domingo, 20 de septiembre de 2026

La puerta

 Estaba paseando por aquel antiguo pueblo. Hacía mucho tiempo que no lo visitaba, quizás hacía años que no pisaba este suelo y contemplaba este agreste paisaje. Quizás inconscientemente quería volver a ver el que había sido mi antiguo instituto, sentía que tenía que retornar a vislumbrar aquel vallado rojizo y plagado de oxido. Se podría pensar que tengo conflictos que resolver con mi pasado, y concretamente, con mi infancia y adolescencia. Sin embargo, en modo alguno era así. Simplemente quería volver a recorrer el pasado bajo el prisma del presente, como quién recorre pasivamente una serie de antiguas fotografías, sintiendo nostalgia quizá pero poco más. Aunque pudiera ser que buscase otra cosa bajo esta inocente contemplación, no lo sé seguro.

El caso fue que una vez que llegué ahí, frente a la carcomida fachada del centro, sentí como si el tiempo se hubiera detenido ahí repentinamente. Todo seguía cual si el reloj se parase, sus agujas detenidas en ese último instante en el que me fuí de ahí hacía tantos años ya. Mas poco duró mi escutriñio del lugar, ya que parecía que justo en ese instante todos los alumnos comenzaban a salir a tropel de sus clases. Incluso el tumulto era el mismo que hacía años, hasta sus semblantes dispersos y anonimos eran exactamente los mismos. Pero, sin embargo, yo ya no era el mismo, estaba mas viejo y aunque mas sabio que entonces, quizás mas vulnerable en otro sentido. Pareciera que sólo era yo el que cambiaba, pues el mundo seguía girando, rotando aquí y allá manteniéndose exactamente igual.

A la distancia creí reconocer a unas antiguas amigas, mas cuando me acerqué para saludarlas sus semblantes adquirieron una tonalidad pétrida, y sus facciones, se tornaron en forma de espanto. Por un momento pensé que era yo el objeto de este repentino terror, mas cuando escuché sus gritos de: "Bomba, bomba. Aquí hay una bomba, alguien ha activado dinamita" Supe, obviamente, que aquello era lo que le producía su estremecimiento y su temor. Así que sin pensar en nadie mas que en mí mismo, me escabullí de ahí con pies en polvorosa, y tanto corrí que llegué a una gruta que me era desconocida. Subí unos largos escalones de piedra, y me encontré en una cueva que estaba en mitad del monte, en ningún sitio para ser mas precisos.

Una vez ahí me encontré con una joven rodeada de dinamita y no sé cuantos otros artefactos, quizás precisamente para activar la explosión. Se la notaba muy aflingida y peregrina, no pude evitar preguntarle por la razón de sus sollozos contenidos. Me dijo que había armado tal jaleo porque estaba cansada de la sociedad, la cual la marginaba injustificadamente por la incomprensión que se desprendía de su mutismo cuando la masa se presentaba ante su mirada. Intenté calmarla y consolarla lo mejor que supe, y parece que surtió efecto puesto que me indicó que poco mas adelante se encontraba una puerta que me animaba a atravesar. Decidí hacerla caso, no fuera a ser que mi consuelo resultase en vano, y hasta ahí me dirigí sin interrogarme a mí mismo por qué accedía a todo ello, puede que fuera inevitable, cosa del destino.

Subí unos peldaños que rodeaban la parte trasera de la cueva, y cuando ya vislumbraba la susodicha puerta, ví a un hombre moreno de mal talante que parecía seguirme con no muy honestas intenciones, así que antes de que me atrapase en sus garras por no sé cuales intenciones, avivé el paso y entré en la puerta, ocultándome y cobijándome en lo que fuera que hubiera al otro lado.

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Aquí la bruma era muy densa, prácticamente asfixiante. Tuve que controlar la respiración hasta que me adapté al ambiente. Quizás tanto como asfixiante no era la aura del lugar, pero sí pesada y lenta, muy lenta. Incluso mis pasos parecían dados a ralentí, me costaba un esfuerzo inmenso dar un sólo paso. Pareciera que portara una inmensa armadura, lo que hacía mis movimientos torpes y recargados. Cuando inspeccioné el lugar no pude ver nada, todo parecía completamente negro como el vacío. Sin embargo podía percibirme a mí mismo, sabía que era yo y que estaba en un lugar, o un no-lugar para ser más precisos. Caminaba en dirección hacía donde nadie sabe, animado por un secreto resorte que me impulsaba a seguir adelante, siempre adelante. Alguna vez pensé en simplemente detenerme para ver qué pasaba, pero sin saber por qué aquello me daba miedo. Detenerse significaba para mí algo semejante a la muerte, y por ahora no podía permitirmelo.

Alcé la mirada a lo que suponía el cielo para escrutar mejor el entorno, y entre toda la oscuridad creí contemplar un rayo de luz. Mecánicamente, como por un natural impulso, decidí seguirlo. Parecía que había una estela alumbrada por el mismo que me indicaba hacía dónde debía dirigirme. No sé cuanto tiempo caminé siguiendo la lumínica señal en el mundo de las sombras, puede que fueran minutos, horas e incluso días, pudiera ser que la distancia fuera inmensa o a escasos pasos, mas el caso fue que me topé de bruces con algo sólido que en cuanto lo empujé cedió, y entonces me hundí en un vacío todavía mayor.

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Recorrí el establecimiento mirando a diestro y a siniestro, no iba a permitir que me pillasen in fraganti con las manos en la masa. Debía de huir de ahí con aquello que robé entre las tiendas de la planta superior, costara lo que costara. Me escurría entre los pasillos, esquivando a la gente como podía. Obviamente tampoco quería parecer sospechoso, pero cuanto mas me esforzaba en no parecerlo me daba la sensación de que lo era cada vez más. Sentía que todo el mundo me miraba con un semblante interrogante, como si supieran que yo había sido el ladrón que anunciaban en la megafonía. Sobre todo cuando me encontraba con agentes de seguridad, esta sensación de culpabilidad aumentaba todavía más. Me encogía de hombros y seguía caminando a trote, lo cual me hacía todavía mas sospechoso. Me estaba delatando a mí mismo sólo con mi mirada, ni siquiera necesitaba decir nada para que resultase que era culpable.

Lo más prudente sería escapar por las escaleras, estas tenían un acceso mas directo a la salida de emergencia pero sin saber la razón torcí en dirección al ascensor con la mala pata de que había ahí un fornido policia como si estuviera esperándome. Encima el muy bribón me saludó, como reconociéndome y burlándose de mí justo en mi cara. No podía soportar aquello, y mientras ascendíamos le espeté entre carcajadas que yo había sido el ladrón que había hurtado todas aquellas cosas en el piso de arriba. Al principio parecía que se lo tomaba con sorna, mas viendo que iba en serio, me inspeccionó y acto seguido me puso las esposas. En cuanto llegamos a la planta superior, me condujo por unos pasillos hasta una salida, la cual atravesamos en un silencio incómodo.

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Esperaba a mi marido tumbada en la cama. Ya habían pasado unas cuantas horas desde que se había ido, y yo aquí seguía tirada en la cama como una vaga. Estiré mi mano en dirección al reloj comprobando que era muy tarde, quizás demasiado. Me costó, mas finalmente me levanté. Me desprendí de mi camisón y contemplé mi cuerpo desnudo en el espejo, mis senos eran firmes mas mi tripa parecía aumentar con el paso de los años ¿Estaría embarazada? ¿O simplemente me había pasado con los refrescos azucarados pese a esos prospectos que indicaban que no tenían nada de aquello? No tenía ni idea, y en tanto que me interrogaba a mí misma en torno a aquellas estupideces, me pusé una camisa de tela suave, sin sujetador ni ropa interior que me oprimiese. Quería sentirme cómoda ante todo, llega una edad que una empieza a descuidar su apariencia externa, sobre todo cuando te das cuenta que la naturalidad te hace mas hermosa que lo artificioso.

Tenía sed, así que fuí con un vaso de cristal en dirección al grifo para saciarme bebiendo dos o tres vasos seguidos. Bebía con tales ansias que el agua caía por mi camisa, mas no le dí importancia. Ya se secará, pensé mientras contemplaba a través de la ventana un paisaje urbano y anodino. Era mejor cuando vivía en el campo con mis padres, este hombre con el que ahora vivía aunque agradable era un muermo cuando se lo proponía. Sólo pensar en él me aburre soberanamente, mejor salir de aquí antes de que me acudan malos pensamientos sobre nuestro matrimonio. Abriré la puerta tomando con delicadeza su pomo y saldré...

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De paseo en compañía de mi dueña. Qué bien me siento mientras el viento atraviesa mi pelaje, sintiendo estas rafagas penetrando mis perrunas entrañas. Aquí sí que soy libre y no en casa, donde tengo que contenerme por todo. Aquí puedo ladrar a gusto, mear donde quiera e incluso oler lo que me apetezca sin que me regañen por mi osadía. A veces alzo la cabeza en dirección a mi dueña para contemplarla, la veo distraída mirando hacía otros lugares excepto a mí. Incluso aquí es impertinente, yo tan feliz de paseo y ella pensando vete tú a saber en qué. Los seres humanos no saben apreciar los pequeños placeres, siempre ensimismados en sus preocupaciones insignificantes sin dignificar el momento que tienen delante y que se les pasa sin que ellos sean capaces de darse cuenta. Luego vienen los lloriqueos y las imprecaciones a todos menos a sí mismos ¡Qué necios son y cuanto se merecen sus desgracias!

Pero... Espera un momento ¿Ya estamos de vuelta? Si el paseo ha sido de escasos veinte minutos. Esto no puede ser, aquí hay algo que no anda del todo bien. O mi percepción del tiempo es diferente, o esto no me encaja. Ya está abriendo la puerta, entrando en casa y obligándome a que yo lo haga también tirando de mi correa. No quiero entrar de verdad, quiero quedarme aquí disfrutando del aire fresco. No, por favor...

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Voy a pararme un momento a tomar el aire. Llevo toda la jornada corriendo en dirección a aquellos maleantes, intentando descubrir su escondite. Debe ser por aquí, al menos estas eran las señales que se desprendían del informe. Efectivamente, es aquí. Los jefes me contaron que tales y cuales edificios estaban taponando esta ruta, lo que les permitía dar rienda suelta a sus trapicheos con total impunidad, hasta ahora. Sólo queda localizar cual será la entrada del edificio donde se efectua el intercambio. Me imagino que lo tendrán taponado, o al menos velado, oculto a ojos vistas para que incluso llegando hasta aquí sea dificil de localizar. Pero no, no era así. Está aquí perfectamente visible, simplemente atravesado por un carcomio maderucho que lo recorre de parte en parte. Serán tontos estos tipos, mucho hacer dinero pero lo que es pensar...

¡Eh, vosotros! ¡Deteneos! Maldita sea, ahora me toca correr detrás de ellos. No se saldrán con la suya, me conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Puede que debido a mi barriga y a que he aumentado de peso durante los últimos años no pueda darles alcance facilmente, pero lo que es con los recodos y torcimientos de las vías no me van a engañar. Yo ya sé que caminos tomar para recortar distancia y esfuerzo, y todo ello manteniendo un ritmo constante, sin miedo a trasquilarme y a tropezarme con mis propios pasos desperdigados. Creo que los vislumbro en la distancia, están girando calle abajo para tomar un atajo hacía la Plaza de los Ángeles. Así es, ahí están. Justo han entrado en ese establecimiento, allá vamos con las esposas en mano.

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¡Maldito calor torrencial! Da igual donde ponerse, en qué lugar cobijarse o donde sentarse. Por todas partes hace idéntico calor, incluso en la sombra siento que me abraso. Miro mi piel y la veo sucia y cuarteada, resquebrajada y plagada de golpes a destajo. Llevo ya muchos años vagando por las calles en dirección a ninguna parte, medio sonámbulo, loco perdido y tonto desde que he nacido. Ya ni sé para qué vivo ni qué hago aquí. Como duermo tan mal, desconozco si estoy soñando o ando despierto a pesar de mi atontamiento. La realidad se deshace en mil fragmentos tornándose fantasía, haciendo de mi vida algo perteneciente a una desquiciada novela escrita por algún interno de un psiquiátrico. A penas recuerdo cómo me llamaba, y mucho menos mi vida anterior antes de acabar rondando por las calles de la amargura y de la tristeza.

¿Qué hora será? Ni idea, mas ya tocan campanas. Quizás sea la hora de comer, pues ya veo a otros andrajosos como yo dirigiendose hacía el albergue para pillar cacho. Iré hasta ahí, mas paso de tener que atravesar aquella pasa desertica y morirme de calor antes de dar el primer mordisco. Tendré que rodear los establecimientos, estos sí que se encuentran bien cobijados por la sombra y el frescor de los aires acondicionados. Sin embargo, cuando paso por ahí todos me miran mal. Pensarán que voy a pedirles algo, o en su defecto despojarles de sus carteras. Pero en modo alguno es así, yo nunca he pedido una moneda en mi vida, y lo que es robar sólo a los ricos que no van a notar una leve falta en sus bolsillos... Ya llegué, voy a entrar. A ver qué se ofrece esta vez, si las judías pintas o las lentejas sazonadas. Espero que esta vez metan más chorizo, los muy tacaños...

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Es horrible la opresión que siento en el pecho, este temor que nos infunde a todos aquel dragón que se encuentra en la plataforma elevada poco más arriba. Al fin y al cabo todos estamos encerrados en el mismo tugurio ¿A caso no tenemos derecho a suscitar compasión, un poco aunque sea? No entiendo cómo incluso dentro de estas cárceles tiene que haber jerarquías, no sólo basta con que nos despojen de lo más valioso que es la libertad, sino que además incluso dentro de la privación mas absoluta el sufrimiento no cesa, no para de crecer aún habiéndonos acostumbrado a nuestras propias desdichas. No aguanto esto mas, ya está bien. Ha llegado un momento que incluso mi propia vida me es indiferente, voy a subir y a hablar con ese dichoso dragón para decirle lo que pienso al respecto. Esto no puede seguir así, alguien tiene que hacer algo aún a riesgo de su propia vida.

Pero, antes de decirme palabra alguna sobre cómo me sentía al respecto, el dragón ya parecía saberlo de antemano, y me dijo:

- Te entiendo, muchacho. Sé de tu sufrimiento, mas si estás aquí junto a mí tú también has hecho sufrir a otros. Este es el circulo vicioso de toda nuestra vida: el tener que hacer sufrir a los demás aunque no queramos, para que a su vez estos también nos hagan de sufrir a nosotros. Es lo que hay, mas no te preocupes chico porque Dios es misericordioso y entiende de nuestras desdichas y privaciones. Conoce nuestra imperfección, y por eso aún con toda la inmundicia que provocamos, finalmente nos perdona. Y si nos arrepentimos de todo corazón, al final nos acoge en su paterno seno. Llora lo que necesites, desfogate, que yo te llevaré bien alto. Sosténte en la palma de mi mano, te elevaré y te sacaré de aquí, de esta pesadilla. Ten paciencia, la vida es sufrimiento, y es lucha, también es agotamiento y a las veces aunque pocas es descanso. Mas yo vengo a ofrecerte sosiego, a llevarte al punto de partida, a retornar al punto final, allí donde todo sufrimiento llega a su fin.

                    ...   ...   ...   ...   ...

Y así fue, pues finalmente logré salir de la puerta donde me introduje al principio de esta disparatada historia. Con la diferencia de que mientras descendía no ví a nadie, ni al hombre moreno amenazante ni una vez que retorné a la gruta de la cueva a la joven sollozante. Una vez que hube salido de la misma, tampoco ví a nadie en la calle donde iba a acontecer la inusitada explosión, ni tampoco rastros de la misma. Todo estaba tan vacío como me imaginaba que lo estaría cuando llegué a este viejo pueblo de mi memoria, mas extrañamente me sentía menos cansado, incluso con todo lo que había vivido y que no lograba explicarme.

Pero poco importaba, decidí regresar a casa. Y quizás una vez ahí, intentar interrogarme a mí mismo sobre todo aquello que había pasado, o puede que todo lo contrario, podría coger un libro y con música suave de fondo intentar evadirme de mis preocupaciones cotidianas para abismarme en las historias. Aunque, por otro lado, puede que paradójicamente esas historias que en principio parecen ajenas, me hagan retornar con todavía mas razón a mí mismo, y de ahí incluso, a sentirme parte de la historia, como si fuera un personaje más. Puede que llegue el día que sea capaz de escribir mi propia historia con cierta coherencia, cuando el telón se abra y me descubra ante un escenario sin público.

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