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sábado, 4 de noviembre de 2023

Sobre estética poética

 El mundo en su amplitud es un lugar vasto, cargado de detalles insospechados y de elementos que fácilmente pueden pasar desapercibidos. Por ejemplo, cuando admiramos un paisaje en su conjunto, tendemos a resaltar la grandeza de las montañas, la inmensidad del mar o lo extenso y profundo que es un tupido bosque. Sin embargo, a veces, quizás lo interesante no sea fijarse en lo que por su amplitud queda abarcado más allá de nuestra vista, sino a cosas pequeñas que están cargadas de significado, ya sea de forma personal o colectiva. Es decir, en el monte encontramos ciertos insectos que sólo hacen su aparición a la noche, y que están cargados de colores muy sugerentes, o en la playa una cigüeña se ha quedado posada sobre un risco cargada de majestuosidad, e incluso, no es raro que en algunos bosques nos encontremos con aves cuyo canto nos transportan a lugares que jamás pensamos que existían en los recovecos de nuestro corazón.

En este sentido, y a mi modo de ver, la figura del poeta se sitúa en una instancia intermedia, a saber: como todos, es capaz de reconocer aquello que se plasma en la mirada por todo lo que resalta, pero también y sobre todo contempla todo lo pequeño que hay en el mundo, encontrando una resonancia en su pecho que llega a identificarse tanto con el paisaje que llega un punto que no hay diferencia alguna entre lo que ve y lo que es, entre lo interno y lo externo. Ver el mundo así, para mí es tener una óptica poética de las cosas y de sus acontecimientos, algo que resulta un poco alejado a lo que se entiende hoy día por poético.


Actualmente, y teniendo en cuenta el sendero que sigue la mayoría de la gente, tenemos una concepción de lo poético acorde con unos tiempos donde se rinde constante homenaje a la velocidad, y donde el egoísmo y la vanidad son sus fieles acompañantes. No voy a negar que cuando se escribe poesía la subjetividad de cada uno es un elemento importante, como tampoco que en la medida en que se vive en una etapa histórica determinada, la poesía que se escriba va en cierta medida a reflejar "el espíritu de los tiempos" Mas tampoco tenemos que confundirnos, que se tengan estas dos cosas en cuenta no quiere decir que uno se rinda constamente culto a sí mismo poetizando sobre aquello con lo que sabe desde el principio que va a recibir el aplauso ajeno, de la mayoría de las personas que piensan que su manera de considerar la estética es la única válida.

Según yo pienso, el ejercicio poético va muy al contrario de esta concepción "tan moderna" defendida por tantas personas. Creo, que, poetizar es una suerte de ralentizar el tiempo hasta tal punto que nos quedaría una instantánea, que si llega a desplazarse, lo hace muy lentamente. Hacer poesía es capturar un instante en la medida que nos hace darnos cuenta de esos detalles que señalaba más arriba, llevando la mirada de la gente común hacía aquello que aparentemente pasa desapercibido. También considero, que si bien es cierto que la individualidad de cada uno dota de originalidad los versos, a su vez estos han de tener una suerte de implicación universal, algo que sea reconocible más allá de los tiempos y de las diferentes subjetividades. No quiero que aquí se entienda "universal" como univocidad, con un discurso único. Mas bien me refiero a un tipo de significación que vaya mas allá de las apariencias, que aunque parta de la imagen, la acabe sobrepasando mostrando algo que vaya mas allá de las propias palabras con las que nos servimos para escribir poesía.

La poesía, aunque se exprese con palabras, siempre deja algo latente tras su lectura, algo que se encuentra en las mismas palabras pero que no llega a confundirse con las mismas. Si nos paramos a pensarlo, un poema en su sentido estricto, es un conjunto de palabras cuya colocación hacen unos versos, y que se leen de una determinada manera que lo diferencia de la prosa. Mas, no obstante, tras esta apariencia se oculta un mensaje, el cual dependerá de dos factores principalmente: En primera instancia del poeta que lo escribe, y en segunda, del lector que lo lee. En cierto modo, uno ha querido dotar al poema de un sentido que sobrepasa las palabras que ha usado, y el otro al leerlo, encuentra un mensaje que quizás no se encuentra en el poema mismo, pero que él evoca de acuerdo a su formación literaria, como también a sus propios recuerdos. A esto me refiero yo con lo universal de la poesía, lo cual podría también denominarse "la naturaleza original de la poesía"

La lectura de la poesía se basa en la sucesión de imagenes, y a su vez, en lo que estas nos transmiten o nos retrotraen, lo cual podría ser desde impresiones, sensaciones o recuerdos, de ahí que tanto para escribir como para leer poesía, la imaginación es un elemento primordial porque partiendo del poema en particular, se nos lleva a una significación más alta y que lo sobrepasa. Se suele uno referir, además, de que la emoción es otro de los elementos a tener en cuenta cuando tratamos sobre poesía, y esto es cierto, mas tampoco se reduce a eso. Es decir, es verdad que la sensibilidad es lo que afina las cuerdas poéticas, pero también el pensamiento es el que las aúna. Se dá una combinación entre nuestros sentimientos y pensamientos, de forma que las imágenes que nos transmite la poesía tienen cierta coherencia desde la fáceta más formal del poema -ya sea más clásica, o experimentalista- y otra que es más sentimental y que proviene de la inspiración que sentimos tras un suceso de nuestra vida, o algo más general que acontece en nuestra sociedad.

Unas palabras sobre la inspiración que considero necesarias. En realidad, aquello que denominamos inspiración es algo que tiene un cáliz prácticamente místico en tanto que es algo que no depende de nosotros mismos, ni mucho menos de la práctica de ciertas técnicas. Es algo que muchos han querido vincular con la genialidad de cada cual, pero de lo que yo particularmente sospecho. No voy a negar que ciertos poetas tienen más espontáneidad que otros a la hora de componer sus poemas, mientras que otros necesitan de más tiempo y de meditación antes de emprender una antología poética, por ejemplo. Pero, aún con ello, me costaría mucho decidir cual de los dos es más genio que el otro. No sabría decir qué método es preferible, o si alguno está más vínculado con lo que se denomina un genio. Lo único que sé, es que con independencia de los métodos, hay algo que denominamos inspiración que no somos capaces de controlar ni de racionalizar, y que proviene de una significación más alta, que si se me pregunta, es la fortuna de entrar en el núcleo de las cosas, de la naturaleza, y que habría que vincular con el Tao, con aquel gran misterio que se infiltra en la tarea poética formando una combinación tal que si se estira puede hermanarse con el silencio.

Al final, cuando se compone un poema ha de darse una introspección en la que desde nuestro propio centro se llega al núcleo de la naturaleza misma, y en la que se opera en semejanza -pero a la viceversa- de cuando ese poema aún no tiene una plasmación concreta, que es a lo que me refería en el primer párrafo. Ahí es cuando uno cae en la cuenta de que no  hay diferencia alguna entre la propia persona y el mundo, o entre lo interno y lo externo, y precisamente por ello, tampoco entre inspirarse en el paisaje o en lo que uno mismo piensa o siente. Esa es la significación universal que con tanta insistencia he ido señalando, la unidad que acepta todas las particularidades poéticas para acogerlas en su seno, como también todos los tipos de genios, unos más acelerados, y otros mas pausados, pero al fin y al cabo, todos igualmente admisibles en tanto que sus poemas derrocan cualquier tipo de limitaciones fronterizas, tanto en el entendimiento como en la expresión de un sentimiento que se encuentra bullendo.

También quisiera dar unas notas a algo que considero de gran importancia, especialmente para la poesía, mas que también podríamos aplicarlo a la literatura en general. La estética entiende de un plano formal, pero este no debe reducirse meramente a sí mismo. Es decir, la estética poética tiene un trasfondo mucho mas allá del expresar la belleza mediante el ritmo en el caso de la poesía, las imagenes que nos evoca o lo que nos hace sentir cuando la leemos, y esto es el contenido de lo que cuenta aquello que leemos, que puede comprender de diversos trasfondos, ya sea una significación más filosófica, una implicación ética o política, e incluso, el narrar un determinado acontecimiento histórico del que se quiere dejar constancia por lo que fuere.

Por ejemplo, cuando pienso en la poesía clásica china, en los grandes poetas de la Dinastías Tang y Song, o mucho anteriores, veo que en sus poemas se va mucho mas allá de una adoración incondicional de la belleza. Esta se encuentra presente, pero, a su vez, también se nos habla de los sufrimientos de la gente debido a la guerra, de acontecimientos que ocurrieron en su tiempo, unos mas decisivos para la historia en general, y otros quizás mas anecdóticos, como también se nos poetizan reflexiones filosóficas y espirituales donde se nos habla de la condición humana o de los límites de nuestro pensamiento a la hora de entender el mundo. Es decir, se escribía mucho mas allá de la propia individualidad y de la belleza formal del poema en concreto. Además, tampoco hemos de olvidar la gran vinculación existente entre el ejercicio poético y la política que había en esos tiempos. La poesía tenía también una tarea que se vinculaba al propio gobierno, y jugaba un papel central a la hora de acceder a los puestos de funcionarios imperiales, hasta tal punto se valoraba la poesía que tanto la composición de poemas como el gusto estético a la hora de leer poesía de los antiguos eran requisitos necesarios para acceder a puestos del poder. Es más, se usaba de la poesía para enviarse correspondencia, para informarse sobre la situación del país, para repasar historia,  para acceder a la tradición de la sabiduría... Y todo a ello, a expensas de la prosa, a la que se consideraba un ejercicio vulgar y meramente ocioso, limitado a mera redacción de informes y de registros históricos que se combinaban con la poesía para dotarles de elegancia.

Teniendo esto en cuenta, a nivel personal yo me considero un esteticista declarado, mas tengo claro la tarea humanista que tiene la estética, y que esta se vincula con la sabiduría también. Si escribo poesía no es sólo para que quede bonito, sino sobre todo porque tengo algo que aportar al resto de los seres de este mundo. De lo contrario, el escribir poesía se reduciría a un mero entretenimiento ocioso, como pintar un paisaje que poner en el salón. Yo reverencio una y mil veces a la musa de la belleza, pero no puedo evitar pensar que soy también parte de este mundo, y como tal mi voz responde a tantas otras voces que nos animan a fijarnos en aquellos pequeños detalles que pasan desapercibidos, y que aumentan nuestro saber y nos hacen mejorar como personas. Siguiendo esta senda que me he trazado, considero que la estética poética ha de ser humanista en tanto que también es naturalista, reconocedora de las hermosuras de este mundo, así como de sus desgracias, que expresa los tristes sentimientos de la soledad, pero que también se reconcilia con la sociedad. Es como decía Lu Xun en su primera colección de relatos cuando en su prólogo menciona que lo que escribe son sus gritos para dar voz a los que no la tienen, sus gritos contenidos que se expresan en forma de palabras -o carácteres hanzi-, y que se liberan en la literatura como una vía de rebelarse contra la injusticia de este mundo.

En realidad, es imposible -además de desaconsejable- quedarse en el mero deleite estético, dejando de lado nuestro compromiso con nuestros semejantes y con el resto de los seres que componen la naturaleza. Obviamente, el factor estético es un componente harto importante para expresarnos, pero no hemos de olvidarnos de las voces que son acalladas, ya sea porque no tienen capacidad de habla o porque debido a sus circunstancias no tienen esa oportunidad de alzar la voz. Sería algo tremendamente nefasto el apartar de nuestra imaginería poética el hecho de que vivímos en un mundo junto a muchos seres de los que formamos parte, somos todos originados de una misma madre que nos dió origen, la cual no sólo se reduce a la belleza ¿Cómo iba a reverenciar sólo a una parte de la madre, cuando el resto de sus partes pese a encontrarse magulladas, son hermosas también en tanto que nos aportan algo?

Por último, quisiera indicir en una cosa más que antes he pasado de soslayo, y que sería la funesta manera en la que a veces se ejerce la literatura actualmente.  Algunos de los autores más vendidos, y que se encuentran en el negocio de la literatura, han pérdido esa vinculación introspectiva con el conjunto de los seres, y se mueven, con avaricia, solamente en busca de más fama, reconocimiento público y de dinero. No es raro encontrarlos diciendo bufonadas, llamando y consiguiendo la atención de una mayoría de la población bastante vulgarizada debido precisamente a la influencia de estos mentecatos sin corazón ni cabeza. Con esas actitudes sólo demuestran que no veneran a la literatura, sino el dinero que pueden ganar con ella. Y por eso, en parte, la literatura actual está en decadencia. Por escritores que no aman lo que hacen, lo que quieren es fama y poco más. No es raro encontrar a estos especuladores buscando influencia, yendose al lado del horno que más calienta para conseguir promoción y repercusión, produciendo unas obras carentes de la menor emoción, sin ápice de profundidad, y en suma, vacías, pero bastante aplaudidas por un gran número de ignorantes. Esto es bastante desalentador y deprimente, mas no por ello deja de ser verdad

Por suerte, siempre habrá pequeños hálitos de esperanza, leves iluminarias cargadas de valor que surcando un río plagado de malezas, se abrirán camino hacía nuevos mares. Quizás, en el tiempo presente, no se les preste ni la debida ni la merecida atención, pero confío desde lo hondo de mi pecho, que en el día de mañana se les reconocerá como las estrellas más brillantes en el panorama del cielo nocturno, mientras que aquellas otras luces artificiales acabaran por apagarse tarde o temprano, siendo relegadas al silencio y al olvido. No hemos de olvidar que en la oscuridad se esconden los más intensos resplandores, y que lo que ven nuestros ojos durante el día, no son otra cosa sino apariencias que terminarán por desvanecerse.

sábado, 25 de marzo de 2023

"La catástrofe de las letras" de Atsushi Nakajima a la luz de la filosofía del lenguaje

 “Nabu-aje-eriba recorría la ciudad de Nínive, inquiría a quienes habían aprendido a leer recientemente y les preguntaba a cada uno pacientemente si les había sucedido algo fuera de lo normal, algo de lo que se hubieran percatado antes de que supiesen leer esas letras. Por esa razón procuró aclarar el papel que desempeñaba el espíritu de las letras contra las personas. El resultado fue una extraña estadística. Había una abrumadora mayoría de personas que, desde que habían aprendido a leer, eran de repente incapaces de atrapar piojos. Se les metía más polvo que antes en los ojos. Apenas podían atisbar la figura de las águilas en el cielo, que hasta entonces podían ver sin dificultad. Percibían el color del cielo menos azul que antes. “El espíritu de las letras devora los ojos de las personas. Es como si se tratara de un gusano que horada la cáscara de la nuez y se come hábilmente todo el grano que está en su interior” Nabu-aje-eriba lo anotó en una nueva tabla de arcilla. También había bastante gente acorde a ese estado desde que había descubierto las letras; empezaban por toser, se quejaban de los estornudos que habían comenzado a soltar, comenzaban a tener hipo y sufrían diarrea. “Parece que el espíritu de las letras mina la nariz, la garganta y el estómago de las personas”, añadió el erudito anciano. Desde que habían memorizado las letras surgían personas que decían que su cabello escaseaba súbitamente, las piernas se les debilitaban, las manos y los pies empezaban a temblar y la mamdíbula se les desencajaba. Nabu-aje-eriba concluyó finalmente: “El mal de las letras logra dañar la inteligencia de las personas y paralizar la mente humana. Es decir, llega hasta el final.”


- “La catástrofe de las letras” de Atsushi Nakajima


El siguiente fragmento proveniente de un relato, que a su vez, pertenece a una colección de cuentos del escritor japonés Atsushi Nakajima cuyo nombre es “El poeta que rugió a la luna y se convirtió en tigre” supone toda una declaración de intenciones ante la problemática del lenguaje en general, y en el caso de la escritura en particular. El conjunto del cuento versaría en torno a la indagación de un anciano doctor de Asiria en torno al espíritu que subyace en el seno de las letras. Tal investigación se produciría debido a que en las viejas bibliotecas de arcilla se escucharían extraños ruidos que evocarían a los espíritus que se supone que vivirían en el núcleo de los textos antiguos provenientes de las letras que los componen , y que les darían razón de ser. Durante este curioso estudio, el viejo erudito se daría cuenta de que efectivamente estos espíritus existirían, y que además, en relación a la población del lugar -como puede apreciarse en el fragmento seleccionado- desde que aprendieron a usar de las mismas, notarían como ciertas facultades de la vida cotidiana disminuirían. Lo paradójico del asunto es que ha habida cuenta de estos fenómenos, serían las propias letras -o su espíritu- las que usarían a las personas a su antojo, medrando su existencia en la medida que estos requieren de las mismas, hasta llegar a un punto donde no habría retorno posible. 


Esto que durante su primera impresión podría parecer mera fábula, esconde de un sentido filosófico en relación a cómo nos relacionamos con el lenguaje cuando este pasa a formar un conjunto de letras o caracteres escritos. Una vez que nos vinculamos con las letras ya no sólo como un medio de comunicación o de expresión, sino también de comprensión y de conocimiento, el mundo que tenemos al rededor cambia consigo, adquiere más matices, o los pierde como el caso del texto. Ello acontece de tal manera porque si bien nos es imposible prescindir del lenguaje de cara a comunicarnos con otros en el día a día, una vez que este pasa a formar parte de un proceso de escritura, pasa a ser un pensamiento que se materializa en un papel, o en arcilla durante aquellos antiguos tiempos ¿Qué acontece entonces? Pues básicamente, que el lenguaje se transforma en pensamiento, un pensamiento que además de hacerse un texto que nos permite comprender el mundo, lo configura de acuerdo a los caracteres que ahí se plasman en escrito. Es entonces cuando el lenguaje sobrepasa su razón de ser utilitaria y convencional, y pasa a ser una problemática relacionada no solamente con la epistemología, sino que también con nuestra manera de ser y de estar en el mundo.


En una parte del relato, el anciano erudito llegará incluso a cuestionarse la primacía que tendrán las letras escritas a la hora de recordar acontecimientos históricos, ya que tanto sería su poder que no recordaríamos respecto a épocas pretéritas -e incluso, relativamente inmediatas- lo que acontecería en sí, sino que más bien recordaremos aquellos escritos que otros nos han legado hablando de unos acontecimientos de los que no sabemos a ciencia cierta si fueron así, o si se tratan de mitologías que los antiguos quisieron relatar así por intereses personales o políticos. Por lo tanto, el lenguaje escrito llegaría a alterar nuestra memoria histórica colectiva, como también aquella inmediata y personal, puesto que el viejo docto en sus estudios también se daría cuenta que la memoria de las personas disminuiría ante la necesidad de pasar todas aquellas que consideren importantes por escrito. Así, pues, una vez que se usa del lenguaje, y a este se le confiere una realidad materializada en los textos y en los libros, este adquiere la capacidad de alterar a nuestro imaginario y a nuestra cosmovisión, produciendo que haya un desdoblamiento entre el mundo efectivo, y aquel que refleja las letras.


Por lo cual, la razón de ser del lenguaje ya no se agotaría a un sentido de la referencia a los objetos, como tampoco a comunicarnos en relación a las cosas que hay en el mundo, pues adquiriría un estatuto ontológico superior en la medida que confiere realidad -y según el texto, altera- al mundo y al conjunto de las cosas que lo componen. En la medida que pasamos por escrito aquellas cosas que comunicamos mediante el habla, entrarían en juego muchos factores que provocarían que algo cambie en el mundo de quién lea aquellos escritos. Algunos de esos factores podrían ser la propia subjetividad de quién escribe, los intereses que tenga, sus objetivos, errores que haya podido tener… Esto juega una mala pasada no solamente a quién lee, también a quién escribe debido a la posible malinterpretación de quién lo lee, también a la subjetividad de este, al contexto, a las circunstancias... Así vemos cómo son más bien las letras las que juegan con nosotros, y no tanto nosotros con ellas. En apariencia, podría parecer lo contrario. Pero me pregunto ¿Cuantas realidades se han visto alteradas debido a la lectura de un texto, como lo podrían ser las revoluciones o las guerras? 


Así podemos contemplar el poderío que tiene el lenguaje escrito, y cómo este nos condiciona, y a veces nos límita en nuestra manera de ver y de actuar en el mundo. En el caso del texto escogido, vemos cómo algo ha cambiado en las vidas de quienes han aprendido a leer, de tal manera que su vida se ha visto condicionada por aquello que han leído, no siendo ya capaces de realizar de la misma manera tareas que solían hacer antes con facilidad. Por ende, aquel desdoblamiento entre la realidad efectiva y la escrita, ya no se disgregarían, sino que se fundirían. Y aquella relación de referencia entre lo escrito y el objeto, ya tampoco sería una mera conexión entre sí. El lenguaje escrito adquiriría un puesto tan relevante y elevado en nuestra manera de conocer y de movernos por el mundo, que lo más importante ya no sería aquello que se nos daría de manera directa e inmediata en el mundo, ahora lo primordial sería su reflejo y traducción en aquello que está escrito. 


De manera, que, las letras se convertirían así ya no únicamente en una sombra o reflejo de lo que nosotros entendemos por mundo, serían el mundo mismo. Al igual ocurriría respecto al pensamiento. Este ya no se limitaría a relacionar al objeto con su concepto, o a referenciar aquello que vemos. El pensamiento se vuelca tan dependiente de aquello que está escrito y que nosotros leemos que bien podría decirse que al igual que las letras pasarían a conformar el mundo en sí mismo, el pensamiento también lo serían las letras mismas. Es decir, el lenguaje escrito sería tan preponderante en nuestra manera de entender y de movernos en el mundo, que nuestra dependencia al mismo nos conduciría a afirmar que sin lenguaje no se daría ni el mundo ni pensamiento, ya que a estas alturas, sin el lenguaje no podríamos tener una cosmovisión férrea en torno a estas dos instancias.


Al final, nos acontecería lo mismo que aquellos personajes antiguos que nos narra Nakajima, perderíamos nuestra capacidad de vivir, de movernos en las actividades cotidianas, debido a que una vez aprendida la capacidad de leer los textos escritos, nos haríamos dependientes de los mismos, y estos configurarían nuestra visión del mundo, nuestra manera de pensar, de recordar, e incluso, de entender todas las cosas. Así vemos como el lenguaje y el pensamiento se encontrarían estrechamente relacionados hasta el punto de llegar a confundirse en uno sólo, puesto que sin lenguaje no habría manera de comunicar estos mismos pensamientos en textos escritos, y sin pensamiento, la necesidad de comunicarlos sería en balde. Y esto es algo de lo que no nos podemos deshacer por muchas paradojas que nos inventemos. El lenguaje escrito una vez que pasa por nuestra retina distorsiona, altera y cambia nuestra manera de vivir y de ver a la vida misma como metáforicamente diría Nakajima usando de la imagen del gusano que va devorando meticulosamente aquella nuez.


Ya sería una reflexión de cada uno contemplar esto como una enfermedad, o como una pérdida de ciertas capacidades para ganar otras. Al cabo, lo que acontece con el lenguaje es lo mismo que ocurre respecto al pensamiento -como anteriormente hemos dicho-, y es que quienes van adquiriendo conciencia de las cosas, y van teniendo un conocimiento mas genérico del mundo en su plenitud, normalmente suelen perder otras capacidades que tendrían aquellos otros iletrados, o gentes que no se han ocupado en cultivarse intelectualmente. Esto, lejos de ser un insulto o una ofensa hacía quienes han preferido quedarse en cierta ignorancia, supone siguiendo el cuento de Nakajima, una cierta apuesta por un utópico mundo sin necesidad de letras, y una critica a las mismas. Sin embargo, ello a estas alturas es un imposible, puesto que el lenguaje escrito y el pensamiento se han aunado hasta llegar a ser uno solo. Nosotros somos, entendemos y nos movemos de acuerdo al lenguaje, y opinamos, sabemos y aprendemos respecto a lo que otros han escrito. Y si pretendemos revelarnos contra ello, y avisar a otros de los posibles prejuicios que nos pueda ocasionar el lenguaje escrito, probablemente nos ocurra lo que al protagonista de esta historia: que acabaremos aplastados por unos inmensos bloques de arcilla, o en nuestro caso, por una estantería repleta de gruesos libros. 

domingo, 9 de octubre de 2022

Las ondulaciones del agua

 Una gota proveniente del rocío matutino cayó sobre un estanque. De las ondulaciones del agua, se formó un nuevo mundo. Un diminuto mundo, a decir verdad. Pero, un mundo al fin y al cabo. Una suerte de microcosmos en que pequeñísimos seres habitaban creyendo que no existía nada más allá de esas ondulaciones acuiferas. Sólo existía durante unos leves instantes, lo que para nosotros sería un suspiro, un mundo tan pequeño e infimo, resuelto en unas curvaturas efimeras. Esa gota que caía, contenía la escarcha evaporada que cobijó una hoja durante la noche, y que, con los primeros rayos del sol, se transformaba en el movil que crearía un mundo. El cual sería habitado por unos insignificates seres que desconocían lo que tenían al rededor, y que a su vez, eran desconocidos por seres muchísimo mas grandes que ellos.

En semejanza, nosotros somos como esos seres enanos que habitan un mundo desfalleciente. Nos creemos únicos, el epicentro donde surge algo sumamente importante, que dirigimos las riendas del cosmos y que el universo nos pertenece. También creemos que nuestro modo de conocer es infalible, certero e inagotable, que nuestros avances cientificos y técnicos conducen a un proceso en el que nuestro poderío se incrementará mas allá de lo imaginable. Mas ¿A caso no nos comportamos como esos diminutos seres inconscientes que se tienen como razón de ser de todo lo existente?  ¿Nuestros supuestos esfuerzos y avances no vienen a resumirse en ese escaso impulso que dura un segundo de uno de esos pequeños seres antes de desfallecer? ¿Y cada pensamiento nuestro no termina por parecerse a lo que dura esa ondulación de agua en desvanecerse para siempre?

Nosotros, en nuestra arrogancia e inconsciencia, creemos ser motor de todo existente, que nuestros conocimientos son innúmeros, y que, nuestras acciones vienen a cambiar el mundo entero. Pero, en realidad, cada pensamiento que formamos en nuestra mente, cada movimiento que realizamos en vida, cada paso, cada respiración, cada suspiro... No vale lo que una mota de polvo. Todo es en balde como el esfuerzo de esos pequeños seres que se creen que son capaces de alargar por mas de dos segundos su efímera existencia.

Aquí, en este mundo, hacemos igual. Desde la eternidad, todos nuestros pensamientos y motivaciones son vanos. Mas, aún con ello, todavía nos creemos importantes siendo en realidad ignorantes como las abejas que se creen dueñas de sí cuando sólo obedecen al espíritu de la colmena. Nosotros también obedecemos al espíritu de una particular colmena cuando salimos todos los días de nuestra casa. Llamese colmena al estado, al país, a la comunidad, a la ciudad, al pueblo, a la familia... Todo aquello nos ata, nos hace pensar que eso supone un mundo en el que hemos de colaborar para beneficiarnos a nosotros mismos beneficiando en verdad a alguien que está por encima de nosotros en la jerarquía social. Pensandolo mejor, la colmena de las abejas es más coherente que la nuestra.

Todos nuestros supuestos saberes no son más que un soplo desviado en una madrugada tranquila. Como el viento, nadie sabe a dónde va ni de dónde viene. Y aunque podamos saberlo en ese momento alzando un dedo, su cambio en cuestión de segundos es impredecible. Al igual ocurre con lo que puede entenderse racionalmente. El mundo, al estar en constante cambio, siendo las cosas tan pasajeras, es imposible saber a dónde se tornarán una vez que han cambiado. Lo único que sabemos es de la existencia de ese cambio porque lo percibimos. Pero mas allá del mismo, no parece que haya nada estable. Nosotros inventamos la estabilidad y el conocimiento racional para contentarnos. Mas, en realidad, todo lo que existe, lo hace y no lo hace a la vez. La vida se hace muerte, y viceversa. Lo duro frágil, y viceversa. Lo fuerte débil, y viceversa. Lo duro suave, y viceversa. Y así con todas las cosas.

No existe algo así como un sentido de las cosas, como lo inmutable del conocimiento, o al menos, si existe, no podemos comprenderlo por lo falible de nuestro entendimiento. Y como no podemos saberlo con entera certeza ¿Por qué nos devanamos los sesos intentando averiguarlo? ¿Por qué entramos en debates insustanciales sobre cómo si, o cómo no son las cosas? Lo mejor será que evitemos todo tipo de debates sobre las cosas porque en cuanto las señalamos para decir lo que son, la cosa en cuestión ha cambiado y ya no es la misma. Si debatimos, si entramos en el juego dialectico del es-no es, nos perdemos a nosotros mismos. Nos tornamos vanidosos, nuestro ego se piensa dueño de algo, siendo en verdad ignorantes de todo cuanto existe, e incluso de todo cuanto no existe.

Es díficil expresar en palabras todas estas cosas, ya que las palabras procuran cristalizar lo que está en constante tránsito, lo cual es imposible. Mucho mejor será el callarnos, el silencio es justo con lo transitorio. Sin embargo, usar de la palabra sobre todo por escrito, nos sume en la hermosa ilusión de habitar sobre una capa de mundo que se sobrepone con la del mundo real, que es a la vez irreal, existente y no existente a la vez, y que, nos hace vivir lejos a la corrupción. Por momentos creemos habitar en un lugar lejano que nos permite contemplar los cambios del mundo en la distancia. Eso incrementa nuestra creatividad, nuestra espiritualidad, el ejercicio imaginativo e interior nos lleva a ser por vez primera honestos con nosotros mismos para serlo también con los demás. Sobre todo la metáfora tiene mucho valor, la alegoría y la fábula también, como fábula que es nuestra vida y alegórica metáfora que es la existencia de todos los seres. Puede ser un mal cuento, una metáfora banal. Pero cuento y metáfora al fin y al cabo.

Hay que sobrepasar también lo que pensamos que es el bien y es el mal. Las cosas que cambian sin cesar no son buenas ni malas en sí mismas, tampoco lo son por otros. Son buenas y malas a la vez en el mismo tiempo, lo que pasa es que a nosotros nos dá la sensación de que son unas veces buenas, y otras veces malas, debido a lo limitado de nuestra comprensión. Al igual que todas las cosas son y no son al mismo tiempo, viven y mueren en un mismo lugar, estas ni son buenas ni malas, que es lo mismo que decir que son buenas y malas en un mismo tiempo y distinto lugar. Todo aquellas distinciones son términos que nos inventamos nosotros para pensar que llevamos el control de nuestra vida y del mundo. Pero en verdad, nada de eso nos aprovecha en nada. No tiene validez en la medida que tampoco lo tiene lo que creemos conocer racionalmente. Es un mal cuento. Un mal cuento que nos hemos creído como gusanos al arrastrarse por la tierra. Incluso, los gusanos tienen mas dignidad que nosotros en tanto que su arrastrase lleva mas lejos que las distinciones entre el es-no es, bien y mal, fuerte y débil, pobre y rico...

En este mundo, unos parecen ser felices, y otros lloran, unos sienten contento y otros sufren, unos parecen afectados y otros indiferentes. Y digo que parecen porque en verdad no podemos llegar a ser capaces de ahondar en ese interior. Al igual que nuestro conocimiento de las cosas es vano y superficial, lo mismo acontece con las personas. Al final todas estas cosas poco importan, son tan momentaneas como pompas de jabón. Unas veces estas son grandes, otras veces, pequeñas, pero al cabo siempre explotan y al tiempo vuelven a formarse otras. Al final, lo verdaderamente importante, tanto para conservar integro el espíritu, como simple y pura la mirada, es atenernos a lo que en realidad somos, aceptando el cambio, y que este, se encuentra intrínseco en la naturaleza de todas las cosas. Lo restante, es todo humo.

Acude en ti, retorna a quién verdaderamente eres en tu interior. Olvida el recuerdo, la opinión, los saberes superficiales, las palabras vanas y las experiencias pasajeras. Atente a la mirada interna, a lo que te comunica tu corazón cuando se encuentra limpio y no contaminado, corrupto por dejar que todo lo externo se extienda en ti cual una enfermedad. Lo único estable es esa verdad proveniente de reinos espirituales que sobrepasan la ilusión que resulta del mundo. Nada de aquí puede darte una certeza, la única certeza es que aquí no la hay, y que si puedes alcanzarla es únicamente cuando uno alcanza la conciencia interna ¿Cual es esa conciencia interna? No lo sé, ni yo la conozco. Quisiera, pero a día de hoy no he visto esa luz. Soy un ciego que intuye, que señala sin atisbar qué es lo que señala. Lo advierto, lo siento en mi interior. Estas palabras no son mías, son de algo que me sobrepasa. Un secreto camino que he recorrido en sueños, mientras tenía los ojos cerrados. Sólo lo he sentido con el tacto de mis pasos.

Harto díficil es intentar explicar estas cosas. Hago lo que puedo. Mas sé que mi escaso saber es limitado como el de muchos otros. Soy un ignorante que apunta a algo que está muy por encima de mí mismo, como también de la humanidad entera. Ese algo se encuentra en un núcleo que es y no es, que es parte de todas las cosas y de la nada, que existe y que no existe, que nace y muere, que se corrompe y es impoluto... Es decir, que es incomunicable. Lo he intentado de forma muy poco convincente, muy pobre como lo son mis palabras. Pero lo dicho, dicho está. Porque es así, y porque no puede serlo de otro modo. Porque no es así, y porque podría ser de otro modo. Y ahora, sólo cabe el silencio.

lunes, 14 de junio de 2021

Exaltación de la belleza y diatriba contra sus adversarios

 Ninguno de entre los ideales mas elevados que a los hombres nos cabría imaginar y apresar en la sensibilidad se encuentra tan poco valorado como la belleza. A esta, se la tiende a deformar mediante recursos artificiales varios, e incluso, se la niega rotundamente en la mayoría de los casos por resentimiento. No sé cual de estas dos derivas es más perniciosa, ya que tanto el decoro estrafalario en demasía acaba por anular la esencia de la belleza -la cual, radica en su sencillez e impacto- como el dejarla apartada connota vulgaridad, y dicho sea de paso,  indica la propia fealdad de uno además de la carencia de buen gusto. 


A la belleza le repugna -y por ende, rechaza- a los que se procuran falsificarla con accidentes que no le atañen haciendo pasar lo que no es por lo que es, y también expulsa a su contrario -la fealdad- con una patada en el mentón directa al que es su mayor adversario, que es lo que debe hacerse. Mas, me temo que tal y como van los tiempos, estos dos factores en vez de minimizarse van a ir peor animados por ideologías varias. Las cuales, hacen de cada uno de sus movimientos conceptuales precarios, una suerte de manual contra-natura como si fuera un libro bastante mal escrito que nos indicara aquello que en modo alguno debemos hacer. 


Sobre todos estos deformes y desviados derroteros que se abalanzan con todo su mal sabor de boca y su horrendo aspecto encima de la belleza, aparecen otros que buscan a su vez aplacarla con el ejercicio de la palabra y señalando con el dedo. Es decir, la constante censura de los moralistas. La esencial diferencia entre un moralista y una persona moral radica en que la primera se pasa toda su existencia diciendo a los demás cómo han de comportarse de acuerdo a sus caprichosos pensares, mientras que la segunda siendo fiel a sus principios y valores le basta con moverse por el mundo de acuerdo a ellos, y sólo los aplica a otros cuando le piden consejo.


Debido a ello, estos moralistas contemporáneos se dedican a juzgar a la belleza como si esta se hallara en un tribunal. La denigran con una mirada cargada de maldad, y le piden razones acerca de por qué en ocasiones se muestra de tal o cual manera, y cuando la respuesta no les satisface, se cruzan de brazos, o adoptan la posición de la jarra. La respuesta de la belleza siempre suele ser el silencio. Esta tan sólo se atreve a alzar la voz ante los que conservan unos principios que nada tienen que ver con las mentes infantiles de los que están afiliados a partidos políticos o sectas, ya que ninguna palabra que sea conforme a sus vulgares manifiestos les será suficiente para quedar satisfechos. 


La belleza en lo que a los principios se refiere tiene su propia moralidad, tanto que cabría decir que es la muestra estética de la etíca, e incluso, la perfección de esta. De ahí que quienes guardar con celo sus valores en la interioridad sepan gozar de la belleza como corresponde. No ven en esta un elemento en conflicto que haya que alterar, pulir, o en el peor de los casos, erradicar, si no que muy al contrario, la conceden el puesto mas alto y la llenan de elogios que pueden llegar a concretarse en el arte. Es entonces cuando llueven los aplausos y fluyen las exclamaciones, y la belleza se regocija tanto que hasta es capaz de enseñar un hombro con picardía, o de subirse la falda hasta por encima de la rodilla produciendo el sonrojarse de la moral.


Estos últimos gestos suele hacerlos con disimulo, mas pasan desapercibidos por quienes no son capaces de contemplarlos al no tener la retina adaptada a la luz, y así, pasan el resto de sus días sin pena ni gloria. Como mucho, con la falsa sonrisa de una masa deforme e ignorante, en vez de apreciar el placer tan carnal como espiritual que nos brinda la belleza en todo su esplendor y hermosura. Es lo habitual que en tal caso, la mayoría de las gentes acaben recorriendo este vasto mundo con aquellos semblantes cargados de desagrado, y que de sus bocas, solamente puedan proferirse sucias palabras que manifiesten la ponzoña que estos guardan en su interior. Cuán diferente es el caso contrario, el del amante de la belleza, que la encuentra en todos los lugares donde posa la mirada, y hasta en los mas insospechados la encuentra desnuda, y la admira como solamente le cabría a este voyeur de la estética que conoce de los detalles resplandecientes. 


Capturando estos vespertinos resplandores, la belleza engendra arte a través de nosotros como un salvoconducto que usa de la inspiración para materializarse en las diferentes artes. Un puente somos al cabo que auna los desperdicios lúminicos que se le escapan a la belleza con la creación de obras artísticas -ya sean literarias, líricas, musicales, plásticas, pictoricas...- mas sin olvidar que el origen de todo lo hermoso que en apariencia surge de nuestras manos cual hechizo tiene su correspondiente núcleo palpitante en el seno de la belleza, fuente de todo lo bello desde lo que se trasluce en la naturaleza mediante el paisaje hasta lo que por medio de la techné nosotros concebimos, plasmamos y concretamos en el arte. 


Las obras de arte son como hijos no nacidos cuando todavía no son concebidas por nosotros -ni pensadas ni mucho menos realizadas-, son cuales proto-ideas que habitan en la matriz de la belleza esperando que algún día alguno de sus fieles siervos la fecunde para que posteriormente se le de a luz con toda su pomposa magnificiencia, acompañado por un grito tan desgarrador como exuberante que revele su presencia. Un grito que es muy semejante a ese que se exhala para convertirse en un suspiro cuando llega el momento de la muerte de la criatura, retornando así todo aquello que conoció la luz a las sombras, del paradojico destierro cercado por la luminosidad y todo aquello que es digno de ser observado al abismo sombrío que supone un descenso con la promesa del ascenso en el porvenir.


Así es como el comienzo y el final se aunan, y a resultas de lo cual tanto la vida como la muerte -que son al cabo una misma sustancia eterna que en un efímero instante parecen hallarse ante nuestros ojos- también tienen el origen y culmen de suyo gracias a la belleza, madre de todos los fenomenos excelsos y grandiosos que a veces permiten ser contemplados en este mundo. Allí donde reside la belleza en su inmutabilidad todo nace y muere hasta confundirse, todo lo hermoso comprende de la contradicción en la que están insertas todas las cosas y la fealdad es despojada como la sangre sobrante de la herida para no regresar jamás, y así no turbar a la retina que lo único que busca es admirar todo lo que participa de la hermandad de la belleza.


Después de todo lo mencionado, ¿Cómo no iba a ser yo mismo todo un amante y admirador de la belleza? Tanto condicional como incondicionalmente, desde la conciencia hasta la inconsciencia, en cuerpo corrupto y en alma inmortal, no me queda otra que rendirla su debido culto ¿Qué otra cosa podría hacer? Pertenezco a aquellos que consagran su vida a la búsqueda de la belleza y que estarían dispuestos a morir por saborear aunque fuera un ápice de esa beldad inmensa. Ojalá en el instante previo a la muerte, cuando pasamos a comprenderlo todo en magnitud y en laxitud, pueda vislumbrarla. Si así fuera, merecería la pena haber vivido. 

viernes, 5 de marzo de 2021

El ideal heroico

 Recuerda amigo mío, que en estos años oscuros que han marcado nuestra época el mayor mal no es la ignorancia ni la pena, sino ante todo la debilidad. Mas, si te quedan dudas, podemos mirar sus efectos que no sus causas, los fenómenos en lo que se trasluce que no su origen motriz, ya que esto lo podemos ver en este desasosiego interno que lleva a los hombres a dar rienda a sus fragilidades destempladas de cara al público, como si tal cosa no fuera digna de avergonzarse, toda lágrima se expone al público y el aplauso del vulgo no tarda en producir su debido eco en el auditorio. Esto último es lo que me resulta tremendamente nefasto, porque antaño si algo producida desagrado era la penuria injustificada y gratuita, a ese que se lastimaba en vías de recibir una repugnante atención, le caían millares de piedras, que por potencia y velocidad, podríamos asemejarlo a proyectiles, que recaían sobre él para que cesase tal sobreactuación, y si este no desistía, se insistía hasta ocasionarle una penosa muerte, que lejos de buscar la entonación de un requiem, se celebraba con la mas plétorica de las fiestas en tanto que se había llevado la ceniza a su debido sitio.


Ahora, ocurre algo del todo diferente, pareciese que la debilidad, lo aberrante, lo nauseabundo, se muestra ante la pantalla como si se tratase de una especie de canón al que aspirar, y mediante el cual, quién conserve en sí un ápice de belleza debe avergonzarse. Y cuando se expone lo contrario -es decir, lo que debería ser- se le recrimina a uno como si acabase de romper alguna suerte de norma implicita en la sociedad que le expulsa a uno inmediatamente del umbral del correctismo político, conduciendole así hacía el abismo del aislamiento social. Obviamente, podría uno pensar que esto es mas una ventaja que una cosa que replicar, puesto que de lo que apesta al olfato y desagrada a la vista, lo mejor es alejarse, guardando consecuentemente una distancia personal porque a uno le viene en gana a nivel individual, mas no obstante, en cuanto a mí, considero una cuestión de dignidad viril el quejarme ante esta situación no de vicio, sino en busca de unos ideales mayores, que en cuanto elevados a alturas insospechables, también podrían llamarse -y tenerse- como absolutos. Claro, que, por otro lado, esto tampoco quiere decir que ya se hayan encarnado en uno, pero sería sumamente vulgar no mirar al menos en su dirección.


Vemos, por lo tanto, que se ha dado una vuelta insospechada a las cosas, lo que antes era digno de elogio debido a su sublimidad, a su nobleza, a su aristócracia estética, hoy día se ve desde un prisma en el que se considera arbitrariamente como un insulto al vago concepto de lo mediocre que estos socialdemocratas sustentan, puesto que ellos que no han vislumbrado el mas mínimo ideal resplandeciente, cargan con resentimiento a los que se encaminan por la senda labrada por los antiguos. El hacer de lo débil una medalla de plástico no tiene nada de héroico, como tampoco es nada revolucionario el atrincherarse en una pocilga como lo es una universidad cualesquiera en busca de un apoyo de tan poco valor como es el estudiantil -los cuales, dicho sea de paso, han encontrado un refugio para superar sus traumas de niños mimados en la ideología- para así ser una victima pública de su propia estupidez. Un héroe si persigue los ideales de sus antepasados, o un revolucionario que guarda en sí la esperanza de derrocar algo que considera degradante para los suyos, no gimotea ni se esconde como un cobarde, ambas figuras que resultan como se diría diferentes caras de una misma moneda, se enfrentan a la realidad evitando hacer de la misma un espectáculo, y si se encuentran ya en su apogeo, miran desde una altitud considerable aquel símbolo con el que tarde o temprano todos nos encontramos, que es la muerte.


Hay quién ha hecho de su vida toda una tragedia, pero aún de estas cosas no nos podemos dejar engañar por las apariencias, pues las hay verdaderas tragedias, y luego otras, que son enteramente ficticias. Sin embargo, en este caso si podemos hablar sin problema alguno que nos entumezca la voz de que se da una mezcla de ambas, casi de tipo teatral, en la que empezando el transcurso vital en una especie de comedia escrita por un guionista borracho que no tiene ni un poco de originalidad, acaba tornandose en una tragedia que traspasa la frontera entre ambas esferas, culminando así en un acontecimiento tan soberbio que nos sería muy díficil de identificar si se trata de una actuación sobresaliente, o sí es la figura del héroe materializada en la vida ordinaria. Sería algo parejo como un destello repentido observado en una noche sin estrellas en el que nos preguntamos si su fulgor ha sido algo proveniente de nuestra imaginación, o si realmente esta bendición se ha dado ante nuestros ojos, liberándonos aunque sea por un momento, de las ataduras de la monotonía. 


Independientemente de lo que fuera, aplaudimos con sinceras lágrimas en los ojos, ya no las típicas del malogrado espectáculo al que me refería en las primeras líneas, sino ya auténticas lágrimas de admiración hacía lo grande y elevado, escurriendose con ello estás gotas saladas en nuestros párpados hasta alcanzar nuestras mejillas dejando sus salobres y humedecidas sendas como rastro que alaba lo inhóspito, y que cada vez encontramos menos, un milagro que patentiza cual sello la única inmortalidad que podemos alcanzar en esta vida, siempre advertiendo que esto se tratara de un pequeño roce que nunca se integrara en nosotros con plenitud. Sí, pudiera ser esto un acontecimiento que podríamos catalogar de triste, mas como lo triste en sentido mas bajo está al orden del día, esta tristeza a la que apunto está cargada por una luz tan inmensa que no sabríamos distinguir con la debida precisión si nos entristece con una tonalidad meláncolica, o nos alegra con un leve regocijo, quizás un poco de ambas.


Todo esto conduce a esa imperiosa necesidad de alcanzar cuanto nuestro espíritu es capaz de aspirar, pese a que nos hayamos acostumbrado a los suspiros, ansiamos desde el interior una elevación que no puede ni debe limitarse a algo meramente imaginativo, que quiere fijarse tanto en aquello relacionado con lo espiritual como respecto a lo carnal, tanto en lo figurativo y simbólico como en la vida. Esto es el poder, aquello que las gentes mas vulgares suelen asimilar a bienes reducidos a los materiales, se trata del mayor ideal, la acumulación de todas las inspiraciones concretadas en una inmensa elevación que lo abarca todo cuales centenares de luces fragmentadas a través de espacios continuos y dispersos, trascendiendo todos los tiempos aún con una añoranza callada del pasado. Pero, también, encontramos sombras, oscuros recovecos que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra insistencia incluso en lo irremediable, en lo imposible... Pues algo que siempre ha caracterizado al héroe mas allá de su representación teatral es que sabiendo que la batalla estaba perdida desde los comienzos -quién posee un espíritu guerrero es mucho mas inteligente que el mas aclamado de todos los sabios- insiste en proseguir, y cuando cae en apariencia derrocado sobre el macillento suelo, se sabe vencedor. 


Tenemos, pues, una necesidad de fuerza, de toma de conciencia de las potencias vitales y viriles, que en su absoluta condición nos lleven allí donde se dé comienzo y cúlmen de este ideal autoritario que desde nuestro fuero interno deseamos, pero que raras veces alcanzamos ¿Es esto como apuntaba mas arriba una batalla pérdida? ¿Una guerra fría en la que no se localiza una fuente de luz como podría serlo el sol? ¿Qué hemos de hacer nosotros, meros mortales comunes? Si diera una solución sería un hipocrita, y dejando tantas preguntas en el aire bien se me podría decir que soy todo un sofista, pero ¿Acaso no sabes leer entrelíneas, estimado amigo? ¿No ves que ya te he respondido? Pues sí, lo hice. Si en este deslizarse del tiempo tan recargado en sombras, buscamos algo ascendente, ese hálito vital con la suficiente autoridad y voluntad para apartar toda fragilidad mujeril ¿A qué crees que me estoy refiriendo? 


En ese momento, el hidalgo se levantó de su silla, y haciendo una leve inclinación, se fue andando hacía nadie sabe donde. El caso fue que desde que comenzó a hablar, la tarde iba llegando a su ocaso, y cuando decidió ponerse en movimiento, ya estaba anocheciendo, proyectando así su sombra por un suelo mal cimentado, rodeado por cuatro faroles, que debido a su baja luminosidad, una vez atravesado tal línea divisoria entre la escasa luz y las abundantes sombras, su figura desapareció sin dejar rastro. Por lo visto, no permitió que su acompañante le respondiese, ello pudiera ser porque era amante de la ambigüedad por la carga tan intrigante como estética que tiene este fenómeno, pero uno -creo yo- debería inclinarse mas a que así lo hizo al no ser de su gusto escuchar las espontáneas respuestas de otro que no sea él mismo, al menos, en ese momento, puesto que estas deben ser meditadas según su percepción refinada, o, lo que sería mas interesante, interpretó aquellos siete segundos de silencio como una respuesta suficiente. 


martes, 2 de febrero de 2021

La desagradable verdad

 En nuestros grandilocuentes tiempos -en los cuales tenemos la fortuna de ser hijos no-nacidos- hemos poseído las sombras, y nos hemos hermanado con las mismas hasta tan punto que me resultaría muy díficil distinguir entre lo que es sombrío y lúminico. Baste como ejemplo el mero hecho de darnos un paseo por la calle, uno va como si tal cosa no ocurriera, y se encuentra al horizonte como si fuese un recoveco continuo, como el interior de un foso estrellado, un abismo abierto cuya razón de ser es la sucesión, un ir hacía delante porque sí, sin razón aparente de ser. Uno, claro está, en estas tesituras se plantea dónde se encuentra la línea divisoria que disgrega lo que es apariencia de lo que es una realidad patente. Así, entonces, empiezan a formarse las ficciones, y de las mismas, nacen las ilusiones, que, por su mismo estado deviniente, por ser construidas, bien hicieramos en cambiarles el nombre, y darles un matiz femenino, ya que como bien sabemos, todo lo mujeril se encuentra en estrecha relación con la falsedad.


Hoy día somos ingeniosos, pero nada inteligentes, salímos al paso como usualmente se dice, mas no profundizamos en nuestras pisadas, tan acostumbrados estamos a contemplar el mundo como una extensa superficie que se repite, que no se nos pasa por la cabeza el pensar que entre senda y senda un agujero se esconde. Por eso, cuando vamos andando y nos encontramos con un relieve, algo que parece salirse de nuestro esquema normativo, como pudiera serlo un saliente ascendente, o un hundimiento en el terreno, nos quedamos perplejos y no sabemos que pensar. Quizás, levantemos las manos con sobresalto y exclamemos: "¡Ay, Dios mío qué narices es esto!" Pero, al rato, en un susurro siempre nos decímos con alivio: "Ah, estas cosas son demasiado elevadas para mí..." Ello se debe a que confundimos la intensidad con la extensión, la calidad con la cantidad, la altura con la bajeza, lo elevado espiritualmente con lo vulgar, y así nos pasa... Esto no pasaría así si de vez en cuando nos detuviesemos, mírasemos a nuestro al rededor, y por un momento, volviesemos nuestra mirada hacía atrás, pudiera ser que si así lo hicieramos encontraríamos algo de valor.


Pero en fin... ¡Qué voy a decir yo! Estamos todos al cabo malditos, sólo que a algunos nos da por pensar de mas, o también podría decirse que la realidad y su decadencia actual nos da por pensar que hay algo mas allá de este terreno líneal, que a la vuelta de la esquina, puede que haya algo perpendicular, y siguiendo está salida secundaria, este error en la inmensa cadena industrial que nos atañe, pudiera encontrarse una curva tan incesante e insistente que se trataría de un recorrido circular. Sin duda, esto nos produciría una conmoción tan inclasificable que saldríamos corriendo espantados, mas quién sabe... En tal supuesto quizás nos sintamos como en casa, retornando a un hogar que teníamos olvidado desde hace tiempo, y que sepultado en la ausencia de la memoria, por casualidad nos hemos encontrado y nos ha retrotraído a esa infancia abandonada porque aunque ya no seamos niños -por desgracia, o gracias a la Providencia- queremos en el fondo saborear un poco de ese pasado que desde la perspectiva de la actualidad vemos cubierto por neblinas.


Todo esto podría llevarnos a decir que sentimos añoranza, y digo sentir porque de lo imposible que se ha hecho su retorno, aún con ello, mas la sentimos que la pensamos, puesto que pensarla sería hacer de ella un concepto, y esto me parecería tan utópico como injusto, mas, en cambio, sentir esa añoranza aunque desacertado desde un punto de vista intelectualista, queda mejor en una prosa que se pretende lírica. Se trata de ese sabor de antaño cual vino añejo que el progreso ha querido implantar en nuestro imaginario como un líquido con trazas arenosas, pero que en modo alguno es así, ya que mas bien podríamos asemejar su rico aunque extraño sabor a una ambrosía divina que convivía día a día en los tiempos de los antiguos -por utilizar una metáfora mas elevada- o también como una especie de piedra preciosa que costaba de hallarse al encontrarse tras unos gruesos muros del material mas portentoso que nos cabría imaginar "¿Y por qué no lo alcanzamos, por qué esto se trata de una añoranza insatisfecha?" -se me podría preguntar con un tono pícaro que lejos de distraernos, incide en la sustancia de la cuestión. Yo respondería algo parecido a esto: "Pues aún no teniendo la mas remota idea, si hubieras prestado atención a lo antecedente, verías que afirmé que estamos malditos -y ahora añadiría con una sonrisa meláncolica- y que, precisamente por ello, enterrados entre fango y escombros, el fango proviene de nuestros curiosos tiempos, y los escombros de los inmensos edificios del pasado."


Diciendo todo esto, un optimisma mirándome con ojos vidriosos a lo mejor quedaría bastante defraudado con mi respuesta ¡Pero qué voy a decirle yo! Escribir es esencialmente decir verdades desagradables, esas cosas que nos dejan un sabor agridulce entre los labios, cuyo toque de amargura tiene su origen en nuestra constante idealización del entorno, en tanto que adornado por ráfagas melosas nos procuran una vil aunque sincera satisfacción de estar mas acertados que todo ese cúmulo de ignorantes que se alimentan de sus propias mentiras, las cuales en su mayoría son herencia de otros mentirosos mas grandes que ellos mismos, como los escritores vivos y los cineastas financiados. Todos ellos, dicho sea de paso, son un atajo de imbéciles que al común de las gentes les suelen resultar bastante agradables, pero que a mí personalmente me dan ganas de pasarme el día vomitando desde el extremo superior de mi cama. 


Una vez mas se iluminan nuestros ojos, y nuestros párpados se entreabren azotados por tal vespertino resplandor, y nos decímos a nosotros mismos, dándonos aliento para acompañar a nuestra respiración como quién tararea una melodía que escuchó de soslayo cuando tenía cinco años: "Ay, la esperanza..." Si yo estuviera presente, impertinente me cruzaría de brazos como un anciano desengañado y cuyo nombre suelen acompañar por "el aburrido" y sentenciaría: "Dejaros de necedades, la verdadera esperanza en este mundo es una cruel fantasía, tan sólo podemos aspirar a lo elevado desde el espíritu, en lo terrenal solamente cabe la decepción y las lágrimas." Ciertamente con palabras así entiendo que sean pocos a los que les sea agradable con tales discursos, que aún siendo improvisado, tienen algo que revela no lo que acuñan por pesimismo, sino algo que se diría veracidad. 


Así, hemos llegado al punto de los puntos, al cúlmen pedregoso, al final que termina en caída, al abismo insondable de quién se sabe perdedor, a un suspiro que se repite en forma de eco en la cueva de nuestros ancestros, nos detenemos y vemos la bruma, que se expande por lo que pensamos los cielos, y nos cubre cual rocío negro sin amanecer posible ¿Lloraremos? ¡Qué va, ya nos hemos acostumbrado a las lágrimas en nuestra cotidianidad, y estás ya no nos son extrañas! Este es un nuevo acontecimiento, y como tal, en este panorama no sería lo suyo repetir aquello que ya haríamos en nuestro día a día, pues nada contradice mas la costumbre que lo inesperado, que cuando estamos tan tranquilos haciendo nuestras cosas diarias, insertos en esa rutina monótona , y de repente nos sorprenda algo que se planta en medio del camino, y entre insoportables risitas dictamina: "¡Hasta aquí!" Mientras tanto, nosotros, que nos preciamos de ser muy elocuentes e importantes, esperamos y esperamos, con suma paciencia a que se aparte tal objeto molesto, y, cuando queremos darnos cuenta, en esta espera donde nada parece cambiar, ya estamos muertos.

jueves, 13 de agosto de 2020

Sobre la escritura

A la hora de comunicar por escrito los pensamientos pueden darse diversas díficultades y ambigüedades, las mas sencillas y reconcentradas pudieren ser la escasa claridez de conceptos de su autor, o una anomalía en el entendimiento del lector, quizás parte de ambas cosas. Es preciso recordar una verdad perceptiva e intelectual que nunca está de mas volver a traer a la memoria, ella nos índica que el entender -el acto mediante el cual el entendimiento ejerce su función, y entiende de aquello de lo que se escribe o se habla- consiste en la acomodación del entendimiento con el objeto, y del que nace el concepto. Es decir, mediante los sentidos primordiales -en su mayoría la vista, pues la visión es de estirpe divina- se capta aquello que posteriormente se percibe, y de ahí el entendimiento lo abstrae y lo eleva al concepto, lo cual después se pasa a escrito para comunicar a los demás ya no sólo lo que se ha percibido, sino también el concepto que conlleva inscrito en su seno. Por ejemplo, veo una alondra sobrevolando el tejado de mi casa, y contemplandolo infiero que lleva una rama en su pico, y entonces escribo: "La alondra vuela fugazmente sobre la superficie de mi hogar, y por lo que parece va buscando donde anidar" Como puede verse, mientras se lee, pasan en el entendimiento imagenes, que posteriormente pasan a ser concepto, y uno además que nos advierte el orden natural, y concretamente, las causas y los efectos.

Muchos suelen usar de lo enrevesado para comunicar un despilfarro de pensares sueltos, mas ha de saberse que el buen decir no por ser luengo y extenso queda mejor dicho, normalmente acontece lo contrario, puesto que lo conciso habla suficientemente de sí. Mejor agudizar la intensidad que no la extensión, pues la intención se mostrará con mayor razón de ser, que no cubierta por un manto inventado. Es preciso reconcentrarlo todo sobre el concepto, afinarlo y pulirlo de accidentes en demasía que nos alejan de lo central, de la esencia que se comprende al penetrar el núcleo del asunto. Ello tampoco quiere decir, que haya que eliminar todo el decoro de una prosa elegante y que conoce de laberintos, y que usando de ellos nos llevan al tesoro recóndito, pero tampoco es lo suyo cargar de sombras y oscuridades aquello que debe asemejarse a la claridez y a la luz. Normalmente esto ocurre en los escritos académicos, los cuales se cargan de tecnicismos, y se establecen una serie de páginas como máximo o mínimo, que provocan un ambiente hostil y de confusión. Quienes usan de estos formatos, si algo son capaces de transmitir es su confusión y perplejidad hacía lo que no entienden, y ello obviamente nos provoca que nosotros tampoco lo entendamos, se diría que nos meten en una cueva muy oscura y luego tienen el descaro de no mostrarnos la salida.

Hay veces que es necesario dar vueltas a un asunto que tiene su complejidad, mas también se deben dar atajos lúminicos que permitan que el lector tenga atisbos del concepto al cual el autor quisiera llevarle, para que así la conclusión atienda a un precedente, a su desarrollo, y a su cúlmen. Así como los entes tienen su substancia, así también los asuntos que versan sobre las cosas comprenden de una esencia, de un orden de coherencia que quién escribe debe dar a entender para dar profundidad de concepto e íntima comprensión del asunto que usa de un cúmulo de conceptos, y siempre del particular al universal, jamás a la inversa. Creo que no es necesario advertir, que si quién escribe no ha entendido en su totalidad las vicisitudes de aquello sobre lo que escribe, lo mejor que debería hacer es callarse, y esperar a comprender mejor sobre aquello que escribe, como bien ocurre hoy día que mucho se escribe sin enterarse el propio autor de lo que está escribiendo, ni mucho menos a dónde quisiera llegar.

La escritura bien pudiera asemejarse a los rastros que podríamos encontrarnos en una senda que todavía nos es desconocida, y que recorremos con tiento. Ahora bien, no nos parecería acertado que se nos velase, pues el camino ya es, conviene a quién escribe delinear la verdadera senda en vez de la errada. No me refiero a que nuestra tarea sea meramente descriptiva, sino que muy al contrario esta debería ser la de desterrar lo que se encuentra profundo, y que gracias a los matices claros que nos presta el sol con la ayuda de nuestros propios ojos, se conozca el núcleo de aquello que procuramos explicar, aquello que queremos dar a entender, y que lo hacemos porque lo entendemos, y así se lo queremos comunicar a otros.

De todo lo dicho, adolecen mucho los supuestos escritores de nuestro tiempo en comparación a los inmortales clásicos -tanto latinos como griegos, como así nuestros clásicos renacentistas y del barroco- que pensaban mucho antes de decir lo que llegarían a escribir, y que afinaban y reconcentraban el concepto para mejor darse a entender. Primero se daba la experiencia, la cual se resolvía en sus andanzas diarias y en su contacto con el mundo, extrayendo lo que de espiritual tienen las vivencias, y ya posteriormente, escribían aquello que habían averiguado en torno a lo experimentado, dábase el objeto para después llegar al concepto. Y así ocurre -y no es extraño- que quién profundiza en la cosmovisión de los antigüos, además de adquirir un mayor sentido común, suele ser mas ordenado a la hora de vivir y de escribir, comprende de un sentido aparejado con el orden que es debido, agudiza la razón natural, y esto podría llevarle a Dios desde el entendimiento, cuyas obras darían testimonio de una comprensión ya vivencial de la razón revelada, y con ambas, ser hombre de inteligencia y de bondad acorde con lo establecido por el Señor.

Como apunte final, advertiré que no solamente importa lo qué se dice, pues también se ha de atender a cómo se dice, tan importante es lo que es como el modo en el que se da lo que es, ya que sin un pulido modo en el que referirse, nos será mas complejo acceder a la concreción de lo que se es a través de la escritura. Nuestro modo de conocer tiene sus particularidades como hombres dotados de una razón natural, lo que tampoco quiere decir que debamos hacer incidir a los objetos tal y como son percibidos, como si nuestro entendimiento legislase sobre algo, o nuestra percepción antecediera a lo que primero ha de ser captado, lo que debiera hacerse es usar bien de nuestra razón y acomodarla a lo natural, a lo que se da de manera que lo que transmitamos sea lo mas fiel posible a lo que se nos muestra ante los ojos. No sería justo establecer fronteras donde se dan cercanías, no nos distanciemos del mundo, cuanto mas aparejados estemos a el, mas acomodaremos al entendimiento con sus respectivos objetos, y por ende, los conceptos se nos mostrarán mas nítidos y en este sentido, mas perfectos. Es esta una tarea que requiere de esfuerzo, de un arduo estudio que dura toda una vida, y de la que al cabo no sabremos si saldremos ilesos al menos desde la materia, ya que el espíritu comunicará según acontezca cuando nos llegue la hora postrera de nuestra vida terrenal, no así de la eterna que siempre perdurará. Sea así dicho, y sentenciado.

lunes, 12 de agosto de 2019

Meditaciones en soledad


Eran las tinieblas en el mundo exterior, nada podía verse, pues los ojos estaban sellados por los parpados. Un cuerpo se zarandeaba entre las sábanas, que advertía un incendio repleto de llamas, ardía ya por osadía, ya porque no le quedaba otra cosa que hacer. No obstante, algo acudía en el interior que refulgía, parpadeando incesantemente, una llamada que no quería ser del todo recibida. Todo era oscuridad, mas si uno animado por la curiosidad más impertinente, se atrevía a indagar en las oscuridades cual túnel sin fondo, podía encontrar un ánimo alegre que soñaba. Había vida allí donde parecían habitar las sombras, incluso, en la ciénaga más inmunda que cabría imaginarse, quedaban resquicios donde podría renacer lo inusitado.

Así, pues, como íbamos diciendo, algo que no podríamos sospechar con la mirada exterior resplandecía. Mientras tanto, la estancia se encontraba bañada por una luz artificial, fría, que ocupada prácticamente la totalidad de los espacios sucesivos. Estos acontecimientos externos son meros añadidos, acontecimientos insustanciales que arrecían nuestras expectativas, y de los cuales, nuestras sospechas procuran advertir que algo grande procurará acudir en cuanto menos lo esperemos. Nos hacemos los sorprendidos cuando ocurren tales momentos, aunque en verdad, todo sucede tal cual lo esperábamos en un principio, mas aún así, nos complacemos y disfrutamos con la espera.

Lo que ocurría en el interior, quizás sea complejo a la hora de expresarlo con palabras, pero lo intentaré en estos escasos renglones. Estaba soñando, aparecían diversas imágenes animadas por el impulso volitivo, algunas de ellas carecían de un sentido especifico o racional, otras, si que contenían un significado.  Estas últimas tenían un contenido relacionado con los recuerdos, y aunque algunos de ellos eran inventados -pues jamás ocurren cosas tan insólitas en la vida real- si que entendían de un hilo; algunas de estas cosas pasaron tal y como eran en su transparencia, y otras, estaban modificadas exagerando sus rasgos. Aquel era un ámbito extraño, que a su vez, resultaba complaciente, un descanso que comprendía de ascensiones hacía cielos fingidos y de caídas en torno a abismos profundísimos. En fin, este es el espacio reservado a todo lo relacionado con lo onírico, por eso su explicación resulta tan difusa y abstracta para quién lo escribe y todavía más para quién lo lee.

Quizás una de estas imágenes podría ser permanecer en los regazos de una mujer, que con sus rellenos brazos sostenían a este pobre hombre caído en pecado. Este, en la medida que agarraba la gran multitud de las mantas que le rodeaban, pensaba en la suciedad que le corrompía, no era merecedor de nada de lo que tenía, él lo sabía, y en su fuero interno se arrepentía. Caían sus lágrimas en los pechos de la mujer, y cosa rara para la mayoría de los hombres, no contenía en su corazón deseo alguno impuro, simplemente la abrazaba expulsando los demonios que en él habitaron durante tantos años. Ella le sonreía, sentía compasión por aquel desgraciado, y además, le amaba. Le quería como se quieren a los niños, aquellos que cometen una trastada y se dirigen hacía sus madres dando rienda suelta a sus sollozos. En esta ocasión, a ella,  no le invadía la sospecha de confundirse con su madre, pero tampoco podía negar que reservaba en su interior ciertas afecciones maternales. Mientras él seguía gimiendo de tristeza, ella le implantó un casto beso en los labios, un inocente roce del espíritu que le limpiaba de todo pecado. El mal había desaparecido, pronto debía comenzar el tiempo del bien, la verdad y la misericordia.


Aquel descanso en apariencia perpetuo, entiende de un comienzo y de un final, por ello en cuanto la luz se hizo, la vida comenzó de nuevo. Yo me desperté y supe que era aquel hombre. Añoré los regazos de aquella mujer celestial, que como un ángel cuidaba de mi alma infantil. Obviamente yo ya no soy un niño, pero me gustaría guardar esa cierta inocencia y confundirla con la bondad, bautizarme con aquella pureza nacida con la promesa de la luz.

Me levanté de la cama, y acto seguido, clavé mi mirada en la ventana. El tiempo era próspero, el viento fresco y el fulgor de la luz cálido. Hice los rituales habituales, la ordinaria rutina trascurría con placidez y con la lentitud acostumbrada. Un sosiego campaba a sus anchas, y yo, lo sostenía con el límite de los dedos. Esta soledad mía me resulta una bendición, la cura que todo espíritu necesita para eliminar la maldad que se forja en lo que unos señores con traje, bien vestidos, indicen en llamar “la civilización” con un tono tan arrogante como imperioso, a la par que orgulloso. Desprecio todo ese decoro impostado, lo rechazo por resultarme una naturaleza contraria a la mía “¡Ojalá me dejen en paz con sus tonterías!”- me digo a mí mismo cuando el recuerdo de gran parte de la gente que he conocido acude a mi memoria para acuchillarla con el sutil filo de los reproches ajenos.

 Como hace un día espléndido para dar un paseo, decido obedecer a tal piadoso deseo y voy caminando, disfrutando con cada uno de los pasos dados. Miró a mi al rededor y redescubro lo que ya miré en otro tiempo bajo distintos ojos, que aunque ya entonces eran los míos, no sabían mirar de la manera que hoy día lo hago. Los árboles que dejan caer diversas bellotas me traen fragancias de la infancia, y, las carreteras despejadas de coches me producen calma y la esperanza de un nuevo resurgimiento espiritual que se alimenta en mi interior cada vez que me dirijo al campo descubierto, con la ausencia correspondiente en lo que se refiere a las personas. Necesito hablar conmigo mismo, aconsejarme respecto a lo qué hacer ahora que nadie interrumpe con sus voces el curso de mis pensamientos, que ya afloran cual raíces matutinas.

Pero, de repente, veo ante mí una larga fila de bancos maltrechos de madera. Llevan tantos años aquí, que el tiempo ha hecho con ellos lo suyo. Entonces, acudiéndome cierta somnolencia, recuerdo a todas aquellas personas con las que estuve allí sentado y las conversaciones que mantuve mientras andábamos por estos despejados lares, lo que amé, lo que sufrí, lo que otros tuvieron que soportar de mí… Y en verdad, me arrepiento de tantas cosas, que el sólo rememorarlas produce en el interior la nostalgia de lo que se le fue y ya no es, a lo que se le suma, la impotencia e imposibilidad de volver a traer de regreso lo que ya posa en lo pretérito. Ya se sabe, el discurso acostumbrado de lo inevitable del transcurso del tiempo, que nos impide cualesquiera retroceso y reparación del daño causado. Así somos, tan contradictorios, siempre posicionados entre dos extremos que jamás convergen, y en cuya separación reside el sentido del vivir.

“Vamos a ver, ¿Qué me hago de mi mismo? ¿Quién diablos soy? ¿Y por qué estoy aquí plantado como si nada después de todo lo que me ha pasado hasta llegar al tiempo presente? ¿Soy un ángel caído? ¿Una bestia descarrilada que necesita ayuda? ¿Y de dónde podría venir aquella ayuda? ¿A caso existe alguien que pueda socorrerme?” - tales dudas nacen de mí en los paseos que suelo darme durante el atardecer, cuando el cielo resulta más hermoso y los pensamientos más pesados. Tanto que se me caen del alma, y causan tal dolor y estruendo que mi espíritu se tambalea, y llega a contraerse debido a las penas.

No hemos de olvidar, que pese a este sufrimiento -y quizás precisamente por el-, hay una posibilidad de redención, de una salvación que nos transforme y nos libere espiritualmente. Pues en el interior de todo hombre se encuentra el consuelo, pero ocurre que no solemos advertirlo por las distracciones y tentaciones que nos acosan de este mundo. Nos abochornan con palabras, nos confunden con sentencias, nos turban con sus pasos, nos obligan a ser quienes realmente no somos con sus obligaciones, sus leyes, sus costumbres para burros, sus dictámenes autoritarios… ¿Y nosotros qué hacemos? Nos limitamos a escuchar y contraemos nuestros rostros por tanto dolor, lloramos a solas y nadie parece dispuesto a atendernos cuando precisamente nos mostramos más humanos. Esperamos una llamada que nunca llega, la señal definitiva que nos redima, y después, todo en vano… La rueda que gira y gira de siempre, nosotros la recorremos como ratones que persiguen un ideal en forma de queso, y en nuestras incertidumbres, no lo atrapamos a pesar del esfuerzo. 

El fruto está ya caduco, a no ser que busquemos otra vía mediante la cual atraparlo, sostenerlo con nuestras enflaquecidas manos y llevárnoslo a la boca para saborearlo castamente. La cura se encuentra mucho más cercana de lo que pensamos, tanto que esta se haya en nosotros mismos. Hemos de comenzar desde dentro, y de ahí al mundo entero. Sí, es verdad, este es impío e injusto, pero aún existe lugar para el bien. Quiero decir, que todavía hay un hueco que todavía no se ha emponzoñado, si nosotros insistimos podemos plegarlo de bondad. Y que no os engañen, Dios no se encuentra en templos, cercado por muros que impiden un verdadero contacto con lo divino, oscurecido con interpretaciones oficiales impuestas por gente a la que no conocemos. Dios se halla allí donde habita la libertad, en campos abiertos como ahora los recuerdo, donde la verdad es un suspiro, una ráfaga de viento que nos purifica. Si se quiere orar como se debe, que no sea frente a una pared, en edificios extraños, mucho mejor es en las entrañas de la naturaleza cuando los pájaros cantan y la totalidad de los seres vivos se muestran unidos en armonía.

En lo que a mí respecta, solamente me queda por dar amor, encontrar a Dios por mí y desde mí mismo en el interior, allí donde las profundidades pueden ser iluminadas. Afirmar, decir sí  y estar dispuesto. Negar al miedo, procurar vivir conforme a Dios, pero no porque me lo impongan como una necesidad desde arriba, sino por la salvación de todos. Necesito alejar todo mal, buscar el bien en cada hecho. Hacer de la fe un obrar. Quiero, en fin, vivir y morir como un hombre cualquiera en esta tierra, y aunque se busque también la eterna, queda el soñar con que el paraíso sea tan similar a estos  beatíficos prados, que apenas se pueda percibir la diferencia. Abrir, cerrar los ojos, marchar y regresar al amado hogar. Ser recibido allí, y después de tantas luchas, descansar. Pues en cuanto paremos, los cielos se nos juntarán con la tierra, y todo lo que hayamos hecho y dicho será una fábula que volverá a ser escrita. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Mi fe


A mi modo de ver, la creencia -es decir, la necesidad o la búsqueda de un sentido divino que llegue a formar parte de nuestras vidas- supone el problema, y a su vez, la solución a todo planteamiento donde nos encaminamos. Quiero decir, que en el fondo, todos nuestros esfuerzos -y los que se han dado a lo largo de la historia del pensamiento- van dirigidos a tener una concepción de Dios. Dependerá de muchos factores a la hora de llegar a definirlo de múltiples maneras, pero al cabo, tarde o temprano nuestras inquietudes nos dirigirán a formar nuestra visión de lo Divino, incluso, quienes presumen de carecer de alguna, y se esconden en el cómodo ámbito de la carencia o de la neutralidad fingida, ya sin quererlo a propósito han creado por sí mismos a su Dios. Unos tendrán a su Nada, al Dinero, a la Utopía comunista… Tristes dioses, pero no obstante, dioses de una u otra forma.

En lo que se refiere a la existencia de Dios racionalmente argumentada y demostrada a partir de unos principios causales, cuyo reflejo se contempla en los efectos. y definida a partir de unos atributos negativos, lo considero algo que se da por hecho y que ya han demostrado los teólogos a partir de la razón natural. Sin embargo, ello no me interesa en lo más mínimo, pues aunque satisface a la curiosidad erudita, no así hace latir con más firmeza al corazón. La razón llega y define hasta cuanto puede -y es capaz de ejecutar grandes cosas-, satisface necesidades estrictamente intelectuales, mas no nutre nuestra vida, no nos garantiza un sentido por el cual vivir. Cuando a la creencia se la pretende demostrar con silogismos y cúmulos de razones amontonadas, esta se sonríe levemente, pero en su fuero interno se siente en temporada de seguía, orando a las nubes para que estas se compadezcan, y con su regadío, nazcan las hierbas frescas en la mañana con su rocío acostumbrado.

Yo no me refiero al Dios inventado a partir de formulas y preposiciones, yo me encamino hacia el Dios vivo, aquel que, además de dotarnos de un sentido, nos da ánimo de vivir. Y si este no existe como presumen los arrogantes ateos, mejor sería no existir ¿Qué demonios es aquello de que la vida es un deleite efímero, y después, el vacío? ¿En serio alguien puede seguir caminando por estos lares pensando algo tan monstruoso? No lo creo, o al menos, confío en que así no sea, porque de lo contrario… ¡Pobres de todos nosotros!


Cuando voy paseando por el campo rezo a veces sin querer ni pronunciar palabra alguna sintiendo al diestro viento recorrerme el cuerpo entero, o cuando exploro inusitados lugares con el pensamiento y mi ventana está  justo delante, miro al cielo claro del día que da entrada a una noche estrellada, adornada con sus millares de luceros, y me estremezco. Sueño en tales momentos en que el Dios Padre nos cuida desde sus alturas, y que pese a las apariencias, jamás permitirá que nos quedemos solos, puesto que nuestras lágrimas se acumulan en su pecho, y en su misericordia nos perdona nuestros pecados, como así nosotros hacemos con nuestros hermanos. Inclino mi mirada al suelo, viendo como mis pies avanzan o retroceden según mis andanzas, y cuando los males del mundo corroen la memoria, aparece el rostro del Cristo con su corona de espinas de camino a su sufrimiento, y dándome consuelo me recuerda que todo aquello relacionado con el dolor no es nada nuevo en este horizonte donde convivimos, o al menos, pretendemos hacerlo.

Esa es la fe por la que suspira mi espíritu; la del sermón de la montaña, la de las enseñanzas del Cristo, que no se disuelven en las palabras, sino que se hacen obras. Claro que, en muchas ocasiones, siento un desconsuelo espiritual, y en mi mal pensar me acomete la duda, y me da por temblar en las noches cercadas por nubes. Pero, entonces, recuerdo cual vano es mi desasosiego en comparación con los sufrimientos del Cristo, y pese a que esto no logra mitigar del todo este dolor interno, al menos me alivia momentáneamente hasta que después acuden las lágrimas. Tengo por cierto que el comienzo de la duda supone el puente para la fe, pero no se puede caer en ella permanentemente porque si así fuese ¿Que distinguiría al creyente del incrédulo? Y ante esa pregunta, la verdad es que no sabría que contestar, pues siendo sincero he conocido a lo largo de mi escasa vida creyentes que diciendo serlo no se comportan como tal, y supuestos no creyentes, que negándolo no parecen advertir que con sus acciones son más creyentes que otros tantos. He ahí mi perplejidad, mi confusión, pero también, mi paradójica fe.

Mi creencia -si así quiere decirse- es de índole sentimental, y pretende ser una esperanza lanzada sobre esta vida para sobrepasar los oscuros abismos y dar luz allí donde habitan las tinieblas. En este valle de lágrimas hay multitud de demonios sueltos con apariencia de víctimas, lobos feroces con piel de oveja habitan en estos montes, y por ello hemos andar con tiento e intentar hacer de nuestra fe obras, pues de lo contrario, nada vale el suplicar por Dios, si no se atiende al prójimo y seguimos mirando por nosotros mismos cuales gentiles con falta de moral. El verdadero creyente, a mi parecer, ha de ver fragmentos de Dios lucientes en los rostros de sus hermanos, y sobre todo en los niños, aquellos de los que el Cristo nos advirtió que serían los que entrarían en el reino de los cielos ¿Tendríamos que dejar nuestros bucles intelectuales y volcarnos en procurar recuperar la fe infantil? Yo pienso que por simple, es la que más vale.

El cristiano es aquel que procura con todas sus fuerzas seguir el ejemplo del Cristo, y entre todos los mandamientos que el Hijo del hombre re-formuló del Antiguo Testamento -cambiándolo totalmente- para dar entrada al Nuevo es aquel que sustituye el ojo por ojo, por el de aprender a perdonar las ofensas, y dejar de censurar los pecados ajenos no advirtiendo la viga que se posa sobre nuestra pupila. Y esto es una cosa que muchos han de procurar poner en práctica, donde yo mismo me incluyo. Pero, sobre todo, pienso que el más importante es aquel consejo que Cristo reitera varias veces a sus apóstoles y discípulos, el de amarse los unos a los otros, ya que ¿Qué es la fe sin el amor? La nada, la religión de los impíos y los morbosos que justifican sus vicios en la ausencia de Dios.

Poco me importa que se me acuse de proliferar sentimentalismos, e incluso, de caer en una herejía respecto a la doctrina oficial, puesto que lo que diga cualesquiera listado de reglas formales no tiene influencia en mis decisiones vitales, porque es el Amor lo que da entrada a la piedad y a la caridad, y de ello, se siguen las buenas acciones que se realizan tanto por el bien común como por la salvación personal, pero no es esta última como muchos beatos que me recuerdan a los Fariseos, los Saduceos y los Escribas -que fueron precisamente, contra los que luchó Jesucristo con el ejercicio activo de la veracidad y del rechazo a su falta de autentica fe- que se piensan que la gracia divina es un intercambio comercial. Ya os digo que quienes crean que acudiendo a la Iglesia y pagando los diezmos están salvados, yerran del todo y podría decirse que se comportan como hipócritas respecto a sí mismos aceptando las dádivas de los sacerdotes que han convertido la casa de Dios en aquel festín de mercaderes por el que tanto se enfureció -y con razón- el Cristo.

No es el símbolo ni el decoro lo que nos conducirá al Reino de los Cielos, es nuestro amar a la tierra actuando en correspondencia con los dictámenes divinos impresos en el corazón lo que nos hará ganarnos el cielo, siendo así un intento de ángel atrapado en una cueva oscura. Al igual ocurre respecto a la moral, no se trata de unas pautas a las que uno deba estrictamente regirse como quién repite lo que el maestro dice, esta se halla en nuestro interior y aflora cuando la injusticia campa a sus anchas. Muéstrame un acto malvado y violento, y ya os aseguro que se me oprimirá el alma y lo censuraré internamente, y aún mas si soy yo quién lo ha cometido.

Sin embargo, hoy día nos movemos por el mundo sobrepasando la animalidad, y nos hemos encerrado en una cámara de cristal que se empaña con las necesidades ajenas, cual neblina que a su vez hace de espejo para solo vernos reflejados a nosotros mismos. Todo esto es una impiedad y una falta de humanidad en la que nuestro modo de vida nos conduce cada vez más, y a la que además, las restantes personas nos inducen a continuar como si no pasase nada, como si no hubiese bien ni mal, como si nada importase… ¡No pienso dejarme caer en la tentación de esta maldad colectiva y propagada por las instituciones y sus jerarquías! Mirad, por favor, al hermano que os pide ayuda, aquel que sólo busca un mendrugo de pan, o unas monedas para sustentarse, o quizás para alimentar a una familia entera. Socorredle, prestarle vuestra mano y dar aquello de lo que vosotros tenéis dos pares, si tenéis las necesidades básicas cubiertas siempre se puede dar sin pedir nada a cambio. Muchos os dirán en su pecaminosa manera de pensar, que no confiéis, que rehuséis de ayudar, que todo seguirá igual… Ellos ya han caído, han sido depravados por el ambiente urbano cayendo en el nihilismo más sucio, intentad enseñarles el camino correcto, y si os hacen oídos sordos, buscad a quien los tenga abiertos.

 En esta vida se trata de proseguir, de vivir manteniendo la fe a pesar de las contrariedades que nos puedan acometer y de los muros que los estados implanten a nuestros alrededores. Vosotros diréis: “¡Pero eso es tan difícil y nos parece imposible!” Dejad de quejaros almas enflaquecidas, faltas de voluntad y de esperanza, y dejar paso a los que mantienen su luz intacta y no corrompida por las fugacidades mundanas. “¡Ay, todo es efímero y azaroso!”- dirá alguno desperdigado, dejándose arrastrar por lo que la publicidad le dice que sea. Pues que sepa que nada pasa sin algo estable, ni el azar puede moverme si yo me mantengo erguido.

Es un esfuerzo constante, es el luchar en el interior incesantemente, y así, no dejarse arrastrar por influencias extrañas que nos procuran obligar a transitar por la senda de la mentira, y mucho menos, aceptar autoridad ni imposición de este mundo, y aceptar de acuerdo con la faz de un Dios vivo una fe ardiente que como un fuego que nunca se apaga a pesar del frío, atravesando con sus llamas los copos de nieve nacidos de nuestras etapas gélidas. Sé que procurarán vencerme, abatirme a base de golpes, hacerme temblar las piernas con dudas, titubear al leer la palabra sagrada por el miedo, pero, que sepan que mantendré la fe en mí. Confío, en que después de todo, Dios nos salve a todos y nos mire como a hijos extraviados, que, como semejantes, se arrepientes de sus pasos errados y vuelven allí donde fue su beatifico origen y pasan a vivir eternamente junto a los suyos, aquellos que en vida los quisieron, y en la muerte, permanecen juntos mas allá de las eternidades.