lo lee.

Quizás una de estas imágenes podría ser permanecer en los regazos de una mujer, que con sus rellenos brazos sostenían a este pobre hombre caído en pecado. Este, en la medida que agarraba la gran multitud de las mantas que le rodeaban, pensaba en la suciedad que le corrompía, no era merecedor de nada de lo que tenía, él lo sabía, y en su fuero interno se arrepentía. Caían sus lágrimas en los pechos de la mujer, y cosa rara para la mayoría de los hombres, no contenía en su corazón deseo alguno impuro, simplemente la abrazaba expulsando los demonios que en él habitaron durante tantos años. Ella le sonreía, sentía compasión por aquel desgraciado, y además, le amaba. Le quería como se quieren a los niños, aquellos que cometen una trastada y se dirigen hacía sus madres dando rienda suelta a sus sollozos. En esta ocasión, a ella,  no le invadía la sospecha de confundirse con su madre, pero tampoco podía negar que reservaba en su interior ciertas afecciones maternales. Mientras él seguía gimiendo de tristeza, ella le implantó un casto beso en los labios, un inocente roce del espíritu que le limpiaba de todo pecado. El mal había desaparecido, pronto debía comenzar el tiempo del bien, la verdad y la misericordia.


Aquel descanso en apariencia perpetuo, entiende de un comienzo y de un final, por ello en cuanto la luz se hizo, la vida comenzó de nuevo. Yo me desperté y supe que era aquel hombre. Añoré los regazos de aquella mujer celestial, que como un ángel cuidaba de mi alma infantil. Obviamente yo ya no soy un niño, pero me gustaría guardar esa cierta inocencia y confundirla con la bondad, bautizarme con aquella pureza nacida con la promesa de la luz.

Me levanté de la cama, y acto seguido, clavé mi mirada en la ventana. El tiempo era próspero, el viento fresco y el fulgor de la luz cálido. Hice los rituales habituales, la ordinaria rutina trascurría con placidez y con la lentitud acostumbrada. Un sosiego campaba a sus anchas, y yo, lo sostenía con el límite de los dedos. Esta soledad mía me resulta una bendición, la cura que todo espíritu necesita para eliminar la maldad que se forja en lo que unos señores con traje, bien vestidos, indicen en llamar “la civilización” con un tono tan arrogante como imperioso, a la par que orgulloso. Desprecio todo ese decoro impostado, lo rechazo por resultarme una naturaleza contraria a la mía “¡Ojalá me dejen en paz con sus tonterías!”- me digo a mí mismo cuando el recuerdo de gran parte de la gente que he conocido acude a mi memoria para acuchillarla con el sutil filo de los reproches ajenos.

 Como hace un día espléndido para dar un paseo, decido obedecer a tal piadoso deseo y voy caminando, disfrutando con cada uno de los pasos dados. Miró a mi al rededor y redescubro lo que ya miré en otro tiempo bajo distintos ojos, que aunque ya entonces eran los míos, no sabían mirar de la manera que hoy día lo hago. Los árboles que dejan caer diversas bellotas me traen fragancias de la infancia, y, las carreteras despejadas de coches me producen calma y la esperanza de un nuevo resurgimiento espiritual que se alimenta en mi interior cada vez que me dirijo al campo descubierto, con la ausencia correspondiente en lo que se refiere a las personas. Necesito hablar conmigo mismo, aconsejarme respecto a lo qué hacer ahora que nadie interrumpe con sus voces el curso de mis pensamientos, que ya afloran cual raíces matutinas.

Pero, de repente, veo ante mí una larga fila de bancos maltrechos de madera. Llevan tantos años aquí, que el tiempo ha hecho con ellos lo suyo. Entonces, acudiéndome cierta somnolencia, recuerdo a todas aquellas personas con las que estuve allí sentado y las conversaciones que mantuve mientras andábamos por estos despejados lares, lo que amé, lo que sufrí, lo que otros tuvieron que soportar de mí… Y en verdad, me arrepiento de tantas cosas, que el sólo rememorarlas produce en el interior la nostalgia de lo que se le fue y ya no es, a lo que se le suma, la impotencia e imposibilidad de volver a traer de regreso lo que ya posa en lo pretérito. Ya se sabe, el discurso acostumbrado de lo inevitable del transcurso del tiempo, que nos impide cualesquiera retroceso y reparación del daño causado. Así somos, tan contradictorios, siempre posicionados entre dos extremos que jamás convergen, y en cuya separación reside el sentido del vivir.

“Vamos a ver, ¿Qué me hago de mi mismo? ¿Quién diablos soy? ¿Y por qué estoy aquí plantado como si nada después de todo lo que me ha pasado hasta llegar al tiempo presente? ¿Soy un ángel caído? ¿Una bestia descarrilada que necesita ayuda? ¿Y de dónde podría venir aquella ayuda? ¿A caso existe alguien que pueda socorrerme?” - tales dudas nacen de mí en los paseos que suelo darme durante el atardecer, cuando el cielo resulta más hermoso y los pensamientos más pesados. Tanto que se me caen del alma, y causan tal dolor y estruendo que mi espíritu se tambalea, y llega a contraerse debido a las penas.

No hemos de olvidar, que pese a este sufrimiento -y quizás precisamente por el-, hay una posibilidad de redención, de una salvación que nos transforme y nos libere espiritualmente. Pues en el interior de todo hombre se encuentra el consuelo, pero ocurre que no solemos advertirlo por las distracciones y tentaciones que nos acosan de este mundo. Nos abochornan con palabras, nos confunden con sentencias, nos turban con sus pasos, nos obligan a ser quienes realmente no somos con sus obligaciones, sus leyes, sus costumbres para burros, sus dictámenes autoritarios… ¿Y nosotros qué hacemos? Nos limitamos a escuchar y contraemos nuestros rostros por tanto dolor, lloramos a solas y nadie parece dispuesto a atendernos cuando precisamente nos mostramos más humanos. Esperamos una llamada que nunca llega, la señal definitiva que nos redima, y después, todo en vano… La rueda que gira y gira de siempre, nosotros la recorremos como ratones que persiguen un ideal en forma de queso, y en nuestras incertidumbres, no lo atrapamos a pesar del esfuerzo. 

El fruto está ya caduco, a no ser que busquemos otra vía mediante la cual atraparlo, sostenerlo con nuestras enflaquecidas manos y llevárnoslo a la boca para saborearlo castamente. La cura se encuentra mucho más cercana de lo que pensamos, tanto que esta se haya en nosotros mismos. Hemos de comenzar desde dentro, y de ahí al mundo entero. Sí, es verdad, este es impío e injusto, pero aún existe lugar para el bien. Quiero decir, que todavía hay un hueco que todavía no se ha emponzoñado, si nosotros insistimos podemos plegarlo de bondad. Y que no os engañen, Dios no se encuentra en templos, cercado por muros que impiden un verdadero contacto con lo divino, oscurecido con interpretaciones oficiales impuestas por gente a la que no conocemos. Dios se halla allí donde habita la libertad, en campos abiertos como ahora los recuerdo, donde la verdad es un suspiro, una ráfaga de viento que nos purifica. Si se quiere orar como se debe, que no sea frente a una pared, en edificios extraños, mucho mejor es en las entrañas de la naturaleza cuando los pájaros cantan y la totalidad de los seres vivos se muestran unidos en armonía.

En lo que a mí respecta, solamente me queda por dar amor, encontrar a Dios por mí y desde mí mismo en el interior, allí donde las profundidades pueden ser iluminadas. Afirmar, decir sí  y estar dispuesto. Negar al miedo, procurar vivir conforme a Dios, pero no porque me lo impongan como una necesidad desde arriba, sino por la salvación de todos. Necesito alejar todo mal, buscar el bien en cada hecho. Hacer de la fe un obrar. Quiero, en fin, vivir y morir como un hombre cualquiera en esta tierra, y aunque se busque también la eterna, queda el soñar con que el paraíso sea tan similar a estos  beatíficos prados, que apenas se pueda percibir la diferencia. Abrir, cerrar los ojos, marchar y regresar al amado hogar. Ser recibido allí, y después de tantas luchas, descansar. Pues en cuanto paremos, los cielos se nos juntarán con la tierra, y todo lo que hayamos hecho y dicho será una fábula que volverá a ser escrita. 

jueves, 13 de junio de 2019

Donde se narra acerca de una inesperada visita que tuvo este quebrado hidalgo

Estando cercano a la puerta principal e interior de mi hogar, me encontraba atravesando el pasillo en busca de saciar mi hambre y sed yendo hacia la despensa, pero como no estaba muy llena y lo poco que había no me saciaba -exceptuando un poco de ligera agua- decidí volver sobre mis pasos para retornar a la parte de arriba. En este paseo cotidiano tan acostumbrado como ordinario pude oír un golpear en la puerta exterior y un sonar el timbre al ser dado repetidas veces. Mi discreta curiosidad me hizo entornar la puerta no del todo para ver sin ser yo mismo visto, y al no ser suficiente, no me quedo otra que salir completamente y averigüarlo como se debe y suelen hacer las personas de mediano calibre.

Nada mas abrir la puerta pude ver un rostro que me era familiar, aunque me fuera complejo de discernir, debido a que la lejanía del tiempo había nublado mis recuerdos, de tal manera que mi yo de antaño olvidó sus préteritas concepciones y experiencias, y si estas eran recordadas lo eran mas bien por reminiscencia. El caso era que me encontraba delante de una persona que pertenecía ya a un pasado muy lejano, y el impacto que me produjo el volver a verle produjo cierta alteración del instante presente, pero ya recuperado del susodicho percance en lo que se refiere a lo ya dicho, pude percibir un ser jovial con unas melenas rubias y unos ojos que se centraban en lo que tenían delante y poco mas parecía importarle.

Saludé con cortesía al no recordar a la perfección los aconteceres que nos unían mientras que él con la debida educación correspondió a mi cordial saludo. Como buen acogedor de visitantes inesperados le invite a atravesar el umbral hacia las puertas de mi casa, y él como buen invitado hizo lo suyo. Nos sentamos en unas sillas que tengo en el jardín reservadas a tales ocasiones especiales -pues he de advertir que no recibo demasiadas visitas-, y con una copa de vino en las palmas de nuestras manos comenzamos a entablar una tibia conversación:

- La verdad es que no sé lo que decirle -apunté- si bien me resulta claro que entre ambos hay unos lazos de intrinseca amistad que nos atan, me resulta extraño tan repentina visita. Quiero decir, que no me desagrada, pero que tan tantos años que han pasado desde aquello me sorprende el verte por estos lares.

- Yo tampoco pensaba volver -sentenció con recia voz- pero no obstante, las circunstancias precedentes me han obligado a acudir allí donde no pensaba presentarme jamás ni aunque lo soñase.

- Dígame, pues.

- Le he observado durante unos cuantos días y he notado cambios, también he leído sus recientes escritos y siendo sincero me parecen una bazofía: temas repetitivos, mal uso de la subordinación de las frases, pedantería a rabiar, cultismos sin razón de ser, arcaísmos para dar un toque intelecual que sin duda usted no tiene, divagaciones gratuitas, disgregaciones constantes, contradiciones incesantes... Y no se yo que más cosas apuntar... En fin, un desastre que además me resulta desagradable. Se ha vuelto usted un farsante con esa rétorica ficticia que ha creado, y después, ya se con lo que me vendrá, con sus preguntas impertinentes del tipo: "¿Y qué es realidad para usted? ¿No soñamos nuestras vidas constantemente? ¿No admites que el oficio de aquel que escribe ha de ser el de alejarse de las convenciones para tender a la exageración? ¿Qué hacemos de nosotros si no inventamos?" entre otras cursilerías por el estilo. Y ahora, yo le pregunto: ¿Dónde está su golpe de gracia? ¿Dónde se encuentra su ápice de destrucción? ¿Para qué tanta presunción sin revolución?

- Yo no sé de dónde proviene esa obsesión que tan de moda está ahora -dije un tanto ofendido- de criticar, destruir, quebrar, hacer colisionar sin construir un discurso medianamente coherente. Esas nociones tan insostenibles han de haber nacido de vacuos ideales cuyo surgimiento tiene que haber tenido origen en épocas decadentes donde la obsesión por la acción ha destruído todo pensamiento. Los ideales supuestamente revolucionarios y posteriores a toda modernidad -aunque bien pudiera ser que ya este problema se hallase a comienzos de la misma- mucho critican y nada establecen, son como los fuegos artificiales que mucho ruido hacen para que después diga su conocido discurso el silencio. Mire, yo soy de los que opinan como aquel jesuíta zaragozano llamado Baltasar Gracián que la sabiduría nada vale si no tiene su aplicación práctica, entendiendo a la misma desde la luz de la vida cotidiana, pero no hay que olvidar que ambos lados se compenetran entre sí, no hay vida sin pensamiento ni pensamiento sin vida. Pero, no obstante, ha de haber un fundamento, un comienzo estable que de origen a toda espontaneidad. Necesitamos de un sentido que pugne contra las irracionalidades actuales. Y si somos todos unos locos, tengamos el valor de admitirlo diciendo: "Yo me muevo porque sí, pero al menos, no dudo de mi impulso y estoy seguro que si me esfuerzo llegaré a apoyarme sobre algo donde a partir de lo cual podré construir una pequeña cabaña en mitad de estas sendas pese a no tener respuestas totalmente certeras del comportamiento de la naturaleza. Y con todo ello, no pienso desistir en mi búsqueda" Así que en vez de cegarnos con nuestras propias sombras y negarnos con las palabras que vociferamos, comencemos por replantearnos quienes somos nosotros mismos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar si nos atrevemos a luchar junto a las raíces de la sabiduría de todos los tiempos.

- ¡A eso me refería con lo que dije antes!- exclamó interrumpiéndome furibundo- Ya está usted con sus acostumbrados discursos, bien tenía en cierto aquel pensador alemán que aquellos que presumen de escritores y poetas suelen mentir muy de vez en cuando. Y ello mas podría aplicarse en su caso, en el cual advierto cierto estado de indisposición en lo que viene a referirse a su manera de dirigirse a la gentes, tan disoluta e inestable que atenta contra lo que fué en tiempos pasados. Antes, tan gallardo y revolucionario,  y ahora, convertido tras sus funestas experiencias en un títere dirigido por una mimesis contradictoria y afincado en ilusiones inestables.

- Aquel pensador que usted ha citado -torné a interrumpirle yo también siguiendo nuestras amadas costumbres españolas- fue un tal llamado Friedrich Nietzsche que puso en boca de su creación Zaratustra lo dicho, y dijo aquel su autor tantas necedades como lindezas puso en su personaje. Pues él mismo era un poeta, y en cuanto tal, se llamó mentiroso a sí mismo para que no le prestasemos atención en demasía. Y respecto a lo que usted arremete a mí persona -o personaje, pues yo también soy criatura visto desde la divina altura- has de advertir que soy cambiante como todo lo que está dispuesto por estos mundos, aunque mantenga algo inquebrantable en mi interior, que es lo que aquellos sabios antigüos llamaron esencia. Además, en cuanto hay dinamismo en los pareceres de uno, quiere decir que también hay inteligencia y culto, puesto que todavía ha emprendido -y seguirá emprendiendo- las aventuras de los pensares y las desventuras de las penas consiguientes.


Dicho lo cual, mi inesperado invitado se levantó furioso, y sin responderme, arrastró una silla cuanto mas atrás pudo para levantarse e irse. Mientras se iba alejando yo lo seguí con mi mirada atenta a cada uno de sus pasos, y antes de cerrar la puerta dando un portazo cuyo eco retumbaría por toda la calle dijo bien en alto para que se oyese: "¡Viva yo!" Después, dí un par de tragos a mi copa de vino satisfecho de haber dicho y hecho lo que creía que debía hacer tanto por sentirlo como por haber dado forma gracias al pensamiento a los sentimientos internos. Y por tanto, proseguí solitario como de costumbre, pero contento con la ausencia de compañía manteniendo la mirada imperterrita a los cielos suspirando y diciéndome a mí mismo: "¡A Dios sea!"

sábado, 8 de junio de 2019

Entre papeles

Durante una tarde sosegada, yo regalaba mi vista con lo que se encontraba ante mi ventana, así me asomaba queriendo hallar lo que me faltaba. Veía un gran número de fachadas, entre las cuales, se intercalaban los árboles como así los trazos de los caminos con los arbustos. Con mis ojos anotaba cada uno de los movimientos, palpando con la mirada lo inalcanzable a las manos ¿Pero qué es aquello que se busca sin jamás encontrarse? Pues podrían ser muchas cosas, pudiera ser lo que está escondido, lo recóndito de todas las cosas presentes aunque camufladas, veladas ante nuestros ojos por un capricho del destino "¿Por qué ha de ser así? ¿Existe una ley que haya de regirse de tal manera?"- así pensaba yo, navegando entre preguntas como aquel que se introduce en un oceano sin regreso posible al amado hogar.

Con estos pensamientos míos decidí acudir con un leve impulso de mi silla andadora a la parte donde se encontraba mi escritorio. Sobre el había diversos objetos, todos ellos alimentados con una parte de mis añoranzas de la infancia como lo eran: un timón que dirigía su navegación hacía la totaldad del mundo, una fotografía de mi abuelo cogiéndome a mí yo niño en brazos, una pulsera dorada con su nombre, la entrada a Roma en una pequeña maqueta, rosas falsas aún amadas, piedras marítimas, entre muchas otras cosas... En el lado izquierdo pude ver el conjunto de mis cuadernos repletos de escritos inacabados de los que cogí uno de ellos. Abriendo una página cualesquiera de un conjunto de poemas narrativos, pude leer el que sigue que se titulaba "Niño":


"Érase una vez un niño


muy pequeñito,


que soñaba con volar


sobre los árboles,


para así atravesar su mundo


y poder habitar los cielos


junto a los ángelitos,


aquellos que le cantaban semejante


a las nanas de su madre.


Como pasaba hambre,


decidió buscar bellotas


al bosque, pero caminó tanto


tantísimo que llegó a una ciudad imponente


allende al monte.


Allí, en un principio, le recibieron todos


con aplausos y fulgores,


más una vez pasado el tiempo,


se acostumbraron a él


y comenzarón a ignorarle.

Andaba entre los hombres


como un fantasma, peor aún:


una sombra de un fantasma


ya muerto todavía


en vida aparente.


Poco a poco -como todos-


fué creciendo; le encantaba curiosear


lo que otros hacían


para averiguar


cuán diferente era él mismo.


Lo que más le gustaba era


quedarse mirando hora tras hora al mar,


viendo como las olas arrastraban las conchas


a la playa; y como unas desvanecían


postradas en la arena, y otras,


morían para él en cuanto partían.

Un día, optó por quedarse


con una de esas conchas,


a la que llamó Soraya.


Llevándola a su casa,


la cuidó como a ninguna,


e incluso, la acariciaba


como a su tesoro más preciado.


Años mas tarde,


ella también se fué para siempre,


como todas aquellas personas


-ya sean ficticias o fingidas,


reales o novicias-,


que en tiempos préteritos


había conocido,


y de los cuales,


amó y siguió amando en el recuerdo.

Cada vez, estaba más viejo,


y llegó una noche


en la que se encontraba tan cansado,


que contemplando


un lucero -tan grandioso como desolado-,


le recordó a sí mismo cuando niño


era creador y no le importaban


los pensamientos ajenos.


Así, pues, se quedó en el sitio


mirando el astro yéndose apagando,


hasta que tan oscuro le pareció


lo que estaba a su alrededor,


que se durmió, y desde entonces,


no sabemos lo que ocurrió:


si murió en la nada, si vivió el sueño eterno


o si simplemente se marchó


para desnacer viviendo."

La lectura me dejó largo rato en suspenso, dudando acerca de los significados que había escrito, procurando recoger las impresiones que me llevarón en aquel tiempo a expresarme en tal forma como lo había hecho. Y en vez de lo dicho en sí cuyo resultado es lo que se ha quedado en las letras, recordé dónde lo escribí y cómo me encontraba. Vino a mí aquella salida de la biblioteca que lindaba con el universitario jardín, allí había unos pétreos bancos donde yo me senté, iluminados y cálidos por el sol primaveral  estaban aquellos pedruscos que me servían de asiento. Mientras iba escribiendo me sentía en soledad pese al estar rodeado de otros estudiantes que iban y venían de acá para allá, cada uno seguía su vida, y en la medida que partían de mi vista dejaban de existir para mí como las conchas cuando son arrastradas por las olas del mar hacia el interior como apuntaba mi poema. La tinta de mi boligrafo pasaba por encima de las hojas del cuaderno, y así el mundo me resultaba un verso incabado que yo procuraba completar sin conseguirlo del todo, pues siempre acababa por faltarme algo que no lograba dilucidar en su plenitud.

Ya despierto de la fantasía que supone el recordar, un volver atrás con matices distintos tras haber sido purificado el pasado gracias al instante, pasé una página adelante de aquel cuaderno. Y comencé a leer otro poema del mismo calibre bajo un tema distinto tan importante como lo es la vida y la muerte que siempre ha sido recurrente para mí, y que por tanto, de una o de otra manera siempre acabo tratando. Este se titulaba "Vivir y morir", un título muy simple para la complejidad que encierra en la experiencia:


"Atiende, caminante,


a la mudanza de mis sueños


aquello que traspasa


las fantasías de los hombres


y los pueblos, y los arrastra


a tierras y mares tan espirituales


como carnales.

El prado repleto


de amapolas y rosas niñas,


aún no del todo nacidas;


capullos en formación,


dentro del proceso natural de creación


siempre en ascenso hasta los cielos,


eran añoranzas infantiles


que amaban porque todavía


les quedaban esperanzas


de florecer como todo lo vivo


en las tierras de España.


A pesar de los cardos


impuestos sobre los caminos


por castigo divino,


rastrojos de otros dioses,


aún se mantenían en llama;


cual igneo elemento de la vida.

Somos todos presos obsesos


con las libertades -algunos


lo confunden con el libertinaje-,


un romper de grilletes


y liberar de cadenas,


buscamos imposibles


aún a sabiendas de que solamente


son realizables cuando los párpados


se tornan en ataudes cerrados.


Queremos, o más bien; ansiamos


con todo deseo y celo


- propio de un cautivo desdichado-,


desentrañar el misterio


y responder al sentido;


el por qué estamos vivos


y hacía dónde nos dirigimos.

Subimos cada vez más


en mayor grado,


contemplando las nubes


desde las alturas


saltando entre ellas


junto a la compañía


de nuestro hermano;


el gran astro, que constantemente


nos vigila, dios arcaico


de los primeros hombres.

Perdemos el oxigeno,


nos falta el aire,


caemos y otra vez


campo a través,


solos y desnudos como en el principio


de los tiempos ante la madre tierra,


labrando los suelos con nuestros pasos


y lanzado preguntas


en las noches solitarias,


que jamás nos serán respondidas,


pues nos están veladas.

Los cielos se oscurecen,


se vuelven de un azul marino abismal


dónde las estrellas resultan


amantes dispersas


que nunca serán nuestras,


más ellas, nos seducen,


amarrando nuestros corazones


a sus cabos, de manera que;


seguimos sus rumbos.

Llega de nuevo la noche,


siguiendo su acostumbrado curso,


aparece la luna con su palidez,


es aquella la que alumbra


los caminos y los dota


de ese matiz templado,


y nos invita a que los recorramos


con nuestros mutilados pies


debido al mucho caminar.


Los recorremos, los regamos


con nuestras lágrimas recientes,


y de esos charcos nuestros


nacerán las verdes hierbas silvestres


que otros verán en cuanto


sigan nuestras huellas


ya levemente camufladas


por la polvareda cenicienta.

Puede observarse mas adelante,


aquellos misterios nocturnos


de porvenires futuros,


plegados por las sombras


de los pecados que cometimos


inconscientes de nuestras faltas;


humana imperfección.


Desemboca la incertidumbre,


hay un silencio mortal,


aquel que nos cierra los ojos


para que cuando nos atrevamos


a abrirlos


sepamos que morimos"

Cuando escribí aquel poema recuerdo que era una mañana en la que me sentaba en unas mesas situadas en la tercera planta del lugar en el que estudiaba. A esas horas tan tempranas no había nadie, como mucho escasas personas que me negaban a mi la existencia al pasar desapercibido mientras la inspiración me iba dando las pautas según las cuales dibujaba poesía. A los treinta minutos aproximadamente guardaba mis cosas y me dirigía al aula que me correspondía pensando aquello que no debía, pero que era inevitable dada mi naturaleza que insistía en persistir allí dónde a sabiendas de la imposibilidad no le quedaba otra que introducirse. Llegar a cualesquiera lugar es un irse, la bienvenida que algún día dirá un adiós callado, un silencio que en la medida que comienza necesariamente ha de acabar, pero que aún así bajo la esperanza y la ilusión insiste porque sí, o quizás, bajo otro motivo que a pesar de estar en mí todavía está difuso para describirlo como debiera. Y por eso ahora tengo que sellar mis labios, guardar el secreto.

Una vez que hube terminado de leer aquel último poema y pensar lo poco mas arriba escrito, salí afuera y descubrí bajo mi propia sorpresa que ya era de noche. Me senté en el suelo de mi jardín y miré al cielo nocturno, que abismado contenía vida, o al menos, eso me dijeron el coro de las estrellas. Sentí el paso que nunca se detiene, la llegada del ascenso, la inmersión en el sueño verdadero, lo caminado aún por descubrir... Cerré los ojos y sentí que soñaba, y así era porque en realidad siempre estuve despierto. Dormir y vivir; dos reflejos que significan lo mismo como así la muerte implica un nuevo nacimiento, aquello que alcanzamos cuando lo conciente se vuelve vivencia.

domingo, 2 de junio de 2019

Un comienzo

Miro y me asombro, continúo mirando y no dejo de asombrarme. Puedo ver una luz tenue, abierta toda ella mostrándose como solamente saben hacerlo los elementos mágicos. Ya sea perturbación del intelecto, o mera alucinación mía que acude sacudida sin remedio, he aquí se da un nuevo comienzo. Se trata de un empezar que busca jamás culminar, puesto que todo principio ansía recorrer incesantemente nuevos caminos hasta la eternidad. Aquello de dar finalidad es simplemente una conjetura para quedarnos en sosiego, lo que verdaderamente queremos es lanzarnos por los derroteros de eterno. Y presumiendo no quererlo en apariencia, nada mas dejarnos solos como yo me encuentro en estos mismos momentos, nos ponemos a pensar sobre infinitos y cosas imposibles accesibles a nuestro imaginar.

¿Quién no ha soñado, y después, se ha quedado con su sueño en las manos desvaneciéndose lentamente al despersarse? Hubo un tiempo en el que le daba mayor contenido a lo soñado que a lo que realmente había vivido. Incluso, esa manera de establecer diferencia entre el estado de vigilia y el onírico me parecía una blasmefia. Porque al fin y al cabo, quién me negara que muchos de los movimientos que uno hace así los realiza animado por lo que en una noche le susurro lo soñado, o quizás; un fantoche, un personaje malogrado de alguna novela que provocó en el lector un signo de compasión. Si así te has sentido alguna vez no temas, yo mismo soy una invención que siente empatía hacia el resto de las creaciones.

Y hablando de comienzos y de lo creado en los principios, ¿No te has preguntado tú mismo en alguna ocasión si tu vida misma se resuelve en una ficción? Sin duda, muchas de nuestras vivencias mas bien parecen malas fábulas o poemas épicos inversos, pero yendo mas lejano al propio concepto; ¿No piensas que lo que se muestra ante nuestros ojos no son añoranzas permanentes que fluctúan entre el paisaje, y fundiéndose, se convierten en experiencias íntimas dignas de escribirse? En lo que a mí se refiere, he de admitir que me ocurre constantemente, y no únicamente cuando anochece y comienzan las dudas, porque para quién sabe de luces vive en un amanecer constante.

¡Qué de locuras habré dicho! ¡Y cuántas otras tantas diré si las musas así lo desean! Mientras tanto, yo mismo en mi espaciosa habitación, con una amplia ventana mirando al cielo aunque cerrada, y una puerta de madera que también me ha negado la mirada, pienso en mi estar donde estoy. Y pese a que suene redundante, es una afirmación muy importante. Es cierto que ahora mismo a mi al rededor contemplo muchas cosas que pueden advertir alguna que otra referencia a mi persona, entre ellas están los libros de mi estantería de los cuales algunos he leído, unos pienso volver a leer y otros solamente he hojeado, y también está mi pared que imita a la perfección las nubes de los cielos que se expanden como un lienzo al descubierto.
Un lugar sin duda propio de un soñador como yo lo soy, muy acorde a mi caracter.

Sin embargo, ¿Para qué tantas palabras? Ellas no significan nada sin alguien que las lea usando del deslizar de sus ojos sobre las diferentes páginas. Ambas partes se implican mutuamente, y de su choque, nace su sentido. Las respuestas a todo lo que nos rodea no son simplemente metáforas comprensibles por vía de relación, sino que son algo vívido de lo cual nosotros elevamos por diversión al universal. Sí, y de nuevo las aspiraciones, las elevaciones hacía donde no podemos pero queremos llegar ¿De qué nos sirve que nos señalen un lugar cualesquiera y nos impongan que tal espacio nos está velado? No nos importan las negaciones, queremos persistir y afirmar una verdad disparatada. Y por eso, a modo de ejemplo, aún buscamos a Dios aunque muchos nos digan que nos es imposible alcanzarlo, porque aún a sabiendas de que esto es cierto, como así dijo San Agustín: si uno le busca es porque ya le ha encontrado.

Estas páginas en blanco repletas de letras negras se han ido rellenando porque hay una esperanza ¿Pero cuál será? ¿A qué poner tanto empeño insistiendo en lo que nos dicen las gentes que es un hueco vacío del que nada podremos sacar? No obstante, como aún siendo amante de las palabras, prefiero que hablen por sí mismas las obras, lo dejaré en suspenso, con un punto que se dilata por encima del abismo, y cuyo punto de partida, e incluso, su llegada, nos es tan inesperada como incierta, pero muy suculenta al imaginar. Y en tal manera, diestra y dispuesta a jamás detenerse en las sendas de la vida frente a un horizonte que no se apagará pese a que todos los corazones del mundo dejen de latir en un instante.