Algunas personas, cada cierto tiempo, necesitan de un distanciamiento. Hay quién lo denomina un aislamiento, mas en verdad yo diría que se trata de una suerte de posición defensiva. A saber, teniendo en cuenta que esta existencia supone una guerra constante con los que suelen identificarse como nuestros semejantes, el quedarse parado repentinamente para aunque sea respirar, supone una especie de retirarse a la retaguardia para recagar fuerzas. Pienso que esta imagen es bastante buena, ya que nos hace imaginar un soltado que se aposenta en sus trincheras, va tomando más armamento, elabora un plan de ataque, y en cuanto menos se lo espera uno, sale escapotado dispuesto a lo que sea.
Del mismo modo a cómo acontece en el mundo real y en las guerras cotidianas, lo mismo se da en el mundo onírico ¿Y quién usaba de esta estrategia para el combate en la esfera onírica? Pues evidentemente, el soldado-brujo, aquel ermitaño guerrero que era temido por los supuestos bienintencionados y amado por todos los odiados y marginados por la sociedad. Podía pasar largas temporadas de viajes perpetuos donde le acontecían las más extrañas aventuras, pero de la misma forma en la que se embarcaba con osadía y frenesí a los azares del mundo exterior, igualmente lo hacía en inmensas épocas de aislamiento donde sólo le veían el pelo algunos de sus acólitos de vez en cuando ¿Y por qué reaccionaba así? Es decir, si en su corazón habitaba aquel hálito aventurero por el que estaba dispuesto a recorrer las regiones más inhóspitas ¿Que le llevaba a encerrarse en sus aposentos repletos de polvo tanto tiempo? Unos dicen que se debía a su misantropía, otros a que necesitaba curarse de sus heridas tanto externas como internas, y algunos otros aunque pocos, rumoreaban acerca de que ocultaba algo, una suerte de tesoro que era desconocido por todos.
El caso era que se hallaba en una de esas temporadas, encerrado cual si fuera un caustro en su habitación examinando y leyendo los más extraños volumenes, cuando uno de sus acólitos irrumpió en la sala. En esos momentos el soldado-brujo se encontraba encorbado, consultando un antiguo manual con los ojos inyectados en sangre, cuando este hombre le informó de un acontecimiento cuanto menos extraño. Por lo que le dijo, parecía ser que en el museo mas importante de la metropolí onírica, se había inagurado una exposición en la que él era el principal protagonista. Esto le produjo un estremecimiento que procuró ocultar aunque de mala manera, ya que quién le informaba pudo percatarse, o al menos eso parecía en el deslizamiento de su mirada a los brazos crispados del soldado-brujo.
Acto seguido, este se levantó y preparando sus atuendos con premura, salió escapotado de su hogar para comprobar susodicha información con sus propios ojos. No tardó mucho en llegar al lugar, pues a un hechicero tan experimentado como él, no le era díficil elaborar un portal que le llevase directamente al lugar. Así lo hizo, situándose así a escasos metros del susodicho museo. Se deslizó por las calles de la ciudad cual si fuera una sombra anónima, esquivando a las gentes que por allí pululaban como si fueran fragmentos dispersos de polvo que flotasen por una sala. Y a partir de ahí, cruzando la plaza principal, se encontró de bruces con el edificio, el cual era tan imponente como majestuoso con sus pilares jónicos tan elevados, sus esculturas griegas que le daban la bienvenida y los muros que a pesar de estar algo desgastados mantenían su elegancia.
Cuando entró en el museo, atravesando su inmensa puerta principal, comprobó que este se encontraba completamente vacío. Aquello le extrañó. Que un edificio de tal envergadura y reputación se encontrase carente de visitantes, era cuanto menos raro. Sin embargo, aquello no le amedrentó, se introdujo en su interior recorriendo las salas de la exposición. Mas, consultando los lienzos, descubrió que todos aquellos tenían algo que le inquietaba, puesto que todos ellos eran sombras que no mostraban nada, a excepción de algunas figuras que simulaban su presencia sin llegar a hacerse enteramente presentes. Ya lo había recorrido casi todo cuando en la sala final pudo ver que uno de los cuadros le representaba a sí mismo bajo la lúbrica de un "Se busca". Y justo cuando había acabado de leerlo, las luces se apagaron.
Fue entonces, en la oscuridad, cuando el soldado-brujo se pusó a la defensiva, cobijándose en uno de los laterales de la sala preparándose para lo que fuera. Desde esa posición pudo vislumbrar una figura que entraba en la sala, y que alzaba sus brazos amenazantes tanteando en las sombras. Aquel gesto fue suficiente para que el soldado-brujo adoptase una posición de ataque, y sin pensárselo mucho, se lanzó contra aquella figura de cara a dar el primer paso antes de que el otro reaccionase. De espaldas al mismo, le sajó el cuello con un cuchillo, liberando la sangre de sus ataduras, y rapidamente examinó el cádaver descubriendo en el mismo que este pertenecía a la secta denominada Silrex debido a la insignia que portaba. Aquello le turbó internamente, pues pensaba que susodicho grupo era favoreciente hacía él, así que antes de que el asunto se enturbiase decidió salir de ahí.
Mas, en la medida que recorría los pasillos, observó que mas personas invadían las diferentes estancias, y como no era prudente entrar en combate con todas ellas a riesgo de resultar herido, prefirió apuñalar a aquellas que se interpusiesen en su camino, en tanto que huía de las restantes refugiándose en las sombras que le ofrecían las esculturas dispersas. Al poco logró escapar de ahí resultando ileso, y cuando ya se encontraba en un lugar apartado entre los sombríos callejones, de un salto se elevó y sobrevoló todo el terreno urbano hasta ocultarse en un bosque que se encontraba bastante lejano al lugar. Ya era de noche, mas a pesar de la oscuridad y del aturdimiento del pasado momento, no pudo evitar preguntarse para sus adentros: "¿Qué demonios está ocurriendo? ¿A qué viene tal complot?" Y no encontrando una respuesta certera a tales dilemas, decidió hacer su ya conocida invocación de los zunhui y esperar con ello que los ancianos le dieran las respuestas que ansiaba.
Fue dicho y hecho a la par, puesto que al poco una guarnición de los zunhui con sus armas elevadas al cielo nocturno se aposentaron ante su presencia, y de entre ellos, un par de ancianos encorbados le rendían la acostumbrada pletesía y le ofrecían sus explicaciones. Al parecer, la secta Silrex celaba de él, y habían establecido una suerte de campamento en el subsuelo onírico para elaborar un plan de ataque a sus dominios. Obviamente, el asunto del museo no era otra cosa que una encerrona, una trampa que le tendían para lograr atraparle en sus redes. Pero como no lo habían conseguido, seguramente ahora le estarían buscando por todo lo largo y ancho del mundo onírico. Estos le aconsejaron prudencia, que se escondiera y estableciera un plan de reacción ante tales acometidas, mas el soldado-brujo negó con la cabeza y les comunicó a los ancianos que pretendía dirigirse directamente al subsuelo donde se encontraba su campamento principal para atacarles directamente. Y pese a que los ancianos zunhui no le aconsejaban susodicha osadía, finalmente decidieron, y con la ayuda de un portar enclavado en el suelo, ahí se dirigieron.
Descendieron al subsuelo cuales ratones de tierra, y al poco se hallaron frente a sus fortificaciones, las cuales no eran otra cosa que un castillo tan abandonado como derruido. Pero al poco de entrar, lograron vislumbrar una inmensa sala real que se encontraba atestada de los más suculentos manjares, servidos en las inmensas mesas cual si esperasen invitados. Aquello alertó al soldado-brujo que alzando la mano les aconsejó cautela a los suyos, e inspeccionando el lugar dieron cuenta de que se encontraban en territorio seguro. Quizás, los seguidores de susodicha secta estaban tan centrados buscándole por todos los al rededores del mundo onírico que, jamás pensarían que sería tan imprudente de dirigirse allí. Pero así fue, a veces los planes mas elaborados acaban sumidos en la ignominia gracias al atributo que supone la sencillez.
Llevaban poco tiempo ahí cuando se percataron de una presencia, así que se ocultaron dispersos entre las diferentes estancias para contemplarla en la distancia sin perder una posición ventajosa. Así pudieron comprobar que aquella presencia era una gran presencia, pues se trataba de una figura que medía como poco unos cinco metros, y que acudía a la gran sala para proveerse de algunos de aquellos manjares. Viendo que contaban con una evidente ventaja númerica, decidieron descender de sus posiciones para acordonarla, y así comprobaron que se trataba de una mujer de la raza de los filires, que eran unos seres reconocibles por su gran altura. Pero no obstante, estos a pesar de lo que imponían debido a su estatura, eran inofensivos de acuerdo a su natural torpeza. Tan inmensos eran que les resultaba muy arduo el desplazarse, lo que les hacían sujetos fáciles de abatir en una batalla.
Al comprobar su inocencia dentro del complot, la interrogaron largamente sobre su presencia ahí por si podían sacar ventaja ante sus enemigos. Esta les contó que la secta Silrex y sus subordinados habían sumido en cenizas las aldeas que los filires tenían por todos aquellos alrededores, y que desde entonces, estos se habían aposentado en diferentes cuevas que eran veladas por las elevaciones que componían las explanadas de susodicho terreno. Así, reducidos a la mendicidad, se dedicaban desde entonces al pillaje de cara a abastecerse, y por ello la encontraban ahí en tal tesitura. Esta información les dió ventaja sobre el terreno, así que dejaron que la gran dama se quedase en el castillo el tiempo que requiriese, mientras que ellos fortificaban aquellos muros preparándose ante un ataque que probablemente sería inminente teniendo en cuenta lo que les había revelado.
Y así fue, ya que a las pocas horas, cuando ya despuntaba la farola mecánica que iluminaba el subsuelo onírico, contemplaron en el horizonte que las tropas de la secta Silrex atestaban sus antiguos dominios, percatándose de que el soldado-brujo y los zunhui estaban en lo que antes era su propio castillo. No quedaba otra, debían batirse irremediablemente y atajar así el problema de raíz. Aquel fue un arduo enfrentamiento, donde la sangre corría como si fueran ríos y los cuerpos de los vencidos esculpían el terreno cual si fueran elevaciones montañosas dejadas a su suerte. Incluso, el soldado-brujo tuvo la oportunidad de batirse con el líder de la ya mencionada secta, el cual usaba de su fuerza bruta elevando una inmensa vara para atestarse sus rudos golpes directos. Por fortuna, entre las habilidades del soldado-brujo, se contaba la de la agilidad, lo que le permitió esquivar sus golpes con relativa facilidad. Y cuando este menos se lo esperaba, ya lo tenía por encima suya, usando de su negra espada para abrir un hueco en su cráneo lo suficientemente grande para permitir que sus sesos regasen la hierba que pisaban.
Sin embargo, la refriega no acabó aquí puesto que no paraban de descender soldados de entre las elevaciones del terreno. Aunque el soldado-brujo se daba por satisfecho ante la victoria frente a su lider, la cosa no acababa aquí, pues tal era la inquina que le guardaban que todos estaban dispuestos a morir antes que ceder ante su poderío. Y cuando ya parecía que el soldado-brujo y los zunhui entraban en dificultades debido a la gran cantidad de bajas y de sanguiolentas heridas, por encima de la farola cenicienta que anunciaba la llegada del atardecer, vieron que una gran cantidad de filires descendieron para acometer a quienes habían sido sus opresores. Aquello fue bastante sorprendente, no sólo porque repentinamente les prestaban su ayuda, sino porque como se dijo mas atrás los filires eran conocidos por su incapacidad natural para la agresión, cuanto mas para una batalla de tal envergadura. Pero sí, eran ellos y estaban dispuestos a lo que fuera con tal de liberar sus antiguos dominios del azote de los sectarios que les oprimían injustamente.
Largo fue el combate, no menos cruento y sangriento como en lo narrado anteriormente, pero finalmente dieron con el último cádaver de ellos sobre el polvo, y entonces tanto filires como zunhuis alzaron sus brazos en señal de victoria. Y tras un merecido descanso, mientras las tropas dormían sobre el terreno completamente agotadas, el soldado-brujo, el representante de los filires y la inmensa dama que se encontraron en el castillo tuvieron una larga audiencia en sus muros. Allí fue donde llegaron a la determinación de que el soldado-brujo les devolvería sus antiguos dominios a cambio de otorgarse una sólida alianza para futuros encuentros. Sabía que los filires no eran amantes de la guerra, así que les aseguró que en el día de mañana les solicitaría para tareas que no requieriesen necesariamente el manejo de armas. El representante de los filires pareció satisfecho con estas condiciones, todo con tal de devolver a sus gentes las tierras que les pertenecían por derecho, así que se dieron la mano en señal de alianza con el soldado-brujo.
Y cuando este ya se retiraba a sus aposentos para cerrar sus ojos en el mundo onírico y abrirlos así en el vigil, se encontró a la dama filiril tendida cuan larga era sobre la alfombra de su cuarto, ofreciendo su cuerpo al caballo ganador de aquella ocasión. El soldado-brujo estuvo examinando su cuerpo desnudo con evidente deleite, era tan grande aquella dama que obviamente cada elemento de su cuerpo también lo era en consecuencia. Antes de realizar movimiento alguno, decidió retener en su mente aquella imagen que seducía a sus sentidos, capturándola en su memoria como un recuerdo sumamente hermoso y tentador.
De lo que sigue, lo dejaré a la imaginación de los lectores. Sólo decir que lo que fue luz retornó a las sombras bajo la promesa de volver a instalarse en una repentina iluminación, y así incesantemente, aunándose lo luminoso y lo sombrío cual un eclipse perpetuo que atravesará vida y muerte en un más allá que pocos serían capaces de determinar a no ser que sueñen con la intensidad de un infante eterno.
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