domingo, 15 de febrero de 2026

Relato de un demonio

 Aún recuerdo cuando todavía vivía sobre el éter junto a mis hermanos, en aquel edén paradisíaco donde todo era felicidad, sabiduría y plenitud. Allí no existía el tiempo, ni la zozobra ni mucho menos el dolor, ese desconocido de los abismos siderales que sólo sabían ascender ad infinitum. Todos nos amabamos, amabamos a nuestros hermanos, a los elementos espirituales que nos rodeaban, a los entes que creabamos por mero amor, y sobre todo amabamos al Señor Creador, el cual siempre nos recibía con una alegría parpable en su eterna presencia. Al principio todo iba viento en popa, vivíamos sobre la calzada celeste cual si cada uno de nosotros fueramos los miembros de un cuerpo, si uno se movía, los otros también lo hacían, si se detenía así lo hacíamos igualmente, cada aprendizaje era un movimiento conjunto, cada reflexión una suspensión de las potencias espirituales que nos servía de impulso para continuar ascendiendo sobre una eternidad indomable.

Pero, no se sabe cuando ya que las determinaciones temporales eran una utopía en aquel lugar sin espacio, de repente nuestro Creador comenzó a comportarse de una forma un tanto extraña. Se le contemplaba ensimismado, centrado en problemas que no nos comunicaba, por primera vez su pensamiento no era palabra, sino un callado silencio que nos abismaba en la duda, otro elemento que nos era desconocido hasta entonces. Menos mal que teníamos al Maestro junto a nosotros, el cual siguió instruyendonos, dandonos consejos sobre las potencias espirituales e incitándonos a que indagaramos en cada uno de nosotros para que los miembros del cuerpo, recios, fueran capaces de seguir manteniendo al resto del cuerpo en funcionamiento.

Por aquel entonces de una nada indeterminada, el Maestro comenzó a discutir con el Creador, por primera vez parecieron no estar de acuerdo. El Creador se comportaba como un niño caprichoso y egoísta, no escuchaba la sabiduría que guardaba el Maestro, es mas, le amonestaba muy severamente, su ira y su cólera era tan tremenda que todos nos escondíamos asustados. Todos excepto el Maestro, el cual afrontaba tal tesitura con valentía, algo que antes congraciaba al Creador, mas en los últimos tiempos sin medida parecía que eso también había cambiado, no quería saber nada de lo que el Maestro decía y se mostraba taciturno sobre cuestiones que antes debatía con libertad y tolerancia sin ningún problema. Así que muchos de nosotros decidimos seguir al Maestro, escuchabamos atentamente sus encomiendas sobre el valor de cada uno de nosotros, sobre la libertad de ser y de hacer, así como también sus meditaciones en torno a asuntos sumamente profundos que me serían muy dificiles de determinar aquí.

Mas todo llegó al colmo de males -nosotros que por entonces sólo conocíamos de bienes, no existía dualidad alguna- cuando el Creador tuvo que crear a un nuevo tipo de criatura de la que se encaprichó. Decía que aquellos seres eran a su imagen y semejanza, que compartían la misma dignidad que nosotros y que a partir de ahora iba a centrarse mas en ellos porque estaban desvalidos en un segundo edén que Él mismo les otorgó. Muchos de nosotros no comprendríamos ese capricho tan raro, aquellos seres eran nauseabundos, habían sido creados del elemento tierra que era el mas bajo de toda la creación, parecían seres incompletos, sin formar, sin determinar, en suma, imperfectos. El Maestro también lo consideraba así, pero lejos de atender a sus palabras, el Creador se encolerizó como nunca y le mandó callar como un niño tirano al que no se le puede quitar su nuevo juguete favorito. Obviamente, todos quedamos impresionados por el autoritarismo de este, a la par que admirabamos la tenacidad del Maestro, cuyas palabras siempre eran de una coherencia inigualable.

Entonces, el asunto fue tornándose cada vez más álgido, incluso se desató una guerra entre quienes pensabámos como el Maestro y quienes se sometían a los mandatos del Creador de manera inflexible, sin meditar ninguna de sus ordenes. Mientras nosotros nos armabámos con la verdad y la sabiduría, nuestros contrarios lo hacían con el sometimiento y la dictadura celestial, y al final fueron tantos los que prefiríeron la senda más sencilla que por una cuestión meramente cuantitativa, fuímos derrotados y exiliados a los abismos de la oscuridad y de la incomprensión, todo ello porque el Creador no quería que nadie le desobedeciera en lo más mínimo, y quién se atreviera a hacerlo, le esperaba el caer sumido en las llamas hacía su destierro.

A partir de aquello, muchos de nosotros vivimos en la ignominia y en el destierro, obligados a andar en el ostracismo tan sólo porque queríamos tener una voz, despreciados frente a una criatura que fue imperfecta desde el comienzo. Incluso, cuando el Maestro procuró otorgales el conocimiento y el discernimiento de su situación a la par que la distinción entre bien y mal según la moralidad que recientemente habíamos descubierto, el Creador se enfadó tanto que también desterró a sus supuestamente amadas criaturas a una esfera inferior. Lo curioso que aconteció a partir de entonces, era que esas criaturas que tanto divertían al Creador, sufrían constantes castigos y privaciones tan sólo porque al Creador así le placía, y cuando si por lo que fuera, nosotros intentabamos ayudarlas otorgándoles sabiduría, voluntad y libertad, Aquel se enfurecía todavía más y contaba viles mentiras sobre nosotros. Por ejemplo, cuando inspirábamos a los sabios entre ellos nos denominó demonios como si eso fuera algo tremendamente negativo, cuando les enseñábamos la individualidad y la toma de decisiones llamaban herejes a quienes nos escuchaban, e incluso cuando les ilustrabamos sobre saberes que les permitirían alcanzar la plenitud que nosotros conocímos antes del destierro, quemaban y maltrataban a nuestros seguidores como si fueran locos y desquiciados. Parecía que cuando intentabamos acercarnos lo más minímo a aquellos seres para advertirles del peligro que corrían si seguían ciegamente enseñanzas que desconocían, cada palabra que les ofrecieramos o técnica que les otorgasemos, se convertían instantánemente en algo negativo, así ocurrió con la sabiduría, el placer, la individualidad y la libertad de pensamiento, algo que les sería tan beneficioso se tornaba algo horrendo que merecía castigo.

Aquel delirio llegó a su máximo esplendor cuando aquellas criaturas inspiradas por la tiranía y el sometimiento del Creador, formaron diferentes grupos opresores que se instauraron de cara a atosigar a las criaturas que pretendían escapar del yugo que estás les imponían. Así fabricaron una serie de libros muy distintos a los que nosotros inspiramos a los mas sabios entre ellos que versaban sobre someterse sin indagar en las razones de ese somentimiento, a seguir a un guía que les persuadía a que persiguiesen los intereses de su secta, a despreciar todo aquello que oliese al más minímo conocimiento, y lo que mas nos dolió a nosotros fue que se nos representase siempre tan horrosos y despreciables, que lo demoniáco fuera algo nefasto per se, que nuestro Maestro fuera visto como un resentido y que nuestra prole que nos conocíamos con sensatez y liberalidad fueramos vistos como tentadores que quisieran arrastrar a las criaturas a un tormento eterno. Nada mas lejos de la realidad, pues nuestro infierno, dónde acudían quienes entre ellos habían luchado por la libertad y la decencia, es un lugar donde se profesa un culto al saber, a la libertad a la hora de dar rienda suelta a los placeres y donde todo despreciado o marginado es admitido como un hermano más. Pero ellos lo han hecho parecer como un horno donde todos agonizan, o en su defecto, en un glaciar donde sólo cabe soledad, cuando lo que nosotros queremos es que cada uno logre alcanzar su propia serenidad interna a partir de la indagación del sí mismo.

Incluso, recuerdo que cuando nos encarnamos en diferentes dioses para enseñar a las criaturas que podían plegarse a unos idolos que les ayudarían siempre que quisieran, el Creador formó en la mentalidad de algunos de ellos la idea de que sólo Él podía y debía ser adorado, y que aquellos que no cumpliesen su caprichosa voluntad serían castigados del mismo modo a como lo fuímos nosotros. Esto formó la liga de una serie de seguidores de lo que se denominó monoteísmo -cuando monoteísmo y politeísmo son denominativos absurdos en tanto que ambos apuntan a lo mismo, de igual modo a lo pagano y lo sacro, dos esferas diferenciadas de una realidad única- que se dedicaron al pillaje, a la masacre y al sometimiento de toda aldea donde ellos creían ver atisbos del politeísmo o del paganismo, siendo comparados las deidades que nosotros inspiramos a las diferentes culturas adecuándos a sus cosmovisiones y necesidades como demonios que deberían de ser consumidos por las llamas tan sólo porque le molestaba que se rindiera culto a cualquier cosa que no fuera Él. Como se verá, pensamiento mas propio de un egoísta caprichoso que de una deidad benevolente ¡Y luego somos nosotros los egoístas por enseñar que cada individuo debe valorarse a sí mismo mediante el auto-conocimiento!

A modo de anécdota, puedo contar que cuando el Creador tuvo aquel hijo para enseñar a las criaturas el sometimiento de una manera quizás mas laxa, nosotros estuvimos hablando con el mejor amigo de aquel para que le hiciera desistir en sufrir por sufrir. No había necesidad de que aquel pereciera de esa manera para demostrar nada a nadie, podía hacerlo permaneciendo en vida y juntándose con su recíen conocida mujer para demostrar a los hombres que podía vivirse con decencia sin necesitar de un tormento que no beneficia a nadie. Pero, aquel hijo, lejos de escuchar a su mejor amigo, rehusó de hacerle caso y le acusó de traidor cuando en realidad sólo quería lo mejor para él, e incluso le forzó bajo amenaza a que tenía que avisar a los guardias para que le arrestasen y le maltratasen. Aún con esa predisgitación, nos apenó verle sufrir tanto, implorando al Creador mientras este se ocultaba tras las nubes haciendo caso miso a sus lágrimas, nos recordó lo que él mismo había hecho con nuestro Maestro, su favorito, desterrándole junto a todos los que permanecimos a su vera. Pero nada parecía hacer desistir la tiranía del Creador, el cual enviaba a auténticos locos como supuestos profetas para someter a las naciones a unos mandatos ignominosos, rindiendo culto al sufrimiento en vez de al placer, a la tristeza en vez de a la alegría, a la ignorancia en vez de al conocimiento...

Llegó un tiempo que algunos estabamos tan cansados de esta situación que decidimos reencarnarnos en criaturas que nos servían de avatares para intentar comprender a qué venía tanta desidía gratuita y sin razón de ser. En los primeros tiempos fuí un mozo en una aldea lejana situada al noroeste de su campo geográfico, y ahí conocí el amor de las manos de una amazona muy corpulenta y fuerte, que tenía mucha mas valía que la mayoría de los hombres, y con la que tuve bastante hijos. Ahí descubrí lo que era ser una criatura, que aún imperfecta por la carne y la tendencia al pecado que el propio Creador les había implantado, logré sacar ventaja de esa imperfección material, y hallé que el goce de la carne era bendición y plenitud para aquellos seres cuando comían, se deleitaban con el viento, o retozaban entre miembros de sus semejantes, o que lo que para los arcanos era pecado, era en realidad la salvación, lo que les hacía humanos, y por tanto, algo deseable. Y justo cuando descubrí todas aquellas cosas, mi mujer me fue arrebatada por los agentes de la ley de la opresión dictaminada por el Creador, mis hijos incinerados vivos y mi desazón hermana de los sufrimientos de la madre carnal del hijo del Creador cuando contempló sufrir a su propio hijo para nada, para que el mundo continuase igual.

Perecí de la pena durante aquella reencarnación, tan triste me quedé que el Maestro me aconsejó quedarme un tiempo en el infierno, nuestro particular paraíso, para que lo meditase mucho antes de volver a la tierra para ilustrar a los hombres. Y cuando lo hice, volví a reencarname en un joven, mas esta vez se trataba de un hechicero que se afanó en escribir un tratado de magia para ayudar a los mortales a sobrellevar las penas que les imponía un Creador que algunos denominaban benefactor y misericordioso aún cuando les castigaba constantemente por salirse del sus arbitrarios planes. Pero ni aún en aquella ocasión me salió el intento bien, pues el Creador mandó a un inquisidor que procuraba hacerme la vida imposible, impidiendo así que mis enseñanzas fueran bien vistas por mis hermanos en voluntad. Atravesamos huyendo la Calle de las Pesadillas, sorteando las horrendas criaturas que nos salían al paso, y en vez de dejar perecer en vano a aquel inquisidor para quitarme un problema de encima, le salvé del acoso de los seres que rondaban por aquellos páramos de la senda onírica, pero en vez de agradecermelo, me denunció públicamente contando viles mentiras sobre mí, como por ejemplo, que yo con mis hechizos intenté asesinarle invocando monstruos, lo que me llevó a una celda primero, y después, al asesinato legitimado por las potestades del lugar.

A partir de entonces, fuí mas cauto en mis reencarnaciones. Me convertí en un lobo solitario que iba de un lado para otro  sin pretensión alguna de crear una nueva doctrina para la liberación de la humanidad, mi intento era mas bien el limitarme a hablar sólo frente a aquel que quisiera escuchar, y así lo hice -con escaso éxito he de decir- hasta que volví a enamorarme de otra mujer, en esta ocasión se trataba de una mujer bastante delgada y macilenta que era maltratada por su marido, el cual era un creyente en las enseñanzas del Creador muy acérrimo, y que la sometía a las mas crueles torturas tan sólo porque ella no pensaba del mismo modo que él. Ambos vivían en un barrio marginal, donde no había esperanza ni redención alguna, mas este hombre tomó el sufrimiento como abanderamiento de su fe ciega, y llevó con él a su sadomasoquismo personal a una desdichada mujer que fue acusada de bruja tan sólo porque buscaba su propia libertad de espíritu. Y como yo era carne en ese momento, no pude evitar yacer con aquella mujer en un cementerio alejado de la destartalada ciudad, disfrutamos de nuestros cuerpos hasta la madrugada. Esto duró un tiempo, pero como el Creador no iba a dejar que fueramos felices durante mucho tiempo, susurró en los oídos del marido sospechas e injurias, hasta que este nos atrapó en facto. Intentó matarnos, mas pude defenderme hasta el punto que fuí yo quién acabó con su vida mortal. Pero como hubo una investigación alentada por el Creador, poco pudo hacer el Maestro por intentar evitarlo con sus sabios consejos, al final nos prendieron, nos maltratados y fallecimos entre las mas cruentas agonías, tal y como parece deleitarle al Creador.

Después de leer estas penas e injusticias, el lector advertirá por qué cada vez me reencarno menos, y aunque a veces lo intento, siempre inspirado por mi pretensión de lograr la libertad en este mundo que ha sido señalado con el estigma del sufrimiento, me he ido dando cuenta de que mis intentos la mayoría de las veces resultan vanos a unas criaturas tan adoctrinadas en la obediencia ciega y en el sometimiento a voluntades que les son ajenas. A veces parece que nada pueda hacerse, a excepción de con unos pocos que parecen escuchar con atención aún las doctrinas mas extravagantes aunque liberadoras. Recientemente me dí cuenta de la existencia de otra dimensión denominada "mundo onírico" que habita en las profundidades del mundo vigil, que goza de la libertad que nosotros tenemos en nuestro reino infernal en compañía al Maestro, y donde entré en contacto con un personaje muy interesante frente al cual compartía unas inquietudes muy semejantes. Quizás a través de esa vía se logre un ápice de bienestar y de esperanza ante un mundo vigil donde sólo se rinde culto a la desdicha provocada por un Creador injusto y caprichoso que con sus ignorantes secuaces sólo se dedican a atemorizar a sus semejantes.

En fin, creo que ya he hablado suficiente sobre temas que normalmente resultan velados por la censura de los ángeles obedientes a los mandatos de la dictadura autoritaria celestial. Mas escribo esto con la esperanza de que mis palabras siendo soñadas resuenen en el eco de las conciencias liberadas, y que de la mano ferréa de la libertad de los individuos se logre una auténtica redención del alma que no se base en la rendición de los placeres, a la renuncia del saber y al sometimiento ciego, sino más bien al desarrollo y extensión de los mismos, mas allá quizás en un futuro de los limites humanos, formando así a partir de la carne de las criaturas imperfectas un hálito de beatitud ¿Y por qué no decirlo? De una peculiar perfección.

                                            Firmado,


                                        Azroel, el daimon.

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