domingo, 15 de marzo de 2026

El secreto y la desidia

 Después de que hayamos tomado confianza tras charlar sobre asuntos banales, he de confesarte que desde hace algún tiempo tengo una serie de recuerdos incustrados en mi mente. Incluso cuando entramos en este bar tan desvencijado y sombrío, con esta leve luz mortecina que parece deslizarse entre las sombras, con los tenues susurros de los escasos comensales de los que estamos rodeados, esto que tengo en la cabeza no deja de pulular como una polilla desatada en busca de una lámpara, de roerme como el gusano al cádaver, de insistir en sus golpecitos cual llamada desesperada a una puerta... En fin, bien es cierto que este lugar aún en su desolación es tremendamente acogedor, invita a dar rienda suelta a las confidencias y a los secretos. No sé si pensarás lo mismo, pero desde que entramos aquí me he sentido flotando en un embalse que me acuna con parsimonia dentro de un océano embravecido. Siento las olas que nos rodean, mas no su violencia. Para mí su deslizarse supone la nana que canta su madre a su hijo en la cuna.

Te lo digo de verdad, desde que entramos aquí y nos atendió esa camarera tan enjuta a la par que amable, viendo a nuestros semejantes ocultos en la oscuridad, atisbando sus figuras tan curiosas como acogedoras... No sé, desde el primer momento me sentí como en casa, incluso me atrevería a decir como ese hogar que nunca tuve. El asunto mejoró cuando en tu compañía dimos rienda suelta a temas tan baladíes como trascendentales, empezamos con lo mundano y acabamos con lo divino. Casi me daban ganas de estirarme y exclamar ya no para mis adentros, sino de cara al exterior para que me oyese todo el mundo: "¡Ay, que a gusto estoy!" Sin embargo, aún en este buen ambiente y con la mejor de las compañías, aquel asusto no dejaba de darme vueltas en las mientes, cada vez que me sentía sosegado y relajado en esta conversación que transcurre como una sonata, el temita volvía a insistir, y debido a este pertinaz retorno, no me queda otra que contartelo todo para ver si así logro acallar estas voces que me torturan aún en los instantes de más placer...

Pero vayamos al grano: Estaba yo regresando desde ya no me acuerdo qué sitio, cuando entre los vagones de un tren que avanzaba con inusitada premura me encontré con un amigo al que hacía tiempo que no veía. Nos entretuvimos parlamentando sobre nuestros asuntos del remoto pasado hasta que... ¡Sorpresa! Mas adelante nos encontramos con otro amigo, y cuando aún estabamos entretenido con los saludos y demás cortesías, nos topamos con otros, y después con otro, y otro, y otro... Perdí la cuenta de con cuanta gente me encontré aquel día, quizás seríamos siete u ocho, no recuerdo bien. El caso era que estabamos enfrascados en el frenesí de la sorpresa cuando vímos a la distancia algunos personajes embozados en sus capuchas y gargantillas, y aunque al principio se quedaron rezagados en sus asientos, al poco se dirigieron a nosotros con no muy buenas intenciones. Al principio intenté comprender por la vía diplomática cual eran sus intenciones, pero aunque procuré hacerme entender con las palabras, aquellos hombres no razonaban, y al poco terminamos con las manos. Nos peleamos como animales, y pese a que mis amigos se mantuvieron a la distancia al comienzo, también se vieron obligados a intervenir tarde o temprano.

Desconozco cómo llegamos al culmén de aquella pequeña guerrilla, mas el caso es que ya llegamos a nuestro y nos escapamos de ahí como unos gatos asustados a ojos vista, y nos subimos a un vehículo de grandes dimensiones para regresar a nuestras respectivas casas. En el trayecto comencé a devanarme los sesos sobre lo que acababa de pasar, hasta que terminé enfrascado en otros asuntos. Y entre esos asuntos se encontraba... ¡Ya recuerdo! Ya sé lo que hice aquel día antes de tan inusitado encuentro, me pasé aquel día vagando y vagando por los al rededores de la urbe, por aquellos lugares que aún están asediados por la madre naturaleza, yendo y viniendo por lugares que creía conocer, mas en realidad no. El caso es que me perdí, no sabía cómo regresar. Andaba sin razón de ser, tan sólo por andar, sin sentido alguno... Mas aunque me esfuerzo por recordarlo, ahora no sabría decirte cómo llegué a coger aquel tren donde ocurrió todo aquello... Quizás, pero no, no estoy seguro...

Pero bueno, me estoy desviando del tema. Retornando a lo que nos ocupa, finalmente llegamos todos sanos y salvos a nuestro villorío acostumbrado. Y una vez ahí, descendiendo del inmenso vehículo escapotados y despidiéndonos sin ganas de detenernos mucho en estas naderías, cada uno regresó a su casa con sus propias patas. Y cuando ya me encontraba en mi calle, un coché me abordó impidiéndome avanzar. De él salió un hombre negro bastante mayor, en su semblante se atisbaba cierta tenacidad y experiencia, y aunque parecía esa clase de personas que estaban dispuestas a hacer lo que fuera con tal de sobrevivir, algo en sus ojos oscuros y vivos me advertía que tenía buen fondo. A menudo ocurre que las buenas personas se ven forzadas por las circunstancias a adoptar los más nefastos comportamientos, así me lo comunicaban las arrugas de aquel hombre, sobre todo las de las comisuras de sus labios desgastados, junto a aquel toque de ironía que profería de sus orejas.


Tras breve presentación me comunicó que estaba detenido por un delito que no lograba identificar en mi atrofiada memoria, y acto seguido pasó a enumerarme los delitos de los amigos a los que hacía poco que había visto, me quedé perplejo ante sus acusaciones pero en verdad, tampoco podía confirmarlas ni negarlas. Para mí eran tan oscuras como la pupila de sus ojos, aquel ignoto abismo del desconocimiento... Me quedé pálido, y él se dió cuenta. Así que para calmar el ambiente me invitó a un buen habano, y me llevó a recorrer el villorío para buscar a mis compañeros. No recuerdo cuanto charlamos durante aquel viaje, pero sea lo que fuera lo que le dije, parecía agradarle a aquel hombre. Hasta me confesó que le caía simpático en tanto que me llevaba por carreteras que no estaban asfaltadas, elevándose la tierra a nuestro al rededor con cada uno de sus frenazos y derrapes. Al final nos salímos de la ruta, ya que otros coches como aquel se acercaron para comunicar a mi compañero -que parecía el jefe o líder de todos aquellos- que ellos mismos se ocuparían del asunto que tenían entre manos. Así que tomamos otra ruta, nos dirigímos mas allá de los limites que yo mismo había cruzado en mis vagabundeos. Y en tanto que duraba aquel viaje, charlamos y charlamos de los más diversos asuntos, ganándonos en una simpatía mutua que era callada, pero que se atestiguaba en nuestras miradas.

Finalmente llegamos a lo que parecía una pequeña ciudad, abrió la puerta y me comunicó que debía subirme al edificio que teníamos en frente. Así lo hice, y cuando abrí aquella puerta chirriante, cuando ascendí aquellas escaleras que crujían con cada uno de mis pasos, en tanto que abrí una puerta de hierro pintarrajeada, me encontré con un hombre calvo y cuyo cuerpo musculado estaba repleto de tatuajes mirando hacía la ventana en una sala completamente despejada de muebles y artefactos. Parecía estar meditando, mas en cuanto entré, pareció reconocerme pese a que yo nunca le había visto. Entonces con una media sonrisa, me hizo bajar de nuevo ahora en su compañía, y de repente, ante una sorpresa que no logré reprimir, la calle se encontraba atestada de gente mirándome directamente a mí. Y cuando ya estaba ante el edificio del que acababa de bajar, aquel hombre calvo tan fuerte me dijo que conocía mi secreto y que quería ponerlo a prueba.

Es cierto, no te había contado un pequeño detalle... Tengo una habilidad muy especial que me distinge de tantos otros que poblamos estos lares, soy depositario de un poder bastante ventajoso y que me ha librado de unos cuantos sustos. Soy inmortal por heridas, una habilidad que comparto con otro personaje muy conocido por aquí al que suele llamarse el soldado-brujo. No te rías... Es verdad ¿Qué ganaría con mentirte? Pero retornando a mi narración, aquellos hombres me pusieron a prueba para averigüar si era yo quién buscaban. Así que me hicieron darme la vuelta, ponerme de espaldas. Y entonces, me asestaron unos cuantos disparos con sus pistolas, quizás me dieron unos doce o trece tiros, y yo, lejos de inmutarme, los recibí cual si fueran unos golpes amistosos. Al poco de impactar en mi espalda, las balas fueron expulsadas con suma delicadeza, cayeron al suelo cual si se me hubieran deslizado a mí de las manos, y las heridas de tan aparatosas en su sangre palpitante, se cerraron en una suerte de cirugía espontánea. Obviamente aquellos hombres quedaron impactados, y lo que al principio era silencio y desconcierto se volcó en una sucesión de aplausos y vitoreos. Cuando me dí la vuelta me sentí como una especie de héroe, sonreía regocijado ante mi triunfo tras superar tal cruenta prueba.

Y así fue cómo comencé a trabajar como un agente para aquel hombre, patrullaba la zona recorriéndola a diestro y siniestro. Y cuando me encontraba con personas sospechosas a los intereses de mi jefe, simplemente les abatía sin remordimiento alguno. Como en algunas de aquellas pequeñas misiones y escaramuzas debía emplear tanto la fuerza bruta como la defensiva, mi habilidad secreta me servía de obvia ventaja, logrando con ello que ninguno de mis rivales pudiera superarme. No necesitaba excesivo entrenamiento, ya que poco importaba que recibiera un bandazo por aquí y por allá, un disparo certero en mi pecho o en mi cabeza, me recuperaba a los pocos instantes y acometía a mis enemigos sin tesón, matando a todos aquellos que mi jefe quería ver eliminados, y capturando a aquellos que debían ser interrogados por otros agentes. Yo, por aquel tiempo, no me preguntaba por la razón de ser de aquel cruento oficio, simplemente lo aceptaba como un modo de ganarme la vida.

Todo iba bien hasta que en una de aquellas misiones me topé con una serie de documentos que resultaban comprometedores para mi jefe. Pensé en eliminarlos, o en entregarlos bajo su custodia, mas una lectura mas profunda me hizo darme cuenta que aquel hombre no era trigo limpio. Así que los cogí y huí con ellos, hasta donde fuera necesario con tal de protegerlos. Como es obvio, aunque reconozco que no sé cómo ya que hasta entonces no había revelado a nadie esta información, el jefe supo que yo tenía aquellos documentos en mi poder, y quiso que se los entregase. Me negué, en redondo. Aquello era demasiado grave para dejarse pasar como si tal cosa, así que lo proferí por toda aquella zona. Comuniqué a todas aquellas gentes que el lider de nuestra comunidad que era un corrupto, que daba y aceptaba sobornos, que... Prefiero no seguir. El caso fue que desde entonces fuí perseguído como un bandido, un forajido de la verdad, como todas aquellas personas que yo me había ocupado de eliminar y de entregar. Me sentía grandemente compungido y arrepentido por mis anteriores acciones, desconocía que mi jefe tuviera un pasado tan turbio, a la par que me sorprendía que yo hubiera trabajado para tan oscuro personaje sin informarme antes nada. Pero, ¿Cómo iba a saberlo? Aquellos papeles me abrieron los ojos, hasta los memoricé por si en algún momento me eran sustraídos, y los promulgué por todos los lugares para que todo el mundo supiera la verdad.

A partir de entonces fuí perseguido, humillado y vilipendiado. Me amotiné en un viejo edificio, en el que cada día y cada noche recibía la visita de alguien dispuesto a eliminarme, a quitarme de en medio de un tablero en el que ya no era un jugador más, sino un estorbo para los planes de un lunático. No recuerdo cuantos embates fueron, mas fueron incesantes. Cada vez acudían mas gentes para eliminarme de la faz de la tierra, al principio fueron individuos adiestrados en el arte de matar, asesinos a sueldo a los que logré eliminar sin mucha dificultad, luego fueron grupos armados que logré dispersar de un bandazo, y finalmente, ejercitos enteros que agujereaban las paredes con sus disparos alocados, a los que pude reducir poco a poco. Con el paso de los días, de las semanas, de los meses, me dí cuenta de que aquello no podía seguir así. Logré escapar de aquel sitio, no sé ahora cómo si me preguntas por aquello, pero el caso es que salí escapotado como si no hubiera un mañana y hasta ahora mi escondite me ha sido ventajoso, ya que nadie ha dado conmigo.

Avancé a través de los bosques mas oscuros, escalé las montañas mas elevadas, e incluso atravesé desiertos y páramos sobre todo de noche, ya que sabía que a pesar de mi repentina huida todavía era buscado por mi anterior jefe. Estuve años caminando, corriendo en dirección hacía donde nadie sabe, descubriendo que con cada paso el camino cada vez se ensanchaba cada vez más, se alargaba en aras a un horizonte inalcanzable que me permitía observar nuevos caminos, sendas inusitadas que discurrían más allá de la maleza y de la molicie de este mundo sorprende aunque también sumamente sombrío... Cuando ya había avanzado mucho más allá de lo que mi propia imaginación se atrevería a fantasear, me hospedé en las más desconocidas aldeas, habitadas todas ellas por hoscos personajes que parecían huir de algo ignoto, del mismo modo a como lo hacía yo mismo... En fin, todo ello hasta llegar aquí frente a tí, charlando sobre este asunto y liberándome del mismo para evitar que este inmundo insecto continué picandome en las sienes.

Ahora he de parar de hablar, ¿Qué me dices tú? Pero, espera un momento... Creo que lo veo todo un tanto nublado. Quizás tanta bebida y tanta infastuosa palabra me ha mareado. Será mejor que me levante y que tomé un como el aire en compañía de algunos pitillos que tengo por aquí. Ah ¿Quieres acompañarme a la salida? Muchas gracias por tu cortesía y amabilidad, de verdad. En estos tiempos ya no se encuentra gente como tú... Marchemos, a ver si me sosiego un poco de este rídiculo devaneo repentino. Aquí mucho mejor ¿O no? Que aire tan fresco, y qué noche más hermosa por cierto... Fíjate cómo la luna ilumina todas las cosas, dotando a cada elemento de una nueva luz, invisible durante el día. Y... Pero, ¿Qué demonios haces? Maldita sea, me has rebanado el cuello como si tal cosa... ¿Querías comprobar si efectivamente tenía esa habilidad que antes te conté? Pues ya lo sabes, ahora une mi cabeza con su cuerpo, al poco ambas se conjuntarán sin dejar cicatriz ni nada parecido, como si no hubiera pasado nada ¿Qué estás haciendo con mi cabeza? Agh... ¿De dónde has sacado ese viejo saco? Oh no, me introduces en él... ¿Y mi cuerpo? ¿Lo estás atando? Como aprieta... Aunque no pueda ver nada lo estoy notando...

¿Qué estás haciendo conmigo? ¿A dónde vamos? Siento que nos estamos desplazado en una especie de carreta, puedo sentir los baches y sus sacudidas ¡Respondéme, maldita sea! Y ahora ¿Qué? Que silencio de repente, no puedo ver ni oír nada, me atrevería a decir que ya tampoco siento nada, a excepción de cierto frío y una humedad que lo acompaña. Mi voz se ha convertido en un eco, mis movimientos son imperceptibles, y aún mis fantasías son lúgubres cual si se tratasen de leyendas góticas del pasado... Aquí no hay nada, sólo oscuridad, yo mismo y mis resquemores son mi única compañía. Me has dejado abandonado, aquí desterrado de la compañía de mis semejantes y aún de la esperanza de salir con vida. Parece que aquí permaneceré el resto de mis días, en una soledad que de tan sola aún ese denominativo se le queda escaso ¿Y qué haré mientras tanto? Aquí me quedaré esperando... ¿A qué? No lo sé, a la muerte, a la nada, a la gran parca, a ese dios tan sombrío como desconocido... Poco importa ya.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.