sábado, 11 de abril de 2026

El flujo femenino

 ¿Cómo había llegado hasta ahí? No lo sabía. Y es mas ¿Quién era él mismo? Ahora empezaba a recordar, en tanto que iba paulatinamente levantando su cabeza que en ese momento se encontraba aposentada sobre la mesa. En ella, tenía sendos artilugios desperdigados, boligráfos, lápices, papeles diversos... Cuando miró a un lado y a otro, se encontró con que estaba rodeado por un gran número de gente, todos bien sentados y muy peripuestos, a diferencia de él que según pudo vislumbrar cuando miró en dirección a un material reflectante que tenía bastante cerca, tenía unas pintas arrapientas, desaliñadas, dejadas... ¿Y por qué no decirlo? La de alguien que está hecho un desastre tanto interior como exteriormente, lo cual actuaba como un reflejo.

Pero, ¿Y dónde se encontraba? Mientras lo meditaba, contempló a un hombre moreno muy peludo que no paraba de hablar, y que estaba situado justamente en frente de todos esos personajes reunidos. Algo de lo que trataba en sus medidas palabras le sonaba de algo, mas cuando se concentraba en lo que estaba diciendo, no lograba discernir del todo a qué apuntaba. Retornó a mirar a su lado, adoptando una perspectiva menos periferica y mas cercana, y localizó a su izquierda, a una chica muy timida que le miró de reojo asintiendo para sus adentros. Este gesto, esa mirada esquiva, y sobre todo los cabellos desarreglados de ella le hizo recordar... ¡Se encontraba en la academia de magia de nuevo! Mas, ¿Cómo era posible? Habían transcurrido largos años desde aquello... Y entonces, mientras indagaba para sí mismo, jugando con sus pensamientos, el profesor peludo cesó de hablar repentinamente ¿Se habría acabado la sesión? Miró hacía su reloj, y vió que este marcaba las seis y cuarto. No era así, en realidad las clases acaban a las nueve, así que en realidad...

El hilo de sus pensamientos se detuvieron en otra chica que tenía justo en frente, la cual se encontraba en compañía de un joven bastante mugroso que aparentaba más edad de la que probablemente tuviera. Los ojos se ambos se detenieron en su observante, y en tanto que los agudizaban con sorna, mirándole directamente, empezaron a increparle soltando sandeces y palabras impías por sus bocas. Al principio, nuestro joven brujo permaneció callado, como meditativo, para instantes después dirigir su mirada a la compañera que tenía al lado, a la que susurró con evidente perplejidad: "¿Se puede saber qué le ha pasado a Marisa? Antes permanecía junto a nosotros, los marginados y los desesperados, y ahora..." La otra volvió a asentir, mas calló. Y entonces, el brujo cerró los puños con evidente impotencia, mientras recordaba el nombre de aquella joven de cabellos violáceos y ojos verdosos, y sin pensarselo mucho, la increpó a ella y a su compañero, dejándoles claro que no le iban a escarmentar tan fácilmente. Era verdad que nadie le tomaba en serio, ni siquiera sus maestros, pero no iba a dejar que sus palabras le atravesaran, iba a asentar su poderío interno frente a los escarceos ajenos.

Entonces, volvió a comenzar la clase, y mientras el maestro señalaba algunas pautas preliminares, les pidió a sus estudiantes que le hicieran el favor de leer en alto los textos que tenían ante sus ojos. Y en tanto que los alumnos que estaban cercanos al brujo iban tomando el hilo de la lectura, este se encontraba claramente pérdido. No sabía dónde se habían quedado, ni mucho menos sobre qué trataban. Cuando le llegó el turno, parecía que justo se había ubicado. Mas en cuanto plantó sus aturdidos ojos sobre las páginas y comenzó a leer donde se suponía que se había quedado el compañero anterior, las letras y las palabras dieron con el capricho de flotar ante su perpleja mirada, descolocándose y adoptando así las frases de un sentido completamente opuesto al anterior. A pesar de ello, inspiró sacando fuerza de la flaqueza, y continuó leyendo como si no hubiera pasado nada... Pero si que pasaba, estaba leyendo un texto que no era el mismo al de el resto de la clase, se trataba de un esbozo poético y no de un tratado alquímico que era lo que leían los demás. Cuando estos cayeron en la cuenta las risas dieron por aflorar al rededor de la sala, en tanto que la sensación de vergüenza y costernación del brujo aumentó, crispándole los miembros y empalideciendo su semblante...

Y así el soldado-brujo del presente, despertó. Todo él cargado de sudores fríos y de temblores inconscientes, bebió de unos tragos de la bebida que tenía en la cabecera de la cama, y secó el sudor que le perlaba la frente con las sábanas que tenía bajo su cuello. Se preguntó así mismo: "¿Cómo era posible? ¿Un sueño dentro de un sueño? ¡Si estaba en el mundo onírico! ¿Se podían tener sueños que se solapasen unos a otros como si cualquier cosa? En ese caso, si eso era así, ¿Cómo podía saberse cual sueño era el primigenio? Y lo que es más, ¿Sabíamos cuando estabamos despiertos si nos hallamos inmersos en esa cadena onírica?" Disipó estas dudas bebiendo frenéticamente de aquella botella cargada de alcohol barato, pero cuando el líquido se aposentó en su estómago, estas retornaron con todavía mayor fuerza. Si sus indagaciones apuntaban certeramente en ese terreno, entonces se podía sacar partido de esa insólita confusión, y conducirse así a terrenos que hasta entonces le eran inexplorados ¿Quién sabía a dónde le llevarían? Ni él mismo podía dar una respuesta adecuada a susodicha pregunta, y quizás ello le animaba a seguir sumergiéndose en esa odisea metáfísica.

Para despejarse un poco salió al jardín de cara a respirar aire puro y no tan viciado como el que poblaba su habitual cueva aislada del resto de habitaciones. Al principio todo era como siempre, un cielo con escasas nubes dispersas que se aposentaba sobre las plantas nutridas de malashierbas que lo llenaban todo, mas en cuanto alzó su mirada un tanto más, localizó que algunas de sus pertenecías pasadas por la colada estaban levitando cercanas al tejado de su hogar, suspendidas, congeladas como si tal cosa a bastante altura. Esto no era la primera vez qué ocurría, desconocía la razón pero por lo visto a algunas gentes gustan de lanzar sus cosas en barreños de plástico, o en cestas de mimbre, y dejálas ahí colgadas del cielo, a espera de que el viento se las lleve, o que estas vayan cayendo por su propio peso. Forzando este proceso, el soldado-brujo se hizo con algunas piedras, y comenzó a lanzarlas en dirección a la colada. Pero con ello, sólo logró hacer caer a una manta grisácea que vino a posarse sobre el agua de la piscina, en tanto que lo demás permaneció ahí flotando como si tal cosa. Quizás había logrado desplazarlo algo, mas al final desistió en pérder su tiempo en aquellos jueguecitos de niño.

No tenía tiempo que perder, debía reunirse ese día con un conocido que le otorgaría los resultados de un analísis interno de flujo vital que el mismo soldado-brujo le había pedido. Así que limitándose a ponerse una capa mugrienta encima, salió corriendo de su hogar como si tal cosa. De forma bastante autómatica, atravesó una calle y otra en tanto que evitaba enredarse en demasía en sus propios pensamientos. A menudo, por dejarse llevar por sus inusitados ensimismamientos, había llegado a perder el rumbo, y en vez de llegar a la zona a la que requería llegar, acababa en otro lugar que no había reclamado su presencia. Así que esta vez decidió ir directamente al grano, evitar los tramos secundarios, e ir en línea recta sin entretenerse mucho en el camino.

En cuanto llegó, se encontró con que Seimbó -el analista de flujos vitales y enérgicos- le recibió en su despacho con un gesto grave, enarcando las cejas de manera que estas parecían parodiar un símbolo de interrogación. El soldado-brujo le saludó con la gravedad que requería la situación, se sentó delante del mismo y permaneció callado durante unos segundos, mirándole eso sí directamente a los ojos. Viendo que este no se terciaba a hablar, hizo cesar al silencio con un exclamativo "qué" que vino a retumbar en la sala, formando así unos sucesivos ecos que acabaron haciendo que el panorama fuera todavía más desolador que cuando permanecieron callados. Al final, tras unos instantes de duda, Seimbó decidió hablar con prudencia en tanto que le iba tendiendo una hoja donde se mostraban los resultados en una serie de gráficas y de esquemas indescifrables. Lo que vino a decirle era que a pesar de que los resultados no eran alarmantes teniendo en cuenta su perfil, una particularidad le turbó bastante, y esta era que según esos resultados, el gen enérgico que portaba era femenino. A saber, que en resumidas cuentas, su flujo vital era el de una mujer, o sea, que el mismo era una mujer a pesar de su apariencia varonil.

El soldado-brujo se estremeció, abrió sus ojos como platos y le preguntó sin mas dilaciones que cómo aquello era posible, mas tras un estrechar dubitativo de hombros, Seimbó le dijo que no lo sabía, mas que consultase con sus propios ojos las tablas que tenía ante él, que estas le iban a comunicar con mas lujos de detalles lo que él mismo le había dicho escasos segundos antes. Así lo hizo, y efectivamente, ahí se discernía que a pesar de que su compostura corporal era la de un hombre, su gen interno era el de una mujer. Es decir, que en realidad, su avatar predecesor era una mujer. Como demostración a esto, sólo había que consultar esas páginas en las que se vislumbrara que tantas eran las sombras que lo poblaban, que estas se habían aunado desde su nacimiento formando un estracto de naturaleza femenina en su seno, haciendo que él mismo fuera una mujer a pesar de lo que su cuerpo le mostrase de cara a lo externo. Sin decir nada más al respecto, ni revelar sus pensamientos al investigador, salió de la sala sin despedirse tan siquiera.

Mientras iba andando, deambulando por la zona, le dió sendas vueltas al tema. No le turbaba el hecho de ser una mujer internamente, lo que le ocasionaba una crispación que no lograba apaciguarse era que él mismo no se había dado cuenta de esta realidad. Nunca tuvo un conflicto con su interioridad y lo que le era externo en el cuerpo, el cual con un sólo vistazo atestiguaba que era el de un varón. También conocía su clara vinculación con los aspectos femeninos de la vida, mucho mas ligados a las sombras a la par que a la naturaleza que lo masculino, siempre mas estrechado en unos límites artificiales que siempre le resultaron ajenos. Quizás aquellas consideraciones supusieran una pista, un camino que ya vislumbraba de soslayo, pero que nunca se atrevió a seguir. Debería haberlo hecho, pues si se hubiera encaminado por ahí quizás habría llegado por sí mismo a los resultados de esa analítica que ahora le desconcertaba. Tendría que haber indagado mas en sí mismo en vez de lanzarse guiado por sus intuiciones a aventuras tan extrañas como las que había vívido, pero después de todo se preguntaba: El saberlo antes como el saberlo ahora, ¿Cambiaba algo después de todo?

Y en tanto que se dejaba llevar por el flujo sin fin de estos caprichosos pensamientos, un hombre le vino al paso, cercándole el paso con un gesto de fingida amabilidad. Aquel hombre le sonaba de algo, le parecía que ya le había visto en otra ocasión precedente, pero ¿Cuando? No tenía absoluta idea de exactamente cuando en el tiempo. Este le invitó como si cualquier cosa a que entrase a su morada, y el soldado-brujo sin saber por qué, le acompañó al interior. Y mientras le iba conduciendo con leves empujoncitos que molestaron un poco a nuestro protagonista, iba soltando por su pestilentes labios una sorna de palabras inexplicables a la par que banales que el soldado-brujo se dedicó convenientemente a eliminar de su mente en tanto que estas eran pronunciadas. Algo en este hombre le era tremendamente desagradable, y aunque no sabría apuntar con certeza a qué era, decidió como siempre hacía dejarse llevar por su insospechada intuición, y mantuvo consecuentemente con ello, un aire de secreta reserva.

Finalmente llegaron a una sala bastante elegante que daba a un jardín lateral, ya era de noche y el viento soplaba melodioso, con una parsimonia medida de acuerdo con el orden universal, y sentándose el uno frente al otro, mientras el hombre charlaba sin parar y el soldado-brujo se limitaba a ignorarle, una mujer en apariencia anodina se sentó a su lado. Nada más hacerlo, el soldado-brujo la miró con descaro directamente, y reconoció a través de sus facciones inconfundibles a Marisa, aquella mujer que había sido soñada dentro de otro sueño, y que hasta entonces, pertenecía a la esfera del recuerdo. Al reconocerla a ella, reconoció al hombre que le había llevado hasta ahí, aquel taimado ser desarreglado que tanto repudio le hacía sentir. Y sin mediar palabra alguna, haciendo uso de su magia negra, alzando su indice en dirección al mismo, atacó su rostro con saña, provocando que este se desfigurara mientras coagulos de sangre impregnada y casi seca le pululaba por todo su rostro.

Al recibir tamaño ataque, obviamente aquel hombre se puso a la defensiva, se echó hacía atrás en su silla, y comenzó a reírse proliferando en sus labios las más cruentas blasfemias a la par que sentenciando que sus hechizos no podrían matarle, a lo sumo reducirle. El soldado-brujo le respondió mientras proseguía su acelerado ataque, que eso ya lo sabía, que no pretendía matarle, sólo quería convertirle en el guiñapo que en realidad era. Y esta respuesta, tan anécdotica como sentenciosa, hizo que lo que en ese momento era un coágulo de sangre inmenso, adoptase un gesto de sorpresa a pesar de que ya no existía ni semblante alguno ni rasgos en el mismo que permitieran atisbar algún tipo de sentimiento. Aquello era ya una cosa palpitante de sangre, y en modo alguno un ser humano, incluso denominarlo ser provocaba duda, y percátandose de ello aquella cosa pringosa y deleznable, se retiró de ahí, como buscando cobijo en las sombras de una noche cerrada que reclamaba su imperio.

Justo después de este acontecimiento, el soldado-brujo posó su mirada sobre Marisa, y sin mediar palabra alguna con la misma, un secreto fulgor de sus escrutadores ojos pareció entender que él le perdonaba el pasado, que la perdonaba a ella y a su juvenil traición. Así que se levantó, e inclinándose para despedirse con cortesía, salió de ahí mucho mejor a como había entrado, en completa soledad.

Instantes después se encontraba caminando sobre los pavimientos húmedos de la urbanización, los cuales eran iluminados por la palidez de la luna y su coro de estrellas, y estas le llevaron con sus señas noctunas a salir de ahí, y atravesando una carretera cada vez más desvencijada, se fue alejando todavía mas de la parte habitada por la sociedad para internarse en la bruma y los dispersos arboles del campo en la noche. Una vez allí, fue internándose cada vez mas en un prado seco y desvencijado que le era harto conocido, hasta que sus piernas se sintieron bastante cansadas, y alzándose, comenzó a sobrevolar, a subir cada vez mas alto situándose finalmente en una inmensa roca que coronaba una montaña. Y desde allí, admiró la belleza de la luna, esa secreta diosa de los antiguos que nos incita a tener pensamientos nostálgicos a la par que meláncolicos. Ni él mismo sabe cuanto tiempo pasó ahí sentado, en idéntica postura, contemplando con sus ojos desorbitados el hermoso paisaje que le ofrecía la noche, mas poco importa ya que sin lugar a dudas, si alguien le hubiese preguntado cómo se sentía, él hubiera respondido que estaba en paz consigo mismo.

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