domingo, 25 de octubre de 2026

Un canto de cuna del pasado: La extraña juventud del soldado-brujo

 Lo más díficil es empezar, pese a que sea un camino que ya hayamos recorrido con anterioridad, aunque lo sepamos de memoria y ya podamos prever los acontecimientos, sigue siendo muy arduo el volver a comenzar. Hay quién lo lleva peor, hay quién mejor, pero siempre sentimos ese cosquilleo en el estomago, ese hormigueo en las sienes palpitantes, cuando nuestra rutina toma un parón repentino, y como por arte de magia hemos de volver a encauzar el recorrer un camino que ya creímos perteneciente al pasado, y que ahora vuelve a formar parte de nuestro presente. Es extraño pero inevitable, incómodo mas inexcusable, molesto aunque necesario, raro cuanto menos mas no por ello podemos echarnos a un lado para esquivarlo como si tal cosa, inevitablemente hemos de proseguir esa vía tenebrosa que nos provoca temblores, pero que al final del camino pensamos que nos llevará a un paraíso imaginado.

Hemos de remontarnos unos cuantos años atrás, cuando el soldado-brujo era bastante mas joven y tenía que retornar a sus clases en la academia de magia del mundo onírico. Por entonces, a pesar de las malas sensaciones que le producía el volver a comenzar, se sentía en parte exultante, incluso ufano en cuanto atravesó el inmenso edificio antiguo, ruinoso mas con un leve toque de la majestuosidad de antaño. Tenía que ingresar en la residencia de estudiantes allende a la academia mágica, e iba muy decidido a la que era su habitación solitaria de todos los años pasados, mas en cuanto llegó a su acostumbrado cuarto, se topó con que este se encontraba ocupado ¿Cómo era aquello posible? Aquella habitación le estaba reservada antes de comenzar el curso, y ahora de repente ya estaba ocupada. En ese momento se le cruzó por la mente que probablemente aquello era una estratagema del director para echarle de ahí, para aislarle lo máximo posible de los primeros edificios mas cercanos a la academia, más aún con ello insistió en su búsqueda con tesón.

Tras largo rato de búsqueda, comprobó que era imposible acomodarse en ese edificio, así que buscó si quedaba alguna habitación disponible en el que se encontraba al lado, pero tampoco fue así, como a su vez no lo fue en el siguiente, ni en el siguiente, ni en el de más allá... Y justo cuando iba a caer presa de la desesperación, un tipo con unas pintas bastante sospechosas le indicó que quedaba una habitación en el número novecientos noventa y nueve de una residencia de estudiantes recíen restaurada que se encontraba en la calle tal dentro del número tal cual, así que sin pensarselo demasiado acudió allí como alma que lleva el viento. Cuando ya se encontraba frente al susodicho edificio que parecía medio a construir debido a los ladrillos de obra que aún adornaba la fachada, se introdujo en el mismo con un semblante que connotaba su desesperación, no podía perder esa habitación que parecía ser la única disponible de todo aquel paraje.

Una vez en su interior, se encontró que el lugar era una sucesión cuasi infinita de pasillos y de puertas, y como su número era tan grande, dió pies en polvorosa y comenzó a desplazarse con rapidez mirando de soslayo el sucederse de todos los números. Llegó un momento en el que incluso perdió la cuenta, pero continuó avanzando. Cuando ya creía que estaba cerca, le bastaba posar sus ojos sobre la puerta de madera carcomida para certificar de que se encontraba equivocado, así que retornaba a su paso presuroso y desesperado como si aquello fuera un leve aleteo de su imaginación consumida. Hasta llegó a perder la cuenta de cuantos pasillos había atravesado, de cuantas escaleras ascendido y descendido, de cuantas puertas con sus números cobrizos había vislumbrado, y sin quererlo ni beberlo se encontró con la habitación número novecientos noventa y nueve, entrando en ella sin cuestionarselo mucho.

Entonces, ya dentro, aparejó sus cosas como pudo aunque con cierto desorden, y cuando iba a tumbarse en la vieja cama para reposar antes de retornar a sus clases, se dió cuenta de que aquella estaba ocupada por un bulto bajo sus sábanas. No sabía por qué, pero cuando sitió el roce de aquello que había debajo se estremeció cual si le hubiera rozado un reptil furtivo. Su curiosidad había superado todos los límites soportables, así que cogiendo manta y edredón a la vez, los levantó descubriendo así que la habitación estaba ocupada por una mujer languida y demacrada, cuyos rasgos delataban un cierto atractivo que ya pertenecía al pasado. Esta mujer era muy pequeña y delgada, con un semblante pálido y enfermizo, cargado de ojeras y con una mueca de desagrado que no admitía excusa a todo lo que se posaba en sus grisaceos ojos.

En cuanto hubo descubierto al joven soldado-brujo que estaba boquiabierto con este descubrimiento, de repente la lentitud de sus movimientos se hicieron presurosos, y abrazándole con tesón, se posicionó por encima del mismo sobre la sucia cama, mirándole con un deseo que no admitía réplica. Le besó con aquellos labios acartonados y extrañamente húmedos a la par, que tenían un leve toque a agua acumulada, de cloaca, que hicieron que el soldado-brujo se apartase un tanto con cierto rechazo, mas como ella le tenía aprisionado entre sus brazos, no fue capaz de alejarse lo que hubiera querido. Sorprendida ante su reacción, se desprendió de su sostén como si fuera lo mas natural del mundo, liberando así unos senos pequeños, flácidos y consumidos, entre los cuales había ciertas pustulas de sangre coagulada que emanaban unos humores cáncerigenos. Y poco a poco fue acercando aquella carne moribunda al rostro del soldado-brujo como si deseara que se deleitase con su inmunda contemplación, como si quisiera que los examinase con atención e incluso los palpase o los lamiese, llevándose con él toda aquella corrupción de la carne.

Aquello era más de lo que podía soportar, así que haciendo uso de una fuerza extraordinaria logró zafarse de las garras de bruja que le atenazaban, y escapó de allí como pudo, dejando todas sus posesiones en aquella habitación ocupada por lo que parecía ser un cádaver que hubiera vuelto a la vida con la ayuda de su tacto. Mientras escapaba atravesando el inmenso pasillo de aquella residencia de los horrores, escuchó que la campana ya sonaba, y se dirigió como alma que lleva el diablo a la clase que le correspondía. Sobrevoló todas las calles aledañas, y se introdujo en la puerta principal de la academia, consultó los planos y llegó a la clase que le correspondía, la cual versaba sobre la historia de la magia. Una vez localizada, abrió la puerta que produjo un chirrido incómodo como de casa encantada, y cuando vislumbró la cara de sorpresa de sus compañeros y en semblante indignado de su maestro que había sido interrumpido en su lección de Paracelso y de Agripa sobre la alquimía, supo que había llegado media hora tarde.

Pero algo aún mas extraño había en el ambiente, pues todos los presentes se quedaron un instante como congelados ante su contemplación, y después una vez que el soldado-brujo se hubo sentado, de repente por grupos empezaron a realizar unos extraños movimientos, para al poco quedarse como helados, en plena y artificial quietud de nuevo. El soldado-brujo, perplejo, contemplaba aquel raro espéctaculo con cierta aprensión, y tras largos minutos localizó ciertos patrones en sus movimientos, era como si la clase se hubiera dividido en tercios, y estos alternaran sus papeles de acuerdo a una sucesión ordenada, unas veces a unos les tocaba detenerse, a otros alterarse repentinamente, mientras que los restantes se quedaban como alelados, y así sin cesar turnándose alternativamente. No sabía por qué, pero aquel desfile de locura repentina le hizo sentir incómodo, como si aquello significara un rechazo repentino pero sin duda medido con anterioridad. Comenzó a sentir repugnancia hacía aquellos movimientos desquiciados, y sin decir nada a nadie, ni esta boca es mía, se fue de ahí como si dejara atrás una pesadilla que se negase a seguir contemplando.

Ya de nuevo en el exterior, un compañero de años anteriores algo achispado le comunicó que iban a realizar un estudio cuanto menos curioso unas calles más arriba, y que si quería acudir estaba invitado. Y como el soldado-brujo no tenía nada mejor que hacer en esos momentos, decidió acompañarle a tan extraño estudio, del cual sea dicho de paso, no tenía el mejor detalle. Recorriendo así varias calles en ascenso, torcieron atravesando una esquina de dudosa reputación, y poco mas adelante se encontraron con un edificio de escasas dos plantas, y en cuanto entraron les recibieron unas personas que vestían un traje que recordaba al de los médicos. Se sentaron en unas butacas de plástico, y prestaron atención a lo que estos les comunicaban. Por lo visto aquel estudio versaba en torno a la infancia, en cómo aún siendo ya adultos, podíamos conectar con nuestro niño interior revelando con ello que este aún se encontraba en nuestro pecho, de idéntica forma a como lo estaba cuando éramos niños no sólo en la forma, sino también en la materia. Aquello le resultó un tanto extraño al soldado-brujo, mas a pesar de ello, decidió quedarse para averiguar de qué trataba todo esto.

Una vez que se dió comienzo al susodicho estudio, la sala se iluminó con una especie de luz flosforeciente, y empezó a oler como a guardería, y todos los presentes comenzaron a desplazarse a un lado y a otro de la amplia sala que se encontraba bastante despejada a excepción de unas cuantas sillas que estaban dispersas. Al cabo de escasos minutos, el soldado-brujo creyó sentirse niño de nuevo, casi como si todos aquellos años hubieran pasado en balde. Muchos recuerdos sueltos fueron interconectándose en su mente, y comenzó a desplazarse por la sala inmerso en aquellas sensaciones infantiles que ya creía olvidadas. Mas al poco, se percató que mientras los demás hacían pequeños grupos entre sí, sentandose a jugar como si volvieran a ser niños, él se encontraba completamente aislado desplazándose a un lado y a otro con frenesí. Hacía poco que se había percatado de esto, cuando uno de aquellos médicos vino a informarle de que su conducta era cuanto menos inusual, que había algo que no funcionaba correctamente en él.

Aquello enfureció tremendamente al soldado-brujo, y haciendo un movimiento de rechazo con la mano, le informó que su estudio le parecía nefasto, que era predecible y demasiado homogeneo, partiendo de una premisa universal que aplicaban a los particulares cuando debía hacerse justo al revés, que era justo lo imprevisto lo que debía tomarse en cuenta para desarrollar un argumento definitorio, y que toda aquella perspectiva determinista sólo servía para confirmar sus propios sesgos y prejuicios, precisamente aquello que debía evitarse en todo estudio. A pesar de este argumento, aquel hombre continuó empecinado en sus propias premisas, y viendo el soldado-brujo que sus palabras eran dadas al aire y a la ausencia, se marchó de ahí dando un tremendo portazo. Y cuando ya se encontraba varios metros de ahí, una joven menuda y de semblante amable le preguntó las razones de por qué abandonaba el lugar cuando el experimiento del estudio no había finalizado, respondiéndole así el soldado-brujo las mismas palabras que ya había mencionado antes de irse. Esto hizo que aquella joven se quedase perpleja por unos instantes, y que luego repentinamente comenzase a reírse con estridencia, con una risa desagradable que delataba unos dientes carcomidos por la caries. Aquel aspecto suyo que al principio le pareció cálido y acogedor, se tornó desagradable y propio del manicomio, lo que hizo que el soldado-brujo emprendiera la huida mientras todavía escuchaba su incontenible y enfermiza risa a varios metros de distancia.

Así pues, el soldado-brujo se fue de ahí en completa soledad, turbado y sin saber qué pensar de los acontecimientos precedentes, se internó en una alameda cercana a la zona y comenzó a andar y andar ensimismado en sus propios pensamientos. Tanto andó, que hubo momentos en los que pensaba que se había pérdido, mas posteriormente siempre descubría una pista que le permitía recordar dónde se encontraba. Iba caminando con la cabeza gacha y con las manos en los bolsillos, mirando sin mirar el terroso suelo y sus pies que lo aprisionaban, recordando aquellos tiempos ya lejanos donde se creía libre siendo en realidad esclavo de circunstancias que por entonces desconocía, que le parecían ajenas e indiferentes, pero que en realidad le tenían aprisionado como unas cadenas invisibles que le atravesaran el cuerpo entero. Aquellos pensamientos sin inicio ni hilo le estremecieron, le erizaron la piel y le hicieron alzar su mirada al cielo como para buscar respuestas a su turbación interna. Fue así como se dió cuenta de que ya estaba atardeciendo, y que debía regresar a su casa en cuanto antes, ya que con la llegada de la noche no era dueño de sí mismo y de las locuras que sería capaz de cometer, y mas sintiéndose así de extraño por todo lo que había vívido aquel día.

Entonces se dirigió a su hogar con paso parsimonioso pero con una extraña precipitación, aparentando que iba desplazándose con tranquilidad cuando en realidad los funestos latidos de su corazón indicaban que se encontraba nervioso, deseoso de escapar de todo el mundo, de aquellas gentes que no le comprendían y que él tampoco comprendía, de todo aquel panorama que semejaba mas una pesadilla que un ensueño... En fin, queriendo huir del mundo exterior para refugiarse así en su morada interna, allí donde los sueños vienen a ser consuelos de las propias desdichas del día a día, y donde también uno puede recuperar ese yo-mismo que muchas veces olvidamos, pero que en realidad siempre se encuentra presente en nosotros cuando en vez de mirar con los ojos y sus pupilas, lo hacemos con los párpados cerrados en una tumba imaginaria.

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