domingo, 18 de enero de 2026

La Aldea de los Muertos

 Aquel mugriento edificio infecto de la más nauseabunda humanidad era lo único que conocía Hugo. Las personas que dirigían tal centro le contaron cuando ya era algo mayor que sus padres le dejaron ahí poco después de que naciera. Obviamente, aquello afectó muchísimo a aquel joven tan sensible. Se preguntaba tantísimas cosas... Una de ellas, por ejemplo, sobre cual era la razón de que le depositarán ahí como si fuera un producto desechable, pero también otra que se le venía a la cabeza recurrentemente era en torno a qué sería de sus padres ¿Seguirían vivos? Y en caso afirmativo ¿Se acordarían de él? ¿Sentirían remordimientos por haberle abandonado? Ni él mismo sabía durante cuantos años estas cuestiones le carcomían el alma, si fuera sencillo responderlas probablemente hace tiempo las hubiera dejado atrás, pero como no era así no había día que no se las hiciera.

El edificio en cuestión que habitaba era tan grisáceo como macillento, parecía una cárcel y sus habitantes criminales. Los profesores que por ahí pululaban no eran otra cosa si no vigilantes carcelarios, y sus compañeros en cautiverio se comportaban como imbéciles redomados cuyas pasiones incontroladas surgían como la metastasis que produce el cáncer. Allí no parecía haber esperanza alguna debido a la escasez de luz, las barras de las ventanas les impedían tener perspectivas futuras, la oscuridad se cernía como una mala pesadilla que era constante y el aire estaba tan viciado que hasta soñar en la hermosura les estaba vetado. Todo lo que tenían ante sus ojos era penumbra y corrupción, casi parecía que habitaran el infierno debido a pecados que les eran ajenos porque otros antes que ellos los habían cometido.

En cierta ocasión, se formo una barabunda tal debido a una pelea, que el edificio se plagó de niños y jovenes correteando aquí y allá cual si fuera una colmena desatada. Hugo fue uno de los principales protagonistas de la misma junto a otro chico cuyo nombre no viene al caso. La situación se hizo tan virulenta que ni los celadores supieron detenerla a tiempo, tanto era el impetú de la masa que se veían repelidos hacía atrás constatemente, haciendo con ello que su intervención fuera fútil. Al final, Hugo y su contrigante acabaron enzarzados en uno de los laboratorios de aquel asqueroso edificio, y aunque nuestro protagonista le llevaba ventaja, el otro con una estrategia tan sucia como corrompida estaba su alma, en tanto que se arrastraba por el suelo cual gusano, tomó un aparato y lo usó contra Hugo de tal manera que le cercioró la mano izquierda, dejándole así manco de por vida. Justo cuando Hugo cargado de furia incontrolable iba a acabar con la vida de ese miserable, los profesores intervinieron dando por terminado el combate.

Fue imposible que recuperase la mano perdida, tan consumida estaba en sangre coagulada y sus nervios tan dañados que no pudieron unirse. Así pues, desde entonces Hugo se quedó con un muñón en el que clavó un mecanismo defensivo que él mismo había construido. Se trataba de una especie de navaja multiusos que tenía forma de tijera, pero que podía accionarse de tal manera que se convertía en un mortifero filo, a la par que también era útil para partir todo tipo de materiales a excepción de los más duros y sólidos como lo podrían ser un hierro, el metal o el acero. Aquel macabro invento tuvo la fortuna de ser capaz de intimidar a sus adversarios, de tal forma que gracias a la apariencia de una especie de cientifíco chiflado que hacía experimentos consigo mismo logró atajar el problema de los enfrentamientos. Nadie quería tener nada que ver con alguien cuya mano artificial podía sajar pieles ajenas cual si fueran embutido en lonchas.

Después de largos meses, Hugo logró encontrar un resquicio de aquel edificio que no parecía estar vigilado por nadie. Se le figuró que la luz que se filtraba por aquel recóndito sótano casi le susurraba que podía irse por ahí cuando gustase, y obviamente decidió aprovechar susodicha oportunidad. Deslizándose entre la maquinaria pesada que brindaba de densidad aquella cripta subterránea, pudo encontrar una pesada puerta de hierro oxidada que alguien se había dejado abierta como por descuido. Quizás, pensó Hugo, como los celadores consideraban que nadie sería tan osado como para penetrar la oscuridad de aquellas apestosas galerías, decidieron dejar aquel espacio despejado y no replegar sus fuerzas en una tarea que consideraban vana. Así, aprovecharía la oportunidad que les brindaba su falta de cálculos, y se filtraría entre las sombras como una mota de polvo por la ventana, o mas bien como una llamarada que ha encontrado una grieta donde poder escabullirse hacía el ansiado aire. Así lo hizo él, tan rápido fue en atravesar el sombrío recorrido, que cuando quiso percatarse de su acción ya se encontraba en el exterior.

Por vez primera podía respirar el aire puro, contemplar los rayos del sol que brindaban de alegría al mundo, poder pisar piedra pulida y tierra aglomerada, deslizar sus manos por la hierba cargada de rocío... Se puso tan contento que en vez de andar parecía que bailaba, danzaba entre las calles con sorna, a la distancia parecía un mimo que había sido liberado y que recuperaba la capidad de emitir sonidos. Correteaba aquí y allá completamente desatado en su felicidad recíen descubierta, por fin era libre y la sensación de notar sus ataduras ausentes le provocaba un cosquilleo que le recorría por todo el cuerpo. Tal era su alegría que a las veces reía solo sin poder evitar que sus carcajadas viajaran con el viento.

Finalmente decidió internarse en una espesura boscosa para evitar ser descubierto. Se trataba de una senda que estaba adornada por una profusa arbolera, aquí y allá todo era verdor, y el único tono que se admitía mas allá del verde eran los amarillentos rayos solares que se filtraban entre las ramas, brindando tal espectáculo de ensueño que hizo temer a Hugo si en realidad había muerto. Según fue internándose en la misma, estos pensamientos le fueron estremeciendo, o quizás fueran también los tonos cobrizos y las sombras emboscadas que eran invocadas con la llegada del atarceder. El caso era que, sin saber por qué, sintió que no estaba solo, que alguien le estaba persiguiendo y que cada vez se encontraba más cerca.

Cuando se giró para comprobarlo, se percató que una serie de figuras a la distancia corrían en su dirección. Esto le confirmó sus sospechas intuitivas, y sin pensarlo detenidamente, corrió como si no hubiera un mañana. Sin embargo, a pesar de llevar un buen ritmo y de sudar la gota gorda, aquellas siluetas fueron definiéndose cada vez mas en la medida que acortaban las distancias. Poco importaba que Hugo aumentase la velocidad de sus despavoridas zancadas, aquella masa de gente se encontraba cada vez más cerca. Y cuando se giró para medir las distancias ya estaban en su posición, pudiendo comprobar por sí mismo que se encontraba rodeado. Sin embargo, a pesar de ello, se dió cuenta de que aquellas personas no le perseguían a él, sino que más bien huían de otras que se encontraban mas atrás. Así que sin saber por qué, decidió unirse a una huida cuya razón ulterior le era desconocida.

Entre la carrera, pudo entablar conversación con dos personas. Una de ella era una mujer de rubios cabellos y esbeltos miembros, la otra una niña de quizás diez años que portaba en su regazo una extraña criatura cuyo origen no logró identificar, pero sobre la cual nada quería saber porque consideraba que podría ser mortífera. Estas le informaron de que huían de una especie de agentes porque su poblado había sido cercado por una intervención gubernamental de una potencia extraña, y que estos las buscaban a ellas y a toda esa gente para aprisionarlos, e incluso llegado el caso, asesinarlos. Hugo fue consciente de la veracidad de dicha información cuando en la distancia vislumbró que aquellos hombres iban montados en unas extrañas máquinas flotantes, que vestían una especie de monos azules y que portaban una suerte de machetes que elevaban amenazantes. Y como no quería perder su recíen recuperada libertad, puso pies en polvorosa en compañía de las dos damas y sus semejantes.

Torciendo a la izquierda, se internaron en una zona todavía mas espesa debido a la niebla y a la gran cantidad de plantas que por allí había, logrando con ello despistar momentáneamente a los agentes, que siguieron recto como si ellos continuasen huyendo por la carretera principal. Así, tras largos kilometros andados en la pronta noche reinante, llegaron a lo que parecía una pequeña aldea con sus casas dispersas. Una vez allí se percataron de que no eran bien recibidos, los vecinos de la zona salían de sus hogares armados con un palos que sostenían en alto junto a un semblante cargado de odio debido a la incertidumbre que sentían en su interior. No se arriesgaron ni a entablar conversación, tanto los temían que decidieron guardar la distancia, echándose una pequeña cabezada en los inmensos robles que se encontraban al rededor de la susodicha aldea. Mas, cuando horas después abrieron los ojos, descubrieron que se encontraban rodeados por un montón de aldeanos que sostenían sus antorchas prendidas en alto, dispuestos a arrojarlas a sus cabezas con la violencia que consideraban necesaria.

Sin embargo, de repente, un rumor pareció agitar las hojas de los árboles. Se produjo una brisa terrorífica que aún en su aparente levedad logró apagar las antorchas de los presentes, provocando un estremecimiento de sus huesos que fue audible. Sin saber cómo reaccionar, estos se dispersaron, acudiendo así a sus cabañas y cerrando sus puertas con herrumbroso pestillo. Y entonces, de las sombras descendieron dos figuras, una era la de una mujer morena que parecía una bruja, y la otra la de un hombre que vestía un negro ropaje y que portaba consigo una umbría espada. A una indicación de este, la bruja partió en dirección oeste, y el hombre se quedó mirando directamente a los ojos de Hugo y sus dos femeninas acompañantes que mostraban incluso más valentía que él mismo en la rigidez de sus miembros.

En tanto que hubieron pasado unos instantes, este se presentó a ellos como el famoso soldado-brujo del mundo onírico, y les dijo que no tenían nada que temer porque ellos no eran sus enemigos. Por lo que hablaron, parecía que extrañamente conocía el devenir de sus vidas, a pesar de que ellos no tenían noticia de él, al menos al parecer de Hugo. Este soldado-brujo le dijo incluso que conocía el paradero de sus padres, y que estaba dispuesto a mostrarselo si le acompañaba por una pequeña travesía, a lo cual accedió en compañía de las dos damas. Así, pues, se marcharon de ahí con el primer fulgor de la mañana y emprendieron un viaje hacía un lugar que les era tan desconocido como innominable en compañía de tal extraño personaje.

Aquel viaje duró todo un día, estuvieron atravesando las profundidades de un denso bosque, en cuyas cavidades creyeron escuchar los gruñidos de desconocidas criaturas. Pero no obstante, sin saber responderse a sí mismos, se sentían seguros en compañía del soldado-brujo, el cual emprendió su caminata en el más intenso mutismo, siendo el mismo silencio el que hablaba por él. Ascendieron después unas escarpaduras e incluso algunos pequeños montes, y les sorprendía que mientras ellos tenían que a veces hacer uso de sus manos para evitar caerse, el soldado-brujo caminaba erguido aún en los terrenos más empinados, estirándose como si fuera camino llano. Y ya a lo último, se internaron en una pequeña cueva que hacía de túnel en dirección a una aldea bastante lúgubre que se encontraba cernida por una tenebrosa neblina que le daba un claro matiz espectral.

Cuando le preguntaron al soldado-brujo qué era aquel lugar, dónde se encontraban exactamente, les respondió con naturalidad que se encontraban en la Aldea de los Muertos, y que tenía algo pendiente que hacer por allí a la par que quizás Hugo viera allí a sus padres. Y en tanto que se internaban en la densa niebla que obstaculizaba su visión de lo que tenían delante, creían ver encorvadas figuras que campaban a sus anchas por la zona. Algunas de ellas parecían reconocer al soldado-brujo, saludándole con una cortés inclinación de cabeza que era respondida de semejante manera por el mismo. Mucho le preguntaron sus acompañantes sobre por qué se encontraban ahí, pero a excepción de la primera respuesta que hemos consignado aquí, sólo daba vagas constestaciones que producían mas incertidumbre que clarificaban el asunto.

De repente, se detuvieron frente a una casa que parecía abandonada por lo que atestiguaban sus derrumbados muros, a la cual se internó el soldado-brujo con naturalidad indicándoles que hicieran lo mismo. Ya dentro, la bruma y la oscuridad eran evidentes, pero a pesar de ello, una vez que los ojos se adaptaban se podía vislumbrar que no se encontraban del todo solos ahí. De hecho, el soldado-brujo habló con un hombre corpulento que se encontraba frente a un mostrador, y que les llevó a una salida que tenía una especie de pantalla. Una vez ahí, salieron varias figuras macilentas de diversas salas que hasta entonces no habían visto, y cuando miraron en dirección al soldado-brujo comprobaron que este se encontraba hablando con familiaridad con un hombre maduro y elegantemente vestido. Cuando le preguntaron al respecto, este les comunicó que se trataba de su abuelo, y que como este había muerto hace años ya dentro del mundo vigil, ahora habitaba esa aldea en compañía de otros amigos y familiares dentro del mundo onírico.

Dejándole algo de intimidad, se apartaron un poco y se sentaron en unos mullidos asientos que se encontraban poco más atrás. Sin embargo, aún teniendo en cuenta la distancia, podían escuchar toda la conversación si prestaban atención, tan vacío parecía aquel oscuro lugar a pesar de que había gente pululando aquí y allá, que las voces se repetían como ecos que repercutuían en las huecas paredes. Volviendo a prestar atención a la conversación que estaba teniendo el soldado-brujo con su abuelo, se percataron de que reinó un momentáneo silencio cuando este le preguntó si la abuela se encontraba con él. Su abuelo se limitó a poner una mueca de desagrado, a la par que su rostro moreno adquirió un tono aceitunado, era su manera de quedarse pálido y desconcertado ante una pregunta que al soldado-brujo se le antojaba inocente. Su abuelo le miró con ojos asustados, como platos, mientras que sus labios emitían una mueca de desagrado, que dejó en suspenso y sin saber cómo proseguir la conversación a quién era su nieto.

Y entonces, de repente, la oscuridad se hizo tan densa que aquello parecía una boca de lobo, se dió un frío repentino que les caló a todos los huesos. Todo aquello fueron unos instantes que les parecieron largos minutos, hasta que de repente aquella pantalla al fondo de la sala se iluminó con una luz blasfema, que acto seguido alumbró a una nausebunda criatura que gritaba como un animal acorralado e inmerso en la locura. Aquella entidad parecía una gallina de proporciones exultantes, la cual estaba impregnada de sangre a destajo, y cuyo cuello se estaba resquebrajando debido a un tajo que le recorría de punta a punta, en tanto que emitía un sonido estridente que hizo que a todos les retumbase los oídos. Sintieron un profundo agijón que les calaba los huesos, y que se hizo cada vez mas insoportable en la medida que contemplaban tal horrenda visión.

Ya Hugo se creía habitando los pasajes infernales, cuando el soldado-brujo de un puntapié le sacó de la terrorífica sala, y le indicó que no podía seguir acompañándole en su aventura, que tenía una investigación pendiente sobre la cual indagar, y alzando su brazo en dirección al horizonte le indicó donde se encontraban sus padres. "Esta es una travesía que has de emprender en soledad. La distancia exterior es corta, aunque la interior va a ser larga. Mucha suerte ¿Quién sabe? Quizás nuestros caminos vuelvan a cruzarse cuando menos lo esperes" Y una vez dicho esto, le expulsó con una onda tenebrosa que nació de sus manos extendidas, y que por el momento, le alejó de todo peligro.

Así, Hugo se dirigió hacía el punto que el soldado-brujo le indicó, el cual era un risco que se encontraba coronado por una serie de rocas que se encontraban en lo mas alto del mismo. En cuanto lo alcanzó, descubrió que estas rocas eran lápidas de tumbas, y sin saber la razón, reconoció en dos de ellas el nombre de sus padres. No sabía por qué, pero el toque que le dió el soldado-brujo le proporcionó un ápice de intuición clarividente que le provocó averigüar que aquellas dos tumbas eran las de sus padres aunque desconociera sus nombres. Sin poder evitarlo, se desmoronó sobre las rocas, y prorrumpió en millares de lágrimas que humedecieron las rocas y regaron la tierra circundante, y agarrándose el rostro con desesperación, no pudo evitar sollozar largo rato.

No se sabe cuanto duró aquello, mas cuando las lágrimas ya eran recuerdos de instantes pasados, Hugo se levantó y se encaminó en una dirección escogida al azar. Bajo el risco, le esperaban las dos damas cuyos semblantes atestiguaban lo espantadas que se habían quedado tras su experiencia en la Aldea de los Muertos, y sin emitir palabra alguna, decidieron marcharse de ahí antes de que la situación se complicase todavía más. Sin embargo, en la medida que avanzaban en dirección a la pradera contraria al camino que habían hecho para llegar hasta ahí, no pudieron evitar estremecerse al recordar la demoníaca entidad que observaron en aquella casa semi-derruida que se asemejaba mas bien a una tenebrosa cripta, su terrible imagen les acompañaba en la medida que avanzaban, haciendo que sus miembros se agitasen en frenesí.

Así que los tres se tomaron de las manos para calmarse y apoyarse mutuamente, y continuaron avanzando hacía terrenos que les eran tan inhóspitos como desconocidos. Y pese a que se animaron un tanto, nunca serían capaces de olvidar aquella gallina inmensa ensangrentada, cuyos gritos estridentes aún les acompañaría en sueños, tanto se había insertado aquella visión en sus mentes...

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