jueves, 2 de julio de 2026

El Reino de la Ilusión

 Iba el soldado-brujo caminando algo cabizbajo atravesando una plaza desierta en pleno verano. No había otros viandantes a excepción de su propia sombra que le seguía de cerca, como escrutándole en una distancia segura. Y mejor fuera así, no fuera a ser que debido a la frustración que sentía nuestro protagonista se volcase en una serie de porrazos vertidos sobre su propia sombra ¿A qué venía aquel mal sentimiento que le lastimaba internamente? ¿Era acaso decepción? ¿Era culpa de aquella soledad? Los sentimientos es algo de lo que es muy díficil llegar a una definición adecuada, tan tumultosos y espontáneos son, que cuando crees haberlos atrapado, se te escapan entre los dedos como buscando una nueva sensación a la que acomodarse. La tristeza conduce al enfado, el enfado a la desolación, esta a la desesperación, y quizás esta última conduzca a la hilaridad una vez que no encuentre la salida adecuada, cual las llamas de un incendio a las ventanas.

En aquella tesitura iba el soldado-brujo andando, clavando bien sus piernas en la tierra, profundizando en sus zancadas como si estuviera buscando con ello dirigirse a los infiernos. Como decía poco mas arriba en referencia a los sentimientos, estos en su inconstancia le conducían a caminos inexplorados que ni él mismo lograba explicarse. Era el tedio el culpable de todo, de ese hastío que daba cabida a la depresión que posteriormente le conduciría a aquella ebullición interna. En apariencia y a la distancia, él mismo parecía un mendigo, bien embozado en sus capas raídas, dando bandazos aquí y a allá con aquel semblante meditabundo, y cuyos ojos buscaban a su al rededor en vano, pues aquella sensación de vacío no sólo era un asunto de su interior, sino que también se volcaba hacía el exterior en la ausencia de las gentes. Las cuales parecían haberse evaporado como pompas de jabón, huidizas a las impresiones oculares de un espectador pasivo como lo era en aquel momento el soldado-brujo.

Mas de repente, atravesando un recodo del camino se encontró con una concurrida formación de personas, las cuales estaban haciendo una inmensa cola sobre lo que parecía un establecimiento. Movido por esta repentina curiosidad, el soldado-brujo se situó justo en frente para leer el cartel. Ahí ponía: "Secta de la reencarnación cuadrada" Aquello parecía no tener sentido ¿Cómo una secta iba a establecerse a plena luz del día en lo que parecía una tienda cualquiera? ¿Y ese nombre? ¿Era todo aquello una parodia? No lo sabemos con seguridad, como tampoco lo sabía el soldado-brujo cuando con mirada perpleja se quedó al leer el susodicho cartel. Decidió preguntar a algunos de los que allí esperaban, pero tras todo el cúmulo de palabras proferidas sin sentido pareció extraer que ellos tampoco sabían qué era aquello y que esperaban ahí porque no tenían nada mejor que hacer.

Así que, empujando a cada uno de los domingueros que allí esperaban, fue adelantándose en la cola por la cara hasta que llegó justo al principio, internándose en la entrada principal. Cuando entró, se encontró con un grupo de gente embozada a excepción de una elegante joven rubicunda, que le sonrió nada más verle como si le conociese. Tras una breve explicación supo que allí se hacía una especie de competición, de exhibición para todos aquellos que estuvieran en la fila y que pagasen, y que sólo los participantes acreditados podrían formar parte de ella si lograban contactar con su reencarnación. Una vez que la joven saludó al soldado-brujo se quedó como en paralisís, y empezó a hablar en un idioma muy raro que parecía inventado, y le dijo que su reencarnación primigenia era un tal "Señor Devinshin" Por lo cual, podría participar en el torneo, luchando directamente con el miembro mas veterano del mismo.

Como si tal cosa, el soldado-brujo se subió ante el estrado, dando por hecho que aquella situación era lo más normal del mundo a pesar de que ni él mismo se explicaba qué demonios estaba haciendo ahí. Poco tiempo tuvo para meditar en ello, pues en escasos segundo un hombre de cuidados y largos cabellos, adornado con una capa azulenca se le puso delante connotando con ello que era su rival. Sin esperar a señal alguna, se lanzó contra él sacando de sus ocultos bolsillos una especie de cuchillos que parecían electrificados, o al menos eso era lo que simulaban ser debido a los cables que colgaban por debajo de los mismos. El soldado-brujo no se lo pensó ni dos veces, y sacando de su capa su espada de las sombras, le asestó con ella en el cuello produciendo que el susodicho rival cayese de repente al suelo derribado a la par que profiriendo gran cantidad de sangre. Se hizo entonces el silencio en la sala, e instantes después, un aplauso ensordecedor hizo añorar aquella ausencia de sonido primigenia.

Le declararon vendedor, alzando sus brazos como si se tratase de un dios. Y acto seguido le llevaron a una sala a parte, y poco después, a otra que daba salida a un jardín y a un aparcamiento. Al principio creía que estaba solo, pero poco después de una esquina sombría apareció Hugo el manco, dando señal de reconocerle con una leve inclinación, a lo que el soldado-brujo respondió:

- Muchacho, parece que nuestros caminos vuelven a encontrarse tras la pasada aventura en La Aldea de los Muertos. Ya me parecía a mí que aquella no iba a ser la última vez que nuestras sendas coincidirían, muy al contrario tenía claro como por una especie de intuición que volveríamos a vernos. Desconozco por qué te han traído hasta aquí, mas a lo que es a mí me han llevado al combate más absurdo de mi vida. Jamás me había sido mas sencillo y rápido atajar a rival alguno como en esta ocasión.

- Sinceramente, no comprendo nada. -le dijo Hugo el manco, y prosiguiendo con sus palabras continuó- Mas antes de actualizarnos respecto a nuestra presente situación he de preguntarte ¿Que ocurrió en La Aldea de los Muertos? ¿Qué era aquel ser? ¿Y por qué tuve que huir tan prematuramente?

- Hay cosas que es mejor no saber, y baste esto para tenerte informado sobre qué era aquello -concluyó el soldado-brujo con un cierto aire de misterio en el tono de su voz

Poco más pudieron departir sobre tales asuntos, pues se vieron interrumpidos con la llegada de dos carros, de los cuales bajaron una serie de personajes irreconocibles debido a lo embozados que se encontraban, tampoco profirieron sonido alguno ni tan siguiera en señal de reconocimiento, cuanto menos le otorgaron explicación alguna. Simplemente se limitaron a hacer un movimiento con sus brazos que indicaba que podían subir a los carros que se les presentaban ante los ojos. Uno de ellos era de un color rojo vino y el otro tan negro que si fuera de noche se hubiera camuflado adoptando el poder de la invisibilidad. El que era rojo era llevado por una hermosa mujer de oscuros cabellos, y el negro por un hombre moreno muy gordo que por su apariencia y adornos parecía el jefe tribal de algún grupo indigena azteca. Y mientras examinaban estas cosas, apareció mas gente a sus espaldas que fueron encaminándose a uno u otro de los carros, y como el soldado-brujo aunque admiraba la belleza sabía que a las veces era engañosa, y por tanto decidió subirse junto a Hugo el manco al carro capitaneado por el líder azteca.

Una vez subidos en el mismo, este les explicó que él era el capitán de la secta de "La reencarnación cuadrada" y que les iba a llevar a su cuartel general para hacerles miembros de pleno derecho de la misma. En el transcurso del camino no hablaron mucho mas, pero justo cuando estaban al poco de llegar, el soldado-brujo localizó que aquel hombre no estaba solo, que tenía alguien justo en el asiento de al lado -el de copiloto- que le resultó tremendamente familiar, le recordó a alguien que conocía en su vida vigil, y que le turbó un tanto hasta que le espetó a aquel hombre dándose cuenta de la traza:

- Magia negra, eh. Yo también puedo jugar así con las ilusiones de las percepciones si me viene en gana.

Nada mas mencionar esto el hombre sonrió con burlona sorna, para poco después encontrarse con que el carro parecía a punto de chocarse con una pared. Pero no al modo en el que las cosas impactan unas con las otras, no. Mas bien como si la materia del carro se filtrase en la materia de la grisacea pared, y a su vez, como si estas materias se intercalasen con sus propios cuerpos, creando así una alucinación que el soldado-brujo logró disipar gracias al dominio de la magia, la cual actuó en forma de contrapeso dando a la alucinación una doble ilusión que produjo que ambas se hicieran indestingibles. Cuando uno sabe que lo que está viviendo es una ilusión, poco importa que se le añadan cuantas mas ilusiones que uno quiera, puesto que todas ellas se disiparán gracias a la integridad de la consciencia, y esta resulta liberadora cuando uno asienta sus pies sobre la tierra.

Y así fue también en esta ocasión, puesto que nada mas producirse aquel doble impacto ilusorio se encontraron repentinamente en el interior de un extraño edificio. En su comienzo parecían una serie de oficinas, pero cuanto mas se internaban en las mismas, tuvieron que agacharse pues se encontraban en lo que parecía una cueva artiticial, prefabricada y de plástico, la cual si se recorría con tiento desembocaba en una ala central y redonda que suponía el epicentro de la misma. Una vez allí, en la medida que inspeccionaron el lugar cayeron en la cuenta de que no estaban solos. Una especie de mayordomo o de encargado principal les recibió con un aire de preocupación, el cual era palpable en la perplejidad de su rostro constreñido. Este les indicaba que debían de irse inmediatamente de ahí, que a su jefe le molestaría que estuvieran donde no debían, y que él mismo les indicaría la salida, "si fueran tan amables" añadió en señal de tener bien aprendida la etiqueta.

Pero mientras les soltaba esta perorata, el soldado-brujo decidió ignorar sus palabras en tanto que Hugo el manco estaba bien atento a las mismas, y fijándose en una suerte de plataforma que se encontraba adornada por una especie de capilla que era coronada por un enorme cilindro que contenía un plasma acuoso que se deslizaba a través del cristal de seguridad. Sin pensarselo mucho fue hasta dicho lugar, mientras que el mayordomo intentaba que no fuera así, mas retenido por Hugo el manco, el soldado-brujo logró posicionarse ante el mismo sin problemas. Y como invocando una inmensa fuerza desde sí mismo, sacó la espada de las sombras que ya había usado en el duelo del campeonato y que todavía tenía sangre fresca en su filo, y le dió un golpe tan tremendo que logró desgajarla de parte a parte. Ni siguiera el grito agónico del mayordomo logró detenerle, ni aún cuando dió el primer golpe y este seguía chillando como un cerdo ensartado pudo impedir que le diese un segundo golpe, y después un tercero, un cuarto, un quinto... Hasta que logró desmoronar completamente la mencionada estructura de origen desconocido.

Y cuando esta cayó totalmente destrozada, se vieron repentinamente en el exterior, en un prado desertico que no era habitado ni por los árboles. Al principio estaban desconcertados, mas luego al ir interrelacionando los hechos cayeron en la cuenta de que con la ruptura de susodicha estructura la realidad de dicho edificio se evaporaría por los aires, como por arte de magia. Se quedaron silenciosos largo rato, en supenso, mas comunicando estos pensamientos sin usar de las palabras, tan sólo con el movimiento de sus miradas. Al cabo, fueron andando lentamente, desplazándose como aletargados, quizás por la profusión interior de lo que iban pensando, y que ya les oprimía los sesos al ir chocando en las paredes huesudas de sus cráneos. Sin ser capaz de aguantar esta presión mental, Hugo el manco exteriorizó sus dudas e inquietudes y le preguntó directamente al soldado-brujo:


- ¿Se puede saber qué demonios ha pasado? ¿Qué ha sido todo aquello? ¿Qué acabamos de vivir?


A lo que el soldado-brujo le respondió cortesmente, modulando el tono de su voz con una tranquilidad inusitada a pesar de lo sombrío que se desprendía de sus palabras:


- Nada. No ha pasado absolutamente nada. Todo aquello era mera ilusión, y como tal ilusión dada dentro del contexto del mundo onírico, se evaporó como si tal cosa en el momento en el que asumí que era lo que era, es decir nada. Hay hombres que viven sumidos en sus ilusiones, y al principio, son felices insertos en las mismas, mas cuando estas se tornan en pesadillas huyen espantados ante lo irremediable. Por eso, yo personalmente, antes de caer en esa complaciencia decidí asumirlo desde el principio, renuncié a ese premio ilusorio para que la posterior pesadilla no me carcomiese. Sobrevolé la ilusión, y la aniquilé antes de que esta tomase entidad en mi mente.

A esto no supo Hugo el manco lo que responder, simplemente se limitó a mirarle sin entender nada como desde el principio de aquella aventura. Quizás este seguía aún inserto en la ilusión, y por eso no era capaz de comprender la explicación del soldado-brujo, ya que este había salido por su propio pie a diferencia de su compañero que se limitó a ser un espectador. Así que continuaron caminando en silencio hasta que salieron a un recodo de una carretera desierta y abandonada, y una vez allí ambos se separaron despidiéndose con una breve inclinación de la cabeza y un aletear de sus manos. Cada uno se fue a su casa, a lo menos esa era la intención del soldado-brujo que ya necesitaba de un buen descanso, en tanto que quizás Hugo el manco pretendía encontrar el primer bar que se le presentase a los ojos para desahogar sus penas y perplejidades vitales.