domingo, 12 de julio de 2026

Un ensueño místico

 Aris y Leuciké iban de camino hacía una extraña cita. Ambos son pareja, mas tienen problemas. Aunque se conocían desde hace largos años -incontables desde nuestro computo humano y lineal- los escollos acostumbrados entre conflictos amorosos fueron acumulándose paulatinamente, hasta que llegó un punto que estos eran tan inmensos que les costaba cargarlos con sus propios hombros. El peso de sus desdichas debían ser cargados con sus espaldas en conjunto, cual ejercito que afronta la embestida de un enemigo común, pero sin embargo en vez de eso, cargaban ese peso como a turnos, lo que hacía que algo que podría llevarse sin problemas entre los dos, acabara siendo demasiado pesado. Ya se encontraban bastante magullados debido a estas cargas del pasado, y en vez de culparse a sí mismos por su escasa cooperación, tendían a señalar al otro como único culpable de las heridas del otro. Obviamente, el tiempo solviantaba esas heridas cerrándolas parcialmente, mas al cabo en otra contienda volvían a abrirse y a invocarse antiguos resquemores.

Mientras ambos iban caminando, se cogían a las veces de las manos mostrando que tenían el apoyo del otro, pero en ocasiones se miraban de soslayo con cierta desconfianza, o a lo menos un ápice de perplejidad ante los sentimientos del otro. Quizás algunos podrían pensar que el problema estribaba en una falta de comunicación, pero en realidad era más bien que debían hacer instrospección individual antes de comenzar cualesquiera conversación, de lo contrario por muy sincera que esta fuera resultaba en balde. Nadie podría dudar de que se querían, sin duda era así. Mas les faltaba ese toque de comprensión mutua para afrontar los problemas que les vinieran, o al menos eso parecía connotar el fulgor dubitativo de sus pupilas cuando estas se posaban en el otro. El amor para ellos era ese impulso que les llevaba a los brazos del otro, mas eso no era suficiente para que su vinculación fuera férrea, necesitaban también del conocimiento, ese saber solidifica al amor verdadero.

Tras larga jornada sin decir palabra ni soltar prenda alguna, llegaron al punto deseado, o a lo menos el destino prefijado por una extraña citación que recibieron en su buzón. Era anónima, y les indicaba que si querían solucionar sus problemas y contrariedades debían encaminarse justo hasta ahí. Y llegaron. Era un edificio enorme en medio de un inhóspito bosque, no podría ser una imagen mas contradictoria debido a que el susodicho bloque de marmol estaba impoluto, como recién instalado, en tanto que los árboles de los al rededores eran bastante antiguos, con sus ramajes creciendo aquí y a allá tal y como su propia naturaleza indicaba. Los blanquecinos y artificiales muros de hormigón contrastaban con aquellas ramas cargadas de hojas de un verde oscuro y del musgo asilvestrado, los cantos lejanos de los pájaros no tenían nada que ver con los pitidos de máquinas que provenían del interior del edificio, y la sensación de agorafobia que transmitía la construcción del hombre contradecía la excelsitud de los parajes naturales. Titubearon al principio, mas al cabo decidieron entrar sin saber por qué ni para qué.

Ya en el interior les recibió una enfermera insulsa que hacía de recepcionista, y les llevó a una sala de espera bastante anodina. Una vez allí, a los pocos minutos, les llevó a otra sala, y de esta a otra. Ya no eran personas las que les indicaban el siguiente paso a seguir, eran voces artificiales que provenían de la megafonía, tan automatizado se encontraba aquel lugar. Tras dar varias vueltas sin sentido ni propósito, sin ser llamados se encaminaron ellos mismos en dirección a un portadón que se encontraba algo magullado, y que les costó abrir debido a su peso. Aquella puerta ya no se encontraba automatizada, y esto era porque se percataron de que estaba rota. Y no sólo era la puerta robotizada, sino también todo el interior. Parecía que todo aquel lugar hubiera sido arrastrado por los estragos de un trasgo enfurecido, o quizás que una tormenta se hubiera inmiscuido en los asuntos de aquel edificio. Según iban recorriendo su interior, vieron trozos de paredes y de máquinas destrozadas aquí y allá, cual si esa zona se hallase en construcción. Pero pronto supieron que era todo lo contrario, a saber que había sido destruido.

Pues cuando llegaron al final de toda aquella cadena de destrozos, se encontraron con una suerte de empleado trajeado de blanco que se encontraba evidentemente desesperado por su gesto, ahí tirado en el suelo de cualquier manera y con las manos apoyadas en la cabeza. Este les dijo que un hombre con unas túnicas rasgadas había entrado ahí en compañía de una mujer pequeña y monda, y había destrozado todo aquel lugar. No comprendía para qué ni por qué, mas lo que sí sabía es que se había quedado sin trabajo. Y tras decir estas palabras salió de ahí como si tal cosa, la pareja le acompañó y cuando estaban en la salida de emergencia en la parte trasera del edificio, vieron anonadados cómo aquella estructura se derrumbaba enteramente, desperdigando trozos de yeso y polvo por todos los lados.

Se miraron el uno al otro consternados, sin saber qué hacer. Pero, como ánimados por un extraño fuelle interno, se internaron en el bosque y continuaron andando por la senda que trazaron por el barrizal tantos otros hombres sin senda propia tal y como eran ellos mismos, sus pies construían aquel camino paradójicamente a todos aquellos que no tenían ninguno. Ni ellos mismos sabrían decir cuanto tiempo estuvieron caminando, quizás fue incluso hasta medio día porque ya era de noche cuando llegaron a una rústica aldea. Y tan rústica, ya que incluso el término de aldea les quedaba demasiado moderno, aquello era un terreno con ciertas hierbas desperdigadas y otras tantas otras zonas de barro donde cada ciertos metros había una casucha construida de tierra y de paja, como las de las tribus de antaño. Y mientras las examinaban sin comprender nada, un hombre muy fortachón les recibió ahí y les indicó donde podían descansar hasta la mañana siguiente, ya entonces encontrarían respuesta a sus preguntas.

Y así fue, ya que nada mas despertarse al día siguiente y disfrutar de un frugal desayuno, el mismo hombre que les recibió les explico que aquella zona era una aldea provisional de todos aquellos que huían de la ciudad, y que si querían saber mas tan sólo tenían que seguirle. Así lo hicieron con cierto tiento, llegando a una casucha mas alejada y maltratada que las demás, de la que salió un hombre con unas pintas un tanto estrafalarías. No sabía por qué, pero a Leuciké le dió la sensación de que aquel hombre tan extraño era el mismo que había destrozado el edificio que se encontraba en mitad del bosque, y así sin tón ni son se lo comunicó, a lo que este le respondió:

- Efectivamente. Yo fuí quién redujo aquel lugar a cenizas, y me siento orgulloso por ello. Allí acudían varias parejas cada cierto tiempo para reforzar su unión, pero al cabo conseguían todo lo contrario, debido a que aquel lugar experimentaba con sus mentes llevándoles al límite, hasta tal punto que ya ni sabían quienes eran ellos mismos. Por lo visto se trataba de un tratamiento experimental, que como todo experimiento siempre está destinado al fracaso. Por cierto... ¡Ay de mí! ¡Qué maleducado soy! No me he presentado. Veréis, por todos estos contornos me conocen como el soldado-brujo por mis hazañas y desventuras, y aunque tengo otro nombre para otra clase de gentes, baste con esto a modo de presentación. Quizás os suene mi nombre, quizás no pero poco importa. Tengo pensado salir de esta aldea para explorar otra zona del bosque que se encuentra varios kilometros mas allá, y donde pretendo encontrar algo que es de mi sumo interés ¿Me acompañaréis?

Aunque le escucharon con bastante atención, dudaron sobre qué responderle ya que todo aquello les quedaba demasiado grande, o al menos esa era su sensación. Mas Leuciké animado por no se sabe qué impulso interno le indicó que él le acompañaría, pero que sería mejor que Aris se quedase en la aldea hasta su regreso, no porque no fuera capaz de emprender aquella especie de misión, sino porque para su propia tranquilidad sería lo mejor. El soldado-brujo se lo concedió, e indicándole con un gesto de su largo brazo el camino que deberían recorrer, se puso en marcha sin pronunciar palabra alguna. Leuciké se despidió momentáneamente de Aris, abrazándola y diciéndola que no se preocupase, que regresaría ahí junto a ella en cuanto le fuera posible.

Así Leuciké fue siguiendo al soldado-brujo por la maltrecha senda, observándole con atención y con una mala disimulada perplejidad. Le daba la sensación de que este se desplazaba de una forma un tanto extraña, abriendo muchos los brazos y dando grandes zancadas, cual si fuera una especie de cuervo. Incluso el gesto que adquiría su semblante connotaba eso mismo, ya que fruncía sus rasgos como si estuviera meditando sobre oscuras señales. Quizás fuera sobre el camino a seguir, puesto que a diferencia de la anterior senda, esta no se encontraba marcada por los pasos de otros, aquí todo eran ramajes y extrañas plantas desperdigadas sin razón de ser. En la medida en la que avanzaban mas le sorprendió que el ambiente fuera adquiriendo cierta densidad, las ramas de los arboles cubrían el horizonte y parecía no haber terreno llano sobre el cual apoyar el pie para dar el siguiente paso, pero sin embargo y a pesar de ello, el soldado-brujo seguía caminando, desplazándose de aquella extraña forma, siguiendo un augurio o una intuición secreta que Leuciké intento desentrañar en vano.

Finalmente llegaron al destino, o así se lo comunicó el soldado-brujo con un gesto brusco de su cabeza. Al principio Leuciké no sabía a lo que este se refería, pero cuando prestó una mayor atención saliendo de entre los arbustos que le cercaban, vió en las alturas sobre una plataforma que asemejaba un hongo inmenso, de un tamaño exorbitante, a una mujer gigante en su cúspide, en tanto que a su al rededor se desplazaban volando a su al rededor lo que parecían semblantes simiescos con alas en sus orejas. La mujer se encontraba velada por una escasa ropa tribal, su piel cobriza no era extenta de una exótica belleza, y sus largos y luengos cabellos negros como el carbón la conferían de una sensualidad que no cabía en las palabras. Mientras esto miraba con una mezcla de deseo y de pavor, el soldado-brujo se desplazó volando en dirección a aquella mujer gigante, situándose frente a ella para que le reconociera.

Ya cuando se encontraba en sus mismas narices, esta rió con sorna e impidió que los semblantes simiescos atacasen al soldado-brujo con una señal que les hizo con la mano y con reconciliadoras palabras, lo que hizo que estos se desplazasen al rededor del mismo como escrutándole. Ella parecía sumamente feliz de encontrarse ante él, y después de intercambiar frases galantes y de cortesía, sacó lo que parecía una barra de hierro, dándole un leve toque en la cabeza. Así, paulatinamente, el soldado-brujo fue incrementando de tamaño hasta alcanzar el de la mujer, convirtiéndose en su semejante como por toque de magia. Cuando se halló en susodicha forma, yació con la mujer gigante como hacen los que sienten el impulso de una pasión desenfrenada, quedándose en tal sensual tesitura por espacio de tres horas. Nada mas terminar, se tumbó al lado de la misma y esperó en tanto que él mismo fue menguando a ojos de ella hasta alcanzar su tamaño original. Así se quedó largo tiempo encerrado entre sus dos inmensos senos, en tanto que a ella le vino el sueño. Los rostros simiescos salieron desperdigados de ahí, buscando quizás alimento, y uno de ellos sirvió al soldado-brujo para que este bajase de la plataforma. 

Cuando ya estaba en el suelo y el mono volador se fue de ahí junto a sus compañeros, el soldado-brujo se posicionó ante Leuciké, y sin mediar palabra alguna posó la palma de su mano en su frente, cerrando los ojos y declarando unas palabras en un idioma que para este era desconocido. Cuando quiso darse cuenta ya no estaba junto al soldado-brujo en aquella zona de ensueño, sino de vuelta en la aldea de la cual había partido. Con la diferencia que ya no había nadie allí, a excepción de su amada Aris que esperaba su regreso con añoranza. Esta, nada mas verle, se encaminó corriendo en su dirección y antes de decirle nada se limitó a abrazarle. Tras largos segundos de intenso abrazo y de lágrimas contenidas, le preguntó sobre lo que le había acontecido en compañía de tal extraño personaje, a lo que Leuciké le respondió:

- Desconozco lo que he vivido, mas sólo te sabré decir que el soldado-brujo va a tener un hijo, y que interpretando este simbolo, ahora sé que nosotros también vamos a tenerlo. Dejemos nuestros problemas a un lado, en suspenso de momento, porque el ego debe ser quebrantado con la llegada de un nuevo ser que nos sobrepasa. Y ahora, toma mi mano y marchémonos de aquí para regresar a nuestro hogar.

Aris, perpleja sin saber cómo era posible que Leuciké supiera todas aquellas cosas, se limitó a sonreírse con sincero regocijo a pesar de la sorpresa. Y cogiéndose de las manos en feliz unión se encaminaron de regreso al lugar del que ambos eran originarios, sintiendo para sus adentros que un nuevo tiempo se acercaba, y que a pesar de las dificultades que les ofreciera la vida y las circunstancias que a esta atañían, las sobrepasarían si permanecían  juntos como ahora mismo atravesando el bosque soñado en aras de una pronta salida.

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