La noche se hizo con el imperio del día, extendiendo sus sombras como el avance de dos inmensos ejercitos. Incluso la luna, su fiel aliada desde hacia siglos, se quedó un tanto retardada debido a su impetuoso avance, algo velada por finas nubes que la ocultaban pasando ante su pálido semblante cual si la vigilaran. Y aunque sus vagos resplandores a las veces atravesaban las armadas filas, estos eran tan tenues que nadie se hubiera atrevido a denominarlos resplandores, si acaso leves señales de advertencia para los más despistados. Tan cerrada estaba la noche, que las tinieblas reclaramon su trono, se asentaron después de muchos días donde anteriormente los rayos solares confortaban a sus criaturas, para así indicar el espejismo de realidad que suponía el reinado solar, posicionando así como a la oscuridad cual elemento primordial de todo lo que existe.
Mas, a través del solapamiento de sombras y de los tonos grisaceos de algunos callejones bendecidos por la belleza de la luna, si uno agudizaba su mirada podía observar como una tenue llama candente que iba recorriendo todos aquellos parajes. Era como si una vela encendida pero a punto de apagarse, recorriese una habitación en penumbra, siguiendo una senda trazada por un destino desconocido para la mayoría de los mortales. Esta esencia ignea que se deslizaba a través del abandono del lugar y de la oscuridad nocturna que imperaba con mano gélida, era un elemento discordante en aquella secreta refriega. Pero no se desconcierte el lector, que esa mecha prendida aparentase pertenecer a la calidez y al bien por su fuego, era un engaño ya que el mal y la muerte surcaba sus venas como sólo un incendio y sus cruentas llamas puede provocar. Nada que ver con el aura de descanso y recogimiento del hogar, sino mas bien con la devastación y el desamparo del infierno imaginado por los medievales cristianos o los budistas desquiciados.
En esos momentos el soldado-brujo se encontraba encerrado en su mansión principal, refugiado de todas aquellas impresiones externas que a la larga venían a turbarle e incluso a desasosegarle. El soldado-brujo era ante todo un misantropo por imperativo natural, si bien no odiaba a la humanidad como conjunto per sé, si que detestaba a las personas una vez que las conocía individualmente, lo que a la larga provocaba que acabase desarrollandose en él un odio inconsciente debido a la desconfianza que le transmitía la posibilidad de nuevos encuentros. A esto se le sumaba que era un poco "raro" a ojos de sus semejantes, prefería replegarse en sí mismo la mayoría de las veces, y aunque en ocasiones le acudía el hálito y la ansía de la aventura, pese a que en los comienzos las expectativas le satisfacieran, siempre volvía a casa con un nuevo desengaño. Un sabor agridulce que se diría le recorría los labios como el deleitarse con una comida un poco pasada que una vez degustada produce cierto amargor en el paladar. Así se sentía el soldado-brujo con el mundo en general, lo que le hacía esconderse en sus propias oscuridades, ajeno y lejano a todo y a todos, pasando desapercibido y combatiendo con sus propios resquemores y fantasías, al menos sus propias tribulaciones le eran soportables.
Se encontraba durante esos instantes repasando una serie de libros, deslizando sus dedos y sus púpilas por las diferentes páginas llenas de sortilegios y de ilustraciones que venían a plasmar lo que se describía, cuando de repente escuchó unos golpes contundentes, es decir que llamaban a la puerta. Como en ocasiones debido a la soledad y al aislamiento tenía ilusiones auditivas, no le dió importancia y continuó leyendo, mas a los pocos minutos los golpes se repitieron una y otra vez, lo cual le confirmo que aquello no era una de sus fantasías sino que realmente estaban llamando a la puerta. Así que descendió por sus inmensas escaleras en tanto que las llamadas repercutían con sorna y tesón, y se situó justo en la mirilla de la puerta principal para preguntar quién interrumpía su tranquilidad. Le respondió una voz delicada, de mujer, mas con una candencia contradictoria ya que a su vez era imperativa, y aunque el soldado-brujo estaba por ignorarla y volver a sus ocupaciones, algo le impulsó a abrir la puerta para satisfacer su recién nacida curiosidad.
Cuando la abrió se encontró con una mujer joven muy alta, esbelta y de peinado de estilo afro, con una mirada penetrante aunque desquiciada, con ropajes elegantes mas desgarrados, tenía aquella mujer su toque de fémina fatal, pero a su vez, de desesperada. Lo cual, obviamente era bastante contradictorio en sí mismo. Sin mas presentaciones ni preámbulos el soldado-brujo le preguntó qué quería de él, y la mujer en el mismo tono entre dulce e imperativo, le contó que por cirscuntancias de la vida estaba poseída, que un demonio muy poderoso que cabalga a la diestra del propio Satanás había tomado su alma, y que necesitaba que alguien conocedor de esas malignas artes le sacase de ahí cuanto antes. Además, los demonios y sus apestosas influencias habían acabado con toda su aldea, habían destrozado todo, raptando a sus habitantes para conducirlos al inframundo. Entre lágrimas y sollozando vino a decirle que acudía a él como último recurso, que no le quedaba otra si quería purificar su alma y salvar a su querida aldea.
El soldado-brujo, nada mas escuchar esta perorata, no pudo evitar contener su risa, y empezó a reírse en alto haciendo escapar su hilaridad, alguno podría decir que su risa tan exagerada tenía algo de maldad. Llevandose ambas manos a la tripa para evitar que la risotada fuera a mayores, le indicó a aquella mujer que ahora le mirada con el semblante desencajado, que era bastante raro que le pidiese un exorcismo a alguien que como él prácticaba la magia negra, y que para eso tenía a los sacerdotes de diferentes parroquías que le ayudarían mucho mejor él que mas tenía que ver con los demonios con los que pretendía luchar que con los ángeles que debían ser sus aliados en aquella guerra. Mas poco importaba lo que el soldado-brujo le dijese al respecto, aquella mujer seguía insistiendo en que sólo él podría sacarla de tal tesitura, y que iba a pasar por alto todas sus negativas, que insistiría con ello hasta el fin del mundo. Tras tanta insistencia, el soldado-brujo terminó por ceder aunque sólo fuera por curiosidad, y tal cual estaba decidió seguir a la mujer hasta su aldea.
El camino fue de unas cuantas jornadas en las que la llegada del día y de la noche parecían indistingibles entre sí, tan nublado y sombrío estaba todo que sólo el gris de los cielos hacía adivinar que era de día, en tanto que las sombras y el párpadeo lúminico de las nubes, venía a afirmar la noche. Tan oscuro fue el tiempo y los asuntos que ambos llevaban, que esta situación vino a contaminar sus almas, haciendo que el viaje transcurriera en silencio y con escasos encuentros sin importancia, de seres extraños y deformes que los observaban a la distancia, pero que nada más se percataban de la mirada del soldado-brujo, se ocultaban quizás atemorizados de que un hermano en las sombras se atreviese a cruzar umbrales que para ellos mismos estaban velados. El caso fue que prosiguieron su viaje con los labios sellados y con la mente en otra parte, la mujer indagando los motivos de su posesión, y el soldado-brujo inmerso en sus recuerdos de dicha para animar el ritmo de sus lúgubres pasos.
En cuanto llegaron a la aldea de la mujer, y vieron los rastros sombríos que se encontraban por todas partes, el soldado-brujo le indicó a la mujer que aquellas huellas sanguiolentas delataban que los denomios habían usado tomens, réplicas espirituales que adoptaban una forma determinada, pero que no se preocupase, porque él también conocía aquella técnica de la magia negra, y que por tanto, podía replicarla sin problema, que era indispensable si quería recuperar a sus allegados. Así que, sin hablar mas, dibujó una serie de circulos en el suelo, innúmerables fueron a ojos de la mujer, mientras que se paseaba aquí y allá murmurando una serie de encantamientos que sonaban como "zish zash urum tu lak" por lo que pudo entender la desconcertada dama. Estuvo largo rato así, y cuando levantó la mirada hacía la negrura estrellada, alzó sus brazos en señal de reverencia hacía la luna que en ese momento asomaba hermosa, exultante y curiosa, y de repente, una serie de miniaturas empezaron a animarse en el suelo, agitándose cuales muertos vivientes. Eran muy pequeños, diminutos, mas el soldado-brujo le indicó que necesitaban varios días y entrenamiento para madurar, que debía contener su posesión durante algún tiempo, y sin decirle nada más, le prestó un amuleto repugnante que parecían una serie de ramas sacadas de la cienaga mas hendionda que uno pudiera imaginarse.
Y así hizo, pues con el paso de los días el soldado-brujo llevó a aquellos extraños seres a una especie de cueva, y allí realizó una serie de rituales que a la mujer le parecieron tan disparatados como sin sentido. Pero, tal y como había dicho, antes de que pasara la semana, aquellos seres que días anteriores había denominado "tomens" sobrepasaron la altura de una persona normal, se deslizaban con rapidez y se agitaban con frenesí guerrero. Fue entonces cuando eo soldado-brujo le indicó a la mujer que estaban preparados para partir, pero ¿Partir a dónde? Aquella perpleja aunque atrevida mujer no sabía dónde localizar al demonio que procuraba consumir su alma, mas al poco de preguntarlo el soldado-brujo dejó escapar una sonrisa tras muchos días de mutismo y de escasa interracción humana, y dibujando un triángulo invertido en el suelo acompañado de unas extrañas inscripciones en un idioma desconocido, puso su mano sobre el mismo y este se abrió cual si fuera una puerta. Se introdujeron en la misma, y camparon a sus anchas por las sombras.
Díficil sería situar en el tiempo y en el espacio cuanto estuvieron caminando, mas llegó un punto en el que algo impidió su avance, lo que provocó una incomodidad en el soldado-brujo que este disipó con una serie de movimientos que logró derribar el extraño muro que les cercaba el paso. Así entonces llegaron a lo que parecía la sala principal de aquel lugar, y justo cuando iban a atravesarla e inspeccionarla, una serie de tomens azulencos y malformados llegaron hasta ellos para atacarles, pero justo en ese instante acudieron los otros que el soldado-brujo había entrenado, los cuales más fornidos aunque igualmente desgarbados, acometieron a sus contrarios. Fue aquella una cruenta y desagradable batalla, llena de bandazos y de golpes tramposos, pero que fue victoriosa para los tomens del soldado-brujo, que una vez que vencieron miraron en su dirección pese a que no parecían tener ojos, eran simplemente seres de las sombras con sólo el tacto sensual desarrollado. Este dió un asentimiento, y aquellos seres se disolvieron en el aire, regresando así al hogar y haciendo que los congeneres aldeanos de las mujeres acudieran en bancos dispersos, saliendo despavoridos de ahí una vez que mostraron su agradecimiento entre lágrimas a la mujer, que con la ayuda de aquel excéntrico personaje les había liberado.
Sólo tuvieron que avanzar un tanto en dirección al estrado cuando un ser rubicundo y andrógino les vino al paso, produciendo un estremecimiento en la mujer y una risotada en el soldado-brujo. Aquel parecía ser el demonio que tomó el alma sin permiso de aquella intrepida fémina, y pese a que nada en su aspecto hacía parecer que aquel elegante hombre-mujer fuera peligroso, si uno se fijaba con atención, sobre todo en sus ardientes ojos amielados, se daba cuenta que tenía algo inequivocamente malvado en su seno, algo que haría estremecer de pavor a quién tuviera la osadía de posar su mirada en él aunque fuera durante unos segundos. Este, nada más reconocer al soldado-brujo, le empujó con evidente ira en su semblante, y el otro se defendió haciendo uso de una especie de bastón que tenía oculto entre su raída capa, provocando así que se desarrollase una desquiciada pugna entre aquellos dos seres que se alimentaban de la oscuridad, aunque fuera de diferentes maneras.
Continuaron la pendencia durante largo rato, en tanto que la mujer les observaba temblando de pies a cabeza debido a la posesión no a su carácter, y entonces, como por ensalmo, un resquicio de aquellas profundidades fue abriendose poco a poco, mas tan distraídos estaban en su sombría pelea, que no se dieron cuenta de ello hasta que la cavidad se abrió del todo formando una inmensa mirilla desde donde descendía una luz cegadora para sus ojos acostumbrados a las sombras. Aquella alumbradora visión hizo estremecer al demonio androgino, en tanto que el soldado-brujo se detuvo en el sitio esperando acontecimientos. No tuvo que esperar mucho, ya que en cuanto aquel fulgor lumínico aumentó un tanto su intensidad, provocó aque el demonio se disolviera en millares de cenizas ardientes, como si algo hubiera implosionado desde su interior, una fogata consumida al parecer. Y una vez que los restos del rescoldo se desvaneció en el aire, la mujer sintió un repentino alivio en el pecho, antes tan sobrecargado, no pudiendo así mantener la compostura y derrumbandose en el suelo.
Cuando ya volvió a ser consciente, se encontró tumbada entre un montón de hierba que daba al lado de un páramo que se encontraba a poca distancia de la masión principal del soldado-brujo, y parpadeando un par de veces, quiso arrojarse a abrazar a quién ella consideraba su salvador, mas este con un movimiento de la palma de su mano se negó educadamente, y le dijo:
- No he sido yo quién te ha salvado, sino los seres lumínicos que habitan los Cielos. Si yo hubiera seguido insistiendo en aquella pendencia, aquella hubiera durado hasta la eternidad, pues has de saber que cuando dos poderes emanados de la oscuridad se enfrentan entre sí, su lucha puede durar hasta cuando nadie sabe. Es cierto que este onírico mundo no se trata de bandos, ya que no todo está tan delimitado como la gente cree, pero en líneas generales puede decirse que lo semejante con lo semejante no puede asimilarse del todo, y que normalmente las pugnas suelen darse de lo semejante frente a lo desemejante. Yo soy de este último grupo, así que sólo pude ayudarte hasta determinado punto.
- Pero, si es así -le respondió la mujer con voz firme aunque un tanto conmocionada por el nuevo descubrimiento- ¿Por qué los ángeles no te aniquilaron a ti en cuanto te rozó su luz?
- Has de saber que Dios permite que a las veces las sombras vayan pululando por ahí haciendo de las suyas, no le son ajenas ni mucho menos enemigas, ya que Él está formado tanto por luz como por oscuridad, y aunque se suele pensar que habita las regiones celestiales rodeado por millares de querubines, esto es sólo una media verdad que pocos comprenden en su integridad. Mas, para el presente caso, has de saber que como bien se dice aquello de que no todo es oro lo que reluce, a su vez no todo lo sombrío en apariencia comprende sólo de oscuridad, sino que a las veces se filtra la luz entre las rendijas de las entrañas. Así hay muchos que se salvan en este mundo cuando perecen en el otro, los cuales pecadores con sus escasas buenas acciones dejan de lado sus errores a ojos de la Divina Providencia.
Y nada mas decir esto, el soldado-brujo se dió la media vuelta e hizo el presumible recorrido hasta su sombrío y antiguo hogar, sólo se dió la vuelta justo en el instante antes de desaparecer en un recodo del camino, alzó su mano y se despidió cortesmente de la mujer, dejando de lado la sensualidad que le producía el momento, ya que él no era el salvador con legítimo derecho de cobrar su premio, sino un colaborador más de los poderes de la luz -al menos en esta ocasión- a pesar de que la oscuridad era su elemento preponderante. Quizás, como él mismo dijo poco mas arriba, no todo se encontraba tan delimitado como piensan los mas ingenuos, a veces la luz se filtra en la oscuridad y viceversa, provocando así un efecto visual estremecedor.
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