domingo, 24 de agosto de 2025

Un viaje hacía las galerías sombrías

 Sentado en una de las sillas de mi habitación mientras fumaba un delicioso ducado, meditaba para mí mismo sobre cosas inconsistentes. Parecía que mis pensamientos no tenían razón de ser mas que diluirse poco después de haber nacido. Estos eran acompañados por el humo que salía de mi boca y de mi nariz, despedidos de estos orificios como si fuera el fuego que arde en el interior de un dragón. Cerraba los ojos para capturar esos pensamientos diluidos, pero sólo me respondían imagenes fragmentadas que no atendían a coherencia alguna. Cuando a los minutos volví a abrir los ojos, encontré un papel certificado ante mi mesa, y en la medida en que lo consultaba con desgana descubrí que quizás pudiera tener algún interés.

Se trataba de un documento que me había llegado hacía tiempo para que lo consignase por escrito, y aunque ya tenía pensado desde hacía tiempo ponerme con ello, sin saber por qué temía que su resultado provocase conmoción en el auditorio. Pero estos pensamientos míos tan dispersos en su aureola de tabaco se focalizaron en su dirección, y yo decidí emprenderla para deleite de mi caprichosa mente, como también para todo aquel que le llamen la atención estos asuntos tan extraños:

Cuando el soldado-brujo emprendía un recorrido por su aldea natal a través del mundo onírico se encontró con una inesperada sorpresa atravesando las estrechas calles que daban entrada a la urbanización de enfrente, se trataba de la presencia de sus amistades del pasado. Tal encuentro le sobrecogió, no sólo por la presencia de estas gentes de los años pasados, sino porque los encontró tremendamente envejecidos. Era cierto que él mismo había cambiado con el transcurrir de los años, mas cuando se contemplaba frente al espejo comprobaba que en verdad su figura no era tan indescirnible respecto a lo que fue. Pero el caso de sus amigos era bien distinto, estos parecían ancianos, sus largos cabellos grísaceos, las canas que adornaban sus barbas y las arrugas que les surcaban connotaban que habían pasado largos años, quizás demasiados. Esto provocó que el soldado-brujo derramase algunas lágrimas pese a que no acostumbraba llorar, al menos ante el público, y sus amigos le siguieron en su tristeza manifestada.

Una vez que las lágrimas y los apretones de consuelo culminaron, sus amigos le comunicaron su intención de emprender una travesía juntos, quizás la última de ellas que harían durante su vida soñada. Así que sin pensarselo dos veces se reunieron en casa de uno de ellos, recorriendo las largas calles hasta la misma con una extraña mezcla de desaliento e ilusión, preguntándose cómo era posible que se reencontrasen tras tantos años transcurridos. Una vez ahí, en las sombrías salas de una casa que aparentaba haber sido abandonada, se reunieron un total de veinte personas, todas ellas participes del recuerdo del soldado-brujo, y que de un modo u de otro le habían acompañado en su transcurso vital hasta que llegó un punto que sus caminos se separaron al tomar diferentes direcciones.

Al principio todo parecía pompa y festejo, pero en la medida en que el sol se ocultaba dando rienda suelta al imperio de las sombras, todos se quedaron muy serios, como meditabundos, mas mirando al suelo que lo que se tiene ante sí como el que ahora escribe esto. Tras algunos minutos en esta incómoda situación, una de las mujeres ahí reunidas apartó al soldado-brujo, llevándole para tratar con él unos asuntos que para ella eran de suma importancia. Este accedió, y cuando ya estaban reunidos en esta conferencia privada, ella comenzó a sacarle algunos elementos de su pasado que a él desagradaron en grado sumo. Le recordó lo mucho que le defraudó, cómo se aprovechó en su tiempo de la vulnerabilidad que a ella le acaecía, que él siempre ha actuado de manera egoísta y que encima cuando ya parecía cansado la dejó en la estacada. A esto no pudo responder el soldado-brujo con otra cosa que no fuera el silencio, solamente se limitó a asentir con algunas de sus aseveraciones y a negar con la cabeza respecto a aquello con lo que no estaba de acuerdo. Ante tal pasividad, la mujer refunfuñó y se marchó de la casa cargadas con unas lágrimas que servían de decoración idónea ante su ajado rostro.

Al día siguiente, durante la tarde, acudieron todos ellos al centro comercial que servía de núcleo a la susodicha urbanización. Allí iban a planear qué viaje emprenderían y cuales iban a ser sus acompañantes, como también de qué elementos iban a proveerse. Una vez que llegaron ahí, cada uno se dispersó a un lado y a otro, quedando en reunirse a las diez de la noche para partir todos juntos. En lo que al soldado-brujo se refiere, este se quedó en la zona del estacionamiento cruzado de brazos, meditando quizás en lo que aquella mujer le había dicho el pasado día. Alzó su mirada para contemplar el descenso del atardecer, una vista que siempre lograba emocionarle, estaba claro que el soldado-brujo era un ser nocturno que apreciaba mucho más a la pálida luna que al ardiente sol. Mientras estos instantes de contacto entre el día y la noche pasaban, apareció una figura al fondo de la calle que se encaminaba en su dirección, y pese a que procuraba agudizar su mirada, nada averigüó hasta que la tuvo ante sí.

Se trataba de La Princesa de Rosa, una dama muy zalamera y vivaracha, que siempre despistaba a sus congeneres aprovechándose de su flaqueza interior. Tal delicada parecía, tan infantil incluso, en cada uno de sus movimientos, que todos quedaban cautivados por ella sin remedio pensando que era un ser débil que necesitaba del sostén ajeno. El soldado-brujo sabía que no era así, sino mas bien al contrario, y que esta no era de fiar aunque su aparente afabilidad parecía indicar lo contrario. Esta se dirigió a él para comunicarle que sabía lo de su travesía, y que quería participar en la misma, notaba en su seno un no sé qué de aventura. Acto seguido, con una inclinación negativa de su cabeza, afanado en su mutismo, el soldado-brujo le indicó que de ningún modo partiría en su compañía. Daba igual que La Princesa de Rosa comenzara a sollozar como una niña pequeña, incluso que hiciera desesperados pucheros para suscitar la compasión de él, siempre recibía la misma negación cargada de indiferencia hacía ella.

Después de insistir durante largo rato, y viendo que la negativa era un sello permanente, ella le lanzó un caramelo a la boca desde la distancia, en tanto que debido a su rapidez el soldado-brujo no fue capaz de esquivarla. Mientras esta partía adornada con una sonrisa que parecía decir "esta no será la última vez que nos vemos" el soldado-brujo comenzó a marearse, todo su al rededor le daba vuelas confundiéndose entre sí, las imagenes disolviéndose en el aire como el humo de mis ducados y finalmente creando un mundo que era muy diferente del que hasta hacía unos momentos tenía ante sus ojos. Se formó una especie de estrecho laberinto alimentado con la negrura de una noche nublada, y de los corredores interiores empezaron a manar soldados armados que se abalanzaron sobre el soldado-brujo. Este, haciendo uso de su sombría espada, luchó con perfiría sin cesar de atravesar con su maldito estoque las tripas de sus adversarios. La sangre corría a raudales, convirtiendo los pasillos del susodicho laberinto la cavidad de un organo humano, tanta fue la violencia que el color rojo lo inundó todo.

Finalmente, como en una transición repentina, el soldado-brujo se encontró tirado en plancha en una carretera rodeado por sus compañeros y allegados. Nada más abrir los ojos, este les comunicó su intención de partir en dirección a las Galerías de Uier, donde unos viejos asociados le sirvieron muchos años atrás. Nadie comprendió su decisión ¿Por qué acudir de nuevo a un lugar tan abandonado desde hace tantos años? Por lo que se sabía, el soldado-brujo convivió durante mucho tiempo aquellas grutas montañosas, mas una invasión del enemigo le hizo replegarse de la zona en búsqueda de seguridad, sin embargo lo que este no sabía es que sus asociados de cara a defenderse, decidieron tapiar las entradas de la galería para hacer de la misma una fortaleza inexpugnable. Y vaya si lo consiguieron. Pero el soldado-brujo a pesar de ser conocedor de estas noticias nunca regresó ¿Por qué hacerlo ahora, de forma tan repentina?

Nadie comprendía su decisión, pudiera ser que el efecto de la droga alucinógena que La Princesa de Rosa le había suministrado alterara su capacidad de tomar decisiones, o al menos así pensaban sus acompañantes. Mas en realidad el soldado-brujo se encontraba bastante centrado, y el acudir hasta Las Galerias de Uier era una motivación que escondía su intención de aislarse de la humanidad tras las recientes experiencias. Así pues, sin rechistar todos se pusieron en camino, un camino que duró meses desde el punto de partida. Atravesaron luengas carreteras, embarrizados caminos, espesos bosques, desiertos alejados de la mano de Dios hasta llegar a una zona donde la nieve atestiguaba lo descendentes que eran sus temperaturas, y finalmente llegaron a las Galerías de Uier, las cuales debido a su aspecto, parecían no haber sido holladas por el hombre desde hacía muchísimo tiempo.

Una vez ante la puerta principal, el soldado-brujo sólo tuvo que posar su mano en uno de los huecos para que una luz azulada recorriera las grietas naturales de las rocas, y una profunda hendidura diera paso a los inesperados visitantes. Ya en el interior, la oscuridad era tan inmensa que requieron del uso de unas antorchas que les iluminasen el abandonado camino. En escasos minutos llegaron a una especie de habitación donde se reunieron para el soldado-brujo estableciera una suerte de plan de acción de cara a cuando se internasen más en sus profundidades. Pero este se encontraba altamente perturbado, debido a que en toda la compañía iba una mujer a la que consideraba su protegida. Era una mujer sumamente hermosa, adornada por unos cabellos entre negros y azulados, de tez pálida y de miembros y facciones casi salidos de una pintura del romanticismo. Su presencia tenía a todos atónitos, buscando siempre que los ojos cristalinos de ella se posaran en alguno de los presentes, lo que provocaba que los celos del soldado-brujo aumentasen a cada instante. Tan tremendos fueron que durante esa reunión, sin avisar a nadie de sus intenciones, agarró a un gallardo joven del cuello y lo alzó ante la consternada sorpresa de todos. En la medida que apretaba su cuello con frenesí, el cuerpo de quién antes era joven y hermoso comenzó a pudrirse, sus miembros a descomponerse y su semblante a ajarse en mil pedazos sanguiolentos.

Cuando el cuerpo del mencionado joven sólo era una masa de carne pudrefacta, el soldado-brujo le soltó bastante complacido, y les indicó que atravesarían los corredores principales. Fue dicho, y a los pocos instantes, hecho. Ya estaban atravesando el inmenso puente principal que comunicaba con la sala real cuando comenzaron a escuchar desagradables sonidos, cual si una comunidad de insectos se congregara por la zona. Poco tardarían en comprobar aún en el amparo de la oscuridad que unos seres deformes les acechaban, se trataban de los llamados en la posterioridad los yikuok, una especie de masas con patas que adoptaban las más diversas formas, y que de desplazaban como a pequeños saltos. En esto se habían convertido los seres que habían sido las líneas de defensa de la fortaleza, en unos seres que mamaron de las húmedas sombras de las galerías en ausencia del soldado-brujo que se había perdido por los derroteros del mundo onírico. Después de tantos años no le reconocieron, y una vez que adoptaron la formación de ataque de entre las hendiduras y los corredores secretos, atacaron con inusitado frenesí.

El soldado-brujo y todos en general, hicieron mano de sus armas y lucharon con enconado azote para abrirse camino a través del inmenso puente cercado por la penumbra hasta que este, cansado de golpear a quienes habían sido sus aliados en el pasado, alzó su brazos en señal de reconocimiento. De sus palmas empezaron a manar señales sombrías que fueron reconocidas por los deformes yikuok, haciendo que estos se detuviesen, reconociendo por fin la presencia de quién había sido su lider. Pero poco duró esta paz y tranquilidad entre los presentes, pues el soldado-brujo oyó de soslayo en una galería próxima que su amada protegida estaba siendo acosada por uno de los de su propia compañía. Evidentemente enfadado, aquello provocó que la mesura y la quietud diera paso a una desenfrenada agitación en su interior hasta que exclamó en forma de mandato que toda su compañía fuera exterminada, a excepción de su protegida. 

Aquello dió paso a un sangriendo acoso por parte de los yikuok, que se lanzaron en un frenesí animal contra quienes antes eran considerados amigos por el soldado- brujo. La sangre se abrió no sólo a través de los poros de las pieles y de los miembros desgarrados por la ferocidad, sino también hizo de un río rojo que vino a mezclarse con la humedad de aquellos pedregosos pasillos. Todo ello fue una matanza inusitada, incluso para el mundo de los sueños, que culmino en la total exterminación de los morales. Cuando hubo acabado, el soldado-brujo bastante complacido y satisfecho con su impulsiva acción se dirigió en soledad hacía la sala principal. Allí, esculpidos entre las rocas cual esculturas antigüas, había una serie de portales que sólo él sabía a dónde se dirigirían, quizás a otras dimensiones del mundo onírico. Una de ellas era de un rosa fosforito, otra de un verde bosque, una tercera de un azul marino y la última de ellas de un amarillo chillón. Pasó un tiempo observándolas con una sonrisa, lo suficiente para que los yikuok apartasen la gran cantidad de cádaveres que pululaban por ahí, y los llevasen a una sala apartara donde se dieron un buen banquete con toda esa carne troceada, aquellos organos desprendidos, y en suma, los desechos de lo que antes había sido humano.

Cuando el soldado-brujo salió de la sala de los portales, encontró a su protegida en la salida, agazapada en una linde y templando de evidente pavor. Mas este, agachándose la consoló con tiernas caricias, comunicándole que no tenía nada que temer mientras él estuviera presente. Una vez que ella parecía algo mas calmada, fue levantándose aún con cautela, y el soldado-brujo le prestó su mano para que estos caminaran juntos, recorriendo unas galerías abandonadas desde hace largo tiempo. Y así, unidos como si fueran un único ser, contemplaron tesoros y viejos portentos, en tanto que los yikuok les rendían la debida pleitesía, colmándoles con curiosos presentes que atestiguaban lo honesto de sus intenciones.

Nadie sabe con certeza cuando tiempo permaneció el soldado-brujo en compañía de su protegida allí, ni tampoco si en algún momento atravesaron alguno de los mencionados portales de colores, mas lo que sí se sabe con bastante probabilidad es que sí se quedaron allí durante bastante tiempo fue para rearmarse, preparándose para una nueva acometida en el mundo onírico. Ya se sabe que el soldado-brujo contaba con los más extraños aliados, y que estos eran bien recompensados una vez que realizasen sus funciones, siempre de acuerdo a la naturaleza de cada uno de ellos y sus motivaciones. Mas el caso era que por un tiempo su amante la oscuridad recorrió el cuerpo del soldado-brujo cual suculento barniz, y que aquello le dotó de la fortaleza necesaria para que vida y muerte fueran para él dos complementos de una misma sombría realidad. 

domingo, 10 de agosto de 2025

La memoria de una mente incendiada

                              * * * *

Atravesando un cruce, Elías se paró en seco notando algo en sus bolsillos. Cuando los palpó y lo sacó, se encontró con que eran un cúmulo de papeles que le resultaban harto familiares. Con gesto dubitativo miró en dirección al cielo, y como si se tratase de un dibujo animado, se le encendió una bombilla recordando qué eran todas esas hojas desgastadas. Se trataba de unos papeles que no tenían relación alguna entre sí, y que pertenecieron a un anciano recientemente fallecido. Se dió por satisfecho con esta explicación, y cuando ya iba a volver a guardar los papeles como si tal cosa, se acordó de que aquel viejo había sido asesinado recientemente. Entonces, aparecieron los sudores fríos junto a una sensación de culpabilidad que no debería ser tal puesto que él no había asesinado a aquel hombre.

Con tales dudas y quiebros mentales, subió andando por la calle principal, encontrándose con un edificio blanquecino y majestuoso. Aquel castillo de los tiempos modernos se encontraba adornado con una cruz inmensa en su centro, y al rededor de la misma, muchas sillas de plástico que eran ocupadas por un centenar de personas. Todas ellas escuchaban un discurso que era transmitido en forma de canto, voces como de ángeles acusadores proliferaban de la boca de un hombre moreno vestido de blanco "Aquello parece una secta..."- pensó nuestro personaje, y justo en ese momento, los fieles de aquella secta cristiana se volvieron para mirarle fijamente. Entre el grupo de gente destacaba una mujer de mediana edad que era pelirroja, tan azules eran sus ojos que destacaban incluso en la distancia. Todos estaban muy serios, a excepción de ella que sonreía con picardía, como si le hubiera pillado in fraganti cometiendo un pecado infantil.

                             * * * *

Aquella casa era un desastre, todos los muebles se encontraban dispersos y cargados de objetos intrascendentes a diestro y siniestro. Todo allí era recargado, las estanterías cargadas de libros apilados, los suelos repletos de ropas esparcidas, las mesas con un montón de papeles encima y hasta la cama parecía más recipiente colmado que lugar de reposo. En una esquina de la sala, destacaba un hombretón moreno inmenso que parecía de origen hispanoamericano, que estaba sentado consultando un poemario sin interés, y justo en el otro extremo estaba una mujer pecosa y muy desgada, que tremendamente encorbada en su posición, parecía meditar ensimismada. Mas aquella meditación no parecía versar en torno a asuntos alegres, pues por su semblante alicaído parecía crear melancólicas elegías cuya rima era su ausencia misma.

En el momento que parecía que llegaba a algún tipo de determinación, el hombre se levantó y se fué sin despedirse. Ella agradeció aquella inesperada soledad, dando rienda suelta a sus tristes pensamientos. Recordaba tiempos mejores, tiempos en los que había sido verdaderamente amada. Ahora se sentía como una prostituta, de las que venden su cuerpo por nada además. Cada semana se regocijaba en acostarse con un hombre diferente, y aunque en un principio aquella perspectiva le dotaba de una alegría hedonista, una vez que el pleito amoroso tocaba a su fin se sentía muy desdichada. Creía que vendiendo su cuerpo al mejor postor iba a olvidar al hombre que verdaderamente amó, pero aquello caía siempre en saco roto porque el cúmulo de goces carnales sólo servía para acentuar su tristeza, la cual no tardaría en desembocar en depresión.

Justo cuando se dañaba a sí misma incidiendo en las añoranzas, apareció aquel hombre que custodiaba sus pensamientos. Después de tanto tiempo de larga ausencia volvía a su presencia como si tal cosa. No fueron necesarias muchas palabras, pues después de un breve saludo de emoción contenida hicieron aquello que el lector más inocente podría sospechar, sumiendose así en los brazos de la pasión singular que rememora los hálitos sofocados del pasado.

                                * * * *

Elías no cesaba de dar vueltas por su casa, se sentía bastante nervioso teniendo en cuenta los vericuetos mentales en los que él mismo se había metido. No era culpable de nada, eso estaba claro, pero aún así no comprendía esa insistencia del remordimiento. Si él no había matado a aquel anciano, ¿Por qué se sentía tan mal? ¿Por qué actuaba como si lo hubiera hecho? Es verdad que estaban sus papeles intimos en su bolsillo, pero... ¿Aquello probaba algo? Quizás para él mismo no, pero de cara a las autoridades sí que lo hacía. Los investigadores no parecían tener pistas del asesino, al menos eso decían los medios. Mas es bien seguro que en cuanto supieran que él tenía aquellos enseres personales, le iban a señalar como el principal sospechoso para quitarse parte del trabajo y limpiarse las manos de cara al público general.

Recordaba haber estado en el coche cochambroso del viejo, una furgoneta de un año incierto, revolviendo en la guantera y encontrando en ella todo ese amasijo de papeles revueltos. Consultándolos con fingido interés, le preguntó al anciano por algunos de ellos. Este le respondía que aquellos papeles tan desordenados eran los recuerdos de su vida, desde sus notas en el colegio hasta el certificado de su boda, e incluso el resultado de algún que otro negocio fraudulento. Elías le miraba con evidente sospecha, pues no entendía qué hacían todos aquellos folios desgastados en la furgoneta. Normalmente cuando no entendía algo, sospechaba de quién le comunicaba aquello que le parecía un enigma "Si no entiendo algo, es que se trata de una mentira" -pensaba creyéndose muy sabio.

Aquellos recuerdos le turbaban, no sabía por qué. No recordaba nada más en torno a aquel episodio, y como tampoco buscaba llegar al final del hilo de sus pensamientos, se encerró en su cuarto y se lanzó a su cama. Cerró persianas y apagó luces, sumiendose en una plácida oscuridad, aquella que le conduciría al origen de todas aquellas cosas que no comprendemos en el estado de vigilia.

                               * * * *

Una vez que se hubieron acostado, Elías se puso a contemplar a su al rededor, todo aquello le sonaba de algo, mas no lograba encajar sus ideas para que le dieran una respuesta. Entonces se giró a su diestra, descubriendo a aquella pelirroja con la que había bailado la danza de las sensaciones corporales. Fijándose en detalle, vió que estaba demasiado delgada, probablemente no llevaba una dieta saludable. También atisbó sus ojos azules, vacíos hasta que su mirada se dirigía a él. Hasta sus senos, aunque pequeños, entendían de cierto encanto y le reconocían cuando él se fijaba en ellos. Era extraño, pero en su interior advertía que de algo conocía a aquella mujer, sabía que sus relaciones se remontaban años atrás, mas no sabía ubicar ni cuando fue la última vez que la vió ni mucho menos cómo comenzó todo aquello.

Así que se levantó, recorriendo toda aquella sala desordenada con evidente interés. Se puso a cotillear todos los cajones, a buscar debajo de todas las almohadas, a fijarse en los desperdigados papeles de la mesa y también a atisbar entre el polvo acumulado en las esquinas. Y entonces, leyendo los títulos de los libros que colmaban las estanterías, tuvo la extraña sensación de que aquellos libros eran suyos. Esto se confirmó cuando pasando de la estantería de los libros a la de los discos, comprobó que algunos de estos también le pertenecían. Fue entonces cuando recordó, llegó a su turbada memoria que aquellos libros y aquellos discos habían sido adquiridos en compañía de la pelirroja con la que se había acostado, que cada título literario, que cada canción tarareada pertenecía a un recuerdo compartido con aquella mujer.

Sí, ellos en el pasado habían sido pareja ¿Cómo pudo olvidarlo como si tal cosa? Y encima ella actuaba como si no hubiera pasado nada, como si la hubiese visto el día anterior cuando estaba claro que llevaban mucho tiempo sin verse. Lo cierto era que había pasado muchos años en su compañía, compartiendo momentos que hasta entonces habían permanecido sepultados en su memoria, pero que ahora cual si le hubiera tocado una varita en la cabeza, retornaban a él colmándole de una dicha melancólica, resultado de la cual sonreía, dejando caer una lágrima que le surcaba la mejilla. Acto seguido, se abalanzó al lecho para abrazar aquella mujer que había sido su felicidad en el pasado, y que actuaba como si aquel pasado fuera un ahora. 

                                * * * *

Sonó el timbre. Aquello le despertó, y pensaba dejarlo sonar sin parar, pero tanta era la insistencia en la reiteración de su sonido que se vió obligado a atenderlo. Bajó las escaleras con evidente abatimiento puesto que no había dormido demasiado bien, y cuando ya se encontraba frente a la puerta, hizo girar las llaves con desgana. Una vez abierta la puerta se encontró de bruces con una mujer mayor pero muy afable, pecosa y pelirroja, que le miraba con unos ojos tan azules que parecían haber sido recortados del cielo. Como si se conocieran de toda la vida, se abrazarón conteniendo sus lágrimas en unos ojos vidriosos que actuaban como sacos de sus emociones apresadas. Esta le indicó que sabía de buenos informantes, que la policía sospechaba de él, y que lo mejor era que defendiera su inocencia en el caso de no tener nada que ver, o se declarase culpable si así era. Él le respondió que no haría ni una cosa ni otra, que aquel caso no tenía nada que ver con él pero que le agradecía sus bondadosos consejos.

Entonces, cuando miró a su izquierda, comprobó que su madre estaba ahí mirándolos a los dos con un semblante cargado de seriedad. Con los brazos cruzados y una mandibula adelantada, refunfuñaba para sus adentros cargada de rencor. Y justo en el momento en el que Elías iba a tomar la palabra de cara a apaciguar el ambiente, el rostro de su madre se deformó, volviéndose de forma alargada y perdiendo el pigmento de la piel retornando a un color tan pálido como el de los muertos, tanto se alargó que se hizo inmenso mientras que su boca se abría liberando unos fauces demoníacos. Se aproximó a tal velocidad que ya sentía que le mordía, que le devoraba, convirtiendo su existencia en un cacho de carne degustada por un monstruo que antes había sido su propia madre.

                                  * * * *

Finalmente decidieron salir para darse un paseo, ambos agarrados de la mano como había sido antaño. Por aquellos bulevares cargados de farolas que dejaban sus motas luminícas sobre el lago, empezaba a rememorar que no era la primera vez que había estado ahí. Y en la medida que sus pasos eran arrastrados por aquel pavimiento húmedo recordaba que en los pasados años se quedaba largas temporadas vacacionales en aquel lugar en compañía de susodicha dama. En aquellos tiempos, ambos pasaban largas temporadas dando rienda suelta a sus impulsos carnales en la sala desde la cual salían, a la par que recorrían justamente como ahora oscurecidas avenidas para ir de tiendas, sobre todo a librerías y a establecimientos de segunda mano. Y lo recorrían del mismo talante que ahora mismo, ambos estrechados y alternando su mirada del espectáculo de la urbe a sus ojos iluminados por la ilusión.

Pero, ¿Qué había pasado? Si era tan feliz viviendo así, ¿Por qué había dejado de ir? No lo sabía con certeza, suponía que el camino de la vida le había conducido a la ignominia, que un automatismo rutinario le llevó hasta un punto que ya ni él mismo recordaba. Había estado con innúmerables mujeres desde aquella, pero no había amado a ninguna de ellas, o al menos no del mismo modo a como le advertía su amorío del pasado recobrado. Mas retrocediendo con la mente en los cajones de la memoria, llegaba un momento que el hilo de sus pensamientos era repentinamente interrumpido, cortado por unas invisibles tijeras que causaban su desconcierto. En suma, no entendía nada.

En tanto que pensaba sobre estas cosas, se pararón frente a un puente que daba a un pequeño lago, muy pegados el uno junto al otro contemplaban las sutiles ondulaciones del agua, barnizadas por la palidez reflectante de la luna. De repente, sintió un estremecimiento interno, una sensación muy cercana al temor, pues creyó advertir que bajo el agua algo se deslizaba, algo el movimiento de las ondas delataba la presencia de un ente que habitaba las profundidades. No sabría decir de qué se trataba, pero se le asemejaba algo inmenso que se deslizaba en lo profundo de aquel lago. Debido a esto, comenzó a temblar, a agitarse dejando que el pavor recorriera los interiores de su piel, hasta que una agitación pasó de su espina dorsal a su cabeza, produciendo que aquello que tenía ante sí se derritiera en millares de fragmentos.

                              * * * *

Recorría el jardín de su casa dando grandes zancadas, entreteniéndose simulando que él mismo era un puesto de vigilancia. Y cuando ya iba a darse la vuelta para poco después retornar a una trigesíma ronda, se percató de que un pequeño vehículo recorría su jardín como si tal cosa. Se trataba de uno de aquellos coches que se compran aquellos que no tienen carné, tan pequeños que reciben la denominación de "minis" Así, pues, sin pensárselo dos veces, se dirigió a detenerle para informale de que debían de salir de su coche de inmediato, asomándose por la ventanilla y agarrándose a la misma -pues el vehículo no se detenía- le espetó que se marchasen de su propiedad. Pero aquel hombre le hizo caso miso, y continuó moviendo el volante a un lado y a otro cual si no escuchase las reprimendas de Elías.

Este, finalmente, bastante enfadado comenzó a golpear al hombre que manejaba el coche, logrando sólo con ello que aumentase la velocidad. Cada vez le costaba más sostenerse prendido de la ventana, y cuando ya cargado de evidente hastío iba a gritar para pedir auxilio, la voz no le salía de la garganta. El coche se paró en secó, y desde el suelo una terrorífica sombra ascendió, materializandole en la forma de una siniestra mujer de cortos cabellos que agarró a Elías del cuello, y que le condujo al reino de la incertidumbre y de las sombras.

                              * * * *

Se despertó sobresaltado sobre una cama deshecha y sucia, y pese a que al principio no recordaba donde estaba, la figura de la mujer que estaba a su lado le recordó que se encontraba a salvo. Sonrió complacido aún a sabiendas de todas sus pesadillas, o... Quizás no fueran pesadillas, puede que se trataran de recuerdos que habían adoptado las sombras de la oníria. En fin, no estaba seguro de nada. Y aunque se encontraba ya muy despierto, quiso alargar los minutos tirado en la cama en tan grata compañía. La miró a los ojos, y ella sonrío, quizás complacida del mismo modo que él. Pero no, había algo más allá en la profundidad de sus ojos cuales pérdidos océanos. Por un momento, Elías intentó escrutarlos de cara a averiguar aquello que estos le pretendían comunicar.

Mas eran tan oscuros a pesar de ser tan claros, eran tan tristes aún en su alegría, tan misteriosos siendo tan trasparentes, todos ellos secretos a la par de abiertos... Así que finalmente decidió limitarse a contemplarlos callado, dejando que el silencio hablase más que las propias palabras. 

domingo, 3 de agosto de 2025

Amores y desengaños de un brujo inexperto

 Siempre me ha resultado extraña la fascinación que sienten la mayoría de las personas por su infancia, sobre todo por la adolescencia. Poco importa si esta fue aburrida o funesta, siempre se tiende a una idealización de la misma en tanto que se considera el mejor periodo vital en tanto que se pretexta que durante aquellos tiempos uno no tiene privaciones, puede gozar de la espontaneidad, de la virtud de la inexperiencia, y en suma, de una mayor libertad. Y aunque eso es en parte cierto, tampoco deja de serlo que durante aquellos tiempos uno está mas limitado de lo que en aparente vista podría parecer. Además, reconozco que siempre hay algo de patético en un anciano decrépito o de una vieja arrugada recordando su idilica infancia, que lo valoren por nostalgia en su justa medida me parece correcto, pero ¿De verdad hacían falta todos esos añadidos explicativos que nadie les ha pedido?

Al igual que hay una infancia y una pubertad en la vigilia también esta se da en la oniría. Curioso que todos se afanen en rememorar sus experiencias ordinarias cuando estaban "despiertos", mientras que pocos son los que recuerdan sus sueños de la juventud, siendo estos tan cálidos y afables como a las veces cruentos y pesadillescos. Sean de un tipo u de otro, bien podríamos afirmar sin temor a equivocarnos que durante aquellos años esos sueños gozan de una mayor imaginación, o en otras palabras, de una mayor potencialidad onírica. Y ante esto no tenemos derecho de apartar la vista como si fuese una nadería, al menos para mí resulta mas importante que uno explotase en sus sueños infantiles un bosque plagado de seres desconocidos que la caída del primer diente.

En este contexto, revisando los registros oníricos de diferentes personas y entidades me encontré de bruces con una serie de episodios de la infancia onírica del soldado-brujo que me resultaron cuanto menos dignas de consideración al margen de su trasunto anécdotico. Por lo visto, este acudió a una academia de brujería allá por los bosques de Uskets, que se encuentran justo en medio de una región completamente desvastada. Allí, parece ser, resulta el territorio idóneo para el aprendizaje de la magia sin contaminación con otros elementos que le son ajenos, quizás debido a este aislamiento se permite que los jovenes puedan tomarse el tiempo necesario en su adiestramiento y aprendizaje, evitando así tentaciones mundanas que les impida un avance en el conocimiento.

Sin embargo, esto no ocurrió para el soldado-brujo que durante aquellos primeros años se enamoró de una joven de rizos dorados y de ojos azulados que era puro nervio. Quizás no fuera lo suficientemente hermosa si se la observaba de cerca, mas tenía algo especial que la distinguía de los demás debido a su vivacidad e inteligencia, incluso se dice que tenía un dominio de la magia mucho mas avanzada que la del propio soldado-brujo, y que de hecho, le ayudaba a este en todos sus procesos mágicos. Ya por entonces, se notaba que el soldado-brujo tenía una marcada tendencia por la magia negra, sus hechizos violáceos y turbulentos cargados de sombras así lo atestiguaban, mas ocurría que este no era capaz de canalizarlos como debiera. Es decir, tenía un escaso control de los mismos, haciendo que su loca proliferación le dañase a sí mismo. Pero esta joven supo aconsejarle, e incluso algunas veces, dirigir sus propios hechizos para que este lograse un completo dominio de los mismos.

Pero lamentablemente, en una ocasión que ambos se dirigían a una clase que versaba sobre el vacío y su intervención tecnológica, mientras esta se colgaba como una niña pequeña en las espaldas del soldado-brujo -pues era bastante diminuta en lo que al cuerpo se refiere, mas excelsa en alma- en tanto que consultaban unas pantallas que les permitían proyectar sus toques mágicos a través de un monitor, un despiadado profesor activó el sistema de antimateria logrando que todos los alumnos fueran engullidos por un agujero negro que invitaba al vacío y a la dispersión de la materia. Todos fueron tragados por aquella negrura inmensa, a excepción del soldado-brujo que permaneció latente en el vacío, pues ocurre que hay una evidente relación entre la magia negra y la anti-materia. Son muchos los que consideran que la negación de la materia es la oscuridad perpetua según el lenguaje científico, y que en este sentido viene a ser lo mismo que las sombras invocadas por una mano diestra en hechicería.

Así, pues, el soldado-brujo durante su juventud logró aunar su poderío desbocado interno con la ausencia de elementos atómicos que le rodeaban, y por tanto no fue asumido por la negación de todas las cosas, consiguiendo incluso sobreponerse y alcanzar la plataforma donde el malvado profesor sonreía con satisfacción, le agarró por una pierna y así le lanzó hacía el vacío que él mismo había creado. No obstante, cuando se posicionó ante la máquina y la desactivó, comprobó estupefacto que por mucho que se hiciera, aquellos que habían sido engullidos por el vacío ya no regresarían, y que por tanto, su primer amor nunca volvería a depositar sus esperanzas sobre él. Por mucho que consultó a todos los técnicos y expertos en torno al mecanismo generador de particulas, todos le vinieron a decir lo mismo, es decir que su sabia amada jamás regresaría a la instancia material de los sueños.

Aquello le desalentó terriblemente, produciendo en él una suerte de resentimiento hacía la sociedad que nada podría curar, de hecho muchos han atestiguado que su tendencia hacía el aislamiento y la soledad proviene de aquel primer trágico recuerdo. Sin embargo, a pesar o quizás precisamente debido a esta amarga experiencia, desde entonces el soldado-brujo se aplicó sobremanera en las materias, demostrando un claro dominio de las mismas cual si el espíritu de aquel que fue su ángel siguiera habitando en su interior dotándole de la capacidad del empeño en el aprendizaje. Muy pronto logró estar muchísimo mas avanzado en el estudio y en la práctica de la magia que todos sus compañeros, logrando incluso que muchos de sus profesores se sintieran muy por debajo de su poder, atemorizados de hecho ante esa bruma sombría que le rodeaba como si hubiera sido invocada por mil demonios.

Se cuenta que durante la que iba a ser su primera sesión de levitación y de vuelo vital, cuando el profesor aún no había acudido a su clase, los alumnos se pusieron a ensayar sin todavía haber recibido lección seria alguna. Obviamente, la mayoría de ellos no consiguieron mantenerse en el aire ni durante unos instantes, a excepción del soldado-brujo que ya sobrevolaba cual si fuera tan ligero como una pluma. Cuando entró el susodicho profesor, le encontró de este talante, desplazándose en el aire mientras acompañaba sus ligeros movimientos con una risa que muchos calificaron de demente. Herido en su orgullo, este le retó a que le enseñase sus habilidades, y el soldado-brujo así lo hizo todo ufano, elevándose por los aires cual si fuera un pájaro sombrío desatado. Desde las alturas muchos de los que le contemplaron atónitos atestigüaron que parecía un cuervo extraviado, riéndose para sus adentros de ser un rezagado, como si perderse en su poderío resultase una ventaja.

Y este es sólo un ejemplo, pues siguió progresando a un ritmo exorbitado en el resto de materias y cursos, lo que a la larga paradójicamente le produjo desaliento y hastío. Consideraba que la academia de magia estaba corrupta, que les encerraban a soñarla todas las noches incluso contra su voluntad, en tanto que muchos de sus profesores y sobre todo el director, estaban corruptos y que perseguían algo mas que una enseñanza incondicional, sino que mas bien les estaban reteniendo para controlar el mundo onírico de rivales descarriados en el ejercicio de la magia. Esto hizo que el soldado-brujo planease fugarse en compañía de dos acólitos, uno llamado Ravel que era experto en electromágnetica mágica y Crus que lo era en armas biológicas a través de hechizos aplicados en plantas cárnivoras.

Como cada uno de los planes de este personaje, lo llevó a efecto tal y como lo pensó en un primer momento, asesinaron sin piedad a los guardían que custodiaban la salida de la academia, y se lanzaron volando más allá de los derroterros frondosos del bosque. A partir de entonces, muchos fueron los intentos por capturarlos ya no para llevarles de vuelta lo cual era irreversible, mas sí para apresarlos en unas cárceles de máxima seguridad que se encontraban en las lindes del mundo onírico, mucho mas allá de los diversos poligonos industriales que se encontraban en las fronteras. Mas por mucho que fuera el esfuerzo, no lo consiguieron, pues todo guardia o espía que les enviaran, era aniquilado de una forma cuanto menos cruenta puesto que disfrutaban con la tortura y el derramamiento de sangre, no les bastaba con el detenerlos o el acabar con ellos, buscaban el reducirlos con la máxima violencia hasta que el dolor daba paso a una agonía que se alargaba mucho más allá de lo normal.

En una de estas escaramuzas sangrientas, les enviaron a un experto en magia blanca ofensiva, ya que consideraron que sólo una luz lo suficientemente refulgente para aplacar el exceso de oscuridad lograría abatirles, pero las expectativas estaban mucho mas lejanas de la realidad de lo que pensaban. Y si bien es cierto que logró acabar con Crus, esto sólo consiguió enfurecer todavía más a los otros dos, que lucharon con un frenesí enfermo logrando finalmente su objetivo. Al igual que en casos precedentes, torturaron con increíble maliciencia todavía mayor si cabe por el asesinato de su compañero al enviado de la luz, desgarrando sus miembros con frenesí y convirtiendo un cuerpo humano en un amasijo de carne indistingible de la carne troceada de un cerdo, para después pasar a atender al cadáver de su compañero con la desesperación de un doliente de amor. El soldado-brujo se agachó, lo acogió en sus brazos y lanzó un grito al cielo contenando a la humanidad por la opresión que ejercían frente a todo elemento disidente que buscaba escapar a toda costa del mecanicismo que adornaba el sistema actual. En tanto que maldecía derramó una serie de lágrimas que se mezclaron con la sangre de su fallecido compañero, y tras un duelo que se distendió una serie de horas, se levantó y prosiguió su huida indeterminada en compañía de Ravel.

Desde entonces, continuaron huyendo no se sabe cuantos años. Finalmente, los dirigentes de la academia y los líderes de los diferentes sistemas gubernamentales desistieron de cazarles, ya que lo dieron por imposible. No se sabe a ciencia cierta cuando ni por qué, pero llegó un momento que los caminos del soldado-brujo y de Ravel se separaron, mas tampoco se sabe del paradero de este último mientras que sí al menos de forma puntual del soldado-brujo que hace su aparición por el mundo de los sueños cuando le place. Sin embargo, hay quién dice que Ravel murió para el mundo vigil, y que su magia en el onírico se distendió tanto que terminó por renunciar a ella para otorgarsela como un presente al soldado-brujo, que la aceptó agradecido por tal muestra de amistad. Aunque esto tampoco se puede asegurar con total certeza, debido a que nunca se ha visto al soldado-brujo hacer uso de magia de tipo biológica, pese a que sí en lo que se refiere a la manipulación y a la invocación de diferentes elementos materiales, y sobre todo, naturales.

El episodio más próximo a la huida a través del bosque y del desierto que le sirve de frontera del que se ha tenido noticia en relación al soldado-brujo es la aparición de este a la zona costera, en una extraña reconciliación con otro amor del pasado, antes de su dominio de la magia negra y de la hechicería oscura. Por lo visto, el soldado-brujo había logrado encandilar a aquella mujer con buena retórica y convicción, logrando que esta cayese a sus brazos del mismo modo a como lo hizo en el pasado. Mas, como toda buena seducción, basada en gran parte si no bien del todo en la mentira, si en la omisión de cierta información que quizás hiciera que esta cambiase de opinión en el caso de saberse. Como por ejemplo, el hecho mismo de que este dominase una magia oscura y virulenta que tantas muertes había ocasionado, y que de hecho fue el motor principal para lograr la recuperación del amor perdido.

Ocurió por aquellos tiempos que un detective de la zona estaba investigando las diferentes causas relacionadas con el soldado-brujo, mas este fue más inteligente en su modus operandi puesto que le atacó directamente, sino que le estuvo investigando desde las sombras, en unas oficinas privadas y que el creía desconocidas para este. Le espiaba e investigaba a la distancia, recopilando información para una vez acumulada toda ella, sacarla de un golpe y que todos supieran la verdad sobre la naturaleza de este criminal en sus propias palabras. Pero, a pesar de la inteligencia de este plan, de poco le sirvió ya que el soldado-brujo era conocedor de todo esto desde el principio, y cuando supo de la ubicación exacta de las oficinas que estaban atestadas de información relacionada con él, alzó los brazos con frenesí declarando en una especie de canción condenada: "Siprés nith nith utah luzh, rig dem utah utah morstang" Lo que provocó la aparición de la más negra de las tormentas, oscureciendo el cielo cual si fuera de noche, e invocándo unos relampagos entre azulados y morados que penetraron en el interior del edificio, y logrando con ello que todos los papeles que allí se conservaran fueran pasto de las llamas violáceas que hizo de lo que era puro un cúmulo de cenizas negruzcas.

Una vez que hubo acabado con los planes del detective, se cuenta que fue a la playa con su amada recuperada, y agarrándose mutuamente de las manos, y acompañados por una sonrisa de satisfacción, contemplaron el atardecer como un presagio de la humanidad futura. Y en tanto que así estaban en un aparente silencio, la mente de su amada no dejaba de pensar y de recorrer en los recovecos de su cabeza aquellas cuestiones incómodas que a veces obsesionan al avanzado intelecto de las mujeres. Entonces, su sonrisa comenzó a disiparse poco a poco, y cuando lo que eran unos labios sonrientes dieron paso a una mueca de perplejidad miró en dirección al soldado-brujo con los ojos muy abiertos, preguntando sin necesidad de sonidos articulados. Este, que adivinó el trasfondo de su debate callado le dijo: "Quizás no pueda amarte del mismo modo a como amaría a otras mujeres, o puede que tampoco lo haga del mismo modo a como te amé a ti misma en el pasado, mas lo que tengo seguro es que lo haré de acuerdo a los latidos de mi corazón en este momento. Sólo esto puedo asegurarte" Obviamente, aquella respuesta no satisfacció las inquietudes de la mujer, mas pensó que dar rienda suelta a un debate en torno al amor resultaba vacuo, y se limitó a desplazar su mirada al frente.

Cada vez era más de noche, y sólo los mas profanos saben lo que ocurre cuando las sombras circundan a los amantes, todo lo que pueda decir al respecto sería el revelar un secreto a voces que es mejor que permanezca en el misterio. Únicamente diré en torno a aquella noche que las estrellas refulgieron como nunca, y que la luna estaba más hermosa que una princesa de cuento, y que incluso la brisa se animó a un sensual baile que desplazó las ramas de los oscurecidos arboles dotándoles de cierta alegría. Y así como en el mundo vigil la noche es una invitación tanto al desenfreno como al descanso, en el onírico es el comienzo del fin, o si se quiere, el fin del comienzo.

domingo, 20 de julio de 2025

El más allá

 En una polvorienta biblioteca cargada de volumenes desgastados se encontraban gran cantidad de estudiantes preparándose para sus examenes finales, o al menos eso parecía a primera vista, ya que uno de ellos estaba ocupado en otros quehaceres más elevados a su modo de ver. Se trataba de Rafael, un joven cuanto menos solitario que en vez de repasar las lecciones de su próximo exámen estaba leyendo sumamente atento Las confesiones de San Agustín. Para él, lo importante no era el progreso material en el mundo, sino la elevación espiritual de su alma. Por ello, aunque lograba superar los contenidos de la carrera de forma targencial, su intelecto estaba plagado de sustancias, lecciones morales, accidentes y demás categorías del intelecto humano.  Esto se debía a su interés incondicional y genuino por el saber, lo que consideraba la meta de su existencia.

Todos sus días transcurrían con idéntica avidez espiritual, mientras el mundo continuaba con su acostumbrado ritmo monótono, él se centraba en descorrer el velo de la ilusión a través de las páginas de un clásico del pensamiento o de algún libro que de antiguo se le desencajaban las hojas. Había leído gran cantidad de libros, desde los sabios hindúes con sus largas disertaciones en torno al atman, pasando por los viejos maestros chinos y su obsesión por lo incognoscible hasta la mística abrámica que recorre desde Jerusalén hasta Arabia Saudí. Lo curioso de este recorrido interior, es que él mismo se daba cuenta de que todo ello no le llevaba a ningún puerto. Conocía los textos y lo que estos implicaban, sí, pero por otro lado no lograba tomar una decisión sobre el sendero espiritual que debía escoger. Encontraba sumos aciertos, pero también errores que culminaban por refutar su propio sistema. Esto le hacía vivir tremendamente desasosegado, sin saber qué pensar ni mucho menos qué hacer.

Esto en cuanto a su vida interior, mas la exterior no era mucho mejor. Los acontecimientos de su existencia efectiva pasaban como cuchillos voladores, que le respaban dejándole una gran cicatriz para pasar a otro asunto. Ciertamente, su comportamiento tampoco era el idóneo, su indiferencia para los problemas del mundo era tan inmensa que rallaba en la injusticia para con sus semejantes. Es verdad que estos habían sido injustos para con él, mas también él lo había sido tomando a tontería sus demandas de atención. Al final, había optado por alejarse de todo y de todos, confinarse en su hogar para pasar el tiempo leyendo textos que consideraba necesarios para salvaguarda de su espíritu y plasmando sus inquietudes por escrito de cara a una posterior obra que nunca lograba salir a la luz.

Las únicas veces que salía de su carcel particular era para acudir a las clases cuya presencia era obligatoria, aunque las escuchaba con evidente desgana mientras en su abstracción continuaba divagando en torno a problemas que consideraba más relevantes, y no todas esas superficialidades que no llevan a ningún puerto. Y como decíamos antes, pese a que lograba atravesar las asignaturas con notas mas o menos medianas, en su fuero interno sentía que no se reconocía su talento, o al menos las inquietudes que cobijaba en su seno, y de las que sus semejantes eran carentes de acuerdo a sus actitudes que se limitaban a seguir progresando en su vida estudiantil de cara a tener un futuro laboral próspero en tanto que en sus ratos de ocio los dedicaban a la bebida y a la fanfaria.

Toda esta situación llevó a Rafael a un aislamiento completo del contacto humano, vivía como un eremita en su propia casa, entregado a la lectura y a la meditación. Pero aún con todo este esfuerzo de ermitaño, no sabía con certeza qué pensar. Todo aquel cúmulo de conocimientos le dotaba de las herramientas necesarias para construir una armadura espiritual frente a los embates mundanos, mas si se examinaba a sí mismo a conciencia no encontraba un sentido espiritual unívoco que le concediese la certeza de que aquel era el camino. Se sentía impulsado a esta búsqueda incesante, pero se contemplaba en un laberinto donde no había salida alguna. Rodeado de muros, grandes pedruscos de la metafísica universal, los palpaba y reconocía su rugosidad, pero si seguía la senda que marcaban se encontraba en un callejón sin salida.

En una noche, su corazón no pudo soportar más los dolores de su existencia como tampoco aquel frenesí espiritual del que no lograba atisbar la luz al final del tunel, y entonces sus palpitaciones dieron con un cese repentino que le condujeron al final de su vida material. Él, no fue consciente de ello en un principio, creía que todavía se hallaba tumbado en plancha en su cama, soñando aquellas imagenes oníricas incomprensibles que suponían sus interludios respecto a sus estudios vigiles. Pero no se trataba de aquello, el reloj de su vida dió sus últimos segundos para terminar por pararse repentinamente, se había muerto de repente pensando que seguía soñando.

Un fundido en negro cargado en un principio por pequeñas lucecitas que fueron dispersándose hasta disolverse completamente le condujo a una negrura total. Se apercibía a sí mismo desde los sentidos internos, mas no lograba atisbar lo que tenía ante sí. Creía escuchar sonidos lejanos, como gritos contenidos acompañados por sus desasosegados suspiros, a la par que sentía un inmenso frío. Se desplazaba con dificultad, parecía que sus miembros se encontraban cercenados por un peso inusitado, especialmente en su brazo izquierdo, el cual no podía levantar por mucho que se esforzara. Poco a poco, en tanto que su vista se adaptaba a la oscuridad, logró vislumbrar que se encontraba en una húmeda cueva cuyo final resultaba incierto, únicamente perceptible quizás por una luz fría que se encontraba lejana. Gracias a esta adaptación logró caer en la cuenta que se encontraba esposado y enclavado en la gélida pared rocosa que se encontraba tras él, y que el motivo por el que no lograba mover el brazo siniestro se debía a que una cadena le sostenía a una roca de gran tamaño. Intentaba desplazarse aún así, insistía en inspeccionar el lugar pero le era imposible debido al peso.

Entonces, agudizó sus oídos sólo para descubrir que no estaba tan solo como pensaba. Era cierto que se encontraba aislado, ajeno a todo contacto humano como había estado en vida, mas también como entonces se percataba en ocasiones de otras existencias atisbadas de soslayo, pero igualmente incomprensibles como en aquella ocasión. Se percató debido a que escuchaba gritos de desesperación lejanos, palabras melancólicas susurradas a los desfallecientes y frases masculladas con evidente agonía. Mas todo aquello se encontraba muy lejano a su situación, como por kilometros. Quizás la gélida cueva en la que se encontraba era inmensa, y debido al efecto del eco, las voces atravesaban los diferentes corredores y recovecos haciendo de su aislamiento una especie de soledad paradójicamente compartida.

Sin saber qué hacer ni cómo reaccionar, ávido de impotencia, comenzó a gritar a pleno pulmón buscando respuestas. Es posible que alargase esta situación durante el espacio de horas, que transcurrían con una lentitud palpable que se le asemejaron días, mas finalmente hubo un cambio. Ante él, una figura sombría se posicionó frente a la luz azulada que atisbaba en las inmediaciones de la susodicha cueva. Cuando apareció, Rafael dejó de gritar. No sabía por qué, pero sintió un miedo que le recorría su cuerpo incorporéo que le hacía sentir una sensación de frío todavía mayor si cabe, a través de sus venas espirituales sentía las punzadas del pavor y de la incertidumbre. Con los ojos clavados en la sombra, sin emitir sonido alguno ni permitirse el lujo de desplazar sus cadenas, comprobó que aquella entidad sombría se encontraba en completa quietud.

De repente, la sombra se desplazó en su dirección, cada vez más cercana comenzó a sentir un olor desagradable como de cadáveres en estado de descomposición, a la par que la sensación de frío aumentaba, pero lo curioso era que por muy cerca que estuviera de él no lograba atisbar en ella rasgos definidos como tampoco una forma que le pudiera certificar qué clase de ser era aquel. Ni cuando ya se encontraba a escasos metros de él pudo averiguar qué diantres era aquella cosa, sólo percibía una negrura mayor que le impedía contemplar cosa alguna. Tanto se fijo en aquello, completamente perplejo, que empezaron a escocerle los ojos. Por lo cual, bajó la mirada terriblemente consternado en señal de sumisión debido a la incomprensión que le producía.

Pocos instantes después, aquella entidad comenzó a proliferar una serie de ruidos incomprensibles, como pitidos de algún cacharro estropeado, para segundos mas adelante comenzar a decir con una voz sumamente grave y gangosa:

- Bienvenido a mi reino, oh mortal. Estás aquí por los designios de los ángeles. Yo te custodio aquí sin conocer qué crimenes se te imputan, mas intentaré que tu estancia aquí sea lo menos agradable posible. Según me han informado, te quedan algunas eternidades hasta pasar al siguiente plano. Espero que te sean provechosas, pequeño erudito.

Rafael intentó responderle, preguntarle acerca de su destino, pero no le salieron las palabras de la boca. Sentía que se había quedado mudo, que una piedra le oprimía la garganta haciéndole el imposible mascullar sonido alguno. Sin embargo, por el mensaje que le transmitía la desconocida sombra, supo que estaba muerto y que se encontraba en el infierno. Justo cuando se percató de ello, aquel ser comenzó a desvanecerse en las tinieblas dejándole así nuevamente en aquella fría soledad. Seguía escuchando aquellos extraños ruidos y murmullos lejanos, mas ya no prestaba atención a su contenido. Comprendió que aquellas otras eran almas igualmente condenadas como la suya, que pedían ayuda en su eterno sufrimiento hasta que apareciese la entidad sombría y les disuadiese de sus aspiraciones terrenales. Así pues, sólo cabía esperar a una segunda venida.

Entonces, Rafael selló sus párpados con melancolía, completamente resignado a su inhóspito destino. Y en lo que le pareció un instante, de repente sintió calor, a la par que a través de sus ojos cerrados vislumbró tonos rojizos que le invitaban a abrirlos. Cuando lo hizo se encontraba en un campo verdoso descubierto a pleno día, sus cadenas habían desaparecido a excepción de la roca que le aprisionaba su brazo izquierdo. Veía en el horizonte una inmensa pirra ardiendo, y girándose a un lado y a otro, no lograba contemplar otra cosa más que no fuera la extensión del campo que parecía no conocer de fin. Así las cosas, comenzó a desplazarse con evidente dificultad para ver si averiguaba saber donde se encontraba.

Desconocía cuanto tiempo estuvo andando sin encontrar nada que le llamase la atención, el paisaje se desplazaba ante su atónita mirada como si hubiera permanecido en el mismo lugar. Daba igual cuanto andase, a dónde se dirigiera, todo permanecía idéntico al lugar donde se había despertado. Inesperadamente, todo aquello se fundió y apareció la noche. Esto le hizo detenerse, y de la impresión, cayó sentado de culo en el suelo. Parpadeando evidentemente perplejo, intentó atisbar las razones de un cambio tan radical, averiguando que se encontraba en una especie de plataforma muy elevada del suelo, y que el cielo le correspondía cargado de estrellas y de otros luceros coloridos que le eran desconocidos. Lo que creía ser la luna era un astro inmenso y rojizo que parecía cernerse en su cercanía, como amenazándole por el mero hecho de existir.

Aquello le produjo un estremecimiento interno que le dió temblores inconscientes, pero aquella sensación no duró mucho ya que percibió que en sus hombros se apoyaba una cálida mano. Cuando quiso darse cuenta una hermosa joven se sentó a su lado mirando en dirección al desconocido horizonte, cual si contemplase el porvenir con una valentía inusitada. A los pocos minutos dirigió sus ojos azulados hacía el pálido semblante Rafael. Este retornó a quedarse mudo, tanta era su belleza que consideraba que emitir cualquier tipo de sonido equivalía a corromper la perfección hecha rostro femenino. Tanta belleza le estremecía a la par que le admiraba, advertía en su interior una contradictoria mezcla de temor y de rendida adoración.

No obstante, reunió el coraje necesario para dirigirse a la hermosa dama y preguntarle:

- ¿Se puede saber dónde estamos?

- En ninguna parte. - le respondió secamente a pesar de su randiante sonrisa.

Obviamente perturbado por susodicha e inesperada respuesta miró a su al rededor con consternación, manteniendo una mirada de perpetua incognita en sus ojos como platos. Por un momento sintió ganas de llorar, tan triste se encontraba aún en tan placentera compañía que la melancolía le cernía la garganta, haciendo de sus próximas palabras titubeos de un mensaje que no lograba completar:

- Pero... No es posible... He muerto, y ahora no sé ni donde me encuentro. Si he llegado aquí ha debido de ser...

- Estás en la nada -dijo la bella joven interrumpiendole, y continuó con su radiante sonrisa inmaculada- No somos tan importantes, no hay ni cielo ni infierno, todo es ilusión. Cuando morimos nos fundimos en el sueño agarrándonos a nuestro hálito de consciencia, mas cuando nos damos cuenta de esta verdad simplemente nos dejamos llevar, en aras de una inconsciencia que no conduce a ninguna parte que no sea el vacío. Es así como desaparecemos para siempre, tanto de la existencia con su conjunto de miserias como de este sueño que en algún momento se fundirá en una oscuridad perpetúa.

Rafael iba a contestarla con más preguntas sobre su situación, pero tenía tal nudo en su garganta debido a la tristeza que le provocó su mensaje, que volvió a quedarse mudo a la par que desconcertado. Retornó a dirigir su mirada al suelo, intentando hilvanar sus pensamientos para dotarles de un sentido unívoco y racional que lograse hacerle escapar de la incertidumbre en la que se encontraba. Pero, aún con todos sus doctos esfuerzos, todo era respondido por un silencio que sólo admitía la intromisión de los suspiros.

Sin poder evitarlo, una lágrima cayó de su mejilla dando al suelo rocoso en el que se hallaba aposentado, y justo antes de que una segunda hiciera idéntico recorrido, la cálida mano de la doncella se la retiro con una suave caricia. Entonces Rafael la miró directamente con sus ojos aún vidriosos, y ella respondió a su tristeza con la más radiante y reconfortante de las sonrisas.

jueves, 3 de julio de 2025

El conocimiento de las viejas leyendas

 Siempre he detestado Madrid. Si bien es cierto que por otro lado valoro la historia que se trasluce en sus estructuras arquitéctonicas, la gran cantidad de personajes importantes que por ahí han transitado y sus librerías cargadas de clásicos inmemoriables, me desagrada la cantidad de gente que pulula por sus calles, la sobrexplotación turística y el mal olor a meados que se encuentra en cada esquina. Sin embargo, aunque no me agrade en demasía, muchas veces me veo obligado a transitar por sus sucias calles de vez en cuando, ya que viviendo yo en la periferia lejana del campo, resulta inevitable cruzar el centro para los más diversos labores.

En esta ocasión, acudí en busca de un determinado conocimiento en torno a un personaje espiritual en concreto, lo que me llevó al barrio de Lavapíes. He de reconocer que siempre me ha agradado el susodicho barrio debido a su gran diversidad cultural, aquella zona recibe una gran influencia migratoria que hace que sus calles estén pobladas por gran multitud de senegaleses, guineanos, marroquíes, egipcios, indios, pakistaníes, etc... Debido a ello también hay gran cantidad de locales, restaurantes y bazares que nos trasladan a un centro metropolitano africano, lo cual da pie a pensar que uno está viajando sin necesidad de desplazarse mucho. Además, entre sus hogares se encuentran gran multitud de personalidades que tienen los más diversos conocimientos, desde religiosos conocedores de los textos coránicos, hasta sabios practicantes de sabidurías anteriores al racionalismo occidental, e incluso magos vudú capaces de manipular los elementos de acuerdo a dioses-guías que pueden conducir a uno hacía la salvación, o hacía su propia perdición.

Así, pues, me encaminaba yo sorteando calles donde no lograba ubicarme en busca de una vivienda baja donde vive el sabio Gudku, de origen nigeriano y conocedor de una pretérita sabiduría de la que yo ansiaba conocer una serie de detalles concretos de cara a mis investigaciones. Tras muchas idas y venidas, logré localizar la casa, y ante su puerta llamé con cautela, me recibió un hombre ya entrado en años y sumamente alto. Sus arrugas eran mudos testigos de su avanzada edad, mas a pesar de ello comprendía de un vigor que era atestiguado por la agilidad y la soltura de sus movimientos. Invitándome a que me sentara en una antigua silla de madera plagada de bajorrelieves con las más extrañas formas que uno pueda imaginarse, se sentó frente a mí rodeado de mantas y harapos y comenzó a decir:

"Me alegro de que por fin te hayas dedicido a venir. Desde que supe acerca de tus particulares intereses, yo también sentí una gran curiosidad por saber quién sería aquel que busca recibir de mí, un viejo al que los años ya le pesan, unos conocimientos que lamentablemente han sido olvidados por las gentes de nuestros tiempos. Tan preocupados están por sus asuntos mundanos y por su obnubilación ante los avances de la técnica moderna, que han olvidado lo que verdaderamente nos hace humanos, negándose así a siquiera vislumbrar la proyección de sus capacidades internas... Pero bueno, este es otro asunto que no viene del todo a caso. Soy anciano, y tiendo a divagar... En fin, ¿Por dónde ibamos? Ah sí, por su interés en torno a mis conocimientos. Como quizás sepas, en África la principal fuente de conocimientos antes de la llegada del hombre blanco eran las leyendas que eran transmitidas de generación en generación por los ancianos, y de las cuales las generaciones posteriores extraían conocimiento para afrontar lo que sería su vida adulta. Pues bien, yo no puedo hablar por África en general debido a que cada zona tiene sus particularidades tradicionales y culturales, pero sí puedo hablarte en torno a lo que me han legado mis mayores nigerianos en torno a nuestro propio trasunto mítico.

Verás, quizás una de las leyendas más sonadas de nuestra tierra es aquella que habla en torno a una hermosísima muchacha que no se cansaba de desdeñar a todo hombre que pretendía enlazar su vida con la de ella. Muchos lo intentaron, pero sobre todo un joven cuyo nombre se ha perdido insistía con cada amanecer en sus pretensiones amorosas, y aunque se deprimía en cada ocaso, al nuevo ascenso del sol volvía en insistir con fuerzas renovadas. Sin embargo, la hermosa joven de esbeltas caderas y finas facciones, también insistía en su desdén hacía su joven pretendiente, debido a que ella consideraba que por su talle y su belleza merecía algo mejor.

Esto pensaba la joven hasta que un día yendo de compras al mercado del pueblo para ayudar a sus padres, pudo vislumbrar entre la gente a un hermoso caballero. Este comprendía de una gran altura, un semblante que enamoraría a cualquiera y una musculatura muy desarrollada que atestiguaba que se trataba de un reputado guerrero. Además, sus tersos brazos, sus vigorosas piernas y su hermoso pecho estaba adornado por una armadura dorada que daba testimonio de una cuna muy ventajosa para los intereses de una joven pretendienta. Obviamente esta acabó prendada de él, y sin pensárselo dos veces acudió a su presencia, persiguiéndole por todo el mercado.

Una vez que pudo hablar con él, comprobó lo delicado de sus palabras y sus maneras, lo que hizo que esta se enamorase cada vez más, y cuando ya se iba de vuelta al hogar fue encaminándose en dirección a lo más profundo y frondoso del bosque. Y pese a que él la advirtió que se arrepentiría si insistía en seguirle hasta su aldea, ella hizo oídos sordos cegada por su fascinación por lo que consideraba que era el hombre ideal de sus sueños. Tras un largo recorrido, los ojos que antes eran de admiración y embeleso fueron tornándose sombríos cuando una vez que llegaron a una espesura, el susodicho hombre fue despojándose al principio de trozos de armadura, mas luego fue arrancándose miembros de su propio cuerpo, lanzándolos a un lado y a otro, y agradeciendo a unas criaturas amorfas el préstamo. Una vez que se deshizo de todos aquellos miembros impostados, la muchacha comprobó horrorizada de que tenía ante ella una calavera flotante. Con el despiste, esta calavera aprovechó en lanzarla a un foso que era habitado por gran cantidad de otras calaveras que se desplazaban dando vueltas por el suelo, o levitando con la ayuda de unos poderes extraños.

Cuando el joven que la pretendía dió cuenta de su desaparición, y se propuso encontrarla fuera como fuera. Con la ayuda de un informante supo de su huída del mercado con un esbelto caballero, e incluso la dirección que habían tomado. Decidió seguirla, y cuando ya llegó a la zona se espantó con la visión de criaturas deformes que portaban miembros humanos que se intercambiaban unas a las otras cual si se tratase de un extraño juego. Pero más le espantó el oír los sollozos de su amada y comprobar que esta se encontraba en un foso rodeada de calaveras que parecían reposar a su al rededor. Mas su amor era más fuerte que su terror, e internándose en el foso con la ayuda de una liana, pudo rescatar a su querida y salir corriendo de ahí. No obstante, las calaveras flotantes se percataron de su huida con su recíen botín, así que cuando el joven miró sin querer hacía atrás pudo ver una nube de calaveras que se desplazaban en su dirección, unas en el aire y otras rodando por la tierra mientras emitían los más espantosos sonidos y crujidos.

Pudo llegar a la aldea a salvo, pero mientras las calaveras iban acotando las distancias que les separaban. Así que decidió pedir la ayuda de un chamán que sirvió de intermediario con las horrendas calaveras flotantes. Estas accedieron a que se llevara a la joven y a que incluso se casase con ella si esta accedía a cambio de que pasados veinte años entregaran ambos su vida al Dios de las Calaveras flotantes y se metamorfoseasen en un par de ellas. El joven accedió y pasó una vida muy feliz en compañía del amor de su vida, mas llegado el plazo, se internó en la espesura del bosque y nadie más volvió a saber de él. Pero aún hoy día, hay quién vislumbra en los cielos extraños objetos que se desplazan a gran velocidad y que producen unos tenebrosos ruidos, y apuntan de que se trata de las calaveras flotantes de ambos amados."

Le respondí al sabio que aquella historia me parecía muy interesante, pero que quería saber algo más. Este, sin dejarme continuar la frase, me interrumpió para decir:

" ¿Así que quieres saber más? ¡Ay, la curiosidad por el conocimiento! ¡Tanto es una bendición como una condena! Verás, te contaré algo más... Al menos en Nigeria existe la costumbre de que si dentro de un matrimonio una mujer muere dejándo al hombre al cargo de los hijos, este esta en su derecho a volverse a casar con otra mujer que se haga cargo de la economía del hogar. Esto le pasó a un hombre de una aldea apartada cuya mujer murió debido a unas fiebres, la cual le dejó al cuidado de una niña. Pero este hombre era muy patoso, y como tal no lograba hacerse cargo como correspondía de una criatura. Así que volvió a casarse con otra mujer que ya de paso le dió otra hija. Ambas niñas crecieron en mutua compañía de juegos, mas la madrasta siempre guardaba recelos por la hija que no era de su sangre, así que un día sin venir al caso la abandonó en medio del bosque, contándole al padre que esta se había caído de un barranco y que por tanto, había muerto. Este, que era un patán ignorante la creyó y siguió con su vida familiar como si tal cosa.

Mientras tanto, la niña abandonada vagó por el bosque sin comida ni bebida a punto de la inanición hasta que se encontró una ogresa que decidió acogerla. Esta le dió tanto de beber como de comer, y le dijo que a partir de ahora sería su hija adoptiva, mas que si rehusaba de su compañía se la comería con la inmensa boca que guardaba en su nuca. Obviamente la niña accedió y así pasaron largos años en convivencia con la ogresa, mientras iba engordando a ojos vista.

Un día se celebró un banquete en la cueva de la ogresa, y acudieron gran cantidad de seres amorfos y monstruosos dispuestos a disfrutar de una agradable velada según el criterio de todos los seres mágicos que habitan en las sombras. La ogresa todo contenta y vivaracha, decidió encerrar a la niña en el desván con gran cantidad de dulces y la invitó a que se pusiera las botas hasta que ella retornase. En tanto que esta se disponía a comer con supremo deleite, apareció un cuervo sobrevolando la reducida sala. De repente, este habló y le comunicó que se trataba del espirítu de su madre fallecida que se había reencarnado ahora en una vida animal alada de acuerdo a los designios de los dioses. La niña escuchaba perpleja aún con la harina de yuca cayéndole de los labios, y entornó sus ojos en señal de horror cuando el espíritu de su madre muerta le comunicó que en aquel banquete era ella el plato principal. Sin embargo, le dijo que había una manera de salvarse, y era escondiéndose en una trampilla que estaba a su siniestra, y de la cual era la ogresa desconocedora.

Así lo hizo, ahí se escondió y cuando acudió la ogresa, no vió rastro de la niña ni de la comida que le había servido. Terriblemente alarmada la buscó a un lado y a otro, pero nada pudo encontrar. Mientras tanto, los comensales se estaban comenzando a impacientar, querían su plato principal, y aunque al principio esperaron, viendo que la comida prometida no aparecía terminaron por comerse a la comensal que no pudo hacer nada frente a la gran cantidad de babosos fauces que la rodeaban. Una vez que las bestias se saciaron, salieron de ahí en busca de otros manjares en la selva, y así la niña gorda pudo escabullirse de ahí en compañía del cuervo que había sido su madre en otra vida. Desde entonces, se dice que esa niña acabó tornándose en una ermitaña que vive en la profundidad de los bosques, y que extrañamente no envejece. También se rumorea que hizo una chamana que ha logrado alcanzar la inmortalidar alimentándose de los incautos que se pierden en el bosque atraídos por su sensual belleza, aunque supongo que esto daría para otra historia..."

Llegados a ese punto, retorné a señalar lo interesante que me pareció también aquella leyenda, pero que venía a buscar una información concreta en torno a un asunto más específico. Y sin dejarme acabar de nuevo, aquel portentoso hombre sabio empezó a decir:

"Ah sí, ya veo por dónde vas... Mira, en Nigeria aunque también en otras partes de África como en el Sahara, se tiende a dar gran importancia a los sueños. Desde siempre se nos ha dicho desde que éramos pequeños que lo que soñabámos era sumamente importante para nuestra vida vigil, e incluso mucha veces se ha apuntado a que probablemente sea de una relevancia mayor a lo que vívimos cuando estamos despiertos. En los sueños se nos presentan nuestros antepasados, y mediante un lenguaje entre simbólico y figurativo, se nos transmite un mensaje que mucha veces requiere de la interpretación de un sabio de cara a desentrañar su significado.

En relación a esto, en una de las millares de aldeas de mi Nigeria natal, se contaba la extraña experiencia de sus ciudadanos en relación a un sueño compartido que tenían todos ellos. Rara vez ocurre algo semejante, pero el caso es que todas aquellas gentes tenían idénticos sueños noche tras noche, y aunque lo comentaban con estupefacción con cada amanecer, nadie lograba encontrar una razón de ser que lo explicase. El sueño -o los sueños- versaban en torno a la presencia de un soñador incorpóreo que se encontraba en medio de un desierto nocturno en el que el viento desplazaba las arenas en forma de dunas como si fueran las olas de un mar. Al principio, todo permanecía en calma y sin aparente alteración más allá de la mencionada, hasta que de repente un extraño personaje aparecía y se desplazaba en dirección al inmaterial soñador, y con una vara de madera tallada en forma de serpiente, realizaba una serie de movimientos en dirección a quién estaba soñando. Aquel hombre portaba consigo un roñoso turbante, ajadas ropas y tenía el semblante pintado mediante unas franjas oscuras que le velaban de toda identidad definida.

Las gentes se levantaban con tremendo malestar, y a las veces no podían fanear el día siguiente de lo mal que se encontraban. Pero cuando por algún casual lograban levantarse del lecho, todos comentaban estupefactos su sueño compartido. Cansados de esta situación, se fueron al pueblo vecino para comentar la situación a un chamán que estalló en mil carcajadas cuando estos le revelaron sus sueños. En un comienzo pensaron que este se burlaba de ellos, pero cuando la risa se fue aminorando, este les confesó que su sueño era una especie de maldición de la que sólo se podían librar de acuerdo a un pacto de sangre de la aldea entera, y que una vez hecho esto, al soñar en la próxima noche debían realizar una serie de rituales ante la figuración soñada de cara a pactar con él y poder así salvar la vida.

Así lo hicieron todas aquellas gentes, y efectivamente, una vez que siguieron a pies juntillas las indicaciones del anciano chamán, todo volvió a la normalidad hasta el punto de que aunque siguieran soñando con aquel extraño hombre, su presencia ya no les turbaba ni se levantaban mal por las mañanas, sino que incluso les agradaba el encontrarse con él en sueños y le rendían su respeto. Y aunque en la aldea se pensaban curados de su maldición onírica, los pueblos que estaban allende comenzaron a considerar a sus vecinos cuanto menos extraños, ya que a partir de entonces le ridieron culto como si fuera un dios a ese estrafalario personaje que se les presentaba en sueños, a la par que -enlazándolo con las anteriores historias- estas gentes eran las únicas que no temían cuando veían las calaveras flotantes surcar los cielos, ni tampoco resultaban atacados cuando internándose en los bosques se cruzaban con la hermosa ermitaña que en su infancia se había librado de los fauces en la nuca de la ogresa.

Era como si aquellas personas vivieran al margen de todo una vez que sellaron su pacto con la figura que se les aparecía en sueños, como si ya todos los elementos que se consideran oscuros y agresivos para los hombres hubieran pasado a hermanarse con sus pieles a tanta profundidad que ellos mismos fueran ahora vástagos de las sombras. Personalmente, no sé bien que pensar en torno a esto. Supongo, que, al final ni la luz es tan resplandeciente como si piensa, ni la oscuridad tan sombría como se imagina, y que no hay un modo de vida que deba ser ejemplo para los demás, sino que muy al contrario hay diversas formas en las que vivir sin que una sea perfecta, simplemente diferente a pesar de que esta -como en la ocasión que he referido- no sea siempre del agrado de todos."

Después de unas palabras de cortesía y de agradecimiento, me fuí de allí con la sensación de que había conseguido aquello que venía buscando. De camino de vuelta a mi casa estuve pensando mucho, y al final llegué a la conclusión de que aquella manifestación onírica de la que versaba la última historia que me contó el sabio no era otra cosa que la presencia del soldado-brujo, cuya existencia se remontaba muy atrás desde el origen de los tiempos de las mas diversas formas...

miércoles, 18 de junio de 2025

Memorias de la gran inundación

 Dejo esto escrito en este cuaderno desvencijado y húmedo de cara a que las generaciones futuras -o los sobrevivientes- puedan saber no sólo mi paso por esta tragedia, sino también acerca de este desastre en sí mismo. Lo más seguro es que cuando lo encuentren yo ya no esté en este mundo debido a lo díficil que resulta tener una vida plena en estás circunstancias. Espero que hasta el momento que se lea esto todo se haya solucionado, y que las vivencias de quienes lo sufrimos en su momento se queden en la anécdota histórica. Así, pues, paso a narrar lo que aconteció desde el principio hasta el momento en el que decidí escribir sobre estas hojas desgastadas con un lapíz mohoso.

Antes de que el desastre comenzase y se desarrollase, yo me encontraba en el lugar en el que todo comenzó, es decir en la cárcel estatal de T. Iba a visitar a un confidente que me brindaría una información que me serviría de ayuda de cara a desempeñar mi oficio. Obviamente, como quizás presuma el lector, este oficio no tenía nada que ver con la legalidad, pero esto no viene al asunto. El caso fue que allí estaba esperando en la inmensa cola donde acudían familiares y amigos de cara a visitar a los presos cuando me percaté de un extraño movimiento que empezó a desarrollarse en uno de los pabellones que estaban abiertos al público, era el quinto creo recordar. Ahí se produjo una agitación inusitada cuando uno de los criminales que estaban en la sala cayó al suelo presa de mil espasmos.

En ese momento me escabullí de la cola, e infiltrándome en el susodicho pabellón, contemplé un espéctaculo que me dejó estupefacto. El hombre que sufría tales compulsiones empezó a mutar hasta tal punto que su forma se alteró en su totalidad, transformándose paulatinamente en una especie de estrella marina. Sus miembros comenzaron a hincharse con inusitada gravedad, y los poros de su cuerpo se expandieron tanto que formaron una especie de esporas de las que manó agua con una profusión tal que era imposible imaginar que el cuerpo humano fuera capaz de almacenar tanta cantidad de líquido. Al poco, el pabellón entero se inundó completamente de una agua con un olor pestilente, lo que hizo que se desatara la anarquía de toda la gente que se encontraba congregada al rededor del incidente. En lo que a mí se refiere, escapé de allí a todo correr lo mejor que pude, abalanzándome en dirección a la salida como si no hubiera un mañana.

Una vez en el exterior contemplé que aquellas aguas ya se habían derramado hasta ahí, y tremendamente desconcertado caí en sus profundidades presa de una confusión sin nombre. Nada mas hundirme en las mismas abrí los ojos y pude ver como millares de extrañas particulas iban formándose en las enturbiadas aguas, adoptaban unas formas cuanto menos inusitadas y en cuestión de segundos ví como estas llegaban a su apogeo. Sin embargo, lo que me aterrorizó fue el comprobar como los seres que se metamorfoseaban eran una especie de cebras marinas que me miraban con ira, e incluso con furia, en tanto que también contemplé cómo estos seres arrastraban a personas que también habían caído en las aguas, y que los arrastraban hasta las profundidades dejándoles sin aire. No quise comprobar lo que pasaba después, así que salí de ahí como pude agarrándome al terreno sólido del exterior como pude.

Ya fuera del agua enturbiada, observé sumamente perplejo que esta cada vez era mayor, que se expandía con gran frenesí, y que quienes caían en sus redes presa de la desesperación y el desconcierto del momento, no salían y resultaban sepultados por esa plaga de extraños seres que se desarrollaban con insospechada rapidez. Sin dudarlo ni un segundo salí por patas en dirección a la tierra que era lo único que me aseguraba la supervivencia, mas era harto díficil en tanto que cada vez el agua era mayor y las víctimas fatales que caían en sus húmedas redes también. Creo que no corrí más en toda mi vida, saltando incluso como podía sobre montes y pequeñas escarpaduras para intentar salir sano y salvo de aquella pesadilla que ahora contemplaba con los ojos como platos debido a lo atónito que me encontraba.

Lo poco que lograba contemplar en mi huida fue el aumentar de las aguas y el exilio frenético de centenares de personas que como yo se encontraban muy asustados, algunos no tenían buena suerte y el mas leve traspie producía una caída que significaba la muerte segura. Incluso, me dió la sensación cuando mire de soslayo en dirección al agua, de que una forma inmensa se agitaba en su interior atestiguando que se trataba de un ser de un tamaño descomunal el que ahora se desplazaba en sus profundidades. Aquello me puso los pelos de punta, haciendo que una sensación gélida me recorriera el espinazo, y me animase a huir con mayor premura. Pero en cuanto contemplé que un desvalido anciano caía en dirección a aquel ser marino, y que a los pocos segundos las burbujas que aquel viejo formó se convirtieron en una bruma sanguiolenta, no pude aguantar mas. Aquello era demasiado para mí y grité con desesperación mientras me marchaba de ahí por patas en tanto que comprobaba cómo el agua aumentaba por momentos.

Cuando subí algunas elevaciones arenosas, pude vislumbrar una especie de refugio que estaba en las alturas. No me lo podía creer, quizás estaría salvo de aquel infierno acuoso. Así que sin pensármelo dos veces me interné en el mismo como tantos otros, y me escondí entre sus muros. Una vez ahí fue cuando comencé a pensar en mi mujer, en si estaría bien y si se habría librado de aquella locura colectiva. Tenía que buscarla como fuera, llevarla conmigo a un lugar seguro como el refugio en el que ahora mismo me encontraba. Mas no obstante, no pude pensar mucho porque al mirar sin querer en dirección a una de las ventanas comprobé sin poder creérmelo que el agua había sobrepasado el marco. Podía atisbarse una serie de sombras que se desplazaban aquí y allá en busca de nuestra carne, queriendo sesgar nuestras vidas terrestres como si fuerámos alimento enlatado por las paredes del refugio. Subí con premura en dirección a las escaleras, y cuando localicé otra ventada en el tejado, me lancé en dirección a los arboles para usarlos como soporte de mi caída.

Huyendo, saltando de árbol en árbol como un mono, escalando sin cesar los montes cual cabra que aún no estaban anegados de agua, transcurrió un día. No había ni tiempo de reposar, pues el agua no cesaba en su avance por colmar a la tierra con su húmedad. Y entonces, allende a un bosque cercano, localicé los rubicundos cabellos de mi mujer que estaba huyendo desesperada como tanta otra gente. Me lancé en su rescate, y en cuanto la ví no pude evitar derramar algunas lágrimas de emoción hasta entonces contenida. La agarré de la mano y salimos corriendo como si no hubiera un mañana. No sé yo cuanto tiempo estuvimos huyendo con el corazón palpitante en la garganta, casi ni podíamos proferir palabra alguna puesto que la angustia impedía el pronunciar palabra alguna, e incluso el derrame de lágrimas que entonces nos eran inútiles.

Pero de nuevo, vimos otro refugio en las alturas. Esta vez era una especie de posta de madera que estaba mucho mas elevada que el refugio anterior, así que nos internamos entre sus travesaños desvencijados, y rezamos a Poseidón para que el agua no ascendiera más. Extrañamente, cuando ya caía la noche, la inundación pareció detenerse, o al menos, desarrollarse con mayor lentitud. Aún así, por si las moscas, nos situamos en la sala mas elevada del lugar, y contemplamos un curioso artefacto que nos dejó mudos. Se trataba de una especie de mecanismo recubierto de madera que estaba robotizado siguiendo una serie de patrones preprogramados, y que a la manera de un espéctaculo de marionetas contaba la historia de una mujer muy bondadosa que dedicó su vida al cuidado de los demás. Sin embargo, no pude llegar al final de esa historia porque se me caían los ojos del esfuerzo del día, y en tanto vigilaba a mi al rededor a las personas que dormían con nosotros, caí rendido sin percatarme de nada más que de los párpados entornados y del aliento contenido de mi mujer.

Al día siguiente, nada mas despertarnos, comprobamos con pavor que el agua seguía su imparable avance. Al mirar en dirección a una ventana ovalada pude vislumbrar que aquellos aterradores seres se ufanaban de nuestra indefensión aleteando de un lado para otro y expulsando de sus fungosas bocas burbujas en señal de combate. Sin probar un bocado de las viandas que los demás dejaron a medio comer, rompimos el tejado y nos prepitamos todos en dirección a esa salida improvisada. Ya fuera, nos lanzamos todos al abismo buscando zonas que requirieran de usar nuestras piernas y no nuestros brazos para desplazarnos. Por suerte los encontrabamos, pero no por mucho tiempo porque el agua seguía su inusitado avance con una endiablada saña.

Llegado el momento, en una encrucijada, mi mujer gritó desesperara diciéndome que teníamos que optar por un lado del camino mientras que yo prefería tomar otro que consideré más despejado. No teníamos mucho tiempo para insustanciales disputas, así que separamos nuestras manos y ella se lanzó por un lado en tanto que yo me dirigí a otro. Cuando ya me encontraba lo suficientemente lejos para darme la vuelta con relativa seguridad, ví que la zona por la que había transitado mi mujer ya estaba completamente anegada de agua. No pude evitar que millares de lágrimas acudieran a mis ojos, y presa del delirio comencé a gritar y a darme golpes en el pecho como un salvaje desbocado. Sentí tanta tristeza que empecé a pensar que mi vida ya no tenía sentido, mas a pesar de ello el instinto de conservación me impulsaba a seguir corriendo para salvar una vida que ya no tenía sentido.

Algunos días después, en constante huída frénetica y con escasos descansos, vislumbré una inmensa posada a relativa distancia. Aunque mas valdría considerarla un castillo, pues sus formas atestiguaban una antigüedad innúmera que había logrado vencer el impetú de la inundación. Escalé como pude sus inmensos muros, sosténiendome en los guijaros para salvar la vida evitando caer a las aguas, y cuando me encontraba en una de las principales salas, rompí las vidrieras con una piedra y me interné en sus lujosos aposentos. Allí me recibieron una mujer de dorados cabellos aunque cortos, y un hombre muy alto y moreno. No lo parecían, pero ellos me atestiguaron que eran hermanos, y a pesar de que había irrumpido tan violentamente en su mansión, me acogieron como a uno más. Me aseguraron que aunque tenían noticias de la gran inundación, hasta ahora el agua no les había alcanzado al estar incrustrados en una montaña. Aquello me alivió, y por primera vez en mucho tiempo pude descansar en una cama bien acolchada, y por tanto sumamente cómoda.

No sé cuantos días pasé refugiado en aquellos muros, quizás una semana. Mas el caso es que en una de aquellas noches pude averigüar por algún caprichoso sentido interno aque aquella atractiva mujer me lanzaba miradas que atestiguaban una pasión caldeada que bombeaba un pecho exhausto por la tragedia, así que de manera un tanto vulgar nos metidos en un estrecho baño e hicimos lo que probablemente el lector haya adivinado. De hecho, a partir de ese momento, comenzamos a hacerlo prácticamente cada día, ya no sólo en el baño, sino también en la cocina, en las habitaciones, en las salas de estar... Vamos, en todos los sitios ¿Que si me sentía mal por mi mujer? Pues claro que sí, desde el primer momento en el que tuve aquel encuentro íntimo con aquella bella desconocida ya me sentía como un pecador sin redención. El realizar aquello producía en mi un sentimiento contradictorio y masoquista en el que sintiéndome mal y culpable encontraba cierto placer en mi desgracia, además también pensaba en que mi mujer ya estaba muerta y que quizás yo pronto lo estaría a su vez ¿Que mas daba insertarnos en el caos cuando era el caos lo único que dominaba el mundo?

Sin embargo, ni aquella fortaleza se encontraba al margen del poderío del agua, y cuando quisimos darnos cuenta, el agua había colmado todos sus al rededores. No me lo podía creer, pero tuvimos que retornar a la huída eterna. Mientras volvíamos a huir, mirando de soslayo como aquella primera vez en dirección al agua, pude atisbar una sombra inmensa que se deslizaba en las profundidades del agua. Aquella cosa debía de ser muy oscura, ya que producía una sombra cargara de negrura, mas lo que más me impresionó fue el comprobar que tenía una especie de faros verdosos que quizás hacían de ojos y que se quedaron en perpetua quietud en mi dirección, como si se hubiera dado cuenta de que me había percatado de su presencia. No sé por qué, pero me dió la sensación de que se burlaba por la tesitura en la que me encontraba. No escuché risa alguna, ni percibí una mueca de la entidad marina, mas en mi interior sentí una burla que me atenazaba el corazón como si este fuera agarrado por un par de horrendas pinzas, como de cangrejo.

Tras varios días de correr al raso sin apenas reposo alguno, nos topamos con un grupo de gente que se nos unió en la huída pensando que por ser un mayor número éramos mas fuertes, cuando yo para mis adentros consideraba que nos hacía vulnerables ante los depredadores marinos. No obstante, esto no fue lo que me turbó, sino el haber creído ver a mi mujer que daba por muerta entre aquellas gentes. Al principio pensé que se trataba de una suerte de engaño de los sentidos. mas una vez que el grupo terminó por unirse, me cercioré de aquella verdad. Imaginad la culpabilidad que sentí en aquellos momentos, mi mujer huyendo sin descanso de un lado para otro, y yo pensando que había muerto, sin guardar luto alguno, haciendo intimidades con la mujer que ahora me agarraba la mano. Exactamente la misma mano que me agarró ella cuando nuestros caminos se dividieron, y que finalmente se habían dividido no por la muerte ni por la distancia geográfica, sino por mi desesperada traición. En ese momento ella me miró a los ojos, y a través de ellos recibí un reproche pero también un asentimiento de comprensión, mas a pesar de ello me sentía muy mal por mi comportamiento e irresponsabilidad.

Al final terminó ocurriendo lo inevitable en tanto que el agua seguía su avance, y aunque nos refugiamos en una cabaña que estaba allende a una escarpada montaña, sin dejarnos un descanso ni unos instantes para reflexionar, el agua continuó su avance. Retornamos a salir de ahí todos juntos con renovado frenesí, y aunque notaba rencor en los ojos de mi mujer y perplejidad en los de la otra, nos unimos los tres para salir como pudimos de ahí. Supongo que teníamos una conversación pendiente en vísperas de una futura reconciliación, pero en esos momentos lo importante era salir con vida. Quizás pensando en estas cosas, me despisté y me hundí en las aguas sin darme cuenta, y cuando ya quise apercibir mi situación ya estaba a relativa profundidad en comparación al escaso nivel de la tierra. En tales profundidades pude atisbar gran cantidad de seres de un tamaño y de una oscuridad inmensas, tan enigmáticos eran que ahora mismo no sabría describirlos con seguridad, se dirigían en mi dirección abriendo las fauces dispuestos a tragarme, ya notaba sus afilados dientes rasgando mi piel cuando ví una especie de tubo, me agarré a él con todas mis fuerzas, y salí al exterior con vida.

Se trataba de mi mujer, ella me había salvado de mi cautiverio acuífero, y se encontraba junto a la mujer con la que había mancillado su memoria. Ambas estaban bastante preocupadas, mas al comprobar que seguía con vida a pesar de los rasguños y mi cadáverica palidez, respiraron con alivio. Pero aquello no duró mucho tiempo porque el agua continuaba su imparable avance y tuvimos que salir otra vez por patas. Mas en aquella ocasión la inundación vino acompañada por grandes olas, las cuales hicieron que todos nos dividieramos en grupos cada vez más pequeños. Reinó el caos y la confusión, las únicas constantes que ahora regían el mundo, y tanto fue el azote que acabé solo y aislado de todo y de todos, escalando unas escapardas montañas plagadas todas ellas de húmeda hierba debido a la gran cantidad de agua como si fuera yo un ermitaño abandonado.

Finalmente llegué a una especie de ermita, y aquí fue donde encontré el papel y el lapiz con el que entretení mi tiempo redactando lo que el lector tiene ante su mirada. Mientras así escribía, el agua continuaba su ascenso, anegando todo a su alrededor, y ahora me pregunto si a la humanidad le queda tan sólo una oportunidad aunque fuera para sobrevivir. También me ha dado por pensar en torno a mis experiencias en estos apocalipticos tiempos, en las extrañas criaturas acuáticas que ahora poblan lo que antes era tierra firme, en los refugíos donde he dormitado, y por supuesto en mi mujer y en aquella amable dama... Creo que no he sido merecedor de ellas, como tampoco de seguir con vida. Ahora me arrepiento de muchas cosas, aunque supongo que es tarde. Desconozco si esas criaturas terminaran por devorarme una vez que el agua sobrepase mis pantorrillas, como también si alguien leerá esto que dejo aquí escrito y cubierto por un soporte de plástico. En fin, poco me queda por decir. Tan sólo desear ánimo a quienes sobrevivan, y que si existe una humanidad en el futuro acojan este testimonio de la tragedia como documento histórico respecto a lo que pasó.


O... ¿Quién sabe? Puede que esas criaturas marinas desarrollen inteligencia con el tiempo -si es que no la tienen ya- y puedan descifrar estas letras, y leer lo que ellas mismas causaron. Si es así, que sepan que no les guardo rencor. Que las perdono del mismo modo a como creo que me perdonó mi mujer a mí, puesto sería injusto que me encerrara en mi odio sabiendo que otros me han perdonado a lo largo de mi vida mis desmanes también. Si estas criaturas heredan la civilización creo que es aconsejable que recojan testimonios como estos en los que se aporta la pespectiva de los anteriores pobladores de este planeta, para así tener otra visión de lo ocurrido. Aunque bueno, puede que esté desvariando en demasía y que no tenga sentido lo que estoy escribiendo para acabar esta narración. Será lo mejor dejarlo aquí.