domingo, 9 de agosto de 2026

La última visión: El cubo misterioso

 En nuestros tiempos, casi siempre que se narran grandes historias repletas de grandes acontecimientos están se ubican en el mundo urbano. Parece ser que las grandes ciudades causan un efecto hipnótico en los narradores de curiosidades y en los lectores ociosos, quedándose así como embobados en aquella urdiumbre de edificios colosales. Al igual que ocurre respecto al ambito económico y laboral, que siempre tiende a concentrarse en el casco urbano, lo mismo acontece con respecto a las historias que se limitan a ese espacio donde las almas condenadas dan vueltas sobre sí mismas siguiendo los patrones del tiempo. Sin embargo, por otro lado, he venido comprobando en los últimos tiempos que todas se parecen demasiado entre sí, han perdido la originalidad porque han tendido a homogeneizarse. Como las personas que habitan tales parajes parecen clones unos de otros, perdiendo así su origen primigenio, a las historias les ha venido a ocurrir lo mismo, se han mimetizado en una sola que a fuerza de repetirse ya aburre. Con sólo leer una de aquellas novelas con un índice de ventas tan extremado, ya uno ha leído todas las del mismo talante, y probablemente todas las venideras.

No obstante, y a mi modo de ver, las verdaderas historias, aquellas que merecen la pena contarse transcurren en lugares recónditos y olvidados por la mayoría de los mortales. Aquello que es digno de ser narrado de la forma mas humilde que conozco de narrar las cosas -a saber, el cuento, el relato o como se quiera llamarlo- son todas aquellas cosas que ocurren en parajes solitarios, apartados de la civilización, y precisamente por ello, muy cerca de lo humano y quizás hasta de lo divino. Puede que a los amantes de los grandes edificios y de los núcleos industriales les resulten banales y soporíferas estas historias, como a mí me resulta su charlatanería urbanita, mas pienso que en los detalles que se nos revela el verdadero sentido de la vida, la cual dicho sea de paso, se dota de vida allí donde pocos ojos posan su mirada, ajenos a la acumulación masificada de intelectuales de baja estofa y hombres con cobartas de gran vanagloria. Allí donde los pocos caen en la cuenta, allí se revela el signo que resuelve la incógnita a la existencia toda.

Así, pues, lo que voy a narrar ahora mismo es una de estas historias que por lo pasajero, lo curioso y lo extraño se ubica en un pueblo tan pequeño e insignificante que se me ha olvidado su nombre. Tan pequeño e ínfimo era en comparación a otros pueblos vecinos que a lo sumo habría unos diez o doce habitantes allí, y por supuesto, no le habían dado ninguna placa de reconocimiento a nada, ni mucho menos había acontecido nada de una importancia histórica reseñable, ni romanos, moriscos o ancianos cabalístas se molestaron en plantar sus angostados pies en tales parajes. Allí todo era acumulación de polvo, casas desvencijadas, gente anciana y una Iglesia que más parecía ermita que temblo. Tan mísero era aquel sitio que no tenía ni calzada, todo estaba repleto de barro y de hierba seca, lo único que indicaba que había allí rastro de alguna civilización eran los balcones donde se sentaban las viejas a tomar el aire, a la par que dirigirse a la vecina del frente para indicar que se moderase en sus flatulencias, que podía escucharlas desde su casa cuando tomaba la siesta su marido. En fin, aquel lugar no parecía digno de interés, cuando en verdad debería serlo bastante en relación a lo que voy a contar a continuación.

Allí vivía quién en sus tiempos fue un joven que recibió el pueblerino nombre de Ruperto, alguien sin en apariencia nada reseñable mas que estaba algo esquelético, deforme por la curvatura de su espalda y que le bizqueaba un ojo. Razones por las cuales nunca fue popular como tal cuando acudió al colegio que se encontraba ocho pueblos mas allá, sino mas bien motivo de burla y de chanza. Quizás ese fue el motivo por el que nunca logró completar sus estudios, ya que a pesar de su deformidad y su aspecto en general desagradable, connotaba una de esas inteligencias raras de encontrar en el mundo, aquellas de las que son capaces de aunar muchas cosas a la vez, y que precisamente por ello rara vez son comprendidas en un mundo donde cada cual tan sólo se centra en una especialidad para prosperar en la nulidad. Se especula que el motivo por el cual dejó los estudios a tan temprana edad, fue las constantes puyas y mal andanzas de sus compañeros, lo que hacía su estancia en el centro educativo una tortura mas que un impulso hacía el saber. Motivo por el cual se abismó en su casa y se dedicó a estudiar por su cuenta, sin buscar titulo alguno que acreditase sus conocimientos.

No tenía amigos ni conocidos, a excepción de uno que navegaba entre ambos mundos y que era su vecino Guillermo. Este era la antitésis de Ruperto, pues era alto, fuerte, rubio y hermoso. Tenía gran éxito con las mujeres, y mucha popularidad en el centro educativo debido a ello, como también a su capacidad de acometer cualesquiera pelea sin resultar lo más mínimamente herido. A diferencia de Ruperto, Guillermo era atlético y muy guapo, pero temiendo entrar en un tópico, he de decir que era malo en los estudios. No porque fuera tonto o incapaz, sino porque no se interesaba lo más mínimo, tan entretenido estaba en luchar y en seducir damiselas que los estudios para él eran algo que no merecía prestarles la atención adecuada. Por lo cual, terminó al igual que Ruperto abismado en la casa de su pueblo, con la diferencia de que de vez en cuando se juntaba con otros jovenes de los al rededores.

Es curioso que ambos trabasen amistad siendo tan desiguales, mas el caso era que Guillermo sentía curiosidad por su vecino, visitándole casi siempre e interrogándole sobre las cosas mas extravagantes, en tanto que Ruperto admiraba la belleza y vivacidad de su nuevo y único amigo, lo que hacía que entre ambos hubiera un sano intercambio de disparidades vitales. A veces ocurría que a las horas uno se aburría del otro debido a la incomprensión que parecía flotar entre ambos, mas al día siguiente, siempre volvían a encontrarse rodeados de sus intricadas conversaciones. Todo fue así hasta que a Ruperto le ocurrió una cosa bastante curiosa que pasaré a contar a renglón seguido, mas antes diré que otra curiosidad era que Guillermo jamás hizo burla de la apariencia deforme de Ruperto, quizás porque prefería acometer empresas mas díficiles, mas aún con ello gustaba de hacerle rabiar en ocasiones, a veces solo mas la mayoría en compañía de otros jovenes atléticos y fuertes como el cuando recorrían los pueblos de los al rededores cual si fueran caballeros andantes. 

Ahora sí, lo realmente curioso de esta historia fue un regalo que recibió Ruperto de un tío lejano que le hizo llegar a él un extraño paquete a través de la correspondencia. El paquete incluía un breve mensaje que jamás llegó a saberse, mas el caso fue que una vez que Ruperto abrió el susodicho paquete, extrajo lo que parecía un cubo negruzco y se abismó en su contemplación e investigación, nadie pudo sacarle de su ensimismamiento. Ya ni siquiera recibía a su amigo Guillermo, ni permitía que sus padres le estorbasen entrando en su habitación, allí se quedaba encerrado dando vueltas a aquella desconocida cosa. Se dice que tras unos cuantos meses aprendió a comprenderla, y por ende, a utilizarla, y que activando no sé cómo una especie de mecanismo, consiguió que esta se abriera revelando algo que no estaba formado para conocimiento humano alguno. Pero él logró abrirlo y activarlo, de tal manera que cuando vió lo que vió, se encerró aún más en su contemplación, dejando de comer, bebiendo lo mínimo y mas de uno diría incluso respirando menos, tan abismado se encontraba en aquella visión de otro mundo que siempre se negó en explicar, y con mucha mas razón, de compartir.

Tanta fue la curiosidad que se formó al rededor de estas habladurías, que en cierta ocasión Guillermo y sus compañeros intentaron emboscar la casa y asaltarla para averigüar qué diantres era aquello. Todo se encontraba perfectamente planificado, y como todos ellos eran tan fortachones y capaces de emprender los más arriesgados saltos, así lo hicieron tal y como lo habían pensado en los principios del susodicho plan. Mas una vez que llegaron a casa de Ruperto de noche, escalaron por el tejado y se deslizaron en dirección a su ventana, justo cuando estaban a nada de entrar en ella y arrebatar el dichoso cubo de sus manos, algo que no sabían qué era les detuvo en seco. Se quedaron como paralizados, incluso sintieron que algo, una fuerza que no eran capaces de explicar, les iba retirando de la habitación, y cuando quisieron darse cuenta y reaccionar se encontraban muy lejos, en un campo bastante lejano a sus hogares, sin comprender cómo demonios habían acabado ahí. Un temor lacerante les recorrió las espaldas, privándoles de las ganas necesarias para emprender de nuevo una empresa semejante.

Así, entonces, Ruperto siguió con su vida de idéntica forma. A saber, abismado y ensimismado como si su alma estuviera en otro lugar, centrada su mirada incorpórea en la contemplación de lo que le mostraba el cubo abierto de par en par. Tanto sus padres como el propio Guillermo intentaron hacer que les abriese la puerta aunque fuera, que les dirigiese una mirada o que diera un paso fuera de la habitación para respirar aire limpio, mas todo fue en balde pues todo intento fue vano. Y mientras tanto, Ruperto estaba cada vez más enfermizo y escuálito, era un cadaver que sostenía un ápice de vida en la visión que se le revelaba, una mota de polvo suspendida antes de alcanzar la caída final. Y así pasó largos años, centrado en aquel conocimiento inabarcable, en aquel abismo del infinito, hasta que su cuerpo no pudo soportarlo mas y ahí se quedó congelado en el sitio, muerto en la idéntica postura que adoptó en la vida, con los ojos muy abiertos y sus cuencas carcomidas.

Extrañamente, cuando sus padres le descubrieron el cubo ya no se encontraba entre sus esqueléticas manos, había desaparecido repentinamente. Además, sufrieron tan tremendo estremecimiento, que a las pocas horas tan contemplar el nauseabundo cádaver de su hijo ellos también murieron de la impresión de su enfermiza visión, lo que hizo que para ahorrar gastos fueran tres entierros en uno. Guillermo, obviamente, acudió y presentó sus respetos, y aunque no era especialmente creyente, siguió la ceremonia como si fuera a misa cada domingo. Y en tanto que contemplaba cómo los ataudes descendían a tierra, notaba un estremecimiento que le recorría la espina dorsal, y que era producto no solamente de la repentina muerte en forma de tríada, sino sobre todo de que ahora podría investigar qué era aquello que había llevado a la locura a su amigo.

Una vez acabadas las nupcias fúnebres, sin pensárselo mucho, Guillermo fue a la casa cuando ya estaba atardeciendo, y obviando el salón o la sala de estar, subió las crujientes escaleras directamente al cuarto de Ruperto para encontrar el susodicho cubo de la perdición sin pensar en razones ni consecuencias algunas. En cuanto entró, se desesperó al no verlo por ningún sitio. Inspeccionó cajones, estanterías, armarios e incluso debajo en la cama, todo en balde ya que si no llega a ser por unos cuantos libros que estaban por aquí y por allá, aquel cuarto parecía desmantelado. Sin embargo, cuando ya se iba a dar por vencido, abandonado la habitación desalentado, justo frente a la puerta de la salida, algo crujió bajo sus pies, parecía madera carcomida. Localizando susodicha parte, le dió dos grandes puñetazos y encontró lo que buscaba, el cubo negruzco. Pero estaba cerrado ¿Cómo activarlo? Si a Ruperto le costó tanto, cuanto mas le costaría a él que no comprendía de tales cosas... Pero entonces, en cuanto lo tuvo sobre la palma de sus manos, este se abrió cual si le reconociera como legítimo dueño y heredero.

Al principio, no logró ver nada a través de aquella negrura impenetrable, mas al poco rato si creyó que algo se le mostraba. Poco a poco, como el vestido que va deslizandose lentamente por un cuerpo femenino hasta mostrar su desnudo, lo que parecía una bruma donde se atisbaban algunos inciertos colores fue revelando sus secretos con tiento, y en tanto que Guillermo estaba como embobado en su contemplación, notó un dolor agudo que le recorría el cuerpo. En sus comienzos fue muy tenue, casi una pequeña molestia cual sería el picor de un mosquito, pero poco a poco esta se convirtió en un dolor punzante que le recorría todo el cuerpo hasta que se hizo insoportable, sentía las llamas del infierno cercándole completamente, y a pesar de ello, no era capaz de apartar su vista del interior del cubo. No podía, algo le retenía ahí, algo malvado a la par que divino, algo con una fuerza sobrehumana, sobrenatural en su insistencia. Quería, pero no podía... Y entonces, ah...

A la distancia algunos vecinos contemplaron como la casa que fue de Ruperto se derrumbaba, cayendo desplomada como por ensalmo. Y cuando al día siguiente, acudieron para ver qué había pasado, se encontraron entre las ruinas y los escombros el cuerpo completamente carbonizado de Guillermo, a pesar de que no hubo incendio alguno ahí. Le reconocieron mas por su apostura y su altura que porque quedase reconocible, a la par que algunos de ellos sabían que iba a acudir a la casa de Ruperto para averiguar lo del dichoso cubo. No se lo dijo a nadie, pero muchos sabían lo de su enfermiza curiosidad por aquello, y que tarde o temprano iba a parar ahí. Algunos de los ahí presentes también sintieron curiosidad, buscaron entre los escombros el objeto misterioso, mas aunque arrasaron con la zona, e incluso cavaron zanjas y todo, jamás lograron encontrarlo.

*****

¿Pensaba, quizá el lector, que iba yo a revelar lo que contenía el interior del cubo? Ni lo pienso. Mucho se ha especulado en torno a ello, algunos dicen que contenía un mensaje del infierno, del mas allá o del purgatorio del que no estabamos preparados para contemplar, otros que era una visión divina que se remontaba a los tiempos de Adán y Eva cuando estaban en el Edén que nos es velada, otros quizás mas locos apuntaban a técnicas de otros mundos... Pero en realidad, nadie lo sabe porque nadie lo ha visto a excepción de Ruperto y Guillermo, y esto es lo que hace de esta historia algo digno de contarse debido al misterio que le rodea. Y tú, querido lector, si por algún azar apareciera el cubo ante tu visión ¿Le echarías una mirada, movido quizás por la curiosidad...? 

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