En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.
Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.
Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.
Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.
Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.
Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.
Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.
En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.
A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.
Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.
Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna a sí mismo y su pecaminosa condición.
Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.
Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.