domingo, 31 de mayo de 2026

Parada a ninguna parte

 Saliendo de la calle principal en plena madrugada, con el pálido fulgor de la luna esmaltándose en el asfalto desgastado, meditaba sobre la razón de salir a deshoras. No recordaba el motivo de mi escapada, quizás ni tuviera uno, o en el caso de que así fuera tampoco era tan importante para ser recordado. El caso era que me encontraba embozado en una capa negruzca, cubriéndome para que el frío no penetrase mis huesos, temeroso de caer enfermo debido al hálito congelado que proferían las estrellas. Observaba con cierta desconfianza las sombras verpertinas de los árboles, miraba a diestro y a sinientro cualesquiera oscura silueta al acecho, atisbando el misterio que suele encubrir a la noche. Mas, a pesar de mis imaginativos esfuerzos, sólo lograba contemplar mi aliento templado escapando de mis pulmones, ascendiendo quizás a regiones etéreas que eran recogidas por entidades paganas.

Cuando ya me encontraba girando por un recodo del camino, dirigiendome hacía la parada de autobús, una silueta siniestra me vino al paso, acechándome al principio en la distancia para luego lanzarse contra mí con violencia. Intenté defenderme en vano, pues cuando ya me dí cuenta de su presencia ya estaba encima mía, respirando precipitadamente, con una agitación inusitada. Nos quedamos durante unos instantes en silencio, quizás esperando a quién fuera primero en reaccionar. Iba a atizarle un buen empellón cuando de repente escuché que de sus labios a duras penas salían palabras atropelladas, parecían ininteligibles, pero cuando afiné mis oídos escuché que me decía:

- Eh tú, si tú. Quizás puedas ayudarme... Verás, no pretendo robarte ni nada semejante. Sólo he acudido a ti pidiendo ayuda, puede que un desconocido sea más capaz de sacarme de este embrollo que yo mismo... Quizás, no sé... En fin, te diré que antaño yo era todo un hechicero. Manejaba la alquimía cual si fuera un arte culinario, conocía los secretos de la kabbalah, me leía todos los manuales de brujería que caían en mis manos y también era versado en torno a unos cuantos antiguos grimorios medievales. Mis poderes por entonces eran insuperables, podía invocar a mil demonios sin que temblase un ápice, los sometía a mis ordenes sin temor a daño alguno. Incluso me abismé en los secretos de la magia negra árabe, me inmiscuí en los cultos hindúes a la diosa Kali, o a aquel dios abandonado por los hebreos denominado Dagón, hasta participé de los rituales egipcios en aras de alcanzar la inmortalidad. Todo iba a pedir diente hasta que llegó a mí un antiguo libro que combinaba la magia negra con la roja, en principio no temía problema alguno puesto que todos los escollos los solventaba con hechizos protectores, beneficiándome de todos los resultados sin caer en prejuicios que minasen mi ánimo de mago. Sin embargo, aquel extraño legajo demoninado "Ars demon", con aquel título tan ambigüo y me atrevería a decir mal traducido, no suponía en principio un reto para mí. Así que me abismé en su lectura, y ejecuté todas sus invocaciones siguiendo las pautas en un arcano latín, y cuando quise darme cuenta, me percaté de que algo no iba del todo bien. Por primera vez en mucho tiempo supe que no todo iba tan bien como acostumbraba, aquel demonio llamado Asmodeo era mas poderoso de lo que creía, y sin darme rédito alguno en mi poderío mágico, se hizo con mi alma sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Aquel demonio me poseyó, y justo la fecha que corresponde a la anulación de mi individualidad a favor de su pleno control es hoy. Por favor, gentil hombre, ayudame...

Entonces, repentinamente, aquel mago al que no logré vislumbrar del todo bien debido a las sombras y a lo oscuro de su ropaje, se apartó de mí con temor, y comenzó a agitarse con un enfermizo frenesí. Sus manos como garras, se posaron con firmeza en su rostro, y comenzó a balancearse de un lado a otro con una agitación que podría considerarse sobrenatural a tenor de sus extraños movimientos. Se quedó en suspenso durante unos segundos, parado en seco como si hubiera visto algo a relativa distancia que le atemorizase, y acto seguido de sus labios se profirió un grito de animal herido, como si le estuvieran desgarrando las tripas. Y tal y como minutos antes estaba situado a relativa cercanía de mí, salió por patas como alma que lleva el diablo, alejándose en tanto que movía sus brazos a un lado y otro cual si una nube de mosquitos le persiguiese hasta los mil infiernos.

Obviamente, me quedé petrificado ante semejante escena. Pero poco después me puse en marcha, no tenía tiempo que perder y la parada se encontraba cerca. Subí por esta segunda calle en su dirección, y ya estaba al poco en el puerto, atisbando la señal roja de la marquesina, cuando un hombre que salía del campo asilvestrado de al rededor, salió de los arbustos que lo cercaban. Aquel hombre, sin duda, era todo un africano. Mas esto no era por lo oscuro de su piel, sino por su tremenda altura y sus fornidos miembros. A su lado, yo parecía una mota de polvo que hubiera sido desperdigada de algún envejecido mueble. Pero, a pesar de su aspecto curtido y sus músculosos miembros, aquel africano revelaba una mirada cargada de sensibilidad, sus ojos pardos eran sumamente vidriosos, como si conteniese sendas lágrimas que temían escapar de un momento a otro. Se me quedó mirando con cierta duda, como si no supiese si acercarse a mí o no. Quizás, como se percató de que me quedé parado en el sitio y me negaba a avanzar hasta que él realizase el primer movimiento, se acercó a mí y me dijo con cierto temblor en la voz debido a la emoción:

- Eh tú, amigo... Usted no me conoce, como yo a usted tampoco, pero como entre desconocidos ningún secreto es tal, quisiera relatarle algo que me acongoja. Verá, yo provengo de una pequeña aldea situada en Nigeria, desde mi mas tierna infancia mis padres me acostumbraron a observar la colonización como un mal menor que nos trajo algo tan grandioso como lo fue el cristianismo. En mi familia todos los miembros eran muy creyentes y hasta beatos, y pese a que vivieramos en la pobreza, quizás esta ingenua fe nos ayudaba a soportar mejor los empujes de nuestro desdichado destino. Según contaban mis abuelos, los colonos europeos eran sanguinarios, mas sus enviados espirituales eran mas sosegados, y aunque en los colegios que construyeron a veces les pegaban con barras de madera, les enseñaron las virtudes del Evangelio de Dios, haciendo nuestros dolores físicos nímios en comparación a los pesares de índole espiritual. Pero bueno, supongo que me estoy desviando del tema... El caso fue que una vez que los colonos partieron en apariencia mas no del todo en el plano real de la fe, nos dejaron abismados en nuestros propios azares, y entonces, en ese intervalo de noche oscura del alma, apareció un nuevo culto donde se seguía a los enviados de un tal Muhammad, los cuales compartían ciertas semejanzas con los seguidores de Cristo, mas al cabo nos confrontaron. Es decir, nos obligaron a tomar partido por uno u otro, y cuando estas agrupaciones estuvieron establecidas, hubo un enfrentamiento muy tenso entre ambas partes. Al comienzo, ambos bandos estaban bastante igualados, todo era vana palabrería teológica, pero no pasó mucho tiempo hasta que pasamos a las manos, y de las manos llegaron las armas, sobre todo en el nuevo culto que nos acometieron con frenesí a los que nos quedamos en el antiguo. Se produjeron las masacres mas sangrientas que uno pueda imaginarse, los cadáveres y su sangre coagulada adornaban las calles en un infernal festín, siendo los cuerpos de mi familia unos de tantos que esculpían su rastro nefasto por toda la aldea. Yo logré escapar ni recuerdo cómo con exactitud, y aunque al principio eché la culpa de esta masacre al nuevo culto, pronto me dí cuenta de que tanto el antiguo como el nuevo culto eran los culpables de nuestras desgracías. Si aquellos colonos no nos hubieran dado ese mensaje supuestamente consolador y paliativo de nuestra pobreza, el segundo culto no se hubiera cebado tanto con nosotros. O quizás sí, no lo sé... El caso fue que desde entonces, una vez que escapé de toda aquella locura, renuncié a Dios y a su mensaje que sólo produce confrontaciones entre los hombres, e indagué en las creencias originarías de mi pueblo, que aquí son conocidas como vudú a raíz de la revolución haitiana. Y aunque hubo un tiempo que tuve cierto sosiego del alma, desde hace poco me persigue una sombra siniestra que en ocasiones se identifica con mis familiares fallecidos... De hecho, incluso ahora mismo, creo sentirla acechandome a mis espaldas... En fin, debo irme inmediatamente.

Y sin darme tiempo a responder, aquel hombre tan alto, escapó de ahí a todo correr impulsado por sus firmes piernas que se asentaban en el suelo como dos inmensos postes. Me produjo cierto terror el final de su narración, y con alguna curiosidad me asomé en dirección a los arboles que nos circundaban por si lograba atisbar las sombras de las que hizo mención. Pero, aunque me conduje con precaución, mirando a un lado y a otro, no logré ver nada fuera de lo usual. Quizás, pensé, me había introducido en demasía en el relato de aquel hombre hasta el punto de que yo mismo me consideré uno de sus protagonistas, y eso hizo que sus palabras fueran suficiente testigos de la verdad.

Sin perder mas tiempo en estas naderías superticiosas, llegué finalmente a la parada, y me situé bajo la marquesina, cobijándome entre mis harapos y ropajes, y en esto una mujer muy anciana se situó justo a mi lado. Aquella mujer debía de contar mas años que matusalén porque había mas arrugas en su semblante que zonas despejadas, y a pesar de ello conservaba unos largos cabellos con escasas canas. Tenía una mirada escrutadora, cercada por una neblina azulenca que revelaba que quizás no pudiera ver del todo bien, y aún así, renunciaba a portar gafas quizás por terquedad. He de reconocer que su apostura me intimidó un poco, no parecía que quisiera entablar conversación alguna, mas para mi sorpresa, alejándose un tanto de la marquesina, me indicó que me acercara con un gesto, y yo, sin saber por qué ya que no tenía gana alguna de hablar con aquella bruja de antaño, me acerqué y presté atención a sus palabras:

- Verá joven, le he llamado para hacerle testigo de los pesares de una anciana olvidada por el mundo... Yo antes vivía como tú o cualquiera de las personas que poblan en este planeta, despreocupada en torno al porvenir y viviendo cada día como si estos fueran infinitos. Tengo familia, pero estos hace largos años que se olvidaron de mí, mas yo también de ellos en tanto que siempre he sido una persona muy solitaria. Me bastaba con tener mis entretenimientos entre siesta y siesta para sofocar el sopor de los pensamientos, deslizandome por la vida como una masa de arrugas que sólo se dá a deleites pasajeros. Pero un día, repentinamente, empecé a encontrarme muy mal, y yo que nunca he sido de médicos, no me quedó otra que acercarme a uno. Tras algún tiempo y muchas pruebas me comunicaron que tenía cáncer, y que me quedaba poco de vida debido a que este estaba muy avanzado. Y como soy ya muy mayor, me dijeron que ni se me pasara por la cabeza el operarme porque eso supondría mi tumba. Desde entonces, vivo en un desasosiego y en una melancolía que no me deja ni respirar con normalidad, cada día es un suplicio que me acerca mas a la muerte, e incluso mis instantes de relativa felicidad se convierten en sinsabores moribundos porque la muerte me acecha con su pútrido aliento que se huelca en mis dolores cancerígenos... ¿Qué diantres voy a hacer? ¿Cómo afrontar la llegada inminente de la parca con su guadaña?

Tras unos instantes en silencio, dudando qué responder, me decidí por decirla:

- No tiene de qué preocuparse, estoy seguro de que la muerte es un mero paso, un puente que nos conduce hacía algo mejor. Piense que ya ha vivido largos años, y que ahora ha de meditar en torno al más allá, que existe con seguridad y que nos ofrece una perspectiva halagüeña. De hecho, si por un casual yo pereciera antes, me comprometo a acompañarla por el oscuro túnel que conduce a la plena luz.

La anciana me miró con extrañeza, hizo una desagradable mueca que convirtió su rostro en un amasijo de arrugas, cual un saco abandonado que por el efecto de la parainoia produce la semejanza con un semblante, y aunque permaneció en la parada, se alejó de mí cruzada de brazos. Se desplazaba con lentitud pero con inéquivoca señal de descontento en tanto que negaba con la cabeza disgustada. La verdad es que desconozco qué pretendía que dijera aquella anciana, yo sólo le respondí lo mejor que pude y con entera sinceridad. De verdad pensaba lo que atestiguaban mis palabras, mas aquel inusituado desdén me abismó en cierto nihilismo al comprobar que no todos compartían mis certezas espirituales, y que sólo buscaban un vano consuelo, una atención a sus palabras en tanto que acallaba las mías.

Así que volví a mi puesto primigenio, meditando sobre estas cosas y tantas otras hasta que me fijé que un hombre con un carrito de bebé se posicionaba frente a mí. Aquella pobre criatura estaba claramente enferma, con tantos tubos y aparatos cercándola, pensé que probablemente no pudiera respirar con autonomía por algún tipo de fallo de nacimiento. Mas, fíjandome en la medida que aquel niño también me miraba a mí mismo con curiosidad, ví que también tenía ciertas malformaciones en sus miembros, a la par que ciertas cicatrices que se abrían y se cerraban en la medida que respiraba. Cuando levanté mi mirada en dirección al que parecía su padre, descubrí en los rasgos asiáticos que portaba, idénticos ojos rasgados en su hijo. No quise ser maleducado en mi insistencia de contemplarles con cierta estupefación, mas el hombre dándose cuenta de mis sentimientos tomó la palabra:

- Veo que le causa cierta curiosidad el estado de mi hijo. Pues bien, verá, ya nació así de deforme, aunque con el paso del tiempo, sus deformidades y peculiaridades anatómicas sólo hacen si no aumentar. Tan horrible fue haciendose con los años, que incluso mi mujer, aquella que le dió luz a este mundo, escapó de su presencia, abandonándonos tanto a él como a mí. La situación se hizo tan tremenda y horrible, que familiares, vecinos y amigos comenzaron a alejarse de nosotros, tanta repulsión les causaba la criatura. No me quedó otra que emigrar de Japón -nuestro país de origen- a estas tierras con la esperanza de pasar desapercibidos ante las deformidades físicas de mi hijo. Pero, sin embargo, aquello supuso una vana utopía, el pensar que aquí seríamos felices, pues basta comprobar tras el más mínimo paseo que todos nos miran al principio con curiosidad como usted, para luego mostrar un gesto de evidente repugnancia ante mi criatura...

Todavía seguía hablando aquel japonés, cuando dejé de prestar atención a sus palabras en la medida que veía que su hijo tenía las tripas completamente abiertas, y además de ello, comenzó a hurgarse en las mismas, estrayendo de los intestinos lo que parecían heces de gato. No pude evitar en ese momento que una arcada surgiera de mi propio estomago, subiendo por mi garganta y liberando un malestar irreprimible. Aquel hombre se percató de mi gesto, deteniendo en seco sus palabras, y desplazando su carrito a la esquina contraria donde se situaba la anciana ofendida. Me sentí bastante conmocionado observando el siguiente cuadro, una anciana con cáncer en la esquina siniestra, y un hombre con su hijo deforme en la diestra, en tanto que yo me encontraba en el centro, como un punto en suspenso entre ambos estados ¿Pudiera significar algo semejante analogía? ¿Una macabra metáfora?

Y entonces, parando en seco mis inconcruentes pensamientos, noté un temblor y el sonido de algo en la distancia. Me asomé desde la marquesina, y atestigüé por los faroles iluminados que el autobús por fin pasaba por nuestra parada, ya podría encaminarme a donde quiera que fuera en esta extraña madrugada pensé con una secreta esperanza en algo indeterminado. Ya estaba pasando por nuestro lado, con el interior completamente a oscuras y atestado de las sombras de sus inhóspitos pasajeros, cuando pasó de largo sin detenerse a recogernos. 

domingo, 17 de mayo de 2026

Entre la muerte y las sombras: El sendero de libertad particular del soldado-brujo

 

Ya se ha convertido en un tópico aquella aseveración que anuncia que la auténtica soledad se experimenta cuando uno está rodeado de gente. Desconozco que la hace más veráz, si es a fuerza de repetirse o si su contenido es tan certero que hay una suerte de comunión generalizada que viene a darle la razón. Mas lo cierto es que con el tiempo, aquella frase enunciada de miles de formas diferentes ha venido a convertirse en un leiv motiv, e incluso en algo que muchas personas podrían en su lápida. Además, esculpir algo como "me sentí mas solo cuando más estuve rodeado de gente" es una frase que en un cementerio cobraría un sentido cuasi-trascendental. Sin duda sería un buen epitafio ¿No piensa el lector lo mismo? Ahí, una piedra rodeada de tantas otras piedras, en donde bajo todas ellas se encuentra un cádaver descomponiéndose, cercado por madera carcomida, y sin embargo, rodeado de tantos congéneres que han llegado al mismo destino siguiendo caminos quizás diferentes. La muerte, sin duda, es el único críterio de igualdad que se hermana con la verdad en el que se puede creer a ciencia ciega sin que escape una sútil risilla mal disimulada de unos labios entreabiertos que poco tardarán en sellarse definitivamente por los siglos de los siglos.

Pues el soldado-brujo se hallaba en esos momentos en una soledad acompañada como hemos indicado mas arriba, no sabemos si en una especie de tumba, pero sí se sentía tremendamente solo aunque estuviera rodeado por sus semejantes, ignorantes de su presencia casi como si lo hicieran a próposito. En esos momentos se encontraba atravesando la ciudad principal del mundo onírico, cercado por tantas otras personas y criaturas veladas que pasaban por su lado como si tal cosa. Mientras él se encontraba ensimismado, metido a fondo en sus asuntos, como si sus piernas fueran por unos terrenos en tanto que sus pensamientos iban por otros, mas por ensalmo, levantó la mirada y dejó el derroterro de sus pensamientos para otro momento y se dió cuenta de esa incómoda verdad de la soledad en compañía. Al principio, al comprobarlo de una manera tan explicita se sintió algo turbado, pero a los pocos segundos la interiorizó como si fuera algo natural, un asunto tan cotidiano como el levantarse de la cama todos los días, reviviendo incesamentemente de una muerte momentánea.

Acto seguido, dobló por una calle que se bifurcaba y escapaba de la zona central, internándose en una calleja aledaña, y de ahí dió otro giro que le condujo a una zona bastante aislada a pesar de que algunos viandantes algo andrajosos pululaban por ahí. Después, agachándose un tanto, se internó en una trampilla y entró en uno de sus múltiples escondrijos. Aquel era un lugar secreto en el que el soldado-brujo se cobijaba de los desmanes del mundo, en el que detenía sus travesías para descansar aunque fuera durante un rato. Allí tenía algunos muebles dispersos entre sí, a penas escasas dos sillas, una mesa y sobre todo estanterías que se encontraban atestadas de libros. Sentándose en una de aquellas desgastadas sillas, alcanzó un volumen dedicado a la alquimía, y se puso al principio a hojearlo, y después a leerlo con toda seriedad, focalizando toda su atención en aquellas viejas letras impresas.

Ya estaba cayendo en un estado de conciencia alterada y abismada cuando de repente un hombre un tanto harapiento entró en su encondrijo como si tal cosa, y cuando aún no se había recuperado de su perplejidad, entró otro como si aquello fuera el pan de cada día. Tuvo un primer desconcierto que le hizo quedarse mirándolos con los ojos como platos, completamente mudo y sin entender lo que estaba pasando, incluso se aventuró a fabular con que aquello era un producto de su imaginación, o que había entrado en trance, en un sueño dentro de un sueño como ya había averiguado que se podía hacer en aventuras anteriores. Sin embargo, tras largos minutos, no pudo callarse e increpó a aquellos hombres, los cuales le respondieron tranquilamente que aquel era su refugio, que no sabían que pertenecía a otra persona y que si él lo requería se irían de ahí tal y como habían entrado. El soldado-brujo estuvo tentado precisamente en expulsarles, mas algo en su aspecto que connotaba que aquellos hombres eran mendigos le hizo desistir, y tras entablar breve conversación salió de ahí con parsimonia, ralentizando sus movimientos debido al precipitado flujo de sus pensamientos.


Una vez que se encontró de nuevo en el exterior, se halló frente a un panorama bastante diferente al que había cuando hubo entrado. Todo el mundo estaba corriendo a un lado y a otro mientras unos hombres que portaban unas alas artificiales les perseguían cual si fueran presas, algunos de ellos, con la ayuda de un aparato, expulsaban un gas que los hacía adormecerse para que fueran capturados con una mayor facilidad, en tanto que algunos pocos de ellos increpaban a sus compañeros para que se dieran mas prisa en esta tarea. El soldado-brujo, nuevamente perplejo, no tardó en salir por patas cuando cayó en la cuenta de que él mismo era una presa de aquellos hombres voladores. Incluso se atrevió a acometer a algunos de ellos con sus hechizos cuando pretendían atraparle, insultándoles directamente por su osadía. Ya parecía que iba a escapar de ahí cuando un grupo de unos ocho o nueve le rodearon, lanzándole ese gas extraño mientras el soldado-brujo se tambaleaba, esforzándose en vano por dispersarlos. Sin embargo, la cantidad del gas que le propiciaron fue tan tremendo que no tardó en hacer efecto, haciendo que el soldado-brujo cayese anestesiado en el sitio.

Cuando despertó con los miembros entumecidos y sintiéndose un tanto incómodo, se dió cuenta que se encontraba en una especie de almacén. Allí había tantas otras personas que como él habían sido atrapadas, pero que aún no habían despertado de su coma inducido. Estaban todos ellos cubiertos por unos paneles de plástico que les mantenían encerrados en unos capullos arficiales del mismo modo a como si fueran gusanos de seda. Aquello parecía bastante grande, mas el soldado-brujo se molestó en recorrerlo e inspeccionarlo al comienzo con cautela, y después, como si él fuera el amo del lugar, ya que los hombres uniformados que trabajaban ahí parecían ignorarle. Finalmente llegó a lo que parecía la sala principal, la cual estaba coronada por una amplia mesa y por unos individuos cuyas señales refulgentes de su indumentaria atestiguaban que eran quienes se encontraban al mando.

Nada más verle, le recibieron con los brazos abiertos y uno de ellos que decía llamarse Hilel, se presentó como el líder de aquella hazaña. Le estrechó la mano con respeto y le indicó que se habían confundido, que en modo alguno querían atraparle a él conociendo quién era y habiendo oído algunas de sus curiosas aventuras. Esto hizo que el soldado-brujo relajase sus crispados miembros y se sentase en una de las sillas que le ofrecieron, después de lo cual se inició un parlamento para decidir qué debían hacer con él, y ya de paso le informaron de que la parte sudoeste del mundo onírico estaba viviendo una hecatombe. Por lo visto allí se había desatado una plaga de no-muertos que estaban aterrorizando a la población, y que aunque al principio la situación estaba mas o menos controlada en tanto que estaba focalizada en una serie de lugares estrategicos, esta finalmente se había descontrolado, ocasionando que toda aquella se convirtiese en un pequeño apocalipsis, que temían que se extendiera por todo el mundo onírico. Después de tal perorata le preguntaron al soldado-brujo si gustaría de intervenir, y como este no veía que tuviera algo mejor que hacer, finalmente accedió dando su consentimiento de que le llevasen hasta ahí.

Y así lo hicieron, con la ayuda de un areoplano un tanto rudimentario, le lanzaron como si tal cosa desde las alturas, mas como el soldado-brujo comprendía un poco de suspensión y de levitación, fue descendiendo poco a poco cual si fuera una pluma que proviniese del cielo. En cuanto se encontró de lleno en el panorama -aunque un tanto escondido en una elevación montañosa- le sorprendió la extraña tesitura del lugar. Sin duda, los no-muertos se encontraban desatados, aquellos seres zombificados y de aspecto grotesco, iban de un lado a otro atemorizando y masacrando a los seres humanos, aquella zona que recibía el nombre de Tushah, aún siendo desde siempre una parte en la que siempre se habían encontrado los más extraños incidentes y disturbios, jamás había presentado un aspecto tan deplorable. Todavía estaba escrutando el lugar para plantear un plan de acción y decidir de qué modo intevendría cuando a sus espaldas le acechaban una horda de no-muertos, que en cuanto él se percató de su presencia, se abalanzaron sobre su persona como si no hubiera un mañana.

Mas, a pesar de este ataque sorpresa, el soldado-brujo logró acometerlos con su espada cargada de negrura, y aunque logró dispersarlos en diferentes direcciones, el escándalo que ocasionó hizo que otros tantos no-muertos acudieran a la zona en cuestión. Al final había tantos de ellos que le era casi imposible el hacerle frente a todos, lo que hizo que desarrollara una estrategia de distracción en la que jugaba con las sombras para lograr escaparse por alguno de los ángulos que estos dejasen despejados. Y así lo hizo, elevándose un tanto, logró escapar de ahí pies en polvorosa. Pero, en cuanto desde zonas más seguras escrutaba el lugar, cayó en la cuenta de que era imposible salir ileso de aquel lugar, ya que todo se encontraba atestado de no-muertos y de escasos humanos que corrían despavoridos de ellos sin conseguirlo. Así, pues, en un intrépido impulso suicida que le acudió a la mente en esos momentos, se lanzó al epicentro del conflicto para vender cara su vida, si algo así podría decirse de un inmortal.

Pero en cuanto creía que había llegado al lugar que su mente había visualizado, un telón negro le cubrió y le condujo a la inconsciencia. No recordaba qué había ocurrido, mas cuando fue entornando sus párpados cansados, recuperando la tenue imagen que tenía frente así, se encontraba apilado en una especie de almacén cercado por unas cortinas tensadas. Aunque le costó un esfuerzo tremendo, terminó finalmente por erguirse, por levantarse e inspeccionar el lugar, percátandose que se encontraba encerrado y rodeado por una buena cantidad de no-muertos y de humanos que estaban como medio adormilados, como él mismo había estado antes. Inspeccionando el lugar, y preguntando a algunos de ellos, supo que se encontraba en una zona aislada de Tushah, y que ese había sido el modo con el que habían contenido la invasión de los no-muertos los humanos. Al enterarse de esto, el soldado-brujo quiso tomar cartas en el asunto, pero nadie le tomaba lo suficientemente en serio, pese a que advertían valentía y arrojo en el mismo, desconocían su historia, y por tanto era un anónimo más entre aquellas gentes.

Ya evidentemente iracundo, se desplazó con premura en dirección a la puerta principal, y una vez allí comenzó a aporrear la puerta con frenesí, lo que provocó que una serie de agentes acudieran a sus llamadas para sofocarle. Sus amenazas no duraron mucho, pues en cuanto salieron el soldado-brujo les cercenó sus gargantas con una cuchilla surgida de las sombras, lo que provocó que acudieran un número mayor de aquellos agentes frente a la perpleja mirada de sus congéneres encerrados ahí, tanto no-muertos como humanos no sabían cómo interpretar aquello que tenían ante los ojos.

En medio de la refriega, los agentes de repente se detuvieron, les rodearon a todos en forma de cerco, y de la puerta principal bajó un hombre bastante alto que al principio por el fulgor que provenía del exterior no pudo ser identificado, mas en cuanto se posicionó frente al soldado-brujo pudo ser reconocido por el mismo como Hilel, aquel mismo hombre que anteriormente le había atrapado supuestamente por error. No cruzaron muchas palabras, porque en cuanto este alcanzó al soldado-brujo le atravesó con una espada bastante fornida que le entró por la zona del estomago y que le salió por la espalda. Aquella violencia gratuita dejó en suspenso a todos, era tan inmenso el silencio que aquella escena provocó que se quedó como congelada en sus mentes, atrapada en una instántanea que pugnaba por avanzar sin conseguirlo. Pero, de repente, algo rompió aquel silencio semi-sagrado, y aquello fue la risotada que salió de los labios del soldado-brujo ¿Era aquello una broma macabra? ¿O una pesadilla humorística? Quizás se preguntaron algunos de los presentes, parpadeando y pasando sus manos por sus sudorosos rostros.

Pero, instantes después, en cuanto la risa del soldado-brujó fue aflojando paulatinamente, le dijó a Hilel en un susurro bien audible: "Tú no puedes matarme, imbécil. Ni tú que eres un mentecato como otros tantos que creen que pueden derrotarme, ni siquiera el Rey de las Sombras que habita la bruma inhóspita más allá de los limites del mundo onírico podría contenerme." Y nada mas decir esto, de la inmensa espada que aún tenía clavada y atravesada, una negrura absoluta fue recorriendo sus filamentos hasta traspasar el arma, y de ahí penetrar en el brazo de Hilel que aún la agarraba, en cuanto esta sombría negrura le rozó, fue pudriéndose paulatinamente hasta que su misma persona se metamorfoseó en unas sutiles cenizas que fueron barridas por un viento ausente. En tanto que el soldado-brujo, fundiéndo y quebrando la espada que todavía tenía clavada se fue recomponiendo, y una vez que se serenó y la risa que todavía asomaba en sus labios se calmó, se dirigió a todos los presentes del siguiente talante:

- Hay hombres, que desde luego, sienten una insana obsesión por aprisionar a sus semejantes y a los que no lo son tanto, bajo las más inhóspitas razones. Algunos lo llaman seguridad ciudadana, otros más osados incluso lo clasifican de verdad universal, y algún que otro ingenuo de parlamento lo denomina un mensaje revelado que ha bajado del cielo. Pero que no os engañen, todas aquellas aseveraciones no son más que viles mentiras. Lo que pretenden hacer con vosotros cuando os cercan, cuando os imponen limites, cuando con el pretexto de un fingido derecho os encierran en cuevas de la ignorancia, es privaros de la libertad, lo cual es el ideal más importante al que podemos dar cabida, un sueño que siempre tenemos que buscar realizar. Así pues, yo os digo, que se abran las puertas de la mente, que se alcen todos los telones que nos imponen cuales velos de la superstición, y que cada uno encuentre su propia libertad siguiendo la senda que crea propicia.

Y nada mas decir esto, el soldado-brujo derribó los muros que tenían ante ellos, no sólo de forma metáforica, sino explicita y directa, liderando aún sin quererlo una rebelión que se extendió en el tiempo durante unos meses. Por un tiempo, una vez que esta inesperada rebelión pareció florecer y fortificarse, quedó la impresión de que reinó la paz entre humanos y no-muertos, mas al poco la situación volvió a descontrolarse, haciendo que estos volvieran a pugnar entre sí para alcanzar la supremacía de aquellos dominios. Mas, no obstante, el soldado-brujo que fue venerado por unos y por otros por su valentía y liderazgo, prefirió partir al margen de esta refriega, y como él mismo mencionó en su breve discurso, encontrar su propia senda y su propia libertad.

De nuevo, ajeno y lejano a todo lo antecedemente narrado, el soldado-brujo volvió a encontrarse en la misma tesitura que al principio de toda esta aventura, en completa soledad aún estando rodeado de millares de personas. Con la cabeza un tanto ladeada, e incluso gacha si se le observaba desde una prudente distancia, reía para sus adentros. Aún con la melancolía y la nostálgia con la que suele ser asociada la soledad se encontraba tremendamente feliz, no podría reprimir una sonrisa que le pululaba por el semblante, y que no tardó en florecer como rosa de mayo. Y pese a que unas incomodas lágrimas desfilaban por sus mejillas, las cuales no eran de otra cosa que no fueran de felicidad, alzó su rostro en dirección al cielo que aunque por ahora despejado anunciaba la llegada de la tormenta en una suerte de negras nubes dispersas, y no pudo evitar sentirse dichoso a la par que afortunado por el mero hecho de participar de la existencia, como también por haber luchado y conseguido una solitaria libertad como premio tras tantas refriegas.


sábado, 9 de mayo de 2026

El ermitaño

 En la oscuridad absoluta, Ibáñez meditaba. Allí no había impresiones ni sensaciones, no podían vislumbrarse imagenes ni dar cabida a la divagación que sigue a las visiones y a los sonidos. Sin embargo, esto no era del todo acertado en tanto que aún en la oscuridad total podrían filtrarse a través de la imaginación ciertos elementos insidiosos para la meditación plena. Puede que la capa exterior se encontrase velada, mas la interior no podía acallarse, y pese a que se buscaba reforzar esta última para que contactase con lo trascendente, el pensamiento actuaba como un enemigo que daba rienda suelta a las imagenes e incluso a las sensaciones más lascivas, lujuriosas e incluso alocadas que el ser más inmundo de esta tierra podría imaginarse. Resultaba cuanto menos paradójico que quién aspiraba a la santidad culminase sus días como el más pecador de los hombres, quizás era cierto aquello de que los extremos terminan por comunicarse entre sí.

Previamente a su aislamiento absoluto, Ibáñez era un hombre de mundo, un ser mundano más que cabalgaba por los terrenos de la ilusión. Se dejaba arrastrar por sus apetencias momentáneas, no silenciaba en modo absoluto la llamada de la naturaleza en cuanto esta llamase a su puerta, se diría que era todo un hedonista. Mas si alguna de las tentaciones preponderaba en él, sin duda esta era la de la lujuría. En cuanto salía a la calle aún con el próposito mas honesto, se encontraba con millares de mujeres que a sus ojos se encontraban claramente desenvueltas en el mundo de las sensaciones sensuales, y no podía evitar mirarlas, lo que conducía a atrapar sus impresiones en su mente, y lo que posteriormente le llevaba a desearlas. A algunas las atrapaba en sus nauseabundas fauces, a otras no y eso le hacía que las deseara todavía más, mas poco importaba que tardase más o menos en poseerlas -o a dejarse poseer él por ellas- al final tras el placer alcanzado seguía esa misma sensación de disgusto, de pérdida del yo esencial que le conducía al nihilismo y al desaliento.

Ya ni recordaba con exactitud con cuantas mujeres había retozado, cuantos firmes muslos había acariciado, cuantos carnosos labios había besado, cuantos senos había estrechado, o cuantos brazos había ceñido... Al principio, esta especie de recuento indeterminado hacía incrementar su ego, le hacía sentir que había ascendido hasta las altas cotas de los dioses de esta tierra, como aquellos idolos paganos de antaño a los que se tributaba sacrificios en aras de alcanzar la prosperidad terrenal. Pero, con el tiempo, el vislumbrar en su distorsionada memoria todos aquellos placeres carnales a los que había sucumbido bajo decisión propia le hacía sentir que habitaba un vacío en suspensión, que se encaminaba hacía la negrura del alma. Mas, aún con ello, siempre sucumbía al fuego de sus instintos, y se deleitaba en el momento de su frenesí impetuoso, pero como dijimos, en cuanto estos culminaban se sentía mas bajo que el más asqueroso de los insectos aplastados con la huella del hombre.

Entre placer y placer, entre culminación del mismo y comienzo del siguiente, pensaba en torno a su situación, encontrándola nefasta y claramente censurable. En esos instantes se daba cabida a una extraña clarividencia de espíritu que le permitía evaluarse a sí mismo con sinceridad, eran escasos minutos en los que podía contactar con su alma antes de que esta se aunase con su carne hasta el punto de que esta fuera indistinguible de su aparato corporal. Y así encontraba su conducta como producto de una posesión demoníaca, siempre relegaba su responsabilidad a otros elementos aparentemente distintos de sí mismo, unas veces eran las malas influencias que se le cernían, otras las mujeres que le tentaban con su escasez de atuendos y sus miradas seductoras, en otras ocasiones el mundo y sus complots que jugaban en su contra, e incluso, su pasado y sus traumas personales eran los que le llevaban a ese desenfreno. Pero, en el fondo de su corazón, cuando este permanecía en silencio tras la culminación del placer satisfecho, aún con el cuerpo sudoroso y rezogante de la mujer desnuda que tenía a su lado, sabía que la culpa de su propia desdicha sólo la tenía él mismo, y que la decisión de cambiar de camino sólo estribaba en lo que él optase.

Intentó varias vías antes de recurrir a la más extremada por la que optaría finalmente, procuró centrarse en otros asuntos, ya fuera su vida académica y laboral, mas en este caso si bien era cierto que la lascivia parecía disminuir, luego retornaba con mayor impetú en los momentos en los que se encontraba inactivo, luego también procuró formalizar su vida centrando sus desenfrenos y desmanes en una sola mujer, mas aquello sólo intensificó aún más sus impulsos sedientos para proseguir la vía del placer carnal, y por último intentó pasar largas temporadas de abstinencia carnal, lo que si bien pareció curarle momentáneamente, cuando el diablillo de la lujuría retornaba de soslayo, caía en un desenfreno lujurioso cada vez mayor. Todo esto le llevó a la desesperación, a la angustia espiritual y existencial más inmensa que uno pudiera imaginarse, provocando que se sintiera como un saco vacío que sólo podría colmarse si se le llenaba de lujuriosas impresiones, pero que extrañamente nunca llegaba a llenarse del todo precisamente por la vacuidad que habitaba en el fondo del mismo.

Finalmente optó por la senda de la religión, decidiendo el camino más extremado de la misma. Llenó su habitación de simbolos religiosos, leía la Biblia con enfermizo frenesí, acudía siempre que podía a la Iglesia, participaba en actividades caritativas de la misma y se plegaba al máximo para ser un buen cristiano. Pero, al igual que ocurrió con sus anteriores decisiones, poco importaba su esfuerzo, en un comienzo había un aliciente, un atisbo de esperanza, que terminaba por culminarse del mismo modo a como hacía con sus placeres carnales. Cuanto mas se esforzaba, cuanto mas procuraba cimentar su devoción y quietud, siempre recibía algún tipo de sensual impresión que terminaba por conducirle a sus anteriores hábitas, ya fuera un hombro desnudo de alguna feligresa, el pasaje bíblico que describía escenas sexuales e incluso de incesto, o las advertencias del parroco contra la lujuría que escuchaba tras su confesión que paradójicamente le conducían a rememorar esos instantes de frenesí, todo le conducía a indagar a la llamada de la carne.

Completamente desalentado y desesperado, se encerró en su cuarto y frente al Cristo crucificado se pasó la noche implorando clemencia, algún tipo de salida o de escape espiritual ante sus pecaminosas tendencias, así pasó la noche entera hasta que cayó derrotado en los terrenos de la oniría. Y allí, en un sueño, se le presentó una especie de cavidad cavernosa desde cuyo interior un anciano macilento y demacrado realizaba sus libaciones y prostaciones, y a pesar de su cuerpo maltratado y de la pobreza en la que vivía, su semblante atestiguaba una plenitud y una felicidad espiritual que no tenía cabida ni aún en sus sueños de lujuría anteriores. En cuanto despertó tomó este sueño como una especie de revelación, y se encaminó a hacerlo realidad de cara a escapar de las cruentas cadenas que le oprimían, y que le impedían alcanzar la beatitud que deseaba.

En una noche tormentosa, cargada de rayos, truenos y centellas que iluminaban la brumosidad de los velados cielos, atravesando rápidas sucesiones de gotas de agua que a la distancia aparentaban agujas que caían desde las tenebrosas alturas de un paraíso enfurecido, Ibáñez se encaminaba con escasas ropas y enseres hacía la carverna que iba a ser su deliciosa tumba, y en la que esperaba encontrar salvación a su situación. Aún con la lluvia cayendo y los cielos invocando su furia en forma de relámpagos estruendosos, Ibáñez fue colocando y disponiendo su cueva como sólo un auténtico y austero ermitaño haría. Puso un crucifico en la zona más alta de la cavidad, una estampa de la Virgen María a un lado, otra de San Francisco rodeado de animales salvajes en el otro y una esterilla de carcomida paja justo en el centro. Con todo dispuesto, se echó una cabezada mientras el agua de la tormenta se filtraba por las concavidades de la cueva en forma de goteras que le dejaron tal calado de agua como si hubiera pasado la noche al raso. Allí, estremecido de frío y temblor, pasó la noche rodeado por las pesadillas que eran invocadas con el fulgor de los relámpagos, más animado con la esperanza de alcanzar la redención de sus pecados.

A partir de entonces, pasó noche y día rezando, invocando a Cristo, a Maria y a todos los santos en aras de la salvación de su alma. Dedicaba día y noche a orar, a meditar su situación, a pedir ayuda a todas las fuerzas de la Creación con sus ángeles y arcángeles y toda su celestial cohorte. Y aunque en las primeras semanas sintió alivio en el hostigamiento de su cuerpo con las privaciones de los placeres y con una adoración de Dios constante, al tiempo aún con el hambre y la sed -pues no se nutría de los necesarios manjares ni bebía lo que requería- el secreto demonio de la lujuría se filtraba en su mente y confundía sus impresiones, haciendo que por ejemplo los hermosos cervatillos que rodeaban a San Francisco se vertiesen en una serie de lujuriosas fulanas que hacían contorsiones y señas que seducían sus sentidos, el crufijo adoptaba la forma del ovulo femenino que le incitaba a los placeres en tanto que la humedad que lo rodeaba invitaba a deleitarse con el, e incluso la Virgen María se transformaba en una ramera que iba desnudándose, liberando sus inmensos senos cargados de leche de sus ataduras... Todo esto provocó que Ibañez sucumbiera a sus malos hábitos aunque fuera en soledad, y que con ello, todos sus ejercicios espirituales pareciesen resultar en vano.


Llevado por las circunstancias, Ibáñez retornó a implorar auxilio espiritual, se inclinó ante el crufijo aún sin mirarlo para que este no cambiase de forma, aprisionando el suelo cavernoso con las llagas de sus rodillas descarnadas, y suplicó por la salvación de su alma, aún cuando esto requiriese su muerte inminente al ser fulminado por un rayo, o cercado sepultado en vida por las inmensas rocas que lo rodeaban. Al ocurrírsele esta última idea, una sensación de respuesta divina intuitiva pareció darle con el sendero a recorrer, y optó con sus escasas fuerzas a arrastrar grandes rocas que lo cercaban, para así sepultarse en vida en la cueva de su aislamiento. Una vez que hubo culminado tal ardua tarea, acabó habitando la oscuridad absoluta, el cese de todas las impresiones y aún un simil del silencio, lo que le permitió dar al traste con las malas intenciones de sus sentidos e inclinaciones, terminándo así aún sin quererlo, en el limbo de su pasión recíen sofocada.

Parecía que ya por fin podía suspirar de alivio, se creía liberado de sí mismo y de las pasiones que le atenazaban por primera vez en su vida. Cerró los ojos para descansar en su propia eternidad recíen adquirida, por vez primera creía haber alcanzado una quietud interior absoluta una vez que censuró para sí mismo toda agitación exterior, esto le permitió expulsar el aire poco a poco, esta vez con un sosiego interior que sería la envidia de los ascetas más logrados. Mas, cuando ya se pensaba habitando los orbes celestes rodeados por las huestes de los cielos, la imaginación y el pensamiento pernicioso se pusieron en funcionamiento, dando así rienda suelta a las imagenes mas sacríligeras y blasfemas que uno pudiera imaginarse aún en un frenesí pecaminoso que lindaba con la caída de los sentidos, y así Ibañez se sintió cayendo en la voragine de sus antiguos hábitos aún en la quietud y el cese de las impresiones más absoluta. Poco importaba en que situación se hallara de cara al mundo, aún con las más pías intenciones, siempre terminaba retornando al mismo punto que suponía su partida sin escapatoria alguna  a sí mismo y su pecaminosa condición.

Ya extenuado, colmado de las imagenes lujuriosas de mujeres desenfrenadas que cruzaban su mente, se plegó en la oscuridad y creyó vislumbrar lo que parecía una luz que parpadeaba en la lejanía. Se desplazó hacía la misma aún sin moverse como tal, dándose impulso en tanto que su espíritu expiraba e inspiraba, y cuando llegó a la misma, se introdujo por una apertura que dió entrada a un mundo tan lumínico que nada podía atisbarse entre sus fulgores. Pensaba que veía, sin estar del todo seguro, una figura al final del camino, era algo que le llamaba, que le instaba a que se acercara, y sin dudarlo ni poder evitarlo, hacía allí se encaminó levitando por el aire inmáculado. Pero, en cuanto lo alcanzó, la figura se disolvió en una neblina que invocó una bruma tenebrosa que le cercó completamente, introduciéndole a un mundo de sombras todavía mayor al que conoció en la tumba que él mismo se fabricó. Intentaba explicarse qué era aquello y donde se encontraba, pero de poco servía porque aún sus pensamientos fueron silenciados.

Desde entonces, en un lugar y un tiempo indeterminado, Ibáñez habitaba el reino de las sombras perpetúas, allí donde aún la escasez sabe a poco cuando la negrura total invoca su propio imperio. Allí hacía tanto frío que uno sentía que se quemaba, había tanta escasez de sonidos que se creía escuchar un grito prolongado ad infinitum, la soledad era tan inmensa que la compañía se vislumbraba una utopía posible que sin embargo no se buscaba por secretas razones, la oscuridad era tan tremenda e insistente que cuando las imagenes se presentaban estás eran aterradoras... Al final era preferible el vacío a las impresiones del mundo, ya que si estas sobresalían aunque fueran un poco, turbaban al espíritu tanto que este sólo ansiaba su propia extinción. En cierto modo podría decirse que Ibáñez alcanzó el objetivo deseado: había escapado de la sensualidad y había roto el velo que le ataba a la aparencialidad del mundo. La oscuridad total le había liberado en la medida que su propia persona se había sumido en ella, y se había conducido allí donde nadie querría acabar sus días.