Se encontraba tan desesperado que su reacción mas inmediata fue la de estampar su cuerpo contra la almohada. Una vez aposentado entre sábanas cerró los ojos, y apretó con suma diligencia sus pesados párpados. Pero está claro que así uno no podía dormir, así que espontáneamente decidió relajarse por mucho que le costase. Fue paulatinamente aflojando sus miembros, controlando la respiración y aún el ímpetu de sus latidos, y sin darse completa cuenta fue quedándose poco a poco dormido. Él no fue consciente de ello, mas aquel cortinaje entre rojizo y pardo de sus párpados fue tornándose más oscuro de acuerdo a un fundido negro que fue apoderándose de su alma, inmiscuyéndose en parajes que no le eran de todo extraños a excepción de cuando habitaba la vigilia consciente. Del fundido negro de un espectáculo vital acabado fue yendo a otro más colorido, a lugares pertenecientes a una de tantas vidas recorridas, allí donde sus preocupaciones eran otras.
A través de un ancho campo con una pequeña senda para ser recorrida a pata, se encontraba en compañía de sus dos hijos gemelos. Ambos eran muy pequeños, de quizás siete u ocho años, mas a pesar de ello muy vivaces y despiertos. Aunque su apariencia correspondiera a su edad, su forma de hablar y de moverse correspondía casi a la de un adulto, haciendo que pareciesen dos mentes maduras insertadas en dos cuerpos aún en desarrollo. Mientras los dos niños iban charlando a su gusto, su padre estaba ensimismado en otros temas, quizás mas infantiles de los que correspondía a un hombre maduro, mas tomados con la seriedad que correspondería a los asuntos cotidianos. Cada loco a su tema, como suele decirse, ya que incluso los locos tienen asuntos que tratar pese a que a la mayoría de los mortales les resultasen absurdos o prescindibles.
El caso era que a este padre un poco loco le encantaba pilotar una pequeña avioneta que había adquirido hacía ya unos cuantos años, pero no le gustaba hacerlo en soledad como algunos lobos apartados de su manada, sino que prefería hacerlo en compañía de sus hijos. En vez de llevarlos a un parque o a dar una vuelta por un centro comercial para comprarles algún caprichito y después invitarles a unas hamburguesas, prefería hacerles surcar los cielos de aquel paraje, y mientras pilotaba hacerles notar del campio del paisaje cuando se está en las alturas. Y cuando no los llevaba consigo debido al mal tiempo, o a que su avioneta requería de alguna revisión, se pasaba las horas muertas contándoles historias donde los aviones o el hecho de volar interviniese en algún momento. Mas de uno podría pensar que este hombre era un poco pesado con el tema de la aviación, y que por ende, tenía agotados mentalmente a sus hijos, pero no era así en modo alguno, ya que los niños prestaban atención encandilados a cada una de sus palabras, siguiendo su ritmo como si en vez de dos niños fueran dos amigos de su padre que requiriesen de tales pasatiempos para escapar de sus mujeres.
Después de este camino de ensimismamiento por parte del padre y de rica conversación desde la perspectiva de los dos mozalbetes, llegarón al lugar donde la avioneta estaba aposentada. Subieron a ella sin mas dilación, y con la seriedad que se usa en asuntos graves e importantes, detuvieron el uno sus pensamientos desordenados y los otros su apaciguadora charlatanería, y disponieron los mandos para el arranque del aparato. Y cuando menos lo pensaron, ya estaban surcando los cielos con la naturalidad del volar de las aves, deslizándose a través de los rayos solares invisibles y dispersos, atravesando blanquecinas nubes y dejando su rastro en forma de una limpia estela. Como siempre, el padre les hacía notar los cambios en el paisaje en la medida que ganaban altura, y les indicaba no sé cuantos asuntos técnicos de cara al futuro, cuando ellos mismos pilotasen su propia avioneta o esa misma que en esos momentos portaban consigo.
Poco después de varias vueltas, descendieron con la misma naturalidad con la que habían ascendido, y se dirigieron a una casita moderna que tenían en mitad del bosque que se encontraba a escasos kilometros andando. Allí subieron la escalinata, y se internaron en aquellos cubos abstractos acristalados que hacían de lo que ellos denominaban hogar, y nada mas entrar, cada uno fueron a un lugar diferente, el padre a cocinar un aperitivo para los niños, y ellos a la salita de estar para dar continuación a la conversación interrumpida antes de que montasen en la avioneta. Sin embargo, nada mas llegar el padre a la cocina y empezar a preparar las cosas, se dió cuenta de varias cosas raras. Una de ellas fue que los electronomésticos no funcionaban, mas otra y quizás la mas evidente, era que la temperatura parecía haber aumentado considerablemente. Cosa rara, ya que en aquellos parajes siempre había una temperatura agradable debido al resguardo de los árboles, era bastante inusual aquel incremento repentino de la temperatura y aquella sensación asfixiante teniendo constantemente un aire purificado gracias a las plantas que les rodeaban.
Asomándose a la ventana, contempló estufectado otro acontecimiento bastante extraño, y era que todo lo que les rodeaba se había tornado como anaranjado, desde el cielo hasta lo que era alumbrado por el mismo. Temiéndose que aquello pudiera ser el comienzo de un desastre, se dirigió sin pensarlo dos veces a la salita donde estaban sus hijos, y explicándoles que debían salir ahora mismo, los tomó de sus manitas y salieron de la casa andando a trote. Los niños, aunque asustados, contenieron su temor como adultos interiores que eran, y el padre como niño grande que era, no pudo evitar que el pavor se reflejase en su semblante, e incluso que un sudor frío recorriese su rostro y le diera un aspecto un tanto andrajoso. Mas a pesar de ello, sus hijos no cayeron en la cuenta de esto, tan ensimismados estaban en sus propias preocupaciones interiores, todas ellas ajenas a las de su progenitor.
Finalmente, andando como durante media hora, llegaron a un pequeño restaurante que se encontraba en mitad de la nada. Allí entraron como para apaciguar los miedos, y aliviados por el aire acondicionado que recorría toda la estancia se sentaron en una de las mesas para pedir algo se comer. Mas, como no venía nadie, el padre optó por dejar a sus hijos esperando allí y se dirigió a la barra para pedir algo él mismo. Le costó que el calvo y gordo gerente le prestase atención, mas finalmente lo hizo y tras indicarle el aperitivo y donde se encontraban sentados esperando, volvió en compañía de sus hijos, los cuales parecían no haberse percatado de su momentánea ausencia. Continuaron como si tal cosa con sus extrañas conversaciones incomprensibles para su padre, moviendo muchos las manos y gesticulando con el rostro. Quién viera tal espéctaculo a la distancia quizás pudiera pensar que aquellos niños no eran del todo normales, mas lo cierto era que si bien no eran parte de la media, la superaban con la inteligencia de sus conocimientos para la edad que tenían.
La comida tardó en llegar a la mesa, tanto que el padre ya se encontraba taconeando el suelo con impaciencia. Pero tras larga espera, llegó. Y mientras todos comían, el padre no podía dejar de mirar a su al rededor con extrañeza, todas las personas que pululaban por el local le resultaban muy raras. La mayoría presentaba un semblante pétreo, como si sus rostros se hubieran quedado congelados en una expresión determinada, unos sonreían con temoroso frenesí, otros bajaban la mirada a sus talones y algunos otros que eran mayoría mostraban una expresión de tristeza contenida, cual si les hubieran dicho algo desagradable que por lo que fuera les hubiera conmocionado en lo hondo de sus corazones. Todo este espéctaculo extrañó de manera grandiosa a nuestro hombre, no sabía qué pensar al respecto. Mas le alivió comprobar que a través de las ventanas aquel tono anaranjado se fue haciendo paulatinamente amarillento hasta que llegó un punto en el que simplemente volvieron las tonalidades normales, como por ensalmo mágico.
Así pues, una vez que hubieron acabado salieron del local respirando el acostumbrado aire templado, lo cual disfrutaron los tres deteniendose a ser conscientes de su propio respirar, de como aquel aire tan puro y limpio se filtraba por sus vías respiratorias colmándoles de paz y de sosiego. Y tras aquellos escasos segundos, decidieron regresar a su hogar para descansar en la tranquilidad recientemente adquirida tras tornar a la normalidad. Mientras paseaban, el padre no podía dejar de pensar en todo el esfuerzo y en lo duro que había sido criar a sus hijos en soledad, pero también en que tras toda esa dureza y esfuerzo constante, en la felicidad que le había reportado. Sin duda había criado a dos estupendos ejemplares que probablemente con el paso de los años le sobrepasarían, superándole, haciéndose mejores hombres y mucho mas adelante, teniendo una vida mejor que la suya, evitando sus mismos errores y formando quizás una familia mas estructurada, en la que le darían nietos en tanto que él sería el hombre más feliz del mundo habiendo sido el más desgraciado en los primeros años de crianza.
Tan feliz se encontraba con estos halagüeños pensamientos, que cuando ya vislumbraban su hogar en la distancia, sostuvo a ambos niños de sus brazos y a la carrera se dirigió a la meta, y entre risas y arrumacos ya creía que se encontraba en la puerta en compañía de sus hijos cuando de repente cesó de percibir su peso. Alarmado por ello, miró a un lado y a otro, y no los localizó en modo alguno. Intentó calmarse pensando que quizás ellos habían entrando antes que él arrojándose de sus brazos, pero cuando entró en la casa estaba se encontraba tan sola y callada como cuando ellos se habían ido. También pensó que quizás las criaturas se habían escondido en la parte postrera del muro de la casa, mas en cuanto salió y lo comprobó, no vió a nadie allí. Perplejo, pensó en último lugar que pudiera ser que sus hijos se hubieran quedado en mitad del camino, y desandando lo andado, recorrió de parte en parte todo el lugar sin localizar ni rastro de sus hijos.
Aquello le tenía desesperado, frénetico, sin saber que pensar... ¿Cómo era posible? Se preguntaba a sí mismo, sus hijos habían desaparecido repentinamente, se habían como evaporado en el aire sin que él supiera el momento exacto de su desaparición. Se habían desvanecido del mismo modo a como lo había hecho aquella sensación calurosa y asfixiante, a como a su vez también lo había hecho el tono anaranjado que instantes antes había imperado ¿Qué demonios estaba ocurriendo? Se preguntaba una y otra vez temblando de la perplejidad y de la angustia, no lograba comprender a qué venían tantos acontecimientos tan aleatorios y extraños, y mucho menos cómo era posible que sus hijos hubieran desaparecido repentinamente sin pronunciar ni un adiós de sus finos labios ¿Se habían marchado para jamás regresar como lo había hecho su mujer años atrás? ¿Le habían abandonado porque no era suficiente? No comprendía nada, e insistir en estos pensamientos le hacía más mal que bien.
Evitando pensar en demasía, inició una búsqueda a destajo por todos los sitios de cara a encontrar a sus hijos, a un lugar y a otro buscando con inusitado frenesí y con la respiración agitada, sin encontrar aunque fuera una pista de su paradero. Recorrió cada senda del lugar, miró bajo cada piedra, oteó cualesquiera árbol que se le presentase ante los ojos, fisgoneó cada edificio sin temor a ser considerado impertinente, en fin no dejo espacio en blanco que no pisara para comprobar si sus hijos se encontraban por ahí, o si al menos hubiera alguna pista como pudiera ser una huella, un rastro o una pista de su paso por allí. Pero nada, todo intento parecía destinado al fracaso. Parecía que cada intento fuera en balde, que todo empuje era fingido y que todo aquello que hiciera jamás sería suficiente, cual si caminase a ciegas en un territorio sombrío.
Mas, finalmente, se le ocurrió una cosa... ¡Claro! ¡La avioneta! ¿Cómo no lo había pensado antes? Así entonces, nada mas alumbrarse este pensamiento en su mente, salió escapotado en dirección a la avioneta, y con escaso preparativo, la puso en función y se lanzó a las alturas para encontrar a sus hijos. Sobrevoló toda zona conocida y por conocer por si podía vislumbrar a sus hijos en la distancia, ascendía y descendía constamente esquivando montes y elevaciones del terreno, se internaba en territorios imposibles y salía airoso de los mismos esquivando árboles y zonas boscosas, en fin hizo mil maravillas y maniobras para hallar a sus hijos, mas no pudo observar nada mas que no fuera terreno abandonado, parajes baldíos y lugares solitarios.
Antes de que el desaliento le atacase directamente, optó por ir mas allá de las fronteras recordadas, y sin temor a que se le gastase la gasolina se dirigió allí como ánimado por un secreto resorte, y llegó a una inmensa montaña que sin saber por qué le era extrañamente familiar aunque no se acordaba de haberla visto jamás. Introduciendo los comandos necesarios, y usando del mando principal, intentó ascender por la misma evitando chocarse con tan inmensa mole de roca, pero por mucho que subía parecía que los musgos insertados en las piedras no dejaban de sucederse unos tras otros, como si aquello no acabase nunca por mucho que ascendiera. De hecho, a tal velocidad iba en su infinita ascensión que lo que parecía roca y musgo fue tornándose en forma de escalones artificiales, lo que era natural se fue volcando en una especie de escaleras labradas por la mano del hombre, y que no parecían detener su curso ascendente por mucho que mantuviese los mandos en alza. Sin saber cómo, llegó un momento que el agotamiento le traicionó, y moviendo sin querer el mando principal una mera pulgada, se chocó con aquella mole inmensa produciendo así un estremecimiento tal en su cuerpo, una sacudida cósmica tan tremenda que su consciencia se fundió en lo disoluto...
Cuando abrió los ojos temblando por el sobresalto y todas las sábanas adornadas por las perlas de sus sudores fríos, miró a su al rededor completamente desconcertado, casi ni recordaba donde se encontraba mas por suerte o por desgracia aún tenía consciencia de su propio yo fragmentado. Sin poder evitarlo pese a que intentó contenerlo, las lágrimas fluyeron en frenesí de sus ojos, y de ahí a sus mejillas, produciendo así un sollozo tan aletargado que parecía el aullido quejumbroso de un lobo abandonado en mitad de un páramo desierto, contemplando a su amada e inalcanzable luna como un preso la libertad a través de los barrotes.