viernes, 4 de marzo de 2022

Radiografía de la infancia

 Fuí un mal estudiante. O eso al menos suelo responder cuando alguien me pregunta acerca de mi vida estudiantil durante el colegio y el instituto. En verdad, no es que fuera mal estudiante porque no valiera para estudiar. Creo que me pasaba lo que le ocurría a la mayoría, que era demasiado vago. Sin embargo, circunstancias varias hicieron pensar a mis profesores de entonces de que tenía algún tipo de retraso, dislexia o algo semejante. 


Eso se debía a que parecía que tenía algún tipo de problema a la hora de comunicarme con el lenguaje, o que lo distorsionaba de manera tal que los significados de aquello que decía resultaban incoherentes. A veces pienso que lo hacía a próposito, y otras veces me inclino a pensar que quizás es verdad que era un poco tonto. Lo que sí sé con seguridad es que con frecuencia mentía a los adultos para escaparme de hacer las tareas, y otras veces por diversión de cara a escabullirme de las clases. En fin, que era un desastre. Un poco como ahora.


Tampoco era un chico conflictivo como a día de hoy se entiende. Simplemente era un tanto pícaro y perezoso. Mis enemigos siempre han sido las responsabilidades y los imperativos, y debido a ello, hacía cuanto estaba en mi mano para escapar de los mismos. Depende de la ocasión, me inventaba alguna excusa para evitar una reprimenda, o guardaba mis tareas en un armario secreto para fingir que no tenía deberes. Es decir, tenía esa supuesta malicia que tienen la mayoría de los niños. Me aplicaba en su ejercicio y en su perfeccionamiento.


Con el tiempo, estos defectos de la niñez han tenido su relativa influencia en mi vida: mi vageza de entonces ha hecho de mí una persona muy paciente, mis mentiras inocentes me hicieron durante un tiempo poeta y aquella supuesta dislexia me ha permitido jugar con el lenguaje y las palabras en mis escritos. Es cierto lo que dicen algunos acerca de que la infancia nos afecta mucho en nuestra vida. Para bien, o para mal, todo lo que vivimos durante aquellos tiempos conforma nuestra persona y nuestro carácter futuro. Lo que no quiere decir que adoptemos otras formas y matices en nuestra manera de movernos por el mundo.


Pero bueno, volviendo a mi etapa del colegio y del instituto diría de mí que era un niño muy tímido aunque lo camuflara expresandome sin pelos en la lengua de cara al exterior. Por entonces, yo me juntaba con lo que se diría que era el grupo de los más marginados. Desde el colegio hasta el instituto, e incluso durante mi primera etapa en la universidad, siempre acababa en el grupo de los repudiados sociales por propia decisión. En verdad yo rara vez tuve problemas con nadie, a excepción de haberme metido en alguna pelea normalmente por asuntos ajenos. No tenía enemigos, y tanto los populares como los gamberros me caían en gracia como yo a ellos. 


Puede parecer que leyendo esto uno piense que era muy social y un popular que estaba inserto entre los marginados para reírse de ellos. Nada más lejos en la verdad. En mi fuero interno yo despreciaba a mucha gente por su soez y por carecer de plenitud en el corazón. Mas todo ello lo cubría con esmero con una máscara de cortesía e indiferencia. Tampoco es que me diera igual todo, que fuera una especie de nihilista. Simplemente era un observador, y hasta cierto punto un pensador de todo aquello que me rodeaba. Por eso, el adoptar esa actitud tan mía me permitió contemplar y conocer muchas cosas que no hubiera podido saber si hubiese adoptado una postura hostil, o si me hubiese encasillado en una única etiqueta.


Por esos años, debido a mi secreta desconfianza en el ser humano, me hice anarquista. Uno puede pensar que hay que confiar mucho en el ser humano para serlo. Pero ese no fue mi caso. Decidí seguir la doctrina del anarquismo en mis primeros años para aislarme ideologicamente de los demás, como también para buscar la paz y la soledad. Al igual me ocurriría respecto al cristianismo durante mi primera época universitaria. Era un modo de buscar cobijo, un velo espiritual desde el cual contemplaba el mundo y lo entendía desde mi interioridad. Por suerte, hace un par de años renuncié tanto a ideologias políticas como a cosmovisiones religiosas. Dandome cuenta de que los ideales y la espiritualidad han de ser captados y reformulados desde el sí mismo.


A pesar de todo, sigue palpitando dentro de mí cierto anarquismo y cierto cristianismo. Es verdad lo que decía Nietzsche acerca de la similitud entre ambas visiones, siendo una referida a la tierra y otra al más allá. Pero yo lo tenía orientado de otra forma. Para mí tanto el anarquismo como el cristianismo eran una cosmovisión individual, que me servían como asidero. Quizás quienes se consideren seguidores de una única manera de comprender el mundo puedan tacharme de zafio y de caradura. Mas el caso es que yo por entonces entendía estas cosas así, y puede que actualmente también.


En este sentido, podría decirse que nunca he sido demasiado comunitario, ya que siempre partía de mi interior a la hora de comprender las cosas. Eso tampoco quiere decir que sea una persona sin compasión, al que le de igual todo el mundo. Creo que mi forma de vislumbrar el sufrimiento de las personas es precisamente mediante la escritura. Mi intento siempre ha sido representar la existencia en su plenitud mediante mis escritos, y buscar que los demás comprendan y empaticen con otros gracias a la narración. Esta es mi manera de ser solidario con los demás a mi modo. Puede que alguna gente considere esto insuficiente y me tache de frívolo. Mas no obstante, nunca me he considerado un hombre de acción. Siempre he sido muy contemplativo, de tomar distancia, huir a reflexionar y de entender las cosas de fuera a dentro.


He admirado durante toda mi vida a quienes son hombres de acción, e incluso si alguien lo es, le he animado a seguir ejercitando esa fáceta. Pero no es mi caso. Es verdad que aunque haya pretendido ocultarlo, en mí vive un cobarde. Una persona que tiene miedo del mundo, que desconfía antes de nada y que se conduce con zapatos de plomo. No sé por qué esto será así. Si esto proviene de mi infancia, o sí es algo que me viene incluso por naturaleza tendría que meditarlo con tiempo.


Ahora que me encuentro escribiendo esto, me han venido como imagenes en sucesión de mi yo cuando era niño. Casi siempre con una sonrisa en el rostro, pero con el corazón encogido. Mi madre siempre me dice que yo era el más travieso en comparación a mi hermana, y que aunque hiciera trastadas intentaba no arriesgarme en demasía. Es decir, que era un pequeño pícaro con prudencia. Creo que no podría encontrar mejor descripción a mi yo de entonces: un pequeño travieso, pero que temía acabar  como un perro apaleado debido a sus travesuras. Tampoco sé la razón de me moviera así por el mundo, aunque es verdad que todavía mantengo en mí parte de esa sonrisa temblorosa ¿Por qué? A saber.


Como decía antes, es abrumador cómo somos afectados e influenciados por nuestra infancia y los acontecimientos que la componen. A mi modo de ver, jamás vamos a poder escapar de esto. Y es lo suyo que no lo hagamos, aunque sea para lo bueno. Eso conforma nuestra personalidad, y nos hace ser quienes somos. Aunque también por otro lado, estaría bien que cambiasemos en algunas cosas y aprovecharamos nuestro modo de ser para algún beneficio espiritual, tanto para nosotros como para otros. Por mi parte, eso es lo que yo intento. 

domingo, 20 de febrero de 2022

Un despertar

 Mariana acababa de despertarse. Estirando sus brazos bajo las sábanas, notó el suave tacto de las mismas. Al estar recíen lavadas, olían estupendamente. Mientras lo comprobaba, un haz de luz se coló por la rendrija de la persiana y la iluminó el lado diestro del rostro. Agudizando su mirada en torno a la procedencia de la luz, pudo vislumbrar un fragmento difuminado del paisaje exterior. Suspiró, y sonrió.


Se levantó para instantes después sentarse en la cama. Fue entonces cuando recordó lo que había soñado. Fue un sueño feliz y triste: feliz porque lo creyó real, triste porque al despertarse se dió cuenta de que ya no era así. Esto le producía una suerte de alegría meláncolica. Ni ella misma sabía explicarse este fenómeno. Lo intuía, casi sensitivamente. Pero cuando intentaba racionalizarlo, se le escapaba el concepto así como aquel paisaje no lograba verse del todo, o como aquel sueño que se le escapó de las manos entre las sábanas.


Al final, optó por acudir al baño. Mientras se aseaba y maquillaba, se contempló desnuda frente al espejo. Su propia visión no le desagradaba, aunque tampoco se lo tenía creído. Simplemente se veía a sí misma como un tallo de rosa en formación. Lo que sí valoraba eran sus hombros. No sabía por qué. Pero siempre se detenía a mirar su corvatura. Veía como su piel se resbalaba, y se repartía por el resto de su piel. Siempre que se detenía para observarlos, pensaba en una catarata inserta en las profundidades de alguna montaña.


Después, retornó a su habitación para estirar las sábanas que había dejado disueltas cuales raíces de un árbol centenario abandonado. Inserta en su rutinaria tarea, logró disolver por unos segundos las sensaciones que le había traído aquel sueño. Pero bastó volver al pasillo de cara a preparar su desayuno para que estas volvieran con suma naturalidad. Era extraña la influencia de los sueños sobre la vida. Aún más extraña que la influencia de los recuerdos pasados sobre el presente.


En un tiempo atrás había estado enamorada, y podría decirse que a día de hoy continuaba estándolo. Sin embargo, aquel primer amor un día desapareció repentinamente sin dejar ni rastro. Tampoco tuvo ninguna huella a la que seguir. Era debido a aquello por lo que soñaba y recordaba constantemente a aquel amor. En un principio, lo recordaba con nostalgia. Pero, con el tiempo, esa nostalgia fué mutandose en una suerte de núcleo que admitía dos contrarios: la dicha más inmensa y la desdicha mas profunda. Ya se había acostumbrado a vivir con ello.


Con el desayuno ya en la mesa, cogió una tostada y pegó un mordisco. De sus labios, caía mermelada de fresa. Así que con una mano se retiró tal suculento líquido. Se quedó largo rato observándolo, embebida en la contemplación del rastro de la mermelada de fresa sobre su mano. De tanto mirarlo, su visión se iba nublando y apareció en su mente un paisaje desértico. El rastro de mermelada de fresa pasó a ser una larga carretera asfaltada, y su piel una inmensa cantidad de arena pérdida en algún lugar. Ese camino imaginario era atravesado por un coche blanco que corría a gran velocidad.  Sin saber la razón, ella sintió una tristeza muy honda que la hizo despertar de su ensueño.


Se levantó, y se dirigió a limpiar los cacharros que había usado. Con el grifo abierto, el agua se desparramaba por encima de todos los utensilios. Nuevamente pensó en aquella catarata, y se preguntó si esta se encontraba en algún lugar recóndito de aquel desierto que había imaginado. Puede que aquel coche que iba tan rápido, se dirigiese hacía esa catarata para calmar su sed. O quizás, huía de algo o de alguien y aquella zona recóndita le servía de escondrijo. Con esta duda entretenida pasaron los minutos como si fueran segundos.


Entonces, fue a vestirse. Abrió un amplio armario repleto de varias prendas de diferentes tonalidades. Dudaba sobre cuál coger, y al final terminó optando por una casi al azar. Se trataba de un amplio vestido color azul marino. Le estaba ancho, mas eso no le importaba. Es mas, le encantaba la ropa bien cubierta y ancha. Eso le hacía sentirse arropada, como si aún se encontrase entre sábanas. Su propio cuerpo y el calor que desprendía, se aunaba con la tela que portaba y formaba la sensación de un cálido abrazo. Era como si una instancia superior la protegiese de los males de este mundo. Algo equiparable a cuando los padres abrazan a sus hijos, e impiden que estos se hagan daño. Así se sentía.


Miró el reloj, y se dió cuenta de que ya era tarde. Siempre se le hacía tarde. Era algo inevitable en su día a día. Cuando ya estaba a punto de salir, cayó en la cuenta de que se le había olvidado una cosa. Así que volvió rápidamente para rescatarla de las sombras de su cuarto. Se trataba de una piedra que le servía de amuleto. Allí donde fuera, la portaba siempre consigo. Era una piedra cualquiera que encontró ya hacía años en la playa cuando estaba de vacaciones con sus padres. Sin embargo, para ella está anodina piedra estaba cargada de significado. Representaba un tiempo préterito: el de la infancia y el de la inocencia. Estos dos elementos le parecían tan importantes que quería conservarlos a toda costa. Por eso, llevaba siempre aquella piedra consigo.


Cuando ya se encontraba fuera de los dominios de su hogar, aún con los ojos vidriosos sonrió. Hasta algunas lagrimillas se le escaparon, y dieron con el suelo. Pero las despejó de sus ojos emocionados con su mano, como había hecho antes con la mermelada que se le caía de los labios. Mientras avanzaba con pasos presurosos, pensó: "Hoy va a ser un gran día."

miércoles, 9 de febrero de 2022

Dos microcuentos fracasados en un concurso

 Un día, estaba con mi pareja en el metro. Y de repente, mientras estabamos en el interior del vagón de un tren vímos que se anunciaba un concurso. Ambos lo leímos con detenimiento, y comprobamos que se trataba de un concurso de microcuentos. Yo no sabía exactamente qué era aquello. Pero ella me lo explicó. Me dijo que se trataba de un cuento condensado en un par de frases, a lo sumo tres. Me pareció una buena idea que ambos participaramos, ya que tal sintesís de la prosa es una idea que siempre ha llamado mi atención. Si uno es capaz de decir algo sencillo en unas frases, y transmitir algo con la debida profundidad utilizando los menos recursos posibles, es capaz de ver con más nitidad al conjunto de la existencia.


Un par de días después, mi hermana me comentó eso mismo y me instó a participar. Le dije que yo ya tenía idea de presentarme con mi pareja, y que también podría hacerlo ella debido a que estaba desarrollando un modo de escribir curioso. Me advirtió que echara un ojo a las condiciones del concurso, así lo hice y se lo transmití igualmente a mi pareja. 


Cuando vimos las condiciones, comprobamos que las reglas básicas eran simples. Debía de ser un cuento o varios compuestos por cien carácteres, y de los cuales todos debían de comenzar por la misma frase. En verdad esto que parecía tan sencillo encerraba en sí cierta complejidad. Es relativamente fácil expresar una sensación, o un pensamiento a través de una prolija descripción, e incluso mediante una redacción introspectiva de un persona. Sin embargo, con pocas palabras contar una historia, requiere de cierto afinamiento espiritual. Como he dicho al principio, tal proyecto literario me resultaba tan atrayente como interesante.


Durante el tiempo que teníamos establecido para entregar los microcuentos, lo estuve meditando a ratos. Al final, opté por pensar menos y sentir más, dejarme llevar por la inspiración y que saliese lo que saliese. Hay veces que pienso más concienzudamente lo que escribo. Pero hay otras en la que doy más pie a la espontaneidad, a que mi interior comunique aquello que esconde. En otras ocasiones, se dá un poco de ambas fácetas. A pesar de ser un relato, o un cuento que tenía pensado desde hace tiempo siempre acabo introduciendo ciertos elementos que no tenía pensados con anterioridad. Cuando pasa eso es cuando más satisfecho estoy con aquello que escribo. Me gusta aunar, unificar dos aspectos en apariencia contradictorios, pero que en realidad son lo mismo como la vida y la muerte, el bien con el mal, lo carnal con lo espiritual, el pensamiento con el sentimiento...


Mas en esta ocasión, opté por dar más primacía a lo afectivo que a lo racional. De este experimiento, salieron dos microcuentos que presenté al concurso de acuerdo a cómo me salieron en el momento. Me quedé relativamente satisfecho. No me parecían ni muy buenos, pero tampoco muy malos. Así que en cierta medida me arriesgué, y los presenté.


Tiempo después, cuando dieron el fallo del concurso -tómese el término "fallo" en su expresión más literal- tanto mi pareja como yo no ganamos ninguno de los diez primeros premios. Cuando revisamos por encima los microcuentos ganadores, caímos en la cuenta de que estos eran más largos que lo que reflejaban las condiciones. Así que las releímos para cerciorarnos. Tras hacerlo, nos percatamos de nuestro error. En las condiciones se específicaba que el limite eran cien palabras, no carácteres ni letras. Quizás nuestra devoción hacía la cultura oriental -en mi caso la japonesa, y en el suyo, la china y la india- hizo que entendieramos carácter en vez de palabra. De todas maneras, y a pesar de haber pérdido, nos desternillamos de la risa.


Ya que fracasé en aquel concurso -como en tantas cosas más durante mi vida- he pensado que sería buena idea dejar como recuerdo aquí escrito los dos microcuentos que escribí. Aquí los dejo, con algunas pequeñas variantes para que no me denuncíen por plagiarme a mí mismo. Esto último, suele pasar mucho en el mundo académico y en los derroteros de la supuesta gran cultura literaria de nuestro tiempo. En el caso de que igualmente acabaran denunciándome por algo que yo mismo he escrito, mi risa sería todavía mayor: 


- Para los que sufren.


"En tanto que estaba esperando que pasara el tren, apareció un fantasma que paradójicamente era idéntico a mí. Cada vez que intentaba coger el tren, este se interponía y me susurraba: "No vayas" Tras varios intentos en vano, ya bastante enfadado, corrí en dirección al andén con los ojos cerrados. Y cuando quise darme cuenta: todo era luz." 


- Tiempos de espera.


"Mientras deambulaba al rededor del andén, a pesar de mi juventud decidí tomar un respiro y sentarme en uno de los asientos que estaban dispersos por la estación. Cogí un libro, y leí un par de capítulos. Cuando quise levantarme, ví mis manos arrugadas y mis cabellos canosos ¡Es impresionante lo rápido que pasa el tiempo!"

sábado, 29 de enero de 2022

Un recuerdo tenebroso

 Está en lo cierto el escritor japonés Naoya Shiga cuando menciona al comienzo de su relato "Las bicicletas" el inmenso poder que tienen los recuerdos. Y como estos, a pesar de ser algunos tan lejanos en el tiempo, nos resultan muy vívidos en el presente. En lo que a mí se refiere, aún siendo más joven que él cuando escribió aquel relato, tengo recuerdos de hace unos diez años que también me resultan sumamente vivídos desde el tiempo en el que me encuentro.


Algunos de estos, se ubicarían en el espacio cuando yo todavía vivía en otra casa. Hay veces que hasta tengo sueños en los que estos recuerdos de aquel hogar resultan más nítidos, y a su vez se confunden, con otros mas recientes que he ido formando viviendo en mi casa actual. Es cuanto menos curioso este fenómeno, o al menos, así me lo parece a mí.


Recuerdo especialmente lo que para mí supuso un acontecimiento un tanto aterrador. Esto ocurrió más o menos hace diez años. Es decir, cuando yo tendría unos dieciseís años aproximadamente. Por entonces, frente a la que era mi casa que estaba situada en una amplia urbanización, había una zona que estaba completamente deshabitada. En aquella zona no habían construido ninguna casa. Sólo había un segmento de campo repleto de rastrojos que crecían según su albedrio y que nadie cuidaba. Yo, desde siempre, tenía una extraña fijación por ese pequeño espacio abandonado. Suponía que aquel terreno tendría que pertenecer a alguien. Pero como no lo sabía con seguridad, eso daba pie a que mi imaginación y fantasía volase por encima del plano que suele considerarse la realidad.


Había veces en las que soñaba con ese cuadrante cerrado por los muros de las casas que tenía a derecha e izquierda. En estos sueños, algunas veces ese aparente pequeño segmento de campo conducía a una amplia explanada que a su vez llevaba a una inmensa pradera dónde mi fantasía imaginaba aventuras, y otras veces, aparecía repentinamente una casa en aquel lugar en la que habitaban extraños personajes que celebraban fiestas y rituales desconocidos. Para mi yo de entonces, aquel trozo abandonado lleno de malashierbas suponía la entrada a un lugar cargado de especulaciones de toda índole, desde lugares paradisíacos hasta rincones oscuros, y hasta cierto punto demoníacos.


Un día en el que estaba de regreso a casa tras un paseo, me dí cuenta de que algo había cambiado en esa zona. Había vislumbrado en la lejanía algo negro que la ocupaba. Acercandome, ví que se trataba de una caravana completamente tintada de negro. Hasta sus abultadas ventanas estaban tintadas de un negro azabache. Aquello me soprendió. Me parecía bastante extraño, y a su vez, no entendía qué hacía tal artefacto ahí aparcado. Sin embargo, en los días sucesivos, al atisbar la zona siempre que salía para acudir a clase o para darme un paseo, siempre lo veía del mismo talante, inalterable.


Desde entonces, pasaba todos los días devanandome los sesos pensando qué sería aquello, y quienes se encontraban ahí dentro. No entendía la razón de ser de tal aparición. En mi cuarto, andando por los alrededores, en el autobus, en mis clases del instituto... Siempre estaba dando vueltas al asunto sin encontrar una respuesta que me satisfaciera. Llegué incluso a pensar que quizás se tratarían de unos gitanos, o de unos extranjeros venidos en pateras. Pero luego lo descartaba, ya que jamás había visto a nadie ni salir ni entrar ahí. Era como si aquella caravana tintada de negro hubiera aparecido ahí de repente, como por arte de magia.


Durante una tarde-noche en la que estaba leyendo "La ciencia jovial" de Friedrich Nietzsche, sonó el timbre de mi casa. Al bajar, me avisó mi madre de que me habían venido a visitar unos amigos. Salí y me encontré con el incorregible X, el músico D y el deportista R. Tras hablar de las tonterías y las banalidades que suelen caracterizar a los adolescentes, les comenté acerca de mi obsesión por aquel espacio abandonado, y especificamente por la repentina aparición de la caravana tintada de negro.


D, con una pícara sonrisa dijo señalando en esa dirección: 


- ¿Y por qué no exploramos la zona, y así desentrañas el misterio?


- ¡Será divertido! Además, no tenemos nada más que hacer - comentó X ya adelantando el pie camino a la caravana


- Está bien, está bien... Pero vayamos con cuidado. Hay veces que por las noches parecen oírse ruidos que provienen del interior - respondí yo


- ¿¡Cómo!? - preguntó sorprendido, y a su vez, asustado R


- Así es... Parece que si uno afina el oído durante la madrugada, pueden oírse una especie de susurros y de sollozos contenidos... Tampoco estoy seguro, pero creí que debería avisaros si vamos a explorar la zona


- ¡Pues vamos, anda! No seaís cobardes - terminó por sentenciar X retomando su marcha 


Y así hicimos. Nos dirigimos hacía donde estaba ubicada la tétrica caravana, y dimos una serie de vueltas al rededor de la misma. Nos atrevimos, incluso, a poner nuestros oídos en la chapa tintada, a dar golpes con nuestros puños, y a asomarnos sobre unas ventanas que al estar tintadas no reflejaban su interior. Evidentemente, para nosotros que en aquel tiempo éramos un poco gamberros, explorar significaba enredar como unos críos carentes de la menor educación. Así que cogímos unas piedras, y empezamos a tirarlas contra la caravana hasta el punto de abollar algunas de las chapas. Entre risas X, cogió una piedra bastante grande, y la lanzó contra una de las ventanas. Con el impacto, esta se resquebrajó, quedando un roto considerable. Y justo en ese momento, del interior de la caravana surgió un grito femenino espantoso, desgarrador.


Al oírlo, todos salimos corriendo espantados. Nos dispersamos sobre el par de vías que conformaban la calle, pero nos dímos cuenta que separarnos en dos grupos dadas las circunstancias era un desatino. Así que nos agrupamos en dirección diestra, según se bajaba la calle, y recorrimos en descenso para doblar nuevamente a la derecha. Escondidos en los contenedores, R exclamó: 


- ¿Habéis oído eso...? ¿O yo soy el único loco aquí?


- Creo que lo hemos oído todos perfectamente... - respondí con el corazón palpitante y la respiración entrecortada


- ¿Y ahora qué hacemos? - preguntó D, claramente alterado


- No lo sé... - dijo X dubitativo


Tras un momento repleto de dudas decoradas por el conjunto de nuestro agitado respirar, saqué coraje de algún lugar oculto en mi pecho y dije levantandome con decisión:


- Voy a ir para averiguar de qué demonios se trata.


- Te acompaño - dijo X, levantándose conmigo a su vez


Así, pues, nos dirigimos de nuevo en dirección hacia aquello de lo que habíamos huído. Dejamos a los otros dos detrás, escondidos entre los contenedores que daban al descenso de la calle. Avanzamos en un principio presurosos, pero según nuestros pasos se acercaban a nuestro objetivo, íbamos aminorando nuestra marcha y nos encaminabamos con tiento. Tras un par de minutos llegamos, decidimos asomarnos a la ventana que el mismo X había roto con su lanzamiento. Lo hicimos a la vez, contando del uno al tres. Y cuando nos asomamos, no creíamos aquello que vímos. Había una mujer con una melena negra que le cubría completamente el rostro tumbada en una especie de sofá empotrado a cuadros. Esta, emitía unos extraños sonidos que parecían sollozos en tanto que su cuerpo se agitaba con espasmos. Parecía que llevaba una indumentaria andrajosa, y despedía un olor putrefacto. Además, su piel era verdosa, y al atisbar sus manos me dí cuenta que tenía unas uñas largas y amarillentas. No paraba de emitir aquellos ruidos, que parecían ser una mezcla entre crujidos de dientes y gritos contenidos.


Al contemplar aquello, X y yo nos miramos anonadados. Nos bajamos, y pestañeamos perplejos. Volvímos a asomarnos otra vez para comprobar la realidad de lo que habíamos visto segundos antes. Pero cuando así lo hicimos, la mujer ya no estaba ahí. Esto nos hizo sentir aún más sorprendidos, y si es preciso admitirlo, también tremendamente asustados. 


Después, al comentárselo a los otros dos, no nos creyeron. Nos tildaron de locos, y se rieron de nosotros aún cuando fuímos los únicos que nos atrevimos a volver escuchando aquel terrorífico grito. Al final, nos dispersamos cada uno en dirección a nuestras respectivas casas como si nada hubiera pasado, o como si lo que hubiera pasado hubiera sido producto de nuestra imaginación. Sin embargo, cuando tuve que pasar por la puerta de mi casa, no pude evitar mirar a la caravana y sentir miedo. Cerré la llave de la puerta principal con premura, y entré a casa.


Tiempo después, la caravana desapareció tan milagrosamente como había aparecido. No volví a saber nada de su paradero exacto, aunque escuché entre las habladurías de la gente que vivía cerca de esa zona, que la habían vuelto a ver en otros campos abandonados, e incluso, en medio de grandes explanadas alejadas de la urbanización. No sé si esa información era auténtica, o si simplemente se trataba de una especie de nueva leyenda.


En lo que a la zona en concreto se refiere, construyeron los cimientos para hacer una casa, hasta levantaron algunos muros todavía desnudos en ladrillos. Pero sin embargo, parecía que la construcción no avanzaba. No solamente porque fuera muy lenta, sino porque además siempre que parecía que avanzaban algo, a los meses volvían a derruír lo que habían construído, y así incesantes veces, vuelta a empezar constantemente. Al ser por entonces joven, tampoco me enteré bien de lo que pasaba ahí. Aunque a estas alturas, dudo que vaya a saberlo jamás.


A lo largo de mi vida, me han pasado algunas cosas que cabría calificar de lo que la gente llama "paranormales" -Como a casi todo el mundo, supongo- Mas creo que ninguna fue tan explicita como la que acabo de narrar. Estaría curioso que volviera a dar una vuelta por aquella zona por si vuelvo a ver la susodicha caravana y así podría disculparme con la mujer tenebrosa, o quizás, para averiguar si la construcción finalmente ha avanzado algo. Algún día volveré por allí.

jueves, 20 de enero de 2022

Sombras del pasado

 Es impresionante cómo se agudizan nuestros sentidos cuando estamos enfermos. Muy al contrario de lo que se piensa, cuando enfermamos nos volvemos más contemplativos. Quizás debido a nuestro supuesto aturdimiento, acabamos fijandónos en las cosas mas insospechadas, aquellas que día a día se plantan ante nuestros ojos, pero que pasan desapercibidas cuando estamos sanos. Adquirimos, pues, algo de misticismo.


Así, al menos, me ocurrió a mí durante la convalecencia de mi enfermedad. Me fijaba en otras cosas en las que no me hubiera fijado si estuviera sano. Puede que por aburrimiento, o porque no tenía otra cosa que hacer, el caso es que el mundo tomó un nuevo aspecto bajo mi mente enferma.


Ejemplo de ello, era la ventana de mi cuarto. Hasta entonces sólo la observaba para ver qué tiempo haría durante ese día, pero estando enfermo adquirió una tonalidad estética. Ya no sólo por la mutación del paisaje y de los acontecimientos a través de la misma, sino además por los colores que surgían de ella cuando se le daba la espalda. Por efecto de unas luces artificiales situadas en el jardín, podía ver en el techo que tenía en frente su cambio de matices, el cual pasaba de un rojizo sangre, a uno pálido, y de ahí al verde y a un azul ceniciento. Se trataba de una única franja de color, situada pocos centimetros por encima de mi lámpara cuadrada. No sé por qué, pero me quedaba como hiptonizado mirando ese cambio de los colores hasta que llegaba un punto en el que me quedaba dormido y acababa teniendo grandilocuentes e imaginativos sueños.


Sin embargo contar esta experiencia estética no es la pretensión de este escrito. A raíz de mi enfermedad, tuve una experiencia más marcada, la cual es la que voy a relatar aquí. En verdad desconozco si fue por efecto de la enfermedad, o es que realmente esta experiencia me fue concedida caprichosamente en el momento en el que me encontraba enfermo. No lo sé con seguridad, mas el caso es que así se dió.


Yo me encontraba en la cama, sufriendo los dolores de mi primer día enfermo. Era muy de noche, y no podía conciliar bien el sueño. Los dolores y la presión corporal eran tan tremendos, que me encontraba sumamente aturdido. Cabeceaba de lado a lado y con constancia como paliativo a la incapacidad de movilidad del resto del cuerpo. La escena en sí misma hubiera producido alguna que otra carcajada a un espéctador neutral, mas ya puedo yo asegurar que a su protagonista la situación no podría sacarle más de quicio.


De repente, ví como se entreabría la puerta. Como pensé que se trataba de mi madre, o de mi hermana al principio no presté mucha atención. Me posicioné en la cama de tal manera que si me preguntaban lo que fuera, las pudiera responder. Mas, no obstante, lo que salió de la puerta no fue alguien como tal. Se trataba más bien de un gran coro de sombras, a las que se me hizo harto díficil encontrarles una figura concreta. Este coro se internó en mi habitación, y comenzaron a bailar desacompasadamente a escasos dos metros a lo sumo de mí. Se oía una música discordante, carente de toda armonía. Parecía que saliese de algún tipo de hueco del que no lograba atisbar espacialmente. 


A ratos, mientras esos seres bailaban, algunos de ellos alzaban un puño al aire en señal de regocijo, o anunciando una batalla que se encontraba próxima. Podía oír también cómo se reían. Eran unas carcajadas muy tenues y finas, pero no por ello menos estridentes. Pensando que se trataba de una ilusión, o un sueño, producto de los delirios que suele provocar una enfermedad, cerré aún con todo ese escándalo los ojos para intentar conciliar nuevamente el sueño. Pero cuando así lo hice, esos seres comenzaron a darme empujones para evitar que me quedase dormido. Sus golpes dolían como si le clavaran a uno acero recíen fundido. Luego llegarón hasta a meterse en mi cama, y empezaron a dar saltos y golpes. Yo, luchaba como podía, y me retorcía mientras procuraba defenderme de sus embistes.


Al final, no me quedó otra que abrir repentinamente los ojos. Y cuando lo hice, contemplé cómo se abrió la puerta de un golpe. De la misma, surgió una sombra alargada, pero cuya estampa sí que me era más conocida. Esta sombra dispersó al coro que había entrado anteriormente, y cogiendo la silla que se encuentra delante de mi mesa, la desplazó y la colocó delante de mi cama. E inclinando su sombrío semblante, me dijo con una voz que parecía de otro mundo:


- Sabes que todo el mundo está conspirando contra ti ¿Verdad?


- Hum, no lo sé... Unos sí, y otros no, supongo...


Se produjo un silencio, y cambiando relativamente de tema, la sombra continuó diciendo:


- Hace mucho que no nos vemos, y lamento que haya sido en estás extrañas circunstancias... Pero no me ha quedado otra. Pensaba verte en otra ocasión, mas el impulso me ha llevado a que sea en esta, transmutado en sombra cual mensajero de la noche. Vengo a advertirte acerca de lo que se te viene encima como sigas así, de lo que te pasará si no aceptas mi humilde consejo.


- Cierto... Ha pasado mucho tiempo... Pero bueno, ¿De qué se trata?


- Tienes que protegerte sea como sea de aquellos que procurarán aplastarte, se cernirán contra ti e intentarán acabar contigo. No puedes seguir así. En este mundo todo es digno de desconfianza, incluso hasta tu propia sombra. Escucha bien lo que te digo: Ahí fuera hasta las más hermosas mariposas cuchichean, y no es siempre lo oscuro lo que mas confabula contra ti. Has de despertar, sea como sea. Abrir los ojos y darte cuenta de lo que se te viene encima. Porque, al menos por ahora, la caída resulta irremediable.


- Te estoy escuchando, pero... ¿A dónde quieres llegar? ¿Qué es lo que intentas decirme?


- Tú mismo te darás cuenta llegado el momento. Espera, y verás. Por eso mismo he acudido a ti, para que estés avisado y a poder ser puedas esquivar el golpe.


- Sigo sin entender... -temblé perplejo-


- Tiempo al tiempo. Todo aquello va a ocurrirte mucho antes de que te des cuenta. Pero como suele decirse, quién avisa no es traidor. Ya nos veremos en otra ocasión. Esta será también mucho más pronto de lo que esperas. Nos reencontraremos, y te lo revelaré todo. Hasta entonces.


Entonces, la sombra alargada puso una mano sobre mi rodilla y la acarició con dulzura. Hasta pude percibir muy vagamente una sonrisa que revelaba una profunda sinceridad de sentimientos. Después de aquello, creo que se esfumó. Y digo que lo creo porque tampoco lo sé con seguridad. Me parece que me quedé dormido, o en su defecto, los dolores de la enfermedad fueron tan tamaños, que me desmayé sin quererlo. Cuando me desperté al día siguiente, recordé todo lo que ocurrió de una forma muy vívida. Y también, me sumió en muy hondas meditaciones.


A día de hoy, sigo preguntándome lo que significaban exactamente las palabras de la sombra. Quizás algún día vuelva a encontrarla y me lo explique. O puede que yo mismo logre desentrañar su significado cuando menos me esfuerce en intentar entenderlo.

domingo, 2 de enero de 2022

El jardinero apestoso

 Mas allá de todos los montes conocidos, entre las espesuras de bosques aún sin nombre, vivía un hombre cuyo nombre era Florencio. Este ejercía el oficio de jardinero -lo cual provocaba las risas de los escasos vecinos de la villa por motivos evidentes- y se trasladó allí hacía unos cuatro años más o menos. El lugar era bastante remoto, se trataba de una pequeña urbanización alejada de la capital, y de toda influencia urbana. La mayoría de la gente que vivía allí eran ancianos, y habían dividido sus parcelas con pequeños muros de madera. La vejez de estos, y la división de sus humildes hogares provocaron que a fuerza necesitarán de alguien que mantuviese el lugar. Ese alguien no podría ser otro que no fuera Florencio.


Los motivos por los cuales aquel hombre fue a parar en tales extraños parajes le eran desconocidos a la mayoría. Pero, sin embargo, se supo después de algún tiempo entre las confesiones que este prodigaba en sus borracheras, que había llevado una vida disoluta durante su estancia en algún barrio cerca del centro. No sé sabe con exactitud por qué razón decidió huir de ahí para llevar una vida relativamente calmada. Mas Florencio solía decir: "No podía continuar así. Debía retornar a la inocencia. Si hubiera seguido así... ¡Quién sabe lo que hubiera sido de mí" A parte de esto, no se sabía nada más.


Una de las carácteristicas que hacía a Florencio reconocible entre todos sus vecinos, era su mal olor. Motivo por el cual solían llamarle: "el jardinero apestoso" De esto tampoco se sabía mucho hasta que un día una suerte de druida visitó por un par de días la villa. Este decía que su repentina visita se trataba de una peregrinación, y debido a ello, solicitó la ayuda voluntaria de quién quisiera ofrecersela para descansar y alimentarse. Quién se ofreció fue Florencio. Así que el druida aceptó su ayuda con una amplia y honesta sonrisa.


Un día, durante su estancia en la casa de Florencio, mientras el druida dormitaba, abrió de repente los ojos. Estos se quedaron completamente blancos acompañados por una bruma gris que los circundaba. Y con los labios temblorosos y de un tono violaceo dijo las siguientes palabras entre susurros y muecas extrañas:


- Sé del motivo de tu mal olor. Este se ha ido germinando como el fertilizante que echas a las flores. Aunque mas que un fertilizante, se trata de un veneno que te corroe las venas. Desde tu juventud has cometido mil fechorías y cien vileces. Ya a partir de tu primera travesura en tu niñez, algo en ti se ha ido pudriendo. Y así, poco a poco, todo ha ido a peor. Naciste con la inocencia de una cría, pero con el tiempo te has convertido en un ser malvado. Pese a que creas que has huído de ello mudandote a este lugar, sólo has logrado que el remordimiento y el resentimiento aumente tu mal olor. Va a llegar el punto que tu putrefacción sea tan tamaña que vas a convertirte en un saco de basura andante.


Sumamente perplejo, el jardinero apestoso preguntó:


- ¿Y qué puedo hacer para evitar acabar así?


- Enamorándote con sinceridad -respondió el druida, y prosiguió- Pero no forzando ese amor, has de enamorarte con la inocencia de un niño que ve el amanecer por primera vez hasta el punto de deificarlo. Has de hacerte un creyente de aquello de lo que te enamoras. Gracias al amor todo el mal que los hombres portamos dentro se pule tanto que llega a disolverse.


Poco después el druida se marchó y nadie volvió a saber de él. Mientras tanto, Florencio se quedó meditativo, a penas hablaba y dejó de ir a emborracharse. Continuó su trabajo con diligencia, sin llegar a revelar lo que le había dicho el druida. Simplemente trabajaba en silencio, con los pensamientos focalizados en lo que a este le había dicho. Los había interiorizado tanto, que se dispuso a llevarlos a término. Durante los años siguientes, se fijaba con atención en todas las mujeres que pasaban a su lado, independientemente de su aspecto y de sus edades. No las miraba ni con deseo, ni mucho menos con intenciones lascivas. Lo que intentaba no era otra cosa que no fuera enamorarse. Así pasaron cinco años, todos en vano.


Tiempo después, durante un hermoso atardecer de primavera, contempló una silueta femenina que se dirigía en su dirección con pasos sinuosos y elegantes. Y cuando pasó de soslayo al lado de él, le dirigió una tenue sonrisa acompañada de unos ojos vivos y vidriosos. Fue entonces, cuando supo que estaba enamorado. La mujer, se trataba de una treintañera que jamás se había casado debido a que seguía los ideales de antaño. Decía que nunca se casaría, a no ser que conociese al hombre que ella considerase adecuado. Además, era una persona tremendamente religiosa, y que huía de los placeres del mundo. Lo cual, era justo lo contrario a lo que había sido Florencio antes de llegar a la villa.


El jardinero apestoso desde entonces se había enamorado. Sin embargo, su mal olor todavía no se había ido. Permaneció sin mutarse, estable, pero seguía ahí. Pensó que lo que le faltaba era llevar su amor al plano real, y que este no se quedará solamente en el ideal. Así que intentó cortejar a la mujer a base de miradas. Pero esto no funcionó, ya que el mal olor continuaba ahí por mucho que insistiera en sus miradas amorosas. Y aunque ella le correspondiese a esas miradas, tampoco le decía palabra alguna.


Así que una mañana mientras estaba cortando las rosas de las zonas comunes, ella apareció de repente a su lado, como si llevara ya un tiempo sin que él se diera cuenta al estar concentrado en su trabajo. Se puso tan nervioso, que se pinchó con una de las espinas de una enorme rosa blanca. Y pese a que la sangre chorreaba de su pulgar diestro hasta la tierra arenosa que estaba a sus pies, logró concentrar todo el coraje del que era capaz y le soltó a la mujer:


- Sé que no conozco nada de ti ni tú de mí, exceptuando mi mirar constantemente posado sobre el preciado aura que me transmites y esa sonrisa tan hermosa que me prodigas a las veces. Mas he de confesarte que te amo desde que nos vimos en aquel excelso atardecer. También sé que no soy precisamente muy guapo, y que además, huelo fatal. Pero, aún con ello, cuando pasas a mi lado, siento que siempre quisiera estar junto a ti. 


La mujer, con suma tranquilidad y con un semblante afable y comprensivo le limitó a decir:


- Nuestros sentimientos no podrían ser más parejos


Tras escuchar esto, Florencio perdió repentinamente su mal olor, y aún con la mano sangrante debido a la herida, inundando la tierra cual si derramara vino, le plantó un pequeño beso en los finos labios de la mujer. Fue un beso tan leve, como si fuera aquel roce tierno que una madre dispensa a su recíen nacido. Duró un instante. Un instante que fue suficiente para que brotasen sendas ramas de entre todas las partes del cuerpo de Florencio, haciendose a su vez mucho mas pequeño. Todo esto se sucedió con tal rápidez que la mujer no tuvo tiempo de reaccionar. Dirigiendo la mirada bajo sus pies, pudo ver que allí donde estuvo el jardinero apestoso sólo quedaban un pequeño cúmulo de ramas de las que brotaban algunos tallos verdes. Con gran tristeza, ella se puso a llorar. Y mientras sus incontenidas lágrimas caían, se dió cuenta de que la planta crecía con extraña premura. Con sólo un par de gotas, los tallos verdes se hacían grandes y fuertes.


Desde entonces, la mujer acudía a regar la planta con sus lágrimas día tras día. Hasta que lo que fue una pequeña planta se convirtió en un inmenso sauce llorón. Y a pesar de que este ya era enorme, seguió insistiendo en llorar sobre él hasta el final de sus días. 


Del destino de la mujer, nadie sabe con certeza lo que fue de ella. Unos dicen que murió de pena, y otros, que las ramas del sauce llorón se hicieron tan rudas e inmensas, que acabó apresandola entre ellas convirtiendola en parte del árbol. Yo, particularmente, prefiero esta segunda versión aunque sea mucho menos razonable y lógica que la primera. Mas, ¿A quién le importa la razón y la lógica? En todo caso, lo que fuera de ella lo dejaré al parecer de los lectores.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Cáncer

 Siempre he pensado que acabaría muriendome de cáncer. Es esta una convicción que llevo arrastrando largos años de mi vida, y que a día de hoy sigue repercutiendo en mí. Todo comenzó cuando contaba con catorce años de edad. Durante una etapa me dió por soñar toda una semana con que me moriría de cáncer. Mis familiares acudían al hospital, y me rodeaban en lo que serían las últimas horas de mi vida. Después, varios doctores llevaban mi cuerpo agonizante sobre una camilla a toda prisa. Yo observaba mis pies, y veía entre mis dedos la etiqueta de defunción. Pensaba que probablemente me lo ponían por adelantado para ahorrar tiempo, o quizás ya estaba muerto y no me daba cuenta. Otras veces soñaba con que me daban la noticia de que tenía cáncer estomacal. Yo me lo tomaba con bastante calma, como si ya lo supiera desde hace tiempo. Me negaba a tomar tratamiento, y me iba del consultorio médico tan tranquilo dejándolos a todos pasmados.


Mi abuelo murió de cáncer. Mas no caigo en esa absurda creencia de que porque él haya muerto de ello, yo por herencia biologica vaya a hacer lo mismo. Simplemente así lo considero por lo que se me ha revelado en sueños, y porque esa convicción cuasi-mistica lleva conmigo ya mucho tiempo. Recuerdo, sin embargo, algunos momentos del final de la vida de mi abuelo. Como, por ejemplo, esos largos pasillos del hospital que parecían no terminar, o como una vez que le operaron tenía la tripa cosida. Yo, aún así, me tumbaba sobre él como lo hacía cuando su cáncer se estaba gestando sin llegar a exteriorizarse. Todo aquello ha quedado en mi memoria, tanto lo que fue su vida como su muerte. Todavía le echo mucho de menos.


A próposito de esto, recuerdo cierta anécdota que me aconteció hace ya algún tiempo. Por entonces mis sueños relacionados con el cáncer habían disminuido. Pero, aún con ello, seguía férreo en mi convicción de que tarde o temprano moriría por esa enfermedad. El caso es que por ese tiempo, acababa de empezar la universidad. Y, debido a ello, tenía que acostumbrarme a coger el autobus para ir hasta la capital. También, tenía que esperar muchas horas durante la ida y la vuelta para ponerme en camino. Eso me permitía observar a la gente durante la espera, veía lo amargados que eran algunos, y la fingida felicidad de otros. Me resultaba tan entretenido como desalentador.


En una de estas ocasiones, entre el ir y el venir de la gente que perdía sus autobuses, ví a un hombre muy anciano que iba acompañado por una señora muy delgada. A pesar de que ambos tenían pinta de tener algún tipo de enfermedad, se les notaba muy alegres. Era extraño, pero su alegría me pareció verdaderamente sincera. Eso provocó que me suscitara cierta curiosidad, ya que entre tanta gente joven y saludable se percibía una suerte de pesadumbre moral. Mas, en este padre y su hija, aún pareciendo demacrados en cuerpo, estaban felices en alma.


Me dediqué entonces a observarles con disimulo. Ambos soltaban multiples risotadas debido a que el hombre anciano iba a pagar el billete del autobus mediante una gran suma de céntimos. Mientras jugaba con la calderilla en mano, comentaba que tampoco podía hacer otra cosa, que no estaba acostumbrado a coger transporte público, y que era lo que tenía por casa. Cuando ya abrieron las puertas, les cedí el paso con una inclinación cortés. Los dos lo agradecieron con una sonrisa, y luego continuaron riendo a hurtadillas al cometer tal picardía, formando así una cola considerable yendo tan lentos en lo que al pago se refiere.


Días después, me encontré a esa señora sola. En el mismo lugar donde días anteriores la encontré con su padre. En esta ocasión no reía, mas sí mantenía una sonrisa afable impresa en el semblante. Esta vez se dirigió directamente a mí, manteniendo esa sonrisa y me dijo:


- ¿Es usted aquel joven que nos cedió la entrada a mi padre y a mí?


- Sí.


- Fue muy amable por su parte. Por cierto, tengo aquí una coca-cola que no quiero beberme. Tenga.


- Descuide, pero no me gusta esa bebida


Sin embargo, insistió. Y yo, por cortesía, no me quedó otra que tomarlo y comenzar a bebermelo para agradecerselo de alguna manera. Justo en ese momento, cuando tomé el primer sorbo comenzó a hablarme de su vida. Yo, la escuché con atención en silencio. Limitandome a asentir para que supiera que seguía ahí. Me contó que hacía poco que se había separado de su marido, que este había desaparecido, y que se había quedado ella sola con su hijo de seis años. Mas la historia no acababa así. Esta continuaba con que la vez que le había visto con su padre, regresaba justamente de una revisión médica. Recientemente la habían operado de un tumor que acabó formando un coagulo en su cabeza. Por lo visto, a pesar de la operación, no le quedaban muchas esperanzas de vida, a lo que se sumaba una considerable pérdida de memoria. 


- Por eso, es probable que otra vez que nos veamos por aquí, no te reconozca. Pero no es culpa mía, es la metastasis que me está minando la vida y los recuerdos- acabó por decir


Al subir al autobus, cada uno se sentó en un sitio diferente. Mientras apoyaba mi codo sobre la cristalera, y mi mano sobre la barbilla no podía evitar sentirme bastante triste. Sentía compasión por la vida de aquella mujer, y sobre todo por como terminaría. Me preguntaba si llegaría el punto que hasta se olvidaría de su propio hijo, y moriría pensando que jamás se hubiera casado, y que ni mucho menos habría dado luz a un niño. Mas no obstante, acabé por desechar tal pensamiento. "Una madre, al cabo, nunca podría olvidarse de algo que ha surgido de sus entrañas. Puede que ya no lo recuerde desde la memoria, pero sí desde el corazón" -pensaba. Después, ella se bajo y se despidió con una inclinación acompañada de una sonrisa risueña. Aquello también me hizo preguntarme por cómo alguien que estaba perdiendo la memoria y la vida podría estar tan feliz. Pensé que quizás esto llegaría a comprenderlo mucho mas adelante en mi propia vida. 


Algunas semanas mas tarde, durante el trayecto en autobus de una mañana, yo me encontraba leyendo "Temor y Temblor" de Kierkegaard en uno de los primeros asientos. Cuando justamente me encontraba en las páginas donde el autor hace una especie de introspección psicologica del caballero de la fe, aquella señora se giró en dirección a mi asiento. Ella estaba delante, y yo a sus espaldas. Pero tan ensimismado estaba en la lectura, que no me percaté de su presencia. Una vez me hubo saludado, me dirigió las siguientes palabras:


- He de confesarte algo que he estado pensando durante estos días en relación a tu persona


- ¿De qué se trata? - pregunté con un dejo de asombro, quizás por el repentino exceso de confianza que se tomaba


- Ya te conté que tenía un hijo... Pues bueno, he llegado a la determinación de que quiero que sea como tú.


- ¿Cómo...? ¿Por qué?


- Eres un buen chico. Si mi hijo fuera como tú cuando tenga tu edad, yo sería una madre inmensamente feliz


Callé, y asentí con una sonrisa. No le transmití mis pensamientos para evitar nublar su alegría. Pero en realidad pensaba desde mi fuero interno que si me conociera jamás desearía nada parecido ¿Cómo iba a querer que su hijo se convirtiera en un pérdido y desgraciado como yo que carece de rumbo vital? ¿Para qué quisiera tener ella un hijo que en el futuro se encontrase con las manos y los bolsillos completamente vacíos, sin objetivos ni aspiraciones? Sinceramente, ¿Quién querría tener a un primogenito que se pareciera lo más mínimo a mí? No, ese chico va a ser una mejor persona de lo que soy yo. Va a convertirse en un muchacho ejemplar, de buen corazón y de honestas acciones. Siempre cobijará el tierno recuerdo de su madre en su pecho, y eso le alentará a convertirse en una persona modelo. Estoy seguro de ello. No será como yo, y por eso tendrá una vida mejor. Le espera un futuro brillante, impoluto y cargado de hermosas sorpresas. Casi me emociono al pensarlo, y desecho unas lagrimillas sobrantes.


Tras aquella ocasión, sólo pude verla una vez mas. Cuando pasé al lado de su asiento, no me reconoció. Pensé, que, tarde o temprano inevitablemente, se cumplirían sus palabras acerca de que algún día no me reconocería. No me molestó en lo mas mínimo, puesto que tampoco la conocía demasiado, y al fin y al cabo, estaba enferma. Por otro lado, reconozco que me dió lástima. No por mí propio orgullo, sino por cómo sería su vida a partir de ahora. Al bajar en el pueblo vecino, ví a un niño con un pelo oscuro en forma de tazón y de una piel sumamente clara. Ella, se sujetó de su pequeño hombro, y caminaron juntos en dirección al reconfortante hogar familiar. Como dije, estaba seguro que aún perdiendo la memoria, siempre reconocería a su hijo hasta el día de su muerte. 


Después de aquello, ya no volví a verla nunca más. Supuse, que, o bien se encontraría fatal y tuvieron que ingresarla en el hospital estando terminal, o directamente ya habría muerto. Yo, en cambio, a pesar del paso de los años, aún no he muerto de cáncer.