martes, 22 de octubre de 2024

Africano blanco, el loco

 En las profundidades de la sábana africana, en una aldea que estaba prácticamente apartada de lo que los occidentales consideran civilización, había un pueblo que mantenía como podía sus costumbres ascestrales. Se decía que adoraban a una serie de dioses que vinculaban con elementos de la naturaleza que les rodeaba, y aunque algunos de ellos eran musulmanes, vinculaban a ese Dios absoluto denominado Allah como una suerte de emanación de la natura que aunaba a todos los dioses tradicionales de tal cultura, de tal manera que no había mucho conflicto interno, y menos por asuntos religiosos. No se podía decir lo mismo respecto a los vecinos, frente a los cuales había cierto recelo pero que normalmente se resolvía consultando al oráculo que era interpretado por los ancianos que casi siempre les recomendaba resolver estos conflictos mediante la negociación o la transacción comercial gracias al trueque.

Antes de la llegada del hombre blanco y sus imposiciones, la aldea Hiek era seminómada debido a que sus desplazamientos y asentamientos dependían de la estación del año, a las temporadas de lluvia o a la sequía, en las cuales basaban el estar asentados en tal o cual lugar dependiendo de si la naturaleza les pedía quedarse en una zona, o si en su defecto, debían partir hacía otra. Mas, una vez que fue el hombre blanco quién se asentó, mediante las normas que dictaminaron misioneros, jueces y auto-proclamados gobernadores, estos les obligaron a asentarse en un mismo lugar, a desarrollar una agricultura y una ganadería artificial, como también a limita la caza a una determinada zona debido a que las restantes se destinaron al turismo de los blancos, que organizaron safaris, recreaciones exóticas de la vida salvaje y sus propias partidas de caza con la ayuda de algún miembro de la aldea al cual pagaban un reloj oxidado, o algo por el estilo.

Al principio, esta situación provocó toda una revolución para conseguir la ansiada libertad, sobre todo por la casta de guerreros de la aldea, mas quizás debido al dominio de una técnica que los blancos desarrollaron para matar, estas rebeliones fueron sofocadas y los guerreros asesinados o vendidos como esclavos que se llevaron a lejanas regiones. Debido a estos resultados, el pueblo Hiek se encontraba bastante desalentado, sometidos a un poder que les resultaba desconocido, y que muchos interpretaron como un castigo de sus dioses o de Allah por las acciones de los antepasados, que injustamente arrastraban al ser los herederos de sus tierras. Esa parecía ser la única explicación que encontraban al comienzo, mas con el tiempo se dieron cuenta que la razón de tal injusticia no estribaba en un pecaminoso legado, sino mas bien en la avaricia y sed de poder de aquellos hombres desteñidos.

Un día, apareció otro hombre blanco en las profundidades del bosque. Mas este, era diferente de los demás, lo único que le hacía semejante era el color de su piel pero lo restante le diferenciaba bastante. Tampoco era albino, pues las gentes del poblado lo hubieran identificado como tal por sus rasgos, o por el mero hecho de que se conocían a pies juntillas los miembros de la aldea y sabrían si recientemente una mujer habría alumbrado a un albino. Aquel hombre era sin duda blanco, pero no actuaba como los blancos. Tenía los rasgos de los blancos, una nariz pequeña y fina, unos labios invisibles, pelo claro y unos ojos verdosos, y poco más. Sin embargo, su comportamiento era cuanto menos extraño, indescifrable tanto para la gente de la aldea como para los otros blancos que les forzaron a ser colonizados.

Cuando apareció entre los altos arboles, este realizaba movimientos raros en tanto que hablaba en un idioma desconocido que les recordaba a algunos de ellos al árabe, pero cuyo sentido integro se les escapaba. Parecía que danzaba abriendo mucho los brazos y separando las piernas cuanto podía, en tanto que miraba en dirección al cielo y abría mucho la boca en una especie de súplicas a algún dios desconocido. Otras veces, se paraba en seco y se quedaba ergido en el mismo sitio durante horas mientras miraba hacía ninguna parte. Unos decían que su mirada se concentraba hacía el horizonte, otros hacía la aldea, mas con el tiempo supieron que no miraba hacía ningún lugar determinado porque su visión parecía perdida en aras a otra dimensión.

Con el tiempo, el hombre blanco loco como algunos le apodaron, comenzó a acercarse cada vez mas a la aldea hasta que se convirtió en un integrante mas de la misma. Cuando estuvo inserto en la misma, los otros hombres blancos le interrogaron en su idioma pero este no respondía a ninguna de sus preguntas, incluso usaron de un interprete de la aldea para que le tradujera al idioma del poblado su mensaje, mas tampoco parecía comprender el idioma de la aldea. Tras insistir algunos días, recurriendo incluso a la violencia física al igual que hacían con los integrantes del poblado que se negaban a responder y que sospechaban que intentaban desarrollar algún movimiento de resistencia, le dejaron en paz y le soltaron por la aldea como quien libera a un perro rebelde.

Cuando este hombre blanco estuvo otra vez andando libremente por el poblado, volvió a actuar del mismo modo, es decir con sus bailes extraños y hablando en aquella lengua desconocida mirando hacía nadie sabe donde. Así continuó durante algún tiempo, y con este transcurso, algunos aldeanos le cogieron simpatía quizás porque sentían empatía ante su situación que tan semejante les parecía a la suya al no contar con la camadería respecto a los otros hombres blancos. Además, al final este tipo vivía en el poblado como uno más, y aunque no colaboraba activamente en la explotación de la tierra y de los animales, sus locuras y sus movimientos extravagantes les hacía más llevadera la situación de esclavitud en la que estos se encontraban.

Hasta cierto punto esto beneficiaba a los colonizadores porque suponía un entretenimiento pasajero que les servía para que continuasen trabajando para ellos sin tanta queja ni desvanecimientos, pues como en sus escasos ratos libres se entretenían observando las extravagancías del hombre blanco loco, por paradójico que pudiera parecer esto les animaba a seguir con vida a pesar de su penosa y precaria situación.

Todo continuó así hasta que en determinado días tras el paso de algunos meses, alguna gente procuró dar una interpretación a la presencia de aquel hombre blanco. Los aldeanos se reunían en torno a él con cada vez mayor frecuencia, incluso en las horas de trabajo, y se quedaban absortos en sus desplazamientos y movimientos, casi hipnotizados cual si buscasen la interpretación de algún surrealista sueño. Especialmente por las noches se formaban inmensos coros, en los que además se añadía una fogata para que aquel hombre tan raro se desplazara en circulos al rededor de la misma, usando de sus manos como si fueran castañuelas, y de sus brazos cual jabalina que se inclinaba en dirección a las llamas, siguiendo su ascenso hacía inhóspitos e invisibles lugares.

Al final, algunos aldeanos decidieron consultar tal situación a los ancianos que eran quienes interpretaban el oráculo y mantenían vivas las tradiciones, y pese a que las acciones de estos se encontraban acotadas por las reglas establecidas por los misioneros, aún actuaban al margen de esa ley que ellos por motivos obvios consideraban lejana y con la cual no se identificaban. Pero como iba diciendo, finalmente optaron por compartir lo que sabían de aquel loco con los ancianos, y tras largas deliberaciones con el oráculo e interpretando las indicaciones del mismo, llegaron a la conclusión de que aquel blanco era la reencarnación de un dios menor que todavía no había sido identificado con algún elemento en concreto, mas que venía en ellos para indicarles que en el porvenir se darían cambios en su modo de vivir.

Las gentes de la aldea consideraban tal interpretación un tanto vaga en tanto que estos cambios ya se dieron forzosamente con la llegada de los primeros hombres blancos, que les trajeron unos papeles prensados en una tapa y que les dijeron que ahí vivía un dios, lo que posteriormente fue convirtiendose en una obligación una vez que vinieron otras clases de blancos, unos uniformados y otros cargados por una pesada toga que les comunicaron que sus tierras ya no eran suyas y que debían obedecerlos por mandato de unos lideres que ellos ni conocían ni reconocían, pero que se vieron obligados a seguir debido a la represión que estos ejercieron. Mas, por otro lado, los aldeanos pensaban respecto a la cuestión de la aparición del otro hombre blanco: ¿Quienes somos nosotros para discutir las decisiones del oráculo interpretado por los ancianos? Si este es el mensaje que han descubierto en relación a este asunto, algo de verdad habrá en ello. De lo contrario, ¿Para qué nos lo hubieran dicho de tal manera entonces? No tendría sentido.


Después de estas consideraciones, los aldeanos aceptaron la presencia de ese blanco loco como algo natural, como un designio que nadie podía comprender pero que debía respetarse. Cada vez se sintieron mas cómodos en su presencia, se acostumbraron a sus movimientos gratuitos e incluso se sentaban a su lado y le invitaban a comer lo que ellos mismos habían cultivado sin su ayuda, como también la carne de la matanza tras terminar determinados ritos, o le daban de mascar hojas, y si en su defecto encontraban los cigarros a medio fumar de los guardias blancos, le ofrecían algunas caladas. Comenzo a darse una suerte de camadería entre ellos, y aunque no podían comunicarse ni entenderse ya sea con la palabra o con los gestos corporales, sentían que podían comprenderse desde un sentido interno que podríamos determinar que era una especie de intuición que se fue desarrollando con el paso del tiempo.

Esta situación fue incomodando a los colonizadores por diversos motivos, el más directo era que ese blanco bailarín distraía a los aldeanos de sus tareas de explotación, lo que hacía que se pudiera exportar menos materia prima a sus países, mas también otro motivo quizás mas indirecto, o al menos implícito, que les irritaba era la familiaridad y el trato cordial que se ofrecían mutuamente. Mientras que ellos trataban a los habitantes del poblado peor que a los animales y no tenían intención de comunicarse o de hacerse entender, este otro blanco sin necesidad de una comunicación directa les trataba como iguales. Es decir, lo que les daba rabia era que ese blanco considerase a los aldeanos como personas, que no les tratase con violencia y que encima la gente lo aceptase como algo natural.

Tal situación llegó a su cúlmen cuando en una de las celebraciones rituales, los aldeanos hicieron participe de las mismas al hombre blanco loco, incluso le pusieron una corona y en el desenfreno producido por el alcohol natural, se animaron a bailar con el imitando sus movimientos a la perfección. Además, sorprendentemente, este blanco rindió tributo a los ancianos adoptando una postura inclinada en su dirección, lo que congratuló a estos ya que por primera vez pudieron entenderse explícitamente entre sí, acotando así las distancias que parecían que les separaba en un principio.


Obviamente, para los otros blancos, esta situación fue el colmo porque para ellos suponía que uno de los que compartía la tonalidad de su piel se doblegaba al poder de aquellas gentes, lo que indicaba que se hacía semejante a ellos. En su opinión, eso no podía tolerarse y tenía que detenerse lo antes posible de cara a que quizás con la simbología que se derivaba de tal situación los habitantes de la aldea les perdiesen el respeto pensando y actuando como si todos fueramos iguales cuando según ellos pensaban eso no podía ser así de ningún modo. Era su civilización la que había aplastado a la otra, su modo de vida y sus cosmovisiones eran superiores porque habían logrado imponerse, no podía tolerarse en lo más mínimo acciones semejantes. Aunque lo más obvio era pensar que, encima teniendo esto en cuenta, les distraría de sus obligaciones haciendo que el trabajo fuera mas lento. Un esclavo no podía ser feliz de modo alguno, la felicidad les podía hacer pensar en la libertad porque incrementaría su ansía de soñar.

Así que, debido a esta situación, un día los aldeanos encontraron el cádaver del hombre blanco. Por los rastros de sangre coagulada que se encontraban en su cuerpo y los signos de violencia que auguraban, dictaminaron que había recibido una gran paliza antes de morir, después de darle de palos hasta agonizar, le habían subido a un árbol, y con una cuerda, le habían ahorcado cortándole la respiración hasta morir. Los guardias blancos se desentendieron del asunto, y al igual que ocurría cuando encontraban a un nativo muerto, encima echaron la culpa a la gente de la aldea diciendo que habían sido ellos quienes le habían matado. Mas todos sabían que en modo alguno era así, ya se olían las ganas que tenían de acabar con la vida del blanco loco en las miradas de iracundia que los guardias le echaban en cuanto le veían pasar. Sabían que habían sido los colonizadores quienes le habían asesinado como también hacían con los miembros de la aldea en cuanto se les encaprichaba por el motivo que fuera.

Ante el cádaver, uno de los ancianos mayores caminó en su dirección y situó su bastón sobre su frente, declarando las siguientes palabras:

- Este es un designio. Quiere decir que en el futuro los blancos seguirán matándose entre sí por diferentes motivos, ya sean debidos a sus ideales o a la envidia que nace de todo poder. Para nuestro pueblo esto implicarán cambios en lo sucesivo, han llegado los tiempos finales que darán cabida a otro tipo de comienzos, se abrirá el camino a una nueva era que supondrá un salto en el conocimiento respecto a lo que hasta ahora pensabamos. Ya en lo que respecta a este hombre blanco que ha sido asesinado por cuestionar su carencia de color, a partir de ahora dejará de ser denominado "hombre blanco loco" para pasar a ser "africano blanco" Será el primero y el último que tendrá susodicho nombre entre nosotros al tratarse de la reencarnación de un dios menor como dictaminó el oráculo. Así sea dicho.

Finalmente, optaron por enterrarlo siguiendo los pasos rituales de su propia tradición, y a a los años, desenterraron su cadáver para extraer su cráneo y ponerlo sobre la pila que componía las restantes cabezas de miembros pasados de la aldea. Concretamente sobre aquella que hicieron en honor a todos los asesinados por el colonialismo, y que marcaron con una señal de arcilla roja para hacerlo identificable en los años sucesivos. Ahí quedaba el legado de todos aquellos que sufrieron tal tremenda injusticia durante el proceso colonial que resultaron muertos a consecuencia del mismo debido a que unos hombres blancos que consideraban que tenían el derecho de oprimir a las gentes decidieron un día imponer sus costumbres a la fuerza, provocando innúmerables muertes que nunca podrán recuperarse.

Y aquel cráneo marcado con arcilla roja era del único blanco que fue victima del colonialismo, y que por ello, fue rebautizado de hombre blanco loco a africano blanco.


martes, 1 de octubre de 2024

Desde el abismo: Una colección de poemas

 - En las noches oscuras pequeños seres

susurran bajo las almohadas 

de los melancólicos soñadores

palabras que no es posible reproducirlas.


A veces son dulces como nanas,

otras son tan crueles que saltan lágrimas,

mas todas ellas encubren la manifestación

de espíritus de otras épocas.


Se estremecen los durmientes con tales

enígmaticas sílabas de un idioma

que desconocen durante el día,

pero que en la noche interiorizan.


Así en sus sueños emergen extrañas

formas que se contorsionan adoptando

posturas imposibles y secretas muecas 

que adolecen al ser reinterpretadas.


Negras sendas caminan en la onírica

que les conducen a goces infernales,

tornándose lo que al principio

era plancentero en una eterna pesadilla,


de las manos de hermosas hadas

rescatan suculentas ambrosías

que al rato de ser degustadas

se convierten en caducas pócimas.


Tiemblan los cuerpos, se quiebran

las almas consagradas al culto

de lo impío y de lo blasfemo,

de la lujuría y de la curiosidad inquieta.


Nada de esto recuerdan al despertarse,

a excepción de una amarga sensación

que les recorre la mente y que no se

desvanece hasta la caída en la ilusión del día.


- A Lucifer


En el cielo del Cielo andaban volando

innúmerables ángeles, pero quizás

el que más destacaba por belleza

y agudeza a la par era uno llamado

Lucifer, cuyo único defecto a ojos

del Absoluto que todo lo gobierna

era su picaresca y rebeldía.

Mas a pesar de ello, era el predilecto

por hermosura y gallardía, algo

que no sólo demostraba en su presencia

sino también lo cobijaba en su interior

destacándose de sus hermanos

demasiado iguales, demasiado obedientes.


Sin embargo, en un día sin tiempo

de la eternidad, el Rector principal 

decidió crear a unas criaturas llamadas

hombres, lo que produjo una sensación

de recelo y de melancolía en Lucifer

ya que le recordaban lo peor que tenía él:

una curiosidad innata y una tendencia

a escalar cumbres vetadas.

Y así, los rechazó, se negó a tener

que cargar con ese mal recuerdo

que arrugaba sus facciones,

sometiéndole a una desdicha 

que le haría adquirir un comportamiento

deleznable, dejaría de ser ejemplo

para los restantes ángeles.


Esta contrariedad desde la creación

hizo que quisiera ascender cotas

que le estaban veladas para alejarse de ellos, lo que a la larga sin extensión

oscureció su semblante, trastocando

su valía interna en temeridad lo cual

entristeció enormemente a Dios

puesto que tenía grandes esperanzas

en el porvenir infinito de su predilecto.

Tras largas deliberaciones al final

le dijo: "Será mejor que te vayas de aquí

y que a partir de ahora tomemos

caminos aparentemente distintos,

y ya que tanta molestia te causan

los hombres, vive con ellos y algunos

te adorarán a ti, y otros, a mí."


Al principio, Lucifer se negó, gritó

exasperado por tamaña decisión

que le alejaría de su Señor, mas

finalmente optó por aceptar

tan doliente propuesta, así

que se suicidió desde lo alto de los cielos

para acabar cayendo donde habitaban

las extrañas y pérdidas criaturas.

Desde entonces, aquí vive ayudando

a los hombres en la medida 

de sus posibilidades, siendo aceptado

y negado desde diferentes enfoques,

mas a pesar de ello, cuando estos seres

mueren, a sus más queridos entre ellos,

los lleva ahí donde reside Dios, y les dice:

"Ojalá logres vivir aquí durante mucho

tiempo, si es así dile al que está

en el trono que me haga volver.

Pero si te hacen descender por sus

designios divinos, yo aquí te esperaré

para que nos lamentemos juntos."


- Pocas cosas me placen tanto

como el encerrarme en mi habitación,

clasurar los párpados y hundirme

entre almohadas para dormir.


Esto no lo hago ni por pereza

ni por mera holganocería, sino mas bien

porque mis tristezas internas son tantas

que la oscuridad de mi cama me reclama.


No se trata de una banal búsqueda

del descanso, es lo que se produce

cuando se cierran los ojos en la noche

y las horas pasan sin advertirlo.


Es así cuando algo divino

se comunica con mi mente y produce

aquello que denominamos sueños,

elevándome a abismos muy altos.


Durante ese tiempo arrebatado

por ignorada e inconsciente inspiración,

nace otro yo, otra habitación, otros cielos

invocados por ángeles caídos de eternos tiempos.


Acudo al mundo de los sueños

como quién corre tras una esperada

cita, un encuentro tan sanador

como pailativo para almas atormentadas


Las melancolías se disipan, los rencores

se olvidan y se da cabida a oníricos

misterios que mantienen a corazón

y a imaginación cautivadas.


En el sueño nada me perturba, todo es

tan natural como la luna que alumbra.

Sólo temo el final de tal dicha,únicamente espero que se eternice para no despertar nunca.


- Cuerpo ardiendo, sudor frío.

La cama está empapada

de divagaciones exquisitas.


Visión nublada, voz quebrada.

Un mundo incomprensible

que sólo da pie al desconocimiento.


Pasos temblorosos, miembros inquietos.

Desconozco el final de la senda,

y del principio ya no me acuerdo.


Mareo corporal, mente abismal.

La quebrada insondable

sólo puede conducir a lo ilimitado


Ojos llorosos, sentimiento contenido.

Ya no reconozco quién soy yo,

y los demás parece que tampoco.


Cuando atenaza la enfermedad,

y uno se acostumbra a ella

hasta el punto que la hace compañera,

sus visitas terminan por volverse

cada vez más frecuentes.

La última será en el regazo

de la ansiada muerte.


- Cuando la noche se torna esmeralda

yo surjo de las profundidades del sótano

de forma tan tenue como el deslizarse

de la sombra al ganar terreno la luna.


Mis miembros se van contorsionando

en violentas sacudidas y cambios

repentinos de postura, demostrando

cuan viva se encuentra la muerte.


Escapo de mi guarida para aterrorizar

a quienes osen traspasar el umbral

entre la cordura y la locura, dando

azarosa sentencia a los miedosos.


Si me ven siempre se produce idéntica

reacción, lanzan un grito temeroso

que yo respondo con alarido

que proviene de los sárcofagos infernales,


después huyen despavoridos dejando

sangre del pavor por el suelo que pisan

mientras que yo voy tras ellos, unas veces

aceleradamente, y otras con lentitud.


Mas al final, siempre les atrapo y cuando

esto pasa mis garras les trapasan

sus finas y blanquecinas pieles

cual si desgarrase una fruta recién caída.


Así voy a mis anchas a través 

de los dominios nocturnos haciendo

del mal un bien y del sufrir un placer

porque así lo ordena un cabrón.


Soy una bestia que despliega su ferocidad

con mas intensidad en la oscuridad,

y que cuando comienza el día se repliega

en la tumba de los deseos y de los sueños.


- Al cuervo universal


Se posa sobre verjas oxidadas

escutrando horizontes que están

velados a los iluminados.


Despliega sus negras alas

cual si fueran una colección de penas

cantadas por poetas nostálgicos.


Aparece sin aviso previo anunciando

futuras desgracias para los diestros

y ganancias en el porvenir para siniestros.


Pero cuando el cuervo se queda

en una inmensa soledad, este piensa

cual será su final al recordar

la muerte de tantos de sus hermanos.


Mas cuando el cuervo se queda

en una tremenda soledad, este no puede

evitar que una lágrima se deslice

por sus oscuros ojos y moje sus sombrías plumas.


Planea por un cielo bajo

manteniendo su cabeza apuntando

a un punto fijo en la maleza.


Persigue a su presa con insistencia

hasta que acaba exhausta

y engullida en su fino pico.


Nunca se encuentra del todo saciada

y cuando cree estarlo algo reverbera

en su interior provocando punzadas.


Pero cuando el cuervo se queda

en una inmensa soledad, este piensa

cual será su final al recordar

la muerte de tantos de sus hermanos.


Mas cuando el cuervo se queda

en una tremenda soledad, este no puede

evitar que una lágrima se deslice

por sus oscuros ojos y moje sus sombrías plumas.


Nunca es bienvenido allí donde aparece,

en los lugares luminosos le echan

y en aquellos oscuros le temen.


Siempre interpretan su canto

como una risa irónica,

mas realidad se trata de un gemido lastimero.


Los niños se alejan en su presencia,

los adultos recelan de sus pertenencias

y los viejos suspiran desasosegados.


Pero cuando el cuervo se queda

en una inmensa soledad, este piensa

cual será su final al recordar

la muerte de tantos de sus hermanos.


Mas cuando el cuervo se queda

en una tremenda soledad, este no puede

evitar que una lágrima se deslice

por sus oscuros ojos y moje sus sombrías plumas.


Fugaz en las noches, retardado en el día

siempre atraviesa parámos desiertos

que le llevan a prados desolados.


Pica en el suelo allende a las rocas brillantes con un ojo en el suelo, 

y con otro apuntando a lo circundante.


A las veces muchos de ellos se reúnen

al rededor de cádaveres abandonados,

pero casi siempre vuelan solitarios.


Pero cuando el cuervo se queda

en una inmensa soledad, este piensa

cual será su final al recordar

la muerte de tantos de sus hermanos.


Mas cuando el cuervo se queda

en una tremenda soledad, este no puede

evitar que una lágrima se deslice

por sus oscuros ojos y moje sus sombrías

plumas.


- Atravesando el portal predestinado,

llego a la oscuridad mediante la luz

y me aposento en ella cual si fuera

la más inmensa iluminación.

Hace mucho frío y nada puede verse

a excepción de unos rayos azulados 

dispersos en una amplia sala

de la que no se sabe si hay salida.

Tiemblo, me estremezco pensando

allí donde me encuentro, desconcertado

ante el fatal designio que desde lo alto

me tenían preparado desde largos años.

Apenas hay capacidad de movimiento,

sólo mi aliento en forma de vaho

es conferido con un desplazamiento

más veloz que mis propios pasos.

Cadenas, su ruido y presión en todos

mis miembros me advierte que soy

preso de las torturas que invoqué

cuando todavía era un vivo cautivo

¿Qué será de mí? Me pregunto,

o al menos me preocupo por el sino

de una alma arrojada hacía extraños

avatares conversos en cárceles.

Con tiento y algo de arrojo, me arrastro

muy lentamente a través de fangos

sombríos cuyo tacto es roca húmeda

iluminada por la escasez de luz.

A lo lejos escucho algunos susurros

que en la medida que me acerco

van incrementándose en potencia y eco,

hasta retumbar sobre heladas paredes.

Parecen pedir ayuda, exigir redención,

mientras tanto yo callo, sólo pienso

replegándome en las todavía más

tenebrosas cavernas interiores.

Ahora ya sé dónde me encuentro,

señales que me llegan a la mente

en forma de diabólicos torbellinos

y que me dicen que estoy en el infierno.


- Tambaleándome, me voy desplazando

por estas oscuras sendas

que forman parte de eso que suelen

llamar el mundo, o la tierra-infierno.


Aquí soy siempre extraño de mi mismo,

mas sobre todo para todos aquellos

que osan considerarse mis semejantes

a pesar de nuestra distinta naturaleza.


Mis ojos, precavidos, siempre andan

recorriendo cada una de las esquinas

por si en cualquiera de estos días

alguno de ellos pretenden darme una sorpresa.


Soy desconfiado, sospecho acerca

de sus sombrías intenciones pues

nada conozco acerca de estos seres

cuya razón de existir me es un misterio.


Todos parecen darse movimiento

a sí mismos, animados por una deidad

que lejos de divina cabría clasificarla

entre las huestes de criaturas infernales.


Unos muestran su vulgaridad sin censura

alguna, otros a veces se contienen

y sonríen amablemente y algunos 

de los pocos se visten con piel de oveja.


Pero sé que en su conjunto tienen 

por bandera una corruptible huella

que muchos considerarán pecado

y que les antecede en la vida.


Lo tengo comprobado al vislumbrar

sus horrendas intenciones concretadas

en el acto, como también por lo que

callan pero que borrachos confiesan.


Serían capaces de cualquier atrocidad

a cambio de esa gema lóbrega

cargada de maldad disimulada,

de ese premio a la peor criatura.


Lo puedo ver en sus muecas guardadas,

en las expresiones repentinas, en gestos

callados que sólo son silenciados

cuando ojo ajeno se posa en ellos.


Temo, por mí y mis escasos seres

queridos que algún día descarguen

ese rencor tan mal alimentado

por haberlos descubierto en su impiedad.


Quizás, podrían abalanzarse sobre mí

con ira, con saña, con una amenaza

cumplida mientras mantienen ojos

desorbitados y miembros contorsionados.


Por eso, me alejo de ellos cuanto puedo.

Prefiero estar abandonado, olvidado,

borrado de registros civiles para que

nunca me encuentren a través de estos parajes.


- Irremediablemente perdido, vagando

entre desdichadas sombras 

que conforman contornos inanimados.

Disperso estoy en la infinitud del abismo.


Se deslizan mis zapatos como patinando

entre las franjas de aquellas pisadas

del pasado, impulsadas por aquellos

nobles ideales y sueños vanos.


¿Hasta cuando seguiremos agonizando?

¿Tantas miserías alguna vez nos conducirán a la prometida salvación?


Los pequeños pecadores también 

nos merecemos un pequeño cielo

en el que descansar tras tantas

tribulaciones acumuladas en nuestras almas.


¿Hasta cuando continuará esta tortura?

Oh, liberanos tú al que llaman

el príncipie de los desdichados...


Para mí es el mundo fuente de agonías

varias, en cada esquina hay un grito

desgarrador que hace temer al espíritu.

Algún día mi alma quedará sorda.


Para ti esta tierra nuestra se asemeja

a un juego donde las sorpresas

ya están dispuestas de antemano,

de ahí que las tristezas te hagan desternillar de la risa.


¿Hasta cuando seguiremos agonizando?

¿Tantas miserías alguna vez nos conducirán a la prometida salvación?


Los pequeños pecadores también 

nos merecemos un pequeño cielo

en el que descansar tras tantas

tribulaciones acumuladas en nuestras almas.


¿Hasta cuando continuará esta tortura?

Oh, liberanos tú al que llaman

el príncipie de los desdichados...


Cada día un nuevo error ajeno nos hace

estremecer, mas es peor en las noches

donde los propios nos atormentan.

Se presentan figuraciones amenazantes.


Sólo encuentro la felicidad detrás mía,

el presente sólo produce un agudo

sufrimiento cuyo porvenir incierto

podría implicar su cese si lo quieres.


¿Hasta cuando seguiremos agonizando?

¿Tantas miserías alguna vez nos conducirán a la prometida salvación?


Los pequeños pecadores también 

nos merecemos un pequeño cielo

en el que descansar tras tantas

tribulaciones acumuladas en nuestras almas.


¿Hasta cuando continuará esta tortura?

Oh, liberanos tú al que llaman

el príncipie de los desdichados...


Pero no, nunca todo pecado parece

suficiente, cada vez estos van 

incrementando hasta hacerse innúmeros.

Mi saco ya pesa su condena...


Las buenas acciones y los momentos

de contento únicamente son un paliativo

que con el paso del tiempo resultan

todavía peores que la propia enfermedad.


Mira mis llagas, que aún sin ser comparables a tus estigmas,

te claman clemencia y son los testigos

de mis sufrimientos pretéritos.


Por favor, abre la dorada puerta.

Deja que pase un poco de inmundicia

para que así lo brillante resalte,

mi oscuridad hace más potente tu luz.


¿Hasta cuando seguiremos agonizando?

¿Tantas miserías alguna vez nos conducirán a la prometida salvación?


Los pequeños pecadores también 

nos merecemos un pequeño cielo

en el que descansar tras tantas

tribulaciones acumuladas en nuestras almas.


¿Hasta cuando continuará esta tortura?

Oh, liberanos tú al que llaman

el príncipie de los desdichados...


- Un hondo pesar se me acumula

en el pecho, haciéndose tan inmenso

que dificulta el raudo caminar,

que se vuelve un arrastrar de pies.

Tanto me pesa la congoja,

que voy deteniendome a ratos

para recuperar aliento en tanto

que alzo mi cansada mirada al cielo.

Escruto tales alturas con una incertidumbre en los labios temblorosos,

balbuceando palabras indescifrables

que se intercalan con confusos pensamientos nocturnos.

Pienso acerca de este instante

lanzado en aras del porvenir

y en cómo esa última despedida

que es la muerte es a su vez un alivio

a la hora de curar mis males interiores.

Estos actúan como insectos

que me roen las entrañas, siempre

tan traviesos que no les basta

con aletargar mi sentimiento,

quieren también detener mi pensamiento.

Por eso sé que llegará el momento,

que aunque no sea mi hora marcada,

decidiré detenerme por mí mismo,

quedarme quieto y ensimismado.

Será posiblemente en el tronco

de un sauce llorón al sentir

que su naturaleza y la mía se comprenden

en demasía como confidentes.

Ahí me apoyaré, alzando la vista,

deslizando mi mirada a través 

de unas ramas que adornan a la luna

y a sus compañeras estrelladas.

Entonces, cerraré por fin los ojos

y estas tristezas como cuchillas

que se ceban con mi corazón

se curarán instantánemente

para conducirme allí dónde nadie sale.


- En las soledades noctunas

me convierto en enemigo de mí mismo,

y recorro con la mente aquellos lugares

vetados en el estado de vigilia.


Son los recuerdos esas iluminarias

malditas que encendidas desde antaño

se comunican unas con otras

a fuerza de repentinas sacudidas.


Cien chispas y millares de relámpagos

hacen aletargarse a mi conciencia

de tal manera que el menor ruido

provoca un imprevisto estremecimiento


Más allá de la verdad

está la oscuridad del despertar,

ese sarcofago maldito.


Carezco de sentimientos

mientras dura la maldición del sueño,

aquella realidad alterna.


Y todo ello, por mantenerme puro

en un mundo de ignominia y fantasía,

cuya eternidad es un instante.


Esa mirada procedente de las tinieblas

sólo puede implicar el resurgimiento

de una bestia de los bosques,

aquella que incluso con la risa desgarra.


Los gritos del fondo del laberinto

no provienen de sus entumecidas fauces,

son más bien sufrimientos del pasado

que retornan en sucesivas grabaciones.


A veces, me cuesta diferenciar

los sollozos de las exaltaciones

se alegría. Tan confuso estoy

que la felicidad y la tristeza me resultan hermanas.


Más allá de la verdad

está la oscuridad del despertar,

ese sarcofago maldito.


Carezco de sentimientos

mientras dura la maldición del sueño,

aquella realidad alterna.


Y todo ello, por mantenerme puro

en un mundo de ignominia y fantasía,

cuya eternidad es un instante.


Cuando me creía en compañía

el replandor se las estrellas

me revela que en realidad siempre

me he encontrado en plena soledad.


El conjunto de imagenes, sonidos

y sensaciones no son otra cosa

que impresiones huidizas nacidas

de mis imaginaciones interiores.


Aún dura el hechizo, la figuración temblorosa que repta por el hielo

cual criatura de un mundo que es anterior

tanto en tiempo como en originaria desdicha.


Más allá de la verdad

está la oscuridad del despertar,

ese sarcofago maldito.


Carezco de sentimientos

mientras dura la maldición del sueño,

aquella realidad alterna.


Y todo ello, por mantenerme puro

en un mundo de ignominia y fantasía,

cuya eternidad es un instante.


No temo el sacrificio de la luz,

de aquel fuego primigenio, si tras

su apagón da origen a la escapatoria

del ego y sus vanidades.


No quisiera que el sol dejase de alumbrar,

mas entiendo que su existencia

es un suspiro a ojos divinos, algo

que resulta inevitable hasta para humanas potencias.


Vagamos por parajes que nos resultan

conocidos hasta que tras ellos se abre

un velo tan transparente que nos muestra

el desconocimiento perpetuo, la gran mentira.


Más allá de la verdad

está la oscuridad del despertar,

ese sarcofago maldito.


Carezco de sentimientos

mientras dura la maldición del sueño,

aquella realidad alterna.


Y todo ello, por mantenerme puro

en un mundo de ignominia y fantasía,

cuya eternidad es un instante...


- Al final de la escalinata se encuentra

un harapiento mendigo con una maliciosa

mirada, cuya esencia secreta es escrutar

aquellos oscuros rincones para elegir

allí donde se aposenta para pasar la noche. No teme la oscuridad, mas bien

está tan acostumbrado a ella

que la ha asumido como una segunda

naturaleza, tanto se asemeja a sí mismo

esas sombras despechadas.

De día, recorre las calles agachado

y con sus brazos cruzados en la espalda,

procurando pasar desapercibido

entre la muchedumbre cual Judas moderno. Pero, en la noche, este

se encuentra navegando en su elemento,

adelanta las manos y se desliza

con gran soltura entre avenidas.

La gente le mira con extrañeza, 

sin permitir un punto intermedio

entre la rabia y la pena, tanta contraria

sensación causa en los viandantes.

Sin embargo, él es ajeno a todo ello,

o al menos se hace pasar por un ignorante, que calla todo desprecio

y compasión para contentarse

con aquella esquina acogedora.

Pareciera que recibiera un castigo

divino, proveniente de aquellos cielos

que con el sol son tan esplendorosos,

y que con la compañía de la luna

se tornan cuento de misterio.

Mas en realidad él se siente dichoso,

cree que más bien es una especie

de premio troncado en salvación

a medias, una instancia intermedia

entre el fulgoso paraíso y el sombrío infierno. Eh tú, que nos contemplas

a todos desde tus inmensas alturas:

¿Hay alguna explicación a esto?

Dime tú nazareno, ¿Un hombre así

sería admitido en tu reino?


- A Judas


En el desierto una sombra que pasaba

fugaz lograba espantar hasta a los

demonios antes de que estos propusieran

cualesquiera tentación alguna.

Pelirrojo, de semblante deformado,

cojo con la espalda doblada y de facciones oscuras, iba de un lugar 

a otro siendo rechazado por todos,

incluso por los ladrones y maleantes.

Su nombre era Judas, y su apellido

Iscariote, probablemente huerfano

desde nacimiento y en vísperas

de separarse de una mujer que de tanto

despreciarle le dejó sin descendencia,

decidió unirse a los discipulos del Cristo.


Al principio, todos ellos desconfiaban 

de él en primera instancia por su fealdad

y en segunda por su afición a mentir

y a fabular sin próposito evidente,

pero una serena sonrisa cómplice

entre Cristo y San Juan logró que fuera

en cierta manera aceptado entre ellos.

Nunca llegó a integrarse del todo,

pues siempre fue considerado 

un monstruo de desconocidas intenciones, que no casaba con nadie

a excepción de con la perpetua duda 

e incertidumbre de Santo Tomás.

Mas en su interior, en ese corazón

maltrecho y deforme, maltratado

por la vida y sus semejantes, había

una rara bondad escondida que ansiaba

fundirse con la totalidad del Espíritu Santo. En verdad, amaba a Cristo

como sólo lo haría un hermano, quería

ir hasta su Reino en los Cielos 

para poder aunarse con una totalidad

que siempre le rechazo en este mundo.


Por despecho, traicionó a su Maestro 

a cambio de unas viles monedas

que poco después le pesarían

y le remorderían la conciencia

hasta que su desdichada mente

se rompería en millares de fragmentos.

Al ver a Jesús agonizar en la Cruz,

ya comenzó a sentir los pinchazos

de los perfidos males interiores,

mas cuando ya espiró su dolor

se acrecentó tanto que recurrió

al suicidio, a la mutilación del yo.

Colgándose de una desvalida rama,

se despeñó en los abismos del olvido

como todos los perdidos, sólo siendo

recordado por hermanarse con Satanás.

Pero no se engañen queridos amigos,

hay quién tiene compasión y sabe

perdonar cuando se conocen 

las intenciones, por ello tengo por cierto

que Dios con él lo hizo y que aunque

en tierra se dice que fue un canalla,

ya reposa en el Paraíso sobre un trono

justo al lado del Primogenito que amó

por encima de sus propios pecados.


- A la luna liberadora.


La vida es un cúmulo de penas

que van tomando forma de cadenas,

y que sin nosotros mismos saberlo

nos van pesando con cada paso.


Se arrastran los hierros por los suelos,

provocando chirridos y crujidos

cual si cantasemos para nuestros

adentros y el metal fuera el instrumento.


Pocos son capaces de interpretar

una canción así tan díficil de comprender,

y pese a que todos la oyen cada noche

su procedencia es extraña e ignorada.


Aún con ello, hay quienes agudizan

sus oídos por si captan su sentido,

otros se esconden temerosos,

mientras que algunos otros hacen como si no existiera


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cuando los desdichados lloran sus penas,

ella los consuela lanzando sus rayos

liberadores, y así los perdidos 

se reconfortan sintiendose por vez primera comprendidos por tan bella mujer.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Esta existencia es una pesadilla,

pues en cada inhóspito escondrijo

sale un horrendo monstruo intentando

devorarnos sin matarnos del todo.


Por eso nos vamos desangrando 

poco a poco, dejando por el suelo

rastros sangrientos que nos señalan

el regreso a un hogar imposible.


Las señales de sangre, con el tiempo,

terminan por convertirse en pinturas

detestables, obras malditas

que nos recuerdan sufrimientos préteritos.


Nadie las comprende, ni siquiera nosotros

mismos puesto que sus trazos están

impresos sobre lienzos que ya no

recordamos después de tantos años.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cuando los desdichados lloran sus penas,

ella los consuela lanzando sus rayos

liberadores, y así los perdidos 

se reconfortan sintiendose por vez primera comprendidos por tan bella mujer.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cada respiración lanzada es un presagio

de muerte, con nuestro aire firmamos

el eterno contrato que dotándonos

de vida nos conduce a la extinción última.


Pocos son conscientes de esta condena,

y la toman como si se trata de un juego

que habría que aprovechar cuando

en realidad es una maldición auto-impuesta.


Comprueba esta mancha negra,

esta desidia, los postreros estertores

de los seres agonizantes, aquellos

que han sido asestados por las fatigas.


Sólo hay una vía interpretativa de este

abatimiento interiorizado, y no es otra

que el sentido del sinsentido, la razón

de la sinrazón de esta desdichada vida.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cuando los desdichados lloran sus penas,

ella los consuela lanzando sus rayos

liberadores, y así los perdidos 

se reconfortan sintiendose por vez primera comprendidos por tan bella mujer.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Hace tiempo que nos han olvidado,

mas paradójicamente a veces somos

perseguidos, señalados incluso, por

aquellos mismos que nos desterraron.


Lejos de sentir compasión, se ríen

de nosotros, de este sufrir insensato

que ellos mismos nos han impuesto

sin que hayamos podido decidir nada.


Por ello procuramos apartarnos,

alejarnos lo máximo posible del sonido

de sus burlescas voces para evitar

una mutilación del corazón.


Queremos escondernos de su nefasta

presencia porque cuando aparecen

sin ser llamados, sólo somos capaces

de gritar para pedir el auxilio nocturno.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cuando los desdichados lloran sus penas,

ella los consuela lanzando sus rayos

liberadores, y así los perdidos 

se reconfortan sintiendose por vez primera comprendidos por tan bella mujer.


Entonces, sale la luna.

Oh, la luna esplendorosa.

Calma todos los malestares,

cierra las heridas de antaño

y nos conduce al sueño milagroso.


Cuando los desdichados lloran sus penas,

ella los consuela lanzando sus rayos

liberadores, y así los perdidos 

se reconfortan sintiendose por vez primera comprendidos por tan bella mujer.


- Pese a que contengo las lágrimas,

estas se me acumulan formando

el lago de mis propias vacuidades,

de aquellas ilusiones fragmentadas.

Gran pesar, enorme desdicha es la fantasía de quién siendo desgraciado

sueña con la dicha, con la felicidad

imposibilitada ante el acontecimiento.

Segmentos de penurias y de caídas

imprevistas conforman un interior

que está maldito en sí mismo, llevado

a un sufrimiento que es su propia causa.

Pocos advierten, nadie sabe, que

ese semblante reflejado en un cristal

vacilante que se despliega por la vía

de la existencia es un instante detenido.

Aquellos recuerdos tan tristes han

congelado al que fue el último impacto,

volcando frenesí y desdoble en quietud

infinita, unificación de todo lamento.

Mas, aún estando quebrado, golpes

incesantes provenientes de caprichosos

desiginios siguen insistiendo en azotar

aquel ser lloroso y sangrante.

Descuida, me he acostumbrado

a tener al daño por amigo y a considerar

al hastío un aliado, incluso me creo

hermano de la desolación y sus parajes.

Sin embargo, esto no será para siempre.

Llegará algún momento que el cristal

terminará por romperse, dando cabida

a un nuevo sueño destructivo, al fin

de principios y de pasos culminantes.

No temeré entonces, me desplazaré

con cautela, alzando mi mirada

allí donde abarque cuanto le sea posible

justo antes de perecer honorable.


- Silencios imprecisos dan cabida

a interpretaciones esquivas,

que cuando son volcadas al papel

sólo producen confusiones en sus lectores.


La vida y todo lo que de ella nace

es incomprensible, manifestación

de una entelequia superior cuya sustancia

resulta indescifrable a ojos humanos.


Danzan los acontecimientos cual fichas

lanzadas al azar, invocadas por secreto

genio maligno que se desliza dentro

de las mentes inconscientes de las gentes.


Sólo nos duelen los recuerdos incompletos, no damos asentimiento

al instante impreciso del que nosotros

somos productores del sufrimiento.


Oh, infinito principio universal creado 

para desquiciarnos buscando 

mediante una razón que resulta insuficiente, falible como nosotros mismos


¿Hasta qué recovecos se escurrirá

nuestra existencia para que nos demos

cuenta de que todo intento es vano

cuando se trata de simplemente vivir?


- A la bella muerte


Lejos, muy lejos más allá de los montes

una lóbrega luz se esparce a través

de los cañaverales eternos, plagando

al alma del campo de un efluvio oscuro.

Yo, tumbado en la hierba, creyéndome

cubierto y protegido por la espesura

contemplo ese resplandor sombrío

que se va desplazando entre las ramas.

Al principio, lo que fuere tal cosa

parece una mancha morada que revolotea

de un lado para otro, buscando

a un observador incondicional de sus

aventuras andanzas nocturnas.

Mas después, mucho después advierto

que mis ojos se encontraban atrapados

en una ilusión, cautivados por extraña

figuración inventaban en vez de conocer.

Por eso, atenuando mi mirada, apartando

el velo de la ignorancia, enfoco allí

dónde mi visión se encuentra anonadada

y descubro su verdadera pálida iris.

Se trata, en realidad, de una hermosa

mujer que sintiendose desde antaño

muy sola sale a divertirse, a probar

las flaquezas mortales en su seducción.

Sonriente, le hago una mueca, quizás

un pícaro guiño para indicar que

se acerque, y que así pueda disfrutar

de la amena compañía de un interior mendigo que también se siente muy solo.

Por fin ante mí la lleno de halagos,

le digo que su belleza supone todo

un prodigio pero que no desmerece

la inteligencia que dotan sus facciones.

Ella tan contenta no para de reírse

algo sonrojada mientras me cuenta

los secretos de toda la humanidad,

espantándome algunos y otros

dándome una leve esperanza.

Y justo cuando ella iba a posar sus labios

sobre los míos, confundiendo nuestros

dos rostros en un inhóspito semblantes

mi mirada nublada por fin comprende,

y sabe que se encuentra ante la muerte.

Después, todo fue oscuridad... ¡Pero

bendita oscuridad! Sabrosa y desdichada

a la par, me dota de un conocimiento

tan sensual como contemplativo,

tan claro como misterioso...

Sí, la muerte me llevó consigo con un

beso sellado que era veneno y cura

al mismo tiempo: medicina de las tumbas, pócima venenosa del desengaño.


- Otro mundo, uno todavía mayor

se solapa por encima, en las alturas

respecto al infimo que habitamos.


Brillan ahí estelas incandescentes,

se escuchan gloriosos estruendos

y todos sus seres son trasparentes.


Cuentan que en tales esplendores

nacieron todas las cosas de la tierra

cuya esencia es la de ser mero reflejo.


También dicen que allí tal es el día

como es la noche, del mismo modo

es un instante cual lo es una eternidad,


y que todos los aparentemente contrarios

se confunden en una unidad que intercala

dichas y desgracias, risas y lágrimas.


No lo vemos porque estamos ciegos,

pero si supieramos dormir y estar

despiertos a la vez seríamos 

de los escasos sabios que lo contemplan

cuando acuden despejados a los sueños.


- Cuando me siento perdido me cobijo

en espesas sombras, que aunque causan

temor a tantos seres vivos, para quienes

fuímos olvidados cual almas en pena

resultan cuanto menos confortables.

Aquí en la oscuridad todo se ignora

acerca de nombres y de apariencias,

todo se repliega a secretas confidencias

que salen de labios temblorosos

mediante muecas y señales ocultas.

Al poco de llegar a tales oscuros parajes

no es extraño que la duda se intercale

con la ignorancia y sus prejuicios,

provocando un seismo interno que

no es raro que de entrada al miedo.

Pero, al tiempo, esa primera vaga

sensación va desvaneciendose

como la bruma cuando el rocío

se evapora, dando hermoso nacimiento

a una paz imperturbable, hermana del silencio que se dió antes del mundo.

Si uno presta atención a este abismo,

a estos misterioros laberintos ubicados

en un foso sin fondo alguno, sabrá

que aquí hay más verdad que en las plazas, todas ellas plagadas de declaciones vanas que no conducen a nada.

También, uno va averiguando en el

deslizarse de esta eternidad inocua

que teologos y lideres religiosos estaban

equivocados al situar el infierno

en las profundidades subterraneas,

pues en este plácido lugar tan récondito

Dios a las veces se hace ver para

que degustemos de su secreta esencia,

y del diablo todavía ni le vimos ni oímos

hablar en nuestros entaponados oídos.


Cierra los ojos, conten la respiración

por un momento, abre tus manos

y sabrás que en esta mi solitaria

oscuridad hay algo de divino.


- A la seductora tormenta.


Miro en dirección al cielo, contemplo

la formación de las nubes que cada vez

son más negras hasta hacerse

una oscuridad casi inaudita.

Siento como mi corazón palpita deseando

alzarse por encima de sus posibilidades

para así planear sobre aquellas oscuridades como quién se desvanece

por el azar de una mala caída.

Escucho el estruendo que han formado

aquellas hadas desdichadas, han

lanzado un hechizo en forma de maleficio

invitando a los perdidos a su convite.

Mis ojos, tan asombrados como absortos

en el paradójico resplandor, se abren

ensimismados en la inmensa sombra

que quiere demostrar que está viva.

Relámpagos que construyen rayos,

rayos que se incrementan en truenos,

truenos que se elevan hacía el estruendo

violento que se dió en la creación.

Yo aspiro a tu impetú, a tu desatada

tristeza que ahora es furia, a ti

ensimismada en el rencor del adíos,

a ti llorando hasta gritar de desesperación

Quisiera abrazarte, estrecharte en mis

brazos para que de tanto apretarte

debido a la emoción demasiado contenida tú implosionaras todos

mis organos en millares de particulas

repartidas en ese abismo sin fondo

que ahora es tu corazón desde antaño.

Sí, bésame con esa electricidad

desquiciada para hacer de mi misero

cuerpo un mero conducto de sangre

hirviendo en un frenesí de locura infernal,

ahondando con tu lengua enferma

en mi sesos repartidos en diversas zonas.

Ámame destrozándome, quiéreme

clavandome la aguja del sino fatal,

adoráme disparando la última bala

de la ruleta durante su última vuelta.



Quisiera ese final, oh tormenta mía

que te formaste en el atarceder

con mis lágrimas.


Llevame allí donde la nada es,

oh tormenta primigenia, que eres

gracias a la tristeza del mundo.


Soñemos juntos, oh tormenta melancólica que renaces cada vez que alguien siente honda pena.


Mátame, sí mátame oh tormenta pasajera

para convertir todo este sufrir

en una alegría que entiende de buen fin.


- Dicha y destierro son dos estados

que únicamente existen en el humano

pecho cuando se reviven recuerdos

encerrados en el circulo del corazón.


Pocas cosas nos alientan a la par

que nos defraudan como el asomarse

a aquel foso sin aparente fondo

semejante a un baúl abandonado.


Mas en las noches ociosas cuando

intentamos invocar el sueño este

parece relucir con un brillo diferente

que nos conduce a rastras hasta su entrada.


Ahí ví nacer y morir a mi abuelo,

contemplé la venida y la salida

de mi padre, el tambalearse 

de toda una casa para reconstruirse,


como también el abrirse y el romperse

incesante de mi corazón en el amor,

o esa sonrisa que a las veces vierte

unas lágrimas absorbidas por mis labios.


Tantas cosas inmensas que son pequeñas, y otras nímias que acaban

resultando tan importantes medran

reviviendo a uno interiormente.


Sentimientos y pensamientos drenan

el hálito de la vida, mas sin ese

constante desfallecerse ya hace tiempo

que habría muerto de pena.


Supongo que después de todo sólo

queda asomarse a esa abertura

que late balbuciente como un bebé

ya demasiado anciano.


Lo haré con tiento, poco a poco,

no vaya a ser que después de todo

si acabase siendo demasiado brusco

todo terminase en la nada con la que empezó.

martes, 3 de septiembre de 2024

Mordisco

 Sé que soy un tipo un poco raro. Lo sé porque mis supuestos semejantes me lo han dicho muchas veces, tanto antes como después de la transformación que tuve. Al principio solía torturarme con esta idea, pensando que suponía una especie de desventaja ante los demás, pero con el tiempo he ido dandome cuenta que es todo lo contrario. Cuando uno es demasiado ordinario se acaba volviendo predecible, y eso implica que a la larga se hace vulnerable en tanto que cualquiera con un poco de intuición y de experiencia es capaz de saber cual es su proximo movimiento. Digamos, que, cuando uno de conduce de forma normativa, por ejemplo en un combate cuerpo a cuerpo, acaba siendo derrotado facilmente sólo porque usa las mismas técnicas que los demas, mientras que por otra parte, si uno adopta sus propias maneras rozando casi lo excéntrico es muy posible que desconcierte a su rival, y que incluso, este acabe huyendo teniendo a tal loco ante sí.

Esta rareza mía ha supuesto toda una ventaja en ese sentido, pese a que haya conseguido ahuyentar a alguna gente de la que yo no tenía intención de infundir ese temor. También dicen de mí que estoy loco, que mi modo de entender la vida linda con lo irreal, y que jamás lograré ser comprendido por nadie. Eso es verdad también, como verdad también es que en un comienzo tales declaraciones me turbasen del mismo modo que mi carácter esperpéntico. Sin embargo, de ello, a su vez también he logrado sacar ventaja y me ha permitido acostumbrarme a la soledad hasta el punto de valorarla cual preciado tesoro. Cuando uno está siempre acompañado se hace indefenso, ya que las compañías no son siempre del todo fiables, y además la pérdida de las mismas puede comportar una turbación de la mente y del corazón de la que es muy díficil desasirse. Pero, no obstante, cuando uno anda siempre solo se libra de todos estos escollos, a la par que asume la responsabilidad de todas sus decisiones y acciones, pues ¿A quién podría echar la culpa de cualesquiera error si se hallaba completamente solo desde el principio?

Mas, aunque tengamos nuestros propios patrones y parámetros, estos no siempre se tienen que cumplir por necesidad y a la fuerza. A las veces, pese a que uno tenga su particular cosmovisión, carácter y modo de hacer las cosas cotidianas, ocurre que uno sale de sus costumbres porque sí, de manera irracional y sin motivo alguno. Aquella fue una de esas ocasiones, puesto que azarosamente decidí pasarme por una feria que se encontraba en uno de esos pueblos cuyas fiestas patronales son olvidadas por el resto del continente. Ahí me hallaba yo, plácidamente moviendome de un lugar a otro, bien camuflado por si las moscas y observando todo a mi al rededor con cautela, hasta que una chica bastante bajita y albina me saludó como si me conociera. Me extrañó su exceso de confianza, ya que yo no tenía ni idea de quién era ella. Y como si tal cosa, me cogió de la mano cual si fuera su progenitor y me conduzco a una carpa atestada de gente.

Obviamente, yo me sentía bastante incómodo en esa tesitura, ya que como se advierte desde el principio de esta narración, yo no estaba acostumbrado a tanto contacto humano. Creo que mi semblante revelaba esa perplejidad debido a mi contrariedad interna, y aunque la chica albina pareció advertirla un par de veces mediante unas muecas suyas que connotaban extrañeza, al poco parecía que se calmaba porque volvía rápidamente a su primera impostura. En verdad esa chica no dejaba de moverse de un lado para otro, zarándeando así mi brazo como si fuera el extremo de una comba, mientras me explicaba detalles anodinos sobre las fiestas de aquel lugar que me eran del todo desconocidos como podría uno adverirlo en la expresión pasmada de mis ojos abiertos.

Llegado un momento, saliendo de la susodicha carpa, me soltó de la mano y se posicionó frente a mí para decirme que tenía que presentarme a unas personas que me serían del todo agradables. Yo, en tanto, dudaba de la certeza de sus aseveraciones puesto que si ni yo ni ella teníamos claro quién era el uno y el otro ¿Cómo estaba tan segura de que aquella gente me cayera en gracia? Mas aún así, ella insistía indicando,cual si ese dato me convenciera lo más mínimo, que entre esas personas se encontraba su entrañable novio y que quería que lo conociese. No recuerdo haberle respondido nada en concreto, sólo me dejé arrastrar como la vez anterior, mas en esta ocasión en dirección hacía allí donde se encontrasen aquellas gentes.

A los pocos minutos, ya nos encontrabamos frente a esas personas, bajo un pino enorme y de un verde puro, que nos cobijaba con la amplia sombra que nacía de sus desarrolladas ramas enhiestas, las cuales miraban al cielo en señal de advertencia. Cuando ya estabamos posicionados unos frente a otros, soltándome de la mano y señalando hacía un hombre también muy rubio pero muy alto, la chica me dijo:

- ¡Este es mi novio! ¿A qué es impresionante?

- ¡Hey! -terció el otro sin darme tiempo de responder- Así que eres tú del que tanto he oído hablar... Es un placer que te encuentres en nuestra presencia para participar del espectáculo que va a darse en un rato. Seguro que tú mismo serás de los primeros que tomen la iniciativa, hasta el punto de convertirte en uno de sus ejes principales.

Yo, obviamente, no entendía nada de aquello. No sabía ni qué responder ni a uno ni a otro. Además, en primer lugar ¿De dónde salía un tipo tan fornido y enorme? Jamás había visto algo semejante, casi parecía que rivalizase con aquel pino por sobrepasar su altura. Pero, en segundo lugar, siendo este punto quizás el más importante, ¿Cómo pudo hablarle sobre mí esta chica si yo mismo hasta hace un momento no tenía ni idea de quién era ella? En fin, aún así deseché todos estos interrogantes a un lado porque me dí cuenta de que tenía unas imperiosas ganas de acudir al baño. Cada cierto tiempo nuestro cuerpo ha de drenar algunos componentes que portamos en nuestro interior, y que necesariamente han de purificarse para su correcto funcionamiento. Esta era una de esas ocasiones en las que esta necesidad era obligada, y aún teniendo en cuenta que este asunto es cuanto menos escatólogico para la mayoría de las personas, no deja de ser una necesidad biológica ineludible. Así que dejando las presentaciones a parte, les pregunté por el baño y estos me señaladaron un camino que se encontraba en siniestra dirección.

Cuando ya hube encontrado el lugar, me encontré con que había unas colas impresionantes, lo que indicaba que probablemente me demoraría mas de lo esperado de mis necesidades corporales. Los baños eran en realidad una serie de cajas de plásico azuladas colocadas en una serie que hacían una fila, y aunque estas eran independientes entre sí, estaban conectadas por una especie de puente que con la ayuda de unos mecanismos las fundía como si fueran las fichas de algún juego infantil. Deteniédome en estas caprichosas impresiones que no venían al caso en la tesitura en la que me encontraba, sentía que mi entrepierna me advertía que el tiempo apremiaba y que debía de hacer algo al respecto para sofocar su presión. Así que comencé a empujar a toda la gente que estaba en la cola para entrar justo después de quién saliera de una de esas cajas azules. Entretanto, recibí algún que otro insulto, una suma de afrentas que fueron solventadas con algunos puñezados lanzados al aire de forma aleatoria.

Ya dentro de la mencionada caja de servicios provisionales, ví que un montón de niños de unos cinco años aproximadamente que correteaban en su interior de un lado para otro con el frenesí propio de toda la chiquillería. Pensé que así me sería imposible culminar mis necesidades biológicas que ya estaban rozando lo que podría considerarse una urgencia, así que los eché a todos de ahí con unos gritos agónicos que provenían de mi desesperación interna. Por suerte, lo conseguí sin un desmesurado esfuerzo y me posicioné en un retrete para realizar la tarea que me proponía. El líquido de un rojizo con toques anaranjados evidenciaba lo mucho que había demorado mi empresa, a la par que el escozor era espantoso. Casi parecía que un cúmulo de agujas atravesaran mis interiores, y que ya por fin liberadas, me rompieran por dentro produciendome herida cuya cura no se auguraba muy próxima. Pero no hay nada que temer, es normal en mi especie ese color y ese dolor, pese a que debí acudir antes a este santuario para evitar que la sensación fuera de tal talante.

Ya bastante aliviado, suspirando de placer y atreviéndome a dar un amago de silbido, salí de la caja y me encontré un panorama ante mí del todo diferente al que era cuando entré. Toda la zona de la feria se encontraba completamente despejada, ya no se oía ruido alguno a excepción del paso del viento y lo único que podía verse de forma diseminada eran un montón de cadáveres cuya sangre aún borboteaba de sus interiores. Perplejo pero no asustado, turbado aunque sin temor, caminé con cautela por la zona ya desierta cuya única presencia eran los muertos que estaban dispersos sin seguir un orden concreto. Tras inspeccionar susodicha situación, quise encontrar respuestas en una carpa que se hallaba a escasos minutos desde donde me encontraba. Por su tamaño y magniciencia, bien podría advertirse de que se trataba de la carpa principal por su semejanza a un castillo pese a que fuera de tela fundida en plástico y del mismo azul que el de los servicios.

En su interior había todavía más cadáveres, pero que no estaban diseminados aleatoriamente como los que se encontraban fuera en la explanada, sino que estos estaban ordenados a conciencia en una serie de montículos que hacían que estuvieran unos cuerpos unos sobre otros, formando bajo ellos un charco de sangre coagulada todavía mayor que la que podría encontrarse en un cadáver individual de los de fuera por motivos obvios.


Aunque la sala de la carpa estaba oscura, me conducí a su interior animado por unas escasas luces que se revelaban justo en su final, y ahí me encontré a tres hombres desparramados sobre unos sillones plastificados, cual si estos se hubiesen dado el banquete del siglo. En ellos reconocí al enorme novio de la chica albina, que fue precisamente quién se dirigió a mí de la siguiente manera:

- Anda, mira a quién tenemos aquí -dejó liberar una pequeña risita para continuar diciendo- Es una pena que te hayas pérdido la primera parte del espéctaculo, pero no te desanimes que todavía queda mucho por lo cual uno de nosotros puede divertirse. No pienses por nuestro aspecto que no te hemos dejado nada a ti, desde el principio te hemos tenido en cuenta. Sólo espera, y verás.

En estas situaciones soy un tanto impaciente, así que sin demorarme en demasía, me abalancé sobre uno de sus compañeros y dándole un buen mordisco en su yugular, bebí tremendamente sediento de su sangre negra, casi verdosa que se depositó de mis colmillos a mi lengua, deslizándose así hasta mi garganta. Apuré todo lo que pude, apretando su cuello con una de mis garras, y succionando todo con un deleite que sería un tanto complejo de referir sin miedo a equivocación alguna. Y cuando ya terminé, relamiendome los labios con irresistible placer, mi primer interlocutor comenzó a temblar sin ser capaz de reprimir mediante su semblante la mezcla de sorpresa y de pavor que burbujeaba en su agitado pecho. Sólo fue capaz de articular unas pocas palabras señalandome con sus ojos clavados en mí : "¡Detenerle, detenerle! Este tipo no es exactamente uno de los nuestros como pensaba, debemos expulsarle como sea" Con ello consiguió que el otro hombre que estaba ahí saliese escapotado por unos de los lados de la carpa, mientras que él mismo se limitó a adoptar una posición de huida que algo desde su interior le impedía que realizase del todo.

Tomé la iniciativa y dedicí marcharme de ahí con premura, salí de la carpa colándome por la salida que se encontraba justo detrás de aquel rubicundo enorme, y emprendí la huida corriendo lo máximo que pude. Y lo que al principio eran mis piernas atravesando un terreno de tierra reseca para pasar a otro de una hierba salvaje humedecida, acabó por convertirse en el nacimiento de mis alas negras, las cuales me permitieron ascender por encima de un bosque atestado de árboles. Desde las alturas, echando la vista detrás por un segundo, pude ver como aquellos tipos emprendían mi persecución en vano porque mientras ellos corrían fatigados yo me encontraba alzando el vuelo ya muy lejos de su alcance. Mirando hacía el frente pude reconocer al horizonte, que con sus oscuras nubes y sus resplandores morados anunciaban una tormenta nocturna. Aquello causó una dicha profunda en mi pecho que se concretó en una sonrisa reprimida.

Advertirá el lector mi felicididad debido a precisamente lo que mencionaba al principio, pues ya por fin me encontraba con mi rareza propia y mi dulce soledad. No podía quejarme en absoluto, muy al contrario me encontraba tremendamente agradecido por vivir en este estado de aislamiento social. Además, una brisa fresca pasaba por mi rostro en ese momento, y mis ojos ya entreveían que el fulgor de la luna lograba vencer toda bruma y neblina para posicionarse en su correspondiente altura. Alguien que renegase de estos placeres por un instante de aprobación social demostraría cuan necio es, mientras que quién apreciase una gota de este rocío como así un hálito de este viento, podría declararse sin miedo un pequeño ángel quizás caído a su modo.

sábado, 17 de agosto de 2024

Justicia onírica

 

Eran tiempos oscuros, casi nocturnos. Tiempos en los que nadie se fiaba se nadie, donde todos se confinaban en sus casas por temor a los otros y bajo ningún concepto abrían sus puertas a invitado alguno. Se desconoce cómo empezó todo, de donde provenía ese miedo y por qué cada ser humano sobre la faz de la tierra actuó de idéntica manera. Lo único que se sabe es que aparecieron una serie de tribus por todas partes que atemorizaban a las gentes bajo própositos oscuros, y que sin conocer a ciencia cierta de las consecuencias que se derivaban de ser capturados por ellos, todos evitaban que les atraparan, como si esta circunstancia fuera pareja a la muerte misma.

En una de aquellas oscuras noches, yo me encontraba encerrado en mi casa leyendo uno de tantos libros de mi biblioteca personal. A voz de pronto no recuerdo su título, mas sí podría decir que versaba en torno a algo relacionado con saberes ocultos, con aquello tan secreto que es mejor que permanezca en los libros y que no salga al exterior en forma de palabras articuladas. El caso es que yo estaba sentado en una cómoda bien arrebujado de gruesas mantas leyendo cuando alguien dió al timbre, y al notarse ignorado, comenzó además a golpear la puerta con frenesí. Pero no bastándoles con ello, también varias voces al discordante unísono empezaron a gritar con insistencia pidiendo auxilio y clemencia. Temiendo yo que tanto escándalo llamase la atención -pues siempre pasaba que cuando unos llamaban, acababan juntandose más- y que hasta rompieran la puerta, accedí a atenderles con cierto recelo.

- ¿De qué se trata? - inquirí tras la puerta.

Pero millares de voces confusas me respondieron, agitándose en una especie de histeria colectiva que no auguraba nada bueno. Confuso, me asomé con cautela por encima de la puerta, y pude ver a varios amigos del pasado con cara de espanto, y sus frentes, goteantes de sudor frío debido a la desesperación. Ellos me reconocieron, sabían a dónde venían, y por ello, volví a posicionarme tras la puerta dubidativo. Mas siguieron insistiendo pidiendo auxilio, diciendo que estaban siendo perseguidos y que necesitaban un lugar en el que cobijarse. Así que, sin saber qué hacer, opté por dejarles paso advirtiéndoles que en modo alguno entrasen en la casa, sino que se quedasen refugiándose en el jardín.

Acto seguido a estas indicaciones les pregunté:


- ¿Se puede saber qué demonios hacéis aquí?

- Demonios, por eso estamos aquí -me respondió uno de ellos, y continuó- Sabíamos que tú tienes la casa más segura de toda la zona, así que decidimos pedirte ayuda precisamente por eso. Estamos siendo perseguidos por los vindicalistas, esos monstruos que quieren hacerse con nuestra carne.

- ¿Por qué iban a querer devoraros?

- No lo sabemos -respondió otro culminando así la conversación.

"No va a quedar otra, tengo que llamar a los zunhui para pedirles consejo y protección, este asunto me parece cuanto menos extraño" -pensé para mí mismo, y después se lo comuniqué a mis nuevos acompañantes que se limitaron a darme como respuesta semblantes cargados de confusión. Viendo que estabamos de tal guisa, entré en la casa y cobijándome en una habitación apartada, alcé mis brazos mirando hacía la ventana y declame en alto:


"Acudan a mi llamada

aquellos soldados perdidos,

locos enajenados por un hada

y que buscan sombra de destellos.


Vengan a mí los huidizos

zunhui que a cualquiera derrotan,

y que bajo demoniacos hechizos

al enemigo desde dentro explotan"


Al poco de lanzar estas palabras, la ventana se abrió por sí sola animada por un secreto resorte, y a través de la oscura vereda, de los cúmulos de casas silenciosas y de los montes que se encuentran mas allá de las fronteras, se escucharon una serie de rugidos de guerra. Y tras estos, pudo sentirse cómo la tierra temblaba, el viento se agitaba advirtiendo de masas vivas y cada cosa en la lejanía parecía implorar el cese de todo movimiento. Pasados algunos minutos de esta sucesión de ruidos y desplazamientos lejanos, pudo advertirse desde el principio de la calle que gran cantidad de seres marchaban cual ejercito adornado por cascos e indumentaria militar en general completamente barnizada de negro, mientras que sus pasos iban a compás como ocurre con los soldados bien entrenados.

Así que decidí salir yo mismo a recibirlos a comienzos de la calle, saludando a cada uno de ellos con la debida cortesía pese a que se trataba de mis fantasiosos compañeros, y cuando ya me recorrí la primera fila me sitúe al final de la misma para hablar con el más anciano de ellos, el cual tras el mismo saludo cortés me preguntó por el motivo de aquella llamada.

- Han venido unos antiguos conocidos a mi casa, por lo visto tienen miedo de los vindicalistas que les persiguen. No me han explicado el motivo, pero me temo que algo han hecho para que estos quieran vengarse de ellos.

- Así es, siempre hay un motivo -me respondió el anciano, mientras que mirando hacía delante siguió diciendo- Los vindicalistas no hacen las cosas por aburrimiento, probablemente fueron ellos los primeros que les ofendieron. Yo que tú hablaría con ellos en compañía de un pequeño destacamento, y al saber que los zunhui están contigo estarán abiertos a una negociación.

Asentí ante su aseveración, pues consideré que estaba cargada de la debida prudencia, y mientras dejaba que todas las facciones de aquel ejercito se situasen para acampar en el patio, me dirigí a la sección femenina de aquellas criaturas para preguntarles acerca de su opinión sobre aquella situación. Me respondieron que algo sabían al respecto, pero que como no eran datos seguros preferían replegar sus consideraciones al silencio. Además, también me pidieron que al menos un par de ellas me acompañasen junto al destacamento para hablar con los vindicalistas en tornó a la situación. Confirmé con la cabeza, y una de ellas que era muy alta y esbelta se posicionó a mi lado para enseñarme cómo gestaban a sus bebés. Por lo visto, estos estaban metidos en un diminuto barreño de tierra humeda, y al principio eran huesos diseminados por su interior, mas con el tiempo estos fermetaban, desplazándose como las raíces de una planta, y se animaban dando vida a un ser que se parecía a un bebé humano pero muchísimo más pequeño y algo verdoso. Después, se le plantaba de pie sobre barro húmedo, y con el tiempo este iba creciendo hasta que se convertía en un soldados zunhui que sólo requería algo de entrenamiento.

- Y así es cómo tienes a tu ejercito servido -me dijo ella- En nosotras el proceso es bastante distinto, en otro momento si gustas puedo contarte cómo nos formamos, pero me temo que sería muy largo de explicar teniendo en cuenta el tiempo que tenemos. En fin, lo mejor será que vayamos tomando posición como los demás.

Entonces, una vez dentro del jardín, estuve inspeccionando la situación de las tropas junto a sus necesidades. Mis amigos del pasado se quedaron boquiabiertos, no entendían qué eran ni de donde habían salido aquellos seres, incluso pensaban que se trataba de los propios vindicalistas. Yo les dije que no se preocupasen, que lo dejasen en mis manos y que llegaríamos a una solución, mientras que por otro lado iba seleccionando aquellos que formarían parte de aquellos soldados que harían el destacamento que me acompañaría a hablar con los vindicalistas. Una vez elegidos junto a dos mujeres de los zunhui, salimos de las fronteras de la casa para dirigirnos a nuestro destino.

Este no se encontraba muy lejano a aquella zona, sólo había que bajar la calle hasta casi el final, y ya desde ahí torciendo al sendero siniestro internarse en un pequeño bosque cuya entrada se encontraba adornada por dos robles a punto de derrumbarse. Ya en su interior, todo era oscuridad, mas como conocía de aquellas sendas nada temía a pesar de estar rodeado por una especie de neblina y por las ramas caídas de multitudes de especies de árboles. Mientras íbamos atravesando aquella zona nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna, puesto que nos comunicabamos a la perfección con la mirada. Para que el lector se lo pueda imaginar, íbamos el anciano y yo junto a las mujeres zunhui por delante, mientras que por detrás a escasos pasos nuestros el destacamento que antes de salir de excursión había seleccionado para que me acompañase.

Cuando ya llegamos a la zona señalada por nuestras mentes, el anciano zunhui se adelantó dos pasos, y justo desde su posición hizo una indicación alzando la mano para que todos nos detuvieramos. Justo en ese momento, salieron desde la oscura espesura tres seres de gran altura, casi semejante a la de los inmensos árboles que nos rodeaban, y que curiosamente eran semejantes a los zunhui en lo que respecta a su piel oscura y a la severidad casi salvaje de sus facciones, a excepción de la ya mencionada altura, y a que su semblante se encontraba rodeado con una espiral que a su vez tenía varias esferas verdosas que les recorrían toda la cabeza, concretamente les partía por la mitad el rostro respecto a la nuca. Estos parecían al principio inexpresivos, pero acto seguido dirigieron sus ojos amarillentos en mi dirección como cediéndome la primera palabra.

- Veréis queridos vindicalistas -comencé- acudo a vuestros dominios para consultaron acerca de una cuestión que a vosotros atañe -viendo que estos prestaban atención tanto a mis palabras como a mis gestos, decidí proseguir- La cuestión a la que me refiero es que por lo visto unos hombres huyen de vosotros, y estos han acudido a mí, y pese a que me son conocidos por compartir mi infancia, quisiera saber cual es el motivo de vuestra persecución a los mismos. Baste decir que vengo para buscar una solución al conflicto, y para demostrar que mi próposito es buscar la concordia os indico que estos se encuentran en el jardín justo a los restantes destacamentos de zunhui, que como véis me acompañan. Y ahora, si queréis, indicarme vuestro problema respecto a ellos y una posible solución al mismo.

Al acabar de declarar estas palabras me incliné en señal de respeto, aunque levemente para que este no fuera extremado. Y entonces, el vindicalista que se situaba justo en el centro, que por altura y las arrugas que le recorrían por la frente deduje que era su líder, se sentó sobre una amplia roca que se situaba debajo suyo. Calló durante un instante, haciendo señales con la cabeza, que subía arriba y ascendía abajo, evidenciando que estaba meditando lo que le había dicho instantes antes. Cuando parecía que había tomado una resolución, acercándose un tanto a mí me dijo lo que sigue:

- Así es, nosotros los vindicalistas hemos tenido serios problemas con esos humanos. Estos se creen que toda la creación está dispuesta para ellos, y desde que el mundo se tornó tan oscuro, han ido de aquí para allá haciendo lo que gustan. Desde que el hormiguero se ha roto y fragmentado, caminan por todos los lados huyendo de nadie sabe qué, pero causando bastantes destrozos por el camino. Estos queman bosques, rompen el entorno y se mueven sin conciencia de sus actos. Y dió la casualidad que en una de esas ocasiones, esta actitud nos afectó a nosotros los vindicalistas, así que decidimos tomar las debidas represarias. Mas, examinando tus palabras, y observando cierta coherencia en ellas, accedo a un trato contigo y tus zunhui -al ver que yo asentí con la cabeza en señal de qué me indicase sus condiciones, este gran vindicalista siguió diciendo- Así, pues, considero que lo justo sería que bajo tu asentimiento y elección, dejases que matasemos a cinco de los humanos en ritual de sacrificio, dejando vivos a tres de ellos para escarmiento del resto de su comunidad. De tal manera que por un lado cumplirías con tus palabras respecto a ellos, como también lo harías con nosotros, cumpliendo así nuestra justa venganza.

Viendo que eran justas sus condiciones, no tuve que meditarlo mucho, accediendo así a las mismas. Al final era verdad que la actitud de los seres humanos era semejante al de las bestias sin raciocinio, siempre se producían disputas por su culpa, a la par que allí donde pasaban, lo arrasaban. Además, de aquellos viejos compañeros de la infancia sólo guardaba buenos recuerdos de tres de ellos, así que poco me importaba lo que fuera de los otros cinco, los cuales se habían comportado de una forma lamentable conmigo en aquel pasado remoto. Así, que, por un lado cumplía con la justa queja de los vindicalistas, y por otro, lograba devolverles ojo por ojo a esos caprichosos malcriados.

Firmar nuestro trato, y encaminarnos a mi casa para realizar el ritual fueron dos cosas que se resolvieron en una. Y cuando llegamos, comuniqué al resto de los zunhui que esperaban mi decisión cual era esta en tanto que poco después se predisponieron los preparativos cargados de los gritos de angustia de los que iban a ser sacriticados a la par que por los lloros de quienes tenían que observarlo como escarmiento de toda la humanidad. Mientras los vindicalistas hacían de las suyas, descuartizando y haciendo desaparecer a esos desdichados hombres sobre la faz de la tierra, permanecí sereno con una sonrisa impresa en mi semblante pensando en la fiesta que se daría después para celebrar este nuevo tratado de paz entre los vindicalistas y los zunhui ¡Qué bien lo pasaríamos, y cuanto beberíamos para festejar tal feliz resolución! Cantaríamos, bailaríamos y nos volveríamos completamente locos. Sólo nos cabría preocuparnos por la jaqueca debido a la resaca del día después.

domingo, 4 de agosto de 2024

La operación

 En literatura hay una especie de callado debate en torno a sobre qué tipo de personas hemos de escribir, en concreto a si estos supuestos personajes deben ser ordinarios o tan extraordinarios que linden con un heorísmo imposible de emular. Los primeros sostienen que si se escribe sobre gentes que nos podemos encontrar en el día a día al lector le será más sencillo empatizar con ellos hasta el punto de verse reflejado él mismo, mientras que los otros dicen que si uno lee una determinada historia es precisamente para escapar de la vida cotidiana, y que por ello, es mejor optar por los grandes personajes y sus aventuras imposibles excepto para la imaginación. A tenor de este asunto baladí para cualquier persona medianamente seria, he decido escribir sobre alguien que aún siendo lo más ordinario que uno pueda pensar, le sucedió algo que cabría calificar cuanto menos de extraordinario, e incluso terrorífico para muchos. Así pudiera ser que ambas facciones esbozarán una media sonrisa al sentirse complacidos, aunque los más es posible que se aparten de esta crónica como quien contempla algo horrible, casi traumático, pero de lo cual no se olvidará jamás.

Un tipo llamado Miguel, de vida anodina y hasta aburrida se daba su paseo matutino de todos los días. Era la clase de persona que había tenido una vida tan lineal y predecible, que a cualquier escritor le parecería un insulto bochornoso el novelarla, casi un castigo. Por ello, no voy a hacer cómplice al lector de este hastío, eliminando así un esbozo biográfico que más inflaría los carácteres que no añadiría sustancia al asunto. Sin embargo, quisiera que se imaginen lo ordinario de este hombre para que lo que vaya a continuación cobre de un sentido extraordinario. Piensen en un hombre que sobrepasa la cincuentena, más bien gordo debido a su situación acomodada, adornado con una calva incipiente que le va asomando por su ya escaso cabello y que además porta consigo unas ojeras que merecerían un premio en longuitud. Este hombre mientras va paseando tan plácidamente, tan lentamente que hasta una tortuga le ganaría en una carrera, se le va balanceando esa tripa que carga consigo acompañado por un redoble de tambor cual si acabará de salir del circo, también sus pectorales aunque masculinos parecen cargados por una cantidad de feromonas que le otorgan de ese caliz femenino. Él, obviamente no se da cuenta de estos detalles, ya que evita mirarse en demasía en el espejo y además, ha activado una suerte de sistema de autodefensa vital basado en estimarse por otras facultades que no se reduzcan a un componente físico.

Pues bien, Miguel que pasaría desapercibido en alguna aldea remota de los Estados Unidos, caminaba como quién se columbia por la vida, despreocupadamente cual inocente que todavía conserva su alma de niño, hasta que de repente comenzó a sentir unas fuertes punzadas en el estomago. Al principio pensó que se trataba del hambre que llamaba a su estomacal puerta, pero en seguida lo desechó al considerar su ingente desayuno. Parándose en seco para reflexionar, tuvo una mayor conciencia de su dolor, el cual se distribuía por su estómago mediante un cúmulo de descargas eléctricas en un comienzo, que según avanzaban se convertían en millares de agujas que se distribuían por todo su estomago como si sus interiores estuvieran atrapados por una trampa mortal. Esto le hizo pensar que lo más probable es que estuviera malo, así que dió media vuelta para retornar a su pequeña casita.

Una vez en ella, le abrió su mujer, muy entrada en carnes del mismo modo que él, y cuando le narró sus dolores de forma dramática, con la cara desencajada todavía por ellos, esta le respondió que quizás fuera una ulcera por su abuso del picante. Esta explicación le resultó satisfactoria, así que decidió guardar cama durante todo ese día. A la mañana siguiente seguía igual, se fueron pasando los días y las semanas hasta justo dos meses y no notaba mejoría alguna, todo lo contrario. Esos punzantes dolores se fueron convirtiendo en el trascurso de todo ese tiempo en punzones cada vez más gruesos que le penetraban su estomago liberando sus jugos gastrícos en una evacuación forzada, incluso durante ese tiempo llegó a adelgazar unos veinticinco kilos puesto que no comía, es mas ni se movía de la cama a excepción de para necesidades inmediatas como ir al baño o rellenar su botella de agua.

Así, pues, acudió a su medico de cabecera que por ser un buen amigo le dió cita con antelación a otros pacientes, derivandole así a urgencias. Tras el examen dijeron que efectivamente algo no funcionaba como debiera pero que no estaban seguros de qué se trataba, así que ingresaron en un hospital cercano y le hicieron una serie de pruebas. Tras un tiempo, determinaron que tenía un tumor estomacal bastante grave, pero que por suerte se dividía en una especie de redondeles repartidos por su estómago. Aún con ello, lo conveniente era operarle lo antes posible para evitar que se extendiese por la totalidad del organo. Miguel, como podía preverse en una persona harto ordinaria, acogió esta novedad con estupefacción, casi sin saber cómo debía reaccionar, completamente perplejo y hasta desconcertado. Por primera vez en su vida pensó en la muerte, mas por miedo a lo que podría desarrollarse en el transcurso de sus reflexiones, optó por dejar de pensar en ello para agarrarse a la esperanza de que salvaría su vida.

A los pocos días, ya estaba tumbado en la camilla de camino a la sala de operaciones. Se deslizaba con tal rápidez por los interminables pasillos que casi parecía que el enfermero que le llevaba estaba jugando a las carreras con el resto de los enfermeros que portaban otros pacientes, fantaseó con esta idea y esto le imprimió en sus gruesos labios una mueca que evocaba una sonrisa a medio formar. Desde que se puso enfermo, era la primera señal de alegría que había tenido, puede que la esperanza de que iba a recuperarse tras la operación le alentaba a tener una perspectiva más optimista, hasta humorística. Mas aquello duró poco, pues justo antes de entrar en la sala donde se le operaría, apareció su mujer con un semblante cargado de tristeza, tanto que el recorrido de sus lágrimas habían dejado trazos bajo sus ojos. Su breve encuentro le dió una sensación como de entierro, lo cual le desalentó pegándole esa especie de humor lugúbre muy propio de los funerales.

Una vez en la sala de operaciones, los médicos que le operarían le hicieron una serie de indicaciones, entre ellas el procedimiento que se llevaría a cabo en lo referente a la anestesia. Miguel escuchó con atención, no perdiéndose detalle alguno ya que según él pensaba entonces, de ello dependía su vida. Cerró los ojos procurando guardar calma y compostura, todo fue difuminándose hasta que llegó la oscuridad y el silencio. Pero como si tan sólo hubiera pasado un instante, volvió a abrir los ojos cual si hubiese tenido una mortal pesadilla. De repente, vió que seguía en la sala y que en ese momento le estaban operando. Los médicos, centrados en diseccionar su estomago con bisturís y otros aparatos parecían no darse cuenta, pero en verdad Miguel abrió los ojos y pudo verlo todo. Cargado de pavor, comenzó a temblar mientras sentía el clavarse de los instrumentos clínicos en su estómago, y mientras así lo hacía, el temblor se convirtió en una agitación desesperada de todo su cuerpo. Fue entonces cuando los cirujanos se dieron cuenta de que su paciente estaba despierto y comenzaron a revolotear por la sala en busca de una mayor dosis de anestesia.

Cuando regresaron con todo preparado, vieron que una especie de masa verdosa salía del interior de las tripas. Alarmados por si habían tenido algún fallo sajando algo que no debieran, como por ejemplo la vesícula biliar, inspeccionaron la zona por si podrían cerrar la herida olvidándose de que el pobre Miguel seguía despierto, contemplando todo con sus ojos desorbitados al sentirse en una pesadilla de la cual no podía escapar. La susodicha masa verdosa fue definiendose, creciendo, y afianzandose en los intestinos de su portador, hasta que este captó su presencia, puede que con mayor espanto que los propios médicos. Estos, sin saber qué hacer, se quedaron paralizados, viendo como esa entidad aumentaba en magnitud, ya definiendose con notoriedad como una especie de masa disforme que se balanzeaba de un lado para otro animada por una inspiración vital que bien podría decirse que provenía de los infiernos.

La masa verdosa fue haciendose cada vez más grande, y cuando ya por fin los médicos resolvieron hacer algo al respecto, portando cada uno un bisturí en la mano para cortarla desde su nacimiento, esta comenzó a balancearse de lado a lado con tremenda violencia, dispersando a todos los presentes a los extremos de la sala. Viendo este panorama, Miguel empezó a gritar con desesperación no entendiendo qué estaba ocurriendo. Fue con ese grito con lo que la masa verdosa adquirió una mayor rigidez que adoptó su debida expresión atacando a los médicos que en ese momento estaban intentando levantarse para salir de la conmoción en la que se encontraban. Esta los atravesó, provocando que emanaran efluvios de sangre por toda la sala, acompañados por los gritos agónicos de los presentes que ya se agitaban en señal del último estertor de la muerte, convulsiones fatales que les conducirían al fin de sus rutinarias vidas de médicos.

Miguel, sin saber cómo, sacó fuerzas de la flaqueza y se levantó de un salto para comprobar el horror del que él era de cierta manera participe. Ya de pie, pudo comprobar que la masa verdosa se desplaza desde sus interiores en correspondencia a sus propios movimientos, y en una reacción que más provenía de la locura que de otra cosa, se lanzó al pasillo corriendo y pidiendo auxilio como un hombre que ya no es dueño de sí. Con tal mala suerte, debido probablemente a que ni observaba por donde pasaba, que vino a dar con un ventanal sobre el cual se precipitó. Y por raro que parezca, mientras caía le dió tiempo a pensar en los últimos acontecimientos, siendo por vez primera consciente de que aquellos dolores que sitió en el paseo de dos meses atrás supusieron el preludio a lo que hasta hacía escasos minutos había sucedido. Es decir, que durante aquella mañana y los días en cama que se sucedieron, aquel extraño ser se estaba gestando en su interior, corroyéndole las entrañas, y haciendo de su estómago el nido que suponía ser su hogar. Aquello le estremeció mucho más que la masacre de la sala de operaciones. Justo antes de estamparse en el suelo, pudo dar un breve repaso a su anodina y aburrida vida para dar un paso que le abriría las puertas de bienvenida a la incognita que supone la muerte.

Cuando la policía encontró el cadáver de Miguel, sólo pudieron determinar que se trataba de un suicidio cuasi-inconsciente debido a la conmoción sentida al despertarse en mitad de la operación por un error humano de la anestesia. La muerte de los médicos, a su vez, también suponía un homocidio inconsciente debido al mismo motivo. Cierto es que les extrañó las pequeñas manchas verdosas que encontraron entre los cádaveres, y sobre todo en la tripa abierta del supuesto suicida, mas como lo mandaron a examinar en laboratorio y dijeron que tenía el mismo ADN que el paciente, pensaron quizás ingenuamente que se trataba de una sustancia desprendida en relación al tumor que comprobaron que Miguel tenía gracias a los informes médicos. Así se cerró el caso y se quedaron tan tranquilos. Respecto a la extraña masa verde nada se supo ni se indagó en torno a ello, puesto que todos los testigos de la misma ya estaban en un lugar mejor, ajenos a las preocupaciones de este mundo.

Por último, la mujer de Miguel, ya viuda y conmocionada por el suicidio de su marido debido a una negligencia médica, denunció al hospital sin conseguir nada con ello. Lo cual la llevó a comer ingentes cantidades de comida para dar un sentido a su desdichada vida, conduciendola a una obesidad mórbida que por motivos obvios produjo su propia muerte pocos años después. Acabando su cadáver abandonado bastante tiempo sobre una cama que apenas resistía su peso, infestado de moscas y de gusanos, y siendo descubierta por el infecto olor que denunciaron los vecinos. Por suerte, no había ninguna masa verde por ahí ya que en la autopsia no se determinó que quedase fragmento verdoso alguno.