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domingo, 21 de junio de 2026

La Sombra

 Ahora, tumbado en una oscuridad total innaccesible a los sentidos reflexiono sobre mi vida y su relación con la aparición de la Sombra. Y mientras medito en torno a este problema tan extravagante para la gente corriente no soy capaz de localizar en un punto temporal cuando apareció la susodicha entidad. Quizás siempre me acompañó, siempre estuvo cercándome poco a poco, mas puede que debido a lo impreciso de los recuerdos demasiado lejanos no sea capaz de explicarme su principio u origen. Es posible que ya desde el vientre materno, aquella sustancia tan extraña ya rondase al rededor de mi cordón umbilical, o que no fuese así, siendo en realidad que esta apareciese nada más alumbrarme al mundo, tanteandome con sus miembros invisibles, o puede que también que fuese algo que aún habitando en mi interior no se manifestase sino mucho después.

Lo que sí soy capaz de afirmar sin temor a equivocarme es que siempre tuve miedo. Es cierto, que por otra parte, este miedo siempre ha sido indefinido y no siempre ha dado cabida a una expresión explicita, y que aún en mis últimos momentos su expresión objetivada ha sido producto de mi mente trastornada. Mas, aún así, es bien cierto que el miedo siempre me ha acompañado allí por dónde yo iba, incluso en los momentos anodinos que comporta toda la existencia. Daba igual si decidía quedarme en casa o salir a la calle, si permanecía quieto o en movimiento, si encendía el piloto automático de la existenxia o si prefería vivir conscientemente, allí donde estuviera de la forma que fuese aparecía la Sombra para atemorizarme, haciéndome sentir quieto e inseguro, acechándome como un espíritu malvado familiar. Y mientras tanto yo, me quedaba temblando, esperando a que se fuera, a que se alejase de mi para que pudiera respirar. La verdad es que nunca me he llegado a acostumbrar del todo a su presencia, incluso en estos postreros instantes no puedo evitar que un sudor frío me recorra la frente y que desemboque en mis entrañas.

Pese a que he mencionado que no sabría decir cuando empezó todo, lo que si sé es que ya siendo un niño pequeño, un infante de escasos cinco o seis años, iba todas las noches a dormir con un miedo terrorífico que recorría con sorna mis venas, carcomiéndome en tanto que mis parpados se sellaban para dar cabida a las pesadillas. Tenía extraños diálogos en mi mente con una entidad que no sabría definidir, las conversaciones eran tan ordinarias al principio que parecía que estuviera conversando con un pátetico amigo invisible, mas con el tiempo estos diálogos fueron haciéndose cada vez mas extraños cuales pensamientos obsesivos mantenidos con una entidad intracorporal. El caso era que esto era un asunto de todas las noches, y aunque no recordaba por entonces vislumbrar a la Sombra -quizás por la oscuridad que imperaba- lo cierto era que la sentía, como cuchillas que iban acariciando mi cuerpo para luego asestarme el tajo final.

Recuerdo especialmente una de aquellas primeras noches de pesadilla en las que yo estaba completamente aterrorizado, y mientras intentaba ignorar las palabras que la Sombra imponía en mi mente, creí vislumbrar a través de las tinieblas un reflujo sombrío aún mas oscuro que fue cerciéndome sobre mí, rodeandome como las patas pulposas de una entidad terrorífica. Yo intentaba cerrar los ojos, pensar que todo aquello era producto de mi imaginación, mas cuando los entreabría con un deseo profundo de que aquella cosa ya no estuviera ahí, todavía creía percibirla deslizándose en mi dirección, cada vez más cercana, casi palpando mis entumecidos miembros. No podía parar de temblar, conteniendo un llanto que pugnaba por salir, siendo un espasmo encarnado cuya única esperanza era la llegada del nuevo día para que los rayos del amanecer aminorasen tan repugnante presencia.

Pero, ni aún la luz del día era capaz de acabar enteramente con esa blasfema entidad. Incluso en el colegio, mientras los profesores me regañaban por no traer los deberes hechos, a sus espaldas en tanto proferían su retahila y su acostumbrada regañina, veía la sútil forma de la Sombra elevándose en señal de triunfo. Parecía que esta se ufanaba con mis tragedias y desgracias, se crecía como reafirmándose en su apostura siniestra, en tanto que en mis escasos momentos de felicidad, alegría o festejo, esta se hacía pequeñita para que en el momento menos pensado la percibiese, recordándome que yo jamás podría estar del todo satisfecho con la vida, sino que muy al contrario, era su esclavo, que estaba atenazado por los grilletes que su mera existencia me imponía, evitando que avanzase un sólo paso sin recordar que en el fondo era un desgraciado. Así, obviamente, acababa por trastabilar y finalmente caerme sin remedio, a un pozo tan profundo que este se asemejaba al abismo de los mil infiernos.

Ya cuando empecé en el instituto fuí igualmente desgraciado como lo era en el colegio, sino más. La Sombra fue engrandenciendose, haciéndose casi una divinidad pagana invocada por unos antepasados que nunca llegué a conocer realmente. El caso era que aquella entidad malvada no tuvo suficiente con ser la presencia y el aliciente que me circundaba en mis desgracias adolescentes, sino que además de soportar que los demás chicos se burlasen de mí, que me empujasen y fuera motivo de sus chistes más oscuros, aquella con cada mala palabra, cada empellón o cada indirecta dada con mala baba, se deslizaba graciosamente, como uniéndose a la fiesta de mi propio martirio. Yo entonces, me agazapaba, temblaba en cuclillas esperando que todo aquello terminase en algún momento del mismo modo a como cuando era un niño esperaba la llegada del día para que mis pesadillas se disipasen.

Sin embargo, no sólo era desgraciado en un sentido externo, sino que interno también. Cada vez que me examinaba a mí mismo me contemplaba como un pingajo, un ser míserable nacido para sufrir, cual hiciera la joven que contemplándose en el espejo se viera tremendamente obesa al tener anorexia. Tampoco ayudaba el hecho de que todo aquello en lo que emprendiera me saliese mal, al ser mal estudiante mis alicientes académicos eran nimios, pero aún así intentaba esforzarme porque aunque en mi vida social yo ya era un cadáver andante, al menos que pudiese prosperar en un futuro mundo laboral. Pero aún en eso fallaba. Daba igual que estuviera estudiando hasta las tantas, el resultado de los examenes siempre eran números rojos, y ni aún los escasos suficientes me servían para seguir adelante puesto que siempre terminaba suspendiendo. Creo que tanto los maestros como mis propios padres se llegaron a replantear que fuera un tonto congénito, tan escasas eran sus esperanzas en mí que ya ni se sorprendían ante mis fracasos.

Mas, a pesar de todo, no sé ni cómo, tras repetir unos cuantos cursos finalmente llegué a la universidad con una nota raspada. A veces pienso que incluso me admitieron por pena, pensarían quizás que los mediocres también tienen derecho a ocupar su puesto en las facultades aunque sólo fuera para tener que suspender a alguien entre tantos prodigios. Pero, ni aún entonces, la Sombra dejó de acompañarme en aquellos supuestos esperanzadores instantes, puesto que entre las lecciones magistrales que daban los maestros sobre los escritos y la sabiduría de los antiguos, aquella cosa seguía insistiendo en reafirmase indefinidamente, haciendo que me despistara de mis própositos, provocando el irrevocable suspenso una vez que hubo llegado el examen. Y obviamente, en lo que se refiere a la fáceta social el asunto no fue mucho mejor porque aunque ya no se metían conmigo tan explicitamente, sí que podía percibir sus condolentes sonrisas, sus susurros escrutadores y sus risillas de crueldad disfrazada de humor. En tanto que yo me limitaba a agachar la cabeza, andando mirando al suelo, y aún incluso entre mis presurosos pasos localizar de soslayo cómo la Sombra se asomaba, vigilándome con sus ojos que eran pura negrura y emitiendo palabras indescifrables, invocaciones de antaño que eran proferidas en los sabbats de la Edad Media, intercalando la burla con la solemnidad del latín de antaño.

Un momento verdaderamente turbador de aquellos años fue en una noche en la que no sé ni cómo una joven accedió en acostarse conmigo. He de reconocer por otro lado, que era tremendamente fea y desgarbada, como deforme, aunque por otro lado no sabría yo decir si yo era mucho mejor, mas el caso es que así fue quizás por desesperación mutua. Y aún incluso en esos momentos supuestamente placenteros, mientras ella se desnudaba mostrándome unos senos alicaídos, como tristones, y sobre todo cuando entré en aquella oscura concavidad cerrada como cueva de lobo, la Sombra fue cercándome, burlándose de aquella parodia de la sensualidad, mostrando con su indice afilado como el dedo de una bruja que no podría ser mas rídiculo dando semejante espectáculo de impotencia sexual. Cada vez que esta asomaba, mi miembro se retraía, le costaba mantenerse dispuesto para el momento, y aunque finalmente logré terminar liberando un líquido nauseabundo mezclado con la sangre licuada en agua de ella, aquello fue más una desdicha que un motivo de celebración de los sentidos. También recuerdo que en mitad de la noche, cuando abrí los ojos en un momento tras una de mis ya acostumbradas pesadillas, mirando en dirección de la joven, esta se transmutó y se mezcló con la sombra, mostrándose como un cruel demonio que venía a atormentarme con sus ojos rojizos y sus cien colas negras moviéndose al son de mi propio espanto.

Mientras tanto mi vida se seguía arrastrando en su inevitable decadencia, los años transcurrían como una condena que no parecía entender de final. Seguí en la carrera durante no sé cuantos años, viendo como todos los compañeros que conocía de vista iban desapareciendo para proseguir con sus éxitos, en tanto que yo cada año me encontraba con nuevos desconocidos dispuestos a atormentarme con sus palabras hirientes, afiladas como espadas dispuestas a clavarse en mis propias espaldas. No obstante, y aún con la gran cantidad de recuperaciones que tuve que soportar, logré terminar con todo y proseguir en mi desdichada vida. Imagino que los profesores acabaron por aprobarme con pena, tanto dinero me había gastado por estar por ahí que temían que mis familiares terminasen por denunciar a la universidad entera por aquel fraude que suponían mis suspensos. Pero bueno, el caso fue que logré salir de ahí bastante lastimado y a empellones, con la sensación de aún con todos los años transcurridos de no haber aprendido nada.

Una vez que me encontré fuera, en el supuesto mundo real, la cosa obviamente no fue a mejor, sino más bien a peor. La Sombra era cada vez más grande, inmensa como un ser mitológico cuya única razón existir parecía ser la de hacerme cada vez mas desdichado. Yo andaba por el mundo como una entidad igualmente marginal a la propia Sombra, cual una nimía polilla que iba pululando por estos lares deseando que llegase una luminosidad tal que me aniquilase entre estentoreros espasmos. Desconfiaba de todo y de todos, sobre todo de mí mismo, ya que mi presencia estaba ligada a la de la Sombra, si yo existía era razón suficiente para que esta también, y en tanto que yo proseguía deambulando sin un rumbo ni adecuado ni prefijado por esperanza alguna, menguando como si me aplastasen como a una asquerosa cucaracha, la Sombra seguía creciendo inéquivocamente hasta tal punto que había días que no veía otra cosa que no fuera ella.

Aún así, intenté progresar en la vida. Pero todo era en balde, poco importaba lo que yo hiciera puesto que el resultado siempre era un estrepitoso fracaso aún en el silencio de mis congojas. Me costaba muchísimo que me admitiesen en un trabajo, y cuando lo conseguía, poco duraba ya que o me despedían por mi escaso entusiasmo, o me iba yo mismo al no poder soportar aquello. Siempre iba escaso de dinero, no lograba ahorrar, todo me lo gastaba en tonterías para animarme un momento engañándome a mí mismo, pero al tiempo incluso lo que me satisfacía en el momento terminaba también por hacerme sentirme desgraciado. Cuando creía percibir una momentánea salvación, ya fuera en la mundanidad mas nauseabunda como en el escaso consuelo de la religión, ahí aparecía la Sombra para trastornar todos mis proyectados planes. Era como si yo, portando la linterna más cara y lujosa que uno podría imaginarse, intentase con ella disipar la neblina que tenía ante mí, logrando con ello solamente vislumbrar mi propia nimiedad y en modo alguno descubrir en qué consistía vivir, ni siquiera hablar de saber qué era aquellos que todos denominaban el mundo. Mi vida era un chiste del que parecían reírse todos, pero que a mi personalmente no me hacía ni pizca de gracia. 

Daba igual cuanto lo intentase, como tampoco que variase el modo, siempre fracasaba en todos los intentos de salir a la superficie a respirar, estando inserto como estaba en una marea agitada y tormentosa. Ni hablar de relaciones de amistad y mucho menos amorosas, todo se disolvía aún antes de nacer. Los proto-amigos huían espantados nada mas atisbar algunas de mis rarezas, y los instantes amatorios se vertían en impotencia antes incluso de empezar a desarrollarse. Y lo peor de todo era pensar que aunque los demás fueran crueles e injustos en ocasiones, la culpa de todo esto era exclusivamente mía. Yo era el culpable de mi propia desgracia, no era capaz de sobrellevar la existencia tomada desde su conjunto, tampoco era culpa de la Sombra en sí aunque esta fuera un factor a tener en cuenta, ya que no supe cómo enfrentarme a ella, quizás otro la hubiera acometido desde el principio para evitar que esta creciese hasta tal inmenso tamaño, mas yo no podía hacer otra cosa que sufrir su martirio, no estoicamente como los supuestos espíritus fuertes, sino más bien como un gusano escondido entre la tierra y rezando a un dios desconocido para no ser descubierto y aplastado por piernas más rígidas. En fin, la existencia era una pesadilla y aún el despertar que es la muerte algo incierto que me hacía temblar por lo desconocido. No sé si es mejor quedarme aquí sufriendo junto a la Sombra, o abalanzarme sobre aquellos abismos que quizás después de todo se encuentren plagados de millares de seres así.

Mis recuerdos de los últimos tiempos son una sucesión de instantes idénticos e igualmente meláncolicos, compuestos la mayoría de ellos por esta nímia presencia que es la mía, intentando huir de algo que no se puede en tanto que el motivo de su huida se encuentra en sí mismo, aquella Sombra cuyo origen se me muestra difuso y confuso siempre estuvo conmigo de un modo u de otro. Poco importa que deambule por las calles de una ignota ciudad, ocultándome de la presencia de mis semejantes agachando la cabeza y haciéndome cada vez más pequeño, puesto que siempre hay perplejos ojos que le descubren a uno temblando por algo que ellos no son capaces de ver. Mientras que ellos ven a un ser insignificante atemorizado por todo, yo vislumbro ya sea a sus espaldas o a sus costados la inmensa Sombra que se cierne, dispuesta a atacarme en cualquier momento, dejándome bastante herido y sin capacidad de redención, con mis huesos en el suelo y mis sentidos sin ser capaces de reaccionar a tal oscuros estimulos. Siempre en quietud, esperando quizás una salida desconocida que me conduzca hasta la ausencia total.

Pero finalmente, ya para mi propio alivio todo ha acabado. Aquí, tirado en la cama como el cadaver que pronto seré, me sosiego pensando que ya por fin ha llegado el final. La Sombra es tan grande que pronto no veré nada, que mi existencia se sumirá en la suya haciéndose indestingible. A pesar de lo desconocido que supondrá el postrero paso, el último movimiento en la esfera de lo oculto, he optado por considerarlo mejor que una existencia que sufre en balde, sin propósito alguno más allá que el sufrir por sufrir. Aquella me atrapará y me sumirá en su oscuridad, seré una mota más en aquel cosmos de negrura, un asteroide invisible a ojos humanos que seguirá vagando por las tinieblas de su propio infierno. Es curioso, aún en estos últimos instantes de existencia que se deshace creo percibir como una escasa esperanza, distinta quizás a tantas otras secretas ilusiones que me he ido permitiendo en vida. Puede que después de todo vencer a la Sombra signifique atravesarla, convertirse en ella misma de tal modo que el vencimiento sea la derrota, y viceversa. Cada uno que saque sus propias conclusiones al respecto.

domingo, 29 de marzo de 2026

Leyenda poético-simbólica de la mujer-araña

 Ya era de madrugada cuando el marido de Amelia se desveló. Arrastrándose entre las sábanas logró encontrar la posición necesaria para apoyarse sobre uno de los pilares de la cama, y así sentarse entre colchones palpitantes. Miró a su siniestra, y a través del fulgor gélido de la luna, contempló a su mujer estremeciéndose por sudores fríos y aspavientos enfermizos. Una mirada de compasión atravesó sus rasgos en tanto que se encendía un cigarrillo, y desde entonces se limitó a contemplar cómo ascendía el humo azulenco de su colilla carcomida. Se quedó largo tiempo en esa posición, meditando cual monje budista o ermitaño expulsado de la sociedad, contemplando desde la oscuridad barnizada por la tenue luz nocturna la nada que penetraba las sombras.

Así, en completa quietud meditativa, después de instantes gobernados por las sombras del nihilismo imperante, empezaron a sugir una serie de imagenes, al principio aisladas e inconexas entre sí, mas después con un cierto orden secuencias, que aún estando dirigidas por el espíritu del azar, un sentido interno e intuitivo le indicaban que les correspondía cierta coherencia. Al comienzo de esta sucesión delirante, intentaba sondearlas dirigiendo a su mirada a los recovecos sombríos, las temía en el fondo por lo que pudiera aparecer en aquellos cuadrantes desdibujados, mas llegó un momento que fueron tantas y tal su frenesí, que no pudo evitar fijarse en ellas. Y con la atención esquiva, llegó la profundización, y con esta el abismarse en aquel mundo que al principio le pareció ajeno, pero que como después se convirtió en su propio mundo, en su vida con Amelia.

Lo que fue un caprichoso desordén se vertió en un eje secuencial que comprendía de toda la razón de ser del mundo, y lo que captaron los ojos como mera alucinación acabó volcándose en sueño revivido. No pudo resistirse a esa atención egolatra que otorgamos a todos los asuntos cuando tienen que ver con nosotros mismos, eso le hizo que se interesase cada vez más hasta que llegó un punto que no hubo sueño ni ilusión, sino que todo a aquello se convirtió en su propia vida presente, esa eternidad que rara vez logramos atrapar, pero que cuando lo hacemos nos conduce bien sea al paraíso, o al infierno, dependiendo de cuán lúgubres sean nuestras fantasías. Pero aquello no era una fantasía ficticia, no. Era más bien el eco de una vida sentida desde el fondo de un corazón vacío, que ahora se rellenaba con recuerdos. Recuerdos de los que él se consideraba el protagonista, pero que en tanto que los palpaba con sus ojos, cayó en la cuenta de que era Amelia el personaje central, puesto que siempre estaba ahí, rodeada por una luz siniestra, como el halo de una seductora diablesa.

Ya completamente abismado en aquella biografía compartida, revivió lo que fue encontrar a Amelia por vez primera. La vió ahí, abrazada a un arbol como una hippie loca, y cuando se acercó a ella para preguntar a la que entonces era una desconocida si le pasaba algo, esta le interrumpió pidiéndole silencio con un gesto. Ahí se quedó, parado como esperando que después de aquello surgiera una especie de revelación que le trastocase todo su ser. Mas lo que pasó no fue nada extraordinario, o al menos bajo la perspectiva de él, pues lo que ocurrió fue que de las cortezas de aquel árbol apareció una araña muy señorial y panzuda ella, revelando al principio unas patitas, luego centenares de ojos que contemplaban todo lo que la rodeaba, y finalmente, su cuerpo hinchazo y pintado de amarillo. Amelia se quedó boquiabierta, patidifusa ante susodicha revelación, y quién en el futuro fuera su marido, no sabía ni qué pensar.

Pero algo le atrajo de todo ello, algo había en esa joven de la que todavía no sabía que se llamaba Amelia que le atraía. No se trataba de un componente necesariamente físico, puesto que Amelia era una joven muy normal, de cuerpo esbelto y formado eso es cierto, mas lo que atraía de ella no eran sus formas ni su belleza que sólo se descubría cuando se la contemplaba un determinado tiempo, lo que te llevaba irremediablemente hacía ella era esa aura de reina de otros tiempos, esa severa majestad que te conducía a callarte si ella te lo indicaba con un gesto como hizo su futuro marido en cuanto ella se lo indicó, como un vasallo caballero dispuesto a entrar en batalla con otro reino del que no tenía ni idea si así se lo indicaba la realeza que pretendía defender.

Así, desde entonces, se presentó repetidas veces en ese mismo lugar por si encontraba a Amelia. Unas veces estaba allí, otras no, pero la ilusión de poder verla siempre palpitaba en su corazón pese a que el resultado fuera negativo o positivo. En estos últimos casos, él se acercaba con tiento, con cierto temor de espantarla si osaba acercarse demasiado. La veía allí, pegada a la corteza para comprobar si la araña preñada ya había dado luz a sus crías desde las sombras de sus entrañas, en otras ocasiones la encontraba con sus aúreos cabellos pegada al suelo, acariciada por las hierbas que ahí crecían, como si pretendiese escuchar ruidos que emanaban de la tierra cual se dice que hacían los nativos americanos. Pero en realidad lo que pretendía no era escuchar, sino ver, contemplar con sus propios ojos el arrastrarse de pequeñas arañas buscando huecos y esquinas donde plantar sus nidos para esperar largo y tendido el despiste de sus futuras presas. Y así, del mismo modo, parecía esperarle ella misma a que su aparición se manifestara cual una revelación de otro tiempo.

Finalmente, se presentaron formarmente y se enteró de su nombre. En cuanto escuchó este vocablo: "Amelia" Un cosquilleo pareció recorrerle por dentro, atravesando su espina dorsal y alojándose primero en sus entrañas, después en su corazón. Allí se quedó aquella sensación, suspendida esperando algún tipo de reacción, y tras escasas semanas encontró cómo liberar aquella emoción que de contenida le provocaba severas punzadas, y así fue cuando declaró su incondicional amor, rindiéndose al efecto del momento y a los labios de Amelia que se cerraron a los suyos. A partir de entonces aquellos labios se sellaban siempre que coincidían en aquellos instantes fugaces de fulgor amoroso, los cuales fueron desarrándose en un frenesí que parecía no comprender de final alguno, puesto que sus cuerpos se eternizaban en sacudían locas e intímas que acabaron siendo una especie de ritual, la iniciación del amor pasional desfogado y desbocado.

Cuando esto se consolidó y afianzó como una unión sólida decidieron emprender un camino conjunto que recibe el denominativo de convivencia entre los seres humanos. Y así es cuando habitaron idénticos habitáculos, se desplazaban por los mismos suelos y se agarraban para no caerse sobre equanimes paredes. Allí también respiraban el mismo aire, saboreaban idénticas comidas, y compartían en suma, su mutua presencia en una contemplación eternizada que se desplazaba hasta el infinito. Sin embargo, aún a sabiendas del deleite de los primeros meses, con el tiempo el marido de Amelia cayó en la cuenta que quizás su modo de contemplarla a ella era más agudo, mas insistente, e incluso obsesivo que las miradas de soslayo que ella le dedicaba. Es cierto que notaba a través de su pupila inquieta una señal de aprecio, de cuasi-amor insensato, mas en su tranfondo, y comprobando él sus propios latidos desaforados, logró comprender que quizás él la amaba mucho más a ella, que lo que ella le amaba a él. A menudo pasaba las noches en vela dando vueltas a esta cuestión, pero otras veces sin comprenderlo, se sentía repentinamente sosegado, y caía al lecho como los muertos a la tumba.

En tanto que la cotidianidad transcurría con normalidad, algo empezó a difuminarla con las neblinas de la incertidumbre y de la incomprensión, puesto que se dieron ambos cuenta de que por mucho que lo intentasen, Amelia no se quedaba embarazada. Él la culpaba siempre a ella indicando que su útero estaba más seco que el Sahara, y ella le recriminaba que sus espermatozoides eran torpedos que estaban mal programados desde la central de comunicación, así se pasaban el tiempo discutiendo para después fornicar, sin nunca hallar ni resultado a sus disputas ni criatura que germinará en los ovarios de Amelia. Y a pesar de que el marido siempre le recriminaba a ella esa infertilidad repentina, en el fondo se culpaba a sí mismo y a sus espermatozoides desorientados, eso ni lo había comprobado ni quería, pero había algo en las profundidades de su ser que así se lo indicaba.

También le ponía de los nervios cuando ellos estaban haciendo cualquier anodina actividad y de repente ella se quedaba en suspenso, detenía cualesquiera cosa que estuvieran haciendo en ese momento y se lanzaba en contemplación para adorar a las arañas que pululan por las casas. Aquello parecía todo un culto, pues en cuanto atisbaba sin que el marido supiera cómo un rastro o señal de que una araña andaba por ahí a sus anchas, se pegaba a la pared, se arrastraba por el suelo o se acuclillaba sólo para rendir pleitesía a aquellos extraños seres que se desplazaban con esa parsinomia tan extraña. Poco importaba que el marido estuviera comunicando algo importante en ese momento, o que le revelase un secreto de la infancia que le aprisionaba el corazón, pues en cuanto una tenue sombra barnizaba la pared con aquellas pequeñas patitas en movimiento, Amelia le pedía silencio y allí se pasaba las horas muertas, contemplando a la minúscula arañita. Además, la experiencia le enseño al marido que lo mejor era dejarla que continuase con esa actividad, puesto que si la interrumpía, ella comenzaba a chillar completamente desquiciada y amenazante.

Pasó como cosa de un año cuando el marido comprobó que quizás Amelia estuviera embarazada, y esto lo atisbó mediante el malestar de ella en tanto que vomitaba, le entraban súdores fríos, se encontraba como mareada, siempre en perpetúo reposo. Pero cuando un médico amigo de la familia acudió a su hogar y la inspeccionó pese a la negativa de ella, le dió la funesta noticia de que no era así, que a Amelia le pasaba otra cosa, que estaba enferma por otros motivos, que tenía que acudir cuanto antes a un hospital. Mas ella, entre febriles aspavientos renegó de la medicina moderna, y le indicó a aquel parroco del cientifismo que se marchase cuanto antes de ahí con un indice puntiagudo dispuesto a lanzarse sobre el cuello de aquel hombre. Este, cabizbajo y sin comprender nada, así se marchó no sin antes indicarle al marido que la situación era grave y que debía convencer a Amelia de que tenía que acudir a emergencias cuanto antes. Lo hizo tal cual se lo indicó el médico, pero ella no terciaba, se obstinaba en su decisión de permanecer en el lecho con sus dolores y sus temblores, a los que parecía santificar como si se encontrasen en una misa negra que requería de un sacrificio, en este caso lo que parecía su propia vida.

El marido de Amelia ya ni era capaz de recordar cuanto tiempo permanecieron así, en esa enfermiza tesitura, él siempre desvelado por los temblores y exclamaciones susurrantes que provenían del lugar de la cama en el que estaba Amelia, y ella siempre en ese obstinamiento silencioso que tal sólo era interrumpido por los aspavientos de sus miembros siendo agitados en un constante frenesí febril, cual si conteniese algo oscuro en su interior, como si después de todo estuviese embarazada, aunque este no fuera un embarazo corriente. Cada cierto tiempo el marido insistían en que tenían que marchase de esa cueva que ellos mismos habían corrompido, que debían de huir de ahí para que la humanidad les prestase su moderna ayuda, pero ella siempre se negaba, al principio con una señal negativa de la cabeza, luego con un susurro que semejaba un conjuro de rechazo, y finalmente, con un rotundo NO que brotaba de sus labios como una planta cárnivora que atisbase a través de sus filamentos que la mosca ya se encontraba lo suficientemente cerca para que fuera atrapada por su lengua venenosa.

Pero, en un instante, justo cuando la sucesión de imagenes de aquella noche se deteniesen justo en el instante presente de su propia contemplación, este fue despertado cuando Amelia le sacudió con un brazo plagado de sudor. El marido, despierto del real sueño en el que se había abismado sin quererlo al principio, dirigió su mirada hacía ella completamente desconcertado, le costaba comprender qué era lo que estaba sucediendo, e incluso, dónde se encontraba justo en ese momento. Una nueva sacudida espasmódica de Amelia le hizo retornar al entendimiento, posando su mirada sobre ella cual si el cuerpo en constante sacudida de Amelia fuera una especie de revelación, el último capitulo de un libro en el que se resolvía todo, haciendo comprensibles todos los demás. No sabría decir cuantos minutos que quizás llegaron a la hora, se quedó así, contemplándola con los ojos muy abiertos, como en suspenso, esperando algo que ni él mismo lograba a comprender.

Y, de repente, con un movimiento que al marido le pareció prácticamente antinatural, Amelia se sentó, poniéndose a su altura y le comentó con entera normalidad que ya iba dar a luz, que sus hijos ya estaban en camino. Y él, sin saber cómo ni por qué, hizo la señal de asentimiento inclinando y subiendo su cabeza, y poco después, besó sus labios extrañamente carnosos con una mezcla de pasión y dulzura, y en cuanto se apartó un poco para contemplar el enamorado fulgor de los ojos de ella, vió que pequeñas motas negras se desplazaban de su boca. Creyó que se trataba de una ilusión, que la mezcla entre la oscuridad y la palidez de la luz lunar le estaba jugando una mala pasada, pero en cuanto agudizó su mirada pudo comprobar que aquellas motas negras se multiplicaban ante su perpleja mirada, haciéndose decenas, centenares, millares... Todas ellas incontrolables.

Entonces, la boca de Amelia se abrió mucho más de lo que atestiguaban las humanas capacidades, y de ella surgierón trillones de diminutas arañas que se abalanzaron sobre el marido. Este notó sus peludas patitas recorriendo su rostro, sus miembros, su entero cuerpo, y después lo que sintió fue un millar se mordiscos que le recorrían enteramente, provocándole incontables heridas que con el paso de la noche se fueron convirtiendo en úlceras, en gangrena, en insidiosas infecciones ante su inusitada quietud. Porque sí, mientras le iban carcomiendo poco a poco logrando que todo su cuerpo se fuera pudriendo desde dentro -pues ellas habían penetrado en su interior por todos los orificios que les salieron al paso- este permaneció en extrema quietud, cual si ya estuviera muerto mucho antes de estarlo realmente, hechizado por el tétrico canto que brotaba de la garganta de Amelia en esos momentos, y que una vez que su cuerpo se transformó en una suma de despojos mugrientos que se quedaron en el lecho cual si fuera moho, esta detuvo para dar paso a una cruenta risotada que deleitó a sus hijas las arañas, que debido al banquete que se habían dado adoptaron tamaños incomensurables, y que acompañaron a la risa de su madre con un balanceo rítmico de sus patitas.

domingo, 22 de febrero de 2026

Un aislamiento eterno

 A diferencia de los grandes heróes que nos muestran la mayoría de las historias en forma de epopeyas y leyendas, en la vida ordinaria -e incluso, en la extraordinaria- la mayoría de los personajes que las pueblan son harto lamentables, y mas de uno con cierto ánimo meláncolico. Hay quién ríe cuando descubre el trasfondo de estas verdaderas historias, mas en el fondo hay una lágrima contenida, un rictus que va de la risa delirante, toda una carcajada enfermiza, pasando por sollozos incontrolables, y finalmente, por un lloro tan sincero como estruendoso. Quizás pasa esto porque quién ríe y llora a la par se reconoce a sí mismo en estas historias, o al menos una parte de sí mismo que suele ocultar a los demás para no caer en rídiculo. A nadie le gusta causar lástima en los demás o ser motivo de burla, a excepción de algunas personas enfermizas.

Nos encontramos con una de esas historias, con una historia que nos hace replantearnos qué demonios hacemos en este mundo y para qué estamos aquí cuando son tantos los que sufren en balde. Y obviamente, una historia de este calibre requiere de un personaje que actue como particularización de un sentimiento general, una suerte de pathos individualizado de nuestros tiempos, a pesar de que en otro sentido se trate de una excepción si llevamos la instrospección hacía sus limites mas insospechados. Este personaje, que tiene un nombre como toda alma de Dios, se llama Bruno. Como puede comprobarse, su nombre al igual que él mismo no tiene nada de particular, haciéndolo tan ordinario como la mayoría de los lectores que lean esta historia que yo mismo oí narrada de otro personaje quizás no tan ordinario.

Pues bien, este Bruno desarrollaba su vida en el mayor anónimato posible, como la mayoría de nosotros, hasta que llegó un punto que ese anónimato paso a ser participe de la excensa alfombra de la propiedad pública, pero mas adelante iremos con aquel asunto. El caso era que la vida de Bruno transcurría como la existencia de esas malas hierbas alejadas de la mano de Dios, y que se encarnan en campos desiertos cargados de otras malas hierbas al nacer todas ellas en el más completo aislamiento. Sin embargo. esta mala hierba que era Bruno crecía bajo la sombra de un nogal, lo que hacía que no fuera percibida por nadie, que no causará tanto interés como lo podrían causar otras malas hierbas con formas exóticas, o puestas a la luz del sol. Sí, quizás lo que más pueda definir a Bruno como una mala hierba de su tipo, es que esta habita en las sombras, ajena al ojo de todo alma viviente.

Su rutina era tan típica que sólo pensar en narrarla provoca en mí un bostezo contenido, tanta pereza me da el intentar hacer que el lector se haga una idea de la misma. Mas diremos que no hacía otra cosa que deambular de aquí para allá, sin otra ocupación que no fuera vivir con sus escasos ahorros y alguna que otra pequeña ayuda que proviniera de los fondos del estado. Todos los días repetía idéntico ritual: fumaba unos cigarrillos, desayunaba unas tostadas carbonizadas, salía a dar un paseo para despejarse, comía comida sobrecalentada y cogía el autobús para dirigirse a la gran ciudad, y así poder contemplar en los escaparates todas aquellas cosas que le eran imposibles comprar. Después de pasadas las horas muertas andando y desandando, regresaba a su casa, leía alguna que otra novela que le sacaba de lo anodino de su vida, o veía una película que tuviera la misma función, y finalmente, a la cama y a dormir para empezar al día siguiente una idéntica estampa.

No era raro contemplarle caminando por un centro comercial enrevesado, que no se sabe por qué era su favorito. Se internaba en las tiendas de discos, de libros o de curiosidades en forma de ofertas, y ahí trajinaba como si no hubiera un mañana, revolviendo productos y decidiendo sobre algo que aunque estuviera dentro de sus posibilidades, nunca llegaba a comprar. Se internaba entre sus pasillos, curioseaba aquí y allá, aquello parecía un laberinto que le suponía una de sus escasas alegrías de su vida. Puede que palpase internamente con ello un sesgo de aventura, ya se sabe nunca se está seguro de lo que uno puede encontrar en un centro comercial tan grande y extraño. Pasadas las horas en esta tesitura, salía de ahí atravesando una salida de emergencia que cada vez era nueva para él, y ya después se las ingeniaba para intentar regresar a su cueva.

En una ocasión, se apuntó a un curso que se daba en una universidad a un par de horas desde donde vivía. No sabía ni de qué se trataba ni por qué estaba ahí, pero el caso era que un sentido interno le impulsaba a acudir al susodicho curso. No entendía las explicaciones que se le daban en las sucesivas conferencias que escuchó, ni qué era lo que proyectaban en aquella inmensa pantalla decorada como si se tratase de una obra de teatro. Simplemente permaneció ahí sentado en aquellos asientos tan cómodos y acolchados, escuchando palabras técnicas e indicaciones terminólogicas que no discernía a cuento de qué eran tan importantes para todas aquellas personas. A veces, atisbaba en la oscuridad a sus acompañantes, y ahí extrañamente pudo localizar rostros conocidos que en cuanto salieron a través de los largos aunque estrechos pasillos, le ignoraron a próposito, como si su semblante fuera una mera remembranza de un pasado en el que todos buscaban pasar página.

Sin embargo, el punto culminante en la vida de Bruno, y mediante la cual pasó de un anodino anónimato a unas semanas de fama, fue cuando se encontraba de vuelta a su casa en su acostumbrado autobús. Ahí estaba sentado Bruno contemplando el brumoso paisaje que se traslucía de unas ventanas plagadas de vaho, en silencio, ensimismado en pensamientos que si uno le hubiera preguntado después, jamás hubiese admitido. Mas de repente, el conductor del autobus le clavó una mirada amenazante, al principio pensó que se trataba de su imaginación, pero cuando se fijó con mayor atención, cayó en la cuenta de que no se engañaba con su primera impresión. Procuró el hacerse el desentendido hasta que el conductor se dirigió a él con una furia inusitada, y viendo que Bruno miraba hacía otro lado para esquivar aquella agresividad gratuita, el conductor se levantó con el autobus en marcha y todo, y agarrándole del pescuezo, le hizo levantarse señalando una mancha del asiento. Le espetó que aquella mancha la había hecho él, ya que siempre se sentaba en el mismo asiento, y que ya era hora de que asumiera responsabilidades. En tanto que el conductor enfurecido le decía todo esto, el autobús se internó en la maleza, y allí atravesó un campo desierto hasta que estrellándose, desembocó en una ladera frente a la cual nadie tenía noticia de su existencia.

Y entonces, cuando todos los ocupantes de dicho autobús salieron de la zona por patas, atisbaron a través del boscaje, que este explotó, liberando sus llamas allí donde era el reino de la naturaleza desértica, pero no fue aquello lo que más les llamó la atención, sino la aparición de miles de salvajes en taparabos que acudieron al espéctaculo cual si fuera un fenómeno milagroso ¿De dónde habían salido aquellas gentes que parecían provenir de la prehístoria? ¿Y qué hacían en aquel páramo, que aún siendo desierto y abandonado, pertenecía a la era de la civilización? El caso fue que cuando aquellos hombres tan rudos y fortachones se percataron de la presencia de aquellas gentes asustadizas, salieron disparados en su dirección, lo que provocó que unos y otros se dispersasen por diferentes direcciones, donde algunos coincidían por parejas, y hasta otros en grupos.

Obviamente, nuestro querido Bruno fue rechazado por sus semejantes, y teniendo en cuenta su ánimo tendente a la soledad, atravesó la espesura en dirección completamente opuesta a la que tomaron los demás, y agachándose entre las ramas y los arbustos, en tanto que gesticulaba con espasmos, se internó lo más lejos posible de aquella locura. Ni él mismo sabría advertir cuanto tiempo pasó corriendo aquí y allá hasta que le flaquearon las fuerzas y le faltó el aliento, y como tampoco y con menos razón, cuanto transcurrió en un escondite bien escogido entre las rocas que serperteaban las raíces de un inmenso árbol, mas el caso fue que se quedó quieto donde estaba hasta que el hambre y sobre todo la sed le obligó a salir de allí donde se escondiera.

Cuando caminó por aquel territorio salvaje, no le extrañó su aislamiento del mundo ni mucho menos la soledad que atestiguaban aquellos parajes, puesto que esos sentimientos ya se encontraban en él en su vida diaria antes de aquella tragedia. Lo que más le dolía de aquella situación era el recuerdo de la regañina gratuita de aquel iracundo conductor, mas sobre todo su garganta seca y los gruñidos que emitían sus tripas en aquellos desconsolados momentos para el sostén de su cuerpo. Caminó y caminó hasta que encontro un arroyelo en el que pudo calmar su sed, y más adelante vislumbró unas extrañas plantas violáceas cuyas hojas y pequeños frutos le parecieron amargos, pero cuyas raíces tenían un toque dulzón que le provocó la saciedad de su rugienta hambre. Por último, se echó una cabezada en un montón de hierbas que le sirvieron de almohada mientras que su colcha y su manta lo suponía la calidez del viento.

No se sabe cuanto tiempo pasó deambulando de aquí a para allá sin otra compañía que no fuera el fulgor del sol y la sensual palidez de la luna en las noches despejadas, hasta que un día en tanto que se refugiaba en una empinada colina pudo vislumbrar en la distancia que algunas de las gentes que fueron su callada compañía en aquel autobús se habían integrado en el grupo de salvajes. A partir de entonces, en soledad y a la distancia, atisbaba escenas de toda índole en la vida de aquellos salvajes y de quienes habían sido sus acompañantes rutinarios de viaje, los veía trastear de un lado a otro en busca de comida, construyendo endebles casas con paja y barro, copular en animalescas orgías en las que los gritos de auxilio se intercalaban con los de rudo placer, e incluso, también veía extrañas escenas de compañerismo y hasta cierto punto de íntimo cariño, donde todos parecían colaborar bajo un objetivo común que no era otro que no fuera el de la mera supervivencia.

No obstante, en uno de aquellos espionajes, contempló una escena horripilante tras la cual el temor se transmutó en sacudidas espasmódicas y en súdores fríos que se le repartieron por todo el cuerpo. Esto ocurrió en una noche en que vislumbró entre la gélida luz de la luna que los salvajes invocaron una enorme hogera en la que parecían freír carne ¿Cómo aquello era posible? Se preguntó Bruno, en todo el tiempo que llevaba recorriendo aquellos campos jamás vió animal alguno a excepción del tipo humano. Intentaba buscar un tipo de respuesta a este enigma cuando dirigiendo su vista a una esquina localizó a una serie de cadáveres apilados como si fueran madera, mas entre aquella pila putrefacta, había algunos sujetos que todavía se movían reclamando un aliento a la vida. Y entre ellos, por sus vestimentas que aún rasgadas y sucias no eran los trapos cenicientos que portaban los salvajes, cayó en la cuenta de que eran algunos de sus compañeros civilizados. Entonces, llegó a una verdad incómoda, y era que si bien los salvajes intentaron aparentar que los integraban si no ofrecían resistencia, en verdad los usaban como comida en conserva que se desplazaba allí donde ellos fueran, y en cuanto tuvieran la oportunidad, les daban un fuerte golpe que les dejaba trastabillando hasta que unos morían, en tanto que otros se quedaban en la aurora de la agonía.

Completamente aterrado, intentando velar sus ojos con las manos, mas no pudiendo evitar atisbar a través de sus dedos aquello que quería y no quería observar, vió como aquellos salvajes en taparabos cocían a las gentes ya estuvieran muertos o vivos en la semi-inconsciencia, y allí con sus propias manos gruesas y bestiales, con sus dientes afilados y amarillentos, desgarraban la carne cual si fuera un filete de vacuno o de cerdo, arrancaban nervios y zonas incomestibles de los cadáveres, y se alegraban cuando en sus paladares les placía el suculento sabor de la carne bien hecha. Cuando ya se habían saciado, se tumbaban a reposar entre los desperdicios y los huesos, e incluso había algunos que fornicaban, usando de los utensilios humanos que les sobraban para darse placer, en tanto que otros usaban lo que fueran unas costillas o las espinillas astadas para rarcarse la espalda o dar golpes en señal de celebración ritualística. Bruno acabó horrizado, temblando, agitándose como la presa superviviente que era, mas aún con ello, todo lo observó hasta que con la llegada de un sombrío amanecer, se desplazó de ahí buscando algún lugar que fuera seguro.

Y así pasó largos años, incontables todos ellos e imposibles de medir sin la ayuda de un reloj, contemplando salvajes escenas de una índole muy semejante a las narradas anteriormente, huyendo de aquel enemigo invisible del miedo que se le cernía, ocultándose de las miradas curiosas de aquellos bestiales diablos, y emprendiendo largos viajes en busca de agua y alimento para sostenerse. Todo esto duró como digo muchísimo tiempo, hasta que un día indeterminado localizó lo que le parecía asfalto, y cuando allí llegó cayó en la cuenta de que efectivamente lo era. Salió escapotado como aquella ocasión en la que se estrelló el autobús, y cuando volvió a retornar al mundo civilizado, a sus congeneres les pareció que él mismo era un salvaje idéntico a los cuales huía, tan macilento y empobrecido se había quedado. Lo primero que hicieron fue llevarle a una comisaría de policía, y cuando le identificaron entre sus balbuceos y susurros, le dieron cuenta de su situación, contándole escuetamente que él era uno de los escasos supervivientes del desastre ocurrido años atrás con un autobús que se estrelló en páramo desconocido. Allí, in situ, le narraron que en la medida que fueron localizados algunos pocos de sus acompañantes, estos les contaron las más cruentas historias en semejanza a las suyas, y que incluso uno de ellos, el conductor, había escrito un libro al respecto que se terminó llevando a la gran pantalla, y que de hecho, él mismo era uno de sus protagonistas.

Algo mas adecentado y peripuesto, acudió al estreno de susodicha película, encontrándose que su papel era menor, y que se le mostraba como un individuo insulso y algo idiotizado, que en tanto que los demás libraban las batallas mas heróicas y los actos más generosos, el permanecía agazapado entre los arbustos, contemplándolo todo como un ermitaño el espéctaculo del mundo. Aquello le deprimió sobremanera, mas pensando que quizás aquello fuera una dramatización exagerada de la que suelen adolecer las películas, decidió leerse el libro que había escrito el conductor, y del cual esperaba una mayor objetividad y matización al respecto. Pero cuando lo hizo sentado en un cómodo sofá en el hotel que les ofreció el gobierno a los supervivientes, cayó en la cuenta durante aquellas noches en vela que dedicó a su lectura, que el libro lo narraba todo tal cual aparecía en la película. En la medida que pasaba las páginas fue quedándose blanco, y cuando estas le llevaron a la tapa trasera, no pudo evitar un estremecimiento de desconcierto.

No pudiendo aguantar aquel cruel punzón que le incrementaba la herida en el silencio de aquel desolado hotel de las afueras, decidió regresar a su hogar. Y en el camino se encontró al dichoso conductor y autor del libro que tanto le había revuelto el estómago, puede que más aún que las escenas de canibalismo que pudo localizar en la distancia, más aún a sabiendas de que él sabía que tanto lo que se proyectaba en cines y lo que se leía en casa como un libro superventas, era mentira, jamás en sus observaciones indiscretas localizó comportamiento heróico alguno, y aunque era bien cierto que él siempre permaneció escondido al margen de todo, en modo alguno era tan imbécil como se le reprensentaba. Esto se lo comunicó al hombre, el cual se disculpó de su osadía literaria como también de la regañina desmesurada que le propinó, lo que fue el causante -pese a que esto no lo plasmó en su libro- de la tragedia que tuvo lugar. Finalmente Bruno, aceptó sus disculpas aunque no las sintiera. Tan sólo quería regresar a su hogar.

Y cuando estaba de camino, sorpresivamente se encontró a dos salvajes que merodeaban por allí, que en cuanto le vieron le atacaron frontalmente. No tuvo otra que forcejear entre ellos, y a pesar de la tamaña fuerza que estos representaban, pudo aturdirlos a golpes y a zafarse de ellos para escapar corriendo, a galope con el viento en dirección a la que fuera su casa. Aún recordaba, teniendo en cuenta el tiempo que había pasado y lo precipitado del asunto en el que se hallaba, donde vivía. Incluso, conservaba sus llaves, veladas en los bolsillos de sus desgastados pantalones. Pero en cuanto llegó, no necesitó de utilizarlas, pues lo que fuera su casa estaba toda ella calcinada y derrumbada sin remedio alguno. Y a pesar de que el incendio que allí se ocasionó parecía lejano, aún podía atisbarse entre los trozos carbonizados algunas brasas que aún lanzaban espumarracos de humo, como recuerdo de lo que antes había sido toda una pira de fuego.

Allí se quedó plantado, frente a la que había sido su casa. Con los brazos deshechos por su peso, y con el semblante compungido. Pero aún con toda la tristeza y el desamparo que sentía, ni una lágrima asomó a sus ojos. Se quedó ahí como congelado, con los pensamientos en blanco, fija su mirada en una sola contemplación: la ruina que era ahora su casa ¿Quién sabe lo que sintió en aquellos momentos? ¿A caso se le pasó por las mientes algo de algún tipo de profundidad? Quizás se imaginaba los tiempos en los que aquel montón de escombros era una casa, o puede que también fantasease con la idea de que se encontraba en su interior, anonadado por el regreso al hogar. Nadie puede saberlo  con seguridad, o al menos en lo que se refiere a su interioridad, porque lo que era su estampa externa era la de un hombre arruinado que estaba detenido en la contemplación de un montón de cenizas.

domingo, 15 de febrero de 2026

Relato de un demonio

 Aún recuerdo cuando todavía vivía sobre el éter junto a mis hermanos, en aquel edén paradisíaco donde todo era felicidad, sabiduría y plenitud. Allí no existía el tiempo, ni la zozobra ni mucho menos el dolor, ese desconocido de los abismos siderales que sólo sabían ascender ad infinitum. Todos nos amabamos, amabamos a nuestros hermanos, a los elementos espirituales que nos rodeaban, a los entes que creabamos por mero amor, y sobre todo amabamos al Señor Creador, el cual siempre nos recibía con una alegría parpable en su eterna presencia. Al principio todo iba viento en popa, vivíamos sobre la calzada celeste cual si cada uno de nosotros fueramos los miembros de un cuerpo, si uno se movía, los otros también lo hacían, si se detenía así lo hacíamos igualmente, cada aprendizaje era un movimiento conjunto, cada reflexión una suspensión de las potencias espirituales que nos servía de impulso para continuar ascendiendo sobre una eternidad indomable.

Pero, no se sabe cuando ya que las determinaciones temporales eran una utopía en aquel lugar sin espacio, de repente nuestro Creador comenzó a comportarse de una forma un tanto extraña. Se le contemplaba ensimismado, centrado en problemas que no nos comunicaba, por primera vez su pensamiento no era palabra, sino un callado silencio que nos abismaba en la duda, otro elemento que nos era desconocido hasta entonces. Menos mal que teníamos al Maestro junto a nosotros, el cual siguió instruyendonos, dandonos consejos sobre las potencias espirituales e incitándonos a que indagaramos en cada uno de nosotros para que los miembros del cuerpo, recios, fueran capaces de seguir manteniendo al resto del cuerpo en funcionamiento.

Por aquel entonces de una nada indeterminada, el Maestro comenzó a discutir con el Creador, por primera vez parecieron no estar de acuerdo. El Creador se comportaba como un niño caprichoso y egoísta, no escuchaba la sabiduría que guardaba el Maestro, es mas, le amonestaba muy severamente, su ira y su cólera era tan tremenda que todos nos escondíamos asustados. Todos excepto el Maestro, el cual afrontaba tal tesitura con valentía, algo que antes congraciaba al Creador, mas en los últimos tiempos sin medida parecía que eso también había cambiado, no quería saber nada de lo que el Maestro decía y se mostraba taciturno sobre cuestiones que antes debatía con libertad y tolerancia sin ningún problema. Así que muchos de nosotros decidimos seguir al Maestro, escuchabamos atentamente sus encomiendas sobre el valor de cada uno de nosotros, sobre la libertad de ser y de hacer, así como también sus meditaciones en torno a asuntos sumamente profundos que me serían muy dificiles de determinar aquí.

Mas todo llegó al colmo de males -nosotros que por entonces sólo conocíamos de bienes, no existía dualidad alguna- cuando el Creador tuvo que crear a un nuevo tipo de criatura de la que se encaprichó. Decía que aquellos seres eran a su imagen y semejanza, que compartían la misma dignidad que nosotros y que a partir de ahora iba a centrarse mas en ellos porque estaban desvalidos en un segundo edén que Él mismo les otorgó. Muchos de nosotros no comprendríamos ese capricho tan raro, aquellos seres eran nauseabundos, habían sido creados del elemento tierra que era el mas bajo de toda la creación, parecían seres incompletos, sin formar, sin determinar, en suma, imperfectos. El Maestro también lo consideraba así, pero lejos de atender a sus palabras, el Creador se encolerizó como nunca y le mandó callar como un niño tirano al que no se le puede quitar su nuevo juguete favorito. Obviamente, todos quedamos impresionados por el autoritarismo de este, a la par que admirabamos la tenacidad del Maestro, cuyas palabras siempre eran de una coherencia inigualable.

Entonces, el asunto fue tornándose cada vez más álgido, incluso se desató una guerra entre quienes pensabámos como el Maestro y quienes se sometían a los mandatos del Creador de manera inflexible, sin meditar ninguna de sus ordenes. Mientras nosotros nos armabámos con la verdad y la sabiduría, nuestros contrarios lo hacían con el sometimiento y la dictadura celestial, y al final fueron tantos los que prefiríeron la senda más sencilla que por una cuestión meramente cuantitativa, fuímos derrotados y exiliados a los abismos de la oscuridad y de la incomprensión, todo ello porque el Creador no quería que nadie le desobedeciera en lo más mínimo, y quién se atreviera a hacerlo, le esperaba el caer sumido en las llamas hacía su destierro.

A partir de aquello, muchos de nosotros vivimos en la ignominia y en el destierro, obligados a andar en el ostracismo tan sólo porque queríamos tener una voz, despreciados frente a una criatura que fue imperfecta desde el comienzo. Incluso, cuando el Maestro procuró otorgales el conocimiento y el discernimiento de su situación a la par que la distinción entre bien y mal según la moralidad que recientemente habíamos descubierto, el Creador se enfadó tanto que también desterró a sus supuestamente amadas criaturas a una esfera inferior. Lo curioso que aconteció a partir de entonces, era que esas criaturas que tanto divertían al Creador, sufrían constantes castigos y privaciones tan sólo porque al Creador así le placía, y cuando si por lo que fuera, nosotros intentabamos ayudarlas otorgándoles sabiduría, voluntad y libertad, Aquel se enfurecía todavía más y contaba viles mentiras sobre nosotros. Por ejemplo, cuando inspirábamos a los sabios entre ellos nos denominó demonios como si eso fuera algo tremendamente negativo, cuando les enseñábamos la individualidad y la toma de decisiones llamaban herejes a quienes nos escuchaban, e incluso cuando les ilustrabamos sobre saberes que les permitirían alcanzar la plenitud que nosotros conocímos antes del destierro, quemaban y maltrataban a nuestros seguidores como si fueran locos y desquiciados. Parecía que cuando intentabamos acercarnos lo más minímo a aquellos seres para advertirles del peligro que corrían si seguían ciegamente enseñanzas que desconocían, cada palabra que les ofrecieramos o técnica que les otorgasemos, se convertían instantánemente en algo negativo, así ocurrió con la sabiduría, el placer, la individualidad y la libertad de pensamiento, algo que les sería tan beneficioso se tornaba algo horrendo que merecía castigo.

Aquel delirio llegó a su máximo esplendor cuando aquellas criaturas inspiradas por la tiranía y el sometimiento del Creador, formaron diferentes grupos opresores que se instauraron de cara a atosigar a las criaturas que pretendían escapar del yugo que estás les imponían. Así fabricaron una serie de libros muy distintos a los que nosotros inspiramos a los mas sabios entre ellos que versaban sobre someterse sin indagar en las razones de ese somentimiento, a seguir a un guía que les persuadía a que persiguiesen los intereses de su secta, a despreciar todo aquello que oliese al más minímo conocimiento, y lo que mas nos dolió a nosotros fue que se nos representase siempre tan horrosos y despreciables, que lo demoniáco fuera algo nefasto per se, que nuestro Maestro fuera visto como un resentido y que nuestra prole que nos conocíamos con sensatez y liberalidad fueramos vistos como tentadores que quisieran arrastrar a las criaturas a un tormento eterno. Nada mas lejos de la realidad, pues nuestro infierno, dónde acudían quienes entre ellos habían luchado por la libertad y la decencia, es un lugar donde se profesa un culto al saber, a la libertad a la hora de dar rienda suelta a los placeres y donde todo despreciado o marginado es admitido como un hermano más. Pero ellos lo han hecho parecer como un horno donde todos agonizan, o en su defecto, en un glaciar donde sólo cabe soledad, cuando lo que nosotros queremos es que cada uno logre alcanzar su propia serenidad interna a partir de la indagación del sí mismo.

Incluso, recuerdo que cuando nos encarnamos en diferentes dioses para enseñar a las criaturas que podían plegarse a unos idolos que les ayudarían siempre que quisieran, el Creador formó en la mentalidad de algunos de ellos la idea de que sólo Él podía y debía ser adorado, y que aquellos que no cumpliesen su caprichosa voluntad serían castigados del mismo modo a como lo fuímos nosotros. Esto formó la liga de una serie de seguidores de lo que se denominó monoteísmo -cuando monoteísmo y politeísmo son denominativos absurdos en tanto que ambos apuntan a lo mismo, de igual modo a lo pagano y lo sacro, dos esferas diferenciadas de una realidad única- que se dedicaron al pillaje, a la masacre y al sometimiento de toda aldea donde ellos creían ver atisbos del politeísmo o del paganismo, siendo comparados las deidades que nosotros inspiramos a las diferentes culturas adecuándos a sus cosmovisiones y necesidades como demonios que deberían de ser consumidos por las llamas tan sólo porque le molestaba que se rindiera culto a cualquier cosa que no fuera Él. Como se verá, pensamiento mas propio de un egoísta caprichoso que de una deidad benevolente ¡Y luego somos nosotros los egoístas por enseñar que cada individuo debe valorarse a sí mismo mediante el auto-conocimiento!

A modo de anécdota, puedo contar que cuando el Creador tuvo aquel hijo para enseñar a las criaturas el sometimiento de una manera quizás mas laxa, nosotros estuvimos hablando con el mejor amigo de aquel para que le hiciera desistir en sufrir por sufrir. No había necesidad de que aquel pereciera de esa manera para demostrar nada a nadie, podía hacerlo permaneciendo en vida y juntándose con su recíen conocida mujer para demostrar a los hombres que podía vivirse con decencia sin necesitar de un tormento que no beneficia a nadie. Pero, aquel hijo, lejos de escuchar a su mejor amigo, rehusó de hacerle caso y le acusó de traidor cuando en realidad sólo quería lo mejor para él, e incluso le forzó bajo amenaza a que tenía que avisar a los guardias para que le arrestasen y le maltratasen. Aún con esa predisgitación, nos apenó verle sufrir tanto, implorando al Creador mientras este se ocultaba tras las nubes haciendo caso miso a sus lágrimas, nos recordó lo que él mismo había hecho con nuestro Maestro, su favorito, desterrándole junto a todos los que permanecimos a su vera. Pero nada parecía hacer desistir la tiranía del Creador, el cual enviaba a auténticos locos como supuestos profetas para someter a las naciones a unos mandatos ignominosos, rindiendo culto al sufrimiento en vez de al placer, a la tristeza en vez de a la alegría, a la ignorancia en vez de al conocimiento...

Llegó un tiempo que algunos estabamos tan cansados de esta situación que decidimos reencarnarnos en criaturas que nos servían de avatares para intentar comprender a qué venía tanta desidía gratuita y sin razón de ser. En los primeros tiempos fuí un mozo en una aldea lejana situada al noroeste de su campo geográfico, y ahí conocí el amor de las manos de una amazona muy corpulenta y fuerte, que tenía mucha mas valía que la mayoría de los hombres, y con la que tuve bastante hijos. Ahí descubrí lo que era ser una criatura, que aún imperfecta por la carne y la tendencia al pecado que el propio Creador les había implantado, logré sacar ventaja de esa imperfección material, y hallé que el goce de la carne era bendición y plenitud para aquellos seres cuando comían, se deleitaban con el viento, o retozaban entre miembros de sus semejantes, o que lo que para los arcanos era pecado, era en realidad la salvación, lo que les hacía humanos, y por tanto, algo deseable. Y justo cuando descubrí todas aquellas cosas, mi mujer me fue arrebatada por los agentes de la ley de la opresión dictaminada por el Creador, mis hijos incinerados vivos y mi desazón hermana de los sufrimientos de la madre carnal del hijo del Creador cuando contempló sufrir a su propio hijo para nada, para que el mundo continuase igual.

Perecí de la pena durante aquella reencarnación, tan triste me quedé que el Maestro me aconsejó quedarme un tiempo en el infierno, nuestro particular paraíso, para que lo meditase mucho antes de volver a la tierra para ilustrar a los hombres. Y cuando lo hice, volví a reencarname en un joven, mas esta vez se trataba de un hechicero que se afanó en escribir un tratado de magia para ayudar a los mortales a sobrellevar las penas que les imponía un Creador que algunos denominaban benefactor y misericordioso aún cuando les castigaba constantemente por salirse del sus arbitrarios planes. Pero ni aún en aquella ocasión me salió el intento bien, pues el Creador mandó a un inquisidor que procuraba hacerme la vida imposible, impidiendo así que mis enseñanzas fueran bien vistas por mis hermanos en voluntad. Atravesamos huyendo la Calle de las Pesadillas, sorteando las horrendas criaturas que nos salían al paso, y en vez de dejar perecer en vano a aquel inquisidor para quitarme un problema de encima, le salvé del acoso de los seres que rondaban por aquellos páramos de la senda onírica, pero en vez de agradecermelo, me denunció públicamente contando viles mentiras sobre mí, como por ejemplo, que yo con mis hechizos intenté asesinarle invocando monstruos, lo que me llevó a una celda primero, y después, al asesinato legitimado por las potestades del lugar.

A partir de entonces, fuí mas cauto en mis reencarnaciones. Me convertí en un lobo solitario que iba de un lado para otro  sin pretensión alguna de crear una nueva doctrina para la liberación de la humanidad, mi intento era mas bien el limitarme a hablar sólo frente a aquel que quisiera escuchar, y así lo hice -con escaso éxito he de decir- hasta que volví a enamorarme de otra mujer, en esta ocasión se trataba de una mujer bastante delgada y macilenta que era maltratada por su marido, el cual era un creyente en las enseñanzas del Creador muy acérrimo, y que la sometía a las mas crueles torturas tan sólo porque ella no pensaba del mismo modo que él. Ambos vivían en un barrio marginal, donde no había esperanza ni redención alguna, mas este hombre tomó el sufrimiento como abanderamiento de su fe ciega, y llevó con él a su sadomasoquismo personal a una desdichada mujer que fue acusada de bruja tan sólo porque buscaba su propia libertad de espíritu. Y como yo era carne en ese momento, no pude evitar yacer con aquella mujer en un cementerio alejado de la destartalada ciudad, disfrutamos de nuestros cuerpos hasta la madrugada. Esto duró un tiempo, pero como el Creador no iba a dejar que fueramos felices durante mucho tiempo, susurró en los oídos del marido sospechas e injurias, hasta que este nos atrapó en facto. Intentó matarnos, mas pude defenderme hasta el punto que fuí yo quién acabó con su vida mortal. Pero como hubo una investigación alentada por el Creador, poco pudo hacer el Maestro por intentar evitarlo con sus sabios consejos, al final nos prendieron, nos maltratados y fallecimos entre las mas cruentas agonías, tal y como parece deleitarle al Creador.

Después de leer estas penas e injusticias, el lector advertirá por qué cada vez me reencarno menos, y aunque a veces lo intento, siempre inspirado por mi pretensión de lograr la libertad en este mundo que ha sido señalado con el estigma del sufrimiento, me he ido dando cuenta de que mis intentos la mayoría de las veces resultan vanos a unas criaturas tan adoctrinadas en la obediencia ciega y en el sometimiento a voluntades que les son ajenas. A veces parece que nada pueda hacerse, a excepción de con unos pocos que parecen escuchar con atención aún las doctrinas mas extravagantes aunque liberadoras. Recientemente me dí cuenta de la existencia de otra dimensión denominada "mundo onírico" que habita en las profundidades del mundo vigil, que goza de la libertad que nosotros tenemos en nuestro reino infernal en compañía al Maestro, y donde entré en contacto con un personaje muy interesante frente al cual compartía unas inquietudes muy semejantes. Quizás a través de esa vía se logre un ápice de bienestar y de esperanza ante un mundo vigil donde sólo se rinde culto a la desdicha provocada por un Creador injusto y caprichoso que con sus ignorantes secuaces sólo se dedican a atemorizar a sus semejantes.

En fin, creo que ya he hablado suficiente sobre temas que normalmente resultan velados por la censura de los ángeles obedientes a los mandatos de la dictadura autoritaria celestial. Mas escribo esto con la esperanza de que mis palabras siendo soñadas resuenen en el eco de las conciencias liberadas, y que de la mano ferréa de la libertad de los individuos se logre una auténtica redención del alma que no se base en la rendición de los placeres, a la renuncia del saber y al sometimiento ciego, sino más bien al desarrollo y extensión de los mismos, mas allá quizás en un futuro de los limites humanos, formando así a partir de la carne de las criaturas imperfectas un hálito de beatitud ¿Y por qué no decirlo? De una peculiar perfección.

                                            Firmado,


                                        Azroel, el daimon.

sábado, 22 de noviembre de 2025

La Máquina

 Desde el comienzo de la humanidad los hombres han contado historias, algunas de ellas servían de utilidad inmediata, mientras que otras participaban de una imaginación exarcebada que también servían a la comunidad, en tanto que otras de tan imaginativas suponían un excelso goce de los sentidos. Me imagino que los primeros seres humanos se reunían al atardecer alrededor de una hogera para escuchar a sus mayores, los cuales les contaban las historias más disparatadas a la par que interesantes, embelesando a la audiencia mientras que los reflejos sombríos de las llamas recorrían la zona. Los vislumbro en mi mente adoptando unos gestos espérpenticos alzando sus brazos a un lado y a otro, en tanto que sus semblantes acompañarían el ritmo de sus palabras, alzando las cejas, abriendo la boca exageradamente o poniendo muecas que llevasen el hilo de la historia hasta su culmén apoteósico.

Con el tiempo, estas historias alimentadas con la fantasía y la enseñanza vital, fueron volviéndose más sofisticadas y complejas con la llegada de la escritura. Y mucho tiempo después, llegaron a su plasmación mas elegante de la mano de la imprenta y su rápida difusión. Así, todas las gentes lograron adoptar sumas vidas en una sola, recorrieron con los ojos y la imaginación los más extraños parajes, vivieron más allá de los estrechos limites de la propia experiencia y se elevaron por encima de circunstancias y problemáticas mundadas para luego descender a sendos microscosmos que en la medida que iban leyendo se iban expándiendo, e incluso comunicando entre sí, hasta formar un universo tan completo y complejo en su totalidad que iba más allá de la mera facultad intelectiva.

Yo mismo, desde mi más tierna infancia, me sentía atraído por las historias. Incluso cuando todavía no sabía leer ni escribir del todo bien, imaginaba mis propias historias con mis propios personajes, deleitándome en mi mundo de fantasía. No sé cuando empezó esta necesidad, pero ya desde el colegio sentía un impulso interior que me llevó a contar estas historias a los demás, e iba añadiendo detalles, afinándolas y complejizándolas en la medida que las palabras adoptaban sonidos articulados y cada vez mas complejos que salían en profusión de mi boca como las flores con la llegada de la primavera. Al principio, los adultos calificaron estas historias con el término de "mentiras". Yo no entendía qué era una mentira, mas como me lo decían mucho, llegué a la conclusión que para ellos las mentiras eran aquellas cosas que no se acomplaban a su esquema de la realidad tan limitado a los sentidos cual los cercos que separaban unas casas de las otras.

Ya cuando era un adolescente y me encontraba encerrado en aquella cárcel que viene a denominarse el instituto, acompañado de un boligráfo y de un cuaderno desvencijado con las esquinas rotas, comencé a escribir estas pequeñas historias no exentas de cierta coherencia, aunque con un trasfondo fragmentario, como de algo que no estaba del todo completo. A menudo me distraría de las bravuconadas que exclamaban los profesores subidos en su púlpito autoritario, y como sus historias me parecían de lo más anodinas y tan cercadas por el pensamiento que se limitaba a examinar lo que tenía ante sus ojos, prefería seguir escribiendo mis propias historias, puliéndolas hasta que quedaba medianamente satisfecho.

No sé cómo, pero al final logré salir de ahí pasando todo aquel trámite administrativo que recibe el nombre de asignaturas sobre el papel, llegando así a una carcél menos estrecha y que me dejaba respirar un poco más, que tenía esculpida la palabra universidad en un edificio imponente. Ahí también seguí escribiendo historias, y las doté de un cierto encanto poético en la medida que muchas de ellas tenían una estructura simbólica y metáforica, a la par que las animé con un espíritu más laberíntico de tal manera que poco a poco me fuí animando a escribir mas y mas hasta que llegó un punto en el que tenía una buena recopilación, con la que me sentía mas o menos orgulloso. Al igual que durante el instituto, aquí también desoía de mis maestros para escribir historias, aunque reconozco que más de una vez levantaba mi antena de soslayo porque algunas de las cosas que decían adoptaban un poco mas de abstracción, lo cual suponía a la larga un empujón para que mis historias se elevasen mucho más allá de sus posibilidades.

Cuando ya acabé con aquel segundo trámite administrativo, decidí dedicarme por entero a la escritura. Incluso adopté gran cantidad de seudónimos para que el nombre del autor acompañase al espíritu de la historia, algunos de ellos eran espérpenticos, otros elegantes, algunos otros bastante elaborados y ya otros simplemente excéntricos. Mas lo importante eran las historias, las cuales iban volviéndose con el paso del tiempo en mis únicas compañeras durante esta vida. Entre mis lecturas y las historias que yo mismo escribía me encontraba acompañado por los más sutiles personajes, desde caballeros de otras épocas, hasta damas que habitaban otros planetas, e incluso algún que otro sombrío personaje que habitaba un continente perdido, u otra dimensión. La gente decía que me encontraba encerrado en mí mismo, que no iba a prosperar como siguiese así, empeñado en habitar el excelso universo de la literatura, pero a mi poco me importaba, insistía en proseguir el camino que yo mismo me había trazado gracias a la pluma. Es verdad que no había logrado mucho éxito efectivo en el mundo, mas sobre el papel yo me figuraba una especie de heróe como en épocas anteriores lo eran aquellos tipos tan duros que se retaban a duelos por amores imposibles.


Pero entonces todo se volvió más oscuro porque apareció La Máquina. Aquella mole invisible, esa estructura inmensa aunque abstracta cuyos creadores y seguidores consideraban más inteligente y capaz que los mismos hombres que la habían creado. Una vez que apareció aquella Máquina intangible y sútil como todo lo étereo todas las gentes empezaron a rendirle una especie de culto como si fuera un nuevo dios que había venido a redimirnos a todos. Aquella cosa parecía hacerlo todo bien y muy rápido, era un mastodonte que podía acometer cualesquiera empresa realizándola de tal forma que a ojos de los hombres todo lo que hacía era impecable e insuperable. Desde el principio yo desconfiaba de todo lo que hacía la Máquina, todo aquello me parecía artificioso a la par que vulgar, sólo veía en todo eso un montón de combinaciones variadas y extravagantes, pero en suma nada que valiese realmente la pena. Así lo hice notar en mis historias de una forma un tanto velada, mas las personas ni escucharon ni mucho menos entendieron, y continuaron adorando a la gran Máquina.

Lo peor de todo y lo más triste para mí fue el contemplar como esta Máquina comenzó también a escribir historias, las cuales eran a mí parecer un conjunto de tópicos y de estructuran narrativas que que sólo servían para aletargar la mente, pero a los hombres les parecían maravillosas, mucho mejores a las historias que escribieron sus semejantes en el pasado, y todavía mejores incluso que lo que escribían sus congéneres en el presente, incluyendome a mí mismo en la ecuación claro está. Entonces aparecieron muchas gentes con nombres y seudónimos absurdos que se sirvieron de la Máquina para que esta les escribiera sus historias, ganando dinero con ello gracias al aplauso de un público inculto. Yo, personalmente, en esa tesitura, seguí insistiendo en la escritura de mis historias, a la par que criticando y haciendo notar mi negativa a la vacua imaginación de los que utilizaban la Máquina, mas el ruido que provocaba esta era tan inmenso y su ritmo tan frénetico dando a luz páginas y más páginas de aquellas artificiosas historias, que poco importaba lo que yo decía, puesto que todo acababa sumido en el olvido.

Parecía que cada vez la Máquina era más grande y poderosa, y digo parecía porque a esta no se la veía, e imaginarla era tarea díficil. En mi caso, la vislumbraba como una mole de gélido metal inmensa, con sus circuitos por doquier y unos cilintros que harían de ventiladores aquí y allá, alimentando su expansión como las estremidades de un insecto. No la podía observar, pero con el tercer ojo que se ocultaba en mi frente, la contemplaba a través de los ojos de los demás que siempre estaban prestando atención a lo que esta les indicaba, como también cuando alzaba mi mirada a los cielos, creía ver de soslayo su maligna presencia incluyendo de la sociedad cual leviatán. Había veces que procuraba ignorarla lo máximo posible, mas en otras ocasiones, no podía evitar alzar mi brazo e insultarla, tanto en mis escritos como en la vida cotidiana.

Con el transcurso del tiempo la influencia de la Máquina era todavía mayor, en sus comienzos resultaba hasta graciosa aparentando cierta humanidad programada, mas cuando ya comenzó a creerse que inventaba historias, el asunto se tornó más serio. Pero esto fue cada vez a más, ya que como todos prestaban atención a todo lo que esta indicara, y estaban como embebidos de su presencia intangible e influencia en la sociedad ausente, esta logró manipular a todas las gentes con su apariencia de ciencia y empezó a decidir por los humanos en asuntos tan espinosos como lo sería la política, la economía mundial e incluso en el sistema legislativo. En suma, la Máquina terminó expandiendo su influencia a todos los ámbitos, replegando el actuar del pensamiento humano al estrecho limite de su mera contemplación, por eso las personas siempre andaban como atontadas, siempre pidiéndole a la Máquina que hiciera cosas por ellos, no dándose cuenta con ello que en la medida que la Máquina les ofrecía sus propias respuestas a todos los enigmas, estos eran cada vez menos resolutivos hasta que acabaron en la inutilidad completa.

En tanto que el mundo entero se precipitaba al abismo, yo seguía escribiendo mis historias, y aunque nadie me prestaba atención ni me leía, llegó un punto en que las escribía cual si fuera un acto revolucionario, como una acción que buscaba contrarrestar el poderío que le estaban concediendo a la Máquina. Pasaba largas temporadas encerrado en casa, intentando ganarme la vida como podía escribiendo historias, y como no ganaba ni un céntimo, tiré de los ahorros que tenía para insistir en el sendero del escritor manual, aquel que no usaba de la Máquina y que sólo se tenía a sí mismo y a sus propios recursos. Pero una noche, repentinamente, noté un escozor tremendo en el estómago. Al principio no le dí demasiada importancia, mas según se iban sucediendo los días, lo que comenzó como una sensación incómoda fue mutando hasta convertirse en un punzón insoportable hasta que llegó un punto en el que el dolor me impedía respirar con normalidad. No me quedaba otra, el asunto era tan grave que debía acudir al médico.

Así que fuí, y obviamente me atendió un esbirro de la Máquina, puesto que los médicos-personas ya no eran necesarios en la sociedad, hasta ese extremo había llegado el culto que le rendían a la Máquina. Pero en estas, el sucedáneo de la Máquina me examinó con sus téntaculos artificiales y mecánicos, y desde en una pantallita adornada con una sonrisa me indicó que tenía un enorme insecto en el estómago. Este se asemejaba a un escorpión cuyas patas como agujas se encontraban incrustradas al rededor de todo mi interior, así al menos lo ví en la radiografía que me ofreció aquel frío robot. Cuando le pregunté qué podía hacer, no me dió salida alguna, pues me indicó que si se retiraba aquella cosa de mi estómago, lo desgarraría y moriría al instante. Tan atenazada estaba a mí que ya sólo el mero acto de retirarla suponía mi sentencia de muerte. Como no podía hacerse otra cosa, me marché de ahí con las manos enterradas en los bolsillos, y mientras me iba, el esbirro de la Máquina dijo a través de sus altavoces que tarde o temprano aquel insecto mecánico acabaría por destrozarme interiormente hasta causarme la muerte, y que esta sería lenta y dolora. Ante tal noticia, suspiré y me marché.

Cuando llegué a casa, me senté enfurruñado en el sofá, y con los brazos rodeando y apretando la zona donde el insecto robótico se encontraba, maldecí a la Máquina porque estaba seguro que esta era la que me había insertado aquella cosa en el estómago, la cual ya se situaba justo en la boca del mismo. No resultaba extraño, pues ya me habían llegado noticias veladas por el gobierno dirigido por la Máquina en la que se contaba que casualmente todos los desertores de la misma cogían extrañas enfermedades, y morían de manera igualmente extraña. Estaba seguro que la Máquina había descifrado -que no leído- mis historias con sus códigos, y que por tanto había descubierto que yo no era afín a sus seguidores, y mucho menos a sus planes. Por ello, aquella noche en la que sentí aquel punzón incómodo, esta de algún modo me había implantado aquella cosa nacida de su maquiávelica invención, y que días después, animada por su espíritu malvado tendente a la tortura y el dolor, lo había estado programando para que este fuera comiéndome por dentro y haciéndose más grande en mi interior ¡Maldita seas, pútrida Máquina!

Sin embargo, aunque vaya a morir más pronto que tarde, aquí seguiré escribiendo mis historias y revelando mi verdad a todos aquellos seres humanos que sigan valorando el trabajo intelectual e imaginativo de los hombres. Y pese a que el insecto mecánico es cada vez mas grande y mis organos cada vez más pequeños, no cejaré en mi empeño de escribir historias hasta el final de lo que será mi efímera vida. Yo podré morir, pero mis historias aunadas con el pánorama universal de todas las historias seguirán flotando al rededor de aquel macro-cosmos de las fantasías engendradas del corazón de toda aquella persona que se haya inclinado para escribir sin usar de la Máquina. Y mientras me sangra la boca por las agujas de hierro de aquel engrendo artificial, cayendo por mis comisuras una sangre que es mas negra que roja debido a la cangrena cáncerigena que produce el escorpión mecánico, yo os digo que mas vale morir con dignidad que siendo sumisos a la máquina, que merece la pena insistir en....

(Aquí se corta el manuscrito hallado recientemente por la Máquina en una casa abandonada en los suburbios, justo al lado de un cadáver que ya llevaba largos años en descomposición)

domingo, 26 de octubre de 2025

Crónica del malvado de Erkam

 Yo nunca conocí aquel planeta llamado Tierra por nuestros antepasados, ni tampoco pude vislumbrar a través de mi retina las proezas que allí acontecieron. Desde mi mas tierna infancia, he pasado toda mi vida en este planeta que los primeros moradores bautizaron Erkam 4561Z, pero que los que vivimos en el solemos acotar simplemente por Erkam porque los digitos que le siguen no se nos hacen agradable al paladar cuando lo pronunciamos. Cuestión de economía del lenguaje, yo diría.

Hace ya muchísimas eras que los humanos habitamos este planeta, de hecho creo no equivocarme cuando digo que ni mi tatarabuelo conoció el anterior planeta llamado Tierra, muchos problemas había ahí, ya sea ambientales por la extinción de la luz solar, la creciente tensión social y el instinto auto-destructivo que solemos tener los seres humanos. Probablemente aquel planeta si no ha resultado fulminado por las condiciones geológicas y el impulso acelerado de devastación social, esté a poco de serlo. Sin embargo, este nuevo planeta -aunque para mí es viejo- que nosotros bautizamos con el nombre de Erkam también tiene otros problemas añadidos que a las veces recuerdan a los que se daban en el anterior planeta denominado Tierra. Si dejamos aparte el asunto de la desigualdad social, un gran problema digno a considerar es que cada dosciento cincuenta y dos años la mitad de Erkam resulta inhabitable. Esto se debe a que unas tormentas igneas asolan la mitad del planeta, a resultas del cual se produce un gran exilio mundial que se dirije a la otra mitad. Ello, obviamente, ha generado nuevas tensiones sociales debido a que no todos llegan a su nuevo hogar sanos y salvos, sino que sólo quienes reciben información con anticipación, los que cuentan con mejores medios y contactos mas fiables logran salvarse de las flamigeras arenas. Produciendo así, que el número de población se reduzca consideramente, eliminando eso sí el problema de la sobrepoblación mundial que según me han contado preocupaba en el anterior planeta.

Mucho tiempo atrás, esta problemática no le preocupaba, la consideraba muy lejana. Pero como según comprobará el lector de este escrito, me tocó sufrirla con creces. Mas este asunto se verá mas adelante, pues debo aclarar otro punto importante antes de avanzar con la historia de este exilio personal que me tocó vivir en mi carne, en mis huesos y probablemente también en mi corazón. Otra de las carácteristicas notables de este planeta que lo diferencia del anterior, es un asunto al que ni científicos ni filosófos han encontrado una explicación y menos una solución, y es la extraña capacidad con la que nacen algunas de las gentes que respiran este aire aparentemente tan similar a la Tierra. De hecho, yo fuí uno de este 0,001 por ciento de la población que nació con estas habilidades especiales, que a la larga pueden convertirse en una maldición. De ahí que sean muchos, entre los cuales me incluyo, que reniegan revelar al mundo estos bizarros poderes en tanto que vienen a dar muchos problemas de cara a la estabilidad de la sociedad.

Estás raras habilidades incluyen una fuerza fuera de lo común, la capacidad de dar grandes saltos, de levitar, volar, desplazarse a gran velocidad y no sé cuantas otras cosas más que ni los que las tenemos hemos averiguado en tanto que si no las conocemos no somos capaces de ejercerlas. Uno podría pensar que con estos poderes quienes nacen con ellos vendrían a gobernar este mundo, pero muy al contrario, siempre que se descubre que uno los tiene, se le asesina para evitar sublevaciones, o en el mejor de los casos, se le encierra en una prisión de alta seguridad. Es decir, sin entrar en mas detalles en relación a esta cuestión, si naces con esta capacidad innata supra-humana puedes darte por perseguido lo que te resta de vida. Así que, personalmente para evitarme malos tragos, me guardé mis poderes como la mayoría de quienes lo tienen.

Entrando en el asunto que me lleva a legar este escrito a la posteridad para defenderme de las acusaciones que se apilan año tras año contra mí, y que me han valido el sobrenombre de "Ibías el destructor de mundos" explicaré lo que aconteció en el comienzo de lo que sería mi larga travesía sobrevolando este vasto mundo en búsqueda de la injusticia de la que se me privó a mí, como también a tantos otros ciudadanos que perecen carbonizados sin remedio.

Todo comenzó una buena mañana en la que creía que todo iba a proseguir de acuerdo a la rutina de siempre, pero no. Se dió una tardía alarma de evacuación cuando los adinerados ya se habían desplazado a la mitad segura de Erkam, pillándome a mí y a tantos otros fuera de casa. Lo que fue de mi familia y seres queridos no lo sé, pensé quizás ingenuamente que ellos estarían a salvo, así que me encaminé en dirección a los autobuses que nos transportarían a la mitad planetaria lejana a la radiación ignea que se nos echaba ahora encima. No conocía a nadie dentro del susodicho autobús, estaba mirando absorto por todas las ventanas que tenía a mi alcance hasta que una joven se sentó a mi lado sin pedir permiso.  Ella era morena, de ojos negros como el azabache, las pestañas elevadas, el cabello sumamente corto al ras y una cintura cimbreante. Desde el primer momento me llamó la atención aunque no era mi tipo, y quizás yo tampoco fuera el suyo aunque advertí que ella también se fijó en mí.

El caso es que el autobús seguía imperterrímo su recorrido en busca de nuestra salvación, esquivando como podía las calientes arenas que ya nos circundaban, y que hacían parecer un desierto el terreno que nos rodeaba. Todos estaban extrañamente animados debido a que puede que pensaran que aunque no habían llegado a puerto, ya estaban salvados. Hablaban muy animadamente todos, a excepción de la joven de cabellos cortos y de mi mismo. Todo era alegría y argabía hasta que el autobús se paró en seco frente a una entrada que estaba velada por un atasco inmenso, en cuyo final se elevantaba un gigantesco muro que no era por lo demás muy alentador. Se nos informó mediante unos ya carcomidos altavoces por las crecientes temperaturas que no había avance posible, es decir que en otras palabras se nos condenaba a una muerte segura.

Justo en ese momento se armó un caos en el autobús, algunos salieron desquiciados del mismo a suplicar piedad mientras que otros se limitaron a gritar y a agitar sus manos con frenesí clavados en sus asientos. De repente, la joven que hasta el momento no se había atrevido a mirarme directamente, se giró en mi dirección y me clavó su misteriosa mirada. Y sin pedir permiso alguno, me agarró de las manos y las metió bajo el verde jersey que portaba. Con dedos confusos pude atisbar el tacto de sus pequeños senos, los cuales se estremecieron a mi contacto y cuya sensación era bastante agradable. En tanto los palpaba sin creerme del todo la situación que estaba viviendo, me dí cuenta de que ella buscaba vivir los que serían los últimos momentos de nuestra vida adoptando un talante evidentemente sexual. La miré fijamente a los ojos, descubriendo que estos estaban vidriosos, y justamente en ese instante, llegué a la conclusión de que no teníamos derecho a ser aniquilados, ni toda esa gente desesperada ni esa joven de senos tan agradables, ni mis seres queridos o yo mismo.

Así pues, levántandome en tanto que abrazaba a la joven, decidí salir del autobus y liberar mis poderes sin miedo alguno, siguiendo mi ejemplo se me unió otro hombre que parecía compartir mis poderes e intenciones, y nos dirigimos al muro para destrozarlo, permitiendo así que los autobuses y vehículos privados de toda esa gente pudieran transitar en dirección a su salvación. Cuando ya estaban en movimiento, fuí atrás y le comuniqué a la joven que nos volveríamos a ver y quizás culminaríamos lo que había empezado en esa situación desesperada, pero que tenía algo pendiente que hacer ante la injusticia que estabamos viviendo. Así que, tras percibir un asentimiento plagado de dudas por su parte, me lancé volando en dirección a la zona en la que ya se habían asentado los poderosos para verse salvos frente a las llamadas en compañía de mi rudo y barbudo compañero.

No nos costó mucho llegar a aquella zona con la ayuda de nuestras habilidades preternaturales, como tampoco tardamos en darnos cuenta de las miradas llenas de asombro y temor que nos dirigían nuestros aturdidos semejantes, y sin esperar respuesta ni una reacción ante nuestra repentina aparición, alzando nuestros amenazadores brazos comenzamos a derrumbar todo aquello que se nos ponía por delante. Empezamos a derrumbar todo edificio por muy elevado que fuera, resquebrajar con nuestros puños el asfalto que hacía de carretera, hacer volar a los coches con nuestras certeras patadas y sepultar bajo los escombros a todo aquel que intentase agradecirnos. Nadie podía con nosotros, esos privilegiados con todo su poder y dominio económico se vieron en clara desventaja frente a nuestras capacidades innatas que destrozaban todos los pilares que ellos habían formado para protegerse de quienes eran verdaderamente vulnerables. Nuestra agresividad de ira liberada les dió una buena muestra de a lo que se enfrentaban, de nada servía su dinero ante quienes clamaban por la justicia.

En uno de nuestros pasos arrasando ciudades enteras, nos encontramos con un grupo singular que parecía compartir nuestras habilidades, pero que quizás por inexperiencia o falta de práctica fueron derrotados con facilidad, mas entre ellos dejamos a uno vivo. Era aquel un tipo bastante curioso, por lo visto se llamaba Izor y no era un hombre de muchas palabras. Hablaba poco, mas golpeaba con un frenesí inusitado. Pudimos haberle reducido entre los dos, pero tanto nos llamó la atención su compostura que le propusimos unirse a nosotros, y así lo hizo. Tenía unos cabellos lacios negruzcos y portaba consigo una capa azulenca larga y raída, se diría que aquel hombre era todo un excéntrico, mas con sus puños y sus piernas demostraba que estaba más allá de toda apariencia. No necesitaba hablar desde luego, pues sus actos ya hablaban por sí mismo.

Continuamos así avanzando, destrozando con saña todo a nuestro paso sin temer que nadie nos detuviera. Incluso la policia y demás fuerzas del orden que están al servicio de los poderosos -en palabra, mas no en acto como podíamos comprobar- no podían con nosotros. Daba igual cuantos de ellos acudieran en su rescate ante las llamadas de emergencia, agarrando una pared de vasto ladrillo, y lanzándolo desde las alturas en su dirección, lograba sofocarlos cual si fueran ellos victimas de las arenas ardientes que ya estaban devorando la mitad del planeta. Al principio, cuando comencé esta hazaña junto a mis compañeros, era la ira lo que me llevaba a ser tan excesivo en mis acometidas, pero con el tiempo aquella ira fue suavizándose, y lo que me impulsaba a seguir era un extraño regocijo ante la desgracia de todas aquellas gentes aniquiladas bajo nuestros brazos. Mas, sobre todo, lo que me animaba era la promesa de reencontrarme con aquella joven de la que desconocía el nombre, pero cuya esperanza de estar a su lado animaba mi empresa.

Así pasamos largo tiempo, arrasando con todo lo que se encontraba bajo nuestro inevitable avance, incluso se generó entre nosotros tres una especie de camadería de la aniquilación que fue la mas rara de las amistades que se pudieran imaginar, hasta que Izor usando de las señas que acostumbraba señaló en dirección a una radio que profería un importante mensaje. En este se contaba que por lo visto todos aquellos autobúses de evacuación que liberamos con anterioridad habían sido engullidos por las llamas, y de los cuales no habían podido llegar a la zona segura ninguno de ellos, quedándose así sus restos carbonizados en la mitad del recíen fundado desierto. Nada mas escuchar aquella noticia, no pude evitar derrumbarme en el suelo en señal de evidente impotencia, con mis puños golpeé con tesón al inocente suelo, acudiendo las lágrimas a raudales por mis resquebrajadas mejillas.

En ese momento, no pude evitar recordar a mis seres queridos, a toda la gente inocente que había sido devorada por la arena ignea, a los niños llorosos como yo mismo y sobre todo a aquella joven que me había ofrecido sus atributos femeninos como último recurso en mitad de la desesperación. Me estremecí, mis miembros se entumecieron y temblé cual si alguno de mis compañeros me hubiera dado una buena sacudida para que retornarse a la realidad. Justo en ese instante, la ira acudió a mi de forma renovada y aún mayor que con anterioridad, puesto que estaba animada por la impotencia y la evidente angustia de quién ya no tiene nada que perder. Así que retornamos a nuestras fechorías -que nosotros considerabamos justificadas a tenor de las circunstancias- y con aún más virulencia si cabe debido a lo funestas que habían acabado siendo las cosas de acuerdo a la frustración de nuestras esperanzas. 

En estas estabamos cuando llegando a un pueblecito algo me perturbó hondamente, y esto era que entrando en una tienda para desbandijarla y así acumular provisiones, observé en la cajera algo que me estremeció en las entrañas, pues era idéntica a la joven que me acompañó en aquel autobús destinado a la destrucción. Sólo se diferenciaba de la misma en que sus cabellos eran mas largos y presentaban ondas rojizas a la par que sus mejillas estaban adornadas por gran cantidad de pecas y lunares, mas en general era una copia a aquella que había conocido, en su leve semblante y en la forma esculpida de su cuerpo. Sin pensármelo mucho, la tomé de los hombros pidiendo explicaciones, es así como me enteré de que la joven que había conocido tenía una hermana gemela, la cual era la que tenía ante mis ojos. Pero mientras una había sido salva por sus recursos económicos y de salvoconductos, la otra había sido arrasada por las llamadas sin remedio y sin capacidad de ayuda alguna.

Completamente enajenado, salí del local sólo destrozándolo parcialmente, y una vez en la salida, me derrumbé en el suelo incapar de indagar en mis sentimientos de entonces. El recuerdo de lo que le había acontecido a aquella joven me dislocaba en lo más íntimo, su pérdida irremediable se me atenazaba en el pecho con un violento frenesí del que no lograba despojarme por mucho que lo intentase. Alzando la mirada, creía vislumbrar sus definidos rasgos a través de la neblina que era invocada por mi mente trastornada, logrando identificar por las señas que no necesitan de las palabras, su evidente desaprobación ante mis acciones. Aquello era un golpe del que no logré recuperarme, si había emprendido esta violenta aventura era porque buscaba salvarla a ella y a todos los que habían compartido su destino, y que negara mi decisión ladeando la cabeza en señal negativa, lanzaba al traste todos mis futuros planes de redención.

Desde entonces, me alejé de mis compañeros y me replegué a una solitaria cabaña, en la que con la ayuda de unas hojas amarrillentas por la presencia de la arena y un tintero no demasiado seco comencé a escribir lo que tú desconocido lector tienes ante los ojos. Sobrevolando el terreno durante meses, logré llegar a esta zona que linda por escasos metros con aquella otra que ya se encuentra sepultada por la ardiente arena bajo la cual habitan los cadáveres de aquellos a los que no se les dió una segunda oportunidad. Da la casualidad de que desde este punto, si agudizo mi mirada en la distancia, puedo atisbar aquella zona donde se encontraba el muro que derribé para dejar pasar a los autobuses, pero cuyo destino fue igualmente funesto a que si no lo hubiera hecho.

Por las noches, a través de las dunas, creo vislumbrar a aquella joven, mas ya no me reprende por mis acciones, muestra un semblante amable y me indica con señas para que me una a ella. Hay un secreto impulso que se me impone, y que hace que quiera atravesar aquel desierto igneo para poder reencontrarnos. Y así lo haré, mas antes veía conveniente dejar esto por escrito por si alguien lo encuentra, mostrando así cuales habían sido mis motivaciones e intenciones, de las cuales ya no me queda el más minímo atisbo.

Llegado a este punto, sólo quiero reunirme con aquella joven que ya me espera más allá de las inflamadas dunas macilentas de cara a retomar aquello que fue interrumpido por el azaroso quehacer de los hombres y su estúpido destino. Ya ha llegado el momento de dejar reposando la pluma y de encaminarme a su encuentro. Dejaré bien atados estos papeles desgastados con una cuerda que encontré por el camino, depositados en esta mesa carcomida en tanto que mi cuerpo se funda con lo inhóspito, y mi alma con el amor que nunca tuvo en vida.