sábado, 29 de enero de 2022

Un recuerdo tenebroso

 Está en lo cierto el escritor japonés Naoya Shiga cuando menciona al comienzo de su relato "Las bicicletas" el inmenso poder que tienen los recuerdos. Y como estos, a pesar de ser algunos tan lejanos en el tiempo, nos resultan muy vívidos en el presente. En lo que a mí se refiere, aún siendo más joven que él cuando escribió aquel relato, tengo recuerdos de hace unos diez años que también me resultan sumamente vivídos desde el tiempo en el que me encuentro.


Algunos de estos, se ubicarían en el espacio cuando yo todavía vivía en otra casa. Hay veces que hasta tengo sueños en los que estos recuerdos de aquel hogar resultan más nítidos, y a su vez se confunden, con otros mas recientes que he ido formando viviendo en mi casa actual. Es cuanto menos curioso este fenómeno, o al menos, así me lo parece a mí.


Recuerdo especialmente lo que para mí supuso un acontecimiento un tanto aterrador. Esto ocurrió más o menos hace diez años. Es decir, cuando yo tendría unos dieciseís años aproximadamente. Por entonces, frente a la que era mi casa que estaba situada en una amplia urbanización, había una zona que estaba completamente deshabitada. En aquella zona no habían construido ninguna casa. Sólo había un segmento de campo repleto de rastrojos que crecían según su albedrio y que nadie cuidaba. Yo, desde siempre, tenía una extraña fijación por ese pequeño espacio abandonado. Suponía que aquel terreno tendría que pertenecer a alguien. Pero como no lo sabía con seguridad, eso daba pie a que mi imaginación y fantasía volase por encima del plano que suele considerarse la realidad.


Había veces en las que soñaba con ese cuadrante cerrado por los muros de las casas que tenía a derecha e izquierda. En estos sueños, algunas veces ese aparente pequeño segmento de campo conducía a una amplia explanada que a su vez llevaba a una inmensa pradera dónde mi fantasía imaginaba aventuras, y otras veces, aparecía repentinamente una casa en aquel lugar en la que habitaban extraños personajes que celebraban fiestas y rituales desconocidos. Para mi yo de entonces, aquel trozo abandonado lleno de malashierbas suponía la entrada a un lugar cargado de especulaciones de toda índole, desde lugares paradisíacos hasta rincones oscuros, y hasta cierto punto demoníacos.


Un día en el que estaba de regreso a casa tras un paseo, me dí cuenta de que algo había cambiado en esa zona. Había vislumbrado en la lejanía algo negro que la ocupaba. Acercandome, ví que se trataba de una caravana completamente tintada de negro. Hasta sus abultadas ventanas estaban tintadas de un negro azabache. Aquello me soprendió. Me parecía bastante extraño, y a su vez, no entendía qué hacía tal artefacto ahí aparcado. Sin embargo, en los días sucesivos, al atisbar la zona siempre que salía para acudir a clase o para darme un paseo, siempre lo veía del mismo talante, inalterable.


Desde entonces, pasaba todos los días devanandome los sesos pensando qué sería aquello, y quienes se encontraban ahí dentro. No entendía la razón de ser de tal aparición. En mi cuarto, andando por los alrededores, en el autobus, en mis clases del instituto... Siempre estaba dando vueltas al asunto sin encontrar una respuesta que me satisfaciera. Llegué incluso a pensar que quizás se tratarían de unos gitanos, o de unos extranjeros venidos en pateras. Pero luego lo descartaba, ya que jamás había visto a nadie ni salir ni entrar ahí. Era como si aquella caravana tintada de negro hubiera aparecido ahí de repente, como por arte de magia.


Durante una tarde-noche en la que estaba leyendo "La ciencia jovial" de Friedrich Nietzsche, sonó el timbre de mi casa. Al bajar, me avisó mi madre de que me habían venido a visitar unos amigos. Salí y me encontré con el incorregible X, el músico D y el deportista R. Tras hablar de las tonterías y las banalidades que suelen caracterizar a los adolescentes, les comenté acerca de mi obsesión por aquel espacio abandonado, y especificamente por la repentina aparición de la caravana tintada de negro.


D, con una pícara sonrisa dijo señalando en esa dirección: 


- ¿Y por qué no exploramos la zona, y así desentrañas el misterio?


- ¡Será divertido! Además, no tenemos nada más que hacer - comentó X ya adelantando el pie camino a la caravana


- Está bien, está bien... Pero vayamos con cuidado. Hay veces que por las noches parecen oírse ruidos que provienen del interior - respondí yo


- ¿¡Cómo!? - preguntó sorprendido, y a su vez, asustado R


- Así es... Parece que si uno afina el oído durante la madrugada, pueden oírse una especie de susurros y de sollozos contenidos... Tampoco estoy seguro, pero creí que debería avisaros si vamos a explorar la zona


- ¡Pues vamos, anda! No seaís cobardes - terminó por sentenciar X retomando su marcha 


Y así hicimos. Nos dirigimos hacía donde estaba ubicada la tétrica caravana, y dimos una serie de vueltas al rededor de la misma. Nos atrevimos, incluso, a poner nuestros oídos en la chapa tintada, a dar golpes con nuestros puños, y a asomarnos sobre unas ventanas que al estar tintadas no reflejaban su interior. Evidentemente, para nosotros que en aquel tiempo éramos un poco gamberros, explorar significaba enredar como unos críos carentes de la menor educación. Así que cogímos unas piedras, y empezamos a tirarlas contra la caravana hasta el punto de abollar algunas de las chapas. Entre risas X, cogió una piedra bastante grande, y la lanzó contra una de las ventanas. Con el impacto, esta se resquebrajó, quedando un roto considerable. Y justo en ese momento, del interior de la caravana surgió un grito femenino espantoso, desgarrador.


Al oírlo, todos salimos corriendo espantados. Nos dispersamos sobre el par de vías que conformaban la calle, pero nos dímos cuenta que separarnos en dos grupos dadas las circunstancias era un desatino. Así que nos agrupamos en dirección diestra, según se bajaba la calle, y recorrimos en descenso para doblar nuevamente a la derecha. Escondidos en los contenedores, R exclamó: 


- ¿Habéis oído eso...? ¿O yo soy el único loco aquí?


- Creo que lo hemos oído todos perfectamente... - respondí con el corazón palpitante y la respiración entrecortada


- ¿Y ahora qué hacemos? - preguntó D, claramente alterado


- No lo sé... - dijo X dubitativo


Tras un momento repleto de dudas decoradas por el conjunto de nuestro agitado respirar, saqué coraje de algún lugar oculto en mi pecho y dije levantandome con decisión:


- Voy a ir para averiguar de qué demonios se trata.


- Te acompaño - dijo X, levantándose conmigo a su vez


Así, pues, nos dirigimos de nuevo en dirección hacia aquello de lo que habíamos huído. Dejamos a los otros dos detrás, escondidos entre los contenedores que daban al descenso de la calle. Avanzamos en un principio presurosos, pero según nuestros pasos se acercaban a nuestro objetivo, íbamos aminorando nuestra marcha y nos encaminabamos con tiento. Tras un par de minutos llegamos, decidimos asomarnos a la ventana que el mismo X había roto con su lanzamiento. Lo hicimos a la vez, contando del uno al tres. Y cuando nos asomamos, no creíamos aquello que vímos. Había una mujer con una melena negra que le cubría completamente el rostro tumbada en una especie de sofá empotrado a cuadros. Esta, emitía unos extraños sonidos que parecían sollozos en tanto que su cuerpo se agitaba con espasmos. Parecía que llevaba una indumentaria andrajosa, y despedía un olor putrefacto. Además, su piel era verdosa, y al atisbar sus manos me dí cuenta que tenía unas uñas largas y amarillentas. No paraba de emitir aquellos ruidos, que parecían ser una mezcla entre crujidos de dientes y gritos contenidos.


Al contemplar aquello, X y yo nos miramos anonadados. Nos bajamos, y pestañeamos perplejos. Volvímos a asomarnos otra vez para comprobar la realidad de lo que habíamos visto segundos antes. Pero cuando así lo hicimos, la mujer ya no estaba ahí. Esto nos hizo sentir aún más sorprendidos, y si es preciso admitirlo, también tremendamente asustados. 


Después, al comentárselo a los otros dos, no nos creyeron. Nos tildaron de locos, y se rieron de nosotros aún cuando fuímos los únicos que nos atrevimos a volver escuchando aquel terrorífico grito. Al final, nos dispersamos cada uno en dirección a nuestras respectivas casas como si nada hubiera pasado, o como si lo que hubiera pasado hubiera sido producto de nuestra imaginación. Sin embargo, cuando tuve que pasar por la puerta de mi casa, no pude evitar mirar a la caravana y sentir miedo. Cerré la llave de la puerta principal con premura, y entré a casa.


Tiempo después, la caravana desapareció tan milagrosamente como había aparecido. No volví a saber nada de su paradero exacto, aunque escuché entre las habladurías de la gente que vivía cerca de esa zona, que la habían vuelto a ver en otros campos abandonados, e incluso, en medio de grandes explanadas alejadas de la urbanización. No sé si esa información era auténtica, o si simplemente se trataba de una especie de nueva leyenda.


En lo que a la zona en concreto se refiere, construyeron los cimientos para hacer una casa, hasta levantaron algunos muros todavía desnudos en ladrillos. Pero sin embargo, parecía que la construcción no avanzaba. No solamente porque fuera muy lenta, sino porque además siempre que parecía que avanzaban algo, a los meses volvían a derruír lo que habían construído, y así incesantes veces, vuelta a empezar constantemente. Al ser por entonces joven, tampoco me enteré bien de lo que pasaba ahí. Aunque a estas alturas, dudo que vaya a saberlo jamás.


A lo largo de mi vida, me han pasado algunas cosas que cabría calificar de lo que la gente llama "paranormales" -Como a casi todo el mundo, supongo- Mas creo que ninguna fue tan explicita como la que acabo de narrar. Estaría curioso que volviera a dar una vuelta por aquella zona por si vuelvo a ver la susodicha caravana y así podría disculparme con la mujer tenebrosa, o quizás, para averiguar si la construcción finalmente ha avanzado algo. Algún día volveré por allí.

jueves, 20 de enero de 2022

Sombras del pasado

 Es impresionante cómo se agudizan nuestros sentidos cuando estamos enfermos. Muy al contrario de lo que se piensa, cuando enfermamos nos volvemos más contemplativos. Quizás debido a nuestro supuesto aturdimiento, acabamos fijandónos en las cosas mas insospechadas, aquellas que día a día se plantan ante nuestros ojos, pero que pasan desapercibidas cuando estamos sanos. Adquirimos, pues, algo de misticismo.


Así, al menos, me ocurrió a mí durante la convalecencia de mi enfermedad. Me fijaba en otras cosas en las que no me hubiera fijado si estuviera sano. Puede que por aburrimiento, o porque no tenía otra cosa que hacer, el caso es que el mundo tomó un nuevo aspecto bajo mi mente enferma.


Ejemplo de ello, era la ventana de mi cuarto. Hasta entonces sólo la observaba para ver qué tiempo haría durante ese día, pero estando enfermo adquirió una tonalidad estética. Ya no sólo por la mutación del paisaje y de los acontecimientos a través de la misma, sino además por los colores que surgían de ella cuando se le daba la espalda. Por efecto de unas luces artificiales situadas en el jardín, podía ver en el techo que tenía en frente su cambio de matices, el cual pasaba de un rojizo sangre, a uno pálido, y de ahí al verde y a un azul ceniciento. Se trataba de una única franja de color, situada pocos centimetros por encima de mi lámpara cuadrada. No sé por qué, pero me quedaba como hiptonizado mirando ese cambio de los colores hasta que llegaba un punto en el que me quedaba dormido y acababa teniendo grandilocuentes e imaginativos sueños.


Sin embargo contar esta experiencia estética no es la pretensión de este escrito. A raíz de mi enfermedad, tuve una experiencia más marcada, la cual es la que voy a relatar aquí. En verdad desconozco si fue por efecto de la enfermedad, o es que realmente esta experiencia me fue concedida caprichosamente en el momento en el que me encontraba enfermo. No lo sé con seguridad, mas el caso es que así se dió.


Yo me encontraba en la cama, sufriendo los dolores de mi primer día enfermo. Era muy de noche, y no podía conciliar bien el sueño. Los dolores y la presión corporal eran tan tremendos, que me encontraba sumamente aturdido. Cabeceaba de lado a lado y con constancia como paliativo a la incapacidad de movilidad del resto del cuerpo. La escena en sí misma hubiera producido alguna que otra carcajada a un espéctador neutral, mas ya puedo yo asegurar que a su protagonista la situación no podría sacarle más de quicio.


De repente, ví como se entreabría la puerta. Como pensé que se trataba de mi madre, o de mi hermana al principio no presté mucha atención. Me posicioné en la cama de tal manera que si me preguntaban lo que fuera, las pudiera responder. Mas, no obstante, lo que salió de la puerta no fue alguien como tal. Se trataba más bien de un gran coro de sombras, a las que se me hizo harto díficil encontrarles una figura concreta. Este coro se internó en mi habitación, y comenzaron a bailar desacompasadamente a escasos dos metros a lo sumo de mí. Se oía una música discordante, carente de toda armonía. Parecía que saliese de algún tipo de hueco del que no lograba atisbar espacialmente. 


A ratos, mientras esos seres bailaban, algunos de ellos alzaban un puño al aire en señal de regocijo, o anunciando una batalla que se encontraba próxima. Podía oír también cómo se reían. Eran unas carcajadas muy tenues y finas, pero no por ello menos estridentes. Pensando que se trataba de una ilusión, o un sueño, producto de los delirios que suele provocar una enfermedad, cerré aún con todo ese escándalo los ojos para intentar conciliar nuevamente el sueño. Pero cuando así lo hice, esos seres comenzaron a darme empujones para evitar que me quedase dormido. Sus golpes dolían como si le clavaran a uno acero recíen fundido. Luego llegarón hasta a meterse en mi cama, y empezaron a dar saltos y golpes. Yo, luchaba como podía, y me retorcía mientras procuraba defenderme de sus embistes.


Al final, no me quedó otra que abrir repentinamente los ojos. Y cuando lo hice, contemplé cómo se abrió la puerta de un golpe. De la misma, surgió una sombra alargada, pero cuya estampa sí que me era más conocida. Esta sombra dispersó al coro que había entrado anteriormente, y cogiendo la silla que se encuentra delante de mi mesa, la desplazó y la colocó delante de mi cama. E inclinando su sombrío semblante, me dijo con una voz que parecía de otro mundo:


- Sabes que todo el mundo está conspirando contra ti ¿Verdad?


- Hum, no lo sé... Unos sí, y otros no, supongo...


Se produjo un silencio, y cambiando relativamente de tema, la sombra continuó diciendo:


- Hace mucho que no nos vemos, y lamento que haya sido en estás extrañas circunstancias... Pero no me ha quedado otra. Pensaba verte en otra ocasión, mas el impulso me ha llevado a que sea en esta, transmutado en sombra cual mensajero de la noche. Vengo a advertirte acerca de lo que se te viene encima como sigas así, de lo que te pasará si no aceptas mi humilde consejo.


- Cierto... Ha pasado mucho tiempo... Pero bueno, ¿De qué se trata?


- Tienes que protegerte sea como sea de aquellos que procurarán aplastarte, se cernirán contra ti e intentarán acabar contigo. No puedes seguir así. En este mundo todo es digno de desconfianza, incluso hasta tu propia sombra. Escucha bien lo que te digo: Ahí fuera hasta las más hermosas mariposas cuchichean, y no es siempre lo oscuro lo que mas confabula contra ti. Has de despertar, sea como sea. Abrir los ojos y darte cuenta de lo que se te viene encima. Porque, al menos por ahora, la caída resulta irremediable.


- Te estoy escuchando, pero... ¿A dónde quieres llegar? ¿Qué es lo que intentas decirme?


- Tú mismo te darás cuenta llegado el momento. Espera, y verás. Por eso mismo he acudido a ti, para que estés avisado y a poder ser puedas esquivar el golpe.


- Sigo sin entender... -temblé perplejo-


- Tiempo al tiempo. Todo aquello va a ocurrirte mucho antes de que te des cuenta. Pero como suele decirse, quién avisa no es traidor. Ya nos veremos en otra ocasión. Esta será también mucho más pronto de lo que esperas. Nos reencontraremos, y te lo revelaré todo. Hasta entonces.


Entonces, la sombra alargada puso una mano sobre mi rodilla y la acarició con dulzura. Hasta pude percibir muy vagamente una sonrisa que revelaba una profunda sinceridad de sentimientos. Después de aquello, creo que se esfumó. Y digo que lo creo porque tampoco lo sé con seguridad. Me parece que me quedé dormido, o en su defecto, los dolores de la enfermedad fueron tan tamaños, que me desmayé sin quererlo. Cuando me desperté al día siguiente, recordé todo lo que ocurrió de una forma muy vívida. Y también, me sumió en muy hondas meditaciones.


A día de hoy, sigo preguntándome lo que significaban exactamente las palabras de la sombra. Quizás algún día vuelva a encontrarla y me lo explique. O puede que yo mismo logre desentrañar su significado cuando menos me esfuerce en intentar entenderlo.

domingo, 2 de enero de 2022

El jardinero apestoso

 Mas allá de todos los montes conocidos, entre las espesuras de bosques aún sin nombre, vivía un hombre cuyo nombre era Florencio. Este ejercía el oficio de jardinero -lo cual provocaba las risas de los escasos vecinos de la villa por motivos evidentes- y se trasladó allí hacía unos cuatro años más o menos. El lugar era bastante remoto, se trataba de una pequeña urbanización alejada de la capital, y de toda influencia urbana. La mayoría de la gente que vivía allí eran ancianos, y habían dividido sus parcelas con pequeños muros de madera. La vejez de estos, y la división de sus humildes hogares provocaron que a fuerza necesitarán de alguien que mantuviese el lugar. Ese alguien no podría ser otro que no fuera Florencio.


Los motivos por los cuales aquel hombre fue a parar en tales extraños parajes le eran desconocidos a la mayoría. Pero, sin embargo, se supo después de algún tiempo entre las confesiones que este prodigaba en sus borracheras, que había llevado una vida disoluta durante su estancia en algún barrio cerca del centro. No sé sabe con exactitud por qué razón decidió huir de ahí para llevar una vida relativamente calmada. Mas Florencio solía decir: "No podía continuar así. Debía retornar a la inocencia. Si hubiera seguido así... ¡Quién sabe lo que hubiera sido de mí" A parte de esto, no se sabía nada más.


Una de las carácteristicas que hacía a Florencio reconocible entre todos sus vecinos, era su mal olor. Motivo por el cual solían llamarle: "el jardinero apestoso" De esto tampoco se sabía mucho hasta que un día una suerte de druida visitó por un par de días la villa. Este decía que su repentina visita se trataba de una peregrinación, y debido a ello, solicitó la ayuda voluntaria de quién quisiera ofrecersela para descansar y alimentarse. Quién se ofreció fue Florencio. Así que el druida aceptó su ayuda con una amplia y honesta sonrisa.


Un día, durante su estancia en la casa de Florencio, mientras el druida dormitaba, abrió de repente los ojos. Estos se quedaron completamente blancos acompañados por una bruma gris que los circundaba. Y con los labios temblorosos y de un tono violaceo dijo las siguientes palabras entre susurros y muecas extrañas:


- Sé del motivo de tu mal olor. Este se ha ido germinando como el fertilizante que echas a las flores. Aunque mas que un fertilizante, se trata de un veneno que te corroe las venas. Desde tu juventud has cometido mil fechorías y cien vileces. Ya a partir de tu primera travesura en tu niñez, algo en ti se ha ido pudriendo. Y así, poco a poco, todo ha ido a peor. Naciste con la inocencia de una cría, pero con el tiempo te has convertido en un ser malvado. Pese a que creas que has huído de ello mudandote a este lugar, sólo has logrado que el remordimiento y el resentimiento aumente tu mal olor. Va a llegar el punto que tu putrefacción sea tan tamaña que vas a convertirte en un saco de basura andante.


Sumamente perplejo, el jardinero apestoso preguntó:


- ¿Y qué puedo hacer para evitar acabar así?


- Enamorándote con sinceridad -respondió el druida, y prosiguió- Pero no forzando ese amor, has de enamorarte con la inocencia de un niño que ve el amanecer por primera vez hasta el punto de deificarlo. Has de hacerte un creyente de aquello de lo que te enamoras. Gracias al amor todo el mal que los hombres portamos dentro se pule tanto que llega a disolverse.


Poco después el druida se marchó y nadie volvió a saber de él. Mientras tanto, Florencio se quedó meditativo, a penas hablaba y dejó de ir a emborracharse. Continuó su trabajo con diligencia, sin llegar a revelar lo que le había dicho el druida. Simplemente trabajaba en silencio, con los pensamientos focalizados en lo que a este le había dicho. Los había interiorizado tanto, que se dispuso a llevarlos a término. Durante los años siguientes, se fijaba con atención en todas las mujeres que pasaban a su lado, independientemente de su aspecto y de sus edades. No las miraba ni con deseo, ni mucho menos con intenciones lascivas. Lo que intentaba no era otra cosa que no fuera enamorarse. Así pasaron cinco años, todos en vano.


Tiempo después, durante un hermoso atardecer de primavera, contempló una silueta femenina que se dirigía en su dirección con pasos sinuosos y elegantes. Y cuando pasó de soslayo al lado de él, le dirigió una tenue sonrisa acompañada de unos ojos vivos y vidriosos. Fue entonces, cuando supo que estaba enamorado. La mujer, se trataba de una treintañera que jamás se había casado debido a que seguía los ideales de antaño. Decía que nunca se casaría, a no ser que conociese al hombre que ella considerase adecuado. Además, era una persona tremendamente religiosa, y que huía de los placeres del mundo. Lo cual, era justo lo contrario a lo que había sido Florencio antes de llegar a la villa.


El jardinero apestoso desde entonces se había enamorado. Sin embargo, su mal olor todavía no se había ido. Permaneció sin mutarse, estable, pero seguía ahí. Pensó que lo que le faltaba era llevar su amor al plano real, y que este no se quedará solamente en el ideal. Así que intentó cortejar a la mujer a base de miradas. Pero esto no funcionó, ya que el mal olor continuaba ahí por mucho que insistiera en sus miradas amorosas. Y aunque ella le correspondiese a esas miradas, tampoco le decía palabra alguna.


Así que una mañana mientras estaba cortando las rosas de las zonas comunes, ella apareció de repente a su lado, como si llevara ya un tiempo sin que él se diera cuenta al estar concentrado en su trabajo. Se puso tan nervioso, que se pinchó con una de las espinas de una enorme rosa blanca. Y pese a que la sangre chorreaba de su pulgar diestro hasta la tierra arenosa que estaba a sus pies, logró concentrar todo el coraje del que era capaz y le soltó a la mujer:


- Sé que no conozco nada de ti ni tú de mí, exceptuando mi mirar constantemente posado sobre el preciado aura que me transmites y esa sonrisa tan hermosa que me prodigas a las veces. Mas he de confesarte que te amo desde que nos vimos en aquel excelso atardecer. También sé que no soy precisamente muy guapo, y que además, huelo fatal. Pero, aún con ello, cuando pasas a mi lado, siento que siempre quisiera estar junto a ti. 


La mujer, con suma tranquilidad y con un semblante afable y comprensivo le limitó a decir:


- Nuestros sentimientos no podrían ser más parejos


Tras escuchar esto, Florencio perdió repentinamente su mal olor, y aún con la mano sangrante debido a la herida, inundando la tierra cual si derramara vino, le plantó un pequeño beso en los finos labios de la mujer. Fue un beso tan leve, como si fuera aquel roce tierno que una madre dispensa a su recíen nacido. Duró un instante. Un instante que fue suficiente para que brotasen sendas ramas de entre todas las partes del cuerpo de Florencio, haciendose a su vez mucho mas pequeño. Todo esto se sucedió con tal rápidez que la mujer no tuvo tiempo de reaccionar. Dirigiendo la mirada bajo sus pies, pudo ver que allí donde estuvo el jardinero apestoso sólo quedaban un pequeño cúmulo de ramas de las que brotaban algunos tallos verdes. Con gran tristeza, ella se puso a llorar. Y mientras sus incontenidas lágrimas caían, se dió cuenta de que la planta crecía con extraña premura. Con sólo un par de gotas, los tallos verdes se hacían grandes y fuertes.


Desde entonces, la mujer acudía a regar la planta con sus lágrimas día tras día. Hasta que lo que fue una pequeña planta se convirtió en un inmenso sauce llorón. Y a pesar de que este ya era enorme, seguió insistiendo en llorar sobre él hasta el final de sus días. 


Del destino de la mujer, nadie sabe con certeza lo que fue de ella. Unos dicen que murió de pena, y otros, que las ramas del sauce llorón se hicieron tan rudas e inmensas, que acabó apresandola entre ellas convirtiendola en parte del árbol. Yo, particularmente, prefiero esta segunda versión aunque sea mucho menos razonable y lógica que la primera. Mas, ¿A quién le importa la razón y la lógica? En todo caso, lo que fuera de ella lo dejaré al parecer de los lectores.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Cáncer

 Siempre he pensado que acabaría muriendome de cáncer. Es esta una convicción que llevo arrastrando largos años de mi vida, y que a día de hoy sigue repercutiendo en mí. Todo comenzó cuando contaba con catorce años de edad. Durante una etapa me dió por soñar toda una semana con que me moriría de cáncer. Mis familiares acudían al hospital, y me rodeaban en lo que serían las últimas horas de mi vida. Después, varios doctores llevaban mi cuerpo agonizante sobre una camilla a toda prisa. Yo observaba mis pies, y veía entre mis dedos la etiqueta de defunción. Pensaba que probablemente me lo ponían por adelantado para ahorrar tiempo, o quizás ya estaba muerto y no me daba cuenta. Otras veces soñaba con que me daban la noticia de que tenía cáncer estomacal. Yo me lo tomaba con bastante calma, como si ya lo supiera desde hace tiempo. Me negaba a tomar tratamiento, y me iba del consultorio médico tan tranquilo dejándolos a todos pasmados.


Mi abuelo murió de cáncer. Mas no caigo en esa absurda creencia de que porque él haya muerto de ello, yo por herencia biologica vaya a hacer lo mismo. Simplemente así lo considero por lo que se me ha revelado en sueños, y porque esa convicción cuasi-mistica lleva conmigo ya mucho tiempo. Recuerdo, sin embargo, algunos momentos del final de la vida de mi abuelo. Como, por ejemplo, esos largos pasillos del hospital que parecían no terminar, o como una vez que le operaron tenía la tripa cosida. Yo, aún así, me tumbaba sobre él como lo hacía cuando su cáncer se estaba gestando sin llegar a exteriorizarse. Todo aquello ha quedado en mi memoria, tanto lo que fue su vida como su muerte. Todavía le echo mucho de menos.


A próposito de esto, recuerdo cierta anécdota que me aconteció hace ya algún tiempo. Por entonces mis sueños relacionados con el cáncer habían disminuido. Pero, aún con ello, seguía férreo en mi convicción de que tarde o temprano moriría por esa enfermedad. El caso es que por ese tiempo, acababa de empezar la universidad. Y, debido a ello, tenía que acostumbrarme a coger el autobus para ir hasta la capital. También, tenía que esperar muchas horas durante la ida y la vuelta para ponerme en camino. Eso me permitía observar a la gente durante la espera, veía lo amargados que eran algunos, y la fingida felicidad de otros. Me resultaba tan entretenido como desalentador.


En una de estas ocasiones, entre el ir y el venir de la gente que perdía sus autobuses, ví a un hombre muy anciano que iba acompañado por una señora muy delgada. A pesar de que ambos tenían pinta de tener algún tipo de enfermedad, se les notaba muy alegres. Era extraño, pero su alegría me pareció verdaderamente sincera. Eso provocó que me suscitara cierta curiosidad, ya que entre tanta gente joven y saludable se percibía una suerte de pesadumbre moral. Mas, en este padre y su hija, aún pareciendo demacrados en cuerpo, estaban felices en alma.


Me dediqué entonces a observarles con disimulo. Ambos soltaban multiples risotadas debido a que el hombre anciano iba a pagar el billete del autobus mediante una gran suma de céntimos. Mientras jugaba con la calderilla en mano, comentaba que tampoco podía hacer otra cosa, que no estaba acostumbrado a coger transporte público, y que era lo que tenía por casa. Cuando ya abrieron las puertas, les cedí el paso con una inclinación cortés. Los dos lo agradecieron con una sonrisa, y luego continuaron riendo a hurtadillas al cometer tal picardía, formando así una cola considerable yendo tan lentos en lo que al pago se refiere.


Días después, me encontré a esa señora sola. En el mismo lugar donde días anteriores la encontré con su padre. En esta ocasión no reía, mas sí mantenía una sonrisa afable impresa en el semblante. Esta vez se dirigió directamente a mí, manteniendo esa sonrisa y me dijo:


- ¿Es usted aquel joven que nos cedió la entrada a mi padre y a mí?


- Sí.


- Fue muy amable por su parte. Por cierto, tengo aquí una coca-cola que no quiero beberme. Tenga.


- Descuide, pero no me gusta esa bebida


Sin embargo, insistió. Y yo, por cortesía, no me quedó otra que tomarlo y comenzar a bebermelo para agradecerselo de alguna manera. Justo en ese momento, cuando tomé el primer sorbo comenzó a hablarme de su vida. Yo, la escuché con atención en silencio. Limitandome a asentir para que supiera que seguía ahí. Me contó que hacía poco que se había separado de su marido, que este había desaparecido, y que se había quedado ella sola con su hijo de seis años. Mas la historia no acababa así. Esta continuaba con que la vez que le había visto con su padre, regresaba justamente de una revisión médica. Recientemente la habían operado de un tumor que acabó formando un coagulo en su cabeza. Por lo visto, a pesar de la operación, no le quedaban muchas esperanzas de vida, a lo que se sumaba una considerable pérdida de memoria. 


- Por eso, es probable que otra vez que nos veamos por aquí, no te reconozca. Pero no es culpa mía, es la metastasis que me está minando la vida y los recuerdos- acabó por decir


Al subir al autobus, cada uno se sentó en un sitio diferente. Mientras apoyaba mi codo sobre la cristalera, y mi mano sobre la barbilla no podía evitar sentirme bastante triste. Sentía compasión por la vida de aquella mujer, y sobre todo por como terminaría. Me preguntaba si llegaría el punto que hasta se olvidaría de su propio hijo, y moriría pensando que jamás se hubiera casado, y que ni mucho menos habría dado luz a un niño. Mas no obstante, acabé por desechar tal pensamiento. "Una madre, al cabo, nunca podría olvidarse de algo que ha surgido de sus entrañas. Puede que ya no lo recuerde desde la memoria, pero sí desde el corazón" -pensaba. Después, ella se bajo y se despidió con una inclinación acompañada de una sonrisa risueña. Aquello también me hizo preguntarme por cómo alguien que estaba perdiendo la memoria y la vida podría estar tan feliz. Pensé que quizás esto llegaría a comprenderlo mucho mas adelante en mi propia vida. 


Algunas semanas mas tarde, durante el trayecto en autobus de una mañana, yo me encontraba leyendo "Temor y Temblor" de Kierkegaard en uno de los primeros asientos. Cuando justamente me encontraba en las páginas donde el autor hace una especie de introspección psicologica del caballero de la fe, aquella señora se giró en dirección a mi asiento. Ella estaba delante, y yo a sus espaldas. Pero tan ensimismado estaba en la lectura, que no me percaté de su presencia. Una vez me hubo saludado, me dirigió las siguientes palabras:


- He de confesarte algo que he estado pensando durante estos días en relación a tu persona


- ¿De qué se trata? - pregunté con un dejo de asombro, quizás por el repentino exceso de confianza que se tomaba


- Ya te conté que tenía un hijo... Pues bueno, he llegado a la determinación de que quiero que sea como tú.


- ¿Cómo...? ¿Por qué?


- Eres un buen chico. Si mi hijo fuera como tú cuando tenga tu edad, yo sería una madre inmensamente feliz


Callé, y asentí con una sonrisa. No le transmití mis pensamientos para evitar nublar su alegría. Pero en realidad pensaba desde mi fuero interno que si me conociera jamás desearía nada parecido ¿Cómo iba a querer que su hijo se convirtiera en un pérdido y desgraciado como yo que carece de rumbo vital? ¿Para qué quisiera tener ella un hijo que en el futuro se encontrase con las manos y los bolsillos completamente vacíos, sin objetivos ni aspiraciones? Sinceramente, ¿Quién querría tener a un primogenito que se pareciera lo más mínimo a mí? No, ese chico va a ser una mejor persona de lo que soy yo. Va a convertirse en un muchacho ejemplar, de buen corazón y de honestas acciones. Siempre cobijará el tierno recuerdo de su madre en su pecho, y eso le alentará a convertirse en una persona modelo. Estoy seguro de ello. No será como yo, y por eso tendrá una vida mejor. Le espera un futuro brillante, impoluto y cargado de hermosas sorpresas. Casi me emociono al pensarlo, y desecho unas lagrimillas sobrantes.


Tras aquella ocasión, sólo pude verla una vez mas. Cuando pasé al lado de su asiento, no me reconoció. Pensé, que, tarde o temprano inevitablemente, se cumplirían sus palabras acerca de que algún día no me reconocería. No me molestó en lo mas mínimo, puesto que tampoco la conocía demasiado, y al fin y al cabo, estaba enferma. Por otro lado, reconozco que me dió lástima. No por mí propio orgullo, sino por cómo sería su vida a partir de ahora. Al bajar en el pueblo vecino, ví a un niño con un pelo oscuro en forma de tazón y de una piel sumamente clara. Ella, se sujetó de su pequeño hombro, y caminaron juntos en dirección al reconfortante hogar familiar. Como dije, estaba seguro que aún perdiendo la memoria, siempre reconocería a su hijo hasta el día de su muerte. 


Después de aquello, ya no volví a verla nunca más. Supuse, que, o bien se encontraría fatal y tuvieron que ingresarla en el hospital estando terminal, o directamente ya habría muerto. Yo, en cambio, a pesar del paso de los años, aún no he muerto de cáncer. 

miércoles, 13 de octubre de 2021

Melancólica juventud

 Un joven iba de camino a lo que podríamos llamar su escondrijo. Este estaba situado en la desembocadura de una carretera tras unos arbustos un tanto secos debido a la incidencia del sol. Atravesandolos, se tenía acceso a un banco de piedra que daban frente a un encrespado acantilado. Él, solía acudir ahí cuando le daban sus arrebatos solitarios. Cuando tenía cualesquiera tipo de atribulación, salía de casa y andaba en silencio. Y a veces sin quererlo, terminaba ahí. Era como si algo oculto en el interior de su ser, le conduciera hasta ahí sin que él fuera capaz de advertirlo. Comenzaba a andar, y al recuperar un ápice de su razón, ya estaba sentado en aquel banco de piedra frente al acantilado.


A lo largo de su vida había cometido mil vileces. Había dañado a muchos de sus seres queridos mediante mentiras, y aunque esa no hubiera sido en principio su intención, el caso es que lo hacía. De ahí que todos le vieran como una persona que se aprovechaba de ellos, y que por eso temía de que se descubriera la verdad. En realidad, la pretensión del joven era ocultar información y mantenerse callado para no dañar a los demás, pero esto a la larga produjo que todos tuvieran mala impresión de él. A lo que se sumaba, que nunca podía dar un no por respuesta debido a su intención de complacer a los demás. Y así, pues, terminaba por dar asentimiento a todos según sus deseos, lo que al cabo, producía que todos le tuvieran como alguien contradictorio y que no sabía lo que quería.


Él intentaba cuanto podía que no pensasen así acerca de él, que le tuvieran como alguien que era amable y simpático. Pero, tomando esta determinación, conseguía el efecto contrario. Todos decían hablando de él: "Es un mentiroso. No os fiéis de él." Muchas veces le llegaban estos mensajes que él calificaba de "habladurías", mas él sabía en su fuero interno que eran verdad. Se había convertido en un mentiroso y en un aprovechado por intentar complacer a los demás, intentando agradar a la gente, se había mutado en alguien indigno "¡Qué paradojico! -pensaba- Busco el bien de los demás, y sólo me devuelven mal. Quizás debería invertir los términos para recibir bien. Ser verdaderamente egoísta, y no como ellos me acusan." Tales eran sus cavilaciones entonces. 


Posteriormente, para huir de estos males que proliferaban a su al rededor se dió a la bebida. Frecuentaba varios bares cercanos a la zona dónde vivía, y se dejaba invitar hasta acabar ebrio a más no poder. Era entonces cuando desataba su vena mas alegre de una forma que ya no era aparencial, sin pretensiones de agradar a los demás, batía sus palmas sobre la barra del bar y soltaba unas risotadas que quién las oyera probablemente se riera también. Y cuando ya abandonaba tales tugurios para regresar a su casa, lloraba con unas lágrimas verdaderamente sinceras. Unas, que no eran participes de su capricho por adquirir un ánimo sombrío, sino que de verdad nacían de su interior, y que hasta cierto punto podría decirse que le satisfaccían. Había veces que mientras las lágrimas atravesaban sus mejillas, sin emitir sonido alguno, sonreía con una amplia sonrisa. En ese momento, por fin podría decirse que por vez primera se había complacido a sí mismo.


Otro de sus problemas, y sobre el cual cavilaba en muchas ocasiones, eran las mujeres. O, para ser exactos, no toda mujer en general, sino cierto tipo de mujer que siempre le echaba a él los ojos. Parecía que le circundaba cierto olor, cual si fuera una fragancia especial, que atraía a algunas mujeres, que le hacía parecer atractivo ante estas. Sin embargo, él no se consideraba tal. Es mas, se odiaba a sí mismo no solamente por lo que era su personalidad, también por su aspecto físico. Siempre que estaba ante un espejo y se contemplaba, le daban ganas de escupirse y añadir algún que otro puñetazo. Y aunque se contuviese a la hora de actuar de esa manera, esa contención provocaba en él temblores y crispaciones. Se quedaba temblando frente al espejo como un imbécil, procurando mantener la compostura sin conseguirlo, impotente.


En lo referente a las mujeres, siempre le pasaba lo mismo. Estas se acercaban a él con la falsa pretensión de acogerle en sus brazos, de cuidarle como una madre, cuando en realidad sólo querían resquebrajar aún mas lo que era su vida usando como medio los efímeros placeres carnales. O, al menos, así lo creía él porque de lo contrario no le encontraría sentido. Con algunas de ellas, llegó a besarse. En tal instante, siempre le acontecía algo curioso digno de notarse. Si bien todas esas mujeres eran distintas y dispares entre sí en la distancia, cuando se hallaba ante su semblante pegado al suyo, lindando sus labios en el momento precedente al beso, todas adquirían el mismo rostro. Era extraño. Pero era exactamente un mismo rostro que le dirigía una mirada de arrobamiento sumamente perpleja. Esto le turbaba bastante, ya que no lo entendía. Se quedaba por un instante congelado, y no sabía cómo reaccionar.


Hubo un momento, que meditandolo fríamente mientras estaba sentado en aquel banco gélido en pleno invierno, llegó a una explicación que se alejaba de todo discurso racional. Pensó en que aquel rostro que siempre veía en el instante previo antes de besar a una mujer, sería precisamente la verdadera mujer que le estaba destinada. Es decir, el auténtico amor de su vida. Esta, se quedaba mirándole con los ojos vidriosos, tremendamente dolida por lo que estaría a punto de hacer. Debido a esta reflexión, siempre que retornaba a besar a una mujer, sentía unos profundos remordimientos que le punzaban el corazón. Mas, no obstante, cuando esta extraña reflexión le acudió a la cabeza, lo que hizo fue levantarse y gritar al horizonte: "¡Vamos! ¡Manifiestate de una vez! Sé que soy repugnante e indigno de todo ápice de cariño... Pero, por favor... ¡Acude a mí antes de que cometa mayores fechorías!" Esto, lo dijo con entera sinceridad. Hasta pudiera decirse que esta vez fue sincero por primera vez en su vida.


En una determinada ocasión, mientras deambulaba por las calles desiertas, totalmente drogado y alcoholizado, creyó haberla visto bajo una farola. Acudió hacía ella con premura, y cuando creía haberla alcanzado, estrechandola entre sus brazos, desapareció. Se deprimió tanto, que empezó a gritar con desesperación arrodillandose en el asfalto y levantando las manos pidiendo clemencia. Pudiera ser por tal aparición fantasmal, porque estuviera drogado, o simplemente porque a esas horas de la madrugada no había nadie por ahí, pero en ese momento sus quejidos lastimosos emitidos en alto eran indiferentes a la reacción de los demás. Sus pupilas dilatadas por efecto de alcohol se quedarón clavadas en la luz de la farola como buscando una respuesta a su desdicha, a por qué siempre le atenazaba la misma melancolía incluso cuando no hacía nada, a por qué era un pérdido que no podía hacer nada para remediar su condición...


Y así, pasaba el resto de su vida, creyendo que aparentando hacer lo que los demás querían ver de él lograba complacer a alguien, bebiendo a mas no poder y haciendo el rídiculo como en el episodio de la farola. Él sabía bien quién era, y se lo reprochaba constantemente a sí mismo. Y no sólo sus actos, sino también su misma persona en general. Era sin duda, un perfecto idiota. No estaba seguro de si él mismo se trataba de un producto de la sociedad, o si era algo que le venía por naturaleza. En verdad, esto no le importaba en absoluto. El caso era que se había convertido en una persona despreciable, y así se lo reprochaba constantemente a sí mismo. Mientras tanto, los años de juventud pasaban, corrompiéndose y olvidando de esa inocencia primera, de esa casi pureza que en otros tiempos solían tener los jovenes. Al menos, así el lo creía, idealizando hasta cierto punto la juventud de otras gentes. Mas, independientemente de que fuera así o no, él se sentía un desgraciado tanto porque las desgracias le cercaban, como porque él era el origen de las mismas. Y aunque él intentase justificarse, señalando a los demás como los culpables de su desdicha, el caso era que seguiría siendo un desgraciado. 


Ahora, estaba frente a aquel acantilado. Sentado en aquel banco de piedra que le producía escalofríos, sus ojos brillaban de una emoción que sólo la melancolía y la nostalgía hacía algo indeterminado podrían producir. Ahí, tras la sombra producida por los cerezos y los almendros, contemplaba el cielo imponente...

viernes, 3 de septiembre de 2021

Sonrisas y lágrimas

 "... como soy un pecador redomado, estoy condenado a ser cada vez más infeliz sin saber cómo evitarlo"

Indigno de ser humano, Osamu Dazai



Me levanté de un salto desde mi cama, y mientras me colocaba las zapatillas desparramadas me dije a mí mismo: "Sí, en el día de hoy voy a escribir un nuevo relato" Con este ardiente entusiasmo, salí corriendo de mi habitación y desayuné en un periquete. Volví al poco a mi habitación, y me interné en la misma. Sentándome en mi vieja silla me puse frente a la mesa, cogí un lapiz desgastado y un folio arrugado adoptando una posición importante. Como si con este gesto cambiará el mundo, concentré todas mis fuerzas en el espacio de aire que separaba la punta del lapiz del folio, y lo apreté con impetú de cara a llamar a las puertas de la inspiración. 


Con renovados esfuerzos, centré toda mi atención en esa blancura algo rasgada que era el folio, y aunque no se me ocurría nada, insistí en reforzar la fuente de dónde nacían todas las ideas. Sin embargo, todo era en balde puesto que no lograba extraer nada en claro de ese mundo imaginativo. Las gotas de sudor se me escurrían de la frente debido al agobio, la mano me temblaba como si fuera un enfermo terminal y mi pierna diestra se movía siguiendo un fúnebre compás.


Pasaba el tiempo, minuto a minuto en esta postura estática sin que en momento alguno me moviera, tan siquiera mudaba mi semblante, exceptuando mis labios que estaban cada vez mas apretados. Al rato, desvié mi mirada a la ventana, y ahí fue cuando perdí el rumbo y me pusé a pensar acerca de cosas anodinas sin importancia alguna. Ví a las nubes siendo arrastradas por el viento, estas atravesaban el cielo cuales flechas formadas por gases sólidos que terminan por evaporarse cuando han volado demasiado. Hacen, al cabo, como nosotros que vamos de aquí para allá animados por una sustancia desconocida, engañados con supuestos objetivos vitales vanos y creyendo que existe algo así como una razón de ser en cada uno de nuestros movimientos ¡Ay, desdichados de nosotros que en verdad caminamos por el mero hecho de caminar! ¿Algún día cesarán nuestros pasos y encontraremos el sentido? Lo dudo.


Cuando quise darme cuenta, ya debía ir a comer. Así que dejé las cosas tal cual estaban, y bajé a la planta baja para degustar lo que hubiera. Al terminar, volví a subir y retorné a la misma mesa, exactamente en la idéntica posición antecedente. Y de nuevo, la misma carencia de ambrosía inspiracional, y ese hastío que se transmutaba en mi frente grasienta. Los temblores y la ansiedad aumentaron sin lograr ni escribir una línea. Como un imbécil me agobiaba con esta tarea que yo mismo me impuse. En realidad, así he pasado toda mi vida: agobiado y con un constante temor a pifiarla en cualquier momento. Sentía que cada paso que daría terminaría siendo una caída, y cuando al darlo me daba cuenta de que continuaba en camino raso pensaba: "Seguro que en cuanto dé el siguiente paso me encontraré en un foso inmenso del que jamás lograré salir." 


De repente, ví con perplejidad humedecerse aquella hoja con una serie de gotas dispersas. Me palpé la cara y caí en la cuenta de que estaba llorando, y que todo aquello que estaba sobre el papel eran mis propias lágrimas. Pero, ¿Por qué lloraba? ¿Qué era lo que me entristecía tanto? Era como si algo interno en mí que fuera semi-inconsciente se deprimiese al verme ahí plantado mortificandome a mí mismo por el mero hecho de vivir -o de fingir que lo hacía- o quizás, también fuera aquello que llaman "el ángel de la guardia" que me veía desde sus celestiales alturas e invocaba la lluvía para manifestar su decepción. Pues bien, si es este último caso, que sepa ese pajaro que me dá exactamente igual su opinión, ya que ni le conozco. Si tiene algo importante que decir que se presente, de lo contrario seguirá siendome indiferente.


En verdad llevo ya largo tiempo aparentando indiferencia respecto a casi todo. Mas, no obstante, no es algo que haga a próposito y que deba ser forzado. Se trata mas bien de un mecanismo de defensa que tengo interiorizado y que ha pasado a ser parte de mi naturaleza, y ya no puedo evitarlo. Desde que era un niño siempre he sido un llorón y un miedoso. Bastaba el mas mínimo acontecimiento para que me pusiese a llorar o me asustase. Con mi escasa experiencia de entonces, me fué suficiente para llegar a la conclusión de que el temor y las lágrimas están a la orden del día en este mundo repleto de desgracias y de desilusiones. Y como dada mi sensibilidad no podía evitar sentirme herido o temer que acabase estandolo, opté sin querer por construirme un muro que me aislase de todo y de todos. 


Luego ya, posteriormente, iba llenando el interior de ese muro con mis propias lágrimas, bebidas alcóholicas, humo de tabaco y algunos fotogramas dolorosos provenientes de mis propias experiencias. Y así, me mortificaba con ello en una espiral de dolor que no cesaba, daba vueltas y vueltas sumergíendome en mi desgraciada existencia. Cuando estaba en soledad, estas lágrimas provocadas por hirientes recuerdos me sacudían mientras estaba enterrado entre mantas y fluían al exterior sin que yo pudiera detenerlas. De vez en cuando hasta proliferaban de mis labios quejidos lastimosos verdaderamente lamentables, y algún que otro grito ahogado al ser presa de la desesperación. Era repugnante y lastimero. Cada noche este espéctaculo se daba con mayor intensidad, mas yo no podía ni controlarlo ni evitarlo, y tampoco sé hasta que punto quería que cesara, e incluso no sabría determinar si esto me venía bien o mal. 


Después de todas estas noches, salía al mundo como si nada hubiera pasado. Actuaba como si yo fuera un cualquiera al que le diese igual todo, y soltaba estupideces de mi boca para hacer reír a todos. En cierta medida me hacía feliz ver a los demás contentos aunque yo me sintiera desgraciado. Lloraba internamente y siempre estaba triste dentro de mi caparazón, pero eso no evitaba que se me escapasen de las comisuras de mis labios bromas obscenas y vulgares, y risotadas varias como si me hiciera gracia lo que yo mismo decía. Este mecanismo -también inconsciente- operaba paradojicamente bajo la conciencia de mi propia culpabilidad. No quería ser como una nuble cargada de tristeza que se desparramase sobre los demás, y por eso la velaba con un circo de cartón repleto de payasos que realizaban mil bufonerías. Sentía que no merecían que los tratase con una melancolía que tenía origen en mí mismo, y así pues tendía al humor fácil para dispersar la niebla. Usaba de la apariencia un recurso cómico cuando la tragedia inundaba mi vida como si se tratase de un tsunami inevitable que arribara a la costa, y al ver que algunos de sus habitantes corrían por aquí y por allá asustados, sacaba confetí haciendo parecer que el mal inevitable no era tal. 


Esto, claro está, era pura falsedad. A mí, particularmente me gusta mas denominarlo como "una representación teatral a todos los públicos y sin ánimo de lucro." Mas sé que por lo general, yo soy un actor bastante malo y no todo queda lo suficientemente realista como para ser tomado del todo en serio. Esa fue otra de las razones por las cuales me convertí en un vulgar cómico para el mundo, ya que es mas fácil hacer una comedia que una tragedia. Y aún en este último caso, no se trataría de una representación puesto que sería tal y cómo me sentiría realmente -cosa, que, por otra parte, me está completamente prohibida si quiero seguir por estos lares- Así, pues me decía una parte de mí cada vez que salía a dar una vuelta por el mundo: "Hagamos comedia aunque lloremos, seamos graciosos pese a ser en realidad desgraciados. Es el único favor que podemos hacer a un mundo tan desdichado, el único toque salado que podemos conceder a un lugar tan amargo." 


En ese momento, ya estaba anocheciendo, mis párpados parpadearon y mis manos se crisparon para al poco adoptar un ánimo neutral puesto que debía salir de mi cueva. Fuí a la sala principal, y cené con premura para volver a internarme en mi cuarto. Ya no sentía fuerzas de ningún tipo, así que me dediqué a hojear algunos de mis libros para decidir cual me leería al día siguiente, e instantes después me tumbé en la cama. Me quedé impertérrito contemplando el techo con mis ojos abiertos cuales faroles desgastados. Ví como la pálida y cenicienta luz de la luna iluminaba debilmente ese blanquecido techo que se asemejaba a una manta desplegada en forma de resplandor. Eso provocó que mis lágrimas volvieran a deslizarse por mi semblante, cayendo lo restante sobre el colchón.


Fue entonces cuando recordé que debía de escribir un relato, y del cual no había escrito ni una sola línea en todo el día "Soy un pésimo escritor si es que merezco que se me clasifique con tal adjetivo..." -pensé descorazonado. Pero, al cabo, ¿No es lo que he hecho en el día de hoy? Quiero decir, ¿Escribir un relato no es simplemente relatar algo? De lo contrario, ¿En qué narices consistiría hacer un relato si no es contar algo independientemente de lo que esto fuera? ¿Acaso no es esto mismo un relato? No sé tiene por qué hacer una grandilocuente historia repleta de personajes y complejidades varias para que esta merezca el apelativo de narración. Bien se podría escribir cualesquiera cosa, narrar algo, incluso el acontecimiento mas nímio para que se le llame propiamente relato. E incluso, no tiene por qué pasar nada en sí mismo. Puede que valga con transmitir unos pensamientos y unos sentimientos a un trozo de papel, removerlos y que aparezcan un cúmulo de letras que entiendan de palabras y de frases en un fondo blanco. Otra cosa es que sea bueno o malo, pero relato es al fin y al cabo.


Pero, en este caso ¿Quién lo decide? O en una posición más radical ¿Para quién escribo? ¿Es sólo para mí mismo? ¿O puede que para otros? Si el escribir es comunicar, lo más coherente sería decir que se escribe para otros desde sí mismo. Mas no creo que este sea mi caso... En fin, supongo que no tiene importancia. Además, ahora que lo pienso lo relatado aquí en concreto es bastante repetitivo respecto a otras cosas que he escrito. Siempre vengo con lo mismo, pero bueno... Que lea esto a quién le llegue y le apetezca, y a quién no me da exactamente igual y se acabó. 


Me crucé de brazos, y a los segundos los puse en posición funeraria como si en vez de intentar dormir me estuviera muriendo. Con los párpados cubriendo mis ojos, noté mis pupilas inquietas, intentando atisbar algo en la oscuridad que proporcionaba mi propia piel. Y otra vez -¡Cómo no!- las lágrimas de siempre, esa sensación de existencia culpable repleta de pecados y malas obras cometidas en el pasado, junto a los temblores de mis extremidades y a las fuertes palpitaciones provenientes de mi corazón. Mi respiración era agitada, mi propia vida me resultaba asfixiante. Pero no podía hacer otra cosa que seguir respirando, o en este caso, ahogarme poco a poco en este lento retargo cual suicida indirecto e inconsciente que lleva una cuerda al rededor del cuello, y una carga a sus espaldas que jamás logrará ver.


Lanzando un leve suspiro me pregunté: "¿Qué será del mañana?" Y ante mi propia pregunta, mudo me quedé. Estaba esperando como siempre sin saber a qué. Harto de la misma postura, me cambié de lado, concretamente en posición fetal y comencé a sollozar sin remedio, y a intercalar los lastimeros llantos con unas risotadas delirantes. 

martes, 10 de agosto de 2021

Ducados

 Decidí salir de la estación con la esperanza de reposar tras un largo viaje. A pesar del mareo y del cansancio que sentía, me encendí un ducado y dejé que el humo me inundara por dentro para al poco salir y esparcirse por un cielo nocturno cuyas nubes y brumas impedían contemplar las estrellas. Aún así, me consolé contemplando cómo el humo que salía de mi boca ascendía tanto que cubría los escasos ventanales de los edificios que estaban justo en frente de la estación, y que a esas horas todavía estaban decorados por las luces de algunos desconocidos noctámbulos. En cierta medida, esas lámparas que concedían ese fulgor a las ventanas, venían a sustituir lo que serían las estrellas. O al menos, eso me imaginé debido a un probable capricho fantasioso.


Mientras pasaban los anónimos transéuntes, me preguntaba acerca de mí vida sin llegar a una conclusión definitiva. La gente por lo común solía hablar bastante mal de mí. Se diría que tengo mala fama. Para la mayoría soy considerado un desgraciado, un pérdido, un decadente, alguien malvado que va inevitablemente a la deriba... Preguntes a quién preguntes, todos te dirán lo mismo: Las mismas palabras cargadas de injurias y maldiciones dirigidas a mi persona. Mas, yo me interrogaba sobre cómo he podido cosechar tan cúmulo de difamaciones. Pero al cabo, me devanaba los sesos para nada puesto que la pregunta me llevaba a una respuesta bastante ambigüa que requería de una nueva pregunta, y así incesamente. La incognita de siempre. La muda interrogación misteriosa que siempre ha sido mi vida. 


Pensativo miraba hacía el sucio suelo repleto de colillas de tabaco blanco y de chicles de antaño. Quizás ese suelo fuera la respuesta que buscaba. Insistí en demasía preguntando mirando al cielo, y encontrandolo nublado me saturaba y ya no tenía dónde dirigir la mirada. Puede que sí, que debiera mirar al suelo cuando quisiera saber por qué todos me veían como a una especie de duende travieso que forma innúmerables males con el más mínimo gesto. Me causó repugnancia ver ese suelo tan sucio, y pensé que pudiera ser esta reacción pareja a la que tienen los demás cuando se asoman al oscuro foso de mi alma.


Expulsé el humo y respiré por un instante aire nauseabundo. Sin saber por qué se dibujó en mis labios una tenue sonrisa que nada tenía que ver ni con la alegría ni mucho menos con la felicidad. En verdad, sentía ganas de llorar pero no lo iba a hacer. Me negaba a darle al mundo esa satisfacción de verme mas derrumbado de lo que solía estar. Así que sonreí  -incluso, me reí para mis adentros de mi propia desgracia- aunque tan sólo fuera por resentimiento hacía el mal que me deseaba el compuesto sin forma de la sociedad. 


Llevaba ya años adoptando esta extraña actitud. Como si nada me importase, me límitaba a sonreír y a aparentar indiferencia pese a que algo me doliera en lo más profundo de mi corazón. Si me decían que era un imbécil o un sinvergüenza les sonreía en su cara con desparpajo, y si insistían, se me escapaban un gran cúmulo de risotadas sin quererlo. Al final, terminaban por mandarme a mí casa con mas insultos como acompañamiento, y yo, me daba la media vuelta y desaparecía. Y cuando llegaba, me ponía a llorar desconsoladamente procurando ahogar los gritos para que nadie me oyese. Una vez terminase tal perorata lacrimogena, salía de mi habitación y contaba un par de tonterías como si nada hubiera pasado. Así era mi vida, ya me había acostumbrado.


Notaba como me ardían las yemas de los dedos debido a que el ducado lindaba ya con su fin. Casi se había acabado, pero yo siempre lo apuraba al máximo como si con el cúlmen de ese cigarro de tabaco negro me fuera la vida en ello. Literalmente lo sentía así en mi retorcido fuero interno. En esos momentos, el ducado era yo, y yo era el ducado y no había mas. Todo era tan fugaz... Que me daban ganas de vomitar. Quince minutos de sosiego, calada tras calada y todo venía a convertirse en ceniza, una callada tranquilidad que producía que todo aquello acabase porque el fuego había logrado consumir todas las hojas, como en nuestras vidas lo eran las horas. Me creía que estaba jugando con la muerte, bailando con ella, siendo la realidad a la inversa. No había punto de descanso ni de apoyo alguno porque todas las cosas morían, culminaban como ese ducado a punto de apagarse que aún sostenía entre mis dedos. 


Agobiado por la situación, tiré el ya casi consumido ducado al suelo y lo apagué con la suela de mi zapato para segundos después encenderme otro. Ya estaba al menos mas tranquilo porque el humo había retornado para hacer eternos recorridos en mi interior hasta el punto de enredarse en mi garganta como si fuera una soga al cuello. Tosí, volví a inhalar el humo con premura, y pensé en cuán degradante sería mi aspecto en ese momento. Probablemente tendría bolsas bajo mis ojos, el cabello revuelto por el viento, unos zapatos destrozados por mis caminatas y una camiseta agujereada por el tiempo "Bueno... ¿Qué más da? Así son las cosas..." -pensé poniendo una mueca indiferente para seguir pensando en estás cosas. 


En realidad, siempre he cobijado un estoicismo muy extraño en mi interior. Este, en vez de fundarse en la razón y en la templanza, solía confundirse con una irracionalidad al borde del delirio y un desequilibrio enfermizo que acababa paradojicamente por convertirse en un vulgar conformismo. Tan tranquilo e inmutable he sido que cuando me acontecían situaciones funestas, me limitaba a meter las manos en los bolsillos y esperaba a que el mal pasase tal y como había venido. Si algo positivo puedo decir de mí, es que he sido siempre muy paciente -quizás demasiado- Daba igual lo que ocurriese, me quedaba quieto y esperaba sin pestañear. Como, a su vez, de hecho estaba haciendo en este lugar sin saber a qué. Nunca he sabido a qué atenerme, por eso dejaba que el mundo girase lo que debiera girar mientras mi espíritu actuaba como una rígida torre: plantada en la tierra y sin aspiración alguna que no fuera permanecer y contemplar el atardecer. 


Justo cuando estaba divagando sobre estas cosas, apareció ante mí un mendigo andrajoso de unas pintas horripilantes probablemente por hacer su vida en la calle. Este, abriendo mucho los ojos, y casi sin mover sus labios pegajosos me dijo:


- Oye ¿Tienes tabaco?


- Sí, pero sólo negro. Es decir, lo que tengo son ducados... -respondí titubeando ligeramente


- Da igual.


Metí la mano en mi mochila con nerviosismo buscando el tabaco para darle. Revolviendo entre mis objetos en busca del paquete, recordé que hasta hacía unos escasos meses solía dar algunas monedas a los mendigos. Sea quién fuere, les daba lo que tenía con tan sólo pedirlo. Sin embargo, esa extraña manía pasó a evaporarse poco a poco. Tiempo después, sólo les daba a aquellos que parecían tener pinta de mas desfavoridos, pero con el tiempo, dejé de darles a nadie nada. No es que me tuviese antes por alguien caritativo por darles, como tampoco después como alguien que los acusase de gastarse el dinero en vicios. Simplemente los veía a todos como unos bellacos. Además, si yo estuviera en su posición, me lo gastaría todo en ese último caso hasta que me diera un coma etílico y muriese. Ese sería un buen final.


En este caso, opté por darle a aquel mendigo parte de mi tabaco. Si hubiera sido otra cosa como dinero, es probable que me hubiera inventado una excusa. Pero al tratarse de tabaco, y pedirmelo tan directamente, pensé que sería lo suyo. Así, pues, una vez que había alcanzado uno de mis ducados, se lo dí con la mano temblorosa y tartamudeando que aquí lo tenía. No sé por qué, pero tenía miedo. No del mendigo en particular, sino de lo que pudiera hacerme la gente en general durante ese momento de flaqueza. 


- Perdona ¿Me podrías dar dos...? Es que, verás... Tenemos una comunidad de mendigos, y solemos repartirnos el tabaco entre todos para así tener con que sobrevivir en esta fría noche.


"¡Vaya! -pensé- ¡Una comunidad de mendigos! ¿Quién iba a decirlo? ¡Y encima usan del tabaco como una cuestión de supervivencia!" La verdad es que esta perplejidad no atendía a ser un reproche, tampoco una confusión. Era, mas bien, producto de la sorpresa. Quizás yo también debiera pertenecer a esa comunidad, y dedicar la noche a fumar, ya que al fin y al cabo era lo que estaba haciendo en esos instantes. Mas, no obstante, no estaba dispuesto a compartir con todos esos desgraciados como yo. Nos unía el hecho de que todos ellos y yo éramos unos pérdidos, o ¿Quién sabe? Quizás lo fuera yo mas en un sentido mas interno, pues ellos habían encontrado de un sentido, que era reunirse para fumar. Yo, en cambio, aquí estaba como un pelele confundiendo a las ventanas con estrellas, y a los ducados con el sentido de la vida regocijandome en mi sufrimiento cual mentecato ¿Y todo por qué? La verdad era que ni eso sabía.


Tras darle otro ducado, el mendigo asintió con la cabeza en señal de agradecimiento y se fue alejando entre las sombras de los edificios. Yo, al darme la vuelta, me encontré con un autobus destartalado que había aparcado justo a mi lado sin que yo me diese cuenta. Ese no era el autobus al que estaba esperando, era otro que se parecía mucho pero que no era aquel. Agudicé mi mirada para ver de cual se trataba, mas sólo pude ver cómo subía un montón de gente extraña ataviada con unos atuendos sumamente extravagantes. Sin pensarlo dos veces, me dirigí hacía el autobus y sin mirar ni quién era su conductor me subí yo también sin razón alguna de ser.


Ya dentro, todo estaba en penumbra. Así que como pude, me acomodé en uno de los asientos de la última fila en vías de pasar desapercibido. Ahí dentro, todo lo externo parecía desaparecer debido a que el cristal parecía estar tintado, y al ser de noche, he de suponer que el interior del autobus actuaba como una cámara acorazada que impedía el paso del sonido, mas en esta ocasión lo era respecto a la visión también. Turbado, miré al rededor del autobus sin ser capa de vislumbrar nada, tampoco a la estrafalaría gente que había visto entrat en un principio. He de reconocer que todo esto me pareció bastante extraño, casi una fábula. Pero, me noté tan cansado que los ojos se me caían y las piernas se me aflojaban. Así que apoyé mi codo en la ventana, e impuse mi mano bajo mi mejilla y sellé mis párpados ralentizando mi respirar, tendiendo así mi mano a la inconsciencia.


A los segundos, noté como me vibraba el cuerpo, lo cual era una señal que indicaba que el autobus estaba puesto en marcha. Ya notaba cómo se desplazaba hacía delante con impetú mientras yo iba cada vez mas sumido en el sueño. Sin saber a dónde me llevaba, caí derrotado por el agotamiento y me dirigí hacía allí donde nadie sabe, ni siquiera yo mismo.