domingo, 8 de mayo de 2022

Gisela

 


Cuando Gisela nació todos atestiguaban que jamás habían visto un bebé tan hermoso. Ya en su cuna, todos la rodeaban asombrados cual si adorasen algún tipo de deidad. No entendían que tipo de influjo ejercía ese bebé sobre todos ellos. Pero el caso era que se sentían atrapados nada mas contemplarla. No sólo por la visión de su imagen en sí -lo que ya era suficiente para dejarles a todos hipnotizados como si se tratase de un milagro-, sino también por el aroma que desprendía y los tenues quejidos que emitía. Era tal su potencia que todos se sentían inevitablemente inclinados a admirarla con independencia a sus sentires personales. Fijaban su mirada en ese bebé, y ya estaban insertos en su influjo.


En la medida que Gisela fue creciendo, ese influjo sobre los demás no dejó de aumentar. Ya siendo niña esa incondicional admiración era repartida a partes iguales entre otros niños y mayores. Cuando Gisela pedía algo, cualquier tipo de nimiedad, todos atendían generosamente a sus ruegos. Era como si su voz naciera de algún arco celestial que se presentase de repente, y que, al ser escuchado por quién estuviera presente debía de ser perseguido cual si fuese un arcoiris que llevase a algún tesoro maravilloso. Y así, todos la prestaban atención y la seguían allí donde fuera acuciados por sus palabras infantiles.


Gisela fue creciendo. En el instituto experimentó un cambio. Pudo darse cuenta ella misma cómo aquella admiración pura e incondicional de su ser se fue transformando poco a poco en mero impulso carnal. Ya la gente -sobre todo los chicos- no la veían como algo que mereciese ser adorado, sino mas bien como algo que debería ser mancillado. Quizás no lo pensasen así. Pero, en realidad, es lo que acontecía en sus interiores. Ya no se quedaban admirados ante ella, boquiabiertos en espera a los deseos que ella profiriese de sus delicados labios. Ahora ellos escuchaban solamente sus propios deseos, y la contemplaban como un diablo contempla una estatuilla de la Virgen María. Es decir, como algo que corromper y degradar para burlarse de instancias superiores.


Un día, durante los últimos años del instituto, justamente cuando estaban haciendo un examen de literatura universal, a Gisela se le escurrió el lápiz de entre los dedos y tuvo que inclinarse desde la mesa en la que estaba sentada al fondo para recogerlo. Sin embargo, el lápiz en cuestión se encontraba un tanto alejado desde donde podía alcanzarlo con facilidad. Así que tuvo que hacer un mayor esfuerzo para llegar hasta el. Esto provocó que el pequeño escote juvenil que portaba, se desanchara lo suficiente para mostrar gran parte de sus máculos y blanquecinos senos. Algunos muchachos al verlos, empezaron a susurrar algunas cosas sucias y degradantes. Ello produjo que Gisela se pusiera roja de vergüenza, y que, a pesar de estar en un examen, saliese corriendo y llorando de la clase.


Cuando terminó el instituto, no sabía que hacer. No era una chica tonta. Pero tampoco lo suficientemente ingeniosa para decidir por sí misma. Sus notas no eran ni muy buenas ni muy mediocres, lo que acrecentó su indecisión. Así que se dejó llevar por lo que otros la aconsejaron, y empezó a trabajar en una tienda de donuts caseros. Al principio, sus compañeros la trataron con respeto. Mas con el tiempo, y la supuesta confianza que la gente se atribuye a sí misma, ese primer respeto se desvaneció. Los hombres la dirigían palabras soeces y chistes blasfemos, alguna vez la pellizcaban algún pecho con una socarrona risotada o la azotaban en el culo con gracia. Y las mujeres, cuchiqueaban a sus espaldas y la lanzaban supuestos elogios envenenados que traslucían su envidia. Toda esta situación desagradó tremendamente a Gisela.


Los acontecimientos la hicieron meditar sobre sí misma. Pensaba, que, no tenía nada mas que ofrecer al mundo que no fuera su hermosa apariencia. Antes cuando era niña pensaba equivocadamente que su belleza nacía de algo más interno, que el núcleo dónde nacía y radicaba la admiración de los demás era algo que trascendía a su propia condición corporéa. Y que las nefastas situaciones que se dieron en su adolescencia, se debían más a las malas intenciones de los demás que a sí misma.  Sin embargo, al cumplir mas edad y viviendo mas de esas situaciones degradantes, cayó en la cuenta de que ella era una cáscara vacía. Una hermosa cáscara, de un aspecto lozano. Pero una cáscara al fin y al cabo que no tenía nada más.


Con el tiempo, un amigo de un amigo la recomendó para un trabajo que le aseguró que le iba a hacer ganar mucho más dinero que hasta entonces. Ella, sin preguntar nada más, aceptó. Cuando fue al lugar indicado, se percató de que había algo extraño ahí. Y así fue, efectivamente. Se trataba de un burdel. Al darse cuenta, se horrorizó. Mas, luego pensó: "Bueno, después de todo es para lo que valgo. Tengo unos buenos senos, un buen culo y muchas curvas. Supongo que no puedo pedir más." Al final, aceptó.


Sus primeras experiencias en el burdel  fueron repugnantes, aunque suaves en comparación a otras posteriores. La mayoría de sus primeros clientes eran hombres arruinados y borrachos que no encontraban otra satisfacción en su vida que no fuera la de entregarse al alcohol y a las mujeres. Y si combinaban aquellas dos cosas a la vez, tanto mejor. Gisela normalmente se quedaba tumbada en la cama sin moverse casi nada, dejandose hacer y manejar cuanto quisieran sus clientes como si se tratase de una muñeca inflable de carne y hueso. Casi siempre cuando acababa su ronda de servicio, se iba al baño a vomitar y a proferir innumerables sollozos mientras lo hacía. Desde su perspectiva, podía ver cómo las lágrimas se intercalaban con su vómito.


Esta situación provocó que Gisela adelgazara considerablemente, lo cual hizo que perdiese sus curvas y su carne rolliza. Esto enfadó al encargado del burdel, y sus continuas regañinas y violaciones hizo que Gisela le pidiese continuamente que la dejase salir se ahí. Sin embargo, no podía. El encargardo del burdel aseguraba que ella le debía dinero debido a las pérdidas que había tenido en los últimos tiempos por su culpa. Cada vez que esta disputa se daba, Gisela no dejaba de llorar. Lloraba tanto que hasta había dejado de maquillarse, y la piel de sus mejillas se encontraba levantada y áspera.


A partir de entonces, los clientes que pedían sus servicios eran unos auténticos engendros sociales, la verdadera máscara que aunaba fealdad y maldad. Ya no sólo es que fueran horribles exteriormente por tratarse de ser unos viejos sin escrúpulos o unos cuarentones gordos y picados por la viruela, sino porque la obligaban a hacer todo tipo de cosas profundamente denigrantes. Casi siempre la pegaban palizas de las que sorprendía que saliese con vida y la pedían que se pusiese de rodillas para rogar por su vida. Gisela llegó a un punto en el que se insensibilizó completamente, tanto externa como interiormente. Sólo sentía los pinchazos que la daban cuando la inyectaban medicina en el hospital. Al que solía acudir cada dos semanas debido al estado cádaverico en el que se encontraba.


De entre todos sus clientes, los cuales podían ser cuarenta desquiciados distintos cada semana, sólo uno la trataba medianamente bien. Era un hombre que llevaba unos cinco años sin trabajar, a consecuencia de lo cual fue expulsado de su casa y alejado de sus hijos. Su mujer le pedía una manutención que por motivos obvios nunca llegaba, y que a su vez, se incrementaba en forma de deuda. El poco dinero que conseguía era rebuscando en la basura aparatos que podían ser reparados, y que vendía a chatarreros. Ello le permitía comer pobremente, y desfogarse con prostitutas una vez a la semana. Es así como conoció a Gisela.


Se encariñó tanto con ella que a veces sólo pagaba sus servicios para verla. Este fue el único cliente con el que hacía el amor de vez en cuando. Al terminar, solía recostarse sobre su pecho mientras él la acariciaba una espalda completamente demacrada y llena de magulladuras. En esos instantes de sosiego, él la prometía que cuando consiguiese un trabajado digno y pagase todas las deudas que tenía pendientes con su mujer y sus hijos, la sacaría de ahí y vivirían juntos. Ella, al escucharle, se enternecía y por primera vez lloraba de felicidad. Le latía tanto el pecho de alegría, que él al darse cuenta, la abrazaba con fuerza mientras insistía en sus promesas de amor.


Esto le dió a Gisela la suficiente fuerza para soportar las diferentes vejaciones que le llegaban por parte de todos los demás clientes. Sin embargo, aquel cliente al que ella consideraba su primer y verdadero amor, desapareció sin dejar rastro. Y aunque intentó por todos los medios posibles informarse acerca de lo que le había pasado, o de su paradero, no consiguió averiguar nada. Aquello la entristeció profundamente, la condujo nuevamente a su impasibilidad extrema. Sólo un sentimiento de inmensa pena afloraba en sus labios resecos y en sus ojos enrojecidos mientras era sometida a los actos tortuosos de sus clientes. Un sentimiento, que, se cristalizaba en forma de lentas lágrimas que se deslizaban de su semblante al suelo sin cesar.


Un día ocurrió algo que no estaba previsto en el guión de una prostituta. Un cliente pagó por ella una suma de dinero tan inmensa que el encargado del burdel se quedó bastante sorprendido. Obviamente tal cantidad de dinero no se debía a una generosa donación. Pretendía sacar del burdel por un día a Gisela, y además, tener plena libertad para hacer con ella lo que quisiera. El encargado aceptó con una sonrisa que reflejaba en sus dientes el vago esplendor del dinero. Así, pues, el cliente se la llevó y se fue con ella a una zona bastante lejana de la ciudad.


Una vez llegarón ahí, Gisela vió que se trataba de una especie de apartamento abandonado. Nadie parecía haber vivido en aquel lugar desde hace mucho tiempo. Nada mas llegar, el cliente la ató por ambos brazos con una cuerda sucia. Y, cosa extraña, no la violó en ningún momento ni abusó sexualmente de su cuerpo. Simplemente se limitó a dejarla colgando mas o menos durante un par de horas. De repente, cogió una fusta y comenzó a azotarla durante otro par se horas. Lo restante del día se lo pasó de ese modo, dandole golpes con diferentes utensilios, tanto de cocina como herramientas para el hogar.


Al final, poco antes del atardecer, se cansó de golpearla y se la llevó a un acantilado que lindaba con un río. Completamente desnuda y mirando al cielo, la rodeó con sus brazos y la asestó unos diez navajazos en ambos costados. Comenzó a salir sangre abundante, y Gisela cayó desplomada al suelo. El tipo en ese momento, se dió media vuelta y se largó.


Mientras tanto, Gisela permaneció mirando al cielo en tanto que notaba la sangre fluir por todo su cuerpo desnudo. Desde sus fatigadas costillas, sentía como la sangre se derramaba sobre malas hierbas completamente secas. Con su vista fijada en el cielo, notó cómo el mundo y ella se iban fundiendo en uno solo. Ya no había frontera entre lo externo y lo interno. Las impresiones y las sensaciones eran exactamente lo mismo que los pensamientos y los sentimientos. Ya nada importaba porque el todo era la nada, y viceversa. En el cielo del crepúsculo encontró el sentido a toda su vida, junto con las disculpas que necesitaba. Y finalmente, logró perdonar.


Con los labios entumecidos y tembloros, no pudo evitar que de sus verdes ojos nacieran abundantes lágrimas, que, al igual que la sangre, regaron el reseco terreno. Cerrando aquellos ojos por última vez, suspiró y dijo:


- Por fin sé lo que es la belleza. Todo es sumamente hermoso.


miércoles, 13 de abril de 2022

La virgen de la fantasía

 Madre... Padre... Sé que os he fallado. Sé que os he fallado irremediablemente. También sé que os esperabáis otra cosa bajo la idea de tener un hijo. Imagino que rondaba en vuestras cabecitas que tener un hijo era algo parecido al quehacer de vuestra existencia, que tener un hijo era algo así como una prolongación de vuestro ser que sobrepasa vuestras propias metas. Algo así como una especie de sujeto mejorado que cumple aquellas cosas que vosotros no fuistéis capaces de conseguir por los motivos que fueran. Pero ha resultado todo lo contrario. Yo he supuesto un descenso respecto a lo que soís vosotros mismos. Un descenso abismático que cabría de calificar como una desgracia, una perdición, una vergüenza, algo que jamás debió de llegar a este mundo.


Sin embargo, yo no pedí nacer. No sabía quién podría llegar a ser por carácter y circunstancias. Y si lo hubiese sabido, quizás me lo hubiera pensado dos veces. Aunque bueno, tampoco sé a ciencia cierta lo que hubiese decidido. Pero el caso es que al final lo hice por no se sabe cuales misterios. Y aquí estoy para decepción vuestra. Siento que hayáis sufrido tanto por mi culpa, que sintáis vergüenza sólo con pensar en mí y que os dé por sentiros inútiles al haberme dado vida a mí, un desgraciado que os ha defraudado.


El motivo de esta breve y concisa carta no es solamente el de disculparme por cómo he sido, sino también el de explicaros algo interno, algo profundo que da razón de ser a mis móviles, y por lo cual, a mi existencia misma. Puede que no lo comprendáis del todo, puede que os sintáis aún más avergonzados o hasta es posible que os tiréis de los pelos desquiciados sin entender nada, y además, furiosos por ello. Pero yo no puedo hacer nada que no sea el de explicaros quién he sido. Es este mi ejercicio empático y de compasión hacía vosotros. El único que puedo albergar, y que ahora os lo muestro desnudo, sólo para vosotros. De las consecuencias de esto, yo ya no me hago cargo.


Desde mis comienzos como ser humano siempre ha habitado una contradicción dentro de mí. Es más, podría decir que la contradicción -junto a la incomprensión- ha sido mi mayor aliada en esta existencia mía. Siempre quería y no quería, deseaba y no deseaba, aceptaba y rechazaba, afirmaba y negaba, iba y volvía... En fin, me sentía en una cuerda floja suspendida en un inmenso foso y cuyas caídas a derecha e izquierda eran totalmente diferentes. No sabía a qué lado inclinarme porque ambas opciones me parecían lo que eran, es decir, caídas. Entonces, me quedaba suspendido en el medio. En un estado de inacción dónde no llegaba a caer, pero tampoco me levantaba. Simplemente estaba ahí, en suspenso mientras los demás comentaban que estaba cayendo perpetuamente, y cada vez más hondo. Yo no lo consideraba así. Sólo me había quedado quieto, esperando.


Es por eso quizás por lo cual suspendí tantas asignaturas tanto en el colegio como en el instituto. Siempre estaba esperando a no sé sabe qué. Aunque en mi fuero interno yo sabía a lo que esperaba: a que la cuerda por sí misma se torciese a un lugar y yo no tuviera que decidir. Mas no obstante, en el supuesto de que esto hubiese ocurrido, probablemente en el último instante, yo me hubiese torcido a próposito en dirección contraria. Entonces, habría equilibrado la balanza. Me hubiera quedado en suspenso, esperando. Y así, eternamente. Quería y no quería estar así, aquí aparece nuevamente mi fijación por la contradicción.


Otro elemento que siempre me ha acompañado ha sido la incomprensión. Esta incomprensión ha sido debida a que mi fuero interno siempre ha permanecido cerrado, hermético al mundo externo provocando así sólo perplejidad en las miradas de las gentes. Yo, desde el instituto, me quedaba quieto en el sitio, imaginando un mundo totalmente aparte en el que yo fuera una suerte de protagonista de una saga de películas con una trama bastante oscura. Y mientras yo permanecía inmerso en esa fantasía de adolescente, de cara a la galería era simplemente un chico callado, tímido e instrospectivo. Mas en mis sueños, la cosa era bien distinta: era muy extrovertido, valiente y capaz de lo que fuera. Y ahora decidme: ¿Quién era real ahí? ¿El que habitaba los oscuros reinos de la imaginación? ¿O el que permanecía impérterrimo a los ojos de los demás? Si la personalidad se fundamenta en lo interno, es fácil adivinar que la primera pregunta dá con la respuesta. Pero ¿No son las apariencias las que gobiernan en este mundo? Entonces, en ese caso sería la segunda. Como no me aclaro en lo que a esto respecta, lo dejaré así.


Con el tiempo, este carácter contradictorio e incomprensible mío acabó mutandose en una mezcla entre un impulso frénetico de manifestarme, y otro de esconderme para no salir jamás. Es así cómo durante mi tardía adolescencia había veces que pasaba días y días fuera sin que nadie tuviera noticias mías, y otras veces, permanecía encerrado en casa con ese mismo resultado. En el primer caso, pasaba tardes y noches enterras borracho y haciendo cosas indecentes con esos demonios denominados mujeres. Mientras lo hacía, de cara al exterior sonreía con cierta malicia. Pero, de cara a mi interior, lloraba sin remedio. Aún así, no podía parar de beber y de ofrecerme a efímeros placeres sensuales. Estaba desatado, como desatada estaba mi alma sin ya el sostén de una cuerda que la mantuviera en suspenso. Simplemente, flotaba en un mar de alcohol barato y de senos desgastados.


Retornando al tema de mis fantasías, estas se evaporaban nada mas nacer. Rara vez había una secuela a estas imaginaciones mías, hasta se me olvidaban horas después de maquinarlas. Sin embargo, he de reconocer que me mantenían bastante entretenido. No sólo durante mis infructuosos estudios o en los días enteros que me quedaba solo en mi habitación pensando sin pensar, también cuando estaba ebrio o frente a un cuerpo fenemino desnudo, acudía a mi mundo interno. En esos momentos, sentía reverberar algo en mi corazón, sentía una agitación proveniente de mi mundo interior, una excitación tremenda que me desconectaba del mundo externo -independientemente de lo que estuviera pasando ahí- y me entregaba a la bruja de la fantasía. Y cuando lo hacía, ya nada importaba. Encontraba un refugio y hasta cierto punto un sentido.


Este sentido animado por el sinsentido -nuevamente, otra contradicción- era una especie de esperanza efervescente. Algo que pese a que aparecía constantemente, sólo calaba en mí cuando el desenfreno externo era innúmero. Es entonces cuando a la imaginación se la dotaba de una orientación cuasi-mistica en la que se le presentaban los milagros. Yo me agarraba a ellos como a una salvación venida de un mundo más alto, como si se tratase de algo que aunque fuera mundano estuviera revestido de un halo milagroso. Esos fugaces momentos quizás fueron los más importantes de toda mi vida.


Sin embargo, como apuntaba en el párrafo anterior, para que estos instantes milagrosos se dieran, tenía que haber en el mundo exterior mucho ruido. Pasaba todo lo contrario a quién medita, que requiere un silencio y una concentración dentro del mismo que necesita de la calma. Yo, en cambio, tenía que estar saturado, rodeado de una sucesión de impresiones interminable. Es ahí cuando agobiado por la ebriedad, la lujuría, la rapidez del paso del tiempo, el sin fin de imagenes vistas en una panorámica demasiado alta para mí aparecía la virgen de la imaginación. La cual, me conducía por derroteros tan hermosos como impensables cuyos pasajes ya sólo quedan a fragmentos en mí.


Quizás todo esto os parezca demasiado abstracto, muy cargado de conceptos y nada claro. Pero para mí es más simple y luminoso que el sol de cada mañana. A pesar de surgir esta iluminación mundana y carnal de valles cargados de tinieblas y neblinas, al final siempre nace un rayo de luz que le dota de sentido al nihilismo más extremo. Después de tanto tiempo pérdido, de tantas horas meditando sin extraer ningún pensamiento, de simplemente contemplar sin lograr ver nada, en medio de la pobredumbre y la decadencia más intensa -como suelen clasificarlo la mayoría de las personas comúnes- he encontrado la salida al atolladero que ha supuesto mi existencia. Y no es otra que la muerte.


¿Cómo llegué a tal precipitada conclusión? Muy sencillo. Si en los momentos mas oscuros de mi existencia, cuando estaba rodeado de todo aquello que se supone que no debía hacer, encontré de un sentido lúminico en medio de la bruma más oscura ¿Que otra cosa que no sea la muerte puede conducirme a que ese sentido sea inmutable, se quede estable sin olvidarse? En ese caso, he de suponer que la virgen de la fantasía me conducirá por ese largo sendero hasta la iluminación mundana sin que se llegue nunca a un fin ¿No es eso la eternidad? No importa, en todo caso sería mi particular eternidad cuya diosa no será otra que la imaginación.


He de reconocer que os he engañado un poco al principio. Escribí que esta carta no tenía otro motivo que no fuera el que tengáis una mayor comprensión de mí. Y al final, ha terminado siendo una carta que ha usado de ese pretexto para comunicaros que voy a morir. Aunque, pensandolo mejor... Tampoco es un engaño como tal. En verdad, que haya encontrado un sentido a mi vida por medio de la muerte gracias al poder y a la influencia que ha tenido en mí la imaginación es la mayor forma de comprenderme. Mas, en todo caso, así va a ser. Pienso morir. 


Sé que no lo comprenderéis, y lo lamento. Como igualmente lamento todos los disgustos que os he dado. Pero, al cabo, todos estos torcidos senderos me han conducido a esta parada, la última para mí. Al fin he encontrado una razón de ser, de existir en la ausencia de toda existencia. He visto la doble cara de la moneda, he comprobado que el mal convive con el bien, que la vida se resuelve en la muerte y viceversa, y que dentro de todo impulso de aceptación de los fenómenos hay una quietud que hace cesar todos los acontecimientos. Ahora por fin lo sé. Y eso me otorga de una calma y una plenitud pareja a la que pudiera tener un monje zen en los últimos instantes de su vida, una vez que ha comprendido el sin sentido de todo, y aceptandolo, paradójicamente ha llegado a una comprensión del mundo a partir de la negación del mismo. Algo similar me acontece a mí, pero a partir de las raíces de este mismo mundo. Negandolo y afirmandolo a su vez, fiel a mi espíritu contradictorio e incomprensible.


Creo que ya puedo atisbarlo. Todavía continúo con vida, sí. Pero escribiendo sobre estas cosas, recordando momentos sombríos e infames, puedo palmar superficialmente lo que me espera una vez que mi vida llegue a su fin en brazos de la muerte. Sí, puedo verlo. No con la suficiente nítidez, por otra parte. Mas, aún con ello, la virgen de la fantasía me hace señas desde la lejanía. Yo ya no puedo escribir más porque estoy temblando, y no tengo otra cosa mejor que hacer que acudir a su llamada...

domingo, 20 de marzo de 2022

Helecho

 Llevo un año y medio siendo un vegetal. La verdad, es que no tiene sentido cómo llegué a ese punto. Un día estaba paseando de vuelta a casa, me dió un calambre muy doloroso que me recorrió todo el cuerpo y me quedé en el sitio. Tiempo después me enteré vagamente de que tuve una especie de derrame cerebral. Y desde entonces, estoy quieto como un helecho en la sala de estar de mi casa o dónde me dejen.


La gente se equivoca conmigo. Piensan que soy impasible, que no siento nada y que me es indiferente el dolor. No es así. Todavía sigo sintiendo las cosas desde mi interior con intensidad. Lo que pasa es que no soy capaz de exteriorizarlas. Puedo sentir la alegría, la tristeza, el enfado, la sorpresa... Pero ni de mi semblante ni de mi boca brotará una risa extridente, un cúmulo de lágrimas o algún grito. Como mucho, mis ojos reflejarán una vidriosidad diferente, mas aguada o seca dependiendo de lo que sienta. Pero a parte de eso, no soy capaz de expresar al mundo nada. Mas, como he dicho, eso no quiere decir que no sienta nada.


Todavía sigo vivo. Habito en este mundo, aunque sea de manera diferente. Estoy aquí observando a todos sin poder moverme. Me siguen afectando las cosas, hay reacciones en mí dependiendo de las circunstancias y deposito mi querencia o mi rechazo hacía alguien dependiendo de la influencia de mi corazón. Es una pena que nadie se dé cuenta. Que me tomen como alguien que simplemente está ahí, como un mueble... Pero en ese "estar ahí" aún hay un pecho que palpita, alguien con una personalidad y un carácter definido, una persona con sus mas y sus menos, que pugna por la vida a su manera y que teme a la muerte de alguna forma...


De hecho, esta incomprensión hacía mi estado actual y falta de esperanza en mí llevó a mi mujer a dejarme abandonado. Tuve que regresar -o mejor dicho, me obligaron a regresar en contra de mi voluntad- a casa de mis padres. Llevaba menos de cinco meses conviviendo con mi pareja, y ella, aún con tres años de relación, pensó que yo ya no estaba ahí, que era una mera cáscara, un cuerpo inerte que reflejaba la imagen de su marido como si fuera una fotografía en tres dimensiones, y me dejó ir. Eso me hizo sentir como si me hubiese caído a un abismo, y a pesar de gritar con todas mis fuerzas, decidieran que ya no merecía la pena seguir buscando. Es bastante desalentador y angustioso.


Y digo esto no por quejarme de que volviera a vivir con mis padres y de sus excelentes cuidados, sino para señalar la falta de empatía y de comprensión de la que fue mi pareja. Sin embargo, mis padres aunque me cuidan y me mantienen con vida, tampoco logran comprenderme. Hay veces que ni me hablan, se me quedan mirando con lástima, lloran un poco y después vuelven a sus tareas. Especialmente, mi padre se me queda mirando con esa mirada perpleja, en apariencia vacía, que no apunta a ninguna parte. Me siento como si fuera un objeto que está en medio y que le impide mirar al paisaje que está tras la ventana. Por eso se queda inexpresivo, se resigna a que ese objeto es demasiado pesado para ser apartado. Y permanece ahí, tal cual está mirandome sin mirar a nadie.


En esos momentos, me dan ganas de levantarme de mi maldita silla y gritarle que sigo vivo, que aún no ha perdido a su hijo, que pese a que esté babeando y en mis ojos se acumulen lágrimas salobres, eso es porque lloro interiormente. Al igual que cuando mi madre me mira apenada, cual si fuera la piedra que protege la tumba de su hijo muerto. Quiero inclinarme hacía delante, abrazarla y decirla que sobreviví a los calambres dolorosos, que ahora he regresado a casa y que no hay nada que temer. Pero no puedo. Intento mover mi cuerpo, y no me responde. Si lo hiciera, las cosas serían muy distintas.


Por ejemplo, en vistas a que no puedo moverme, me gustaría al menos poder hablar y dejar de proferir esas llamadas de atención ahogadas por mi propia garganta. Así podría pedirles que por favor me dejasen contemplando la ventana, viendo así como la naturaleza sí es capaz de expresar su vivacidad con el movimiento de las cosas. A diferencia de mí, que he de quedarme con todo dentro. De tal manera, podría imaginar que yo no soy el que soy ahora, que en un tiempo fuí un hombre como otro cualquiera, y que ahora me he reencarnado en el pajarillo que tengo en frente. Eso me haría un poco feliz. 


Pero siempre me dejan contra la pared, observando la misma estancia de siempre que ya me sé de memoria. En medio está una alfombra redonda color carmesí, a los lados un par de armarios empotrados, en frente un estante cargado de enciclopedias y arriba una lámpara antigua de la que sólo funciona una bombilla. Es siempre lo mismo. Y no me meto en detalles porque resultaría aburrido. Ya bastante anodina es mi vida de por sí. 


En ocasiones, hay veces que fantaseo con la idea de que mi mujer vuelve a recogerme. Arrepentida por su error, procura enmendarlo y me trae de vuelta a casa. Aparece delante de mí, sobre la alfombra carmesí abriendo sus brazos con una sonrisa impresa en sus labios. Yo, entonces, por un resorte milagroso me levanto con abundantes lágrimas en los ojos de felicidad para regresar así a su lado. Mas, al momento, mis parpados se entornan ligeramente y me doy cuenta de que mientras miraba embobado el paisaje casero de siempre me había quedado dormido. Después, me siento aún ya mas desgraciado de por sí. Ya no sólo porque no soy capaz de mostrar a los demás lo que pienso y siento, sino además porque ella nunca volverá.


Desde que estoy en esta situación que se está eternizando, nunca ha venido a visitarme. Es mas, nadie ha venido a visitarme. Ni siquiera aquellos que en otro tiempo se consideraban mis amigos, se han dignado a aparecer por aquí. Me siento muy solo, como no me he sentido nunca. También aislado, cual cría de lobo recíen parida que ha sido abandonada por su manada. Y no es que me duela especialmente que esas supuestas amistades me hayan dejado atrás, lo que es un verdadero dolor, muy profundo, es el que ella me haya abandonado y que mis padres me observen sin mirarme con esos ojos como cuencas vacías. La echo de menos, también echo de menos que mis padres no me traten como a su verdadero hijo.


Como tengo tanto tiempo, me puedo pasar las horas muertas recordando cómo era yo antes de aquel accidente inesperado que ha hecho de mi vida un infierno del cual no puedo escapar. Recuerdo cuando podía andar para dirigirme a los sitios, expresarme con facilidad, rodear con mis brazos a mi mujer, pasar tiempo con mis padres y mirar por la ventana. Es más, podía sobrepasar los muros de cristal de la ventana, y poder ser una parte integrante de aquel espacio natural. E incluso, podía combinar todas esas cosas y celebrar la vida agradeciendo cada instante en el que pertenezco a la misma.


Sin embargo, ahora es como si perteneciera a la muerte y contemplase a la vida desde la misma. Todos contribuyen a que me sienta así porque me tratan como si mi alma hubiera escapado de mi cuerpo y sólo quedase un objeto inamovible de recuerdo. Yo, mas bien, me siento como un espectro, invisible a los ojos de los demás e incapaz de comunicarme con ellos. Pero todavía tengo derecho a reclamar mi humanidad, a declarar que sigo sintiendo, que estoy vivo aunque sea de otro modo, pese a que parezca que haya muerto. Estoy aquí aún participando de la vida, viviendo vuestras penas y alegrías aunque no me creáis ni me toméis en serio. Sólo os pido que también me comprendáis a mí, que habléis conmigo como haciáis antes, que venga mi mujer a verme y que me dejéis mirando a la ventada. Por favor, ¿Es tanto pedir?


Agradezco a mis padres su dedicación por los cuidados que me conceden en el cuerpo, pero quisiera que mirarán mas adentro, que profundizarán en mi ser. Tengo un alma, y un espiritu que la enebra a mi cuerpo. Si me mirasen a los ojos durante unos segundos, con honestidad y benigno próposito, se darían cuenta. Verían que su hijo no ha muerto, que sigue con ellos aunque quieto. Lo mismo acontecería con mi mujer. Si hubiese tenido más paciencia y empatía hacía mí, me habría redescubierto en este cuerpo que siempre ha sido el mismo. Pero no, nadie lo ha hecho. Se han quedado en la apariencia, en su sufrimiento, y me han pérdido en ella dejándome también con mi propio sufrimiento.


Y ahora, ¿Qué? ¿Voy a seguir así los años que me queden de vida? Todos van a seguir indiferentes a mí pensando que soy yo el indiferente a ellos ¡Es tan absurdo como paradójico! Yo continuaré reclamando para mí mismo, desde mis adentros que en mí continúa soplando el hálito que me dota de vida. Sólo os pido que cada vez que me miréis, no veáis a alguien que ya no está aquí, a una muda de mariposa que se está pudriendo en soledad. Verme como quién soy y siempre he sido, un hombre como vosotros que por desgracia cayó en la desdicha y que no puede comunicaros estas cosas como le gustaría. Pero lo intento. Cada vez que estáis delante de mí, agudizo la mirada contando esta chachára día tras día... Joder ¡Estoy aquí! ¿Es que no hay nadie que pueda oírme?


Pero no, sólo me responde el silencio y me envuelve la oscuridad. Todos caminan a mi al rededor como si ni ellos estuvieran realmente aquí ni yo tampoco junto a ellos. Y pese a que esté contra la pared, cercado por esta inmovilidad en la que habito junto a la muerte, puedo escuchar el canto de aquel pájarillo que se ha posado en la ventana. Al menos, alguien me visita, y de algún modo se acuerda de mí. Puede que me dé la bienvenida a la que será mi próxima vida.

viernes, 4 de marzo de 2022

Radiografía de la infancia

 Fuí un mal estudiante. O eso al menos suelo responder cuando alguien me pregunta acerca de mi vida estudiantil durante el colegio y el instituto. En verdad, no es que fuera mal estudiante porque no valiera para estudiar. Creo que me pasaba lo que le ocurría a la mayoría, que era demasiado vago. Sin embargo, circunstancias varias hicieron pensar a mis profesores de entonces de que tenía algún tipo de retraso, dislexia o algo semejante. 


Eso se debía a que parecía que tenía algún tipo de problema a la hora de comunicarme con el lenguaje, o que lo distorsionaba de manera tal que los significados de aquello que decía resultaban incoherentes. A veces pienso que lo hacía a próposito, y otras veces me inclino a pensar que quizás es verdad que era un poco tonto. Lo que sí sé con seguridad es que con frecuencia mentía a los adultos para escaparme de hacer las tareas, y otras veces por diversión de cara a escabullirme de las clases. En fin, que era un desastre. Un poco como ahora.


Tampoco era un chico conflictivo como a día de hoy se entiende. Simplemente era un tanto pícaro y perezoso. Mis enemigos siempre han sido las responsabilidades y los imperativos, y debido a ello, hacía cuanto estaba en mi mano para escapar de los mismos. Depende de la ocasión, me inventaba alguna excusa para evitar una reprimenda, o guardaba mis tareas en un armario secreto para fingir que no tenía deberes. Es decir, tenía esa supuesta malicia que tienen la mayoría de los niños. Me aplicaba en su ejercicio y en su perfeccionamiento.


Con el tiempo, estos defectos de la niñez han tenido su relativa influencia en mi vida: mi vageza de entonces ha hecho de mí una persona muy paciente, mis mentiras inocentes me hicieron durante un tiempo poeta y aquella supuesta dislexia me ha permitido jugar con el lenguaje y las palabras en mis escritos. Es cierto lo que dicen algunos acerca de que la infancia nos afecta mucho en nuestra vida. Para bien, o para mal, todo lo que vivimos durante aquellos tiempos conforma nuestra persona y nuestro carácter futuro. Lo que no quiere decir que adoptemos otras formas y matices en nuestra manera de movernos por el mundo.


Pero bueno, volviendo a mi etapa del colegio y del instituto diría de mí que era un niño muy tímido aunque lo camuflara expresandome sin pelos en la lengua de cara al exterior. Por entonces, yo me juntaba con lo que se diría que era el grupo de los más marginados. Desde el colegio hasta el instituto, e incluso durante mi primera etapa en la universidad, siempre acababa en el grupo de los repudiados sociales por propia decisión. En verdad yo rara vez tuve problemas con nadie, a excepción de haberme metido en alguna pelea normalmente por asuntos ajenos. No tenía enemigos, y tanto los populares como los gamberros me caían en gracia como yo a ellos. 


Puede parecer que leyendo esto uno piense que era muy social y un popular que estaba inserto entre los marginados para reírse de ellos. Nada más lejos en la verdad. En mi fuero interno yo despreciaba a mucha gente por su soez y por carecer de plenitud en el corazón. Mas todo ello lo cubría con esmero con una máscara de cortesía e indiferencia. Tampoco es que me diera igual todo, que fuera una especie de nihilista. Simplemente era un observador, y hasta cierto punto un pensador de todo aquello que me rodeaba. Por eso, el adoptar esa actitud tan mía me permitió contemplar y conocer muchas cosas que no hubiera podido saber si hubiese adoptado una postura hostil, o si me hubiese encasillado en una única etiqueta.


Por esos años, debido a mi secreta desconfianza en el ser humano, me hice anarquista. Uno puede pensar que hay que confiar mucho en el ser humano para serlo. Pero ese no fue mi caso. Decidí seguir la doctrina del anarquismo en mis primeros años para aislarme ideologicamente de los demás, como también para buscar la paz y la soledad. Al igual me ocurriría respecto al cristianismo durante mi primera época universitaria. Era un modo de buscar cobijo, un velo espiritual desde el cual contemplaba el mundo y lo entendía desde mi interioridad. Por suerte, hace un par de años renuncié tanto a ideologias políticas como a cosmovisiones religiosas. Dandome cuenta de que los ideales y la espiritualidad han de ser captados y reformulados desde el sí mismo.


A pesar de todo, sigue palpitando dentro de mí cierto anarquismo y cierto cristianismo. Es verdad lo que decía Nietzsche acerca de la similitud entre ambas visiones, siendo una referida a la tierra y otra al más allá. Pero yo lo tenía orientado de otra forma. Para mí tanto el anarquismo como el cristianismo eran una cosmovisión individual, que me servían como asidero. Quizás quienes se consideren seguidores de una única manera de comprender el mundo puedan tacharme de zafio y de caradura. Mas el caso es que yo por entonces entendía estas cosas así, y puede que actualmente también.


En este sentido, podría decirse que nunca he sido demasiado comunitario, ya que siempre partía de mi interior a la hora de comprender las cosas. Eso tampoco quiere decir que sea una persona sin compasión, al que le de igual todo el mundo. Creo que mi forma de vislumbrar el sufrimiento de las personas es precisamente mediante la escritura. Mi intento siempre ha sido representar la existencia en su plenitud mediante mis escritos, y buscar que los demás comprendan y empaticen con otros gracias a la narración. Esta es mi manera de ser solidario con los demás a mi modo. Puede que alguna gente considere esto insuficiente y me tache de frívolo. Mas no obstante, nunca me he considerado un hombre de acción. Siempre he sido muy contemplativo, de tomar distancia, huir a reflexionar y de entender las cosas de fuera a dentro.


He admirado durante toda mi vida a quienes son hombres de acción, e incluso si alguien lo es, le he animado a seguir ejercitando esa fáceta. Pero no es mi caso. Es verdad que aunque haya pretendido ocultarlo, en mí vive un cobarde. Una persona que tiene miedo del mundo, que desconfía antes de nada y que se conduce con zapatos de plomo. No sé por qué esto será así. Si esto proviene de mi infancia, o sí es algo que me viene incluso por naturaleza tendría que meditarlo con tiempo.


Ahora que me encuentro escribiendo esto, me han venido como imagenes en sucesión de mi yo cuando era niño. Casi siempre con una sonrisa en el rostro, pero con el corazón encogido. Mi madre siempre me dice que yo era el más travieso en comparación a mi hermana, y que aunque hiciera trastadas intentaba no arriesgarme en demasía. Es decir, que era un pequeño pícaro con prudencia. Creo que no podría encontrar mejor descripción a mi yo de entonces: un pequeño travieso, pero que temía acabar  como un perro apaleado debido a sus travesuras. Tampoco sé la razón de me moviera así por el mundo, aunque es verdad que todavía mantengo en mí parte de esa sonrisa temblorosa ¿Por qué? A saber.


Como decía antes, es abrumador cómo somos afectados e influenciados por nuestra infancia y los acontecimientos que la componen. A mi modo de ver, jamás vamos a poder escapar de esto. Y es lo suyo que no lo hagamos, aunque sea para lo bueno. Eso conforma nuestra personalidad, y nos hace ser quienes somos. Aunque también por otro lado, estaría bien que cambiasemos en algunas cosas y aprovecharamos nuestro modo de ser para algún beneficio espiritual, tanto para nosotros como para otros. Por mi parte, eso es lo que yo intento. 

domingo, 20 de febrero de 2022

Un despertar

 Mariana acababa de despertarse. Estirando sus brazos bajo las sábanas, notó el suave tacto de las mismas. Al estar recíen lavadas, olían estupendamente. Mientras lo comprobaba, un haz de luz se coló por la rendrija de la persiana y la iluminó el lado diestro del rostro. Agudizando su mirada en torno a la procedencia de la luz, pudo vislumbrar un fragmento difuminado del paisaje exterior. Suspiró, y sonrió.


Se levantó para instantes después sentarse en la cama. Fue entonces cuando recordó lo que había soñado. Fue un sueño feliz y triste: feliz porque lo creyó real, triste porque al despertarse se dió cuenta de que ya no era así. Esto le producía una suerte de alegría meláncolica. Ni ella misma sabía explicarse este fenómeno. Lo intuía, casi sensitivamente. Pero cuando intentaba racionalizarlo, se le escapaba el concepto así como aquel paisaje no lograba verse del todo, o como aquel sueño que se le escapó de las manos entre las sábanas.


Al final, optó por acudir al baño. Mientras se aseaba y maquillaba, se contempló desnuda frente al espejo. Su propia visión no le desagradaba, aunque tampoco se lo tenía creído. Simplemente se veía a sí misma como un tallo de rosa en formación. Lo que sí valoraba eran sus hombros. No sabía por qué. Pero siempre se detenía a mirar su corvatura. Veía como su piel se resbalaba, y se repartía por el resto de su piel. Siempre que se detenía para observarlos, pensaba en una catarata inserta en las profundidades de alguna montaña.


Después, retornó a su habitación para estirar las sábanas que había dejado disueltas cuales raíces de un árbol centenario abandonado. Inserta en su rutinaria tarea, logró disolver por unos segundos las sensaciones que le había traído aquel sueño. Pero bastó volver al pasillo de cara a preparar su desayuno para que estas volvieran con suma naturalidad. Era extraña la influencia de los sueños sobre la vida. Aún más extraña que la influencia de los recuerdos pasados sobre el presente.


En un tiempo atrás había estado enamorada, y podría decirse que a día de hoy continuaba estándolo. Sin embargo, aquel primer amor un día desapareció repentinamente sin dejar ni rastro. Tampoco tuvo ninguna huella a la que seguir. Era debido a aquello por lo que soñaba y recordaba constantemente a aquel amor. En un principio, lo recordaba con nostalgia. Pero, con el tiempo, esa nostalgia fué mutandose en una suerte de núcleo que admitía dos contrarios: la dicha más inmensa y la desdicha mas profunda. Ya se había acostumbrado a vivir con ello.


Con el desayuno ya en la mesa, cogió una tostada y pegó un mordisco. De sus labios, caía mermelada de fresa. Así que con una mano se retiró tal suculento líquido. Se quedó largo rato observándolo, embebida en la contemplación del rastro de la mermelada de fresa sobre su mano. De tanto mirarlo, su visión se iba nublando y apareció en su mente un paisaje desértico. El rastro de mermelada de fresa pasó a ser una larga carretera asfaltada, y su piel una inmensa cantidad de arena pérdida en algún lugar. Ese camino imaginario era atravesado por un coche blanco que corría a gran velocidad.  Sin saber la razón, ella sintió una tristeza muy honda que la hizo despertar de su ensueño.


Se levantó, y se dirigió a limpiar los cacharros que había usado. Con el grifo abierto, el agua se desparramaba por encima de todos los utensilios. Nuevamente pensó en aquella catarata, y se preguntó si esta se encontraba en algún lugar recóndito de aquel desierto que había imaginado. Puede que aquel coche que iba tan rápido, se dirigiese hacía esa catarata para calmar su sed. O quizás, huía de algo o de alguien y aquella zona recóndita le servía de escondrijo. Con esta duda entretenida pasaron los minutos como si fueran segundos.


Entonces, fue a vestirse. Abrió un amplio armario repleto de varias prendas de diferentes tonalidades. Dudaba sobre cuál coger, y al final terminó optando por una casi al azar. Se trataba de un amplio vestido color azul marino. Le estaba ancho, mas eso no le importaba. Es mas, le encantaba la ropa bien cubierta y ancha. Eso le hacía sentirse arropada, como si aún se encontrase entre sábanas. Su propio cuerpo y el calor que desprendía, se aunaba con la tela que portaba y formaba la sensación de un cálido abrazo. Era como si una instancia superior la protegiese de los males de este mundo. Algo equiparable a cuando los padres abrazan a sus hijos, e impiden que estos se hagan daño. Así se sentía.


Miró el reloj, y se dió cuenta de que ya era tarde. Siempre se le hacía tarde. Era algo inevitable en su día a día. Cuando ya estaba a punto de salir, cayó en la cuenta de que se le había olvidado una cosa. Así que volvió rápidamente para rescatarla de las sombras de su cuarto. Se trataba de una piedra que le servía de amuleto. Allí donde fuera, la portaba siempre consigo. Era una piedra cualquiera que encontró ya hacía años en la playa cuando estaba de vacaciones con sus padres. Sin embargo, para ella está anodina piedra estaba cargada de significado. Representaba un tiempo préterito: el de la infancia y el de la inocencia. Estos dos elementos le parecían tan importantes que quería conservarlos a toda costa. Por eso, llevaba siempre aquella piedra consigo.


Cuando ya se encontraba fuera de los dominios de su hogar, aún con los ojos vidriosos sonrió. Hasta algunas lagrimillas se le escaparon, y dieron con el suelo. Pero las despejó de sus ojos emocionados con su mano, como había hecho antes con la mermelada que se le caía de los labios. Mientras avanzaba con pasos presurosos, pensó: "Hoy va a ser un gran día."

miércoles, 9 de febrero de 2022

Dos microcuentos fracasados en un concurso

 Un día, estaba con mi pareja en el metro. Y de repente, mientras estabamos en el interior del vagón de un tren vímos que se anunciaba un concurso. Ambos lo leímos con detenimiento, y comprobamos que se trataba de un concurso de microcuentos. Yo no sabía exactamente qué era aquello. Pero ella me lo explicó. Me dijo que se trataba de un cuento condensado en un par de frases, a lo sumo tres. Me pareció una buena idea que ambos participaramos, ya que tal sintesís de la prosa es una idea que siempre ha llamado mi atención. Si uno es capaz de decir algo sencillo en unas frases, y transmitir algo con la debida profundidad utilizando los menos recursos posibles, es capaz de ver con más nitidad al conjunto de la existencia.


Un par de días después, mi hermana me comentó eso mismo y me instó a participar. Le dije que yo ya tenía idea de presentarme con mi pareja, y que también podría hacerlo ella debido a que estaba desarrollando un modo de escribir curioso. Me advirtió que echara un ojo a las condiciones del concurso, así lo hice y se lo transmití igualmente a mi pareja. 


Cuando vimos las condiciones, comprobamos que las reglas básicas eran simples. Debía de ser un cuento o varios compuestos por cien carácteres, y de los cuales todos debían de comenzar por la misma frase. En verdad esto que parecía tan sencillo encerraba en sí cierta complejidad. Es relativamente fácil expresar una sensación, o un pensamiento a través de una prolija descripción, e incluso mediante una redacción introspectiva de un persona. Sin embargo, con pocas palabras contar una historia, requiere de cierto afinamiento espiritual. Como he dicho al principio, tal proyecto literario me resultaba tan atrayente como interesante.


Durante el tiempo que teníamos establecido para entregar los microcuentos, lo estuve meditando a ratos. Al final, opté por pensar menos y sentir más, dejarme llevar por la inspiración y que saliese lo que saliese. Hay veces que pienso más concienzudamente lo que escribo. Pero hay otras en la que doy más pie a la espontaneidad, a que mi interior comunique aquello que esconde. En otras ocasiones, se dá un poco de ambas fácetas. A pesar de ser un relato, o un cuento que tenía pensado desde hace tiempo siempre acabo introduciendo ciertos elementos que no tenía pensados con anterioridad. Cuando pasa eso es cuando más satisfecho estoy con aquello que escribo. Me gusta aunar, unificar dos aspectos en apariencia contradictorios, pero que en realidad son lo mismo como la vida y la muerte, el bien con el mal, lo carnal con lo espiritual, el pensamiento con el sentimiento...


Mas en esta ocasión, opté por dar más primacía a lo afectivo que a lo racional. De este experimiento, salieron dos microcuentos que presenté al concurso de acuerdo a cómo me salieron en el momento. Me quedé relativamente satisfecho. No me parecían ni muy buenos, pero tampoco muy malos. Así que en cierta medida me arriesgué, y los presenté.


Tiempo después, cuando dieron el fallo del concurso -tómese el término "fallo" en su expresión más literal- tanto mi pareja como yo no ganamos ninguno de los diez primeros premios. Cuando revisamos por encima los microcuentos ganadores, caímos en la cuenta de que estos eran más largos que lo que reflejaban las condiciones. Así que las releímos para cerciorarnos. Tras hacerlo, nos percatamos de nuestro error. En las condiciones se específicaba que el limite eran cien palabras, no carácteres ni letras. Quizás nuestra devoción hacía la cultura oriental -en mi caso la japonesa, y en el suyo, la china y la india- hizo que entendieramos carácter en vez de palabra. De todas maneras, y a pesar de haber pérdido, nos desternillamos de la risa.


Ya que fracasé en aquel concurso -como en tantas cosas más durante mi vida- he pensado que sería buena idea dejar como recuerdo aquí escrito los dos microcuentos que escribí. Aquí los dejo, con algunas pequeñas variantes para que no me denuncíen por plagiarme a mí mismo. Esto último, suele pasar mucho en el mundo académico y en los derroteros de la supuesta gran cultura literaria de nuestro tiempo. En el caso de que igualmente acabaran denunciándome por algo que yo mismo he escrito, mi risa sería todavía mayor: 


- Para los que sufren.


"En tanto que estaba esperando que pasara el tren, apareció un fantasma que paradójicamente era idéntico a mí. Cada vez que intentaba coger el tren, este se interponía y me susurraba: "No vayas" Tras varios intentos en vano, ya bastante enfadado, corrí en dirección al andén con los ojos cerrados. Y cuando quise darme cuenta: todo era luz." 


- Tiempos de espera.


"Mientras deambulaba al rededor del andén, a pesar de mi juventud decidí tomar un respiro y sentarme en uno de los asientos que estaban dispersos por la estación. Cogí un libro, y leí un par de capítulos. Cuando quise levantarme, ví mis manos arrugadas y mis cabellos canosos ¡Es impresionante lo rápido que pasa el tiempo!"

sábado, 29 de enero de 2022

Un recuerdo tenebroso

 Está en lo cierto el escritor japonés Naoya Shiga cuando menciona al comienzo de su relato "Las bicicletas" el inmenso poder que tienen los recuerdos. Y como estos, a pesar de ser algunos tan lejanos en el tiempo, nos resultan muy vívidos en el presente. En lo que a mí se refiere, aún siendo más joven que él cuando escribió aquel relato, tengo recuerdos de hace unos diez años que también me resultan sumamente vivídos desde el tiempo en el que me encuentro.


Algunos de estos, se ubicarían en el espacio cuando yo todavía vivía en otra casa. Hay veces que hasta tengo sueños en los que estos recuerdos de aquel hogar resultan más nítidos, y a su vez se confunden, con otros mas recientes que he ido formando viviendo en mi casa actual. Es cuanto menos curioso este fenómeno, o al menos, así me lo parece a mí.


Recuerdo especialmente lo que para mí supuso un acontecimiento un tanto aterrador. Esto ocurrió más o menos hace diez años. Es decir, cuando yo tendría unos dieciseís años aproximadamente. Por entonces, frente a la que era mi casa que estaba situada en una amplia urbanización, había una zona que estaba completamente deshabitada. En aquella zona no habían construido ninguna casa. Sólo había un segmento de campo repleto de rastrojos que crecían según su albedrio y que nadie cuidaba. Yo, desde siempre, tenía una extraña fijación por ese pequeño espacio abandonado. Suponía que aquel terreno tendría que pertenecer a alguien. Pero como no lo sabía con seguridad, eso daba pie a que mi imaginación y fantasía volase por encima del plano que suele considerarse la realidad.


Había veces en las que soñaba con ese cuadrante cerrado por los muros de las casas que tenía a derecha e izquierda. En estos sueños, algunas veces ese aparente pequeño segmento de campo conducía a una amplia explanada que a su vez llevaba a una inmensa pradera dónde mi fantasía imaginaba aventuras, y otras veces, aparecía repentinamente una casa en aquel lugar en la que habitaban extraños personajes que celebraban fiestas y rituales desconocidos. Para mi yo de entonces, aquel trozo abandonado lleno de malashierbas suponía la entrada a un lugar cargado de especulaciones de toda índole, desde lugares paradisíacos hasta rincones oscuros, y hasta cierto punto demoníacos.


Un día en el que estaba de regreso a casa tras un paseo, me dí cuenta de que algo había cambiado en esa zona. Había vislumbrado en la lejanía algo negro que la ocupaba. Acercandome, ví que se trataba de una caravana completamente tintada de negro. Hasta sus abultadas ventanas estaban tintadas de un negro azabache. Aquello me soprendió. Me parecía bastante extraño, y a su vez, no entendía qué hacía tal artefacto ahí aparcado. Sin embargo, en los días sucesivos, al atisbar la zona siempre que salía para acudir a clase o para darme un paseo, siempre lo veía del mismo talante, inalterable.


Desde entonces, pasaba todos los días devanandome los sesos pensando qué sería aquello, y quienes se encontraban ahí dentro. No entendía la razón de ser de tal aparición. En mi cuarto, andando por los alrededores, en el autobus, en mis clases del instituto... Siempre estaba dando vueltas al asunto sin encontrar una respuesta que me satisfaciera. Llegué incluso a pensar que quizás se tratarían de unos gitanos, o de unos extranjeros venidos en pateras. Pero luego lo descartaba, ya que jamás había visto a nadie ni salir ni entrar ahí. Era como si aquella caravana tintada de negro hubiera aparecido ahí de repente, como por arte de magia.


Durante una tarde-noche en la que estaba leyendo "La ciencia jovial" de Friedrich Nietzsche, sonó el timbre de mi casa. Al bajar, me avisó mi madre de que me habían venido a visitar unos amigos. Salí y me encontré con el incorregible X, el músico D y el deportista R. Tras hablar de las tonterías y las banalidades que suelen caracterizar a los adolescentes, les comenté acerca de mi obsesión por aquel espacio abandonado, y especificamente por la repentina aparición de la caravana tintada de negro.


D, con una pícara sonrisa dijo señalando en esa dirección: 


- ¿Y por qué no exploramos la zona, y así desentrañas el misterio?


- ¡Será divertido! Además, no tenemos nada más que hacer - comentó X ya adelantando el pie camino a la caravana


- Está bien, está bien... Pero vayamos con cuidado. Hay veces que por las noches parecen oírse ruidos que provienen del interior - respondí yo


- ¿¡Cómo!? - preguntó sorprendido, y a su vez, asustado R


- Así es... Parece que si uno afina el oído durante la madrugada, pueden oírse una especie de susurros y de sollozos contenidos... Tampoco estoy seguro, pero creí que debería avisaros si vamos a explorar la zona


- ¡Pues vamos, anda! No seaís cobardes - terminó por sentenciar X retomando su marcha 


Y así hicimos. Nos dirigimos hacía donde estaba ubicada la tétrica caravana, y dimos una serie de vueltas al rededor de la misma. Nos atrevimos, incluso, a poner nuestros oídos en la chapa tintada, a dar golpes con nuestros puños, y a asomarnos sobre unas ventanas que al estar tintadas no reflejaban su interior. Evidentemente, para nosotros que en aquel tiempo éramos un poco gamberros, explorar significaba enredar como unos críos carentes de la menor educación. Así que cogímos unas piedras, y empezamos a tirarlas contra la caravana hasta el punto de abollar algunas de las chapas. Entre risas X, cogió una piedra bastante grande, y la lanzó contra una de las ventanas. Con el impacto, esta se resquebrajó, quedando un roto considerable. Y justo en ese momento, del interior de la caravana surgió un grito femenino espantoso, desgarrador.


Al oírlo, todos salimos corriendo espantados. Nos dispersamos sobre el par de vías que conformaban la calle, pero nos dímos cuenta que separarnos en dos grupos dadas las circunstancias era un desatino. Así que nos agrupamos en dirección diestra, según se bajaba la calle, y recorrimos en descenso para doblar nuevamente a la derecha. Escondidos en los contenedores, R exclamó: 


- ¿Habéis oído eso...? ¿O yo soy el único loco aquí?


- Creo que lo hemos oído todos perfectamente... - respondí con el corazón palpitante y la respiración entrecortada


- ¿Y ahora qué hacemos? - preguntó D, claramente alterado


- No lo sé... - dijo X dubitativo


Tras un momento repleto de dudas decoradas por el conjunto de nuestro agitado respirar, saqué coraje de algún lugar oculto en mi pecho y dije levantandome con decisión:


- Voy a ir para averiguar de qué demonios se trata.


- Te acompaño - dijo X, levantándose conmigo a su vez


Así, pues, nos dirigimos de nuevo en dirección hacia aquello de lo que habíamos huído. Dejamos a los otros dos detrás, escondidos entre los contenedores que daban al descenso de la calle. Avanzamos en un principio presurosos, pero según nuestros pasos se acercaban a nuestro objetivo, íbamos aminorando nuestra marcha y nos encaminabamos con tiento. Tras un par de minutos llegamos, decidimos asomarnos a la ventana que el mismo X había roto con su lanzamiento. Lo hicimos a la vez, contando del uno al tres. Y cuando nos asomamos, no creíamos aquello que vímos. Había una mujer con una melena negra que le cubría completamente el rostro tumbada en una especie de sofá empotrado a cuadros. Esta, emitía unos extraños sonidos que parecían sollozos en tanto que su cuerpo se agitaba con espasmos. Parecía que llevaba una indumentaria andrajosa, y despedía un olor putrefacto. Además, su piel era verdosa, y al atisbar sus manos me dí cuenta que tenía unas uñas largas y amarillentas. No paraba de emitir aquellos ruidos, que parecían ser una mezcla entre crujidos de dientes y gritos contenidos.


Al contemplar aquello, X y yo nos miramos anonadados. Nos bajamos, y pestañeamos perplejos. Volvímos a asomarnos otra vez para comprobar la realidad de lo que habíamos visto segundos antes. Pero cuando así lo hicimos, la mujer ya no estaba ahí. Esto nos hizo sentir aún más sorprendidos, y si es preciso admitirlo, también tremendamente asustados. 


Después, al comentárselo a los otros dos, no nos creyeron. Nos tildaron de locos, y se rieron de nosotros aún cuando fuímos los únicos que nos atrevimos a volver escuchando aquel terrorífico grito. Al final, nos dispersamos cada uno en dirección a nuestras respectivas casas como si nada hubiera pasado, o como si lo que hubiera pasado hubiera sido producto de nuestra imaginación. Sin embargo, cuando tuve que pasar por la puerta de mi casa, no pude evitar mirar a la caravana y sentir miedo. Cerré la llave de la puerta principal con premura, y entré a casa.


Tiempo después, la caravana desapareció tan milagrosamente como había aparecido. No volví a saber nada de su paradero exacto, aunque escuché entre las habladurías de la gente que vivía cerca de esa zona, que la habían vuelto a ver en otros campos abandonados, e incluso, en medio de grandes explanadas alejadas de la urbanización. No sé si esa información era auténtica, o si simplemente se trataba de una especie de nueva leyenda.


En lo que a la zona en concreto se refiere, construyeron los cimientos para hacer una casa, hasta levantaron algunos muros todavía desnudos en ladrillos. Pero sin embargo, parecía que la construcción no avanzaba. No solamente porque fuera muy lenta, sino porque además siempre que parecía que avanzaban algo, a los meses volvían a derruír lo que habían construído, y así incesantes veces, vuelta a empezar constantemente. Al ser por entonces joven, tampoco me enteré bien de lo que pasaba ahí. Aunque a estas alturas, dudo que vaya a saberlo jamás.


A lo largo de mi vida, me han pasado algunas cosas que cabría calificar de lo que la gente llama "paranormales" -Como a casi todo el mundo, supongo- Mas creo que ninguna fue tan explicita como la que acabo de narrar. Estaría curioso que volviera a dar una vuelta por aquella zona por si vuelvo a ver la susodicha caravana y así podría disculparme con la mujer tenebrosa, o quizás, para averiguar si la construcción finalmente ha avanzado algo. Algún día volveré por allí.