sábado, 17 de agosto de 2024

Justicia onírica

 

Eran tiempos oscuros, casi nocturnos. Tiempos en los que nadie se fiaba se nadie, donde todos se confinaban en sus casas por temor a los otros y bajo ningún concepto abrían sus puertas a invitado alguno. Se desconoce cómo empezó todo, de donde provenía ese miedo y por qué cada ser humano sobre la faz de la tierra actuó de idéntica manera. Lo único que se sabe es que aparecieron una serie de tribus por todas partes que atemorizaban a las gentes bajo própositos oscuros, y que sin conocer a ciencia cierta de las consecuencias que se derivaban de ser capturados por ellos, todos evitaban que les atraparan, como si esta circunstancia fuera pareja a la muerte misma.

En una de aquellas oscuras noches, yo me encontraba encerrado en mi casa leyendo uno de tantos libros de mi biblioteca personal. A voz de pronto no recuerdo su título, mas sí podría decir que versaba en torno a algo relacionado con saberes ocultos, con aquello tan secreto que es mejor que permanezca en los libros y que no salga al exterior en forma de palabras articuladas. El caso es que yo estaba sentado en una cómoda bien arrebujado de gruesas mantas leyendo cuando alguien dió al timbre, y al notarse ignorado, comenzó además a golpear la puerta con frenesí. Pero no bastándoles con ello, también varias voces al discordante unísono empezaron a gritar con insistencia pidiendo auxilio y clemencia. Temiendo yo que tanto escándalo llamase la atención -pues siempre pasaba que cuando unos llamaban, acababan juntandose más- y que hasta rompieran la puerta, accedí a atenderles con cierto recelo.

- ¿De qué se trata? - inquirí tras la puerta.

Pero millares de voces confusas me respondieron, agitándose en una especie de histeria colectiva que no auguraba nada bueno. Confuso, me asomé con cautela por encima de la puerta, y pude ver a varios amigos del pasado con cara de espanto, y sus frentes, goteantes de sudor frío debido a la desesperación. Ellos me reconocieron, sabían a dónde venían, y por ello, volví a posicionarme tras la puerta dubidativo. Mas siguieron insistiendo pidiendo auxilio, diciendo que estaban siendo perseguidos y que necesitaban un lugar en el que cobijarse. Así que, sin saber qué hacer, opté por dejarles paso advirtiéndoles que en modo alguno entrasen en la casa, sino que se quedasen refugiándose en el jardín.

Acto seguido a estas indicaciones les pregunté:


- ¿Se puede saber qué demonios hacéis aquí?

- Demonios, por eso estamos aquí -me respondió uno de ellos, y continuó- Sabíamos que tú tienes la casa más segura de toda la zona, así que decidimos pedirte ayuda precisamente por eso. Estamos siendo perseguidos por los vindicalistas, esos monstruos que quieren hacerse con nuestra carne.

- ¿Por qué iban a querer devoraros?

- No lo sabemos -respondió otro culminando así la conversación.

"No va a quedar otra, tengo que llamar a los zunhui para pedirles consejo y protección, este asunto me parece cuanto menos extraño" -pensé para mí mismo, y después se lo comuniqué a mis nuevos acompañantes que se limitaron a darme como respuesta semblantes cargados de confusión. Viendo que estabamos de tal guisa, entré en la casa y cobijándome en una habitación apartada, alcé mis brazos mirando hacía la ventana y declame en alto:


"Acudan a mi llamada

aquellos soldados perdidos,

locos enajenados por un hada

y que buscan sombra de destellos.


Vengan a mí los huidizos

zunhui que a cualquiera derrotan,

y que bajo demoniacos hechizos

al enemigo desde dentro explotan"


Al poco de lanzar estas palabras, la ventana se abrió por sí sola animada por un secreto resorte, y a través de la oscura vereda, de los cúmulos de casas silenciosas y de los montes que se encuentran mas allá de las fronteras, se escucharon una serie de rugidos de guerra. Y tras estos, pudo sentirse cómo la tierra temblaba, el viento se agitaba advirtiendo de masas vivas y cada cosa en la lejanía parecía implorar el cese de todo movimiento. Pasados algunos minutos de esta sucesión de ruidos y desplazamientos lejanos, pudo advertirse desde el principio de la calle que gran cantidad de seres marchaban cual ejercito adornado por cascos e indumentaria militar en general completamente barnizada de negro, mientras que sus pasos iban a compás como ocurre con los soldados bien entrenados.

Así que decidí salir yo mismo a recibirlos a comienzos de la calle, saludando a cada uno de ellos con la debida cortesía pese a que se trataba de mis fantasiosos compañeros, y cuando ya me recorrí la primera fila me sitúe al final de la misma para hablar con el más anciano de ellos, el cual tras el mismo saludo cortés me preguntó por el motivo de aquella llamada.

- Han venido unos antiguos conocidos a mi casa, por lo visto tienen miedo de los vindicalistas que les persiguen. No me han explicado el motivo, pero me temo que algo han hecho para que estos quieran vengarse de ellos.

- Así es, siempre hay un motivo -me respondió el anciano, mientras que mirando hacía delante siguió diciendo- Los vindicalistas no hacen las cosas por aburrimiento, probablemente fueron ellos los primeros que les ofendieron. Yo que tú hablaría con ellos en compañía de un pequeño destacamento, y al saber que los zunhui están contigo estarán abiertos a una negociación.

Asentí ante su aseveración, pues consideré que estaba cargada de la debida prudencia, y mientras dejaba que todas las facciones de aquel ejercito se situasen para acampar en el patio, me dirigí a la sección femenina de aquellas criaturas para preguntarles acerca de su opinión sobre aquella situación. Me respondieron que algo sabían al respecto, pero que como no eran datos seguros preferían replegar sus consideraciones al silencio. Además, también me pidieron que al menos un par de ellas me acompañasen junto al destacamento para hablar con los vindicalistas en tornó a la situación. Confirmé con la cabeza, y una de ellas que era muy alta y esbelta se posicionó a mi lado para enseñarme cómo gestaban a sus bebés. Por lo visto, estos estaban metidos en un diminuto barreño de tierra humeda, y al principio eran huesos diseminados por su interior, mas con el tiempo estos fermetaban, desplazándose como las raíces de una planta, y se animaban dando vida a un ser que se parecía a un bebé humano pero muchísimo más pequeño y algo verdoso. Después, se le plantaba de pie sobre barro húmedo, y con el tiempo este iba creciendo hasta que se convertía en un soldados zunhui que sólo requería algo de entrenamiento.

- Y así es cómo tienes a tu ejercito servido -me dijo ella- En nosotras el proceso es bastante distinto, en otro momento si gustas puedo contarte cómo nos formamos, pero me temo que sería muy largo de explicar teniendo en cuenta el tiempo que tenemos. En fin, lo mejor será que vayamos tomando posición como los demás.

Entonces, una vez dentro del jardín, estuve inspeccionando la situación de las tropas junto a sus necesidades. Mis amigos del pasado se quedaron boquiabiertos, no entendían qué eran ni de donde habían salido aquellos seres, incluso pensaban que se trataba de los propios vindicalistas. Yo les dije que no se preocupasen, que lo dejasen en mis manos y que llegaríamos a una solución, mientras que por otro lado iba seleccionando aquellos que formarían parte de aquellos soldados que harían el destacamento que me acompañaría a hablar con los vindicalistas. Una vez elegidos junto a dos mujeres de los zunhui, salimos de las fronteras de la casa para dirigirnos a nuestro destino.

Este no se encontraba muy lejano a aquella zona, sólo había que bajar la calle hasta casi el final, y ya desde ahí torciendo al sendero siniestro internarse en un pequeño bosque cuya entrada se encontraba adornada por dos robles a punto de derrumbarse. Ya en su interior, todo era oscuridad, mas como conocía de aquellas sendas nada temía a pesar de estar rodeado por una especie de neblina y por las ramas caídas de multitudes de especies de árboles. Mientras íbamos atravesando aquella zona nadie se atrevió a pronunciar palabra alguna, puesto que nos comunicabamos a la perfección con la mirada. Para que el lector se lo pueda imaginar, íbamos el anciano y yo junto a las mujeres zunhui por delante, mientras que por detrás a escasos pasos nuestros el destacamento que antes de salir de excursión había seleccionado para que me acompañase.

Cuando ya llegamos a la zona señalada por nuestras mentes, el anciano zunhui se adelantó dos pasos, y justo desde su posición hizo una indicación alzando la mano para que todos nos detuvieramos. Justo en ese momento, salieron desde la oscura espesura tres seres de gran altura, casi semejante a la de los inmensos árboles que nos rodeaban, y que curiosamente eran semejantes a los zunhui en lo que respecta a su piel oscura y a la severidad casi salvaje de sus facciones, a excepción de la ya mencionada altura, y a que su semblante se encontraba rodeado con una espiral que a su vez tenía varias esferas verdosas que les recorrían toda la cabeza, concretamente les partía por la mitad el rostro respecto a la nuca. Estos parecían al principio inexpresivos, pero acto seguido dirigieron sus ojos amarillentos en mi dirección como cediéndome la primera palabra.

- Veréis queridos vindicalistas -comencé- acudo a vuestros dominios para consultaron acerca de una cuestión que a vosotros atañe -viendo que estos prestaban atención tanto a mis palabras como a mis gestos, decidí proseguir- La cuestión a la que me refiero es que por lo visto unos hombres huyen de vosotros, y estos han acudido a mí, y pese a que me son conocidos por compartir mi infancia, quisiera saber cual es el motivo de vuestra persecución a los mismos. Baste decir que vengo para buscar una solución al conflicto, y para demostrar que mi próposito es buscar la concordia os indico que estos se encuentran en el jardín justo a los restantes destacamentos de zunhui, que como véis me acompañan. Y ahora, si queréis, indicarme vuestro problema respecto a ellos y una posible solución al mismo.

Al acabar de declarar estas palabras me incliné en señal de respeto, aunque levemente para que este no fuera extremado. Y entonces, el vindicalista que se situaba justo en el centro, que por altura y las arrugas que le recorrían por la frente deduje que era su líder, se sentó sobre una amplia roca que se situaba debajo suyo. Calló durante un instante, haciendo señales con la cabeza, que subía arriba y ascendía abajo, evidenciando que estaba meditando lo que le había dicho instantes antes. Cuando parecía que había tomado una resolución, acercándose un tanto a mí me dijo lo que sigue:

- Así es, nosotros los vindicalistas hemos tenido serios problemas con esos humanos. Estos se creen que toda la creación está dispuesta para ellos, y desde que el mundo se tornó tan oscuro, han ido de aquí para allá haciendo lo que gustan. Desde que el hormiguero se ha roto y fragmentado, caminan por todos los lados huyendo de nadie sabe qué, pero causando bastantes destrozos por el camino. Estos queman bosques, rompen el entorno y se mueven sin conciencia de sus actos. Y dió la casualidad que en una de esas ocasiones, esta actitud nos afectó a nosotros los vindicalistas, así que decidimos tomar las debidas represarias. Mas, examinando tus palabras, y observando cierta coherencia en ellas, accedo a un trato contigo y tus zunhui -al ver que yo asentí con la cabeza en señal de qué me indicase sus condiciones, este gran vindicalista siguió diciendo- Así, pues, considero que lo justo sería que bajo tu asentimiento y elección, dejases que matasemos a cinco de los humanos en ritual de sacrificio, dejando vivos a tres de ellos para escarmiento del resto de su comunidad. De tal manera que por un lado cumplirías con tus palabras respecto a ellos, como también lo harías con nosotros, cumpliendo así nuestra justa venganza.

Viendo que eran justas sus condiciones, no tuve que meditarlo mucho, accediendo así a las mismas. Al final era verdad que la actitud de los seres humanos era semejante al de las bestias sin raciocinio, siempre se producían disputas por su culpa, a la par que allí donde pasaban, lo arrasaban. Además, de aquellos viejos compañeros de la infancia sólo guardaba buenos recuerdos de tres de ellos, así que poco me importaba lo que fuera de los otros cinco, los cuales se habían comportado de una forma lamentable conmigo en aquel pasado remoto. Así, que, por un lado cumplía con la justa queja de los vindicalistas, y por otro, lograba devolverles ojo por ojo a esos caprichosos malcriados.

Firmar nuestro trato, y encaminarnos a mi casa para realizar el ritual fueron dos cosas que se resolvieron en una. Y cuando llegamos, comuniqué al resto de los zunhui que esperaban mi decisión cual era esta en tanto que poco después se predisponieron los preparativos cargados de los gritos de angustia de los que iban a ser sacriticados a la par que por los lloros de quienes tenían que observarlo como escarmiento de toda la humanidad. Mientras los vindicalistas hacían de las suyas, descuartizando y haciendo desaparecer a esos desdichados hombres sobre la faz de la tierra, permanecí sereno con una sonrisa impresa en mi semblante pensando en la fiesta que se daría después para celebrar este nuevo tratado de paz entre los vindicalistas y los zunhui ¡Qué bien lo pasaríamos, y cuanto beberíamos para festejar tal feliz resolución! Cantaríamos, bailaríamos y nos volveríamos completamente locos. Sólo nos cabría preocuparnos por la jaqueca debido a la resaca del día después.

domingo, 4 de agosto de 2024

La operación

 En literatura hay una especie de callado debate en torno a sobre qué tipo de personas hemos de escribir, en concreto a si estos supuestos personajes deben ser ordinarios o tan extraordinarios que linden con un heorísmo imposible de emular. Los primeros sostienen que si se escribe sobre gentes que nos podemos encontrar en el día a día al lector le será más sencillo empatizar con ellos hasta el punto de verse reflejado él mismo, mientras que los otros dicen que si uno lee una determinada historia es precisamente para escapar de la vida cotidiana, y que por ello, es mejor optar por los grandes personajes y sus aventuras imposibles excepto para la imaginación. A tenor de este asunto baladí para cualquier persona medianamente seria, he decido escribir sobre alguien que aún siendo lo más ordinario que uno pueda pensar, le sucedió algo que cabría calificar cuanto menos de extraordinario, e incluso terrorífico para muchos. Así pudiera ser que ambas facciones esbozarán una media sonrisa al sentirse complacidos, aunque los más es posible que se aparten de esta crónica como quien contempla algo horrible, casi traumático, pero de lo cual no se olvidará jamás.

Un tipo llamado Miguel, de vida anodina y hasta aburrida se daba su paseo matutino de todos los días. Era la clase de persona que había tenido una vida tan lineal y predecible, que a cualquier escritor le parecería un insulto bochornoso el novelarla, casi un castigo. Por ello, no voy a hacer cómplice al lector de este hastío, eliminando así un esbozo biográfico que más inflaría los carácteres que no añadiría sustancia al asunto. Sin embargo, quisiera que se imaginen lo ordinario de este hombre para que lo que vaya a continuación cobre de un sentido extraordinario. Piensen en un hombre que sobrepasa la cincuentena, más bien gordo debido a su situación acomodada, adornado con una calva incipiente que le va asomando por su ya escaso cabello y que además porta consigo unas ojeras que merecerían un premio en longuitud. Este hombre mientras va paseando tan plácidamente, tan lentamente que hasta una tortuga le ganaría en una carrera, se le va balanceando esa tripa que carga consigo acompañado por un redoble de tambor cual si acabará de salir del circo, también sus pectorales aunque masculinos parecen cargados por una cantidad de feromonas que le otorgan de ese caliz femenino. Él, obviamente no se da cuenta de estos detalles, ya que evita mirarse en demasía en el espejo y además, ha activado una suerte de sistema de autodefensa vital basado en estimarse por otras facultades que no se reduzcan a un componente físico.

Pues bien, Miguel que pasaría desapercibido en alguna aldea remota de los Estados Unidos, caminaba como quién se columbia por la vida, despreocupadamente cual inocente que todavía conserva su alma de niño, hasta que de repente comenzó a sentir unas fuertes punzadas en el estomago. Al principio pensó que se trataba del hambre que llamaba a su estomacal puerta, pero en seguida lo desechó al considerar su ingente desayuno. Parándose en seco para reflexionar, tuvo una mayor conciencia de su dolor, el cual se distribuía por su estómago mediante un cúmulo de descargas eléctricas en un comienzo, que según avanzaban se convertían en millares de agujas que se distribuían por todo su estomago como si sus interiores estuvieran atrapados por una trampa mortal. Esto le hizo pensar que lo más probable es que estuviera malo, así que dió media vuelta para retornar a su pequeña casita.

Una vez en ella, le abrió su mujer, muy entrada en carnes del mismo modo que él, y cuando le narró sus dolores de forma dramática, con la cara desencajada todavía por ellos, esta le respondió que quizás fuera una ulcera por su abuso del picante. Esta explicación le resultó satisfactoria, así que decidió guardar cama durante todo ese día. A la mañana siguiente seguía igual, se fueron pasando los días y las semanas hasta justo dos meses y no notaba mejoría alguna, todo lo contrario. Esos punzantes dolores se fueron convirtiendo en el trascurso de todo ese tiempo en punzones cada vez más gruesos que le penetraban su estomago liberando sus jugos gastrícos en una evacuación forzada, incluso durante ese tiempo llegó a adelgazar unos veinticinco kilos puesto que no comía, es mas ni se movía de la cama a excepción de para necesidades inmediatas como ir al baño o rellenar su botella de agua.

Así, pues, acudió a su medico de cabecera que por ser un buen amigo le dió cita con antelación a otros pacientes, derivandole así a urgencias. Tras el examen dijeron que efectivamente algo no funcionaba como debiera pero que no estaban seguros de qué se trataba, así que ingresaron en un hospital cercano y le hicieron una serie de pruebas. Tras un tiempo, determinaron que tenía un tumor estomacal bastante grave, pero que por suerte se dividía en una especie de redondeles repartidos por su estómago. Aún con ello, lo conveniente era operarle lo antes posible para evitar que se extendiese por la totalidad del organo. Miguel, como podía preverse en una persona harto ordinaria, acogió esta novedad con estupefacción, casi sin saber cómo debía reaccionar, completamente perplejo y hasta desconcertado. Por primera vez en su vida pensó en la muerte, mas por miedo a lo que podría desarrollarse en el transcurso de sus reflexiones, optó por dejar de pensar en ello para agarrarse a la esperanza de que salvaría su vida.

A los pocos días, ya estaba tumbado en la camilla de camino a la sala de operaciones. Se deslizaba con tal rápidez por los interminables pasillos que casi parecía que el enfermero que le llevaba estaba jugando a las carreras con el resto de los enfermeros que portaban otros pacientes, fantaseó con esta idea y esto le imprimió en sus gruesos labios una mueca que evocaba una sonrisa a medio formar. Desde que se puso enfermo, era la primera señal de alegría que había tenido, puede que la esperanza de que iba a recuperarse tras la operación le alentaba a tener una perspectiva más optimista, hasta humorística. Mas aquello duró poco, pues justo antes de entrar en la sala donde se le operaría, apareció su mujer con un semblante cargado de tristeza, tanto que el recorrido de sus lágrimas habían dejado trazos bajo sus ojos. Su breve encuentro le dió una sensación como de entierro, lo cual le desalentó pegándole esa especie de humor lugúbre muy propio de los funerales.

Una vez en la sala de operaciones, los médicos que le operarían le hicieron una serie de indicaciones, entre ellas el procedimiento que se llevaría a cabo en lo referente a la anestesia. Miguel escuchó con atención, no perdiéndose detalle alguno ya que según él pensaba entonces, de ello dependía su vida. Cerró los ojos procurando guardar calma y compostura, todo fue difuminándose hasta que llegó la oscuridad y el silencio. Pero como si tan sólo hubiera pasado un instante, volvió a abrir los ojos cual si hubiese tenido una mortal pesadilla. De repente, vió que seguía en la sala y que en ese momento le estaban operando. Los médicos, centrados en diseccionar su estomago con bisturís y otros aparatos parecían no darse cuenta, pero en verdad Miguel abrió los ojos y pudo verlo todo. Cargado de pavor, comenzó a temblar mientras sentía el clavarse de los instrumentos clínicos en su estómago, y mientras así lo hacía, el temblor se convirtió en una agitación desesperada de todo su cuerpo. Fue entonces cuando los cirujanos se dieron cuenta de que su paciente estaba despierto y comenzaron a revolotear por la sala en busca de una mayor dosis de anestesia.

Cuando regresaron con todo preparado, vieron que una especie de masa verdosa salía del interior de las tripas. Alarmados por si habían tenido algún fallo sajando algo que no debieran, como por ejemplo la vesícula biliar, inspeccionaron la zona por si podrían cerrar la herida olvidándose de que el pobre Miguel seguía despierto, contemplando todo con sus ojos desorbitados al sentirse en una pesadilla de la cual no podía escapar. La susodicha masa verdosa fue definiendose, creciendo, y afianzandose en los intestinos de su portador, hasta que este captó su presencia, puede que con mayor espanto que los propios médicos. Estos, sin saber qué hacer, se quedaron paralizados, viendo como esa entidad aumentaba en magnitud, ya definiendose con notoriedad como una especie de masa disforme que se balanzeaba de un lado para otro animada por una inspiración vital que bien podría decirse que provenía de los infiernos.

La masa verdosa fue haciendose cada vez más grande, y cuando ya por fin los médicos resolvieron hacer algo al respecto, portando cada uno un bisturí en la mano para cortarla desde su nacimiento, esta comenzó a balancearse de lado a lado con tremenda violencia, dispersando a todos los presentes a los extremos de la sala. Viendo este panorama, Miguel empezó a gritar con desesperación no entendiendo qué estaba ocurriendo. Fue con ese grito con lo que la masa verdosa adquirió una mayor rigidez que adoptó su debida expresión atacando a los médicos que en ese momento estaban intentando levantarse para salir de la conmoción en la que se encontraban. Esta los atravesó, provocando que emanaran efluvios de sangre por toda la sala, acompañados por los gritos agónicos de los presentes que ya se agitaban en señal del último estertor de la muerte, convulsiones fatales que les conducirían al fin de sus rutinarias vidas de médicos.

Miguel, sin saber cómo, sacó fuerzas de la flaqueza y se levantó de un salto para comprobar el horror del que él era de cierta manera participe. Ya de pie, pudo comprobar que la masa verdosa se desplaza desde sus interiores en correspondencia a sus propios movimientos, y en una reacción que más provenía de la locura que de otra cosa, se lanzó al pasillo corriendo y pidiendo auxilio como un hombre que ya no es dueño de sí. Con tal mala suerte, debido probablemente a que ni observaba por donde pasaba, que vino a dar con un ventanal sobre el cual se precipitó. Y por raro que parezca, mientras caía le dió tiempo a pensar en los últimos acontecimientos, siendo por vez primera consciente de que aquellos dolores que sitió en el paseo de dos meses atrás supusieron el preludio a lo que hasta hacía escasos minutos había sucedido. Es decir, que durante aquella mañana y los días en cama que se sucedieron, aquel extraño ser se estaba gestando en su interior, corroyéndole las entrañas, y haciendo de su estómago el nido que suponía ser su hogar. Aquello le estremeció mucho más que la masacre de la sala de operaciones. Justo antes de estamparse en el suelo, pudo dar un breve repaso a su anodina y aburrida vida para dar un paso que le abriría las puertas de bienvenida a la incognita que supone la muerte.

Cuando la policía encontró el cadáver de Miguel, sólo pudieron determinar que se trataba de un suicidio cuasi-inconsciente debido a la conmoción sentida al despertarse en mitad de la operación por un error humano de la anestesia. La muerte de los médicos, a su vez, también suponía un homocidio inconsciente debido al mismo motivo. Cierto es que les extrañó las pequeñas manchas verdosas que encontraron entre los cádaveres, y sobre todo en la tripa abierta del supuesto suicida, mas como lo mandaron a examinar en laboratorio y dijeron que tenía el mismo ADN que el paciente, pensaron quizás ingenuamente que se trataba de una sustancia desprendida en relación al tumor que comprobaron que Miguel tenía gracias a los informes médicos. Así se cerró el caso y se quedaron tan tranquilos. Respecto a la extraña masa verde nada se supo ni se indagó en torno a ello, puesto que todos los testigos de la misma ya estaban en un lugar mejor, ajenos a las preocupaciones de este mundo.

Por último, la mujer de Miguel, ya viuda y conmocionada por el suicidio de su marido debido a una negligencia médica, denunció al hospital sin conseguir nada con ello. Lo cual la llevó a comer ingentes cantidades de comida para dar un sentido a su desdichada vida, conduciendola a una obesidad mórbida que por motivos obvios produjo su propia muerte pocos años después. Acabando su cadáver abandonado bastante tiempo sobre una cama que apenas resistía su peso, infestado de moscas y de gusanos, y siendo descubierta por el infecto olor que denunciaron los vecinos. Por suerte, no había ninguna masa verde por ahí ya que en la autopsia no se determinó que quedase fragmento verdoso alguno.

jueves, 18 de julio de 2024

Noticias sobre mi abuela

 Siempre he detestado esta especie de experimentalismo excesivo del que está barnizado la sociedad actual. Pareciera que todo tuviera que comprobarse empíricamente para creerse, como si el método científico se nos hubiera incorporado en la mente incluso para los asuntos más baladí. Como suele ocurrir, en nuestro refranero español hay una sentencia relacionada con este asunto: "Si no lo veo, no lo creo" Personalmente, puedo llegar a entender que en determinadas áreas del conocimiento esto sea necesario para hablar con autoridad y precisión, pero ¿En nuestro día a día también es necesario? ¿De verdad se necesita de hacer una investigación policial si un familiar asegura haber visto algo extraño? Es rídiculo.

Tan interiorizado tenemos está necesidad de comprobar todo desde la percepción visual y el testimonio directo -creyendonos nosotros mismos científicos siendo en realidad bastante vulgares- que hemos desterrado de nosotros la inocencia del niño, esa sorpresa ante las cosas. Algo semejante me acontece respecto a mi abuela, pese a que insista que se trata del demonio en persona nadie que la conozca superficialmente se lo cree. Todo lo contrario, todos aseguran que es una buena mujer porque la han visto pasear tambaleandose, exigiendo compasión por parte del prójimo. Sin embargo, todos los que hemos convivido con ella sabemos que no es así, que ella tiene un punto álgido de locura, e incluso de demóniaco.

Me explico, se trata de una mujer que desde su infancia hasta su vejez actual no ha dejado de desquiciar a toda la familia con sus excentricidades sacadas de la novela más oscura que uno puede imaginarse. Nadie sería capaz de vislumbrar ese retorcerse de su fisonomía, de escuchar aunque sea de soslayo ese grito desgarrador, o de percibir sus murmuraciones mientras se desliza como levitando cual sombrío espectro. Claro, después de todas estas experiencias, que al encontrarme gente por la calle que me pregunta por ella como si tal cosa, causa evidente turbación que a la larga acaba mutando en un enfado. A menudo me pregunto si están todos compinchados para lograr desquiciarme ya por completo.

Pero empecemos por el principio, aunque su vida no tenga nada de particular en principio, me limitaré a hacer un mero esbozo biográfico. Nacida por Madrid durante la creación del mundo, mi abuela vivió una infancia acomodada, pero no por las circunstancias de su familia que por lo demás sufrieron bastante durante la Guerra civil y la posguerra, sino porque ella iba más allá de todo contexto histórico. Sus padres, lejos de intentar reconducir esta mala tendencia de carácter, la acrecentaron mimandola y sintiendo pena por cada una de sus leves desgracias. Esto provocó que con el tiempo todo fuera a peor, sobre todo cuando empezó de noviazgo con mi abuelo, el cual junto a mi madre probablemente son quienes más sufrieron las consecuencias. Ya posteriormente, huyendo en busca de mi abuelo y casándose con él en Alemania, pareció vivirse una época más tranquila de la que sólo me han llegado escasos datos.


De lo que sí me acuerdo más es de su conviviencia con mi abuelo durante su vejez, la cual fue bastante triste y desembocó en la desgracia. Durante el día, mi abuela se dedicaba a deprimir a mi abuelo con su actitud lánguida, y en las noches, saltaba de la cama en busca de comida para al retornar pegar a mi abuelo "por accidente" En general, mi abuelo estaba muy amargado por su culpa, lo que no me extrañaría que fuera el motivo por el cual desarrollase un cáncer que le llevó a la tumba con demasiadas cosas pendientes todavía. Mi abuela, lejos de mostrar compasión durante su enfermedad, se mostró mas obscinada en su locura y egoísmo, pasando de su situación y quitandole hierro pretextando que el cáncer no es tan doloroso como parece, y que al fin y al cabo un dolor de rodillas es peor que perder el estomágo o que la metastasis te corrompa interiormente.

Después de unos años con leves aunque histéricos encuentros de familia y algunos problemas con la herencia de mi abuelo, retomamos el contacto cuando mi familia y yo tuvimos que abandonar nuestra anterior casa para instalarnos en aquella donde mi abuela vivía, agazapada como un insecto a su madriguera. En un primer momento, parecía que no iba a haber problemas, pero con el tiempo todo fue cresendo a peor hasta llegar a la cúspide del surrealismo. Al principio se trataba de conflictos domésticos relacionados con la manera que tenemos de convivir en mi casa y la suya propia, mas según estas pugnas aisladas se sumaban, al final estalló la guerra. Lo cual desembocó en discusiones que lindaban con el delirio por parte de mi abuela, ya que en estás gritaba frenéticamente, pataleaba el suelo, cerraba puertas con estridencia o susurraba insultos en cuanto nos dabamos la vuelta.

Además, mi abuela que siempre ha estado dotada de una virtuosidad en lo que a interpretación se refiere, usaba de su victimismo para suscitar compasión. Según mis informes al respecto, por lo visto a estado a punto de morir unas treinta y cinco veces. Y a pesar de que ya sabía que se trataba de una actuación, en un comienzo optaba por creer a medias hasta la duocécima vez que se representó su obra teatral. Lo peor del asunto es que no se trataba de meras advertencias y preocupaciones ajenas en torno a ellas, sino que siempre tenía que recurrir a algún matasanos que la empastillase todavía más, e incluso a los servicios de urgencias que probablemente tendrían mejores cosas que hacer que no atender a una anciana hipocondriaca.

Pero en fin, esto no es tan importante para este pequeño testimonio. Podría referir multitud de anécdotas para demostrar la mezcla entre maldad y locura de mi abuela, pero para que el lector pueda hacerse una somera idea al respecto voy a recurrir a apuntar algunas de ellas, sobre todo aquellas que me hayan afectado personalmente y que por ello estén más frescas en mi mente:

En las raras ocasiones que mi madre y mi hermana salían de casa para comprar algunas cosas, mi abuela siempre aprovechaba para subir a mi habitación y criticar descaradamente a mi madre. En una de estas inhóspitas situaciones, me cansé y decidí cerrar la puerta de la planta superior para no tener que escuchar tales impertinencias. Cuando mi abuela supo que no había manera de abrir la puerta, comenzó a aporrearla con insistencia, y viendo que no había manera de derribarla, continuó con su pregorrativa gritando mi nombre desesperadamente con un tono de voz bastante grave. Aterrorizado encerrado en mi habitación, llamé a mi madre por telefono para contarle la situación. Sin embargo, cuando regresó con mi hermana ya no había pista alguna de ella. Era como si se hubiera evaporado.

En otra ocasión, cuando ya se confinó ella misma en su habitación debido a sus locuras y a sus representaciones de enfermedades imaginarias, no nos quedó otra a mi novia y a mí que dormir en una de las habitaciones para invitados de la parte de abajo. Fue en estas noches cuando averigué hasta que punto llegaba su malignidad proveniente de otro mundo, pues escuchabamos como se pasaba la noche deslizándose de un lado para otro junto al sordo eco de su bastón, encendiendo y apagando los grifos del baño que tiene allende, como también los interruptores de la luz, también hablaba y gritaba sola con palabras inenteligibles de las que sólo advertimos fuertes insultos blasfemos como por último sus pasos a través del pasillo, lo que nos obligó a tener que empotrar un mueble contra la puerta para impedir su entrada a pesar de sus empujones hacía la misma. En tales noches mi novia acababa temblando en sueños, llena de pavor ante lo que pudiera ocurrir.

Sin embargo, mi madre y mi hermana son quienes peor lo han pasado con las locuras de mi abuela debido a que pasan más tiempo en casa realizando diferentes tareas, mientras que yo siempre salgo más y por ello no estoy presente en todas las ocasiones. Mas por su testimonio y por lo que yo mismo he vivido, sé de veces en las que su locura llegaba a limites insospechados hasta el punto de adquirir comportamientos que un religioso tacharía de satánicos y un científico propios de los enfermos mentales que habitan en psíquiatricos, puesto que no han sido raras las ocasiones que ha proferido gritos desgarradores de ultratumba, que se ha desplazado con extraños movimientos y que ha proferido palabras que causarían perturbación a las más oscuras mentes de nuestros tiempos.

Ahora me doy cuenta mientras escribo esto que a pesar de mis intentos por ofrecer una panóramica general de mi abuela me quedo escaso, y no sólo porque si continuase escribiendo esto en vez de en una crónica se convertiría en toda una novela, sino porque incluso los sucesos que aquí he consignado me resultan mucho menores en intensidad en comparación a cómo fueron en realidad. No sé si se debe a las propias limitaciones que tiene mi pluma, o a que quizás hay algo de cierto en la preponderancia de la experiencia frente al testimonio ya sea escrito o narrado oralmente. Mas no obstante, ya de por sí mi aliento narrativo siempre ha optado por la profundización de los asuntos frente a la extensión de los mismos, lo cual también podría haber influenciado la tesitura en la que me encuentro, esa sensación de que falta algún elemento para convencer a mis lectores de la verdad vital que quisiera transmitir.

Hoy día, mi abuela todavía sigue viva, encerrada en su habitación al final del largo pasillo de la planta baja. No le gustan las visitas, pero no queda otra que hacerlas porque hay que atenderla obviamente para proporcionarla comida, acondicionar la habitación, atender a su salud y limpiarla. Y aunque la mayoría de estas tareas han sido asumidas por mi madre, en algunos desayunos soy yo quién entro para dejarle un plato. Es en esos momentos cuando me colma de falsos elogios acompañados por extrañas muecas, y no son raras las ocasiones que cuando me doy la vuelta y miro atrás sin querer contemplo el mutarse de su semblante que pasa de una sonrisa a una petréa mirada fija junto a sus envejecidos labios sellados. Además, por último, no es rara la ocasión que huyo de su habitación por patas mientras escucho sus pasos moviendose con sorprende rapidez a pesar de su edad, junto a murmuraciones plagadas de extrañas expresiones e insultos.

Lo peor es pensar que en mi casa nos hemos acostumbrado a esta situación, es como si convivieramos con una anciana poseída o con una loca como si tal cosa. En fin, ya decía Dostoyevski que sólo el diablo sabe lo que puede hacer la costumbre en el hombre, y mediante esta experiencia ya lo he comprobado en mi familia y en mí mismo. Pero, a pesar de ello, nunca dejará de repatearme que gente que ni conozco me pregunte sobre qué tal le va a esa amable vieja que supuestamente es mi abuela. Estoy seguro que esa gente tan sociable y preocupada por la salud de los mayores no aguantaría una sola noche en casa de uno de ellos, o al menos, con un demonio del talante referido.

martes, 2 de julio de 2024

En mi tumba

 Cuando leí el relato de Diego Torres de Villaroel que versaba en torno a que el personaje principal contemplaba estupefacto su propio entierro, no salí de mi asombro. Lugubres imágenes cruzaban mi mente y se troncaban en sutiles divagaciones relacionadas con la significación e implicación de la muerte. No lo podía evitar, según mis ojos se deslizaban por aquellas líneas, presentí en mi interior algo que no sabría con certeza describir. Se trataba de una vaga intuición que me señalaba algo que el corazón sabía, pero que la mente ignoraba por completo al no ser capaz de concretar aquello sobre lo que la vía intuitiva incidía. No supe la verdad respecto a esta sensación entre agustiosa y extraña hasta pasado algún tiempo después, cuando el recuerdo de aquel relato se había difuminado un tanto.

Recorría yo las acostumbradas sendas de mi pueblo a través de la serranía meditando en torno a mi consabidas divagaciones filosóficas relacionadas con el núcleo desde el que partía el verdadero conocimiento, cuando una rara sensación me recorrió el espinazo haciendo que mis miembros se tambaleasen en una especie de vértigo inaudito. Como sentía que no era capaz de avanzar, decidí sentarme sobre una roca rodeada de abrojos abandonados. Casi caí por inercia, cual si mi caída sobre aquella roca fuera un asunto que ya estaba predeterminado. Con mi trasero apoyado sobre tal duro espacio, usé mis manos como punto de sostén de mi cabeza que notaba que me daba vueltas, y entorné los ojos hasta el punto de quedarme dormido.

Cuando abrí los ojos y me espabilé un poco, descubrí estupefacto que ya se había hecho completamente de noche. Me extrañó este hecho porque antes de aquella rara sensación eran sobre las seis de la tarde, y al consultar mi reloj caí en la cuenta de que eran las once de la noche. Es decir, me había quedado dormido unas seis horas sin darme cuenta, casi lo que suelo dormir cotidianamente pero sobre una colcha suave y confortable. Mas esta vez, inesperadamente, fue sobre una dura roca sentado mientras una brisa fría circundaba mi cuerpo en sopor. Todavía no había escapado de esta perplejidad cuando comencé a escuchar una melodía en la lejanía, jamás había escuchado una música parecida, y sin saber la razón decidí investigar su procedencia.

Casi por instinto me dirigí hacía un camino que hasta entonces no había recorrido, no era una de aquellas sendas que habían sido marcada con el paso de los hombres y de los carros, sino que se trataba de atravesar campos de cultivos abandonados que se encontraban repletos de malashierbas. Debí de clavarme alguna de ellas en mis pies debido a que portaba conmigo chanclas, pero no me dí cuenta absolutamente de nada. Lo que sí sabía es que cada vez estaba más cerca del lugar hacía el cual me dirigía debido a que la música era cada vez mas nídita. Hasta caí en la cuenta de que no se trataba de una mera melodía instrumental con unos elementos -aunque extraños- sencillos, sino que además estaba acompañada por un canto femenido a tres voces, lo cual le daba un toque entre atractivo y espectral.

Cada vez más cerca, además de escuchar pude contemplar, y ví que se trataba de una marcha que al comienzo se me figuraba una marcha fúnebre según algún rito pagano, pero cuando me hallaba todavía más cerca, no ví ataúd alguno que revelase mi primera intuición. Quizás se tratase de una reunión sectaria que hasta entonces desconocía, no estaba del todo seguro. Por ello, me acerqué a un personaje -no sabía si se trataba de hombre o de mujer, porque estaba todo cubierto de una tela negra- y le pregunté qué era aquello. Sin embargo, aunque se paró y pareció escucharme, me dió la sensación de que en modo alguno me había entendido. Así que repetí mi pregunta dos veces, la primera con premura y la segunda con mucha lentitud. Entonces, quizás haciendo un esfuerzo por interpretar mis palabras, ladeó su cabeza hacía el lado siniestro revelando su incomprensión, y como si no quisiera seguir esforzandose por entenderme, regresó con el grupo aminorando la marcha.

Personalmente no sabía qué hacer ni cómo reaccionar ante aquello, pero como en la ocasión anterior, sentía que no era capaz de controlar los movimientos de mi cuerpo y opté por seguirlos debido a una fuerza interior que me era en parte ajena. Creo que así seguí tras ellos en una distancia prudente para que no interpretasen que era uno del grupo sino un simple curioso al rededor de un par de horas, cuando llegamos a un llano completamente despejado de amarillentas hierbas en forma de círculo. Ninguno de los presentes se atrevió a atravesarlo como tampoco a situarse en el centro, simplemente permanecieron en sus bordes mas sin completar el círculo, dejando espacios entre sí sin una armonía prefijada. De repente, tuve el presentimiento de que alguien se encontraba justamente tras de mí, y cuando quise darme la vuelta para comprobarlo, se hizo la verdadera noche para mí.

Tras otro letargo, volví a abrir los ojos de nuevo y me encontré en el centro del círculo, y pese a que intenté moverme para salir de ahí con premura, no fuí capaz. Tenía el cuerpo paralizado, y notaba un borbotear de mi propia sangre que salía despavorida desde mi cuello hasta el suelo polvoriento. Pude percibir que el circulo se encontraba como mas cerrado, y quienes estaban a mi al rededor entonaban cánticos que me eran desconocidos, unos en forma de susurros y otros alzando la voz. No comprendía nada, y cuanto más me esforzaba en hacerlo, menos aún. Sentí que mi visión se difuminaba, y que todo lo que podía contemplar se resolvía en una tenúe neblina que procedía de mi propio cuerpo. Quizás debido a la ingente pérdida de sangre, todo pasó de ser borroso a alucinatorio porque empecé a ver largas figuras sombrías que ejecutaban una especie de danza tribal. Estas se balanceaban a un lado y a otro mientras mi visión se acortaba por mis párpados caídos hasta que caí en una hipnosis infundada por aquellas inhóspitas criaturas.

Al despertarme otra vez, me encontraba sentado sobre un duro banco de madera maciza. Cuando recuperé parte de la conciencia supe que estaba en una Iglesia debido al Cristo crucificado que se encontraba en el altar, como también a las imágenes religiosas que reproducían pasajes del Evangelio que estaban a mi al rededor. Desconcertado, intenté levantarme pero no pudé así que esperé sin saber a qué. Al cabo de lo que quizás serían treinta minutos, comencé a escuchar un murmullo de concurrencia a mis espaldas. Si que podía girarme, así que al fijarme detenidamente supe que provenía del enorme portadón que servía de entrada a la Iglesia. No tardó mucho tiempo en abrirse cuando comenzó a entrar un gran número de gente que al menos a lo lejos desde la distancia en la que me encontraba me era desconocida.

Casi al instante la sala se encontraba abarrotada, también a mis dos lados había un grupo de gente cuyo semblante me era imposible identificar. Por mucho que forzase mi visión no se revelaban sus rasgos, parecía cual si una goma de borrar hubiera recorrido sus rostros haciéndoles inextingibles, imposibles de determinar con certeza. Intenté mover mis labios para proferir palabras, pero no podía, e incluso, quise gritar para que alguien notase mi presencia, pero sólo logré que ese grito se ahogase y que se quedase desplegandose en mi interior como ocurre en los parálisis del sueño.

En esa tesitura me encontraba cuando de repente se encendió un foco cuya procedencia física era invisible, mas cuando me fijé con mayor atención supe que apuntaba a un féretro al lado del altar. Y en ese momento un cura profirió un sermón en latín con mucha pasión, no lo había memorizado, sino que lo hablaba con naturalidad haciendo de lo que se consideraba una lengua muerta algo completamente vivo y encarnado en su persona. Como no comprendía la extraña situación en la que me hallaba, comencé a recorrer mi mirada por la sala para averigüar si era capaz de distinguir a alguno de los presentes, si podía adivinar un rostro conocido entre el borrón neblinoso que les atravesaba el semblante de lado a lado. Fue entonces cuando algo me llamó particularmente la atención, poco más adelante se encontraba una mujer que no paraba de llorar rodeada por dos niñas que la acariciaban la espalda intentando consolarla, y justo en su frente se encontraba la fotografía del susodicho difunto, que por lo demás me resultaba bastante familiar.

Dando vueltas a la cabeza, discerní sobre qué se trataba aquello... ¡Y tan familiar! ¡Quién estaba en la fotografía era yo mismo! No recordaba cuando me tomé esa fotografía, ni reconocí a absolutamente nadie de los presentes como tampoco a aquella desconsolada mujer y a sus dos criaturas, mas en comparación a mi descubrimiento, todo aquello eran pormenores que aunque indescifrables, pequeñas cuestiones que no venían al caso del asunto principal, el cual era que me encontraba en mi propia ceremonia de defunción. Es decir, sin saber cómo ni por qué, me hallaba ante los ritos fúnebres de mi propia muerte como aquel personaje del que hablé al principio. Por mucho que me esforzase por pensar no llegaba a resultado alguno en torno a este oscuro portento de la naturaleza. Además, dicho sea de paso, tampoco comprendía como las circunstancias antecedentes desde el comienzo de mi historia me habían llevado a la presente, y mucho menos iba a entender el postrer acontecimiento hacía el cual me dirigía como una marioneta desplazada por extraños designios...

Parecía que se acababa la ceremonia, ya que algunos de los presentes acudían para dar sus respetos al muerto -que era yo, supuestamente- otros después de aquello se dirigían hacía quién imagino que sería mi viuda para darle el pésame, y algunos otros aunque aparentemente constreñidos salían con la cabeza gacha sin dirigir la mirada a nadie. Antes de que unos hombres fornidos acudiesen a recoger el ataúd, entró una mujer muy alta que se quedó en medio de la salada mirando hacía los lados como tan desconcertada cual me encontraba yo mismo, y detuvo su mirada con especial insistencia hacía mí. Aunque en un principio creí que me miraba, y que incluso me reconocía, al poco supe que no era así, que más bien miraba en mi dirección como quién se queda en babía, en un suspenso de desconexión mental. Y aún cuando se llevaron el ataúd, cargándolo en sus hombros con la ayuda de unas barras, esta mujer cuyo semblante se encontraba del mismo modo que el de los demás -es decir, como emborronado- se quedo sola en la inmensa Iglesia. Quizás, viendo que se encontraba sola a excepción de mi presencia invisible, comenzó a proferir unos desgarradores alaridos y a golpear el suelo con manos y piernas usando de suma saña.

Su dolor era demasiado fuerte, se había convertido en una lunática debido al sufrimiento que la atenazaba interiormente, la devoraba de alma a cuerpo como si se tratase de un cáncer que amenazaba con consumirla tarde o temprano. Tal era la persistencia y la potencia de esa desesperación angustiosa que llegó a penetrar en mi espíritu, haciéndome desfallecer en un letargo impulsado por los genios lagrimosos que procedían de aquel pecho desgarrado. Antes de retornar a la inconsciencia, pude vislumbrar en forma ilusoria que se abrían grietas a través de los muros de la Iglesia, cual una metáfora  del inmenso dolor de aquella mujer. Imaginé, que, en sus recovecos interiores se formaban unas grietas semejantes que producían sus gritos, puesto que se estaba desangrando por dentro.

Finalmente, cuando mis párpados se deslizaron hacía arriba, ya no ví nada porque estaba todo completamente oscuro. Por extraño que parezca teniendo en cuenta los pasajes precedentes, en esta ocasión sí que logré moverme con soltura si no fuera porque algo detenía mi movimiento en su plenitud. Me sentía encerrado, rodeado de angostos muros que me mantenían cercado a pesar de que había recuperado la capacidad de moverme mejor que en las ocasiones anteriores. Fue entonces cuando me dí cuenta: estaba enterrado, encerrado en un ataúd de madera que suponía mi sepultura. Intenté gritar, dar golpes, agitar mi cuerpo con desenfreno, arañar con mis uñas la tapa de madera que estaba en frente de mí, mas todo ello fue en vano. No sé cuanto tiempo permanecí con esa actitud, minutos, horas, puede que días... No tenía conciencia del tiempo que transcurría, mas poco importa porque el caso es que me rendí.

Me quedé plantado en el sitio, y pese a que tenía la capacidad de moverme, decidí actuar consecuentemente como lo haría un auténtico muerto, es decir: quedándome petrificado ahí donde me habían plantado. Sin embargo, no fuí capaz de detener mi capacidad de pensar, reflexioné casi inconscientemente como lo haría uno antes de dormirse cada noche en lo que había vivido con anterioridad. Se me ocurrió que pudiera ser que todo fuera mentira, o en su defecto, que mi alma hubiera sido testigo de aquellos terrorifícos portentos como por capricho de algún dios malvado, procedente más del infierno que del cielo. Mas en definitiva, nada sabía por mucho que le diera vueltas.

Así, pues, opté por escribir esta historia mentalmente ¿Cómo? Pues memorizando cada palabra, cada frase, en su más pormenorizado detalle para comprobar si así le daba sentido a todo lo que había vívido en este tiempo indeterminado. Y así permanecí durante una eternidad, dos, tres, cuatro, no sé cuantas de ellas por los siglos de los siglos, por los eones de los eones... Ahora que terminé por infinitesimal vez lo que me ocurrió hasta que acabé aquí tendré que volver a comenzar de nuevo...

martes, 4 de junio de 2024

Poemas del interior

 - Recuerdos agradables del pasado

se hacen amargos con el paso

de los años hasta culminar

en un presente desesperado.


Caminan los amantes de antaño

ahora convertidos en un matrimonio

desdichado, con un par de hijos

que aunque amados, son fuente de desgracias


Lloramos cuando deslizamos 

nuestra mirada hacía atrás,

hacía aquellos acantilados escarpados,

y no porque su subida haya sido penosa,


sino porque su bajada fue demasiado 

veloz, y cuando vamos cayendo 

sin pararnos pensamos cuán hermosas

eran las vistas desde las alturas.


Ahora ya viejos y arrepentidos

de no haber gozado de aquel suculento

sabor como se merecía, de habernos

quejado por minucias en demasía,


volvemos la vista atrás con lágrimas

en los ojos y con una sonrisa resignada

que cuando es vista por los viandantes

suele ser malinterpretada.


A veces, sufrimos por mero gusto al dolor.

Nos regocijamos en la problematicidad

de una trágica fantasía cuyo drama

reside en la estupidez humana.


No en vano, muchos justo en el instante

previo a la muerte repasan varias veces

aquella escena en apariencia simple

donde sonreían siendo unos meros aprendices.


- La senda del maldito suele ser

bastante solitaria, y aunque en compañía,

esta no destierra del todo esa desolación

porque habita en el interior.


Los caminos son vastos, recónditos

a las veces y cargados de misterios,

mas aún con ello no dejan de ser

repetitivos, con los mismos enigmas.


Se trata de trazar líneas sobre espacios

que ya fueron marcados de antemano,

idénticos despliegues se dividen

sobre las mismas rotondas y desaires.


Dubitativo, pienso en lo anodino

de este sufrimiento que me tiene preso

en las cárceles de antaño, tan sólo

bautizadas con nuevos grilletes.


Viejas heridas vuelven a abrirse

bajo el sello de nuevos juramentos,

destinos entrelazados por promesas

que irrevocablemente retornan a romperse.


Escucho un sonsonete atrofiado

de tanto sublevarse, y grito 

para que esta tristeza que se cierne

conozca de algún tipo de sentido.


Siempre contemplo los mismos rostros

cuyos semblantes siendo diversos

reproducen esas extrañas muecas

que por hipertrofía no identifico.


Aquel rechazo creo haberlo visto

reflejado en alguna parte, pudiera ser

que fuera en los espejos rotos

de los que acuden a la ciudad de los pérdidos.


Ya no siento nada, sólo esa carencia

afectiva que olvidó su rima

cual el poema inacabado escrito

por un ángel caído que nadie ha llamado.


- Cuando perezca el viento seguirá

arreciando igual, del mismo modo

irá llevando hojas y recuerdos

a los mismos abandonados derroteros.


Cuando perezca las viejas canciones

continuarán sonando tal y como

lo hicieron antaño, y quienes las escuchen

proseguirán con idénticos llantos.


Cuando perezca el sol y la luna retornarán

con su pugna ancestral, en secreto

idilio romántico, buscándose y evitándose

cual amantes y sus rencores


Cuando perezca en los campos

hierbas y matojos se sucederán

en una cadena que se retroalimenta,

adornando lindes y caminos.


Cuando perezca todas las personas

proseguirán con sus vidas, yendo aquí

y allá sin cesar, desconociendo el por qué

de sus ilusiones y tristezas.


Cuando perezca...


- La tristeza es una lágrima 

que se esconde debajo de la piel,

se acumula bajo nuestras mejillas

y cuando ya no lo soporta más,

se dilata en el foso interno.


La siento como una caricia,

un recordatorio de la aciaga melancolía

que se desliza en aquella temida

despedida, es una mano rolliza

que nunca pasa desapercibida.


Incluso cuando pretendemos

ignorar su insistente presencia,

nos vemos irrevocablemente llamados

a su expectación, a posar los ojos

allí donde los demas no ven nada.


Contemplo a través de la ventana

un paisaje evolutivo, mas cuando

atenúo mi vista vislumbro mi propio

semblante, y justo ahí bajo mi piel,

hay una lágrima latente que se sostiene.


- Cuando es de noche, salgo para fundir

mis pensamientos en su negrura

insondable. Alzo mi vista y observo

un horizonte de color azul marino,

un páramo celestial plagado de estrellas.


Me embarga una tristeza innúmera,

de la que no sabría sondear su contenido.

Se trata de una melancolía sin razón,

una inconsciencia del dolor

que me produce espasmos y temblores.


Por eso, mantengo mi mirada 

en dirección al cielo para olvidarme

de mis tribulaciones egoístas 

y vislumbrar un todo único, absoluto,

que haga desvanecer mi yo sensible.


Es cierto que me embriago 

con un ideal de belleza que se encarna

en un paisaje que carece de particulares,

mas a menudo estos replandores

fosforecentes me hacen recordar


mi propia míseria. Siento sus parpadeos

cual insospechados guiños, su mutar

una suerte de confidencia callada

y su permanencia un recordatorio

de mi estremecimiento involuntario.


Quisiera plegar mi alma sobre la luna,

danzar a su al rededor como un hado

sombrío, y al perecer, ser lo mismo

que aquel todo abandonado de los ojos

de unos cuantos mortales desdichados.


Mas todo ello son fantasías, 

divagaciones de un loco solitario.

Al final, sólo queda aquel silencio

sólo interrumpido a las veces 

por el aliento primigenio, y el susurro de algún dios.


- Estoy fumando en la calle,

mirando desinteresado el paso

de los transeúntes. Todos parecen

carentes de alma, jarrones vacíos.


Inamovible, clavado en mi sitio,

espero un acontecimiento pasajero

de aquellos que aún efímeros

permanecen encerrados en la memoria.


Hasta el humo que se expulsa

por mi boca entreabierta se ha permeado

con la tristeza que este espirítu solitario

alienta desde largos años pasados.


Todo momento se sucede

encadenándose en una serie de instantes

desvanecidos cuales fotogramas

expulsados de unas viejas cajas llenas de polvo.


Demasiado melancólico para hablar

tiendo a considerar al silencio 

un nuevo tipo de lenguaje,

y a las bocanadas de tabaco meras exclamaciones.


- Sentado en un banco de carcomida

madera, exhalo y expulso humo

proveniente del majestuoso ducado

que cuelga pendiente de mis labios.


Mientras un humo nebuloso discurre

ante mis ojos, contemplo el transcurrir

de los seres siempre igualmente

repetitivo, animado por un resorte.


Desde los más pequeños a los más grandes, todos parecen insuflados

por una escasa llama azulada

que les permite vivir a penas.


Las hojas casi marrones se dejan

arrastrar por el embravecido viento,

diversas cajas abandonadas en la calle

se tambalean a las veces por contrapeso,


Hombres ociosos como yo fuman en soledad, mujeres andan en compañía,

los niños lanzan pelotas por todos los sitios y los ancianos les miran con mal ceño


Al principio creía comprenderlo todo,

pensaba que todo eran razones

concretadas en cosas, pero cuanto más

observo menos entiendo del espectáculo


Uno podría considerar que los seres

se desplazan por mero instinto,

o en su defecto, lo hacen por causas

que persiguen diversos efectos.


Mas en realidad, no hay nada de eso.

El conjunto, lo esencial, se reduce

a vacuidad. La vida en general

son secuencias desordenadas.


Los vivos son muertos movientes,

y los muertos vivos recordados.

Mis ojos son lo que ven, y mi mente

es lo que antes vió y después verá.


El estar sentado fumando, aquí ahora mismo será un poema que compondré

de pie, y los versos que serán leídos 

la sombra de un muerto y sus recuerdos.


- En el silencio de la noche medito,

y entrando en mí mismo encuentro

diálogo con los espíritus, los cuales

gozan de revolotear a mi al rededor

lanzando extrañas exclamaciones.


Yo siempre les digo lo mismo, 

que los entiendo a la perfección

porque aún vivo, encerrado en el cuerpo,

camino entre mis semejantes 

como si fuera uno de ellos.


Rara vez hablo, y también como ellos,

me comunico con calladas señales

que lanzo en aras de un ideal

indefinido, pues las palabras habladas

siempre son traidoras en su mensaje.


Mejor fuera que todo el mundo

adquiriese la virtud de la mudez,

que al verse se supiese cual es

la verdad que encierran las montañas

y cual el misterio del devenir marítimo.


Quiero ser esa roca desafiante

puesta por azar en la mitad del camino,

la lluvia que pilla repentina a los viajeros

y aquel símbolo del cuervo

cuando se posa en los ventanales de los amantes.


Danzar como andar, suspirar como gritar,

lanzar ese verso que dura un segundo

y deslizar mi castigo por los senderos

descubriendo la salvación

que se encuentra al caer del abismo.


Deseo cantar sin melodía, pasear

siendo sombra y volar en el descenso.

Sólo así podría afirmar rotundamente

que el miedo es una mera advertencia

y la valentía su secreto cómplice.


Si todo ello se cumpliera mas allá

de la metáfora sin rima que encierra

una sentencia bien dicha, pudiera

soñar con un paraíso que no requiera

de una única doctrina.


Pero cuando los espíritus que me acompañan me escuchan decir

sin hablar todas estas cosas, tienden

a despedirse antes de tiempo, quizás

para indicarme que pronto seré como ellos.


- Cuando pensamos en Dios, alzamos

la mirada porque lo imaginamos inmenso,

escondido en el cielo estrellado.


Cuando lo hacemos en el demonio, 

la bajamos a un suelo pantanoso

porque nos recuerda a nuestras faltas.


Fabulando con el bien, vislumbramos

una grandeza celestial cuyo resplandor

es tan intenso que entornamos los ojos.


Fantaseando con el mal, nos quedamos

ciegos porque en un pozo tan profundo

sólo nos queda oscuridad e ignorancia.


Mas yo sueño con ambas esferas

aunadas en una sola donde aquello

que reluce se reconcilia con lo sombrío,

donde lo Absoluto sabe y siente

que lo bueno y lo malo es en nosotros

un todo único que conforma aquel

universal concretado en nosotros siendo niños.


- Es la vida un sueño que participa

de las ilusiones que nosotros mismos

vamos proyectando, que se alimentan

de suspiros lanzados al azar sobre

abismos insontables que no logramos alcanzar.


Es la muerte el despertar de aquel

tumultoso impulso onírico, y su sensación

se asemeja a cuando nos despertamos

en la vida ordinaria, comprendiendo

todo aquello que parecía desordenado en el sueño.


Cuando despertamos de la vida

en la muerte, hay una trompeta

encendida que clama al entendimiento

para que conozca cual es la auténtica

verdad y la fantasía del orden racional.


Se desparraman las imágenes ilusorias

de cuanto creímos certero, mas ahora

en vez de llorar como algunos hacen

en el lecho de la muerte al irse,

reímos al darnos cuenta de nuestra ingenuidad.


Noche y día se entremezclan, 

oscuridad y luminosidad se intercalan,

y nace una sensación sin sensaciones,

una comprensión sin entendimientos

que nos hace unificar lo disperso.


También los sufrimientos se convierten

en anécdotas, las carcajadas cotidianas

en chistes malos y nuestros pasos por

el mundo meros aleteos ante una

elevación de mariposa que es superior.


Esta es la sabiduría secreta, el gran

misterio que profirió un anciano

tan viejo que todos han olvidado 

su nombre, pero que cuando perecemos

todos reconocemos sin sentidos ni razones.


- Quién solitario detiene los ojos

ante lo extraordinario que encubre

lo aparentemente anodido descubre

una llama que se enciende, 

que se inflama en su pecho cual pira

desfalleciente y que parece llamar

a gritos algo que superándole, 

le sobrecoge. 


No en vano, intenta acallar

aquello que es imposible contener

en el hueco colmado del que nace

la conciencia de saber y de sentir,

que allí donde desliza su mirada

es resultado de un vacío que todavía

no ha recibido el cobijo de la luz

replandeciente que no espera 

ser nombrada. 


Por eso, su aparición

siempre causa una mezcla de extrañeza

y miedo, una balanza que juega

con el asombro y el desasosiego,

amargo aún siendo dulce, 

milagroso pese a ser aciago,

y cuyo final siempre da como resultado

aquello que desde un principio

fue, será y es. 


Busca sin objetivo, deslizate obviando

el resultado ante el cual todos asienten

cuando anteriormente lo habían negado,

porque no hay nada más real y patente

como esa visión sin ver que acontece

allí donde muerte y vida se confunden,

donde se troncan todos los pares

para dar un nacimiento que perece

a la luz apagada.


- Damos pasos inciertos que se conducen

a un ignoto final que nos parece

brumoso por lo incierto del túnel.

Profetas y otros sabios nos dicen

que más bien se trata de glamorosa

luz que invoca a los espíritus benéficos

a los píos y demonios monstruosos

a quienes extraviaron el camino.

Mas ello hace a los ignorantes recaer

en el vacío, y a los inteligentes 

dudar todavía más acerca de su porvenir.

Es una visión con la que nacemos

pero que olvidamos, un recuerdo

que acude a veces doblegándonos

moralmente, donde hemos de tomar

una decisión durante la mundanal vida

¡Ojalá fuera tan sencillo!

No es tan fácil como optar por una

de las caras de la moneda, en tanto

que hay en cada uno de nosotros

algo de esa luz y de esa sombra

que oscila como la llama de una vela

a veces de un amarillo marcado

y otras tanto azulada y humeante.

Sé de mi fragilidad, de ese ritmo titubeante que es tan imprevisible

cual monzón repentino en el bosque.

Pero no, no quiero ser de los desechados,

de los perdidos cuyo designio 

es una taza de café agrietada.

Aún en la oscuridad, quisiera caminar

en la vía iluminada, en aquella habitada

por hombres y mujeres ilustres, poder

sentarme a su al rededor en circulo

aunque no lo merezca demasiado.

Y pese a que en mi senda se encuentran

demasiados desvíos, que al final del todo

un sentido único y elevado me lleve allí

donde los jardines están coronados.


- Desde los tronos de los cielos

los ángeles me dicen con voz risonante

que mis versos les parecen demasiado

depresivos, cargados de melancolía.


En un principio mudo, mas luego

meditativo doy vueltas a sus palabras

con cierta perplejidad interna,

y con un callado temblor de labios.


No era mi pretensión el causar negativa

conmoción con mis poemas a aquellos

reinos celestiales, cargados siempre

de trompetas y secretas danzas.


Todo lo contrario, quisiera que el canto

que encubre mi poesía fuera un tributo

a aquellos velados habitantes

que protegen a un Dios oculto.


Cuando lanzo exclamaciones a los cielos

es para que estos me recuerden

del mismo modo que yo porto en mí

esa chispa celestial inspiradora.


La escasa fuerza de mis palabras

no es otra cosa que un hálito divino

un tanto desinflado, titubeante

entre las cárceles del alma.


Pero imagino que lo que se interpreta

como alabanza aquí en la tierra

para los ojos elevados se trata mas bien

de algo tan nímio que resulta triste.


- Esta tristeza tan mía juega 

con consumirme lentamente

en una descomunal pira de fuego.


Tan ardiendo siento las venas

que el aire que entra sólo sirve

para avivar las llamas interiores.


No me queda otra que permanecer

en quietud, esperando lo inevitable

hasta mi desvanecimiento corporal.


Hasta que cada fragmento material

se evapore en una suerte de sustancia

que siendo espiritual se eleve.


Sé que una actitud de tal talante

sólo propiciará escrutadoras miradas

entre mis semejantes, que interpretarán

mi permanencia parada cual

conformismo irremediable.


Pero no es así. Esta es la posición

de alguien que aunque ignorante

comprende el paso efímero de toda cosa,

y que por mucho movimiento que haya,

todo acabará siendo lo mismo.


- Soy sombra que busca la luz,

cuervo amante de los amaneceres,

insecto de retorno a la madriguera,

luna que espera su encuentro en el día.


Se apagan los farores, la calle se muestra

desierta y quienes toman la vía noctuna

saben que su paseo es sólo una vuelta

cuya meta parece ser incierta.


Pero la esperanza sigue latente,

es una promesa que nadie pronunció

mas que todos saben que debe

cumplirse por señales en el cielo.


Ya esta noche representa un velo

que será rasgado una vez que se cumpla

el signo que fue esculpido sobre piedra

sagrada, noticia de sabios de antaño.


No hay que temer del azar, y menos aún

de los callejones interrumpidos

por oscuros presagios, anunciadores

de los infiernos amonestadores.


El caminante ha de mantener con espíritu

onírico ese estigma producido antes

de su propia creación, y que con un obrar

que es su mero deambular le libera.


Todo el mundo nocturno es un incierto

tránsito que reconoce lo lúminico

cuando todas las puertas estén cerradas

y sólo la más lejana de ellas se abra.


Entonces, todo capricho, todo paso

deviniente hallará la estabilidad pura

en el encaminarse hacía la vereda

donde sol y luna sean un Uno perfecto.


Soy sombra que busca la luz,

cuervo amante de los amaneceres,

insecto de retorno a la madriguera,

luna que espera su encuentro en el día.


- Andamos perdidos buscando

una verdad de la que no sabemos

con seguridad si atraparemos 

con nuestras manos, o se irá

desvaneciendo con nuestra cercanía.


A veces creo vislumbrarla a través

de millares de velos dispersos

encadenados por unas extrañas fibras,

que al contacto con la vista,

se dispersan y aumentan por doquier.


Nuestra vista es imperfecta, el intelecto

vano a la hora de intentar captar

aquello que es absoluto en toda

su integridad, como mucho nos otorga

atisbos que en las noches se trueca en imaginaciones


Fantasías y sueños se intercalan 

con razón y pasión dando por nacimiento

un ser amorfo cuya única intención

es alcanzar lo verdaderamente bello

escondido en una amapola que está muy sola


Caminado, atravesando el campo

sólo observo hierbas disecadas

y algún que otro canto lejano

proveniente de una melodiosa voz

que cada vez parece más perteneciente al recuerdo.


¿Cual es la causa de tanta tristeza?

¿Por qué los colores se tornan grisáceos?

¿Qué ocurre cuando el sol se esconde?

Misterios todos que sólo conducen

hacía otros enigmas indescifrables.


Prefiero el silencio, la meditación

prolongada, la oración infinita

en vías de esa unión tras la cual

todo y nada acaban sumidos

en aquel cometa que se estrella.


- Atravesando páramos desiertos

alzo la mirada hacía los cielos,

y no puedo evitar titubear

una pregunta en forma de un ¿Por qué? 


Sudando sin cesar durante el día,

temblando sin evitarlo a las noches,

creo escrutar en las alturas

una señal que no logro descifrar.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


Me oculto en una cueva que se encuentra

en los más lejanos bosques, y ahí

dejo pasar el fingimiento que es el tiempo

en completa oscuridad e ignorancia,


y cuando un leve de rayo de luz se filtra

entre las grietas, sigo su recorrido

con los ojos del corazón descubriendo

que este conduce a ninguna parte.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


En sueños me contemplo a mí mismo

escalando a través de innúmeros

peldaños, y a pesar de dedicar todos

mis esfuerzos me quedo en el mismo instante.


Así que finalmente opto por parar,

me detengo en el último escalón

que pisé para descubrir que ya había

llegado hacía donde nadie sabe.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


Desde los rascacielos se puede ver

muchas hormigas recorriendo

los centenares de montículos

que ellas mismas construyeron,


mas yo no quiero ser una de ellas,

y por ello fantaseo con la idea 

de poner fin a la eterna construcción

lanzándome al núcleo del adios.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


- Cierro los ojos, silencio mis oidos.

Ceso de hablar, tapono mi olfato.

El pensamiento se detiene, las sensaciones se evaporan.


Sólo busco el detenerse de las impresiones.


Sello mis párpados, clausuro mis orejas.

Coso mi boca, me arranco la nariz.

La mente se cierra, el tacto ya no es nada.


Sólo ansío la quietud de las imagenes.


Me quedo ciego, también sordo.

Mudo sin palabras, perdidos los olores.

La cabeza vacía, los dedos quebrados.


Sólo voy tras el vacío.


La oscuridad alivia, el silencio comunica.

Imposible describir la cárcel del alma

donde la presencia es mera utopía.


Después del viaje, ya no queda nada...


- Me encuentro perdido desde hace

ya largo tiempo. Imagino que fuí

caminando desde un punto incierto

llegando a estas sendas que no reconozco. He olvidado hasta

mi nombre, no sé de donde provengo

ni por qué escribo lo que está

aquí impreso. Tampoco sé la razón

de usar de estos simbolos 

para comunicar un mensaje tan oscuro,

tan desconocido para mí desde su origen.

Quizás hasta olvide por qué una palabra

con otra hace un sentido que se proyecta

como luminarias lejanas, en mi caso

todos estos sentimientos son cuales

estelas en el cielo que se desvanecen

nada más nacer y cuyo propósito

se deshace del mismo modo que

se formaron. Soy ya materia sin conciencia, ficha perdida del destino, movimiento tremulo que otro hizo por mí,

capricho de deidades aburrridas...

Sigo una sucesión de instantes

que fueron decididos por algo

que me sobrepasa, puede que tal sea

mi única certeza a la par que el saberme

un desconocedor nato que desde

hace muchos años no entiende nada.




viernes, 3 de mayo de 2024

Colección de haikus

 - Pasan las horas

en esta noche brumosa.

Una urraca se posa en la ventana.


- Cierro los ojos.

Escucho el respirar y el latir vital,

y veo implícito el final.


- Se me cae el alma al suelo

cada vez que veo pobredumbre.

Se alza al mirar la luna.


- Ando en total soledad

sobre el pavimento mojado.

Bancos de niebla.


- Parece ser que la tristeza

no ha tardado en presentarse.

Recuerdo a mi abuelo.


- Me desparramo sobre un montón

de mantas desperdigadas,

e imagino que son mi tumba.


- Tumbado sobre la cama,

miro hacía la nada.

Estoy enfermo.


- Abundante rocío

sobre mi sucia camisa.

Lágrimas nocturnas.


- Mi respiración sonando,

y como respuesta,

el silencio.


- Ausencia de sensaciones,

carencia de impresiones.

Todo es oscuridad


- Camino con vaho colgante

de mis labios balbucientes.

Blanca escarcha.


- Fuera, hace frío.

Dentro, demasiado calor.

Solo yo.


- Ante los recuerdos, remordimientos.

Frente al presente, tristeza.

Lucha interna.


- La noche tan silenciosa

como callada la luna,

sólo canta mi corazón.


- Dolores en el estómago

y la melancolía reiterativa.

Ya es año nuevo.


- Enciendo mi ducado

mientras cae la llovizna.

Humo mojado.


- Un poco ebrio

camino por los senderos

de la muerte y los sueños.


- Vaho claro ascendente,

mirada sombría descendente.

Fría madrugada.


- Vigilado, aunque complacido

desde la oscuridad.

Un ente invisible.


- Ecos de pasos

en los oscuros pasillos:

fantasmas conmigo.


- Los párpados pesados,

los brazos petrificados:

Una sombra.


- Sea noche o día,

mil flechas atraviesan

nuestros cuerpos.


- Comienzo con fuerza,

mas según pasa el tiempo

voy decreciendo.


- Brumosos pensamientos 

regentan la mente.

Ahora todo es oscuro.


- Recuerdos ahora presentes

cuando el paisaje

los convierte.


- Entre los libros

diferentes fantasías

me dan otra vida.


- En el largo pasillo

da igual donde se mire,

sólo es oscuridad.


- Estando ciego

no distingo la noche del día.

Tinieblas en mi mente.


- Dirijo mi mirada

hacía mi pecho descubierto:

vacío y quietud.


- La arena iluminada

por los últimos replandores,

y yo, en la quebrada.


- Otra vez enfermo.

Contemplo con impotencia

el enturbiado pasillo.


- Repiquetea la lluvia

en el tejado metálico.

Auspicios melancólicos.


- Cansado, me deslizo

por el mundo

cual hoja olvidada.


- El paseo de noche,

en silencio, incierto.

En mis sueños, resuelto.


- Demasiado ruido

para escuchar la callada

melodía del silencio.


- Dices muchas palabras.

Ojalá callases

para entender su ausencia.


- Ráfagas en el cielo.

Son el sutil reflejo

de mi paisaje interno.


- Ya pronto anochece

sin una sola voz.

Estoy cansado.


- Un suspense en el aire.

El murciélago se retrasa

en su vuelo nocturno.


- Quisiera ser ligero

cual bolsa vacía

desperdigada por el mar.


- Un puzzle sin resolver,

una rueda que gira y gira.

Tengo la cabeza espesa.


- Cierran puertas, ventanas,

ojos y algunas bocas.

Soy yo mismo.


- La noche es una manta

y la luna la nana.

Estoy en mi hogar.


- Campos desiertos

que no conocen fin.

Horizonte de solitarios.


- Hierbas secas, abrojos

y un pájado desperdigado.

Tribulaciones en el paisaje.


- Contemplo las calles

fumando mi ducado al sol.

Estoy borracho.


- Bastante dolido emprendo

 el mismo camino de regreso.

Las sombras me cobijan.


- Cuando la noche aparece

y todo se oscurece

siento consuelo.


- Ojos expectantes

y vaho en los corazones.

Ha llegado la nieve.


- Manos y pisadas estampadas

sobre la nieve acumulada.

Un sello efímero.


- Mirando al vacío

me siento desconcertado.

Debería vivir en el.


- Luminarias pasajeras

se desparraman en la carretera.

Gentes que se despiden.


- Con cada paso,

algo muere y nace.

Mi reflejo se deshace.


- Por donde me muevo:

Una sombra.

Quieto, ya nada.


- Luna velada por sendas

de nubes y de sombras.

Un demonio complacido.


- Es en el silencio,

aún el incómodo

donde más siento al yo.


- Escucho el susurrar

de la lluvia incipiente

hasta desde mi interior colmarme.


- El chillido estridente

del paso de los trenes

es la redención de las ciudades.


- Bebo cerveza y fumo ducados

en esta madrugada anodina.

Adíos a la tristeza.


- Sepulto mis ojos: la noche.

Los abro, y sigue siendo

la misma noche.


- En mis sueños, una sombra.

Indago mirando la luna,

y sé que soy yo mismo.


- Nada que hacer,

nada que decir.

Vivir cual muerto.


- Lo que veo ante mí

es tan irreal e inconsistente

como su misma idea.


- Temblores repentinos

y ese picor en el cuello...

La huella del vampiro


- Tanto silencio, 

aquel grito ahogado...

Es la noche.


- A mis ojos nada llega, 

pero en mis oídos

percibo susurros.


- Un viento violento

está caprichoso.

Quiere decirme algo.


- Otra vez de vuelta

al acostumbrado hogar.

Siento añoranza.


- Los días se deslizan

siempre con idéntico orden.

Preso de la rutina.


- Al recordar la pasada

felicidad, estremecimiento.

Pugna del interior.


- El agua de la lluvia

cae sin perdonar

allí donde se posa.


- Lejos del tráfago mundano

sólo aspiro a la soledad

y al silencioso descanso.


- Demasiadas voces, muchos ruidos.

Quiero alejarme allí

donde callado anochece.


- Desalentado, yo lanzo

una colilla de ducado

a la acera solitaria.


- Gentes que pasan

sin advertir ni por asomo

que sus vidas son nada.


- El viento que nos rodea

hace por un momento

que el yo sea un todos.


- Día primaveral caluroso.

Sólo espero la brisa

que me alivie.


- Leyendo poemas

sobre la hierba a dos voces.

Instantes como versos.


- Pinchazos en la cabeza,

vista cargada de neblina.

Es hora de descansar. 


- Se predispone la mente

a vislumbrar aquello

por lo que no estoy preparado.


- Cantos lejanos

en la primaveral noche.

Pájaros en celo.


- El paisaje detenido

en perpetua quietud.

Una rosa muy sola.


- Una lucha en el cielo

por la pervivencia

de una sola hoja vieja.


- Demasiado dolor

durante el aciago día.

Descanso en la noche.


- Se agitan las ramas

en el turbulento sol.

La luna las alivia.


- Mirando a las gentes

siento distancia y cercanía

como un ave a su presa.


- Fumando y andando

pasa raudo el tiempo,

ajeno a mis cavilaciones.


- Escucho los ronquidos

de mi perro desde lejos.

Sueña como vive.


- Se ha escapado

una estrella esta noche

¿Quién la encontrará?


- Después de haber leído

sostengo el libro

y medito sobre la verdad.


- Veo los mismos rostros

y siento idénticos vacíos.

Esa es la humanidad.


- Deslizan las gentes,

mutan los paisajes.

Soy un vagabundo.


- El olor de la almohada

recíen lavada me reconforta.

Campo de flores.


- Al vivir soñamos la vida,

y al morir despertamos.

El gran misterio.


- Las ilusiones dispersas

cobrarán su sentido unívoco

cuando se cierren las persianas.


- Silencio a la mañana,

silencio del silencio

en las noches lejanas.


- No se escucha nada,

no se ve nada.

He llegado.


- Nos perdemos 

en los sederos

y reconocemos el destino.


- Si al dormir

no despertase mañana

sería una liberación.


- Un encuentro inesperado

llama al recuerdo pasado

y a su redención.


- Es la noche

la que me enseña

que hay otro cielo.


- Cierro los ojos.

Un mundo nuevo

se nos impone.


- Para desterrar las sombras

de la mundanal ignorancia

acude al interior.


- Hay luz tras el velo

que supone el destierro.

Ahí me encontré.


- No mires, no digas,

evita escuchar en demasía.

El saber en silencio palpita.


- Hay más esperanza

en la vela que se apaga

que en la lámpara encendida.


- Aún entristecido

me muestro alegre

cuando acude la luna.


- Silencio del silencio,

entender no entendiendo.

Un enigma.



lunes, 1 de abril de 2024

El deleite de la sangre

 Aquel joven llevaba una vida muy propia de su condición. Es decir, ya que había decidido proseguir con sus estudios, su rutina se resumía en encerrarse dentro de su habitación para estudiar e investigar, y sólo salía de lunes a viernes para acudir a su universidad. No tenía una vida social como tal, su contacto con la humanidad podría resumirse en un hola y un adiós de algunos rostros conocidos. Tampoco tenía una afición muy destacable, a excepción de ensimismarse en su lectura durante horas y en pasearse por su jardín con un vaso de whisky en su mano izquierda. Esto último era su único vicio mundano, ya que respecto a otra clase de placeres se consideraba inocente. Y no hablemos de su contacto con mujeres, el cual era nulo y se limitaba a figuraciones eróticas e idealistas que tomaba de los libros, mas un contacto real para él hubiera sido impensable.

Como decía, sus andanzas vitales eran siempre las mismas. Se limitaban a una rutina de salir y de entrar de su casa, con escasas variaciones en su trayecto, tanto en los mismos paisajes que observaba a través de la ventana como de los semblantes que le acompañaban en el mismo. Siempre todo era exactamente igual, sin mutación aparente. Todo trancurría con idéntico sopor, percibía la decadencia de las ciudades y su frénetico ritmo artificial, que articulaba desde el caminar de las gentes hasta las horas programadas en las que pasaba el metro. Nada parecía advertir que iba a cambiar hasta un pequeño detalle que se fue haciendo más grande con la llegada de un extraño día...

O más bien tendría que decir noche porque cuando ocurrió el primer acontecimiento estaba volviendo en autobús a su casa como era costumbre. Antes de llegar a su parada, comenzó a sentirse extraño, su cuerpo se estremecía y su mente se encontraba nublada por inhóspitas sensaciones. No podría determinar si esta sensación le placía o le desagradaba, pero sí que era una novedad de la que no entendía su origen. Aún con ello, manteniendo un corazón de hierro, se dispuso a tocar el botón que indicaba al conductor que tendría que hacer parada, y se bajó tambaleándose. Una vez que se encontraba en la calle, fue andando con temblores en las piernas mas que no le impedían renovar sus esfuerzos para llegar cuanto antes a su casa, y entonces, percibió de soslayo una silueta en forma de sombra que se deslizó ante sus perplejos ojos. No podría determinar de qué se trataba, así que continuó su camino hasta llegar a casa evitando pensar qué era aquello, y consecuentemente, olvidándolo.

Al día siguiente, aconteció exactamente lo mismo. Aquel estremecimiento interno antes de bajar le volvió a acompañar desde el mismo punto, y una vez que se desplazó para bajarse el idéntico temblor de piernas que impedía avanzar con soltura se presentó ante sus sensaciones. En ese instante se acordó de aquella figura que durante el día olvidó inconscientemente, así que dedujo que como tenía aquella misma sensación esta no tardaría en volver a aparecer. Finalmente no fue así, y si creyó ver algo lo achacó a su inducción provocada por el leve temor que sentía. Aunque, en verdad, mas temía el encontrarse siempre tan raro al volver a casa por si se trataba de alguna enfermedad que no a la aparición de una sombra repentina que podría ser cualquier cosa.

Durante las semanas siguientes, siguió ocurriendo lo mismo que lo anteriormente narrado, algunas veces con escasas variantes entre sí mas la sombra parecía que había desaparecido, que se había desvanecido en el aire desde su primera aparición. Sin embargo, aquel malestar turbó bastante a este joven, ya que empezó a replantearse que estaba efectivamente enfermo. Incluso, fue a varias revisiones, y no satisfecho con ellas, se presentó ante diferentes especialistas para que le tratasen. Todos ellos determinaron que se encontraba bien, más el sentía que no mejoraba.

Esto fue así hasta que un mes más o menos después, durante uno de estos regresos a su casa de noche, de repente se encontró estupendamente a pesar de encontrarse muy cerca de la parada que le correspondía. No podía ni creérselo, hasta tal punto se había acostumbrado a ese malestar que le sorprendía encontrarse bien de repente sin haber aplicado ningún tipo de remedio. Mas, no obstante, justo cuando bajó del autobús y este se alejó con sus ruedas chirriando, pudo ver frente a él aquella figura nublosa que sólo vió repentinamente la primera vez. En esta ocasión, como en la anterior, no pudo atisbar ningún rasgo distintivo ni en su cuerpo ni en su rostro, mas sin saber por qué sentía que le observaba. No podía ver sus ojos, pero como se encontraba en pétrida quietud sintió que le miraba fijamente, escrutandole con la sutileza con la que un científico observa las moléculas en su laboratorio. Durante este escutrinio, no podía moverse hasta que de repente pudo hacer avanzar su pie izquierdo, y luego el derecho hasta que salió por patas de aquel lugar.

En las semanas que se siguieron, volvió a ocurrir exactamente lo mismo. Es cierto que aquel malestar tan extraño al bajar a su parada había desaparecido por completo, pero la presencia de aquella figura sombría que le analizaba a relativa distancia le turbó tanto que casi deseaba que la sensación aquella retornase si con ello se libraba de aquel espionaje de las sombras. Hasta que un día indeterminado, tanto las sensaciones extrañas como la sombra escrutadora desaparecieron tal y como habían aparecido en su día. En cambio, se encontró otra novedad que perturbó en cierto modo su rutina anodina. Ya hemos indicado más arriba que el día a día de este joven no podría ser más rutinario ni repetitivo, que conocía todos aquellos semblantes que observaba en el autobus debido a que siempre lo tomaba en las misma horas, y así un día tras otro día. Pues bien, apareció de repente una joven que jamás había visto durante sus viajes de ida y de regreso, la cual llamó poderosamente su atención. Cierto es que en apariencia este detalle podría no tener importancia, quizás fuera una nueva vecina o las circuntancias la han llevado a cambiar el horario de su ruta, en fin puede deberse a diversos factores. Pero, desconociendo el origen de ese interés, su presencia le atraía de una forma que ni él mismo podía explicarse. No se trataba de que la viera especialmente atractiva, ni de que le sonara de lo que fuera, mas el caso es que su mera presencia provocaba que él no pudiera apartar los ojos de ella durante todo el viaje.

A pesar de que no se sentía raro al bajar, ni la extraña figura se prestaba a observarle cuando lo hacía, aquella joven le provocaba una sensación dulce al paladar cuando posaba su mirada en ella, mas lo que al principio era dulzor se iba transmutando en amargor en la medida que la distancia entre ellos se alargaba una vez que tenía que bajar de su parada, sintiendose tremendamente mal hasta que volvía a verla. Debido a esto, un día decidió hacer acopio de valor, y se sentó a su lado. Ella ni se inmutó lo más mínimo, podría decirse que hasta permaneció impasible a su presencia. Sin saber qué hacer ni qué decir, decidió presentarse. En ese instante, ella le miró a él por primera vez, y aunque no le respondió con palabras a nada de lo que él le preguntaba, por el fulgor de sus ojos y el asentimiento que hacía moviendo su cabeza arriba y abajo, determinó que por lo que fuese le caía en gracia a pesar de que no le comunicase nada con el habla.

Así se desarrolló una suerte de amistad, al principio basada en la mudez de ella y en la palabrería incesante de él. Al principio creyó que era de hecho muda, mas con el contacto reiterado ella comenzó a responderle con palabras sueltas, como susurros que en otro contexto pudieran interpretarse como cortantes. Mas no era así de ningún modo, puesto que las escasas palabras que ella profería siempre estaban acompañadas de una sonrisa a medias y de un sonrojo en sus mejillas que le confería una especie de aire inocente. Ante lo cual, él sin ser capaz de ocultar su sorpresa, reía de felicidad con estas muestras de cariño velado, que sin embargo revelaban mucho más de lo que parecía.

Al final, se dió cuenta de que se había enamorado. Obviamente, no se lo formuló con estas palabras a sí mismo, pero si se podría decir que sintió algo parecido que le recorría todo su cuerpo teniendo al estomago como su núcleo. Siempre que recordaba sus rizos desperdigados, su figura esbelta, sus mejillas encendidas y sus ojos negros que le tenían preso, no podía evitar sentirse vivo por primera vez en su vida. Además, es digno de hacer notar que sus continúos encuentros fueron estableciendo una suerte de complicidad mutua que aunque no era transmitida mediante el habla, sí que se mostraba tal cual era gracias a los gestos que ambos traslucían cuando se encontraban juntos. Incluso, sus cuerpos, que en un principio guardaron una distancia prudencial dictaminada por la desconfianza que se da entre dos personas que no se conocen demasiado, fue estrechándose hasta que formaron una masa compacta que les hacía sentir aunados.

Pero una noche todo cambió, el decidió que tras mantener durante un mes y medio aquellos encuentros en el autobus, tenían que salir de esa esfera para formar una propia que estuviera fundada sobre la intimidad. Así se lo comunicó a ella, y pese a que en un comienzo ella diera reiteradas señales de negativa, finalmente terminó por ceder, quedando en que justo el viernes siguiente, en vez de despedirse cuando él bajase en su parada, le podría acompañar a cierto lugar. Cuando llegó ese viernes por la noche, así lo hicieron ambos. Hasta se cogieron de la mano mientras se internaban en las oscuras calles, yendo de camino hacía un lugar que para él era desconocido. Así estuvieron hasta que situaron frente a un inmenso portal, todo el barnizado de negro y oculto entre dos álamos que le servían de guardianes. Justo cuando estaban a punto de entrar, el la retuvo un instante para posar sus labios sobre lo de ella. Y aunque fue un beso bastante inocente, pudo sentir su aliento tan dulce como gélido en lo que sería una fracción de segundo, como también cierto pinchazo que aún con el pequeño dolor que comportaba, supo apreciar en una especie de deleite secreto.

- Por si no te has dado cuenta, yo te amo con toda la potencia de mis entrañas - el le dijo

- Ya lo sé, pero antes de que prosigas prefiero que entremos ahí dentro... - respondió ella con cierto misterio que encubría la verdadera significación de sus palabras.

Y pese a que intentó seguir hablando con ella, todo fue en vano porque le tiró con una fuerza inusitada que le hizo seguir avanzando hacía delante. Una vez en el interior, se encontró en un amplio salón que era iluminado por una antigua lampara de araña cuya luz cálida contrastaba con el ambiente de dejadez que imperiaba en la sala. De otras estancias que se encontraban sumidas en la oscuridad, apareció una mujer pelirroja muy alta, que aún siendo muy madura conservaba cierto hálito de juventud en las ideales formas de su cuerpo, que se balanzeaba cual si estuviera bailando, flotando en un sutil aire que no existía. Él interpretó que sería un familiar de su joven compañera, su madre o quizás su tía, aunque no se parecieran pensó. Para expresar sus respetos, se inclinó en forma de saludo cordial. Ella, respondió a esta inclinación con una pícara mirada de curiosidad, y exclamó:

- Vaya, vaya... ¿A quién tenemos por aquí? Por favor, haga el favor de acompañarme hacía el interior. Le tengo guardada una sorpresa que estoy segura que no le dejará de ningún modo indiferente. Venga, sigame, señorito.

Algo en esta última palabra le provocó una sensación de congoja que no comprendía, como tampoco llegaba a entender cómo había llegado a dicha situación. Mas, a pesar de esto, la siguió como un resorte automatizado, como si su voluntad estuviera a su merced y no pudiera hacer mucho más al respecto. Sus miembros se desplazaban atraídos hacía algo que rechazaba cualesquiera conceptualización imaginable, dirigidos sólo por una aspiración hacía algo que le era desconocido cual si fuera su inevitable destino.

Se encontró en una sala oscura, en la cual, por mucho que agudizara su mirada, no era capaz de determinar su aspecto. Pero con el paso del tiempo, mientras el silencio era la única respuesta, pudo ver ciertas figuras que se deslizaban en su interior por todos los lados, arriba y abajo como cargadas por una energía que surgía de las tinieblas. De repente, se encendió la luz, y ya pudo reconocer, perplejo, lo que tenía ante él. Se trataba de un montón de mujeres desnudas de todos los tipos y apariencias, desde mujeres casi albinas con sus melenas salvajes al viento pasando por otras más morenas que le observaban con cautivadores ojos, y acabando por otras con una tez todavía más oscura cuyos pesados senos se arrastraban en correspondencia a sus movimientos. Todo un espectáculo salvaje, que podría interpretarse como una orgía lesbica que por el mero hecho de experimentar, quisieran hacer la llamada de una figura masculina con la que jugar en su desfile orgásmico.

Él, mirando a un lado y a otro, se fue desplazando hacía el centro de la sala, parándose justo cuando había encontrado el punto de fuga de aquel desfile lascivo. Entonces, todas ellas, hermosas mujeres que carecían de ropaje alguno, se fueron juntando cada vez más entre ellas formando un cuerpo compacto cuyas únicas partes diferenciales eran unos semblantes sonrientes y unos pechos de diferentes tipos y tamaños. Se agarraron entre ellas formando un círculo que cada vez se iba cerrando en dirección al centro que suponía la presencia del joven, y justo cuando iban a alcanzarlo se detuvieron, clavando sus miradas en él en tanto que se relamían los labios. Este último gesto que podría interpretarse como una forma de expresar la sensualidad, pronto reveló la verdadera razón de sus intenciones, puesto que a la postre mostró unos finos colmillos que asomaban a cada uno de sus labios, a la par que unos ojos que a fuerza de mirarle se encontraban inyectados en sangre.

Aquello fue una de las últimas cosas que pudo ver aquel desdichado joven que en un comienzo podría haber parecido recompensado por un designio divino con cientos de cuerpos femeninos a sus disposición, pues en realidad él era el regalo que ellas habían tomado, y no por instancias celestiales precisamente... Puesto que se abalanzaron sobre él, rasgándole con sus mordeduras algunas partes de su cuerpo haciendo especial incidencia en su cuello, del cual sobresalía un gran reguero de sangre del que muchas de ellas aprovechaban para embadurnarse el cuerpo, mientras se lamían y relamían entre ellas con cada gota de sangre desperdigada entre sus miembros estremecidos de placer. Unas y otras pasaban sus ensangrentadas lenguas entre los cuerpos de sus hermanas para aprovechar el suculento manjar por el cual ellas seguían reptando por el mundo. Tal era el goce, que no podían evitar proferir gran cantidad de gemidos exultantes, en tanto que la vida del joven se agotaba con cada mordisco imprevisto, con cada desgarramiento de su carne en busca de la roja ambrosía de la vida que le conduciría a la muerte.

Justo antes de perecer, cuando su corazón emitía sus postreros latidos desasosegados, pudo contemplar a la joven que produjo su perdición en una relativa distancia. Sonreía despojándose de sus atuendos mostrando un cuerpo digno del mayor elogio por parte de un pintor del Renacimiento, debido a la anchura de sus formas y a la nobleza de sus muslos. Algo rezagada se agachó para lamer el suelo como un animal obediente, para lamer un charco junto a sus bellas hermanas de su propia sangre coagulada en recompensa a su proeza...