Desde hace siglos la noche es el momento propicio para las más suculentas aventuras, sobre todo para aquellas que habitan en nuestras más oscuras pesadillas ¿A qué se deberá? Quizás sea por la aparición de aquella diosa arcana llamada la luna, que invocando a sus tropas las estrellas inunda todas las cosas de su meláncolico fulgor, o puede deberse también a que es el momento en el que la sombra reclama su antiguo reino para recordarnos como era todo antes de la aparición del hombre, o también podría ser porque debido al manto de la lobreguez, lo que el día replegaba a la oscuridad y al ostracismo, retorna a campar a sus anchas... Sin embargo, si se me pidiera que me decantase por alguna de estas opciones u otras, no sabría asegurar cual de ellas es la idónea. Aunque algo, un secrero ultramundano palpita dentro de mí cuando se me presenta esta cuestión, y que parece inclinar la balanza a que estas aventuras tan extrañas e inquietantes nacen gracias a la ninfa de la oniría, que nos lleva de la mano a través de sombríos laberintos, queriendo despedazarnos cuando lleguemos al final del túnel...
Precisamente me viene ahora a la cabeza un acontecimiento ocurrido en el mundo onírico hace poco, pese a que tratándose de los parajes soñados podríamos estar refiriéndonos a algo que ocurrió hace largo tiempo, en tanto que al igual que en la eternidad, en los sueños el tiempo es una utopía, una cuestión relativa. El caso era que una pareja y la hermana del varón habían atravesado una senda que ha recibido el denominativo de La calle de las Pesadillas ¿Por qué? Pues porque ahí habitan los seres más nauseabundos y terrórificos que uno pudiera imaginarse, desde las clásicas brujas pasando por trasgos deformes hasta llegar a ciertas entidades sin forma específica que se dedican a absorber la fuerza vital de todo aquel que con ellas se cruzase. Era extraño, pero aquellas tres personitas no se habían encontrado con ninguno de estos peligros. En aquella ocasión, toda la calle parecía desierta y despejada de horrores, sólo la palidez de la luna esmaltada en el suelo daba un toque lúgubre a la situación, lo que hizo que aquel hombre tomase de la mano a sus dos acompañantes para que se sintieran protegidas ante cualquier peligro.
Incluso, entre las sombras de aquel paraje abandonado, vislumbraron una de las casas del soldado-brujo. Ahí la tenían, ante sus perplejos ojos, iluminada por la luna como si fuese un tributo que le rindiese aquella diosa pagana de los primeros tiempos. Mas en ella parecía que no había vida, se encontraba congelada como si se tratase de una estrella mas, cuyo parpadeo aparente es meramente ilusorio. No había luz alguna, ni sombras que las recorriesen a través de las ventanas o en las coberturas del jardín, parecía completamente abandonado. ¿Y cómo sabían que aquella casa era la del soldado-brujo? Pues simplemente lo sabían, había una tensión callada en el ambiente que así lo indicaba, un hálito en suspenso que inspiraba melancólia y nostalgia hacía algo indeterminado, un recuerdo que palpita en el corazón y que produce insomnio, el desgaste de una vida entera lanzada a la basura... Tantas cosas evocaron en ese instante de contemplación alucinada que decidieron continuar, no fuera a ser que aquella congoja en el pecho les impidiera seguir avanzando.
Poco más abajo se encontraron con un cruce de caminos, y movidos por el impulso de querer salir de ahí, optaron por el camino siniestro. Y andaron, andaron largo tiempo a través de el en un paisaje que no admitía modificación, hasta que encontraron una parada abandonada en la cual se sentaron. No hablaban mucho, se miraban consternados, a la par que inspeccionaban aquel terreno baldío, y al final decidieron esperar. Ni ellos mismos saben cuanto tiempo estuvieron esperando, se figuraban que fue durante mucho tiempo, aunque quizás fueran unos minutos, o puede que incluso horas, o a lo mejor nada de eso, sino cuestión de segundos que a ellos se les atragantaros en sus cuellos comprimidos.
Mientras esperaban en aquella sucesión temporal indeterminada, creyeron escuchar voces en la lejanía, voces infantiles que reían, se divertían quizás a su costa, se desplazaban invocando una danza macabra, saltaban entre los hierbajos cual manada de lobos, para después aparecer ante sus ojos como tres inocentes niñas. La una era rubia, otra era morena y la tercera era pelirroja, y aunque en apariencia parecían tres niñas normales, algo en el brillo de sus ojos les advirtió que en modo alguno era así, mas bien eran tres apariencias de niñas que en realidad eran otra cosa, algo mucho más oscuro que la parodia de la inocencia que representaban. Las niñas danzaron de un lugar a otro, bailaban a su al rededor como si estuvieran en sabbat, se escondían tras las marquesinas y volvían a aparecer como si estuvieran jugando a un juego macabro, les hacían extraños y blasfemos gestos que no eran los habituales en la edad de la inocencia. Mas lo que más perturbaba no era lo que hacían, sino lo que celaban bajo esos ojos azulencos que las tres portaban, y que prometía ser la invitación a la indecencia y a la osadía pecaminosa de un delirio, o de una pesadilla.
De repente, un coche destartalado se paró ante sus ya de por si costernados ojos. Parecía que había un hombre sucio y mugroso al volante, pero estaba tan oscuro que no se le podía ver bien. Entonces las niñas señalaron al hombre y les invitaron a entrar en el coche, arguyendo que era la única forma de escapar de ahí. No sabían por qué, pero desconfiaban de la propuesta, y se limitaron a negar con la cabeza. Aún así, las niñas insistieron en tanto que el hombre al volante sacó un brazo peludo y cargado de porquería, tamborileando en la chapa del coche, mas ellos siguieron empeñados en su no que ahora si salió de sus labios, cual una melodía imperceptible. Las tres niñas les dijeron que no había otra salida, que nadie pasaría por ahí a recogerlos, y que el camino a pie era demasiado peligroso. Pero ellos erre que erre con su no, completamente seguros de que el peligro era aquel hombre maloliente que creaba crueles sinfonías con sus golpes.
Al final, las niñas con un mohín de enfado subieron a la parte trasera del coche, y este fue arrancando hasta que desapareció de su vista. Mas aquello no duró durante mucho tiempo, porque al poco volvió a aparecer el mismo coche invitándoles a entrar, y ellos volvían a rehúsar aquella invitación que les olía mal, a parte del tufo que surgía de aquellos metales magullados. Pero poco importaba, cuando el coche se marchaba, a los pocos segundos, minutos, horas, volvía a aparecer con idéntica invitación al delirio. En esos espacios en los que la figura del coche se fundía con las sombras de la lejanía, ellos mismos se percataron de que en algo no se equivocaban, y era en que allí no pasaba nadie, excepto durante un instante en el que creyeron vislumbrar por la neblina nocturna una suerte de camioneta en la distancia contraria a la partida del coche, mas era aquello una ilusión que se desvaneció rapidamente, como la vana promesa de algo que jamás llegaría para su salvación.
Lo que si retornaba a sus desconcertados ojos era el mismo coche con el mismo hombre y las mismas pícaras criaturas en los asientos traseros, con la idéntica invitación infernal y con la idéntica respuesta en negativa. Desde luego, ellos mismos se sentían en aquellos momentos en una pesadilla, con aquel retorno incesante del coche destartalado y sus sombríos ocupantes. Pensaron que aquello no podía seguir de ese modo, así que tras largo tiempo y honda meditación optaron por partir, y seguir la linea que marcaba la salida de aquel coche, que ellos ya sabían por reciente experiencia que no tardaría en aparecer de nuevo.
Así pues, decidieron recorrer aquella carretera abandonada que no parecía conducir a parte alguna. En su escueta travesía les daba la sensación de que por mucho que andasen, aquel terreno era idéntico, una casa abadonada se parecía a la otra, el asfalto agrietado era siempre el mismo sobre el cual ya habían pasado, incluso los baches desgarrados en millares de pequeñas piedrecitas eran los mismos unos a los otros. Parecía que por mucho que andasen, ya fuera con parsinomia o con premura, en realidad no avanzaban en absoluto. A veces, creían escuchar en la lejanía gritos escalofríantes que no sabían si provenían de animales, personas u otros seres, en otras ocasiones aquellos sonidos tan distorsionados les parecían semejantes a aquellos reproductores de vinilo que estando atrofiados dan salida a las más terroríficas melodías, e incluso se emparanoiaron pensando que todo aquello era producto de su imaginación. Como lo eran aquellas sombras con ojos amarrillentos que pensaban vislumbrar de soslayo, y que les observaban ocultos entre las sombras de los arboles. Ya no sabían qué era real y que no, a excepción del coche que de vez en cuando aparecía con aquella invitación que por nada del mundo aceptarían.
Entonces, para su sorpresa, llegaron a un lugar. Se trataba de un centro comercial abandonado, y no viendo qué mas podrían hacer en aquella extraña tesitura, pues las calles aledañas no eran precisamente alentadoras, decidieron internarse en el mismo. Aquel lugar estaba tan abandonado y destartalado como todo lo que habían visto hasta ahora. Todos los establecimientos estaban cerrados, excepto un pequeño bar en el que uno podía colarse debido a que alguien le había hecho una hendidura en una de sus esquinas laterales. Y como estaban tan sedientos como hambrientos tras la larga jornada, optaron por internarse en sus oscuras entrañas en busca de provisiones. Estuvieron rastreando e interceptando diferentes comestibles y botellas de agua que estaban por ahí dispersas, hasta que notaron como si una presencia les estuviera observando desde la sala contigua, la cual estaba dividida por un muro de mármol que tenía una abertura en su centro y una puerta de madera carcomida a su diestra. Así que entraron por esta misma y localizaron a las tres niñas, que les esperaban con los brazos cruzados. Mas las niñas ya no eran niñas, eran adolescentes. Vestían de idéntico modo y les miraban con idéntica sospecha ignominosa, sólo que parecían haberse echado diez años encima. Continuaron insistiendo en que debían irse con ellas en el coche de su padre según dieron, mas ellos en vez de negarselo de forma tan tajante, se limitaron a cerrarles la puerta en las narices para ver si entendían en aquella ocasión esa indirecta.
Quisieron salir de ahí lo más pronto posible para proseguir su marcha y así salir de la pesadilla, pero la hendidura sobre la cual se habían internado ya no estaba ahí, y la puerta principal estaba atascada. Insistieron dando tropezones y golpes sobre aquel objeto inamovible, mas no pudieron por mucha fuerza que aplicaron. Detectaron a sus espaldas un conjunto de alientos dulzones que les hicieron retroceder, y comprobaron que eran nuevamente las niñas que no eran ya niñas, pero ahora tampoco eran adolescentes, sino simplemente jóvenes, y ya tampoco estaban como enfurruñadas, ahora tenían una sonrisa siniestra esculpida en sus hermosos rostros y se iban acercando poco a poco a ellos con paso pausado. El hombre puso a su pareja y a su hermana a sus espaldas para cubrirlas y que no les pasase nada mientras las ex-niñas iban avanzando en su dirección, y cuando ya casi estaba rozando las telas de sus vestiditos, las empujó con uno de sus brazos. Pero en cuanto así lo hizo, las tres desaparecieron de su vista como por arte se magia, se sumieron en las sombras como si estas coparticipasen de su esencia.
Y entonces, toda aquella sala comenzó a temblar con violencia, las paredes a agrietarse y los muros a dislocarse como si en el exterior estuvieran en zona de guerra. Entre estos muros que dieron paso a pequeñas aberturas se colaron los brazos de aquel inhóspito hombre, este tensaba sus músculos en aras de alcanzarlos, mas por suerte localizaron la hendidura mediante la cual ellos mismos accedieron al susodicho establecimiento, y corrieron espantados para salvar sus vidas. Y en cuanto estuvieron de nuevo en aquel centro comercial abandonado, pudieron observar perplejos que todo había cambiado, que aún siendo de noche había como mas luz en su interior, cual si todas aquellas tiendas clausuradas hubieran tenido vida desde hacía escasos minutos. Casi creyeron que si alzaban sus voces pidiendo ayuda quizás alguien que no fuera una niña mutante o un hombre degenerado les ayudase, sacándoles por fin de ahí. Pero no gritaron en modo alguno, sabían que aquello era inútil y se limitaron a recorrer la zona para encontrar una salida. Pensaron que la encontraban continuando el mismo camino por el que habían entrado pero a la inversa, mas aquella puerta estaba cerrada, impidiendoles escapar de ahí.
De nuevo, a sus espaldas vieron a las niñas que ya no eran niñas, sino jóvenes, caminando en su dirección con su acostumbrada parsinomia e insistiéndoles en que partiesen con ellas y su padre si querían salir de ahí. Y en ese momento, percibieron en sus oídos un susurro apagado, que sólo era perceptible para ellos, se trataba de una voz cavernosa y lejana que les indicaba que aquellas no-niñas eran hadas malditas, seres de luz que habían renunciado a su pura esencia para seguir el camino de las sombras, convirtiéndose en unas diablesas de la tentación, de la lujuría, de la aniquilación... Y que el hombre que iba con ellas no era otra cosa que un ángel que había renunciado al hálito celeste para conducirse a las cadenas de la desolación vertiéndose en una entidad que se alimentaba del miedo. Sintieron escalofríos en cuanto recibieron estos mensajes en susurros misterioros, el percibir la verdad de aquellas entidades les desconcertaba todavía más que el desconocimiento, la verdad era más terrorífica que la ignorancia, en el edén eran felices porque eran ignorantes, ya que el miedo entró en la psique en compañía del ansiado conocimiento.
Poco duró aquella reflexión que les carcomía por dentro, pues en cuanto aquellas diablesas recíen descubiertas les tocaron con sus manos, la puerta metálica a sus espaldas cayó, y lo que era noche cerrada se vertió en una luminosidad violácea que les rodeó por los cuatro costados. Cayeron al suelo derrumbados, desconcertados en cuanto inhalaron el aire del exterior, y mientras se levantaron poco a poco vislumbraron como si en el cielo estuviera amaneciendo, mas con el amanecer más extraño que hubieran visto en vida, en muerte o en sueños, pues era entre morado y verdoso, y adquiría tintes cada vez más extraños y desconocidos en tanto que uno agudizaba más la mirada en su dirección. No comprendían nada, ni lo que había pasado antes, ni mucho menos lo que estaba ocurriendo ahora ante sus miradas perplejas. No obstante, un poco mas a su derecha, localizaron una hermosa arboleda despejada que les conducía a la que quizás fuera la salida de aquella pesadilla. Y, obviamente, a ella se dirigieron sin dudarlo durante un instante.
Efectivamente, en cuanto entraron en ella, salieron de aquel infausto lugar, se encaminaron en dirección a un paraíso que les era propicio. Es decir, despertaron. O eso creían ellos, porque en tanto que se encaminaban en dirección a la recíen descubierta luz, sus miembros eran cada vez más oscuros, y sus ojos cada vez más más inocuos, creían andar cuando en realidad estaban levitando en el abismo, pensaban ver cuando estaban ciegos, se figuraban que estaban recorriendo la consciencia cuando en verdad estaban soñando una pesadilla eterna controlada por algún demonio maléfico. Como todos nosotros que andamos por este mundo con la certeza de nuestra propia existencia, fueron engañados en cuanto sintieron el roce de la carne, cerrando los ojos a la vida y abriéndolos a la muerte.
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