jueves, 1 de septiembre de 2022

El cuchillo clavado sobre la mesa y las lágrimas de sangre

 - ¡Me cago en Dios! ¿Dónde demonios se habrá metido esta mujer...? ¡Qué maldita pesadilla es vivir con ella!

Así se quejaba Laurelio mientras pegaba patadas debajo de la mesa debido al enfado. Estaba esperando a su mujer para una cita que habían concertado hacía un par de días para reconciliarse. Probablemente por primera vez en su vida se había dignado a cocinar algo. Se trataba de una especie de paella en la que metió todo aquello que estaba a punto de caducar, como por ejemplo pimientos, mejillones, pollo, hasta pepinillos... Todo este contenido se tambaleaba con sus continúos golpes, haciendo parecer que aún estaba en la paellera dando vueltas y vueltas.

Era cierto que últimamente la convivencia con su mujer había sido cuanto menos álgida. Discutían cada dos por tres, a veces por las cosas más baladí. A Laurelio le irritaba especialmente que ella irrumpiera sin permiso previo a su habitación y desproticara contra todos y contra todo -incluso, contra él- porque necesitaba desfogarse. Veía en ella a una mujer muy egoísta, quizás porque también lo era él. Pero esto último se negaba a verlo. Los males que pudiera provocar él siempre tenían algún tipo de justificación hasta cierto punto racional, mientras que los malos actos que pudiera tener su mujer eran demenciales, provinientes del mismísimo infierno. Ya no sólo era que perturbara sus escasos momentos de sosiego, sino que todo el día uno debía estar pendiente de ella y a sus exigencias. En verdad, con él pasaba más o menos igual. Aunque, claro, en su caso siempre era diferente, eran otro tipo de circunstancias, y por lo tanto, todas y cada una de ellas comprendían de una razón de ser que a su mujer se le escapaba por completo.

Cansado de esperar unos treinta minutos apróximadamente, Laurelio se levantó de repente y dió un fuerte puñetazo a la mesa. Del golpe se precipitaron algunos tenedores y demás cubiertos, y al verlos caídos cercanos a sus pies, les propició una serie de patadas para dispersarlos y alejarlos de él. Sin querer, la punta de uno de los cuchillos le rozó en uno de sus meñiques produciendo un leve corte del que salieron un par de gotas de sangre a penas perceptibles. Esto le cabreó aún mas. Por lo cual, se molestó en agacharse para coger aquel desdichado cuchillo, e imaginandose que se trataba de su mujer, lo clavó en la mesa con furia.

- ¡Ya está! Ya no aguanto más... Estoy hasta las pelotas de la puta de mi mujer. Voy a ver dónde cojones se ha metido la muy zorra.

Tras exclamar estos pensamientos en alto, se fue de la estancia dejando el cuchillo clavado sobre la mesa. Muy cabreado, fue dando zancadas desde la puerta de su pequeña casa hasta la calle. Mientras andaba pisando el suelo como si fuera el estómago de su mujer, fue profiriendo suspiros que ilustraban su rabia contenida e interior. Sin saber dónde buscar, se dirigió al bar dónde solía ir a beber los domingos con sus amigos para olvidarse de sus endiabladas mujeres. En realidad, por mucho que intentarán envalentonarse gracias a la ayuda de la bebida, al regresar a su casa, bajaban la cola y aguantaban estoicamente sus regañinas, e incluso, algún que otro golpe. Mas, sin embargo, en el momento en el que estaban tomándose unas birras en el bar, durante ese preciso instante, se creían héroes de su propio destino.

Ahí estaban, en la entrada del bar, una serie de hombres que no le sonaban para nada a Laurelio. Todos aquellos eran unos perfectos desconocidos, ninguno de ellos eran sus amigos. Hasta el hombre que hacía de camarero le parecía un desvergonzado joven que iba a un concurso de disfraces de los trabajos peor pagados. Pero de todas maneras, decidió internarse para preguntar, con voz temblorosa, por el paradero de su mujer.

Todos le miraban con extrañeza. Una extrañera que no era tanto el producto de una repentina sorpresa que se presentara por casualidad, como una especie de desasosiego hacía un incordio conocido. Laurelio, mientras tanto, se dirigía con paso presuroso y temeroso ante el dueño del local, el cual, tampoco le sonaba nada de nada. Mas, estaba tan enfadado, sentía tanta ira en su interior, que le restó importancia a este hecho superficial, y pasó a preguntarle a quién presumió que era el dueño del sitio acerca de dónde se encontraba aquella mujer que le había traicionado al no acudir a su cita.

- Pero don Laurelio... -le respondió- Otra vez usted por aquí... No, no tengo ni la más rémota idea acerca de dónde está su mujer.

- De nuevo está este viejo sarnoso preguntando por aquí sobre el paradero de su seca y arrugada esposa... Qué puta pesadez de viejos ¡Ojalá se mueran todos de una puñetera vez!

Laurelio, perplejo, pestañeó unas cinco veces, y alzando el puño en alto en señal de amenaza, se dió la vuelta y se fue. Cuando se halló en plena calle de nuevo, un fragmento de sol le iluminó parte del semblante, produciendole picores. Andando, tambaleante, sintió que el viento le recorría sus grisáceos y escasos cabellos. Poniendo atención a esta sensación, pudo sentir como algunos de estos débiles cabellos, se fueron volando en dirección a la carretera. Y de repente, el paso de un coche que iba a bastante velocidad, los dispersó en el cielo cual si fueran los pétalos blanquecinos de un diente de león. Vió como estos resplandecían en contacto con el sol quizás por última vez antes de acabar tirados entre la porquería del asfalto, y sin saber por qué, se le derramaron algunas lágrimas.

Continuó deambulando por aquellas calles que se conocía tan bien, sintiendo en su pecho una pesada tristeza de la que no sabía su origen, y sin saber tampoco por qué, se perdió. De repente, todos aquellos caminos que había recorrido durante años desde su juventud se le difuminaron, y cuando logró distinguir con algo de mayor nitidez, le eran completamente desconocidos. Desconcertado ante este hecho, como también por la repentina tristeza que sentía, se detuvo en seco mirando a ambos lados. Pero nada, no le sonaba absolutamente nada de lo que veía al rededor ¿Cómo era posible? Si se conocía a dedillo todas aquellas calles ¿Cómo podía perderse en su propia tierra después de haber pasado toda su vida ahí?

Entonces, un policía le vió desde lejos, y acudió a paso ligero allí donde se encontraba Laurelio. Con una sonrisa entre afable y sárcastica, le tomó del hombro y le dijo:

- Vaya, vaya... Otra vez por aquí señor Laurelio... Venga, suba a mi coche que está a pocos minutos de aquí. No se preocupe por nada, yo le llevaré a casa.

Sin saber qué decir, Laurelio, en su desconcierto, decidió seguir a aquel hombre con uniforme. Tenía razón. A los pocos minutos se encontró en la puerta de su casa, y al girar el cuello en dirección al policia que le había traído, pudo verle alejarse mientras agitaba la mano en señal de despedida. Acto seguido, se internó en su casa y buscó a su mujer por todos los rincones, hasta debajo de la cama y dentro de los armarios. Mas su búsqueda fue en vano, no logró encontrar atisbo de su mujer a excepción de todas sus pertenencias desperdigadas por cada una de las estancias. Sólo pudo contemplar el reflejo sombrío de aquel cuchillo clavado en la mesa de la sala de estar, veía como la sombra proyectada en esa misma mesa avanzaba en circulos hasta que la sombra se hizo total una vez el día había llegado a su fin.

Después de aquello, pasaron días y días. Los cuales, quizás para otro, hubieran sido interminables. Pero, que, para Laurelio, fueron semejantes a un suspiro. Se mantuvo inmuto contemplando aquel cuchillo y cómo avanzaba la sombra que proyectaba a medida que pasaba el tiempo. Sólo se levantaba para beber agua, o en su defecto, vino. Pero, al momento, volvía a sentarse en la misma silla en la que días antes estaba tan enfadado. Ahora ya no lo estaba, aunque tampoco sabría decir a ciencia cierta cómo se sentía. Era una especie de perplejidad aletargada, que se dilataba con el paso del tiempo, que a veces se extendía siguiendo un horizonte tan infinito como incierto, y que, otras veces se quedaba sumido en un punto, como si se hubiera vértido ácido y este descendiera en silencio y en dirección a las profundidades de la tierra.

Uno de esos días, acudió su hijo a visitarle. Casi se le olvidaba que una vez tuvo un hijo. Le vió bastante mas mayor y demacrado, como si le hubiera pasado algo muy grave que se le hubiese impreso en el rostro. Sin embargo, no se atrevió a preguntarle por si eso pudiera molestarle por lo que fuera. Así que se limitó a invitarle a un vaso de vino frente a la paella putrefacta que desde que se perdió en la calle se había quedado ahí. Su hijo arqueó las cejas en señal de encontrarse frente a algo que le era tan desagradable como conocido. Rompiendo el silencio le dijo en un tono que intercalaba severidad y preocupación:

- Mira, papá... No puedes seguir así... ¿Te has dado cuenta de cómo vives? ¡Es de vergüenza! Ya no puedo seguir soportándolo mas. He decidido que ya es hora por fin de hacer algo respecto a tu situación

Laurelio, sin entender a qué venía aquel comentario, ni tampoco la intención que subyacía a su tono de voz, evitó lo que para él eran cuestiones secundarias, y fue a pasar al tema que era esencial, la raíz del problema: dónde estaba su mujer.

- Papá... Cada mes estás igual. Yo ya no sé cómo narices decirtelo... Mamá está muerta. Jamás la vas a encontrar. Murió hace diez años debido a un atropello frente a la carretera que dá al bar donde tú estabas constantemente borracho. Ya no te acuerdas, o al menos, no muy de vez en cuando. Ella acudía al bar rogándote que por favor volvieras a casa, mientras tú no podías soltar la botella de alcohol de la mano. Quizás por eso estás tan mal de la cabeza... No lo sé. Pero, vamos, lo que quiero decir es que tu situación actual va a cambiar hoy mismo. Se acabó.

En ese momento, Laurelio cayó al suelo de rodillas y se puso a llorar desconsoladamente una vez que su envejecido hijo le había recordado todo de sopetón. Fue como si le hubieran dado un puñetazo en plena cara que le hubiese despertado de un aletargado sueño, y que, ahora al despertar el dolor fuera secundario en comparación al sufrimiento que sentía en su interior. No cesaba de llorar. Las lágrimas le caían de sus desacompasadas pestañas al suelo cual si todo su ser fuera un afluente desbocado, llevando toda su enturbiada agua a un abismo irrecuperable, agotando cada gota de agua que había en la tierra, en su mundo.

Agarrándose de las sienes con desesperación, ahora comprendía aquellas desconcertantes lágrimas que se le habían desprendido de los ojos sin él quererlo cuando se encontraba frente a la carretera. Todo había recobrado su sentido. Un sentido que era tan tremendamente doloroso que su cuerpo temblaba al unísono. Empezó desde sus desgastadas rodillas hasta su cabeza,  provocándole que todo su cuerpo se hubiera convertido en un recipiente vertiginoso, a punto de explotar y desvanecerse para siempre. Pero antes de la inevitable explosión, lanzó una mirada de soslayo al cuchillo clavado en la mesa, y pudo ver a su mujer sosteniendole con el semblante cargado de lágrimas de sangre.

- ¡Te encontré! - pudo exclamar con una sonrisa de felicidad instantes antes de caer completamente desplomado.

Con el paso de un tiempo incierto, Laurelio se encontraba en un lugar que le era totalmente desconocido. Estaba tumbado en una cama demasiado limpia para ser la suya, rodeado de unas baldosas tan blancas que destellaban al contacto con una luz fría y artificial. Desconcertado, sin saber qué pensar, decidió levantarse. Y como se tambaleaba con cada paso, sintiendo que esta a punto de caer, se agarraba a todo lo que tuviera a mano para mantenerse estable. Entonces, salió de la extraña habitación, y pudo vislumbrar un largo y blanquecino pasillo que parecía no acabar. Bastante aturdido, se quedó en el sitio, parado en seco, dubitativo con su yo interno y con el entorno que le rodeadaba.

Al rato, apareció una mujer morena muy delgada con la bata blanca que le sostuvo de uno de sus brazos al verle tan inestable y tambaleante, y como era la única persona que había visto en aquel lugar, le preguntó:

- Perdone señorita, ¿Sabe dónde está mi mujer?

sábado, 27 de agosto de 2022

El mecerse de la hierba

 Existe la superstición de que la memoria actúa en nosotros cual si se tratase de un archivador perfectamente ordenado. Es como si nosotros cuando quisiéramos recordar algo, abriéramos un cajón en nuestra mente y encontrasemos un recuerdo impoluto, nítido y perfectamente objetivo. Se ha llegado a afirmar, incluso, sobre todo aquí en Occidente, que esta memoria totalmente racional vendría a definir nuestra identidad. Es decir, la memoria y el conjunto de recuerdos que subyacen a la misma, sería lo que conformaría quienes somos, nuestro yo. Sin embargo, yo siempre he sido contrario a estas dos tesis, ya que para mí la memoria no es como un archivador donde reina el orden de un maníaco de la limpieza. Es mas bien un espacio muy amplio en mi interior donde revolotean los recuerdos. Y, que, debido a tanto girar y girar, se estropean con el tiempo, o en su defecto, se le añaden nuevos matices como a los libros el polvo. Ya en lo referente a identificar a la persona con la memoria, creo que esto de ningún modo es así. Es verdad que en la medida que tenemos experiencias, se añaden en nosotros una serie de enseñanzas y aprendizajes que nos condicionan a pensar de una o de otra manera. Pero, afirmar que es ese el núcleo es un despróposito. Nuestro yo, nuestra conciencia, lo que somos en esencia, es algo que trasciende a lo que vivimos y recordamos, es algo que va más allá de todo lo que nos rodea, se trata de algo con lo que nacimos y con lo que moriremos. Qué sea, o de dónde venga exactamente, no lo sé.

Pero como en todo, hay cosas que no se pueden saber. Es bueno vaciarse en conocimientos de vez en cuando, depurarse de pensamiento.

Aún teniendo en cuenta esto, hay veces que intento acceder a mi yo consciente, y en ocasiones que podido contemplar un pequeño halo de luz. Mas creo que esa no es la conciencia tampoco, mi yo ha de darse de una forma que no admita descripción. Otras veces, sin embargo, sí he logrado juguetear con la memoria. Y esta se ha mezclado con la fantasía y la imaginación hasta tal punto que he llegado a preguntarme: "¿Eso pasó realmente? ¿Qué es verdad y qué es mentira? ¿Qué está supuestamente mal, y qué es lo que denominamos el bien?" Pero al poco de replantearme estas preguntas, me doy cuenta de que no sirven para nada. Poco importa que lo que yo haya vislumbrado en mi interior sea real, la verdad o lo que pensamos que es el bien. Lo verdaderamente importante es haber gozado de ese instante lúminico, el haber encontrado en el amplio espacio de mi memoria una sucesión desperdigada de imagenes que se combinan artísticamente entre sí de mil maneras diferentes cada vez que acceso a ellas.

Esto me acontece ahora mismo, en este momento exacto. Se abre una puerta en mi interior tan colmada de luz, que díficilmente puede llegar a verse algo con nítidez. Ni siquiera sé si lo que da entrada a este mundo a parte es una especie de puerta, ya que si así fuera, sus contornos estarían difuminados por la gran cantidad de luz. Así que mejor imaginemos que el haz de luz ha aparecido de repente, ha irrumpido allí donde yo y el lector estuvieramos, ha quebrado el mundo circundante y se ha manfiestado como una aparición de otro mundo.

La luz lo absorbe todo, colma casi cualquier cosa con su luminosidad apabullante.

Y ahí me veo a mí, otra vez niño recorriendo aquel prado que he recorrido tantas veces en la realidad como en la memoria. Mas, no obstante, mi manera de recorrerlo como lo hice en la vida ordinaria y tal y como lo recuerdo, fue sólo una vez, mientras que en la memoria, fueron incontables veces de mil formas. Lo único que permanece inalterable es el ondularse de las hierbas cuando son mecidas por el viento. Pareciera que un idéntico espíritu las anima a realizar el mismo recorrido cada vez que las veo bajo mis párpados. Y aunque quién me vea desde fuera puede pensar que estoy dormido o vagabundeando, se equivoca porque en realidad en ese otro mundo estoy despierto. Tanto, que, mis ojos de niño se quedan embelesados contemplando aquel mecerse de la hierba silvestre. Se abren surcos entre un lado y otro, y pareciera que una docena de hadas invisibles que quieren ocultarse al mundo vuelan por encima de esa hierba. Quizá mi curiosidad infantil proviene de querer verlas, no sólo por un tipo de deleite estético en lo que se refiere al paisaje.

Entonces, algo irrumpe entre la hierba. Se trata de un pastor alemán que disfruta de que su lomo peludo y sus patas pesadas sean acariciadas por esa hierba en la que sobrevuelan las hadas invisibles. Va con la lengua fuera como un trapo. Pero no del cansancio, sino mas bien de alegría y disfrute. Así me lo comunican sus ojos, unos ojos muy abiertos y vidriosos de un tono castaño claro. No parece un perro muy pequeño. Yo creo que es un perro adulto que mantiene en su seno la expectación de la niñez, y que disfruta como lo haría cuando era un cachorrito de esconderse para volver a aparecer.

De repente, noto una mano en mi hombro, y al girarme me percato de que es mi amigo N, su estampa es inconfundible. Aquel cuerpo robusto, sus facciones de bruto, una piel cobriza y aquellas gafas que mas le dan un aspecto de patetismo que de intelectualidad, le delatan completamente. De su boca con aparato, nace un afluente de saliva tal, que me impide averiguar de lo que está hablando. Creo haber entendido que es hora de irnos, que su padre nos está esperando en su destartalada furgoneta. Pero yo no quiero irme, al menos todavía no. Siento como si sólo hubiera tenido unos minutos para descifrar el secreto de las hadas invisibles. Y quiero saberlo, necesito saber por qué se ocultan de nuestros ojos mientras juguetean como niñas por encima de la hierba mecida por el capricho del viento.

Sentí un cambio en mí. Mi cuerpo seguía siendo el mismo, mi alma era idéntica. Pero mi yo consciente era distinto.

El paisaje también era el mismo. Tal escenario parecía inmutable, inalterable, origen y culmén de su propia existencia. Sin embargo, los componentes accidentales que lo habían acompañado, habían cambiado. Yo ya no era el niño que estaba ahí, era mi yo en una edad más o menos actual. Mi amigo ya no estaba ahí, y tampoco la furgoneta vieja de su padre nos estaba esperando para conducirnos de vuelta. Parpadeando de perplejidad, busqué una razón a la existencia de las hadas en el continúo movimiento del mecerse de las hierbas. Al principio me asusté porque dejé de ver el movimiento que hacía la hierba cuando era impulsada por el viento. Mas al poco, caí en la cuenta de que simplemente, su intensidad era menor. A lo que se sumaba que su dirección se había alterado. Ahora estaba concentrada en lo que parecía el núcleo de aquel prado. Así que decidí adentrarme con totalidad libertad, sin miedo a lo que pudiera pasar si me perdiera entre tales frondosas hierbas.

En la medida que las iba atravesando, con cada paso, ese cambio en mí era cada vez mas patente. Me sentía mas liviano, menos pesado, ligero como una pluma en espíritu. De ahí que hasta cierto punto me sintiera uno con el viento. El transcurso para llegar fue muy apacible, mas la llegada fue una ráfaga muy serena. Pues cuando llegué hasta el corazón de aquel paraje medio recordado, medio soñado, me dí cuenta de que se trataba de un prado despejado. Las hierbas que con tal sutileza se desplazaban como si fueran las olas del mar, sólo estaban a mi al rededor cual decorado armonioso. Yo, sin embargo, estaba en el centro de un natural escenario vislumbrando cómo la figura de las hadas que jugueteaban en aquel pasaje se iba haciendo cada vez mas nítida. Si agudizaba mis ojos y afinaba mi mirada, podía ya distinguir las telas trasparentes que portaban, y a través de las cuales, me llegaban ráfagas blanquecinas provenientes de su piel.

Estas, volaban y volaban. Y aún habiendo advertido mi presencia, prefirieron ignorarla.

Yo me quedé en el sitio. No me atrevía a moverme para no perturbar la belleza del momento. Temía que un desdichado paso mío pudiera provocar no sólo que las hadas que cada vez eran más visibles se marcharán, sino que también todo el ambiente onírico que me rodeaba se hundiera en un profundo foso del que jamás ya volvería a tener acceso. Ese miedo en un principio provocó que mi respiración se agitase durante unos instantes. Pero cuando fuí consciente de que incluso esa respiración podría alterar aquello que estaba viendo, logré sosegarla concentrándome en la cantidad de aire que inspiraba y expiraba. Y sólo cuando mi presencia se hizo semejante a un tercer ojo cuya única naturaleza residía en limitarse a participar mediante la contemplación, pude confundirme con aquello que veía, aunándome cual una cuna que es movida por su propio peso.

Y entonces, llegó el crépusculo, transformándolo todo en un bosque mágico. El velo de la noche bordado por el atardecer cayó sobre todo lo que componía mi visión, y también yo mismo, con la naturalidad con la que una tela grisácea se esparce por un espacio donde incide la luz del sol. En ese momento sentí cómo unas alas crecían por mi espalda cual si las hierbas que instantes antes había atravesado me hubieran plantado unas semillas justo ahí. Una de las hadas, al ver que yo había cambiado sustancialmente mi forma, decidió mostrarse completamente hasta el punto de despojarse de la escasa tela que la cubría. Desnuda, y con una sonrisa juguetona, sin malicia, como la de una niña que ha hecho una picardia sin que sus padres lo supieran, señalo hacía un punto del cielo nocturno. Después, sus senos, alzandose con un impulso, ascendieron para incidir en el camino que de ahora en adelante debía seguir.

Reconozco que mí pecho comenzó a desplazarse con violencia debido a los incesantes latidos que sentía en mi corazón, como también que mi respiración retornó a agitarse a pesar de que parecía que la había controlado. Pero esto sólo fueron unos instantes, porque cuando me percaté de cual era mi destino por así decirlo, pegué un brinco, y con decisión ascendí allí donde aquel inmaculado dedo índice me había indicado que debía ir. Al subir, sentí como si fuera mas bien un salto prolongado en vez de un aleteo, como si la fuerza hubiera estado mas en mis pies que en mis recientes alas. El coro de hadas envueltas en finas telas me rodeaba, dando vueltas y mas vueltas para darme ánimo, y el hada que se desnudó ante mí, me seguía justamente por detrás. Ahora parecía que se había cubierto todas sus partes íntimas con hojas y algunas hierbas silvestres. Desconozco cómo caí en aquellos detalles cuando estaba concentrado en ascender. Mas supongo que eso no importa, el caso es que seguí...

Seguí y seguí. Insistí en la ligereza, y evitando todo lo pesado, me volví trasparente para encontrar mi camino.

domingo, 24 de julio de 2022

Encuentro con el rey de los vampiros

 El otro día, tuve un sueño curioso. Tan curioso que me dejó impresionado. Por eso, dejaré aquí las vagas impresiones que me quedaron de aquel efluvio onírico:

"Parecía que me habían contratado en una especie de agencia secreta que tenía por misión el velar por la humanidad. Para entrar en ella, tuve que pasar una serie de pruebas que ya no recuerdo. Sólo recuerdo con relativa nitidez que se trataba de un inmenso edificio bastante largo que contaba con innúmerables pasillos, de los que a su vez, tenían centenares de sus habitaciones en sus interiores. En una de esas habitaciones, bajando por unas escaleras que daban a un sótano que se encontraba adornado por unas telas cargadas de arabescos, era la sala secreta a la que pude acceder cuando me contrataron. Estaba toda cargada de madera, con algunos muebles en desuso de los cuales destacaba un sofá rojo y alargado que se encontraba cargado por encima con telas blanquecinas. Esta pequeña sala daba a su vez acceso a una puerta de madera de arce, que permitía dar entrada a un pasillo secreto.

Me dijeron que se me encomendaba una misión especial que estaba precisamente en relación con aquel pasillo. Por lo visto, aquel lugar sellado se trataba mas bien de un enorme muro que comprendía de una serie de puertas que daban entrada a lo que serían varias cárceles en sucesión. Todo aquello era bastante extraño, no sólo la disposición del lugar, sino también aquello que se me encomendaba. A pesar de todo, yo actuaba como si supiera lo que debía hacer. Andaba con decisión sobre las piedras que comprendía aquella gigantesca galería como si lo conociera de toda la vida, y miraba al rededor cual si aquellas estravagantes vistas fueran la rutina del día a día.

Entonces, entré junto a otros tres agentes a una de esas cárceles. Y me encontré con un vampiro bastante agresivo que revoloteaba por la celda como si estuviera desquiciado. Intenté calmarle. Pero todo fue en vano por el nerviosismo que connotaban el resto de los agentes. Lo que dió como resultado que el vampiro en cuestión se enfadase mucho, y comenzase a dar golpes a las paredes con estridencia. Rápidamente me explicaron que los vampiros que vivían al otro lado del muro intentaban entrar al mundo de los humanos, y que por eso se estaban revelando contra las cárceles que estos les imponían.

- Esto no puede seguir así -les dije- Dejarme ver al rey de los vampiros. Quiero hablar con él.

- Comprendido -me respondieron, inclinando la cabeza en señal de aprobación-

Así, nos internamos nuevamente en aquel pasillo y nos dirigimos al final del mismo. Esta puerta era mucho mas grande en comparación con la otra. Y nada más entrar, nos sumergimos en una piscina poco profunda. Allí estaban unas mujeres desnudas que parecían unas ninfas, con poco pecho y más bien tirando a delgadas. Serían unas cinco, o así. La mayoría de ellas tenían una tez oscura, a excepción de dos porque una era muy clara y pelirroja, y la otra casi albina. Pensé que se tratarían de las concubinas del rey de los vampiros. Decidí dirigirme a la que estaba en el centro por considerarla la líder de las otras cuatro al llevar un ancho collar dorado, y la dije que avisara a su rey porque quería hablar con él. Sus ojos negros se clavaron en los míos, y asintiendo, sacó una vara muy larga de debajo del agua y dió dos fuertes golpes que hicieron retumbar toda la plataforma.

Aquello provocó un remolido en el agua, y el agitarse del cielo cual si se acercase una tormenta que producía ecos y estruendos. Y entonces, una luz atravesó el cielo y se posó en el interior del remolino. De el apareció una figura dorada que iba haciendose cada vez más nítida. Cuando ya pudo distinguirse sin problemas, ví que el rey de los vampiros se trataba de un africano que lucía una armadura de oro y una corona del mismo tipo adornada por diamantes y piedras preciosas. Me miró fijamente, al igual que lo había hecho su concubina principal de tez cobriza, y se hicieron unos instantes de silencio.

- ¿Y quién eres tú? - me preguntó con una voz muy grave

- Soy un vampiro procedente del mundo de los humanos. Soy como tú. Pero menos poderoso - le respondí vacilante, enseñandole mis colmillos de vampiro con mas decisión que las que connotaban mis palabras

- Hum...

Estaba a punto de decir algo. Mas, en ese momento, uno de los agentes se abalanzó contra él y le arrestó llevandole al interior de la galería que habíamos pasado para entrar allí. Entonces, se armó un alboroto y se escucharon gritos. El único inteligible fue el de un hombre que alertaba de que los vampiros se habían sublevado. Se pudo oír también una señal de alarma, junto a unas luces rojas que alertaban de la gravedad de la situación.

También en la sala en la que estabamos, la situación se volvió una locura. Los agentes forcejearon contra las concubinas vampiras. Incluso, uno de ellos, desnudandose intentó violar a una de ellas. Esta, haciendose pasar en un momento por indefensa y complaciente, le arrancó el miembro de un tajo, provocando que bastante sangre se dispersara por el interior de la piscina. Yo, que no sabía qué hacer en un principio, al ver la situación tomé una decisión. Eran los vampiros los que estaban realmente reprimidos por culpa de los humanos. Además de que yo mismo empaticé con ellos al ser también un vampiro. Así que aparté a los agentes para que las concubinas se alimentasen de su sangre, y me abalancé al abismo que daba entrada al mundo de los vampiros.

Pude sobrevolar sus tierras, identificandome como uno de ellos. Mientras volaba por encima, pude ver familias de vampiros, entre los que había ancianos y mujeres maduras vampirescas. Todos ellos estaban demacrados, hasta el punto de que algunos de ellos tenían sus rostros deformados. Vivían en la servidumbre dentro de territorios completamente salvajes que jamás habían sido modificados por el hombre, con pequeñas excepciones. Todo eran bosques y campos verdosos que hubieran sido completamente desiertos si no fuera por algunos vampiros que vestían con arapos que caminaban dispersos por estos parajes. También había algún que otro río del que no se sabía a ciencia cierta por dónde comenzaba ni mucho menos si finalizaba.

En tanto que iba saltando por las copas de cedros y de sauces, e incluso sobre el tejado de alguna destartalada cabaña con techo de paja, pensé en que debía reunirme con la reina de los vampiros para informarle acerca de la situación. Agudizando mi mirada, pude vislumbrar una zona que a pesar de hallarse tan oscura que parecía que sólo era de noche ahí, se encontraba iluminada por unos rayos de amarillenta luz lunar decorada por polvos dorados. No sé por qué. Pero intuí que allí era a donde debía dirigirme. Esperanzado y con ilusión, así lo hice emocionado impulsándome entre las ramas que me permitían avanzar..."

Desconozco la razón por la cual este sueño me conmocionó tanto. Quizás fuera por la nitidez de todos los detalles que lo componían estéticamente, o porque pueda que tenga un significado oculto que no he logrado adivinar. El caso es que lo conté bastante entusiasmado a todos mis seres queridos sin entrar en detalles. Pero pensé que eso no era suficiente para un sueño que se ha quedado impreso en mi corazón por razones desconocidas. Así que decidí dejar escrito por aquí lo que recordaba para que no se me olvidase. Y ya de paso, para que en cierta medida quedase grabado para la posteridad. O, al menos, para que un lector tan desdichado como yo, lo leyese y le diera rienda suelta a su imaginación.

lunes, 18 de julio de 2022

Carne al sol

 Tuve una tarde horrible. Fue tan deprimente para mí que acabé yendo al primer bar que ví y me emborraché. Al salir, estaba tan ebrio que no podía ni mantenerme en pie. Llegué a un oscuro callejón y me caí de bruces. Una vez ahí, salió una voz procedente de unos de los contenedores, y me comentó lo siguiente:

"Nadie sabe hasta que punto puede llegar un hombre si se dan las circunstancias necesarias y el ánimo propicio para que acabe cometiendo alguna fechoría. La gente moralista suele tildar a estas personas de malévolas y de despojos sociales, sin saber que quizás algún día ellos mismos podrían convertirse precisamente en aquello que critican. Es muy fácil señalar con el dedo, decir que este u el otro es un monstruo, y refugiarse en lo que la sociedad considera correcto. Estas personas se sirven del discurso de la multitud para sentirse mejor. Pero lo que no saben es que todos siempre podemos caer en unas cosas o en otras si alcanzamos un nihilismo extremo, un grado de desesperación tal, que acaba ocasionando que todas las oscuras neblinas que habitan en nuestro interior salgan al exterior.

Yo, por ejemplo, era un hombre bastante ordinario. Demasiado, diría. No me saqué los estudios, y empecé a trabajar desde joven como agricultor en el campo. Bueno, o mas bien, para ser exactos trabaja labrando el campo para otros agricultores adinerados. No se me daba del todo mal. Se podría decir que me había acostumbrado a este ritmo de vida y que poco a poco fuí adquiriendo maña. Sin embargo, notaba que algo dentro de mí no estaba del todo bien. Es decir, tenía las necesidades y los medios básicos cubiertos gracias a mi jornada y al esfuerzo con el que me empleaba. Pero, en realidad, me sentía vacío. No me parecía suficiente. Creía que vivir consistía en algo más que trabajar para comer y poder dormir tranquilo. Pensar en ello me deprimía, así que anulaba estos pensamientos esforzándome aún mas en mi tarea diaria. Mas, cuando llegaba la noche, estos volvían a emerger desde mi interior y me llenaban de dudas respecto a mi existencia, provocando todavía más pesadumbre en mi desdichado corazón.

Un día, en el que estaba a punto de terminar mi jornada laboral, noté un olor extraño en el ambiente. Me faltaba poco para terminar, y me encontraba en un páramo completamente desértico en el que mi única compañía era el tractor puesto en marcha y el cultivo yerto. Aguzando el olfato, busqué a mi al rededor cual podría ser el origen del mismo. Tardé unos minutos en darme cuenta que pocos metros más arriba había una especie de montículo que daba al sol, y que lindaba con otros pocos metros a la derecha con una encina medio seca, a la que le rodeaban algunas malas hierbas que salían del barrizal. Al principio pensé que se trataba de una especie de acumulación del terreno. El campo no es completamente liso al fin y al cabo. Siempre hay desniveles como todo en el mundo. Pero al acercarme, me dí cuenta de que no era lo que pensaba.

Se trataba de una mujer muerta. Por un momento creí que se trataba de una alucinación. Mas me percaté de que en modo alguno era así. Era un cádaver exquisito. Parecía que llevaba pocas horas muerta porque con el calor que hacía había pocas moscas a su al rededor. Tenía el pelo castaño claro, unas mejillas que dejaban atisbar algunas pecas dispersas e iba vestida con un peto vaquero con una camiseta marrón debajo. Su rostro estaba levemente fruncido, como si hubiera muerto de repente por algún fallo en el corazón, o sufriera una especie de colapso en el cerebro. En todo caso, parecía que no había sufrido una muerte agónica. Es mas, si no hubiera tenido los ojos abiertos y apagados cualquiera hubiese pensado que se trataba de una mujer ociosa que se tirase a tomar el sol.

No sé por qué lo hice. Pero el caso, es que tras unos minutos contemplando el cádaver, comencé a desnudarla. La despojé de todos aquellos ropajes que cubrían su cuerpo esbelto y los lancé bien lejos. Tenía una tez ni muy clara ni muy oscura, algo intermedio. También tenía muchísimos lunares repartidos por todo su cuerpo, algunos más claros y otros más oscuros, e incluso, algunos rojizos. Debajo de sus prominentes senos, tenía una sensual cintura que más abajo acababa ensanchandose como si se tratase de una jarra bellamente esculpida por unas manos delicadas. Mis ojos se debatían entre sus anchos hombros y sus perfectos pechos mientras espantaba a las moscas que la rodeaban, aprovechando para aunque fuera rozar la tersura de su piel caliente por el sol.

Entonces, me invandió una sensación de excitación que me rodeo todo el cuerpo. No se trataba de una excitación carnal típica en un hombre que contempla un hermoso cuerpo de mujer desnudo. No, era otra cosa. Era más bien como cuando a uno le sirven su plato favorito y no aguanta las ganas de comerselo. Hasta sentí la saliva que se me iba acumulando por mi paladar y bajo mi lengua. Como en un resorte instintivo, cogí la navaja que siempre llevaba en mi bolsillo y se la clavé en uno de sus anchos y preciosos muslos. Al momento, salieron unas gotas de sangre muy oscuras que no pude evitar lamer del filo de la navaja una vez que la extraje. Mas, si la estraje fue para volver a clavarla otra vez. Pero en esta ocasión fue para dar un corte más superficial. Y así, arrancarla un cacho de su piel.

Al metérmelo en la boca, lo mastiqué con gusto. Era como comer un embutido encurtido sazonado con especias. Era sabroso. Si darme cuenta, comencé a clavar mi navaja y a extraer carne de varias partes de su cuerpo. Como el sol incidía en su cuerpo, era como si hubiera sido calentada al horno a fuego lento. He de aclarar, que, si bien los senos tienen un gusto estético al contemplarlos, y un tácto y sabor excitantes para quién los toca y los lame, realmente al comerlos son un poco insulsos. Me defraudó un poco su sensación grasienta al ser másticados. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de la tripa, de las nalgas o de los muslos. Su gusto es más bien notable, y deja en el paladar un regusto que combina extrañamente lo salado en un principio para acabar con un toque dulce muy agradable.

Degustando tal manjar, me encontraba plétorico. Jamás había sido tan feliz. No obstante, había comido tanto de su deliciosa carne que me quedé lleno. Como no podía dejar el cádaver ahí de esa forma, fuí un momento al tractor para coger una pala y ponerme a cavar. Antes de derramar la tierra sobre ella, la dí un beso y le mordí levemente los labios. Le estaba tremendamente agradecido por su muerte. Verla ahí, desnuda ante mí y caliente por el sol, me permitió conocer una felicidad tan inmensa que no era de este mundo. Y que, por supuesto, sobrepasaba los aleatorios limites morales establecidos por la sociedad..

Cuando me dí cuenta, ya estaba anocheciendo. Podía ver el reflejo de las estrellas en el cielo junto a una tenue luna que se asomaba compitiendo en fulgor con el sol. Así que emprendí el regreso a casa como si hubiera disfrutado de algo prohibido. Pero que para mí era trascendente, cual si hubiera sido bendecido por un ángel desconocido. Quizá se pudiese tratar de un demonio, o del mismo Lucifer. A veces me pregunto cual es la diferencia.

Desde entonces, mi vida interior mejoró notablemente. Todo lo externo estaba igual que siempre, la rutina seguía siendo aburrida aunque alejaba las dudas y el regreso a casa igual de anodino. Pero, con el paso del tiempo, notaba que me faltaba algo. La comida normal ya no saciaba mi hambre, e incluso el agua, no me quitaba del todo la sed. Tampoco el alcohol lograba embriagarme. Era como si tras probar la carne de aquella mujer, junto a beber su sangre, me hubiese quitado el apetito de todo lo demás. A consecuencia de lo cual, adelgacé bastante ya que toda comida me era aborrecible. Hasta la carne de animal, por muy cruda que estuviese me parecía un manjar vulgar en comparación a la suculenta piel de una mujer al sol. Tampoco el sorber un plato de sesos en su salsa era comparable a aquella sangre con un regusto dulce. En suma, volvía a sentirme apesadumbrado y vacío. Incluso mas que antes porque había conocido el paraíso y ahora lo había pérdido.

Me sentía irremediablemente impulsado a tener que comer más carne de mujer. Pero, no obstante, era poco probable que volviese a tener la suerte de encontrar otro bello cádaver como aquella vez. Tampoco era posible entrar en un déposito de cádaveres de un tanatorio, o en alguna facultad de medicina. Esos lugares estaban muy vigilados, a lo que se suma que aún en el caso de que lograse entrar y hacerme con uno, el tipo de cádaver o su conservación quizás no me convencería al haber probado la primera vez uno tan delicioso. Así que meditándolo se me ocurrió que no tenía otra que matar yo mismo a las mujeres que supiera casi a ciencia cierta que iban a satisfacer mi paladar.

Y eso hice. Me dediqué a esperar en rincones oscuros, cada noche a deshoras, a bellas mujeres que fueran sin compañía para comerme su preciada carne. Las agarraba por detrás, y les pasaba mi ya conocida navaja por el cuello, abriendolas la tráquea para que lo restante se conservase a la perfección. Después, me las llevaba, y las dejaba desnudas al sol para que su carne se calentase. Me quedaba largos minutos observando su desnudo con mi saliva deslizándose bajo mis labios, y al comerlas, ya no cometí el error de comerme sus senos. Los dejaba para deleite del gusto superficial, y del tacto. Lo restante, me lo comía hasta lo que me aguantara el estómago. Gracias a este método, pude contemplar todo tipo de cuerpos de diferentes mujeres y los aprecié en correspondencia a cada una. Obviamente, también los degusté de diferentes maneras dependiendo del tipo. Aunque, he de reconocer, que me gustaban más rellenas. Las delgadas apenas tenían carne para saciarme. En cambio, las mujeres bien curtidas y rollizas, me proporcionaron sensaciones de ultratumba.

Sin embargo, llevo ya un tiempo en el que esto ya no me satisface tanto como antes. A decir verdad, a excepción de tres o cuatro, ningún sabor me deleitó tanto como el de aquella primera carne al sol. Aunque podría vivir así sin problema quizás un par de años más, no quiero llegar a ese punto. Me sentiría tremendamente desdichaso si volviese al punto de partida, a aquel tiempo en el que mi vida estaba completamente vacía, sin sentido y limitada a mi sustento material y corporéo. Por eso, he decidido quitarme la vida en este instante antes de que llegue a sentirme tan angustiado como lo estaba al principio de mi narración. Una vez que un hombre reconoce el paraíso que se oculta en los abismos, cuando desciende y sobrepasa la moral común, ya no hay vuelta atrás.

Así, pues, le agradecería que se marchase. También le agradezco que me haya escuchado. Mas no creo que sea agradable para usted ver el horrible aspecto que desarrollé tras hartarme a comer carne de mujer, como tampoco le sería especialmente bonito ver cómo me vuelo la cabeza con esta pistola que tengo en mi mano siniestra. Vayase, bien lejos. Y a pesar de lo térrorifico que le pueda parecer lo que le he contado, no olvide la lección que subyace."

Mientras me iba, escuché unas risas estridentes que parecían provenir de algo que ya no era humano. También, pude oír en la lejanía un disparo que pareció atravesar algo muy duro, y que, después, impactó contra algo hueco. Me estremecí y comencé a temblar. No tanto por lo que aquella cosa monstruosa me había contado, ni tampoco por su suicidio, sino porque no llegaba a comprender cómo alguien podía llegar a ese punto de degradación. No me servía como justificación el que se sintiera tan vacío, o el que no encontrase un significado a su vida. Al fin y al cabo, todos los que hoy en día vivimos nos encontramos más o menos así en mayor o en menor medida si somos sinceros con nosotros mismos, y no por eso nos comemos la carne de los demás. Vamos, creo yo...

Con estos oscuros y vagos pensamientos, regresé a casa con cierto pavor e incertidumbre interior. Me dolía tanto la cabeza y notaba una presión tan exagerada en el pecho, que nada más subí al autobus, cerré los ojos para soñar cosas mas agradables, y así, alejarme de esta putrefacta realidad.

sábado, 9 de julio de 2022

Dulce madrugada

 Eusebio tenía una curiosa cita esa misma noche.

Tal encuentro se concertó bajo extrañas circunstancias. Estas se dieron concretamente hace cuatro noches. Nuestro personaje tenía por costumbre darse largos paseos de noche, a deshoras. Frecuentaba las laberínticas calles durante la madrugada. Gustaba de esta costumbre, ya que le estremecía esa sensación que evocaba la fresca brisa allí donde la soledad susurraba enigmas indescifrables. Ya fuera verano o invierno, ahí estaba el solitario eco de sus pasos a través de infinitos pasillos de alfalto rodeados de yertos campos y tierra rojiza repleta de hierbas resecas.

En una de estas ocasiones, pasó a lo largo de unos muros que protegían lo que parecía ser una casa abandonada y destartalada. Y en un parpadeo, pudo captar una sombra que se ubicaba en la puerta de hierro oxidado. Al siguiente parpadeo, pudo ver que esa sombra parecía cobrar una forma de mujer. Ya al último de esta secuencia de parpadeos, pudo distinguirla con nítidez. Se trataba de una mujer de mediana edad adornada por un largo abrigo negruzco. Era bastante esbelta y alta. Tenía una melena prominente que le cubría los hombros, y la tonalidad de su piel era tan pálida como la luna que estaba en esos momentos presente. Sus facciones eran mas bien alargadas, acompañadas por una melancolía casi infantil.

Cuando pudo observarla con atención, le daba la sensación que con cada parpadeo su figura iba apareciendo y desapareciendo alternativamente. Parecía una especie de escultura que fuera atrapada con la bruma. Y que los ojos de nuestro personaje, la apuntarán con una anticuada lente que la enfocara y se desenfocara constanmente. Esto le turbó tanto que le entraron mareos. Fueron tan intensos, que, sin quererlo, acabó en el suelo. La caída fue tan sútil y espontánea, como el deslizarse de una pluma con el viento, que ni se dió cuenta que estaba desparramado por el suelo.

Al abrir los ojos, pudo ver que aquella extravagante mujer se encontraba justo en frente suya con cara de preocupación. Con la cercanía, pudo contemplar mejor sus rasgos. Tenía unos ojos oscuros como el azabache, unas cejas a penas distinguibles, la nariz cual si estuviera pintada y unos labios tan finos que costaba afirmar que aquello fuera una boca. Sin embargo, habló y le dijo:

- ¡Dios mío! ¿Te encuentras bien?

A lo que Eusebio respondió con la voz temblorosa:

- Sí, perfectamente. Aunque a decir verdad, no sé cómo me he caído.

- Pues así fué. Yo misma lo he visto. Deberías tener cuidado al andar por aquí siendo tan tarde. A estas horas es cuando dicen que aparecen fantasmas.

- ¿¡Fantasmas!?

- Sí. Justo a esta hora es cuando el viento los invoca. Y la influencia de la luna los anima a campar a sus anchas. A veces les entretiene lanzar alguna que otra maldición, y otras, les basta con asustar a los viandantes para divertirse. Este es el escenario ideal para su aparición. El ambiente, al ser tan idóneo, y acomodarse tanto a sus gustos, les invita a pasar por aquí hasta que llega el alba.

Tras este intercambio de palabras, decidieron dar un paseo. Ella le contó que había todo tipo de fantasmas dependiendo de cómo fueron cuando estos estaban vivos. Eusebio, como era bastante escéptico respecto a todo lo que atañía a lo sobrenatural, decidió cambiar de tema de conversación. Le dijo que él solía a travesar esos caminos casi a diario cuando el sol descencia. También le describió los paisajes nocturnos que disfrutaba en sus caminatas, y como en mas de alguna ocasión, pudo presenciar como los murcielagos bordeaban a su vuelo las farolas o como las ardillas temerosas se escurrían a traves de las gruesas ramas de los olivos.

- ¡Vaya! Entonces debes ser todo un fantasma - le dijo entre unas acalladas risas

Él correspondió a una alegría tan natural riendóse también. Aunque, en verdad, su risa provenía de otra fuente. Estaba muy nervioso, ya que la atracción que sentía por ella era casi inmediata. Esa sonrisa que a ambos se les escapaba, connotaba que la atracción eran mutua. Al verlos desde lejos, un paseante anónimo podría pensar que se trataban de una pareja de enamorados.

Siguieron caminando durante un par de horas más mientras charlaban acerca de muchos temas diferentes relacionados con sus vidas, hasta que sin saber muy bien por qué llegaron de nuevo al mismo extraño portal que al principio. Allí fue donde ella le comentó que le agradaría volver a verle, y que si no le suponía mucha molestía, si pudiera ser dentro de cuatro días, justo a esa misma hora. Cuando se lo dijo, Eusebio consultó su reloj y constató que eran exactamente las tres de la madrugada. Mas, como era todo un escéptico, no dió importancia alguna a este detalle. Entonces, se limitó a asentir con la cabeza, la mirada y una sonrisa. Y cuando su corazón estaba palpitante debido a la emoción, ella desapareció en un instante. Estaba perplejo. Pero aún así, retornó a su casa con normalidad.

****

Al cabo de aquellos cuatro días, Eusebio recorrió el mismo camino que le llevaba al idéntico portal adornado con dragones tallados de aquella noche. Mas, en esta ocasión, encontraba abierto. Eso le sorprendió. Quizás esperaba llamarla a través de un estrepitoso timbre que en su callado estruendo le condujera hasta ella como quién pasa sin querer por fallo divino al infierno sólo para alcanzar el paraíso. Pero, vistas las circunstancias, se internó a un jardin que no vislumbraba debido a la escasez de luz. Y de ahí, llegó a la puerta principal de la casa, la cual estaba adornada de aleatorios obeliscos sobre una madera desgastada por el paso del tiempo.

Llamó una vez dando leves toques con sus nudillos, y sólo le respondieron sus propios ecos. Después, otra vez, y ocurrió lo mismo. Luego, consecutivas veces mas, con el mismo resultado. Consultó su reloj, y vió que eran las dos y cincuenta y nueve de la madrugada. No obstante, justo en ese momento fueron exactamente las tres de la madrugada, y la puerta se entreabrió por sí sola.

Cuando arrastró la puerta hacía el interior, esta produjo el chillido de un gato estrangulado. Una vez dentro, todo estaba tan oscuro como la boca de un lobo. En ese momento, se sentía completamente solo. Tan solo como no lo había estado nunca. Ni siquiera en sus paseos nocturnos se había sentido tan solo, ya que lo acompañaban la brisa nocturna, los animales escondidos detrás del follaje, y por supuesto, la esplendorosa y nóstalgica luna. Aunque, en realidad, cuando más solo se sentía era cuando estaba rodeado de personas -incluso más que en aquella casa abandonada- A excepción de aquellas cuatro noches atrás, donde por primera vez en su vida se sentía acompañado y comprendido por una persona. Para él, aquello fue todo un milagro rodeado de sombras.

Mientras avanzaba por el oscuro y siniestro interior, se iluminaron incontables velas que permitían ver una ancha escalera caracol. Parecía como aquellas inmensas escaleras que suelen tener las mansiones antiguas, y en las que perfectamente podrían descender un grupo de nueve personas pegadas unas con otras. Sin embargo, en esta ocasión, sólo bajó una. Se trataba de aquella mujer.

Esta vez, ella llevaba puesto un largo vestido verde bosque, que le llegaba casi lindando con sus pies. Estaba adornado en sus bordes con obeliscos casi idénticos a los de la puerta de la casa. La forma de sus hombros parecía intuirse por lo fina que era la tela de cintura para arriba, y aunque su escote se encontraba velado por esa misma tela que mostraba ocultando, su comienzo era visible para los ojos mientras que su continuación ya se encontraba relegada a la imaginación. También, sobre su cabeza, portaba una corona muy delgada de plata, cuyas puntas tenían una serie de dobleces de las que se desconocía sí eran parte de la corona, o si se hicieron posteriormente a próposito. En general, podría decirse que a pesar de no ser muy agraciada, estaba esplendorosa con su conjunto.

Desde la lejanía, le sonrió con complicidad. Con unos pequeños pasos, ya estaba frente a él como si se hubiera teletransportado.

- Ya estás por aquí... ¡Bienvenido! Perdona la demora. Ya sabes, las mujeres hemos de arreglarnos. No nos gusta mostrarnos tal y cómo somos de buenas a primeras.

Eusebio no sabía que decir, así que se limitó a mostrar una sonrisa temblorosa debido al desconcierto.

- Bueno... Ahora que lo pienso... Podría hacer una excepción contigo. Creo que ambos nos entendemos bastante bien aún habiendonos conocido desde hace muy poco ¿Verdad?

- Sí, es verdad.

- En ese caso, acompañame. Sube por aquí.

Así lo hizo, cual perro obediente. Sin saber ni cómo ni por qué, ella se disolvió en el aire mientras la seguía. Esto provocó que se parase en seco. Mas, al escuchar su voz como si le hablase desde un monte lejano diciendole "ven" repetidas veces, decidió seguirla. Persiguiendo su voz y aroma dulce e invisible, llegó al final de un pasillo en el que todas las puertas colindantes de las habitaciones estaban cerradas. Sólo una estaba abierta, la última de todas.

Dentro, se encontró con una habitación muy bien amueblada. Y aunque todos los muebles eran bastante viejos, comprendían de ese encanto de antaño que tiene todo lo que está abandonado. Ella se encontraba en la parte posterior de una cama que parecía de la realeza con su tela blanquecina por encima. Le daba la espalda, y vestía un abornoz deshilachado. Por como le colgaba y marcaba su forma femenina, podría intuirse que dentro del mismo se encontraba completamente desnuda.

Con este espectáculo, Eusebio se deshizo en millares de especulaciones eróticas. Se imaginaba su cuerpo desnudo de una pálidez muy seductora, y a su vez, elegante. No sería un desnudo vulgar, sino muy al contrario, cargado de una delicadeza que le atraía al modo del imán con toda clase de metales. Esto hizo que Eusebio se pusiera muy nervioso. No se podía creer lo que estaba viviendo. Tampoco entendía como una mujer que comprendía en sí misma de tanta nobleza, le había invitado sin a penas conocerle a su casa, como mucho menos llegaba a atisbar la razón de que le ofreciera un trato tan íntimo.

De repente, lo sensual de la situación se quebró cuando la voz crispada de ella acallo sus pensamientos de estío:

- Sientate al lado contrario, y por favor, no me mires todavía.

Decidió seguir sus ordenes con el automatismo del poseído. Si eso era pasión o temor, nadie lo sabía. Ni siquiera él mismo.

- ¿Recuerdas cuando aquella noche te hablé de los fantasmas que poblan la noche? -dijo en una voz que pasaba de crispada a cada vez más grave- Pude notar tú escepticismo al respecto, y he de decirte que me sentí algo ofendida. Pero, a pesar de ello, me lo tomé como un reto. Y eso me hizo sentir irremediablemente atraída. Cierto es que no es muy díficil hacer que no me sienta atraída por lo que sea. Verás, soy muy excitable en muchos sentidos, y la más mínima nimiedad, me hace sentir eufórica ¿Recuerdas también lo que te dije antes respecto a las mujeres y el estar arregladas? Con ello, no solamente me refería al atuendo, sino también al maquillaje. Tampoco me límito a referirme al maquillaje o al ropaje exterior, apunto a algo mas interno... Bueno, a lo que quiero llegar es a que estoy dispuesta a mostrarte mi corazón. Quiero que lo veas, y que lo sientas...

Eusebio, entonces, sin poder contener su excitación sexual ni su curiosidad masculina, se giró de repente, y pudo ver un rostro horrible repleto de magulladuras y con unos fauces que le recorrían de oreja a oreja. Su cuerpo era tan arrugado y lleno de heridas como el de una vieja a la que hubieran apuñalado unas cuantas veces. O, para ser más exactos, como el cadáver de una señora a la que hubieran abandonado en un estanque. Las pieles le colgaban por todos los lados, abiertas y con gotas de sangre coagulada. Él se quedó paralizado con esta visión mientras unos ojos amarillentos y pudrefactos se clavaban en los suyos, que temblorosos, reprimían un sollozo de terror. Entonces, con sus fauces de afilados dientes desordenados, le propició un mordisco en el rostro, desgarrándolo completamente.

Durante aquella madrugada, en las calles desiertas tupidas de tenebrosos árboles, sólo se escucharon dos cosas: unos gritos ahogados pidiendo ayuda que eran respondidos por otros propios de bestias hambrientas y los gañidos de los búhos. Lo restante, era ya el suspense que aporta el silencio de la noche.

lunes, 27 de junio de 2022

Volar

Cuando me pongo a pensar en mi infancia siempre lo hago con una mezcla de sensaciones a veces contradictoria. Por un lado, me llega al paladar un sabor dulzón como el de un fresco melocotón en su punto, y por otro, cierta ácidez me crispa cual si en esta ocasión se tratase de una manzana verdosa, demasiado madura y fuera de temporada. Y aunque en líneas generales puedo decir que tuve una infancia feliz, en ocasiones no puedo evitar percibir cierta melancolía. Quizás en esos tiempos debido al velo de la inocencia, esta tristeza se encontraba medio tupida. Mas ahora en tanto que lo recuerdo todo con una mente que mantiene el velo un tanto descorrido, al ver las cosas con mayor desnudez, no puedo evitar la alternancia entre los suspiros y las risas contenidas.

En correpondencia a esta mezcla de sensaciones, un recuerdo acude a mi mente en este momento. O mas que un momento, se trataba de un detalle que a mas de uno puede parecerle anodino. Pero, que, para mi yo de entonces tuvo una notable influencia. E incluso, a mi yo de ahora, en este mismísimo instante, me da para pensar y meditar con tan grave seriedad como si se tratase de una ecuación matématica irresoluble, o una teoría con tantas hipotesis, que por mucho que uno le dé vueltas no llega al cabo a nada.

Por aquel entonces yo iba al colegio. Contaría con nueve o diez años. Era un día estudiantil como otro cualquiera. Salía de casa aún con la influencia del sueño y profiriendo cien bostezos a cada paso con desgana. Me ajustaba la mochila que acoplaba la noche anterior con un montón de papeles arrugados y desordenados, y subía al coche como quién va a una condena. Después, al salir del coche, me encaminaba en dirección a aquella pequeña cárcel con el vallado rojizo, y al entrar, buscaba mi desdichada clase de siempre.

Una vez dentro, caminaba en dirección al pupitre de color verde hospital que se me había asignado, y dejaba mis cosas debajo de la mesa. Acto seguido, colocaba el manual de la asignatura que correspondiese frente a mí y me cruzaba de brazos. Normalmente, me aburría de esa postura y terminaba como era mi costumbre: con un brazo extendido horizontalmente cercano a mi pecho, y con el contrario, dispuesto verticalmente para apoyar mi mano sobre mi mejilla y parte de mi mándibula. Al poco, solía venir algún compañero de clase a importunarme y para burlarse de mí. Entonces, yo le arreaba un par de golpes e insultaba a su madre mientras ambos nos reíamos en alto. Por último, entraba la profesora y todos permaneciamos callados y con miedo.

Lo del miedo que sentíamos no era baladí. La profesora que nos había sido asignada desde cuarto de primaria hasta sexto era una verdadera loca y tenía un carácter que ni Satán en el infierno. Nos gritaba constantemente, incidía en lo inútiles que éramos y que no teníamos futuro, e incluso, a mas de uno, le asestaba un buen mamporro sin compasión alguna. De hecho, hasta hacía bastante poco había liberado sus senos arrugados para mostrarnoslos. Todo fue porque una compañera de clase que había repetido bastante, acudió una mañana con un escote muy amplio que desentonaba para nuestra edad. Al verla, esa profesora en cuestión, al verla profirió en un grito: "¿Te crees que esas son tetas? Vas a ver lo que son unos senos maduros de verdad" Entonces, se arrancó parte del vestido de los años sesenta y nos enseñó un seno que se asemejaba a una pasa para después en cuestión de segundos sacarnos el otro. Fue horrible. A partir de aquello, ya no puedo comer pasas porque me repugnan.

Sin embargo, aquel día en cuestión, no nos insultó, ni nos pegó, y mucho menos, nos enseñó de nuevo sus senos aplastados, sino que nos dijo que había venido un invitado a la escuela debido a cierto proyecto del ministerio de cultura. Este invitado se trataba de un aviador que había acudido a nuestro colegio en ese día para hablarnos acerca de su oficio. Todos al enterarnos de la noticia batimos palmas de la alegría y suspiramos aliviados, no tanto por el invitado en sí como porque debido a su presencia no íbamos a tener otro espectáculo de histerismo senil ni un directo de pornografía madura.

Poco después, mientras festejabamos bajo el semblante de violencia contenida de nuestra profesora, entró el invitado saludándonos con la mano y con una sonrisa como si acudiese a un show televisivo para niños. Era un hombre bastante alto, de mediana edad y con un cuerpo curtido y fibroso. Tenía una tonalidad de piel bastante claro, gastaba un amplio bigote extrañamente grisáceo para su edad y tenía unos bonitos ojos azulados que alternaban un azul cristalino con un verde bosque. Era muy atractivo, y aún con ello, no parecía presumir de ningún modo debido a una sencillez austera que le recubría lo ancho de sus hombros.

Cuando comenzó a hablar, lo hizo pausadamente. Tenía una voz suave aunque profunda. Se explicaba con simpleza. Pero sin rozar ni por un instante vulgaridad alguna. Se notaba que carecía de educación académica. Mas eso no importaba porque contaba con una educación proveniente de la experiencia, la cual solamente podría ser acuñada bajo el título de "vital".

Nos contó las vicisitudes de su trabajo, no tanto desde un aspecto laboral y economico como de la acción que subyacía cuando uno estaba integrado en el mismo. Nos habló de su ardua preparación, de los grandes esfuerzos mentales y físicos que tenía que garantizarse a sí mismo desde su interior y de cómo se sentía cuando se encontraba cabalgando el aire, allí en las alturas. Lo describía como "navegar un mar sin agua, y en el que el mundo de ahí abajo se convertía en una maqueta" También nos dijo cómo se sentía en aquellos instantes suspendido en el aire en palabras semejantes: "Cuando estoy ahí arriba, a pesar de respirar con dificultad, el poco aire que me entra es más puro. Tengo encogido el pecho, el corazón palpitante y el cuerpo aprisionado. Y aún con ello, me siento libre." Sin duda, su discurso nos impresionó a todos.

Una vez acabado, todos nos quedamos extasiados. En la ronda de preguntas, no paraban de lloverle cada dos por tres cuestiones y comentarios, que aunque fueron todos bastante parejos, connotaban una verdadera admiración e interés por parte del alumnado. Al final, este repartió algunas gorras, mochilas y pequeños aviones. En todos estos objetos, había una pegatina que ponía: "Aviadores de España" con una bandera que dejaba ver sus colores como si se tratase de humo que habían esparcido tres aviones surcando los cielos perfectamente sincronizados y en armonía.

Yo quedé realmente impresionado. Mas, no obstante, no me llegó ninguno de estos regalos por encontrarme en una de las últimas filas. Y aunque estaba muy feliz por todo lo que había escuchado, no podía evitar sentirme apesadumbrado. Por ello, y aún con mi timidez, decidí acercarme en dirección al hombre con los ojos cargados de un fulgor que connotaban tanto admiración como vergüenza.


El aviador, se encontraba hablando en susurros con la profesora:

- Esto... La verdad es que no se lo he comentado a los chicos.... Pero la verdad es que mi sueldo es bastante nefasto.

A lo que la profesora respondió sin hacer el menor caso a su comentario:

- ¿Y decía que estaba soltero?

- Hum... Eh... Yo no he hablado en ningún momento de mi vida personal...

Interrumpiendo la conversación, aparecí ante ellos agachando la cabeza y mirando al suelo. Y con un nerviosismo palpable, tartamudeando sin cesar, levanté la mirada en tanto que mi profesora me escrutaba enfurecida para decirle:

- Pe-perdone... ¿N-no le quedará por casualidad alguno de esos regalos...?

A lo que el hombre respondió con un semblante muy serio:

- Pues no... Perdona chico. Pero he de ir a otros colegios, y ya se ha agotado el cupo de los regalos para este.

Entonces yo, sin saber muy bien por qué, dije ya sin tartamudear y con decisión:

- ¡Es que quiero ser aviador como tú!

- Bueno.... En ese caso... -me dijo el aviador un poco perplejo, mas sin ocultar una liviana sonrisa- Ten, esto es para ti.

Y poniéndome una mano en la cabeza, me dió una gorra y un avión de juguete. Yo no podía dejar de contener las lágrimas de alegría, marchandome de allí a paso ligero y saltando de felicidad por los pasillos. Me sentía tan inundando de gratitud y de sincera e inocente felicidad, que no era capaz de ocultar mi sonrisa.

La verdad es que no recuerdo por qué le dije aquello a aquel hombre. Nunca me había replanteado ser aviador cuando fuera mayor hasta entonces. Incluso, tiempo después, tampoco volví a incidir sobre aquella estrafalaría idea. Lo que sí sé es que se lo dije en ese momento con una auténtica sinceridad. No había fingimiento ni mentira en aquello que dije.  Es decir, así se lo dije por impulso porque simple y llanamente porque así lo sentía. En ese instante, en aquellos segundos, durante un par de días, o algunas semanas después, el sueño de que quería ser aviador era totalmente auténtico y se encontraba arraigado en mí. Y además, era un sueño que creía realizable. Al menos, cuando lo imaginaba.

Así se lo comuniqué a todo el mundo: a mi familia, a mis compañeros, a mis profesores y a algún que otro desconocido con el que me encontraba por la calle. Mis compañeros, en particular, no me tomaban nada en serio y se reían de mí en cuanto les hablaba del asunto. Sin embargo, recuerdo especialmente, el comentario de una profesora vieja -que no era mi tutora, era mas bien una pedagoga que me asignaron- que me dijo:

- Si, ya... Aviador... Lo que te faltaba. Con lo tonto que eres jamás vas a llegar a nada. No te dá la cabeza ni para hacer unas cuantas operaciones con números, te la va a dar para pilotar un avión. Eres imbécil, de verdad... Menudo tonto de remate. Seguro que se lo has dicho para que te regalase algo por compasión. Me das asco y vergüenza.

A día de hoy, como es fácil adivinar, no soy aviador. Me dedico a escribir estos relatos, y poco mas. En relación al comentario de aquella profesora vieja y amargada, yo sé que le dije aquello al aviador con entera sinceridad como he dicho antes. No esperaba suscitar compasión, y creo que él me entendió sin necesidad de que le explicara aquel impulso. Si no he llegado a ser aviador por carecer de capacidad, eso ya es otro asunto... De todas maneras, desde entonces, no he vuelto a replantearme ser aviador. Aunque tampoco me importaría que me enseñarán a pilotar alguna avioneta, o que me diesen una vuelta en ella. Sin embargo, hoy día, preferiría navegar en un barco y recorrer mi vista a través de los azulados mares, allí donde el cielo y el mar se funden formando una sustancia etérea.

lunes, 13 de junio de 2022

Poemas breves

Vislumbro a través de mi ventana


el paso de transeuntes desconocidos,


y no entiendo nada.

-

Aún a sabiendas del retorno estival


los arboles se mecen por igual.


Valientes moradores.

-

El metro pasaba veloz,


ignorando a sus pasajeros


como a nosotros el tiempo.

-

Me marcho en autobus,


y pienso, con tristeza,


en la constancia rutinaria.

-

La primavera es floración,


luminosidad, renacimiento,


pero también lluvias repentinas.

-

Paso una página del libro,


y, sin querer, me da en la cara.


Una caricia metáforica.

-

El tren abarrotado,


y aún así, silencio.


Lágrimas contenidas.

-

En el cielo habitan las estrellas,


y una de ellas mágica se desplaza.


No, era un avión.

-

Cuando acabo la jornada


siempre me pregunto:


¿Qué estoy haciendo?

-

Visión de ella


sonriendo bajo el árbol.


Felicidad de primavera.

-

Las semillas vuelan,


y quizás, algunas de ellas,


sueñan con regresar.

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Esos coches que se deslizan


con inmensa prisa por la carretera


¿A dónde irán a parar?

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En el silencio de la noche


experimento profunda tristeza,


y sobre todo, extrañeza.

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Todo cuanto me rodea


son libros y polvo,


pensamiento y muerte.

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Hoy hace un viento agradable.


En mi cueva entran ráfagas,


y hasta se escucha un manantial...

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Humo de puro


mientras se abren piñones.


Recuerdo a mi abuelo.

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Triste es la noche


y mi corazón está herido


¡Al mundo llorando maldigo!

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Con este calor sofocante


sueño con la brisa


y con unas lágrimas de acero

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Con mirada frénetica,


escruta cosas anodinas


¡Qué tipo más desagradable!

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El pavimento ardiente,


y los olores malolientes.


Así es la ciudad desfalleciente.

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Tuve un sueño tan hermoso,


que por un momento,


creí en la verdadera bondad.

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Cuando cierro los ojos


la naturaleza medita conmigo.


Todo crece y se marchita.

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En paz y en sosiego,


un aura luminosa palpita


gracias a ese espacio sombrío.

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El humo del ducado


cual un incensario.


Efímera pureza.

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Sentados estabamos,


el uno junto al otro.


Una sonrisa y el rocío.

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Voy de paseo,


y veo todo despejado


excepto por una estela en el cielo.

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Ruge la tormenta,


las plantas se zarandean


y a lo lejos resuena un eco.

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Las rosas del jardín


ya han florecido.


Se trata de un dios escondido.

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No sólo con los ojos


se mira el mundo que nos rodea,


también con el alma se contempla.

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Las hierbas no cesan de crecer,


mientras que nosotros disminuimos.


Palabras del viento.

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Con cada paso dado


siempre me acompaña la melancolía


y un eco del pasado.

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Tras los instantes,


vamos declinando poco a poco


como la charca en la explanada.

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Cada año mas cercano


al último abismo.


La muerte próxima.

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Charlas intranscendentes


y falsas sonrisas efímeras.


Así es el parloteo del mundo.

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Los ignorantes hombres


que se creen eternos


no saben del rocío.

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Gritos, insultos


y afinada desconfianza


¡Cuanta mundanal decadencia!

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Todo se pasa


y nada se detiene.


Tránsito hacia la muerte.

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Profundidad en la lectura,


mundo que se abre,


ante mis ojos; el abismo.

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Brasas recorren mi interior.


Algunas afloran al exterior,


otras esperan en quietud.

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Recuerdo los días pasados


y desespero por los venideros.


Un sucederse sin fin.

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Ella no cesa de reírse


rodeada por mil luces.


Chispas de alegría.

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Las pequeñas flores


de las adelfas han crecido.


Hermosa ilusión para la vista.

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El tiempo parece inmutable,


mas avanza sin esperar.


Apariencia y realidad colisionan.

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Otro día que pasa.


Mientras, medito sobre la nada,


y por un instante, creo atraparla.

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Al igual que podamos las plantas,


los fracasos van podando


poco a poco nuestra vanidad.

-

Una picadura de mosquito.


Rasca que te rasca,


y al final, para nada.

-

Miro al horizonte


sin buscar respuestas


y sin hacer preguntas.

-

Una sútil melodía resuena


en mi desdichado corazón.


Las lágrimas no tardarán.

-

Tu canto, embelesa,


emociona y hace soñar.


Oh, la inmensidad...

-

Unas notas tristes


en la oscura noche


que hacen cerrar los ojos.

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Las librerías son cementerios,


y los libros cual tumbas.


Descanso entre palabras.

-

Las disputas de este mundo


son semejantes al polvo.


A nadie le importan.

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La melancolía vive en mí.


Si no fuera por ella,


mi casa estaría deshabitada.

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En la oscuridad me cobijo,


y espero, con incertidumbre,


al silencio tras el camino.

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Caer en el abismo


resulta inevitable.


Disfrutaré del paisaje.

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Sobre el cielo


dos deidades pugnan


por el principio y el fin.

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Un atardecer sombrío,


un descanso necesario.


Todo nace y muere.