lunes, 26 de abril de 2021

Pasean los pensamientos

 Podría calificarse de enfermedad mi obsesión por el senderismo. Sí, se trata sin duda alguna de una especie de obsesión masoquista por andar hasta perder la sensación de las piernas. Lo mas curioso de este hecho, es que tampoco me someto normalmente a un senderismo a gran altura, aquel mediante el cual se suelen atravesar altos montes encrespados y campos repletos de desniveles que fuerzan al andante a tener que ejercer diferentes presiones que le permitan avanzar por el camino. Por eso de cara a atenerme mejor a los términos, en mi caso hablaríamos de un senderismo llano, ya que suelo pasar por asfaltos mal cimentados y ciertos caminos embarrizados donde se intercalan esas acostumbradas hierbas pajizas del estío.


En estos paseos, el intelecto comienza a ejercerse de manera diferente a como lo hace cuando uno está sentado. En este último caso, a uno sólo se le ocurren pensamientos de sedentario, los típicos pensamientos que podría tener cualesquiera intelectual que deja que su tripa se infle de iniquiedades de acuerdo a los efluvios de sus hastiados pensares. De ahí nacen la mayoría de las tesis doctorales, las cuales dicho sea de paso son tremendamente aburridas porque carecen tanto de acción como de erotismo, ningún impulso vital las anima debido a que los pensamientos de los que se nutren son sedentarios, y por ende, producen un efecto semejante a su causa, a saber: cansancio. En cambio, cuando uno anda y va pensando, ocurre algo muy diferente, los pensamientos en este caso están en locomoción, fundiendose con el mutarse del paisaje, se adhieren a la naturaleza deviniente propia de todo lo mundano y en vez de aburrir nos llevan hasta donde le plazca la inspiración.


Me acabo de dar cuenta de que al principio mentí con entera conciencia, en realidad mis paseos no son tan llanos como presumía en los primeros párrafos, ya que de vez en cuando me he tomado con algún que otro monte que requería una mayor moción de mis piernas, e incluso, de mis manos para agarrarme a las piedras que me darán el impulso suficiente para ascender. Otras veces, mi paseo no es tan detenido ni lento como debería para un mero espectador, me siento como si de repente advirtiese algo que me persigue y empiezo a correr con tal velocidad que mis pulmones, los latidos de mi pecho y mis presurosas piernas pierden conexión entre sí, se descoordinan, y actúan como fácetas diferenciadas produciendo la impresión de que mi cuerpo y todo mi ser es un cúmulo de miembros desperdigados y lúnaticos que desataron sus lazos respecto a todo orden y coherencia. Es entonces cuando ya fatigado, me detengo sobre algún farol que pobremente intenta absorber en su luz artificial la oscuridad del anochecer, y caigo en la cuenta de lo que me estaba persiguiendo, burlandose quizás de mí.


Eran los pensamientos del sedentario, estaban pugnando con los activos, y han acabado formando una especie de masa hilemorfica que no logra formar un todo, quedándose a camino entre lo vivo y lo muerto. Así, al final parecen optar por transformarse en melancolías presentes y pasadas que aliandose con la nostalgia y la incertidumbre terminan siendo una cuasi-sustancia carente de gracia y abundante en lágrimas. Detenido y en suspenso como en esos momentos me encuentro, procuro mirar a la susodicha masa a la cara, y no me resisto al abismo de sus ojos pronunciados. Voy cayendo, poco a poco, mis párpados se tornan ilusorios, y cuando me quiero dar cuenta, me encuentro en otro lugar al que no sé cómo he llegado.


"Lo he olvidado, desconozco dónde estoy." -me digo. Mas, sin embargo, continúo andando -ahora ya sí, siguiendo el rumbo del paseante llano- de cara a reconocer el terreno, e intentar al menos atisbar cómo pudiera conseguir retornar al anterior punto y volver así al hogar. Acabo dando vueltas, adivinando en el viento de la noche posibles reminiscencias que no logro discernir con certeza. Es como si recorriese un camino que otrora hubiera hecho en coche -ya se sabe, pensando en otras cosas- y ahora, me hallase en esa misma senda pero a pie. Era, sin duda, desconcertante. Creía en un principio sentir cierto temor, pero en verdad no era así porque lo que tenía por miedo era en realidad un morbo aumentado por una curiosidad incondicional que buscaba desvelarse. Quería en el fondo desnudar a la noche, y que más allá del rumbo de las estrellas y de la brillantez pálida de la luna, se abriese una piel cobriza por el sol adornada con un par de senos tropicales. Quizás de esta manera, el morbo interno que en esos momentos advertía en mi interior, se volcaría en un éxtasis tan inmenso que ya no sentiría esa necesidad por comprender donde me hallaba, ni tampoco pensaría en volver a casa, puesto que encontraría en la satisfacción última una respuesta inmediata a todas mis dudas, y así no tendría por qué llevarlas hasta el final.


En todo caso, seguí andando dejando que mis pasos me guiaran con frenesí inaudito allí donde la racionalidad no tuviera cabida. Buscaba algo que desconocía, y por lo tanto, mi búsqueda carecía de objeto ante mi incapacidad intelectual de captar aquello que únicamente puede estrecharse con un sentido completamente irracional. Era como un autómata al que hubieran dado cuerda, pero cuyo motor interno no tuviera prefijada una razón de ser estable, de tal manera que el azar jugase sus cartas con una arrogancia de una magnitud tan inmensa que el jugador contrario no sabría si este juega con las manos, o con los pies. 


Mi vista cansada ya no era capaz de distinguir lo que tenía por delante. Por mucho que frunciera el ceño, y apretase los ojos para forzar mi campo de visión, todo era en vano. Solamente podía ver ráfagas celestes que presumí que eran tenues neblinas nocturnas que se confundían con la espesura y las farolas, y algunas que otras manchas negras provenientes de recovecos a los que no les había llegado ni un ápice de luz. Aturdido, continúe mi paso hacía nadie sabe dónde. Perdido respecto a mí mismo, ya no sabía ni quién era yo, ni mucho menos quienes pudieran ser los demás. Los recuerdos se intercalaban con las ilusiones, las realidades con los sueños, el pasado con el presente y el futuro, el yo de ahora con quién fuí, o quien pudiera haber sido... No había sentido, todo carecía de sujeto, predicado y verbo, y así, lo que era un conjunto universal que abarcaba la totalidad de una cosmovisión se transformaba en la nada. 


Fue entonces cuando llegué allí donde inevitablemente debí haber llegado, un punto en el cual el principio o el final de mi improvisado viaje no estaba del todo claro. Se trataba de un circulo muy mal formado de cemento en medio de un terreno desvastado por la dejadez sobre el cual habían pintado una cruz blanca con tiza y de manera que dejaba bastante de desear probablemente un grupo de críos que no tenían nada mejor que hacer que jugar a elaborar un ritual en desuso. Mientras me fijaba en su centro, ahí donde convergían todas las líneas que entre pegotes de cemento formaban la cruz, un gran ruido me distrajo, logrando que alzase mi mirada sobre las ramas de los árboles que se agitaban por el vendaval producido por el origen del estruendo. No logré visualizar -como llevaba pasándome desde que comencé este escrito- de qué se trataba con exactitud, sólo puedo recordar que era una enorme mancha negra que velaba el acostumbrado espectáculo nocturno, y que, en su centro, una luz amarillenta iba cobrando fuerza, y con ello, ganando terreno. A tanto llegó su poderío e inmensidad, que esa luz acabó por cubrirme a mí también. Cuando rozaba y lindaba mi cuerpo, se tiñó de un verde muy vivo, y yo comencé a sentir una suerte de pulsión sexual que encerrandome en la pasión paradojicamente me liberó de mis dudas haciendome ansiar cada vez mas la muerte. Ahí estaba, todo lo que necesitaba y ansiaba concentrado en un instante que se eternizaba.


Pero bueno, como iba diciendo en lo antecedente esta clase de pensamientos únicamente tienen cabida cuando uno se levanta de la silla y sale a darse un paseo. El cuerpo se vuelve sudoroso en la medida en la que se mueve con relativa premura, agitados los latidos dan a los pensamientos moción y sensación, las cosas se ven de otra forma, se adquiere tanto amplitud como plenitud, y uno se aleja de ese capricho intelectualista como lo es el jugar con los conceptos cual si hiciera malabares. Y lo que considero mas importante, la inspiración acude y hace con nosotros lo que guste haciendo nacer en consonancia con nuestro interior y aquello infinito que raras veces advertimos una mixtura violenta, y a su vez, reconfortante ¿Cómo explicar esta clase de contradicciones? Me temo que tendré que volver a aquel lugar, es una pena que no sea capaz de recordar cómo retornar...





lunes, 5 de abril de 2021

Recuerdos de un soldado cualquiera

 Antes de entrar en el campo de batalla, al soldado le dió por pensar acerca de su vida pasada, tenía añoranzas provenientes del tiempo anterior a la guerra, aunque este factor no eliminaba que, a su vez, estuviera entusiasmado por volver a enfrentarse a ese enemigo oscuro que habita tras los bosques. Sin embargo, mantenía en su mente, mientras avanzaba camino al frente, recuerdos que atravesaban cual estaca desde su tierna infancia hasta los años de vida conyugal. Apreciaba estos contrastes sentimentales, tan supuestamente extraños para un soldado, ya que acontece que los hay que se echan para atrás en el momento de rememorar su vida mas mundana, mas, en este caso, era al contrario, estos recuerdos le impulsaban hacía delante como el viento próspero a la barca pesquera.


De entre sus recuerdos, había dos estelas que centellaban en su imaginario cual par de estrellas que se resisten al embate del amanecer, una correspondía a cuando niño daba vueltas y vueltas sin saber a dónde iba, completamente perdido entre las sendas de un amplio jardín, y la otra, era ya de adolescente cuando estaba con quién sería años mas tarde su mujer, dando vueltas también y gozando de lo que serían de los primeros contactos con el impetú sensual y erótico. Ambas imagenes en movimiento correspondían a la perfección, tanto que podrían sobreponerse una sobre la otra sin problema hasta el punto de confundirse, y no saber a ciencia cierta cuando empezaba una, y cuando terminaba la otra. A grandes rasgos, podría decirse que lo que tenían en común es que las dos se trataban de un juego, un juego del que sin embargo, había que tomarse en serio, y que tenía que ver directamente con la pasión, la cual en ambos casos se mostraba en desarrollo, deseando alcanzar su cumbre,  en el primero mediante la fatiga, y en el segundo, mediante la excitación. 


El niño que juega se asemeja al adulto cuando se integra en los misterios de la sensualidad, puesto que va accediendo a un campo que aún siendo desconocido nos dota como de una suerte de atisbos que nosotros sólo intuímos, y que en apariencia nos son extraños, pero que reconocemos vagamente cual rememoranzas de otra vida "Hasta mi sonrisa pícara de niño esquivando las ramas que se atrevían a interponerse en mi camino, era bastante similar a aquella que afloraba cuando en ese mismo parque, aquella piel pálida iba descubriendose poco a poco únicamente para mí" -pensaba el soldado, mientras experimentaba una extrema excitación que se traslucía en sumas gotas de sudor que iban cayendose de sus negros cabellos, atravesando su defectuoso surco de la frente y culminando en su tenue naríz, que bien podría compararse a una pincelada de algún pintor vanguardista. 


De repente, se paró en seco y observó la espesa neblina grisácea que se cernía ante su vista, esta capa que parecía buscar abatirle desde un plano contrapicado, le recordó otros sucesos. En esta ocasión fueron tres, que al igual que en el par anterior, se sobreponían unos a otros como una torre erguida, que entendiendo su conjunto, impedían que se eliminara el mas pequeño elemento, pues provocaría el derrumbe del edificio entero. La que podría catalogarse como la primera escena, se desarrollaba en un funeral, concretamente en una sala destinada al cuerpo con su ataúd para que los familiares se despidieran de su ser querido, la cual se componía de dos partes: en una estaba él nuevamente siendo niño con la cabeza elevada mirando a las vidrieras superiores, que con el impacto se los rayos del sol, devolvían cálidos colores, y la otra, era la parte de la sala donde propiamente estaba el cuerpo, cargada de una penumbra que impedía que se viera nada. Ya la segunda y la tercera escena eran una especie de secuela que comprendía su etapa matrimonial, una correspondía al nacimiento del que sería su primer y único hijo, el cual sumamente enfermo se retorcía de dolor en su cuna, intercalando sus quejidos lastimeros con el llanto de reclamo, y la segunda parte, se desarrolló en una mañana tan lúgubre como esmaltada de melancolía, en ella contemplaba al mismo niño con un año muerto en su moíses, alojando en su pecho una sensación de impotencia que no lograría borrarse jamás de sus sentimientos mas internos.


Mientras estás imagenes se le sucedían, dejó escapar un par de lágrimas que caídan de sus mejillas, pese a que desconocía si estas se producían por estos recuerdos dañínos que le acometían, o por efecto de la ceniza que empezaba a pegarse en sus ojos. En todo caso, advertía en sí mismo que el dolor o la molestía física tenía una conexión con aquel sufrir que es en lo profundo de una cualidad superior, veía en la relación entre la muerte prematura y en la tardía un vínculo que carecía de sentido, ya que el resultado venía a ser el mismo, pero con un matiz distinto del cual es fácil adivinar el que sería degradante, y el que sería mas hermoso "Al fin y al cabo, estas cosas no están en nuestras manos, hay un destino que juega con nuestro libre albedrío, unas veces parece que lo vamos nosotros moldeando, mas en realidad todo esto no es mas que una mera ficción. Así juega la Divinidad con nosotros bajo própositos que se nos encontran velados..." -se decía el soldado a sí mismo, dejando un interrogante que se expandía en forma de un susurro lanzado al abismo. 


Según iba atravesando las diferentes cuadrillas desencajadas, carentes de todo orden y linealidad, una ráfaga de viento que zarandeaba y acometía todo su ser, acompañada por un vespertino rayo lumínico proveniente de un sol desfalleciente, apareció de entre las nubes que dieron un momentáneo bosquejo esperanzador, lo que permitió que su memoria recuperara uno de esos recuerdos aparentemente anodinos que damos por olvidados con el paso del tiempo. Se trataba de una única escena vívida cuando tenía veinte años exactos en la que se encontraba dándose uno de esos paseos suyos solitarios en los que refinaba la tristeza con la ordinariedad, debido a ello, se hallaba ante un campo en plena primavera cargado de un verdor adornado con el fulgor de despedida propio del atardecer. Para él, suponía un retorno a lo salvaje, a la naturaleza primigenia, que le comunicaba los secretos que pudieran librarle de la desesperanza vívida en esos momentos. Se detenía bastante, fijándose en cada cada detalle, desde la verde hierba que era agitada por un viento amenazante, hasta una muchacha que en esos momentos pasaba por los caminos cubiertos de barro junto a un pastor alemán que la defendía de quién pensase en acecharla. Eran, al cabo, instantes en los que si se pudiera hablar de una libertad sin tacha ni mancha, esencial, esta se concretaba desde su abstracto en aquel paisaje tan olvidado y ajeno a todo como aquella brizna de hierba seca que pisamos sin darnos cuenta, siendo a esta indiferente nuestra pisada para su inminente disolución.


Ya había pasado sumas trincheras un tanto derruídas cuando escuchó las voces de las que sospechaba que serían las de sus propios compañeros, mas estaba tan absorto en los pensamientos que le subscitaban estos detalles paisajistas que le aparecían de soslayo, que no pudo distinguirlas, parecieran ser ecos de un pasado que paradojicamente se encontraba en su presente. Para él, si bien admitía que lo temporal se translucía en lo efímero, se empeñaba en encontrar dentro de la misma una estabilidad que se encontraba en estrecha relación con la eternidad, quizás esa fuera la explicación mas factible para su confusión vívida entonces, ya se sabe que todo aquel que entra en momentáneo contacto con aquello que podríamos denominar lo absoluto aparenta a los ojos del mundo un atontamiento mediante el cual el sujeto que se encuentra en tal estado, es señalado por los demás como un estúpido. 


Su pelotón ya debía ser movilizado para entrar propiamente en el núcleo del combate, las filas y su consecuente estrategía estaban bien establecidas y organizadas. En ese momento, volvió por última vez a detenerse en sus inusitadas divagaciones, y contemplando una gota de sangre ajena, que estaba sobre la punta de su roída bota militar, pensó: "Esto es todo, esto somos todos, una mera gota de sangre derramada donde fuera que no le importa a nadie. Y, aún así, dentro de este derrotado nihilismo se encierra una caprichosa victoria que entiende de una esperanza tan ambigua que requiere de una interpretación en forma de lucha, dotada del valor y del honor que acostumbraban a tener los guerreros mas antiguos. Sea lo que fuere, se acabarón los retrocesos en los recovecos de la memoria. Hay que seguir hacía delante, no como los progresistas que se despeñan, sino como los valientes que se sacrifican." 


Y así hizo, sus compañeros y él avanzaron en linea recta, hasta que llegaron a un punto en el cual el avance era imposible, y tuvieron que dispersarse como hormigas a las que un niño travieso les hubiera inundado el hormiguero por gusto infantil. El soldado, con su fusil en mano y bien alzado, iba sorteando las diferentes minas que podían apreciarse en forma de bifurcadas grietas en el camino, mientras disparaba a un lado y a otro, al cielo para abatir a los ángeles caídos, y al suelo para hacer volver a los demonios a su sitio, en tanto que alguna que otra bala pudo verla ascender y descender como un perdigón sin guía en busca de un ave sagrada que no existía. 


Al fin, cuando ya llegó a una cúspide de la que parecía que no había retorno, registró con su mirada un artefacto que se le imponía ante él, rodeado por una tintura negra que se fragmentaba por unas llamas que le atravesaban, vino a caer justo en el semblante del soldado, y cuando impactó y explotó, derramó todos sus miembros por los aires, dejando suspendida un aura de carne y de sangre difuminada, y a su vez, lustrosa. Era la existencia en su apogeo, el punto donde una vida encontraba un maravilloso culmen que fundía todas las imagenes que pudo visualizar en los últimos instantes en los que aún su corazón palpitaba distribuyendo su sangre, y sus pulmones expulsaban e inspiraban grandes cantidades de aire cada segundo. Así, entonces, pudo presentir en el instante previo a la muerte un hálito de gloria que aunaba la pálida piel de su mujer en el parque, su risa infantil en el jardín, el cádaver de su hijo enfermizo y aquel otro que se hallaba rodeado por las sombras y aquellas hierbas que mecidas antes de la llegada de la noche le anunciaba que lo que parecía una derrota podía tornarse en victoria. Quizás, este soldado, al darse cuenta de su perecer inevitable gritó para sus adentros:  "¡Cuanto placer y sufrimiento para que lo que parecía oscuro terminase por volverse luz!"

viernes, 5 de marzo de 2021

El ideal heroico

 Recuerda amigo mío, que en estos años oscuros que han marcado nuestra época el mayor mal no es la ignorancia ni la pena, sino ante todo la debilidad. Mas, si te quedan dudas, podemos mirar sus efectos que no sus causas, los fenómenos en lo que se trasluce que no su origen motriz, ya que esto lo podemos ver en este desasosiego interno que lleva a los hombres a dar rienda a sus fragilidades destempladas de cara al público, como si tal cosa no fuera digna de avergonzarse, toda lágrima se expone al público y el aplauso del vulgo no tarda en producir su debido eco en el auditorio. Esto último es lo que me resulta tremendamente nefasto, porque antaño si algo producida desagrado era la penuria injustificada y gratuita, a ese que se lastimaba en vías de recibir una repugnante atención, le caían millares de piedras, que por potencia y velocidad, podríamos asemejarlo a proyectiles, que recaían sobre él para que cesase tal sobreactuación, y si este no desistía, se insistía hasta ocasionarle una penosa muerte, que lejos de buscar la entonación de un requiem, se celebraba con la mas plétorica de las fiestas en tanto que se había llevado la ceniza a su debido sitio.


Ahora, ocurre algo del todo diferente, pareciese que la debilidad, lo aberrante, lo nauseabundo, se muestra ante la pantalla como si se tratase de una especie de canón al que aspirar, y mediante el cual, quién conserve en sí un ápice de belleza debe avergonzarse. Y cuando se expone lo contrario -es decir, lo que debería ser- se le recrimina a uno como si acabase de romper alguna suerte de norma implicita en la sociedad que le expulsa a uno inmediatamente del umbral del correctismo político, conduciendole así hacía el abismo del aislamiento social. Obviamente, podría uno pensar que esto es mas una ventaja que una cosa que replicar, puesto que de lo que apesta al olfato y desagrada a la vista, lo mejor es alejarse, guardando consecuentemente una distancia personal porque a uno le viene en gana a nivel individual, mas no obstante, en cuanto a mí, considero una cuestión de dignidad viril el quejarme ante esta situación no de vicio, sino en busca de unos ideales mayores, que en cuanto elevados a alturas insospechables, también podrían llamarse -y tenerse- como absolutos. Claro, que, por otro lado, esto tampoco quiere decir que ya se hayan encarnado en uno, pero sería sumamente vulgar no mirar al menos en su dirección.


Vemos, por lo tanto, que se ha dado una vuelta insospechada a las cosas, lo que antes era digno de elogio debido a su sublimidad, a su nobleza, a su aristócracia estética, hoy día se ve desde un prisma en el que se considera arbitrariamente como un insulto al vago concepto de lo mediocre que estos socialdemocratas sustentan, puesto que ellos que no han vislumbrado el mas mínimo ideal resplandeciente, cargan con resentimiento a los que se encaminan por la senda labrada por los antiguos. El hacer de lo débil una medalla de plástico no tiene nada de héroico, como tampoco es nada revolucionario el atrincherarse en una pocilga como lo es una universidad cualesquiera en busca de un apoyo de tan poco valor como es el estudiantil -los cuales, dicho sea de paso, han encontrado un refugio para superar sus traumas de niños mimados en la ideología- para así ser una victima pública de su propia estupidez. Un héroe si persigue los ideales de sus antepasados, o un revolucionario que guarda en sí la esperanza de derrocar algo que considera degradante para los suyos, no gimotea ni se esconde como un cobarde, ambas figuras que resultan como se diría diferentes caras de una misma moneda, se enfrentan a la realidad evitando hacer de la misma un espectáculo, y si se encuentran ya en su apogeo, miran desde una altitud considerable aquel símbolo con el que tarde o temprano todos nos encontramos, que es la muerte.


Hay quién ha hecho de su vida toda una tragedia, pero aún de estas cosas no nos podemos dejar engañar por las apariencias, pues las hay verdaderas tragedias, y luego otras, que son enteramente ficticias. Sin embargo, en este caso si podemos hablar sin problema alguno que nos entumezca la voz de que se da una mezcla de ambas, casi de tipo teatral, en la que empezando el transcurso vital en una especie de comedia escrita por un guionista borracho que no tiene ni un poco de originalidad, acaba tornandose en una tragedia que traspasa la frontera entre ambas esferas, culminando así en un acontecimiento tan soberbio que nos sería muy díficil de identificar si se trata de una actuación sobresaliente, o sí es la figura del héroe materializada en la vida ordinaria. Sería algo parejo como un destello repentido observado en una noche sin estrellas en el que nos preguntamos si su fulgor ha sido algo proveniente de nuestra imaginación, o si realmente esta bendición se ha dado ante nuestros ojos, liberándonos aunque sea por un momento, de las ataduras de la monotonía. 


Independientemente de lo que fuera, aplaudimos con sinceras lágrimas en los ojos, ya no las típicas del malogrado espectáculo al que me refería en las primeras líneas, sino ya auténticas lágrimas de admiración hacía lo grande y elevado, escurriendose con ello estás gotas saladas en nuestros párpados hasta alcanzar nuestras mejillas dejando sus salobres y humedecidas sendas como rastro que alaba lo inhóspito, y que cada vez encontramos menos, un milagro que patentiza cual sello la única inmortalidad que podemos alcanzar en esta vida, siempre advertiendo que esto se tratara de un pequeño roce que nunca se integrara en nosotros con plenitud. Sí, pudiera ser esto un acontecimiento que podríamos catalogar de triste, mas como lo triste en sentido mas bajo está al orden del día, esta tristeza a la que apunto está cargada por una luz tan inmensa que no sabríamos distinguir con la debida precisión si nos entristece con una tonalidad meláncolica, o nos alegra con un leve regocijo, quizás un poco de ambas.


Todo esto conduce a esa imperiosa necesidad de alcanzar cuanto nuestro espíritu es capaz de aspirar, pese a que nos hayamos acostumbrado a los suspiros, ansiamos desde el interior una elevación que no puede ni debe limitarse a algo meramente imaginativo, que quiere fijarse tanto en aquello relacionado con lo espiritual como respecto a lo carnal, tanto en lo figurativo y simbólico como en la vida. Esto es el poder, aquello que las gentes mas vulgares suelen asimilar a bienes reducidos a los materiales, se trata del mayor ideal, la acumulación de todas las inspiraciones concretadas en una inmensa elevación que lo abarca todo cuales centenares de luces fragmentadas a través de espacios continuos y dispersos, trascendiendo todos los tiempos aún con una añoranza callada del pasado. Pero, también, encontramos sombras, oscuros recovecos que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra insistencia incluso en lo irremediable, en lo imposible... Pues algo que siempre ha caracterizado al héroe mas allá de su representación teatral es que sabiendo que la batalla estaba perdida desde los comienzos -quién posee un espíritu guerrero es mucho mas inteligente que el mas aclamado de todos los sabios- insiste en proseguir, y cuando cae en apariencia derrocado sobre el macillento suelo, se sabe vencedor. 


Tenemos, pues, una necesidad de fuerza, de toma de conciencia de las potencias vitales y viriles, que en su absoluta condición nos lleven allí donde se dé comienzo y cúlmen de este ideal autoritario que desde nuestro fuero interno deseamos, pero que raras veces alcanzamos ¿Es esto como apuntaba mas arriba una batalla pérdida? ¿Una guerra fría en la que no se localiza una fuente de luz como podría serlo el sol? ¿Qué hemos de hacer nosotros, meros mortales comunes? Si diera una solución sería un hipocrita, y dejando tantas preguntas en el aire bien se me podría decir que soy todo un sofista, pero ¿Acaso no sabes leer entrelíneas, estimado amigo? ¿No ves que ya te he respondido? Pues sí, lo hice. Si en este deslizarse del tiempo tan recargado en sombras, buscamos algo ascendente, ese hálito vital con la suficiente autoridad y voluntad para apartar toda fragilidad mujeril ¿A qué crees que me estoy refiriendo? 


En ese momento, el hidalgo se levantó de su silla, y haciendo una leve inclinación, se fue andando hacía nadie sabe donde. El caso fue que desde que comenzó a hablar, la tarde iba llegando a su ocaso, y cuando decidió ponerse en movimiento, ya estaba anocheciendo, proyectando así su sombra por un suelo mal cimentado, rodeado por cuatro faroles, que debido a su baja luminosidad, una vez atravesado tal línea divisoria entre la escasa luz y las abundantes sombras, su figura desapareció sin dejar rastro. Por lo visto, no permitió que su acompañante le respondiese, ello pudiera ser porque era amante de la ambigüedad por la carga tan intrigante como estética que tiene este fenómeno, pero uno -creo yo- debería inclinarse mas a que así lo hizo al no ser de su gusto escuchar las espontáneas respuestas de otro que no sea él mismo, al menos, en ese momento, puesto que estas deben ser meditadas según su percepción refinada, o, lo que sería mas interesante, interpretó aquellos siete segundos de silencio como una respuesta suficiente. 


viernes, 26 de febrero de 2021

Carta a un funcionario del estado

 Buenas tardes,


Le escribía ya que ayer a la tarde me llegó la nota de su bloque administrativo, es decir, de su asignatura, y bajo mi sorpresa, me encuentro que la tengo suspensa, y con nada mas ni nada menos que la nota mas baja que uno pudiera imaginarse. Si le soy sincero, me decepcionó bastante y me pareció sumamente injusto su suspenso, y mas cuando en lo que a mí se refiere a pesar de las dificultades que hemos tenido en este curso, he seguido sus bochornoaas clases, las repetitivas lecturas y las tareas respectivas a la asignatura, a lo que vendría a sumarse, que mi examen no estaba en condiciones de quedar suspenso. Esto no lo digo con afán de soberbia, ni porque esté mal solamente en lo que mí atañe, sino porque es cuestión de justicia, la cual ha sido quebrada por una negligencia injustificada de índole tan azarosa como caprichosa.

Este problema, como vengo diciendo, tiene un cáliz mas general que particular, aunque obviamente esta vez he sido yo el afectado, en tanto que todos participamos de este problema que me atrevería a calificar de universal. Así, pues, acontece que nos encontramos en una situación de perpetua decadencia, que antecede incluso a esta pandemia, y que en esta universidad especialmente se adolece de este mal general, el cual tiene su raíz bajo los muros de un edificio pudrefacto. Nos ceñimos en demasía a academicismos tan falaces como innecesarios, que lejos de alimentar nuestra sed de apetitos intelectuales, nos conducen al mas negro de los abismos, y estos, no se limitan a la mera ignorancia, sino que la traspasan siendo una maldad proclamada ¡Qué razón tendría Schopenhauer cuando acusó a la comunidad universitaria de su tiempo de inservible, y así también Nietzsche cuando cayó en la cuenta de como las universidades publicas eran otro mecanismo del estado para evitar que los pensares aflorasen!

Por eso, yo también acuso tanto a la comunidad universitaria en su totalidad como a usted mismo por su negligencia rellena de meros contenidos que no se proyectan hacía ningún sitio, puesto que no buscan su expansión lúminica de sentido, al limitarse a ser unos créditos -cual tarjeta de puntos monetaria- acúmulados en algún abstracto fichero de procedencia nefasta y desconocida. En esto podría resumirse la actividad docente en general, a poner una serie de números a otros números, cumpliendo así diligentemente con un trabajo que en verdad no le importa a nadie, excepto a un par de burocrátas que sentados desde su sillón lanzarían algunos filosofemas basados en erradas ideologias para que los loros del lugar los repitiesen como si fuesen papagayos aburridos y hastiados de la cadena industrial que resultan sus desdichadas vidas.  

Por último, no se preocupe, no voy a reclamar nada ni tampoco a recuperar cosa alguna porque ya tengo todo lo que necesito en mis manos. En lo que a usted se refiere, supongo que descartará mi fichero, lo dejará atrás, en alguna esquina sin importancia, como un asunto fallido del que usted no tiene culpa alguna. Al fin y al cabo, cumplió con su tarea, dió sus clases con una sonrisa de complaciencia, y pusó sus notas a cada uno según se ajustase mejor o peor a sus expectativas como docente, y al terminar su tarea laboral, dejó unos horarios establecidos para que sus estudiantes le llorasen las notas de cara a superar una matricula que les sacan los higados a uno año tras año. Mas le diré una cosa, si bien es cierto que entre los alumnos hay una clara falta de disciplina, orden y semejanza a los principios, usted también es uno de los mayores culpables de esta ponzoña que con el paso de los tiempos es cada vez mayor.

Un cordial saludo, espero que le vaya todo bien, y que continúe con su tarea administrativa sin problema alguno hasta que le llegue la jubilación y pueda descansar con la conciencia tranquila tras haber realizado un trabajo estupendo, al menos sobre el papel. 

Hidalgo Quebrado.

viernes, 12 de febrero de 2021

La vecina

 Dos hermanos volvían entre encrespados montes tras acabar su jornada laboral del día, iban cabizbajos como solían como escrutando entre el suelo algún pensamiento valioso que pudieran desenterrar y sacar a la luz. Por desgracia, no había nada elevado entre esas secas tierras, y entonces, se conformaban con fantasear que algún día hallarían algo que lo fuera. Reinaba el acostumbrado silencio entre ellos, ya se conocían de sobra y no tenían nada que decirse, toda palabra pronunciada en cualesquiera momento que juntos les atañía sobraba, y por ello, se comunicaban con miradas repentinas a soslayo, o con gestos apesadumbrados que traslucían su abatimiento. 


Ya salían del sendero atestado de barro desertico, y se conducían por las calles asfaltadas con antropocentrica soberbia típica en los hombres, pasando así por el camino de siempre para alcanzar a pocos metros la casa donde convivían con sus padres. De nuevo, como todos los días, la vecina de tres casas mas abajo se asomaba a su carcomido balcón, y observaba a los dos hombres de mediana edad atravesar el camino diario sin pena ni gloria. Sin embargo, esta vez había algo diferente en esta vecina, vestía un glamuroso vestido rojo levemente escotado, adornado por orlas que como olas descendían hasta mucho mas abajo de sus tobillos, los cuales debido a los infraqueables muros, se encontraban velados a su vista. Su peinado también tenía algo diferente, singular, que lo hacía distante a otros días, ya que sus cabellos pardos estaban cargados de sumos bucles que se entrelazaban unos con otros, perdiendose como en un torbellino marino. Y a todo esto, lo adornaba una tenue y maliciosa sonrisa, que junto a dos guindas de un pastel inexistente, eran así sus dos ojos negros decorados por un fulgor vidrioso casi lascivo. 


De repente, ambos se pararon en seco tras atravesar el umbral de la casa de la vecina, ya que uno de los hermanos detuvo al otro, posando su mano fatigada con débil fuerza sobre el hombro del otro, y le dijo:


- ¿No notas algo peculiar en la vecina, algo inhóspito de lo que hasta ahora no nos habíamos dado cuenta?


- No tengo ni idea a lo que te refieres, hermano-respondió el otro alzando los hombros con indiferencia ofendida, como si le molestase el mero hecho de que el otro pronunciase su pregunta


Así, sin mediar palabra alguna que continuase la escasa conversación, siguieron andando, y a los pocos pasos ya se encontraron frente a la puerta de su casa. Metieron la quejumbrosa llave que hizo tambalearse la puerta, y entraron por un diminuto jardín descuidado, la única vegetación que andaba por tales lares eran las malas hierbas que habían ido creciendo con el tiempo, algunas de ellas mostraban motas rojas y anaranjadas que procuraban asimilarse a diminutas flores, y otras, estaban cargadas de pinchos, tan enormes se hicieron que bien podría decirse que aquellos eran cáctus, y el jardín, un desierto en mitad de ningún sitio. 


Llegando a la mesa de la sala principal, se sentaron al rededor de la misma para que su madre les dispensara con la comida en tanto con una tibia sonrisa les iba preguntando las preguntas usuales que suele hacer una madre, las cuales podrían reducirse a un "¿Qué tal la jornada?" Ellos, iban respondiendo con muecas y leves sonidos guturales y algunos chasquidos de dientes, de manera que se necesitaría un interprete de ese idioma a caballo entre la ausencia de oralidad y las señas para vislumbrar lo que aquellos dos intentaran decir. 


Una vez que la madre partió al cuarto continuo, el hermano que había parado al otro en mitad del camino instantes anteriores, volvió a insistir con su pregunta, y el otro, le respondió:


- Ya estás con tus obsesiones, dejate de tonterías, y come, que mañana es viernes y hemos de continuar con la jornada como todas las semanas.


De nuevo, la misma rutina de todos los días, el mismo camino, las mismas miradas cabizbajas, los mismos ladrillos movidos aquí y allá, el mismo sosegado hastío que se había transmutado en costumbre y que se dilataba como un punto infinito que se expande hasta llegar a abarcarlo todo sin dejar ni un hueco a la mortal vista. Y otra vez, la idéntica senda de la vuelta, y la vecina asomandose al balcón, está vez sin tanto arreglo, con un pijama bastante ancho que velaba su cuerpo cual si se tratase de algo prohibido, inalcanzable para aquellos dos desdichados que volvían de un insano trabajo que para ellos se trataba de su salud. Una ráfaga de viento acudió repentina, invocada por algún duendecillo travieso que en ese momento tocase con algún instrumento estrámbolico, como podría serlo una inmensa tuba, lo que provocó que ese ancho pijama de la vecina se le ciñiese al cuerpo, mostrando cada parte del mismo en semejanza a esas esculturas que juegan con el desnudo femenino y las telas, en cuyo contraste se muestra algo así como la esencia del erotismo, entre el desnudo y lo velado, mostrando a su vez se oculta todo y se deja a la imaginación fabular e idealizar aquello que se contempla. 


Al hermano inquieto le comenzó a entrar un sudor frío que se hallaba entre la ebriedad y la enfermedad, desde ese momento no pudo olvidar en ese día y en los que le siguieron ese cuerpo que cantaba una sonata con osadía al ingrato que se atreviese a mirarlo, que se balanceaba agitado por el viento en ese impío balcón como si bailase algo suave, dejando en suspenso sus muslos, sus caderas y sus senos cubiertos por el fino pudor de una tela barata. 


En uno de los días de dos semanas mas adelante, el hermano contrario cogió una gripe que le dejó exahusto y con temblores debido a la fiebre, y por lo cual, no tuvo otra que quedarse un par de días en cama hasta que se encontrara mejor. Esto turbo bastante al otro hermano, no porque tuviera que rendir el doble de cara a suplir la ausencia imprevista de su compañero fraternal, sino porque a la vuelta debía atravesar aquella acostumbrada senda donde se asomaba la vecina completamente solo. Pensó, incluso, en la posibilidad de que esta se enteraría de que así sería, y la próxima vez se asomaría completamente desnuda en el balcón, ofreciendo su cuerpo sin los atuendos del decoro en una bandeja, que susurraría "Tómame ahora sin palabras, sin mas porque sí" Claro, que, esto era una vana y pueril fantasía de un hombre aburrido, así que despejó de su visión estos pensamientos que le acudían incesantemente, y los replegó del ámbito diurno al nocturno.


Continuó viendo a la vecina en su balcón, cada día con una ropa distinta, lo que le permitió registrar con sus miradas de soslayo detalles de su cuerpo, como podrían serlo sus alicaídos hombros, los senos plétoricos, el grito de sus brazos fornidos, sus labios burlones, la pícara mueca en forma de guiño de su ojo izquierdo... Mas, en uno de esos días, la vecina desde arriba le hizo una señal con su mano, señal que connotaba una llamada de atracción que le convidaba a entrar sin reparo alguno. Él, movido por influjo desconocido, así lo hizo con el corazón pendiende de un hilo, agitado por sus latidos que lejos de frenarle le hicieron avanzan cada vez mas hacía la entrada como por un impulso, abriendo así la puerta e introduciendose en la casa.  


Ya dentro, observó lo dejada que estaba la limpieza y el orden de aquel lugar, parecía como si la casa llevase abandonada años. Fingiendo que conocía aquel lugar, ascendió por una escalera que tenía forma de caracól al atisbar que probablemente el cuarto de la vecina a través del cual se asomaba en su balcón se hallaba en la sala de arriba, concretamente a mano izquierda, en la habitación al final del pasillo. Atravesando una habitación, dos, tres llegó al deseado cúlmen de tal travesía, y entró como si tal cosa al final de sus obsesiones, allí donde lo aparentemente irresoluto se resuelve cual hilo mal trenzado que estirandose retorna a su forma original.


Ahí estaba la vecina, sentada al borde de la cama con un té de aspecto asqueroso, llevaba el vestido rojo descrito en la primera parte de este escrito "Vaya, pues sí que se ha cambiado rápido"- pensó nuestro hombre en el único pensamiento que pudo articular en ese momento con el debido orden, al menos, interiormente. Ambos se escrutaron mutuamente con intempestivas y precoces miradas, hasta que ella rompió el onirico momento alzando su voz:


- Usted lleva tiempo observandome cuando salgo al balcón para en los días calurosos adornarme con el sol, y en los fríos, cercarme por el frescor, y no entiendo lo que usted busca de mí. -sin dejarle responder entre titubeos, siguió hablando interrumpiendo las escasas sílabas que fueron capaces de aflorar entre sus temblorosos labios- A decir verdad, yo también he sido participe de este juego extraño que ambos hemos formado, y mediante el cual, nos hemos dejado llevar por secreto impulso. Sin embargo, esto no puede durar mucho tiempo mas, reconozco que me regocija esta situación, pero en algún momento esto tiene que acabar. Y he decidido por propia voluntad, que así sea ahora mismo.


Entonces, levantandose de la cama, y dejando caer la parte diestra de su vestido a próposito, mostrando un lustroso hombro, que de forma rimbombante iba dando tenues toques en el aire, en busca de desprenderse de tal atadura bordada de cara a mostrarse completamente, se iba acercando mas y mas a él, ya podía leer en el aire su perfume de rosas, sentir sus deliciosos labios titubeantes, temblorosos entre estremecimientos pasionales, danzantes, cuyos detalles lo eran unas mejillas enrojecidas que no se sabía a ciencia cierta si así lucían por timidez o por una pasión interna que era incontrolable. Pero, todo esto se detuvo en un golpe en seco, en un momento que se quedaba en suspenso y que se frenaba por sorpresa cuando de repente a ella le empezó a sangrar la naríz. Él quiso ayudarla, mas ella le detuvo imponiendo su fina mano ante su pecho, y en tanto así lo hacía, cada vez salía mas sangre hasta el máxime punto que esta le iba gotando debajo de la barbilla, decorando su semblante con un oscuro maquillaje, cruel en semejanza a un mal acontecimiento del pasado que recordamos hasta dañarnos y hacernos sangrar de manera metáforica. No obstante, esto no era una metáfora digna de interpretarse, era algo empírico, literal, que se mostraba cual es de un rojo vino diábolico. 


- ¡Váyase ahora mismo! ¡No le quiero aquí ya! Olvídese de mí... -gritó ella con desasosegada exaltación en sus primeras dos frases, para dejar espacio a la última que fue pronunciada con terror. Parecía que iba a continuar aquella última frase, pero la sangre que fluía de su nariz fue tan inmensa que borlando sus labios, no la dejó acabar. 


Insistió él en socorrerla, así que sin esperar respuesta bajó con premura las escaleras que en su momento subió con embriagado impulso, y buscó en una cocina sucia algún trapo para frenar la salida de la sangre, tras encontrarlo volvió a subir, pero ya no la encontró ahí. Perplejo, atravesó toda la casa de cabo a rabo buscándola. Aquel sudor frío que le recorrió su frente en vísperos días, volvió a acometerle al no poder encontrarla, no sabía que hacer ni si lo que había vívido se trataba de un sueño. Así, pues, abandonó la casa por la misma puerta en la que había entrado, y se fue aún mas cabizbajo de lo que solía a la vuelta del trabajo. 


Pasaron los días, y con ello, la vuelta de la rutina y de su hermano como compañía. Pero sin embargo, algo había cambiado, la vecina asomandose desde su balcón había desaparecido por completo, hasta su casa parecía mas vieja y abandonada de la mano de Dios. Cada vez que volvían, retornaba su mirada a posarse allí donde antaño contemplaba su lustroso y hermoso cuerpo con lujuría, añoraba esa contemplación vespertina como los amaneceres otoñales con el rocío. Ya no estaba ahí, ya la tentación no le rondaba a la totalidad de su cosmovisión que conformaba su ser, una hermosura se había marquitado, la rosa dejó de florecer y dió paso a la caída de sus pétalos, uno a uno hasta desvanecerse arreciados por un vendaval que no era capaz de localizarse, no conocía de un punto exacto donde situarse en el espacio, por eso era tiempo, tiempo que pasaba sin que uno lo advirtiera al principio, y que, cuando por fin se hacía ya era demasiado tarde y se convertía en cenizas.


Durante una de estas caprichosas vueltas a casa, ya en la acomplada mesa con paciencia maternal, la madre por vez primera en mucho tiempo, se juntó con ellos entrelazando los dedos de una mano respecto a la otra, y se quedó mirando el ángulo imperfecto que estos formaban, dejando dilatarse el tiempo mencionó con un semblante tan pálido como sombrio, acompañando sus palabras con el entornarse de unos párpados titubeantes:


- Ay... No sé por qué, pero esta mañana me he acordado de cierto suceso que aconteció hace tiempo en nuestra comunidad. El caso fue que teníamos una vecina muy guapa que vivía junto a su marido un poco mas arriba, se sospechó de ella debido a ciertos rumores que tenía un amante. Luego, se descubrió que no fue en modo alguno así, cierto es que ella llamaba en alto grado la atención, mas en su favor diré que yo la conocí y ella se mantuvo fiel a su marido cuanto tiempo su aliento recorría su cuerpo. Pero ya fue demasiado tarde, los rumores se habían filtrado en esa casa como las grietas de unos muros mal construidos provocan que entre el agua, el marido ya no fiaba de ella y la despreciaba. Con el tiempo, pese a que la desconfianza continuase flotando en el aire, esta se fue disipando poco a poco, tenuemente, hasta que sólo quedó algún resquicio, parecía que su matrimonio iba a remontar, hasta que un día un extraño, atraído por la belleza encarnada que contemplaba día a día en aquel balcón que tenemos muy cercano de casa, entró ahí, y en su locura, la mató a golpes sabiendo que jamás llegaría a poseerla. El marido, al enterarse, nada mas entrar en la casa y descubrir el cuerpo desfalleciente de su esposa, se suicidó al instante atandose una soga al cuello, dejando que su hálito vital se quebrara en la medida que su respiración cesaba, hasta que no quedó nada... ¡Ay, qué desgracia! -acabó diciendo en un llanto contenido que siguió a un silencio que parecía eternizarse, en suspenso, hasta que llegó una noche sin estrellas, con una luna que se ocultaba, y unos faroles que sólo mostraban millares de nubes desperdigadas, las cuales sólo encontraban su sentido en un son nocturno que las anudaba en forma de nido olvidado que ahora se volvió un recuerdo.


                                     ...             


En el hospital psíquiatrico situado al oeste, un enfermo mira a la ventana como hace cada mañana, entre el anodino paisaje ya sabido de memoria, encuentra una silueta, una figura que parece entrar por la puerta principal del jardín allende a una fuente que lleva años en desuso. Este personaje que recorre el pasillo central de la salida exterior del edificio a la interior, va caminando con parsinomia, según va acercandose el enfermo cae en la cuenta de que es una mujer, que con su femenino andar, va contoneandose con cada paso como si se tratase de una sosegada danza, su cintura va serperteando a la caza de miradas, atrapadas quizás para ser llevadas a un ámbito de ensueño, fantasioso donde todo pudiera ser por primera vez en esta ordinaria vida realidad con tan sólo ser traspasado por una lanza tan espiritual como carnal. "Oh -se diría para sí este enfermo- hermosa mujer cuyo atuendo es un precioso vestido rojo..."

martes, 2 de febrero de 2021

La desagradable verdad

 En nuestros grandilocuentes tiempos -en los cuales tenemos la fortuna de ser hijos no-nacidos- hemos poseído las sombras, y nos hemos hermanado con las mismas hasta tan punto que me resultaría muy díficil distinguir entre lo que es sombrío y lúminico. Baste como ejemplo el mero hecho de darnos un paseo por la calle, uno va como si tal cosa no ocurriera, y se encuentra al horizonte como si fuese un recoveco continuo, como el interior de un foso estrellado, un abismo abierto cuya razón de ser es la sucesión, un ir hacía delante porque sí, sin razón aparente de ser. Uno, claro está, en estas tesituras se plantea dónde se encuentra la línea divisoria que disgrega lo que es apariencia de lo que es una realidad patente. Así, entonces, empiezan a formarse las ficciones, y de las mismas, nacen las ilusiones, que, por su mismo estado deviniente, por ser construidas, bien hicieramos en cambiarles el nombre, y darles un matiz femenino, ya que como bien sabemos, todo lo mujeril se encuentra en estrecha relación con la falsedad.


Hoy día somos ingeniosos, pero nada inteligentes, salímos al paso como usualmente se dice, mas no profundizamos en nuestras pisadas, tan acostumbrados estamos a contemplar el mundo como una extensa superficie que se repite, que no se nos pasa por la cabeza el pensar que entre senda y senda un agujero se esconde. Por eso, cuando vamos andando y nos encontramos con un relieve, algo que parece salirse de nuestro esquema normativo, como pudiera serlo un saliente ascendente, o un hundimiento en el terreno, nos quedamos perplejos y no sabemos que pensar. Quizás, levantemos las manos con sobresalto y exclamemos: "¡Ay, Dios mío qué narices es esto!" Pero, al rato, en un susurro siempre nos decímos con alivio: "Ah, estas cosas son demasiado elevadas para mí..." Ello se debe a que confundimos la intensidad con la extensión, la calidad con la cantidad, la altura con la bajeza, lo elevado espiritualmente con lo vulgar, y así nos pasa... Esto no pasaría así si de vez en cuando nos detuviesemos, mírasemos a nuestro al rededor, y por un momento, volviesemos nuestra mirada hacía atrás, pudiera ser que si así lo hicieramos encontraríamos algo de valor.


Pero en fin... ¡Qué voy a decir yo! Estamos todos al cabo malditos, sólo que a algunos nos da por pensar de mas, o también podría decirse que la realidad y su decadencia actual nos da por pensar que hay algo mas allá de este terreno líneal, que a la vuelta de la esquina, puede que haya algo perpendicular, y siguiendo está salida secundaria, este error en la inmensa cadena industrial que nos atañe, pudiera encontrarse una curva tan incesante e insistente que se trataría de un recorrido circular. Sin duda, esto nos produciría una conmoción tan inclasificable que saldríamos corriendo espantados, mas quién sabe... En tal supuesto quizás nos sintamos como en casa, retornando a un hogar que teníamos olvidado desde hace tiempo, y que sepultado en la ausencia de la memoria, por casualidad nos hemos encontrado y nos ha retrotraído a esa infancia abandonada porque aunque ya no seamos niños -por desgracia, o gracias a la Providencia- queremos en el fondo saborear un poco de ese pasado que desde la perspectiva de la actualidad vemos cubierto por neblinas.


Todo esto podría llevarnos a decir que sentimos añoranza, y digo sentir porque de lo imposible que se ha hecho su retorno, aún con ello, mas la sentimos que la pensamos, puesto que pensarla sería hacer de ella un concepto, y esto me parecería tan utópico como injusto, mas, en cambio, sentir esa añoranza aunque desacertado desde un punto de vista intelectualista, queda mejor en una prosa que se pretende lírica. Se trata de ese sabor de antaño cual vino añejo que el progreso ha querido implantar en nuestro imaginario como un líquido con trazas arenosas, pero que en modo alguno es así, ya que mas bien podríamos asemejar su rico aunque extraño sabor a una ambrosía divina que convivía día a día en los tiempos de los antiguos -por utilizar una metáfora mas elevada- o también como una especie de piedra preciosa que costaba de hallarse al encontrarse tras unos gruesos muros del material mas portentoso que nos cabría imaginar "¿Y por qué no lo alcanzamos, por qué esto se trata de una añoranza insatisfecha?" -se me podría preguntar con un tono pícaro que lejos de distraernos, incide en la sustancia de la cuestión. Yo respondería algo parecido a esto: "Pues aún no teniendo la mas remota idea, si hubieras prestado atención a lo antecedente, verías que afirmé que estamos malditos -y ahora añadiría con una sonrisa meláncolica- y que, precisamente por ello, enterrados entre fango y escombros, el fango proviene de nuestros curiosos tiempos, y los escombros de los inmensos edificios del pasado."


Diciendo todo esto, un optimisma mirándome con ojos vidriosos a lo mejor quedaría bastante defraudado con mi respuesta ¡Pero qué voy a decirle yo! Escribir es esencialmente decir verdades desagradables, esas cosas que nos dejan un sabor agridulce entre los labios, cuyo toque de amargura tiene su origen en nuestra constante idealización del entorno, en tanto que adornado por ráfagas melosas nos procuran una vil aunque sincera satisfacción de estar mas acertados que todo ese cúmulo de ignorantes que se alimentan de sus propias mentiras, las cuales en su mayoría son herencia de otros mentirosos mas grandes que ellos mismos, como los escritores vivos y los cineastas financiados. Todos ellos, dicho sea de paso, son un atajo de imbéciles que al común de las gentes les suelen resultar bastante agradables, pero que a mí personalmente me dan ganas de pasarme el día vomitando desde el extremo superior de mi cama. 


Una vez mas se iluminan nuestros ojos, y nuestros párpados se entreabren azotados por tal vespertino resplandor, y nos decímos a nosotros mismos, dándonos aliento para acompañar a nuestra respiración como quién tararea una melodía que escuchó de soslayo cuando tenía cinco años: "Ay, la esperanza..." Si yo estuviera presente, impertinente me cruzaría de brazos como un anciano desengañado y cuyo nombre suelen acompañar por "el aburrido" y sentenciaría: "Dejaros de necedades, la verdadera esperanza en este mundo es una cruel fantasía, tan sólo podemos aspirar a lo elevado desde el espíritu, en lo terrenal solamente cabe la decepción y las lágrimas." Ciertamente con palabras así entiendo que sean pocos a los que les sea agradable con tales discursos, que aún siendo improvisado, tienen algo que revela no lo que acuñan por pesimismo, sino algo que se diría veracidad. 


Así, hemos llegado al punto de los puntos, al cúlmen pedregoso, al final que termina en caída, al abismo insondable de quién se sabe perdedor, a un suspiro que se repite en forma de eco en la cueva de nuestros ancestros, nos detenemos y vemos la bruma, que se expande por lo que pensamos los cielos, y nos cubre cual rocío negro sin amanecer posible ¿Lloraremos? ¡Qué va, ya nos hemos acostumbrado a las lágrimas en nuestra cotidianidad, y estás ya no nos son extrañas! Este es un nuevo acontecimiento, y como tal, en este panorama no sería lo suyo repetir aquello que ya haríamos en nuestro día a día, pues nada contradice mas la costumbre que lo inesperado, que cuando estamos tan tranquilos haciendo nuestras cosas diarias, insertos en esa rutina monótona , y de repente nos sorprenda algo que se planta en medio del camino, y entre insoportables risitas dictamina: "¡Hasta aquí!" Mientras tanto, nosotros, que nos preciamos de ser muy elocuentes e importantes, esperamos y esperamos, con suma paciencia a que se aparte tal objeto molesto, y, cuando queremos darnos cuenta, en esta espera donde nada parece cambiar, ya estamos muertos.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Testimonio de un perdido

En verdad, no sé a ciencia cierta cómo he llegado hasta aquí, mas el caso es que aún desconociendo de un sentido integro de los acontecimientos aquí estoy. Mis recuerdos se me presentan disgregados, sin aparente hilo de unión entre unos fragmentos y otros, y a las veces hasta dudo de haberlos vivido yo mismo, u otra persona. Esto puede deberse al inevitable y raudo paso del tiempo, o también podría ser que hay en mí una suerte de error instrospectivo que me impide vivir las cosas para posteriormente recordarlas como se merecen. Pero, como todavía recuerdo alguna que otra cosa, y sé mas o menos dónde me encuentro actualmente, aquí voy a dejar escrito alguna que otra cosa antes de que se me desvanezca la memoria y pierda una parte de lo que soy. 


De mi padre nunca supe demasiado a decir verdad, pese a que en muchas ocasiones me han comparado con él. Por lo visto, su único logro fue ganar un concurso durante su mocedad de catar vinos, cuya única forma de resultar vencedor era adivinar cual era el vino mas valorado de los quince que se lo ofrecían. Además de catador de vino, tomaba en sus tiempos libres -que debían de ser muchos- todo tipo de alcohol y de licores hasta el punto que pasó de ser catador a un bebedor de renombre entre todos los bares de España. También era muy aficionado a las mujeres, ya que al parecer no le bastó con contraer un sólo matrimonio, sino que tuvo muchos, a los que vendría a sumarse la gran cantidas de ilícitas amates que adquirió entre matrimonio y divorcio, entre medias y durante. Así, pues, podría decirse que tuve muchos hermanos de los cuales nunca llegué a conocer ni a uno sólo. 


El único de los pocos recuerdos que tengo con él que me viene ahora a la mente, fue lo que quizás mejor haya descrito el transcurso de su vida. Y es que en cierta ocasión, me encontraba yo jugando con el barrizal de nuestro jardín. Al verme, él se puso de rodillas y me dijo: "¡Ay, desdichado hijo mío, esta vida es una pena constante. Por eso, lo mejor que un hombre puede hacer mientras dura esta fatigosa andanza es beber cuanto mas mejor, y aprovecharse de las mujeres que son todas unas arpías. Esto es lo único que puede ofrecerte la vida: placeres y alguna que otra modorra. Que no te engañen los moralistas y los que aparentan modestia, todos somos unos desgraciados, lo que ocurre es que unos lo dicen directamente como yo, y otros, lo hacen a escondidas" Obviamente, yo en esa época no entendí sus palabras, pero con el tiempo, comprendí a la perfección lo que quiso decir.


Mi infancia transcurrió con premura y llena de desdichas, mis únicos recuerdos mas amables son aquellos en los que estaba solo jugando y rehuyendo del mundo y sus gentes. En el colegio, se metían mucho conmigo debido a mis rarezas, y en el instituto poco mas de lo mismo. Al cabo, me ví forzado a aprender a defenderme como pude pese a que me llevase algún que otro pescozón. Aprendí que uno debe arreglarselas siempre solo, y que si uno contaba con un compañero de luchas y tristezas, siempre acababa por traicionarte por ganar popularidad en el patio. Respecto a los estudios, nunca fuí bueno porque jamás presté atención a una sola clase, a excepción de una ya entrada en el instituto donde el profesor nos habló de la equitación militar, y de los rangos que había en el ejercito. Me pensaba que acabaría siendo un soldado cualquiera que poco a poco iría ascendiendo, mas el tiempo me mostró que aún con mis arrebatos de extraña valentía cuando tenía que defenderme, generalmente era muy cobarde. Así que mis sueños y esperanzas juveniles fueron frustrandose poco a poco cuando la realidad se plantó frente a mí y me advirtió que nunca llegaría a nada importante.


Me quedé en mi casa materna hasta los dieciocho años cumplidos, ya que la vida allí era harto rara. Mi madre, acabó por juntarse con otro hombre, que aunque no era tan buen degustador de vino y mujeres como mi padre, tampoco se le quedaba en zaga. Ella, me daba el sustento material que consideraba necesario, y poco mas. A penas hablabamos, únicamente recuerdo un par de conversaciones, que por lo demás fueron bastante insustanciales, que debido a su escaso contenido no merecen la pena ni de reproducirse aquí. Se diría, pues, que ella estaba mas orientada a otros quehaceres ajenos a mi educación en lo que al alma se refiere, prefirió alimentar al cuerpo aún a sabiendas del hambre espiritual que pude sentir cuando mozo. Me acostumbré tanto a ese hambre, que la sensación de la pérdida de la de profundidad fue un hábito para mí. Supongo que algo parejo acontecerá a los niños en etapa de posguerra, o durante una hambruna generalizada, al principio, su estomago vacío les causará molestias, pero poco a poco se van habituando. Pues de igual modo me ocurrió a mí, pero respecto al alma.


Comencé a vivir en un pequeño barrio de Madrid, de cuyo nombre prefiero no hacer mención. Aquel lugar era bastante repugnante y no se encontraba en condiciones de ser habitable debido a su suciedad, mas poco a poco logré acostumbrarme como hacía con todo. Encontré un humilde trabajo en una obra donde cobraba una míseria, aún con ello me animaba a mi mismo pensando que trabajar en ello me dignificaría pese a que en mi fuero interno sabía que esto era mentira. Mi tarea consistía básicamente en cargar con ladrillos, cemento, materiales de obra y demás menesteres de un lado para otro, ya que como era aprendiz en los primeros tiempos me limitaba a observar cómo trabajaban los albañiles y a cargar con lo que otros debido a sus años no querían cargar por miedo a romperse algo, y así, perder su trabajo.


Mi vida en ese tiempo fue muy mónotona y rutinaria, cada día parecía el mismo día, uno tras otro los acontecimientos se me escapaban de las manos y yo no podía hacer nada. Vendí mi tiempo a otros por unas cuantas monedas, que después yo me gastaba en lo que me aconsejó mi padre, a saber: en vino y en mujeres. En esto último gastaba lo poco que tenía de tiempo libre y de lo que me sobraba de dinero, aunque otras veces -cuando me encontraba muy cansado y sin dinero- me limitaba a quedarme tirado en un sofá mustio y semi-roto, y miraba como una enorme acumulación de polvo era iluminada por la escasa y grisácea luz que entraba por la ventana. Podía tirarme las horas muertas en esta postura que pretendía ser meditativa, y en verdad bien podría decirse que tales horas -como las del resto de mi vida- estaban muertas, ya no sólo por salirme de la metáfora, sino porque yo estaba muerto en vida y no lo advertía. Tan distraído estaba con las ocupaciones laborales y mundanas, que no caía ni en la propia cuenta de mi condición.


Sin embargo, hubo un acontecimiento que iluminó cual ráfaga de novedad esta monotonía. Un día, de vuelta al trabajo me encaminaba al bar para tomar un par de baratas birras, y cuando me senté, ví frente a mí a la mujer mas hermosa que hasta entonces había visto. Era de mediana altura, ojos pardos velados por cierto misticismo, morena de tenues cabellos rodeados por tinieblas, sinuosas y recatadas curvas, esbelta y bien puesta. Al cabo, toda una auténtica mujer hecha y derecha. Así, pues, dándome aliento y valor a mí mismo, me acerqué a ella sin las acostumbradas cortesías, la besé olvidándome de saludar primero y dejé escapar de mis labios como si fueran un cúmulo de suspiros que ocultaban una rosa: "¿Te quieres casar conmigo?" Muda se quedó, mas contestó con un asentimiento con la cabeza en silencio, y desde entonces, esta fue mi mujer. 


Nuestro matrimonio durante los primeros tiempos transcurrió con la acostumbrada pasión propia de la juventud, y pese a que procuré enderezarme con el aumento de responsabilidades, esto me duró poco y volví a mis antiguos vicios. Ella me regañaba constantemente, mas de una vez me amenazaba alzando el brazo y profiriendo incontables insultos, yo me limitaba a apagar mis oidos, cerrar los ojos y reclinar la cabeza mirando al suelo, para cuando la bronca cesase retornar a mis infames costumbres. Aún con todo esto, y con la penuria empobrecida en la que vivíamos, teníamos unos fuegos interiores que apagar, y así lo hacíamos desfogandonos por momentos. Producto de tal incontrolable impetú, nacieron dos feminas criaturas muy adorables, de las que no lograba explicarme cómo habían podido salir de una ponzoña inmoral semejante. Al tiempo, incluso estos arrebatos pasionales, nos acabarón por cansar a ambos, quizás fuese por el olor a alcohol que salía de mi boca, o quizás también porque ella se cansó de regalarse ante mí con la remota esperanza de que dejaría algún día de gastarme el sustento mensual en los acostumbrados vicios. Debido a ello, no tuvimos mas hijas, y en el susodicho caso de que así hubiera sido, no sé cómo habríamos alimentado a las que fueran después, ya que tampoco sé a punto cierto cómo alimentamos a las que ya teníamos.


En todo caso, volví a intentar llevar una mejor y mas digna vida, problemente a raíz del nacimiento de nuestras hijas, así que me centré en intentar ascender en trabajo y en regresar al hogar lo mas antes posible. Creo recordar que esta renovada actitud me duró lo que vino a ser una semana, puesto que caí otra vez en el pecado al notar dentro de mí una sensación de agotamiento y languidez, algo díficil de describir que me acometía, junto a cierta pugna interna entre la buena conciencia que me aconsejaba que continuase en la senda del deber, y la tentación que me gritaba con iracundia para que volviese a caer. Y así fue, retorné a los acostumbrados vicios de siempre, bebidas alcóholicas y una lujuría desenfrenada que se calmaba a momentos una vez sofocada, para después volver con aún mas fuerza. Sin cesar, el pecado que emanaba de mi mismo cual castigo por mi condición cada vez era mayor, y yo, lloraba internamente y aparentaba de cara al exterior que me placía todo aquello. Tan oscuro es el mal del que somos participes, que no se límita a que insistamos en las malas afecciones, sino que se procura hacer parecer que son goces los que tenemos para evitar ser consolados por nuestros prójimos.


Ya hundido en el cieno y en la ponzoña, estaba de regreso a casa a las tantas de la madrugada, y me encontré una desagradable sorpresa, mi mujer estaba muerta. Se había suicidado colgándose de una mugrosa cuerda vieja, y dejó bajo sus blanquecinos pies una breve nota que decía así: "Me has robado la vida maldito ser inmundo, por tú culpa he perecido. Estabas hasta el cuello de fétidas tinieblas, y me has arrastrado a mí contigo. Yo ya había muerto en cuanto te conocí, aquella mirada y aquel beso fueron las flechas que traspasaron mi pecho. Me mataste en aquel bar, y desde entonces, he vívido como un alma en pena deseando salir de tu condena. Ahora, ya estoy condenada yo también, como tú y tu infame modo de vida. Sé, que aunque veas mi cuerpo aquí balanceandose y desfallecido, continuarás como hasta ahora, siendo quién siempre has sido." La última parte, me resultaba ilegible, debido a que estaba repletas de lágrimas que enturbiaron la tinta, y cierto temblor de las manos que provocó que pareciera en cursiva, mas creo que decía algo así como: "Nos veremos en el infierno" 


Reconozco, que tal suceso junto a la carta que le acompañaba, me dejó cuanto menos estupefacto y tremendamente conmocionado. Pero, al fin y al cabo, ella tenía razón. Este malestar interno con la búsqueda del consiguiente arrempentimiento poco me duró, y cuando quise darme cuenta, ya estaba de nuevo pecando, y cayendo en los vicios que heredé por parte paterna. Y pudiera ser, que aún con mayor intensidad, pues tan traumado me dejó la muerte de mi mujer que para intentar olvidarlo aunque fuera momentáneamente, le dí aún mayor rienda suelta a los malévolos vicios que ya en lo antecedente tenía. Insistía, insistía y me hundía cada vez mas, hasta llegar al punto que ya no reconocía mi propio ser, los recuerdos se me nublaban, aparecían las sombras y me perdía entre ellas sin encontrar un cúlmen a las mismas, ni el añorado descanso de una inocencia primera, puesto que como ella escribió en su nota, yo ya estaba condenado.


A partir de entonces, perdí la noción del transcurso temporal. Un día se parecía tanto a otro día, que ya no lograba distinguir entre unos y otros, era como si viviera el mismo día extendido infinitamente de cara a la eternidad. Mis recuerdos fueron tan parejos en este tiempo, tan exactos cual montaña de folios en blanco que se sobreponen sin lograr ver su cúlmen, que no considero necesario ponerlos aquí al parecerse tanto a lo antecedente. Lo único dispar que acontenció fue cuando me quitarón la custodia de mis hijas por abandono, cosa que me pareció sumamente injusta, ya que si bien no las cuidaba ni educaba como debiera al faltarles la figura maternal, yo jamás las abandoné. Al fin y al cabo, mas tarde o mas temprano, siempre estaba ahí aunque fuera sentado en mi sillón esperando algo que no encontraba, pero que nunca acudía a mí. Mas, no obstante, desde ese momento en que se las llevaron la supuesta protección civil y de las familias, para mi desdicha, no volví a verlas nunca mas, y a día de hoy sigo desconociendo su paradero, quizás porque ellas no se molestaron en buscarme al guardar tan mal recuerdo de mí, o también yo mismo por mi actual desgana. 


Ahora me encuentro aquí tirado, recordando y anotando en estos papeles sucios mis escasos recuerdos. Sigo esperando un ápice de esperanza, algo que me nutra de vida y me muestre el sendero ¿Pero acaso me queda algo que sea digno de ser recorrido? A estas alturas, lo dudo. Y mas teniendo en cuenta la mentira que ha resultado de mi vida, tantas carencias y miserias dadas por la mala fortuna y la nulidad de la voluntad propia, acaban haciendo mella en uno se quiera, o no se quiera. Pero en fin, supongo que ya es demasiado tarde para lamentarse y seguir divagando sobre estás cosas. Por mi parte, considero que ya he hablado y escrito demasiado, y ya es tiempo de callar dejado los recuerdos como algo préterito que por razón de su condición han sido relegados al pasado, a lo que ya pasó y nunca mas vuelve.


Creo que soy capaz de discernir entre todas estás neblinas y tinieblas nocturnas acumuladas que me circundan el final de lo que sería mi camino. Está todo muy oscuro, y estás sombras imprevistas no ayudan a ver con claridad. Siento algo que arde desde mi interior, comienza a hacer mucho calor y los latidos de mi corazón parecen que van a aumentar por momentos, mas poco a poco también van disminuyendo. Me falta la respiración, mi aliento se va entrecortando, y en esta sensación contradictoria que es gélida y ardiente, hallo el ocaso que desde los comienzos anduve buscando. Noto como mis párpados se van cerrando lentamente, y un extraño olor a azufre parece captar mi entaponado olfato. Hasta aquí llegó mi narración, no soy capaz de ver nada, y las letras ya impresas parecen que bailan al son de un canto fúnebre. Un requiém por mi alma suena, y advierto que esta es mi condena y a Dios gracias que ya todo acabó. Veo sin ver, escucho sin oír, pienso sin pensar propiamente, creo sentir algo, pero se me escapa de las manos...