domingo, 19 de abril de 2026

Señales y presagios en el cielo nocturno

 Era una noche apacible. Una de esas noches que invitan a la contemplación plácida a la par que a la introspección en tanto que uno vislumbra a través de las estrellas algo de sí mismo. Tumbado sobre la hierba fresca, sin temor alguno a la intrusión de los insectos que palpan el cuerpo de uno, uno se ensimisma a la par que contempla el cielo nocturno con un secreto deleite. Es este un placer que me rallo, que evito depositar sobre oídos ajenos, y en el cual me abismo siempre que puedo. Y en tanto que observo este inmenso cielo que me sobrepasa, sintiéndome muy pequeño, prácticamente ínfimo en comparación a tales hermosas latitudes, doy pie a las reflexiones mas abstractas que uno puedan imaginarse. Tan oscuras y enrevesadas son, que me cuesta describirlas con palabras, quizás sea mejor explicarlas con un inteligente silencio.

Mientras yo estaba indagando en susodichas tesituras alentadas por el aire de la noche, de repenté vislumbré entre las pasajeras nubes que transcurrían con inusitada lentitud una serie de líneas de colores. Al principio pensé que se trataba de mi imaginación, incluso de algún tipo de error visual, mas al verlas repetirse entre el apagado fulgor de las estrellas, me cercioré de que eran reales. Entonces dí en las mientes con la idea de que quizás suponían el anuncio de una tormenta, pero no... No se trata de una tormenta del tipo común, puesto que las tormentas no dan cabida a tal policromía. Se trataba de tres tipos de líneas de colores, de rayos o de meteoros fulgantes. Uno de color azulado, otro verdoso, además de otro amarillo ¿Habría perseidas esta noche? Pero no, tampoco es posible. Las perseidas no caen así de rápido, y se desvanecen al instante, estas en cambio parecen aletargarse en su caída, quedarse como suspendidas y luego descender hacía un punto localizable aunque lejano. Parecen mas bien meteoros, gran cantidad de ellos que nos invaden desde lugares remotos del espacio. Y en tanto que pensaba estas cosas, caí dormido sin poder evitarlo.

Al día siguiente encontré la mañana como más callada, diafana incluso. No se escuchaba ruido alguno, ni tan siquiera el cantar de los pajaros como tampoco el susurro del viento atravesando arboles y casas. Aquello me turbó un tanto, mas despejé toda sensación de extrañeza, y me limité a dar rienda suelta a mis tareas cotidianas antes de salir. Aquel día debía hacer una serie de recados rutinarios, de esos que nunca apetecen al paladar pero que no pueden dejarse sin hacer. Una vez que estuve preparado, salí con premura de mi hogar, y me encaminé por la calle principal. Ahí tampoco había ruido alguno, a excepción de algunas hierbas correderas que pasaban por ahí, impulsadas por un vendaval en incógnito que no existía. Pero no podía detenerme en tales contemplaciones, debía seguir hasta mi objetivo para después disfrutar de una tarde de sosiego dedicada a mí mismo.

Pero al avanzar escasos pasos, me topé de bruces con algo cuanto menos estraño que en ese momento no sabría decir que era. Parecía una figura semi-humana, agitándose como en espasmos, adornado la calzada con su presencia extraña. No pude evitar que me comiera la curiosidad, así que me acerqué un tanto para comprobar qué era aquello. Y descubrí a una cosa, o a un ser -no sabría cómo denominarlo con seguridad- que tenía toda su piel -si se trataba de eso- como acartonada, cual si fuera madera pudrefacta, que se desplaza como a ralentí haciendo circunferencias con lo que aparentaban unos miembros cargados de ventosas. Aquello me produjo una sensación de incomodidad y de asco que sólo pudo aumentar cuando aquella cosa pareció dirigirme unas palabras entrecortadas. Tuve que agudizar mucho los oídos y colocar sus sílabas en mi mente para entender el mensaje, puesto que su voz estaba tan quebrada como la superficie que lo adornaba. Puede entender que me pedía ayuda, mas yo no sabía qué diantres podría hacer en favor de esa masa acartonada gimiente, así que decidí huir de ahí con premura en aras de encontrar a alguien que supiera del tema antes de remprender mis tareas.

Cuando llegué a la zona central de la urbanización, aquello era un caos silencioso. A primera vista parecía que aquello se encontraba completamente aislado, despojado de toda humanidad, mas si uno ampliaba su vista en dirección al horizonte, podía atisbar a través de la luminosidad, que había una serie de figuras que se desplazaban aquí y allá con inusitado frenesí. Perplejo me encontraba sin comprender nada, hasta que una temblorosa mano amiga se apoyó en mi hombro y me susurró palabras cargadas de dudas que pretendían transmutarse en consuelo. Se trataba de Riffel, un joven moreno y de ojos vivaces del que estaba orgulloso de considerar un amigo. Acto seguido, le conté lo que me había ocurrido instantes antes, a la par que le pregunté qué demonios estaba pasando. A esto surgió un extenso monologo por parte de él que no logré comprender debido a su complejidad y a la premura con que fue pronunciado, así que decidí que hablaramos sosegadamente en algún lugar apartado, y así hicimos.

Una vez ahí me contó que nos encontrabamos en el final de los tiempos, que unos rayos del cielo habían descendido y habían transmutado a nuestros semejantes, que por lo que pudo comprobar e investigar la pasada noche, supo que esos rayos al caer sobre las personas les afectaban de diferentes maneras, y que una vez que estos cambiaran de forma, se volvían unas criaturas incontrolables que iban aquí y allá con propósitos ocultos, a la par que la mayoría de ellas parecían estar confusas, como sumidas en el sopor que antecede a la muerte, pero que ello no debía llevarme a engaño, porque en cuanto tenían oportunidad se abalanzaban contra uno. Ya me estaba dando un ejemplo de uno de esos casos acaecidos a él mismo cuando una sombra se cernió sobre nosotros, interrumpiéndonos sin consideración. Mas cuando no fijamos en el intruso no pudimos evitar temblar, pues se trataba de una mole cenagora que parodiaba una figura humana, que se desplazaba lenta aunque decididamente en nuestra dirección, y que por sus movimientos traicionaba una intención claramente hostil. Ya podía sentir su hedor a agua estancada, cuando mirándonos a los ojos decidímos escapar como sea de ahí.

Salimos por patas, al principio hacía ninguna parte, mas como animados por un interior resorte que nos permitía comunicarnos sin necesidad de palabras, decidimos tomar el camino principal en dirección a la ciudad ¿Que por qué? No sabría afirmarlo con seguridad, supongo que intuitivamente pensábamos que allí habría mas gente en estado normal, o que se habría armado como una especie de refugio para sortear a aquellos seres que habían dejado su humanidad atrás una vez que tuvieron contacto con los rayos. Así que procurando alejarnos lo menos posible el uno del otro, emprendímos nuestra travesía con la esperanza de ser salvos. En la medida en la que huíamos, podíamos atisbar extrañas sombras que se desplazaban de forma desacompasada en los campos y en los pequeños bosquecillos que nos circundaban, pero esto lejos de detenernos en nuestro propósito, nos animó a huir con mayor premura, en aras de alcanzar un objetivo que hasta entonces nos resultaba indefinido.

Además, habida cuenta de lo que nos ocurrió por detenernos una vez a descansar, nos encontrabamos curados de todo espanto. Puesto que mas o menos en la mitad de la travesía decidimos aposentarnos sobre una inmensa roca que estaba allende al camino, y mientras estabamos buscando entre nuestras mochilas algún tipo de refigerio para calmar nuestra sed y desenterrar nuestro hambre, noté a mi espalda como un roce. Al principio no le dí la menor importancia, pensé que se trataba de la mochila de mi propio amigo, e incluso una mala hierba que estuviera en el camino. De hecho, opté por esta última opción en tanto que su roce recordaba a eso mismo, pero en cuanto me giré para apartarlo ya que me estaba empezando a incomodar, descubrí que justo a nuestras espaldas se encontraba una especie de arbol que se desplazaba. No pude explicarme aquello hasta que recordé el monólogo de Riffel, y entonces me percaté de que aquella forma vegetal, antes era una persona, y que ahora entre sus venas, músculos y nervios crecían raíces, corteza y hojas, y sin pensarlo dos veces, retornamos a salir pitando de ahí sin importarnos el abastecernos en esos momentos.

Tras larga e inenterrumpida huída llegamos a nuestro destino, y nos encontramos con una tremeda decepción. Ahí no había rastro de vida alguna, a excepción de esos seres que se desplazaban con su acostumbrada y parsimoniosa lentitud. Casi creímos haber perdido la esperanza hasta que localizamos una especie de local que aparentaba ser un teatro un poco más alejado del centro, la animación de sus luces y el ruido que parecía proferir de su interior nos animó a dirigirnos hacía ahí. Además, ya era de noche, y ya podían vislumbrarse aún en el contaminado cielo de la urbe que aquellas líneas de colores parecían plagar el cielo con sus inusitados fulgores. No queríamos convertirnos en aquellas cosas, y por tanto pensamos que encontrarnos en un lugar a cubierto nos ayudaría a sobrevivir.

No nos costó mucho alcanzar el mencionado lugar, como tampoco desplazar las inmensas compuestas que adornaban la entrada. En cuanto nos internamos en sus sombras, nos recibió un hombre muy estrafalario y de finos y rubicundos cabellos, la primera persona que veíamos -a parte de nosotros mismos- tras el comienzo de aquel desastre. Este tras breve presentación nos condujo a una sala abarrotada de gente, y respondió a nuestras dudas siempre con una sonrisa impresa en su semblante. Disolvió nuestras incógnitas con relativa facilidad, indicándonos que aquellos rayos efectivamente caían sobre las personas y las transmutaban en diferentes formas, pero que no se trataba de una selección aleatoria. Aquellos rayos en forma de meteoros caían dependiendo del carácter de las personas de un color u otro, así nos explicó que los rayos azules volvían a las personas del elemento agua, los amarillos del fuego y los verdes en el tierra. En la medida que lo explicaba, recordé las diferentes criaturas antes humanas con las que nos habíamos topado, desde el ser acartonado que efectivamente parecía haber sido arrasado por el fuego, pasando por aquella masa acuosa y culminando en la planta viva que nos atemorizó.

Cuando le preguntamos a aquel extravagante hombre si aquellos seres eran peligrosos, dijo que no, que lo único que pretendían eran que adoptasemos sus mismas formas para ser asumidos por su esencia. Esta respuesta nos pareció confusa, pero aún más cuando pasó a comunicarnos que en aquella sala abarrotada de gente que en esos momentos estabamos atravesando se pretendía redirigir susodichos rayos de colores para que todos los presentes se transmutaran en los seres en los que estaban destinados a convertirse. Nada mas decir esto, el techo se abrió, dejando entrar la brisa nocturna, y con ella, las líneas de colores que ya penetraban por toda la sala, metamorfoseando a los presentes ante nuestros aturdidos ojos. Nosotros no queríamos participar en aquello que nos parecía antinatural, y salimos escapotados de ahí tal como habíamos entrado.

Pasamos toda la noche y gran parte del día siguiente escondidos en algún edificio abandonado, temiendo al principio que aquellos seres nos encontrasen, mas después abandonados por el cansancio terminamos sumidos en un sueño que nuestro propio cuerpo nos propició para recuperarnos del cansancio acumulado. Cuando nos despertamos, ya era la tarde del día siguiente, y en tanto que salíamos de nuestro escondrijo atisbando lo que teníamos al rededor, recordé como de sopetón a un amor del pasado, y sin razón de ser, pensé que si la humanidad se encaminaba a su extinción siendo sustituida por todas aquellas cosas, debía al menos despedirme de ella y disculparme por lo que la hice pasar. Así se lo comuniqué a mi amigo, el cual asintiendo sin poder evitar conmocionarse un tanto por mi proposición, me indicó el camino a seguir.


Así pues, sorteamos los apartamentos, los edificios ruinosos y las tiendas cerradas, en tanto que atisbabamos en las sombras aquellas cosas que se desplazaban a un lado y a otro, como acechándonos en aras de convertirnos en una de ellas. Justo este pensamiento me dió pie a recordar que de hecho una de ellas me había rozado la espalda el día anterior, justamente por la parte del hombro derecho para ser exactos, y así descubrí que por esa zona ya empezaban a sobresalir lo que parecían pequeñas fibras que aparentaban ser raíces. Sin embargo, ni aún el escalofrío que en ese momento me recorrió la espalda hasta aposentarse en mi alma me detuvo, y continué con la travesía hasta que llegamos a puerto. Justo antes de entrar a la estación de trenes, le comuniqué a Riffel mi descubrimiento, y aunque nada mas decirlo este abrió sus ojos con desconcierto, instantes después, liberando aire de sus labios me indicó que con mayor razón debíamos emprender ese viaje en aras a que me reconciliase con mi antiguo amor.

Para sorpresa de ambos la estación de tren se encontraba en funcionamiento, mas también atestada de multitud de personas que buscaban huir de la ciudad en vías de encontrar un destino más seguro a la par que apacible. Mientras ibamos avanzando en dirección a la línea de tren que correspondía a la zona donde buscaba dirigirme, me dí cuenta de que yo no era el único que estaba empezando a metamorfosearme, había mucha otra gente que estaba en idéntico estado de avance en su transformación sino en uno todavía mayor, que quizás pretendían como yo mismo el reconciliarse con una persona en particular o con el mundo en general antes de acabar soterrados en los elementos. Estos pensamientos me hicieron fijarme en mi hombro, descubriendo para mi propia sorpresa como también para la de mi compañero, que ya de las hebras comenzaban a despuntar unas pequeñas hojas. Era inevitable de que tarde o temprano sucumbiría, y me convertiría en aquello que días anteriores me había asustado, pero no lo haría, me negaba a aceptarlo, antes de despedirme de mi amor del pasado.

Y así, logramos internarnos en el tren que nos llevaría hasta ahí. Desconozco cómo lo logramos, teniendo en cuenta que aquello estaba a reventar de gente desesperada, unas en plena transformación y otras con temor de estarlo ellas mismas si permanecían mas tiempo ahí. Pero el caso es que lo conseguímos, llegamos a un vagón que estaba bastante despejado a excepción de unos ancianos que estaban adormilados a considerable distancia de nosotros, y ahí nos aposentamos ambos, mirando siempre en dirección a la ventana. Durante el viaje no hablamos mucho, y aún teniendo en cuenta esta escasez de palabras, nos lo dijimos todo. Estaba claro que pronto sería una de aquellas cosas, de que pretendía que mi fiel amigo acabara con mi vida si llegaba el caso, y confiaba de que él llevara a termino susodicha tarea. No se necesitaron palabras, ambos sabíamos lo que hacer llegado el momento. Así que nos limitamos a contemplar los campos desiertos que nos rodeaban, siempre con un secreto regocijo palpitando en nuestros corazones a pesar de la melancolía.

Una vez en la última estación, que era la que nos correspondía, salí radiante a la luz del día. Quizás esta secreta alegría era una mezcolanza de mi añoranza por la reconciliación, a la par que el sentir que la luz del sol ya penetraba mis incipientes ramas que crecían a mis espaldas, darme cuenta de esto último me turbó no poco, mas eso no evitó que continuase avanzando. Nada mas recorrer las calles principales cercanas a la estación, me embargaron los recuerdos de otro tiempo, y a pesar de los años transcurridos, lo recordé todo como si fuera ayer. Avancé con un secreto regocijo que se transmutaba en las palpitaciones de mi pecho, lo recordaba todo cual sucesión de fotogramas vislumbrados a escasas horas. Quería ir aquí y a allá hasta encontrararla, recordar con los pasos mas que con la mirada, y así partir de este mundo con el bienestar interno de marchar en paz. No sé cuanto tiempo estuvimos yendo de un lado para otro, viendo un lugar que me recordaba a tal acontecimiento en tanto que otro me despertaba recuerdos que creí tener enterrados en la memoria.

Una cosa llevó a la otra, y se hizo de noche sin que yo pudiera encontrarla. En la medida en que las sombras iban opacando el bello fulgor del atardecer, mi ánimo exaltado fue hundiéndose en la melancolía, a la par que las ramas y las raíces que crecían en mi interior fueron haciéndose cada vez mas profusas y fuertes. Derrotado, me senté en la entrada de un puente en el que recordaba haber pasado una noche en compañía de mi antigüa amada, y a pesar de que mi compañero me insistió en proseguir con la búsqueda yo lo negué con la cabeza, en tanto que le indicé con un gesto, que las líneas de colores ya retornaban para apoderarse del cielo nocturno. Así que le indique que se marchara, que mantuviese su humanidad incomune mientras pudiera, y aunque al principio se negaba a ello, finalmente terminó por ceder, quizás ya viendo que mi transformación continuaba su avance a pesar de nuestras insensatas esperanzas.

Ya en completa soledad, atisbé en el cielo nocturno embriagado, encontrando belleza en el mismo del mismo modo a como lo encontré aquella noche cuando empezó todo. Quise dedicar mi último pensamiento a aquella amada del pasado, por si mis buenos deseos le pudieran llegar de un modo u otro, aunque fuera por mementopsis. Y entonces, muy cerca de la luna que brillaba con su acostumbrada hermosura, tres de aquellas líneas de colores, una azul, otra verde y una última amarilla, se fusionaron en una sola, haciendo una inmensa línea de color que parpadeaba intercalando los tres elementos, y que iba en mi dirección. Justo antes de impactar sobre mí, creí atisbar el semblante de mi amor, y quizás por ello mismo, recibí su impacto con una sonrisa, como quién acepta una profecía.

Así, mis raíces, ramas y las pocas vertebras que me quedaban humanas, fueron calcinándose paulativamente hasta que mi ser entero fue pasto de las cenizas. Pero el asunto no culminó ahí, porque una vez que pasé de humano a arbol humanoide, y de ahí a diversas cenizas dispersas, la brisa nocturna desplazó a todos aquellos pequeños yoes y nos condujo lejos, quizás en dirección hacía donde se encontraba aquella amada con la que deseaba reconciliarme. 

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