martes, 2 de julio de 2024

En mi tumba

 Cuando leí el relato de Diego Torres de Villaroel que versaba en torno a que el personaje principal contemplaba estupefacto su propio entierro, no salí de mi asombro. Lugubres imágenes cruzaban mi mente y se troncaban en sutiles divagaciones relacionadas con la significación e implicación de la muerte. No lo podía evitar, según mis ojos se deslizaban por aquellas líneas, presentí en mi interior algo que no sabría con certeza describir. Se trataba de una vaga intuición que me señalaba algo que el corazón sabía, pero que la mente ignoraba por completo al no ser capaz de concretar aquello sobre lo que la vía intuitiva incidía. No supe la verdad respecto a esta sensación entre agustiosa y extraña hasta pasado algún tiempo después, cuando el recuerdo de aquel relato se había difuminado un tanto.

Recorría yo las acostumbradas sendas de mi pueblo a través de la serranía meditando en torno a mi consabidas divagaciones filosóficas relacionadas con el núcleo desde el que partía el verdadero conocimiento, cuando una rara sensación me recorrió el espinazo haciendo que mis miembros se tambaleasen en una especie de vértigo inaudito. Como sentía que no era capaz de avanzar, decidí sentarme sobre una roca rodeada de abrojos abandonados. Casi caí por inercia, cual si mi caída sobre aquella roca fuera un asunto que ya estaba predeterminado. Con mi trasero apoyado sobre tal duro espacio, usé mis manos como punto de sostén de mi cabeza que notaba que me daba vueltas, y entorné los ojos hasta el punto de quedarme dormido.

Cuando abrí los ojos y me espabilé un poco, descubrí estupefacto que ya se había hecho completamente de noche. Me extrañó este hecho porque antes de aquella rara sensación eran sobre las seis de la tarde, y al consultar mi reloj caí en la cuenta de que eran las once de la noche. Es decir, me había quedado dormido unas seis horas sin darme cuenta, casi lo que suelo dormir cotidianamente pero sobre una colcha suave y confortable. Mas esta vez, inesperadamente, fue sobre una dura roca sentado mientras una brisa fría circundaba mi cuerpo en sopor. Todavía no había escapado de esta perplejidad cuando comencé a escuchar una melodía en la lejanía, jamás había escuchado una música parecida, y sin saber la razón decidí investigar su procedencia.

Casi por instinto me dirigí hacía un camino que hasta entonces no había recorrido, no era una de aquellas sendas que habían sido marcada con el paso de los hombres y de los carros, sino que se trataba de atravesar campos de cultivos abandonados que se encontraban repletos de malashierbas. Debí de clavarme alguna de ellas en mis pies debido a que portaba conmigo chanclas, pero no me dí cuenta absolutamente de nada. Lo que sí sabía es que cada vez estaba más cerca del lugar hacía el cual me dirigía debido a que la música era cada vez mas nídita. Hasta caí en la cuenta de que no se trataba de una mera melodía instrumental con unos elementos -aunque extraños- sencillos, sino que además estaba acompañada por un canto femenido a tres voces, lo cual le daba un toque entre atractivo y espectral.

Cada vez más cerca, además de escuchar pude contemplar, y ví que se trataba de una marcha que al comienzo se me figuraba una marcha fúnebre según algún rito pagano, pero cuando me hallaba todavía más cerca, no ví ataúd alguno que revelase mi primera intuición. Quizás se tratase de una reunión sectaria que hasta entonces desconocía, no estaba del todo seguro. Por ello, me acerqué a un personaje -no sabía si se trataba de hombre o de mujer, porque estaba todo cubierto de una tela negra- y le pregunté qué era aquello. Sin embargo, aunque se paró y pareció escucharme, me dió la sensación de que en modo alguno me había entendido. Así que repetí mi pregunta dos veces, la primera con premura y la segunda con mucha lentitud. Entonces, quizás haciendo un esfuerzo por interpretar mis palabras, ladeó su cabeza hacía el lado siniestro revelando su incomprensión, y como si no quisiera seguir esforzandose por entenderme, regresó con el grupo aminorando la marcha.

Personalmente no sabía qué hacer ni cómo reaccionar ante aquello, pero como en la ocasión anterior, sentía que no era capaz de controlar los movimientos de mi cuerpo y opté por seguirlos debido a una fuerza interior que me era en parte ajena. Creo que así seguí tras ellos en una distancia prudente para que no interpretasen que era uno del grupo sino un simple curioso al rededor de un par de horas, cuando llegamos a un llano completamente despejado de amarillentas hierbas en forma de círculo. Ninguno de los presentes se atrevió a atravesarlo como tampoco a situarse en el centro, simplemente permanecieron en sus bordes mas sin completar el círculo, dejando espacios entre sí sin una armonía prefijada. De repente, tuve el presentimiento de que alguien se encontraba justamente tras de mí, y cuando quise darme la vuelta para comprobarlo, se hizo la verdadera noche para mí.

Tras otro letargo, volví a abrir los ojos de nuevo y me encontré en el centro del círculo, y pese a que intenté moverme para salir de ahí con premura, no fuí capaz. Tenía el cuerpo paralizado, y notaba un borbotear de mi propia sangre que salía despavorida desde mi cuello hasta el suelo polvoriento. Pude percibir que el circulo se encontraba como mas cerrado, y quienes estaban a mi al rededor entonaban cánticos que me eran desconocidos, unos en forma de susurros y otros alzando la voz. No comprendía nada, y cuanto más me esforzaba en hacerlo, menos aún. Sentí que mi visión se difuminaba, y que todo lo que podía contemplar se resolvía en una tenúe neblina que procedía de mi propio cuerpo. Quizás debido a la ingente pérdida de sangre, todo pasó de ser borroso a alucinatorio porque empecé a ver largas figuras sombrías que ejecutaban una especie de danza tribal. Estas se balanceaban a un lado y a otro mientras mi visión se acortaba por mis párpados caídos hasta que caí en una hipnosis infundada por aquellas inhóspitas criaturas.

Al despertarme otra vez, me encontraba sentado sobre un duro banco de madera maciza. Cuando recuperé parte de la conciencia supe que estaba en una Iglesia debido al Cristo crucificado que se encontraba en el altar, como también a las imágenes religiosas que reproducían pasajes del Evangelio que estaban a mi al rededor. Desconcertado, intenté levantarme pero no pudé así que esperé sin saber a qué. Al cabo de lo que quizás serían treinta minutos, comencé a escuchar un murmullo de concurrencia a mis espaldas. Si que podía girarme, así que al fijarme detenidamente supe que provenía del enorme portadón que servía de entrada a la Iglesia. No tardó mucho tiempo en abrirse cuando comenzó a entrar un gran número de gente que al menos a lo lejos desde la distancia en la que me encontraba me era desconocida.

Casi al instante la sala se encontraba abarrotada, también a mis dos lados había un grupo de gente cuyo semblante me era imposible identificar. Por mucho que forzase mi visión no se revelaban sus rasgos, parecía cual si una goma de borrar hubiera recorrido sus rostros haciéndoles inextingibles, imposibles de determinar con certeza. Intenté mover mis labios para proferir palabras, pero no podía, e incluso, quise gritar para que alguien notase mi presencia, pero sólo logré que ese grito se ahogase y que se quedase desplegandose en mi interior como ocurre en los parálisis del sueño.

En esa tesitura me encontraba cuando de repente se encendió un foco cuya procedencia física era invisible, mas cuando me fijé con mayor atención supe que apuntaba a un féretro al lado del altar. Y en ese momento un cura profirió un sermón en latín con mucha pasión, no lo había memorizado, sino que lo hablaba con naturalidad haciendo de lo que se consideraba una lengua muerta algo completamente vivo y encarnado en su persona. Como no comprendía la extraña situación en la que me hallaba, comencé a recorrer mi mirada por la sala para averigüar si era capaz de distinguir a alguno de los presentes, si podía adivinar un rostro conocido entre el borrón neblinoso que les atravesaba el semblante de lado a lado. Fue entonces cuando algo me llamó particularmente la atención, poco más adelante se encontraba una mujer que no paraba de llorar rodeada por dos niñas que la acariciaban la espalda intentando consolarla, y justo en su frente se encontraba la fotografía del susodicho difunto, que por lo demás me resultaba bastante familiar.

Dando vueltas a la cabeza, discerní sobre qué se trataba aquello... ¡Y tan familiar! ¡Quién estaba en la fotografía era yo mismo! No recordaba cuando me tomé esa fotografía, ni reconocí a absolutamente nadie de los presentes como tampoco a aquella desconsolada mujer y a sus dos criaturas, mas en comparación a mi descubrimiento, todo aquello eran pormenores que aunque indescifrables, pequeñas cuestiones que no venían al caso del asunto principal, el cual era que me encontraba en mi propia ceremonia de defunción. Es decir, sin saber cómo ni por qué, me hallaba ante los ritos fúnebres de mi propia muerte como aquel personaje del que hablé al principio. Por mucho que me esforzase por pensar no llegaba a resultado alguno en torno a este oscuro portento de la naturaleza. Además, dicho sea de paso, tampoco comprendía como las circunstancias antecedentes desde el comienzo de mi historia me habían llevado a la presente, y mucho menos iba a entender el postrer acontecimiento hacía el cual me dirigía como una marioneta desplazada por extraños designios...

Parecía que se acababa la ceremonia, ya que algunos de los presentes acudían para dar sus respetos al muerto -que era yo, supuestamente- otros después de aquello se dirigían hacía quién imagino que sería mi viuda para darle el pésame, y algunos otros aunque aparentemente constreñidos salían con la cabeza gacha sin dirigir la mirada a nadie. Antes de que unos hombres fornidos acudiesen a recoger el ataúd, entró una mujer muy alta que se quedó en medio de la salada mirando hacía los lados como tan desconcertada cual me encontraba yo mismo, y detuvo su mirada con especial insistencia hacía mí. Aunque en un principio creí que me miraba, y que incluso me reconocía, al poco supe que no era así, que más bien miraba en mi dirección como quién se queda en babía, en un suspenso de desconexión mental. Y aún cuando se llevaron el ataúd, cargándolo en sus hombros con la ayuda de unas barras, esta mujer cuyo semblante se encontraba del mismo modo que el de los demás -es decir, como emborronado- se quedo sola en la inmensa Iglesia. Quizás, viendo que se encontraba sola a excepción de mi presencia invisible, comenzó a proferir unos desgarradores alaridos y a golpear el suelo con manos y piernas usando de suma saña.

Su dolor era demasiado fuerte, se había convertido en una lunática debido al sufrimiento que la atenazaba interiormente, la devoraba de alma a cuerpo como si se tratase de un cáncer que amenazaba con consumirla tarde o temprano. Tal era la persistencia y la potencia de esa desesperación angustiosa que llegó a penetrar en mi espíritu, haciéndome desfallecer en un letargo impulsado por los genios lagrimosos que procedían de aquel pecho desgarrado. Antes de retornar a la inconsciencia, pude vislumbrar en forma ilusoria que se abrían grietas a través de los muros de la Iglesia, cual una metáfora  del inmenso dolor de aquella mujer. Imaginé, que, en sus recovecos interiores se formaban unas grietas semejantes que producían sus gritos, puesto que se estaba desangrando por dentro.

Finalmente, cuando mis párpados se deslizaron hacía arriba, ya no ví nada porque estaba todo completamente oscuro. Por extraño que parezca teniendo en cuenta los pasajes precedentes, en esta ocasión sí que logré moverme con soltura si no fuera porque algo detenía mi movimiento en su plenitud. Me sentía encerrado, rodeado de angostos muros que me mantenían cercado a pesar de que había recuperado la capacidad de moverme mejor que en las ocasiones anteriores. Fue entonces cuando me dí cuenta: estaba enterrado, encerrado en un ataúd de madera que suponía mi sepultura. Intenté gritar, dar golpes, agitar mi cuerpo con desenfreno, arañar con mis uñas la tapa de madera que estaba en frente de mí, mas todo ello fue en vano. No sé cuanto tiempo permanecí con esa actitud, minutos, horas, puede que días... No tenía conciencia del tiempo que transcurría, mas poco importa porque el caso es que me rendí.

Me quedé plantado en el sitio, y pese a que tenía la capacidad de moverme, decidí actuar consecuentemente como lo haría un auténtico muerto, es decir: quedándome petrificado ahí donde me habían plantado. Sin embargo, no fuí capaz de detener mi capacidad de pensar, reflexioné casi inconscientemente como lo haría uno antes de dormirse cada noche en lo que había vivido con anterioridad. Se me ocurrió que pudiera ser que todo fuera mentira, o en su defecto, que mi alma hubiera sido testigo de aquellos terrorifícos portentos como por capricho de algún dios malvado, procedente más del infierno que del cielo. Mas en definitiva, nada sabía por mucho que le diera vueltas.

Así, pues, opté por escribir esta historia mentalmente ¿Cómo? Pues memorizando cada palabra, cada frase, en su más pormenorizado detalle para comprobar si así le daba sentido a todo lo que había vívido en este tiempo indeterminado. Y así permanecí durante una eternidad, dos, tres, cuatro, no sé cuantas de ellas por los siglos de los siglos, por los eones de los eones... Ahora que terminé por infinitesimal vez lo que me ocurrió hasta que acabé aquí tendré que volver a comenzar de nuevo...

martes, 4 de junio de 2024

Poemas del interior

 - Recuerdos agradables del pasado

se hacen amargos con el paso

de los años hasta culminar

en un presente desesperado.


Caminan los amantes de antaño

ahora convertidos en un matrimonio

desdichado, con un par de hijos

que aunque amados, son fuente de desgracias


Lloramos cuando deslizamos 

nuestra mirada hacía atrás,

hacía aquellos acantilados escarpados,

y no porque su subida haya sido penosa,


sino porque su bajada fue demasiado 

veloz, y cuando vamos cayendo 

sin pararnos pensamos cuán hermosas

eran las vistas desde las alturas.


Ahora ya viejos y arrepentidos

de no haber gozado de aquel suculento

sabor como se merecía, de habernos

quejado por minucias en demasía,


volvemos la vista atrás con lágrimas

en los ojos y con una sonrisa resignada

que cuando es vista por los viandantes

suele ser malinterpretada.


A veces, sufrimos por mero gusto al dolor.

Nos regocijamos en la problematicidad

de una trágica fantasía cuyo drama

reside en la estupidez humana.


No en vano, muchos justo en el instante

previo a la muerte repasan varias veces

aquella escena en apariencia simple

donde sonreían siendo unos meros aprendices.


- La senda del maldito suele ser

bastante solitaria, y aunque en compañía,

esta no destierra del todo esa desolación

porque habita en el interior.


Los caminos son vastos, recónditos

a las veces y cargados de misterios,

mas aún con ello no dejan de ser

repetitivos, con los mismos enigmas.


Se trata de trazar líneas sobre espacios

que ya fueron marcados de antemano,

idénticos despliegues se dividen

sobre las mismas rotondas y desaires.


Dubitativo, pienso en lo anodino

de este sufrimiento que me tiene preso

en las cárceles de antaño, tan sólo

bautizadas con nuevos grilletes.


Viejas heridas vuelven a abrirse

bajo el sello de nuevos juramentos,

destinos entrelazados por promesas

que irrevocablemente retornan a romperse.


Escucho un sonsonete atrofiado

de tanto sublevarse, y grito 

para que esta tristeza que se cierne

conozca de algún tipo de sentido.


Siempre contemplo los mismos rostros

cuyos semblantes siendo diversos

reproducen esas extrañas muecas

que por hipertrofía no identifico.


Aquel rechazo creo haberlo visto

reflejado en alguna parte, pudiera ser

que fuera en los espejos rotos

de los que acuden a la ciudad de los pérdidos.


Ya no siento nada, sólo esa carencia

afectiva que olvidó su rima

cual el poema inacabado escrito

por un ángel caído que nadie ha llamado.


- Cuando perezca el viento seguirá

arreciando igual, del mismo modo

irá llevando hojas y recuerdos

a los mismos abandonados derroteros.


Cuando perezca las viejas canciones

continuarán sonando tal y como

lo hicieron antaño, y quienes las escuchen

proseguirán con idénticos llantos.


Cuando perezca el sol y la luna retornarán

con su pugna ancestral, en secreto

idilio romántico, buscándose y evitándose

cual amantes y sus rencores


Cuando perezca en los campos

hierbas y matojos se sucederán

en una cadena que se retroalimenta,

adornando lindes y caminos.


Cuando perezca todas las personas

proseguirán con sus vidas, yendo aquí

y allá sin cesar, desconociendo el por qué

de sus ilusiones y tristezas.


Cuando perezca...


- La tristeza es una lágrima 

que se esconde debajo de la piel,

se acumula bajo nuestras mejillas

y cuando ya no lo soporta más,

se dilata en el foso interno.


La siento como una caricia,

un recordatorio de la aciaga melancolía

que se desliza en aquella temida

despedida, es una mano rolliza

que nunca pasa desapercibida.


Incluso cuando pretendemos

ignorar su insistente presencia,

nos vemos irrevocablemente llamados

a su expectación, a posar los ojos

allí donde los demas no ven nada.


Contemplo a través de la ventana

un paisaje evolutivo, mas cuando

atenúo mi vista vislumbro mi propio

semblante, y justo ahí bajo mi piel,

hay una lágrima latente que se sostiene.


- Cuando es de noche, salgo para fundir

mis pensamientos en su negrura

insondable. Alzo mi vista y observo

un horizonte de color azul marino,

un páramo celestial plagado de estrellas.


Me embarga una tristeza innúmera,

de la que no sabría sondear su contenido.

Se trata de una melancolía sin razón,

una inconsciencia del dolor

que me produce espasmos y temblores.


Por eso, mantengo mi mirada 

en dirección al cielo para olvidarme

de mis tribulaciones egoístas 

y vislumbrar un todo único, absoluto,

que haga desvanecer mi yo sensible.


Es cierto que me embriago 

con un ideal de belleza que se encarna

en un paisaje que carece de particulares,

mas a menudo estos replandores

fosforecentes me hacen recordar


mi propia míseria. Siento sus parpadeos

cual insospechados guiños, su mutar

una suerte de confidencia callada

y su permanencia un recordatorio

de mi estremecimiento involuntario.


Quisiera plegar mi alma sobre la luna,

danzar a su al rededor como un hado

sombrío, y al perecer, ser lo mismo

que aquel todo abandonado de los ojos

de unos cuantos mortales desdichados.


Mas todo ello son fantasías, 

divagaciones de un loco solitario.

Al final, sólo queda aquel silencio

sólo interrumpido a las veces 

por el aliento primigenio, y el susurro de algún dios.


- Estoy fumando en la calle,

mirando desinteresado el paso

de los transeúntes. Todos parecen

carentes de alma, jarrones vacíos.


Inamovible, clavado en mi sitio,

espero un acontecimiento pasajero

de aquellos que aún efímeros

permanecen encerrados en la memoria.


Hasta el humo que se expulsa

por mi boca entreabierta se ha permeado

con la tristeza que este espirítu solitario

alienta desde largos años pasados.


Todo momento se sucede

encadenándose en una serie de instantes

desvanecidos cuales fotogramas

expulsados de unas viejas cajas llenas de polvo.


Demasiado melancólico para hablar

tiendo a considerar al silencio 

un nuevo tipo de lenguaje,

y a las bocanadas de tabaco meras exclamaciones.


- Sentado en un banco de carcomida

madera, exhalo y expulso humo

proveniente del majestuoso ducado

que cuelga pendiente de mis labios.


Mientras un humo nebuloso discurre

ante mis ojos, contemplo el transcurrir

de los seres siempre igualmente

repetitivo, animado por un resorte.


Desde los más pequeños a los más grandes, todos parecen insuflados

por una escasa llama azulada

que les permite vivir a penas.


Las hojas casi marrones se dejan

arrastrar por el embravecido viento,

diversas cajas abandonadas en la calle

se tambalean a las veces por contrapeso,


Hombres ociosos como yo fuman en soledad, mujeres andan en compañía,

los niños lanzan pelotas por todos los sitios y los ancianos les miran con mal ceño


Al principio creía comprenderlo todo,

pensaba que todo eran razones

concretadas en cosas, pero cuanto más

observo menos entiendo del espectáculo


Uno podría considerar que los seres

se desplazan por mero instinto,

o en su defecto, lo hacen por causas

que persiguen diversos efectos.


Mas en realidad, no hay nada de eso.

El conjunto, lo esencial, se reduce

a vacuidad. La vida en general

son secuencias desordenadas.


Los vivos son muertos movientes,

y los muertos vivos recordados.

Mis ojos son lo que ven, y mi mente

es lo que antes vió y después verá.


El estar sentado fumando, aquí ahora mismo será un poema que compondré

de pie, y los versos que serán leídos 

la sombra de un muerto y sus recuerdos.


- En el silencio de la noche medito,

y entrando en mí mismo encuentro

diálogo con los espíritus, los cuales

gozan de revolotear a mi al rededor

lanzando extrañas exclamaciones.


Yo siempre les digo lo mismo, 

que los entiendo a la perfección

porque aún vivo, encerrado en el cuerpo,

camino entre mis semejantes 

como si fuera uno de ellos.


Rara vez hablo, y también como ellos,

me comunico con calladas señales

que lanzo en aras de un ideal

indefinido, pues las palabras habladas

siempre son traidoras en su mensaje.


Mejor fuera que todo el mundo

adquiriese la virtud de la mudez,

que al verse se supiese cual es

la verdad que encierran las montañas

y cual el misterio del devenir marítimo.


Quiero ser esa roca desafiante

puesta por azar en la mitad del camino,

la lluvia que pilla repentina a los viajeros

y aquel símbolo del cuervo

cuando se posa en los ventanales de los amantes.


Danzar como andar, suspirar como gritar,

lanzar ese verso que dura un segundo

y deslizar mi castigo por los senderos

descubriendo la salvación

que se encuentra al caer del abismo.


Deseo cantar sin melodía, pasear

siendo sombra y volar en el descenso.

Sólo así podría afirmar rotundamente

que el miedo es una mera advertencia

y la valentía su secreto cómplice.


Si todo ello se cumpliera mas allá

de la metáfora sin rima que encierra

una sentencia bien dicha, pudiera

soñar con un paraíso que no requiera

de una única doctrina.


Pero cuando los espíritus que me acompañan me escuchan decir

sin hablar todas estas cosas, tienden

a despedirse antes de tiempo, quizás

para indicarme que pronto seré como ellos.


- Cuando pensamos en Dios, alzamos

la mirada porque lo imaginamos inmenso,

escondido en el cielo estrellado.


Cuando lo hacemos en el demonio, 

la bajamos a un suelo pantanoso

porque nos recuerda a nuestras faltas.


Fabulando con el bien, vislumbramos

una grandeza celestial cuyo resplandor

es tan intenso que entornamos los ojos.


Fantaseando con el mal, nos quedamos

ciegos porque en un pozo tan profundo

sólo nos queda oscuridad e ignorancia.


Mas yo sueño con ambas esferas

aunadas en una sola donde aquello

que reluce se reconcilia con lo sombrío,

donde lo Absoluto sabe y siente

que lo bueno y lo malo es en nosotros

un todo único que conforma aquel

universal concretado en nosotros siendo niños.


- Es la vida un sueño que participa

de las ilusiones que nosotros mismos

vamos proyectando, que se alimentan

de suspiros lanzados al azar sobre

abismos insontables que no logramos alcanzar.


Es la muerte el despertar de aquel

tumultoso impulso onírico, y su sensación

se asemeja a cuando nos despertamos

en la vida ordinaria, comprendiendo

todo aquello que parecía desordenado en el sueño.


Cuando despertamos de la vida

en la muerte, hay una trompeta

encendida que clama al entendimiento

para que conozca cual es la auténtica

verdad y la fantasía del orden racional.


Se desparraman las imágenes ilusorias

de cuanto creímos certero, mas ahora

en vez de llorar como algunos hacen

en el lecho de la muerte al irse,

reímos al darnos cuenta de nuestra ingenuidad.


Noche y día se entremezclan, 

oscuridad y luminosidad se intercalan,

y nace una sensación sin sensaciones,

una comprensión sin entendimientos

que nos hace unificar lo disperso.


También los sufrimientos se convierten

en anécdotas, las carcajadas cotidianas

en chistes malos y nuestros pasos por

el mundo meros aleteos ante una

elevación de mariposa que es superior.


Esta es la sabiduría secreta, el gran

misterio que profirió un anciano

tan viejo que todos han olvidado 

su nombre, pero que cuando perecemos

todos reconocemos sin sentidos ni razones.


- Quién solitario detiene los ojos

ante lo extraordinario que encubre

lo aparentemente anodido descubre

una llama que se enciende, 

que se inflama en su pecho cual pira

desfalleciente y que parece llamar

a gritos algo que superándole, 

le sobrecoge. 


No en vano, intenta acallar

aquello que es imposible contener

en el hueco colmado del que nace

la conciencia de saber y de sentir,

que allí donde desliza su mirada

es resultado de un vacío que todavía

no ha recibido el cobijo de la luz

replandeciente que no espera 

ser nombrada. 


Por eso, su aparición

siempre causa una mezcla de extrañeza

y miedo, una balanza que juega

con el asombro y el desasosiego,

amargo aún siendo dulce, 

milagroso pese a ser aciago,

y cuyo final siempre da como resultado

aquello que desde un principio

fue, será y es. 


Busca sin objetivo, deslizate obviando

el resultado ante el cual todos asienten

cuando anteriormente lo habían negado,

porque no hay nada más real y patente

como esa visión sin ver que acontece

allí donde muerte y vida se confunden,

donde se troncan todos los pares

para dar un nacimiento que perece

a la luz apagada.


- Damos pasos inciertos que se conducen

a un ignoto final que nos parece

brumoso por lo incierto del túnel.

Profetas y otros sabios nos dicen

que más bien se trata de glamorosa

luz que invoca a los espíritus benéficos

a los píos y demonios monstruosos

a quienes extraviaron el camino.

Mas ello hace a los ignorantes recaer

en el vacío, y a los inteligentes 

dudar todavía más acerca de su porvenir.

Es una visión con la que nacemos

pero que olvidamos, un recuerdo

que acude a veces doblegándonos

moralmente, donde hemos de tomar

una decisión durante la mundanal vida

¡Ojalá fuera tan sencillo!

No es tan fácil como optar por una

de las caras de la moneda, en tanto

que hay en cada uno de nosotros

algo de esa luz y de esa sombra

que oscila como la llama de una vela

a veces de un amarillo marcado

y otras tanto azulada y humeante.

Sé de mi fragilidad, de ese ritmo titubeante que es tan imprevisible

cual monzón repentino en el bosque.

Pero no, no quiero ser de los desechados,

de los perdidos cuyo designio 

es una taza de café agrietada.

Aún en la oscuridad, quisiera caminar

en la vía iluminada, en aquella habitada

por hombres y mujeres ilustres, poder

sentarme a su al rededor en circulo

aunque no lo merezca demasiado.

Y pese a que en mi senda se encuentran

demasiados desvíos, que al final del todo

un sentido único y elevado me lleve allí

donde los jardines están coronados.


- Desde los tronos de los cielos

los ángeles me dicen con voz risonante

que mis versos les parecen demasiado

depresivos, cargados de melancolía.


En un principio mudo, mas luego

meditativo doy vueltas a sus palabras

con cierta perplejidad interna,

y con un callado temblor de labios.


No era mi pretensión el causar negativa

conmoción con mis poemas a aquellos

reinos celestiales, cargados siempre

de trompetas y secretas danzas.


Todo lo contrario, quisiera que el canto

que encubre mi poesía fuera un tributo

a aquellos velados habitantes

que protegen a un Dios oculto.


Cuando lanzo exclamaciones a los cielos

es para que estos me recuerden

del mismo modo que yo porto en mí

esa chispa celestial inspiradora.


La escasa fuerza de mis palabras

no es otra cosa que un hálito divino

un tanto desinflado, titubeante

entre las cárceles del alma.


Pero imagino que lo que se interpreta

como alabanza aquí en la tierra

para los ojos elevados se trata mas bien

de algo tan nímio que resulta triste.


- Esta tristeza tan mía juega 

con consumirme lentamente

en una descomunal pira de fuego.


Tan ardiendo siento las venas

que el aire que entra sólo sirve

para avivar las llamas interiores.


No me queda otra que permanecer

en quietud, esperando lo inevitable

hasta mi desvanecimiento corporal.


Hasta que cada fragmento material

se evapore en una suerte de sustancia

que siendo espiritual se eleve.


Sé que una actitud de tal talante

sólo propiciará escrutadoras miradas

entre mis semejantes, que interpretarán

mi permanencia parada cual

conformismo irremediable.


Pero no es así. Esta es la posición

de alguien que aunque ignorante

comprende el paso efímero de toda cosa,

y que por mucho movimiento que haya,

todo acabará siendo lo mismo.


- Soy sombra que busca la luz,

cuervo amante de los amaneceres,

insecto de retorno a la madriguera,

luna que espera su encuentro en el día.


Se apagan los farores, la calle se muestra

desierta y quienes toman la vía noctuna

saben que su paseo es sólo una vuelta

cuya meta parece ser incierta.


Pero la esperanza sigue latente,

es una promesa que nadie pronunció

mas que todos saben que debe

cumplirse por señales en el cielo.


Ya esta noche representa un velo

que será rasgado una vez que se cumpla

el signo que fue esculpido sobre piedra

sagrada, noticia de sabios de antaño.


No hay que temer del azar, y menos aún

de los callejones interrumpidos

por oscuros presagios, anunciadores

de los infiernos amonestadores.


El caminante ha de mantener con espíritu

onírico ese estigma producido antes

de su propia creación, y que con un obrar

que es su mero deambular le libera.


Todo el mundo nocturno es un incierto

tránsito que reconoce lo lúminico

cuando todas las puertas estén cerradas

y sólo la más lejana de ellas se abra.


Entonces, todo capricho, todo paso

deviniente hallará la estabilidad pura

en el encaminarse hacía la vereda

donde sol y luna sean un Uno perfecto.


Soy sombra que busca la luz,

cuervo amante de los amaneceres,

insecto de retorno a la madriguera,

luna que espera su encuentro en el día.


- Andamos perdidos buscando

una verdad de la que no sabemos

con seguridad si atraparemos 

con nuestras manos, o se irá

desvaneciendo con nuestra cercanía.


A veces creo vislumbrarla a través

de millares de velos dispersos

encadenados por unas extrañas fibras,

que al contacto con la vista,

se dispersan y aumentan por doquier.


Nuestra vista es imperfecta, el intelecto

vano a la hora de intentar captar

aquello que es absoluto en toda

su integridad, como mucho nos otorga

atisbos que en las noches se trueca en imaginaciones


Fantasías y sueños se intercalan 

con razón y pasión dando por nacimiento

un ser amorfo cuya única intención

es alcanzar lo verdaderamente bello

escondido en una amapola que está muy sola


Caminado, atravesando el campo

sólo observo hierbas disecadas

y algún que otro canto lejano

proveniente de una melodiosa voz

que cada vez parece más perteneciente al recuerdo.


¿Cual es la causa de tanta tristeza?

¿Por qué los colores se tornan grisáceos?

¿Qué ocurre cuando el sol se esconde?

Misterios todos que sólo conducen

hacía otros enigmas indescifrables.


Prefiero el silencio, la meditación

prolongada, la oración infinita

en vías de esa unión tras la cual

todo y nada acaban sumidos

en aquel cometa que se estrella.


- Atravesando páramos desiertos

alzo la mirada hacía los cielos,

y no puedo evitar titubear

una pregunta en forma de un ¿Por qué? 


Sudando sin cesar durante el día,

temblando sin evitarlo a las noches,

creo escrutar en las alturas

una señal que no logro descifrar.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


Me oculto en una cueva que se encuentra

en los más lejanos bosques, y ahí

dejo pasar el fingimiento que es el tiempo

en completa oscuridad e ignorancia,


y cuando un leve de rayo de luz se filtra

entre las grietas, sigo su recorrido

con los ojos del corazón descubriendo

que este conduce a ninguna parte.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


En sueños me contemplo a mí mismo

escalando a través de innúmeros

peldaños, y a pesar de dedicar todos

mis esfuerzos me quedo en el mismo instante.


Así que finalmente opto por parar,

me detengo en el último escalón

que pisé para descubrir que ya había

llegado hacía donde nadie sabe.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


Desde los rascacielos se puede ver

muchas hormigas recorriendo

los centenares de montículos

que ellas mismas construyeron,


mas yo no quiero ser una de ellas,

y por ello fantaseo con la idea 

de poner fin a la eterna construcción

lanzándome al núcleo del adios.


Pero cuando los vientos soplan

con frenesí, provocando el desplazarse

de inmensas nubes, comienza

la que será tu tormenta.


Y entre relámpagos y estruendos

creo poder observar un semblante

que está oculto para ojos humanos,

y me indica la pureza de la muerte.


- Cierro los ojos, silencio mis oidos.

Ceso de hablar, tapono mi olfato.

El pensamiento se detiene, las sensaciones se evaporan.


Sólo busco el detenerse de las impresiones.


Sello mis párpados, clausuro mis orejas.

Coso mi boca, me arranco la nariz.

La mente se cierra, el tacto ya no es nada.


Sólo ansío la quietud de las imagenes.


Me quedo ciego, también sordo.

Mudo sin palabras, perdidos los olores.

La cabeza vacía, los dedos quebrados.


Sólo voy tras el vacío.


La oscuridad alivia, el silencio comunica.

Imposible describir la cárcel del alma

donde la presencia es mera utopía.


Después del viaje, ya no queda nada...


- Me encuentro perdido desde hace

ya largo tiempo. Imagino que fuí

caminando desde un punto incierto

llegando a estas sendas que no reconozco. He olvidado hasta

mi nombre, no sé de donde provengo

ni por qué escribo lo que está

aquí impreso. Tampoco sé la razón

de usar de estos simbolos 

para comunicar un mensaje tan oscuro,

tan desconocido para mí desde su origen.

Quizás hasta olvide por qué una palabra

con otra hace un sentido que se proyecta

como luminarias lejanas, en mi caso

todos estos sentimientos son cuales

estelas en el cielo que se desvanecen

nada más nacer y cuyo propósito

se deshace del mismo modo que

se formaron. Soy ya materia sin conciencia, ficha perdida del destino, movimiento tremulo que otro hizo por mí,

capricho de deidades aburrridas...

Sigo una sucesión de instantes

que fueron decididos por algo

que me sobrepasa, puede que tal sea

mi única certeza a la par que el saberme

un desconocedor nato que desde

hace muchos años no entiende nada.




viernes, 3 de mayo de 2024

Colección de haikus

 - Pasan las horas

en esta noche brumosa.

Una urraca se posa en la ventana.


- Cierro los ojos.

Escucho el respirar y el latir vital,

y veo implícito el final.


- Se me cae el alma al suelo

cada vez que veo pobredumbre.

Se alza al mirar la luna.


- Ando en total soledad

sobre el pavimento mojado.

Bancos de niebla.


- Parece ser que la tristeza

no ha tardado en presentarse.

Recuerdo a mi abuelo.


- Me desparramo sobre un montón

de mantas desperdigadas,

e imagino que son mi tumba.


- Tumbado sobre la cama,

miro hacía la nada.

Estoy enfermo.


- Abundante rocío

sobre mi sucia camisa.

Lágrimas nocturnas.


- Mi respiración sonando,

y como respuesta,

el silencio.


- Ausencia de sensaciones,

carencia de impresiones.

Todo es oscuridad


- Camino con vaho colgante

de mis labios balbucientes.

Blanca escarcha.


- Fuera, hace frío.

Dentro, demasiado calor.

Solo yo.


- Ante los recuerdos, remordimientos.

Frente al presente, tristeza.

Lucha interna.


- La noche tan silenciosa

como callada la luna,

sólo canta mi corazón.


- Dolores en el estómago

y la melancolía reiterativa.

Ya es año nuevo.


- Enciendo mi ducado

mientras cae la llovizna.

Humo mojado.


- Un poco ebrio

camino por los senderos

de la muerte y los sueños.


- Vaho claro ascendente,

mirada sombría descendente.

Fría madrugada.


- Vigilado, aunque complacido

desde la oscuridad.

Un ente invisible.


- Ecos de pasos

en los oscuros pasillos:

fantasmas conmigo.


- Los párpados pesados,

los brazos petrificados:

Una sombra.


- Sea noche o día,

mil flechas atraviesan

nuestros cuerpos.


- Comienzo con fuerza,

mas según pasa el tiempo

voy decreciendo.


- Brumosos pensamientos 

regentan la mente.

Ahora todo es oscuro.


- Recuerdos ahora presentes

cuando el paisaje

los convierte.


- Entre los libros

diferentes fantasías

me dan otra vida.


- En el largo pasillo

da igual donde se mire,

sólo es oscuridad.


- Estando ciego

no distingo la noche del día.

Tinieblas en mi mente.


- Dirijo mi mirada

hacía mi pecho descubierto:

vacío y quietud.


- La arena iluminada

por los últimos replandores,

y yo, en la quebrada.


- Otra vez enfermo.

Contemplo con impotencia

el enturbiado pasillo.


- Repiquetea la lluvia

en el tejado metálico.

Auspicios melancólicos.


- Cansado, me deslizo

por el mundo

cual hoja olvidada.


- El paseo de noche,

en silencio, incierto.

En mis sueños, resuelto.


- Demasiado ruido

para escuchar la callada

melodía del silencio.


- Dices muchas palabras.

Ojalá callases

para entender su ausencia.


- Ráfagas en el cielo.

Son el sutil reflejo

de mi paisaje interno.


- Ya pronto anochece

sin una sola voz.

Estoy cansado.


- Un suspense en el aire.

El murciélago se retrasa

en su vuelo nocturno.


- Quisiera ser ligero

cual bolsa vacía

desperdigada por el mar.


- Un puzzle sin resolver,

una rueda que gira y gira.

Tengo la cabeza espesa.


- Cierran puertas, ventanas,

ojos y algunas bocas.

Soy yo mismo.


- La noche es una manta

y la luna la nana.

Estoy en mi hogar.


- Campos desiertos

que no conocen fin.

Horizonte de solitarios.


- Hierbas secas, abrojos

y un pájado desperdigado.

Tribulaciones en el paisaje.


- Contemplo las calles

fumando mi ducado al sol.

Estoy borracho.


- Bastante dolido emprendo

 el mismo camino de regreso.

Las sombras me cobijan.


- Cuando la noche aparece

y todo se oscurece

siento consuelo.


- Ojos expectantes

y vaho en los corazones.

Ha llegado la nieve.


- Manos y pisadas estampadas

sobre la nieve acumulada.

Un sello efímero.


- Mirando al vacío

me siento desconcertado.

Debería vivir en el.


- Luminarias pasajeras

se desparraman en la carretera.

Gentes que se despiden.


- Con cada paso,

algo muere y nace.

Mi reflejo se deshace.


- Por donde me muevo:

Una sombra.

Quieto, ya nada.


- Luna velada por sendas

de nubes y de sombras.

Un demonio complacido.


- Es en el silencio,

aún el incómodo

donde más siento al yo.


- Escucho el susurrar

de la lluvia incipiente

hasta desde mi interior colmarme.


- El chillido estridente

del paso de los trenes

es la redención de las ciudades.


- Bebo cerveza y fumo ducados

en esta madrugada anodina.

Adíos a la tristeza.


- Sepulto mis ojos: la noche.

Los abro, y sigue siendo

la misma noche.


- En mis sueños, una sombra.

Indago mirando la luna,

y sé que soy yo mismo.


- Nada que hacer,

nada que decir.

Vivir cual muerto.


- Lo que veo ante mí

es tan irreal e inconsistente

como su misma idea.


- Temblores repentinos

y ese picor en el cuello...

La huella del vampiro


- Tanto silencio, 

aquel grito ahogado...

Es la noche.


- A mis ojos nada llega, 

pero en mis oídos

percibo susurros.


- Un viento violento

está caprichoso.

Quiere decirme algo.


- Otra vez de vuelta

al acostumbrado hogar.

Siento añoranza.


- Los días se deslizan

siempre con idéntico orden.

Preso de la rutina.


- Al recordar la pasada

felicidad, estremecimiento.

Pugna del interior.


- El agua de la lluvia

cae sin perdonar

allí donde se posa.


- Lejos del tráfago mundano

sólo aspiro a la soledad

y al silencioso descanso.


- Demasiadas voces, muchos ruidos.

Quiero alejarme allí

donde callado anochece.


- Desalentado, yo lanzo

una colilla de ducado

a la acera solitaria.


- Gentes que pasan

sin advertir ni por asomo

que sus vidas son nada.


- El viento que nos rodea

hace por un momento

que el yo sea un todos.


- Día primaveral caluroso.

Sólo espero la brisa

que me alivie.


- Leyendo poemas

sobre la hierba a dos voces.

Instantes como versos.


- Pinchazos en la cabeza,

vista cargada de neblina.

Es hora de descansar. 


- Se predispone la mente

a vislumbrar aquello

por lo que no estoy preparado.


- Cantos lejanos

en la primaveral noche.

Pájaros en celo.


- El paisaje detenido

en perpetua quietud.

Una rosa muy sola.


- Una lucha en el cielo

por la pervivencia

de una sola hoja vieja.


- Demasiado dolor

durante el aciago día.

Descanso en la noche.


- Se agitan las ramas

en el turbulento sol.

La luna las alivia.


- Mirando a las gentes

siento distancia y cercanía

como un ave a su presa.


- Fumando y andando

pasa raudo el tiempo,

ajeno a mis cavilaciones.


- Escucho los ronquidos

de mi perro desde lejos.

Sueña como vive.


- Se ha escapado

una estrella esta noche

¿Quién la encontrará?


- Después de haber leído

sostengo el libro

y medito sobre la verdad.


- Veo los mismos rostros

y siento idénticos vacíos.

Esa es la humanidad.


- Deslizan las gentes,

mutan los paisajes.

Soy un vagabundo.


- El olor de la almohada

recíen lavada me reconforta.

Campo de flores.


- Al vivir soñamos la vida,

y al morir despertamos.

El gran misterio.


- Las ilusiones dispersas

cobrarán su sentido unívoco

cuando se cierren las persianas.


- Silencio a la mañana,

silencio del silencio

en las noches lejanas.


- No se escucha nada,

no se ve nada.

He llegado.


- Nos perdemos 

en los sederos

y reconocemos el destino.


- Si al dormir

no despertase mañana

sería una liberación.


- Un encuentro inesperado

llama al recuerdo pasado

y a su redención.


- Es la noche

la que me enseña

que hay otro cielo.


- Cierro los ojos.

Un mundo nuevo

se nos impone.


- Para desterrar las sombras

de la mundanal ignorancia

acude al interior.


- Hay luz tras el velo

que supone el destierro.

Ahí me encontré.


- No mires, no digas,

evita escuchar en demasía.

El saber en silencio palpita.


- Hay más esperanza

en la vela que se apaga

que en la lámpara encendida.


- Aún entristecido

me muestro alegre

cuando acude la luna.


- Silencio del silencio,

entender no entendiendo.

Un enigma.



lunes, 1 de abril de 2024

El deleite de la sangre

 Aquel joven llevaba una vida muy propia de su condición. Es decir, ya que había decidido proseguir con sus estudios, su rutina se resumía en encerrarse dentro de su habitación para estudiar e investigar, y sólo salía de lunes a viernes para acudir a su universidad. No tenía una vida social como tal, su contacto con la humanidad podría resumirse en un hola y un adiós de algunos rostros conocidos. Tampoco tenía una afición muy destacable, a excepción de ensimismarse en su lectura durante horas y en pasearse por su jardín con un vaso de whisky en su mano izquierda. Esto último era su único vicio mundano, ya que respecto a otra clase de placeres se consideraba inocente. Y no hablemos de su contacto con mujeres, el cual era nulo y se limitaba a figuraciones eróticas e idealistas que tomaba de los libros, mas un contacto real para él hubiera sido impensable.

Como decía, sus andanzas vitales eran siempre las mismas. Se limitaban a una rutina de salir y de entrar de su casa, con escasas variaciones en su trayecto, tanto en los mismos paisajes que observaba a través de la ventana como de los semblantes que le acompañaban en el mismo. Siempre todo era exactamente igual, sin mutación aparente. Todo trancurría con idéntico sopor, percibía la decadencia de las ciudades y su frénetico ritmo artificial, que articulaba desde el caminar de las gentes hasta las horas programadas en las que pasaba el metro. Nada parecía advertir que iba a cambiar hasta un pequeño detalle que se fue haciendo más grande con la llegada de un extraño día...

O más bien tendría que decir noche porque cuando ocurrió el primer acontecimiento estaba volviendo en autobús a su casa como era costumbre. Antes de llegar a su parada, comenzó a sentirse extraño, su cuerpo se estremecía y su mente se encontraba nublada por inhóspitas sensaciones. No podría determinar si esta sensación le placía o le desagradaba, pero sí que era una novedad de la que no entendía su origen. Aún con ello, manteniendo un corazón de hierro, se dispuso a tocar el botón que indicaba al conductor que tendría que hacer parada, y se bajó tambaleándose. Una vez que se encontraba en la calle, fue andando con temblores en las piernas mas que no le impedían renovar sus esfuerzos para llegar cuanto antes a su casa, y entonces, percibió de soslayo una silueta en forma de sombra que se deslizó ante sus perplejos ojos. No podría determinar de qué se trataba, así que continuó su camino hasta llegar a casa evitando pensar qué era aquello, y consecuentemente, olvidándolo.

Al día siguiente, aconteció exactamente lo mismo. Aquel estremecimiento interno antes de bajar le volvió a acompañar desde el mismo punto, y una vez que se desplazó para bajarse el idéntico temblor de piernas que impedía avanzar con soltura se presentó ante sus sensaciones. En ese instante se acordó de aquella figura que durante el día olvidó inconscientemente, así que dedujo que como tenía aquella misma sensación esta no tardaría en volver a aparecer. Finalmente no fue así, y si creyó ver algo lo achacó a su inducción provocada por el leve temor que sentía. Aunque, en verdad, mas temía el encontrarse siempre tan raro al volver a casa por si se trataba de alguna enfermedad que no a la aparición de una sombra repentina que podría ser cualquier cosa.

Durante las semanas siguientes, siguió ocurriendo lo mismo que lo anteriormente narrado, algunas veces con escasas variantes entre sí mas la sombra parecía que había desaparecido, que se había desvanecido en el aire desde su primera aparición. Sin embargo, aquel malestar turbó bastante a este joven, ya que empezó a replantearse que estaba efectivamente enfermo. Incluso, fue a varias revisiones, y no satisfecho con ellas, se presentó ante diferentes especialistas para que le tratasen. Todos ellos determinaron que se encontraba bien, más el sentía que no mejoraba.

Esto fue así hasta que un mes más o menos después, durante uno de estos regresos a su casa de noche, de repente se encontró estupendamente a pesar de encontrarse muy cerca de la parada que le correspondía. No podía ni creérselo, hasta tal punto se había acostumbrado a ese malestar que le sorprendía encontrarse bien de repente sin haber aplicado ningún tipo de remedio. Mas, no obstante, justo cuando bajó del autobús y este se alejó con sus ruedas chirriando, pudo ver frente a él aquella figura nublosa que sólo vió repentinamente la primera vez. En esta ocasión, como en la anterior, no pudo atisbar ningún rasgo distintivo ni en su cuerpo ni en su rostro, mas sin saber por qué sentía que le observaba. No podía ver sus ojos, pero como se encontraba en pétrida quietud sintió que le miraba fijamente, escrutandole con la sutileza con la que un científico observa las moléculas en su laboratorio. Durante este escutrinio, no podía moverse hasta que de repente pudo hacer avanzar su pie izquierdo, y luego el derecho hasta que salió por patas de aquel lugar.

En las semanas que se siguieron, volvió a ocurrir exactamente lo mismo. Es cierto que aquel malestar tan extraño al bajar a su parada había desaparecido por completo, pero la presencia de aquella figura sombría que le analizaba a relativa distancia le turbó tanto que casi deseaba que la sensación aquella retornase si con ello se libraba de aquel espionaje de las sombras. Hasta que un día indeterminado, tanto las sensaciones extrañas como la sombra escrutadora desaparecieron tal y como habían aparecido en su día. En cambio, se encontró otra novedad que perturbó en cierto modo su rutina anodina. Ya hemos indicado más arriba que el día a día de este joven no podría ser más rutinario ni repetitivo, que conocía todos aquellos semblantes que observaba en el autobus debido a que siempre lo tomaba en las misma horas, y así un día tras otro día. Pues bien, apareció de repente una joven que jamás había visto durante sus viajes de ida y de regreso, la cual llamó poderosamente su atención. Cierto es que en apariencia este detalle podría no tener importancia, quizás fuera una nueva vecina o las circuntancias la han llevado a cambiar el horario de su ruta, en fin puede deberse a diversos factores. Pero, desconociendo el origen de ese interés, su presencia le atraía de una forma que ni él mismo podía explicarse. No se trataba de que la viera especialmente atractiva, ni de que le sonara de lo que fuera, mas el caso es que su mera presencia provocaba que él no pudiera apartar los ojos de ella durante todo el viaje.

A pesar de que no se sentía raro al bajar, ni la extraña figura se prestaba a observarle cuando lo hacía, aquella joven le provocaba una sensación dulce al paladar cuando posaba su mirada en ella, mas lo que al principio era dulzor se iba transmutando en amargor en la medida que la distancia entre ellos se alargaba una vez que tenía que bajar de su parada, sintiendose tremendamente mal hasta que volvía a verla. Debido a esto, un día decidió hacer acopio de valor, y se sentó a su lado. Ella ni se inmutó lo más mínimo, podría decirse que hasta permaneció impasible a su presencia. Sin saber qué hacer ni qué decir, decidió presentarse. En ese instante, ella le miró a él por primera vez, y aunque no le respondió con palabras a nada de lo que él le preguntaba, por el fulgor de sus ojos y el asentimiento que hacía moviendo su cabeza arriba y abajo, determinó que por lo que fuese le caía en gracia a pesar de que no le comunicase nada con el habla.

Así se desarrolló una suerte de amistad, al principio basada en la mudez de ella y en la palabrería incesante de él. Al principio creyó que era de hecho muda, mas con el contacto reiterado ella comenzó a responderle con palabras sueltas, como susurros que en otro contexto pudieran interpretarse como cortantes. Mas no era así de ningún modo, puesto que las escasas palabras que ella profería siempre estaban acompañadas de una sonrisa a medias y de un sonrojo en sus mejillas que le confería una especie de aire inocente. Ante lo cual, él sin ser capaz de ocultar su sorpresa, reía de felicidad con estas muestras de cariño velado, que sin embargo revelaban mucho más de lo que parecía.

Al final, se dió cuenta de que se había enamorado. Obviamente, no se lo formuló con estas palabras a sí mismo, pero si se podría decir que sintió algo parecido que le recorría todo su cuerpo teniendo al estomago como su núcleo. Siempre que recordaba sus rizos desperdigados, su figura esbelta, sus mejillas encendidas y sus ojos negros que le tenían preso, no podía evitar sentirse vivo por primera vez en su vida. Además, es digno de hacer notar que sus continúos encuentros fueron estableciendo una suerte de complicidad mutua que aunque no era transmitida mediante el habla, sí que se mostraba tal cual era gracias a los gestos que ambos traslucían cuando se encontraban juntos. Incluso, sus cuerpos, que en un principio guardaron una distancia prudencial dictaminada por la desconfianza que se da entre dos personas que no se conocen demasiado, fue estrechándose hasta que formaron una masa compacta que les hacía sentir aunados.

Pero una noche todo cambió, el decidió que tras mantener durante un mes y medio aquellos encuentros en el autobus, tenían que salir de esa esfera para formar una propia que estuviera fundada sobre la intimidad. Así se lo comunicó a ella, y pese a que en un comienzo ella diera reiteradas señales de negativa, finalmente terminó por ceder, quedando en que justo el viernes siguiente, en vez de despedirse cuando él bajase en su parada, le podría acompañar a cierto lugar. Cuando llegó ese viernes por la noche, así lo hicieron ambos. Hasta se cogieron de la mano mientras se internaban en las oscuras calles, yendo de camino hacía un lugar que para él era desconocido. Así estuvieron hasta que situaron frente a un inmenso portal, todo el barnizado de negro y oculto entre dos álamos que le servían de guardianes. Justo cuando estaban a punto de entrar, el la retuvo un instante para posar sus labios sobre lo de ella. Y aunque fue un beso bastante inocente, pudo sentir su aliento tan dulce como gélido en lo que sería una fracción de segundo, como también cierto pinchazo que aún con el pequeño dolor que comportaba, supo apreciar en una especie de deleite secreto.

- Por si no te has dado cuenta, yo te amo con toda la potencia de mis entrañas - el le dijo

- Ya lo sé, pero antes de que prosigas prefiero que entremos ahí dentro... - respondió ella con cierto misterio que encubría la verdadera significación de sus palabras.

Y pese a que intentó seguir hablando con ella, todo fue en vano porque le tiró con una fuerza inusitada que le hizo seguir avanzando hacía delante. Una vez en el interior, se encontró en un amplio salón que era iluminado por una antigua lampara de araña cuya luz cálida contrastaba con el ambiente de dejadez que imperiaba en la sala. De otras estancias que se encontraban sumidas en la oscuridad, apareció una mujer pelirroja muy alta, que aún siendo muy madura conservaba cierto hálito de juventud en las ideales formas de su cuerpo, que se balanzeaba cual si estuviera bailando, flotando en un sutil aire que no existía. Él interpretó que sería un familiar de su joven compañera, su madre o quizás su tía, aunque no se parecieran pensó. Para expresar sus respetos, se inclinó en forma de saludo cordial. Ella, respondió a esta inclinación con una pícara mirada de curiosidad, y exclamó:

- Vaya, vaya... ¿A quién tenemos por aquí? Por favor, haga el favor de acompañarme hacía el interior. Le tengo guardada una sorpresa que estoy segura que no le dejará de ningún modo indiferente. Venga, sigame, señorito.

Algo en esta última palabra le provocó una sensación de congoja que no comprendía, como tampoco llegaba a entender cómo había llegado a dicha situación. Mas, a pesar de esto, la siguió como un resorte automatizado, como si su voluntad estuviera a su merced y no pudiera hacer mucho más al respecto. Sus miembros se desplazaban atraídos hacía algo que rechazaba cualesquiera conceptualización imaginable, dirigidos sólo por una aspiración hacía algo que le era desconocido cual si fuera su inevitable destino.

Se encontró en una sala oscura, en la cual, por mucho que agudizara su mirada, no era capaz de determinar su aspecto. Pero con el paso del tiempo, mientras el silencio era la única respuesta, pudo ver ciertas figuras que se deslizaban en su interior por todos los lados, arriba y abajo como cargadas por una energía que surgía de las tinieblas. De repente, se encendió la luz, y ya pudo reconocer, perplejo, lo que tenía ante él. Se trataba de un montón de mujeres desnudas de todos los tipos y apariencias, desde mujeres casi albinas con sus melenas salvajes al viento pasando por otras más morenas que le observaban con cautivadores ojos, y acabando por otras con una tez todavía más oscura cuyos pesados senos se arrastraban en correspondencia a sus movimientos. Todo un espectáculo salvaje, que podría interpretarse como una orgía lesbica que por el mero hecho de experimentar, quisieran hacer la llamada de una figura masculina con la que jugar en su desfile orgásmico.

Él, mirando a un lado y a otro, se fue desplazando hacía el centro de la sala, parándose justo cuando había encontrado el punto de fuga de aquel desfile lascivo. Entonces, todas ellas, hermosas mujeres que carecían de ropaje alguno, se fueron juntando cada vez más entre ellas formando un cuerpo compacto cuyas únicas partes diferenciales eran unos semblantes sonrientes y unos pechos de diferentes tipos y tamaños. Se agarraron entre ellas formando un círculo que cada vez se iba cerrando en dirección al centro que suponía la presencia del joven, y justo cuando iban a alcanzarlo se detuvieron, clavando sus miradas en él en tanto que se relamían los labios. Este último gesto que podría interpretarse como una forma de expresar la sensualidad, pronto reveló la verdadera razón de sus intenciones, puesto que a la postre mostró unos finos colmillos que asomaban a cada uno de sus labios, a la par que unos ojos que a fuerza de mirarle se encontraban inyectados en sangre.

Aquello fue una de las últimas cosas que pudo ver aquel desdichado joven que en un comienzo podría haber parecido recompensado por un designio divino con cientos de cuerpos femeninos a sus disposición, pues en realidad él era el regalo que ellas habían tomado, y no por instancias celestiales precisamente... Puesto que se abalanzaron sobre él, rasgándole con sus mordeduras algunas partes de su cuerpo haciendo especial incidencia en su cuello, del cual sobresalía un gran reguero de sangre del que muchas de ellas aprovechaban para embadurnarse el cuerpo, mientras se lamían y relamían entre ellas con cada gota de sangre desperdigada entre sus miembros estremecidos de placer. Unas y otras pasaban sus ensangrentadas lenguas entre los cuerpos de sus hermanas para aprovechar el suculento manjar por el cual ellas seguían reptando por el mundo. Tal era el goce, que no podían evitar proferir gran cantidad de gemidos exultantes, en tanto que la vida del joven se agotaba con cada mordisco imprevisto, con cada desgarramiento de su carne en busca de la roja ambrosía de la vida que le conduciría a la muerte.

Justo antes de perecer, cuando su corazón emitía sus postreros latidos desasosegados, pudo contemplar a la joven que produjo su perdición en una relativa distancia. Sonreía despojándose de sus atuendos mostrando un cuerpo digno del mayor elogio por parte de un pintor del Renacimiento, debido a la anchura de sus formas y a la nobleza de sus muslos. Algo rezagada se agachó para lamer el suelo como un animal obediente, para lamer un charco junto a sus bellas hermanas de su propia sangre coagulada en recompensa a su proeza...

sábado, 2 de marzo de 2024

Elegías oscuras

 - Soy yo a quién buscas, querida sombra

cansada. Tras tantas tribulaciones

sufridas en pretéritas vidas, 

sé que me comprendes como ninguna.

Siempre nos encontramos en estos

mismos páramos yertos, nos cruzamos

como dos almas corrompidas

por la cruel vileza de la que hace gala

este desdichado mundo. Y aunque,

en principio, nunca nos tomamos

nuestros encuentros como una cita,

siempre acabamos liberando

nuestras penas en forma de gritos.

Tan fuertes y temidos son

que dispersan toda la niebla que tenemos

al rededor, y aún los hierbajos secos,

acaban resquebrajandose en el aire,

partidos en millares de mitades.

Y así se forma un entristecido paisaje

que acaba produciendo su correspondiente eco en nuestros

amortajados espirítus de antaño.


Demasiado hemos vívido, amada sombra

mía. Demasiado hemos sufrido

como para seguir dando vueltas

sin sentido en una existencia

que desde el principio ya nos había

rechazado, incluso antes de tomarla,

esta ya nos miraba con desconfianza.

Por eso yo me tumbo en tu regazo,

y lloro sin remediarlo, doy rienda suelta

a mis lágrimas inyectadas en sangre

para que entiendas su símbolo.

Tú siempre me correspondes con una

melancólica sonrisa que connota

cierta compasión mientras acaricias

mis cabellos desparramados sobre

tus agotadas piernas de tanto bregar.

Lo siento, no puedo evitarlo. 

Me es imposible mirarte, y no sentir

esa contradictoria mezcla entre

una felicidad contenida y una tristeza

innúmera que se esparce en los relámpagos que asoman en el cielo

durante nuestras desaforadas noches.


Sonrío porque sé que en algún momento

ambos vamos a morir y nos fundiremos

con esa criatura informe que habita

los espacios siderales de un mundo

desconocido allí arriba.

Mas también lloro porque conozco

que todavía nos queda tiempo

para seguir por aquí andando,

y sufriendo con cada paso dado.

Quisiera que los encuentros dispersos

se desvanecieran, y así se diera cabida

a un encuentro eterno en la nada

donde estaríamos juntos sin estarlo.


- No comprendo el deslizarse 

de las gentes, como tampoco 

las aleatorias palabras que profieren.

Sus gestos me son tan extraños

como sus caprichosas maneras,

así también sus habladurías me resultan

desconocidas. Ante tal situación,

me quedo en permanente quietud,

sello mis labios rindiendo culto

al silencio y cierro mis ojos

para no ver más atrocidades.


Cuando contemplo el mundo,

sólo percibo perplejidad 

y desconocimiento porque en realidad

estoy ahondando en mis sárcofagos

interiores en vez de mirar rostros

deformados por aparentes tribulaciones.

Sólo comprendo allí donde unas cumbres

se remontan verdosas en la lejanía,

justo en el momento en el que el sol

se despide de su reino para dejar

su merecido trono a la hermosa reina,

que es la luna.


- Las brumas me sondean durante

mis entristecidas madrugadas.

Son como un poderoso canto

que sólo es pronunciado en alto

cuando la oscuridad se adueña del día,

acompañandose por una niebla espesa

que impide observar en la lejanía.


Muy pequeño me vuelvo al pertenecer

a tan inhóspitos y sombríos reinos,

de los cuales son un miembro desde

hace ya largo tiempo, anterior a la nevada

que asoló a un imperio entero.

Hay tanta húmedad, tanto deseo sofocado que no bastarían ni mil

sueños para lograr apresarme.


Cuando soy tan oscuro, resplandezco

con tanta potencia que me hago

indistingible de los rayos lunares,

y aún viéndome de cerca, no se

me reconocería al estar hundidas

mis facciones en suspiros siderales.


Cuando me hago tan pequeño,

también soy grande, tan inmenso

me siento que mis pies podrían

cercenar ciudades increadas,

y aún cotejándome de lejos, sería

muy díficil atisbarme al hallarme

en cuerpo fundido con las estrellas mendaces.


- La melancolía suele llamar a mi puerta,

y yo siempre la acojo grave y con pena.

Tan acostumbrado estoy a sus visitas,

que ya me lo tomo con monotonía,

porque además siempre repite la misma

secuencia: se queda aquí conmigo

unas cuantas semanas, abusando

de mis recursos y haciendo de mi casa

la suya, y ya cuando se cansa, se marcha

sin avisar ni dejar nota alguna.

En vano me preocupo porque sé

que cuando menos me lo espere,

volverá acompañada de muecas extrañas

golpeando con frenesí este sacorfago

mío hasta que la atienda como es debido.

Nunca soy capaz de ignorarla,

supongo que después de tanto tiempo

juntos he aprendido a comprenderla,

y me provoca hasta pena.


Escuchad cómo llora, y mirad cómo

se retuerce en mi desgastado suelo,

plagandolo todo con sus lágrimas

sangrientas y con las marcas

de sus uñas amarillentas

¿Cómo no iba a sentir compasión

ante tal demostración de profundo

sentimiento? ¿Cómo evitar conmoverme

ante un alma tan triste y que me recuerda

a mí mismo con mis desdichas?

Quizás, después de todo, sea esto

un teatro bien organizado para tener

un techo donde cobijarse de un mundo

en el que la melancolía está de más,

donde todos la miran con recelo

al haber sido demasiado usada en vano.

No puedo evitar sentirme reflejado,

y usar de mi brazo como su almohada,

así como de mi humilde morada

cual si fuera un templo dedicado a ella.


Ven a mí melancolía para que no tengas

que pasar sola las horas, que aún llueve

fuera y yo guardo para ti un siniestro calor

que te permita evaporar las lágrimas

desperdigadas en los desiertos del

no volver a verte nunca jamás.


- Gotas de lluvia se dispersan a través

de un paisaje incierto en la noche,

y mientras yo pregunto a mí alma dolorida

si hay salida cuando las venas hablan

por sí mismas. Hay un corazón que late,

balbuciente que se escapa entre toses

de un pecho que le sirvió de cárcel,

y cuando preguntan por él siempre usa

de la misma respuesta en forma de silencio. Callados son los ojos y dichosos

son los labios que interpretan la balada

de las sombras, intercalan las piezas

cual si fueran compuestas por algún

demonio aburrido que de tanto hacer

sufrir tomó el sensitivo sendero 

de la auto-aniquilación. Ganas de perecer

tienen los viandantes sombríos

que atraviesan los suculentos prados

de los sueños, y todo porque estos

se acabarón convirtiendo en pesadillas,

hicieron del paraíso un infierno

debido a sus desmedidos deseos.

Sólo queda un arbol desvencijado

en el centro de aquel campo, y sus hojas

se deslizan por las ramas como si fueran

las últimas caricias del amante que sabe

que cuando la luz despunte será

su condena a muerte.


Yo sólo suspiro ante estas imágenes,

y aunque me conmuevo, prefiero seguir

siendo un mero espectador de pleitos

que en apariencia me son ajenos.

Me quedaré en mi sitio, cobijado

entre ramajes, siendo sombra

de mí mismo, preso y cautivo

de una naturaleza original que me impuso

el destino. Y todo aquello por el goce

de ver volar a la última rosa debido

al fuerte viento del invierno.


- En mi soledad, los pensamientos danzan

con extrañas figuras, siguiendo

un desconocido ritmo olvidado

desde hace demasiado tiempo.

Las puertas de mi alma se cierran,

impidiendo la entrada y la salida

de nuevas y viejas impresiones

que puedan perturbarme, mas aún así

todavía puede escucharse esa melodía

que antaño tocaba un anciano

interpretando una partitura de cítara.

Una vez dentro, cerrando los ojos,

pueden verse sucesivas imágenes

de las que no se sabe si ya acontecieron,

o ocurrirán en un porvenir eterno

cuando todos los seres se aniquilen

en aquel gran núcleo negro.

Incluso, si se agudiza el sentido interno

pudiera parecer que todo se comprende

sin comprender, que aún sin entender

todo recobra un oscuro sentido

que nos hace estremecer a la par

que nos enloquece con alegría

Quizás por eso también bailamos

pese a no saber a ciencia cierta

qué demonios es esta música,

ni el por qué de estos caprichosos

movimientos en los que se deslizan

nuestros descuartizados miembros.

Todo pareciera una farsa, una mala

comedia que bien podría decirse de ella

que se trata de una tragedia, 

o en su defecto, un melodrama

que por su sombrío humor se diría

que nos provoca una risa incómoda.

A mi corazón no le queda otra

que suspirar, que aspirar toda la enegía,

tragarsela al completo y expulsarla

mas allá, allí donde los horizontes

están adornados por cien montes.


En mí habita una mujer desnuda

demasiado lujuriosa para rechazarla,

aunque también hermosa en demasía

para querer corromper su belleza

al intentar tocarla con el alma.

Ella es así de caprichosa, y tiene

algo de ángel y algo de demoníaca,

porta con ella unos amplios senos

como a su vez, unas delgadas manos.

Mirándote te deseará, esquivando

tus lazos, te temerá. Pasará de ser

una jovencita olvidada de este mundo

a una anciana recordada con desdén.

Mas, a pesar de todo, siempre será

la doncella que habitará en tus ojos.


- Segundo a segundo siento a la vida

desvanecerse, es cual si se escurriese

de mis dedos, de mis labios, de las venas

hasta algún vacío lugar donde ya no 

queda nada porque se llevaron todo.

Es una melodía que se va apagando

paulatinamente, empieza sonando

por todo lo alto, y deslizándose, 

pasa de hechizar a todo el auditorio

con sus exotizantes sonidos 

a sonar tan bajo, que todos los presentes

se van acercando, apiñándose en una

sola fila, quedando sepultados en la misma tumba. Ay, la muerte fragante,

hermana inevitable del tiempo, 

como este a su vez lo es de la ausencia

y el silencio, toda esa abundancia

tú te la llevarás allí donde justicia

e igualdad dejan de ser vanas palabras

para pasar a ser realidades efectivas.

Y aunque mis manos, mis ojos y hasta

mi corazón entero se vayan evaporando

por aquellas particulas negativas,

yo ya no tengo miedo a ese abismo

sin final, a ese foso sin fondo tan profundo porque he comprendido

que allí todos nos hacemos una misma

sustancia teñida de negro. 

Pese a nuestra naturaleza perecedera, algo nímio quedará de nosotros ahí abajo

que nadie será capaz de rescatar,

al menos que se hunda con nosotros

en aquel paraíso invertido.


- Al final del camino no hay amplios

horizontes, ni tampoco grandes

perspectivas, tan sólo un montón

de edificios derruidos sobre un desértico

páramo abandonado por los hombres.

Cada trozo destrozado, cada fragmento

despojado son las lágrimas que lanzaste

sobre las marchitas flores en su día,

que en vez de alzarse venturosas,

se han hermanado con unas cuantas

piedras apestosas cubiertas de musgo. 

Lo más lamentable es pensar 

que cada una de las sendas a tomar,

desde las más animosas hasta aquellas

que por miedo nadie toma, llevan

a un mismo triste final, allí donde 

confluyen todas las melancolías

nacidas en aquellas noches que lloraste,

y que creías haber olvidado.

Hay quién guarda este templo destrozado

como también hay quién procura

huir lo mas lejos posible de el,

pero después de todo ambos intentos

resultan igual de vanos, igualmente

frustrados como todas las humanas

aspiraciones, desoídas por los dioses.

Yo, antes de que llegara mi hora,

ya habito por tales parajes,

recorro a tientas por encima 

de las tierras secas, y deslizo mis manos

sobre aquellas hierbas muertas,

recordando cuando la vida aún latía

en este abandonado lugar.

A veces me pregunto si esta desdicha

nos antecede a todos en el tiempo,

o si es posible que fueramos nosotros

quienes la invocaramos con nuestra

maldad y los consiguientes lamentos.


Si fuera lo primero, me resigno.

Si fuera lo segundo, me suicidaría.

Jamás me lo perdonaría.


- Sin yo quererlo me voy desangrando,

liberando aquella alma materializada

en fragmentos de líquida sangre,

que se desparrama sobre las alfombras

donde ángeles caídos posan sus alas

al descender con violencia.

Se presiente un hálito fatal de condena

en este aire demasiado cargado,

inflamado de sensaciones de pena

y de desagrado, ante el inevitable

fin de la pureza, su caída representa

la ruptura del cristal más impoluto

con el que cabría fabular.

Por eso lloran los ángeles que ahora

por caprichos del destino han pasado

de ser seres celestiales amados

y admirados por todos, a ser un conjunto

de demonios que tentarán a los fieles

desde infiernos inventados.


Sin darme cuenta, me giro y miro

aquel resplandor que fue tan respetado

en su vida, pero del que ahora llueven

lágrimas de sangre. Todas ellas

provienen de los cielos, desde donde

aquellas desdichas salubres se precipitan

alcanzando un semblante demasiado

consternado como para esbozar

una anodina sonrisa. De sus alas

antes blanquecinas y replandecientes

se ha formado una oscuridad que va

creciendo por momentos hasta culminar

en unas alas de cuervo, adornadas

por perlas sanguilentas, muestra

de demasiadas frustraciones calladas

¿Y qué hay de sus manos? Ahora están

temblando, temiendo que se transmuten

en horripilantes garras con las 

que atrapar hermosuras escapadas

de aquellos palacios de latón.


Lloremos, lloremos junto a ellos

porque ese abatido sentimiento

que ahora tienen y que les hace

proferir gran cantidad de injurias,

será lo que algún día sentiremos

nosotros mismos cuando ya estemos

muertos.


- Muerden los demonios mis talones

cuando procuro escapar de ellos,

mas cuando a pesar de los sufrimientos

me acerco y congratulo con su presencia

parece que nos entendemos.

Si grito o me altero, es normal 

que actúen en correspondencia,

abalanzándose hacía mi con saña y furia,

pero si mantengo la compostura

y mis labios se ensanchan mostrando

cordialidad ellos actúan con la educación

propia de los nobles en espirítu.

A pesar de toda oscuridad, de los prejuicios moralistas que enseñan

aquellos que sospechan vivir en la luz,

hay detrás de toda sombra un fulgor

mucho mas potente que la pretendida

serenidad de un día soleado.

Creo localizar cosas más siniestras

en aquellas que se desprenden

en los amaneceres, y aún al contrario,

en las noches hay sabidurías brillantes

que indican la elegancia de las tinieblas.

Llaman a la bruja por tal nombre

porque cela, se vela en un oscuro manto

cuando en realidad su pálido y hermoso

cuerpo resplandece cuando se desnuda,

y todas aquellas que creen conocer

la belleza en unos artificiosos harapos

descubrirán la pobredumbre al descubrir

unos senos flácidos.


- Aunque soy bastante pequeño,

mis tristezas y desgracias son inmensas.

Tan grandes son que sobrepasan

lo que mi vista puede alcanzar,

y cuando intento atisbar la tormenta

que se acerca, sólo gano con ello

dolores de ojos y de cabeza sin advertir

que algún que otro relámpago imprevisto

aterriza allí donde yo planto mi pierna.

Muchos de ellos ya me han impactado

en pecho, cabeza y aún en cuerpo entero,

de tal manera que aunque acostumbrado

me encuentro a los dolores que siento

en mis sienes y a los temblores

que me deja la electricidad por mi sustancia corporéa, no dejan 

de acosarme los fuegos fatuos

que me rodean, jugando a mi al rededor

y burlándose de mis escozores.

Si fuera sólo el dolor, podrían resistirlo

mis malheridas entrañas, pero tanta

es la constancia de su repentina aparición

que a veces quisiera que su impulso

fuera tan potente, que me dejara

petrificado en el sitio, convertido

en la estatua invulnerable de mi mismo.


La muerte es una promesa irremediable

para muchos, y un consuelo para otros,

el alivio último para quienes somos

desdichados por estos bosques

pantanosos que algunos tienen la osadía

de considerar un paraíso terrenal.

Mas bien se asemeja a un infierno

con disfraz, a una chimenea donde

el fuego aún está caldeándose 

entre los intestinos de la melancolía.

Siento como palpita el carbón,

como las ascuas se deslizan,

y también esa dulzura amarga

que antecede al estoque final,

aquel que da comienzo al cúlmen

de los desventurados paisajes.

Oh por favor, clava esa espada en mi pecho. Haz que brote la sangre, 

que se alcen burbujas sangrientas

hasta el cielo en señal de la postrera

desdicha, de esa guerra cuya pérdida

supondría mi ganancia eterna.

Amigo mío, yo que siempre aposté

por la muerte tengo las de ganar

cuando esta sobrepase aquella vida

siempre pendiente por un fino hilo

que se balanzeaba sobre el abismo de siempre.


- Cuentan los vientos nocturnos

una historia plagada de tristezas

en donde un desdichado mortal

cargado de tribulaciones y de rencores

renunció a la salvación para lanzarse

hacía derroteros siniestros.

Allí, en su descenso al abismo,

lanzó un grito que estremeció

las columnas que sostenían 

los pilares de la civilización.

Tan agudo fue su chillido que cuervos

y murcielagos salieron volando

despavoridos, desperdigándose

en los oscuros bosques 

para cobijarse sobre retorcidas ramas

de sauces, alamos y otros arboles tristes.

Cuando llegó al fondo del foso,

allí donde toda degradación huele

a cuerpo en descomposición,

cubrió su rostro con la sangre

de futuros cadáveres, y sobre 

las esculturas de los antepasados

escupió mientras reía con sorna.

Todos, desconociendo la razón,

le temen nada mas verle,

y si por lo que fuera se le encuentran

en una noche regalada con la niebla,

se quedan paralizados, temblando

sin dudarlo. Otros, a él se acercan,

con la curiosidad de un gato maldito,

y cuando se despistan, aparecen

aplastados por sus afiladas fauces

cual mordisco de mil tiburones.

Desde entonces, desde su negativa

a una falsa liberación, va caminando

cautivo de la luna, cuyo único replandor

es el que acepta de todo lo que brilla.

Cabizbajo pasea, con una impostada sonrisa, esculpida en un demacrado semblante, mas si uno con atención 

se fija, descubrirá dos tenues lágrimas

que recorren sus pálidas mejillas

para acabar sumidas en el fango

del color del azabache.


- Cuando estoy inserto en la oscuridad,

durante mi soledad, pareciera que en mí

domina la quietud cuando en verdad

desde mi interior presiento un mundo

que se encuentra en perpetúa agitación.

Lo siento nada más cerrar los ojos,

esas sombras danzantes juegan

con mis párpados entornados

y me obligan a mirar hacía la nada

sólo por un capricho del destino.

Y aún mis labios se mueven por sí solos,

mostrando muecas y liberando

palabras que parecen provenientes

de idiomas de ultratumba

¡Ay, las femeninas carcajadas

que me circundan, acercandose

poco a poco hasta estrechar mi cuerpo

con la fuerza de cien damas musculadas!

Noto sus cuerpos rozándome,

y sus negros corazones regocigandose

de la suculenta sensación de aquel

pavor callado por los muertos,

pero que en sus eternos sueños

les hacen confesar sus vilezas lujuriosas.

Rostros, dedos y senos son presentidos

por unos ojos tan acostumbrados

a las tinieblas que captan tales formas

como si fueran pasajes rememorados

a pesar de hallarse presentes en este instante que se encuentra detenido

¿Por qué llorar cuando se puede reír,

batiendo palmas con frenesí 

sólo por el mero placer que supone

pecar sabiendo lo que uno hace?


Yo también soy participe

de esta degeneración, 

de esta desesperación

que conduce a la comunión de los seres

hacía espacios siderales apartados

de los confines tomados por humanos

¿Dónde estoy?

Allí donde la muerte y el desenfreno

se enlazan en impío matrimonio.


- Prisionero de mí mismo, alzo mi voz

cual cadena de mi condena 

por si algún semejante sufridor

pudiera escucharme. Tan altos

son mis lamentos que las aves huidizas

se escabullen sobre los muros

con alambres que defienden mi cárcel.

Muchos años ha que he llegado

a considerar a las paredes estrechas

mi hogar, y a las grietas que las atraviesan mis confidentes.

Advierto observando tales hendiduras

que se entristecen cuando les cuento

mis penurias, puesto que al acabar

no es extraño que las lágrimas

formen húmedades en sus oquedades.

También el grísaceo cielo cargado

de lluvia parece comprenderme

cuando su escaso resplandor acaba

mutando en oscuridad declarada

durante mis amadas noches.

Casi podría decirse que me lanza

ese sombrío manto para invitarme

a cerrar los ojos, ya sea durante

unas horas, o quizás para siempre.

A tanto ha llegado mi locura

que al girarme no es extraño 

que contemple diferentes sombras

reflejadas en el techo, desplazándose

muy lentamente, e invitándome

a su macabra danza como una mujer

salvaje, desmelenada a la desesperanza.

Ecos de mis pasos se divierten

confundiéndome, haciéndome pensar

que no estoy tan solo como creía,

que todavía hay quien baila

a mi compás de manera 

que cabe el soñar con compartir

un lenguaje común, mas cuando caigo

en la cuenta de mi propia mentira

desfallezco en estremecimientos.


A veces sueño con que esta mi prisión

se pliega creando una salida

en forma de arco, y que yo me escapo

de ella cargado con mis alas negras.

Y sé que hay muchos que quizás

me considerarían un iluso por confiar

en una escapatoria tomada 

de mi fantasía, mas a estos respondería:

¿Y acaso no consiste en esto la vida?


- Cada día se suicidan gran cantidad

de seres sin advertirlo, creen que siguen

viviendo cuando en realidad

van siendo sumidos por una carencia

universal, que los mengua poco a poco

con cada paso, con cada respiración

contenida. Ciegos, se conducen

allí donde toda apariencia se toma

como un patrón vivencial.

Mudos, parecen formar frases

con palabras tan huecas cual

la sentencia de sus tribunales.

Sordos escuchan el rutilar de sombras

espaciadas, y que toman 

como la melodía de un infinito engaño.

Confusos afinan vista, oídos y olfato

hacía algo imposible de percibir,

pero cuya captación supondría

el resurgir de diversas lágrimas

lanzadas desde hace muchos años

hacía un oscuro abismo sin fin.

Desconocedores del auténtico terror,

de aquel pavor sin proferir gritos,

del temor último, dicen que todavía

tienen esperanzas e ilusiones

como estandartes, mas yo os digo

que estos fueron hechos cenizas

hace tiempo, desde que aquella

enorme bestia con vestidos

se nos impuso ante nuestros sentidos.


Todos somos participes de una mala

fábula cuyo teatral desenlace

sólo podría ser una trágica risotada,

con cinismo unos aplauden y otros

abuchean a la peor obra representada.

Quisiera ser el último en actuar.


- Diversos rostros observan a este

desdichado liberando sus sufrimientos

al pie de la calzada, los dejo ir

en forma de cenizas sagradas 

que revolotean como hadas sangrientas

buscando una redención 

que les fue negada antes de nacer.

Cuando ellas lloran, sus lamentaciones

se escuchan tan elevadas, cual alfileres

capaces de atravesar las más gruesas

paredes, y aún con ello, poco son capaces

de conseguir, pues sus innúmerables

muertes no levantan la compasión 

de sus semejantes. Todos ellos

viven impasibles respecto a las desdichas

que les parecen ajenas sólo

porque no han logrado vislumbrar

la certera verdad que se esconde

tras un paraíso demasiado chillón

para ser cierto. Este ejerce la influencia

que únicamente una apariencia

es capaz de formar en las mentalidades

más nimias, aquella que se figura

que es un manto trasparente,

y aún así, nadie ve mas allá del mismo.


Sólo saben dedicarse a violar

a esas encarnaciones aladas de la belleza

haciendolas llorar como hijas bastardas

despeñadas de un alto monte

por los ingratos de sus padres. 

Se limitan a lanzar improverbios

a sus dorados y brillantes semblantes

esculpidos por los ángeles caídos,

provocando sus callados sollozos

entre agitaciones corporales,

mutismos imprevistos que surgen

de la desesperación ante las ofensas.

Se divierten mutilando sus cuerpos

perfectos, arrancan sus miembros 

aterciopelados y clavan sus dientes

en sus senos erectos, como los niños

malcriados que son, hijos del dios

tirano que antecede a los tiempos.

Así, pasan los años que rápidamente

terminan siendo sucedidos por los siglos

mientras las diosas están cada vez

más magulladas tras las palizas

que les propiciaron aquellos que adoraron

al dios de madera y al que cantan

cada vez que pasan por debajo

del arco de la tiranía. Y ellas tras tanto

dolor injustificado sólo aspiran

a exhalar aquel último suspiro,

el que les despojará de su corteza

terrenal para conducirlas hasta donde

se originan las fantasmales tormentas.


Si pudiera decidir, optaría

por no volver a nacer de nuevo.

Ahora ya por fin lo sé.


sábado, 3 de febrero de 2024

Historia de una sombra pecadora

 Desde hace ya largos años vivo aislado del mundo, y aunque de vez en cuando tengo contacto con algunas personas, quizás no sea el tipo de contacto que podría considerarse algo natural entre semejantes. Se diría que vivo en las alturas con un alma caída en la bajeza más absoluta, rodeado de puntiagudas montañas cuyos picos son tan alargados como inmensos mis pecados. No crea el lector moralista que escribo esto a modo de confesión, mas bien lo hago para jactarme de mis errores y porque ahora no encuentro nada mejor que hacer. No es mi pretensión alzar mi pluma para arrepentirme de mi vida, simplemente esto es un entretenimiento para mí durante un ocioso instante.

Como decía, me encuentro apartado del mundo por una maldición a la que yo mismo me sometí por disfrute. Hace tanto tiempo que me encuentro maldito, que ya hasta olvidé qué ocurrió exactamente. Creo que hace ya casi siglos tuve un enfrentamiento directo con alguien que me odiaba profundamente debido a mi impetuosidad, y eso provocó que tal odio llegase a expresarse con las manos. Al final, como cabría suponer, fuí yo el que salí perdiendo en aquel combate así que todo ensangrentado y con un hálito vital que se alejaba de mi pecho cada vez más, acudí a un sombrío bosque en el que hundí mis manos en la tierra húmeda ennegrecida, dirigí mis ojos al cielo e imploré por mi vida, y obviamente, por mi salvación. Pasaron unos minutos que me resultaron horas debido a mi desfallecido estado, y nadie respondió. Tremendamente enfadado comencé a golpear al suelo con mis puños mientras proliferaba palabras cargadas de insultos y de maldiciones. No recuerdo exactamente qué dije, mas bien hubiera podido ser algo de este talante: "¡Dios, yo te maldigo! A pesar de haber intentado ser recto en esta vida, tu semblante se ha velado ante mi dolor. No pedía nada en particular, mas allá de que me acogieras en tu seno. Pero estando profundamente debilitado, me has ignorado, dejado de lado, olvidado cuando sólo pedía piedad. A partir de ahora, yo reniego de ti y de tu palabra ¡Te maldigo! ¡Sí, te maldigo a ti y a tu mensaje!"

Nada más pronunciar estas palabras, el cielo se oscureció de repente cual si fuera de noche o se hubiera producido un eclipse repentino, sobre el suelo se levantaron gran cantidad de tinieblas y en mi cuerpo sentí un vacío indescriptible. Cerré los ojos al pensar de que se trataba de una especie de castigo divino, mas en realidad se trataba de algo diferente puesto que una vez que retorné a elevar mis párpados, me encontré suspendido sobre una inmensa oscuridad. Con cada uno de mis movimientos, me deslizaba sobre ella con suma naturalidad como si ya no hubiera distinción entre yo mismo y las sombras que me circundaban. Ahora las tinieblas y yo nos comprendíamos a la perfección sin ápice de error. Y lo más curioso es que ya no tenía miedo, para mí esa sensación tan escalofriante perdió su sentido una vez que entendí el lenguaje del mal.

Entonces, seguí avanzando, o mas bien debería decir que flotando o sobrevolando una especie de abismo sobre el cual no podría distinguirse el más mínimo atisbo de luz, y a pesar de ello, sentía que podía vislumbrarlo todo sin tener que usar de la vista como sentido primordial que nos otorga el conocimiento. Pasé bastante tiempo así hasta que llegué a una zona donde un circulo morado giraba sobre sí mismo, una brecha que cabría clasificar de portal y en la cual surgió una voz que carraspeaba a cada sílaba, y que dijo: "Bienvenido allí donde vivirás para siempre, para toda la eternidad. Este agujero de gusano conduce al mundo de los hombres, pero no te confundas, ya no volverás a ellos como un hombre. Serás padre de sus infortunios e hijo de sus desdichas, una sombra desconocida más que vagará atormentando a tus hermanastros para así conducirles hasta mi." No sé por qué, pero cuando dijo estas palabras aquel ente perpetúo en su oscuridad, estallé en carcajadas sin poder evitar que mis manos se retorcieran incontrolables en el aire en tanto que comencé a gesticular en extrañas muecas. Y, sin pensármelo dos veces, entré en el puente entre mi origen presente y mi préterito porvenir.

Cuando salí de aquel paso, me encontraba en la que iba a ser mi lúgubre residencia a partir de ahora, en la cual sea dicho de paso, me hizo sentir como si fuera mi hogar de toda la vida. Puede ser que para una persona común esta estacia le pareciera abandonada, e incluso, bastante tenebrosa debido a que se encuentra rodeada de telas de araña y de suciedades varias como por ejemplo moho en todas partes y claras señales de abandono. Sin embargo, para mí aquella casa tan apartada de todo y de todos resultó ser un reflejo de mí mismo, y al igual que cuando me hallaba flotando en aquella perpetúa oscuridad, sentí que era parte de mí. No había distinción en aquella madera carcomida con mis propios miembros, como tampoco en esas sombras tan densas en correspondencia a la oscuridad que se hallaba tras mis ojos.

Así, pues, lo primero que hice cuando salté fuera de la misma es lo que cabría preveer para las mentes mas retorcidas, es decir, me cobraría la personal venganza sobre mi asesino. Sólo me bastó acordarme de él y de aquel suceso, para encontrarme instantáneamente en su casa. Y deslizándome a través de los gruesos muros cual si fuera un fantasma que acechaba a su víctima, me situé justamente en su departamento personal. Cuando me vió, no pudo reprimir un grito de profundo terror en tanto que sus ojos vibraban cargados de lágrimas, también su cuerpo al completo acompañó en diferentes oscilaciones la terrorífica melodía que interpretaba el miedo que le recorría interiormente. Ante esta reacción, no pude evitar nuevamente, liberar mis siniestras carcajadas llorando sangre coagulada de malévola alegría. Esto no duró mucho, ya que al momento, cogió un cuchillo que tenía sobre una mesa y comenzó a blandirlo por el aire mientras paso a paso se iba acercando a mí.

Llegó un momento que ya estaba tan cerca de mí, que me clavó la susodicha arma blanca sobre el pecho, del que manó un gran río de un líquido entre pardo y negruzo que me produjó un tremendo placer de índole casi sexual me atrevería a decir. El pobre imbécil se quedó paralizado, sin saber qué hacer ni qué decir. Entonces yo, me saqué el cuchillo y le corté la naríz de un sólo tajo. Y mientras este chillaba completamente desquiciado debido al dolor, noté cómo justo en el lugar donde me había clavado el arma, una neblina oscura iba cubriendo mi herida hasta tal punto que la presencia de esta se desvaneció. Fue a partir de aquí cuando se dió rienda suelta a mi verdadera diversión, puesto que mientras este sufría lo indecible, yo iba haciéndole cortes con el mismo cuchillo en diferentes partes de su cuerpo. Me deleitaba viendo cómo manaba la sangre, y cómo su aliento de vida iba reduciendose poco a poco. Llegó un momento en el que ya apenas gritaba de dolor cuando hundía la hoja en su piel, así que decidí usar mi nueva fuerza para descuartizarle vivo. Cuando ya estaba apunto de morir, le lancé un beso desde mi posición de superioridad y usando de una tremenda fuerza, le atravesé el pecho con mi propia mano y le saqué el corazón todavía palpitante. Todavía me estremezco de placer cuando lo recuerdo.

Después, al igual que aparecí ahí, desaparecí en un párpadeo haciendome invisible para los ojos humanos. Y así regresé a mi nuevo sombrío hogar, al punto de partida desde el cual decidí ejecutar mi ansiada venganza. A partir de entonces estuve un tiempo encerrado, midiendo mis fuerzas y mis nuevas capacidades, meditando en las sombras y en la belleza que estas portaban. Cuando ya me sentí dispuesto, retorné a cerrar los ojos, y cuando los abrí me encontré en un almacén abandonado. Al principio pensé que estaba solo, pero en realidad pude percibir que había un grupo de jóvenes que estaban celebrando una fiesta clandestina a poca distancia de mí, probablemente bajo el desconocimiento de sus padres. Así que me asomé, escondido entre las tinieblas que regían el lugar para evitar ser descubierto, y pude ver a unos cinco o seis jovenes de distintas edades alumbrados con una lámpara en su centro que se entregaban a los placeres del alcohol y del sexo adolescente basado en peliculas para adultos. Conteniendo en vano mi risa, me situé de un salto justo en el centro, provocando que la fiesta se detuviera en ese instante debido a la sospresa que provocó mi repentina aparición. Se quedarón mudos, con cara de asustados y mirando hacía un lado y otro, comprobando posiblemente si estarían soñando, teniendo una estrafalaría pesadilla.

Yo, todo sonriente y vivaracho, les pregunté: "¿No hay fiesta para mí?" Y viendo que estos seguían callados, me enfurecí bastante. Así que no me quedó otra que jugar un poco con ellos, me ocultaba entre las sombras, volvía a reaparecer, agarraba a alguno de aquellos desenfrenados jovenes y les estampaba en la esquina contraria, y así incesantemente durante un buen rato. Al observar que estos intentaban escapar, no me quedó otra que acelerar la diversión, así que empecé a repatir diferentes cuchilladas en el aire a toda velocidad y a destajo mientras todos ellos se retorcían en el suelo en un delirio de profundo sufrimiento. Me apenó que este juego terminase tan rápido, aunque imagino que a ellos les resultó eterno debido a que sus vidas no se alejaron en un repentino accidente, sino más bien en un entretenimiento masoquista en el que iban perdiendo poco a poco sangre, retorciéndose sus miembros desparramados sin perder del todo sus esperanzas de salir con vida. Al final no fue así, y me encontré rodeado de un inmenso charco de sangre sólo flanqueado por algunos miembros humanos que estaban desperdigados cual islotes en un océano rojo. No pude evitar el tremendo goce de bañarme en su interior mientras jugaba con partes despojadas de sus cuerpos como si fuera un niño divertiéndose en la bañera con su patito predilecto.

Desde entonces, me he ido dedicando a estos entretenimientos tan diversos, jugando con las personas y divirtiéndome de lo lindo. Siempre sigo el mismo proceso, aunque se expresa en diferentes formas, es decir: paso un tiempo en una cárcel de pobredumbre y cuando ya me he hartado de mi amada soledad, me lanzó al mundo a darme algún que otro capricho de sufrimiento. He de reconocer que es todo un deleite para mí el poder contemplar aquellos rostros asustados cuando por fin caen en la cuenta de que me encuentro frente a ellos, y que no hay escapatoria posible. Pero lo que ya es mas placentero es el sentir mis propias manos desgarrando toda aquella carne con sus particulares ruidos en forma de crujidos, y sobre todo, sus semblantes cargados de temor y de un dolor frente al cual se sienten completamente impotentes. Dicen que la vida humana está alimentada por la esperanza en el pensar que siempre hay algún tipo de escapatoria al sufrimiento que ahora se padece, mas en verdad os he de decir que he visto a personas que aún estando todavía vivas, su esperanza hace tiempo que se desvaneció de sus ojos, dejando si acaso sólo un tenue recuerdo de que hubo un tiempo en la que esta se encontraba presente.

Por último, también he de reconocer que tengo mis escenarios predilectos. Me encanta descender en las noches en que la luna se encuentra un poco velada por finas nubes y las calles están repletas de una densa niebla que me permite camuflarme entre tales espesuras. Es en ese momento cuando, sin ser advertido, aparezco para tomar a mi víctima y darme una alegría. Además, sin que se me tache de sexista he de decir que disfruto lo indecible cuando las víctimas son mujeres, no por nada en particular, sino por lo estridentes que son sus gritos haciendo del miedo una presencia tan tangible que casi se diría que resulta palpable. Los hombres, en cambio, intentan ahogar en vano sus gritos, los cuales son como más apagados, sofocados antes de que estos alcancen sus cotas máximas. Encima, estos en comparanción a las mujeres tardan mucho menos en morir, lo cual aligera en demasía mi sensación de disfrute, lo que provoca que acabe un poco frustrado y deba buscar más víctimas para por lo menos retornar a mis sombras con un cosquilleo por mi cuerpo.

Sin duda que estoy bastante agradecido al señor de las sombras, puesto que siempre que sacrifico a algunas criaturas humanas en su honor, él se encarga de que sus almas desciendan hacía lo más profundo, habitando entre sendas torturas y sufrimientos imposibles de describrir. Cuando todavía me entretengo con los despojos de mis víctimas, puedo advertir como de los lugares más recónditos y oscuros, unos tentáculos negros arrastran el resplandor de sus ya desfallecidos alientos vitales, llevándoles allí donde los gritos ya no les llegan a los vivos. Incluso, alguna vez debido a los tantos tributos que le concedo a mi ya confidente, me permite volver a ver a tales sufridores sólo para acabar por colmar mis enormes ansías de sufrimiento. Es algo mágico el poder reencontrarme con ellos mientras súplican por mi favor, el cual sólo concedo a cambio de determinado intercambio, sobre el cual todos acaban accediendo tarde o temprano.

En fin, creo que ya es hora de que me marche. Se acerca el tiempo en el que he de buscar otras víctimas para mi particular disfrute ¿Quién sabe? Puede que alguna vez lleguemos a encontrarnos, y que cuando estés en el calvario también me pidas algún trato. Ya se sabe lo que suele decirse acerca de que la vida es un pañuelo, mas en mi caso, si el resto de los mortales se encuentra en el lado que replandece con el sol, yo estoy justo debajo, en el sombrío...