Desconozco cómo llegué aquí, y para ser sincero, creo que casi nadie más lo sabe. Llevo habitando esta estructura de piedra y acero desde que tengo conciencia, y pese a intentar indagar en torno a cómo llegamos todos aquí, nunca obtuve respuesta alguna, ni siquiera por los mas sabios del lugar. Al principio, esto me daba rabia sobre todo cuando era más joven. Pero, con el tiempo, aprendí a resignarme llegando a la conclusión de que hay cosas que simplemente no tienen una explicación. Hay personas que están obsesionadas por querer saberlo todo, tienen esa alma de pequeños filosófos que no les deja descansar en paz, mas hay veces que por mucho que intentemos llegar a la verdad esta se nos escapa, tan traslúcida e invisible es.
Mi padre era una de esas personas que buscaban respuestas, aún a costa de su propia vida. Siempre estaba yendo de un lado a otro, intrigando y conspirando para hallar respuesta a sus inquietudes. Pero, del mismo modo a como me ocurrió a mí, nunca llegó a una conclusión, y esto en vez de conducirle a una sosegada resignación, le animó a pasar a la acción, a una acción cargada de inconsciencia, mas también de coraje. Debido a ello, se hizo tremedamente famoso por estos lares, se le conocía como un revolucionario del tomo al lomo, uno de los pocos que se atrevieron a enfrentarse a las autoridades de cara a flanquear estos muros y adquirir así la ansiada libertad, la cual sea dicho de paso, es casi una utopía para todos nosotros.
Alguien denominaría el lugar donde habitamos todos como una especie de prisión, mas tal categoría es equivocada en un sentido y acertada en otro. Por un lado, es cierto que estamos encerrados, que aquí hay normas muy estrictas y que pocos son los que pueden respirar aire directamente, mas por otro lado los muros no son tan limitados y estrechos como lo podrían ser las cárceles del pasado. Yo diría que este lugar mas bien se asemeja a una pequeña ciudad, la cual si bien es cierto que a determinadas horas del día permanece constreñida para la mayoría de sus habitantes, cuando el sol anima con su fulgor las moles rocosas del exterior, se nos concede que nuestros pasos sean más amplios y excelsos.
Pero, para mi padre aquello no fue suficiente. Poco le importaba el leve hálito de libertad que le otorgaban los alguaciles, él buscaba la libertad más plena. Debido a ello, como iba diciendo, se reveló y logró quizás lo que pocos han conseguido por estos parajes, y esto es el alcanzar el exterior. Sin embargo, aquí la historia se difumina y se convierte en incierta, porque hay quién dice que al final fue acometido por los guardias, mientras que otros dicen que finalmente logró alcanzar su deseada meta: la libertad completa, saliendo de estos muros cual oveja descarriada del sistema. Personalmente no sé qué pensar, aunque me gustaría inclinarme a que después de todo logró salir, pese a que desde entonces a mi madre le diese una fuerte depresión que al tiempo le provocó la muerte, dejándome desamparado y huerfano en esta ciudad-prisión.
Por suerte o por desgracia, yo no soy del todo como mi padre. Una vez que logré entender la lógica de este lugar pese a que no logré averiguar su origen, me sosegué y decidí vivir en relativa paz y tranquilidad. Mi rutina es muy simple: me levanto temprano, hago mis tareas, retorno a mi habitáculo y ya durante el atardecer me relajo un poco en la zona de ocio antes de acudir para dormir. Allí, en esa zona, cuando era joven disfrutaba de los recreativos y de las apuestas con mis miseras monedas, pero según fuí creciendo, empecé a frecuentar a las mujeres que allí vendían su cuerpo. Al comienzo, eso deleitaba mis sentidos carnales, pero con los años hasta eso se hizo una rutina que me hastiaba hasta que conocí a una de las mujeres de aquel lugar que se llamaba Vera, y desde entonces sólo frecuentaba su cuerpo, y quizás algo mucho más importante, su corazón.
Vera es toda una dama, su desempeño va mucho mas allá que el de la mera satisfacción carnal, ya que tras el encuentro de los sentidos, le encanta hablar mientras fumamos. Ella presentaba también las mismas inquietudes que yo respecto a este lugar, y hasta cierto punto admiraba la leyenda viva de mi progenitor. Cuando nos conocímos, apenas hablabamos, nos limitabamos a retozar como animales desbocados que necesitaban desfogarse, pero con el tiempo esos instantes fueron haciéndose más pequeños para ir cediendo terreno a la conversación hasta el punto que hubo veces que el contacto del cuerpo se limitaba a los besos, mientras nuestra charla se incrementaba tanto que parecía que debatíamos en un parlamento. Obviamente, tras conocerla, dejé de frecuentar a otras mujeres, eso me hizo pensar que me enamoré. A este respecto, Vera opinaba lo mismo, y me lo hacía saber con su sonrisa tan encantadora.
Antes he dicho que no me parecía del todo a mi padre, pero esto es también una media verdad. Me dí cuenta de su herencia en mi mente cuando ocurrió un determinado episodio que lo cambió todo, pero no nos adelantemos. Antes he de contar los antecedentes, y estos se remotan a cuando los lideres de la ciudad-prisión me otorgaron el privilegio de poder trabajar en un establecimiento que se encontraba justo en la frontera de los muros que habitabamos. Se trataba de una tienda de comestibles donde acudían gentes del exterior a comprar nuestros productos, e incluso me dieron la oportunidad de que podía traerme a una persona conmigo, y obviamente escogí a Vera tanto para que me hiciera compañía como para que lograse salir de su anterior mundo. Así lo hicimos ambos, y allí conocimos a otro de los nuestros que era el encargado del establecimiento. Este no hablaba mucho, pero siempre nos sonreía con amabilidad y hasta con complicidad, los clientes en cambio no eran nada amables, nos trataban como a sus esclavos. Y aún con ello, alguna vez me aventuré a preguntarles a algunos de ellos acerca del mundo exterior. Pero nunca soltaban prenda, y hasta llegaron a golpearme por mi impertinencia.
En realidad, nos maltrataban a los tres constantemente, ya fuera en palabra o en acto. Y esto fue lo que hizo que la herencia interna de mi padre me golpease en lo más hondo, pues empecé a sentirme mal por esta injusticia. Los golpes y maltratos que me dolían más no eran los que yo mismo recibía, sino los que tanto a Vera como mi compañero les caían. Al final, yo molestaba a los clientes preguntando y lanzándoles miradas de desprecio en respuesta a las suyas, mas Vera y mi compañero nunca tuvieron gesto alguno que connotase la más mínima falta de respeto, y a pesar de eso, ellos eran los que recibían mas maltrato por parte de esas gentes desagradables.
Un día no pude soportarlo más, y cuando ví como un hombre soltó un mamporro a mi compañero, lo agarré del brazo antes de que recibiera un segundo y no paré de zurrarle hasta que acabó en el suelo completamente inconsciente. Al ver esto, muchos otros clientes se abalanzaron contra mí, pero sus intentos por reducirme fueron vanos en tanto que yo estaba desatado debido al odio contenido. No paré de soltar mandobles a unos y a otros, hasta sonó la alarma de emergencia que hizo que acudieran los alguaciles a prenderme. Mas estos, aún con sus porras electricas y sus sofisticadas armas, no lograron retener mi frenesí. Algunos de mis compañeros de la ciudad-prisión, animados por mi reacción, montaron un motín impresionante. Era verdad que los guardías tenían la fuerza y los útiles suficientes para reducirnos, pero nosotros teníamos una ventaja númerica, y así la usamos contra todos ellos.
Se armó una buena. Cada pasillo, cada callejón, cada resquicio de suelo empedrado, estaba sumido en la agitación de la masa encarcelada que decidió rebelarse contra las injusticias que vivíamos. Y curiosamente yo, un resignado de manual, liberé susodicha rebelión quizás gracias al imaginario colectivo que me contemplaba como legítimo heredero de mi padre. Sin pensármelo dos veces, tomé de la mano a Vera y la llevé a través de las oscuras galerías cargadas de caídos en combate y de su sangre, para así alcanzar la salida y poder liberarnos de aquellos muros de acero. Reconozco que sentí miedo, pero tantas eran las ansias que tenía por conseguir una libertad que días antes me resultaba imposible, que el más leve temor fue evaporado por la pasión del momento.
Justo antes de salir, había unas galerías que nunca había visto en mi vida ya que nunca estuve tan cerca de la salida. Quería escapar de allí cuanto antes, pero también era cierto que me podía la curiosidad, aquella curiosidad que hacía años se había esfumado, acudía de nuevo a mi pecho con el frenesí libertario recíen adquirido. Así que dejando a Vera vigilando en la salida por si algún guardia despistado nos alcanzaba, me sumergí en susodichas galerías con mucho tiento mas investigando con un renovado interés. Leyendo las inscripciones me dí cuenta de que todas aquellas cajas de piedras polvorientas eran tumbas, así que aquello debía de ser un cementerio. Me resultó extraño porque en nuestra sociedad no teníamos costumbre de enterrar a nuestros muertos, cuando alguien moría simplemente desaparecía, los guardias se llevaban el cadáver y este era supuestamente incinerado, y ya está.
De repente, mis pensamientos fueron detenidos de sopetón cuando reconocí en una de las lápidas el nombre y los apellidos de mi padre. Aquello produjo un estremecimiento tan grande en mí que comencé a temblar de la emoción, e incluso me atreví a levantar la lápida para comprobar si efectivamente era él, o si sufría un engaño de los sentidos. En cuanto retiré la pesada roca, ví a mi padre tal y como lo recordaba, con sus mechones rubios y su piel blanquecina, con aquella delicadeza que velaba una fortaleza interior indiscutible. Era idéntico a cómo era cuando le ví por última vez, aunque en verdad mi imaginación me engañaba, puesto que lo que tenía ante mí eran un montón de huesos cargados de polvo, piel desgajada convertida en tirones desechos a la par que cabellos que se partían en mil pedazos con el más mínimo contacto. En tanto que abrazaba completamente emocionado el cadáver de mi parte, escuché a Vera llamarme para indicarme que los guardias se aproximaban. Me despedí rápidamente del cádaver que yo contemplaba lozano y jovial que en realidad era un montón de huesos podridos, y salímos de ahí como quién oye cantar un gallo.
Cuando salimos de la ciudad-prisión, corrimos como si no hubiera un mañana. Atravesamos un campo carbonizado, después lo que parecía un arrozal y finalmente nos internamos en un bosque. Pero no nos detuvimos ahí, seguimos huyendo de nuestra propia sombra. A las veces mientras duraba nuestra carrera, nos mirabamos regocijados, pero sin perder de vista un objetivo incierto que nos llevaba a seguir hacia delante. Finalmente, extenuados a mas no poder, llegamos a una ciudad que parecía derruida. Todo aquel lugar se encontraba complemente abandonado, ahí no había ni un alma. Con mucho cuidado, lo recorrimos a pesar de lo cansados que estabamos. Subimos a un gran edificio que se encontraba medio derruido, mas lo extraño fue que a pesar de su evidente deteriodo, las puertas de los sucesivos apartamentos no cedían a nuestras acometidas. Llegamos al piso décimo o así, y para nuestra sorpresa, nos acogió una anciana que nos dejó pasar sin preguntarnos nada, ni siquiera quienes éramos ni qué hacíamos ahí.
Nos acogió con suma delicadeza y tiento, nada mas abrir la puerta, nos sonrió como si nos conociera de toda la vida y nos dejó entrar como si fueramos sus nietos. Disfrutamos de una frugal cena mientras aquella anciana no dejaba de mirarnos con una sonrisa en sus arrugados labios, y sin mas conversación, nos indicó donde estaban nuestras habitaciones, y nosotros se lo agradecimos en silencio con una inclinación de cortesía. En el fondo, no nos lo podíamos creer. Estabámos tan acostumbrados al maltrato de las personas del exterior, que nos extrañaba ser acogidos de aquella manera. Sin embargo, decidimos dejar de lado nuestros recelos para reponer fuerzas al día siguiente.
Pero en cuanto a mí se refiere, no era capaz de pegar ojo. Me sentía extraño, como sumido en la niebla de una pesadilla. Procuraba concilar el sueño, mas cuanto mas lo intentaba, menos lo conseguía. No podía parar de darle vueltas a los acontecimientos de aquel día, especialmente a la imagen del cádaver de mi padre, y una cosa llevó a la otra, y empecé a saborear una cierta amargura que me comía por dentro. Pensaba que tras conseguir la libertad, aquel sueño imposible incluso cuando dormía, sería el hombre mas dichoso de este planeta, mas en realidad, una vez conseguida, me sabía a poco. Tanto tiempo había permanecido encerrado en aquellos muros, enclausurado en mi propia rutina y sumido en el hastío de la monotonía, que ahora no sabía qué hacer con esta supuesta libertad recíen adquirida. Me sentía aún preso de una cárcel que no sabía delimitar, al menos respecto a la anterior sabía a qué atenerme, pero ahora no sabía hacía dónde me dirigía y qué haría con mi vida. Era todo tan incierto y desconocido, que incluso sentí que la libertad era una especie de maldición.
Estaba pensando en estas cosas durante la oscuridad de la noche cuando de repenté sentí un zumbido que hizo retumbar mis sienes, a la par que un fundido en negro que veló el tenue fulgor de la luna que contemplaba a través de los desgajados cristales de la ventana, y entonces me encontré de nuevo ante la anciana en compañía de mi querida Vera, tal y como estabamos cuando llegamos a su apartamento. Era extraño pero parecía repetirse aquella secuencia de un modo idéntico a como lo hizo en el pasado, todo del mismo modo. Yo no comprendía nada, y así se lo comuniqué a Vera, la cual también compartía mi mismo desconcierto. Intentamos portarnos de otra forma de cara a alterar este extraño flujo temporal, pero nada, acabamos en las mismas. Y nuevamente fue la noche, otra vez una luna cenicienta cubría mis lúgubres reflexiones en torno a la libertad que ahora eran sustituidas por mi inquietud ante lo que acababa de pasar, y otra vez aquel zumbido, el retorno a vivir la experiencia de encontrarnos ante la sonrisa de la anciana que nos recibía en su casa...
No sé cuantas veces se repitió aquella escena en tanto que Vera y yo intentamos alterarla de tal manera para que no se repitiera, incluso procuramos huir del piso para no acabar encerrados en el mismo búcle temporal. Pero poco importaba, daba igual lo que hicieramos, siempre retornabamos a idéntico punto. Y con el tiempo, aquella secuencia temporal reiterada en un reloj incierto, fue desplazándose cada vez mas atras, repitiendo ya no sólo nuestra llegada al piso de la anciana, sino también nuestra huida de la ciudad-prisión, la tumba de mi padre, el motín, el abatimiento de los guardias y de los civiles en la tienda... Todo fue repitiéndose incesantes veces, cada vez mas atrás, y pese a que Vera y yo nos mirábamos con un semblante cargado de terror, nada podíamos hacer para retener aquel frenesí que superaba nuestras capacidades cognitivas. Fuímos tan atrás en el tiempo que volvía a nacer, y por eso lloraba tan desquiciadamente en ese momento, porque no comprendía cómo había llegado a esa situación.
Y, desde entonces, así estoy condenado a vivir mi vida una y otra vez, en tanto que da igual lo que haga o cómo actúe, siempre regreso al mismo punto de partida, que unas veces es el apartamento de la anciana, otras los huesos tirados de mi padre en su sacórfago o mi lucha contra los opresores, siempre vuelvo a nacer de nuevo. Lo que ahora espero es que esta secuencia temporal regresiva me conduzca a averiguar dónde me encontraba antes de nacer, quizás así pueda comprender cómo llegamos todos aquí y por qué se rebeló exactamente mi padre, cómo terminaron sus días... Pero no estoy seguro de si lograré recordar aquella existencia pre-material, si seré capaz de capturar en mi interior aquel viaje sideral que conduce a la vida, si podré llegar a encontrar una explicación que no entiende de palabras...
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