viernes, 5 de marzo de 2021

El ideal heroico

 Recuerda amigo mío, que en estos años oscuros que han marcado nuestra época el mayor mal no es la ignorancia ni la pena, sino ante todo la debilidad. Mas, si te quedan dudas, podemos mirar sus efectos que no sus causas, los fenómenos en lo que se trasluce que no su origen motriz, ya que esto lo podemos ver en este desasosiego interno que lleva a los hombres a dar rienda a sus fragilidades destempladas de cara al público, como si tal cosa no fuera digna de avergonzarse, toda lágrima se expone al público y el aplauso del vulgo no tarda en producir su debido eco en el auditorio. Esto último es lo que me resulta tremendamente nefasto, porque antaño si algo producida desagrado era la penuria injustificada y gratuita, a ese que se lastimaba en vías de recibir una repugnante atención, le caían millares de piedras, que por potencia y velocidad, podríamos asemejarlo a proyectiles, que recaían sobre él para que cesase tal sobreactuación, y si este no desistía, se insistía hasta ocasionarle una penosa muerte, que lejos de buscar la entonación de un requiem, se celebraba con la mas plétorica de las fiestas en tanto que se había llevado la ceniza a su debido sitio.


Ahora, ocurre algo del todo diferente, pareciese que la debilidad, lo aberrante, lo nauseabundo, se muestra ante la pantalla como si se tratase de una especie de canón al que aspirar, y mediante el cual, quién conserve en sí un ápice de belleza debe avergonzarse. Y cuando se expone lo contrario -es decir, lo que debería ser- se le recrimina a uno como si acabase de romper alguna suerte de norma implicita en la sociedad que le expulsa a uno inmediatamente del umbral del correctismo político, conduciendole así hacía el abismo del aislamiento social. Obviamente, podría uno pensar que esto es mas una ventaja que una cosa que replicar, puesto que de lo que apesta al olfato y desagrada a la vista, lo mejor es alejarse, guardando consecuentemente una distancia personal porque a uno le viene en gana a nivel individual, mas no obstante, en cuanto a mí, considero una cuestión de dignidad viril el quejarme ante esta situación no de vicio, sino en busca de unos ideales mayores, que en cuanto elevados a alturas insospechables, también podrían llamarse -y tenerse- como absolutos. Claro, que, por otro lado, esto tampoco quiere decir que ya se hayan encarnado en uno, pero sería sumamente vulgar no mirar al menos en su dirección.


Vemos, por lo tanto, que se ha dado una vuelta insospechada a las cosas, lo que antes era digno de elogio debido a su sublimidad, a su nobleza, a su aristócracia estética, hoy día se ve desde un prisma en el que se considera arbitrariamente como un insulto al vago concepto de lo mediocre que estos socialdemocratas sustentan, puesto que ellos que no han vislumbrado el mas mínimo ideal resplandeciente, cargan con resentimiento a los que se encaminan por la senda labrada por los antiguos. El hacer de lo débil una medalla de plástico no tiene nada de héroico, como tampoco es nada revolucionario el atrincherarse en una pocilga como lo es una universidad cualesquiera en busca de un apoyo de tan poco valor como es el estudiantil -los cuales, dicho sea de paso, han encontrado un refugio para superar sus traumas de niños mimados en la ideología- para así ser una victima pública de su propia estupidez. Un héroe si persigue los ideales de sus antepasados, o un revolucionario que guarda en sí la esperanza de derrocar algo que considera degradante para los suyos, no gimotea ni se esconde como un cobarde, ambas figuras que resultan como se diría diferentes caras de una misma moneda, se enfrentan a la realidad evitando hacer de la misma un espectáculo, y si se encuentran ya en su apogeo, miran desde una altitud considerable aquel símbolo con el que tarde o temprano todos nos encontramos, que es la muerte.


Hay quién ha hecho de su vida toda una tragedia, pero aún de estas cosas no nos podemos dejar engañar por las apariencias, pues las hay verdaderas tragedias, y luego otras, que son enteramente ficticias. Sin embargo, en este caso si podemos hablar sin problema alguno que nos entumezca la voz de que se da una mezcla de ambas, casi de tipo teatral, en la que empezando el transcurso vital en una especie de comedia escrita por un guionista borracho que no tiene ni un poco de originalidad, acaba tornandose en una tragedia que traspasa la frontera entre ambas esferas, culminando así en un acontecimiento tan soberbio que nos sería muy díficil de identificar si se trata de una actuación sobresaliente, o sí es la figura del héroe materializada en la vida ordinaria. Sería algo parejo como un destello repentido observado en una noche sin estrellas en el que nos preguntamos si su fulgor ha sido algo proveniente de nuestra imaginación, o si realmente esta bendición se ha dado ante nuestros ojos, liberándonos aunque sea por un momento, de las ataduras de la monotonía. 


Independientemente de lo que fuera, aplaudimos con sinceras lágrimas en los ojos, ya no las típicas del malogrado espectáculo al que me refería en las primeras líneas, sino ya auténticas lágrimas de admiración hacía lo grande y elevado, escurriendose con ello estás gotas saladas en nuestros párpados hasta alcanzar nuestras mejillas dejando sus salobres y humedecidas sendas como rastro que alaba lo inhóspito, y que cada vez encontramos menos, un milagro que patentiza cual sello la única inmortalidad que podemos alcanzar en esta vida, siempre advertiendo que esto se tratara de un pequeño roce que nunca se integrara en nosotros con plenitud. Sí, pudiera ser esto un acontecimiento que podríamos catalogar de triste, mas como lo triste en sentido mas bajo está al orden del día, esta tristeza a la que apunto está cargada por una luz tan inmensa que no sabríamos distinguir con la debida precisión si nos entristece con una tonalidad meláncolica, o nos alegra con un leve regocijo, quizás un poco de ambas.


Todo esto conduce a esa imperiosa necesidad de alcanzar cuanto nuestro espíritu es capaz de aspirar, pese a que nos hayamos acostumbrado a los suspiros, ansiamos desde el interior una elevación que no puede ni debe limitarse a algo meramente imaginativo, que quiere fijarse tanto en aquello relacionado con lo espiritual como respecto a lo carnal, tanto en lo figurativo y simbólico como en la vida. Esto es el poder, aquello que las gentes mas vulgares suelen asimilar a bienes reducidos a los materiales, se trata del mayor ideal, la acumulación de todas las inspiraciones concretadas en una inmensa elevación que lo abarca todo cuales centenares de luces fragmentadas a través de espacios continuos y dispersos, trascendiendo todos los tiempos aún con una añoranza callada del pasado. Pero, también, encontramos sombras, oscuros recovecos que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra insistencia incluso en lo irremediable, en lo imposible... Pues algo que siempre ha caracterizado al héroe mas allá de su representación teatral es que sabiendo que la batalla estaba perdida desde los comienzos -quién posee un espíritu guerrero es mucho mas inteligente que el mas aclamado de todos los sabios- insiste en proseguir, y cuando cae en apariencia derrocado sobre el macillento suelo, se sabe vencedor. 


Tenemos, pues, una necesidad de fuerza, de toma de conciencia de las potencias vitales y viriles, que en su absoluta condición nos lleven allí donde se dé comienzo y cúlmen de este ideal autoritario que desde nuestro fuero interno deseamos, pero que raras veces alcanzamos ¿Es esto como apuntaba mas arriba una batalla pérdida? ¿Una guerra fría en la que no se localiza una fuente de luz como podría serlo el sol? ¿Qué hemos de hacer nosotros, meros mortales comunes? Si diera una solución sería un hipocrita, y dejando tantas preguntas en el aire bien se me podría decir que soy todo un sofista, pero ¿Acaso no sabes leer entrelíneas, estimado amigo? ¿No ves que ya te he respondido? Pues sí, lo hice. Si en este deslizarse del tiempo tan recargado en sombras, buscamos algo ascendente, ese hálito vital con la suficiente autoridad y voluntad para apartar toda fragilidad mujeril ¿A qué crees que me estoy refiriendo? 


En ese momento, el hidalgo se levantó de su silla, y haciendo una leve inclinación, se fue andando hacía nadie sabe donde. El caso fue que desde que comenzó a hablar, la tarde iba llegando a su ocaso, y cuando decidió ponerse en movimiento, ya estaba anocheciendo, proyectando así su sombra por un suelo mal cimentado, rodeado por cuatro faroles, que debido a su baja luminosidad, una vez atravesado tal línea divisoria entre la escasa luz y las abundantes sombras, su figura desapareció sin dejar rastro. Por lo visto, no permitió que su acompañante le respondiese, ello pudiera ser porque era amante de la ambigüedad por la carga tan intrigante como estética que tiene este fenómeno, pero uno -creo yo- debería inclinarse mas a que así lo hizo al no ser de su gusto escuchar las espontáneas respuestas de otro que no sea él mismo, al menos, en ese momento, puesto que estas deben ser meditadas según su percepción refinada, o, lo que sería mas interesante, interpretó aquellos siete segundos de silencio como una respuesta suficiente. 


viernes, 26 de febrero de 2021

Carta a un funcionario del estado

 Buenas tardes,


Le escribía ya que ayer a la tarde me llegó la nota de su bloque administrativo, es decir, de su asignatura, y bajo mi sorpresa, me encuentro que la tengo suspensa, y con nada mas ni nada menos que la nota mas baja que uno pudiera imaginarse. Si le soy sincero, me decepcionó bastante y me pareció sumamente injusto su suspenso, y mas cuando en lo que a mí se refiere a pesar de las dificultades que hemos tenido en este curso, he seguido sus bochornoaas clases, las repetitivas lecturas y las tareas respectivas a la asignatura, a lo que vendría a sumarse, que mi examen no estaba en condiciones de quedar suspenso. Esto no lo digo con afán de soberbia, ni porque esté mal solamente en lo que mí atañe, sino porque es cuestión de justicia, la cual ha sido quebrada por una negligencia injustificada de índole tan azarosa como caprichosa.

Este problema, como vengo diciendo, tiene un cáliz mas general que particular, aunque obviamente esta vez he sido yo el afectado, en tanto que todos participamos de este problema que me atrevería a calificar de universal. Así, pues, acontece que nos encontramos en una situación de perpetua decadencia, que antecede incluso a esta pandemia, y que en esta universidad especialmente se adolece de este mal general, el cual tiene su raíz bajo los muros de un edificio pudrefacto. Nos ceñimos en demasía a academicismos tan falaces como innecesarios, que lejos de alimentar nuestra sed de apetitos intelectuales, nos conducen al mas negro de los abismos, y estos, no se limitan a la mera ignorancia, sino que la traspasan siendo una maldad proclamada ¡Qué razón tendría Schopenhauer cuando acusó a la comunidad universitaria de su tiempo de inservible, y así también Nietzsche cuando cayó en la cuenta de como las universidades publicas eran otro mecanismo del estado para evitar que los pensares aflorasen!

Por eso, yo también acuso tanto a la comunidad universitaria en su totalidad como a usted mismo por su negligencia rellena de meros contenidos que no se proyectan hacía ningún sitio, puesto que no buscan su expansión lúminica de sentido, al limitarse a ser unos créditos -cual tarjeta de puntos monetaria- acúmulados en algún abstracto fichero de procedencia nefasta y desconocida. En esto podría resumirse la actividad docente en general, a poner una serie de números a otros números, cumpliendo así diligentemente con un trabajo que en verdad no le importa a nadie, excepto a un par de burocrátas que sentados desde su sillón lanzarían algunos filosofemas basados en erradas ideologias para que los loros del lugar los repitiesen como si fuesen papagayos aburridos y hastiados de la cadena industrial que resultan sus desdichadas vidas.  

Por último, no se preocupe, no voy a reclamar nada ni tampoco a recuperar cosa alguna porque ya tengo todo lo que necesito en mis manos. En lo que a usted se refiere, supongo que descartará mi fichero, lo dejará atrás, en alguna esquina sin importancia, como un asunto fallido del que usted no tiene culpa alguna. Al fin y al cabo, cumplió con su tarea, dió sus clases con una sonrisa de complaciencia, y pusó sus notas a cada uno según se ajustase mejor o peor a sus expectativas como docente, y al terminar su tarea laboral, dejó unos horarios establecidos para que sus estudiantes le llorasen las notas de cara a superar una matricula que les sacan los higados a uno año tras año. Mas le diré una cosa, si bien es cierto que entre los alumnos hay una clara falta de disciplina, orden y semejanza a los principios, usted también es uno de los mayores culpables de esta ponzoña que con el paso de los tiempos es cada vez mayor.

Un cordial saludo, espero que le vaya todo bien, y que continúe con su tarea administrativa sin problema alguno hasta que le llegue la jubilación y pueda descansar con la conciencia tranquila tras haber realizado un trabajo estupendo, al menos sobre el papel. 

Hidalgo Quebrado.

viernes, 12 de febrero de 2021

La vecina

 Dos hermanos volvían entre encrespados montes tras acabar su jornada laboral del día, iban cabizbajos como solían como escrutando entre el suelo algún pensamiento valioso que pudieran desenterrar y sacar a la luz. Por desgracia, no había nada elevado entre esas secas tierras, y entonces, se conformaban con fantasear que algún día hallarían algo que lo fuera. Reinaba el acostumbrado silencio entre ellos, ya se conocían de sobra y no tenían nada que decirse, toda palabra pronunciada en cualesquiera momento que juntos les atañía sobraba, y por ello, se comunicaban con miradas repentinas a soslayo, o con gestos apesadumbrados que traslucían su abatimiento. 


Ya salían del sendero atestado de barro desertico, y se conducían por las calles asfaltadas con antropocentrica soberbia típica en los hombres, pasando así por el camino de siempre para alcanzar a pocos metros la casa donde convivían con sus padres. De nuevo, como todos los días, la vecina de tres casas mas abajo se asomaba a su carcomido balcón, y observaba a los dos hombres de mediana edad atravesar el camino diario sin pena ni gloria. Sin embargo, esta vez había algo diferente en esta vecina, vestía un glamuroso vestido rojo levemente escotado, adornado por orlas que como olas descendían hasta mucho mas abajo de sus tobillos, los cuales debido a los infraqueables muros, se encontraban velados a su vista. Su peinado también tenía algo diferente, singular, que lo hacía distante a otros días, ya que sus cabellos pardos estaban cargados de sumos bucles que se entrelazaban unos con otros, perdiendose como en un torbellino marino. Y a todo esto, lo adornaba una tenue y maliciosa sonrisa, que junto a dos guindas de un pastel inexistente, eran así sus dos ojos negros decorados por un fulgor vidrioso casi lascivo. 


De repente, ambos se pararon en seco tras atravesar el umbral de la casa de la vecina, ya que uno de los hermanos detuvo al otro, posando su mano fatigada con débil fuerza sobre el hombro del otro, y le dijo:


- ¿No notas algo peculiar en la vecina, algo inhóspito de lo que hasta ahora no nos habíamos dado cuenta?


- No tengo ni idea a lo que te refieres, hermano-respondió el otro alzando los hombros con indiferencia ofendida, como si le molestase el mero hecho de que el otro pronunciase su pregunta


Así, sin mediar palabra alguna que continuase la escasa conversación, siguieron andando, y a los pocos pasos ya se encontraron frente a la puerta de su casa. Metieron la quejumbrosa llave que hizo tambalearse la puerta, y entraron por un diminuto jardín descuidado, la única vegetación que andaba por tales lares eran las malas hierbas que habían ido creciendo con el tiempo, algunas de ellas mostraban motas rojas y anaranjadas que procuraban asimilarse a diminutas flores, y otras, estaban cargadas de pinchos, tan enormes se hicieron que bien podría decirse que aquellos eran cáctus, y el jardín, un desierto en mitad de ningún sitio. 


Llegando a la mesa de la sala principal, se sentaron al rededor de la misma para que su madre les dispensara con la comida en tanto con una tibia sonrisa les iba preguntando las preguntas usuales que suele hacer una madre, las cuales podrían reducirse a un "¿Qué tal la jornada?" Ellos, iban respondiendo con muecas y leves sonidos guturales y algunos chasquidos de dientes, de manera que se necesitaría un interprete de ese idioma a caballo entre la ausencia de oralidad y las señas para vislumbrar lo que aquellos dos intentaran decir. 


Una vez que la madre partió al cuarto continuo, el hermano que había parado al otro en mitad del camino instantes anteriores, volvió a insistir con su pregunta, y el otro, le respondió:


- Ya estás con tus obsesiones, dejate de tonterías, y come, que mañana es viernes y hemos de continuar con la jornada como todas las semanas.


De nuevo, la misma rutina de todos los días, el mismo camino, las mismas miradas cabizbajas, los mismos ladrillos movidos aquí y allá, el mismo sosegado hastío que se había transmutado en costumbre y que se dilataba como un punto infinito que se expande hasta llegar a abarcarlo todo sin dejar ni un hueco a la mortal vista. Y otra vez, la idéntica senda de la vuelta, y la vecina asomandose al balcón, está vez sin tanto arreglo, con un pijama bastante ancho que velaba su cuerpo cual si se tratase de algo prohibido, inalcanzable para aquellos dos desdichados que volvían de un insano trabajo que para ellos se trataba de su salud. Una ráfaga de viento acudió repentina, invocada por algún duendecillo travieso que en ese momento tocase con algún instrumento estrámbolico, como podría serlo una inmensa tuba, lo que provocó que ese ancho pijama de la vecina se le ciñiese al cuerpo, mostrando cada parte del mismo en semejanza a esas esculturas que juegan con el desnudo femenino y las telas, en cuyo contraste se muestra algo así como la esencia del erotismo, entre el desnudo y lo velado, mostrando a su vez se oculta todo y se deja a la imaginación fabular e idealizar aquello que se contempla. 


Al hermano inquieto le comenzó a entrar un sudor frío que se hallaba entre la ebriedad y la enfermedad, desde ese momento no pudo olvidar en ese día y en los que le siguieron ese cuerpo que cantaba una sonata con osadía al ingrato que se atreviese a mirarlo, que se balanceaba agitado por el viento en ese impío balcón como si bailase algo suave, dejando en suspenso sus muslos, sus caderas y sus senos cubiertos por el fino pudor de una tela barata. 


En uno de los días de dos semanas mas adelante, el hermano contrario cogió una gripe que le dejó exahusto y con temblores debido a la fiebre, y por lo cual, no tuvo otra que quedarse un par de días en cama hasta que se encontrara mejor. Esto turbo bastante al otro hermano, no porque tuviera que rendir el doble de cara a suplir la ausencia imprevista de su compañero fraternal, sino porque a la vuelta debía atravesar aquella acostumbrada senda donde se asomaba la vecina completamente solo. Pensó, incluso, en la posibilidad de que esta se enteraría de que así sería, y la próxima vez se asomaría completamente desnuda en el balcón, ofreciendo su cuerpo sin los atuendos del decoro en una bandeja, que susurraría "Tómame ahora sin palabras, sin mas porque sí" Claro, que, esto era una vana y pueril fantasía de un hombre aburrido, así que despejó de su visión estos pensamientos que le acudían incesantemente, y los replegó del ámbito diurno al nocturno.


Continuó viendo a la vecina en su balcón, cada día con una ropa distinta, lo que le permitió registrar con sus miradas de soslayo detalles de su cuerpo, como podrían serlo sus alicaídos hombros, los senos plétoricos, el grito de sus brazos fornidos, sus labios burlones, la pícara mueca en forma de guiño de su ojo izquierdo... Mas, en uno de esos días, la vecina desde arriba le hizo una señal con su mano, señal que connotaba una llamada de atracción que le convidaba a entrar sin reparo alguno. Él, movido por influjo desconocido, así lo hizo con el corazón pendiende de un hilo, agitado por sus latidos que lejos de frenarle le hicieron avanzan cada vez mas hacía la entrada como por un impulso, abriendo así la puerta e introduciendose en la casa.  


Ya dentro, observó lo dejada que estaba la limpieza y el orden de aquel lugar, parecía como si la casa llevase abandonada años. Fingiendo que conocía aquel lugar, ascendió por una escalera que tenía forma de caracól al atisbar que probablemente el cuarto de la vecina a través del cual se asomaba en su balcón se hallaba en la sala de arriba, concretamente a mano izquierda, en la habitación al final del pasillo. Atravesando una habitación, dos, tres llegó al deseado cúlmen de tal travesía, y entró como si tal cosa al final de sus obsesiones, allí donde lo aparentemente irresoluto se resuelve cual hilo mal trenzado que estirandose retorna a su forma original.


Ahí estaba la vecina, sentada al borde de la cama con un té de aspecto asqueroso, llevaba el vestido rojo descrito en la primera parte de este escrito "Vaya, pues sí que se ha cambiado rápido"- pensó nuestro hombre en el único pensamiento que pudo articular en ese momento con el debido orden, al menos, interiormente. Ambos se escrutaron mutuamente con intempestivas y precoces miradas, hasta que ella rompió el onirico momento alzando su voz:


- Usted lleva tiempo observandome cuando salgo al balcón para en los días calurosos adornarme con el sol, y en los fríos, cercarme por el frescor, y no entiendo lo que usted busca de mí. -sin dejarle responder entre titubeos, siguió hablando interrumpiendo las escasas sílabas que fueron capaces de aflorar entre sus temblorosos labios- A decir verdad, yo también he sido participe de este juego extraño que ambos hemos formado, y mediante el cual, nos hemos dejado llevar por secreto impulso. Sin embargo, esto no puede durar mucho tiempo mas, reconozco que me regocija esta situación, pero en algún momento esto tiene que acabar. Y he decidido por propia voluntad, que así sea ahora mismo.


Entonces, levantandose de la cama, y dejando caer la parte diestra de su vestido a próposito, mostrando un lustroso hombro, que de forma rimbombante iba dando tenues toques en el aire, en busca de desprenderse de tal atadura bordada de cara a mostrarse completamente, se iba acercando mas y mas a él, ya podía leer en el aire su perfume de rosas, sentir sus deliciosos labios titubeantes, temblorosos entre estremecimientos pasionales, danzantes, cuyos detalles lo eran unas mejillas enrojecidas que no se sabía a ciencia cierta si así lucían por timidez o por una pasión interna que era incontrolable. Pero, todo esto se detuvo en un golpe en seco, en un momento que se quedaba en suspenso y que se frenaba por sorpresa cuando de repente a ella le empezó a sangrar la naríz. Él quiso ayudarla, mas ella le detuvo imponiendo su fina mano ante su pecho, y en tanto así lo hacía, cada vez salía mas sangre hasta el máxime punto que esta le iba gotando debajo de la barbilla, decorando su semblante con un oscuro maquillaje, cruel en semejanza a un mal acontecimiento del pasado que recordamos hasta dañarnos y hacernos sangrar de manera metáforica. No obstante, esto no era una metáfora digna de interpretarse, era algo empírico, literal, que se mostraba cual es de un rojo vino diábolico. 


- ¡Váyase ahora mismo! ¡No le quiero aquí ya! Olvídese de mí... -gritó ella con desasosegada exaltación en sus primeras dos frases, para dejar espacio a la última que fue pronunciada con terror. Parecía que iba a continuar aquella última frase, pero la sangre que fluía de su nariz fue tan inmensa que borlando sus labios, no la dejó acabar. 


Insistió él en socorrerla, así que sin esperar respuesta bajó con premura las escaleras que en su momento subió con embriagado impulso, y buscó en una cocina sucia algún trapo para frenar la salida de la sangre, tras encontrarlo volvió a subir, pero ya no la encontró ahí. Perplejo, atravesó toda la casa de cabo a rabo buscándola. Aquel sudor frío que le recorrió su frente en vísperos días, volvió a acometerle al no poder encontrarla, no sabía que hacer ni si lo que había vívido se trataba de un sueño. Así, pues, abandonó la casa por la misma puerta en la que había entrado, y se fue aún mas cabizbajo de lo que solía a la vuelta del trabajo. 


Pasaron los días, y con ello, la vuelta de la rutina y de su hermano como compañía. Pero sin embargo, algo había cambiado, la vecina asomandose desde su balcón había desaparecido por completo, hasta su casa parecía mas vieja y abandonada de la mano de Dios. Cada vez que volvían, retornaba su mirada a posarse allí donde antaño contemplaba su lustroso y hermoso cuerpo con lujuría, añoraba esa contemplación vespertina como los amaneceres otoñales con el rocío. Ya no estaba ahí, ya la tentación no le rondaba a la totalidad de su cosmovisión que conformaba su ser, una hermosura se había marquitado, la rosa dejó de florecer y dió paso a la caída de sus pétalos, uno a uno hasta desvanecerse arreciados por un vendaval que no era capaz de localizarse, no conocía de un punto exacto donde situarse en el espacio, por eso era tiempo, tiempo que pasaba sin que uno lo advirtiera al principio, y que, cuando por fin se hacía ya era demasiado tarde y se convertía en cenizas.


Durante una de estas caprichosas vueltas a casa, ya en la acomplada mesa con paciencia maternal, la madre por vez primera en mucho tiempo, se juntó con ellos entrelazando los dedos de una mano respecto a la otra, y se quedó mirando el ángulo imperfecto que estos formaban, dejando dilatarse el tiempo mencionó con un semblante tan pálido como sombrio, acompañando sus palabras con el entornarse de unos párpados titubeantes:


- Ay... No sé por qué, pero esta mañana me he acordado de cierto suceso que aconteció hace tiempo en nuestra comunidad. El caso fue que teníamos una vecina muy guapa que vivía junto a su marido un poco mas arriba, se sospechó de ella debido a ciertos rumores que tenía un amante. Luego, se descubrió que no fue en modo alguno así, cierto es que ella llamaba en alto grado la atención, mas en su favor diré que yo la conocí y ella se mantuvo fiel a su marido cuanto tiempo su aliento recorría su cuerpo. Pero ya fue demasiado tarde, los rumores se habían filtrado en esa casa como las grietas de unos muros mal construidos provocan que entre el agua, el marido ya no fiaba de ella y la despreciaba. Con el tiempo, pese a que la desconfianza continuase flotando en el aire, esta se fue disipando poco a poco, tenuemente, hasta que sólo quedó algún resquicio, parecía que su matrimonio iba a remontar, hasta que un día un extraño, atraído por la belleza encarnada que contemplaba día a día en aquel balcón que tenemos muy cercano de casa, entró ahí, y en su locura, la mató a golpes sabiendo que jamás llegaría a poseerla. El marido, al enterarse, nada mas entrar en la casa y descubrir el cuerpo desfalleciente de su esposa, se suicidó al instante atandose una soga al cuello, dejando que su hálito vital se quebrara en la medida que su respiración cesaba, hasta que no quedó nada... ¡Ay, qué desgracia! -acabó diciendo en un llanto contenido que siguió a un silencio que parecía eternizarse, en suspenso, hasta que llegó una noche sin estrellas, con una luna que se ocultaba, y unos faroles que sólo mostraban millares de nubes desperdigadas, las cuales sólo encontraban su sentido en un son nocturno que las anudaba en forma de nido olvidado que ahora se volvió un recuerdo.


                                     ...             


En el hospital psíquiatrico situado al oeste, un enfermo mira a la ventana como hace cada mañana, entre el anodino paisaje ya sabido de memoria, encuentra una silueta, una figura que parece entrar por la puerta principal del jardín allende a una fuente que lleva años en desuso. Este personaje que recorre el pasillo central de la salida exterior del edificio a la interior, va caminando con parsinomia, según va acercandose el enfermo cae en la cuenta de que es una mujer, que con su femenino andar, va contoneandose con cada paso como si se tratase de una sosegada danza, su cintura va serperteando a la caza de miradas, atrapadas quizás para ser llevadas a un ámbito de ensueño, fantasioso donde todo pudiera ser por primera vez en esta ordinaria vida realidad con tan sólo ser traspasado por una lanza tan espiritual como carnal. "Oh -se diría para sí este enfermo- hermosa mujer cuyo atuendo es un precioso vestido rojo..."

martes, 2 de febrero de 2021

La desagradable verdad

 En nuestros grandilocuentes tiempos -en los cuales tenemos la fortuna de ser hijos no-nacidos- hemos poseído las sombras, y nos hemos hermanado con las mismas hasta tan punto que me resultaría muy díficil distinguir entre lo que es sombrío y lúminico. Baste como ejemplo el mero hecho de darnos un paseo por la calle, uno va como si tal cosa no ocurriera, y se encuentra al horizonte como si fuese un recoveco continuo, como el interior de un foso estrellado, un abismo abierto cuya razón de ser es la sucesión, un ir hacía delante porque sí, sin razón aparente de ser. Uno, claro está, en estas tesituras se plantea dónde se encuentra la línea divisoria que disgrega lo que es apariencia de lo que es una realidad patente. Así, entonces, empiezan a formarse las ficciones, y de las mismas, nacen las ilusiones, que, por su mismo estado deviniente, por ser construidas, bien hicieramos en cambiarles el nombre, y darles un matiz femenino, ya que como bien sabemos, todo lo mujeril se encuentra en estrecha relación con la falsedad.


Hoy día somos ingeniosos, pero nada inteligentes, salímos al paso como usualmente se dice, mas no profundizamos en nuestras pisadas, tan acostumbrados estamos a contemplar el mundo como una extensa superficie que se repite, que no se nos pasa por la cabeza el pensar que entre senda y senda un agujero se esconde. Por eso, cuando vamos andando y nos encontramos con un relieve, algo que parece salirse de nuestro esquema normativo, como pudiera serlo un saliente ascendente, o un hundimiento en el terreno, nos quedamos perplejos y no sabemos que pensar. Quizás, levantemos las manos con sobresalto y exclamemos: "¡Ay, Dios mío qué narices es esto!" Pero, al rato, en un susurro siempre nos decímos con alivio: "Ah, estas cosas son demasiado elevadas para mí..." Ello se debe a que confundimos la intensidad con la extensión, la calidad con la cantidad, la altura con la bajeza, lo elevado espiritualmente con lo vulgar, y así nos pasa... Esto no pasaría así si de vez en cuando nos detuviesemos, mírasemos a nuestro al rededor, y por un momento, volviesemos nuestra mirada hacía atrás, pudiera ser que si así lo hicieramos encontraríamos algo de valor.


Pero en fin... ¡Qué voy a decir yo! Estamos todos al cabo malditos, sólo que a algunos nos da por pensar de mas, o también podría decirse que la realidad y su decadencia actual nos da por pensar que hay algo mas allá de este terreno líneal, que a la vuelta de la esquina, puede que haya algo perpendicular, y siguiendo está salida secundaria, este error en la inmensa cadena industrial que nos atañe, pudiera encontrarse una curva tan incesante e insistente que se trataría de un recorrido circular. Sin duda, esto nos produciría una conmoción tan inclasificable que saldríamos corriendo espantados, mas quién sabe... En tal supuesto quizás nos sintamos como en casa, retornando a un hogar que teníamos olvidado desde hace tiempo, y que sepultado en la ausencia de la memoria, por casualidad nos hemos encontrado y nos ha retrotraído a esa infancia abandonada porque aunque ya no seamos niños -por desgracia, o gracias a la Providencia- queremos en el fondo saborear un poco de ese pasado que desde la perspectiva de la actualidad vemos cubierto por neblinas.


Todo esto podría llevarnos a decir que sentimos añoranza, y digo sentir porque de lo imposible que se ha hecho su retorno, aún con ello, mas la sentimos que la pensamos, puesto que pensarla sería hacer de ella un concepto, y esto me parecería tan utópico como injusto, mas, en cambio, sentir esa añoranza aunque desacertado desde un punto de vista intelectualista, queda mejor en una prosa que se pretende lírica. Se trata de ese sabor de antaño cual vino añejo que el progreso ha querido implantar en nuestro imaginario como un líquido con trazas arenosas, pero que en modo alguno es así, ya que mas bien podríamos asemejar su rico aunque extraño sabor a una ambrosía divina que convivía día a día en los tiempos de los antiguos -por utilizar una metáfora mas elevada- o también como una especie de piedra preciosa que costaba de hallarse al encontrarse tras unos gruesos muros del material mas portentoso que nos cabría imaginar "¿Y por qué no lo alcanzamos, por qué esto se trata de una añoranza insatisfecha?" -se me podría preguntar con un tono pícaro que lejos de distraernos, incide en la sustancia de la cuestión. Yo respondería algo parecido a esto: "Pues aún no teniendo la mas remota idea, si hubieras prestado atención a lo antecedente, verías que afirmé que estamos malditos -y ahora añadiría con una sonrisa meláncolica- y que, precisamente por ello, enterrados entre fango y escombros, el fango proviene de nuestros curiosos tiempos, y los escombros de los inmensos edificios del pasado."


Diciendo todo esto, un optimisma mirándome con ojos vidriosos a lo mejor quedaría bastante defraudado con mi respuesta ¡Pero qué voy a decirle yo! Escribir es esencialmente decir verdades desagradables, esas cosas que nos dejan un sabor agridulce entre los labios, cuyo toque de amargura tiene su origen en nuestra constante idealización del entorno, en tanto que adornado por ráfagas melosas nos procuran una vil aunque sincera satisfacción de estar mas acertados que todo ese cúmulo de ignorantes que se alimentan de sus propias mentiras, las cuales en su mayoría son herencia de otros mentirosos mas grandes que ellos mismos, como los escritores vivos y los cineastas financiados. Todos ellos, dicho sea de paso, son un atajo de imbéciles que al común de las gentes les suelen resultar bastante agradables, pero que a mí personalmente me dan ganas de pasarme el día vomitando desde el extremo superior de mi cama. 


Una vez mas se iluminan nuestros ojos, y nuestros párpados se entreabren azotados por tal vespertino resplandor, y nos decímos a nosotros mismos, dándonos aliento para acompañar a nuestra respiración como quién tararea una melodía que escuchó de soslayo cuando tenía cinco años: "Ay, la esperanza..." Si yo estuviera presente, impertinente me cruzaría de brazos como un anciano desengañado y cuyo nombre suelen acompañar por "el aburrido" y sentenciaría: "Dejaros de necedades, la verdadera esperanza en este mundo es una cruel fantasía, tan sólo podemos aspirar a lo elevado desde el espíritu, en lo terrenal solamente cabe la decepción y las lágrimas." Ciertamente con palabras así entiendo que sean pocos a los que les sea agradable con tales discursos, que aún siendo improvisado, tienen algo que revela no lo que acuñan por pesimismo, sino algo que se diría veracidad. 


Así, hemos llegado al punto de los puntos, al cúlmen pedregoso, al final que termina en caída, al abismo insondable de quién se sabe perdedor, a un suspiro que se repite en forma de eco en la cueva de nuestros ancestros, nos detenemos y vemos la bruma, que se expande por lo que pensamos los cielos, y nos cubre cual rocío negro sin amanecer posible ¿Lloraremos? ¡Qué va, ya nos hemos acostumbrado a las lágrimas en nuestra cotidianidad, y estás ya no nos son extrañas! Este es un nuevo acontecimiento, y como tal, en este panorama no sería lo suyo repetir aquello que ya haríamos en nuestro día a día, pues nada contradice mas la costumbre que lo inesperado, que cuando estamos tan tranquilos haciendo nuestras cosas diarias, insertos en esa rutina monótona , y de repente nos sorprenda algo que se planta en medio del camino, y entre insoportables risitas dictamina: "¡Hasta aquí!" Mientras tanto, nosotros, que nos preciamos de ser muy elocuentes e importantes, esperamos y esperamos, con suma paciencia a que se aparte tal objeto molesto, y, cuando queremos darnos cuenta, en esta espera donde nada parece cambiar, ya estamos muertos.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Testimonio de un perdido

En verdad, no sé a ciencia cierta cómo he llegado hasta aquí, mas el caso es que aún desconociendo de un sentido integro de los acontecimientos aquí estoy. Mis recuerdos se me presentan disgregados, sin aparente hilo de unión entre unos fragmentos y otros, y a las veces hasta dudo de haberlos vivido yo mismo, u otra persona. Esto puede deberse al inevitable y raudo paso del tiempo, o también podría ser que hay en mí una suerte de error instrospectivo que me impide vivir las cosas para posteriormente recordarlas como se merecen. Pero, como todavía recuerdo alguna que otra cosa, y sé mas o menos dónde me encuentro actualmente, aquí voy a dejar escrito alguna que otra cosa antes de que se me desvanezca la memoria y pierda una parte de lo que soy. 


De mi padre nunca supe demasiado a decir verdad, pese a que en muchas ocasiones me han comparado con él. Por lo visto, su único logro fue ganar un concurso durante su mocedad de catar vinos, cuya única forma de resultar vencedor era adivinar cual era el vino mas valorado de los quince que se lo ofrecían. Además de catador de vino, tomaba en sus tiempos libres -que debían de ser muchos- todo tipo de alcohol y de licores hasta el punto que pasó de ser catador a un bebedor de renombre entre todos los bares de España. También era muy aficionado a las mujeres, ya que al parecer no le bastó con contraer un sólo matrimonio, sino que tuvo muchos, a los que vendría a sumarse la gran cantidas de ilícitas amates que adquirió entre matrimonio y divorcio, entre medias y durante. Así, pues, podría decirse que tuve muchos hermanos de los cuales nunca llegué a conocer ni a uno sólo. 


El único de los pocos recuerdos que tengo con él que me viene ahora a la mente, fue lo que quizás mejor haya descrito el transcurso de su vida. Y es que en cierta ocasión, me encontraba yo jugando con el barrizal de nuestro jardín. Al verme, él se puso de rodillas y me dijo: "¡Ay, desdichado hijo mío, esta vida es una pena constante. Por eso, lo mejor que un hombre puede hacer mientras dura esta fatigosa andanza es beber cuanto mas mejor, y aprovecharse de las mujeres que son todas unas arpías. Esto es lo único que puede ofrecerte la vida: placeres y alguna que otra modorra. Que no te engañen los moralistas y los que aparentan modestia, todos somos unos desgraciados, lo que ocurre es que unos lo dicen directamente como yo, y otros, lo hacen a escondidas" Obviamente, yo en esa época no entendí sus palabras, pero con el tiempo, comprendí a la perfección lo que quiso decir.


Mi infancia transcurrió con premura y llena de desdichas, mis únicos recuerdos mas amables son aquellos en los que estaba solo jugando y rehuyendo del mundo y sus gentes. En el colegio, se metían mucho conmigo debido a mis rarezas, y en el instituto poco mas de lo mismo. Al cabo, me ví forzado a aprender a defenderme como pude pese a que me llevase algún que otro pescozón. Aprendí que uno debe arreglarselas siempre solo, y que si uno contaba con un compañero de luchas y tristezas, siempre acababa por traicionarte por ganar popularidad en el patio. Respecto a los estudios, nunca fuí bueno porque jamás presté atención a una sola clase, a excepción de una ya entrada en el instituto donde el profesor nos habló de la equitación militar, y de los rangos que había en el ejercito. Me pensaba que acabaría siendo un soldado cualquiera que poco a poco iría ascendiendo, mas el tiempo me mostró que aún con mis arrebatos de extraña valentía cuando tenía que defenderme, generalmente era muy cobarde. Así que mis sueños y esperanzas juveniles fueron frustrandose poco a poco cuando la realidad se plantó frente a mí y me advirtió que nunca llegaría a nada importante.


Me quedé en mi casa materna hasta los dieciocho años cumplidos, ya que la vida allí era harto rara. Mi madre, acabó por juntarse con otro hombre, que aunque no era tan buen degustador de vino y mujeres como mi padre, tampoco se le quedaba en zaga. Ella, me daba el sustento material que consideraba necesario, y poco mas. A penas hablabamos, únicamente recuerdo un par de conversaciones, que por lo demás fueron bastante insustanciales, que debido a su escaso contenido no merecen la pena ni de reproducirse aquí. Se diría, pues, que ella estaba mas orientada a otros quehaceres ajenos a mi educación en lo que al alma se refiere, prefirió alimentar al cuerpo aún a sabiendas del hambre espiritual que pude sentir cuando mozo. Me acostumbré tanto a ese hambre, que la sensación de la pérdida de la de profundidad fue un hábito para mí. Supongo que algo parejo acontecerá a los niños en etapa de posguerra, o durante una hambruna generalizada, al principio, su estomago vacío les causará molestias, pero poco a poco se van habituando. Pues de igual modo me ocurrió a mí, pero respecto al alma.


Comencé a vivir en un pequeño barrio de Madrid, de cuyo nombre prefiero no hacer mención. Aquel lugar era bastante repugnante y no se encontraba en condiciones de ser habitable debido a su suciedad, mas poco a poco logré acostumbrarme como hacía con todo. Encontré un humilde trabajo en una obra donde cobraba una míseria, aún con ello me animaba a mi mismo pensando que trabajar en ello me dignificaría pese a que en mi fuero interno sabía que esto era mentira. Mi tarea consistía básicamente en cargar con ladrillos, cemento, materiales de obra y demás menesteres de un lado para otro, ya que como era aprendiz en los primeros tiempos me limitaba a observar cómo trabajaban los albañiles y a cargar con lo que otros debido a sus años no querían cargar por miedo a romperse algo, y así, perder su trabajo.


Mi vida en ese tiempo fue muy mónotona y rutinaria, cada día parecía el mismo día, uno tras otro los acontecimientos se me escapaban de las manos y yo no podía hacer nada. Vendí mi tiempo a otros por unas cuantas monedas, que después yo me gastaba en lo que me aconsejó mi padre, a saber: en vino y en mujeres. En esto último gastaba lo poco que tenía de tiempo libre y de lo que me sobraba de dinero, aunque otras veces -cuando me encontraba muy cansado y sin dinero- me limitaba a quedarme tirado en un sofá mustio y semi-roto, y miraba como una enorme acumulación de polvo era iluminada por la escasa y grisácea luz que entraba por la ventana. Podía tirarme las horas muertas en esta postura que pretendía ser meditativa, y en verdad bien podría decirse que tales horas -como las del resto de mi vida- estaban muertas, ya no sólo por salirme de la metáfora, sino porque yo estaba muerto en vida y no lo advertía. Tan distraído estaba con las ocupaciones laborales y mundanas, que no caía ni en la propia cuenta de mi condición.


Sin embargo, hubo un acontecimiento que iluminó cual ráfaga de novedad esta monotonía. Un día, de vuelta al trabajo me encaminaba al bar para tomar un par de baratas birras, y cuando me senté, ví frente a mí a la mujer mas hermosa que hasta entonces había visto. Era de mediana altura, ojos pardos velados por cierto misticismo, morena de tenues cabellos rodeados por tinieblas, sinuosas y recatadas curvas, esbelta y bien puesta. Al cabo, toda una auténtica mujer hecha y derecha. Así, pues, dándome aliento y valor a mí mismo, me acerqué a ella sin las acostumbradas cortesías, la besé olvidándome de saludar primero y dejé escapar de mis labios como si fueran un cúmulo de suspiros que ocultaban una rosa: "¿Te quieres casar conmigo?" Muda se quedó, mas contestó con un asentimiento con la cabeza en silencio, y desde entonces, esta fue mi mujer. 


Nuestro matrimonio durante los primeros tiempos transcurrió con la acostumbrada pasión propia de la juventud, y pese a que procuré enderezarme con el aumento de responsabilidades, esto me duró poco y volví a mis antiguos vicios. Ella me regañaba constantemente, mas de una vez me amenazaba alzando el brazo y profiriendo incontables insultos, yo me limitaba a apagar mis oidos, cerrar los ojos y reclinar la cabeza mirando al suelo, para cuando la bronca cesase retornar a mis infames costumbres. Aún con todo esto, y con la penuria empobrecida en la que vivíamos, teníamos unos fuegos interiores que apagar, y así lo hacíamos desfogandonos por momentos. Producto de tal incontrolable impetú, nacieron dos feminas criaturas muy adorables, de las que no lograba explicarme cómo habían podido salir de una ponzoña inmoral semejante. Al tiempo, incluso estos arrebatos pasionales, nos acabarón por cansar a ambos, quizás fuese por el olor a alcohol que salía de mi boca, o quizás también porque ella se cansó de regalarse ante mí con la remota esperanza de que dejaría algún día de gastarme el sustento mensual en los acostumbrados vicios. Debido a ello, no tuvimos mas hijas, y en el susodicho caso de que así hubiera sido, no sé cómo habríamos alimentado a las que fueran después, ya que tampoco sé a punto cierto cómo alimentamos a las que ya teníamos.


En todo caso, volví a intentar llevar una mejor y mas digna vida, problemente a raíz del nacimiento de nuestras hijas, así que me centré en intentar ascender en trabajo y en regresar al hogar lo mas antes posible. Creo recordar que esta renovada actitud me duró lo que vino a ser una semana, puesto que caí otra vez en el pecado al notar dentro de mí una sensación de agotamiento y languidez, algo díficil de describir que me acometía, junto a cierta pugna interna entre la buena conciencia que me aconsejaba que continuase en la senda del deber, y la tentación que me gritaba con iracundia para que volviese a caer. Y así fue, retorné a los acostumbrados vicios de siempre, bebidas alcóholicas y una lujuría desenfrenada que se calmaba a momentos una vez sofocada, para después volver con aún mas fuerza. Sin cesar, el pecado que emanaba de mi mismo cual castigo por mi condición cada vez era mayor, y yo, lloraba internamente y aparentaba de cara al exterior que me placía todo aquello. Tan oscuro es el mal del que somos participes, que no se límita a que insistamos en las malas afecciones, sino que se procura hacer parecer que son goces los que tenemos para evitar ser consolados por nuestros prójimos.


Ya hundido en el cieno y en la ponzoña, estaba de regreso a casa a las tantas de la madrugada, y me encontré una desagradable sorpresa, mi mujer estaba muerta. Se había suicidado colgándose de una mugrosa cuerda vieja, y dejó bajo sus blanquecinos pies una breve nota que decía así: "Me has robado la vida maldito ser inmundo, por tú culpa he perecido. Estabas hasta el cuello de fétidas tinieblas, y me has arrastrado a mí contigo. Yo ya había muerto en cuanto te conocí, aquella mirada y aquel beso fueron las flechas que traspasaron mi pecho. Me mataste en aquel bar, y desde entonces, he vívido como un alma en pena deseando salir de tu condena. Ahora, ya estoy condenada yo también, como tú y tu infame modo de vida. Sé, que aunque veas mi cuerpo aquí balanceandose y desfallecido, continuarás como hasta ahora, siendo quién siempre has sido." La última parte, me resultaba ilegible, debido a que estaba repletas de lágrimas que enturbiaron la tinta, y cierto temblor de las manos que provocó que pareciera en cursiva, mas creo que decía algo así como: "Nos veremos en el infierno" 


Reconozco, que tal suceso junto a la carta que le acompañaba, me dejó cuanto menos estupefacto y tremendamente conmocionado. Pero, al fin y al cabo, ella tenía razón. Este malestar interno con la búsqueda del consiguiente arrempentimiento poco me duró, y cuando quise darme cuenta, ya estaba de nuevo pecando, y cayendo en los vicios que heredé por parte paterna. Y pudiera ser, que aún con mayor intensidad, pues tan traumado me dejó la muerte de mi mujer que para intentar olvidarlo aunque fuera momentáneamente, le dí aún mayor rienda suelta a los malévolos vicios que ya en lo antecedente tenía. Insistía, insistía y me hundía cada vez mas, hasta llegar al punto que ya no reconocía mi propio ser, los recuerdos se me nublaban, aparecían las sombras y me perdía entre ellas sin encontrar un cúlmen a las mismas, ni el añorado descanso de una inocencia primera, puesto que como ella escribió en su nota, yo ya estaba condenado.


A partir de entonces, perdí la noción del transcurso temporal. Un día se parecía tanto a otro día, que ya no lograba distinguir entre unos y otros, era como si viviera el mismo día extendido infinitamente de cara a la eternidad. Mis recuerdos fueron tan parejos en este tiempo, tan exactos cual montaña de folios en blanco que se sobreponen sin lograr ver su cúlmen, que no considero necesario ponerlos aquí al parecerse tanto a lo antecedente. Lo único dispar que acontenció fue cuando me quitarón la custodia de mis hijas por abandono, cosa que me pareció sumamente injusta, ya que si bien no las cuidaba ni educaba como debiera al faltarles la figura maternal, yo jamás las abandoné. Al fin y al cabo, mas tarde o mas temprano, siempre estaba ahí aunque fuera sentado en mi sillón esperando algo que no encontraba, pero que nunca acudía a mí. Mas, no obstante, desde ese momento en que se las llevaron la supuesta protección civil y de las familias, para mi desdicha, no volví a verlas nunca mas, y a día de hoy sigo desconociendo su paradero, quizás porque ellas no se molestaron en buscarme al guardar tan mal recuerdo de mí, o también yo mismo por mi actual desgana. 


Ahora me encuentro aquí tirado, recordando y anotando en estos papeles sucios mis escasos recuerdos. Sigo esperando un ápice de esperanza, algo que me nutra de vida y me muestre el sendero ¿Pero acaso me queda algo que sea digno de ser recorrido? A estas alturas, lo dudo. Y mas teniendo en cuenta la mentira que ha resultado de mi vida, tantas carencias y miserias dadas por la mala fortuna y la nulidad de la voluntad propia, acaban haciendo mella en uno se quiera, o no se quiera. Pero en fin, supongo que ya es demasiado tarde para lamentarse y seguir divagando sobre estás cosas. Por mi parte, considero que ya he hablado y escrito demasiado, y ya es tiempo de callar dejado los recuerdos como algo préterito que por razón de su condición han sido relegados al pasado, a lo que ya pasó y nunca mas vuelve.


Creo que soy capaz de discernir entre todas estás neblinas y tinieblas nocturnas acumuladas que me circundan el final de lo que sería mi camino. Está todo muy oscuro, y estás sombras imprevistas no ayudan a ver con claridad. Siento algo que arde desde mi interior, comienza a hacer mucho calor y los latidos de mi corazón parecen que van a aumentar por momentos, mas poco a poco también van disminuyendo. Me falta la respiración, mi aliento se va entrecortando, y en esta sensación contradictoria que es gélida y ardiente, hallo el ocaso que desde los comienzos anduve buscando. Noto como mis párpados se van cerrando lentamente, y un extraño olor a azufre parece captar mi entaponado olfato. Hasta aquí llegó mi narración, no soy capaz de ver nada, y las letras ya impresas parecen que bailan al son de un canto fúnebre. Un requiém por mi alma suena, y advierto que esta es mi condena y a Dios gracias que ya todo acabó. Veo sin ver, escucho sin oír, pienso sin pensar propiamente, creo sentir algo, pero se me escapa de las manos...


lunes, 23 de noviembre de 2020

Sonetos para Esther

                                      -


Deleitate con mis caricias, amor mío,

estas pasan como lirios

que esparcidos, se plasman cual cirios

entre estos cristales en los cuales confío,


mas no temas, sustentate en este lío

de rosas rojas y negras, pasionales rios

que atraviesan portales fríos

pues has de saber que solo en amor fío


Así como nuestros corazones fundidos,

tan comprometidos como ardientes,

atienden a sus propias razones,


muchos nos tendrán por confundidos

¡Pobres de los que no saben de amores,

pues si supieran, nos tendrían por reyes!


                                     -


Oh, eres tú mi eterno amor,

formado entre millares de cosas bellas

de las que tú eres primicia entre ellas,

sutil e inhóspito fulgor.



Eres aquella que elimina todo dolor,

envidia de las mas altas estrellas,

 te mantienes silenciosa entre querellas

y no en vano vuelas en mi derredor


Terminantemente naciente y luciente,

sin excusa ni palabra que sobra,

mas obras cual fiel esposa,


tu hermosura en modo alguno miente,

pues basta a quién te nombra

para recordar tu imagen preciosa


                                    - 

Somos y estamos sobre un espacio

reservado a la amorosa esencia,

ambrosía angelical, divinal delicia

que merece ser degustada despacio,



así cual cabello enredado y lacio

se aposenta en la deseosa milicia,

quietud del instante, permanente caricia,

amado manjar del que nunca renuncio



Con paciencia me tumbo en tu regazo,

teniendo sumo cuidado con cada tacto

dejado como quién posa un pedazo



de su alma sobre fino lino, mientras tanto

nuestros espíritus encarnados enlazo

bajo aquellos eternos hilos que siento.


jueves, 13 de agosto de 2020

Sobre la escritura

A la hora de comunicar por escrito los pensamientos pueden darse diversas díficultades y ambigüedades, las mas sencillas y reconcentradas pudieren ser la escasa claridez de conceptos de su autor, o una anomalía en el entendimiento del lector, quizás parte de ambas cosas. Es preciso recordar una verdad perceptiva e intelectual que nunca está de mas volver a traer a la memoria, ella nos índica que el entender -el acto mediante el cual el entendimiento ejerce su función, y entiende de aquello de lo que se escribe o se habla- consiste en la acomodación del entendimiento con el objeto, y del que nace el concepto. Es decir, mediante los sentidos primordiales -en su mayoría la vista, pues la visión es de estirpe divina- se capta aquello que posteriormente se percibe, y de ahí el entendimiento lo abstrae y lo eleva al concepto, lo cual después se pasa a escrito para comunicar a los demás ya no sólo lo que se ha percibido, sino también el concepto que conlleva inscrito en su seno. Por ejemplo, veo una alondra sobrevolando el tejado de mi casa, y contemplandolo infiero que lleva una rama en su pico, y entonces escribo: "La alondra vuela fugazmente sobre la superficie de mi hogar, y por lo que parece va buscando donde anidar" Como puede verse, mientras se lee, pasan en el entendimiento imagenes, que posteriormente pasan a ser concepto, y uno además que nos advierte el orden natural, y concretamente, las causas y los efectos.

Muchos suelen usar de lo enrevesado para comunicar un despilfarro de pensares sueltos, mas ha de saberse que el buen decir no por ser luengo y extenso queda mejor dicho, normalmente acontece lo contrario, puesto que lo conciso habla suficientemente de sí. Mejor agudizar la intensidad que no la extensión, pues la intención se mostrará con mayor razón de ser, que no cubierta por un manto inventado. Es preciso reconcentrarlo todo sobre el concepto, afinarlo y pulirlo de accidentes en demasía que nos alejan de lo central, de la esencia que se comprende al penetrar el núcleo del asunto. Ello tampoco quiere decir, que haya que eliminar todo el decoro de una prosa elegante y que conoce de laberintos, y que usando de ellos nos llevan al tesoro recóndito, pero tampoco es lo suyo cargar de sombras y oscuridades aquello que debe asemejarse a la claridez y a la luz. Normalmente esto ocurre en los escritos académicos, los cuales se cargan de tecnicismos, y se establecen una serie de páginas como máximo o mínimo, que provocan un ambiente hostil y de confusión. Quienes usan de estos formatos, si algo son capaces de transmitir es su confusión y perplejidad hacía lo que no entienden, y ello obviamente nos provoca que nosotros tampoco lo entendamos, se diría que nos meten en una cueva muy oscura y luego tienen el descaro de no mostrarnos la salida.

Hay veces que es necesario dar vueltas a un asunto que tiene su complejidad, mas también se deben dar atajos lúminicos que permitan que el lector tenga atisbos del concepto al cual el autor quisiera llevarle, para que así la conclusión atienda a un precedente, a su desarrollo, y a su cúlmen. Así como los entes tienen su substancia, así también los asuntos que versan sobre las cosas comprenden de una esencia, de un orden de coherencia que quién escribe debe dar a entender para dar profundidad de concepto e íntima comprensión del asunto que usa de un cúmulo de conceptos, y siempre del particular al universal, jamás a la inversa. Creo que no es necesario advertir, que si quién escribe no ha entendido en su totalidad las vicisitudes de aquello sobre lo que escribe, lo mejor que debería hacer es callarse, y esperar a comprender mejor sobre aquello que escribe, como bien ocurre hoy día que mucho se escribe sin enterarse el propio autor de lo que está escribiendo, ni mucho menos a dónde quisiera llegar.

La escritura bien pudiera asemejarse a los rastros que podríamos encontrarnos en una senda que todavía nos es desconocida, y que recorremos con tiento. Ahora bien, no nos parecería acertado que se nos velase, pues el camino ya es, conviene a quién escribe delinear la verdadera senda en vez de la errada. No me refiero a que nuestra tarea sea meramente descriptiva, sino que muy al contrario esta debería ser la de desterrar lo que se encuentra profundo, y que gracias a los matices claros que nos presta el sol con la ayuda de nuestros propios ojos, se conozca el núcleo de aquello que procuramos explicar, aquello que queremos dar a entender, y que lo hacemos porque lo entendemos, y así se lo queremos comunicar a otros.

De todo lo dicho, adolecen mucho los supuestos escritores de nuestro tiempo en comparación a los inmortales clásicos -tanto latinos como griegos, como así nuestros clásicos renacentistas y del barroco- que pensaban mucho antes de decir lo que llegarían a escribir, y que afinaban y reconcentraban el concepto para mejor darse a entender. Primero se daba la experiencia, la cual se resolvía en sus andanzas diarias y en su contacto con el mundo, extrayendo lo que de espiritual tienen las vivencias, y ya posteriormente, escribían aquello que habían averiguado en torno a lo experimentado, dábase el objeto para después llegar al concepto. Y así ocurre -y no es extraño- que quién profundiza en la cosmovisión de los antigüos, además de adquirir un mayor sentido común, suele ser mas ordenado a la hora de vivir y de escribir, comprende de un sentido aparejado con el orden que es debido, agudiza la razón natural, y esto podría llevarle a Dios desde el entendimiento, cuyas obras darían testimonio de una comprensión ya vivencial de la razón revelada, y con ambas, ser hombre de inteligencia y de bondad acorde con lo establecido por el Señor.

Como apunte final, advertiré que no solamente importa lo qué se dice, pues también se ha de atender a cómo se dice, tan importante es lo que es como el modo en el que se da lo que es, ya que sin un pulido modo en el que referirse, nos será mas complejo acceder a la concreción de lo que se es a través de la escritura. Nuestro modo de conocer tiene sus particularidades como hombres dotados de una razón natural, lo que tampoco quiere decir que debamos hacer incidir a los objetos tal y como son percibidos, como si nuestro entendimiento legislase sobre algo, o nuestra percepción antecediera a lo que primero ha de ser captado, lo que debiera hacerse es usar bien de nuestra razón y acomodarla a lo natural, a lo que se da de manera que lo que transmitamos sea lo mas fiel posible a lo que se nos muestra ante los ojos. No sería justo establecer fronteras donde se dan cercanías, no nos distanciemos del mundo, cuanto mas aparejados estemos a el, mas acomodaremos al entendimiento con sus respectivos objetos, y por ende, los conceptos se nos mostrarán mas nítidos y en este sentido, mas perfectos. Es esta una tarea que requiere de esfuerzo, de un arduo estudio que dura toda una vida, y de la que al cabo no sabremos si saldremos ilesos al menos desde la materia, ya que el espíritu comunicará según acontezca cuando nos llegue la hora postrera de nuestra vida terrenal, no así de la eterna que siempre perdurará. Sea así dicho, y sentenciado.