Hay ciertos puntos, ciertos espacios geográficos donde ocurren sucesos insólitos. Me refiero a aquellos lugares donde parece detenerse el tiempo para dar cabida a los fenómenos más extraordinarios, los cuales acaban siendo terroríficos por sus nefastas consecuencias e implicaciones. Lugares tan tenebrosos e inhóspitos como lo pudiera ser el Triángulo de las Bermudas donde todo barco parecía quedarse atrapado para luego desaparecer, quizás entre las olas, o como rutas donde todo paso dado es en falso y donde no hay escapatoria posible, siempre se acaba donde se comenzó, e incluso, como en algunas mansiones abandonadas cuyos altos portones suponen un acceso, pero nunca una salida.
Dentro del mundo onírico hay algunos espacios semejantes a los anteriormente citados, donde poco importan las motivaciones e implicaciones de los agentes involucrados, pues al final todos acaban extraviados dentro de una serpiente que se muerde a sí misma la cola, y donde acontecen los sucesos más inexplicables pese a toda pretensión científica a la hora de procurar dar una explicación. Los sujetos involucrados en estos terrenos malditos también procuran salir de los mismos animados por esa ilusión con la que normalmente denominados la esperanza, mas siempre culminan en una desesperación innombrable cuando ven que la salida es imposible. Hay pueblos, caminos desérticos, frondosos bosques, casas destartaladas donde ya se venga solo o en compañía se termina encerrado en un laberinto que no conduce a ningún lugar determinado, cual rompecabezas que carece de cualesquiera solución.
En uno de esos puntos acabaron dos jovenes llamados Ushk y Rushk, pertenecientes a una tribu que recibe el nombre de Los Suresteños, y que a pesar de considerarse tribu debido a sus costumbres y a que tenían una comunidad limitada, en realidad no podían ser diferenciados de otros habitantes del mundo onírico por sus atuendos o señales faciales en forma de tatuajes. Sin embargo, estos eran muy ferreos respecto a las tradiciones de su sociedad, y a pesar de los avances técnicos del mundo exterior y vigil, querían dar un eje de continuidad a sus cosmovisiones y formas de entender la existencia, entre las cuales se encontraba la tradición a la que se agarron estos dos jovenes en su expedición sin retorno.
Tal y como apuntaban las costumbres de Los Suresteños, cuando sus jovenes varones llegaban a los veinte años de edad, estos debían atravesar largos montes sin un plan establecido desde el principio, adentrarse en el tercer bosque que encontrasen y una vez en el mismo atravesar cuantas millas fueran necesarias hasta encontrar una cabaña que estuviera habitada para recibir instrucción del ermitaño que viviera en ella. Así lo hicieron los jovenes Ushk y Rushk, recorrieron inmensos kilometros de montaña hasta encontrar la tercera zona boscosa que vislumbraron, y una vez allí andaron y andaron hasta que dieron con una acumulación de maderos que se hallaba en una zona elevada que hubieron de escalar con sus fuertes brazos y sus robustas piernas.
Cuando por fin alcanzaron su altura, a Ushk le dió la sensación de que a su izquierda, un montón de rocas parecieron adoptar la forma de un animal salvaje sediento de sangre que le miraba directamente. Así se lo indicó a Rushk, mas cuando su compañero miró en la dirección señalada, las rocas descansaban en su posición habitual, completamente inmóviles reposando sobre la loma. Esto le hizo pensar a Ushk que aquello era una alucinación debido a lo agotado que se encontraba del largo viaje, así decidió aclarar sus pensamientos con el sosiego que otorga la racionalidad adquirida y el sentido común fingido, y se aposentó justo a su compañero en la entrada de la antigüa y abandonada cabaña.
Al poco de llamar, les atendió una vieja de largos y grises cabellos, que les escrutaba con sus ojos azules cargados de cataratas. Estos les contaron su razón de acudir allí, recibiendo como respuesta una sonrisa fría y una indicación de que pasasen. Y como ya estaba anocheciendo, les brindó una frugal cena donde los frutos silvestres y las delicias del bosque formaban el incrediente principal. A pesar de que la digestión de estas agridulces viandas era suave y de lo cansado del viaje, aquella noche les costó conciliar como debían su sueño, tenían la extraña sensación de que algo les observaba a través de las grietas de la carcomida madera, cual si les espiaran de soslayo mas sin ocultar cierto interés en su presencia allí.
Con el paso de los días, tanto Rushk como Ushk, contemplaron las extrañas costumbres de la anciana, la cual sólo se dejaba ver con la llegada del anochecer, pues durante el día su presencia era nula. No la veían, pero si que la escuchaban. Sobre todo durante la tarde, en la cual creían percibir unos murmullos que se asemejaban a oraciones o a plegarias en un idioma que les era desconocido. Aquello les turbaba, pero no lo suficiente para prestar ayuda a la susodicha anciana en sus tareas diarias de cara a cumplir con los mandatos de su tradiciones, a la par que durante las cenas tras recolectar frutos silvestres, escuchaban las lecciones que esta les pudiera proporcionar sobre la vida. Pero cuando llegaba ese momento, la vieja callaba, permanecía en una quietud y en un silencio inescrutables. Les miraba con un brillo apagado en sus ojos, como el de los muertos, y sellaba sus labios cual si tuviera miedo de que se le escapasen los gusanos al liberar una estruendosa risotada. O al menos, así se lo imaginaban ambos jovenes, mudos en apariencia, mas con el pensamiento en acción hasta que les dolieran las sienes.
En una de aquellas noches, justamente cuando ya era de madrugada y Rushk se había despertado debido a una horrible pesadilla, recorrió la cabaña en busca de una fuente de agua para aclararse el semblante, y con ello desperdigar las sombras que le surcaban la mente. Pero entonces, a través de las filigranas de luz procedentes de la habitación de la anciana, se atrevió a atravesar el umbral por temor a que esta hubiera sufrido algún tipo de accidente, mas cuando abrió la chirriante puerta deforme, no encontró allí a la arrugada vieja con sus ojos vidriosos y vacíos, sino a una hermosa joven de largos cabellos plateados, con unas mejillas rojizas cargadas de vida y una sutil a la par que seductora sonrisa. Aquella joven se encontraba completamente desnuda, y si no llega a ser por sus largos cabellos que lo velaban, hubiera podido contemplar unos senos tan grandes como hermosos, de una forma que pareciera esculpida por algún ángel y que hubiera atraído la mirada de cualesquiera sátiro. Ella, al verle pasmado debido a la fascinación, le indicó con un dedo índice con un semblante de ninfa pícara que se acercara, y así lo hizo. No hace falta indicar la escena que se desarrolló a continuación, pues ya puede preveer el lector que se acostaron y que ambos lo disfrutaron con la lujuría que suele darse en la juventud cuando dos cuerpos se aunan en espiral formando uno solo.
A partir de este acontecimiento, las cosas cambiaron radicalmente entre Rushk y Ushk, pues este último pese a que interrogaba al primero en torno a su extraño y repentino mutismo, no lograba recibir una satisfactoría respuesta por parte de su compañero, que se limitaba a mirarle como si no entendiera el idioma con que este le hablaba pese a que ambos mamaron del mismo cauce idiomático común de su tribu. También, durante las frugales e inquietantes cenas en compañía de la ausente vieja, esta dejó de dedicar su mutismo y su mirada pérdida a ambos jovenes, para centrarse sólo en Rushk, y él la correspondía del mismo modo, mirándola indentícamente igual, e incluso dejando asomar ambos una imperceptible sonrisa. Obviamente, Ushk no entendía nada, creía que aquello era una mala broma que ambos le gastaban, mas según fue pasando el tiempo se fue dando cuenta de que algo no funcionaba como debería.
Así que, durante una noche en la que el fulgor de la luna se colaba por los resquebrajados cristales de su habitación, decidió emprender una marcha de regreso a su hogar, pensaba que ya había sentido demasiada inquietud en aquellos parajes, y que por tanto, ya había aprendido una valiosa lección que comentar a las proximas generaciones. Cargó con sus escasas pertenencias, se abrigó lo suficiente para soportar la insistencia de la escarcha nocturna, y se puso en marcha para huir de susodicho lugar. No sabía precisar cuanto anduvo, pero poco importaba, porque siempre que parecía salir de los linderos de los bosques que bordeaban la zona de la cabaña de la anciana, retornaba nuevamente a sus dominios. Y aunque insistió e insistió, siempre ocurría lo mismo, volvía de nuevo a la fuente de sus desdichas.
Tanto tiempo transcurrió intentando escapar de ahí, que desistió una vez que vió asomarse al sol del amanecer entre las ramas secas de los arboles muertos, decidiendo así volver a encerrarse en su cuarto como si nada hubiera pasado. No lograba entender que ocurría allí, y así se lo hizo saber a Rushk, el cual en cuanto le escuchó no pudo reprimir una risa que salió de sus labios como una maldición. Al principio, parecía reírse a hurtadillas, conteniendo una risa que no lograría sofocarse, pues en cuando Ushk terminó de declararse sus inquietudes sobre aquel lugar, el estruendo de su risotada fue tan tremendo que la anciana le respondió desde la sala de al lado, tan contagiosa parecía la risa de Rushk ante la perplejidad de su apesadumbrado compañero.
Días y noches trancurrían mientras tanto idénticos unos a los otros, cual si el tiempo se hubiera pausado momentáneamente. Mientras que Ushk insistía en su intento de huidas noctunas, lo cual otorgaba a sus ojos las señales del insomnio, su compañero Rushk parecía cada vez mas macilento en general, a pesar de que sus labios atestiguaban una alegría enfermiza. Además, Ushk en cuanto regresaba de sus infructuosas expediciones, creía escuchar risitas y gemidos que circulaban por la cabaña, mas al cabo terminaba por echarse la culpa a sí mismo de tales alucinaciones debidas a la falta de sueño. Mas lo que no negaba en modo alguno, era lo extraño y desagradable que se le hacía aquel lugar, lo que le animaba a intentar huir pese a que parecía no haber escapatoria. Se sentía encerrado en un cúbiculo transparente y muy bien reforzado, donde se le engañaba con la apariencia de extensión en el paisaje del altiplano, siendo en realidad un espacio muy bien concentrado en un único punto que suponía una cárcel que no precisaba de guardas ni de alcaides.
Sin embargo, y aunque Ushk no podía preveerlo, en una de aquellas innúmerables noches en las que procuraba escapar, ocurrió algo que le dejó conmocionado en sus últimos instantes de contemplación, pues vislumbró entre los arbustos que una silueta encorbada le acechaba. Se puso en una posición defensiva por si las moscas en tanto que la susodicha figura estaba cada vez mas cerca suya, y en cuanto iba a abalanzarse contra la misma para asegurar su vida, descubrió que la figura no era otro que el propio Rushk. Aquello le tranquilizó por un momento, y cuando estaba preguntándole acerca de qué hacía él por allí a aquellas horas, sintió lo gélido de un frío que le atravesaba las tripas. Miro en dirección al dolor punzante que sentía, y en tanto que sentía el sufrimiento lacerante del filo del cuchillo, Rushk comenzó a apuñalarle reiteradas veces en tanto que se desternillaba de la risa. No podía parar de reír mientras su compañero se desangraba, e incluso cuando este había caído exánime al suelo, no detuvo su enfermiza risa ni los apuñalamientos que ya contaba casi por centenares.
Sólo se detuvo cuando la anciana surgió de las sombras y se abrazó a él con fuerza, le agarró del rostró y lo dirigió a sus labios. Mientras la vieja le besaba de una forma un tanto grotesca y cargada de saliva, fue perdiendo años hasta que acabó convertida en la hermosa joven que contempló y con la que se regocijó aquella noche. Tan inserto estaba en el deleite de aquel largo y perverso beso que no fue consciente de que la joven anteriormente anciana, tenía una mano que se asemejaba a una garra debido a lo largas que tenía sus macilentas uñas, y de repente, esta le atravesó el pecho cual si fuera un sable de los que usaban los árabes, y como si fuera un cirujano experto del antiguo Egipto, le sacó el corazón que todavía latía y se mantenía caliente. Pero esto duró poco, porque con un fuerte tirón, lo desprendió de sus venas, dejando caer el cuerpo de Rushk sobre la fresca hierba, con su semblante pálido tras aquel frenesí lujurioso repentinamente detenido por una acción semejante.
Entonces, la esbelta y rubicunda joven, alzó el corazón en lo alto, dejando que la sangre coagulada se deslizara por sus níveos brazos, e incluso lamiendo aquellas sanguiolentas gotas que por azar le caían por la cara. Y de la espesura, empezó a surgir un ídolo de piedra que parecía animado por tal suculenta ofrenda, en tanto que la bella joven dió comienzó a una danzada cuya única inspiración era la locura, bailando al rededor de su dios, despojándose de sus ropas con cada movimiento y untándose la sangre restante por sus blancos miembros. Su lóbrega danza era cada vez más frenética y sin sentido, mientras que el poderío del ídolo petréo aumentaba a consecuencia de sus enfermizos pasos adornados por el fulgor de la solitaria luna.
Aquella noche se rindió el debido culto al delirio, mas también se otorgó un curioso tributo a todos aquellos lugares con los que a veces soñamos y que en cuanto se encuentran, resultan imposibles de escapar de ellos. Cada uno decidirá si hacer de ellos una cárcel que a la larga les servirá de tumba, o un paraíso recóndito para los impíos, los locos o simplemente los extravagantes de oscuridad, que hacen de las sombras y el misterio su nuevo hogar.
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