domingo, 19 de abril de 2026

Señales y presagios en el cielo nocturno

 Era una noche apacible. Una de esas noches que invitan a la contemplación plácida a la par que a la introspección en tanto que uno vislumbra a través de las estrellas algo de sí mismo. Tumbado sobre la hierba fresca, sin temor alguno a la intrusión de los insectos que palpan el cuerpo de uno, uno se ensimisma a la par que contempla el cielo nocturno con un secreto deleite. Es este un placer que me rallo, que evito depositar sobre oídos ajenos, y en el cual me abismo siempre que puedo. Y en tanto que observo este inmenso cielo que me sobrepasa, sintiéndome muy pequeño, prácticamente ínfimo en comparación a tales hermosas latitudes, doy pie a las reflexiones mas abstractas que uno puedan imaginarse. Tan oscuras y enrevesadas son, que me cuesta describirlas con palabras, quizás sea mejor explicarlas con un inteligente silencio.

Mientras yo estaba indagando en susodichas tesituras alentadas por el aire de la noche, de repenté vislumbré entre las pasajeras nubes que transcurrían con inusitada lentitud una serie de líneas de colores. Al principio pensé que se trataba de mi imaginación, incluso de algún tipo de error visual, mas al verlas repetirse entre el apagado fulgor de las estrellas, me cercioré de que eran reales. Entonces dí en las mientes con la idea de que quizás suponían el anuncio de una tormenta, pero no... No se trata de una tormenta del tipo común, puesto que las tormentas no dan cabida a tal policromía. Se trataba de tres tipos de líneas de colores, de rayos o de meteoros fulgantes. Uno de color azulado, otro verdoso, además de otro amarillo ¿Habría perseidas esta noche? Pero no, tampoco es posible. Las perseidas no caen así de rápido, y se desvanecen al instante, estas en cambio parecen aletargarse en su caída, quedarse como suspendidas y luego descender hacía un punto localizable aunque lejano. Parecen mas bien meteoros, gran cantidad de ellos que nos invaden desde lugares remotos del espacio. Y en tanto que pensaba estas cosas, caí dormido sin poder evitarlo.

Al día siguiente encontré la mañana como más callada, diafana incluso. No se escuchaba ruido alguno, ni tan siquiera el cantar de los pajaros como tampoco el susurro del viento atravesando arboles y casas. Aquello me turbó un tanto, mas despejé toda sensación de extrañeza, y me limité a dar rienda suelta a mis tareas cotidianas antes de salir. Aquel día debía hacer una serie de recados rutinarios, de esos que nunca apetecen al paladar pero que no pueden dejarse sin hacer. Una vez que estuve preparado, salí con premura de mi hogar, y me encaminé por la calle principal. Ahí tampoco había ruido alguno, a excepción de algunas hierbas correderas que pasaban por ahí, impulsadas por un vendaval en incógnito que no existía. Pero no podía detenerme en tales contemplaciones, debía seguir hasta mi objetivo para después disfrutar de una tarde de sosiego dedicada a mí mismo.

Pero al avanzar escasos pasos, me topé de bruces con algo cuanto menos estraño que en ese momento no sabría decir que era. Parecía una figura semi-humana, agitándose como en espasmos, adornado la calzada con su presencia extraña. No pude evitar que me comiera la curiosidad, así que me acerqué un tanto para comprobar qué era aquello. Y descubrí a una cosa, o a un ser -no sabría cómo denominarlo con seguridad- que tenía toda su piel -si se trataba de eso- como acartonada, cual si fuera madera pudrefacta, que se desplaza como a ralentí haciendo circunferencias con lo que aparentaban unos miembros cargados de ventosas. Aquello me produjo una sensación de incomodidad y de asco que sólo pudo aumentar cuando aquella cosa pareció dirigirme unas palabras entrecortadas. Tuve que agudizar mucho los oídos y colocar sus sílabas en mi mente para entender el mensaje, puesto que su voz estaba tan quebrada como la superficie que lo adornaba. Puede entender que me pedía ayuda, mas yo no sabía qué diantres podría hacer en favor de esa masa acartonada gimiente, así que decidí huir de ahí con premura en aras de encontrar a alguien que supiera del tema antes de remprender mis tareas.

Cuando llegué a la zona central de la urbanización, aquello era un caos silencioso. A primera vista parecía que aquello se encontraba completamente aislado, despojado de toda humanidad, mas si uno ampliaba su vista en dirección al horizonte, podía atisbar a través de la luminosidad, que había una serie de figuras que se desplazaban aquí y allá con inusitado frenesí. Perplejo me encontraba sin comprender nada, hasta que una temblorosa mano amiga se apoyó en mi hombro y me susurró palabras cargadas de dudas que pretendían transmutarse en consuelo. Se trataba de Riffel, un joven moreno y de ojos vivaces del que estaba orgulloso de considerar un amigo. Acto seguido, le conté lo que me había ocurrido instantes antes, a la par que le pregunté qué demonios estaba pasando. A esto surgió un extenso monologo por parte de él que no logré comprender debido a su complejidad y a la premura con que fue pronunciado, así que decidí que hablaramos sosegadamente en algún lugar apartado, y así hicimos.

Una vez ahí me contó que nos encontrabamos en el final de los tiempos, que unos rayos del cielo habían descendido y habían transmutado a nuestros semejantes, que por lo que pudo comprobar e investigar la pasada noche, supo que esos rayos al caer sobre las personas les afectaban de diferentes maneras, y que una vez que estos cambiaran de forma, se volvían unas criaturas incontrolables que iban aquí y allá con propósitos ocultos, a la par que la mayoría de ellas parecían estar confusas, como sumidas en el sopor que antecede a la muerte, pero que ello no debía llevarme a engaño, porque en cuanto tenían oportunidad se abalanzaban contra uno. Ya me estaba dando un ejemplo de uno de esos casos acaecidos a él mismo cuando una sombra se cernió sobre nosotros, interrumpiéndonos sin consideración. Mas cuando no fijamos en el intruso no pudimos evitar temblar, pues se trataba de una mole cenagora que parodiaba una figura humana, que se desplazaba lenta aunque decididamente en nuestra dirección, y que por sus movimientos traicionaba una intención claramente hostil. Ya podía sentir su hedor a agua estancada, cuando mirándonos a los ojos decidímos escapar como sea de ahí.

Salimos por patas, al principio hacía ninguna parte, mas como animados por un interior resorte que nos permitía comunicarnos sin necesidad de palabras, decidimos tomar el camino principal en dirección a la ciudad ¿Que por qué? No sabría afirmarlo con seguridad, supongo que intuitivamente pensábamos que allí habría mas gente en estado normal, o que se habría armado como una especie de refugio para sortear a aquellos seres que habían dejado su humanidad atrás una vez que tuvieron contacto con los rayos. Así que procurando alejarnos lo menos posible el uno del otro, emprendímos nuestra travesía con la esperanza de ser salvos. En la medida en la que huíamos, podíamos atisbar extrañas sombras que se desplazaban de forma desacompasada en los campos y en los pequeños bosquecillos que nos circundaban, pero esto lejos de detenernos en nuestro propósito, nos animó a huir con mayor premura, en aras de alcanzar un objetivo que hasta entonces nos resultaba indefinido.

Además, habida cuenta de lo que nos ocurrió por detenernos una vez a descansar, nos encontrabamos curados de todo espanto. Puesto que mas o menos en la mitad de la travesía decidimos aposentarnos sobre una inmensa roca que estaba allende al camino, y mientras estabamos buscando entre nuestras mochilas algún tipo de refigerio para calmar nuestra sed y desenterrar nuestro hambre, noté a mi espalda como un roce. Al principio no le dí la menor importancia, pensé que se trataba de la mochila de mi propio amigo, e incluso una mala hierba que estuviera en el camino. De hecho, opté por esta última opción en tanto que su roce recordaba a eso mismo, pero en cuanto me giré para apartarlo ya que me estaba empezando a incomodar, descubrí que justo a nuestras espaldas se encontraba una especie de arbol que se desplazaba. No pude explicarme aquello hasta que recordé el monólogo de Riffel, y entonces me percaté de que aquella forma vegetal, antes era una persona, y que ahora entre sus venas, músculos y nervios crecían raíces, corteza y hojas, y sin pensarlo dos veces, retornamos a salir pitando de ahí sin importarnos el abastecernos en esos momentos.

Tras larga e inenterrumpida huída llegamos a nuestro destino, y nos encontramos con una tremeda decepción. Ahí no había rastro de vida alguna, a excepción de esos seres que se desplazaban con su acostumbrada y parsimoniosa lentitud. Casi creímos haber perdido la esperanza hasta que localizamos una especie de local que aparentaba ser un teatro un poco más alejado del centro, la animación de sus luces y el ruido que parecía proferir de su interior nos animó a dirigirnos hacía ahí. Además, ya era de noche, y ya podían vislumbrarse aún en el contaminado cielo de la urbe que aquellas líneas de colores parecían plagar el cielo con sus inusitados fulgores. No queríamos convertirnos en aquellas cosas, y por tanto pensamos que encontrarnos en un lugar a cubierto nos ayudaría a sobrevivir.

No nos costó mucho alcanzar el mencionado lugar, como tampoco desplazar las inmensas compuestas que adornaban la entrada. En cuanto nos internamos en sus sombras, nos recibió un hombre muy estrafalario y de finos y rubicundos cabellos, la primera persona que veíamos -a parte de nosotros mismos- tras el comienzo de aquel desastre. Este tras breve presentación nos condujo a una sala abarrotada de gente, y respondió a nuestras dudas siempre con una sonrisa impresa en su semblante. Disolvió nuestras incógnitas con relativa facilidad, indicándonos que aquellos rayos efectivamente caían sobre las personas y las transmutaban en diferentes formas, pero que no se trataba de una selección aleatoria. Aquellos rayos en forma de meteoros caían dependiendo del carácter de las personas de un color u otro, así nos explicó que los rayos azules volvían a las personas del elemento agua, los amarillos del fuego y los verdes en el tierra. En la medida que lo explicaba, recordé las diferentes criaturas antes humanas con las que nos habíamos topado, desde el ser acartonado que efectivamente parecía haber sido arrasado por el fuego, pasando por aquella masa acuosa y culminando en la planta viva que nos atemorizó.

Cuando le preguntamos a aquel extravagante hombre si aquellos seres eran peligrosos, dijo que no, que lo único que pretendían eran que adoptasemos sus mismas formas para ser asumidos por su esencia. Esta respuesta nos pareció confusa, pero aún más cuando pasó a comunicarnos que en aquella sala abarrotada de gente que en esos momentos estabamos atravesando se pretendía redirigir susodichos rayos de colores para que todos los presentes se transmutaran en los seres en los que estaban destinados a convertirse. Nada mas decir esto, el techo se abrió, dejando entrar la brisa nocturna, y con ella, las líneas de colores que ya penetraban por toda la sala, metamorfoseando a los presentes ante nuestros aturdidos ojos. Nosotros no queríamos participar en aquello que nos parecía antinatural, y salimos escapotados de ahí tal como habíamos entrado.

Pasamos toda la noche y gran parte del día siguiente escondidos en algún edificio abandonado, temiendo al principio que aquellos seres nos encontrasen, mas después abandonados por el cansancio terminamos sumidos en un sueño que nuestro propio cuerpo nos propició para recuperarnos del cansancio acumulado. Cuando nos despertamos, ya era la tarde del día siguiente, y en tanto que salíamos de nuestro escondrijo atisbando lo que teníamos al rededor, recordé como de sopetón a un amor del pasado, y sin razón de ser, pensé que si la humanidad se encaminaba a su extinción siendo sustituida por todas aquellas cosas, debía al menos despedirme de ella y disculparme por lo que la hice pasar. Así se lo comuniqué a mi amigo, el cual asintiendo sin poder evitar conmocionarse un tanto por mi proposición, me indicó el camino a seguir.


Así pues, sorteamos los apartamentos, los edificios ruinosos y las tiendas cerradas, en tanto que atisbabamos en las sombras aquellas cosas que se desplazaban a un lado y a otro, como acechándonos en aras de convertirnos en una de ellas. Justo este pensamiento me dió pie a recordar que de hecho una de ellas me había rozado la espalda el día anterior, justamente por la parte del hombro derecho para ser exactos, y así descubrí que por esa zona ya empezaban a sobresalir lo que parecían pequeñas fibras que aparentaban ser raíces. Sin embargo, ni aún el escalofrío que en ese momento me recorrió la espalda hasta aposentarse en mi alma me detuvo, y continué con la travesía hasta que llegamos a puerto. Justo antes de entrar a la estación de trenes, le comuniqué a Riffel mi descubrimiento, y aunque nada mas decirlo este abrió sus ojos con desconcierto, instantes después, liberando aire de sus labios me indicó que con mayor razón debíamos emprender ese viaje en aras a que me reconciliase con mi antiguo amor.

Para sorpresa de ambos la estación de tren se encontraba en funcionamiento, mas también atestada de multitud de personas que buscaban huir de la ciudad en vías de encontrar un destino más seguro a la par que apacible. Mientras ibamos avanzando en dirección a la línea de tren que correspondía a la zona donde buscaba dirigirme, me dí cuenta de que yo no era el único que estaba empezando a metamorfosearme, había mucha otra gente que estaba en idéntico estado de avance en su transformación sino en uno todavía mayor, que quizás pretendían como yo mismo el reconciliarse con una persona en particular o con el mundo en general antes de acabar soterrados en los elementos. Estos pensamientos me hicieron fijarme en mi hombro, descubriendo para mi propia sorpresa como también para la de mi compañero, que ya de las hebras comenzaban a despuntar unas pequeñas hojas. Era inevitable de que tarde o temprano sucumbiría, y me convertiría en aquello que días anteriores me había asustado, pero no lo haría, me negaba a aceptarlo, antes de despedirme de mi amor del pasado.

Y así, logramos internarnos en el tren que nos llevaría hasta ahí. Desconozco cómo lo logramos, teniendo en cuenta que aquello estaba a reventar de gente desesperada, unas en plena transformación y otras con temor de estarlo ellas mismas si permanecían mas tiempo ahí. Pero el caso es que lo conseguímos, llegamos a un vagón que estaba bastante despejado a excepción de unos ancianos que estaban adormilados a considerable distancia de nosotros, y ahí nos aposentamos ambos, mirando siempre en dirección a la ventana. Durante el viaje no hablamos mucho, y aún teniendo en cuenta esta escasez de palabras, nos lo dijimos todo. Estaba claro que pronto sería una de aquellas cosas, de que pretendía que mi fiel amigo acabara con mi vida si llegaba el caso, y confiaba de que él llevara a termino susodicha tarea. No se necesitaron palabras, ambos sabíamos lo que hacer llegado el momento. Así que nos limitamos a contemplar los campos desiertos que nos rodeaban, siempre con un secreto regocijo palpitando en nuestros corazones a pesar de la melancolía.

Una vez en la última estación, que era la que nos correspondía, salí radiante a la luz del día. Quizás esta secreta alegría era una mezcolanza de mi añoranza por la reconciliación, a la par que el sentir que la luz del sol ya penetraba mis incipientes ramas que crecían a mis espaldas, darme cuenta de esto último me turbó no poco, mas eso no evitó que continuase avanzando. Nada mas recorrer las calles principales cercanas a la estación, me embargaron los recuerdos de otro tiempo, y a pesar de los años transcurridos, lo recordé todo como si fuera ayer. Avancé con un secreto regocijo que se transmutaba en las palpitaciones de mi pecho, lo recordaba todo cual sucesión de fotogramas vislumbrados a escasas horas. Quería ir aquí y a allá hasta encontrararla, recordar con los pasos mas que con la mirada, y así partir de este mundo con el bienestar interno de marchar en paz. No sé cuanto tiempo estuvimos yendo de un lado para otro, viendo un lugar que me recordaba a tal acontecimiento en tanto que otro me despertaba recuerdos que creí tener enterrados en la memoria.

Una cosa llevó a la otra, y se hizo de noche sin que yo pudiera encontrarla. En la medida en que las sombras iban opacando el bello fulgor del atardecer, mi ánimo exaltado fue hundiéndose en la melancolía, a la par que las ramas y las raíces que crecían en mi interior fueron haciéndose cada vez mas profusas y fuertes. Derrotado, me senté en la entrada de un puente en el que recordaba haber pasado una noche en compañía de mi antigüa amada, y a pesar de que mi compañero me insistió en proseguir con la búsqueda yo lo negué con la cabeza, en tanto que le indicé con un gesto, que las líneas de colores ya retornaban para apoderarse del cielo nocturno. Así que le indique que se marchara, que mantuviese su humanidad incomune mientras pudiera, y aunque al principio se negaba a ello, finalmente terminó por ceder, quizás ya viendo que mi transformación continuaba su avance a pesar de nuestras insensatas esperanzas.

Ya en completa soledad, atisbé en el cielo nocturno embriagado, encontrando belleza en el mismo del mismo modo a como lo encontré aquella noche cuando empezó todo. Quise dedicar mi último pensamiento a aquella amada del pasado, por si mis buenos deseos le pudieran llegar de un modo u otro, aunque fuera por mementopsis. Y entonces, muy cerca de la luna que brillaba con su acostumbrada hermosura, tres de aquellas líneas de colores, una azul, otra verde y una última amarilla, se fusionaron en una sola, haciendo una inmensa línea de color que parpadeaba intercalando los tres elementos, y que iba en mi dirección. Justo antes de impactar sobre mí, creí atisbar el semblante de mi amor, y quizás por ello mismo, recibí su impacto con una sonrisa, como quién acepta una profecía.

Así, mis raíces, ramas y las pocas vertebras que me quedaban humanas, fueron calcinándose paulativamente hasta que mi ser entero fue pasto de las cenizas. Pero el asunto no culminó ahí, porque una vez que pasé de humano a arbol humanoide, y de ahí a diversas cenizas dispersas, la brisa nocturna desplazó a todos aquellos pequeños yoes y nos condujo lejos, quizás en dirección hacía donde se encontraba aquella amada con la que deseaba reconciliarme. 

sábado, 11 de abril de 2026

El flujo femenino

 ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo sabía. Y es mas ¿Quién era él mismo? Ahora empezaba a recordar, en tanto que iba paulatinamente levantando su cabeza que en ese momento se encontraba aposentada sobre la mesa. En ella, tenía sendos artilugios desperdigados, boligráfos, lápices, papeles diversos... Cuando miró a un lado y a otro, se encontró con que estaba rodeado por un gran número de gente, todos bien sentados y muy peripuestos, a diferencia de él que según pudo vislumbrar cuando miró en dirección a un material reflectante que tenía bastante cerca, tenía unas pintas arrapientas, desaliñadas, dejadas... ¿Y por qué no decirlo? La de alguien que está hecho un desastre tanto interior como exteriormente, lo cual actuaba como un reflejo.

Pero, ¿Y dónde se encontraba? Mientras lo meditaba, contempló a un hombre moreno muy peludo que no paraba de hablar, y que estaba situado justamente en frente de todos esos personajes reunidos. Algo de lo que trataba en sus medidas palabras le sonaba de algo, mas cuando se concentraba en lo que estaba diciendo, no lograba discernir del todo a qué apuntaba. Retornó a mirar a su lado, adoptando una perspectiva menos periferica y mas cercana, y localizó a su izquierda, a una chica muy timida que le miró de reojo asintiendo para sus adentros. Este gesto, esa mirada esquiva, y sobre todo los cabellos desarreglados de ella le hizo recordar... ¡Se encontraba en la academia de magia de nuevo! Mas, ¿Cómo era posible? Habían transcurrido largos años desde aquello... Y entonces, mientras indagaba para sí mismo, jugando con sus pensamientos, el profesor peludo cesó de hablar repentinamente ¿Se habría acabado la sesión? Miró hacía su reloj, y vió que este marcaba las seis y cuarto. No era así, en realidad las clases acaban a las nueve, así que en realidad...

El hilo de sus pensamientos se detuvieron en otra chica que tenía justo en frente, la cual se encontraba en compañía de un joven bastante mugroso que aparentaba más edad de la que probablemente tuviera. Los ojos se ambos se detenieron en su observante, y en tanto que los agudizaban con sorna, mirándole directamente, empezaron a increparle soltando sandeces y palabras impías por sus bocas. Al principio, nuestro joven brujo permaneció callado, como meditativo, para instantes después dirigir su mirada a la compañera que tenía al lado, a la que susurró con evidente perplejidad: "¿Se puede saber qué le ha pasado a Marisa? Antes permanecía junto a nosotros, los marginados y los desesperados, y ahora..." La otra volvió a asentir, mas calló. Y entonces, el brujo cerró los puños con evidente impotencia, mientras recordaba el nombre de aquella joven de cabellos violáceos y ojos verdosos, y sin pensarselo mucho, la increpó a ella y a su compañero, dejándoles claro que no le iban a escarmentar tan fácilmente. Era verdad que nadie le tomaba en serio, ni siquiera sus maestros, pero no iba a dejar que sus palabras le atravesaran, iba a asentar su poderío interno frente a los escarceos ajenos.

Entonces, volvió a comenzar la clase, y mientras el maestro señalaba algunas pautas preliminares, les pidió a sus estudiantes que le hicieran el favor de leer en alto los textos que tenían ante sus ojos. Y en tanto que los alumnos que estaban cercanos al brujo iban tomando el hilo de la lectura, este se encontraba claramente pérdido. No sabía dónde se habían quedado, ni mucho menos sobre qué trataban. Cuando le llegó el turno, parecía que justo se había ubicado. Mas en cuanto plantó sus aturdidos ojos sobre las páginas y comenzó a leer donde se suponía que se había quedado el compañero anterior, las letras y las palabras dieron con el capricho de flotar ante su perpleja mirada, descolocándose y adoptando así las frases de un sentido completamente opuesto al anterior. A pesar de ello, inspiró sacando fuerza de la flaqueza, y continuó leyendo como si no hubiera pasado nada... Pero si que pasaba, estaba leyendo un texto que no era el mismo al de el resto de la clase, se trataba de un esbozo poético y no de un tratado alquímico que era lo que leían los demás. Cuando estos cayeron en la cuenta las risas dieron por aflorar al rededor de la sala, en tanto que la sensación de vergüenza y costernación del brujo aumentó, crispándole los miembros y empalideciendo su semblante...

Y así el soldado-brujo del presente, despertó. Todo él cargado de sudores fríos y de temblores inconscientes, bebió de unos tragos de la bebida que tenía en la cabecera de la cama, y secó el sudor que le perlaba la frente con las sábanas que tenía bajo su cuello. Se preguntó así mismo: "¿Cómo era posible? ¿Un sueño dentro de un sueño? ¡Si estaba en el mundo onírico! ¿Se podían tener sueños que se solapasen unos a otros como si cualquier cosa? En ese caso, si eso era así, ¿Cómo podía saberse cual sueño era el primigenio? Y lo que es más, ¿Sabíamos cuando estabamos despiertos si nos hallamos inmersos en esa cadena onírica?" Disipó estas dudas bebiendo frenéticamente de aquella botella cargada de alcohol barato, pero cuando el líquido se aposentó en su estómago, estas retornaron con todavía mayor fuerza. Si sus indagaciones apuntaban certeramente en ese terreno, entonces se podía sacar partido de esa insólita confusión, y conducirse así a terrenos que hasta entonces le eran inexplorados ¿Quién sabía a dónde le llevarían? Ni él mismo podía dar una respuesta adecuada a susodicha pregunta, y quizás ello le animaba a seguir sumergiéndose en esa odisea metáfísica.

Para despejarse un poco salió al jardín de cara a respirar aire puro y no tan viciado como el que poblaba su habitual cueva aislada del resto de habitaciones. Al principio todo era como siempre, un cielo con escasas nubes dispersas que se aposentaba sobre las plantas nutridas de malashierbas que lo llenaban todo, mas en cuanto alzó su mirada un tanto más, localizó que algunas de sus pertenecías pasadas por la colada estaban levitando cercanas al tejado de su hogar, suspendidas, congeladas como si tal cosa a bastante altura. Esto no era la primera vez qué ocurría, desconocía la razón pero por lo visto a algunas gentes gustan de lanzar sus cosas en barreños de plástico, o en cestas de mimbre, y dejálas ahí colgadas del cielo, a espera de que el viento se las lleve, o que estas vayan cayendo por su propio peso. Forzando este proceso, el soldado-brujo se hizo con algunas piedras, y comenzó a lanzarlas en dirección a la colada. Pero con ello, sólo logró hacer caer a una manta grisácea que vino a posarse sobre el agua de la piscina, en tanto que lo demás permaneció ahí flotando como si tal cosa. Quizás había logrado desplazarlo algo, mas al final desistió en pérder su tiempo en aquellos jueguecitos de niño.

No tenía tiempo que perder, debía reunirse ese día con un conocido que le otorgaría los resultados de un analísis interno de flujo vital que el mismo soldado-brujo le había pedido. Así que limitándose a ponerse una capa mugrienta encima, salió corriendo de su hogar como si tal cosa. De forma bastante autómatica, atravesó una calle y otra en tanto que evitaba enredarse en demasía en sus propios pensamientos. A menudo, por dejarse llevar por sus inusitados ensimismamientos, había llegado a perder el rumbo, y en vez de llegar a la zona a la que requería llegar, acababa en otro lugar que no había reclamado su presencia. Así que esta vez decidió ir directamente al grano, evitar los tramos secundarios, e ir en línea recta sin entretenerse mucho en el camino.

En cuanto llegó, se encontró con que Seimbó -el analista de flujos vitales y enérgicos- le recibió en su despacho con un gesto grave, enarcando las cejas de manera que estas parecían parodiar un símbolo de interrogación. El soldado-brujo le saludó con la gravedad que requería la situación, se sentó delante del mismo y permaneció callado durante unos segundos, mirándole eso sí directamente a los ojos. Viendo que este no se terciaba a hablar, hizo cesar al silencio con un exclamativo "qué" que vino a retumbar en la sala, formando así unos sucesivos ecos que acabaron haciendo que el panorama fuera todavía más desolador que cuando permanecieron callados. Al final, tras unos instantes de duda, Seimbó decidió hablar con prudencia en tanto que le iba tendiendo una hoja donde se mostraban los resultados en una serie de gráficas y de esquemas indescifrables. Lo que vino a decirle era que a pesar de que los resultados no eran alarmantes teniendo en cuenta su perfil, una particularidad le turbó bastante, y esta era que según esos resultados, el gen enérgico que portaba era femenino. A saber, que en resumidas cuentas, su flujo vital era el de una mujer, o sea, que el mismo era una mujer a pesar de su apariencia varonil.

El soldado-brujo se estremeció, abrió sus ojos como platos y le preguntó sin mas dilaciones que cómo aquello era posible, mas tras un estrechar dubitativo de hombros, Seimbó le dijo que no lo sabía, mas que consultase con sus propios ojos las tablas que tenía ante él, que estas le iban a comunicar con mas lujos de detalles lo que él mismo le había dicho escasos segundos antes. Así lo hizo, y efectivamente, ahí se discernía que a pesar de que su compostura corporal era la de un hombre, su gen interno era el de una mujer. Es decir, que en realidad, su avatar predecesor era una mujer. Como demostración a esto, sólo había que consultar esas páginas en las que se vislumbrara que tantas eran las sombras que lo poblaban, que estas se habían aunado desde su nacimiento formando un estracto de naturaleza femenina en su seno, haciendo que él mismo fuera una mujer a pesar de lo que su cuerpo le mostrase de cara a lo externo. Sin decir nada más al respecto, ni revelar sus pensamientos al investigador, salió de la sala sin despedirse tan siquiera.

Mientras iba andando, deambulando por la zona, le dió sendas vueltas al tema. No le turbaba el hecho de ser una mujer internamente, lo que le ocasionaba una crispación que no lograba apaciguarse era que él mismo no se había dado cuenta de esta realidad. Nunca tuvo un conflicto con su interioridad y lo que le era externo en el cuerpo, el cual con un sólo vistazo atestiguaba que era el de un varón. También conocía su clara vinculación con los aspectos femeninos de la vida, mucho mas ligados a las sombras a la par que a la naturaleza que lo masculino, siempre mas estrechado en unos límites artificiales que siempre le resultaron ajenos. Quizás aquellas consideraciones supusieran una pista, un camino que ya vislumbraba de soslayo, pero que nunca se atrevió a seguir. Debería haberlo hecho, pues si se hubiera encaminado por ahí quizás habría llegado por sí mismo a los resultados de esa analítica que ahora le desconcertaba. Tendría que haber indagado mas en sí mismo en vez de lanzarse guiado por sus intuiciones a aventuras tan extrañas como las que había vívido, pero después de todo se preguntaba: El saberlo antes como el saberlo ahora, ¿Cambiaba algo después de todo?

Y en tanto que se dejaba llevar por el flujo sin fin de estos caprichosos pensamientos, un hombre le vino al paso, cercándole el paso con un gesto de fingida amabilidad. Aquel hombre le sonaba de algo, le parecía que ya le había visto en otra ocasión precedente, pero ¿Cuando? No tenía absoluta idea de exactamente cuando en el tiempo. Este le invitó como si cualquier cosa a que entrase a su morada, y el soldado-brujo sin saber por qué, le acompañó al interior. Y mientras le iba conduciendo con leves empujoncitos que molestaron un poco a nuestro protagonista, iba soltando por su pestilentes labios una sorna de palabras inexplicables a la par que banales que el soldado-brujo se dedicó convenientemente a eliminar de su mente en tanto que estas eran pronunciadas. Algo en este hombre le era tremendamente desagradable, y aunque no sabría apuntar con certeza a qué era, decidió como siempre hacía dejarse llevar por su insospechada intuición, y mantuvo consecuentemente con ello, un aire de secreta reserva.

Finalmente llegaron a una sala bastante elegante que daba a un jardín lateral, ya era de noche y el viento soplaba melodioso, con una parsimonia medida de acuerdo con el orden universal, y sentándose el uno frente al otro, mientras el hombre charlaba sin parar y el soldado-brujo se limitaba a ignorarle, una mujer en apariencia anodina se sentó a su lado. Nada más hacerlo, el soldado-brujo la miró con descaro directamente, y reconoció a través de sus facciones inconfundibles a Marisa, aquella mujer que había sido soñada dentro de otro sueño, y que hasta entonces, pertenecía a la esfera del recuerdo. Al reconocerla a ella, reconoció al hombre que le había llevado hasta ahí, aquel taimado ser desarreglado que tanto repudio le hacía sentir. Y sin mediar palabra alguna, haciendo uso de su magia negra, alzando su indice en dirección al mismo, atacó su rostro con saña, provocando que este se desfigurara mientras coagulos de sangre impregnada y casi seca le pululaba por todo su rostro.

Al recibir tamaño ataque, obviamente aquel hombre se puso a la defensiva, se echó hacía atrás en su silla, y comenzó a reírse proliferando en sus labios las más cruentas blasfemias a la par que sentenciando que sus hechizos no podrían matarle, a lo sumo reducirle. El soldado-brujo le respondió mientras proseguía su acelerado ataque, que eso ya lo sabía, que no pretendía matarle, sólo quería convertirle en el guiñapo que en realidad era. Y esta respuesta, tan anécdotica como sentenciosa, hizo que lo que en ese momento era un coágulo de sangre inmenso, adoptase un gesto de sorpresa a pesar de que ya no existía ni semblante alguno ni rasgos en el mismo que permitieran atisbar algún tipo de sentimiento. Aquello era ya una cosa palpitante de sangre, y en modo alguno un ser humano, incluso denominarlo ser provocaba duda, y percátandose de ello aquella cosa pringosa y deleznable, se retiró de ahí, como buscando cobijo en las sombras de una noche cerrada que reclamaba su imperio.

Justo después de este acontecimiento, el soldado-brujo posó su mirada sobre Marisa, y sin mediar palabra alguna con la misma, un secreto fulgor de sus escrutadores ojos pareció entender que él le perdonaba el pasado, que la perdonaba a ella y a su juvenil traición. Así que se levantó, e inclinándose para despedirse con cortesía, salió de ahí mucho mejor a como había entrado, en completa soledad.

Instantes después se encontraba caminando sobre los pavimientos húmedos de la urbanización, los cuales eran iluminados por la palidez de la luna y su coro de estrellas, y estas le llevaron con sus señas noctunas a salir de ahí, y atravesando una carretera cada vez más desvencijada, se fue alejando todavía mas de la parte habitada por la sociedad para internarse en la bruma y los dispersos arboles del campo en la noche. Una vez allí, fue internándose cada vez mas en un prado seco y desvencijado que le era harto conocido, hasta que sus piernas se sintieron bastante cansadas, y alzándose, comenzó a sobrevolar, a subir cada vez mas alto situándose finalmente en una inmensa roca que coronaba una montaña. Y desde allí, admiró la belleza de la luna, esa secreta diosa de los antiguos que nos incita a tener pensamientos nostálgicos a la par que meláncolicos. Ni él mismo sabe cuanto tiempo pasó ahí sentado, en idéntica postura, contemplando con sus ojos desorbitados el hermoso paisaje que le ofrecía la noche, mas poco importa ya que sin lugar a dudas, si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, él hubiera respondido que estaba en paz consigo mismo.