domingo, 3 de septiembre de 2023

Divagaciones poéticas

 - Suicidios de luna,

cantares melancólicos

hacía vastos prados,

y aquellos suspiros ahogados

de un hada malherida.


Brilla mi condena a través de mis pasos,

se escucha mi tristeza por los ecos,

me acompañan aquellas urracas

que volando de un lado para otro

expresan desasosiego.


Ráfagas de plata,

mudas de cigarra olvidadas

que se remontan a unos antepasados

de los que nadie recuerda el nombre.

Se cree que sufrieron mucho en vida.


Pon la mano en mi pecho,

siente los ralentizados latidos 

de mi desvastado corazón.

Son como pequeñas cuchillas,

me duele cada segundo que pasa.


Sueños fragmentados,

zorros escarlata en huída,

aquel anochecer que se sucede

transmutándose en un cúmulo de sangre,

en pesadillas rojizas de otros tiempos.


Por esa profunda caverna

parece no haber salida, 

mas aún así llegué al final.

Aquí dentro hace mucho frío

y me siento muy solo.


- Flores marchitas te indicarán

el camino gracias a sus pétalos

cobrizos y desgastados.


Los susurros de los vientos

dicen que tras aquella gruta

se encuentra un monte escarpado.


En el interior del monte, existe

la única flor que ha sobrevivido

al crudo invierno,


y que tiene un nombre desconocido,

aunque un aspecto que se asemeja

al del lirio rojizo.


Cuando la viste sentiste fascinación,

una mezcla de mudo terror

y de enamoramiento tembló


en ese profundo hueco del que cuelgan

algunas cuerdas que al ser pulsadas

emiten una melodía inusitada.


Pasiones carnales palpitan 

en las húmedas ramas,

estas se entrelazan aprisionando

a un espiritu cautivo de sí mismo.


Es imposible escapar de ese instante

que tan placentero es condena

y salvación momentánea,

un efluvio de lo que pudo ser.


Respira antes de que se acabe el aire,

sonríe antes de la decepción,

sueltalo porque se va a escapar,

dejalo atrás porque se irá.


Todo se transforma inevitablemente

como aquellos recuerdos esfumados.

No lo lamentes en vano porque el vaso

ya se ha acabado nada mas posar los labios.


- Veo el anochecer, que, inevitable,

asciende cual el humo de mi ducado

hacía mundos espectrales,

tanto de ensueño como de pesadilla.


Poblan aquellos lares cien mil espíritus

que ya dejaron pudrir sus cuerpos

desde antaño, y que ahora,

pretenden renacer en un paraíso ficticio.


Dignos de ficción son algunos sueños,

unos nos provocan risas, y otros,

nos llevan a un llanto descontrolado,

al igual que nuestras supuestas vidas.


De vez en cuando sucede algo imprevisto,

que en cierto modo nos libera

del paso aparentemente lineal del tiempo.

Por un momento, todo se detiene.


Se queda congelado el instante,

las hojas ya no se mueven,

los ladridos se silencian

y el inquieto se queda dormido.


Pero esa breve iluminación dura poco,

es como un relámpago repentino.

Al final las nubes se dispersan

y aparece la solitaria luna.


Y entonces, el cigarro se me apaga,

las lágrimas inundan mi rostro,

todo mi cuerpo se agita nervioso

y comprendo el sufrimiento de todas las cosas.


- Sobre el mantel se derramó la copa.

El vino violaceo, como de bermellón,

se arrastra a través de la seda,

inundándola de su fulgor asesino.

Parece como si un hermoso cádaver,

hubiera caído ahí mismo,

y que de sus carnosos labios

saliera una sangre muy densa.

Ya nada puede hacerle.

La copa se cayó, y no queda ninguna jarra

con la que pueda rellenarse,

de dotar a aquel vaso de nueva vida

que se disfrutase a lento fuego.

Aún así, yo aquí mismo, prometo

y juro solemnemente,

que si por un azar del destino

se me diera otra copa cargada

de suculento vino, néctar divino,

no sólo me lo bebería hasta llegar

a su abismo, sino que además,

me deleitaría con cada trago

cual si se tratase de una ambrosía

prohibida que un dios robó para mí.


- El rocío como perlas

cada mañana se desliza

por encima de todos los seres,

tanto por las reverdecidas plantas

como por aquellos que se desplazan.

Así, un ciclo vital comienza

llenando todo de cierto encanto,

de colores y de cálidas sensaciones...


Luego, ese rocío se petrifica

cual gélidas lágrimas,

sucediendose la noche

y la tristeza de la luna esculpida

por su compañía de estrellas,

y aún así, se siente tan sola...

Sólo emite muecas inexpresivas

que pretenden ser una sonrísa

ante el coro de sonidos nocturnos.


Lástima provoca el pensar que todo esto

acabará, que algún día dejará

de amanecer, que todo será oscuridad,

una noche perpetua donde ni la luna

se asomará en un silencio eterno.


- ¿Será verdad...?

¿Es cierto que el aroma de los campos

proviene de un monstruo oculto

que nos vela su presencia

distrayéndonos con aquellas fragancias

provenientes de otros tiempos?

¿Es auténtico el brillo de los cielos

cuando un resplandor fugaz

ilumina nuestra vista haciéndonos soñar

con su apariencia que nos impulsa a

buscar una secreta belleza?


No sé, desconozco si será verdad.

Lo único que con certeza aseguro

es el contemplar que unos seres

viven un tiempo, mas que al poco

perecen para dejar paso a otros seres

que igualmente terminarán muriendo.

Parece ser que está inscrito en nosotros

desde antaño, desde el comienzo 

de los tiempos, que todo es caduco,

que todo lo que existe dejará de existir.


Mas algunas noches, sentado en el lecho

empiezo a divagar tras pasajeras

ilusiones que se transmutan en curiosos

personajes que festejan, bailando

acompasadamente ante mis ojos.

Estos cantan letras que me son desconocidas acompañadas de melodías

que sospecho que son de otro mundo.

Y, pese a no entender muy bien,

me hacen creer por un instante

que todo lo que veo es una mentira

inventada por un tipo muy feo.

¿Será verdad...?


- Aunque la brisa me acaricia,

danzando a mi al rededor 

como una loca y sensual bailarina,

temo que amaine mi fuego interno,

o que este se avive tanto

que mis mariposas perezcan al momento.


Me deslizo sobre fuertes brasas,

esquivo las hierbas circundantes

para que estas no sean dañadas,

y de vez en cuando, tropiezo con piedras

que provocan el estallido de gran cantidad de chispas.


Si se contemplase en dirección sureste

probablemente se viesen mis llamas

ardiendo hasta el cielo noctuno,

a pesar de estar rodeado

por altas montañas o por anchos campos

se me vería sin dificultad.


Callan los que se cruzan a mi lado.

Noto cómo se estremecen por su miedo

a ser calcinados en cualquier momento.

Pero no caen en la cuenta,

de que puedo escuchar el aire que sale

de sus orificios, hasta sus suspiros...


Los ignorantes no advierten

que yo les temo más a ellos.

Con el mas leve roce 

de mis sutiles dedos invocaría un volcán

en sus pechos, del que nacería una lava

que se expandería a sus miembros.


Por eso yo me alejo.

No quiero saber más del mundo

y sus vanos afanes. 

No me interesan sus efímeras glorias

ni sus cómicos fracasos.

No tienen nada interesante que ofrecerme


Quiero irme muy lejos.

Viajar a través de horizontes

aún no descubiertos,

aquellos que se esconden en la falda

de los montes cual fémino secreto

sólo accesible para los afortunados.


Mas llegará el momento que mi llama

se apague, que se agote 

en forma de una exhalación en el aire.

Cuando eso pase me limitaré

a cerrar los ojos muy poco a poco...

Por fin podré gozar de la brisa vespertina.


- Li Bai, amigo mío:

tú que con la copa en mano

cantaste a la luna mientras bailabas

con tu sombra,

tú que con el rostro arrasado en lágrimas

te despedías de tus compatriotas

con la esperanza de volver 

a beber juntos,

tú que rendiste los mayores tributos

tanto a las alegrías 

como a las desgracias de la vida

tomando suculento vino,

tú que supiste captar desde la melancolía

de una brizna de hierba

que se alejaba como de una dama

abandonada por su amado,

tú que en sueños trepaste 

las más altas montañas

y vislumbraste a diosas e inmortales.


Dime, hermano mío 

de devenires poéticos:

Después de toda esa aventura

que fue tu vida viajando 

de un lado para otro en busca

de gente que apreciara tus poemas,

¿Qué descubriste al final del sendero?

Tras tantos exilios voluntarios e impuestos y todos los curiosos

personajes ajenos al mundo letrado

e imperial que conociste,

¿Qué aprendiste de sus lecciones?

Tú que conociste de la inmortalidad

hasta el punto de a día de hoy ser 

cantado y recordado tanto en tu pueblo

como en los lejanos

¿Qué viste en aquellos parámos

que unos llaman Cielo, y otros Nada?


- Ando, solitario, en medio del campo

mientras escucho entristecidos

maullidos de gato.

Su canción es de una melancolía inmensa


En la lejanía percibo parpadeantes luces

que indican que mas allá de mí

hay otras vidas, cargadas todas ellas

de las esencias lumínicas y sombrías.


De la espesura descubro una anodina

mariposa que me recuerda

la fragilidad de nuestras vidas,

incluso volando parece que se tambalea.


Detrás de ella, hay gran cantidad de flores

que se esconden ante mis ojos.

Permanecen agazapadas, ocultas

tras una madera carcomida: su casa


Para proteger su intimidad, alzo la mirada

hacía el cielo desfalleciente.

Aquel que se escurre con sus interminables ciclos en sucesión.


Todo parece tan vano, y tan importante a la vez, cada detalle del paisaje

es un cuadro que cuando desaparezca

seguirá en pie eternamente.


Siento en mi corazón una esperanza

enterrarse, y un sueño que asciende.

Qué triste y qué alegría sería

ser recordado para luego olvidarse.


- Cierro los ojos y clamo al cielo nocturno

por unos plácidos sueños

que me alivien los sufrimientos

que poblan los rincones de esta vida.

Quisiera soñar con extraños paisajes

aún no avistados por ojos humanos,

con pequeños e infimos seres

que se conduzcan con la inocencia

de los niños recién nacidos.

Desearía poder habitar lejanos palacios

situados en las entrañas

de un solitario bosque donde cantar

y bailar a mis anchas sin ser juzgado.

Se celebrarían grandes fiestas

donde el lujo pasaría a segundo plano

porque lo importante sería

el mero disfrute delicado,

y si por un casual alguna pena del pasado

nos acongojara, escanciaríamos

suculenta bebida que nos traería

la alegría pérdida en la vigilia.

En tales parajes se podría ser feliz,

ya que se tendría el estar colmado

con el estar vacío, la abundancia

con la escasez y la pomposidad

con la simplicidad de ser.

Ojalá habitar por allí más tiempo,

pero todos tenemos que regresar

al hogar por mucho que nos duela.

Unos lo denominan nacer,

y otros, despertar.


- Desvelado, me levanto de la cama

y alzo mi mirada hacía la oscuridad

insondable de mi cerrada habitación.

Creo que oigo algo, un grito extraño.


Prestando atención, me percato

de que se tratan de tristes gemidos.

Una especie de llanto que se propaga

a través de unos cuantos kilometros.


Parece una mujer llorando,

que sin poder evitarlo, ha estallado

en millares de lágrimas repartidas

por todos estos desolados lares.


Siento que sus tristezas se huelcan

en una sútil melodía desfilando

a mis oídos en notas discordantes,

que poco a poco se vuelven armoniosas


Los sonidos proferidos por su boca

terminan por atenazarme el pecho,

me dejan en suspenso, como colgando

de una cuerda impuesta por la vida.


Se quedan atrapados en mi corazón

cual cuchillas lanzadas al azar

en busca de que su sufrimiento

sea rememorado por largos años


Lamento no ser un poeta reconocido.

He intentado que tus lastimeros

chillidos queden escritos en unos versos.

Aunque raro sería que alguien los leyera.


Aún con ello, no he podido evitar

poetizar tu sufrir para que se quede aquí.

Hay un algo en tus tristezas

que tiene un eco de otro mundo mas allá.


- Sopla una fresca brisa,

y ya se escucha a las hojas murmurar

gracias a un viento travieso.


La húmedad del ambiente lo cubre todo:

desde el paisaje exterior fragante

como mi cuarto titubeante.


Mensajes lejanos se expresan

en la escased de luz

y en el aumento de sonidos.


Yo, despierto a deshoras, me dejo

arrebatar por una pulsión interna

que me predispone a una alegre

melancolía que añora otros tiempos.


Continúa siendo el estío,

mas el otoño ya se asoma por la ventana.

Con añoranza me despido,

y con un sabor agridulce doy la bienvenida.


- Paso mis días entre el humo

de mis ducados, y las páginas

de mis apreciados libros

que llevan a mis ojos

a sobrepasar fronteras imaginarias.

En su conjunto, ambos elementos

aunados por mis dedos

dan alas a mis espaldas,

echandome a volar muy lejos.

Rodeado de exquisita fragancia

de tabaco negro, y arropado

por las solapas de los libros,

logro construir un hermoso refugio

que me aparta de las constantes

míserias del mundo.

Tras mi guarida improvisada,

puedo escuchar los atronadores

ruídos de los truenos, y vislumbrar

por una pequeña rendija,

los amenazadores a la par que bellos

relámpagos que estallan en mil colores.

Ojalá me alcance alguno de ellos,

ese es mi sueño secreto.

Así podría fundirme 

con la excelsa naturaleza

y ser uno de nuevo.



jueves, 3 de agosto de 2023

La casa de la vida y los sueños

 A Fabián le apenaba que sus padres se mudasen definitivamente de aquella casa. Al fin y al cabo, había pasado gran parte de su infancia ahí, y el saber que jamás volvería a pasar por allí le dolía en lo más profundo de su corazón. Aquel lugar estaba plagado de recuerdos: en esa casa dijo su primera palabra, aprendió a andar, a nadar, a montar en bicicleta, tuvo sus alegrías y sus desgracias, supo qué era el amor y qué el desamor, qué tener compasión y qué actuar con crueldad... Se diría que ahí aprendió todo lo que formaba parte de esa parte de la vida a la que se le suele denominar la primera y la más inocente de las restantes. Por eso sentía aquella congoja interna, pensaba.

Tampoco pudo evitar pensar en la biografía de sus padres, y en que acabarían en una residencia perteneciente al estado donde seguramente estarían mal cuidados. Como padres hicieron lo que pudieron, aunque cada uno tenía su particular mancha. Su padre, por un lado, era un bebedor y un mujeriego de toda la vida, demasiado egoísta para darse cuenta del daño que sembraba, y por otro lado, su madre era una martír, que aguantaba con paciencia y haciendo oídos sordos a los desaires de su marido, demasiado sumisa para hacer justicia. En suma, ninguno de los dos era enteramente una buena persona, como tampoco seres malvados, mas lo que sí Fabián sabía es que ambos le querían a su respectiva manera.

Desde muy pequeño recordaba las fiestas que se pegaba su padre, o mas que las fiestas, lo que ocurría después. Entraba a casa dando tumbos, completamente borracho y con un olor pestilente de veinte tipos de alcohol destilado. En cuanto cruzaba el umbral de la puerta, su madre se plantaba justo en frente, y tapándose la naríz, no podía evitar que las lágrimas cayeran en profusión a través de sus mejillas. Su tristeza no provenía al descubrir el olor de alcohol, sino el olor de otras mujeres y de los perfumes de estas que se quedaban adheridos a las ropas de su marido. De vez en cuando, también encontraba rojos pintalabios en su cuello, e incluso, rastros del recorrido de unas uñas en su espalda. Todas esas cosas le dolían profundamente a su madre, pero se guardaba el sufrimiento para sí misma, cual si se mortificase a solas para trascender el dolor que compone el conjunto de la vida.

Se acordó de todo esto porque se encontraba justamente en la puerta principal de su casa, ahí donde se quedaba su padre en su ebriedad, parado en seco y con el rostro petrificado. Fabián no estaba borracho, no se había acostado con una mujer y tampoco tenía a ninguna que le recibiese al regresar a casa, pero a pesar de eso, sintió en parte que él mismo era su padre volviendo a casa y que una mujer invisible estaba arrodillada ante él, derramando abundastes lágrimas que se desparramaban por el suelo en forma de charco. Esta visión le estremeció, haciendo que su cuerpo temblase enteramente durante un instante.

Para evitar esa perturbación, decidió entrar en la casa con tiento, recorriendo cada uno de sus pasillos hasta que llegó a la sala principal. Todavía ahí estaba la mesa en la que todos se sentaban los fines de semana para comer en familia, con alegría, como si nada hubiera pasado. Entre semana todo era un infierno de desenfreno y perversión, mas cuando llegaba el fin de semana, de repente todo adquiría un clima temblado, como una brisa fresca que pasa a principio de verano. Con la llegada de la vejez de sus padres, esa brisa se instauró de forma permanente, puesto que llegó un momento en el que a su padre ya no le quedaban fuerzas para salir a beber y a disfrutar del cuerpo de las mujeres. Cierto era que seguía bebiendo y fumando como si fuera el fin del mundo, pero ya sólo lo hacía en casa. Se ponía bastante festivo, a soltar risotadas y a dar palmadas de asentimiento a cada tontería que escuchaba, provocando que hasta el semblante de su madre, que normalmente tenía una expresión triste y decaída, se alegrase un poco.

Aquellos recuerdos eran una de cal y otra de arena para Fabián, le sacudían internamente suscitándole muchas sensaciones a veces contradictorias entre sí. Su rostro parecía interpretar toda la amalgaba de sentimientos que experimenta un ser humano durante su vida, se retorcía y contraría como si se tratase de una máscara teatral. A veces sus ojos se humedecían de la emoción, otras veces se cerraban ansiando olvidar, en ocasiones su boca esbozaba una sonrisa ligera y algunas otras veces se quedaba boquiabierto, alelado contemplando por ejemplo una antigua pieza de cerámica que le evocaba imágenes de juventud. Y todo ello, mientras caminaba sintiendo cada paso dado, un turista que se despedía del sitio que visitó duranre unas vacaciones que pasaron demasiado rápido.

Se asomó a la puerta de la cocina, de aquella estancia donde su madre le preparaba los mas ricos manjares, y que daba acceso al jardín. De niño solía estar corriendo de aquí para allí, y siempre aquella estancia le servía a modo de puente para salir en dirección a la piscina. También, durante su rebelde adolescencia, usaba de aquella sala como salvoconducto para escaparse en las noches, evitando así la posible reprimenda de su madre. Sin embargo, en esta ocasión no quiso salir a la fuga tan rápido, quería quedarse un momento sentado en el suelo para experimentar esa sensación hogareña por última vez. Ello le hizo pensar que no veía a sus padres a menudo, tan afanado estaba en su propia vida, que rara vez se veían como mucho un par de veces al año. Siempre los encontraba taciturnos, sentados en las viejas sillas del jardín que se encontraban poco mas adelante, le acusaban en silencio de su falta de respeto y consideración hacía sus padres, y a él no le quedaba otra que asentir en su mutismo, dándoles la razón con su mirada.

Decidió levantarse, y se dedicó a observar mas allá de su ventana. Ahí podía ver las hierbas pajizas que habían dominado la totalidad del jardín, y a través de las cuales los grillos emitían su sonata acostumbrada. Mas, si miraba mucho mas allá, podía contemplar las arizonicas abandonadas por sus vecinos. Estas habían crecido tanto que parecían ya árboles, tan altos que no dejaban vislumbrar los tejados de las casas. Cuantas veces había soñado Fabián en sobrevolar aquellas arizonicas cuando estaban cortadas en forma cuadrada, en ir mas allá de la frontera de su casa, para atravesar aleteando aquellas otras casas que jamás en la vida real había visitado. En sus sueños, el plegar las alas marinas y ascender lo mas que se podía, costaba un precio, que era el reducirse de su fuelle interno. Así que llegaba un momento en el que sin él quererlo iba descendiendo en alguna de esas desconocidas casas. Normalmente se agarraba a algún árbol, el cual solía ser un pino, o en su defecto, se apoyaba sobre alguna ventana, evitando caer al suelo por si algún perro salvaje le atacaba.

Después, se las apañaba para entrar en la casa, y en su interior podía vivir mil historias diferentes, que podían transmutarse en un sueño placentero, en la mas cruel de las pesadillas, o en un poco de ambas. A veces se encontraba una fiesta en la oscuridad, donde extraños personajes danzaban sin parar, frenéticos y alocados. Esa escena era muy recurrente. Pero, en otras ocasiones, el panorama era muy distinto. La casa estaba desolada, aparentemente estaba vacía, y Fabián la recorría curioso. Constataba la soledad de aquella casa hasta que encontraba a una joven de largos cabellos apoyada en la baranda de la ventana. Al principio, esta no parecía percatarse de su presencia, mas cuando iba avanzando, esta se giraba repentinamente y le dedicaba una amplia sonrisa, y aunque sus ojos estaban vidriosos, lo eran de alegría. Se sentía algo así como el confidente de aquella joven. Y cuando despertaba de su sueño no era rara la vez que pensara que jamás había visto a su madre dedicar una sonrisa así a su padre ¿A qué se debía? ¿En el fondo sus padres no se amaban? ¿O quizá era aquella mujer la que no le amaba a él, reduciendole a un mero objeto de disfrute sexual?

Retornando de aquel ensimismamiento, Fabián decidió atravesar la puerta y salir de la casa para acceder a la parte trasera del jardín. Sólo bastaron unos pasos para encontrarse justo delante de una piscina cuya agua estaba verdosa y cuyos bordes que antes eran blancos, ahora estaban entre amarillos y marrones. Esto le sirvió de impulso para volver al pasado, a cuando de niño se lanzaba en dirección al agua como un sediento lo hubiera hecho sobre la alucinación de un lago en un desierto. Y pese a que nada mas meterse en el agua, comenzaba a nadar como un loco de un lado para otro, se cansaba con rapidez, y dedicaba gran parte del tiempo a desplazarse de un lado para otro cual si fuera un trozo de madera que hubiese caído en el agua. Lo que mas le entretenía era rescatar a las mariquitas que se quedaban atrapadas dentro de la piscina, moviendo sus patas, fabulando con la idea de que quizás podían andar por el agua como cierto mesías.

Fabián, con verdadera incondicionalidad, las transportaba en la palma de sus manos, y las llevaba hasta el borde, liberándolas de la prisión de agua. No era rara la vez que volvían a meterse, obligándole a sacarlas de nuevo, mas esta vez desplazandolas mas lejos para que no cayesen en el mismo error. Podía pasarse las horas muertas con esta tarea, llevando a las mariquitas de un lado para otro, dejandolas en el suelo sólido para que regresaran a su hogar. También, muchas veces, estas le meaban encima aquel líquido amarillento y algo pegajoso. Sus padres le comentaban que sus meados eran producto del miedo que sentían al encontrase frente a un gigante que les apresaba en sus manos. Fabián no se tomaba del todo en serio esta afirmación, le parecía un producto de fantasía que sus padres se habían inventado en vías de una explicación. Pero, como tampoco estaba del todo seguro, sentía compasión por ellas, y si le meaban, intentaba liberarlas lo antes posible para que no sufrieran mas debido al miedo.

Cuando ya salía de la piscina, ascendía los escalones poco a poco, dándose la vuelta de vez en cuando para comprobar que no quedaba ninguna mariquita en el agua. Luego, sobre todo por las noches, se turbaba pensando en que muchas mariquitas morían ahogadas en el agua durante el día, ya que él no podía estar constantemente atento a remojo para salvarlas a todas. Esto le deprimía, haciendole soñar con todas las mariquitas que morían porque él no pudo liberarlas de los barrotes de agua. En ocasiones esas mariquitas muertas, se fundían todas ellas en una sola, formando el rostro de su madre llorando porque él tampoco pudo salvarla de su sufrimiento y soledad, causado especialmente por su padre, pero también por él.

Durante su adolescencia, fue un joven que entendía la rebelión como una suerte de huída. Cuando estaba mal el ambiente en casa debido a las juergas de su padre, en cierto modo actuaba como él, puesto que se escapaba para beber y tomar drogas. Se juntaba con malas compañías que le conducían a la depravación interna mas absoluta en forma de botellas vacías y de tabaco mezclado con hierba. Ese ilícito escape le hizo comprender a su padre cuando huía de las responsabilidades de su familia oliendo a whiskie barato en el regazo de una sudurosa mujer, mas también entendía el sufrimiento de su madre y lo injusto de aquella situación. Pero no podía con ello, era un muchacho sin experiencia en la vida y al que todo aquello se le quedaba demasiado grande. Por eso, salía por patas, corría tanto como podía hasta alcanzar un leve fragmento de luz, a pesar de que para insertarse en él tuviera que atravesar la mas infame oscuridad.

Para evitar que todas aquellas sombras le envolviesen, volvió a entrar en la casa para recorrer por última vez todos aquellos pasillos hasta que llegó a una habitación por la que todavía no había  pasado. Se trataba de una sala de estar en la que estaba colocado a un lado un viejo sillón repleto de agujeros que habían salido por el paso del tiempo. Según supo después, en aquel sillón había sido concebido por sus padres cuando estos eran felices, en una noche alocada durante la cual se plantearon la posibilidad de formar una familia. Él se sentó en ese mismo sillón sin escrúpulo alguno, en tanto que este chirrió estruendosamente. Era como si en cierto modo volviera a nacer, o mas bien, cual si fuera concebido de nuevo por un par de entidades espirituales que fornicasen en la estancia para dar vida a una sustancia material, que era él mismo.

Cerró un poco los ojos, y cuando los abrió, encontró frente a la puerta a dos mujeres idénticas sin ropaje alguno. Estas parecían gémelas, tanto en aspecto físico como en sus movimientos. Se deslizaban con sutileza en su dirección, acompañadas por una pícara sonrisa que connotaba cuales eran sus intenciones. Cuando llegaron justo delante de él, se agacharon, y ambas se apoyaron en sus rodillas sin dejar de esbozar aquellas insinuantes sonrisas. Se alzaron un tanto, y le susurraron cada una a un oído y a la vez: "Somos las mariquitas que salvaste hace ya tiempo atrás. Venimos a agradecerte tu buen corazón y amabilidad" Entonces, se levantaron muy pegadas la una a la hora y riendo de forma infantil, se fundieron en una, formando una sola persona.

Parpadeando, Fabián se percató de que se trataba nada mas y nada menos que de aquella joven de luengos cabellos con la que de vez en cuando soñaba. No pudo evitar sentirse tan alegre que soltó una exclamación de sincera gratitud hacia aquella joven que acabó mutando en un alentador suspiro. La joven, tomando este gesto como una especie de asentimiento que confirmaba que Fabián estaba dispuesto a recibir su regalo, se abalanzó hacía él aunando sus cuerpos en una mezcla entre lujuría y compasión mutua.

...

Tiempo después, la policía recibió varias llamadas por parte de un gran número de vecinos que se quejaban del mal olor de una de las viviendas del lugar, junto con otra llamada de un hombre muy enfadado e indignado que reclamaba a los agentes para que interviniesen en un asunto relacionado con la compra de una vivienda. Al final, todo el mundo fue tan insistente, que no les quedó otra que acudir al inmueble en cuestión. Ya desde la puerta exterior el nauseabundo olor era patente, como también la desagradable visión de un hombre enfurruñado con cara de pocos amigos que les esperaba para acompañarles en la puerta. Forzando la entrada, lograron entrar y recorrer las distintas salas en dirección hacía donde provenía aquel tufo desagradable. Su origen lo encontraron rápidamente, y en cuando así fue, el hombre de mal humor y algunos agentes tuvieron que salir despavoridos para vomitar. Los que se quedaron tapandose la nariz con un trapo, descubrieron que era un cádaver y cuando hicieron la investigación lo identificaron bajo el nombre de Fabián, el cual se había volado los sesos. Posteriormente, informaron a sus padres, omitiendo esto último.

martes, 25 de julio de 2023

Otros poemas de un loco

 - Colgué algunos poemas

en una plaza pública

para que así otros pudieran empatizar

con el sentimiento de mis palabras.


De ahí me fuí caminando,

casi trotanto, evitando

volver a aparecer ante el público

hasta después de un buen tiempo.


Cuando volví, me encontré

mis poemas tirados por el suelo.

De los que aún podían leerse,

la gente reía o miraba con indiferencia.


Muchos se atrevían a mearlos encima

mientras soltaban insultos a doquier,

comentarios muy cruentos

y los señalaban con sus dedos grasientos


Yo me quedé perplejo,

ahí parado, quieto en el sitio

con un leve temblor

en la comisura de mis escasos labios


De repente, uno de esa gente,

se plantó en medio 

con una barriga prominente

y mirandome de frente, me dijo:


"Tus letras están rotas,

mudas sílabas que no importan a nadie.

Sin rima, sin estructura, demasiado

decadente y pretencioso"


Me limité a sonreír con desdén.

Me dí la vuelta, y por ahí no volví.

Pataleé una piedra pensando

en escribir mas poemas.


- Con los años, algunos recuerdos

se quedan como lastrados,

fragmentados en sutiles piezas

que se deslizan, ya sean por sábanas

encubiertas o por paredes de gotelé.


Incluso lo que viví ayer mismo,

se va disolviéndose, haciendose nímio,

una bruma silenciosa 

en la que cualquier suspiro,

pasa a ser parte del infimo abismo.


Todo lo veo a pedazos, en forma

de trozos arrugados, cachos de papel

que fueron tirados hacía las papeleras

de una memoria cautiva de sus sueños

que ya nadie recuerda.


A pesar de esa mente olvidadiza,

queda todavía algo que permanece

en los segmentos de cristal

que vuelan desperdigados por los aires,

una especie de halo misterioso.


Intento captarlo, atraparlo en mis ojos

lagrimosos, incluso lo canto

con una voz quebrada, próxima

a la tristeza del desconocimiento

ante la inevitable huída.


Sí, yo te grito, te canto y te lloro.

Todo a la vez, querida nostalgía

imprecisa mía.


Pero llegará el momento en el que no pueda ni gritarte, ni cantarte ni llorarte,

pues habré muerto.


- Te veo llorar ante mí,

y espero que no te confunda mi mutismo 

porque te aseguro que yo también lloro.

Lloro por ti,

lloro por mí,

lloro por nosotros,

lloro por todas las tristezas de este mundo.

Lloro, aunque lo hago por dentro,

desde mi interior caen sendas lágrimas.

Lágrimas de melancolía,

lágrimas de desesperación,

lágrimas de impotencia,

lagrímas que llueven cual anécdotas anodinas.

Desde mi recóndito corazón,

en un rincón agazapado,

te juro que lloro mucho

pese a mi aparente pasividad.

En realidad, lloro un montón,

voy dando saltos en mi interior,

pegando trompicones como un loco,

como una bestia salvaje,

un animal liberado en su peor noche.

Pero he sufrido tanto, tantísimo,

que me escondo en mi caparazón,

ahí dentro se está lo suficientemente

fresco, para poder danzar en libertad

y también para llorar, para dar

todos aquellos berridos semejantes

a los de un asno recién parido,

un burro mal amaestrado

que es quemado por un hierro candente.

Por ello, confía en mis palabras,

es lo único que en esta vida

no es una mentira.

Por ello, te prometo que yo lloro mucho,

y al hacerlo, gimo como un enfermo

mental dispuesto a ser encerrado

en algún manícomio,

en algún centro comercial mal habilitado

convertido en una institución psíquiatrica.

Lloro sin parar, y cuando lo hago,

recuerdo aquellas lágrimas

que proferías frente a mí.


- Ya es de noche, una oscuridad

profunda de madrugada me circunda.

Ya es el momento perfecto,

la aparición idónea de la soledad,

de la tristeza impoluta,

de aquellas cosas que no logro olvidar...

Me asaltan resquemores,

la sensación de que algo no va bien,

o para ser justos, la impresión

de que no actúo bien en este mundo.

Mas bien, lo que hago es dejarme llevar

por la ignominia del momento,

me ofusco y vomito sobre el rostro

de quienes me rodean, y luego,

me alejo corriendo, casi casi trotando.

Eso no es lo suyo, no es lo justo,

y no sólo porque así lo considere

la moral pública o el decoro

¡No! Eso poco importa, como las leyes,

que no son nada relevantes,

ninguna de ellas me dirá cómo vivir.

Pero sí, hay que ser paciente y considerado, respetuoso y moderado,

evitar dejarse arrastrar 

por ese primer impulso malvado.

Si vuelvo a vomitar a alguien en la cara,

como mínimo, le limpiaré después,

y si seguidamente salgo huyendo,

me giraré un momento para disculparme.


He hablado antes de soledad,

mas eso tampoco es así.

En verdad, nunca estamos del todo solos,

siempre hay alguien que está escuchando

atento a esos pensamientos sordos

pero que gritan demasiado.

No, nadie conoce una soledad absoluta,

y la solitaria senda del caballero errante

no es mas que otro canto épico,

para entretenerse un momento,

para creernos héroes sin serlo.

Al final, hemos de contar con los demás

y los demás con nosotros,

nos retroalimentamos en nuestros

sucesivos amaneceres y anocheceres,

vidas y muertes que se multiplican

cuando se dividen, incesantemente

sin fin ni confín,

empezando desde un mismo punto.

Mira, ahora lo digo completamente 

en serio, escucha:

Cada paso que doy, 

es un paso que da el mundo. 

Cuando el mundo se para,

yo también me paro.


- Tristes cantares se escuchan

detrás de aquellas colinas.

Se tratan de melancolías narradas

mediante los cantos de los pajaros

que nos cuentan el absurdo 

de sus vidas de pajaro,

de como nacen y mueren 

sin otra tarea que traer otros pajaros

al mundo para que nazcan y mueran,

trayendo estos a su vez otros pajaros

que realicen la misma tarea de apareamiento una y otra vez

durante miles de vidas.


No puedo evitar entristecerme

cuando escucho sus lastimeros sollozos,

como tampoco puedo evitar pensar,

que nosotros los humanos,

que nos consideramos más inteligentes

y sensibles que el conjunto 

de todos los animales

que habitan este vasto mundo,

no nos diferenciamos tanto

de la vida que llevan esos desdichados pajaros cantarines.

Es verdad que lo adornamos todo,

que celebramos con diferentes rituales

y reuniones sociales cada acontecimiento

de nuestras rutinarias vidas,

pero, en el fondo:

¿En qué distan nuestras ajetreadas vidas,

apareándonos sin tón ni son

para luego igualmente morir?


Cuando pienso en ello,

no puedo evitar entristecerme,

y por eso, escribiendo poemas

entiendo y empatizo con los pajaros.


- Hoy el autobus se paró repentinamente.

Sonó un estruendo, un rrrhis... Y se paró.

Se quedó en el sitio, mientras un humo

negruzo ascendía por el cielo nocturno,

cual si fuera un cigarrillo mal apagado.

La gente ya empezó con sus susurros,

los cuales pasaron de murmullos

a voces alzadas que culminaron

en gritos estruendosos.

Con tal jaleo, el conductor salió

escopetado de su propio vehículo,

y haciendo aspavientos con las manos,

suspirando de manera sonora,

no supo qué hacer.

Llamó a alguien, pero nadie respondió.

Mas, al rato, sonó la llamada de vuelta:

tilín, tilín, tilín... Y al instante entró

afanoso en el autobus declarando

el desastre que provocaría

una impresionante retención

de veinte minutos infinitos.

Yo, permanecí indiferente,

mirando el paso de la gente

a través de una ventana empañada,

en tanto que los pasajeros continuaban

sus peroratas, quejándose a grito pelado.


Sin atenderlos lo mas minímo,

pude observar cómo la noche cerrada

se cernía sobre nosotros,

cómo nuestro entorno ajeno a los dramas

humanos continuaba su fase natural.

Yo ansíaba fundirme 

con ese toque fantasmal de la naturaleza

que se despliega cuando la luna asciende,

cuando las estrellas bailan a su compás.

Al parecer el problema técnico

del autobus se solucionó,

y por ende, el ambiente se sosegó,

ensimismandose ya cada uno

en sus aburridas vidas individuales.

Pero mientras el autobus seguía

su acostumbrado recorrido 

de todos los días, yo me quedé quieto,

exactamente en la misma postura.

Todo el mundo seguía su marcha,

y yo, decidí detenerme, deseando

aunarme con ese cielo oscurecido,

con ese sueño olvidado,

colgado en la bóveda celeste...


- Canto a la luna en esta noche

tan silenciosa que pasa presurosa,

casi inadvertida entre nubes amarillentas,

cual si fuera un susurro...


La luna es una doncella mimada,

de piel pálida y con algunas manchas.

Mas también es una sufridora

que ha hecho de sus heridas delicadezas.


Y yo, soy como un mendigo

que la canta con la voz quebrada,

desentonando a las veces,

aunque con una emoción contenida.


En aquella neblina dispersa

puedo advertir los suspiros de la luna.

Quizás se ha derrumbado

con mi triste canto de loco despiadado.


No te asustes. No hay nada que temer.

Esta melancolía que encubre mi voz

tú también la has sentido alguna vez,

como cuando te llevaron allí arriba.


Sé que estás muy sola, que los inviernos

son demasiado fríos, y que los veranos 

demasiado calurosos, que el viento

azotándote te despeina 


y que cuando hace sequía,

esta rompe tu piel en centenares

de pedazos. Todo eso lo sé,

lo veo desde las profundidades.


Pero sobre todo lo sé 

porque te conmueves con las desgracias

de los abandonados por el mundo,

por todos aquellos repudiados.


Nos alumbras a todos con tu palidez 

helada, incluso cuando todas las farolas

se apagan repentinamente, apareces

entre las nubes para consolarnos.


Y por eso sé que cuando te canto,

mis gallos te hacen llorar de risa,

mas cuando escuchas con atención

comienzas a llorar en serio


al descubrir que las tristezas que narro

son las tuyas mismas, que contandote

mi historia, o las de otros, te ves

a ti misma reflejada en mis malos sones.


Por ello, te pido que tomes tú la voz.

Úsala para despertar a todos

en la madrugada para que sepan

que tanto tú como nosotros existimos.


Llorar durante la noche 

no es un asunto que deba ser

desconocido para este mundo inventado,

deben saberlo bien todos.


He ahí tu magia, la de la poesía,

la de la literatura, la de todas las artes...

Dar voz a quienes se la robaron,

a la luna que dejaron tan sola en lo alto.


Cuando todos terminen de escucharlo,

tú te habrás ido hasta la próxima muerte,

pero la melodía que todos cantamos

quedará impresa para siempre.


- Dolido, camino sin rumbo

a través de mi corazón desdeñado

En una madrugada, me abrí

el pecho, y desde entonces,


en mi interior voy andando,

recorriendo mi sacorfágo corpóreo,

cual si se tratase de un terreno inexplorado,

dispuesto ante mis ojos


La decepción y la frustración

resultan palpables para mis pies,

que van pisando con tiento,

evitando hacerme demasiado daño.


Hay veces que piso algún que otro

cristal roto, y cuando lo hago,

no puedo evitar gritar estruendosamente.

Yo mismo me asusto de ese gran grito,


que se repite en esta cueva abandonada

formando un eco que se prolonga

desde mi garganta hasta la caja torácica,

culminando en las venas de mi corazón.


Aquí dentro, hay algunas húmedades

dejadas por lágrimas despavoridas,

algún que otro elefante soñador

y rastros de sangre solidificados.


Pero también hay un rastro de púrpurina,

que si lo sigues conduce hacía un inmenso

árbol cuyas hojas están iluminadas

por un amanecer del pasado.


- La madrugada se desliza

a través de mis sábanas

cual la mano de una amante,

que rezagada busca aquello intangible:

un corazón que mas bien parece

un concepto demasiado abstracto.

Mientras yo, miro hacía la pared

impotente, esmaltando sueños

y pensamientos sobre esa claridad

un tanto turbia después

de tanta observación infructuosa.

Es bastante vano ver desfallecer

todos los entes imaginarios

que se traslucen en la mente,

y que flotan, como ideas anodinas

que fueron inventadas 

por un ocioso parlanchín.

Si nada o todo es real,

al fin y al cabo da igual

cuando la apariencia lo tiñe todo

en semejanza a aquella madrugada

materializada en una pared entre nubes.

Todo es tan raro, tan impreciso,

como una fantasía que ha sido tomada

demasiado en serio, un juego de apuestas

que por azar siempre 

da el mismo número.

Yo contemplo todo este espéctaculo,

me embriago con las mil imagenes

hasta que finalmente me duermo.


- En la calle puede sentirse

esa desolación que todo lo cubre,

desde los transeúntes hasta el aire

está marcado por esa dejadez.


No importan las perturbaciones externas.

Todo parece sumido en esa desdicha

automática que provoca el frenesí

de esos engranajes corporales.


Cada cosa sigue su curso preestablecido

por las llamadas "grandes ocupaciones"

Obviamente es muy importante

que todo marche como una rueda.


Esta gira y gira, a pesar de ese chillido

proveniente de las desgastadas llantas.

Y si por casualidad el mecanismo

se parase, ya lo arrastrarían al desguace.


Todas las cosas marchan según 

lo previsto, y los asuntos menos

importantes, ya se han desechado

como se expulsa a los mendigos.


Según esta idílica sociedad,

hay gente sobrante, gente que no debería

estar en ninguna parte, que merecen

el desprecio de todos y el exilio.


Prueba de ello es lo limpia que está

la calle principal, la mas tránsitada,

y lo sucias que se encuentran

aquellas otras que se alejan.


Rostros sonrientes poblan los grandes

edificios, mientras que en los pequeños

la tristeza y la desesperación 

son las únicas comidas, el pan de cada día.


Un anónimo desconocido parece gritar:

"¡Por fin soy un hombre nuevo!"

La potencia de su voz se hace eco.

Pero, a pesar de ello, nadie lo ha oído.


- Yo soy la sombra que merma.

Yo soy aquella estrella muerta.

Yo soy el cuervo de una hechicera.

Yo soy la llave que no abre ninguna puerta.

Yo soy la lágrima que se seca...


A través de innúmerables laberintos,

se encuentra la oscura estela,

aquella que todos ven y todos niegan

cual si fuese una utopía barata.


Se inventan muchas historias

acerca de su leyenda: unos hablan

del abandono de una mujer, otros

de un monje travestido,


pero algunos otros dicen que es esclava

de alguna condena impuesta

por los que viven ahí arriba,

los que tanto hablan acerca de la luz.


¿Y quienes son esos? Os preguntaréis.

Yo sólo sé que soy unos embusteros,

que mienten mas que hablan,

y que se les ocurren únicamente calumnias


acerca de un pasado glorioso

que si se sigue llevará a una supuesta

salvación demasiado cursi

para ser cierta, repugnante incluso.


Cada vez que escucho sus fantasías,

mis tripas se retuercen y mis puños

se cierran, hasta que no aguanto mas

y doy un certero golpe sobre la mesa.


Y aquel golpe produce un sonido,

el cual si se repite en el tiempo 

es hasta rítmico, es el redoblar

de un tambor desgastado: tom,tom, tom...


Dice así:


Yo soy la sombra que merma.

Yo soy aquella estrella muerta.

Yo soy el cuervo de una hechicera.

Yo soy la llave que no abre ninguna puerta.

Yo soy la lágrima que se seca.


Yo soy... YO SOY YO.


- Camina el viandante desconocido,

y con sus lágrimas, va enhebrando 

una delicada tela que mantiene escondida en un hueco entre corazón

y mente, para que nadie se la vea.

Le tiene tanto tanto recelo

a que descubran su secreto, esa melancolía que guarda, 

que antes moriría que dejar

que otros descubran su tela de seda.

¡No! Esos infames insensibles

no deben contemplar bajo ningún

concepto, esa tristeza de su corazón

ni esa perdición mental,

de lo contrario, es muy posible

que todos se rían mientras le muelen

a palos dados con saña.

¡No! Jamás verán ni con el rabillo del ojo,

como tampoco de soslayo,

esa añoranza deprimente que le atenaza

como un parásito inserto en el seno

y que medra sus pensamientos.

Eso piensa y siente aquel sin nombre,

en tanto que va caminando despacio,

muy despacio hacía nadie sabe donde

a pesar de que no tenga dónde

caerse muerto el muy desgraciado.

Pero recordar, esa desdicha inmensa,

aquel carcomerse celebral

no puede decirse ni enseñarse a nadie.

Eso sería lo que le faltaba,

el último golpe de gracia

para aquel viandante desconocido,

aquel sin nombre que no tiene

ni dónde caerse muerto...











domingo, 2 de julio de 2023

El espectador solitario

 - Venga ¿Jugamos a una partida de cartas?

Otra vez lo mismo, por eso odiaba tanto salir a lo que fuera. No entendía cómo se entretenían las personas, quizás porque no comprendía su naturaleza en apariencia simple. Además, no me gustaba jugar a las cartas, o mas bien, no sabía. Siempre se me olvidaban las reglas del juego después de escucharlas, y luego creía que los demás estaban haciendo trampa constantemente. Mas que jugar con los demás, sentía que eran los demás quienes estaban jugando conmigo. Me veía a mí mismo como esas cartas que pasaban de mano en mano, que se doblaban, ponían bocabajo, o que se marginaban en la esquina de la mesa. En realidad, ese desconocimiento del juego de las cartas, provenía de mi desconocimiento del juego humano, de sus reglas, patrones y movimientos... Por eso era tan torpe en lo que se refería a las relaciones sociales, porque no comprendía la ritualística que subyacía a las mismas. Eso provocaba que prefiriese apartarme de los demás y encerrarme en casa. Sin embargo, siempre me acababan arrastrando a salir, y yo me decía: "¿Por qué no? Luego, nada mas cruzar el umbral de la puerta de mi casa, me arrepentía. Y cuando ya estaba inserto en la "fiesta" todavía mas. Menudo aguafiestas estaba hecho.

- Yo paso. Prefiero estar aquí sentado tranquilo - respondí resoplando y rascándome la ojera izquierda que me picaba

- Siempre estás igual... Anda... ¡Ánimate!

Seguí insistiendo en mi negativa, y al final no les quedó otra que empezar a jugar sin mi participación. Me limitaba a observar aquellos movimientos de cartas. Estas se desplazaban a un lado y a otro, sin yo entender la razón. Era verdad que el juego se asimilaba bastante a la vida, esta pasaba muy rápido y nadie entendía por qué. Pero aún así, todos fingían comprenderlo todo, y continuaban como si nada. Ocioso, contemplaba el ambiente hasta que mis ojos se detuvieron en una de las jugadoras. Con un pelo tintado de un rojo anaranjado, se afanaba en ganar fuera como fuese. Qué manía tenía a esa chica, era insoportable. Su carácter era irritante. No sabía cómo los demás la aguantaban, por compromiso supongo pensaba a las veces. También me ponía de los nervios esos dientes delanteros torcidos, uno estaba montado sobre otro de manera rídicula. Parecía una suerte de conejo con algún tipo de retraso. Además, esos ojos saltones que se daban trompicones de un lado para otro parecían un par de canicas trucadas de las que se usaban en la mafía del colegio para arrebatar las preciadas canicas de los niños proletarios. En fin, tenía tanta manía a esta chica que decidí sabotearla el juego, chivando a los demás las cartas que vía de soslayo para que supieran sus movimientos ocultos.

Así, pues, me levanté y rodeando la mesa como un poseso fuí poniendo en marcha mi endiablada estrategia. Posaba mis ojos en las cartas que sujetaban las mugrientas manos de ella, y con cara de repugnancia iba chivando a los demás qué cartas tenía para que siempre le sacasen ventaja al asunto. Esto, claro, provocó que finalmente ella perdiera todas las partidas. Esta chica era bastante tonta, pero no lo suficiente para no darse cuenta que era yo quién estaba saboteando el juego en su contra. Así que, sin avisar, se levantó de repente y me dió una sonora bofetada. Para hacerme el fuerte, fingí que no me había hecho daño alguno, y empecé a lanzar sonoras risotadas en el aire completamente falsas.

- ¡Eres un maldito imbécil! Un idiota, un asqueroso, un repugnante hijo de tu madre... ¡Me cago en tu jodida vida, inútil de mierda!

Ante semejante ataque explosivo de insultos, me reí mas alto, esta vez de verdad. Me divertió tanto aquel bombardeo, que hasta se me pasó el dolor de la bofetada pese a que tenía la mitad de la cara totalmente roja debido al golpe. Al principio, no respondí nada mientras ella me insultaba, ya que en verdad me era indiferente lo que una mota de polvo aplastada tuviera que decirme. Pero sin saber por qué, de repente me sentí muy ofendido y comencé a insultarla también, aunque sin rebajarme demasiado haciendo referencia a su aspecto físico. Eso lo guardaba para mi asco interno, en contraparte, decidí criticarla por su inteligencia, o mejor dicho, por su escasez de ella. Así que, poniendome de puntillas, a pesar de sacarla cuatro cabezas, empecé a señalarla con el dedo, declarando lo insoportable que era, totalmente furibundo y alterado.

- ¡Parad ya, por favor! Hay que joderse, de verdad... ¿No os dáis cuenta del mal rollo que estáis transmitiendo en la quedada? ¿No os dá vergüenza, so golfos?

Ambos nos quedamos petrificados ante repentina réplica por parte de nuestro amigo en común. Pero aquello sólo duró un instante. Nos volvímos a mirar con un semblante cargado de odio y de resentimiento, y nos sentamos en nuestras respectivas sillas. Era verdad que el ambiente estaba mas cargado, incluso parecía que hacía mas calor. Yo estaba sudando, y al parecer ella también por lo que podía advertirse en ese montón de pelusa enredada que tenía sobre la cabeza. Ya notaba el penetrante olor de mi propio sudor, era apestoso aunque el sudor de ella apestaba todavía mas, era como avinagrado. Hice una mueca de evidente disgusto y desagrado en su dirección, y me quedé mirando al suelo meditativo, pensando en otras cosas para calmarme.

- ¿Nos metemos en la piscina? ¡Vamos! Seguro que así nos calmamos todos un poco ¿Verdad?

Lo rechacé haciendo un gesto cortante con la mano, mientras movía la cabeza de un lado a otro en señal de negativa. A pesar de eso, me siguieron insistiendo, mas no pudieron conseguir que cediera ni un ápice. Al final, desistieron y se metieron todos en la piscina, en tanto que yo me quedé sentado en el mismo sitio, a la sombra de una sombrilla y un par de palmeras calcinadas. Mientras contemplaba cómo se divertían nadando, tirandose agua los unos a los otros, buceando y comportándose como unos niños de parvulario, pensé en cuán diferente me sentía de toda esa gente. Quiero decir, tampoco es que me considerara mejor, o especial respecto a ellos, simplemente distinto, como si nuestras naturalezas no estuvieran en la misma sintonía. Obviamente, con algunos de ellos me llevaba bien, con unos mas que con otros, pero en general nos notaba muy distintos, casi como si pertenecieramos a otro mundo. Esto lleva pasándome largo tiempo con la mayoría de la gente, al final he optado por pensar que mi papel en esta vida es el de limitarme a ser un mero espectador, permanecer lejos de los demás y en silencio, leyendo y dedicándome a escribir ociosas historias en vías de crear un mundo imaginario en el que sentirme como en casa. Muchos pensarán que esto es bastante triste, mas personalmente no me lo parece tanto. Lo considero otra manera de vivir que es factible teniendo en cuenta esa frontera que me separa de los demás.

De repente decidí levantarme, ya me aburría su pueril espectáculo. Ellos parecían no darse cuenta de mis movimientos, por eso aproveché la ventaja de mi invisibilidad y me deplacé caminando por aquel jardín. Todas las plantas que lo formaban estaban bastante asalvajadas, sin cuidado alguno, mas ello le confería cierto atractivo. Me sentía como si estuviera recorriendo un bosque alejado de la humanidad, y ese sentimiento interno me procuró bastante paz. Así, seguí caminando tan tranquilo, disfrutando de cada paso que daba, mientras el jolgorío que había detrás iba desvaneciendose cual si fuese un paisaje atravesado por una densa niebla. Aquello me tranquilizó bastante, el sentir que todas aquellas voces que me eran extrañas se fundían con el silencio. En verdad, el silencio me comunicaba muchísimo mas que aquel exceso incoherente de palabras arbitrarias.

Llegué al final del jardín, detrás de aquella casa llena de gotelé y cuyas tejas eran testigos directos de la pátina del tiempo. Desde ahí pude observar un arbusto que sin saber por qué ni cómo me atrajo, así que decidí conducirme en su dirección y agacharme para observarlo mejor. Este estaba carácterizado por un verde musgo bastante intenso, y esmaltado por gran cantidad de florecillas amarillas, de las que provenía un perfume intenso. No sabría decir si este perfume tan fuerte me agradaba o desagradaba, por un lado su olor me recordaba al de un prado abierto en la mañana, mas por otro lado, también parecía que olía como si algo estuviera en descomposición. Tal fue la contradicción interna, que sólo sirvió para aumentar mas mi curiosidad. Así que empecé a manosear el arbusto como si quisiera hacerle cosquillas, esperando algún tipo de reacción. Cuando aparté algunas de sus ramas, pude ver que en su interior había un agujero por el que podía entrar yo. De él salía aire, y otro olor bastante denso pero que era ya completamente agradable, en comparación a aquellas flores.

Sin dudarlo ni por un instante, me metí de lleno en su interior. Caí en un foso bastante profundo en el que mi cuerpo entero se manchaba de barro mientras me deslizaba por aquel camino secreto. Parecía un camino bastante hondo y largo, ya que según recuerdo hasta tuve que cerrar los ojos para que la tierra no se colase dentro. Iba muy rápido, como una flecha, pensaba que en cualquier momento iba a implosionar y a estallar en mil fragmentos de piel, tejidos y órganos. Pero al final, no pasó así. Cuando abrí los ojos me encontré en un campo abierto que estaba rodeado por un inmenso follaje verdoso. Los caminos que componían los al rededores me recordaban a aquellos que había recorrido en soledad durante mi adolescencia, mas en verdad no eran los mismos.

En el cielo podía comprobarse que estaba anocheciendo, las estrellas caían en forma de diminutos meteoritos que alumbraban todo el entorno como si se tratasen de centenares de luciérnagas que al poco de nacer, fallecían cuando estaban a punto de rozar el suelo. Incluso, las diferentes plantas que rodeaban todo el terreno parecían cobrar vida con el deslizarse del viento. Sentía como si estas me estuvieran saludando, o invitándome a que me acercara. No sospeché de ellas, pero preferí limitarme a complacerlas con una sincera sonrisa y decidí seguir aquellos caminos embarrizados que me recordaban a aquellos que tantas veces había decidido recorrer para volver a casa. Es cierto, no eran exactamente los mismos. Estos parecían productos de algún sueño, mientras que los otros eran mas bien el resultado del cansancio.

¿Hacía dónde me llevarían? Me preguntaba, ya que no lo sabía. Pero en el fondo, ¿Y qué importaba? Esta noche exuberante es bastante fresca y me hace soñar con un mundo mejor, me llena de esperanza, y me hace replantearme mi propio papel de ahora en adelante. Desconozco si mejoraré como persona en el futuro, mas haré lo posible para mantener el ánimo interno de esta noche, cargada de ilusiones expectantes ante lo que me vaya a encontrar en la siguiente esquina. 

sábado, 10 de junio de 2023

La última lección del maestro

 La gran puerta fue abierta.

Y nada mas ser abierta, un chico pudo acceder a una inmensa sala completamente despejada. Esta sólo contaba con un altar, y estaba tamizada con madera pulida. Las sombras y las luces se intercalaban entre sí dotando a la sala de un toque mistico. El resplandor lumínico que mejor podía percibirse estaba impreso en el suelo, dejando la figura de las ventanas esmaltadas entre la penumbra que dominaba aquel lugar. Pero, mas allá de las sensaciones visuales, reinaba un silencio casi absoluto. Sólo podían escucharse las pisadas del chico al dirigirse a la parte elevada del altar, la cual era paradojicamente la más oscura de aquella enorme estancia. Cuando llegó, una figura emergió del centro desplazandose con parsinomia, cual si volara.

Esa figura se trataba de su maestro "Ese viejo ya está borracho otra vez. Fíjate, se le nota la ebriedad en las mejillas y de la comisura de sus labios se notan los rastros resecos de sus babas alcoholizadas. Encima, debe ser todo un mujeriego, que se aprovecha de su estatus de maestro para abusar sexualmente de las mujeres jovenes. Esa naríz rojiza le delata. Sólo los pervertidos tienen una naríz tan roja y una sonrisa tan extraña... Ese rostro esconde millares de perversiones acometidas en el pasado y en el presente. Estoy seguro, mi maestro es un maldito borracho y un maníaco sexual." En aquello pensaba el chico en aquellos momentos ante la fija mirada de su maestro, que no se movía ni un paso. Parecía, incluso, que ni respiraba. Estaba pétrido como una estatua que fuera ahí clavada desde hace muchísimos años. Además, como estaba situado sobre el altar, casi podría llegar a confundirse por una especie de idolo de antaño. Esto incómodaba al chico, esa mezcla entre santidad y mundanidad le desconcertaba "Siempre igual... Con esa mirada vacía que pone siempre. Este maestro, además de ser un alcohólico y un pervertido, debe ser también un adicto a las drogas. No es normal que se le quede mirando a uno así como si no viera nada ¡Que estoy aquí, joder! De verdad... Como se le nota que le queda muy poco a este hombre para entrar en la fase de la demencia senil. Es anciano para lo que quiere, excepto para beber sin parar y darle al manubrio. De eso estoy seguro..." Volvía a pensar el chico, cargado de suma impaciencia y nerviosismo.

De repente, el maestro alzó su mano izquierda en señal de saludo y descendió del altar de un salto que produjo un golpe seco en el suelo. Si uno prestaba atención, podía escucharse el eco de ese golpe cual si se tratase del martillo de un juez sobre la madera. Cuando hubo bajado, el maestro fue andando con tranquilidad en línea recta, incluso empujó sin querer al chico, aunque hizo como si no pasase nada "Qué cabrón... ¡Encima me empuja y ni se disculpa! Este maestro es un maleducado y un impertinente. Claro, como los gestos sociales de cordialidad son usos mundanos, pues pasa olimpicamente de ellos... Pero para llenarse el estómago de bebidas y de manjares, no hay problema. Como tampoco tocar senos de diferentes tamaños supone algún tipo de contrariedad ante la elevación espiritual. Este tipo es un fantoche, lo digo yo. No sé qué llevo haciendo tantos años aquí, estudiando con este mentiroso compulsivo" Seguía pensando el chico en estas cosas, cuando el maestro que hasta entonces le estaba dando la espalda en su marcha, se giró y le miró directamente. Aquello perturbó al chico, que se quedó de piedra, plantado donde estaba y con sudores fríos.

Entonces, los resecos labios del maestro se despegaron, dejando entrever entre el labio inferior y superior varios hilos de saliva blanquecina, como si llevase sin abrir la boca ni para comer durante algún tiempo. Este pronunció con una voz que a las veces era solemne, y otras quizás un poco mediocre por sus gallos intermitentes:

- Es hora de que practiques la meditación final. Ya has avanzado mucho en el transcurso de este tiempo, y creo que ha llegado el momento de que pongas en práctica todo lo que te he ido enseñado. Esta meditación parece muy sencilla, pero no lo es tanto como puede aparentar ser. Verás, quiero que concentres todos tus esfuerzos en meditar mirando a esa vela -Dijo señalando hacía el altar, donde apareció una vela que hasta entonces el chico no había visto, y continuó- Quiero que medites tanto clavando tu visión exterior e interior que acabes convirtiendote en esa vela. Sólo entonces podrás entenderlo todo, que es para lo que viniste aquí ¿Verdad?

El chico, rascandose una sien, se adelantó para responder al maestro y comentarle sus dudas para el procedimiento meditativo. Y cuando ya estaba abriendo la boca, preparado para expulsar aire con sonido en forma de palabras con sentido, el maestro se dió la vuelta sin prestarle ninguna atención "Será jodido... Me cuenta esa ambiguedad, y se marcha en mi cara cuando iba a preguntarle si debía adoptar alguna postura o lo que fuera. Menuda cara tiene el muy hijo de puta. Juro que si logro alcanzar la comprensión óptima, me metaforseo en un rayo y le parto en dos mitades por ser un farsante asqueroso." Al terminar de pensar esto, el chico se puso en cuclillas en dirección a la vela. Se quedó contemplandola embobado, sin saber qué hacer. Al principio, notaba como sus párpados caían debido al sueño. Mas, al percatarse, se apartaba las legañas de los ojos y las tiraba al suelo. Algunas se le quedaban pegadas en los dedos y se las comía. Al rato, intentaba volver a concentrarse, fijando su mirada en la vela y procurando apartar sus pensamientos. Pero se despistaba, acababa pensando en mil cosas baladí, y volvía a repetir el mismo proceso una y otra vez.

"Estoy hasta los cojones... Este viejo podrido me está tomando el pelo, y encima yo le tomo en serio... Pero bueno, como no tengo otra cosa que hacer, seguiré intentandolo hasta que me caiga del sueño. Total, no tengo nada mejor que hacer en este putrefacto lugar." Desplazando estos pensamientos, se puso a bostezar. Y al instante, retomó la contemplación de la vela. Su llama oscilante sedujo sus ojos, veía cómo se blanceaba a un lado y a otro cual si fuera la cintura de una mujer bailando durante un extraño ritual. Su mente materializó aquella mujer danzante, que, cargaba su cuerpo desnudo con un número considerable de lentejuelas que se movían a la par de sus pasos y saltos. No había nada mas, sólo aquella mujer de piel morena bailando sobre la llama de la vela. Algo en el interior de aquel chico ansiaba bailar también, deslizarse a través del fuego y alcanzar a aquella mujer. No sabía a ciencia cierta si se trabaja de un deseo espiritual, o lujurioso, ambos se confundían en aquella tambaleante llama que ceñía la cintura de aquella sensual mujer.

Sin avisar, la llama se apagó durante unos instantes. Fueron los suficientes para que la presencia de la oscuridad se hiciera patente. A pesar de que ese tenue apagón duró muy poco, un recuerdo de esa oscuridad permaneció como un resquicio en el interior del chico. Nada mas volver a salir aquella llama, este se adentró en ella deslizándose al principio rápidamente, mas luego con premura. Ya instado en la misma, pudo contemplar un esplendoroso paisaje. Parecía que volara por el cielo, ya que estaba rodeado de nubes. Sin embargo, no se quedó en el sitio. Empezó a impulsarse poco a poco, ganando velocidad con cada movimiento. Acabó descendiendo, y pudo contemplar un inmenso prado verdoso que estaba dividido en dos sectores bien diferenciados: por un lado, había un campo de trigo, y por otro, un bosque frondoso. Lo que dividía ambos sectores era aquel campo asalvajado que estaba plagado de malas hierbas que entendían de un cierto tipo de sintonía, ya que parecía que estaban plantadas en orden, cual si hubieran sido ordenadas por la mano del hombre. El chico se quedó ahí, es suspenso esperando que pasase algo. Pero nada pasaba, sólo ascendía de nuevo cuando se quedaba en quietud. Así que prefirió seguir explorando aquel inhóspito terreno.

Sin saber cómo, dónde o por qué, se encontró a sí mismo en su hogar rodeado por su familia. Mas él ya no era él, sino una especie de entidad invisible que sobrevolaba las sucesivas salas de su casa, contemplando a todos que por lo demás, estaban a sus cosas. Lo único que le extrañó de aquella situación fue que veía a todos como mas jóvenes, y que la decoración de la que fue su casa, era muy diferente a la que él había conocido en vida. Esta situación de perplejidad y de contrariedad, le condució al camino que llevaba a su habitación. Ahí pudo ver que la misma estaba decorada de forma infantil, con trenes y coches a doquier por las paredes, y con algunos juguetes y muñecos dispersos por el suelo. Recordaba a algunos de ellos, sobre todo a ese peluche de vaquero que le acompañó en su cama cual si fuera una amada hasta bien entrada su adolescencia. Aunque quizás lo mas sorprendente de todo fue contemplar a sus padres mucho mas jóvenes, que rodeaban una cuna de un tono azul pálido, cual si estuvieran protegiendola de los males del mundo. A estos se les veía muy felices y emocionados, tanto que sus ojos estaban vidriosos por tanto sentimentalismo contenido. Al ver esto, pensó el chico, que a pesar de que terminasen separandose, en aquel entonces parecían verdaderamente enamorados.

Cuando se acercó aún mas, posicionándose sobre la cabeza de sus padres, pudo verse a sí mismo siendo un bebé. Ese bebé que fue él mismo, le miró directamente a los ojos como si reconociese a esa entidad invisible que sería él en un susodicho futuro. Mientras que los padres probablemente pensasen que su hijo estaba con la mirada pérdida jugando, lo que en realidad pasaba era que su hijo de aquel pasado-presente, estaba mirando a aquel otro hijo del presente-futuro. Aquel contacto tan penetrante se dió con tal intensidad que la entidad invisible del chico, se sintió  inexorablemente atraída por su yo del pasado siendo un bebé recién nacido, y aunque tenía sus dudas de si ese acercamiento era el propicio, no pudo evitar seguir arrastrándose en esa dirección. Era como si se tratase de la energía de atracción que domina un imán, y que por ello, resulta inevitable. Justo cuando estaba delante, a punto de fusionarse dentro de la cabeza de su yo-bebé, este emitió un estridente lloro que perturbó a sus padres, que cuyo semblante adquirió una expresión de extrañeza, para acto seguido abalanzarse a coger a su bebé por si le pasaba algo. Y justo en el instante en el que el chico siendo una entidad invisible que flotaba en el aire se aunó con aquel yo que había nacido hace poco, se produjo un resplandor acompañado por una sacudida cual si fuera un pequeño seísmo que sólo él fuera capaz de percibir.

***

Cuando el maestro salió de la gran sala de meditación principal, se encaminó hacia su cabaña, que estaba a pocos pasos de aquel lugar. Pero, sin saber por qué, en el último momento, cambió de opinión. Prefirió darse un paseo, a pesar de que el cielo estaba muy nublado y amenazaba con llover. A medida que avanzaba en su sosegado paseo nocturno, pudo observar a través de las columnas que formaban algunos árboles lejanos, que de las nubes del cielo se filtraban las luces de algunos relámpagos. Esto tampoco le detuvo, siguió avanzando sin miedo alguno. Entonces, se situó en medio del campo, con sus envejecidos pies descalzos aprisionando cúmulos de barro húmedo. Fue ahí, justo en ese lugar donde se detuvo, cuando escuchó un fuerte estruendo que provenía del cielo tormentoso. Y ese estruendo acabó transmutándose en un enorme rayo que impactó sobre el maestro, dejándole totalmente calcinado. Su cuerpo se desplomó, quedando sólo varias cenizas de las que todavía ascendía un humo negruzco.

domingo, 4 de junio de 2023

Poemas de un loco

 - Un gato muerto abandonado en la calzada

sobre el que todos pasan,

pero nadie mira.

Da igual sea noche o día,

que llueva bajo la luna o que el sol clareé,

sigue ahí descomponiendose poco a poco.

La muerte posó sus ojos sobre él,

quiso acariciarle por última vez,

siendo abandonado por la vida.

Mientras todos continuan

con sus penas y alegrías,

hay quién llora y quien ríe verdaderamente

y los hay también que fingen.

Mas, todo eso ya carece de importancia

para aquel gato muerto abandonado

sobre el que todos pasan y nadie mira.


- Lágrimas resbalan en mi interior,

pocos las ven pero ahí viven,

en mi cercenado corazón.


Puede que a primera vista

parezca una persona alegre, 

ampliamente sonriente,

y que intenta ser amable.

Pero, en realidad, mi interior se resiente.


Lloro profundamente

ante mis propios males, y el conjunto 

de penurias que asolan el mundo,

mi sonrisa sólo es testigo

de esa apariencia atronadora.


Y, aunque el día sea soleado,

hay una especie de lluvia en mi pecho,

que fluye y fluye como sin razón.


- Ya anochece, se presiente en las nubes,

mientras que en mis labios,

cuelga una nota balbuciente

procedente de canciones de antaño.

Siempre me ocurre.

Cuando contemplo a la luna asomarse,

mis cuerdas vocales vibran tenuemente

como si quisieran lanzar un grito,

como si buscasen auxilio.

Siempre me ocurre, desde siempre.

Una estrella, solitaria, se desliza

en un cielo desolado, carente de compañía

y en cierta medida, no puedo evitar

sentir simpatía ante su desdicha.

Es triste, lo sé.

Sé que entristece esa nube pasajera,

ese paso brumoso hacía ninguna parte,

hacía un vacío inexistente,

una ausencia que se anula a sí misma.

Lo sé, es triste.

Pero, incluso, cuando el cielo nocturno

se ha instaurado en su totalidad,

los cuervos graznan 

y los murcielagos revolotean.

Eso indica que en la sombra hay vida,

quienes han sido abandonados,

olvidados, marginados de la sociedad,

aquí acuden, a un reino que se dice ausencia

Es triste, pero siempre ocurre.


- No puedo dormir.

Cuando cierro los ojos,

tras mis párpados,

encuentro otros ojos,

unos ojos que no son míos.

Parecen pertenecer a otro ser

que vive en las profundidades de mí,

sin llegar a confundirse con mi yo,

habita y perturba mi interior.

Ahí se esconde, en mi seno, 

agazapado, dentro de mi corazón

como si estuviera esperando

ese instante previo a la oniría

para saltar en forma de vibraciones,

templores que se reparten

mediante energías sucesivas,

focos de luz que parpadean,

sonidos estridentes

y aquel grito sofocante que se repite

en forma de eco eterno.

Aquel me pide ayuda,

me exije una respuesta,

algún tipo de reacción ante el sufrimiento

que nunca llega por mi parte 

al yo quedarme mudo en el sitio.

Yo también espero en silencio

una respuesta ante una pregunta

un tanto diferente:

¿Quién vive en mí?

¿Soy yo mismo el que pide auxilio,

o es otro que está dentro de mí?


Pero el caso es que no puedo dormir.

Cuando intento cerrar los ojos,

tras un tupido velo,

encuentro otros ojos,

unos ojos que no son míos.


- Sopla el viento tras la ventana,

un vendaval tal que arrastra

todo a su paso.


En mi corazón también hay un viento

tan tremendo que agita mis venas,

las estirpa a ratos,

arracándolas una a una de cuajo.


Es inmenso el viento

que perciben mis oídos,

lo está derrumbando todo.


Pero, mas aún, es el aire

que acumulan mis pulmones,

provoca que todo mi ser se zarandeé

con tanta intensidad que desfallezco.


La tormenta, empieza,

y amenaza con no cesar jamás

con sus relámpagos de advertencia.


En mi cabeza, hay algo del rayo,

es como un fuego que prende

cada una de mis neuronas

haciéndolas soñar con el final.


Aquel paisaje exterior se desvanece,

todo acabará con un suspiro del cielo,

una venganza de la naturaleza.


Pero, en mi paisaje interior,

la desolación ha precedido a la creación.

Todo lo que ha nacido, ha perecido.

Y aún lo hermoso, se hermana con la muerte.


- Frente al desconocido,

intento que me salgan las palabras

pero no puedo.


Siento en mi garganta

el vómito reverberar, atascado,

incapaz de salir fuera

debido a una profunda presión

que me impide liberar

aquello que anida en mi interior.


Como un veneno, me corroe,

me va pudriendo por dentro

sin atisbar su salida,

atrancadas se encuentran las puertas

de mi alma, que con sus cerraduras

impiden la huída de las sílabas.


Y, a pesar de todo, lo intento.

Procuro con mi impetú entero

la escapatoria ante la declaración

irremediable, aquello que no puede

evitar decirse, pese a su tóxica sustancia

y a la devastación que provocaría.


Cantan unos, charlan otros,

ladran algunos otros,

mas mi voz es sinónimo de silencio,

es ese sonido inaudible procedente

de una tierra remota, tan lejana

que resulta una comedia de la cercanía.


Y cuando algo escapa

de aquel reino ignoto

denominado ondas sonoras por algunos,

sólo parece el eco de una nación

inexistente, la huída de un ladrón sin crimen, la melodía que se agota...


Así que lo siento,

intento que me salgan las palabras

pero no puedo.


- Cantan algunos pájaros

como si representasen una melodía

que careciera de fin,

y aunque en realidad lo tenga,

ellos continúan con su cantinela,

ignorantes en apariencia del final.

Puede que también las hierbas,

que juguetonas se balancean

impulsadas por el hálito del viento,

también caigan en la susodicha

ingnorancia, en el desconocimiento.

Pero, aún así, pájaros y hierbas,

junto a todos los seres que componen

el conjunto de la naturaleza,

a pesar de hallarse en la supuesta

inconsciencia, encierran una sabiduría

de la que carecemos los humanos.

Sí, todo parece una línea recta,

que va arriba y arriba, hasta que un día

va cayendo abajo y abajo,

mas en realidad esa línea que sube

y que baja, es una curva 

que se retroalimenta constantemente.

Es decir, un círculo, la eternidad

de todo lo efímero.


Al final, esos pájaros que perecerán

y aquellas hierbas que se secarán,

tales seres individuales se perderán

en la memoria colectiva del olvido.

Mas si contemplamos el conjunto

de todas las cosas desde una perspectiva

que sea amplia, nos daremos cuenta

de que en este mismo día

del año siguiente, aquellos pájaros

seguirán cantando y esas hierbas

se seguirán balanceando.

Hay algo de eterno e infinito en este mundo...


- Todos se arreglan en su día a día,

dispuestos a triunfar en la alta

sociedad, aquel conjunto abstracto

de personas que mas que un abanico

parecen un sórdido desierto de soledad.


Algunos parecen fingir felicidad,

otros van con la cabeza agachada

preocupados quizás por su cuentas

corrientes, han oído hablar de crisis

en sus televisores de anchas pantallas.


Sus pasos, provocan ruido,

ruídos metálicos, de asfalto,

de piedras mal pegadas sobre el pétroleo,

todo siguiendo un ritmo monótono,

aburrido hasta la saciedad de sus corbatas.


Pueden verse sus sombras transitar,

errantes hacía un paradero 

denominado trabajo, luego vuelven,

toman un descanso en la cafetería

antes de regresar a sus desdichados hogares


Desde una panoramica elevada,

todo es tralalí y tralalá,

vente aquí, regresa ahí,

llama a tal y a cual,

ayer pasó esto, hoy aquello, mañana lo otro...


Pero en una esquina, ajeno a todo ello,

un mendigo recién lavado

mira hacía el cielo estrellado

mientras sus lágrimas expresan

la nostalgia de los olvidados.


- Calada tras calada,

el humo asciende

hacía el cielo inclemente.


Una llamarada en mi pecho se enciende.

Se trata del regusto de una herida

de la emergen miles de virutas negruzcas.

En mi corazón algo se prende,

un sentimiento de hastío y adversidad,

el desafío último de la existencia.


Si esta vida es tan frugal

como aquellas chispas cenicientas,

yo quiero ser como las que se apagan

bajo la promesa del fuego.

No creas lo que susurran los vientos,

que anodinos anuncian algo imposible.


Hay quienes callan, y quienes hablan 

demasiado, mas al fin y al cabo,

lo que dicen ambos viene a ser lo mismo:

que todo pasa, y que lo que retorna

es el olvido de un recuerdo,

cuya única esencia es el desasosiego.


También hay algunos suspiros,

voces demasiado bajas 

para ser escuchadas por las montañas.

Y los discursos elevados,

resultan muy aburridos para ser escuchados por las colinas.


Un camino colindante, un extravío,

hacía allí me dirijo tambaleante,

quizás un tanto ebrio,

pero lo suficientemente consciente

para caer en la cuenta de aquel susurro

que proviene del subsuelo.


Una calada tras otra,

provoca que el humo se eleve

hacía otra alta promesa rota.


- Sobre las calles desiertas,

sólo cruzan algunos trozos

de períodicos desparramados

sobre una acera moribunda.

Es una mañana desoladora

tras una noche muy bulliciosa

en la que se sucedieron

inmensas explosiones de pasiones

tan desenfrenadas como enfermizas.

De aquello ya no queda nada,

únicamente el borroso recuerdo

que tras la borrachera

se convierte en jaqueca.

De repente, en aquellas calles solitarias,

aparece una figura desfalleciente,

que jadea, que se estremece,

que apenas puede respirar...

Se trata de una hermosa mujer

que con mini-falda,

y un escote prominente del que asoman

dos senos resplandecientes,

aparece en la escena de un teatro

que carece de espéctadores.

Ella mira a un lado y a otro,

sin encontrar nada que sea de su gusto,

excepto la luna que se mantiene

en un cielo grisáceo por la contaminación

Entre la basura, descubre un charco

tan sucio como si estuviera repleto

de estiércol, todo el lleno

de inmundicia humana acumulada.

Y, a pesar de eso, lo usa 

cual si fuera el espejo de un palacio,

un fragmento de cristal

venido desde el mismísimo cielo.

Cuando se contempla,

ve un semblante demacrado,

y un rimel corrido adornado

con unos ojos vidriosos.


Entonces, le dice a su reflejo:

"Soy una prostituta malherida..."


- Desde un alto y agrietado edificio

ha caído un cuerpo

cual si se tratase de un trozo de plomo

que hubiera sido liberado de sus ataduras


Al caer, el cuerpo se ha roto,

ha estallado en varios fragmentos rojos,

pétalos de intestinos y otros órganos

que ahora tiñen el descolorido suelo.


Al parecer se trata de una joven

que desde lo alto parecía un saco,

o quizás un diente de león rojizo

que fuera soplado por un niño.


La gente se aglomera a su al rededor

poniendo caras de espanto,

baten palmas ante el teatro

y fingen lágrimas que no sienten.


Incluso, se atreven a sacar sus cámaras

para tomar una instántanea

de un tremendo acontecimiento

que ya es un secreto a voces muy usual.


Mas con el tiempo, aquella caída 

de una flor que se ha marchitado

de aquella forma tan prematura

será algo que permanece olvidado


Entonces, llegaron sus padres

contorsionándose, llorando 

a lágrima viva, alzando sus manos

al cielo, implorando por su hija...


Para ambos, aquel momento,

aquel instante, aquella fatídica

caída de una amapola en suspensión

será algo que no podrán olvidar jamás.


- La soledad es una aguja muy fina,

y tan juguetona que me atraviesa

las venas, muy lentamente

hasta irme devorando poco a poco.

Cuando estoy en mi habitación, a oscuras,

siento su agijón penetrarme,

mezclarse con mi sangre

y dotarla de un tono verdoso.

Algo se está muriendo en mí,

lo siento desde muy dentro

cual si se tratase de un líquido corrosivo

de un olor sumamente apestoso.

Y mientras, mi corazón fatigado

intenta bombear la escasa sangre.

Pum, pum, suena cada vez mas bajo

pum... pum... Casi es silencio.

Mis venas van inflamándose,

como un zumbido de aire.

Zum, zum van deshinchandose a ratos,

zum... zum... Casi es vacío.

Algo viscoso es expulsado por mi boca,

una sustancia parda, un poco oscura,

que al contacto con el frío suelo

se vuelve negro carbón.

Tantos sufrimientos, tantos resquemores,

tanta insondable pena... 

Nada de esto es bueno para mí, 

pero no puedo evitar su crecimiento

Yo, en tanto, me hago mas pequeño,

ya soy una bola de algodón...

No, soy todavía menos:

una mota de polvo volando.


- Una vida insignificante se desvanecerá,

y cuando lo haga otra,

serán dos vidas insignificantes

desvaneciendose sin retorno posible,

y así igualmente lo hará una tercera,

y después una cuarta, una quinta...

Así sucesivamente, desconociendo de fin.


Pero dime tú, pequeña vida insignificante

¿De verdad te consideras

tan poco importante como dicen?

No, responderás lo mas seguro,

fiel a tus nímios principios.


Está bien, reformularé la pregunta:

¿Crees que eres importante

para el conjunto del universo,

o al menos, para otro insignificante ser

como tú?


Oh, me temo que la vida insignificante

número trescientos catorce

se desvaneció sobre una desdichada

estrella colgada en el archíelago celeste

mucho antes de poder responder.


- No llores vanamente

aunque tu sombra sea un mero reflejo.

Pese a que todos estamos muertos,

aún late en nuestro pecho

un suspiro de esperanza.

Hay que tener paciencia,

sed de devenir

y la necesaria astucia

para encontrar en la oscuridad 

que se cierne un hálito de tenue luz.

Grita si lo consideras oportuno.

Todavía en el abismo

hay espacio para el eco,

aunque cierto es que abunda el silencio

pueden escucharse repentinos sollozos

de los que aún conservan ilusión.


Muchos son los que sufren,

los que viven completamente solos,

los marginados e incomprendios

que han pasado a ser errabundos

recuerdos de sombras

que van de aquí para allá

sin ser reconocidos por nadie.

Al final, ¿Qué mas dá?

La nada tiene mas sustancia

que ese todo aparencial,

que ese cúmulo de luces articiales

de ciudades desoladas

construídas por magnates ociosos.

Y sí, yo soy un charlatán

que quizás habla por hablar,

haciendo supuesta poesía

de lo que para muchos sea una parodia.

Al menos esto es real,

este silencio incómodo,

las palabras inconexas

y ese vaho que resulta de mi aliento.


Así, pues, no llores

porque unos individuos brindados

con su armadura pre-fabricada

hayan decidido que es preferible

ignorar unas pisadas sombrías

que portan su particular felicidad.

Al menos, esto es real.


- Entro al metro,

a aquellos vagones que se asemejan

a un gusano inmenso

repleto de parásitos que lo devoran.


Este se zarandea,

se curva a través de lagunas oscuras,

sigue recto incansable

recorriendo el túnel del suicidio.


Los ruidos que provoca

son estruendosos, como bufidos

de un animal salvaje desbocado

con sus millares de engranajes.


Ahora se estremece, vibra,

suena la metálica campana

que indica que ya ha llegado 

a una parada donde bajan unos anónimos


A través de sus flameantes pasillos

van caminando rostros desfigurados,

los cuales se sientan sobre plástico

mientras que otros siguen paseando.


Hay un ámbiente cargado

de una tal sustancia denominada amianto

que afecta a los ojos del gusano

dejándole a veces ciego o bizco.


¡Qué cúmulo de depresiones habitan

en este insecto tan tenebroso!

Parece alimentarse de recuerdos

y de algunas pesadillas de madrugada.


Y yo, mientras tanto, me desoriento.

Mis ojos no logran enfocar los carteles,

no puedo encontrar mi parada.

Jamás volveré a casa...


- Ponen ante mí un papel en blanco.

Pretenden que lo rellene con un lapíz

que tengo pendiente de mi mano.


Procuro enfocar con mis ojos,

los abro y los cierro parpadeando

sobre un horizonte lejano.


De repente, al ver, descubro

de qué se trataba el misterio.

Son carácteres que forman preguntas.


No conozco respuesta alguna.

Titubeo interiormente, indago

aquella sombra de la memoria.


A mi al rededor, todos parecen afanarse

en escribir sin cesar, sin duda ni miedo,

con tal naturalidad sin reparos.


Y yo, no sé qué responder 

ni cual es la solución a ese problema.

Quedo en una duda perpetua.


Ahora miro arriba y abajo sospechando

que quizás este enigma sea una trampa,

algo inventado por unos instigadores.


No, esto no es conocimiento

ni mucho menos es vida.

Todo esto son cuentos aburridos.


Ya no me distraen estos pasatiempos,

el recorrido limitado y predeterminado

por unos rostros cubiertos de mantas.


Señalan un camino inexistente,

preconfigurado sobre unas mentiras

que llevan siendo creídas mucho tiempo.


Me marcho. Ya no aguanto más.

Me iré a buscar nuevas sendas,

otros paisajes no descubiertos.


Se trata de una búsqueda diferente

que atraviesa otro atajo lejano,

otro paraíso desterrado.


- Mis sueños son como hilos de seda,

que juntándose unos con otros,

acaban formando un sucio paño

tan desgastado que quién se atreve

a tomarlo termina con sumos trozos

desparramados entre sus manos.

Hay quién sueña para evadirse

de la tristeza cotidiana que le acompaña,

también los hay que usan de sus sueños

cual si fueran terapias encubiertas.

En mi caso, mis desdichados sueños

son mas bien otra forma de vivir.

Soñando descubro vidas posibles

dentro de lo que es mi vida efectiva,

todas aquellas que dejando de ser

al soñarse pasan a ser por instantes.

Podría haber sido esto o lo otro,

mas al soñar soy lo que podría

por unos segundos en retroceso,

en descenso por la alta escalera

que conduce a una cúspide desconocida.

No me perturban aquellos ecos soñados,

todo lo contrario.

Su curucú y su tantantán me encandilan

hasta el punto que me río bailando

sin poder evitar ser un loco a ojos ajenos,

incluso para aquellos ojos de personajes

que por ser oníricos dicen que no existen.

Qué bien me lo paso cuando sueño.

Pero, entonces, me despierto

quizás por el estrepito de fuera,

o porque cierta luz incide sobre mí.

Y cuando lo hago, cuando abro

pesadamente mis aturdidos párpados

recuerdo lo que es fantasía

y lo que es mi día a día.

Es entonces cuando lloro

y me siento muy solo.


- En todo lo que escribo, procuro

no limitarme al lírico acento,

eliminar brumas innecesarias

y mostrar con sinceridad y nitidez

aquellos ecos silenciados

que resuenan externos e internos,

revelando la humana pericia.

No me preocupan los aplausos,

o la escasez de los mismos,

siempre y cuando el elemento poético

sea sustituido por alguna reacción,

ya sea de reconocimiento

ante la dura realidad, o en su defecto,

el rechazo de pleno de un plato caducado

No temo, el rimbombante estornudo

del académico pedantesco,

ni tampoco la censura del ignorante

frente a mis profanas palabras,

interpretadas como un insulto.

Si esto es poesía o no

¡Que sé yo!

Si esto rima o es acompasado

¿Acaso importa?

Mas me vale desnudar pensamiento

y sentimiento, fundirlos en uno

cual si se estuvieran apareando,

fornicando el uno con el otro

para acabar dando a luz a su hijo,

el que se supone que es esto.

Es un poco feo, bastante malcriado,

llora a las veces demasiado alto,

y cuando ríe mas desagrada

que provoca empatía.

Y aún con ello, detrás de esta ponzoña,

creo que tiene algo de valor,

una suerte de valía por encima

de los hijos de nobles y ricos:

Habla con sinceridad, es honesto,

capaz de sobresaltar al auditorio

y además sabe deslizarse

con sorprendente espontaneidad

¿Qué mas se puede pedir?

Después de todo,

se trata de un poema más.


- Los que te conocieron,

no te olvidan, algo de ti llevan con ellos.

Y aún los que te vieron de soslayo,

de un aroma a tabaco negro se acuerdan.


Recuerdo a un hombre muy sobrio

con un puro suspenso en sus labios,

en apariencia muy serio, 

mas con una risa muy potente y sonora.


Recuerdo aquel fuerte semblante,

aquella férrea e inmensa voluntad,

aquella estantería repleta de libros

de la que tomaste tantos conocimientos.


Y recordando, pienso también

en como te seguía adónde fueras,

de tus mundanales enseñanzas

y tus intuiciones de sabiduría fugaces.


Hoy, hubiera sido tu cumpleaños,

y yo te recuerdo con una liviana sonrisa

mientras las cenizas de mi ducado

se derraman sobre un pasado sombrío.


Pero no temo todas aquellas sombras,

ni aquel presente que se difumina

sobre un porvernir incierto

porque recuerdo a mi abuelo.