domingo, 14 de junio de 2026

Entre el sueño y la vigilia

 Soñaba con cosas aparentemente imposibles en nuestro mundo, mas plausibles desde una imaginación exarcebada. Se encontraba caminando por millares de intrincadas calles en cuyo centro un oso pardo olfateaba, y en la medida en la que se acercaba, se agachó esperando su llegada. Temía el ser devorado, atacado sin piedad pese a mostrarse inofensivo, pero en cuanto aquel enorme oso llegó al centro de la intersección de calles, se limitó a escrutarle con la mirada, e incluso se tumbó dócilmente buscando sus caricias. Y se las dió cual si fuera un viejo compañero de antaño, quizás un perro del pasado que vino a encarnarse en aquel oso. Así, en compañía de tal imponente amigo, fue recorriendo las calles que le resultaban tan similares, y a su vez, tan desconocidas.

Después de tan larga e incomprensible marcha, llegó al final del laberinto urbanístico, desembocando así en un inmenso prado completamente despejado, y que inexplicablemente se encontraba todo verdoso y adornado por dispersas flores multicolores similares en forma a las amapolas. Digo inexplicablemente porque la incidencia del sol era terrible, y a pesar de ello no tenía calor. Cosa extraña, mas posible en los sueños como también lo fue el que aquel oso se convirtiese por arte de magia en una urraca que continuó acompañándole desde las alturas, agitando sus alas en un viento inexistente pero perceptible en el desplazarse de sus plumas por brazos imposibles. Naturalizando aquellos fenómenos, se internaron en el campo, y caminaron, y caminaron, posando sus pasos en aquella hierba acariciadora, y sin dejar de atisbar con sus miradas aquel paisaje paradísiaco.

Finalmente, llegaron al epicentro de aquel ensueño, coronado por un arce que se encontraba justo en el centro ¿Cómo podía crecer un arce en tales tesituras? Podría uno con justicia preguntarse, y la respuesta sería igual de ignota que todo desde el principio de aquel sueño, mas se obviaría como lo haría un niño inserto en su fantasía. Se quedó en suspenso durante algunos segundos contemplando aquel hermoso arce, el cual agitaba sus ramas de un lado para otro connotando con ello que estaba igualmente vivo a como él mismo, y que quizás, debido a la desaparición de la urraca y a sus secretos movimientos, indicaba que se trataba de otra reencarnación de aquel oso primigenio. Sin pensárselo mucho, terminó por sentarse en el tronco de aquel arce, protegiéndose de un sol nada dañíno bajo aquellas ramas adornadas de hojas que se desplazaban como invitándole a saborear instancias mucho más allá de los placeres carnales. Aquello suponía toda una experiencia mística que deseó saborear cerrando los ojos, deslizándose así sobre los pliegues del espíritu del mundo.

En cuanto abrió los ojos, se encontró tendido en su cochambrosa cama con todas sus sábanas empapadas de sudor. Intentando moverse lo menos posible, comprobó que era una hora demasiado tardía para poder pronunciarse sin sentir cierto reparo o vergüenza. Desplazándose a través de la humedad humana de las mantas y el colchón, se quedó sentado, como suspendido en el aire por edredones como nubes, intentando meditar en torno lo que había soñado. Hay quienes se dedican a interpretar los sueños como si se tratase de una ciencia, establecen consonancias y analogías con las imagenes de los sueños y las vierten en símbolos. Y aunque en cierta medida le parecía que quizás aquello pudiera tener algún sentido, en el fondo de sí mismo consideraba que los sueños son lo que son, simplemente. Y que intentar interpretarlos de acuerdo a lo que nos parecen a posteriori suponía una nueva utopía dentro del pensamiento humano que siempre se sitúa en el centro del cosmos. Le encanta considerarse mas importante de lo que realmente es.

Mas dejó de lado tales reflexiones para otro momento, tenía cosas que hacer y por tanto era hora de ponerse en acción. Se levantó y fue a hacerse un buen café intercalando una marca mas cara con otra mas barata de cara a confundir sus sentidos. Y mientras lo tomaba, fue turnando su paladar de la taza de ceramica a un cigarrillo del mercado negro, dando caladas que luego liberaba de sus labios para después dar pequeños sorbos, y así quizás alargar aquel momento placentero del día. Una vez que hubo terminado, se tumbó en un viejo sofá y prendió otro cigarro para contemplar como el humo hacía figuras cual si estás emulasen la espontaneidad de la niebla en una noche ventosa. Así se quedó largo tiempo, inmenso en una meditación basada en la instantaenidad hasta que el caerse de los últimos escoldos de la ceniza retornó a despertarle de su mundo de ensueño.

"Me encuentro todavía muy atontado" -pensó, y continuó hilando su vano pensamiento "o quizás simplemente se trata de que yo mismo soy un tonto" Se estremeció con una carcajada reprimida en sus adentros, y tomando la caja de tabaco, volvió a encenderse un cigarrillo, en tanto que se desplazaba dejándolo pendiente de sus labios. Tenía cosas que hacer, debía continuar con la pintura del jardín, ya tenía preparada la imprimación, y por fuerza tendría que cubrirla con pintura ese mismo día para evitar que se quedasen pegados en ella fragmentos de tierra o de arena. Y con aún el cigarro barato colgando de su boca, mientras daba pequeñas caladas que iba expulsando por la nariz, fue abriendo con sumo cuidado el bote de pintura para que este no salpicase la mesa sobre la cual lo tenía apoyado. Después, lo elevó un tanto para echarlo sobre la plataforma donde deslizaría el rodillo que plasmaría sobre las baldosas, y una vez que hubo vaciado la mitad del contenido, limpió su dorso con un trapo que tenía a mano. Por último, se puso su gorra para evitar la incidencia directa del sol, y se encaminó para realizar su tarea tirando los restos del cigarro a cualquier lado.

Nada mas salir, notó la potencia del sol que le cercaba el cuerpo entero. Y como tenía los ojos claros, sus certeros rayos le cegaban como si actuasen como una pantalla de vidrio que le impidiera observar lo que tenía a su al rededor como debía. Mas aún así, insistió en su proyectada tarea, y se encaminó en dirección a las baldosas que debía pintar. Desplazando el rodillo de la plataforma de pintura al suelo, fue repitiendo mecánicamente estos pasos hasta que pintó una gran extensión. Intentaba ahorrar en gastos rebañando cuanto pudiera de la pintura, como si el rodillo fuera un trozo de pan y la pintura la salsa, y él fuera un pobre hambriento. Pero, por mucho que insistió, ya no había manera. Debía retornar a su casa para echar lo que le quedaba del bote, y así lo hizo. En cuanto se encontró en la oscuridad protegida de los muros, se percató de que todo él estaba sudando a mas no poder, así que antes de repetir los anteriores pasos bebió agua fresca cual si fuera un animal sediento.

Y otra vez la misma tarea, salir en dirección al furibundo sol que ya había secado la anterior pintura debido a su fuerza e insistencia cegadora, de nuevo usando el rodillo pringoso de pintura en proceso de secarse, de la plataforma al suelo, y así sucesivamente. Pero mientras realizaba esta mecánica tarea que incluso el autor se cansa de describir, la mente de nuestro personaje estaba en llamas debido a dos motivos: En primer lugar, la fuerza del sol era impacable, hacía que incluso su gorra protectora ardiese cual si se encontrase pegada a una fogata, mas en segundo lugar, nuestro personaje no paraba de pensar, de dar vueltas a su imaginación de tal manera que mientras su cuerpo estaba repidiendo aquella tarea programada, él pensaba en mil disparates que poco a poco iba ordenando consecuentemente a sus propios deseos de aquel momento. Pero, ¿En qué diablos pensaba? ¿Qué clase de pensamientos podía tener alguien tostándose al sol mientras realizaba aquella tediosa tarea? Pues pensaba en su sueño, o dicho de otro modo, soñaba su anterior sueño, reviviéndolo, resoñándolo podríamos decir. Y era precisamente esta mécanica tarea lo que le permitía que las ondas de sus pensamientos se cicatrizasen del mismo modo a como se secaba la pintura esmaltada en el suelo con la ayuda de los rayos solares.

Llegó un momento en el que su fabulación alcanzó tan altos grados de inusitada imaginación que ya ni veía bien lo que tenía ante sus ojos, estaba en un puente intermedio entre el sueño y la realidad autómatica de aquella tardía vigilia. Y mientras resoñaba como antes mencionábamos, la ira del sol era cada vez mas tremenda, ya alcanzaba las peligrosas horas que comprende la entrada de la tarde, haciendo de los movimientos del rodillo enfermizas sacudidas debido a los temblores que le recorrían el cuerpo en esos momentos. Se encontraba terriblemente mareado, en tanto que las gotas de sudor ya salían de su gorra, deslizándose por su empapada frente para acabar cayendo sobre el suelo que estaba pintando. A ratos creía vislumbrar el prado desierto adornado por aquel arce que se encontraba en el centro del mismo, otras veces una extraña agitación interior le traía de vuelta a la realidad, unas veces se engañaba localizando al oso pardo frente a él, y en tantas otras ocasiones, todas aquellas figuras y contornos sombríos eran tragados por los resplandores y los fulgores que connotaban la violencia del sol a esas horas.

Sin poder soportarlo más, dejó su trabajo en suspenso durante unos instantes. Agarró el palo que portaba el rodillo cual si fuera la vara de un sacerdote egipcio, o simplemente un bastón sobre el cual apoyarse, estiró sus miembros como si estos se hubieran secado del mismo modo a como lo hacía la pintura y permaneció quieto como una estatua. Oteando el cielo, creyó vislumbrar que este era surcado por una urraca que empezó a volar en círculos a su al rededor, cual si esta intentará comunicarle algo. Sin embargo, no sabía a ciencia cierta qué pretendía decirle, quizás por lo espesa que se encontraba en esos momentos su mente, que seguía debatiéndose entre el prado que había visto en sueños y la tarea que aún le quedaba por terminar en la soporífera vigilia de una tarde soleada de verano. Por un momentó sintió como si un sútil y negruzco velo se le impusiera a sus pensamientos y a su vista, cerrándose ante sus ojos para abrirse poco después, como quién cambia de escena para encontrarse nuevamente en el mismo lugar y en idéntica situación ¿Esta afirmación era segura? No lo sabía, probablemente no se lo preguntó.

Extrañamente, creyó comprobar en el suelo que creía recordar que ya había pintado, que aún no había pintado por aquella zona. Así, pues, retornó a su incesante tarea y como en constante bucle y repetición, mientras todo aquello que le rodeaba se encontraba brindado por los rayos solares, sofocantes pero de forma paradójica soportables de repente. El paisaje se debatía entre una luminosidad incierta y el prado con el arce, el oso y la urraca, intercálandose, párpandeando en la medida que la pintura iba secándose hasta que retornaba a humedecerse con el sudor y el paso del rodillo. Y así incesantemente, volviendo al sueño y a la realidad supuestamente vívida de una vigilia que ya no se distinguía de un eterno cerrar de párpados...

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