domingo, 24 de julio de 2022

Encuentro con el rey de los vampiros

 El otro día, tuve un sueño curioso. Tan curioso que me dejó impresionado. Por eso, dejaré aquí las vagas impresiones que me quedaron de aquel efluvio onírico:

"Parecía que me habían contratado en una especie de agencia secreta que tenía por misión el velar por la humanidad. Para entrar en ella, tuve que pasar una serie de pruebas que ya no recuerdo. Sólo recuerdo con relativa nitidez que se trataba de un inmenso edificio bastante largo que contaba con innúmerables pasillos, de los que a su vez, tenían centenares de sus habitaciones en sus interiores. En una de esas habitaciones, bajando por unas escaleras que daban a un sótano que se encontraba adornado por unas telas cargadas de arabescos, era la sala secreta a la que pude acceder cuando me contrataron. Estaba toda cargada de madera, con algunos muebles en desuso de los cuales destacaba un sofá rojo y alargado que se encontraba cargado por encima con telas blanquecinas. Esta pequeña sala daba a su vez acceso a una puerta de madera de arce, que permitía dar entrada a un pasillo secreto.

Me dijeron que se me encomendaba una misión especial que estaba precisamente en relación con aquel pasillo. Por lo visto, aquel lugar sellado se trataba mas bien de un enorme muro que comprendía de una serie de puertas que daban entrada a lo que serían varias cárceles en sucesión. Todo aquello era bastante extraño, no sólo la disposición del lugar, sino también aquello que se me encomendaba. A pesar de todo, yo actuaba como si supiera lo que debía hacer. Andaba con decisión sobre las piedras que comprendía aquella gigantesca galería como si lo conociera de toda la vida, y miraba al rededor cual si aquellas estravagantes vistas fueran la rutina del día a día.

Entonces, entré junto a otros tres agentes a una de esas cárceles. Y me encontré con un vampiro bastante agresivo que revoloteaba por la celda como si estuviera desquiciado. Intenté calmarle. Pero todo fue en vano por el nerviosismo que connotaban el resto de los agentes. Lo que dió como resultado que el vampiro en cuestión se enfadase mucho, y comenzase a dar golpes a las paredes con estridencia. Rápidamente me explicaron que los vampiros que vivían al otro lado del muro intentaban entrar al mundo de los humanos, y que por eso se estaban revelando contra las cárceles que estos les imponían.

- Esto no puede seguir así -les dije- Dejarme ver al rey de los vampiros. Quiero hablar con él.

- Comprendido -me respondieron, inclinando la cabeza en señal de aprobación-

Así, nos internamos nuevamente en aquel pasillo y nos dirigimos al final del mismo. Esta puerta era mucho mas grande en comparación con la otra. Y nada más entrar, nos sumergimos en una piscina poco profunda. Allí estaban unas mujeres desnudas que parecían unas ninfas, con poco pecho y más bien tirando a delgadas. Serían unas cinco, o así. La mayoría de ellas tenían una tez oscura, a excepción de dos porque una era muy clara y pelirroja, y la otra casi albina. Pensé que se tratarían de las concubinas del rey de los vampiros. Decidí dirigirme a la que estaba en el centro por considerarla la líder de las otras cuatro al llevar un ancho collar dorado, y la dije que avisara a su rey porque quería hablar con él. Sus ojos negros se clavaron en los míos, y asintiendo, sacó una vara muy larga de debajo del agua y dió dos fuertes golpes que hicieron retumbar toda la plataforma.

Aquello provocó un remolido en el agua, y el agitarse del cielo cual si se acercase una tormenta que producía ecos y estruendos. Y entonces, una luz atravesó el cielo y se posó en el interior del remolino. De el apareció una figura dorada que iba haciendose cada vez más nítida. Cuando ya pudo distinguirse sin problemas, ví que el rey de los vampiros se trataba de un africano que lucía una armadura de oro y una corona del mismo tipo adornada por diamantes y piedras preciosas. Me miró fijamente, al igual que lo había hecho su concubina principal de tez cobriza, y se hicieron unos instantes de silencio.

- ¿Y quién eres tú? - me preguntó con una voz muy grave

- Soy un vampiro procedente del mundo de los humanos. Soy como tú. Pero menos poderoso - le respondí vacilante, enseñandole mis colmillos de vampiro con mas decisión que las que connotaban mis palabras

- Hum...

Estaba a punto de decir algo. Mas, en ese momento, uno de los agentes se abalanzó contra él y le arrestó llevandole al interior de la galería que habíamos pasado para entrar allí. Entonces, se armó un alboroto y se escucharon gritos. El único inteligible fue el de un hombre que alertaba de que los vampiros se habían sublevado. Se pudo oír también una señal de alarma, junto a unas luces rojas que alertaban de la gravedad de la situación.

También en la sala en la que estabamos, la situación se volvió una locura. Los agentes forcejearon contra las concubinas vampiras. Incluso, uno de ellos, desnudandose intentó violar a una de ellas. Esta, haciendose pasar en un momento por indefensa y complaciente, le arrancó el miembro de un tajo, provocando que bastante sangre se dispersara por el interior de la piscina. Yo, que no sabía qué hacer en un principio, al ver la situación tomé una decisión. Eran los vampiros los que estaban realmente reprimidos por culpa de los humanos. Además de que yo mismo empaticé con ellos al ser también un vampiro. Así que aparté a los agentes para que las concubinas se alimentasen de su sangre, y me abalancé al abismo que daba entrada al mundo de los vampiros.

Pude sobrevolar sus tierras, identificandome como uno de ellos. Mientras volaba por encima, pude ver familias de vampiros, entre los que había ancianos y mujeres maduras vampirescas. Todos ellos estaban demacrados, hasta el punto de que algunos de ellos tenían sus rostros deformados. Vivían en la servidumbre dentro de territorios completamente salvajes que jamás habían sido modificados por el hombre, con pequeñas excepciones. Todo eran bosques y campos verdosos que hubieran sido completamente desiertos si no fuera por algunos vampiros que vestían con arapos que caminaban dispersos por estos parajes. También había algún que otro río del que no se sabía a ciencia cierta por dónde comenzaba ni mucho menos si finalizaba.

En tanto que iba saltando por las copas de cedros y de sauces, e incluso sobre el tejado de alguna destartalada cabaña con techo de paja, pensé en que debía reunirme con la reina de los vampiros para informarle acerca de la situación. Agudizando mi mirada, pude vislumbrar una zona que a pesar de hallarse tan oscura que parecía que sólo era de noche ahí, se encontraba iluminada por unos rayos de amarillenta luz lunar decorada por polvos dorados. No sé por qué. Pero intuí que allí era a donde debía dirigirme. Esperanzado y con ilusión, así lo hice emocionado impulsándome entre las ramas que me permitían avanzar..."

Desconozco la razón por la cual este sueño me conmocionó tanto. Quizás fuera por la nitidez de todos los detalles que lo componían estéticamente, o porque pueda que tenga un significado oculto que no he logrado adivinar. El caso es que lo conté bastante entusiasmado a todos mis seres queridos sin entrar en detalles. Pero pensé que eso no era suficiente para un sueño que se ha quedado impreso en mi corazón por razones desconocidas. Así que decidí dejar escrito por aquí lo que recordaba para que no se me olvidase. Y ya de paso, para que en cierta medida quedase grabado para la posteridad. O, al menos, para que un lector tan desdichado como yo, lo leyese y le diera rienda suelta a su imaginación.

lunes, 18 de julio de 2022

Carne al sol

 Tuve una tarde horrible. Fue tan deprimente para mí que acabé yendo al primer bar que ví y me emborraché. Al salir, estaba tan ebrio que no podía ni mantenerme en pie. Llegué a un oscuro callejón y me caí de bruces. Una vez ahí, salió una voz procedente de unos de los contenedores, y me comentó lo siguiente:

"Nadie sabe hasta que punto puede llegar un hombre si se dan las circunstancias necesarias y el ánimo propicio para que acabe cometiendo alguna fechoría. La gente moralista suele tildar a estas personas de malévolas y de despojos sociales, sin saber que quizás algún día ellos mismos podrían convertirse precisamente en aquello que critican. Es muy fácil señalar con el dedo, decir que este u el otro es un monstruo, y refugiarse en lo que la sociedad considera correcto. Estas personas se sirven del discurso de la multitud para sentirse mejor. Pero lo que no saben es que todos siempre podemos caer en unas cosas o en otras si alcanzamos un nihilismo extremo, un grado de desesperación tal, que acaba ocasionando que todas las oscuras neblinas que habitan en nuestro interior salgan al exterior.

Yo, por ejemplo, era un hombre bastante ordinario. Demasiado, diría. No me saqué los estudios, y empecé a trabajar desde joven como agricultor en el campo. Bueno, o mas bien, para ser exactos trabaja labrando el campo para otros agricultores adinerados. No se me daba del todo mal. Se podría decir que me había acostumbrado a este ritmo de vida y que poco a poco fuí adquiriendo maña. Sin embargo, notaba que algo dentro de mí no estaba del todo bien. Es decir, tenía las necesidades y los medios básicos cubiertos gracias a mi jornada y al esfuerzo con el que me empleaba. Pero, en realidad, me sentía vacío. No me parecía suficiente. Creía que vivir consistía en algo más que trabajar para comer y poder dormir tranquilo. Pensar en ello me deprimía, así que anulaba estos pensamientos esforzándome aún mas en mi tarea diaria. Mas, cuando llegaba la noche, estos volvían a emerger desde mi interior y me llenaban de dudas respecto a mi existencia, provocando todavía más pesadumbre en mi desdichado corazón.

Un día, en el que estaba a punto de terminar mi jornada laboral, noté un olor extraño en el ambiente. Me faltaba poco para terminar, y me encontraba en un páramo completamente desértico en el que mi única compañía era el tractor puesto en marcha y el cultivo yerto. Aguzando el olfato, busqué a mi al rededor cual podría ser el origen del mismo. Tardé unos minutos en darme cuenta que pocos metros más arriba había una especie de montículo que daba al sol, y que lindaba con otros pocos metros a la derecha con una encina medio seca, a la que le rodeaban algunas malas hierbas que salían del barrizal. Al principio pensé que se trataba de una especie de acumulación del terreno. El campo no es completamente liso al fin y al cabo. Siempre hay desniveles como todo en el mundo. Pero al acercarme, me dí cuenta de que no era lo que pensaba.

Se trataba de una mujer muerta. Por un momento creí que se trataba de una alucinación. Mas me percaté de que en modo alguno era así. Era un cádaver exquisito. Parecía que llevaba pocas horas muerta porque con el calor que hacía había pocas moscas a su al rededor. Tenía el pelo castaño claro, unas mejillas que dejaban atisbar algunas pecas dispersas e iba vestida con un peto vaquero con una camiseta marrón debajo. Su rostro estaba levemente fruncido, como si hubiera muerto de repente por algún fallo en el corazón, o sufriera una especie de colapso en el cerebro. En todo caso, parecía que no había sufrido una muerte agónica. Es mas, si no hubiera tenido los ojos abiertos y apagados cualquiera hubiese pensado que se trataba de una mujer ociosa que se tirase a tomar el sol.

No sé por qué lo hice. Pero el caso, es que tras unos minutos contemplando el cádaver, comencé a desnudarla. La despojé de todos aquellos ropajes que cubrían su cuerpo esbelto y los lancé bien lejos. Tenía una tez ni muy clara ni muy oscura, algo intermedio. También tenía muchísimos lunares repartidos por todo su cuerpo, algunos más claros y otros más oscuros, e incluso, algunos rojizos. Debajo de sus prominentes senos, tenía una sensual cintura que más abajo acababa ensanchandose como si se tratase de una jarra bellamente esculpida por unas manos delicadas. Mis ojos se debatían entre sus anchos hombros y sus perfectos pechos mientras espantaba a las moscas que la rodeaban, aprovechando para aunque fuera rozar la tersura de su piel caliente por el sol.

Entonces, me invandió una sensación de excitación que me rodeo todo el cuerpo. No se trataba de una excitación carnal típica en un hombre que contempla un hermoso cuerpo de mujer desnudo. No, era otra cosa. Era más bien como cuando a uno le sirven su plato favorito y no aguanta las ganas de comerselo. Hasta sentí la saliva que se me iba acumulando por mi paladar y bajo mi lengua. Como en un resorte instintivo, cogí la navaja que siempre llevaba en mi bolsillo y se la clavé en uno de sus anchos y preciosos muslos. Al momento, salieron unas gotas de sangre muy oscuras que no pude evitar lamer del filo de la navaja una vez que la extraje. Mas, si la estraje fue para volver a clavarla otra vez. Pero en esta ocasión fue para dar un corte más superficial. Y así, arrancarla un cacho de su piel.

Al metérmelo en la boca, lo mastiqué con gusto. Era como comer un embutido encurtido sazonado con especias. Era sabroso. Si darme cuenta, comencé a clavar mi navaja y a extraer carne de varias partes de su cuerpo. Como el sol incidía en su cuerpo, era como si hubiera sido calentada al horno a fuego lento. He de aclarar, que, si bien los senos tienen un gusto estético al contemplarlos, y un tácto y sabor excitantes para quién los toca y los lame, realmente al comerlos son un poco insulsos. Me defraudó un poco su sensación grasienta al ser másticados. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de la tripa, de las nalgas o de los muslos. Su gusto es más bien notable, y deja en el paladar un regusto que combina extrañamente lo salado en un principio para acabar con un toque dulce muy agradable.

Degustando tal manjar, me encontraba plétorico. Jamás había sido tan feliz. No obstante, había comido tanto de su deliciosa carne que me quedé lleno. Como no podía dejar el cádaver ahí de esa forma, fuí un momento al tractor para coger una pala y ponerme a cavar. Antes de derramar la tierra sobre ella, la dí un beso y le mordí levemente los labios. Le estaba tremendamente agradecido por su muerte. Verla ahí, desnuda ante mí y caliente por el sol, me permitió conocer una felicidad tan inmensa que no era de este mundo. Y que, por supuesto, sobrepasaba los aleatorios limites morales establecidos por la sociedad..

Cuando me dí cuenta, ya estaba anocheciendo. Podía ver el reflejo de las estrellas en el cielo junto a una tenue luna que se asomaba compitiendo en fulgor con el sol. Así que emprendí el regreso a casa como si hubiera disfrutado de algo prohibido. Pero que para mí era trascendente, cual si hubiera sido bendecido por un ángel desconocido. Quizá se pudiese tratar de un demonio, o del mismo Lucifer. A veces me pregunto cual es la diferencia.

Desde entonces, mi vida interior mejoró notablemente. Todo lo externo estaba igual que siempre, la rutina seguía siendo aburrida aunque alejaba las dudas y el regreso a casa igual de anodino. Pero, con el paso del tiempo, notaba que me faltaba algo. La comida normal ya no saciaba mi hambre, e incluso el agua, no me quitaba del todo la sed. Tampoco el alcohol lograba embriagarme. Era como si tras probar la carne de aquella mujer, junto a beber su sangre, me hubiese quitado el apetito de todo lo demás. A consecuencia de lo cual, adelgacé bastante ya que toda comida me era aborrecible. Hasta la carne de animal, por muy cruda que estuviese me parecía un manjar vulgar en comparación a la suculenta piel de una mujer al sol. Tampoco el sorber un plato de sesos en su salsa era comparable a aquella sangre con un regusto dulce. En suma, volvía a sentirme apesadumbrado y vacío. Incluso mas que antes porque había conocido el paraíso y ahora lo había pérdido.

Me sentía irremediablemente impulsado a tener que comer más carne de mujer. Pero, no obstante, era poco probable que volviese a tener la suerte de encontrar otro bello cádaver como aquella vez. Tampoco era posible entrar en un déposito de cádaveres de un tanatorio, o en alguna facultad de medicina. Esos lugares estaban muy vigilados, a lo que se suma que aún en el caso de que lograse entrar y hacerme con uno, el tipo de cádaver o su conservación quizás no me convencería al haber probado la primera vez uno tan delicioso. Así que meditándolo se me ocurrió que no tenía otra que matar yo mismo a las mujeres que supiera casi a ciencia cierta que iban a satisfacer mi paladar.

Y eso hice. Me dediqué a esperar en rincones oscuros, cada noche a deshoras, a bellas mujeres que fueran sin compañía para comerme su preciada carne. Las agarraba por detrás, y les pasaba mi ya conocida navaja por el cuello, abriendolas la tráquea para que lo restante se conservase a la perfección. Después, me las llevaba, y las dejaba desnudas al sol para que su carne se calentase. Me quedaba largos minutos observando su desnudo con mi saliva deslizándose bajo mis labios, y al comerlas, ya no cometí el error de comerme sus senos. Los dejaba para deleite del gusto superficial, y del tacto. Lo restante, me lo comía hasta lo que me aguantara el estómago. Gracias a este método, pude contemplar todo tipo de cuerpos de diferentes mujeres y los aprecié en correspondencia a cada una. Obviamente, también los degusté de diferentes maneras dependiendo del tipo. Aunque, he de reconocer, que me gustaban más rellenas. Las delgadas apenas tenían carne para saciarme. En cambio, las mujeres bien curtidas y rollizas, me proporcionaron sensaciones de ultratumba.

Sin embargo, llevo ya un tiempo en el que esto ya no me satisface tanto como antes. A decir verdad, a excepción de tres o cuatro, ningún sabor me deleitó tanto como el de aquella primera carne al sol. Aunque podría vivir así sin problema quizás un par de años más, no quiero llegar a ese punto. Me sentiría tremendamente desdichaso si volviese al punto de partida, a aquel tiempo en el que mi vida estaba completamente vacía, sin sentido y limitada a mi sustento material y corporéo. Por eso, he decidido quitarme la vida en este instante antes de que llegue a sentirme tan angustiado como lo estaba al principio de mi narración. Una vez que un hombre reconoce el paraíso que se oculta en los abismos, cuando desciende y sobrepasa la moral común, ya no hay vuelta atrás.

Así, pues, le agradecería que se marchase. También le agradezco que me haya escuchado. Mas no creo que sea agradable para usted ver el horrible aspecto que desarrollé tras hartarme a comer carne de mujer, como tampoco le sería especialmente bonito ver cómo me vuelo la cabeza con esta pistola que tengo en mi mano siniestra. Vayase, bien lejos. Y a pesar de lo térrorifico que le pueda parecer lo que le he contado, no olvide la lección que subyace."

Mientras me iba, escuché unas risas estridentes que parecían provenir de algo que ya no era humano. También, pude oír en la lejanía un disparo que pareció atravesar algo muy duro, y que, después, impactó contra algo hueco. Me estremecí y comencé a temblar. No tanto por lo que aquella cosa monstruosa me había contado, ni tampoco por su suicidio, sino porque no llegaba a comprender cómo alguien podía llegar a ese punto de degradación. No me servía como justificación el que se sintiera tan vacío, o el que no encontrase un significado a su vida. Al fin y al cabo, todos los que hoy en día vivimos nos encontramos más o menos así en mayor o en menor medida si somos sinceros con nosotros mismos, y no por eso nos comemos la carne de los demás. Vamos, creo yo...

Con estos oscuros y vagos pensamientos, regresé a casa con cierto pavor e incertidumbre interior. Me dolía tanto la cabeza y notaba una presión tan exagerada en el pecho, que nada más subí al autobus, cerré los ojos para soñar cosas mas agradables, y así, alejarme de esta putrefacta realidad.

sábado, 9 de julio de 2022

Dulce madrugada

 Eusebio tenía una curiosa cita esa misma noche.

Tal encuentro se concertó bajo extrañas circunstancias. Estas se dieron concretamente hace cuatro noches. Nuestro personaje tenía por costumbre darse largos paseos de noche, a deshoras. Frecuentaba las laberínticas calles durante la madrugada. Gustaba de esta costumbre, ya que le estremecía esa sensación que evocaba la fresca brisa allí donde la soledad susurraba enigmas indescifrables. Ya fuera verano o invierno, ahí estaba el solitario eco de sus pasos a través de infinitos pasillos de alfalto rodeados de yertos campos y tierra rojiza repleta de hierbas resecas.

En una de estas ocasiones, pasó a lo largo de unos muros que protegían lo que parecía ser una casa abandonada y destartalada. Y en un parpadeo, pudo captar una sombra que se ubicaba en la puerta de hierro oxidado. Al siguiente parpadeo, pudo ver que esa sombra parecía cobrar una forma de mujer. Ya al último de esta secuencia de parpadeos, pudo distinguirla con nítidez. Se trataba de una mujer de mediana edad adornada por un largo abrigo negruzco. Era bastante esbelta y alta. Tenía una melena prominente que le cubría los hombros, y la tonalidad de su piel era tan pálida como la luna que estaba en esos momentos presente. Sus facciones eran mas bien alargadas, acompañadas por una melancolía casi infantil.

Cuando pudo observarla con atención, le daba la sensación que con cada parpadeo su figura iba apareciendo y desapareciendo alternativamente. Parecía una especie de escultura que fuera atrapada con la bruma. Y que los ojos de nuestro personaje, la apuntarán con una anticuada lente que la enfocara y se desenfocara constanmente. Esto le turbó tanto que le entraron mareos. Fueron tan intensos, que, sin quererlo, acabó en el suelo. La caída fue tan sútil y espontánea, como el deslizarse de una pluma con el viento, que ni se dió cuenta que estaba desparramado por el suelo.

Al abrir los ojos, pudo ver que aquella extravagante mujer se encontraba justo en frente suya con cara de preocupación. Con la cercanía, pudo contemplar mejor sus rasgos. Tenía unos ojos oscuros como el azabache, unas cejas a penas distinguibles, la nariz cual si estuviera pintada y unos labios tan finos que costaba afirmar que aquello fuera una boca. Sin embargo, habló y le dijo:

- ¡Dios mío! ¿Te encuentras bien?

A lo que Eusebio respondió con la voz temblorosa:

- Sí, perfectamente. Aunque a decir verdad, no sé cómo me he caído.

- Pues así fué. Yo misma lo he visto. Deberías tener cuidado al andar por aquí siendo tan tarde. A estas horas es cuando dicen que aparecen fantasmas.

- ¿¡Fantasmas!?

- Sí. Justo a esta hora es cuando el viento los invoca. Y la influencia de la luna los anima a campar a sus anchas. A veces les entretiene lanzar alguna que otra maldición, y otras, les basta con asustar a los viandantes para divertirse. Este es el escenario ideal para su aparición. El ambiente, al ser tan idóneo, y acomodarse tanto a sus gustos, les invita a pasar por aquí hasta que llega el alba.

Tras este intercambio de palabras, decidieron dar un paseo. Ella le contó que había todo tipo de fantasmas dependiendo de cómo fueron cuando estos estaban vivos. Eusebio, como era bastante escéptico respecto a todo lo que atañía a lo sobrenatural, decidió cambiar de tema de conversación. Le dijo que él solía a travesar esos caminos casi a diario cuando el sol descencia. También le describió los paisajes nocturnos que disfrutaba en sus caminatas, y como en mas de alguna ocasión, pudo presenciar como los murcielagos bordeaban a su vuelo las farolas o como las ardillas temerosas se escurrían a traves de las gruesas ramas de los olivos.

- ¡Vaya! Entonces debes ser todo un fantasma - le dijo entre unas acalladas risas

Él correspondió a una alegría tan natural riendóse también. Aunque, en verdad, su risa provenía de otra fuente. Estaba muy nervioso, ya que la atracción que sentía por ella era casi inmediata. Esa sonrisa que a ambos se les escapaba, connotaba que la atracción eran mutua. Al verlos desde lejos, un paseante anónimo podría pensar que se trataban de una pareja de enamorados.

Siguieron caminando durante un par de horas más mientras charlaban acerca de muchos temas diferentes relacionados con sus vidas, hasta que sin saber muy bien por qué llegaron de nuevo al mismo extraño portal que al principio. Allí fue donde ella le comentó que le agradaría volver a verle, y que si no le suponía mucha molestía, si pudiera ser dentro de cuatro días, justo a esa misma hora. Cuando se lo dijo, Eusebio consultó su reloj y constató que eran exactamente las tres de la madrugada. Mas, como era todo un escéptico, no dió importancia alguna a este detalle. Entonces, se limitó a asentir con la cabeza, la mirada y una sonrisa. Y cuando su corazón estaba palpitante debido a la emoción, ella desapareció en un instante. Estaba perplejo. Pero aún así, retornó a su casa con normalidad.

****

Al cabo de aquellos cuatro días, Eusebio recorrió el mismo camino que le llevaba al idéntico portal adornado con dragones tallados de aquella noche. Mas, en esta ocasión, encontraba abierto. Eso le sorprendió. Quizás esperaba llamarla a través de un estrepitoso timbre que en su callado estruendo le condujera hasta ella como quién pasa sin querer por fallo divino al infierno sólo para alcanzar el paraíso. Pero, vistas las circunstancias, se internó a un jardin que no vislumbraba debido a la escasez de luz. Y de ahí, llegó a la puerta principal de la casa, la cual estaba adornada de aleatorios obeliscos sobre una madera desgastada por el paso del tiempo.

Llamó una vez dando leves toques con sus nudillos, y sólo le respondieron sus propios ecos. Después, otra vez, y ocurrió lo mismo. Luego, consecutivas veces mas, con el mismo resultado. Consultó su reloj, y vió que eran las dos y cincuenta y nueve de la madrugada. No obstante, justo en ese momento fueron exactamente las tres de la madrugada, y la puerta se entreabrió por sí sola.

Cuando arrastró la puerta hacía el interior, esta produjo el chillido de un gato estrangulado. Una vez dentro, todo estaba tan oscuro como la boca de un lobo. En ese momento, se sentía completamente solo. Tan solo como no lo había estado nunca. Ni siquiera en sus paseos nocturnos se había sentido tan solo, ya que lo acompañaban la brisa nocturna, los animales escondidos detrás del follaje, y por supuesto, la esplendorosa y nóstalgica luna. Aunque, en realidad, cuando más solo se sentía era cuando estaba rodeado de personas -incluso más que en aquella casa abandonada- A excepción de aquellas cuatro noches atrás, donde por primera vez en su vida se sentía acompañado y comprendido por una persona. Para él, aquello fue todo un milagro rodeado de sombras.

Mientras avanzaba por el oscuro y siniestro interior, se iluminaron incontables velas que permitían ver una ancha escalera caracol. Parecía como aquellas inmensas escaleras que suelen tener las mansiones antiguas, y en las que perfectamente podrían descender un grupo de nueve personas pegadas unas con otras. Sin embargo, en esta ocasión, sólo bajó una. Se trataba de aquella mujer.

Esta vez, ella llevaba puesto un largo vestido verde bosque, que le llegaba casi lindando con sus pies. Estaba adornado en sus bordes con obeliscos casi idénticos a los de la puerta de la casa. La forma de sus hombros parecía intuirse por lo fina que era la tela de cintura para arriba, y aunque su escote se encontraba velado por esa misma tela que mostraba ocultando, su comienzo era visible para los ojos mientras que su continuación ya se encontraba relegada a la imaginación. También, sobre su cabeza, portaba una corona muy delgada de plata, cuyas puntas tenían una serie de dobleces de las que se desconocía sí eran parte de la corona, o si se hicieron posteriormente a próposito. En general, podría decirse que a pesar de no ser muy agraciada, estaba esplendorosa con su conjunto.

Desde la lejanía, le sonrió con complicidad. Con unos pequeños pasos, ya estaba frente a él como si se hubiera teletransportado.

- Ya estás por aquí... ¡Bienvenido! Perdona la demora. Ya sabes, las mujeres hemos de arreglarnos. No nos gusta mostrarnos tal y cómo somos de buenas a primeras.

Eusebio no sabía que decir, así que se limitó a mostrar una sonrisa temblorosa debido al desconcierto.

- Bueno... Ahora que lo pienso... Podría hacer una excepción contigo. Creo que ambos nos entendemos bastante bien aún habiendonos conocido desde hace muy poco ¿Verdad?

- Sí, es verdad.

- En ese caso, acompañame. Sube por aquí.

Así lo hizo, cual perro obediente. Sin saber ni cómo ni por qué, ella se disolvió en el aire mientras la seguía. Esto provocó que se parase en seco. Mas, al escuchar su voz como si le hablase desde un monte lejano diciendole "ven" repetidas veces, decidió seguirla. Persiguiendo su voz y aroma dulce e invisible, llegó al final de un pasillo en el que todas las puertas colindantes de las habitaciones estaban cerradas. Sólo una estaba abierta, la última de todas.

Dentro, se encontró con una habitación muy bien amueblada. Y aunque todos los muebles eran bastante viejos, comprendían de ese encanto de antaño que tiene todo lo que está abandonado. Ella se encontraba en la parte posterior de una cama que parecía de la realeza con su tela blanquecina por encima. Le daba la espalda, y vestía un abornoz deshilachado. Por como le colgaba y marcaba su forma femenina, podría intuirse que dentro del mismo se encontraba completamente desnuda.

Con este espectáculo, Eusebio se deshizo en millares de especulaciones eróticas. Se imaginaba su cuerpo desnudo de una pálidez muy seductora, y a su vez, elegante. No sería un desnudo vulgar, sino muy al contrario, cargado de una delicadeza que le atraía al modo del imán con toda clase de metales. Esto hizo que Eusebio se pusiera muy nervioso. No se podía creer lo que estaba viviendo. Tampoco entendía como una mujer que comprendía en sí misma de tanta nobleza, le había invitado sin a penas conocerle a su casa, como mucho menos llegaba a atisbar la razón de que le ofreciera un trato tan íntimo.

De repente, lo sensual de la situación se quebró cuando la voz crispada de ella acallo sus pensamientos de estío:

- Sientate al lado contrario, y por favor, no me mires todavía.

Decidió seguir sus ordenes con el automatismo del poseído. Si eso era pasión o temor, nadie lo sabía. Ni siquiera él mismo.

- ¿Recuerdas cuando aquella noche te hablé de los fantasmas que poblan la noche? -dijo en una voz que pasaba de crispada a cada vez más grave- Pude notar tú escepticismo al respecto, y he de decirte que me sentí algo ofendida. Pero, a pesar de ello, me lo tomé como un reto. Y eso me hizo sentir irremediablemente atraída. Cierto es que no es muy díficil hacer que no me sienta atraída por lo que sea. Verás, soy muy excitable en muchos sentidos, y la más mínima nimiedad, me hace sentir eufórica ¿Recuerdas también lo que te dije antes respecto a las mujeres y el estar arregladas? Con ello, no solamente me refería al atuendo, sino también al maquillaje. Tampoco me límito a referirme al maquillaje o al ropaje exterior, apunto a algo mas interno... Bueno, a lo que quiero llegar es a que estoy dispuesta a mostrarte mi corazón. Quiero que lo veas, y que lo sientas...

Eusebio, entonces, sin poder contener su excitación sexual ni su curiosidad masculina, se giró de repente, y pudo ver un rostro horrible repleto de magulladuras y con unos fauces que le recorrían de oreja a oreja. Su cuerpo era tan arrugado y lleno de heridas como el de una vieja a la que hubieran apuñalado unas cuantas veces. O, para ser más exactos, como el cadáver de una señora a la que hubieran abandonado en un estanque. Las pieles le colgaban por todos los lados, abiertas y con gotas de sangre coagulada. Él se quedó paralizado con esta visión mientras unos ojos amarillentos y pudrefactos se clavaban en los suyos, que temblorosos, reprimían un sollozo de terror. Entonces, con sus fauces de afilados dientes desordenados, le propició un mordisco en el rostro, desgarrándolo completamente.

Durante aquella madrugada, en las calles desiertas tupidas de tenebrosos árboles, sólo se escucharon dos cosas: unos gritos ahogados pidiendo ayuda que eran respondidos por otros propios de bestias hambrientas y los gañidos de los búhos. Lo restante, era ya el suspense que aporta el silencio de la noche.

lunes, 27 de junio de 2022

Volar

Cuando me pongo a pensar en mi infancia siempre lo hago con una mezcla de sensaciones a veces contradictoria. Por un lado, me llega al paladar un sabor dulzón como el de un fresco melocotón en su punto, y por otro, cierta ácidez me crispa cual si en esta ocasión se tratase de una manzana verdosa, demasiado madura y fuera de temporada. Y aunque en líneas generales puedo decir que tuve una infancia feliz, en ocasiones no puedo evitar percibir cierta melancolía. Quizás en esos tiempos debido al velo de la inocencia, esta tristeza se encontraba medio tupida. Mas ahora en tanto que lo recuerdo todo con una mente que mantiene el velo un tanto descorrido, al ver las cosas con mayor desnudez, no puedo evitar la alternancia entre los suspiros y las risas contenidas.

En correpondencia a esta mezcla de sensaciones, un recuerdo acude a mi mente en este momento. O mas que un momento, se trataba de un detalle que a mas de uno puede parecerle anodino. Pero, que, para mi yo de entonces tuvo una notable influencia. E incluso, a mi yo de ahora, en este mismísimo instante, me da para pensar y meditar con tan grave seriedad como si se tratase de una ecuación matématica irresoluble, o una teoría con tantas hipotesis, que por mucho que uno le dé vueltas no llega al cabo a nada.

Por aquel entonces yo iba al colegio. Contaría con nueve o diez años. Era un día estudiantil como otro cualquiera. Salía de casa aún con la influencia del sueño y profiriendo cien bostezos a cada paso con desgana. Me ajustaba la mochila que acoplaba la noche anterior con un montón de papeles arrugados y desordenados, y subía al coche como quién va a una condena. Después, al salir del coche, me encaminaba en dirección a aquella pequeña cárcel con el vallado rojizo, y al entrar, buscaba mi desdichada clase de siempre.

Una vez dentro, caminaba en dirección al pupitre de color verde hospital que se me había asignado, y dejaba mis cosas debajo de la mesa. Acto seguido, colocaba el manual de la asignatura que correspondiese frente a mí y me cruzaba de brazos. Normalmente, me aburría de esa postura y terminaba como era mi costumbre: con un brazo extendido horizontalmente cercano a mi pecho, y con el contrario, dispuesto verticalmente para apoyar mi mano sobre mi mejilla y parte de mi mándibula. Al poco, solía venir algún compañero de clase a importunarme y para burlarse de mí. Entonces, yo le arreaba un par de golpes e insultaba a su madre mientras ambos nos reíamos en alto. Por último, entraba la profesora y todos permaneciamos callados y con miedo.

Lo del miedo que sentíamos no era baladí. La profesora que nos había sido asignada desde cuarto de primaria hasta sexto era una verdadera loca y tenía un carácter que ni Satán en el infierno. Nos gritaba constantemente, incidía en lo inútiles que éramos y que no teníamos futuro, e incluso, a mas de uno, le asestaba un buen mamporro sin compasión alguna. De hecho, hasta hacía bastante poco había liberado sus senos arrugados para mostrarnoslos. Todo fue porque una compañera de clase que había repetido bastante, acudió una mañana con un escote muy amplio que desentonaba para nuestra edad. Al verla, esa profesora en cuestión, al verla profirió en un grito: "¿Te crees que esas son tetas? Vas a ver lo que son unos senos maduros de verdad" Entonces, se arrancó parte del vestido de los años sesenta y nos enseñó un seno que se asemejaba a una pasa para después en cuestión de segundos sacarnos el otro. Fue horrible. A partir de aquello, ya no puedo comer pasas porque me repugnan.

Sin embargo, aquel día en cuestión, no nos insultó, ni nos pegó, y mucho menos, nos enseñó de nuevo sus senos aplastados, sino que nos dijo que había venido un invitado a la escuela debido a cierto proyecto del ministerio de cultura. Este invitado se trataba de un aviador que había acudido a nuestro colegio en ese día para hablarnos acerca de su oficio. Todos al enterarnos de la noticia batimos palmas de la alegría y suspiramos aliviados, no tanto por el invitado en sí como porque debido a su presencia no íbamos a tener otro espectáculo de histerismo senil ni un directo de pornografía madura.

Poco después, mientras festejabamos bajo el semblante de violencia contenida de nuestra profesora, entró el invitado saludándonos con la mano y con una sonrisa como si acudiese a un show televisivo para niños. Era un hombre bastante alto, de mediana edad y con un cuerpo curtido y fibroso. Tenía una tonalidad de piel bastante claro, gastaba un amplio bigote extrañamente grisáceo para su edad y tenía unos bonitos ojos azulados que alternaban un azul cristalino con un verde bosque. Era muy atractivo, y aún con ello, no parecía presumir de ningún modo debido a una sencillez austera que le recubría lo ancho de sus hombros.

Cuando comenzó a hablar, lo hizo pausadamente. Tenía una voz suave aunque profunda. Se explicaba con simpleza. Pero sin rozar ni por un instante vulgaridad alguna. Se notaba que carecía de educación académica. Mas eso no importaba porque contaba con una educación proveniente de la experiencia, la cual solamente podría ser acuñada bajo el título de "vital".

Nos contó las vicisitudes de su trabajo, no tanto desde un aspecto laboral y economico como de la acción que subyacía cuando uno estaba integrado en el mismo. Nos habló de su ardua preparación, de los grandes esfuerzos mentales y físicos que tenía que garantizarse a sí mismo desde su interior y de cómo se sentía cuando se encontraba cabalgando el aire, allí en las alturas. Lo describía como "navegar un mar sin agua, y en el que el mundo de ahí abajo se convertía en una maqueta" También nos dijo cómo se sentía en aquellos instantes suspendido en el aire en palabras semejantes: "Cuando estoy ahí arriba, a pesar de respirar con dificultad, el poco aire que me entra es más puro. Tengo encogido el pecho, el corazón palpitante y el cuerpo aprisionado. Y aún con ello, me siento libre." Sin duda, su discurso nos impresionó a todos.

Una vez acabado, todos nos quedamos extasiados. En la ronda de preguntas, no paraban de lloverle cada dos por tres cuestiones y comentarios, que aunque fueron todos bastante parejos, connotaban una verdadera admiración e interés por parte del alumnado. Al final, este repartió algunas gorras, mochilas y pequeños aviones. En todos estos objetos, había una pegatina que ponía: "Aviadores de España" con una bandera que dejaba ver sus colores como si se tratase de humo que habían esparcido tres aviones surcando los cielos perfectamente sincronizados y en armonía.

Yo quedé realmente impresionado. Mas, no obstante, no me llegó ninguno de estos regalos por encontrarme en una de las últimas filas. Y aunque estaba muy feliz por todo lo que había escuchado, no podía evitar sentirme apesadumbrado. Por ello, y aún con mi timidez, decidí acercarme en dirección al hombre con los ojos cargados de un fulgor que connotaban tanto admiración como vergüenza.


El aviador, se encontraba hablando en susurros con la profesora:

- Esto... La verdad es que no se lo he comentado a los chicos.... Pero la verdad es que mi sueldo es bastante nefasto.

A lo que la profesora respondió sin hacer el menor caso a su comentario:

- ¿Y decía que estaba soltero?

- Hum... Eh... Yo no he hablado en ningún momento de mi vida personal...

Interrumpiendo la conversación, aparecí ante ellos agachando la cabeza y mirando al suelo. Y con un nerviosismo palpable, tartamudeando sin cesar, levanté la mirada en tanto que mi profesora me escrutaba enfurecida para decirle:

- Pe-perdone... ¿N-no le quedará por casualidad alguno de esos regalos...?

A lo que el hombre respondió con un semblante muy serio:

- Pues no... Perdona chico. Pero he de ir a otros colegios, y ya se ha agotado el cupo de los regalos para este.

Entonces yo, sin saber muy bien por qué, dije ya sin tartamudear y con decisión:

- ¡Es que quiero ser aviador como tú!

- Bueno.... En ese caso... -me dijo el aviador un poco perplejo, mas sin ocultar una liviana sonrisa- Ten, esto es para ti.

Y poniéndome una mano en la cabeza, me dió una gorra y un avión de juguete. Yo no podía dejar de contener las lágrimas de alegría, marchandome de allí a paso ligero y saltando de felicidad por los pasillos. Me sentía tan inundando de gratitud y de sincera e inocente felicidad, que no era capaz de ocultar mi sonrisa.

La verdad es que no recuerdo por qué le dije aquello a aquel hombre. Nunca me había replanteado ser aviador cuando fuera mayor hasta entonces. Incluso, tiempo después, tampoco volví a incidir sobre aquella estrafalaría idea. Lo que sí sé es que se lo dije en ese momento con una auténtica sinceridad. No había fingimiento ni mentira en aquello que dije.  Es decir, así se lo dije por impulso porque simple y llanamente porque así lo sentía. En ese instante, en aquellos segundos, durante un par de días, o algunas semanas después, el sueño de que quería ser aviador era totalmente auténtico y se encontraba arraigado en mí. Y además, era un sueño que creía realizable. Al menos, cuando lo imaginaba.

Así se lo comuniqué a todo el mundo: a mi familia, a mis compañeros, a mis profesores y a algún que otro desconocido con el que me encontraba por la calle. Mis compañeros, en particular, no me tomaban nada en serio y se reían de mí en cuanto les hablaba del asunto. Sin embargo, recuerdo especialmente, el comentario de una profesora vieja -que no era mi tutora, era mas bien una pedagoga que me asignaron- que me dijo:

- Si, ya... Aviador... Lo que te faltaba. Con lo tonto que eres jamás vas a llegar a nada. No te dá la cabeza ni para hacer unas cuantas operaciones con números, te la va a dar para pilotar un avión. Eres imbécil, de verdad... Menudo tonto de remate. Seguro que se lo has dicho para que te regalase algo por compasión. Me das asco y vergüenza.

A día de hoy, como es fácil adivinar, no soy aviador. Me dedico a escribir estos relatos, y poco mas. En relación al comentario de aquella profesora vieja y amargada, yo sé que le dije aquello al aviador con entera sinceridad como he dicho antes. No esperaba suscitar compasión, y creo que él me entendió sin necesidad de que le explicara aquel impulso. Si no he llegado a ser aviador por carecer de capacidad, eso ya es otro asunto... De todas maneras, desde entonces, no he vuelto a replantearme ser aviador. Aunque tampoco me importaría que me enseñarán a pilotar alguna avioneta, o que me diesen una vuelta en ella. Sin embargo, hoy día, preferiría navegar en un barco y recorrer mi vista a través de los azulados mares, allí donde el cielo y el mar se funden formando una sustancia etérea.

lunes, 13 de junio de 2022

Poemas breves

Vislumbro a través de mi ventana


el paso de transeuntes desconocidos,


y no entiendo nada.

-

Aún a sabiendas del retorno estival


los arboles se mecen por igual.


Valientes moradores.

-

El metro pasaba veloz,


ignorando a sus pasajeros


como a nosotros el tiempo.

-

Me marcho en autobus,


y pienso, con tristeza,


en la constancia rutinaria.

-

La primavera es floración,


luminosidad, renacimiento,


pero también lluvias repentinas.

-

Paso una página del libro,


y, sin querer, me da en la cara.


Una caricia metáforica.

-

El tren abarrotado,


y aún así, silencio.


Lágrimas contenidas.

-

En el cielo habitan las estrellas,


y una de ellas mágica se desplaza.


No, era un avión.

-

Cuando acabo la jornada


siempre me pregunto:


¿Qué estoy haciendo?

-

Visión de ella


sonriendo bajo el árbol.


Felicidad de primavera.

-

Las semillas vuelan,


y quizás, algunas de ellas,


sueñan con regresar.

-

Esos coches que se deslizan


con inmensa prisa por la carretera


¿A dónde irán a parar?

-

En el silencio de la noche


experimento profunda tristeza,


y sobre todo, extrañeza.

-

Todo cuanto me rodea


son libros y polvo,


pensamiento y muerte.

-

Hoy hace un viento agradable.


En mi cueva entran ráfagas,


y hasta se escucha un manantial...

-

Humo de puro


mientras se abren piñones.


Recuerdo a mi abuelo.

-

Triste es la noche


y mi corazón está herido


¡Al mundo llorando maldigo!

-

Con este calor sofocante


sueño con la brisa


y con unas lágrimas de acero

-

Con mirada frénetica,


escruta cosas anodinas


¡Qué tipo más desagradable!

-

El pavimento ardiente,


y los olores malolientes.


Así es la ciudad desfalleciente.

-

Tuve un sueño tan hermoso,


que por un momento,


creí en la verdadera bondad.

-

Cuando cierro los ojos


la naturaleza medita conmigo.


Todo crece y se marchita.

-

En paz y en sosiego,


un aura luminosa palpita


gracias a ese espacio sombrío.

-

El humo del ducado


cual un incensario.


Efímera pureza.

-

Sentados estabamos,


el uno junto al otro.


Una sonrisa y el rocío.

-

Voy de paseo,


y veo todo despejado


excepto por una estela en el cielo.

-

Ruge la tormenta,


las plantas se zarandean


y a lo lejos resuena un eco.

-

Las rosas del jardín


ya han florecido.


Se trata de un dios escondido.

-

No sólo con los ojos


se mira el mundo que nos rodea,


también con el alma se contempla.

-

Las hierbas no cesan de crecer,


mientras que nosotros disminuimos.


Palabras del viento.

-

Con cada paso dado


siempre me acompaña la melancolía


y un eco del pasado.

-

Tras los instantes,


vamos declinando poco a poco


como la charca en la explanada.

-

Cada año mas cercano


al último abismo.


La muerte próxima.

-

Charlas intranscendentes


y falsas sonrisas efímeras.


Así es el parloteo del mundo.

-

Los ignorantes hombres


que se creen eternos


no saben del rocío.

-

Gritos, insultos


y afinada desconfianza


¡Cuanta mundanal decadencia!

-

Todo se pasa


y nada se detiene.


Tránsito hacia la muerte.

-

Profundidad en la lectura,


mundo que se abre,


ante mis ojos; el abismo.

-

Brasas recorren mi interior.


Algunas afloran al exterior,


otras esperan en quietud.

-

Recuerdo los días pasados


y desespero por los venideros.


Un sucederse sin fin.

-

Ella no cesa de reírse


rodeada por mil luces.


Chispas de alegría.

-

Las pequeñas flores


de las adelfas han crecido.


Hermosa ilusión para la vista.

-

El tiempo parece inmutable,


mas avanza sin esperar.


Apariencia y realidad colisionan.

-

Otro día que pasa.


Mientras, medito sobre la nada,


y por un instante, creo atraparla.

-

Al igual que podamos las plantas,


los fracasos van podando


poco a poco nuestra vanidad.

-

Una picadura de mosquito.


Rasca que te rasca,


y al final, para nada.

-

Miro al horizonte


sin buscar respuestas


y sin hacer preguntas.

-

Una sútil melodía resuena


en mi desdichado corazón.


Las lágrimas no tardarán.

-

Tu canto, embelesa,


emociona y hace soñar.


Oh, la inmensidad...

-

Unas notas tristes


en la oscura noche


que hacen cerrar los ojos.

-

Las librerías son cementerios,


y los libros cual tumbas.


Descanso entre palabras.

-

Las disputas de este mundo


son semejantes al polvo.


A nadie le importan.

-

La melancolía vive en mí.


Si no fuera por ella,


mi casa estaría deshabitada.

-

En la oscuridad me cobijo,


y espero, con incertidumbre,


al silencio tras el camino.

-

Caer en el abismo


resulta inevitable.


Disfrutaré del paisaje.

-

Sobre el cielo


dos deidades pugnan


por el principio y el fin.

-

Un atardecer sombrío,


un descanso necesario.


Todo nace y muere.



domingo, 8 de mayo de 2022

Gisela

 


Cuando Gisela nació todos atestiguaban que jamás habían visto un bebé tan hermoso. Ya en su cuna, todos la rodeaban asombrados cual si adorasen algún tipo de deidad. No entendían que tipo de influjo ejercía ese bebé sobre todos ellos. Pero el caso era que se sentían atrapados nada mas contemplarla. No sólo por la visión de su imagen en sí -lo que ya era suficiente para dejarles a todos hipnotizados como si se tratase de un milagro-, sino también por el aroma que desprendía y los tenues quejidos que emitía. Era tal su potencia que todos se sentían inevitablemente inclinados a admirarla con independencia a sus sentires personales. Fijaban su mirada en ese bebé, y ya estaban insertos en su influjo.


En la medida que Gisela fue creciendo, ese influjo sobre los demás no dejó de aumentar. Ya siendo niña esa incondicional admiración era repartida a partes iguales entre otros niños y mayores. Cuando Gisela pedía algo, cualquier tipo de nimiedad, todos atendían generosamente a sus ruegos. Era como si su voz naciera de algún arco celestial que se presentase de repente, y que, al ser escuchado por quién estuviera presente debía de ser perseguido cual si fuese un arcoiris que llevase a algún tesoro maravilloso. Y así, todos la prestaban atención y la seguían allí donde fuera acuciados por sus palabras infantiles.


Gisela fue creciendo. En el instituto experimentó un cambio. Pudo darse cuenta ella misma cómo aquella admiración pura e incondicional de su ser se fue transformando poco a poco en mero impulso carnal. Ya la gente -sobre todo los chicos- no la veían como algo que mereciese ser adorado, sino mas bien como algo que debería ser mancillado. Quizás no lo pensasen así. Pero, en realidad, es lo que acontecía en sus interiores. Ya no se quedaban admirados ante ella, boquiabiertos en espera a los deseos que ella profiriese de sus delicados labios. Ahora ellos escuchaban solamente sus propios deseos, y la contemplaban como un diablo contempla una estatuilla de la Virgen María. Es decir, como algo que corromper y degradar para burlarse de instancias superiores.


Un día, durante los últimos años del instituto, justamente cuando estaban haciendo un examen de literatura universal, a Gisela se le escurrió el lápiz de entre los dedos y tuvo que inclinarse desde la mesa en la que estaba sentada al fondo para recogerlo. Sin embargo, el lápiz en cuestión se encontraba un tanto alejado desde donde podía alcanzarlo con facilidad. Así que tuvo que hacer un mayor esfuerzo para llegar hasta el. Esto provocó que el pequeño escote juvenil que portaba, se desanchara lo suficiente para mostrar gran parte de sus máculos y blanquecinos senos. Algunos muchachos al verlos, empezaron a susurrar algunas cosas sucias y degradantes. Ello produjo que Gisela se pusiera roja de vergüenza, y que, a pesar de estar en un examen, saliese corriendo y llorando de la clase.


Cuando terminó el instituto, no sabía que hacer. No era una chica tonta. Pero tampoco lo suficientemente ingeniosa para decidir por sí misma. Sus notas no eran ni muy buenas ni muy mediocres, lo que acrecentó su indecisión. Así que se dejó llevar por lo que otros la aconsejaron, y empezó a trabajar en una tienda de donuts caseros. Al principio, sus compañeros la trataron con respeto. Mas con el tiempo, y la supuesta confianza que la gente se atribuye a sí misma, ese primer respeto se desvaneció. Los hombres la dirigían palabras soeces y chistes blasfemos, alguna vez la pellizcaban algún pecho con una socarrona risotada o la azotaban en el culo con gracia. Y las mujeres, cuchiqueaban a sus espaldas y la lanzaban supuestos elogios envenenados que traslucían su envidia. Toda esta situación desagradó tremendamente a Gisela.


Los acontecimientos la hicieron meditar sobre sí misma. Pensaba, que, no tenía nada mas que ofrecer al mundo que no fuera su hermosa apariencia. Antes cuando era niña pensaba equivocadamente que su belleza nacía de algo más interno, que el núcleo dónde nacía y radicaba la admiración de los demás era algo que trascendía a su propia condición corporéa. Y que las nefastas situaciones que se dieron en su adolescencia, se debían más a las malas intenciones de los demás que a sí misma.  Sin embargo, al cumplir mas edad y viviendo mas de esas situaciones degradantes, cayó en la cuenta de que ella era una cáscara vacía. Una hermosa cáscara, de un aspecto lozano. Pero una cáscara al fin y al cabo que no tenía nada más.


Con el tiempo, un amigo de un amigo la recomendó para un trabajo que le aseguró que le iba a hacer ganar mucho más dinero que hasta entonces. Ella, sin preguntar nada más, aceptó. Cuando fue al lugar indicado, se percató de que había algo extraño ahí. Y así fue, efectivamente. Se trataba de un burdel. Al darse cuenta, se horrorizó. Mas, luego pensó: "Bueno, después de todo es para lo que valgo. Tengo unos buenos senos, un buen culo y muchas curvas. Supongo que no puedo pedir más." Al final, aceptó.


Sus primeras experiencias en el burdel  fueron repugnantes, aunque suaves en comparación a otras posteriores. La mayoría de sus primeros clientes eran hombres arruinados y borrachos que no encontraban otra satisfacción en su vida que no fuera la de entregarse al alcohol y a las mujeres. Y si combinaban aquellas dos cosas a la vez, tanto mejor. Gisela normalmente se quedaba tumbada en la cama sin moverse casi nada, dejandose hacer y manejar cuanto quisieran sus clientes como si se tratase de una muñeca inflable de carne y hueso. Casi siempre cuando acababa su ronda de servicio, se iba al baño a vomitar y a proferir innumerables sollozos mientras lo hacía. Desde su perspectiva, podía ver cómo las lágrimas se intercalaban con su vómito.


Esta situación provocó que Gisela adelgazara considerablemente, lo cual hizo que perdiese sus curvas y su carne rolliza. Esto enfadó al encargado del burdel, y sus continuas regañinas y violaciones hizo que Gisela le pidiese continuamente que la dejase salir se ahí. Sin embargo, no podía. El encargardo del burdel aseguraba que ella le debía dinero debido a las pérdidas que había tenido en los últimos tiempos por su culpa. Cada vez que esta disputa se daba, Gisela no dejaba de llorar. Lloraba tanto que hasta había dejado de maquillarse, y la piel de sus mejillas se encontraba levantada y áspera.


A partir de entonces, los clientes que pedían sus servicios eran unos auténticos engendros sociales, la verdadera máscara que aunaba fealdad y maldad. Ya no sólo es que fueran horribles exteriormente por tratarse de ser unos viejos sin escrúpulos o unos cuarentones gordos y picados por la viruela, sino porque la obligaban a hacer todo tipo de cosas profundamente denigrantes. Casi siempre la pegaban palizas de las que sorprendía que saliese con vida y la pedían que se pusiese de rodillas para rogar por su vida. Gisela llegó a un punto en el que se insensibilizó completamente, tanto externa como interiormente. Sólo sentía los pinchazos que la daban cuando la inyectaban medicina en el hospital. Al que solía acudir cada dos semanas debido al estado cádaverico en el que se encontraba.


De entre todos sus clientes, los cuales podían ser cuarenta desquiciados distintos cada semana, sólo uno la trataba medianamente bien. Era un hombre que llevaba unos cinco años sin trabajar, a consecuencia de lo cual fue expulsado de su casa y alejado de sus hijos. Su mujer le pedía una manutención que por motivos obvios nunca llegaba, y que a su vez, se incrementaba en forma de deuda. El poco dinero que conseguía era rebuscando en la basura aparatos que podían ser reparados, y que vendía a chatarreros. Ello le permitía comer pobremente, y desfogarse con prostitutas una vez a la semana. Es así como conoció a Gisela.


Se encariñó tanto con ella que a veces sólo pagaba sus servicios para verla. Este fue el único cliente con el que hacía el amor de vez en cuando. Al terminar, solía recostarse sobre su pecho mientras él la acariciaba una espalda completamente demacrada y llena de magulladuras. En esos instantes de sosiego, él la prometía que cuando consiguiese un trabajado digno y pagase todas las deudas que tenía pendientes con su mujer y sus hijos, la sacaría de ahí y vivirían juntos. Ella, al escucharle, se enternecía y por primera vez lloraba de felicidad. Le latía tanto el pecho de alegría, que él al darse cuenta, la abrazaba con fuerza mientras insistía en sus promesas de amor.


Esto le dió a Gisela la suficiente fuerza para soportar las diferentes vejaciones que le llegaban por parte de todos los demás clientes. Sin embargo, aquel cliente al que ella consideraba su primer y verdadero amor, desapareció sin dejar rastro. Y aunque intentó por todos los medios posibles informarse acerca de lo que le había pasado, o de su paradero, no consiguió averiguar nada. Aquello la entristeció profundamente, la condujo nuevamente a su impasibilidad extrema. Sólo un sentimiento de inmensa pena afloraba en sus labios resecos y en sus ojos enrojecidos mientras era sometida a los actos tortuosos de sus clientes. Un sentimiento, que, se cristalizaba en forma de lentas lágrimas que se deslizaban de su semblante al suelo sin cesar.


Un día ocurrió algo que no estaba previsto en el guión de una prostituta. Un cliente pagó por ella una suma de dinero tan inmensa que el encargado del burdel se quedó bastante sorprendido. Obviamente tal cantidad de dinero no se debía a una generosa donación. Pretendía sacar del burdel por un día a Gisela, y además, tener plena libertad para hacer con ella lo que quisiera. El encargado aceptó con una sonrisa que reflejaba en sus dientes el vago esplendor del dinero. Así, pues, el cliente se la llevó y se fue con ella a una zona bastante lejana de la ciudad.


Una vez llegarón ahí, Gisela vió que se trataba de una especie de apartamento abandonado. Nadie parecía haber vivido en aquel lugar desde hace mucho tiempo. Nada mas llegar, el cliente la ató por ambos brazos con una cuerda sucia. Y, cosa extraña, no la violó en ningún momento ni abusó sexualmente de su cuerpo. Simplemente se limitó a dejarla colgando mas o menos durante un par de horas. De repente, cogió una fusta y comenzó a azotarla durante otro par se horas. Lo restante del día se lo pasó de ese modo, dandole golpes con diferentes utensilios, tanto de cocina como herramientas para el hogar.


Al final, poco antes del atardecer, se cansó de golpearla y se la llevó a un acantilado que lindaba con un río. Completamente desnuda y mirando al cielo, la rodeó con sus brazos y la asestó unos diez navajazos en ambos costados. Comenzó a salir sangre abundante, y Gisela cayó desplomada al suelo. El tipo en ese momento, se dió media vuelta y se largó.


Mientras tanto, Gisela permaneció mirando al cielo en tanto que notaba la sangre fluir por todo su cuerpo desnudo. Desde sus fatigadas costillas, sentía como la sangre se derramaba sobre malas hierbas completamente secas. Con su vista fijada en el cielo, notó cómo el mundo y ella se iban fundiendo en uno solo. Ya no había frontera entre lo externo y lo interno. Las impresiones y las sensaciones eran exactamente lo mismo que los pensamientos y los sentimientos. Ya nada importaba porque el todo era la nada, y viceversa. En el cielo del crepúsculo encontró el sentido a toda su vida, junto con las disculpas que necesitaba. Y finalmente, logró perdonar.


Con los labios entumecidos y tembloros, no pudo evitar que de sus verdes ojos nacieran abundantes lágrimas, que, al igual que la sangre, regaron el reseco terreno. Cerrando aquellos ojos por última vez, suspiró y dijo:


- Por fin sé lo que es la belleza. Todo es sumamente hermoso.


miércoles, 13 de abril de 2022

La virgen de la fantasía

 Madre... Padre... Sé que os he fallado. Sé que os he fallado irremediablemente. También sé que os esperabáis otra cosa bajo la idea de tener un hijo. Imagino que rondaba en vuestras cabecitas que tener un hijo era algo parecido al quehacer de vuestra existencia, que tener un hijo era algo así como una prolongación de vuestro ser que sobrepasa vuestras propias metas. Algo así como una especie de sujeto mejorado que cumple aquellas cosas que vosotros no fuistéis capaces de conseguir por los motivos que fueran. Pero ha resultado todo lo contrario. Yo he supuesto un descenso respecto a lo que soís vosotros mismos. Un descenso abismático que cabría de calificar como una desgracia, una perdición, una vergüenza, algo que jamás debió de llegar a este mundo.


Sin embargo, yo no pedí nacer. No sabía quién podría llegar a ser por carácter y circunstancias. Y si lo hubiese sabido, quizás me lo hubiera pensado dos veces. Aunque bueno, tampoco sé a ciencia cierta lo que hubiese decidido. Pero el caso es que al final lo hice por no se sabe cuales misterios. Y aquí estoy para decepción vuestra. Siento que hayáis sufrido tanto por mi culpa, que sintáis vergüenza sólo con pensar en mí y que os dé por sentiros inútiles al haberme dado vida a mí, un desgraciado que os ha defraudado.


El motivo de esta breve y concisa carta no es solamente el de disculparme por cómo he sido, sino también el de explicaros algo interno, algo profundo que da razón de ser a mis móviles, y por lo cual, a mi existencia misma. Puede que no lo comprendáis del todo, puede que os sintáis aún más avergonzados o hasta es posible que os tiréis de los pelos desquiciados sin entender nada, y además, furiosos por ello. Pero yo no puedo hacer nada que no sea el de explicaros quién he sido. Es este mi ejercicio empático y de compasión hacía vosotros. El único que puedo albergar, y que ahora os lo muestro desnudo, sólo para vosotros. De las consecuencias de esto, yo ya no me hago cargo.


Desde mis comienzos como ser humano siempre ha habitado una contradicción dentro de mí. Es más, podría decir que la contradicción -junto a la incomprensión- ha sido mi mayor aliada en esta existencia mía. Siempre quería y no quería, deseaba y no deseaba, aceptaba y rechazaba, afirmaba y negaba, iba y volvía... En fin, me sentía en una cuerda floja suspendida en un inmenso foso y cuyas caídas a derecha e izquierda eran totalmente diferentes. No sabía a qué lado inclinarme porque ambas opciones me parecían lo que eran, es decir, caídas. Entonces, me quedaba suspendido en el medio. En un estado de inacción dónde no llegaba a caer, pero tampoco me levantaba. Simplemente estaba ahí, en suspenso mientras los demás comentaban que estaba cayendo perpetuamente, y cada vez más hondo. Yo no lo consideraba así. Sólo me había quedado quieto, esperando.


Es por eso quizás por lo cual suspendí tantas asignaturas tanto en el colegio como en el instituto. Siempre estaba esperando a no sé sabe qué. Aunque en mi fuero interno yo sabía a lo que esperaba: a que la cuerda por sí misma se torciese a un lugar y yo no tuviera que decidir. Mas no obstante, en el supuesto de que esto hubiese ocurrido, probablemente en el último instante, yo me hubiese torcido a próposito en dirección contraria. Entonces, habría equilibrado la balanza. Me hubiera quedado en suspenso, esperando. Y así, eternamente. Quería y no quería estar así, aquí aparece nuevamente mi fijación por la contradicción.


Otro elemento que siempre me ha acompañado ha sido la incomprensión. Esta incomprensión ha sido debida a que mi fuero interno siempre ha permanecido cerrado, hermético al mundo externo provocando así sólo perplejidad en las miradas de las gentes. Yo, desde el instituto, me quedaba quieto en el sitio, imaginando un mundo totalmente aparte en el que yo fuera una suerte de protagonista de una saga de películas con una trama bastante oscura. Y mientras yo permanecía inmerso en esa fantasía de adolescente, de cara a la galería era simplemente un chico callado, tímido e instrospectivo. Mas en mis sueños, la cosa era bien distinta: era muy extrovertido, valiente y capaz de lo que fuera. Y ahora decidme: ¿Quién era real ahí? ¿El que habitaba los oscuros reinos de la imaginación? ¿O el que permanecía impérterrimo a los ojos de los demás? Si la personalidad se fundamenta en lo interno, es fácil adivinar que la primera pregunta dá con la respuesta. Pero ¿No son las apariencias las que gobiernan en este mundo? Entonces, en ese caso sería la segunda. Como no me aclaro en lo que a esto respecta, lo dejaré así.


Con el tiempo, este carácter contradictorio e incomprensible mío acabó mutandose en una mezcla entre un impulso frénetico de manifestarme, y otro de esconderme para no salir jamás. Es así cómo durante mi tardía adolescencia había veces que pasaba días y días fuera sin que nadie tuviera noticias mías, y otras veces, permanecía encerrado en casa con ese mismo resultado. En el primer caso, pasaba tardes y noches enterras borracho y haciendo cosas indecentes con esos demonios denominados mujeres. Mientras lo hacía, de cara al exterior sonreía con cierta malicia. Pero, de cara a mi interior, lloraba sin remedio. Aún así, no podía parar de beber y de ofrecerme a efímeros placeres sensuales. Estaba desatado, como desatada estaba mi alma sin ya el sostén de una cuerda que la mantuviera en suspenso. Simplemente, flotaba en un mar de alcohol barato y de senos desgastados.


Retornando al tema de mis fantasías, estas se evaporaban nada mas nacer. Rara vez había una secuela a estas imaginaciones mías, hasta se me olvidaban horas después de maquinarlas. Sin embargo, he de reconocer que me mantenían bastante entretenido. No sólo durante mis infructuosos estudios o en los días enteros que me quedaba solo en mi habitación pensando sin pensar, también cuando estaba ebrio o frente a un cuerpo fenemino desnudo, acudía a mi mundo interno. En esos momentos, sentía reverberar algo en mi corazón, sentía una agitación proveniente de mi mundo interior, una excitación tremenda que me desconectaba del mundo externo -independientemente de lo que estuviera pasando ahí- y me entregaba a la bruja de la fantasía. Y cuando lo hacía, ya nada importaba. Encontraba un refugio y hasta cierto punto un sentido.


Este sentido animado por el sinsentido -nuevamente, otra contradicción- era una especie de esperanza efervescente. Algo que pese a que aparecía constantemente, sólo calaba en mí cuando el desenfreno externo era innúmero. Es entonces cuando a la imaginación se la dotaba de una orientación cuasi-mistica en la que se le presentaban los milagros. Yo me agarraba a ellos como a una salvación venida de un mundo más alto, como si se tratase de algo que aunque fuera mundano estuviera revestido de un halo milagroso. Esos fugaces momentos quizás fueron los más importantes de toda mi vida.


Sin embargo, como apuntaba en el párrafo anterior, para que estos instantes milagrosos se dieran, tenía que haber en el mundo exterior mucho ruido. Pasaba todo lo contrario a quién medita, que requiere un silencio y una concentración dentro del mismo que necesita de la calma. Yo, en cambio, tenía que estar saturado, rodeado de una sucesión de impresiones interminable. Es ahí cuando agobiado por la ebriedad, la lujuría, la rapidez del paso del tiempo, el sin fin de imagenes vistas en una panorámica demasiado alta para mí aparecía la virgen de la imaginación. La cual, me conducía por derroteros tan hermosos como impensables cuyos pasajes ya sólo quedan a fragmentos en mí.


Quizás todo esto os parezca demasiado abstracto, muy cargado de conceptos y nada claro. Pero para mí es más simple y luminoso que el sol de cada mañana. A pesar de surgir esta iluminación mundana y carnal de valles cargados de tinieblas y neblinas, al final siempre nace un rayo de luz que le dota de sentido al nihilismo más extremo. Después de tanto tiempo pérdido, de tantas horas meditando sin extraer ningún pensamiento, de simplemente contemplar sin lograr ver nada, en medio de la pobredumbre y la decadencia más intensa -como suelen clasificarlo la mayoría de las personas comúnes- he encontrado la salida al atolladero que ha supuesto mi existencia. Y no es otra que la muerte.


¿Cómo llegué a tal precipitada conclusión? Muy sencillo. Si en los momentos mas oscuros de mi existencia, cuando estaba rodeado de todo aquello que se supone que no debía hacer, encontré de un sentido lúminico en medio de la bruma más oscura ¿Que otra cosa que no sea la muerte puede conducirme a que ese sentido sea inmutable, se quede estable sin olvidarse? En ese caso, he de suponer que la virgen de la fantasía me conducirá por ese largo sendero hasta la iluminación mundana sin que se llegue nunca a un fin ¿No es eso la eternidad? No importa, en todo caso sería mi particular eternidad cuya diosa no será otra que la imaginación.


He de reconocer que os he engañado un poco al principio. Escribí que esta carta no tenía otro motivo que no fuera el que tengáis una mayor comprensión de mí. Y al final, ha terminado siendo una carta que ha usado de ese pretexto para comunicaros que voy a morir. Aunque, pensandolo mejor... Tampoco es un engaño como tal. En verdad, que haya encontrado un sentido a mi vida por medio de la muerte gracias al poder y a la influencia que ha tenido en mí la imaginación es la mayor forma de comprenderme. Mas, en todo caso, así va a ser. Pienso morir. 


Sé que no lo comprenderéis, y lo lamento. Como igualmente lamento todos los disgustos que os he dado. Pero, al cabo, todos estos torcidos senderos me han conducido a esta parada, la última para mí. Al fin he encontrado una razón de ser, de existir en la ausencia de toda existencia. He visto la doble cara de la moneda, he comprobado que el mal convive con el bien, que la vida se resuelve en la muerte y viceversa, y que dentro de todo impulso de aceptación de los fenómenos hay una quietud que hace cesar todos los acontecimientos. Ahora por fin lo sé. Y eso me otorga de una calma y una plenitud pareja a la que pudiera tener un monje zen en los últimos instantes de su vida, una vez que ha comprendido el sin sentido de todo, y aceptandolo, paradójicamente ha llegado a una comprensión del mundo a partir de la negación del mismo. Algo similar me acontece a mí, pero a partir de las raíces de este mismo mundo. Negandolo y afirmandolo a su vez, fiel a mi espíritu contradictorio e incomprensible.


Creo que ya puedo atisbarlo. Todavía continúo con vida, sí. Pero escribiendo sobre estas cosas, recordando momentos sombríos e infames, puedo palmar superficialmente lo que me espera una vez que mi vida llegue a su fin en brazos de la muerte. Sí, puedo verlo. No con la suficiente nítidez, por otra parte. Mas, aún con ello, la virgen de la fantasía me hace señas desde la lejanía. Yo ya no puedo escribir más porque estoy temblando, y no tengo otra cosa mejor que hacer que acudir a su llamada...