domingo, 31 de mayo de 2026

Parada a ninguna parte

 Saliendo de la calle principal en plena madrugada, con el pálido fulgor de la luna esmaltándose en el asfalto desgastado, meditaba sobre la razón de salir a deshoras. No recordaba el motivo de mi escapada, quizás ni tuviera uno, o en el caso de que así fuera tampoco era tan importante para ser recordado. El caso era que me encontraba embozado en una capa negruzca, cubriéndome para que el frío no penetrase mis huesos, temeroso de caer enfermo debido al hálito congelado que proferían las estrellas. Observaba con cierta desconfianza las sombras verpertinas de los árboles, miraba a diestro y a sinientro cualesquiera oscura silueta al acecho, atisbando el misterio que suele encubrir a la noche. Mas, a pesar de mis imaginativos esfuerzos, sólo lograba contemplar mi aliento templado escapando de mis pulmones, ascendiendo quizás a regiones etéreas que eran recogidas por entidades paganas.

Cuando ya me encontraba girando por un recodo del camino, dirigiendome hacía la parada de autobús, una silueta siniestra me vino al paso, acechándome al principio en la distancia para luego lanzarse contra mí con violencia. Intenté defenderme en vano, pues cuando ya me dí cuenta de su presencia ya estaba encima mía, respirando precipitadamente, con una agitación inusitada. Nos quedamos durante unos instantes en silencio, quizás esperando a quién fuera primero en reaccionar. Iba a atizarle un buen empellón cuando de repente escuché que de sus labios a duras penas salían palabras atropelladas, parecían ininteligibles, pero cuando afiné mis oídos escuché que me decía:

- Eh tú, si tú. Quizás puedas ayudarme... Verás, no pretendo robarte ni nada semejante. Sólo he acudido a ti pidiendo ayuda, puede que un desconocido sea más capaz de sacarme de este embrollo que yo mismo... Quizás, no sé... En fin, te diré que antaño yo era todo un hechicero. Manejaba la alquimía cual si fuera un arte culinario, conocía los secretos de la kabbalah, me leía todos los manuales de brujería que caían en mis manos y también era versado en torno a unos cuantos antiguos grimorios medievales. Mis poderes por entonces eran insuperables, podía invocar a mil demonios sin que temblase un ápice, los sometía a mis ordenes sin temor a daño alguno. Incluso me abismé en los secretos de la magia negra árabe, me inmiscuí en los cultos hindúes a la diosa Kali, o a aquel dios abandonado por los hebreos denominado Dagón, hasta participé de los rituales egipcios en aras de alcanzar la inmortalidad. Todo iba a pedir diente hasta que llegó a mí un antiguo libro que combinaba la magia negra con la roja, en principio no temía problema alguno puesto que todos los escollos los solventaba con hechizos protectores, beneficiándome de todos los resultados sin caer en prejuicios que minasen mi ánimo de mago. Sin embargo, aquel extraño legajo demoninado "Ars demon", con aquel título tan ambigüo y me atrevería a decir mal traducido, no suponía en principio un reto para mí. Así que me abismé en su lectura, y ejecuté todas sus invocaciones siguiendo las pautas en un arcano latín, y cuando quise darme cuenta, me percaté de que algo no iba del todo bien. Por primera vez en mucho tiempo supe que no todo iba tan bien como acostumbraba, aquel demonio llamado Asmodeo era mas poderoso de lo que creía, y sin darme rédito alguno en mi poderío mágico, se hizo con mi alma sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Aquel demonio me poseyó, y justo la fecha que corresponde a la anulación de mi individualidad a favor de su pleno control es hoy. Por favor, gentil hombre, ayudame...

Entonces, repentinamente, aquel mago al que no logré vislumbrar del todo bien debido a las sombras y a lo oscuro de su ropaje, se apartó de mí con temor, y comenzó a agitarse con un enfermizo frenesí. Sus manos como garras, se posaron con firmeza en su rostro, y comenzó a balancearse de un lado a otro con una agitación que podría considerarse sobrenatural a tenor de sus extraños movimientos. Se quedó en suspenso durante unos segundos, parado en seco como si hubiera visto algo a relativa distancia que le atemorizase, y acto seguido de sus labios se profirió un grito de animal herido, como si le estuvieran desgarrando las tripas. Y tal y como minutos antes estaba situado a relativa cercanía de mí, salió por patas como alma que lleva el diablo, alejándose en tanto que movía sus brazos a un lado y otro cual si una nube de mosquitos le persiguiese hasta los mil infiernos.

Obviamente, me quedé petrificado ante semejante escena. Pero poco después me puse en marcha, no tenía tiempo que perder y la parada se encontraba cerca. Subí por esta segunda calle en su dirección, y ya estaba al poco en el puerto, atisbando la señal roja de la marquesina, cuando un hombre que salía del campo asilvestrado de al rededor, salió de los arbustos que lo cercaban. Aquel hombre, sin duda, era todo un africano. Mas esto no era por lo oscuro de su piel, sino por su tremenda altura y sus fornidos miembros. A su lado, yo parecía una mota de polvo que hubiera sido desperdigada de algún envejecido mueble. Pero, a pesar de su aspecto curtido y sus músculosos miembros, aquel africano revelaba una mirada cargada de sensibilidad, sus ojos pardos eran sumamente vidriosos, como si conteniese sendas lágrimas que temían escapar de un momento a otro. Se me quedó mirando con cierta duda, como si no supiese si acercarse a mí o no. Quizás, como se percató de que me quedé parado en el sitio y me negaba a avanzar hasta que él realizase el primer movimiento, se acercó a mí y me dijo con cierto temblor en la voz debido a la emoción:

- Eh tú, amigo... Usted no me conoce, como yo a usted tampoco, pero como entre desconocidos ningún secreto es tal, quisiera relatarle algo que me acongoja. Verá, yo provengo de una pequeña aldea situada en Nigeria, desde mi mas tierna infancia mis padres me acostumbraron a observar la colonización como un mal menor que nos trajo algo tan grandioso como lo fue el cristianismo. En mi familia todos los miembros eran muy creyentes y hasta beatos, y pese a que vivieramos en la pobreza, quizás esta ingenua fe nos ayudaba a soportar mejor los empujes de nuestro desdichado destino. Según contaban mis abuelos, los colonos europeos eran sanguinarios, mas sus enviados espirituales eran mas sosegados, y aunque en los colegios que construyeron a veces les pegaban con barras de madera, les enseñaron las virtudes del Evangelio de Dios, haciendo nuestros dolores físicos nímios en comparación a los pesares de índole espiritual. Pero bueno, supongo que me estoy desviando del tema... El caso fue que una vez que los colonos partieron en apariencia mas no del todo en el plano real de la fe, nos dejaron abismados en nuestros propios azares, y entonces, en ese intervalo de noche oscura del alma, apareció un nuevo culto donde se seguía a los enviados de un tal Muhammad, los cuales compartían ciertas semejanzas con los seguidores de Cristo, mas al cabo nos confrontaron. Es decir, nos obligaron a tomar partido por uno u otro, y cuando estas agrupaciones estuvieron establecidas, hubo un enfrentamiento muy tenso entre ambas partes. Al comienzo, ambos bandos estaban bastante igualados, todo era vana palabrería teológica, pero no pasó mucho tiempo hasta que pasamos a las manos, y de las manos llegaron las armas, sobre todo en el nuevo culto que nos acometieron con frenesí a los que nos quedamos en el antiguo. Se produjeron las masacres mas sangrientas que uno pueda imaginarse, los cadáveres y su sangre coagulada adornaban las calles en un infernal festín, siendo los cuerpos de mi familia unos de tantos que esculpían su rastro nefasto por toda la aldea. Yo logré escapar ni recuerdo cómo con exactitud, y aunque al principio eché la culpa de esta masacre al nuevo culto, pronto me dí cuenta de que tanto el antiguo como el nuevo culto eran los culpables de nuestras desgracías. Si aquellos colonos no nos hubieran dado ese mensaje supuestamente consolador y paliativo de nuestra pobreza, el segundo culto no se hubiera cebado tanto con nosotros. O quizás sí, no lo sé... El caso fue que desde entonces, una vez que escapé de toda aquella locura, renuncié a Dios y a su mensaje que sólo produce confrontaciones entre los hombres, e indagué en las creencias originarías de mi pueblo, que aquí son conocidas como vudú a raíz de la revolución haitiana. Y aunque hubo un tiempo que tuve cierto sosiego del alma, desde hace poco me persigue una sombra siniestra que en ocasiones se identifica con mis familiares fallecidos... De hecho, incluso ahora mismo, creo sentirla acechandome a mis espaldas... En fin, debo irme inmediatamente.

Y sin darme tiempo a responder, aquel hombre tan alto, escapó de ahí a todo correr impulsado por sus firmes piernas que se asentaban en el suelo como dos inmensos postes. Me produjo cierto terror el final de su narración, y con alguna curiosidad me asomé en dirección a los arboles que nos circundaban por si lograba atisbar las sombras de las que hizo mención. Pero, aunque me conduje con precaución, mirando a un lado y a otro, no logré ver nada fuera de lo usual. Quizás, pensé, me había introducido en demasía en el relato de aquel hombre hasta el punto de que yo mismo me consideré uno de sus protagonistas, y eso hizo que sus palabras fueran suficiente testigos de la verdad.

Sin perder mas tiempo en estas naderías superticiosas, llegué finalmente a la parada, y me situé bajo la marquesina, cobijándome entre mis harapos y ropajes, y en esto una mujer muy anciana se situó justo a mi lado. Aquella mujer debía de contar mas años que matusalén porque había mas arrugas en su semblante que zonas despejadas, y a pesar de ello conservaba unos largos cabellos con escasas canas. Tenía una mirada escrutadora, cercada por una neblina azulenca que revelaba que quizás no pudiera ver del todo bien, y aún así, renunciaba a portar gafas quizás por terquedad. He de reconocer que su apostura me intimidó un poco, no parecía que quisiera entablar conversación alguna, mas para mi sorpresa, alejándose un tanto de la marquesina, me indicó que me acercara con un gesto, y yo, sin saber por qué ya que no tenía gana alguna de hablar con aquella bruja de antaño, me acerqué y presté atención a sus palabras:

- Verá joven, le he llamado para hacerle testigo de los pesares de una anciana olvidada por el mundo... Yo antes vivía como tú o cualquiera de las personas que poblan en este planeta, despreocupada en torno al porvenir y viviendo cada día como si estos fueran infinitos. Tengo familia, pero estos hace largos años que se olvidaron de mí, mas yo también de ellos en tanto que siempre he sido una persona muy solitaria. Me bastaba con tener mis entretenimientos entre siesta y siesta para sofocar el sopor de los pensamientos, deslizandome por la vida como una masa de arrugas que sólo se dá a deleites pasajeros. Pero un día, repentinamente, empecé a encontrarme muy mal, y yo que nunca he sido de médicos, no me quedó otra que acercarme a uno. Tras algún tiempo y muchas pruebas me comunicaron que tenía cáncer, y que me quedaba poco de vida debido a que este estaba muy avanzado. Y como soy ya muy mayor, me dijeron que ni se me pasara por la cabeza el operarme porque eso supondría mi tumba. Desde entonces, vivo en un desasosiego y en una melancolía que no me deja ni respirar con normalidad, cada día es un suplicio que me acerca mas a la muerte, e incluso mis instantes de relativa felicidad se convierten en sinsabores moribundos porque la muerte me acecha con su pútrido aliento que se huelca en mis dolores cancerígenos... ¿Qué diantres voy a hacer? ¿Cómo afrontar la llegada inminente de la parca con su guadaña?

Tras unos instantes en silencio, dudando qué responder, me decidí por decirla:

- No tiene de qué preocuparse, estoy seguro de que la muerte es un mero paso, un puente que nos conduce hacía algo mejor. Piense que ya ha vivido largos años, y que ahora ha de meditar en torno al más allá, que existe con seguridad y que nos ofrece una perspectiva halagüeña. De hecho, si por un casual yo pereciera antes, me comprometo a acompañarla por el oscuro túnel que conduce a la plena luz.

La anciana me miró con extrañeza, hizo una desagradable mueca que convirtió su rostro en un amasijo de arrugas, cual un saco abandonado que por el efecto de la parainoia produce la semejanza con un semblante, y aunque permaneció en la parada, se alejó de mí cruzada de brazos. Se desplazaba con lentitud pero con inéquivoca señal de descontento en tanto que negaba con la cabeza disgustada. La verdad es que desconozco qué pretendía que dijera aquella anciana, yo sólo le respondí lo mejor que pude y con entera sinceridad. De verdad pensaba lo que atestiguaban mis palabras, mas aquel inusituado desdén me abismó en cierto nihilismo al comprobar que no todos compartían mis certezas espirituales, y que sólo buscaban un vano consuelo, una atención a sus palabras en tanto que acallaba las mías.

Así que volví a mi puesto primigenio, meditando sobre estas cosas y tantas otras hasta que me fijé que un hombre con un carrito de bebé se posicionaba frente a mí. Aquella pobre criatura estaba claramente enferma, con tantos tubos y aparatos cercándola, pensé que probablemente no pudiera respirar con autonomía por algún tipo de fallo de nacimiento. Mas, fíjandome en la medida que aquel niño también me miraba a mí mismo con curiosidad, ví que también tenía ciertas malformaciones en sus miembros, a la par que ciertas cicatrices que se abrían y se cerraban en la medida que respiraba. Cuando levanté mi mirada en dirección al que parecía su padre, descubrí en los rasgos asiáticos que portaba, idénticos ojos rasgados en su hijo. No quise ser maleducado en mi insistencia de contemplarles con cierta estupefación, mas el hombre dándose cuenta de mis sentimientos tomó la palabra:

- Veo que le causa cierta curiosidad el estado de mi hijo. Pues bien, verá, ya nació así de deforme, aunque con el paso del tiempo, sus deformidades y peculiaridades anatómicas sólo hacen si no aumentar. Tan horrible fue haciendose con los años, que incluso mi mujer, aquella que le dió luz a este mundo, escapó de su presencia, abandonándonos tanto a él como a mí. La situación se hizo tan tremenda y horrible, que familiares, vecinos y amigos comenzaron a alejarse de nosotros, tanta repulsión les causaba la criatura. No me quedó otra que emigrar de Japón -nuestro país de origen- a estas tierras con la esperanza de pasar desapercibidos ante las deformidades físicas de mi hijo. Pero, sin embargo, aquello supuso una vana utopía, el pensar que aquí seríamos felices, pues basta comprobar tras el más mínimo paseo que todos nos miran al principio con curiosidad como usted, para luego mostrar un gesto de evidente repugnancia ante mi criatura...

Todavía seguía hablando aquel japonés, cuando dejé de prestar atención a sus palabras en la medida que veía que su hijo tenía las tripas completamente abiertas, y además de ello, comenzó a hurgarse en las mismas, estrayendo de los intestinos lo que parecían heces de gato. No pude evitar en ese momento que una arcada surgiera de mi propio estomago, subiendo por mi garganta y liberando un malestar irreprimible. Aquel hombre se percató de mi gesto, deteniendo en seco sus palabras, y desplazando su carrito a la esquina contraria donde se situaba la anciana ofendida. Me sentí bastante conmocionado observando el siguiente cuadro, una anciana con cáncer en la esquina siniestra, y un hombre con su hijo deforme en la diestra, en tanto que yo me encontraba en el centro, como un punto en suspenso entre ambos estados ¿Pudiera significar algo semejante analogía? ¿Una macabra metáfora?

Y entonces, parando en seco mis inconcruentes pensamientos, noté un temblor y el sonido de algo en la distancia. Me asomé desde la marquesina, y atestigüé por los faroles iluminados que el autobús por fin pasaba por nuestra parada, ya podría encaminarme a donde quiera que fuera en esta extraña madrugada pensé con una secreta esperanza en algo indeterminado. Ya estaba pasando por nuestro lado, con el interior completamente a oscuras y atestado de las sombras de sus inhóspitos pasajeros, cuando pasó de largo sin detenerse a recogernos. 

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