domingo, 21 de diciembre de 2025

La prisión existencial

 

Desconozco cómo llegué aquí, y para ser sincero, creo que casi nadie más lo sabe. Llevo habitando esta estructura de piedra y acero desde que tengo conciencia, y pese a intentar indagar en torno a cómo llegamos todos aquí, nunca obtuve respuesta alguna, ni siquiera por los mas sabios del lugar. Al principio, esto me daba rabia sobre todo cuando era más joven. Pero, con el tiempo, aprendí a resignarme llegando a la conclusión de que hay cosas que simplemente no tienen una explicación. Hay personas que están obsesionadas por querer saberlo todo, tienen esa alma de pequeños filosófos que no les deja descansar en paz, mas hay veces que por mucho que intentemos llegar a la verdad esta se nos escapa, tan traslúcida e invisible es.

Mi padre era una de esas personas que buscaban respuestas, aún a costa de su propia vida. Siempre estaba yendo de un lado a otro, intrigando y conspirando para hallar respuesta a sus inquietudes. Pero, del mismo modo a como me ocurrió a mí, nunca llegó a una conclusión, y esto en vez de conducirle a una sosegada resignación, le animó a pasar a la acción, a una acción cargada de inconsciencia, mas también de coraje. Debido a ello, se hizo tremedamente famoso por estos lares, se le conocía como un revolucionario del tomo al lomo, uno de los pocos que se atrevieron a enfrentarse a las autoridades de cara a flanquear estos muros y adquirir así la ansiada libertad, la cual sea dicho de paso, es casi una utopía para todos nosotros.

Alguien denominaría el lugar donde habitamos todos como una especie de prisión, mas tal categoría es equivocada en un sentido y acertada en otro. Por un lado, es cierto que estamos encerrados, que aquí hay normas muy estrictas y que pocos son los que pueden respirar aire directamente, mas por otro lado los muros no son tan limitados y estrechos como lo podrían ser las cárceles del pasado. Yo diría que este lugar mas bien se asemeja a una pequeña ciudad, la cual si bien es cierto que a determinadas horas del día permanece constreñida para la mayoría de sus habitantes, cuando el sol anima con su fulgor las moles rocosas del exterior, se nos concede que nuestros pasos sean más amplios y excelsos.

Pero, para mi padre aquello no fue suficiente. Poco le importaba el leve hálito de libertad que le otorgaban los alguaciles, él buscaba la libertad más plena. Debido a ello, como iba diciendo, se reveló y logró quizás lo que pocos han conseguido por estos parajes, y esto es el alcanzar el exterior. Sin embargo, aquí la historia se difumina y se convierte en incierta, porque hay quién dice que al final fue acometido por los guardias, mientras que otros dicen que finalmente logró alcanzar su deseada meta: la libertad completa, saliendo de estos muros cual oveja descarriada del sistema. Personalmente no sé qué pensar, aunque me gustaría inclinarme a que después de todo logró salir, pese a que desde entonces a mi madre le diese una fuerte depresión que al tiempo le provocó la muerte, dejándome desamparado y huerfano en esta ciudad-prisión.

Por suerte o por desgracia, yo no soy del todo como mi padre. Una vez que logré entender la lógica de este lugar pese a que no logré averiguar su origen, me sosegué y decidí vivir en relativa paz y tranquilidad. Mi rutina es muy simple: me levanto temprano, hago mis tareas, retorno a mi habitáculo y ya durante el atardecer me relajo un poco en la zona de ocio antes de acudir para dormir. Allí, en esa zona, cuando era joven disfrutaba de los recreativos y de las apuestas con mis miseras monedas, pero según fuí creciendo, empecé a frecuentar a las mujeres que allí vendían su cuerpo. Al comienzo, eso deleitaba mis sentidos carnales, pero con los años hasta eso se hizo una rutina que me hastiaba hasta que conocí a una de las mujeres de aquel lugar que se llamaba Vera, y desde entonces sólo frecuentaba su cuerpo, y quizás algo mucho más importante, su corazón.

Vera es toda una dama, su desempeño va mucho mas allá que el de la mera satisfacción carnal, ya que tras el encuentro de los sentidos, le encanta hablar mientras fumamos. Ella presentaba también las mismas inquietudes que yo respecto a este lugar, y hasta cierto punto admiraba la leyenda viva de mi progenitor. Cuando nos conocímos, apenas hablabamos, nos limitabamos a retozar como animales desbocados que necesitaban desfogarse, pero con el tiempo esos instantes fueron haciéndose más pequeños para ir cediendo terreno a la conversación hasta el punto que hubo veces que el contacto del cuerpo se limitaba a los besos, mientras nuestra charla se incrementaba tanto que parecía que debatíamos en un parlamento. Obviamente, tras conocerla, dejé de frecuentar a otras mujeres, eso me hizo pensar que me enamoré. A este respecto, Vera opinaba lo mismo, y me lo hacía saber con su sonrisa tan encantadora.

Antes he dicho que no me parecía del todo a mi padre, pero esto es también una media verdad. Me dí cuenta de su herencia en mi mente cuando ocurrió un determinado episodio que lo cambió todo, pero no nos adelantemos. Antes he de contar los antecedentes, y estos se remotan a cuando los lideres de la ciudad-prisión me otorgaron el privilegio de poder trabajar en un establecimiento que se encontraba justo en la frontera de los muros que habitabamos. Se trataba de una tienda de comestibles donde acudían gentes del exterior a comprar nuestros productos, e incluso me dieron la oportunidad de que podía traerme a una persona conmigo, y obviamente escogí a Vera tanto para que me hiciera compañía como para que lograse salir de su anterior mundo. Así lo hicimos ambos, y allí conocimos a otro de los nuestros que era el encargado del establecimiento. Este no hablaba mucho, pero siempre nos sonreía con amabilidad y hasta con complicidad, los clientes en cambio no eran nada amables, nos trataban como a sus esclavos. Y aún con ello, alguna vez me aventuré a preguntarles a algunos de ellos acerca del mundo exterior. Pero nunca soltaban prenda, y hasta llegaron a golpearme por mi impertinencia.

En realidad, nos maltrataban a los tres constantemente, ya fuera en palabra o en acto. Y esto fue lo que hizo que la herencia interna de mi padre me golpease en lo más hondo, pues empecé a sentirme mal por esta injusticia. Los golpes y maltratos que me dolían más no eran los que yo mismo recibía, sino los que tanto a Vera como mi compañero les caían. Al final, yo molestaba a los clientes preguntando y lanzándoles miradas de desprecio en respuesta a las suyas, mas Vera y mi compañero nunca tuvieron gesto alguno que connotase la más mínima falta de respeto, y a pesar de eso, ellos eran los que recibían mas maltrato por parte de esas gentes desagradables.


Un día no pude soportarlo más, y cuando ví como un hombre soltó un mamporro a mi compañero, lo agarré del brazo antes de que recibiera un segundo y no paré de zurrarle hasta que acabó en el suelo completamente inconsciente. Al ver esto, muchos otros clientes se abalanzaron contra mí, pero sus intentos por reducirme fueron vanos en tanto que yo estaba desatado debido al odio contenido. No paré de soltar mandobles a unos y a otros, hasta sonó la alarma de emergencia que hizo que acudieran los alguaciles a prenderme. Mas estos, aún con sus porras electricas y sus sofisticadas armas, no lograron retener mi frenesí. Algunos de mis compañeros de la ciudad-prisión, animados por mi reacción, montaron un motín impresionante. Era verdad que los guardías tenían la fuerza y los útiles suficientes para reducirnos, pero nosotros teníamos una ventaja númerica, y así la usamos contra todos ellos. 

Se armó una buena. Cada pasillo, cada callejón, cada resquicio de suelo empedrado, estaba sumido en la agitación de la masa encarcelada que decidió rebelarse contra las injusticias que vivíamos. Y curiosamente yo, un resignado de manual, liberé susodicha rebelión quizás gracias al imaginario colectivo que me contemplaba como legítimo heredero de mi padre. Sin pensármelo dos veces, tomé de la mano a Vera y la llevé a través de las oscuras galerías cargadas de caídos en combate y de su sangre, para así alcanzar la salida y poder liberarnos de aquellos muros de acero. Reconozco que sentí miedo, pero tantas eran las ansias que tenía por conseguir una libertad que días antes me resultaba imposible, que el más leve temor fue evaporado por la pasión del momento.

Justo antes de salir, había unas galerías que nunca había visto en mi vida ya que nunca estuve tan cerca de la salida. Quería escapar de allí cuanto antes, pero también era cierto que me podía la curiosidad, aquella curiosidad que hacía años se había esfumado, acudía de nuevo a mi pecho con el frenesí libertario recíen adquirido. Así que dejando a Vera vigilando en la salida por si algún guardia despistado nos alcanzaba, me sumergí en susodichas galerías con mucho tiento mas investigando con un renovado interés. Leyendo las inscripciones me dí cuenta de que todas aquellas cajas de piedras polvorientas eran tumbas, así que aquello debía de ser un cementerio. Me resultó extraño porque en nuestra sociedad no teníamos costumbre de enterrar a nuestros muertos, cuando alguien moría simplemente desaparecía, los guardias se llevaban el cadáver y este era supuestamente incinerado, y ya está.

De repente, mis pensamientos fueron detenidos de sopetón cuando reconocí en una de las lápidas el nombre y los apellidos de mi padre. Aquello produjo un estremecimiento tan grande en mí que comencé a temblar de la emoción, e incluso me atreví a levantar la lápida para comprobar si efectivamente era él, o si sufría un engaño de los sentidos. En cuanto retiré la pesada roca, ví a mi padre tal y como lo recordaba, con sus mechones rubios y su piel blanquecina, con aquella delicadeza que velaba una fortaleza interior indiscutible. Era idéntico a cómo era cuando le ví por última vez, aunque en verdad mi imaginación me engañaba, puesto que lo que tenía ante mí eran un montón de huesos cargados de polvo, piel desgajada convertida en tirones desechos a la par que cabellos que se partían en mil pedazos con el más mínimo contacto. En tanto que abrazaba completamente emocionado el cadáver de mi parte, escuché a Vera llamarme para indicarme que los guardias se aproximaban. Me despedí rápidamente del cádaver que yo contemplaba lozano y jovial que en realidad era un montón de huesos podridos, y salímos de ahí como quién oye cantar un gallo.

Cuando salimos de la ciudad-prisión, corrimos como si no hubiera un mañana. Atravesamos un campo carbonizado, después lo que parecía un arrozal y finalmente nos internamos en un bosque. Pero no nos detuvimos ahí, seguimos huyendo de nuestra propia sombra. A las veces mientras duraba nuestra carrera, nos mirabamos regocijados, pero sin perder de vista un objetivo incierto que nos llevaba a seguir hacia delante. Finalmente, extenuados a mas no poder, llegamos a una ciudad que parecía derruida. Todo aquel lugar se encontraba complemente abandonado, ahí no había ni un alma. Con mucho cuidado, lo recorrimos a pesar de lo cansados que estabamos. Subimos a un gran edificio que se encontraba medio derruido, mas lo extraño fue que a pesar de su evidente deteriodo, las puertas de los sucesivos apartamentos no cedían a nuestras acometidas. Llegamos al piso décimo o así, y para nuestra sorpresa, nos acogió una anciana que nos dejó pasar sin preguntarnos nada, ni siquiera quienes éramos ni qué hacíamos ahí.

Nos acogió con suma delicadeza y tiento, nada mas abrir la puerta, nos sonrió como si nos conociera de toda la vida y nos dejó entrar como si fueramos sus nietos. Disfrutamos de una frugal cena mientras aquella anciana no dejaba de mirarnos con una sonrisa en sus arrugados labios, y sin mas conversación, nos indicó donde estaban nuestras habitaciones, y nosotros se lo agradecimos en silencio con una inclinación de cortesía. En el fondo, no nos lo podíamos creer. Estabámos tan acostumbrados al maltrato de las personas del exterior, que nos extrañaba ser acogidos de aquella manera. Sin embargo, decidimos dejar de lado nuestros recelos para reponer fuerzas al día siguiente.

Pero en cuanto a mí se refiere, no era capaz de pegar ojo. Me sentía extraño, como sumido en la niebla de una pesadilla. Procuraba concilar el sueño, mas cuanto mas lo intentaba, menos lo conseguía. No podía parar de darle vueltas a los acontecimientos de aquel día, especialmente a la imagen del cádaver de mi padre, y una cosa llevó a la otra, y empecé a saborear una cierta amargura que me comía por dentro. Pensaba que tras conseguir la libertad, aquel sueño imposible incluso cuando dormía, sería el hombre mas dichoso de este planeta, mas en realidad, una vez conseguida, me sabía a poco. Tanto tiempo había permanecido encerrado en aquellos muros, enclausurado en mi propia rutina y sumido en el hastío de la monotonía, que ahora no sabía qué hacer con esta supuesta libertad recíen adquirida. Me sentía aún preso de una cárcel que no sabía delimitar, al menos respecto a la anterior sabía a qué atenerme, pero ahora no sabía hacía dónde me dirigía y qué haría con mi vida. Era todo tan incierto y desconocido, que incluso sentí que la libertad era una especie de maldición.

Estaba pensando en estas cosas durante la oscuridad de la noche cuando de repenté sentí un zumbido que hizo retumbar mis sienes, a la par que un fundido en negro que veló el tenue fulgor de la luna que contemplaba a través de los desgajados cristales de la ventana, y entonces me encontré de nuevo ante la anciana en compañía de mi querida Vera, tal y como estabamos cuando llegamos a su apartamento. Era extraño pero parecía repetirse aquella secuencia de un modo idéntico a como lo hizo en el pasado, todo del mismo modo. Yo no comprendía nada, y así se lo comuniqué a Vera, la cual también compartía mi mismo desconcierto. Intentamos portarnos de otra forma de cara a alterar este extraño flujo temporal, pero nada, acabamos en las mismas. Y nuevamente fue la noche, otra vez una luna cenicienta cubría mis lúgubres reflexiones en torno a la libertad que ahora eran sustituidas por mi inquietud ante lo que acababa de pasar, y otra vez aquel zumbido, el retorno a vivir la experiencia de encontrarnos ante la sonrisa de la anciana que nos recibía en su casa...

No sé cuantas veces se repitió aquella escena en tanto que Vera y yo intentamos alterarla de tal manera para que no se repitiera, incluso procuramos huir del piso para no acabar encerrados en el mismo búcle temporal. Pero poco importaba, daba igual lo que hicieramos, siempre retornabamos a idéntico punto. Y con el tiempo, aquella secuencia temporal reiterada en un reloj incierto, fue desplazándose cada vez mas atras, repitiendo ya no sólo nuestra llegada al piso de la anciana, sino también nuestra huida de la ciudad-prisión, la tumba de mi padre, el motín, el abatimiento de los guardias y de los civiles en la tienda... Todo fue repitiéndose incesantes veces, cada vez mas atrás, y pese a que Vera y yo nos mirábamos con un semblante cargado de terror, nada podíamos hacer para retener aquel frenesí que superaba nuestras capacidades cognitivas. Fuímos tan atrás en el tiempo que volvía a nacer, y por eso lloraba tan desquiciadamente en ese momento, porque no comprendía cómo había llegado a esa situación.

Y, desde entonces, así estoy condenado a vivir mi vida una y otra vez, en tanto que da igual lo que haga o cómo actúe, siempre regreso al mismo punto de partida, que unas veces es el apartamento de la anciana, otras los huesos tirados de mi padre en su sacórfago o mi lucha contra los opresores, siempre vuelvo a nacer de nuevo. Lo que ahora espero es que esta secuencia temporal regresiva me conduzca a averiguar dónde me encontraba antes de nacer, quizás así pueda comprender cómo llegamos todos aquí y por qué se rebeló exactamente mi padre, cómo terminaron sus días... Pero no estoy seguro de si lograré recordar aquella existencia pre-material, si seré capaz de capturar en mi interior aquel viaje sideral que conduce a la vida, si podré llegar a encontrar una explicación que no entiende de palabras...


domingo, 14 de diciembre de 2025

Sueños en guerra: La liberación de los filires

 Algunas personas, cada cierto tiempo, necesitan de un distanciamiento. Hay quién lo denomina un aislamiento, mas en verdad yo diría que se trata de una suerte de posición defensiva. A saber, teniendo en cuenta que esta existencia supone una guerra constante con los que suelen identificarse como nuestros semejantes, el quedarse parado repentinamente para aunque sea respirar, supone una especie de retirarse a la retaguardia para recagar fuerzas. Pienso que esta imagen es bastante buena, ya que nos hace imaginar un soltado que se aposenta en sus trincheras, va tomando más armamento, elabora un plan de ataque, y en cuanto menos se lo espera uno, sale escapotado dispuesto a lo que sea.

Del mismo modo a cómo acontece en el mundo real y en las guerras cotidianas, lo mismo se da en el mundo onírico ¿Y quién usaba de esta estrategia para el combate en la esfera onírica? Pues evidentemente, el soldado-brujo, aquel ermitaño guerrero que era temido por los supuestos bienintencionados y amado por todos los odiados y marginados por la sociedad. Podía pasar largas temporadas de viajes perpetuos donde le acontecían las más extrañas aventuras, pero de la misma forma en la que se embarcaba con osadía y frenesí a los azares del mundo exterior, igualmente lo hacía en inmensas épocas de aislamiento donde sólo le veían el pelo algunos de sus acólitos de vez en cuando ¿Y por qué reaccionaba así? Es decir, si en su corazón habitaba aquel hálito aventurero por el que estaba dispuesto a recorrer las regiones más inhóspitas ¿Que le llevaba a encerrarse en sus aposentos repletos de polvo tanto tiempo? Unos dicen que se debía a su misantropía, otros a que necesitaba curarse de sus heridas tanto externas como internas, y algunos otros aunque pocos, rumoreaban acerca de que ocultaba algo, una suerte de tesoro que era desconocido por todos.

El caso era que se hallaba en una de esas temporadas, encerrado cual si fuera un caustro en su habitación examinando y leyendo los más extraños volumenes, cuando uno de sus acólitos irrumpió en la sala. En esos momentos el soldado-brujo se encontraba encorbado, consultando un antiguo manual con los ojos inyectados en sangre, cuando este hombre le informó de un acontecimiento cuanto menos extraño. Por lo que le dijo, parecía ser que en el museo mas importante de la metropolí onírica, se había inagurado una exposición en la que él era el principal protagonista. Esto le produjo un estremecimiento que procuró ocultar aunque de mala manera, ya que quién le informaba pudo percatarse, o al menos eso parecía en el deslizamiento de su mirada a los brazos crispados del soldado-brujo.

Acto seguido, este se levantó y preparando sus atuendos con premura, salió escapotado de su hogar para comprobar susodicha información con sus propios ojos. No tardó mucho en llegar al lugar, pues a un hechicero tan experimentado como él, no le era díficil elaborar un portal que le llevase directamente al lugar. Así lo hizo, situándose así a escasos metros del susodicho museo. Se deslizó por las calles de la ciudad cual si fuera una sombra anónima, esquivando a las gentes que por allí pululaban como si fueran fragmentos dispersos de polvo que flotasen por una sala. Y a partir de ahí, cruzando la plaza principal, se encontró de bruces con el edificio, el cual era tan imponente como majestuoso con sus pilares jónicos tan elevados, sus esculturas griegas que le daban la bienvenida y los muros que a pesar de estar algo desgastados mantenían su elegancia.

Cuando entró en el museo, atravesando su inmensa puerta principal, comprobó que este se encontraba completamente vacío. Aquello le extrañó. Que un edificio de tal envergadura y reputación se encontrase carente de visitantes, era cuanto menos raro. Sin embargo, aquello no le amedrentó, se introdujo en su interior recorriendo las salas de la exposición. Mas, consultando los lienzos, descubrió que todos aquellos tenían algo que le inquietaba, puesto que todos ellos eran sombras que no mostraban nada, a excepción de algunas figuras que simulaban su presencia sin llegar a hacerse enteramente presentes. Ya lo había recorrido casi todo cuando en la sala final pudo ver que uno de los cuadros le representaba a sí mismo bajo la lúbrica de un "Se busca". Y justo cuando había acabado de leerlo, las luces se apagaron.


Fue entonces, en la oscuridad, cuando el soldado-brujo se pusó a la defensiva, cobijándose en uno de los laterales de la sala preparándose para lo que fuera. Desde esa posición pudo vislumbrar una figura que entraba en la sala, y que alzaba sus brazos amenazantes tanteando en las sombras. Aquel gesto fue suficiente para que el soldado-brujo adoptase una posición de ataque, y sin pensárselo mucho, se lanzó contra aquella figura de cara a dar el primer paso antes de que el otro reaccionase. De espaldas al mismo, le sajó el cuello con un cuchillo, liberando la sangre de sus ataduras, y rapidamente examinó el cádaver descubriendo en el mismo que este pertenecía a la secta denominada Silrex debido a la insignia que portaba. Aquello le turbó internamente, pues pensaba que susodicho grupo era favoreciente hacía él, así que antes de que el asunto se enturbiase decidió salir de ahí.

Mas, en la medida que recorría los pasillos, observó que mas personas invadían las diferentes estancias, y como no era prudente entrar en combate con todas ellas a riesgo de resultar herido, prefirió apuñalar a aquellas que se interpusiesen en su camino, en tanto que huía de las restantes refugiándose en las sombras que le ofrecían las esculturas dispersas. Al poco logró escapar de ahí resultando ileso, y cuando ya se encontraba en un lugar apartado entre los sombríos callejones, de un salto se elevó y sobrevoló todo el terreno urbano hasta ocultarse en un bosque que se encontraba bastante lejano al lugar. Ya era de noche, mas a pesar de la oscuridad y del aturdimiento del pasado momento, no pudo evitar preguntarse para sus adentros: "¿Qué demonios está ocurriendo? ¿A qué viene tal complot?" Y no encontrando una respuesta certera a tales dilemas, decidió hacer su ya conocida invocación de los zunhui y esperar con ello que los ancianos le dieran las respuestas que ansiaba.

Fue dicho y hecho a la par, puesto que al poco una guarnición de los zunhui con sus armas elevadas al cielo nocturno se aposentaron ante su presencia, y de entre ellos, un par de ancianos encorbados le rendían la acostumbrada pletesía y le ofrecían sus explicaciones. Al parecer, la secta Silrex celaba de él, y habían establecido una suerte de campamento en el subsuelo onírico para elaborar un plan de ataque a sus dominios. Obviamente, el asunto del museo no era otra cosa que una encerrona, una trampa que le tendían para lograr atraparle en sus redes. Pero como no lo habían conseguido, seguramente ahora le estarían buscando por todo lo largo y ancho del mundo onírico. Estos le aconsejaron prudencia, que se escondiera y estableciera un plan de reacción ante tales acometidas, mas el soldado-brujo negó con la cabeza y les comunicó a los ancianos que pretendía dirigirse directamente al subsuelo donde se encontraba su campamento principal para atacarles directamente. Y pese a que los ancianos zunhui no le aconsejaban susodicha osadía, finalmente decidieron, y con la ayuda de un portar enclavado en el suelo, ahí se dirigieron.

Descendieron al subsuelo cuales ratones de tierra, y al poco se hallaron frente a sus fortificaciones, las cuales no eran otra cosa que un castillo tan abandonado como derruido. Pero al poco de entrar, lograron vislumbrar una inmensa sala real que se encontraba atestada de los más suculentos manjares, servidos en las inmensas mesas cual si esperasen invitados. Aquello alertó al soldado-brujo que alzando la mano les aconsejó cautela a los suyos, e inspeccionando el lugar dieron cuenta de que se encontraban en territorio seguro. Quizás, los seguidores de susodicha secta estaban tan centrados buscándole por todos los al rededores del mundo onírico que, jamás pensarían que sería tan imprudente de dirigirse allí. Pero así fue, a veces los planes mas elaborados acaban sumidos en la ignominia gracias al atributo que supone la sencillez.

Llevaban poco tiempo ahí cuando se percataron de una presencia, así que se ocultaron dispersos entre las diferentes estancias para contemplarla en la distancia sin perder una posición ventajosa. Así pudieron comprobar que aquella presencia era una gran presencia, pues se trataba de una figura que medía como poco unos cinco metros, y que acudía a la gran sala para proveerse de algunos de aquellos manjares. Viendo que contaban con una evidente ventaja númerica, decidieron descender de sus posiciones para acordonarla, y así comprobaron que se trataba de una mujer de la raza de los filires, que eran unos seres reconocibles por su gran altura. Pero no obstante, estos a pesar de lo que imponían debido a su estatura, eran inofensivos de acuerdo a su natural torpeza. Tan inmensos eran que les resultaba muy arduo el desplazarse, lo que les hacían sujetos fáciles de abatir en una batalla.

Al comprobar su inocencia dentro del complot, la interrogaron largamente sobre su presencia ahí por si podían sacar ventaja ante sus enemigos. Esta les contó que la secta Silrex y sus subordinados habían sumido en cenizas las aldeas que los filires tenían por todos aquellos alrededores, y que desde entonces, estos se habían aposentado en diferentes cuevas que eran veladas por las elevaciones que componían las explanadas de susodicho terreno. Así, reducidos a la mendicidad, se dedicaban desde entonces al pillaje de cara a abastecerse, y por ello la encontraban ahí en tal tesitura. Esta información les dió ventaja sobre el terreno, así que dejaron que la gran dama se quedase en el castillo el tiempo que requiriese, mientras que ellos fortificaban aquellos muros preparándose ante un ataque que probablemente sería inminente teniendo en cuenta lo que les había revelado.

Y así fue, ya que a las pocas horas, cuando ya despuntaba la farola mecánica que iluminaba el subsuelo onírico, contemplaron en el horizonte que las tropas de la secta Silrex atestaban sus antiguos dominios, percatándose de que el soldado-brujo y los zunhui estaban en lo que antes era su propio castillo. No quedaba otra, debían batirse irremediablemente y atajar así el problema de raíz. Aquel fue un arduo enfrentamiento, donde la sangre corría como si fueran ríos y los cuerpos de los vencidos esculpían el terreno cual si fueran elevaciones montañosas dejadas a su suerte. Incluso, el soldado-brujo tuvo la oportunidad de batirse con el líder de la ya mencionada secta, el cual usaba de su fuerza bruta elevando una inmensa vara para atestarse sus rudos golpes directos. Por fortuna, entre las habilidades del soldado-brujo, se contaba la de la agilidad, lo que le permitió esquivar sus golpes con relativa facilidad. Y cuando este menos se lo esperaba, ya lo tenía por encima suya, usando de su negra espada para abrir un hueco en su cráneo lo suficientemente grande para permitir que sus sesos regasen la hierba que pisaban.

Sin embargo, la refriega no acabó aquí puesto que no paraban de descender soldados de entre las elevaciones del terreno. Aunque el soldado-brujo se daba por satisfecho ante la victoria frente a su lider, la cosa no acababa aquí, pues tal era la inquina que le guardaban que todos estaban dispuestos a morir antes que ceder ante su poderío. Y cuando ya parecía que el soldado-brujo y los zunhui entraban en dificultades debido a la gran cantidad de bajas y de sanguiolentas heridas, por encima de la farola cenicienta que anunciaba la llegada del atardecer, vieron que una gran cantidad de filires descendieron para acometer a quienes habían sido sus opresores. Aquello fue bastante sorprendente, no sólo porque repentinamente les prestaban su ayuda, sino porque como se dijo mas atrás los filires eran conocidos por su incapacidad natural para la agresión, cuanto mas para una batalla de tal envergadura. Pero sí, eran ellos y estaban dispuestos a lo que fuera con tal de liberar sus antiguos dominios del azote de los sectarios que les oprimían injustamente.

Largo fue el combate, no menos cruento y sangriento como en lo narrado anteriormente, pero finalmente dieron con el último cádaver de ellos sobre el polvo, y entonces tanto filires como zunhuis alzaron sus brazos en señal de victoria. Y tras un merecido descanso, mientras las tropas dormían sobre el terreno completamente agotadas, el soldado-brujo, el representante de los filires y la inmensa dama que se encontraron en el castillo tuvieron una larga audiencia en sus muros. Allí fue donde llegaron a la determinación de que el soldado-brujo les devolvería sus antiguos dominios a cambio de otorgarse una sólida alianza para futuros encuentros. Sabía que los filires no eran amantes de la guerra, así que les aseguró que en el día de mañana les solicitaría para tareas que no requieriesen necesariamente el manejo de armas. El representante de los filires pareció satisfecho con estas condiciones, todo con tal de devolver a sus gentes las tierras que les pertenecían por derecho, así que se dieron la mano en señal de alianza con el soldado-brujo.

Y cuando este ya se retiraba a sus aposentos para cerrar sus ojos en el mundo onírico y abrirlos así en el vigil, se encontró a la dama filiril tendida cuan larga era sobre la alfombra de su cuarto, ofreciendo su cuerpo al caballo ganador de aquella ocasión. El soldado-brujo estuvo examinando su cuerpo desnudo con evidente deleite, era tan grande aquella dama que obviamente cada elemento de su cuerpo también lo era en consecuencia. Antes de realizar movimiento alguno, decidió retener en su mente aquella imagen que seducía a sus sentidos, capturándola en su memoria como un recuerdo sumamente hermoso y tentador.


De lo que sigue, lo dejaré a la imaginación de los lectores. Sólo decir que lo que fue luz retornó a las sombras bajo la promesa de volver a instalarse en una repentina iluminación, y así incesantemente, aunándose lo luminoso y lo sombrío cual un eclipse perpetuo que atravesará vida y muerte en un más allá que pocos serían capaces de determinar a no ser que sueñen con la intensidad de un infante eterno. 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Puntos muertos

 Hay ciertos puntos, ciertos espacios geográficos donde ocurren sucesos insólitos. Me refiero a aquellos lugares donde parece detenerse el tiempo para dar cabida a los fenómenos más extraordinarios, los cuales acaban siendo terroríficos por sus nefastas consecuencias e implicaciones. Lugares tan tenebrosos e inhóspitos como lo pudiera ser el Triángulo de las Bermudas donde todo barco parecía quedarse atrapado para luego desaparecer, quizás entre las olas, o como rutas donde todo paso dado es en falso y donde no hay escapatoria posible, siempre se acaba donde se comenzó, e incluso, como en algunas mansiones abandonadas cuyos altos portones suponen un acceso, pero nunca una salida.

Dentro del mundo onírico hay algunos espacios semejantes a los anteriormente citados, donde poco importan las motivaciones e implicaciones de los agentes involucrados, pues al final todos acaban extraviados dentro de una serpiente que se muerde a sí misma la cola, y donde acontecen los sucesos más inexplicables pese a toda pretensión científica a la hora de procurar dar una explicación. Los sujetos involucrados en estos terrenos malditos también procuran salir de los mismos animados por esa ilusión con la que normalmente denominados la esperanza, mas siempre culminan en una desesperación innombrable cuando ven que la salida es imposible. Hay pueblos, caminos desérticos, frondosos bosques, casas destartaladas donde ya se venga solo o en compañía se termina encerrado en un laberinto que no conduce a ningún lugar determinado, cual rompecabezas que carece de cualesquiera solución.

En uno de esos puntos acabaron dos jovenes llamados Ushk y Rushk, pertenecientes a una tribu que recibe el nombre de Los Suresteños, y que a pesar de considerarse tribu debido a sus costumbres y a que tenían una comunidad limitada, en realidad no podían ser diferenciados de otros habitantes del mundo onírico por sus atuendos o señales faciales en forma de tatuajes. Sin embargo, estos eran muy ferreos respecto a las tradiciones de su sociedad, y a pesar de los avances técnicos del mundo exterior y vigil, querían dar un eje de continuidad a sus cosmovisiones y formas de entender la existencia, entre las cuales se encontraba la tradición a la que se agarron estos dos jovenes en su expedición sin retorno.

Tal y como apuntaban las costumbres de Los Suresteños, cuando sus jovenes varones llegaban a los veinte años de edad, estos debían atravesar largos montes sin un plan establecido desde el principio, adentrarse en el tercer bosque que encontrasen y una vez en el mismo atravesar cuantas millas fueran necesarias hasta encontrar una cabaña que estuviera habitada para recibir instrucción del ermitaño que viviera en ella. Así lo hicieron los jovenes Ushk y Rushk, recorrieron inmensos kilometros de montaña hasta encontrar la tercera zona boscosa que vislumbraron, y una vez allí andaron y andaron hasta que dieron con una acumulación de maderos que se hallaba en una zona elevada que hubieron de escalar con sus fuertes brazos y sus robustas piernas.

Cuando por fin alcanzaron su altura, a Ushk le dió la sensación de que a su izquierda, un montón de rocas parecieron adoptar la forma de un animal salvaje sediento de sangre que le miraba directamente. Así se lo indicó a Rushk, mas cuando su compañero miró en la dirección señalada, las rocas descansaban en su posición habitual, completamente inmóviles reposando sobre la loma. Esto le hizo pensar a Ushk que aquello era una alucinación debido a lo agotado que se encontraba del largo viaje, así decidió aclarar sus pensamientos con el sosiego que otorga la racionalidad adquirida y el sentido común fingido, y se aposentó justo a su compañero en la entrada de la antigüa y abandonada cabaña.

Al poco de llamar, les atendió una vieja de largos y grises cabellos, que les escrutaba con sus ojos azules cargados de cataratas. Estos les contaron su razón de acudir allí, recibiendo como respuesta una sonrisa fría y una indicación de que pasasen. Y como ya estaba anocheciendo, les brindó una frugal cena donde los frutos silvestres y las delicias del bosque formaban el incrediente principal. A pesar de que la digestión de estas agridulces viandas era suave y de lo cansado del viaje, aquella noche les costó conciliar como debían su sueño, tenían la extraña sensación de que algo les observaba a través de las grietas de la carcomida madera, cual si les espiaran de soslayo mas sin ocultar cierto interés en su presencia allí.

Con el paso de los días, tanto Rushk como Ushk, contemplaron las extrañas costumbres de la anciana, la cual sólo se dejaba ver con la llegada del anochecer, pues durante el día su presencia era nula. No la veían, pero si que la escuchaban. Sobre todo durante la tarde, en la cual creían percibir unos murmullos que se asemejaban a oraciones o a plegarias en un idioma que les era desconocido. Aquello les turbaba, pero no lo suficiente para prestar ayuda a la susodicha anciana en sus tareas diarias de cara a cumplir con los mandatos de su tradiciones, a la par que durante las cenas tras recolectar frutos silvestres, escuchaban las lecciones que esta les pudiera proporcionar sobre la vida. Pero cuando llegaba ese momento, la vieja callaba, permanecía en una quietud y en un silencio inescrutables. Les miraba con un brillo apagado en sus ojos, como el de los muertos, y sellaba sus labios cual si tuviera miedo de que se le escapasen los gusanos al liberar una estruendosa risotada. O al menos, así se lo imaginaban ambos jovenes, mudos en apariencia, mas con el pensamiento en acción hasta que les dolieran las sienes.

En una de aquellas noches, justamente cuando ya era de madrugada y Rushk se había despertado debido a una horrible pesadilla, recorrió la cabaña en busca de una fuente de agua para aclararse el semblante, y con ello desperdigar las sombras que le surcaban la mente. Pero entonces, a través de las filigranas de luz procedentes de la habitación de la anciana, se atrevió a atravesar el umbral por temor a que esta hubiera sufrido algún tipo de accidente, mas cuando abrió la chirriante puerta deforme, no encontró allí a la arrugada vieja con sus ojos vidriosos y vacíos, sino a una hermosa joven de largos cabellos plateados, con unas mejillas rojizas cargadas de vida y una sutil a la par que seductora sonrisa. Aquella joven se encontraba completamente desnuda, y si no llega a ser por sus largos cabellos que lo velaban, hubiera podido contemplar unos senos tan grandes como hermosos, de una forma que pareciera esculpida por algún ángel y que hubiera atraído la mirada de cualesquiera sátiro. Ella, al verle pasmado debido a la fascinación, le indicó con un dedo índice con un semblante de ninfa pícara que se acercara, y así lo hizo. No hace falta indicar la escena que se desarrolló a continuación, pues ya puede preveer el lector que se acostaron y que ambos lo disfrutaron con la lujuría que suele darse en la juventud cuando dos cuerpos se aunan en espiral formando uno solo.

A partir de este acontecimiento, las cosas cambiaron radicalmente entre Rushk y Ushk, pues este último pese a que interrogaba al primero en torno a su extraño y repentino mutismo, no lograba recibir una satisfactoría respuesta por parte de su compañero, que se limitaba a mirarle como si no entendiera el idioma con que este le hablaba pese a que ambos mamaron del mismo cauce idiomático común de su tribu. También, durante las frugales e inquietantes cenas en compañía de la ausente vieja, esta dejó de dedicar su mutismo y su mirada pérdida a ambos jovenes, para centrarse sólo en Rushk, y él la correspondía del mismo modo, mirándola indentícamente igual, e incluso dejando asomar ambos una imperceptible sonrisa. Obviamente, Ushk no entendía nada, creía que aquello era una mala broma que ambos le gastaban, mas según fue pasando el tiempo se fue dando cuenta de que algo no funcionaba como debería.

Así que, durante una noche en la que el fulgor de la luna se colaba por los resquebrajados cristales de su habitación, decidió emprender una marcha de regreso a su hogar, pensaba que ya había sentido demasiada inquietud en aquellos parajes, y que por tanto, ya había aprendido una valiosa lección que comentar a las proximas generaciones. Cargó con sus escasas pertenencias, se abrigó lo suficiente para soportar la insistencia de la escarcha nocturna, y se puso en marcha para huir de susodicho lugar. No sabía precisar cuanto anduvo, pero poco importaba, porque siempre que parecía salir de los linderos de los bosques que bordeaban la zona de la cabaña de la anciana, retornaba nuevamente a sus dominios. Y aunque insistió e insistió, siempre ocurría lo mismo, volvía de nuevo a la fuente de sus desdichas.

Tanto tiempo transcurrió intentando escapar de ahí, que desistió una vez que vió asomarse al sol del amanecer entre las ramas secas de los arboles muertos, decidiendo así volver a encerrarse en su cuarto como si nada hubiera pasado. No lograba entender que ocurría allí, y así se lo hizo saber a Rushk, el cual en cuanto le escuchó no pudo reprimir una risa que salió de sus labios como una maldición. Al principio, parecía reírse a hurtadillas, conteniendo una risa que no lograría sofocarse, pues en cuando Ushk terminó de declararse sus inquietudes sobre aquel lugar, el estruendo de su risotada fue tan tremendo que la anciana le respondió desde la sala de al lado, tan contagiosa parecía la risa de Rushk ante la perplejidad de su apesadumbrado compañero.

Días y noches trancurrían mientras tanto idénticos unos a los otros, cual si el tiempo se hubiera pausado momentáneamente. Mientras que Ushk insistía en su intento de huidas noctunas, lo cual otorgaba a sus ojos las señales del insomnio, su compañero Rushk parecía cada vez mas macilento en general, a pesar de que sus labios atestiguaban una alegría enfermiza. Además, Ushk en cuanto regresaba de sus infructuosas expediciones, creía escuchar risitas y gemidos que circulaban por la cabaña, mas al cabo terminaba por echarse la culpa a sí mismo de tales alucinaciones debidas a la falta de sueño. Mas lo que no negaba en modo alguno, era lo extraño y desagradable que se le hacía aquel lugar, lo que le animaba a intentar huir pese a que parecía no haber escapatoria. Se sentía encerrado en un cúbiculo transparente y muy bien reforzado, donde se le engañaba con la apariencia de extensión en el paisaje del altiplano, siendo en realidad un espacio muy bien concentrado en un único punto que suponía una cárcel que no precisaba de guardas ni de alcaides. 

Sin embargo, y aunque Ushk no podía preveerlo, en una de aquellas innúmerables noches en las que procuraba escapar, ocurrió algo que le dejó conmocionado en sus últimos instantes de contemplación, pues vislumbró entre los arbustos que una silueta encorbada le acechaba. Se puso en una posición defensiva por si las moscas en tanto que la susodicha figura estaba cada vez mas cerca suya, y en cuanto iba a abalanzarse contra la misma para asegurar su vida, descubrió que la figura no era otro que el propio Rushk. Aquello le tranquilizó por un momento, y cuando estaba preguntándole acerca de qué hacía él por allí a aquellas horas, sintió lo gélido de un frío que le atravesaba las tripas. Miro en dirección al dolor punzante que sentía, y en tanto que sentía el sufrimiento lacerante del filo del cuchillo, Rushk comenzó a apuñalarle reiteradas veces en tanto que se desternillaba de la risa. No podía parar de reír mientras su compañero se desangraba, e incluso cuando este había caído exánime al suelo, no detuvo su enfermiza risa ni los apuñalamientos que ya contaba casi por centenares.

Sólo se detuvo cuando la anciana surgió de las sombras y se abrazó a él con fuerza, le agarró del rostró y lo dirigió a sus labios. Mientras la vieja le besaba de una forma un tanto grotesca y cargada de saliva, fue perdiendo años hasta que acabó convertida en la hermosa joven que contempló y con la que se regocijó aquella noche. Tan inserto estaba en el deleite de aquel largo y perverso beso que no fue consciente de que la joven anteriormente anciana, tenía una mano que se asemejaba a una garra debido a lo largas que tenía sus macilentas uñas, y de repente, esta le atravesó el pecho cual si fuera un sable de los que usaban los árabes, y como si fuera un cirujano experto del antiguo Egipto, le sacó el corazón que todavía latía y se mantenía caliente. Pero esto duró poco, porque con un fuerte tirón, lo desprendió de sus venas, dejando caer el cuerpo de Rushk sobre la fresca hierba, con su semblante pálido tras aquel frenesí lujurioso repentinamente detenido por una acción semejante.

Entonces, la esbelta y rubicunda joven, alzó el corazón en lo alto, dejando que la sangre coagulada se deslizara por sus níveos brazos, e incluso lamiendo aquellas sanguiolentas gotas que por azar le caían por la cara. Y de la espesura, empezó a surgir un ídolo de piedra que parecía animado por tal suculenta ofrenda, en tanto que la bella joven dió comienzó a una danzada cuya única inspiración era la locura, bailando al rededor de su dios, despojándose de sus ropas con cada movimiento y untándose la sangre restante por sus blancos miembros. Su lóbrega danza era cada vez más frenética y sin sentido, mientras que el poderío del ídolo petréo aumentaba a consecuencia de sus enfermizos pasos adornados por el fulgor de la solitaria luna.

Aquella noche se rindió el debido culto al delirio, mas también se otorgó un curioso tributo a todos aquellos lugares con los que a veces soñamos y que en cuanto se encuentran, resultan imposibles de escapar de ellos. Cada uno decidirá si hacer de ellos una cárcel que a la larga les servirá de tumba, o un paraíso recóndito para los impíos, los locos o simplemente los extravagantes de oscuridad, que hacen de las sombras y el misterio su nuevo hogar.

sábado, 22 de noviembre de 2025

La Máquina

 Desde el comienzo de la humanidad los hombres han contado historias, algunas de ellas servían de utilidad inmediata, mientras que otras participaban de una imaginación exarcebada que también servían a la comunidad, en tanto que otras de tan imaginativas suponían un excelso goce de los sentidos. Me imagino que los primeros seres humanos se reunían al atardecer alrededor de una hogera para escuchar a sus mayores, los cuales les contaban las historias más disparatadas a la par que interesantes, embelesando a la audiencia mientras que los reflejos sombríos de las llamas recorrían la zona. Los vislumbro en mi mente adoptando unos gestos espérpenticos alzando sus brazos a un lado y a otro, en tanto que sus semblantes acompañarían el ritmo de sus palabras, alzando las cejas, abriendo la boca exageradamente o poniendo muecas que llevasen el hilo de la historia hasta su culmén apoteósico.

Con el tiempo, estas historias alimentadas con la fantasía y la enseñanza vital, fueron volviéndose más sofisticadas y complejas con la llegada de la escritura. Y mucho tiempo después, llegaron a su plasmación mas elegante de la mano de la imprenta y su rápida difusión. Así, todas las gentes lograron adoptar sumas vidas en una sola, recorrieron con los ojos y la imaginación los más extraños parajes, vivieron más allá de los estrechos limites de la propia experiencia y se elevaron por encima de circunstancias y problemáticas mundadas para luego descender a sendos microscosmos que en la medida que iban leyendo se iban expándiendo, e incluso comunicando entre sí, hasta formar un universo tan completo y complejo en su totalidad que iba más allá de la mera facultad intelectiva.

Yo mismo, desde mi más tierna infancia, me sentía atraído por las historias. Incluso cuando todavía no sabía leer ni escribir del todo bien, imaginaba mis propias historias con mis propios personajes, deleitándome en mi mundo de fantasía. No sé cuando empezó esta necesidad, pero ya desde el colegio sentía un impulso interior que me llevó a contar estas historias a los demás, e iba añadiendo detalles, afinándolas y complejizándolas en la medida que las palabras adoptaban sonidos articulados y cada vez mas complejos que salían en profusión de mi boca como las flores con la llegada de la primavera. Al principio, los adultos calificaron estas historias con el término de "mentiras". Yo no entendía qué era una mentira, mas como me lo decían mucho, llegué a la conclusión que para ellos las mentiras eran aquellas cosas que no se acomplaban a su esquema de la realidad tan limitado a los sentidos cual los cercos que separaban unas casas de las otras.

Ya cuando era un adolescente y me encontraba encerrado en aquella cárcel que viene a denominarse el instituto, acompañado de un boligráfo y de un cuaderno desvencijado con las esquinas rotas, comencé a escribir estas pequeñas historias no exentas de cierta coherencia, aunque con un trasfondo fragmentario, como de algo que no estaba del todo completo. A menudo me distraría de las bravuconadas que exclamaban los profesores subidos en su púlpito autoritario, y como sus historias me parecían de lo más anodinas y tan cercadas por el pensamiento que se limitaba a examinar lo que tenía ante sus ojos, prefería seguir escribiendo mis propias historias, puliéndolas hasta que quedaba medianamente satisfecho.

No sé cómo, pero al final logré salir de ahí pasando todo aquel trámite administrativo que recibe el nombre de asignaturas sobre el papel, llegando así a una carcél menos estrecha y que me dejaba respirar un poco más, que tenía esculpida la palabra universidad en un edificio imponente. Ahí también seguí escribiendo historias, y las doté de un cierto encanto poético en la medida que muchas de ellas tenían una estructura simbólica y metáforica, a la par que las animé con un espíritu más laberíntico de tal manera que poco a poco me fuí animando a escribir mas y mas hasta que llegó un punto en el que tenía una buena recopilación, con la que me sentía mas o menos orgulloso. Al igual que durante el instituto, aquí también desoía de mis maestros para escribir historias, aunque reconozco que más de una vez levantaba mi antena de soslayo porque algunas de las cosas que decían adoptaban un poco mas de abstracción, lo cual suponía a la larga un empujón para que mis historias se elevasen mucho más allá de sus posibilidades.

Cuando ya acabé con aquel segundo trámite administrativo, decidí dedicarme por entero a la escritura. Incluso adopté gran cantidad de seudónimos para que el nombre del autor acompañase al espíritu de la historia, algunos de ellos eran espérpenticos, otros elegantes, algunos otros bastante elaborados y ya otros simplemente excéntricos. Mas lo importante eran las historias, las cuales iban volviéndose con el paso del tiempo en mis únicas compañeras durante esta vida. Entre mis lecturas y las historias que yo mismo escribía me encontraba acompañado por los más sutiles personajes, desde caballeros de otras épocas, hasta damas que habitaban otros planetas, e incluso algún que otro sombrío personaje que habitaba un continente perdido, u otra dimensión. La gente decía que me encontraba encerrado en mí mismo, que no iba a prosperar como siguiese así, empeñado en habitar el excelso universo de la literatura, pero a mi poco me importaba, insistía en proseguir el camino que yo mismo me había trazado gracias a la pluma. Es verdad que no había logrado mucho éxito efectivo en el mundo, mas sobre el papel yo me figuraba una especie de heróe como en épocas anteriores lo eran aquellos tipos tan duros que se retaban a duelos por amores imposibles.


Pero entonces todo se volvió más oscuro porque apareció La Máquina. Aquella mole invisible, esa estructura inmensa aunque abstracta cuyos creadores y seguidores consideraban más inteligente y capaz que los mismos hombres que la habían creado. Una vez que apareció aquella Máquina intangible y sútil como todo lo étereo todas las gentes empezaron a rendirle una especie de culto como si fuera un nuevo dios que había venido a redimirnos a todos. Aquella cosa parecía hacerlo todo bien y muy rápido, era un mastodonte que podía acometer cualesquiera empresa realizándola de tal forma que a ojos de los hombres todo lo que hacía era impecable e insuperable. Desde el principio yo desconfiaba de todo lo que hacía la Máquina, todo aquello me parecía artificioso a la par que vulgar, sólo veía en todo eso un montón de combinaciones variadas y extravagantes, pero en suma nada que valiese realmente la pena. Así lo hice notar en mis historias de una forma un tanto velada, mas las personas ni escucharon ni mucho menos entendieron, y continuaron adorando a la gran Máquina.

Lo peor de todo y lo más triste para mí fue el contemplar como esta Máquina comenzó también a escribir historias, las cuales eran a mí parecer un conjunto de tópicos y de estructuran narrativas que que sólo servían para aletargar la mente, pero a los hombres les parecían maravillosas, mucho mejores a las historias que escribieron sus semejantes en el pasado, y todavía mejores incluso que lo que escribían sus congéneres en el presente, incluyendome a mí mismo en la ecuación claro está. Entonces aparecieron muchas gentes con nombres y seudónimos absurdos que se sirvieron de la Máquina para que esta les escribiera sus historias, ganando dinero con ello gracias al aplauso de un público inculto. Yo, personalmente, en esa tesitura, seguí insistiendo en la escritura de mis historias, a la par que criticando y haciendo notar mi negativa a la vacua imaginación de los que utilizaban la Máquina, mas el ruido que provocaba esta era tan inmenso y su ritmo tan frénetico dando a luz páginas y más páginas de aquellas artificiosas historias, que poco importaba lo que yo decía, puesto que todo acababa sumido en el olvido.

Parecía que cada vez la Máquina era más grande y poderosa, y digo parecía porque a esta no se la veía, e imaginarla era tarea díficil. En mi caso, la vislumbraba como una mole de gélido metal inmensa, con sus circuitos por doquier y unos cilintros que harían de ventiladores aquí y allá, alimentando su expansión como las estremidades de un insecto. No la podía observar, pero con el tercer ojo que se ocultaba en mi frente, la contemplaba a través de los ojos de los demás que siempre estaban prestando atención a lo que esta les indicaba, como también cuando alzaba mi mirada a los cielos, creía ver de soslayo su maligna presencia incluyendo de la sociedad cual leviatán. Había veces que procuraba ignorarla lo máximo posible, mas en otras ocasiones, no podía evitar alzar mi brazo e insultarla, tanto en mis escritos como en la vida cotidiana.

Con el transcurso del tiempo la influencia de la Máquina era todavía mayor, en sus comienzos resultaba hasta graciosa aparentando cierta humanidad programada, mas cuando ya comenzó a creerse que inventaba historias, el asunto se tornó más serio. Pero esto fue cada vez a más, ya que como todos prestaban atención a todo lo que esta indicara, y estaban como embebidos de su presencia intangible e influencia en la sociedad ausente, esta logró manipular a todas las gentes con su apariencia de ciencia y empezó a decidir por los humanos en asuntos tan espinosos como lo sería la política, la economía mundial e incluso en el sistema legislativo. En suma, la Máquina terminó expandiendo su influencia a todos los ámbitos, replegando el actuar del pensamiento humano al estrecho limite de su mera contemplación, por eso las personas siempre andaban como atontadas, siempre pidiéndole a la Máquina que hiciera cosas por ellos, no dándose cuenta con ello que en la medida que la Máquina les ofrecía sus propias respuestas a todos los enigmas, estos eran cada vez menos resolutivos hasta que acabaron en la inutilidad completa.

En tanto que el mundo entero se precipitaba al abismo, yo seguía escribiendo mis historias, y aunque nadie me prestaba atención ni me leía, llegó un punto en que las escribía cual si fuera un acto revolucionario, como una acción que buscaba contrarrestar el poderío que le estaban concediendo a la Máquina. Pasaba largas temporadas encerrado en casa, intentando ganarme la vida como podía escribiendo historias, y como no ganaba ni un céntimo, tiré de los ahorros que tenía para insistir en el sendero del escritor manual, aquel que no usaba de la Máquina y que sólo se tenía a sí mismo y a sus propios recursos. Pero una noche, repentinamente, noté un escozor tremendo en el estómago. Al principio no le dí demasiada importancia, mas según se iban sucediendo los días, lo que comenzó como una sensación incómoda fue mutando hasta convertirse en un punzón insoportable hasta que llegó un punto en el que el dolor me impedía respirar con normalidad. No me quedaba otra, el asunto era tan grave que debía acudir al médico.

Así que fuí, y obviamente me atendió un esbirro de la Máquina, puesto que los médicos-personas ya no eran necesarios en la sociedad, hasta ese extremo había llegado el culto que le rendían a la Máquina. Pero en estas, el sucedáneo de la Máquina me examinó con sus téntaculos artificiales y mecánicos, y desde en una pantallita adornada con una sonrisa me indicó que tenía un enorme insecto en el estómago. Este se asemejaba a un escorpión cuyas patas como agujas se encontraban incrustradas al rededor de todo mi interior, así al menos lo ví en la radiografía que me ofreció aquel frío robot. Cuando le pregunté qué podía hacer, no me dió salida alguna, pues me indicó que si se retiraba aquella cosa de mi estómago, lo desgarraría y moriría al instante. Tan atenazada estaba a mí que ya sólo el mero acto de retirarla suponía mi sentencia de muerte. Como no podía hacerse otra cosa, me marché de ahí con las manos enterradas en los bolsillos, y mientras me iba, el esbirro de la Máquina dijo a través de sus altavoces que tarde o temprano aquel insecto mecánico acabaría por destrozarme interiormente hasta causarme la muerte, y que esta sería lenta y dolora. Ante tal noticia, suspiré y me marché.

Cuando llegué a casa, me senté enfurruñado en el sofá, y con los brazos rodeando y apretando la zona donde el insecto robótico se encontraba, maldecí a la Máquina porque estaba seguro que esta era la que me había insertado aquella cosa en el estómago, la cual ya se situaba justo en la boca del mismo. No resultaba extraño, pues ya me habían llegado noticias veladas por el gobierno dirigido por la Máquina en la que se contaba que casualmente todos los desertores de la misma cogían extrañas enfermedades, y morían de manera igualmente extraña. Estaba seguro que la Máquina había descifrado -que no leído- mis historias con sus códigos, y que por tanto había descubierto que yo no era afín a sus seguidores, y mucho menos a sus planes. Por ello, aquella noche en la que sentí aquel punzón incómodo, esta de algún modo me había implantado aquella cosa nacida de su maquiávelica invención, y que días después, animada por su espíritu malvado tendente a la tortura y el dolor, lo había estado programando para que este fuera comiéndome por dentro y haciéndose más grande en mi interior ¡Maldita seas, pútrida Máquina!

Sin embargo, aunque vaya a morir más pronto que tarde, aquí seguiré escribiendo mis historias y revelando mi verdad a todos aquellos seres humanos que sigan valorando el trabajo intelectual e imaginativo de los hombres. Y pese a que el insecto mecánico es cada vez mas grande y mis organos cada vez más pequeños, no cejaré en mi empeño de escribir historias hasta el final de lo que será mi efímera vida. Yo podré morir, pero mis historias aunadas con el pánorama universal de todas las historias seguirán flotando al rededor de aquel macro-cosmos de las fantasías engendradas del corazón de toda aquella persona que se haya inclinado para escribir sin usar de la Máquina. Y mientras me sangra la boca por las agujas de hierro de aquel engrendo artificial, cayendo por mis comisuras una sangre que es mas negra que roja debido a la cangrena cáncerigena que produce el escorpión mecánico, yo os digo que mas vale morir con dignidad que siendo sumisos a la máquina, que merece la pena insistir en....

(Aquí se corta el manuscrito hallado recientemente por la Máquina en una casa abandonada en los suburbios, justo al lado de un cadáver que ya llevaba largos años en descomposición)

sábado, 8 de noviembre de 2025

Tras el sueño de un sueño

 Durante los últimos tiempos, el mundo onírico parecía extrañamente tranquilo. Al margen de algún que otro pequeño acontecimiento sin importancia perpetrado por algún esperpéntico personaje, todo estaba en calma. Esto se debía a que durante un mes el soldado-brujo permanecía encaustrado en una cabaña lejana, sin salir de ahí ni para hacerse con promisión alguna. Su razón o motivación nadie podía advertirla, aunque se apunta a que probablemente fuera debido a su hastío, sus pocas ganas de toparse con sus semejantes y su imperiosa necesidad de aislamiento respecto a sus semejantes.

Aquel tiempo tan solitario lo dedicó a sus lecturas, a investigar saberes secretos desterrados por los hombres y también a dormir ¿Cómo era posible dormir estando en un sueño? El soldado-brujo fue el primero en demostrarlo, si uno dormía dentro del mundo onírico, se insertaba en un sueño de un sueño, lo cual suponía abrir una nueva puerta mas profunda en la inconsciencia. Cuando esto ocurría el soñador era capaz de atravesar un espacio todavía más oscuro e ignoto donde quizás debido a su mayor extrañeza sobrenatural resulta casi imposible describirlo. Mas lo intentaré, allí abundaban simetrías y concepciones del espacio-tiempo harto difusas y confusas para quienes habitan el mundo vigil -y aún también quienes conocen, aunque sea superficialmente, el mundo onírico- En tales parajes uno se vierte en una entidad que se desplaza mediante impulsos que diríamos electromágneticos, convirtiéndose así en una especie de sustancia etérea, que sobrevuela levitando en las instancias de la nada. Se trata de un vacío ignoto y blasfemo, pero que tras experimentarlo uno nunca vuelve a ser el mismo.

Así le ocurrió al soldado-brujo, tras su viaje por tales vapores nebulosos, nunca volvió a ser el mismo. Se apunta, además, de que este fue el motivo de mayor peso que le llevó a aislarse para meditar sobre lo que descubrió en las instancias más allá de los sueños. Sin embargo, resultaba bastante complejo definir todo aquello, dar una descripción precisa de tales experiencias que eran gobernadas por lo innombrable. Porque ¿Cómo trazar con la pluma palabras respecto a aquello que no admitía bajo ningún concepto las limitaciones de nuestras percepciones sensoriales? Resultaba cuanto menos paradójico, y puede que precisamente por ello, más digno de investigación.

No sabemos si finalmente el soldado-brujo llegaría a alguna determinación sobre este tema, pero lo que sí sabemos es que tras un tiempo retornó a vagar por el mundo onírico como si tal cosa. Lo primero que hizo fue dirigirse a una serie de orfanatos que él mismo fundó, asunto que por otro lado extrañó muchísimo a todos cuando aconteció ya hace tiempo. Todos se preguntaban ¿Cómo el soldado-brujo tomando en cuenta todo su historial de aventuras y desventuras impías, decidió llevar a cabo una labor cuasi-filantrópica? Pocos conocían de una respuesta certera a esta pregunta, mas lo que sí se sabía era que el soldado-brujo tenía una relación cuanto menos curiosa con los niños. Parecía que con tales seres junto a los animales y otras criaturas monstruosas eran con los únicos que empatizaba y estaba dispuesto a ayudar. De ahí, quizás, la razón de que fundase aquella red de orfanatos, para que quienes habían sido abandonados tuvieran algún lugar que denominar hogar.

Y en efecto, allí acudían toda suerte de criaturas que habían sido marginadas del mundo por las más diversas razones. Allí se refugiaban de los dolores de este mundo, y allí permanecían hasta que fueran lo suficientemente independientes para salir a sus anchas. Cada cierto tiempo el propio soldado-brujo recorría tales extensas galerías y se aseguraba de que todo estaba en orden, y en esa ocasión tras su auto-impuesto aislamiento estaba recorriendo los pasillos que asemejaban largos laberintos preguntando por el estado de quienes ahí habitaban, cuando un mensajero alado le extendió una carta que era una invitación. Cuando el soldado-brujo le preguntó de qué se trataba, le respondió que unos familiares lejanos le invitaban a acudir a una reunión familiar que iba a celebrarse en el tren-hotel que atraviesa los al rededores del mundo onírico.

Extrañado, en un principio, el soldado-brujo no supo qué responder, limitándose a recoger la invitación con un temblor dubitativo de sus manos. Pero finalmente, decidió que quizás no sería mala idea acudir, mas movido por la curiosidad que por las ganas. Así que se dirigió allí con la premura que requería la fecha que figuraba en el sobre, llegando así justo a tiempo. Nada mas entrar en el tren, este se puso en marcha, y lo primero que le sorprendió fue la gran cantidad de viandas y de suntuosidad que atestiguaban los interiores del susodicho tren-hotel, siendo así recibido con los cuidados y atenciones más extremados. Gente desconocida se dirigía a él cual si le conociera de toda la vida, estrechándole las manos y esbozando amplias sonrisas, todo ante la mirada perpleja del soldado-brujo que se limitó a estar alerta en todo momento.

Una vez que todos estuvieron acomodados allí, se sentaron en una amplia mesa que ofrecía los más suculentos manjares y los vinos más selectos. Bajando la guardia un momento, el soldado-brujo se sirvió una taza de vino y lo apuró en un momento, mas cuando probó una pata de pollo notó algo extraño en la punta de su lengua, como un tono de acidez que hizo que retornase a estar atento a la situación. Pasaron algunos minutos, y los comensales al advertir que el soldado-brujo no comía ni bebía nada más, comenzaron a increparle sobre la razón de tal actitud. Este, se limitó a negar con la cabeza sin molestarse en pronunciar silaba alguna, y a raíz de ello, lo que antes eran sonrisas y educación se fue metamorfoseando en gestos bruscos y semblantes pétridos. Continuaron insistiendo, y viendo que el soldado-brujo proseguía en su negativa, se produjo un rumor sordo aunque oscuro en toda la estancia.

Acto seguido, y como de repente, aquellos rostros amables y cuerpos definidos, comenzaron a balancearse fréneticamente, parecían masas de carne que desquiciadas, se agitasen animadas por un secreto embrujo. Todo aquello duró solamente unos instantes, mas por su extrañeza, parecieron largos minutos, hasta que se pararon en seco. Fue entonces cuando sus semblantes y aún sus figuras en sí misma comenzaron a deformarse, a derretirse cual la cera al entrar en contacto con la llama, y se convirtieron en unas masas repugnantes de plastilina humana. Para entonces, el soldado-brujo ya estaba en posición de combate, y cuando aquellos seres deformes comenzaron abalanzarse sobre él, logró dispersarlos con algunos hechizos. Mas viendo que quizás estos requerían un tiempo que no resultaba suficientemente rápido para una reacción semejante, hizo uso de su negra espada para trocearlos cuando estos se suspendían en el aire. Lo curioso era que cuando los partía por la mitad, los trozos que caían al suelo volvían a animarse con aquella vida frénetica que les hacía desplazarse a un lado y a otro.


Finalmente decidió que lo mejor era dirigirse a la sala de máquinas lo más rápido que pudiera, y manipulando los comandos, hacer que el tren se estrellara en alguna zona montañosa. Con gran dificultad, esquivando y acechando las masas cárnicas que se abalanzaban sobre él, logró llegar a la susodicha sala. Se encerró ahí, y con la ayuda de la improvisación, logró alterar la trayectoria del tren. Ahora la dificultad estribaba en salir de ahí lo antes posible, y tomando en cuenta que aquellas cosas asquerosas imponían su presencia dando golpes a la puerta que tenía tras él, el asunto se complicaba. Pero como ahora sí que tenía tiempo de realizar un hechizo de dispersión y de fuerza cero, hizo uso de sus conocimientos y logró expulsar a aquella blasfema prole, lo que le dotó del tiempo necesario para salir despedido por una de las ventanas que más cerca tenía.


Ya aterrizando en un prado cargado de mullida hierba, pudo contemplar a la distancia cómo aquel tren cargado de terribles masas de carne que se agitaban convulsivas se estrelló contra una cadena montañosa que tenía a sus espaldas. Justo cuando se produjó el impacto, y se dió cabida a una estruendosa explosión, pudo percibir un grito ahogado procedente del tren, atestiguando con ello que aquellos repugnantes seres eran vulnerables a todo aquello que tuviera que ver con el elemento fuego. Una vez que se cercioró de que aquellas masas de carne habían sido consumidas por las llamas hasta quedar reducidas a cenizas suspendidas en el aire, se marchó con cautela de ahí. 

Poco tiempo después a este incidente, aconteció que el soldado-brujo debía acudir a una reunión de magos que se celebraba en una llanura oculta por sombríos bosques. Aunque en realidad, mas que una reunión o un parlamento como tal, se trataba de una academia de brujos donde algunos examinadores y antiguos alumnos acudían para supervisar las hazañas de los magos del futuro, independientemente a la magia en la que estuvieran especializados. A este respecto hay que decir que el soldado-brujo siempre se sentía un extraño en tales ambientes, ya que se encontraba con más enemigos que amigos, mas aún así una curiosidad que rallaba con lo enfermizo le hacía acudir ahí.

Se encontraba en plena observación del entorno cuando vió que Plix, una antigua maestra suya en sus tiempos mozos, le estaba haciendo señales con la mano. Sin dudarlo mucho se dirigió a su lado, y rápidamente entablaron conversación. Era toda una pícara aquella mujer, y pese a que tenía una clara diferencia de edad con el soldado-brujo, este no podía evitar sentirse atraído hacía ella de algún modo. Comprendía por un lado que aquella barrera de los años y de la experiencia era infranqueable, mas por otro lado, algo tenía aquella bruja en la sensualidad de sus movimientos y de su mirada que le llevaba irremediablemente a su lado. Se trataba de una atracción mutua inevitable, puesto que ella también parecía compartir aquellos sentimientos, algo en el fulgor de su mirada parecía indicarlo, por lo menos en opinión del soldado-brujo.

En estas estaban, hablando de asuntos banales cuya implicación iba mas allá del significado de las palabras, cuando escucharon un gritó repentino que parecía provenir de una de las casetas. Mas una vez que se acercaron lo suficiente, descubrieron que aquella caseta no era como las demás provistas de madera y de materiales blandos y flexibles que provenían de la naturaleza, sino que se trataba de una masa de acero compacta que comprendía de unos gruesos cristales que resultaban infranqueables a los golpes. Examinando tamaña obra de ingenería, descubrieron que una joven morena estaba encerrada en su interior, gritando desquiciada puesto que no parecía haber una salida a tal fuerte atadura.

El soldado-brujo en compañía del amor imposible que resultaba su antigua maestra Plix, examinaron susodicha estructura, rodeándola e investigando su forma y conformación general. Tras esto, una luz pareció encenderse en la mente del soldado-brujo, y realizando un hechizo de indagación temporal para descubrir los antecedentes de la maldición, logró vislumbrar a través de una genealogía de personas y de seres que habitaron susodicha cámara quién podría haber sido el creador, y por tanto, el perpetrador de la madición. Así, a través de un espacio cargado de bruma y de neblina, contempló una cadena de seres y sus consecuentes reencarnaciones, los cuales suponían un total de treinta y tres según pudo averiguar recordándolo tiempo después. Y esa cadena que retrocedía años, siglos, e incluso eras, le mostraron que él primer morador y creador de aquella estructura era un joven cuyo rostro se encontraba cercenado, irreconocible debido a una masa sanguiolenta que le impedía localizar rasgo alguno distintivo. Era aquel un semblante monstruoso, una masa de carne troceada cuyo centro era un líquido espeso y rojizo cual sangre coagulada.

Tras volver de aquel viaje instrospectivo por los origenes de aquella estructura metálica, recordó su anterior episodio de lucha con aquellas masas repugnantes, y dió con la resolución del enigma. Rodeando la mencionada estructura, posó su mano sobre una de las ventanas traseras, logrando que esta de derritiera. Así pudo tomar de la mano a aquella joven para darla esperanzas de su pronta salida, y llamando a Plix para que le echara una mano con todo aquel jaleo, estos se situaron nuevamente en la entrada de la estructura, y conociendo el soldado-brujo que Plix manejaba con bastante soltura todos los hechizos relacionados con el elemento fuego, le pidió que hiciera uso de ellos justo donde se encontraban. Extrañada de la petición, mas no por ello impedida de realizarla, le hizo caso. Y fue el más mínimo roce de una llama ante la ventana principal de la estructura metálica lo que provocó que esta se abriera liberando a la joven de su injusta prisión.

Pero no fue aquello lo único que pasó, pues tras ella se abalanzó sobre el soldado-brujo una masa putrefacta que olía a descomposición. Menos mal que ya estaba preparado con antelación para tal acometida, pues cruzando los brazos hizo uso de un hechizo de materia negativa que logró llevar a aquel ser repugnante a la nada que habita más allá de los espacios ignotos siderales. Todos aplaudieron la rápida actuación del soldado-brujo llevados por la sorpresa del inhóspito encuentro, pero cuando instantes después le pidieron explicaciones respecto a qué era aquello, el soldado-brujo inclinó la cabeza y calló.


Él sabía que aquellas sustancias de carne nebulosa provenían del sueño más allá del sueño, que aquellas entidades innombrables buscaban su hueco en el mundo onírico, y puede que también en el vigil. Pero prefirió guardarse todo aquello para sí mismo, dejó que el silencio fuera quién respondiera en relación a los futuros acontecimientos. Además, no podía evitar regocijarse internamente en relación a que aquella tarea y el secreto para hacer retornar a aquellos seres allí donde provenían recayese sobre él. Esta información le dotaba de un poder que era desconocido por los otros habitantes del mundo onírico, por lo menos por ahora, puesto que lo sería en lo sucesivo cuando todos los demás se dieran cuenta del poderío acumulado. Mas, como decímos, por ahora calló y se limitó a contener la alegría como si fuera un lunático que fabulase con sus fantasías. 

domingo, 26 de octubre de 2025

Crónica del malvado de Erkam

 Yo nunca conocí aquel planeta llamado Tierra por nuestros antepasados, ni tampoco pude vislumbrar a través de mi retina las proezas que allí acontecieron. Desde mi mas tierna infancia, he pasado toda mi vida en este planeta que los primeros moradores bautizaron Erkam 4561Z, pero que los que vivimos en el solemos acotar simplemente por Erkam porque los digitos que le siguen no se nos hacen agradable al paladar cuando lo pronunciamos. Cuestión de economía del lenguaje, yo diría.

Hace ya muchísimas eras que los humanos habitamos este planeta, de hecho creo no equivocarme cuando digo que ni mi tatarabuelo conoció el anterior planeta llamado Tierra, muchos problemas había ahí, ya sea ambientales por la extinción de la luz solar, la creciente tensión social y el instinto auto-destructivo que solemos tener los seres humanos. Probablemente aquel planeta si no ha resultado fulminado por las condiciones geológicas y el impulso acelerado de devastación social, esté a poco de serlo. Sin embargo, este nuevo planeta -aunque para mí es viejo- que nosotros bautizamos con el nombre de Erkam también tiene otros problemas añadidos que a las veces recuerdan a los que se daban en el anterior planeta denominado Tierra. Si dejamos aparte el asunto de la desigualdad social, un gran problema digno a considerar es que cada dosciento cincuenta y dos años la mitad de Erkam resulta inhabitable. Esto se debe a que unas tormentas igneas asolan la mitad del planeta, a resultas del cual se produce un gran exilio mundial que se dirije a la otra mitad. Ello, obviamente, ha generado nuevas tensiones sociales debido a que no todos llegan a su nuevo hogar sanos y salvos, sino que sólo quienes reciben información con anticipación, los que cuentan con mejores medios y contactos mas fiables logran salvarse de las flamigeras arenas. Produciendo así, que el número de población se reduzca consideramente, eliminando eso sí el problema de la sobrepoblación mundial que según me han contado preocupaba en el anterior planeta.

Mucho tiempo atrás, esta problemática no le preocupaba, la consideraba muy lejana. Pero como según comprobará el lector de este escrito, me tocó sufrirla con creces. Mas este asunto se verá mas adelante, pues debo aclarar otro punto importante antes de avanzar con la historia de este exilio personal que me tocó vivir en mi carne, en mis huesos y probablemente también en mi corazón. Otra de las carácteristicas notables de este planeta que lo diferencia del anterior, es un asunto al que ni científicos ni filosófos han encontrado una explicación y menos una solución, y es la extraña capacidad con la que nacen algunas de las gentes que respiran este aire aparentemente tan similar a la Tierra. De hecho, yo fuí uno de este 0,001 por ciento de la población que nació con estas habilidades especiales, que a la larga pueden convertirse en una maldición. De ahí que sean muchos, entre los cuales me incluyo, que reniegan revelar al mundo estos bizarros poderes en tanto que vienen a dar muchos problemas de cara a la estabilidad de la sociedad.

Estás raras habilidades incluyen una fuerza fuera de lo común, la capacidad de dar grandes saltos, de levitar, volar, desplazarse a gran velocidad y no sé cuantas otras cosas más que ni los que las tenemos hemos averiguado en tanto que si no las conocemos no somos capaces de ejercerlas. Uno podría pensar que con estos poderes quienes nacen con ellos vendrían a gobernar este mundo, pero muy al contrario, siempre que se descubre que uno los tiene, se le asesina para evitar sublevaciones, o en el mejor de los casos, se le encierra en una prisión de alta seguridad. Es decir, sin entrar en mas detalles en relación a esta cuestión, si naces con esta capacidad innata supra-humana puedes darte por perseguido lo que te resta de vida. Así que, personalmente para evitarme malos tragos, me guardé mis poderes como la mayoría de quienes lo tienen.

Entrando en el asunto que me lleva a legar este escrito a la posteridad para defenderme de las acusaciones que se apilan año tras año contra mí, y que me han valido el sobrenombre de "Ibías el destructor de mundos" explicaré lo que aconteció en el comienzo de lo que sería mi larga travesía sobrevolando este vasto mundo en búsqueda de la injusticia de la que se me privó a mí, como también a tantos otros ciudadanos que perecen carbonizados sin remedio.

Todo comenzó una buena mañana en la que creía que todo iba a proseguir de acuerdo a la rutina de siempre, pero no. Se dió una tardía alarma de evacuación cuando los adinerados ya se habían desplazado a la mitad segura de Erkam, pillándome a mí y a tantos otros fuera de casa. Lo que fue de mi familia y seres queridos no lo sé, pensé quizás ingenuamente que ellos estarían a salvo, así que me encaminé en dirección a los autobuses que nos transportarían a la mitad planetaria lejana a la radiación ignea que se nos echaba ahora encima. No conocía a nadie dentro del susodicho autobús, estaba mirando absorto por todas las ventanas que tenía a mi alcance hasta que una joven se sentó a mi lado sin pedir permiso.  Ella era morena, de ojos negros como el azabache, las pestañas elevadas, el cabello sumamente corto al ras y una cintura cimbreante. Desde el primer momento me llamó la atención aunque no era mi tipo, y quizás yo tampoco fuera el suyo aunque advertí que ella también se fijó en mí.

El caso es que el autobús seguía imperterrímo su recorrido en busca de nuestra salvación, esquivando como podía las calientes arenas que ya nos circundaban, y que hacían parecer un desierto el terreno que nos rodeaba. Todos estaban extrañamente animados debido a que puede que pensaran que aunque no habían llegado a puerto, ya estaban salvados. Hablaban muy animadamente todos, a excepción de la joven de cabellos cortos y de mi mismo. Todo era alegría y argabía hasta que el autobús se paró en seco frente a una entrada que estaba velada por un atasco inmenso, en cuyo final se elevantaba un gigantesco muro que no era por lo demás muy alentador. Se nos informó mediante unos ya carcomidos altavoces por las crecientes temperaturas que no había avance posible, es decir que en otras palabras se nos condenaba a una muerte segura.

Justo en ese momento se armó un caos en el autobús, algunos salieron desquiciados del mismo a suplicar piedad mientras que otros se limitaron a gritar y a agitar sus manos con frenesí clavados en sus asientos. De repente, la joven que hasta el momento no se había atrevido a mirarme directamente, se giró en mi dirección y me clavó su misteriosa mirada. Y sin pedir permiso alguno, me agarró de las manos y las metió bajo el verde jersey que portaba. Con dedos confusos pude atisbar el tacto de sus pequeños senos, los cuales se estremecieron a mi contacto y cuya sensación era bastante agradable. En tanto los palpaba sin creerme del todo la situación que estaba viviendo, me dí cuenta de que ella buscaba vivir los que serían los últimos momentos de nuestra vida adoptando un talante evidentemente sexual. La miré fijamente a los ojos, descubriendo que estos estaban vidriosos, y justamente en ese instante, llegué a la conclusión de que no teníamos derecho a ser aniquilados, ni toda esa gente desesperada ni esa joven de senos tan agradables, ni mis seres queridos o yo mismo.

Así pues, levántandome en tanto que abrazaba a la joven, decidí salir del autobus y liberar mis poderes sin miedo alguno, siguiendo mi ejemplo se me unió otro hombre que parecía compartir mis poderes e intenciones, y nos dirigimos al muro para destrozarlo, permitiendo así que los autobuses y vehículos privados de toda esa gente pudieran transitar en dirección a su salvación. Cuando ya estaban en movimiento, fuí atrás y le comuniqué a la joven que nos volveríamos a ver y quizás culminaríamos lo que había empezado en esa situación desesperada, pero que tenía algo pendiente que hacer ante la injusticia que estabamos viviendo. Así que, tras percibir un asentimiento plagado de dudas por su parte, me lancé volando en dirección a la zona en la que ya se habían asentado los poderosos para verse salvos frente a las llamadas en compañía de mi rudo y barbudo compañero.

No nos costó mucho llegar a aquella zona con la ayuda de nuestras habilidades preternaturales, como tampoco tardamos en darnos cuenta de las miradas llenas de asombro y temor que nos dirigían nuestros aturdidos semejantes, y sin esperar respuesta ni una reacción ante nuestra repentina aparición, alzando nuestros amenazadores brazos comenzamos a derrumbar todo aquello que se nos ponía por delante. Empezamos a derrumbar todo edificio por muy elevado que fuera, resquebrajar con nuestros puños el asfalto que hacía de carretera, hacer volar a los coches con nuestras certeras patadas y sepultar bajo los escombros a todo aquel que intentase agradecirnos. Nadie podía con nosotros, esos privilegiados con todo su poder y dominio económico se vieron en clara desventaja frente a nuestras capacidades innatas que destrozaban todos los pilares que ellos habían formado para protegerse de quienes eran verdaderamente vulnerables. Nuestra agresividad de ira liberada les dió una buena muestra de a lo que se enfrentaban, de nada servía su dinero ante quienes clamaban por la justicia.

En uno de nuestros pasos arrasando ciudades enteras, nos encontramos con un grupo singular que parecía compartir nuestras habilidades, pero que quizás por inexperiencia o falta de práctica fueron derrotados con facilidad, mas entre ellos dejamos a uno vivo. Era aquel un tipo bastante curioso, por lo visto se llamaba Izor y no era un hombre de muchas palabras. Hablaba poco, mas golpeaba con un frenesí inusitado. Pudimos haberle reducido entre los dos, pero tanto nos llamó la atención su compostura que le propusimos unirse a nosotros, y así lo hizo. Tenía unos cabellos lacios negruzcos y portaba consigo una capa azulenca larga y raída, se diría que aquel hombre era todo un excéntrico, mas con sus puños y sus piernas demostraba que estaba más allá de toda apariencia. No necesitaba hablar desde luego, pues sus actos ya hablaban por sí mismo.

Continuamos así avanzando, destrozando con saña todo a nuestro paso sin temer que nadie nos detuviera. Incluso la policia y demás fuerzas del orden que están al servicio de los poderosos -en palabra, mas no en acto como podíamos comprobar- no podían con nosotros. Daba igual cuantos de ellos acudieran en su rescate ante las llamadas de emergencia, agarrando una pared de vasto ladrillo, y lanzándolo desde las alturas en su dirección, lograba sofocarlos cual si fueran ellos victimas de las arenas ardientes que ya estaban devorando la mitad del planeta. Al principio, cuando comencé esta hazaña junto a mis compañeros, era la ira lo que me llevaba a ser tan excesivo en mis acometidas, pero con el tiempo aquella ira fue suavizándose, y lo que me impulsaba a seguir era un extraño regocijo ante la desgracia de todas aquellas gentes aniquiladas bajo nuestros brazos. Mas, sobre todo, lo que me animaba era la promesa de reencontrarme con aquella joven de la que desconocía el nombre, pero cuya esperanza de estar a su lado animaba mi empresa.

Así pasamos largo tiempo, arrasando con todo lo que se encontraba bajo nuestro inevitable avance, incluso se generó entre nosotros tres una especie de camadería de la aniquilación que fue la mas rara de las amistades que se pudieran imaginar, hasta que Izor usando de las señas que acostumbraba señaló en dirección a una radio que profería un importante mensaje. En este se contaba que por lo visto todos aquellos autobúses de evacuación que liberamos con anterioridad habían sido engullidos por las llamas, y de los cuales no habían podido llegar a la zona segura ninguno de ellos, quedándose así sus restos carbonizados en la mitad del recíen fundado desierto. Nada mas escuchar aquella noticia, no pude evitar derrumbarme en el suelo en señal de evidente impotencia, con mis puños golpeé con tesón al inocente suelo, acudiendo las lágrimas a raudales por mis resquebrajadas mejillas.

En ese momento, no pude evitar recordar a mis seres queridos, a toda la gente inocente que había sido devorada por la arena ignea, a los niños llorosos como yo mismo y sobre todo a aquella joven que me había ofrecido sus atributos femeninos como último recurso en mitad de la desesperación. Me estremecí, mis miembros se entumecieron y temblé cual si alguno de mis compañeros me hubiera dado una buena sacudida para que retornarse a la realidad. Justo en ese instante, la ira acudió a mi de forma renovada y aún mayor que con anterioridad, puesto que estaba animada por la impotencia y la evidente angustia de quién ya no tiene nada que perder. Así que retornamos a nuestras fechorías -que nosotros considerabamos justificadas a tenor de las circunstancias- y con aún más virulencia si cabe debido a lo funestas que habían acabado siendo las cosas de acuerdo a la frustración de nuestras esperanzas. 

En estas estabamos cuando llegando a un pueblecito algo me perturbó hondamente, y esto era que entrando en una tienda para desbandijarla y así acumular provisiones, observé en la cajera algo que me estremeció en las entrañas, pues era idéntica a la joven que me acompañó en aquel autobús destinado a la destrucción. Sólo se diferenciaba de la misma en que sus cabellos eran mas largos y presentaban ondas rojizas a la par que sus mejillas estaban adornadas por gran cantidad de pecas y lunares, mas en general era una copia a aquella que había conocido, en su leve semblante y en la forma esculpida de su cuerpo. Sin pensármelo mucho, la tomé de los hombros pidiendo explicaciones, es así como me enteré de que la joven que había conocido tenía una hermana gemela, la cual era la que tenía ante mis ojos. Pero mientras una había sido salva por sus recursos económicos y de salvoconductos, la otra había sido arrasada por las llamadas sin remedio y sin capacidad de ayuda alguna.

Completamente enajenado, salí del local sólo destrozándolo parcialmente, y una vez en la salida, me derrumbé en el suelo incapar de indagar en mis sentimientos de entonces. El recuerdo de lo que le había acontecido a aquella joven me dislocaba en lo más íntimo, su pérdida irremediable se me atenazaba en el pecho con un violento frenesí del que no lograba despojarme por mucho que lo intentase. Alzando la mirada, creía vislumbrar sus definidos rasgos a través de la neblina que era invocada por mi mente trastornada, logrando identificar por las señas que no necesitan de las palabras, su evidente desaprobación ante mis acciones. Aquello era un golpe del que no logré recuperarme, si había emprendido esta violenta aventura era porque buscaba salvarla a ella y a todos los que habían compartido su destino, y que negara mi decisión ladeando la cabeza en señal negativa, lanzaba al traste todos mis futuros planes de redención.

Desde entonces, me alejé de mis compañeros y me replegué a una solitaria cabaña, en la que con la ayuda de unas hojas amarrillentas por la presencia de la arena y un tintero no demasiado seco comencé a escribir lo que tú desconocido lector tienes ante los ojos. Sobrevolando el terreno durante meses, logré llegar a esta zona que linda por escasos metros con aquella otra que ya se encuentra sepultada por la ardiente arena bajo la cual habitan los cadáveres de aquellos a los que no se les dió una segunda oportunidad. Da la casualidad de que desde este punto, si agudizo mi mirada en la distancia, puedo atisbar aquella zona donde se encontraba el muro que derribé para dejar pasar a los autobuses, pero cuyo destino fue igualmente funesto a que si no lo hubiera hecho.

Por las noches, a través de las dunas, creo vislumbrar a aquella joven, mas ya no me reprende por mis acciones, muestra un semblante amable y me indica con señas para que me una a ella. Hay un secreto impulso que se me impone, y que hace que quiera atravesar aquel desierto igneo para poder reencontrarnos. Y así lo haré, mas antes veía conveniente dejar esto por escrito por si alguien lo encuentra, mostrando así cuales habían sido mis motivaciones e intenciones, de las cuales ya no me queda el más minímo atisbo.

Llegado a este punto, sólo quiero reunirme con aquella joven que ya me espera más allá de las inflamadas dunas macilentas de cara a retomar aquello que fue interrumpido por el azaroso quehacer de los hombres y su estúpido destino. Ya ha llegado el momento de dejar reposando la pluma y de encaminarme a su encuentro. Dejaré bien atados estos papeles desgastados con una cuerda que encontré por el camino, depositados en esta mesa carcomida en tanto que mi cuerpo se funda con lo inhóspito, y mi alma con el amor que nunca tuvo en vida. 

lunes, 13 de octubre de 2025

Las dos islas: Algunas notas sobre el comienzo del mundo onírico

 En el comienzo del mundo onírico este no era la amplia extensión por la que es conocido hoy día, tan limitado era que sólo comprendía dos diminutas islas diseminadas entre un inacabable oceano. Con el tiempo, y el incremento de soñadores, poco a poco fue comprendiendo de grandes continentes, con sus fronteras naturales y sus zonas prácticamente inhabitadas debido a sus condiciones adversas, o a los habitantes hostiles que transitaban por ellas. Pero en su origen, en un tiempo remoto que no puede ni situarse en una fecha concreta, solamente eran aquellas dos diminutas islas cercadas por violenta agua. Además, este par de islas no estaban realmente cerca la una de la otra, para llegar a la contraria se debía de atravesar aquella gran extensión marítima, con la incertidumbre añadida de que pocos eran los que una vez enbarcados en el mar podían llegar a puerto firme.

De todas maneras, pocos de lo que habitaban en la isla de Hyure -pues así se llamaba- querían ir a Zyure -que era la contraria- debido a que esta última se encontraba poblada por extraños seres deformes que tenían las mas impías de las costumbres, entre otras, que a pesar de alimentarse fundamentalmente de pescado, para ellos la carne humana era el más exquisito deleite, como pudiera ser el marisco para los ricos del mundo vigil. Así, pues, no es de extrañar que los habitantes de Hyure se alegrasen lo indecible de que una gran masa acuosa les separase de los perfidos seres que corrían de aquí para allá en esa detestable isla de Zyure.

En general, los habitantes de Hyure eran seres humanos bastante parecidos a los del mundo vigil, tenían la piel tostada por la grata incidencia del sol, unos musculos curtidos por sus constantes ejercicios pesqueros y una habilidad casi innata para entender el secreto lenguaje del mar. La mayoría de ellos se limitaban a realizar sus labores del día a día sin a penas acontecimientos que requieran la menor mención, mas había otros que esa vida se les hacía aburrida debido a lo rutinaria que era, y ansiaban explorar el lecho marino para añadir algo de aventura a su ordinaria existencia. Estos últimos dedicaban su tiempo en la elaboración de botes marinos que fueran mas resistentes a los que usualmente usaban para pescar, pero en cuanto emprendían la hazaña de sumergirse en lo ignoto del océano pocos eran los que regresaban.

Si bien es cierto que poco valdría la pena reseñar de los acontecimientos de susodicho lugar, si es digno de mención una pequeña historia que fue decisiva para el mundo onírico. Esta comienza con la anodina existencia de un joven llamado Edmundo, el cual se encontraba terriblemente enamorado de una joven que se llamaba Rosalinda, y que llevaban un noviazgo muy sosegado, dabánse largos paseos de punta a punta de la isla en tanto que acompañaban el transcurrir del viento con sus voces deleitándose en una conversación amorosa de confidentes. Vivían bastante felices y sin preocupaciones, y así transcurrieron en mutua compañía unos cuantos años, mas con el tiempo incluso su felicidad de les apareció demasiado rutinaria. Aunque, por otro lado, esta consideración fue invocada por un incidente aparentemente sin importancia, pero que para Edmundo fue decisivo.

Estaban un día en uno de sus acostumbrados paseos, cuando para desplazarse de cabo a cabo de la isla requerían de unas plataformas flotantes que se encontraban encima de agua contaminada por su estancamiento. Ya estaba Rosalinda a punto de situarse encima de la plataforma, cuando debido a un desliz se tropezó cayendo así al agua, Edmundo evidentemente asustado de ver a su amada hundiéndose en aquella agua turbia, se lanzó sin pensarlo para rescatarla, y aunque tuvo que sumergirse él mismo bastante para sacarla al exterior, perdiendo así la oportunidad de atravesar la isla, pues la plataforma ya se había marchado. Sin embargo, tomando esto como un mal agurio, decidieron dar media vuelta y regresar cada uno a su correspondiente hogar.

Una vez en casa, Edmundo meditando en soledad, pensó que aquel pequeño incidente que casi se cobra la vida de su querida Rosalinda, le dió a pesar del susto la adrenalina que necesitaba en su día a día. Así proyectó la idea de construir una balsa lo bastante fuerte para surcar el océano, y quizás así en su regreso, demostrar tanto a su amada como a sus semejantes, que era un hombre valiente, aventurero y de una fortaleza más allá de lo común. Esto fue pensado en una noche, y nada más despuntar el día puesto en acto, puesto que a partir de entonces se afanó en su tarea de construir una barca lo suficientemente resistente para darse una larga vuelta por el océano, y regresar como si tal cosa a su punto de partida. A Rosalinda, dicho sea de paso, esta idea no le agradaba demasiado, pero viendo que Edmundo era tan feliz en este proyecto, decidió no amargarle sus aspiraciones con preocupaciones femeninas.

Al tiempo la barca estuvo acabada, y sin pensárselo dos veces, justo al día siguiente se puso en camino despidiéndose de su amada sin mirar atrás, mas con la promesa de su regreso. En esta aventura marina, trancurrieron primero días, luego semanas y finalmente meses en la sola observación de una llanura infinita de agua cuyo única mutación era el desaparecer del sol para que se diera cabida a la aparición de la luna. Menos mal que Edmundo era un buen pescador, de lo contrario era probable que en esa tesitura hubiera muerto de inanición. Además, era bastante resistente en cuerpo y mente, pues a pesar de que con el transcurrir del tiempo sólo observase la agitación de las aguas marinas, esto no le frustraba en absoluto. Tan seguro estaba de que regresaría su hogar sin problema alguno.

Tras largo tiempo en el mar, sus ojos se quedaron atónitos al contemplar entre las aguas un segmento de tierra equivalente a unos cien metros que no sabría si calificar de isla. Hasta entonces pensaba por las leyendas que la única isla existente a parte de Hyure era la temible Zyure, mas ahora se encontraba que había una pequeñísima excepción a aquella ecuación con la existencia de aquel pequeño terreno limitrofe ¿Quién sabe si entonces no habría mas? Pensó, entusiasmado por la aventura que su nariz aspiró con deleite. Acto seguido, decidió desembarcar en aquel lugar aparentemente desierto, y una vez que se hubo asegurado de que la barca se encontraba bien estacionada y sujeta, se puso a investigar entre los arboles tropicales y las palmeras.

Y cuando ya pensaba que allí no había mas que troncos caídos y algunos cocos rodando por el suelo, pudo vislumbrar una figura situada en la ladera opuesta de la pequeña islita. Al principio, pensó que aquello era una turbación de su imaginación, y que debido al tiempo que no había contemplado a un semejante, estaba alucinando. Pero, al acercarse, comprobó que era un ser humano real. Este se presentó bajo el nombre de Aziel, y le comentó que en su tiempo él también era un joven ávido de aventuras que decidió ir en busca de las mismas, pero que debido a un pequeño despiste al construir su barca, terminó perdiendo el control de la misma y acabó engullido por el impetú del océano. Se daba por muerto hasta que un día repentinamente despertó en aquella isla sin nombre, y desde entonces estaba ahí esperando que un compañero de aventuras con mejor suerte le llevara hasta Hyure, o si tenía todavía mas suerte, se animase a emprender con él una última aventura en el mar.

Dos cosas extrañaron bastante a Edmundo de todo aquello, lo primero era que no le sonaba que en la isla habitara ningún hombre bajo aquel nombre, mas es bien cierto que había pasado mucho de aquello que contaba, puesto que mostraba el aspecto demacrado de la vejez y de la privación de los recursos más básicos, y en segundo lugar, también le extraño que tuviera la piel tan blanca habitando en climas tan adversos para la conservación de la blancura de la piel. Además, Aziel tenía unos cabellos rubios y escaso vello por el cuerpo a pesar de su vejez. Jamás había conocido a nadie así, todos sus congeneres eran morenos y los ancianos portaban consigo cabellos grises, no era posible que existiera alguien semejante como aquel que tenía delante.

No obstante, teniendo en cuenta lo que le contaba y el aspecto que tenía, sintió una mezcla de compasión y de comprensión ante la situación de quién ya consideraba un amigo. Y como todavía se encontraba con ganas de aventuras, le indicó donde se situaba su barca y ambos siguieron adelante en aquella extensión de agua que parecía no comprender de fin. Aziel se mostró entusiasmado, lo cual vino a revocar con idéntica emoción en Edmundo. Este último se sorprendió del claro manejo que tenía su compañero de navegación a pequeña escala, incluso llegó a preguntarse cómo teniendo aquellas habilidades no usó de los materiales que le ofrecía la isla donde se había quedado atrapado y emprender así un viaje él mismo. Pero tanto era su entusiasmo en proseguir su navegación que disipó todas aquellas cuestiones dejándolas de lado, y se puso manos a la obra en su marcha.

Pasaron mucho tiempo avanzando y avanzando por el inmenso lecho marino sin alteraciones aparentes, hasta que un día justo cuando Edmundo le estaba contando a Aziel que los descansos que se daba en aquel extraño viaje había soñado con otras vidas, algo así como si recordase vidas pasadas en sueños cuales reencarnaciones traídas de vuelta ante sus soñolientos párpados, vislumbrarón a una distancia considerable la temida isla de Zyure, y como ambos eran valientes y tenían sed de curiosidad y de querer saber mas, se acercaron precavidamente a la misma. Desde una distancia lo suficientemente segura para no ser observados, estuvieron oteando con sus miradas el perimetro de la isla, y bajo su sorpresa, aquella parecía desierta. Incluso se arriesgaron a acercarse un poco más con idéntico resultado, en aquella isla no parecía haber nadie. Sólo atestiguaba una suerte de remembranza de que anteriormente fue habitada el negro humo que parecía ascender al cielo desde unas cavidades cavernosas situadas en los montes de la misma. Finalmente, optaron por desembarcar en la terrible Zyure, y para su sorpresa, aunque encontraron extraños vestigios de que bizarros seres caminaron y habitaron tales parajes en huellas y en extraños enseres, no encontraron signo alguno de vida si no llega a ser por su misma presencia. 

Como para ellos aquella isla era el término último de su plano geográfico mental, decidieron irse de ahí tremendamente decepcionados de no haber encontrado nada que animase sus aventuras, y emprendieron así el regreso a Hyure. No recordaban la ruta exacta, pues para entonces no había medidas ni fijaciones en papel de las trayectorias marítimas, pero en contraparte, tenían una intuición muy desarrollada y una comprensión del clima y del devenir marino que sobrepasaba lo humanamente posible en la actualidad, y guiándose de acuerdo a estos vestigios de la naturaleza primitiva, escogieron la dirección que consideraban la adecuada para emprender el regreso.

Sin embargo, aunque durante algunos días esta ruta les fue favorable, en uno de esos días se desató una inmensa tormenta que embraveció las aguas, provocando así que naufragaran. De hecho, Edmundo no recordaba bien lo que había ocurrido desde el inicio de la tempestad hasta la caída del barco en el lecho océanico, todo aquello se encontraba como fundido en negro y borrado de su memoria. Mas cuando la recuperó, y fue recobrando poco a poco los sentidos, se encontró nuevamente en aquella isla diminuta en la que se había encontrado a Aziel, desde su racionalidad levemente recuperada le sorprendió que todos los naufragios dieran como resultado el acabar ahí. Pero cuando se encontraba mirando al rededor para ubicarse, sintió un dolor punzante en su brazo izquierdo, y cuando aguzó su vista en esa dirección descubrió a un ser negruzco y nauseabundo devorando su brazo. Aquella entidad era algo horrible, como un ser que no estaba formado del todo, y que con unos fauces amarillentos estaba carcomiendo su brazo cual si estuviera partiendo una naranja con un cuchillo.


Entonces, al sentir el dolor, lanzó un gritó que alertó a aquel asqueroso ser de que se había despertado de su anestesia, lo que hizo que aquella cosa se avalanzase contra él. Edmundo forcejeó largo tiempo con aquella cosa que rezumaba un líquido verdoso que olía fatal, hasta que por un secreto instinto de supervivencia usó de su hueso carcomido del brazo izquierdo como arma y se lo clavó en el pecho, lo que tuvo como resultado que aquella bola negruzca informe sollozara de dolor y se desplomase sobre las finas arenas de la playa. Resultado de lo cual, fue un leve desmayo por parte de Edmundo, y cuando poco a poco volvió a recobrar el sentido, vió que tras el cadáver de aquel ser reducido había una piel humana desperdigada. Al principio pensó que su amigo había sido devorado, mas al examinarla con mayor atención, cayó en la cuenta de que aquel nauseabundo ser había provenido del interior ¡Había estado conviviendo todo aquel tiempo con aquella cosa camuflada en piel humana! Se dijo a sí mismo evidentemente aterrorizado, y sintiendo que ya no tenía ganas de más aventuras, hizo acopio de valor y de provisiones para construir una nueva barca con los materiales que le proporcionaba aquella isla para regresar así a Hyure.

Y tras un tiempo indeterminado en la construcción de su nueva barca, al final ya tenía todo dispuesto y se puso manos en marcha de cara a retornar a su hogar. Transcurrió muchísimo tiempo entre que pudo orientarse y las aguas le fueron favorables, pero cuando al fin pudo atisbar a través del horizonte la silueta de su amada isla, no pudo evitar saltar de alegría, provocando que la barca se balanceara un tanto. Se pusó tan contento que no pudo reprimir unas lágrimas de pura felicidad en la medida que cada vez estaba más cerca de Hyure. Pero, cuando ya estaba prácticamente en la linde de la costa, observó consternado que no era recibido por nadie, que todo estaba tan desierto como lo había estado Zyure cuando desembarcó con su falso amigo a sus costas. Así pues, interiormente agitado, nada más amarrar el barco, salió escapotado por las estrechas avenidas de la isla buscando a sus congeneres, y sobre todo a su amada Rosalinda.

Cuando llegó a la casa que era habitada por ella, descubrió que aún ahí no había rastro de nadie. Mas cuando hubo penetrado por la puerta que daba a su habitación, descubrió unos huesos diseminados por su revuelta cama, y llevándose las manos a la cabeza recordó el episodio en el que aquel repulsivo ser le había devorado el brazo siniestro junto a aquel otro anterior en el que vislumbró la completa ausencia en la isla de Zyure, y estremeciéndose sin remedio, comenzó a temblar reconociendo en aquellos delicados huesos a su muy querida Rosalinda. Entonces, en los azares de la desesperación, golpeando a diestro y siniestro, rompió un espejo que tenía delante, y entre sus fragmentos descubrió el rostro de un anciano en los accesos de la demencia.

Ya no podía distinguir lo que era real y lo que no, si sus deducciones eran exactas o eran muestra del declive mental en el que le había sumido el agua salubre del mar, y queriendo despertar de aquella pesadilla, cogió un segmento de aquel destrozado espejo y surcó sus venas con el mismo, dejando así que su coagulada sangre regase los huesos de su amada Rosalinda por si estos retornaban a la vida. Esa era su esperanza en tanto que su consciencia se sumía en las sombras, mas antes de que estas llegasen a su totalidad pudo ver a través de las mismas, el semblante preocupado de una anciana sobre su lecho. Y justo cuando su mente procuraba racionar sus impresiones, su luz se apagó para siempre.