domingo, 25 de enero de 2026

Dichas y desdichas de un vampiro

 A veces es tan absurdo como paradójico el modo en el que se desencadenan ciertos acontecimientos. Me refiero específicamente a aquellos momentos en los que todo parece cambiar por un nimio detalle, que a pesar de su aparente pequeñez, acaba desembocando en algo tremendo. Algunos dirían que es como la gota que colma el vaso, pero para quién lo  vive en sus propias carnes, ese vaso no estaba ni lleno ni vacío, es como si aquel vaso no existiriera, y la supuesta gota como esa lluvia tan tenue que parece que no cae. Mi vida cambió debido a un acontecimiento semejante, anodino a la par que anectótico, que incluso podría provocar la risa en mas de uno, pero que en mi caso supuso la gota que lo cambió todo, una brisa que acabó formando un maremoto de tales dimensiones, que para nosotros los que manejamos el barco supuso el naufragio de nuestras vidas.

Todo empezó con un acostumbrado paseo, una necesidad de explotar otros territorios. Me encontraba en compañía de mi pareja Melisa, recorriendo unos extraños almaneces que para nosotros eran desconocidos hasta entonces. Se trataba de un amplio poligono industrial en el que la galerías se encontraban abiertas al público, e incluso había un centro comercial por la zona y un bar que estaba plagado de gente, la mayoría de ellos borrachos y raros personajes. Melisa me agarraba con fuerza de la mano, como intuyendo que algo no iba del todo bien, pero yo me encontraba plácido, como en mi salsa. Vagaba por aquí y por allá metido en mi mundo interior, indagando en mis pensamientos de acuerdo con las impresiones que recibía del exterior.

Aquel inofensivo paseo transcurría con normalidad hasta que cuando estabamos atravesando uno de aquellos almacenes atestados de productos encerrados en sus cajas, sin querer debido a mi ensimismamiento me tropecé con una pequeña mujer a la que dí un leve empujón con mi hombro cuando pasamos a su lado. Y este hecho, tan nímio en apariencia, enfureció a aquella mujer, nada mas sentir mi hombro chocando con su pequeña cabecita, se puso a refunfuñar. Incluso advertí, que mascullaba violentas palabras en tanto que pataleaba el suelo con un evidente enfado. He de reconocer que tras ello no pude evitar esbozar una sonrisa que evidenciaba una risa que contenía, pero que pugnaba por escapar de mis labios. Aún así, guardé el tipo, y girándome sin resultar cantoso en demasía, le comenté a Melisa lo extraño de este encuentro, a lo que ella me respondió con un asentimiento de complicidad.

Pero entonces, de repente, en cuanto doblamos una esquina de la galería para dirigirnos a la salida de emergencia, dos hombres corpulentos nos detuvieron, impidiendo que salieramos de allí. Empezaron a empujarnos y a menospreciarnos, a insultarnos y a intentar agredirnos. Aquello no podía tolerarse, así que haciendo uso de un ennegrecido cuchillo que siempre portaha conmigo, atesté unas cuantas puñaladas en el rostro de uno y en las costillas del otro, y mientras aquellos hombres se recomponían de sus heridas, escapamos de allí. Mas justo en la salida, había como cinco hombres vestidos de igual tenor y con evidentes intenciones de violencia hacía nosotros. Me preocupaba la integridad física de Melisa, así que la puse detrás de mí y me abrí paso a cuchilladas para dispersar a aquellos hombres y escapar de ahí como fuera. Sabía que debido a su número era imposible combatir en igualdad de condiciones, así que hice uso de la sucia estrategia, y cuando nos fue posible huímos de esa zona.

El lugar era inmenso, parecía que no iba a acabarse. Cada vez que avanzabamos aparecían más y mas almacenes, los cuales estaban atestados de aquellos hombres vestidos con esmoquin. Debido a su superioridad numérica y a su musculatura, creí que era mas prudente en ocultarnos entre los muros para lograr atisbar alguna escapatoria. Eso sí, en todo momento mantuve mi cuchillo elevado en alto, y con la mano contraria, agarrando a Melisa para que no se me perdiera en el camino. Ella, a pesar del temor, mantuvo cierta compostura, y sólo se limitaba a ofrecerme los posibles escondrijos y salidas alternativas para que nos fueramos de ahí lo antes posible.

No sé cuanto tiempo pasamos corriendo de aquí para allá, pero finalmente llegamos a una especie de pequeña ciudad que aún estando rodeada de los susodichos almaneces, mostraba mas vías de escape. Nos internamos en senderos recónditos, en callejuelas adyacentes, pero a pesar de nuestros esfuerzos, al final nos vimos rodeados por gran número de aquellos hombres, y en su centro aquella pequeña mujer a la que había empujado sin querer. Por lo visto, la razón de todo aquel espéctaculo estribaba en que el empujón supuso para ella una injuria tremenda, una ofensa de la envergadura de una bofetada de un caballero a otro en el románticismo. Yo personalmente no lo consideraba para tanto, pero por lo visto aquella mujer era alguien importante, una ejecutiva o algo así que se tomaba las cosas demasiado a pecho.

Así se lo comuniqué, le dije que no entendía todo aquello pero que la ofrecía mis disculpas. Nada mas decir esto, su semblante se transfiguró de una mirada amenazante a una sonrisa de complaciencia, y me ofreció una bebida negruzca de lo que ella denominó "de la reconciliación" La tomé y la bebí deseando de que todo aquello terminase, pero a los pocos segundos lo que había bebido me subió por el gaznate, y lo devolví en forma de un líquido entre negro y sanguilento que escupí con desprecio en las losas de aquel lugar. A ella esto pareció sorprenderle mucho porque arqueó las cejas con estupefacción, y me miró interrogante, esperando que yo aclarase sus dudas. Entonces, entre risotadas que me negué a contener, le confesé que sus intentos por asesinarme resultarían vanos, que tanto yo como mi pareja éramos vampiros, que no sabía con quienes se estaba metiendo, aún con todo el poder que pretendía tener, nada podría hacer contra nosotros.

Y tras estas palabras, sonreí con sorna adornando mis afilados colmillos con la mugrienta sustancia que expulsaba por la boca, y me lancé como un animal sobre algunos de sus ayudantes, desgarrando sus cuellos y succionando su sangre para recuperarme de aquel mejunje que tanto me incordiaba en el estomago. Acto seguido, sobrevolé sus cabezas en compañía de Melisa, y nuevamente nos escabullimos de allí con aún mayor pompa que en las anteriores ocasiones, provocando un colérico movimiento entre los guardaespaldas de aquella pequeña mujer, mientras mi desenfrenada risa se solapaba a las injurias y amenazas que ella profería, alzando un puño en alto en tanto que nos contemplaba elevarnos sobre sus desdichadas cabezas.

Después de esta improvisada huida, llegamos elevándonos a un campo yerto, del cual desembocamos en otra pequeña ciudad que igualmente se encontraba atestada de idénticos personajes. Optamos por la misma estrategia, a saber nos ocultabamos entre los matorrales que la circundaban cuando podíamos, y cuando no nos quedaba otra, entrabamos en combate provocando tal lluvia de sangre, que tanto Melisa como yo terminamos tan saciados que no nos entraba ni una gota sanguiolenta más. Debido a ello tuve que hacer uso del cuchillo nuevamente. Era verdad que todo aquel cúmulo de sangre era un desperdicio, pero ni a mí ni a mi compañera nos entraba nada mas, así que a nuestro pesar tuvimos que echar a perder aquella ambrosía vital en aras de nuestra supervivencia. Para que uno se haga a la idea de cuan sangriento fue todo, que se imagine una plaza de un pueblo toda inundada de rojo cual si el Dios del Antiguo Testamento hubiera retornado a nosotros lanzando una plaga sobre Egipto. Así estaba todo, atestado de sangre aquí y allá, junto a cadáveres que horadaban las esquinas con sus cuerpos desgarrados, cuyos semblantes mostraban el sufrimiento que sentían antes de perder la vida.

Entonces, la pequeña mujer, sacando un silbato se sus bolsillos, comunicó un alto de aquella guerra, y nos reunimos con ella y con unos guardaespaldas frente a una mesa que daba a la cristalera de un local. Sin mediar palabra aún con su rencorosa mirada y la de sus acompañantes que deseaban meternos baza en cualquier momento, señaló en dirección a una vidriera en la que se transparentaba la figura de una mujer que se encontraba apresada, la llevaban con cadenas y empujones violentos en nuestra dirección, o sea, a la salida de aquella especie de tienda que mas bien parecía una peluquería. Manteniendo el dedo índice en tanto que la señalaba, nos indicó que aquella mujer era una bruja llamada Minina, y que iba a analizarnos espiritualmente de cara a tomar una decisión en torno a nosotros.

Minina la bruja, se sentó ante nosotros. Nos miró directamente, y nos cogió en las manos en tanto que esbozaba una enigmática sonrisa. Se sucedieron unos instantes en silencio, a los que se dió pie a que poco después se susurrasen extrañas palabras. Finalmente dijo que no suponíamos una gran amenaza, que aún teniendo en cuenta nuestras fechorías y nuestra violencia, teníamos un buen fondo, el cual daba pie a que se nos perdonase por nuestros pecados. Tal afirmación no sentó del todo bien a aquella mujer, y golpeando con su puño en una mesa, ordenó a sus subordinados que nos apresasen y ejecutasen. Obviamente no ibamos a dejar que se nos tratase así, lo que hizo que los evitase con premura, abalazándome sobre sus cabezas y dislocando sus cuellos, en tanto que tomaba a Melisa en mis brazos para que huir de ahí como habíamos intentado anteriormente.

Pero mientras nos alejabamos del lugar y nos internamos en la pradera desierta que teníamos ante nosotros, algo en nuestros corazones palpitó en señal de remordimiento. Melisa y yo nos miramos a los ojos confirmando nuestros pensamientos sin necesidad de palabras, y supimos que debíamos liberar a aquella bruja que retenían contra su voluntad en dicho lugar. No podía permitirse que aquel gazñapo hiciera lo que quisiera, así que ideamos un plan del siguiente tenor, a saber, como fueramos a donde fueramos todo se encontraría atestado de los guardaespaldas de aquella mujer, debíamos asesinar a algunos de ellos, y hacernos con sus trajes. Era imposible que todos ellos se hubieran quedado con nuestras caras, sobre todo los que se encontraban en zonas mas alejadas no sabían de nosotros de no ser por nuestras respuestas violentas ante su presencia, así que podríamos pasar desapercibidos, retornar a la zona donde tenían capturada a la bruja, y poner luego pies en polvorosa.

Aquel plan no tenía pérdida, y así lo pusimos en ejecución tal y como lo planeamos. Llegamos infiltrados a la zona donde se encontraba la bruja, y la liberamos pretextando a los guardaespaldas que la jefa nos había ordenado que teníamos que llevarla a otro lugar debido a una información que por ahora era secreta. Y así lo hicimos, huímos en compañía de la bruja Minina, que nos miraba con cierta complaciencia y orgullo. Así descubrimos todo el despliegue que me atrevería a considerar militar que la mujer había armado en nuestra contra. Allí donde fueramos, todos eran hombres uniformados cargados de armas que portaban coches blindados, camiones de guerra e incluso helicopteros... Pero a pesar de ello, mantuvimos el tipo, y tanto tiempo pasó de aquello que nuestros semblantes se perdieron en el olvido para aquellos hombres que nos odiaban sin conocernos.

En una ocasión, cuando hicimos un alto en un pequeño bosquecillo, Minina la bruja volvió a hacernos un reconocimiento espiritual, extrañamente se centró sobre todo en mí, pues sentía que no había ahondado suficientemente la primera vez. Primero, me impuso sus manos sobre los hombros, mascullando unas palabras que aparentaban tratarse de una especie de hechizo, después las apartó y me miró a los ojos esbozando una amplia sonrisa, y de repente ante mis atónitos ojos, se desprendió de su sostén liberando así sus senos, y puso el mencionado sostén sobre mi cabeza. En ese momento, miré de soslayo en dirección a Melisa que ya me miraba amenazante debido a los evidentes celos que aquello le provocaba. Yo me limité a alzar mis hombros con desconcierto, para después desplazar mi mirada en dirección a Minina que se encontraba desnuda de cintura para arriba. Se relamió los labios, y retiró el sostén de mi cabeza, y en tanto que lo ajustaba me indicó que aquello era un hechizo protector, y que iba a brindarme la oportunidad de acabar con todo aquello.


Y así, nos dirigimos de nuevo en dirección a los primeros almacenes, allí donde había comenzado todo. Nos internamos en el almacén que aparentaba ser el principal, y llegamos los tres a una zona tremendamente oscura que daba entrada a una puerta que sólo localizamos agudizando la vista y palpando con las manos, y cuando la abrímos nos encontramos a dos hombres, uno muy gordo y otro muy flaco que se encontraban sujetos contra la pared con esposas. En medio había una joven amarrada en mitad de la sala, y justo delante de la misma había como cinco hombres que sonreían con sadismo ante los intentos de la joven por desprenderse de ahí. En tanto que procuraba liberarse sin conseguirlo, los otros dos hombres que estaban apresados, no paraban de llorar y de suplicar clemencia. Personalmente, no comprendía aquel espéctaculo ni entendía que tenía que ver todo aquello conmigo.

Y en tal tesitura, sin saber por qué, aquellos hombres comenzaron a lanzarle cosas a la joven. Al principio eran finas agujas que le arañaban la cara mientras que otras se le quedaban clavadas sin que fuera capaz de soltarlas por motivos obvios, pero después empezaron a lanzarle cada vez objetos mas punzantes, como afiladas cuchillas, y finalmente, puntiagudos cuchillos que desgajaban su blanquecina carne. Cada vez que estos la acertaban en la cara proferían sonoros aplausos exponentes de su alegría, y cuando por lo que fuera fallaban dándole en otras partes de su inocente cuerpo, lanzaban un segundo objeto punzante con aún mas saña que el anterior. Yo no sé cómo fuí capaz de soportar aquello hasta entonces, quizás porque la bruja Minina me agarraba del brazo para impedir que actuase, mas no pude aguantar mas y me lancé en aras de dispersar a aquellos hombres, liberando así a la joven que ya se encontraba magullada de golpes, heridas y sobre todo cortes sanguiolentos que le recorrían todo el cuerpo.

Sin embargo, cuando ya la tenía liberada en mis brazos, a su mirada inocente y perdida le siguió una maléfica risa que me perturbó hondamente. Fue así cuando descubrí que todo aquello era un hechizo de Minina, y que la que en apariencia era la victima se trataba de la agresora, pues aquella joven no era otra cosa que un avatar de la pequeña mujer que tanto daño nos había hecho por haberla empujado sin querer en ese mismo almacén, y que hasta entonces había sido castigada por la bruja con aquel infierno particular. Pero aún así, lo que aparentaba sufrimiento y desdicha era en realidad regocijo, pues la joven parecía sentir placer recorriendo con sus pequeñas manos las heridas, que al palpitar con el tacto le producía un estremecimiento que se volcaba en una risotada de goce a tenor de las circunstancias. Así pues, sin pensarlo dos veces impuse mis afilados colmillos en su cuello, y succioné su sangre con un inusitado frenesí. Ahora me tocaba a mí sentir placer, puesto que con el paso de su calenturienta sangre a mi boca, todos mis miembros se mantuvieron en una tensión hedonista que sólo culminó cuando su cuerpo se convirtió en un despojo seco y macilento.

Recuerdo que mientras digería cada gota de su sangre, sentía su cuerpo vibrar y su risa aumentando en una serie de enloquecidos alaridos, y supe que todo aquello había acabado no cuando el líquido como el vino cesó, sino cuando se dió pasó al silencio en tanto que sus miembros quedaron ateridos, estirados y en suspenso como ocurre con la mayoría de los cádaveres. Al final todo terminó de esta extraña manera, del mismo modo a como había empezado, con un hechizo que sobrepasaba los sueños y las pesadillas todas, y acabó culminando en un estremecimiento interno que sobrepasaba mi propia cordura, pero en la que acabé siendo participe quisiera o no. Y lo que fue sufrimiento en un principio se volcó en deleite al final.

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